El Puente: la poética de la libertad (Entrevista a Jesús J. Barquet)

4 10 2011

Poeta y ensayista, Jesús J. Barquet (La Habana, 1953) es también profesor de la New Mexico State University, en Las Cruces, ciudad donde reside desde 1991. Ha publicado los libros de ensayos literarios Consagración de La Habana (1991), Escrituras poéticas de una nación: Dulce María Loynaz, Juana Rosa Pita y Carlota Caulfield (1999) y Teatro y Revolución Cubana: Subversión y utopía en “Los siete contra Tebas” de Antón Arrufat (2002); así como los poemarios Sin decir el mar (1981), Sagradas herejías (1985), Ícaro (plaquette, 1985), El Libro del desterrado (1994), El Libro de los héroes (plaquette, 1994), Un no rompido sueño (1994), Naufragios (1998; edición bilingüe, Naufragios/Shipwrecks, 2001), Sin fecha de extinción (2004) y la compilación Cuerpos del delirio (sumario poético, 1971-2008) (2010).

Tras diez años de trabajo, Barquet acaba de publicar Ediciones El Puente en La Habana de los años 60. Lecturas críticas y libros de poesía (Ediciones del Azar, Chihuahua, México, 2011), para “redocumentar la existencia de una poesía cubana verdaderamente joven que estaba expresando el impacto del momento histórico desde 1960 y no a partir de 1965, como se hizo creer por algún tiempo dentro de Cuba”. Este es el acercamiento más serio al fenómeno editorial y cultural que fue El Puente, el primer y último proyecto cultural independiente realizado dentro de Cuba hasta la llegada del movimiento blogger en el presente siglo. En las 630 páginas del libro encontramos un suculento ensayo, dividido en siete “glosas”, de Barquet, dos esclarecedoras visiones a cargo de Sílvia Cezar Miskulin y María Isabel Alfonso, y la mayor compilación hecha hasta el momento de los poemarios publicados por El Puente, muchos de ellos textos ya inencontrables, incluso en Cuba, y que permiten a los lectores acudir a las fuentes originales.

Entre 1961 y 1965, un grupo de jóvenes con inquietudes literarias, comandado por José Mario, publicó con medios propios y al margen de las instituciones oficiales 25 poemarios, 8 libros de cuentos y 4 volúmenes de teatro en ediciones de entre 500 y 1.000 ejemplares. Acosada y atacada hasta su cierre y aun después, Ediciones El Puente fue condenada al silencio por la historiografía cultural cubana dentro de la Isla. No es hasta 2005 que La Gaceta de Cuba le dedica un excelente dossier. Y aún hoy no ha recibido el lugar que le corresponde en el corpus de la cultura cubana de ese medio siglo. Sobre ellos nos habla Jesús J. Barquet.

 

Habitualmente, un grupo literario se reúne en torno a una estética común, un corpus de ideas filosóficas, políticas o religiosas, o todo mezclado. Visitar la excelente muestra de textos publicados por El Puente que ofreces en tu libro nos entrega, en cambio, un caleidoscopio de poéticas. Allí aparecen las “raíces cansadas” de José Mario, campanas asustadas y soledad, una poesía que afirma que “no nos pertenece la pregunta, ni la respuesta”. Está la intensa desolación adolescente de Mercedes Cortázar. Silvia Barros y sus centelleos de un poema por escribir. “Muerdo entonces mis rebeldías frágiles”, nos dice Reinaldo Felipe García Ramos. El intimismo desasido de Nancy Morejón. Los versos de trinchera de Joaquín González Santana. Los alardes de excelencia y la madurez precoz de Georgina Herrera cuando se calza “los zapatos de andar triste”. La poética enérgica, rotunda, de Belkis Cuza Malé, o Ana Garbinski y sus fabulaciones como un cantar de alguna gesta suave. ¿Qué une a estos jóvenes tan diferentes en sus propuestas, ideas, credos, razas? Y, sobre todo, ¿qué los mantiene unidos durante cuatro intensos años? ¿Es más una confluencia de intereses literarios, un círculo de amigos con el mismo entusiasmo vital y creativo, que un proyecto estético, ideológico o político?

JJ Barquet: En general, no creo que, para entender lo que conforma un determinado grupo literario, debamos tomar como normas los factores que aglutinaron u operaron en otros grupos en sus respectivos momentos históricos y literarios. Entiendo que, por esta diversidad ideoestética de los poemarios del grupo y por no haber producido un manifiesto literario como tal –aunque, como se explica ampliamente en mi libro, algunos textos críticos y declaraciones del grupo funcionan en este sentido–, se pueda cuestionar la existencia de El Puente como grupo y concebirla solo como un proyecto editorial. Pero si conocemos a fondo los debates ideoestéticos, culturales y sociopolíticos que caracterizaron el momento específico en que vive El Puente, podríamos entonces repensar los criterios “habituales” y ver la peculiaridad literaria que El Puente, ya como grupo, tuvo dentro de la literatura cubana de su época.

Aunque El Puente no lo teorice en un manifiesto (pero, ¿cuántos “grupos” han existido que cuentan con más manifiestos que obras concretas que los realicen artísticamente?), practicar y materializar de forma efectiva la diversidad ideoestética, la independencia de gestión editorial y la inclusión de autoras exiliadas en la poesía cubana, implicaba, en su momento, un concepto peculiar de los siguientes tres aspectos: (1) la poesía por hacer en aquellos años, en el sentido de no reducirla a una sola forma o tema (como muchos creían que podría ocurrir), sino salvaguardar precisamente lo contrario: la libertad ideoestética del poeta; (2) la labor independiente del artista, ahora asalariado estatal, con relación al Estado, mientras muchos presienten que se impondrá lo contrario; y (3) la integridad de la cultura cubana sin cortapisas políticas, en medio de una época en que se están borrando de la historia literaria nombres y títulos. Son estos tres aspectos, entre otros, los que precisamente comienzan a ser discutidos, supervisados y/o controlados progresivamente por las instituciones estatales en esos años de 1961-1965 de El Puente. Estos tres aspectos, inútiles para entender la Generación del 98 o el ultraísmo hispano, son, sin embargo, los que sí operaron de forma caracterizadora en la conformación del grupo El Puente, o de lo que constituyó su centro: José Mario, Ana María Simo, Gerardo Fulleda León, Ana Justina, Reinaldo Felipe García Ramos, Nancy Morejón, etc.

En vez de aplicarle a El Puente los criterios de aglutinación que operaron en otros grupos y épocas, quizás sea más apropiado entonces reconocer que una peculiar propuesta coherente (más o menos implícita) y hasta alternativa frente al Estado (aunque no de forma antagónica) existió entre ellos y los llevó a mantener, aun con altibajos internos, su unidad coral escribiendo, publicando y reclutando a nuevas voces inéditas incesantemente, de forma tal que el núcleo inicial del grupo se fue enriqueciendo al paso de los años. Y esa propuesta tácita, pero también táctica, de El Puente se nos revela mejor a la luz o en diálogo con los dos textos canónicos de la época, los cuales fueron, curiosa y reveladoramente, el marco temporal de existencia de Ediciones El Puente: Palabras a los intelectuales, de Fidel Castro, de 1961, y El socialismo y el hombre en Cuba, de Ernesto Che Guevara, de 1965. Es decir, El Puente funcionó durante un período sociopolítico sumamente complejo y arriesgado para el creador cubano. La creciente intromisión del Estado en la cultura cargó de sus propios significados a la labor de El Puente como proyecto editorial, pero también como grupo que llevó a eficaz realización dicho proyecto. Quizás hoy día esto nos resulte incluso más visible que en su momento.

Si en otras épocas la obvia diversidad ideoestética de los poemarios de El Puente constituye, abstractamente hablando, una muestra de falta de cohesión como grupo, en la Cuba de inicios de los 60 es precisamente esa diversidad, entendida entonces como libertad del artista, lo que le da a Ediciones El Puente su coherencia, sentido e importancia como grupo en aquellos años. Mientras los textos de Castro y Guevara trataban de abordar los asuntos de contenido y forma a partir de cuestionar y deconstruir, cada cual a su manera, la consabida “libertad del artista” (ese “reflejo del idealismo burgués en la conciencia”, según afirma Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba [Nueva York: Pathfinder, 1992, p. 64]), El Puente practicó dicha libertad ampliamente como manifiesta propuesta consensual de grupo en medio de una sociedad socialista que oficialmente condenaba y proponía erradicar todo “lastre” (“tara”, “lacra”) “heredado” de conciencia burguesa en la población y, muy especialmente, entre sus intelectuales.

Partiendo de esa necesaria contextualización del grupo se entiende mejor otro de sus intereses comunes: la urgencia por ser poetas publicados (alguna curiosa intuición los impelía a apurarse), por inscribir libremente en el panorama poético y sociopolítico de entonces su propia voz joven y su derecho a un espacio público, es decir, no esperar por la generosidad o los requisitos editoriales de los otros grupos o individuos que rápidamente se establecieron dentro de las instituciones y vehículos culturales que estaba creando el nuevo Estado.

A la diversidad ideoestética, El Puente añadió la diversidad identitaria de sus autores, lo cual en términos literarios puede asociarse (no mecánicamente) a la entrada de inéditos sujetos y temas poéticos en la poesía cubana. Gracias a El Puente, cobran amplia visibilidad en la isla letrada poetas provenientes de segmentos tradicionalmente subalternos de la sociedad que habían sido más o menos desatendidos, desconocidos o excluidos por la alta cultura cubana: mujeres, negros, clases pobres, homosexuales y practicantes de religiones afrocubanas conforman así esa diversa otredad nacional que logra cohesionar El Puente. En este sentido, sus poemarios reflejan fielmente la mayor visibilidad que, en particular, las mujeres, los negros y los pobres estaban obteniendo en la vida pública nacional.

Pero la mayoritaria entrada de dichas voces poéticas en la poesía cubana de El Puente cobra en esos años un peculiar carácter políticamente alternativo en lo referente a dos aspectos: la homosexualidad y la religiosidad afrocubana como arraigada práctica cotidiana del pueblo y no solo como materia de folclore académico y teatral. A medida que avanza el lustro, ambos aspectos son deslegitimados y hasta considerados inadmisibles en la construcción de la nueva sociedad socialista heteronormativa y atea. Hay que apuntar aquí que, a diferencia de las escasísimas y discretas intromisiones homoeróticas en algunos de sus poemarios, El Puente sí le dio una consciente visibilidad recurrente al rescate e inserción de voces y temas negros en sus publicaciones. Es decir, en un lustro que retoma las “taras” de heteronormatividad, machismo, moralismo católico y occidentecentrismo “heredadas” de las sociedades anteriores para ideológica y políticamente readecuarlas a la construcción del socialismo; en un lustro que, gracias a ciertas leyes antidiscriminatorias del nuevo Estado, da como incuestionablemente resueltos los también “heredados” prejuicios sociales y culturales contra la raza negra, la súbita invasión y afirmación de estas numerosas otredades homosexuales, santeras y negras resultó también una forma de identificarse El Puente como grupo, ya que a medida que avanza el lustro se va revelando cada vez más el carácter alternativo que implicaba la inclusiva diversidad identitaria que practicaron sus miembros.

A partir de 1959, la oficialidad de la Isla crea, además, para invisibilizarlo y borrarlo, un nuevo otro: el exiliado político. Y en este sentido El Puente como grupo también revela su peculiaridad: además de no exigirles a sus autores una ideología determinada ni una conducta o moral afín al nuevo sistema, el grupo El Puente no olvida e incluye en sus proyectos, incluso con cierto protagonismo, a autoras que optan por el exilio. A diferencia de las borraduras o exclusiones que ya están practicando las casas editoras y las publicaciones del Estado, El Puente publica y distribuye los poemarios de Mercedes Cortázar e Isel Rivero aun cuando las autoras ya habían salido del país, las incluye en una antología, anuncia futuros poemarios de ellas en “Lo por publicar”, nunca las borra de sus listas de “Lo publicado” ni olvida mencionarlas en sus textos críticos. El Puente mostraba así, además de su libertad de elección como artistas y editores, el amplio concepto inclusivo de cultura cubana que los animaba y que entonces, ante los embates divisionistas oficiales, les daba identificación y peculiaridad como grupo.

Por esa diversidad estética (pues aunque rechazaban, por ejemplo, el panfleto y el hermetismo, hay poemarios de El Puente que los practican), por la amplia inclusión temática (pues aunque abogaban por una poesía a tono con el momento histórico, hay algunos excelentes poemarios que no cumplieron con tal objetivo o lo cumplieron de forma diferente a la esperada u optaron por temas intimistas), y por no exigirle al joven autor ninguna otra credencial personal que escribir poesía, indico en la dedicatoria del libro que El Puente logró crear y mantener, como grupo, una realidad utópica en medio de crecientes reducciones y obligaciones ideoestéticas impuestas al artista y la cultura en general. Esa es tal vez la marca principal del proyecto de El Puente, lo que les dio coherencia y sentido como grupo expresándose libremente desde un espacio alternativo en aquellos años en que el nuevo Estado extendía también su monopolio editorial e ideológico.

Bueno, te he resumido aquí, quizás con algún nuevo giro, lo que Miskulin, Alfonso y yo tratamos más detallada y documentadamente en los diversos ensayos de la sección crítica de mi compilación.

En tu pregunta sugieres, como elemento de cohesión del grupo, la amistad. Efectivamente, todos los testimonios apuntan a que los unía la amistad, la cual incluso varios conservan hasta hoy día, aunque sea bifurcada por el exilio. Es cierto que en los años 60 hubo algunos desencuentros entre ellos, pero eso no obstruyó el trabajo colectivo hasta el momento mismo del cierre de las Ediciones en 1965. Signo de la vitalidad del grupo hasta entonces, son las publicaciones constantes y los proyectos colectivos que quedaron truncos pero bastante avanzados en su realización, como la edición de una revista y de otras antologías de autores jóvenes.

Los poetas, en particular, comparten varios intereses culturales y hasta personales, y aunque no tuvieran ese manifiesto o documento detallado de intereses artísticos con que otros grupos pretenden validarse, Miskulin, Alfonso y yo proponemos ciertas afinidades mayormente temáticas derivadas tanto de los poemarios como de los prólogos, reseñas y textos de contraportada y solapa que los autores se escribieron entre sí. Documentamos así, y citamos de forma suficiente, un importante corpus bibliográfico de la época, porque esta compilación quiere facilitarle al lector el acceso no solo a los poemarios y antologías poéticas de El Puente, sino también a los textos críticos de entonces en torno a dicha producción.

 

En El Puente, la diversidad estética era también diversidad política. Están “nuestros monstruosos niños adultos”, de Isel Rivero, en el Canto VI de La marcha de los hurones (poemario precursor junto con El grito, de José Mario, de Ediciones El Puente); pero también está la poesía directa de Manolo Granados, esperanzada en esa ciudad limpia con himnos, tambores y banderas, por no hablar de la poesía panfletaria de Joaquín González Santana. Creo que, en general, la mayoría no se oponía a la Revolución, sino que simpatizaba con el espíritu juvenil, libertario, aunque se opusieran, eso sí, al neoestalinismo de figuras como Edith García Buchaca. A pesar de ello, el Máximo Líder propuso dinamitar ese puente, y Jesús Díaz lo catalogó como un grupo ideológico “con posiciones políticas, estéticas y éticas bastante cuestionables”, lo acusó de una actitud “liberaloide” y lo dio por muerto al apostillar que “sería bastante triste ser conocido como el asesino de un muerto”. ¿Atribuirles una connotación como grupo ideológico enemigo fue un mero síntoma de la intolerancia que ya se adueñaba de la vida cubana? ¿Una excusa en la guerrilla generacional? ¿Una pequeña batalla en la guerra por convertir al ciudadano republicano en súbdito? (Isel Rivero ha hablado de “la voluntad de independencia” de El Puente, una palabra peligrosa. Y José Mario proponía la integración armónica entre el individuo y el colectivo, pero el individualismo era ya una “lacra del pasado”). ¿O de todo un poco?

JJ Barquet: Como bien has percibido en el libro, parece que el cierre de El Puente se debió a una trágica confluencia de diversos factores tanto literarios como extraliterarios. Mi respuesta anterior creo que indica cuáles pudieron haber sido algunos de ellos. Obviamente, la variada libertad que practicaron los puenteros llegó a concebirse, con el avance del lustro, como una actitud “liberaloide”. Incluso la nacionalización de las imprentas privadas, algo que afectó a toda la sociedad, también repercutió en el destino de Ediciones El Puente. Y aunque la inmensa mayoría de ellos, por su juventud, no arrastraba conflictos intergeneracionales del pasado republicano, las consabidas pugnas entre generaciones o promociones literarias que se continuaron en los 60 llegaron igualmente a afectarles negativamente. Ni Miskulin ni Alfonso ni yo nos atrevimos a apuntar una única causa, excluyente de otras, que llevara al cierre de El Puente. Registramos, en cambio, la complejidad ideológica y artística de aquellos años y, dentro de ella, la creciente imposición de criterios reduccionistas de los más disímiles asuntos relacionados con el artista, la creación, la cultura nacional, el individuo y la sociedad; criterios que, para fines de los años 60, lograron regir tanto lo que debía ser, hacer, leer, creer, pensar, escribir y difundir un poeta (que quisiera ser tenido como) revolucionario, como el objeto al que debía dirigir sus más íntimos impulsos sexoafectivos. Obviamente los chicos de El Puente, con José Mario al frente –aunque no debemos olvidar que Ana María SImo y otros del grupo intervinieron también en muchas decisiones editoriales–, no cumplían con todos esos “deberes”.

Como pudiste constatar en tu lectura de los poemarios recogidos en mi compilación, fueron injustamente acusados de vivir a espaldas del momento histórico. Es cierto que, en algunas ocasiones, poemas de El Puente cuestionan la realidad en que viven, pero no son escasos los poemas de puenteros que resultan celebratorios del nuevo Estado y hasta panfletarios. Es cierto que la ciudad se presenta a veces como una vía para adentrarse en uno mismo, pero exceden en número los poemas en que la ciudad en efervescencia revolucionaria es un motivo de salida del ser hacia los otros. Es ese el espacio utópico de libertad temática y formal que El Puente logró salvaguardar por unos años, hasta que los disímiles factores, convertidos en ineludibles “deberes”, lo sacan de circulación y estigmatizan.

 

A pesar de sus diferencias notables, tú propones leer La conquista, de José Mario, como “un texto que dialoga claramente con La marcha de los hurones”, de Isel Rivero. ¿Puedes explicar esto con más detalle?

JJ Barquet: En el prólogo a Novísima poesía cubana, los editores Reinaldo Felipe García Ramos y Ana María Simo expresan su admiración por ese excelente poema largo de 1960 de Isel, quien se hallaba ya en exilio, pero desde el punto de vista temático le objetan las reservas (que resultarían proféticas) que su sujeto poético tiene ante el momento histórico habanero y nacional en que vivían. Entienden que no se debe acelerar ningún proceso ideológico en el poeta y reconocen la honestidad poética de Isel por haberlo escrito (y, añado aquí, de todos ellos por no ningunearla ni negarle calidad estética por cuestiones ideológicas), pero indirectamente están implicando que ese poema admirable no era temáticamente representativo de los “novísimos” propósitos ideoestéticos del grupo.

José Mario, quien a pesar de ser el centro magnético del grupo no constituía su centro estético, parece querer “corregir” ese déficit de representatividad de La marcha con un raro poemario en su obra: La conquista, donde pretende borrar su “heredado” pesimismo existencial con una inmersión en los temas digamos afirmativos del proceso político, lo cual lo lleva incluso por momentos al panfleto. Al final de su poema anterior, El grito (1960), ya se percibía esa necesidad de abandonar tonos y temas tenidos como “lastres” del pasado capitalista, pero el salto lo da en La conquista, poemario que curiosamente no es aceptado como logro literario por el grupo, según se ve en los reclamos estéticos que le hacen a su poesía los dos editores mencionados y Fulleda León en una reseña.

En realidad, te he hecho aquí un resumen de lo que se explica y ejemplifica mucho más detalladamente en mis glosas 3 y 4. En estas, como en el resto de la sección crítica del libro, encontrará el lector una cuidadosa reconstrucción e interpretación de nuestra historia literaria a partir de los documentos originales apropiados para tratar de entenderla en lo que fue, y no en lo que ciertas agendas personales hoy día, de forma reductora o prejuiciada o perezosamente desinformad(or)a, quisieran convertirla.

