Estrellas y erizos

25 09 1996

Los arrecifes costeros del Caribe, albergan un erizo negro de larguísimas púas, capaces de taladrar la gruesa suela de goma de unas zapatillas. De modo que si vas a disfrutar del arrecife, donde el agua es más limpia que en los arenales, no basta echarte al mar calzado para evitar el punzonazo. Hay que pisar con suma cautela, y de ser posible, limpiar entre dos o tres el area más peligrosa. Esto explicará que sienta por los erizos una especial aversión, y que me encanten las estrellas de mar, no por ornamentales, sino porque se meriendan los erizos con púas y todo.

Pero resulta que las estrellas de mar, salvo para los dueños de boutiques que las venden disecadas como souvenir, no tienen utilidad alguna. Mientras, un equipo de investigadores del Instituto Marino de Biomedicina de la facultad de medicina de Sapporo, en la isla japonesa de Hokkaido, ha descubierto que los intestinos del erizo de mar contienen una sustancia capaz de matar las células cancerígenas ─confiemos en que no arramble de paso con las otras─. En diez años, afirman, esas sustancia podría constituir la base para un nuevo fármaco.

De modo que al cabo, y por vías imprevistas, vienen a cumplirse los axiomas de mi abuela: «la letra con sangre entra», «la medicina que sabe a rayos y el remedio que duele, son los que te curan». Indulto en mi memoria a los erizos que asolaron mi infancia (todo sea por la ciencia y la salud humana) y exhorto a las estrellas de mar a procurarse una dieta más balanceada, y que venga, sobre todo, en un envase más amable.

 

“Estrellas y erizos”, en: Diario de Jaén. Jaén, España.  25-9-1996 p. 27

 





Fumadores del mundo: uníos

20 09 1996

Permítanme los puristas parafrasear a Don Karl Marx para un propósito tan innoble como este breve Manifiesto Nicotínico. Como cualquier fumador sé (y en carne propia) que el tabaco es perjudicial, que la tos de por la mañana no es un resfriado pasajero, que el resuello ya no da para correr con el mismo entusiasmo y que algun día el corazón se negará a fumar un cigarrillo más. Pero de todos modos interrumpo un momento la escritura y (sí, ahora mismo) prendo un Ducado con el placer de siempre. Ya lo dijo Sara Montiel.

Me parece bien que se regule la protección a los presuntos fumadores pasivos, que no se fume en locales cerrados ni transportes públicos, incluso que en los restaurantes se reedite una vieja tradición de Alabama, que indicaba dónde debían sentarse los negros (los blancos podían sentarse en cualquier sitio). Ahora dice fumadores, y lo confirma el cenicero. Me parece bien, insisto, que la propaganda machaque, y que los menores de edad puedan comprar condones, pero no tabaco. Siempre que se use para lo que se usa, el condón previene enfermedades cardiovasculares, mal humor y cosas peores.

Pero algo muy diferente es que en New York esté prohibido fumar en la calle (no transitar en coche); que en Rusia te echenal portal con veinte grados bajo cero, aunque estés de visita, a fumarte el pitillo con la estoicidad de un oso polar; o que Clinton sume la nicotina a la lista donde aparecen el crack y la heroína. A pesar de que mueren más norteamericanos por gordos que por fumadores. Con indéntica razón podrían penalizar el tráfico de hamburguesas y desintoxicar a los cocacolainómanos; declarar el Servicio Gimnástico Obligatorio y cerrar por inmorales las fábricas de Donuts.

Pero aunque devastaran las plantaciones de tabaco con la misma saña que los sembrados de coca, los ciudadanos de México DF seguirán fumándose sus dos cajetillas diarias de smog. La equivalencia no es una metáfora, sino el resultado de un serio estudio ambiental. Tampoco, que yo sepa, hay autovías para contaminadores y autovías para no contaminadores. El hueco en la capa de ozono no es obra de los Habanos o los Winston; sino de los fabricantes de neveras y climatizadores. Por estar hoy un poco más fresquitos, puede que nuestro nietos se achicharren el día de mañana.

