Culebrones

10 08 1996

La abuelita de los culebrones es El derecho de nacer, una radionovela cubana que hizo llorar a todos los radioescuchas de Latinoamérica que se sentaban puntualmente, pañuelo en mano, frente a sus receptores de galena. La televisión ha mejorado mucho aquellos primitivos melodramas, pero el esquema se ha mantenido intacto. Los malos y los buenos, el amor y el sufrimiento, las penalidades de la heroína y las victorias parciales del malvado que, todos lo sabemos, terminará penalizado por el guionista en el último capítulo, siguen consiguiendo el mismo efecto con sólo disfrazar los personajes, travestirlos de època y país o desplazarlos arriba y abajo en el ascensor de las clases sociales.
Durante mucho tiempo los anglosajones se jactaron de ser impermeables. Hoy se atiborran de sus propios culebrones, aumentan las horas de transmisión y Emmerdale ó Coronation Street baten récords de audiencia. Los mayores productores  de culebrones, los brasileños, han logrado hacer llorar con las peripecias de La esclava Isaura a polacos y chinos con el mismo entusiasmo lacrimógeno. Y los norteamericanos han patentado con Melrose Place una variante cínica que sustituye el esquema de buenos y malos, por el de malos y peores.

De modo que el burdo culebrón, el despreciado y depreciado culebrón que ningún crítico serio toca por miedo a mancharse las manos, ése del que los intelectuales asépticos no quieren ni oír hablar, el que niegan en público y a veces consumen en privado, ha conseguido lo que  muchos escritores laureados ya quisieran por un día de fiesta: la universalidad más abrumadora.
Habría que preguntarse qué tenemos en común chinos, rusos, polacos, mexicanos, australianos y sirios, para sentarnos ante el mismo televisor a llorar las mismas desventuras de una adolescente brasileña. Quizás, aunque le pese a los puristas del arte, a los materialistas de bolsillo y los críticos de salón, todos los humanos, incluso los más cínicos y descreídos, llevamos en algún sitio del alma, genéticamente codificado, un tango o un bolero; cosa que los traficantes de ilusión en conserva ya habían descubierto.

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