 

Es admirable la producción de El Puente en tan pocos años y con recursos propios, considerando que ninguno de ellos se dedicaba de forma exclusiva al trabajo editorial, sino que estudiaban, trabajaban y aún les quedaba tiempo para reunirse y celebrar recitales de poesía en El Gato Tuerto. ¿De dónde salían los recursos humanos y materiales para una empresa así, tomando en cuenta que por entonces no se trataba de entregar un pdf a una imprenta digital? Sabemos que a partir de 1964, cuando se nacionalizan las imprentas y toda palabra impresa pasó a ser un monopolio del Estado, les resultaba legalmente imposible imprimir sus propios libros. Entonces tuvieron el apoyo de Nicolás Guillén como presidente de la UNEAC, que duró hasta 1965. ¿Cuál fue la magnitud de ese apoyo? ¿Condicionó en alguna medida los contenidos?

JJ Barquet: Tu pregunta me lleva a resumir los aspectos factuales que, como viste, la historiadora cultural brasilera Miskulin desarrolla ampliamente en su ensayo. Los puenteros utilizaron por varios años una imprenta privada y se mantuvieron totalmente independientes en sus decisiones editoriales, lo cual constituía cada vez más una rareza en la Cuba de entonces. Costeaban las ediciones con dinero de José Mario y, en ocasiones, con aportes personales de los autores, pero muchos, como Georgina Herrera, publicaron allí de forma totalmente gratuita. Cuando desaparecieron las imprentas privadas, José Mario se vio obligado a recurrir a una imprenta estatal. Recibió entonces la ayuda del presidente de la UNEAC, Nicolás Guillén, sin comprometer con ello la independencia de sus decisiones editoriales. Hay quienes presentan esto como el paso a una semi-independencia, o semi-dependencia, de El Puente, pero parece solo una medida pragmática que adoptó José Mario para que pudiera continuar la obra editorial del grupo. Así lo confirman no solo los testimonios de varios puenteros, sino también los dos últimos poemarios publicados en la imprenta estatal, ya que ambos revelan las preferencias editoriales de José Mario: el poemario radicalmente experimental, Consejero del lobo, de Rodolfo Hinostroza, un peruano amigo de algunos puenteros y que residía entonces en La Habana, y el poemario Muerte del amor por la soledad, de José Mario, totalmente dedicado al amor, con evidentes registros homoeróticos.

 

Una primicia de tu libro es la publicación de la Segunda novísima de poesía cubana, terminada por José Mario en 1964 pero inédita hasta ahora. Resulta curioso encontrar en ella nombres inesperados y que más tarde abjuraron de su condición de puenteros. Son los casos de Sigifredo Álvarez Conesa y Guillermo Rodríguez Rivera. Hay que considerar que varios puenteros fueron represaliados y que pertenecer a El Puente fue por décadas un demérito en el “escalafón revolucionario”.

JJ Barquet: En realidad, publicar esa antología era una deuda con la historia de la literatura cubana y para algunos autores ha significado hasta un rescate de poemas que habían extraviado, ya que se cuenta que José Mario, en su fiebre editorial, prácticamente les “arrebataba” a los autores sus manuscritos. Entre otras cosas, esta Segunda novísima documenta la pertenencia de autoras como Lilliam Moro y Lina de Feria a la órbita de El Puente, como efectivamente ocurrió en el plano personal; ilustra el afán inclusivo de José Mario de continuar sumando jóvenes a sus proyectos editoriales, de demostrar que El Puente no buscaba convertirse en un espacio cerrado sobre sí mismo y sus logros.

Es bien sabido que Álvarez Conesa y Rodríguez Rivera fueron integrantes de El Caimán Barbudo, es decir, de la segunda promoción poética de los nacidos en los años 40, la cual ha solido presentarse como rival de los puenteros, aunque El Puente fue cerrado antes de que El Caimán Barbudo comenzara a publicarse. Pero el conocer ahora más apropiadamente la diversidad ideoestética de las publicaciones de El Puente y ver a estos caimanes aceptar su inclusión en una antología de aquel grupo tachado después de “liberaloide” nos lleva a pensar que, al parecer, en 1964 no existía aún tal rivalidad literaria ni tal opinión desacreditadora del grupo, sino que todo ello fue un producto posterior rápidamente articulado y aupado por motivos mayormente extraliterarios.

Entendido esto, varias afirmaciones tradicionales sobre la joven poesía cubana de los años 60 requieren ser revisadas con el apoyo ahora de todos estos textos poéticos incluidos en mi compilación y que han sido desconocidos o desatendidos por décadas. Entre otros asuntos, se debe revisar la existencia real o no de dos promociones literariamente “opuestas” entre todos esos autores nacidos en los años 40, sus vínculos con los autores de la llamada Generación de los Años 50 (algunos puenteros nacieron en los años 30 y cabrían dentro de esta Generación; el prólogo-manifiesto a la Novísima poesía cubana guarda curiosas semejanzas con el prólogo de Roberto Fernández Retamar y Fayad Jamís a Joven poesía cubana [1960]), el arraigo del coloquialismo en la Cuba de los años 60, etc.

Es bueno recordar que ese “demérito” (o tabú) que mencionas con referencia a El Puente ocurrió solo dentro de la Isla. Fuera hemos estado más informados al respecto, gracias en parte a la labor de divulgación desplegada no solo por José Mario desde su exilio a fines de los años 60 y por otros puenteros exiliados, sino también por académicos tales como Rita Geada, Yara González Montes, Matías Montes Huidobro y Orlando Rossardi, entre los pioneros durante los años 60 y 70.

Ese “demérito” fue el resultado de una malsana fabricación a partir de motivos mayormente extraliterarios pero apoyados, ocasional e intencionalmente, en uno u otro poemario o poema, pero ya habrás comprobado con tu lectura de los textos cuán endeble resulta el apoyo literario de dicha fabricación. La relevancia de esos motivos extraliterarios nos obligó a dedicarles detenida atención en nuestros ensayos, especialmente los motivos referidos a aspectos identitarios tales como la raza, la sexualidad y la religiosidad.

Mencionaste también al inicio el hito que marcó La Gaceta de Cuba de julio-agosto de 2005 en el rescate de la labor de El Puente dentro de Cuba. Pero fue en realidad Virgilio López Lemus quien en su artículo de 1989 “Poetas en la Isla (treinta años después: 1959-1989)” (Unión, vol. 2, no. 7, julio-sept. 1989, pp. 65-70) comienza a romper allá ese tabú y escapar de los prejuicios y reduccionismos ad usum. Con más aseveraciones que en su Palabras del trasfondo (1988), López Lemus analiza brevemente en su artículo de Unión los avatares editoriales de El Puente, comenta sus vínculos con el coloquialismo de los años 60 y propone a Ediciones El Puente como “parte de una promoción intergeneracional, cuya línea estética tiene mucho que ver con el coloquialismo”. Apunta ya que “no es un grupo homogéneo”, que en la Novísima se encuentran su núcleo y su prólogo-“manifiesto” y que en este se advierten “las cercanías con el coloquialismo no tanto en los postulados de los puentistas, sino en  sus propias prácticas de la poesía, muy similares a las que en esos momentos desarrollan los integrantes de la Generación de los Años 50” (p. 68). Más tarde, en El siglo entero (publicado en 2008, pero merecedor del Premio Academia en 2002, tres años antes de La Gaceta de Cuba mencionada), López Lemus se detendrá mucho más en la dinámica de las Ediciones El Puente y en el análisis poético de algunas de sus figuras claves, en particular l’enfant terrible (así lo llama Felipe Lázaro) del grupo: José Mario.

 

El destino de los poetas y/o editores puenteros incluidos en tu libro ha sido muy diverso. Isel Rivero, precursora, abandonó el país en 1961; Mercedes Cortázar lo hizo un año antes. Más tarde, en los años 60 y durante los 70, partieron José Mario, Lilliam Moro, Ana María Simo, Silvia Barros y Pío E. Serrano. En 1980 marcharon al exilio Reinaldo Felipe García Ramos, Belkis Cuza Malé y Héctor Santiago Ruiz. En los años 90, Manolo Granados y Pedro Pérez Sarduy se instalaron en Europa. Y en Cuba murieron o permanecen aún Nancy Morejón, Georgina Herrera, Ana Justina, Rogelio Martínez Furé, Miguel Barnet, Gerardo Fulleda León, Joaquín González Santana, Lina de Feria, Sigifredo Álvarez Conesa y Guillermo Rodríguez Rivera, entre otros. Sus trayectorias literarias han sido disímiles. ¿Qué ha quedado de aquella experiencia y de aquella estética inicial en sus obras posteriores?

JJ Barquet: Sobre el legado de El Puente en la trayectoria posterior de sus autores no creo que haya una respuesta única. Recordemos que muchos eran muy jóvenes cuando publicaron dichos libros y que estos fueron en realidad sus primeras incursiones en la escritura literaria, por lo que no todos los recuerdan como sus mejores logros. Algunos prefieren olvidarlos. Como es lógico, décadas después, con otras lecturas, experiencias e intereses artísticos, varios condujeron su poesía por vías muy diferentes. Esto es notorio en Reinaldo Felipe García Ramos, quien en su libro Acta exhibe un lenguaje sumamente metafórico para pasar en los años 80 a una poesía mucho más transparente y comunicativa en forma y contenido. Lo mismo se aprecia en la obra de Belkis Cuza Malé, aunque hay que reconocer que un tema clave de su Tiempos de sol (a saber, la denuncia frontal y urgente del militarismo y la amenaza de destrucción atómica sobre el mundo) justificaba, en más de un sentido, el tono caóticamente trágico de su libro.

A diferencia de estos dos autores, hay poetisas como Isel Rivero y Lina de Feria cuyas colaboraciones en El Puente muestran ya el estilo que las identificará. El caso de Isel resulta incluso singular, pues aunque cuenta con poemarios posteriores estéticamente diferentes a La marcha de los hurones pero igualmente valiosos (a saber, Nacimiento de Venus y El banquete), ha pasado a nuestra poesía como la autora de ese clásico de la poesía posrevolucionaria que constituye La marcha de los hurones, cuyo legado ideoestético se continúa en 1963 con Tundra. En su reseña de Tundra (Revista Iberoamericana, vol. 34, no. 65, enero-abril de 1968, pp. 174-176), Rita Geada habla precisamente de ese enlace entre ambos poemarios como un “indicio de la continuidad de[l] orbe interior” de la autora, “orbe que aparece ya insinuado en [La marcha de los hurones] pero con características más locales mientras que en [Tundra] se eleva a categorías universales testimoniándonos de este modo su acucioso estar en nuestro planeta Tierra y en este nuestro tiempo presente” (p. 175).

Otras evoluciones serían, por ejemplo, las de Gerardo Fulleda León, Silvia Barros y Héctor Santiago Ruiz, quienes hoy día no se (re)conocen como poetas, sino como dramaturgos. De igual forma, Manolo Granados y Joaquín González Santana pasaron a ser narradores.

Hay casos en que la madurez poética ocurre durante el breve período de existencia de El Puente. Son los casos de Fulleda León (aunque después cesara de publicar poesía) desde su poemario Algo en la nada a su colaboración en la Segunda novísima de poesía cubana, y de Nancy Morejón desde su primer Mutismos a su esplendente Amor, ciudad atribuida.

José Mario constituye un caso aparte: los seis poemarios que publicó bajo Ediciones El Puente, además de El grito, nos lo presentan cambiante, ambicioso y arriesgado en su afán de ser inclusivo temática y formalmente, pero nunca sin llegar a sus posteriores rupturas y experimentos madrileños de Falso T (1978). De alguna forma, su diversa pero coherente propuesta ideoestética de los años de El Puente se cierra como un círculo con el primer poemario que publica en el exilio: No hablemos más de la desesperación (1970).

En el caso de Rogelio Martínez Furé, su antología de Poesía yoruba en El Puente marcó para siempre su trayectoria literaria. Fue la semilla de la cual surgieron después, por décadas y en numerosas ediciones, otras antologías similares tales como Poesía anónima africana.

Además de lo que ha quedado de El Puente en sus autores está lo que ha quedado para la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX. Aquellas publicaciones juveniles le dieron a la poesía cubana varios logros hasta entonces inéditos. Entre ellos, la confluencia, por primera vez en Cuba, de un número considerable de poetisas de calidad dentro de un mismo grupo. El hecho de que varias de ellas fueran de la raza negra también significó una ganancia para nuestra poesía. Creo, además, que varios poemarios de estas puenteras se hallan entre la mejor poesía de los años 60: a saber, el poderoso exteriorismo profético de La marcha de los hurones; la audaz reformulación revitalizadora de la “heredada” poesía urbana en Amor, ciudad atribuida, de Nancy Morejón; la hermosa y lenta prefiguración de la ausencia que deshila El largo canto, de Mercedes Cortázar, como anunciándonos, sin querer, uno de los tonos de la futura poesía de exilio; la denuncia aterrada del infierno que constituye la época contemporánea, irónicamente referida como Tiempos de sol, por Belkis Cuza Malé; el intimismo hábilmente resuelto desde la inédita condición personal de Georgina Herrera en GH

La reformulación de la poesía urbana (en ocasiones, referida explícitamente a La Habana de los años 60) halla feliz cumplimiento tanto en Morejón como en otros puenteros. Incluso la reseña de García Ramos de 1964 sobre Amor, ciudad atribuida podría leerse como una compartida “poética urbana” para mejor entendimiento de este tema en el grupo.

No satisfechos con las propuestas ideoestéticas de la poesía negrista de los años 20 y 30 y más cercanos a Lydia Cabrera y Fernando Ortiz, algunos puenteros quisieron reformular también el afrocubanismo, pero a diferencia del tema urbano, el tema afrocubano no logró cuajar en varios poemarios de calidad.

La Poesía yoruba, de Martínez Furé, comenzó a llenar un lamentable vacío cultural, y de ahí proviene su importancia: dar a conocer en Cuba, en español, esa producción poética negroafricana que forma parte de nuestra herencia cultural. El prólogo de Martínez Furé y las reseñas que Barnet escribió sobre esta antología y la siguiente de Martínez Furé dejaron bien clara, de forma incluso didáctica, la propuesta cultural que ambos compartían: a saber, revisión del canon Occidental, ampliación de los criterios estéticos del lector cubano, cuestionamiento del occidentecentrismo cultural. Otro aporte podría hallarse en la presencia del tema homoerótico, aunque discretamente, en varios textos de José Mario. Todo esto y más se documenta y ejemplifica ampliamente en el libro, especialmente en el ensayo de Alfonso y mi glosa 6.

 

Colaboraciones de las investigadoras Sílvia Cezar Miskulin y María Isabel Alfonso, quienes escribieron sus tesis doctorales sobre El Puente, aparecen en este libro. ¿Podemos esperar de ellas próximamente nuevos ensayos sobre El Puente?

JJ Barquet: Miskulin lleva más de diez años investigando y escribiendo sobre las políticas y prácticas culturales cubanas de los años 60 y 70. Dedicó su tesis de maestría a Lunes de Revolución y de ahí publicó en 2003 el libro Cultura Ilhada: imprensa e Revolução Cubana (1959-1961). Para su tesis doctoral estudió las Ediciones El Puente y El Caimán Barbudo y de ahí publicó en 2009 otro libro: Os intelectuais cubanos e a política cultural da Revolução (1961-1975). Además de estas tesis y libros, los cuales conozco prácticamente desde sus inicios pues hemos mantenido estrechos vínculos de trabajo por más de una década, Miskulin ha publicado artículos de temas afines en revistas y monografías, y últimamente se ha dedicado a estudiar la presencia de los intelectuales cubanos en la revista mexicana Vuelta. Para mi compilación, le pedí a Miskulin que, partiendo de su libro, elaborara un resumen de la trayectoria histórica de Ediciones El Puente.

A Alfonso la conocí primero por su tesis doctoral de 2007, Dinámicas culturales de los años 60 en Cuba: El Puente y otras zonas creativas de conflicto. Ha publicado varios artículos sobre este tema y ha estado enriqueciendo y actualizando la documentación, incluso oral, sobre este período. Para mi compilación le pedí que desarrollara algunas ideas generales de su tesis pero aplicándolas a la poesía y ejemplificándolas convenientemente. A partir de su primer borrador, tuvimos algunas conversaciones de trabajo.

A ambas les agradezco haber cumplido cabalmente con lo solicitado y es obvio que sus colaboraciones enriquecieron la sección crítica del libro, la cual se presenta de forma coral, como un diálogo entre sus textos y mis glosas y notas al pie.

Hay otro colaborador, unas veces explícito, otras implícito, y es Reinaldo García Ramos, quien generosamente ayudó con sus atinadas sugerencias y observaciones a los primeros borradores de la sección crítica del libro. A él también, muchas gracias. Y a ti, Luis Manuel, por tu lectura tan puntual del libro y por esta entrevista que me ha obligado a repensar y reordenar mis ideas sobre Ediciones El Puente.

 

“El Puente: la poética de la libertad”; en: Cubaencuentro, Madrid, 04/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/el-puente-la-poetica-de-la-libertad-268902





Las virtudes de la crisis

27 09 2011

Hace poco llegó un amigo de Cuba y al día siguiente acudimos a la calle Cardenal Cisneros, donde se alinean las mejores cervecerías de Madrid. Cada una con su propia personalidad, su carta más o menos extensa de abadías belgas y alemanas, y todas llenas a rebosar de parroquianos enarbolando sus copas y sus jarras. ¿Y ésta es la famosa crisis?, preguntó mi amigo. Trabajo me costó explicárselo entre el estruendo de las conversaciones, pero sí, esta es la crisis, aunque a veces no lo parezca. Sobre todo viniendo de Cuba, instalada en una crisis permanente, y donde la asidua lectura del diario Granma sugiere al viajero que encontrará en la Puerta de Alcalá una legión de famélicos parados que engrosarán en breve los campos de refugiados de La Castellana.

Aunque no sea la que el Granma sugiere, la crisis existe, sobre todo para los 4.910.200 de parados españoles que en el primer trimestre de 2011 sitúan la tasa de desempleo en el 21% de la población activa. Miles de familias han perdido sus casas al no poder hacer frente a las hipotecas y millones de personas han reducido drásticamente sus expectativas desde que en 2007 la crisis hipotecaria en Estados Unidos dio el pistoletazo de salida a la que ya es una crisis global, sobre todo desde el desplome mundial de las bolsas en 2008.

Tras la caída del comunismo entre 1989 y 1991, nos han repetido que el modelo de capitalismo globalizado en boga es lo más sublime para el alma divertir, y que nuestra única función es consumir desaforadamente para mantener en movimiento la maquinaria económica. Las virtudes que contribuyeron a crear en Occidente y Japón los grandes polos de desarrollo –abnegación, ahorro, laboriosidad, disciplina, educación, honradez, perseverancia, prudencia, responsabilidad— pasaron de moda. El ahorro fue sustituido por el despilfarro; la prudencia, por el consumismo; la honradez, por la malversación y lo que en España llaman la cultura del pelotazo: enriquecimiento relámpago a costa de lo que sea. Ante la oferta de trabajos bien pagados, muchos jóvenes abandonaban sus estudios (su futuro) para poder disfrutar (ahora, hoy mismo) de coche nuevo y las mejores etiquetas en sus jeans. Las familias incurrieron en hipotecas que rozaban sus límites de solvencia. La ingeniería que construye máquinas y puentes perdió protagonismo ante la ingeniería financiera que empaquetaba hipotecas basura y valores dudosos en papel de regalo y los vendía y revendía sabiendo que algún día se abriría el precioso envoltorio y los incautos descubrirían una burbuja de aire, pero ya por entonces las ganancias estarían a buen recaudo. La codicia fue enaltecida como un nuevo modelo de sabiduría. Más nos valía ser listos que inteligentes.

Nos convencieron de que no había nada de qué preocuparse. Los estados no tenían que intervenir. El mercado, regido por los gurús de las finanzas, se regulaba solo. Las agencias de calificación –Standard & Poor’s, Moody’s, Fitch– y los grandes gabinetes asesores –Ernst and Youg, Accenture, Deloitte, McKinsey, Boston Consulting Group, KPMG— velaban por nosotros.  Tanto, que no fueron capaces de prever ni la caída de Lehman Brothers. Pero cuando se hubo consumado la catástrofe, los mercados y los bancos clamaron por la intervención de quienes antes no tenían que intervenir: los estados, es decir, el dinero de los contribuyentes. En nuestro nombre se inyectaron billones a los bancos para evitar la quiebra del sistema. Y los bancos, tan solidarios como de costumbre, no convirtieron esa liquidez en créditos a la pequeña y mediana empresa para reactivar la economía, sino en inversiones de alta rentabilidad que multiplicaran sus ganancias. Y en eso estamos. Inmersos en un sistema global en que, al menos en los países democráticos, los ciudadanos votan a los líderes que una vez electos serán gobernados por los mercados o, en el mejor de los casos, gobernarán más atentos a las agencias de calificación y los vaivenes de la bolsa, que a sus electores. El resultado de esa espiral enloquecida es que, al tiempo que se desploman los ingresos de la mayoría, crecen y se consolidan las grandes fortunas, como si los pobres subvencionaran a los ricos. Incluso a nivel global. China y Brasil salen al rescate de la deuda europea ante el temor a quedarse sin clientes.