O con el mismo entusiasmo, el presidente Clinton podría suprimir la fabricación de armas, que seguramente matan más gente que los cigarrillos, y a juzgar por cómo andan las cosas, crean una adicción pavorosa. Lástima que sean un negocio tan próspero.

No pretendo defender el tabaco. Sólo fumármelo sin que algun puritano del alquitrán y la nicotina (que quizás adolezca de vicios peores; los hay) me tilde de enemigo público. Ni siquiera por lo que costamos en atención médica; lo pagamos de sobra con los impuestos sobre el tabaco. A este paso, un solo fumador sufragará en breve las enfermedades de diez abstemios.

Las costumbres humanas evolucionan, pero a su paso. Ya casi nadie consume rapé. Pocos mascan tabaco. Los rusos beben con más moderación que Catalina la Grande. Se come con más moderación (del Ecuador hacia abajo, no queda más remedio). Pero los patrones, las modas y los usos no pueden trastrocarse por decreto. A veces la antipropaganda sobre el tabaco resulta incitante, sobre todo para el adolescente, que descubreprecozmente la fascinación de lo prohibido.

Pero la tramoya de la política es así. Complacer a los votantes encarnizadamente no smokers, es siempre más fácil. Los fumadores desarmados suelen ser inofensivos. Y, ya de paso, los votantes discuten el humo, miran al humo, y el humo les impide ver otras cosas menos volátiles.

“Fumadores del mundo: uníos”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 20 de septiembre, 1996, p. 40.

 

 

 





Olimpiadas, exilios, devociones

7 09 1996

Atlanta’96 quedará en mi memoria no sólo como los juegos de la CNN y la Coca Cola, gigantesco show en que lo más deportivo es el marketing y se nos vuelve historia antigua el deporte como aspiración de una mente sana en un cuerpo sano, para acercarse de modo inquietante al circo romano sin pena de muerte, a las carreras de perros en que lo más importante no son los galgos, entrenados hasta la deformidad, ni la liebre de la fama que va delante, ni siquiera los espectadores, sino las apuestas (monetarias, políticas, televisivas). Desde que resido lejos de Cuba,Atlanta’96 son las primeras olimpiadas a las que asisto, televisor mediante.

Al menos desde 1936, los juegos han servido de feria a nacionalismos e ideologías. Mediante la organización imperial y los récords, Hitler mostró una maqueta de la arquitectura geopolítica que más tarde pondría en ejecución. Durante casi medio siglo Estados Unidos y la Unión Soviética entablaron cada cuatro años guerras en que los saltos y las carreras sustituíana los misiles. Los entrenadores se ocupaban del cuerpo de los atletas. Los comisarios ideológicos convertían un gol o medio segundo en victorias de la Patria y de la Idea. Con su ingreso en el Campo Socialista, Cuba entró en el juego. Se dedicaron ingentes esfuerzos (desproporcionados, dada la riqueza del país que no le permitía una masificación de la práctica deportiva) a prospectar, entrenar y situar en el mercado a deportistas que elevaran en la bolsa olímpica las acciones de la Isla. Preocupado por eso que en Cuba se llamó “campeonismo” en detrimento de la masividad, entrevisté a funcionarios del INDER, Instituto que se dedica al fomento del deporte cubano. Algunos defendieron las élites, artistas del bíceps cuya función era proporcionar espectáculo, emociones y belleza a la abrumadora masa de espectadores. Pero todos admitieron que el propósito del deporte era acentuar la salud y la armonía de todos, a pesar de lo cual el 98% del los trabajadores del INDER se dedicaba a atender al 0,1% de la población: los deportistas de alto rendimiento.

Siempre he sido alérgico a los nacionalismos que pretenden confirmar el yo a costa del no yo.Toda ideología cuyo propósito no sea la felicidad del hombre es inmoral; aunque la historia nos demuestre con pavorosa asiduidad que las ideologías suelen usar al hombre como materia prima.