Pero la crisis también tiene sus virtudes.

Una generación que parecía adormilada entre el hedonismo y el desinterés, sale a la calle indignada. El movimiento 15M, que se ha replicado en toda Europa, exige la puesta al día de valores olvidados: igualdad, progreso, solidaridad, sostenibilidad ecológica y desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas; el derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y contra una “dictadura partitocrática” que, según ellos, no nos representa. Apuestan por una democracia más demos y menos crática, sustentada en la universalidad de la palabra, la opinión y la participación, gracias a las nuevas tecnologías.

La sociedad cobra conciencia de las malas políticas económicas, la falta de regulaciones, escasa supervisión y la ilimitada codicia e irresponsabilidad financiera a costa del bien ajeno. Se exige el cese de la impunidad, de la delincuencia política y financiera, y ya se ha sentado en el banquillo, acusado de negligencia grave, el ex primer ministro islandés Geeir H. Hardee. Pero deberían ser muchos, muchos más.

Aunque la globalización es ya imparable, habrá que replanteársela en otros términos, en particular en lo que respecta a la coordinación entre los estados para el control y la supervisión de la economía financiera y la abolición de los paraísos fiscales. Derivar la economía productiva hacia la economía financiera –en Estados Unidos ella constituye el 8,5% del PIB y un 30% de los beneficios— puede ser tan peligroso como caminar sobre un pavimento de humo. La riqueza de los países no proviene de la prestidigitación financiera, sino de la innovación y el trabajo. Los ingenieros de máquinas y puentes deberán recuperar protagonismo frente a los ingenieros de nubes. Y recordar a Albert Einstein cuando enunció que “el pensamiento que ha creado la crisis no puede ser el mismo que va a solucionarla”.

Se cobra conciencia de que un modelo basado en una espiral de consumismo y sobreendeudamiento progresivo es, simplemente, insostenible. Grecia, Portugal, Italia y España son testigos. Y Estados Unidos, donde la transferencia de la deuda privada hacia la deuda pública elevará el endeudamiento del Estado a un 80% de su PIB. Puede que esto sirva para regresar a la antigua virtud del ahorro desde las familias hasta los países. Y eso puede derivar en el restablecimiento de las dinámicas a largo plazo en las decisiones económicas frente a la mentalidad del aquí y ahora y la cultura del pelotazo.

Si no lo hacen los poderes financieros, los estados tendrán que imponer al capital normas y valores más allá de la pura codicia. El resultado último de la evolución es el hombre, no el dólar. Schumpeter y Hayek ya enunciaron que la economía también tiene que sustentarse sobre valores, más allá de los tipos de interés.

La explosión de la burbuja inmobiliaria, que ha dejado a media España en el paro –se construía como si todos los jubilados del continente se fueran a mudar a la península–, también tiene sus lados buenos. Y no son pocos. Con el aumento del desempleo, muchos inmigrantes han regresado a sus países con sus indemnizaciones, transfiriendo no sólo capital, que ya está fomentando el desarrollo, sino experiencia. Aumenta la tendencia de los jóvenes al alquiler de viviendas, no a la compra, lo que favorece la movilidad laboral. El abaratamiento de la vivienda podría redundar en un incremento de la natalidad, lo que a su vez contribuiría al mantenimiento del sistema de pensiones. Y, sobre todo, la explosión de la burbuja demuestra que España está obligada a reconsiderar su modelo de desarrollo, que no puede descansar en el turismo y el ladrillo, sino en la sociedad del conocimiento. Y a eso contribuye el que, ante la escasa oferta laboral, muchos jóvenes que habían abandonado sus estudios, reingresan en procesos de formación y se recalifiquen.

Pero no es la única burbuja que ha estallado con la crisis. La burbuja del neoliberalismo como verdad suprema también se ha desvanecido. El mundo está abocado a una economía más racional y tangible, basada en la producción y el consumo responsable. Y junto a ésta, la burbuja mediática y política de los vendedores de ilusiones. O la burbuja de una buena parte del “arte contemporáneo” –ya Sotheby’s ha tenido dificultades para concluir muchas de sus subastas–, al no representar valores seguros, valores refugio para la riqueza desmedida de una oligarquía mundial. Posiblemente el arte de los próximos años valore más el virtuosismo, la imaginación y las ideas que el exabrupto snob.

También los modelos de negocio han evolucionado con la crisis. No sobrevive el más fuerte ni el más grande, sino el que mejor se adapte y evolucione con racionalidad ante las nuevas circunstancias: innovación, contención del gasto, mejor relación calidad/precio, productividad y una atenta observación de las necesidades del cliente.

La crisis tiene, incluso, sus virtudes ecológicas. El consumo responsable comienza a sustituir la filosofía del usar y tirar. Se racionaliza el empleo de los recursos. Se acelera la carrera por las energías renovables (basta visitar los últimos salones del automóvil). Se recicla con más entusiasmo y, ante la imposibilidad de perpetuar el plan renove de elecrodomésticos y automóviles, ha reaparecido en los diccionarios una palabra olvidada: reparar.

Y la ecología social: Se racionaliza la proliferación de funcionarios e instituciones redundantes o simplemente innecesarias que proliferaron alegremente al amparo de los contribuyentes. Aunque aún distamos de poner coto al despilfarro de políticos.

Alejo Carpentier ya observaba que los siglos no se ajustaban exactamente al calendario y que, por ejemplo, el siglo XIX había comenzado con la Revolución Francesa y el siglo XX con la Revolución de Octubre. Desde esa perspectiva, el siglo XXI comenzaría con la caída del muro de Berlín, aunque muchos cifran ese inicio el 11 de septiembre de 2001, con la caída de las Torres Gemelas. Pero este siglo XXI debería comenzar el 15 de septiembre de 2008, con la quiebra de Lehman Brothers, cuando empezamos a preguntarnos si este es el modelo de sociedad que deseamos legar a nuestros hijos.

 

“Las virtudes de la crisis”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/las-virtudes-de-la-crisis-268621





José Triana: la estilización de la memoria

19 09 2011

A la Colección Palabras Mayores de la editorial Aduana Vieja debemos la posibilidad de recorrer, en dos volúmenes, la Poesía Completa (Antología personal) de José Triana, desde De la madera de los sueños (1958) hasta Dorada fronda y feria de acrósticos (2010).

Nacido en 1931, en Camagüey, Triana publicó en España, donde cursó estudios, su primer volumen de poesía y, de regreso a Cuba, publica en 1960 su pieza teatral Medea en el espejo; en 1962, El parque de la fraternidad; en 1964, La muerte del ñeque y, en 1965, La noche de los asesinos, que obtuvo el premio de teatro Casa de las Américas de ese año y  ha sido representada en numerosas capitales americanas y europeas. Obras suyas han sido traducidas a una docena de lenguas.

Triana vive en París desde los 80 y, aunque más conocido por su teatro, la poesía ha sido una constante en su obra.

En el primer volumen de su Poesía completa aparecen los poemarios De la madera de los sueños (1958), Proyecto de olvido (1964), Golpe de sombra (1969), Cuaderno de familia (1975), De aquí para siempre (1976), Claro homenaje (1977), Ejercicios para después de la siesta (1977-1988), Aproximaciones (1989) y Otro retrato olvidado (1990).

Desde sus primeros poemas, hay en Triana una sostenido buceo en la infancia, en la memoria, el pasado como elipsis que le permite reinterpretar el presente: “La memoria me ofrece ciudades legendarias / y prefiero la infancia sentada en su pupitre / como una alumna atenta” (poema 3, p. 28). En Proyecto de olvido recuerda que “Anduvimos descalzos / al patíbulo / Había media hora y un segundo en contra” (poema 3, p. 57). Una angustia existencial que posiblemente tenga su mejor reflejo en el poema “Nadie responde”: “Nadie responde ahora. / La lámpara bosteza madrugada / y un silencio otoñal va recobrando / una larga escalera de horizonte” (p. 74).

Otra constante en la poética de Triana es la presencia, la premonición de la muerte que discurre como un personaje familiar, inevitable: “Dicen que anoche entraron los muertos / subrepticiamente en la ciudad. / Diligentes, marciales, anduvieron / por calles, avenidas, parques” (p. 100). Es la desembocadura natural de una mirada angustiada a la realidad, como en el poema “Consignas”: “Olvida la verdad. / (En ella yace / la ignorancia de los justos / y la beatitud de los perversos.)” (p. 133), que pertenece al libro Golpe de sombra, publicado en 1969, y recorrido de punta a cabo por un bdesconsuelo y un desasimiento que contrasta con la poética en boga: alborozada y celebratoria hasta el panfleto.

Pero la poesía de Triana va más allá de celebraciones al uso. Por Claro homenaje (1977) transitan otoños y quimeras, nieblas, sueños, “poemas olvidados”, para decirlo en sus palabras. Y en Ejercicios para después de la siesta (1977-1988) rinde homenaje a figuras clave de la literatura y el arte, lo que llevará hasta los límites de la crónica en Dorada fronda y feria de acrósticos (2010), acertadamente subtitulado Autobiografía como fiesta virtual.

El segundo volumen recoge los poemarios Oscuro el enigma (1993), Vueltas al espejo (1994), Casi elegías (1996), Dados de apócrifo (1997), Orfeo en la ciudad (2001), Laberinto (2005), Poemas de la niña buena (2006), Láudano para un ensueño (2007), y Dorada fronda y feria de acrósticos (2010).

Este segundo volumen es recorrido por una percepción del tiempo como distancia, de la distancia como extrañamiento, desde “Coloquio de sombras” (1976) dedicado a Lezama: “Cuando un poeta abandona su cuerpo / se suceden de pronto los más claros / signos del cataclismo: algunas llaves / desaparecen de los monederos / y se quedan exagües las calandrias” (p. 19). Aunque, como el propio Triana afirma en “Definición última”: “¿Y la memoria, en fin, de qué me sirve, / recortando los puños de improviso / y agigantando calles postergadas?” (p. 72). Mucho después afirmará, en “Desvelos”: “Nombre no tengo, sólo el olvido abre / los postigos brumosos y descienden / como columpios o lámparas / en arcos majestuosos las oropéndolas” (p. 193).

En una poética que gira alrededor de la memoria y de la primera patria, la infancia, el exilio, esa desmemoria, tiene también su asiento: “Qué hago aquí, qué busco, quién soy, / ¿de qué modo situarme o indagarme? / me pregunto y no encuentro una respuesta, / sólo percibo bordes de ceniza”” (“Poemas para tambor y flauta china”, número 8, p. 202), se pregunta el poeta en 2005. Aunque, curiosamente, la premonición de ese exilio ya aparece en el poema 12 de su libro Proyecto de olvido, publicado en 1964: “Ocurre cada día. / Yo digo “inevitable”. / Abro la puerta. / Descubro que avanzo, / escaleras arriba, / hacia la más profunda / región del exilio. / El reloj se detiene”. (tomo I, p. 66). Profeta de sí mismo, el poeta avizora con cuarenta años de anticipación, “la más profunda región del exilio”.

En una poesía que da cuenta constantemente del presente a través de la rememoración, que reedita el pasado en un presente progresivo y recurrente, peregrinar estos dos volúmenes es una oportunidad única para acercarnos a una comprensión cabal de la obra toda de Pepe Triana, una oportunidad que todo buen lector agradecerá.

 

“José Triana: la estilización de la memoria”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/jose-triana-la-estilizacion-de-la-memoria-268295





La lentitud confortable

13 09 2011

Degustar un Yoichi 20 años, fabricado por Nikka, es una experiencia memorable. Un whisky cargado de matices –violetas, cuero, tabaco, grosellas— que abandonan en el paladar una larga memoria de las excelentes aguas de Hokkaido y de la turba purificadora en sus suelos. No por casualidad fue elegido en 2008 el mejor single malt en el World Whisky Awards, desbancando por primera vez a un whisky escocés.

Ese sabor se lo debemos a Masataka Taketsuru (1894–1979), un joven que tomó clases de química orgánica en la Universidad de Glasgow en 1919 y, posteriormente, trabajó en varias destilerías escocesas. En 1920 regresó a Japón cargado de cuadernos donde fue anotando el proceso de producción, y allí comenzó a trabajar para la destilería de Shinjiro Torii, creando en 1934 su propia empresa, Nikka, en Hokkaido, la Escocia japonesa.

De haber nacido en el Japón tradicionalista y hermético de la primera mitad del siglo XIX, el empeño innovador de Masataka Taketsuruno no habría fructificado; pero coincidió con la apertura del país a las nuevas tecnologías que convirtió a Japón en una potencia de primer orden. El país comprendió que no se trataba de reinventar la rueda, sino de adaptarla a su entorno. Ni de importar bisuterías de consumo, sino de estudiarlas, mejorarlas y producirlas con una eficiencia óptima. Treinta años después de los hermanos Wright, Japón fabricaba el Mitsubishi A6M, Zero, uno de los mejores cazas de la época.

En su libro Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años (Debate, 2006), Jared Diamond ofrece la explicación más convincente de por qué la humanidad se ha desarrollado diferencialmente en distintas regiones. Revela las causas objetivas de que en Mesoamérica y Los Andes surgieran las grandes civilizaciones americanas, y no en la Patagonia o en los Grandes Lagos. Y las razones geográficas, biológicas y climáticas gracias a las cuales las culturas de Eurasia y del Creciente Fértil han dominado el mundo durante los últimos milenios: la disponibilidad de animales y plantas domesticables y de alto rendimiento, pero, sobre todo, la posibilidad de expandir tecnologías, cultivos y ganado en un eje paralelo (y no meridiano, como en América o África) con franjas climáticas semejantes.

Gracias a ello, un puñado de conquistadores españoles vencieron a los imperios maya, azteca e inca, no porque fueran seres superiores, sino porque, entre otras razones, venían armados con acero (facturado por primera vez en India, Sri Lanka y China, donde también se inventó la pólvora) y sobre caballos que fueron domesticados por vez primera en Asia Central. Anotaban sobre papel (de origen chino) sus experiencias, mapas y conquistas gracias a una escritura muy perfeccionada a partir de sus orígenes babilonios. Y, sobre todo, venían armados con gérmenes contra los cuales los eurasiáticos se habían inmunizado a lo largo de milenios. Los americanos carecían de anticuerpos. Cómputos recientes demuestran que la gripe, la viruela, el sarampión, el tifo y la influenza fueron los grandes genocidas de la conquista.

Karl Marx realizó en su momento el análisis más exhaustivo del capital, pero pecó de escolástico al conferir a sus leyes de la dialéctica un carácter universal e inmutable. A ellas debía someterse, a las buenas o a las malas, la naturaleza y la historia. Y su Materialismo Histórico –determinista, eurocentrista y racista, entre otras istas–, intenta embutir en la horma europea el devenir histórico de toda la humanidad, sin considerar la historia como la compleja interacción entre múltiples procesos, no un mero resultado de la lucha de clases. De ahí que las sociedades construidas a punta de bayoneta como modelos más o menos (in)fieles a sus tesis hayan demostrado su caducidad histórica.

Jared Diamond, biólogo y biogeógrafo, profesor de la Universidad de California, parte de los datos objetivos e intenta explicar los hechos probados mediante razones comprobables. China, la gran potencia tecnológica del primer milenio, se subdesarrolló tras impermeabilizarse a lo nuevo y confinarse dentro de sus fronteras en una suerte de endogamia histórica. Lo contrario que Japón cuando a mediados del XIX asimiló el acervo tecnológico de Occidente. O la gran cultura islámica, dueña de la sabiduría medieval, que caducó tras imponer la transmisión de la fe sobre la transmisión del conocimiento.

El libro de Diamond hace referencia a un caso singular, el de Tasmania, una de las sociedades más primitivas del planeta a inicios del siglo XX. Unida a Australia mediante un puente de tierra durante milenios, hacia ella migraron las tecnologías australianas, según demuestra el registro arqueológico. Sumergido el puente, bastó que una epidemia o una guerra mataran a los artesanos de una aldea para que dejara de fabricarse el bumerang y otros instrumentos, y la comunidad fuera sumiéndose en una economía cada vez más precaria, sin posibilidad de reactivación tecnológica por transmisión. Por el contrario que en Eurasia, estaban condenados a reinventar, una y otra vez, la rueda.

Cuba es un caso singular de aplicación de las tesis de Jared Diamond. Exterminada en su casi totalidad la población autóctona por los gérmenes y el acero de la conquista, la isla, extensión occidental de la cultura occidental, adoptó rápidamente la ganadería europea, la caña de la India y el café etíope, pero también las tecnologías navales más avanzadas. Más tarde aprovechará, desde inicios del siglo XIX, el estrecho puente de mar que la separa de una de las sociedades más innovadoras, la norteamericana. De modo que la colonia dispone de ferrocarril antes que la metrópoli y crea durante el XIX una industria, especialmente la azucarera, de tecnología punta, al tiempo que se forma una clase empresarial y una tecnocracia capaces de operarla eficazmente, algo que se acelera y diversifica tras la independencia, durante la primera mitad del siglo XX.

Con todas las objeciones que pueda, justamente, hacérsele –inestabilidad política, diferencia entre la ciudad y el campo, monocultivo, corrupción, etc.–, aquella era una sociedad en crecimiento, ágil en la implantación de las novedades tecnológicas, y que se encontraba en proceso de diversificación –tabacalera, industria ligera y textiles, alimentaria, transporte, minería, metalurgia, entre otras–, gracias a contar con un creciente sector de personal altamente calificado. Como en el Japón de Masataka Taketsuru, no se trataba de importar bisutería norteamericana, sino de realizar producciones propias ajustando la tecnología a las condiciones y posibilidades locales.

La revolución de 1959 cortó el puente marítimo con la capital tecnológica del siglo XX y estableció un puente transoceánico con la Tasmania soviética, de donde comenzamos a recibir hachas de piedra y otras tecnologías obsoletas. El proceso de desmantelamiento de la economía precedente concluyó, en lo esencial, con la Ofensiva Revolucionaria y la Zafra de los Diez Millones. Los artesanos de la aldea no perecieron en guerras o epidemias. Se exiliaron masivamente en menos de un decenio.

Entre 1968 y 1989, la aristocracia verde olivo disfrutó su Edad de Oro. Eliminada la competencia y abolida la sociedad civil y la prensa libre, dueños absolutos del poder político y económico, la nueva oligarquía, subvencionada por razones geopolíticas, no tenía siquiera que ser eficiente. El sueño dorado de cualquier dictadura. Sin inquietud por la opinión pública, la prensa o la oposición, abolida la inquietud electoral, podían dedicarse impunemente a juegos de guerras y guerrillas o a la prestidigitación económica: vacas como elefantes que harían correr ríos de leche, zafras que inundarían de azúcar el planeta, café caturra, arroz, naranjales estudiantiles. Cada desastre era el prólogo, a golpes de consigna, de un nuevo milagro que nos colocaría a la cabeza del universo. Mientras, bajo el manto de una presunta planificación modelo GOSPLAN, se echaron al olvido palabras obsoletas propias del ancien régime: contabilidad, fiscalidad, rentabilidad, auditoría, control de gastos y resultados, facturación, beneficios, eficiencia.

Posiblemente la gerontocracia criolla recuerde hoy con nostalgia aquellos años felices cuando era mayor su esperanza de (buena) vida.

Ahora la supervivencia obliga a reinventar a trompicones la empresa privada (pero si incentivos fiscales, ni apoyo financiero, ni mayoristas); se entregan tierras en usufructo sin insumos ni banco agrícola y con trabas a la producción y la comercialización; se reinstauran la contabilidad y el control de gastos y resultados; se impone un sistema fiscal que abrume adecuadamente a los pequeños empresarios; palabras como rentabilidad, facturación, beneficios y eficiencia se rescatan de los viejos diccionarios. Y las auditorías, como un ras de mar, amenazan a los jerarcas que habitan al nivel del mar. Difícilmente la marea suba hasta las altas cumbres.

Lo más llamativo para los expertos es la lentitud y los reiterados “errores” y “olvidos” en la reimplantación de esas viejas tecnologías. Si la pólvora o la imprenta se distribuyeron gracias al eje meridiano de Eurasia, hoy los nuevos medios de transporte y el eje multidireccional de Internet permiten la difusión instantánea de las tecnologías en todas direcciones. Cualquier Manual de negocios para Dummies permite al más lerdo la reimplantación de la empresa privada, con todo su aparato subsidiario, en un par de meses. El raulismo, en cambio, repite que todo se hará con calma y sosiego para no equivocarse. (Son los mismos que se equivocaron a toda velocidad durante los 60, pero la tercera edad ya no está para esos trotes). Y aun así, se equivocan, comenzando por los tempos. En una economía globalizada y dinámica que se mueve a saltos tecnológicos, la lentitud es el primer error.

Pero no es un error ni un olvido. Una parte de la aristocracia verde olivo hace retranca al cambio, anclada aún en la nostalgia por su Edad Dorada. Triste jubilación sería soportar el alzheimer y los males de próstata, como almas en pena de museo, en un mundo de pequeños empresarios exitosos y solventes. Otros, más emprendedores y ya de civil, aunque conserven sus al(r)mas de generales, saben que mientras afianzan la administración o la gerencia de las corporaciones y empresas de las que mañana serán dueños, necesitan un período de carencia, un plazo de gracia sin la competencia desleal de un empresariado advenedizo, aunque sean ingenieros y licenciados condenados a oficios del siglo XIX: arrieros, aguadores o forradores de botones.

Y no es que la espera sea demasiado inconfortable. Como aquellos emperadores de la China hermética que sólo permitían la importación de relojes para su uso y entretenimiento, pero prohibían construirlos a los artesanos locales (los autócratas siempre han querido monopolizar el usufructo del tiempo), la aristocracia verde olivo cuenta en privado con la parafernalia tecnológica de última generación para su disfrute, lo que facilita la redacción de los llamados al sacrificio y la abnegación de los súbditos, entre sorbos de un Yoichi 20 años, fruto del emprendedor Masataka Taketsuru y de la apertura japonesa.

 

“La lentitud confortable”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-lentitud-confortable-268066





Un leve rasguño en tu memoria

8 09 2011

Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, Cuba, 1936) no sólo es un excelente poeta y periodista, miembro correspondiente de la Real Academia Española, y un conversador impenitente que deja caer como al descuido ironías afiladas que hieren a los miserables sin causar daños colaterales; es también un hombre que se hace querer a la primera. Miembro de la generación poética de los 50, fue primer secretario y consejero cultural de la embajada de Cuba en Bulgaria, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, redactor-jefe del suplemento cultural Hoy Domingo (del diario Noticias de Hoy) y de La Gaceta de Cuba, codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y miembro del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana. Ha publicado catorce volúmenes de poesía, entre ellos Paso a nivel (2005) y la antología personal Un caracol en su camino (2005). Sólo un leve rasguño en la solapa (2002) es el primer volumen de sus memorias y Oficio de opinar (2008) recoge periodismo y ensayos. Su antología Poemas Cubanos del Siglo XX (2002) fue publicada en Madrid por Hiperión. Amigo y colega de Lezama Lima, compartió con él el jurado que otorgó a Heberto Padilla el premio UNEAC por su libro Fuera de Juego. Protagonista y testigo de excepción de la cultura cubana en la segunda mitad del siglo XX, suscribió en 1991 la Carta de los Diez, preparada por la poeta María Elena Cruz Varela. Represaliado por ello, se marchó al exilio en 1992 y reside en Las Palmas de Gran Canaria, su isla de repuesto.

Sus memorias, escuetas y sugerentes como un buen poema, nos dejan con hambre. Aprovecho esta ocasión para saciarla.

 

Manolo, a pesar de ser un joven miembro del Partido Socialista Popular, el viejo Partido Comunista, uno de los primeros periódicos en que escribiste fue en el diario Tiempo, de Rolando Masferrer, jefe de la banda paramilitar más feroz del batistato. Confiesas que en tus brevísimas visitas a la redacción te sentías asqueado por un sitio donde había más metralletas que máquinas de escribir. Sin embargo, consideraste más importante decir lo que querías que la filiación del espacio donde eso apareciera. Coincido plenamente contigo. Sin embargo, la historia política y cultural cubana está plagada de publicaciones “nuestras” o “de ellos”, “amigas” y “enemigas”, síntoma de nuestra escasa cultura para el diálogo, algo que la revolución ha potenciado.

MDM: Este detalle de mi biografía lo narro ampliamente en mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa. El periódico de Masferrer, Tiempo en Cuba, formaba parte del entramado propagandístico del batistato, pero su jefe de redacción, el crítico de arte Joaquín Texidor, con quien yo mantenía buenas relaciones, me invitó a colaborar en él. Después de pensarlo mucho, me decidí a colaborar en ese periódico porque me dije que lo importante era lo que yo dijese en mis artículos y no el medio que me los publicara. Cuando salió publicado mi artículo sobre Rigoberto López Pérez, el joven nicaragüense que mató a Anastasio Somoza, Texidor me avisó del interés que había mostrado Masferrer por saber quién era yo, y me aconsejó que suspendiera las colaboraciones, que no me portara por el periódico y que me ausentara de La Habana durante un tiempo. Era lógica la reacción de Masferrer porque en aquel artículo, titulado “El drama de Nicaragua” y aparecido el 5 de octubre de 1956, yo sostenía la tesis de que matar a un tirano no es un crimen.

 

Conociste a Agustín Acosta, poeta nacional hasta que un jurado le arrebató el título a favor de Guillén, sin siquiera tener que subirse al ring. Como expropiaron a Regino Pedroso, a quien también conociste, la medalla de gran poeta social cubano. ¿Cómo recuerdas a esos tres grandes nombres de la poesía cubana?

MDM: Fui amigo de los tres y los recuerdo con nostalgia porque están vinculados a mis ilusiones juveniles. Agustín Acosta Bello era primo de mi abuela paterna, Dolores Bello Casaña, y lo vi por primera vez, siendo yo niño, en su casa de Jagüey Grande. La última vez que conversamos fue en mi casa de La Habana, poco antes de que, ya viejo, se fuera de Cuba con su mujer. Agustín era de ideas liberales, tenía una historia política impecable en la República y no confiaba en la revolución castrista. Conocía todo lo que había que conocer de la industria azucarera cubana y en nuestra última conversación me vaticinó el fracaso de la Zafra de los Diez Millones, quizás la más sonada de las costosas memeces faraónicas de Fidel Castro. Se llevaba bien con Nicolás, a quien le escribió una carta angustiosa en la cual le pedía que lo ayudase a obtener el permiso para viajar que el Gobierno le demoraba. Me consta que Guillén, con quien trabajé como redactor-jefe de La Gaceta de Cuba, que él dirigía, era una noble persona y un buen amigo, y no dudo de que Agustín lograra alcanzar su propósito gracias a los buenos oficios de Nicolás. Quien no tenía las mejores relaciones con “el mulato sabrosón”, como le decía Lezama a Guillén, era Regino Pedroso. Se masticaban pero no se tragaban. Los distanciaba el hecho –no sé si había otro– de que Regino había sido desplazado por Nicolás del trono de la poesía social en Cuba, en el que Regino se sentó cuando en 1930 publicó su libro Nosotros, y del cual lo bajó definitivamente el Partido Comunista cuando el poeta publicó, en 1955, El ciruelo de Yuan Pei Fu, su mejor libro, exponente de un escepticismo político que el mesianismo comunista no podía deglutir. Desde entonces, Regino fue difuminándose en el olvido, al tiempo que Nicolás fue monopolizando el centro de la poesía nacional, de la que llegó a ser el gran tótem gracias a la revolución castrosta, a pesar del desprecio que la nomenklatura guerrillera, empezando por el propio Castro, le manifestaba. El desprecio que esa gente sentía hacia Nicolás se debía a que no era un hombre de acción, no tiraba tiros y se limitaba a actuar como intelectual, aparte de que, a los ojos de esos que murmuraban contra él, arrastraba el “defecto” antiproletario de tener gustos refinados. Por lo mismo se burlaban también, pero con discreción, de Juan Marinello. Castro le colgó el nombrete de “Juan de América”.

 

Intentaste crear una revista cultural en 1957 en colaboración con el pintor Adigio Benítez, el cineasta Roberto Fandiño y los poetas Roberto Branly, José Álvarez Baragaño y Serafina Núñez. ¿Algo en aquel instante te habría permitido prever que el destino de cada uno sería tan diferente?

MDM: No, nada. Lo que recuerdo es que a aquellos amigos, aparte del deseo de fundar una revista cultural con filo político, los unía entonces el repudio a la tiranía de Batista. Tras la llegada de la revolución al poder cada uno decantó su identidad ideológica y tomó su rumbo personal. Tengo entendido que Adigio, que fue compañero mío en el periódico Hoy, vive aún y sigue atado al castrismo. Baragaño, Branly y Serafina Núñez fallecieron en armonía con la revolución. Baragaño murió muy pronto, en 1962. Conociéndolo como lo conocí y recordando cosas que me dijo en nuestras frecuentes conversaciones, propiciadas por la circunstancia de que éramos concuños, creo que tarde o temprano se habría ido al exilio, como hicimos Fandiño y yo.

 

¿Cómo fue tu relación con Virgilio Piñera, el que murió sin saber si estaba rehabilitado, y con quien publicaste en el último número de Ciclón? ¿En qué medida se corresponde tu imagen personal con la imagen mítica que se ha creado de él?

MDM: Mi relación con Virgilio fue extraordinariamente cordial. Nos conocimos en La Habana antes de la revolución, a su regreso de Buenos Aires. Nuestra amistad duró hasta su muerte. Murió condenado al silencio por el régimen castrista, que lo persiguió como escritor y como homosexual. El canciller Raúl Roa se mofaba de él llamándolo “escritor epiceno”. Virgilio era corajudo intelectualmente, y ajeno por completo a las poses, la petulancia y la hipocresía. No ocultaba ni su homosexualidad ni lo que pensaba. En las reuniones de los intelectuales con Fidel Castro en 1961 le hizo saber al líder, cara a cara, su oposición a la cultura dirigida, aberración totalitaria que Castro canonizó en el discurso con que puso fin a aquellas reuniones convocadas precisamente para dejar establecido el control estatal de la cultura. Virgilio produjo una obra literaria heterodoxa respecto del dogma estético oficial y fue una víctima del régimen, de modo que estaba destinado a ser repelido por unos e idolatrado por otros. Mi opinión es que quienes lo hemos idolatrado estamos más cerca de su realidad.

 

José Álvarez Baragaño, a quien conociste muy bien, ¿era el que era, el que quería que creyeran que era o el que los demás pensaban que era? A veces pienso que Baragaño y Escardó fueron los dos cadáveres de poetas jóvenes que la revolución (como otras tantas revoluciones antes y después) necesitaba.

MDM: El Baragaño que se conoce es el que él quería que creyeran que era. Por razones que Virgilio Piñera relacionó con la infeliz niñez del poeta y que sólo un psicólogo podría desentrañar, el Bara, como le decíamos, se fabricó una imagen pública de “maldito”, de “raro”, que tenía mucho menos que ver con su personalidad que con algunas de sus deidades literarias francesas, como sus amados Baudelaire y Rimbaud y los surrealistas. Durante un tiempo, su íntimo amigo Roberto Branly lo secundó en el malditismo, con menos acrimonia y con humor más chispeante. En mi libro de recuerdos narro una enternecedora anécdota de Baragaño, de cuando ya estaba casado con la pintora Hortensia Gronlier, que desvela su auténtica personalidad.

 

Cuando yo era niño, compraba la leche en la calle Trocadero, y para mí, que lo vi muchas veces, Lezama era el gordo que vivía frente al punto de leche. Después de ser ignorado, marginado y atacado, Lezama ha sido momificado por la admiración. ¿Cómo conociste a Lezama y cómo era en realidad aquel hombre en el que la posteridad ha fundido obra y vida en una suerte de personaje mítico? ¿Pudiera afirmarse que una cosa es Lezama y otra muy diferente la lezamamanía?

MDM: Conocí a Lezama en la década de los 50, en una emisora de radio situada en los bajos del Centro Asturiano, de la que él era asesor jurídico o algo así. Fue Branly quien me lo presentó. Pero mi amistad con el Gordo empezó cuando, al comienzo de la revolución, me invitó a su casa para explicarme, a propósito de unos comentarios inicuos que le propinamos Baragaño, Heberto Padilla y yo, que él tuvo un puesto en Bellas Artes en tiempos de Batista pero que nunca fue batistiano. Me convenció y le tomé afecto. Me sentí culpable ante los temores y la humildad de aquel hombre excepcional, obeso, asmático, pobre y que me doblaba la edad. Me reprocho muchas de las cosas que he hecho y una de ellas es haber atacado a Lezama, aunque si no hubiese sido por esa estupidez quizás no habría existido la amistad que hubo entre él y yo, una amistad que se estrechó cuando trabajamos juntos en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias. Recuerdo que en esa época raro era el mes en que yo no le prestara dinero o me lo prestara él a mí para llegar al siguiente sueldo. Lezama estaba tan seguro de su valía intelectual, que jugaba con la posibilidad de que en algún momento tocara a su puerta “el viejito de Suecia”, y pienso que el hecho de estar convencido de la importancia de su obra lo salvó de la arrogancia y la inmodestia, unos excesos que no necesitaba. La lezamamanía, que él conoció cuando esa moda alboreaba, debe de haber sido para él una satisfactoria compensación por el Nobel que, como Borges, se quedó esperando.

 

Tu relación con Guillén fue compleja y has confesado que tras tener con él, incluso, una bronca pública (y publicada), terminaste apreciándolo. Pienso que Guillén fue excesivamente mimado en vida y excesivamente maltratado por la posteridad, todo lo contrario que Lezama, y que fue un hombre superado por las servidumbres a que lo condenaba su sitial en el Olimpo de la literatura cubana. Un hombre que quizás no supo administrar adecuadamente la gloria y el miedo. ¿En qué medida su trayectoria posrevolucionaria fue diferente a la de Alejo Carpentier, a quien no sólo conociste, sino que fue tu jefe?

MDM: Estoy de acuerdo contigo cuando dices que Guillén fue excesivamente mimado en vida y maltratado después que murió. No es el único que ha pasado de la fama al olvido tras el último suspiro. Guillén es un gran poeta que supo alcanzar un estilo inconfundible. La conciencia que tenía de su propio valor, inflada por la celebridad ecuménica que le facilitó el entramado propagandístico del comunismo internacional –como sucedió también con Neruda, Louis Aragon, Rafael Alberti, Jorge Amado y otros–, lo llenó de una vanidad pueril que lo condujo a cometer algunas tonterías impropias de su rango intelectual. Una de ellas fue la de acusarme injustamente, en un artículo que publicó en el periódico Hoy, de haber censurado yo su nombre en una entrevista que le hice a Nazim Hikmet. Según su paranoia, era imposible que Hikmet no lo hubiese mencionado en esa entrevista. Arremetió contra mí y me vi obligado a responderle. Mi respuesta fue publicada también en el Hoy, motivo por el cual se enfadó con el director del periódico, que era Blas Roca, y durante meses suspendió la columna que mantenía en el Hoy. Como detrás de su rabieta estaba su creencia de que los jóvenes poetas cubanos lo negábamos, lo cual era falso, algunos decidimos escribir sobre él en una página de homenaje que le dedicamos en el suplemento cultural Hoy Domingo, que yo dirigía. Nicolás aceptó de buen grado el homenaje y me devolvió la amistad que me había retirado. Lo hizo dedicándome generosamente un ejemplar de un libro suyo. A partir de ahí mantuvimos estupendas relaciones. No olvido que, en un acto público celebrado en la Unión de Escritores y presidido por él, me invitó inesperadamente a incorporarme a los poetas que leerían textos en aquella velada. Esos poetas estaban en el programa, pero yo no. Y yo no estaba porque no podía estar: sobre mí pesaba el veto que el régimen me había impuesto por haber votado, como jurado del Premio de Poesía de la Unión de Escritores, en 1968, al libro Fuera del Juego, de Heberto Padilla. La invitación de Nicolás me cogió “desarmado” y de la biblioteca de la Unión tuvieron que traerme un libro mío, porque nunca he sido capaz de decir de memoria ninguno de mis poemas. Esa indisciplina política de un hombre tan políticamente disciplinado como Nicolás fue, a mi entender, un gallardo gesto de protesta contra la pena de silencio que se me había impuesto. Se lo agradeceré toda la vida. En una conversación que sostuvimos años después, me dijo: “Usted sabe que yo nunca estuve de acuerdo con la política de persecución a los intelectuales”, y, lanzando los puños al frente como quien para golpes, me aseguró haber frenado algunas acciones punitivas del régimen contra escritores, y se refirió al caso concreto de David Chericián. Quizás eso figure entre las causas de que no goce hoy del predicamento oficial de que goza Alejo Carpentier, al cual no se le vio un gesto ni se le oyó una palabra contra aquella política. Trabajé con Carpentier en la Imprenta Nacional y hablé bastante con él. Al menos conmigo, jamás aludió a la erupción zhdanovista de la que yo mismo había sido víctima.

 

Navarro Luna unía en una amalgama extraña la bonhomía, la generosidad y la intransigencia militante aplicada a la literatura que no concebía sino en su función social. Jorge Luis Borges dijo: “Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”. Tú presenciaste el arduo debate entre literatura a secas y equitación protestante. ¿Cómo recuerdas ese debate?

MDM: Para tener una idea de aquel debate entre los ángeles y los arcángeles respecto a la literatura, es útil saber que, cuando en 1961 publiqué El amor como ella, Nicolás Guillén, aludiendo claramente a mi libro, recordó en un discurso que Stalin, refiriéndose a un poemario erótico aparecido en la URSS, de autor soviético, dijo que de esa obra sólo se debieron imprimir dos ejemplares: uno para el poeta y otro para su novia. Esta gracieta procedente del Kremlin revelaba que el camarada Zhdanov desembarcaba en Cuba. Con Manuel Navarro Luna, a quien quise mucho por su altísima calidad humana, viejo y aguerrido militante del Partido Comunista, discutí mucho sobre la “poesía comprometida”, que a él le parecía un arma revolucionaria indispensable. En nuestras conversaciones siempre defendí la buena poesía, fuese la que fuese, y la libertad del poeta para escoger sus temas. Nunca nos pusimos de acuerdo. Pero la polémica de aquellos años sobre la relación arte-política fue más enconada, si cabe, en el terreno de la pintura. Surgió por entonces un muralista criollo llamado Orlando Suárez, seguidor del mexicano Diego Rivera pero ostensiblemente mediocre, a quien la burocracia cultural fidelista, acuartelada en el Departamento de Orientación Revolucionaria, elevaba a los altares mientras se desmontaba a golpe de piqueta el bellísimo mural de la gran pintora Amelia Peláez que decoraba el frontis del hotel Habana Libre. Claro, el de Amelia era un mural abstracto, o sea, burgués, decadente, en fin, contrarrevolucionario.

 

A pesar de que Severo Sarduy decidió no regresar a Cuba tras su estancia en París, donde también permaneciste durante un año, la amistad entre ustedes no se truncó nunca, como demuestra el epistolario entre ambos. La amistad, el amor, las convicciones íntimas, todo aquello que nos hace humanos, con frecuencia nos hace sospechosos ante el ojo policíaco de la política que divide el mundo en acólitos y enemigos. ¿Cuánto cuesta conservar la humanidad en esas circunstancias?

MDM: Cuesta lo suyo. Esa correspondencia a la que te refieres fue un desafío a un régimen que penalizaba a los cubanos residentes en Cuba que mantuviesen relaciones de cualquier tipo, incluyendo las epistolares, con los que habían “desertado” de la revolución y vivían en el extranjero. En uno de los interrogatorios a que me sometieron en el Comité Central del Partido, con motivo de la “microfracción”, me echaron en cara que yo siguiera carteándome con Severo Sarduy a pesar de que él se había quedado en Francia. Según mis interrogadores, ésa era una de las “debilidades ideológicas” por las que me juzgaban. La prueba de que nuestra correspondencia era violada por la Seguridad del Estado la tuve cuando mis interrogadores me mostraron la fotocopia de una carta que le envié a Severo mediante Julio Cortázar, quien se brindó como correo. En este caso, no sólo violaron mi carta sino también las valijas de Julio, registradas seguramente en algún momento en que éste estaba fuera del hotel.

 

Contaba Mario Parajón que tras la famosa reunión de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional, Lisandro Otero le dijo que no podía abandonar el país, porque “quienes nos quedemos, vamos a repartirnos la cultura cubana”. Tu generación, la de los 50, alcanzó su plenitud con el triunfo de la Revolución y fue, literalmente, dinamitada por la política entre la militancia sincera y la simulada, la resignación silenciosa y la desafección abierta y el exilio. ¿Cómo fue ese proceso de “deconstrucción” de amores y desamores contaminados por la política como nunca antes en la historia cubana?