Eso me permite disfrutar con idéntico placer un salto de Sotomayor, la zancada imponente de Michael Johnson o un gol de Caminero. Por la misma razón, deploro los conteos de medallas que sólo pertenecen a quienes las consiguieron con su sudor, y la euforia de ciertos cronistas deportivos ante la caída de un contrario o la lesión del enemigo que abre al nuestro las puertas del podium. Para esos señores, el deporte es mero pretexto para la medalla. Los griegos clásicos vomitarían quizás ante esa manifestación de “espíritu olímpico”. Espíritu que existe, pero sólo en los atletas que compiten contra si mismos, contra su propia imperfección humana, para llegar más alto o más lejos.

Ahora viene lo contradictorio. O quizás no.

Si cumpliera a rajatabla mis propios preceptos, asistiría a una final de los cien metros lisos con el desasimiento y la imparcialidad de quien ve competir a venusinos, marcianos y selenitas. Y aplaudiría exclusivamente al mejor, sin reticencias. Pero eso sólo me ocurre cuando no compiten deportistas de mi país.

No puedo evitar el dolor casi físico de la derrota cuando Sotomayor falla en su último intento. Ni ponerme de pie frente al televisor como si eso ayudara a Ana Fidelia a conseguir el oro que se le escapa de las manos. Debía bastarme el esfuerzo sobrehumano que ha hecho para estar allí. O el golpe de adrenalina eufórica ante la cara de indefensión de una voleibolista china fusilada por un remate de Regla Bell.

¿Será algun atávico espíritu tribal? ¿Un instinto de pertenencia al clan que viene desde las cacerías de mamuts? ¿O esa propensión gregaria, ingrediente por igual de pueblos, clubs de ex-alumnos y asociaciones filatélicas? Lo cierto es que en un mundo de intereses contrapuestos y feudos ideológicos, el nacionalismo deportivo cumple una rara función conciliatoria. Ante la implacable parcialidad de las transmisiones televisivas norteamericanas durante Atlanta’96, que excluyó, o casi, todo evento donde no hubiera participación norteamericana, los cubanos de Miami se las ingeniaron para direccionar sus antenas hacia… La Habana. Tras 15, 20, 30 años de exilio, aún se ponen de pie frente al televisor como si eso ayudara a Ana Fidelia o celebran los bloqueos espléndidos de Magaly Carvajal a gritos en espanglish o en puro cubiche. Conceden el segundo corazón de su entusiasmo a atletas formados por la Revolución. Como si aplaudieran cierta dignidad muscular de una patria sin fronteras ni partidos. Los sectores más beligerantes de Miami jamás concederían semejante indulto a un escritor o a un cineasta, y menos aún a un ideólogo o un político cuyos errores son axiomáticos. Los músicos, en cambio, gozan de un status intermedio. Deportistas del arte, quizás porque conmueven el caderamen y las piernas, alma bailadora de la nacionalidad cubana. Y lo mismo ocurre del otro lado, pero sotto voce (aunque ya no tanto). Muchos en la Isla habrán sufrido la derrota de Tahimí Chapé, aunque compitiera bajo bandera española, y todos bailan con Gloria Estefan, Willy Chirino y Albita.

Pero algo más me ha ocurrido durante mi asistencia televisiva a Atlanta’96: he descubierto mi entusiasmo cómplice ante el triunfo español en waterpolo y se me hizo un nudo en la garganta ante las lágrimas de las chicas de oro de la gimnasia rítmica. Y eso, más que cualquier otra consideración intelectual o permiso de residencia, me ha permitido parafrasear aquellos versos de Martí: “dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Porque de algún modo, sin pretenderlo pero sin eludirlo, dos patrias tengo yo: la primera se niega, por suerte, a abandonarme; la segunda me invade subrepticiamente, con cada conversación, cada copa de vino, cada certeza compartida. No necesitan disputarse un espacio. El corazón dispone de muchas habitaciones.

Y todo eso me remite al destino de un pueblo fracturado por odios y devociones que al cabo quizás no sean tan decisivas como desearían los políticos quienes aspiran a recibir su medalla de oro sobre el podium de las espaldas ajenas. Y barrunto la utilidad de cierto “espíritu olímpico” de la tolerancia, que buena falta haría. O un fair play del diálogo que sustituya consignas deshilachadas por abuso,o leyes del garrote global que jamás matarán de hambre a Helms, ni a Burton, ni a Fidel Castro, sólo a los once millones de cubanos que en la olimpiada cotidiana corren los cien lisos en 8,5 y saltan un metro más que Sotomayor. Sin que nadie les conceda ni bronce en el decatlón de la supervivencia.