MDM: Para responderte cabalmente tendría que escribir un libro. La generación del 50 tiene la complejidad del período histórico que le tocó en suerte. Es muy numerosa y, a la luz de tu pregunta, cada uno de los intelectuales empadronados en ella viene a ser un caso digno de análisis. Resumiéndola, diré que es una generación que abrió los ojos ante la mayor esperanza que conoció la Cuba republicana y los está cerrando dentro de un fiasco de idéntica magnitud. En un texto sobre Rafael Alcides escribí que los del 50 constituimos una legión frustrada en “lo esencial político”, que dijo Lezama, porque, por oportunismo, ceguera, cobardía o molicie, se dejó avasallar en lo esencial ético.

 

¿Cómo fue tu encuentro con Allen Ginsberg cuando lo entrevistaste? ¿Es cierto que te recibió desnudo y en una pose yoga sobre la cama y que pretendía que el gobierno revolucionario legalizara la marihuana?

MDM: En mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa cuento cómo fue mi encuentro con Ginsberg. Fue a comienzos de los 60, en la habitación 1802 del hotel Habana-Riviera. Tuve la extravagante idea de entrevistarlo para el periódico comunista Hoy, que no la publicó. Habría sido un milagro que la publicara. La entrevista puede leerse en mi libro. Ginsberg me recibió desnudo, sentado en la cama en posición yoga. Era un provocador y me dio una entrevista burlona en la que no sólo ponderó las propiedades de la marihuana sobre las del tabaco, sino que recomendó a Castro abolir la pena de muerte y condenar a los contrarrevolucionarios a comer hongos alucinógenos y a trabajar de ascensoristas en el Habana-Riviera. Días después lo echaron de Cuba porque, según me contaron, en una recepción en la Casa de las Américas le había pegado una nalgada a Haydée Santamaría al tiempo que le espetaba “Chica, tú todavía estás buena”.

 

El joven Manuel Díaz Martínez, militante comunista (cosa que años después te echarían en cara) y redactor-jefe del suplemento cultural Hoy Domingo será años más tarde codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y miembro del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana; el entusiasta del 59, conoció el Budapest de los 60, frescas las huellas de la invasión rusa; premió el Fuera de juego de Padilla, fue arrinconado durante varios lustros en un limbo creado especialmente para los artistas sospechosos; firmó en 1991 la Carta de los Diez y se vio obligado al exilio en 1992. ¿Cuáles fueron las estaciones de ese tránsito entre el entusiasmo y la desilusión, entre el fervor y la disidencia?

MDM: Ese tránsito, con estaciones más o menos similares, lo efectuamos algunos cuantos. A medida que el proceso revolucionario fue cuajando como tiranía, fui tropezando cada vez más con él. Mi primer tropiezo de importancia fue el Caso Padilla, y el último, inmediatamente precedido por mi apoyo público a la Perestroika y la Glasnost, fue la Carta de los Diez y su rosario de represalias policiales y administrativas, el cual significó la ruptura sin marcha atrás. Por firmar la Carta me echaron del trabajo, de la Unión de Escritores y de la Unión de Periodistas. Por darle mi voto al libro de Padilla como jurado del Premio “Julián del Casal” estuve 17 años sin poder publicar nada en mi país. Después de la aparición de la Carta, mi situación en Cuba se hizo insostenible. Logré exiliarme con mi mujer y mis hijas gracias a la ayuda de Manuel Fraga Iribarne, entonces presidente de la Xunta de Galicia e íntimo de Castro.

 

Parafraseando a Virgilio Piñera, creo que los cubanos hemos padecido “la maldita circunstancia de la política por todas partes”. ¿Crees que alguna vez superaremos esa maldición ya casi bíblica y conseguiremos relegar la política al sitio que se merece? ¿Volveremos a ser personas y no rehenes ideológicos?

MDM: Espero que sí. Prodigios mayores se han visto.

 

“Un leve rasguño en tu memoria”; en: Cubaencuentro, Madrid, 08/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/un-leve-rasguno-en-tu-memoria-267917





Agosto

6 09 2011

Salvo catástrofes aéreas o exabruptos del clima, agosto es mes de pocas noticias. Los dictadores se contemplan satisfechos en los espejos de sus mansiones veraniegas, este año con cierta inquietud árabe. Los políticos presuntamente democráticos enfundan temporalmente sus ambiciones y se marchan a ensayar los discursos de la próxima legislatura, a la orilla del mar, ante la audiencia cautiva de sus nietos. Las guerras abandonan el allegro molto vivace por el allegro ma non tropo –matarse con estos calores es extenuante–. Y en los diarios florecen los refritos, las efemérides, la canción del verano, el cuento del verano y la bobería congénita del verano.

Libia es excepcional; allí campea un agosto perpetuo. Y Cuba. Los isleños no temen al bochorno veraniego, no demasiado diferente al bochorno que nos asedia todo el año, y hay que contar también con la bochornosa historia política nacional, incluso en época de nortes.

La cosa empezó un 3 de agosto de 1492, cuando don Cristóbal Colón partió en sus naos charter cargadas con lo más granado del sistema penitenciario (que se vaya la escoria, gritaban los vecinos de Palos de Moguer), e inauguraba lo que hoy llamamos globalización. Y fue un 5 de agosto de 1555 cuando Jacques de Sores, desembarcó en La Habana con ánimo pendenciero y la intención de contribuir a la acumulación originaria del capital, como diría don Karl. Y miren por donde, un 5 de agosto de 1895 morirá Engels en Inglaterra, y cinco días más tarde, pero de 1903, se fundará el Partido Bolchevique. Puede que alguien extraiga de esta coincidencia alguna moraleja. Tengamos en cuenta que también en agosto, el día 26, pero de 1789, la Revolución Francesa proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Culturalmente, no ha sido escasa la importancia de agosto, aunque poetas y cantautores se acuerden de abril y los periodistas oficiales se sientan más a sus anchas en julio como en enero. El 19 de agosto de 1823 fue abortada la conspiración de los «Rayos y Soles de Bolívar”, con lo que José María Heredia inauguró en la Isla el exilio intelectual, una de nuestras tradiciones con más solera. En agosto no sólo se creó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, sino que un 13 de agosto de 1957 asesinaron a los hermanos, y diz que poetas, Luis y Sergio Saíz y Montes de Oca, gracias a lo cual Cuba dispone de su Unión de Escritores Junior. Aunque un 21 de agosto de 1871 habían fusilado en la Cabaña a otro poeta, merecedor, este sí, de las antologías, por algún misterio de la industria cultural no existe la Brigada Juan Clemente Zenea. Ni la José Jacinto Milanés, quien nació el 16 de agosto de 1814.

Un 14 de agosto de 1867, Perucho Figueredo –al que fusilarán un 17 de agosto de 1870 en Santiago de Cuba– compuso el himno de Bayamo, aunque no se cantaría por primera vez en público hasta octubre del año siguiente, mes aciclonado como corresponde. También en agosto de 1879, el día 24, se inició la Guerra Chiquita, puente hacia la guerra del 95, cuyos últimos disparos resonarían un 15 de agosto de 1898, cuando fuerzas cubanas al mando de Calixto García (quien había nacido un 4 de agosto de 1839) interceptaron una columna española que se dirigía a Gibara. Y un día 17 de 1906 estalló la Guerrita de Agosto, que cinco días más tarde reportaría su baja más ilustre: el general Quintín Banderas macheteado por la guardia rural cerca de Arroyo Arenas. .

Agosto de 1900 vio nacer a Rita Montaner, y 19 años más tarde, a Benny Moré. La Única y El Bárbaro del Ritmo. Y un 13 de agosto, como bien sabemos, nació El Único, El Bárbaro sin Ritmo. Curiosamente, fue un 12 de agosto de 1933, tras una huelga general decretada el mismo mes, cuando huyó de Cuba Gerardo Machado. Pero en nuestra historia, lamentablemente, los buenos ejemplos nunca cunden.

A pesar de su carácter vocacional, en agosto se han fraguado acontecimientos que terminarían torciendo el curso de la Isla.

El 16 de agosto de 1925 se constituyó el primer Partido Comunista, cuyos miembros serían claves como herramientas (desechables) de gobernabilidad en los primeros años de la revolución.

Un 5 de agosto de 1951 hizo su última alocución radial Eduardo Chivás, líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y esperanza de regeneración de la política republicana. Al final de su “último aldabonazo” se suicidó ante el micrófono de CMQ, y moriría once días más tarde. De haber prosperado su programa contra la corrupción, regido por el lema “Vergüenza contra dinero”, y que contaba con una masiva adhesión de los cubanos, el golpe de Estado de Fulgencio Batista quizás no habría sido viable; y la posterior subversión del orden democrático, impensable.

También en agosto, un día 4 de 1955, fracasó el primer plan para ajusticiar a Batista, concebido por Menelao Mora, al mando del movimiento insurreccional por el Partido Auténtico. Su éxito podía haber cambiado drásticamente el curso de la historia. Como cambiaría el curso de la historia el Manifiesto Número 1 del Movimiento 26 de Julio, redactado en México un 8 de agosto de 1955, y donde se llamaba a la lucha contra Batista y se exponían los 15 puntos del “programa de la Revolución”, abierta a todos los cubanos dispuestos a luchar por una Cuba democrática. Más tarde se establecería el “derecho de admisión” como en cualquier discoteca.

Y sería otro agosto, de 1960, el que dictaría medio siglo de relaciones con el vecino del Norte, cuando el día 6 fueron nacionalizados 36 centrales azucareros, las compañías de Electricidad y Teléfonos, todas empresas norteamericanas, “en respuesta a la política agresiva de Estados Unidos hacia la Revolución, y específicamente a la supresión de la cuota azucarera”.

Agosto de 1994 estalló en “El maleconazo”, cuando los cubanos echaron mano a nuestras más entrañables tradiciones marineras y se hicieron a la mar en embarcaciones junto a las cuales las carabelas de don Cristóbal serían high tech. Curiosamente, el gobierno de la Isla ha bautizado al 5 de agosto como “Día de la Fidelidad a la Patria” sin ni siquiera consultar su opinión a los ciudadanos de la patria norteamericana.

Y por si alguien dudara de que la historia se repite, o negara el valor periodístico del refrito, propongo reeditar unas declaraciones de Enrique José Varona al diario El País, publicadas el 20 de agosto de 1930: “A mis ojos, no ha vivido Cuba momentos más sombríos… Hoy, el cubano es un mendigo y un paria. No es libre, ni tiene fuerzas para poner los medios eficaces de serlo. Nuestro gobierno nos duele hasta lo íntimo, y nos quejamos de él con perfecto derecho. El pueblo cubano tiene hambre; anda desperdigado por los campos en busca de un mendrugo. Ante este hecho monstruoso, todo palidece”.

“Agosto”; en Cubaencuentro, Madrid, 06/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/agosto-267832

 

 





Sean realistas, pidan lo posible

5 09 2011

“Sean realistas, pidan lo imposible”

Eslogan del Mayo francés, en la estación Censier, 1968

 

 

La Spanish Revolution, el movimiento 15-M, horizontal, apartidista, sin líderes visibles (aunque ya comienzan a aparecer algunos portavoces recurrentes), ha inaugurado en Europa la era de las revueltas online en la estela de las ocurridas en el mundo árabe –salvando las enormes distancias entre ambas sociedades, el carácter de las reivindicaciones y la respuesta gubernamental.

Puede aducirse en contra del 15-M que es por momentos caótico, que se mueve a golpe de eslóganes no siempre equipados con una reflexión de fondo, que no ha hallado aún el modo de traducirse en una acción política concreta, o que a la corriente cívica mayoritaria se han sumado corrientes ajenas, como los antisistema adictos a la violencia y que más parecen enemigos del mobiliario urbano.

Pero los argumentos a favor son abrumadores. Una generación que parecía adormilada entre el hedonismo y el desinterés, sale a la calle armada de ideas que, de tan manoseadas, parecen demodé, como la igualdad, el progreso, la solidaridad, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas; el derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y contra una “dictadura partitocrática” encabezada por el PPSOE, suma de las siglas del Partido Popular y del Partido Socialista Obrero Español, los que se alternan en el gobierno desde el inicio de la democracia, en un sistema que, en la práctica, ha terminado siendo bipartidista. Reivindican que su existencia anónima es la que produce los bienes y mueve el mundo y proponen una Revolución Ética.

Nadie negará que en buena medida sus reivindicaciones coinciden con los asuntos que más preocupan a la ciudadanía (el paro, la corrupción de la clase política, etc.), lo cual explica su poder de convocatoria demostrado en las manifestaciones multitudinarias que han tomado las calles de todas las grandes ciudades españoles. Incluso muchos políticos tradicionales han reconocido la pertinencia de sus reclamos, aunque atribuyendo siempre esos males al partido contrario.

Si visitamos la página de ¡Democracia Real Ya! (http://www.democraciarealya.es) encontraremos desgranadas por acápites sus reivindicaciones. En qué medida son viables o pertinentes es algo que vale la pena analizar. De ello dependerá la solvencia del movimiento y su posibilidad de traducirse en acciones concretas

 

El primer punto se refiere a la eliminación de los privilegios de la clase política: control estricto del cumplimiento de sus funciones, como el que se aplica a cualquier otro trabajador; supresión de los privilegios en el pago de impuestos, los años de cotización y el monto de las pensiones; equiparación del salario de los representantes electos al salario medio español más las dietas indispensables para el ejercicio de sus funciones; eliminación de la inmunidad asociada al cargo; imprescriptibilidad de los delitos de corrupción; reducción de los cargos de libre designación, y publicación obligatoria del patrimonio de todos los cargos públicos antes y después de jurar el cargo.

El hecho de que el 15-M sea un movimiento apartidista no significa que no sea político, razón por la que su juicio sobre la clase política es la primera de sus reivindicaciones, aunque sea la tercera preocupación de los españoles, en orden de importancia. Si partimos de que un político es un servidor público electo por los ciudadanos para que decida, por delegación, en su nombre, es razonable que sus emolumentos, sus obligaciones tributarias, su disfrute de la seguridad social y el cumplimiento de sus obligaciones sean equiparables a los del resto de los asalariados, y, como en cualquier empresa, sus ingresos serán potestad de la junta de accionistas, en este caso, de la junta de electores. Aspirar a que se ajusten por decreto al salario medio es utópico e injusto, dadas las funciones profesionales que se les encargan y los bienes confiados a su custodia. La primera profilaxis de la corrupción es retribuir en justicia el trabajo del funcionario público. Lo segundo es que sean obligatorias las declaraciones de patrimonio antes y después, que deberán ser verificadas por las instituciones competentes y la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción.

En este país se da el contrasentido de que el presidente de los 47 millones de españoles gana 73.486 euros al año, mientras el presidente de los 7,5 millones de catalanes duplica esa cifra. O que siete presidentes de autonomías y los alcaldes de ciudades como Zaragoza, Barcelona, Madrid, Bilbao y San Sebastián ganen más que el presidente del gobierno. La razón es que son los propios políticos quienes deciden sus salarios y, en el caso de las comunidades autónomas, que cuentan con esa potestad, hay una escandalosa sobrevaloración de sus merecimientos. Del mismo modo que la defensa o las relaciones exteriores son potestad del gobierno central, creo que debería existir una comisión técnica que dictara un escalafón salarial en estricta proporción con la masa de ciudadanos representados por cada cargo político, reajustable sólo de acuerdo al índice del costo de la vida en cada localidad, de modo que el poder adquisitivo de un alcalde de una ciudad de cierto tramo poblacional sea equiparable con el de sus homólogos en todo el país. Y que ello se extendiera a todos los cargos electos. Claro que habría que vencer la resistencia, en primer lugar, de los políticos autonómicos, que defenderán sus salarios en nombre de los fueros comunitarios, confundiendo prebendas propias con derechos de sus ciudadanos. Una medida de esta naturaleza sólo será viable de aprobarse en referendo vinculante y que Hacienda vele por su estricto cumplimiento.

La reducción de los cargos de libre designación sería deseable, a los efectos de que sólo una pequeña cúpula de cargos políticos rote tras las alecciones, y que la mayoría del aparato esté compuesto por profesionales de probada solvencia que den continuidad al trabajo institucional. No cargos vitalicios, sino sujetos a sus resultados, como cualquier empleado.

En cuanto a la eliminación de la inmunidad asociada al cargo, creo que deberá ser automática en caso de delitos como la corrupción, el abuso de poder o el nepotismo. No en todo aquello que preserva la independencia de los políticos para legislar en conciencia y de acuerdo a los intereses del electorado. En caso contrario, cualquier político podría ser continuamente demandado por empresas o personas afectadas por leyes, decretos o resoluciones de interés general. Los políticos podrían pasar más tiempo en los juzgados que en el parlamento.

 

La segunda reclamación de los indignados se refiere al desempleo. Proponen el reparto del trabajo fomentando las reducciones de jornada y la conciliación laboral; jubilación a los 65 y ningún aumento de la edad de jubilación hasta acabar con el desempleo juvenil; bonificaciones para aquellas empresas con menos de un 10% de contratación temporal; imposibilidad de despidos colectivos en las grandes empresas mientras haya beneficios; fiscalización de esas empresas para asegurar que no cubren con trabajadores temporales empleos que podrían ser fijos, y restablecimiento del subsidio de 426 € para todos los parados de larga duración.

El desempleo, que asciende al 20,7% de la población activa, es hoy, con razón, la primera inquietud del ciudadano español. Flexibilizar las jornadas de trabajo y la conciliación laboral es deseable, pero el reparto de trabajo sería nefasto. En países comunistas donde se empleó a doscientos cuando se necesitaban cien trabajadores para abolir el desempleo por decreto, el desplome de la productividad ocasionó el desempleo encubierto y el subsalario. Al cabo, la bancarrota del país y la necesidad de un reajuste drástico. La única solución realista es el crecimiento económico, el fomento de las PYMES y una adecuada política de financiación. No aumentar la edad de jubilación en consonancia con el aumento de la esperanza de vida, tampoco creará empleo, sino que gravitará sobre los costes de la seguridad social y obligará a los nuevos trabajadores a cotizar más para sostener la viabilidad del sistema. Seguramente los indignados tampoco estarían dispuestos a cotizar más. La globalización ha provocado un decidido proceso de deslocalización industrial hacia países donde la mano de obra es más barata, lo cual ha beneficiado a los países emergentes. E imponer a las empresas costes laborales desmedidos y rigidez en el sistema de contratación para proteger al trabajador, puede desprotegerlo totalmente cuando la empresa migre a China. La única solución para conservar un tejido industrial y empresarial es aumentar sustancialmente la productividad y la calificación de la mano de obra, lo único que permitirá transitar decididamente hacia las altas tecnologías. Sin ese cambio, será difícil no ya mantener el subsidio de 426 € para todos los parados de larga duración, sino la viabilidad de todo el sistema de seguridad social.

 

El siguiente punto se refiere a los servicios públicos de calidad: supresión de gastos inútiles en las Administraciones Públicas y establecimiento de un control independiente de presupuestos y gastos; contratación de personal sanitario y de profesorado para mejorar esos servicios; reducción del coste de matrícula universitaria; financiación pública de la investigación para garantizar su independencia; transporte público barato, de calidad y ecológicamente sostenible; restricción del tráfico rodado privado en el centro de las ciudades; construcción de carriles bici, y aumentar los recursos para atender a dependientes y desamparados.

En este caso hay una mezcla de propuestas válidas, buenas intenciones sin fundamentos sólidos y alguna que otra utopía peregrina.

En cuanto a la supresión de gastos inútiles y el establecimiento de controles, habría que comenzar por el final: el control independiente de presupuestos y gastos se llama Tribunal de Cuentas, y ya existe, aunque sea, como todo, infinitamente mejorable. Sobre los gastos “útiles” e “inútiles”, lo primero sería definir quién decide qué es útil y qué no. Pero, ciertamente, existen muchas partidas de donde, a primera vista, podrían recortarse gastos y hacer menos gravoso el aparato estatal y los gobiernos locales. Ante todo, el senado, una institución en buena medida redundante con el congreso. Noruega, Suecia y Dinamarca no tienen senado y funcionan perfectamente. Estados Unidos tiene 100 senadores y España, 264. Se podría adelgazar el servicio exterior hasta lo mínimo indispensable para el cumplimiento de sus misiones. Eliminar la pensión vitalicia de diputados, senadores y otros altos cargos. Rebajar las partidas destinadas a sindicatos y partidos políticos, que deberán adelgazar su burocracia parasitaria; a fundaciones peregrinas y decorativas; así como las transferencias a la Iglesia Católica, que deberá “gozar” de las mismas condiciones fiscales que el resto de las entidades del país. Como botón de muestra, se estima que la visita del Papa a Madrid costará 50 millones, sufragado en buena medida por las grandes empresas del Ibex 35, muchas de las cuales son responsables de la crisis, recibieron ayudas a bajo interés y han cerrado sus líneas de crédito a las PYMES y los autónomos. Por otra parte, los gobiernos autonómicos y locales duplican y a veces triplican aparatos administrativos y altos cargos para ofrecer el mismo servicio. Una comisión técnica independiente debería analizar la relación costo/funcionalidad de estos aparatos hipertrofiados y publicar sus resultados, para que el público sepa en qué se (mal)gastan sus impuestos.

Contratar más personal docente y sanitario, así como destinar más recursos a los dependientes y desamparados, dependerá del crecimiento económico, no de la voluntad popular. Reducir de modo generalizado las matrículas, bastante moderadas ya (les asombraría saber lo que cuesta una carrera universitaria en Estados Unidos), sería inviable en una enseñanza ya subvencionada, e injusto. ¿Por qué rebajar por igual la matrícula al hijo del banquero y al del albañil? Para ello existe un sistema de becas para personas de ingresos bajos y por razones de excelencia, que podría extenderse y aumentarse, así como los créditos a bajo interés pagaderos una vez concluidos los estudios. Facilidades y becas para quienes acuden a la universidad a aprender, no para quienes mariposean de facultad en facultad durante diez años, como quien estudia para rector, antes de sacarse un título. Tampoco los costes de las matrículas deberán ser inamovibles. El país deberá subvencionar aquellas disciplinas más necesarias para su crecimiento perspectivo, no aquellas cuyo peso en el desarrollo será secundario.

En cuanto al transporte, no hay objeciones a los carriles bici y la restricción del transporte privado en los cascos urbanos, e incluso limitar el transporte comercial a los horarios de mínima circulación. Pero al hablar de un transporte barato, de calidad y ecológico, deberán explicarse mejor. ¿A qué se refieren? ¿El regreso a la navegación a vela, los carruajes de tracción animal y las sillas de postas? No. Quieren Alta Velocidad a precio de carretón. Yo también. Pero la pregunta es ¿quién lo subvenciona? ¿El Estado? Es decir, nuestros impuestos. De momento, existen abonos subvencionados para jóvenes y mayores. Y podrían concretar sus propuestas. Por ejemplo, que Renfe y las compañías de autobuses hagan un afectivo reajuste de precios entre los días y horarios de más demanda y los de menos, tal como hacen los vuelos de bajo coste. Por el contrario que nuestros tatarabuelos, quienes nacían y morían en veinte kilómetros a la redonda, hoy, por suerte, viajar es un derecho y una práctica habitual, pero no gratuita. Y algo que entronca con el I+D y con el transporte sería la potenciación en España del transporte eléctrico e híbrido. Una apuesta de futuro.

Al hablar de la “financiación pública de la investigación para garantizar su independencia” no queda claro a qué se refieren. ¿Asegurar que el Estado monopolice las patentes? ¿Desestimular al capital privado en sus esfuerzos de I+D?

El porcentaje del PIB español dedicado a I+D fue el año pasado un 1,38, por debajo del 2,01 de la media europea y muy lejos del 3,96 de Finlandia, e incluso del 2,91 de Corea del Sur. España ocupa el puesto 18 entre los 27 de la UE, y según Robert-Jan Smits, encargado de la política de ciencia e innovación de la Unión, “España está en una encrucijada, un momento histórico en el que tiene que elegir si quiere convertirse en una economía basada en el conocimiento –entonces debe invertir drásticamente en I+D– o si continúa en su posición actual, estancándose”. El presupuesto de 2011 en investigación, desarrollo e innovación es de 7.577,07 millones de euros, más 974,62 millones en el sector militar (11,47% de la inversión civil en I+D). No ha sufrido drásticos recortes, pero es insuficiente, y para colmo de males, la crisis está provocando en España un éxodo de cerebros hacia destinos más promisorios. De modo que limitarse a la “financiación pública de la investigación para garantizar su independencia” es un crimen de futuro, por no decir una estupidez. España tiene que ofrecer todo tipo de incentivos a las empresas de I+D, incluyendo los fiscales, y redireccionar recursos al I+D si no quiere quedar reducida al balneario de Europa.

 

En lo que se refiere al derecho a la vivienda, el 15-M propone la expropiación por el Estado de las viviendas construidas que no se han vendido, para colocarlas en el mercado en régimen de alquiler protegido; ayudas al alquiler para jóvenes y personas de bajos recursos, y que se permita la dación en pago de las viviendas para cancelar las hipotecas.

De hecho, la vivienda es un bien esencial, y con la explosión de la burbuja inmobiliaria, la crisis y el aumento del paro, se ha creado en España una situación caótica. Miles de obras a medio terminar por la quiebra de las constructoras, miles de viviendas sujetas a embargo por impago, viviendas cuyo valor ha descendido, de modo que ni entregándola al banco el comprador salda su deuda. Y miles de pisos desocupados que, de salir al mercado, abaratarían los alquileres. Al mismo tiempo, los bancos, propietarios de decenas de miles de viviendas expropiadas, se han convertido en inmobiliarias involuntarias. Al respecto, podría haber muchas soluciones que contribuyan a paliar la descompensación del mercado.

Primero, en caso de que se trate de una vivienda habitual (excepto las de lujo), la dación de la vivienda debería saldar la deuda con el banco. Quien quiso comprarse un chalet de trescientos metros sin calcular sus posibilidades, o quien compró cuatro pisos con el propósito de especular, deberán asumir las consecuencias de sus actos. Otra posibilidad es decretar una moratoria de tres años para evitar las expropiaciones masivas, con lo cual los bancos mantienen su expectativa de cobro. Los bancos podrían vender al Estado su stock inmobiliario, o saldar con él parte de su deuda por las ayudas recibidas, y éste, colocarlo mediante las agencias locales para su alquiler a precio regulado. Por otra parte, como en Alemania, gravar fiscalmente las viviendas vacías, de modo que se impulse su salida al mercado y el abaratamiento de los alquileres. Y, por último, el Estado podría asumir la terminación de las obras abandonadas por constructoras en quiebra, con lo que se crearía empleo y se fomentaría la movilidad laboral con su salida al mercado en régimen de alquiler. Amén de otras fórmulas de ayudas directas a personas de bajos recursos.

 

El control de las entidades bancarias es la siguiente reclamación: prohibir cualquier tipo de rescate o inyección de capital a entidades bancarias y devolución de todo capital público aportado; elevación de los impuestos a la banca en proporción al gasto social ocasionado por la crisis generada por su mala gestión; prohibición a los bancos españoles de invertir en paraísos fiscales y sanciones a los movimientos especulativos y a la mala praxis bancaria; aumento del tipo impositivo a las grandes fortunas; eliminación de las SICAV –Sociedades de Inversión de Capital Variable, que permiten invertir dinero y diferir el pago anual de impuestos, así como tributar un exiguo 1% en impuesto sobre sociedades–; recuperar el Impuesto sobre el Patrimonio; el control del fraude fiscal y de la fuga de capitales a paraísos fiscales, y promover a nivel mundial la adopción de la tasa Tobin a las transacciones internacionales.

Todo muy bonito pero, en la práctica, inviable en su mayoría, a menos que se concierten acuerdos internacionales.

Comenzando por lo primero, si el Estado no hubiera inyectado liquidez a los bancos y se hubieran producido quiebras, millones de ahorradores, pensionistas y empresas habrían pagado las consecuencias. Esas inyecciones fueron préstamos, no graciosos regalos, y los bancos deberán devolverlos. Ahora bien, en la mayor parte de los casos, esos préstamos a bajo interés no redundaron en un aumento del crédito a las empresas españolas, condición que debió imponer el gobierno antes de concederlos, sino que se han invertido en sectores más suculentos, dentro o fuera de España, lo que explica que los bancos no sólo no han quebrado, sino que han tenido importantes ganancias. El dinero jamás ha alardeado de su responsabilidad social o su patriotismo.

Sería deseable recuperar el Impuesto sobre el Patrimonio, pero vistas las perspectivas electorales, me temo que no ocurrirá. La elevación de los impuestos a las grandes fortunas es justa y correcta; pero en el caso de los bancos (“en proporción al gasto social ocasionado por la crisis generada por su mala gestión” no pasa de ser una boutade, una frase ingeniosa, ¿quién lo ha calculado?) deberá jugarse más con la atracción que con la coacción. El dinero es escurridizo y alarmista, fluye hacia rentabilidades superiores y huye del peligro como una gacela. Un paquete de medidas bien pensadas que incluya atractivos fiscales para invertir en empresas españolas, en especial las de I+D y las que fomenten el empleo, puede ser más efectivo que un diktat terminante. La mala praxis bancaria debe ser sancionada, desde luego, y deberán consensuarse leyes internacionales para regular el mercado financiero, así como la tasa Tobin, impracticable a nivel local. En un mercado globalizado, las acciones locales sólo consiguen empujar al capital de las altas a las bajas presiones, como muchos fenómenos meteorológicos. Una economía sólida y saneada es el mejor antídoto contra los movimientos especulativos, y no es necesario prohibir las SICAV, basta modificar sus prerrogativas.

Perseguir el fraude fiscal es algo que se viene haciendo cada vez mejor, aunque sea perfectible. Y prohibir la fuga de capitales y las inversiones en los opacos paraísos fiscales sólo se conseguirá erradicando los paraísos fiscales, algo imposible sin la cooperación internacional. También podrían gravarse al máximo los bonus de los directivos de las empresas españolas, al 100% incluso para aquellas que han recibido ayudas públicas.

 

En cuanto a las libertades ciudadanas y la democracia participativa, exigen que no exista control de internet; la abolición de la Ley Sinde sobre los derechos intelectuales en la red; la protección de la libertad de información y del periodismo de investigación; referéndums obligatorios y vinculantes para las cuestiones de gran calado que modifican las condiciones de vida de los ciudadanos, y para la introducción de las medidas dictadas desde la Unión Europea; modificación de la Ley Electoral para garantizar un sistema auténticamente representativo y proporcional que no discrimine a ninguna fuerza política ni voluntad social, incluyendo la representación en el legislativo del voto en blanco y el voto nulo; la independencia del Poder Judicial con la reforma de la figura del Ministerio Fiscal para garantizar su independencia, y que no sea el Poder Ejecutivo el que nombre a los miembros del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial, y el establecimiento de mecanismos efectivos que garanticen la democracia interna en los partidos políticos.

Como en el punto anterior, aquí hay una suerte de arroz con mango.

Creo que la libertad de información y del periodismo de investigación está perfectamente protegida por la Constitución y sobran pruebas de ello, entre otras, la libertad de que gozan los indignados. Y la democracia interna de los partidos políticos es “interna”. Si no te gusta, puedes no afiliarte, ni votarlos. El control de internet no es, desde luego, deseable, pero tampoco creo que nadie lo haya propuesto. Otra cosa es que se persigan los comportamientos delictivos en la red. Y la ley Sinde debe repensarse con más calma y al compás de los cambios tecnológicos, aunque, sin dudas, se necesitan regulaciones que protejan los derechos intelectuales, cuya vulneración atenta directamente contra la viabilidad del proceso creativo. Que haya “referéndums obligatorios y vinculantes para las cuestiones de gran calado” me parece crucial y una garantía de que la política responda a la voluntad de los ciudadanos, pero de ahí a llevar a referendo toda medida de la UE va un largo trecho: tendríamos que aprobar (o no) normativas sobre el tratamiento de productos reciclados o cuotas pesqueras.

La Ley Electoral deberá ser, efectivamente, modificada, de modo que cada partido, sea nacional o nacionalista, tenga una participación en el parlamento estrictamente proporcional a los votos obtenidos. La actual, con su norma absurda de circunscripciones y porcentajes, sólo consigue que en una provincia poco poblada un voto valga hasta 3,5 veces más que el de una más poblada, y potencia artificialmente a los partidos nacionalistas gracias a la concentración local del voto. En las Elecciones Generales de 2008, Unión Progreso y Democracia obtuvo un escaño con más votos que el Partido Nacionalista Vasco, que consiguió seis. Y el voto en blanco debería cuantificarse como voto en blanco, no importa que la cámara tenga en una legislatura 350 miembros y en la siguiente 320. Ese es el reflejo exacto de la voluntad popular. Y para que fuese más fiel, el voto debería ser un derecho y una obligación ciudadana (no votar no es una opinión, sino obsequiar mi silencio para que sea manipulado). Votar es obligatorio en Australia, Austria, Nueva Zelanda y Francia, pero también en muchos países de Sudamérica, por lo que no hace ni mejor ni peor a una democracia, sino más fiel al juicio de la ciudadanía. Y para facilitarlo, así como los referendos, ya se puede implementar el voto online mediante firma electrónica y una clave personal.

En cuanto al Poder Judicial, es algo que en España necesita una reforma integral. Las enormes demoras de los procesos, los frecuentes errores por sobrecarga de los juzgados, la precaria aplicación de las nuevas tecnologías. Todo debe sufrir una reforma a fondo. En cuanto al nombramiento de los miembros del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial y la reforma de la figura del Ministerio Fiscal, es algo que deberá someterse a un análisis más serio que una pancarta. Creo que no son escasas las demostraciones de la independencia del poder judicial, también perfectible. ¿Quién deberá nombrar a los miembros del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial si no es el ejecutivo? ¿El Legislativo? Viene siendo lo mismo. ¿El Poder Judicial al que nadie ha elegido? Si no queremos hacerlo motivo de una nueva votación, donde legos en la materia elegirán magistrados, tendría que ser una comisión de expertos de probada capacidad (y renovable) la que lo haga en lugar de los políticos. Algo que me parece más sabio, aunque siempre sujeto a errores, como toda obra humana. Pero antes, repito, el sistema requiere cirugía mayor y terapia intensiva.

 

El último reclamo de los indignados es la reducción del gasto militar. Dicho así, ya se ha cumplido, al descender un 5,19% respecto al ejercicio anterior. Todos aspiramos a un mundo sin armas ni ejércitos, pero eso, lamentablemente, seguirá siendo una utopía durante muchos años. Con un modesto 1,2% del PIB en gasto militar, España ocupa un honorable puesto 128 entre todos los países del mundo. Toda reducción será bienvenida, siempre que ello no ponga en peligro a las tropas que, más que prevenir una invasión de nuestros vecinos, desempeñan importantes misiones en países en conflicto.

 

El movimiento 15-M es, sin dudas, un soplo de aire fresco en el enrarecido panorama de la política nacional, el despertar de una conciencia ciudadana que el país necesita desesperadamente, pero deberá reflexionar a fondo sobre la pertinencia y viabilidad de sus reivindicaciones si aspira a convertirse en un elemento de peso en la real politik española y que sus pancartas se traduzcan en hechos. Y deberán comprender, ante todo, que antes de repartir beneficios hay que obtenerlos.

Hay mucho que corregir en España, pero lo primero será torcer la senda del crecimiento de las arenas playeras y los chiringuitos hacia el laboratorio. Como en los vasos comunicantes de Pascal, la imaginación y la creatividad política del 15-M deberá desplazarse también hacia la economía del conocimiento, y subvertir por fin la trágica máxima de Unamuno: ¡Que inventen ellos!

 

“Sean realistas, pidan lo posible (I)”; en: Cubaencuentro, Madrid, 05/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/internacional/articulos/sean-realistas-pidan-lo-posible-i-264971 / “Sean realistas, pidan lo posible (II)”; en: Cubaencuentro, Madrid, 06/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/internacional/articulos/sean-realistas-pidan-lo-posible-ii-264992





Un libro imprescindible

31 08 2011

Alerto a los no pocos lectores de Carpentier: Crónicas de la impaciencia. El periodismo de Alejo Carpentier, de Wilfredo Cancio (Editorial Colibrí, Madrid, 2010, 382 pp.) es un libro imprescindible para la comprensión cabal, no sólo de su periodismo, sino también de su literatura.

Cancio rastrea desde sus orígenes y hasta su último artículo, publicado en El País dos días después de su muerte, la evolución del periodismo carpentieriano al compás de sus ideas sobre la historia y la cultura, su aprehensión de América y el entorno donde se produce.

A pesar del popular criterio de Carpentier como un escritor europeizado, en especial durante su primera estancia parisina y su acercamiento a los surrealistas, su “Carta abierta sobre el meridiano intelectual de Nuestra América” anota que en América, por el contrario que en Europa, donde el intelectual “ha vencido una cantidad de prejuicios adversos; vive, si quiere, en medios desconectados de toda realidad étnica o histórica”, ningún artista piensa “seriamente en hacer arte puro o arte deshumanizado. El deseo de hacer un arte autóctono sojuzga todas las voluntades”. Y concluye que “América tiene, pues, que buscar meridianos en sí misma si es que quiere algún meridiano”. Ya tras su viaje a México en 1926 se había referido a la obra de Diego Rivera, el “hombre en quien palpita el alma de un continente”. Cabe señalar sus referencias a Villa-Lobos en el sentido de que lo americano “no era más que una cuestión de sensibilidad”. Preludio de su posterior alejamiento de los surrealistas.

Anota Cancio la adecuación del lenguaje del autor a lo narrado y la extracción de todas sus posibilidades, de modo que el lenguaje “se convierte en asunto de taumaturgia, de intuición, de vehemencia emocional”.

En una sociedad que aun subvaloraba lo negro como parte de la herencia cultural cubana, el periodismo de Carpentier es precursor en su apología del son y la posibilidad de que algún día sea “una fuerza moderna como lo es ahora el jazz”. Anota la conmoción que le causaron los Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, lo que lo conduce a una reflexión crítica sobre Ecué Yamba-O: “todo lo hondo, lo verdadero, lo universal del mundo que había pretendido pintar en mi novela había permanecido fuera del alcance de mi observación”.

La vocación viajera del autor tiene su mejor registro en los artículos de viajes publicados en Carteles y Social, así como su admiración por el “cosmopolitismo” de Paul Morand, autor viajero que asistió a un almuerzo con el Grupo Minorista, y quien, junto a Cendars, serían influencias claves en la obra de Carpentier, o mejor, en su actitud periodística: la relación entre hombre y paisaje, primero en España, y luego en América. Llega a escribir que “La sola presencia de la llanura castellana explica mejor el misticismo ardiente de una santa Teresa, que veinte volúmenes de comentarios eruditos o apasionados”.

Como bien observa Cancio, en la primera producción periodística del autor, “la política entra apenas oblicuamente a la reflexión estética y culturológica”, hasta que en los años 30 gira hacia temas políticos, directamente alineado con el antifascismo y en la sensibilidad de la izquierda y las causas obreras. Se posiciona en defensa de Ilia Ehrenburg, sometido a pleito por el empresatio zapatero Thomas Bata, y en ello hace referencia a las fábricas-cárcel y alaba el Plan Quinquenal ruso. Es entonces cuando se refiere al malestar de Europa, el “estado de angustia ideológico”, vaticinando “convulsiones definitivas” en Europa, lo que ha sido leído como una referencia tangencial a la dictadura machadista. Tras la caída de Machado, revelará su militancia en una célula de ABC en París, y es entonces cuando se refiere al antimachadismo como una cuestión de higiene moral, que no admite actitud apolítica o neutral.

A pesar de su siempre cuidado uso del lenguaje y su afilado uso al servicio del tema, en su ocasional politización de 1932 en apoyo a Ilia Ehremburg, los términos y la estructura de su discurso recuerdan, como nunca antes, el inflamado vocabulario leninista. Ni siquiera en su profuso periodismo sobre la Guerra Civil Española, publicado en varias revistas de España y Costa Rica, y que se adensa en su serie “España bajo las bombas”, que pretende revelar “hombres” más que hechos, en una peculiar épica literario-periodística alejada del lenguaje de pancartas tan frecuente en la prensa cubana partidaria de la causa republicana. Aquí, su periodismo adquiere un dramatismo, una intensidad nuevos. Como en toda su obra periodística, esta fase tendrá también una resonancia en su literatura, en este caso, tardía, en la novela La consagración de la primavera.

El 19 de mayo del 39, Carpentier abandona Europa. En 1945 se referirá a ese regreso no por la guerra inminente, sino porque le espantaba parecerse “a uno de esos intelectuales americanos que se destierran y sin lograr ser nunca europeos, dejan también de ser americanos”.

Reinicia en Cuba su labor periodística ese mismo año y de esa época son sus cinco crónicas “La Habana vista por un turista cubano” en Carteles, que aplica tas técnicas de “España bajo las bombas” en el “reordenamiento de la memoria” como apunta Cancio. En ellas consigue ver lo que antes no había visto “o no había sabido ver”. Volverá sobre ellas en La consagración de la primavera, cuando narra el regreso de Enrique.

Las crónicas de “El ocaso de Europa”, publicadas en 1941, con su visión spengleriana de la historia, serán olvidadas años más tarde por Carpentier, en una reescritura continua de su biografía que va desde su nacimiento, su fervor y posterior censura a Paul Morand o el surrealismo.