Lamentablemente, puede que no sean sino sueños de una noche de verano, rezagos de mi adolescencia que discurrió peace and love durante los 60. Al menos, mientras el “espíritu olímpico” se cotice en bolsa y los máximos medallistas sean las multinacionales del dinero, o la trasnacional que patentaron ciertos políticos del siglo XX en secretas sastrerías ideológicas al hacerse un traje con la tela del marxismo a la medida de sus ambiciones: la transnacional de la esperanza.

“Olimpiadas, exilios, devociones”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de septiembre, 1996, p. 32.

 





La fiebre gris

2 09 1996

Alguien afirmó que la prensa es como los buitres: se alimenta de carroña. No sin razón: De cada diez hechos que son noticia, al menos ocho están relacionados con la guerra, la muerte, el delito y el escándalo. Nadie se ocuparía de Burundi o de Rwanda sin matanzas étnicas, Liberia es noticia sólo cuando hay cuerpos pudriéndose a la intemperie y una cabeza viuda de cuerpo que nos mira desde el asfalto bien pudiera merecer un Pullitzer. La matanza cotidiana que perpetra el (des)equilibrio mundial de la riqueza en las naciones del sur que viven en la paz (de los sepulcros) no es noticia.

A pesar de ETA, España puede considerarse una zona de paz, pero no por ello escasean noticias: durante los últimos años, ya es costumbre que cuando la cola de un escándalo se pierde en el olvido, el hocico de uno nuevoasoma, para renovar el interés de los lectores.

Uno de los más recientes es la denuncia presentada por el alcalde de Marbella, Jesús Gil, quien afirma haber pagado ocho cheques por un total de 85 millones de pesetas a familiares del ex vicepresidente de la Junta, José Miguel Salinas, por el aumento de edificabilidad de su parcela Los Cipreses. Los cipreses más caros de la botánica nacional. Comparecen el presunto portador de los cheques, José Luis Jiménez Jiménez, empleado de Gil, y los ex asesores de Jaime Montaner, Rosario García Victorio e Ildefonso García Borja, redactores de los informes sobre el aumento de edificabilidad. Al parecer, nadie sabe nada: los autores de los informes cumplieron rigurosamente su función técnica, el ex consejero Montaner se atuvo a los informes, José Luis Jiménez transportó a Córdoba un sobre cuyo contenido desconocía. Si algun lector sabe algo, que lo diga, por favor.

No cabe duda que la salud de toda sociedad obliga a airear estos trapos sucios; que el titular de un cargo público es el depositario de una dosis de confianza ciudadana, de modo que al convertirlo en su empresa privada no sólo roba al extorsionado, sino al contribuyente: su dinero y su confianza. El ladrón a mano armada jamás contó con nuestro voto. El ladrón a portafolio armado, sí. Pero corrupto y corruptor hacen una pareja dialéctica inseparable. No pueden existir el uno sin el otro. Ningún corrupto tiene atenuantes. El corruptor, tampoco. Se engendran uno al otro, otro al uno, maravillas de la zoología.

Es un lugar común que en la constitución de esa república universal que es el capital, la ley primera es la ganancia. A ella se supeditan las demás. Respetando las leyes, si es posible, eludiéndolas con una agilidad felina o saltándolas, cuando no quede otro remedio o cuando sea recomendable. Puede que los haya, pero no recuerdo ningún caso de corruptores que hayan abonado el soborno para ejercer la caridad o la beneficencia.

No pretendo anticiparme a las conclusiones del caso. Cumpla la justicia su tarea. Pero recuerdo ahora que la construcción del Canal de Panamá se detuvo muchas veces como consecuencia de la fiebre amarilla, que diezmaba a los hombres. El transmisor era un mosquito, el Aedes Aegypti. Se rociaba insecticida, los mosquitos desaparecían y la epidemia se aplacaba; pero al cabo renacía intacta. Hasta que descubrieron las larvas del mosquito, engordando tranquilamente en los pantanos. Larvas inofensivas, que no eran aún mosquitos ni transmitían nada, pero bastó eliminarlas para acabar con la epidemia.

Si pretendemos edificar el canal que desemboca a un futuro más limpio para España, sin que lo impida la fiebre gris de la corrupción, no podemos olvidar esa verdad zoológica: las larvas serán mañana mosquitos, los mosquitos ponen los huevos que se convertirán en larvas.

“La fiebre gris”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 2 de septiembre, 1996, p. 15.





Belmez: los rostros de Dios

20 08 1996

Pocos dudan a estas alturas que hay fenómenos para los cuales la ciencia no ofrece de momento una explicación; sus herramientas son aún incapaces de apretar todas las tuercas del Universo. De tontos sería negar como obra de superchería lo que somos incapaces de explicar. Y ese es el caso de las caras de Bélmez, que cumplen 25 años tan insólitas como el primer día.

Tres mil personas se reunirán en breve para conmemorarlo con hipótesis parasicobiofísicas, durante el I Congreso Nacional dedicado al tema, que se celebrará en el salón de actos de la cooperativa Nuestra Señora de la Paz.

Yo no soy parasicólogo (bastante trabajo me cuesta ya explicar los vaivenes de la realidad objetiva) pero me atrevería a adelantar una hipótesis: quizás Dios hace 25 años, y ante el próximo advenimiento de la democracia tras una noche más larga que las polares, asomó su rostro para ver de cerca cómo le iría a los españoles con ese ejercicio singular. Quizás los desplazamientos, los nuevos semblantes que aparecen y desaparecen, sean síntomas de sus cambios de humor ante escándalos y corruptelas, victorias y derrotas en el aprendizaje de la duda ─es siempre más fácil descargar toda (i)rresponsabilidad en un autócrata que gobierne en nombre de la divina providencia, que asumir a conciencia esa mínima porción de poder que el voto nos confiere─; quizás debíamos indagar qué trastornos han sufrido las caras de Bélmez durante las batallas electorales. Alerto a los parasicobiofísicos que se reunirán en breve.Puede que tengan a mano los resultados, un tanto criptográficos, como siempre, de una encuesta divina. Dios tendrá también sus preferencias: ¿será popular o socialista? Si resulta un Dios de Izquierda Unida, sería el mayor hallazgo de la historia. Pero mantengan en secreto los resultados. Jordi Pujol podría intentar con Él un pacto de gobierno.

“Belmez: Los rostros de Dios”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 20 de agosto, 1996, p. 22.





Los amados de los dioses

15 08 1996

El grupo pro vida Life ha montado una gigantesca campaña para la defensa de 3.200 embriones que deben ser incinerados en el Reino Unido.

Seres microscópicos que no sienten ni piensan, ni en propiedad son aún seres humanos. Microorganismos que, de acuerdo con la ley británica, no pueden ser conservados más de cinco años sin la anuencia de sus padres.

Pero Life insiste: bajo ningún concepto pueden ser destruidos. Podrían donarse al primer solicitante para así salvar una protovida; aunque ellos tampoco dispongan de las 3.200 receptoras, porque pocas mujeres estarían de acuerdo con aceptar embriones de origen desconocido, gestarlos durante nueve meses y criar niños ajenos cuando bastante tienen con los suyos.

Esta polémica, que en el fondo no es más que una variante de los grupos antiabortistas, tiene una profunda razón teológica: toda vida es obra de Dios y sólo Dios puede destruirla. Aunque aplicada en pura ortodoxia implicaría que sólo Dios puede crearla y, por tanto, cualquier tratamiento para promover la fertilidad, o el implante de embriones y la fertilización in vitro son actos antinaturales, punibles. Del mismo modo, habría que indultar al mosquito que ya me ha picado tres veces, a la rata y a la cucaracha que transmiten enfermedades, penalizar el consumo de carne animal y dedicarse exclusivamente a la vida vegetariana, aunque las plantas son también seres vivos.