La explosión de creatividad de los 40, a pesar del nefasto panorama político, no pasa inadvertida al periodismo carpentieriano. Es la época en que publican buena parte de sus obras Lino Novas Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Onelio Jorge Cardoso, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Eliseo Diego, Lezama Lima y el propio Carpentier –con “Viaje a la semilla” y “Oficio de Tinieblas”, de 1944, y El Reino de este mundo, de 1949, tras su viaje a Haití en 1943–, por no hablar de la explosión musical de esos años. De modo que en 1944, Carpentier habla con entusiasmo del avance cubano “en lo intelectual, en lo artístico, en lo civil, en menos de veinte años”.

En ese contexto, se afina la literatura de Carpentier, como lo demuestra su obra publicada y aquella que se gestará en estos años gracias al asiduo trasvase entre periodismo y literatura. A ello contribuye su paso por el diario Tiempo y, posteriormente, por Información, donde se hace el mejor periodismo de la época. Su periodismo no cesa de innovar, como en su reseña del filme El ciudadano Kane, con el “empleo de técnicas multidisciplinarias”, como anota con acierto el autor de este libro. Al mismo tiempo, trabaja en la estación de radio CMZ como codirector y director de teatro radiofónico, y más tarde en CMQ, retomando sus experiencias radiales europeas, cuyos ecos encontraremos en su literatura en términos de dramaturgia y montaje.

Una vez radicado en Venezuela (1945-1959), publica su serie “Visión de América” en El Nacional de Caracas, y su conocida serie “Letra y Solfa” (1951-1959) donde, lejos del tono de magister concluyente e inapelable, comparte convicciones e hipótesis, apunta impresiones y ventila dudas sobre multitud de temas. El periodismo se carga hasta convertirse en literatura. En textos de esta sección anota el valor de Orígenes, revista en la que escribe ocasionalmente y para la que gestiona algunas colaboraciones. Cuando Rodríguez Feo le proponga, tras el cisma, integrar el consejo de redacción de la nueva Orígenes se escabullirá, como siempre que sea imprescindible tomar una decisión comprometida.

De su período venezolano, posiblemente el mayor efecto sobre su literatura será su viaje a la selva y El libro de la Gran Sabana, que terminará convirtiéndose en Los pasos perdidos para “plasmar todo lo virgen y lo inexpresado dentro de una cultura en vías de fijación”.

Su regreso a Cuba en 1959, además de la adhesión a la euforia del momento, tiene también un componente comercial: instalar en Cuba la Organización Continental de los Festivales del Libro, para producir ediciones masivas y baratas. Llegaba Carpentier a La Habana precedido por una reputación de indiferencia por la causa cubana y, en particular, por el fuerte Movimiento 26 de Julio en Caracas. Durante casi quince años se había mantenido alejado de la circunstancia política venezolana, y no dudó en colaborar profesionalmente con el dictador Pérez Jiménez.

Atacado, como todos los intelectuales precedentes, por Lunes de Revolución, la gran publicación cultural en los albores revolucionarios, allí sólo aparecieron dos colaboraciones suyas. De modo que su actividad periodística se concentra en el artículo y el ensayo, en particular en el diario El Mundo, entre 1960 y 1966. El Carpentier funcionario abandonaba temporalmente la literatura. Sus crónicas al regreso de una tourné por los países socialistas, la URSS, India y China, recuerdan extrañamente las de inicios de los años 30: están contaminadas por el lenguaje periodístico militante en boga, de modo que el estilo de Carpentier no sólo se ajusta al tema y al medio, sino también al ecosistema.

A su regreso de Vietnam en 1966, dos años antes de que se acabe El Mundo, es nombrado ministro consejero en la embajada de París, ciudad donde vivirá casi permanentemente hasta su muerte en 1980. Nunca más articularía Carpentier una colaboración periódica y sistemática con otro medio, aunque publicando en diarios y revistas de todo el mundo. Su última colaboración, que aparecerá en El País dos días después de su muerte, versará sobre Flaubert, a quien dedicó uno de sus primeros textos en 1922.

Wilfredo Cancio nos entrega en este libro un muy completo análisis del periodismo carpentieriano, sus etapas y los trasvases entre periodismo, vida y literatura, que permitirá comprender más cabalmente la trayectoria del autor, y un no menos útil aparato crítico, índice de publicaciones, cronología, correspondencia y testimonios que redondean el libro. Revela textos hasta ahora desconocidos y compone, en suma, la mejor síntesis de estas Crónicas de la impaciencia.

 

“Un libro imprescindible”; en: Cubaencuentro, Madrid, 31/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/un-libro-imprescindible-267583





Inteligéntsia

26 08 2011

Con un espectáculo en el Gran Teatro de La Habana, se acaba de celebrar el 50 aniversario de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Como artista invitado, asistió el general Raúl Castro, quien instó a los asistentes a reencontrarse en “el centenario», aunque cabe sospechar, sin ser demasiado suspicaz, que el general-presidente no pensaba en la pervivencia de la institución, sino en la de su propio régimen.

En “La cultura de la Rusia soviética”, Isaiah Berlin nos recuerda que tras las purgas quedó perfectamente establecido que “la misión de los intelectuales (…) no era interpretar, debatir, analizar ni aun menos desarrollar o extrapolar a nuevas esferas los principios del marxismo, sino simplificarlos, adoptar una interpretación acordada de su significado y luego repetir machaconamente por cualquier medio disponible y en todas las ocasiones que se presentasen el mismo conjunto de verdades oficiales”.

Y es a esas “verdades oficiales” a las que seguramente hacía referencia el presidente de la UNEAC, Miguel Barnet, al afirmar que la institución es una «herramienta de la vanguardia intelectual» que ha servido a «los ideales más nobles de la revolución socialista», un «laboratorio de ideas», un «nicho de debate» y un sitio para promover lo mejor de la cultura cubana. A qué ideales, debates e ideas se refiere queda claro cuando invoca a Fidel Castro como «autor intelectual» de la UNEAC. Y en esto tiene razón.

Siguiendo a Walter Benjamin, según el cual la obra de arte “ha perdido su aura”, su carácter sagrado, y se ha convertido en mercancía, el Estado estuvo dispuesto, desde los primeros años de la revolución, a adquirir esa mercancía y convertirla en instrumento ideológico que aportara legitimidad al nuevo orden.

Como en la URSS, el Estado cubano comprendió desde muy temprano que necesitaba a intelectuales orgánicos bien remunerados y/o apadrinados desde el poder que asumieran su condición de élite por encima del ciudadano común, pero, al mismo tiempo, ejerce sobre ellos periódicamente el recordatorio de su condición subalterna respecto al poder y dependiente de la gracia de éste. A veces se les humilla directamente o se les reprende como a escolares cuando trasgreden algún límite, y en caso de que insistan, se les reprime de acuerdo a la gravedad de su desacato.

Desde el 30 de junio de 1961, los límites quedaron muy claros: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios?  Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho” (Fidel Castro; Palabras a los intelectuales). Ya lo había dicho Benito Mussolini: “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”. (Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927).

Según Berlin, Stalin patentó un método infalible para navegar entre el fanatismo utópico y el oportunismo cínico. Tras los períodos de terror, breves interregnos de clemencia durante los cuales se reprimía a los represores de turno, se abría un breve espacio para la crítica inofensiva y el pueblo respiraba aliviado porque los líderes se habían enterado, por fin, de los excesos cometidos. Hasta que todo volvía a empezar una vez que el período de “relajación” comenzaba a excederse en sus márgenes de libertad. Sin alcanzar los niveles bíblicos de represión practicados en la URSS, un sistema semejante se ha aplicado a los intelectuales de la Isla, alternando períodos de relativa indulgencia con decenios grises (o negros, en dependencia de las lentillas que use cada cual).

Podríamos aceptar, como afirma Miguel Barnet, que la UNEAC ha acompañado «críticamente» el proceso cubano, aunque deberemos aclarar que los límites de esa “crítica” siempre han sido dictados desde el poder, dado que para éste el pensamiento crítico es más peligroso que la subversión abierta, que puede combatir (y ha combatido) confortablemente con la violencia como razón de Estado. Por ello se ha afanado en domesticar al intelectual mediante cargos burocráticos, premios, viajes, honores y condecoraciones; asimilarlo hasta que sea inofensivo. El intelectual “integrado” reduce por cuenta propia sus márgenes de libertad. La represión es superflua.

En caso de que el intelectual se resista a la domesticación, el Estado dosificará el castigo de acuerdo al grado de indocilidad: exclusión del sistema editorial y los medios de prensa, galerías o espacios teatrales; negación de permisos de viajes; enajenación de sus medios de vida; ostracismo y/o escarnio público y, llegado el caso, la cárcel. La condena a silencio forzoso y el ostracismo público contará con la complicidad de buena parte de sus colegas, bien sea por puro cálculo –todo contacto con el sentenciado (altamente infeccioso) es dañino para la salud profesional— o porque la rectitud moral del excluido es un reproche indirecto al oportunismo y la sumisión del gremio.

Ralf Dahrendorf, en Homo Sociologicus (1968) afirma que “los bufones de las sociedades modernas son los intelectuales (…) tienen la tarea de dudar de todo lo que es evidente, de hacer relativa toda autoridad, de preguntar aquellas preguntas que nadie se atreve a plantear”. Añade que “Su papel es no interpretar papel alguno. El bufón no está arriba, pues no puede dictar a los demás las leyes de sus acciones. Tampoco está debajo, porque actúa como conciencia crítica de los poderosos (…) El poder del bufón está en su libertad en relación con la jerarquía del orden social”.

Pero en Cuba hasta el teatro bufo fue eliminado por decreto. Eso no significa que podamos incluir a todos los asistentes al cincuentenario de la UNEAC en un mismo saco.

Los más deseables para el poder, y cada vez más escasos, son los “legitimadores incondicionales”: intelectuales que aceptan sinceramente el poder establecido, y se sienten representados por él. Aunque no siempre sean, dada la estatura de sus obras, los que otorgan mayor legitimidad al poder. Suelen confundirse con los “intelectuales orgánicos”, según la definición gramsciana, cuyo máximo exponente sería el “intelectual político”, integrado a la élite del poder y que asume la construcción del aparato cultural e ideológico al servicio del Estado.

Si aceptamos el aserto de Kant, según el cual “No hay que esperar que los reyes filosofen o que los filósofos se conviertan en reyes, ni siquiera es de desear, porque la posesión de la fuerza corrompe inevitablemente el libre juicio de la razón”, podríamos dudar de que el “intelectual político” sea un verdadero intelectual, dado que la legitimidad de sus ideas estaría subordinada a su condición política.

Los “legitimadores por omisión” son, posiblemente, mayoría. La mayoría silenciosa. Evaden por igual los cargos públicos y la disidencia manifiesta; siempre que sea posible, evitan firmar cartas de apoyo o de condena; optan por la estricta especialización en sus respectivas artes y se acogen a un minucioso equilibrio entre la necesidad expresiva y la supervivencia. Combatidos en tiempos de fervor, cuando se exigía al intelectual una “definición”, es ahora para el poder, en tiempos de bancarrota ideológica, condición apetecible: No le exijo que me aplauda, señor mío. Ocupe sus manos en empuñar el pincel o pulsar las teclas.

Por último, la “inteligéntsia crítica” es aquella que hace públicas en sus obras y en el debate social, académico, ideológico o cultural sus críticas de mayor o menor calado. Una categoría que va desde la crítica participante, instalada en la defensa esencial del sistema y su perfectibilidad, hasta la disidencia que propone su desmontaje. Si esta última es siempre sometida a la más ruda represión, la respuesta a la primera es elástica: los márgenes de permisividad han variado con los años y los vaivenes de la rigidez ideológica. En la medida que el establisment ha perdido legitimidad, se ha visto obligado a aceptar márgenes mayores a la crítica, en particular a la que se produce fuera del país y que es fácilmente silenciable por una prensa cautiva. Y depende también del medio donde se recoja: hay mínimos niveles de admisibilidad en la televisión o los grandes medios de comunicación, que se van ampliando cuando se trata de revistas culturales o libros de escasa tirada y, por tanto, de corto alcance en lo que a accesibilidad pública se refiere.

Gracias a estos márgenes, algunos intelectuales críticos –disidentes en su fuero interno en muchos casos, aunque no lo hagan explícito más allá del salón de su casa—gradan con exactitud la munición de su crítica: grueso calibre en intervenciones académicas outside the borders, lo que otorga mayor credibilidad a su discurso en sociedades abiertas e informadas, y balas de fogueo en la televisión local, con lo que mantienen la pelota por las bandas pero sin salirse del campo, algo que los colocaría fuera de juego y anularía sus prerrogativas.

Tampoco esto es absoluto. La crisálida del intelectual no siempre desemboca en mariposa.

Es bien conocido que muchos pirómanos a los veinte años descubren a los cincuenta su vocación de bomberos. Y obtener un confortable puesto –con la adquisición del esprit de corps burocrático–, bienestar y honores ayuda mucho a sofocar los ardores juveniles. El azote del poder se convierte poco a poco en consejero que advierte de los riesgos que puede correr el propio poder que ahora lo cobija; la crítica jacobina evoluciona a crítica cortesana. Se centra en la carrocería del poder, no en su motor o su sistema de transmisión.

También puede suceder lo opuesto: el guardia rojo a los veinte se desilusiona por el incumplimiento de sus expectativas y acentúa su lado crítico hasta el extremo opuesto, aunque ello, en una sociedad donde le está vedado dar cuenta puntual de su evolución, ocurre con frecuencia en silencio. De modo que el público lee un buen día con sorpresa en el diario El País “Los anillos de la serpiente”, el “destape” de Jesús Díaz, quien fuera durante decenios lo más parecido al “intelectual orgánico” gramsciano.

Existe también entre algunos intelectuales un síndrome que merecería un serio estudio siquiátrico: la fascinación por el poder que han padecido por igual Gabriel García Márquez y Pablo Armando Fernández, quien ha admitido que volvió a nacer el día que conoció a Fidel Castro. Supongo que no se trate de una excusa para trucar su edad.

Dados los estragos que ha causado durante medio siglo el totalitarismo y su indefectible respuesta, la simulación –ya se ha apuntado lo hiperbólico que resulta llamar doble a una moral defectuosa–, podría aplicarse a gremios de taxistas, albañiles e incluso de políticos idénticas categorías que a la inteligéntsia. La diferencia es, exclusivamente, de visibilidad, razón por la cual una zona del exilio exige a éstos una audacia crítica que disculpa a los pescadores de orilla y las amas de casa. Una exigencia éticamente discutible al pronunciarse desde la distancia, agravada por la no categorización. Encaramado en su presunta “superioridad moral”, el exilio rancio parece incapaz de distinguir a los “intelectuales políticos”, arquitectos ideológicos del sistema, del resto, cuyo ejercicio (o no) de la crítica y la profundidad de ésta dependen, como entre los restantes once millones de cubanos, tanto de sus deseos como de sus posibilidades. Recibir con menosprecio esas críticas que se ejercen (y no sin riesgo) desde adentro es la mejor complicidad a que podrían aspirar los mandantes cubanos.

Para Platón, sólo un rey filósofo, el gran salvador, conseguiría sacar a la polis de su crisis. Sólo un rey así, especializado en reflexionar sobre la justicia, la paz y la armonía, estaría predestinado a resolver los grandes problemas de la sociedad. No dudo de la sabiduría y el buen hacer de muchos de los invitados al cincuentenario de la UNEAC, pero me temo que si ésta ha sido, en palabras de su presidente, «laboratorio de ideas» y «nicho de debate» de los pasados cincuenta años, habrá que buscar un nicho donde sepultar viejos debates y otros laboratorios donde cocinar las ideas del próximo medio siglo.

 

“Inteligéntsia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 26/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/inteligentsia-267467

 





Elegguá y el destino cubano. Entrevista a Tony Évora

25 08 2011

Cubano por nacimiento, idiosincrasia y por su extraordinaria vitalidad creativa y humana, Tony Évora (La Habana, 1937), se enamoró de la música a los once años de edad, en el Instituto Edison de La Habana, y le mantiene una fidelidad a prueba de exilios. Licenciado en Bellas Artes, fue diseñador de Lunes de Revolución y el primer director artístico del Instituto Cubano del Libro, donde realizó las sobrecubiertas de decenas de títulos técnicos extranjeros fusilados sin pagar derechos de autor –las llamadas Ediciones Revolucionarias con su R distintiva–. Casado con una checa viajó a Praga en 1968 y allí les sorprendió la invasión soviética apoyada por Castro. Tras una huida rocambolesca de Checoslovaquia, alcanzaron Linz y Salzburgo. Trabajó en Italia para Feltrinelli y fue deportado a Francia. Tras presenciar en París los coletazos del Mayo francés, se estableció en Londres. Allí fue diseñador de los libros universitarios de la editorial Longman. Entre 1973 y 1975 diseñó y produjo en Madrid los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba. De regreso a Inglaterra, obtuvo un máster en grabado en el Chelsea School of Art y estudió musicología en la Universidad de Londres. Fue colaborador durante años de Encuentro de la Cultura Cubana. Entre 2004 y 2010 impartió en Barcelona dos cursos anuales sobre arte y sobre música española a estudiantes norteamericanos.

Periodista, profesor, animador cultural, artista plástico, diseñador y musicólogo, los cultos afrocubanos y la música son los temas por excelencia de su obra plástica que ha expuesto, desde 1977, en Suiza, Génova, San Juan de Puerto Rico, en varias localidades inglesas, en el Algarve portugués, Bélgica, Madrid y Miami. Ha publicado Orígenes de la música cubana (1997), El libro del bolero (2001) y Música cubana. Los últimos cincuenta años (2003), los tres en Alianza Editorial Vive en una pequeña playa valenciana, en un piso atestado de libros, cuadros, tambores y discos.

 

Tony, ¿cómo fue tu encuentro con la música y con las artes plásticas? ¿Cómo sincretizaste, una palabra que seguramente te traerá otras resonancias, ambos amores que, hasta donde sé, ocupan idéntico espacio en tu vida profesional?

Ambos fueron surgiendo paralelamente. Mi primer bongó fueron los culos de dos cazuelas. Y mis primeros dibujos en acuarela eran sobre papel de bajo gramaje. Desde muy joven me di cuenta de que Cuba es blanquinegra; a veces lograba colarme en un bembé o en un güemilere; me fascinaba ese mundo, a pesar de que mi madre era muy católica. Ya de mayor, me reveló que aguantó hasta el último momento para que no naciera el 17 de diciembre, día de san Lázaro, equivalente al poderoso Babalú-Ayé de la santería. De ahí que vine al mundo en los primeros diez minutos del día 18. ¡Qué ironía! Con el tiempo fui profundizando mi interés en las creencias afrocubanas, gracias a las obras de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Rómulo Lachateñeré.

 

Lunes de Revolución ya ocupa un sitio clave en el imaginario cultural cubano. Fue, sin dudas, el gran suplemento cultural de su tiempo, no sólo por sus contenidos, que ponían al día la cultura cubana con las vanguardias del mundo entero, sino también por su empaque gráfico. ¿Cómo fue para ti esa experiencia?

Extraordinaria en todos los sentidos: allí conocí a un grupo de brillantes escritores y poetas. Ya me habían publicado dos o tres portadas cuando una de esas noches que pasé por el periódico me ofrecieron que diseñara el suplemento para reemplazar a Jacques Brouté. Recuerdo que mi primer número completo fue el dedicado a la visita de Sartre y Simone de Beauvoir en febrero 1960, con excelentes fotos de Mayito (Mario García Joya). Desde el verano de 1958 trabajaba en la agencia de publicidad McCann Erickson, y tenía unas ganas enormes de dejar aquello y hacer cosas rabiosas y realmente útiles a la sociedad. En Lunes tuve total libertad para jugar con los conceptos gráficos Dada, surrealistas, De Stijl y constructivistas, que me fascinaban. También estaba influenciado por los norteamericanos del Push Pin Studio, por Saul Bass, Herb Lubalin y otros, así como por la escuela cartelística polaca con Lenica y Swerzy al frente. Me bullían en la cabeza los experimentos gráficos de El Lissitzky y de Kurt Schwitters, tanto como el Bauhaus y los suprematistas. Estimulado por esas ideas, intenté sacudir la palma criolla, hastiado con la modorra que primaba en las publicaciones del país.