Regresando al tema, quedamos en que toda vida, digamos humana, es indestruible. De modo que la estudiante de 16 años, embarazada durante un raptus de imprudencia adolescente (¿habrán tenido adolescencia los señores de Life, o habrán nacido adultos?), deberá respetar esa vida, abandonar sus estudios, enfrentar la ira de sus padres que, con muy buena suerte, no la echarán de casa, hallar un trabajo de séptima categoría para sobrevivir, porque los niños vienen con un pan bajo el brazo, pero se lo comen en la primera semana. Y todo ello mientras se van agriando, para la madre precoz, los años más frescos de la ilusión y la esperanza, sometidos a obligaciones que aún no le correspondían. Y mientras, quiéralo o no, descarga subrepticiamente sobre el niño parte de esas insatisfacciones y amarguras de una vida lastrada antes de tiempo. Efectivamente, se salvó una vida, quizás a costa de malbaratar dos. Eva tiene que pagar el precio de su liviandad y hacer durante el resto de su vida la mala digestión de la manzana. Adán es casi siempre absuelto.

Para Life habría sido batalla ganada.

Aunque la del Reino Unido sea ya a estas alturas batalla perdida. Tres mil doscientos embriones han desaparecido. Lamentablemente, durante el tiempo que demoraron los médicos en sumergirlos en una solución de vinagre y alcohol, y durante la breve incineración, tres mil doscientos niños murieron, por hambre y enfermedades evitables, en el Tercer Mundo. Vidas que se hubieran salvado, no ya con donaciones del grupo Life, sino incluso con los restos de comidas y cenas que tiran a la basura. Pero en eso también hay clases sociales, segregaciones dictadas por la injusticia global. Niños de Bolivia o Somalia que han visto la luz y pronto dejarán de verla, niños deslumbrados ante un amanecer, niños que han descubierto ya la risa o el asombro, pero nacieron para morir temprano, quizás porque sean «amados de los dioses». Según el poeta Ernesto Cardenal, «Los griegos dijeron que los amados de los dioses mueren jóvenes./ Será, pienso yo, para que siempre quedaran jóvenes».

Y pocos levantan la voz, como si esos 3.200 niños no fueran obra del mismo Dios que los 3.200 embriones británicos.

“Los amados de los dioses”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de agosto, 1996, p. 21.

 





Culebrones

10 08 1996

La abuelita de los culebrones es El derecho de nacer, una radionovela cubana que hizo llorar a todos los radioescuchas de Latinoamérica que se sentaban puntualmente, pañuelo en mano, frente a sus receptores de galena. La televisión ha mejorado mucho aquellos primitivos melodramas, pero el esquema se ha mantenido intacto. Los malos y los buenos, el amor y el sufrimiento, las penalidades de la heroína y las victorias parciales del malvado que, todos lo sabemos, terminará penalizado por el guionista en el último capítulo, siguen consiguiendo el mismo efecto con sólo disfrazar los personajes, travestirlos de època y país o desplazarlos arriba y abajo en el ascensor de las clases sociales.
Durante mucho tiempo los anglosajones se jactaron de ser impermeables. Hoy se atiborran de sus propios culebrones, aumentan las horas de transmisión y Emmerdale ó Coronation Street baten récords de audiencia. Los mayores productores  de culebrones, los brasileños, han logrado hacer llorar con las peripecias de La esclava Isaura a polacos y chinos con el mismo entusiasmo lacrimógeno. Y los norteamericanos han patentado con Melrose Place una variante cínica que sustituye el esquema de buenos y malos, por el de malos y peores.

De modo que el burdo culebrón, el despreciado y depreciado culebrón que ningún crítico serio toca por miedo a mancharse las manos, ése del que los intelectuales asépticos no quieren ni oír hablar, el que niegan en público y a veces consumen en privado, ha conseguido lo que  muchos escritores laureados ya quisieran por un día de fiesta: la universalidad más abrumadora.
Habría que preguntarse qué tenemos en común chinos, rusos, polacos, mexicanos, australianos y sirios, para sentarnos ante el mismo televisor a llorar las mismas desventuras de una adolescente brasileña. Quizás, aunque le pese a los puristas del arte, a los materialistas de bolsillo y los críticos de salón, todos los humanos, incluso los más cínicos y descreídos, llevamos en algún sitio del alma, genéticamente codificado, un tango o un bolero; cosa que los traficantes de ilusión en conserva ya habían descubierto.