Entonces ni se conocía en Cuba la fotocomposición de textos. Todo era alta ingeniería en metal. Los textos mecanografiados eran compuestos por los linotipistas en sofisticadas máquinas Linotype o Intertype, que fundían en plomo y al ancho requerido las líneas de matrices de cobre. Usábamos fuentes como Century, Bodoni o Futura. Lunes se imprimía en rotativas a relieve sobre papel gaceta de baja calidad, que absorbe mucha tinta. Lograba la relación entre el contenido y la presentación gráfica –entre otros elementos– dejando mucho espacio blanco en que aparecían infinitos juegos con una R del siglo XIX, sólida y expandida, de la fundición inglesa Stephenson Blake, que lo mismo reproducía blanca sobre un fondo negro o rojo, de cabeza o al revés, cosa que según me enteré más tarde preocupaba al régimen. A menudo hacía meticulosas combinaciones tipográficas, montajes de letras individuales recortadas de alfabetos reproducidos fotográficamente, caracteres que no existían en Cuba. Eran detalles que distinguían al suplemento.

En aquellos días me gustaba ir a escuchar a La Lupe (1936-1992), que incorporó al cancionero nacional un canto marginal, malicioso, a veces hiriente. Era un verdadero espectáculo, una show woman que combinaba talento y mal gusto; vocalizaba a su manera, acompañada del pianista Homero, a quien solía pegar con un zapato de tacón de aguja. Su estilo irreverente levantaba ronchas en aquella Habana estupefacta ante el fenómeno revolucionario, pero sus adeptos la seguimos al club La Red. Por entonces, la transformación de un programa nacionalista en un socialismo soviético creó terribles tensiones y, a nivel musical, La Lupe consiguió reflejar las ganas que tenía el pueblo de gritar, de mandarlo todo al carajo, de arañarse y llorar de rabia. Se largó de la isla en 1962.

 

Pero Lunes no estuvo exento de polémica, en particular sus frontales ataques al movimiento origenista. ¿Cómo recuerdas aquello y su fulminante desaparición del panorama nacional?

El núcleo central de Lunes estaba formado por creadores de la generación de 1950 que se convirtieron en perseguidores de los origenistas, incluyendo a dos renegados de Orígenes: Virgilio Piñera y José Rodríguez Feo. Recuerdo una noche en que defendí al poeta Eliseo Diego a capa y espada –hacía un par de años que había leído En la calzada de Jesús del Monte–. Se discutía demasiado y se escribían muchas cosas a la carrera: los criollos solemos ser hiperbólicos y desmesurados. Pero debo recalcar que ni ideológica ni estéticamente el equipo de Lunes cuajaba como una unidad. Sin embargo, no disimulábamos nuestras simpatías por Karl Marx, André Breton, el arte y el teatro contemporáneo, así como el existencialismo en boga. Alejado de las líneas estéticas que identificaron a las revistas Orígenes y Ciclón, el polémico, talentoso y sin duda elitista grupo que hacía el suplemento alentó la creación sin cortapisas desde su aparición el 23 de marzo de 1959, gracias al entusiasmo de Carlos Franqui, el director del periódico Revolución.

El gobierno reconocía que la cultura era un arma para la construcción de una nueva sociedad, aunque no siempre supo alcanzar los mejores resultados –como en el caso del racismo, todavía rampante en la isla– dada su conocida ineptitud. Sabiendo que tarde o temprano saldría hacia Praga, aprovechando una beca del Estado checo, a principios de 1961 le pedí al pintor Raúl Martínez que me reemplazara, e hizo un trabajo estupendo.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo se olvida que los problemas con Lunes no acabaron con su cierre, todo lo contrario. El último número (6 de noviembre de 1961) fue una protesta sutil contra lo acontecido en las tres reuniones que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional los días 16, 23 y 30 de junio, entre un considerable número de escritores, artistas y músicos, enfrentados a los farragosos monólogos de Castro, flanqueado por el presidente Dorticós y Alfredo Guevara, director del ICAIC. Aunque en sus páginas no se publicaron los feroces ataques y acusaciones hechas al suplemento y al periódico, creo recordar que aquel último número se debatía entre un canto del cisne y el derecho del ahorcado al pataleo, ofreciendo un hermoso homenaje al arte moderno y, en particular, a Picasso, simpatizante de la revolución, cuyas obras representaban una postura radical contra las rígidas normas de interpretación artística de los viejos comunistas.

 

En el Instituto del Libro diseñaste una R muy distinta a la de Lunes, donde aparecieron, saltándose a la torera los derechos de autor, que por entonces la revolución declaraba abolidos, de obras científicas y técnicas extranjeras. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia? ¿Sabes que hoy se prohíbe sacar de Cuba libros de Ediciones R para que no existan pruebas de aquellas violaciones de los acuerdos internacionales sobre derechos de autor que posteriormente Cuba firmó? ¿Qué te ocurrió en la entrevista en la editorial Longman cuando presentaste en tu currículo esas ediciones?

Castro es un inepto pero tiene una curiosa memoria. Cerca de las navidades de 1966 fui nombrado director artístico del recién creado Instituto del Libro. Aunque al principio no éramos más que cuatro gatos, una madrugada se apareció con un primer lote de libros técnicos publicados en inglés en los países avanzados, para ser “fusilados” (acción por la que siente una verdadera pasión) y que yo les hiciera nuevas sobrecubiertas en español. El comandante aprovechó para preguntarme si era yo el que ponía la revolución al revés en Lunes, con aquellas R en diversas posiciones. Asentí y aproveché para mostrarle el nuevo logotipo que había diseñado para sus “Ediciones Revolucionarias”, que aprobó entusiasmado.

Comencé a vivir en Londres hacia finales de octubre de 1968, alternando trabajos para varias editoriales, lavando platos en el hotel Ritz y tocando las congas en la banda de Edmundo Ros, la única orquesta latina en aquella época. Una tarde, buscando trabajo como ilustrador en una agencia de artistas, viendo lo preocupado que estaba pues ya el Home Office me había informado que o bien conseguía un trabajo fijo o me tendría que largar del país, una señora mayor, alta y muy amable, comentó haber visto en la revista The Bookseller un anuncio de empleo en la importante editorial Longman. El mensaje era claro: buscaban un diseñador de libros con amplia experiencia para hacerse cargo de su catálogo universitario. Presenté mi solicitud y finalmente fui entrevistado a fines de diciembre. Y ahí fue cuando lo de los libros fusilados tuvo cola. Durante la entrevista en Longman yo iba sacando del portfolio ejemplos de mi trabajo y el director me pidió que le tradujera los títulos de algunas de aquellas sobrecubiertas cubanas. De pronto, montó en cólera: “¡Pero esos son nuestros autores!” chilló. Me quedé lívido. De nada valió que le explicara que en Cuba había un solo empleador, un hombre que no creía en los derechos de autor y que yo tenía que acatar sus deseos. Supe que no me contratarían, pero entonces intervino su acompañante, el jefe de personal: “Pero John, ¿no ves que el Sr. Évora ha sido ‘our man in Havana’ todos estos años?”, refiriéndose a la novela de Graham Greene. Aquel oportuno comentario disipó la cólera del director, todos reímos la ocurrencia y yo salí de la entrevista felicitándome por haber decidido vivir en un país con ese sentido del humor. El 31 de diciembre me llamaron para ofrecerme el cargo, y el 2 de enero le llevé una caja de bombones a la señora que me había alertado.

 

Los carteles cubanos de los 60 fueron una revelación que rebasó el mundo gráfico de su tiempo para insertarse en lo mejor de las artes plásticas. ¿Cuál fue tu participación en aquel movimiento?

Aunque el diseño de carteles siempre ha sido el tema más divulgado, entre 1959 y 1965 aparecieron otros aspectos como el diseño de libros, revistas, logotipos y otros soportes que a menudo se han ignorado u olvidado a pesar de su gran calidad visual y el importante rol que desempeñaron. Conocía a todos los protagonistas que intervinieron en elevar el nivel del diseño aplicado; con ellos viví la lucidez, la euforia y las contradicciones de aquellos años. Me movía bastante, desde las portadas de Bohemia, las ediciones de Casa de las Américas, Lunes de Revolución, el ICAIC y los carteles puramente ideológicos.

 

En 1962 viajas a cursar estudios en Praga. ¿Cómo recuerdas aquel período?

En UMPRUM, abreviatura de la Escuela Superior de Artes Aplicadas, tuve dos profesores excelentes, el pintor surrealista Frantisek Muzika y el grabador e ilustrador Karel Svolinsky. Por suerte, uno hablaba francés y el otro algo de italiano, por lo que podíamos comunicarnos mientras aprendía términos checos, compartiendo jarras de la mejor cerveza del mundo con mis compañeros. Con una pequeña plaza ajardinada de por medio, frente a UMPRUM se levanta una hermosa sala de música sinfónica, y como gozaba de un considerable descuento por ser estudiante, durante tres años pude asistir a infinidad de conciertos.

En la escuela pude trabajar libremente el aguafuerte en todas sus variantes, incluyendo la punta seca y la mezzotinta, así como el grabado en madera y la xilografía, la litografía sobre viejas piedras de Baviera y la serigrafía. En la sección de tipografía yo mismo componía los textos a mano, según los fuera necesitando. Pero no todo consistía en estudiar y aprender técnicas nuevas. Los estudiantes criollos organizábamos cada año verdaderas fiestas populares en las que fungía como director musical y conguero, y Perico (Hiraldo Lima, que murió de SIDA en La Habana en los años 80) era el encargado de la coreografía.

Aparte de las labores en la escuela, me dediqué a diseñar tres carteles en formato grande para un concurso anunciando la conferencia de la Unión Internacional de Arquitectos que tendría lugar en La Habana aquel verano de 1963. En ellos se aprecia mi manera de diseñar: en lugar de imponer un estilo determinado lo que busco siempre es una buena idea, a la que me adapto sin problemas. Gané los dos primeros premios y la invitación de viajar a la isla, lo que me permitió pasar unos días con César y su madre en una cabañita del hotel Kaguama de Varadero antes de regresar a Praga.

En 1965, al terminar mis estudios en Praga, regresé a Cuba en un barco ruso que partió de Varna, en el Mar Negro, con cientos de becados. Tuve algunas dificultades para encontrar trabajo, a pesar de estar mejor preparado que otros diseñadores. Hice trabajos para la Editorial Universitaria y para la Imprenta Nacional, donde mantuve mi amistad con Felito Ayón, quien me presentó a Bola de Nieve un día que estábamos tomando la sauna en el último piso del hotel Habana Libre, y se apareció el crooner y gran pianista. Al despedirse, Bola me levantó la toalla de pronto y dijo “¡Ay, hijo, que Dios te la bendiga!”

 

¿En qué momento abandonas Cuba? ¿Cómo fue el periplo que te llevó a establecerte en Inglaterra?

Estaba en Praga en 1968 con mi esposa checa, y una semana después de la invasión soviética de Checoslovaquia y de conocer el apoyo de Castro a aquel crimen, logramos escapar por un pelo. El tren con destino a Viena fue detenido a la altura de Linz; nos hicieron bajar y nos arrancaron nuestras maletas, así como tres cajitas de diapositivas con una selección de mi trabajo gráfico. El oficial ruso, de cuyo cuello colgaba una metralleta, nos ordenó correr hacia la tierra de nadie entre Checoslovaquia y Austria. Detrás de él, un soldado sujetaba a dos pastores alemanes. Corríamos sin mirar atrás, perseguidos por los perros. Sonó un disparo, y uno de los pastores alemanes fue abatido por un vigía del lado austriaco. Al alcanzar la torre, agotados, nos sentimos a salvo. Esa noche del 29 de agosto 1968, después de cenar frugalmente, dormimos en la mejor celda de Linz.

Gracias al VW Beetle comprado en Salzburgo con la ayuda de mi amigo Adolf Opel, de Viena, pudimos visitar al pintor Wifredo Lam en la costa genovesa. Conversar con Lam sobre arte consiguió sacarme de mi profundo ensimismamiento. Atrás dejaba a mi hijo, a mis padres y a mi hermana. Lam tuvo la gentileza de darnos algún dinero. Nunca olvidaré su último abrazo. Me dijo algo así como “Chico, olvídate de las tendencias artísticas y haz tu propia obra. ¡Inventa algo”!

De allí alcanzamos Milán. El editor Giangiacomo Feltrinelli, un millonario de izquierdas que poseía la mayor colección de textos originales de Marx y Engels, a quien yo había conocido en el 60 ó 61, me dio trabajo diseñando cubiertas de libros, asegurándome que él seguiría apoyando a Castro, aunque respetaba mi decisión. Feltrinelli fue la primera editorial en publicar Doctor Zhivago, de Pasternák en Occidente. Estábamos encantados de vivir en Milán, cuando una noche se aparecieron varios policías en un Jeep con instrucciones de que los siguiéramos hasta la frontera con Francia. Estaba acusado de ser un espía checo. Ni siquiera pude despedirme. En 1972, Feltrinelli, alias “Osvaldo”, fundador de los GAP (Grupos de Acción Partisana), fue víctima de la bomba artesanal con que pretendía volar una torre de alta tensión.

 

Tanto en tu obra plástica como en tus libros sobre música, están muy presentes los ritmos y los cultos afrocubanos. Sé que en el caso de la música has sido creyente y practicante. ¿También en el caso de las religiones afrocubanas cuyas claves dominas perfectamente? ¿No crees que hay mucho de helénico, sobre todo en el panteón yoruba, y que eso lo hace perfectamente compatible con las esencias de la cultura occidental?

Mi temprano interés en la santería y otras creencias afrocubanas se debió a mi curiosidad por el sincretismo religioso operado en la isla, y ya tenía evidencias suficientes de que a mucha gente le funcionaba mejor hacerse de “registro” con un babalao que rezar decenas de veces a la Virgen, al Señor, o a un santo católico. A veces pienso que los tambores me acercaron a las creencias.

En el verano de 1973, recién casado por tercera vez, dejé la editorial Longman para mudarnos a Madrid y producir los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba, un hermoso proyecto sufragado por varios exiliados en Puerto Rico y Miami. Entretanto, mi mujer y más tarde madre de nuestras hijas, aprendía castellano. La labor para sacar adelante aquellos libros enormes –siempre contando con la ayuda orientadora de Gastón Baquero, cuya amistad y ejemplo perviven en mí aun después de su muerte–, incluía mandar a componer en metal los textos, corregirlos y, con pruebas limpias, maquetar cada página, situando las ilustraciones como guía para los operarios de los talleres de impresión offset que manejaban los fotolitos. Me convertí en el hombre-orquesta.

Durante aquellos febriles meses, también diseñé tres libros seminales de la etnóloga Lydia Cabrera, que residía en Madrid con su compañera Titina: La laguna sagrada de San Joaquín; Yemayá y Ochún. Kariocha, Iyalorichas y Olorichas, y el voluminoso Anaforuana. Ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta Abakuá, en el que tuve que descifrar muchos conceptos y organizar el material para maquetar el contenido correctamente. Lo más curioso es que verdaderos especialistas de la cultura abakuá, como el profesor norteamericano Ivor Miller, y algunos africanos que todavía me escriben, consideran ese volumen una biblia. La gran iyalocha de Cuba y yo nos hicimos muy amigos. Con su inveterado sentido del humor, siempre se refería a mi mujer como Lady Liz. En su apartamento madrileño, Lydia me hizo asiento de Changó, y me dio un otán, la piedra negra que guarda el aché del oricha.

 

Durante muchos años César Évora fue el hijo de Tony Évora, pero al convertirse en un actor famoso, sobre todo después de establecerse en México, empezaste a ser el padre de César Évora. ¿Cómo se siente esa transición cuando los hijos ocupan un espacio propio? ¿Cómo fue tu reencuentro con César en New York tras veinte años sin verse?

Vivo orgulloso de mi hijo, un hombre entero, con mucha vida interior. Cuando se le ocurrió presentarse a una prueba en el ICAIC, César estudiaba Geofísica. Algunos de los que le atendieron eran conocidos míos y les asombró la figura y el talento innato de aquel joven de 20 años. Fue reclutado para las pantallas, estudió actuación y, si no recuerdo mal, la primera película en que apareció fue Cecilia. Años después fue invitado a New York a hacer el papel de un amante de Lorca en una obra teatral sobre el asesinato del poeta granadino. ¿Te imaginas mi excitación cuando recibí su llamada? Para entonces yo era director del Departamento de Artes Visuales, Música y Gestión Editorial de la Universidad Brookes de Oxford. Pedí una semana para reunirme con César. Después de veinte años sin vernos, encontré a un hombre casado y con dos hijos pequeños. Nos abrazábamos todo el tiempo, apenas comíamos, teníamos tanto que contarnos.

Una mañana que él tenía libre, nos fuimos al MOMA, donde encontramos expuesto uno de mis posters del Che Guevara. La ficha decía “Autor desconocido”. César quería ir a la administración del museo y aclarar la autoría, pero le expliqué que esa era la información que les había enviado La Habana. Justo en ese momento, escuchamos una música sabrosona. Al momento reconocí el sonido de las dos trompetas de la Sonora Matancera y la voz de Celia Cruz. Era un desfile que pasaba por Park Avenue celebrando el día de Puerto Rico. Nos sumamos a la multitud y empezamos a echar un pie. ¡Un momento increíble!

 

En uno de tus libros has afirmado que la música afrocubana “…nace del encuentro de varios individuos que la conciben colectivamente. Mientras el solista se desgañita con alabanzas a los grandes del pasado, el ritmo de los tambores pulsa el tiempo presente y futuro. Si el canto inmoviliza la acción en el pasado, gracias a la alquimia del movimiento, el ritmo la impulsa hacia el porvenir”. ¿Consideras que en tu obra ha ocurrido lo mismo, es decir, una especie de proyección hacia el futuro de esos anclajes de la memoria que has preservado como pocos en tu cubanía inclaudicable?

Creo que mis conocimientos de las creencias religiosas venidas de África, condimentadas con ciertos elementos del catolicismo, han alimentado mi obra visual, particularmente el efecto que ha tenido la música popular, bastante plagada de conceptos y términos que denotan la influencia de dichas creencias. Ignacio Piñeiro, por poner un ejemplo, compuso algunos sones donde se advierte ese fenómeno, como En la alta sociedad, No juegues con los santos y la rumbita Arrolla cubano, números que María Teresa Vera, creyente ella misma, interpretó con mucha gracia con el apoyo de Lorenzo Hierrezuelo. Y eso ocurre incluso al nivel musical más alto, como es el caso de Roldán y García Caturla, quien utilizó con mayor frecuencia fragmentos melódicos reconocibles, tomados de la música callejera, como en el caso de su Berceuse campesina, que adopta la melodía de un son popular. El sincretismo traspasó la obra y la vida de Caturla, hasta su muerte. Blanco casado con la negra Manuela y, tras morir ésta, con su hermana Catalina, será asesinado a balazos por un pistolero negro a sueldo de los acusados en un juicio que él presidiría como juez de Remedios. Sus polémicas técnicas de composición del siglo XX provenían de la influencia de sus estudios en Europa y de sus vínculos con la Pan American Association of Composers (PAAC). A través de la PAAC se organizaron conciertos y se grabaron programas radiales con las obras de Caturla y Roldán en Estados Unidos, así como una serie de conciertos en Europa entre 1931 y 1932. Es sorprendente que la música escrita por esta vanguardia sea apenas conocida en Cuba. La obra completa de ambos nunca ha sido impresa y publicada, y antes de la antología editada por la EGREM a principios de los 90 era virtualmente imposible conseguir grabaciones de su música.

Antes mencionaste que hay mucho de helénico en las creencias afrocubanas. Vale la pena recordar que los principales cultos afrocubanos son el yoruba o lucumí (Regla de Ocha, o santería); el kimbisa o mayombe de la zona del Congo (Regla de Palo Monte) y los llamados ñáñigos (la Sociedad Secreta Abakuá). A través de los siglos, los sistemas religiosos de varias etnias se mezclaron lo suficiente como para crear un verdadero caos, contradiciéndose unas a otras con bastante frecuencia, dentro de un fabuloso mundo de leyendas llamadas pattakís, transmitidas oralmente y más tarde transcritas en modestos cuadernos o libretas. La mitología yoruba, que en cierta forma es comparable a la griega en riqueza filosófica y valores poéticos, constituye el único bagaje sostenible de ideas sobre la creación del mundo que ha sobrevivido entre los afrocubanos. Es más, cuando en la isla o en Miami se dice que una persona es “hijo” o “hija” de Changó, Ochún, Yemayá, Obbatalá u Oggún, no hace falta decir más sobre su carácter y lo que cabe esperarse de ella. Asimismo, en el oricha Elegguá, un diablillo socarrón que abre y cierra los caminos, que lo mismo dispensa el bien al malo que el mal al bueno según una lógica disparatada, se encarna a cabalidad la concepción del destino del cubano.

 

“Elegguá y el destino cubano”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/08/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/eleggua-y-el-destino-cubano-267406