Homo Rarus

17 06 1996

El hombre es, sin dudas, el animal más raro que existe sobre el planeta: Más feroz que el tigre, más inteligente que cualquier otro primate (yo siempre he sospechado que tras esa mirada socarrona, los delfines se burlan de nosotros), de habitat tan variado que podría encontrársele en cualquier clima o geografía, resistente a las mayores catástrofes climáticas o ecológicas ─incluso a las provocadas por él mismo, aunque no se sabe hasta cuándo─, de talla, color, pelaje y costumbres alimentarias tan disímiles que a cualquier extraterrestre que nos estudiase podríamos parecerle especies diferentes. El hombre es, en sí, un verdadero compendio zoológico. Bastaría la fauna nacional para demostrarlo: desde hombres-lobos y hombres-serpientes (ya clásicos), hasta hombres-papagayos y hombres-urracas, que arramblan a sus nidos trasnacionales cuanto encuentran a mano. Hombres-anguilas, resbaladizos e inasibles. Y abundantes subespecies de hombres-peces, que se mueven entre dos aguas y nadan rigurosamente conforme a la dirección de las corrientes. Pero remontándonos del noticiario a la historia, los anales del homo demuestran que desde siempre ha sido tan rarus como sapiens.

Ya durante el Medioevo Tardío y el Renacimiento, época de horizontes en vertiginosa mudanza, el asombro y el miedo, la moda y el timo, urdieron numerosas especies de hombres particularmente raros que salpican las memorias de los aventureros e intoxicaron hasta tal punto la credulidad de los europeos, que tardaron decenios en resignarse a la idea de que los antípodas no andaban cabeza abajo hollando las nubes, y quizás algunos aún no se han convencido de que un guaraní es tan sapiens como un catedrático de la Sorbona.
Incluso Conrado Gesner, que en mucho se adelantó a su época al clasificar el mundo animal, creía a pie juntillas en la existencia de monjes marinos y otros prodigios descritos por quienes los habían visto *con sus propios ojos+. La oftalmología era una disciplina incipiente.
A Marco Polo no le bastó anotar las costumbres y usos que en sus viajes había presenciado. La verdad hubiera resultado insípida si no la condimentara con  ciertos hombres sin cabeza que vivían en Siberia, unicornios (muy de moda por entonces) y pájaros con plumas de hierro ()se llamarían boeing?).
El inglés John Mandeville abandonó las islas británicas en 1327 y se dio a recorrer Asia y Africa durante 33 años, al cabo de los cuales regresó con noticias de hombres  saltarines provistos de una sola pierna y un pie inmenso, que enarbolaban a modo de quitasol cuando se sentaban a descansar. Adaptados al trópico, otros se protegían de la resolana con el labio superior. Maravillas de las que sus coterráneos no dudaron. Confirmando lo raros que son los extranjeros.
Otro best seller medieval fue la Cosmographia Universalis del alemán Sebastián Munster, que se reimprimió cincuenta veces en veinte años (y no por la Editorial Planeta) a partir de la primera edición de 1544, donde se describía hombres de grandes labios y una sola pierna y enanos que se alimentaban con el olor de las manzanas. Eso sin contar los centauros, obispos marinos, cíclopes, gigantes, damas con cabelleras de serpientes, sirenas, náyades, demonios marinos de voz azul y aciagas intenciones, que ya por entonces no eran novedad.
Pero la historia deparaba sorpresas que habrían rebasado, sin dudas, la capacidad de aquellos crédulos ciudadanos de Feudalia.

Si algún explorador del tiempo hubiera dado noticias sobre hombres capaces de envenenar con sus deyecciones la mitad del planeta o asesinar a toda la humanidad con un simple gesto de la mano, la imaginación medieval no lo hubiera aceptado, y el infortunado explorador habría perecido  en el olvido o asediado por la burla y el escarnio de sus contemporáneos que lo hubieran tildado, no cabe duda, de falsario.





Vida de perros

30 05 1996

El mejor amigo del hombre suele serlo en todo momento, incluso, en algunas latitudes, a la hora de satisfacer cierta necesidad fisiológica menos sutil que el ansia de invertir el cariño excedente. Si alguien dijo: “Mientras más conozco a los hombres, más amo a mi perro”, y si hay quienes entre niños y perros prefieren a los últimos, dado que no piden dinero para comprarse juguetes o un jean, y tras un breve entrenamiento se habitúan a despachar sus necesidades al pie del poste de la esquina; también hay gourments que tildan al mejor amigo del hombre de manjar exquisito. El arroz frito de Shanghai, por ejemplo, contiene carne de perro, que cocinada adquiere un sabor parecido al de la ternera (y cruda no tenemos noticias).
En muchas regiones de China, Corea y el sudeste asiático, los perros son altamente cotizados. Hay quien alega que sólo los perros amarillos son comestibles. Aunque otros, menos racistas, aseguran que por dentro todos son iguales. Incluso existen especies de perros destinados sólo a la gastronomía, y granjas especializadas en su cría.
Quizás una de las recetas más apetecibles con carne de perro es la que ofrecen los nagas que habitan entre la llanura de Chindwin y el Valle de Brahmaputra:
Se suministra a un cachorro de perro aceite de ricino u otro laxante poderoso. Ya vacío, se le atiborra con tanto arroz como al animalito le sea caninamente posible comer. Cuando ya ha sido *cargado+, se sacrifica, y sin más trámites, se asa.
El resultado es un apetitoso perro relleno.





Viva el aburrimiento

30 05 1996

Yo viví durante cuarenta años en un país que era noticia, cuando menos una vez al mes. Mirabas el diario en el estanquillo con recelo y lo tomabas con precaución, porque las noticias solían saltarte al cuello. Ahora vivo en otro país donde cada escándalo parece mero prólogo del siguiente, donde el problema de los redactores jefes no es qué pongo en portada sino cuál pongo en portada.

Cuando estudié Comunismo Científico (así se llamaba la asignatura), nos pintaron el comunismo como el mundo desprovisto (o casi) de contradicciones, plácido remanso de la paz, la concordia y el amor universales. A punto estuvimos de creérnoslo, pero respiramos aliviados al saber que se trataba de una sociedad allá muy lejos y que jamás alcanzaríamos en nuestra efímera vida. Porque nuestra primera noción fue la de una sociedad bien aburrida.

Han pasado los años de la universidad. Habito, en rápida sucesión, dos países donde el sobresalto es la materia prima básica de la realidad, y los comparo con esos otros países que jamás son noticia, ni hay escándalos, ni defenestraciones, ni robos a portafolio armado. Y pienso si no se aburrirán esos ciudadanos del Capitalismo Científico. Y quizás se aburran, si no pueden hallar en el entorno las emociones que a su vida familiar estancada y a su trabajo repetitivo y automático le faltan. Pero si, por una de esas casualidades, se interesaran por crear una familia y no, simplemente, por descansar distraídamente sobre ella; si su trabajo fuera creativo e interesante, la escasez de ruidos exteriores no haría sino aguzar el oído hacia los sonidos interiores. Casi siempre se cumple que «a río revuelto, ganancia de pescadores», porque los pescadores no pretenden saber qué ocurre en el río, sólo llevarse a casa su botín. En cambio, quienes investiguen los secretos del río, su dialéctica, que seguramente la tendrá aunque no sea un río hegueliano, preferirán la corriente suave y los remansos donde es más fácil otear el fondo.

De modo que, al cabo de los años, he llegado a pensar que tan aburrida no sería aquella hipotética sociedad que nos contaban, porque un viaje en tren puede ser una mágica sucesión de paisajes o un inacabable traqueteo, según quien sea el viajero. Y ante la página en blanco me sentí tentado a escribir tan sólo: Viva el aburrimiento. Pero había que dar ciertas explicaciones. Cuando menos, para que no malinterpreten.

“Viva el aburrimiento”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, mayo, 1996, p. 28.