Los amados de los dioses

15 08 1996

El grupo pro vida Life ha montado una gigantesca campaña para la defensa de 3.200 embriones que deben ser incinerados en el Reino Unido.

Seres microscópicos que no sienten ni piensan, ni en propiedad son aún seres humanos. Microorganismos que, de acuerdo con la ley británica, no pueden ser conservados más de cinco años sin la anuencia de sus padres.

Pero Life insiste: bajo ningún concepto pueden ser destruidos. Podrían donarse al primer solicitante para así salvar una protovida; aunque ellos tampoco dispongan de las 3.200 receptoras, porque pocas mujeres estarían de acuerdo con aceptar embriones de origen desconocido, gestarlos durante nueve meses y criar niños ajenos cuando bastante tienen con los suyos.

Esta polémica, que en el fondo no es más que una variante de los grupos antiabortistas, tiene una profunda razón teológica: toda vida es obra de Dios y sólo Dios puede destruirla. Aunque aplicada en pura ortodoxia implicaría que sólo Dios puede crearla y, por tanto, cualquier tratamiento para promover la fertilidad, o el implante de embriones y la fertilización in vitro son actos antinaturales, punibles. Del mismo modo, habría que indultar al mosquito que ya me ha picado tres veces, a la rata y a la cucaracha que transmiten enfermedades, penalizar el consumo de carne animal y dedicarse exclusivamente a la vida vegetariana, aunque las plantas son también seres vivos.

Regresando al tema, quedamos en que toda vida, digamos humana, es indestruible. De modo que la estudiante de 16 años, embarazada durante un raptus de imprudencia adolescente (¿habrán tenido adolescencia los señores de Life, o habrán nacido adultos?), deberá respetar esa vida, abandonar sus estudios, enfrentar la ira de sus padres que, con muy buena suerte, no la echarán de casa, hallar un trabajo de séptima categoría para sobrevivir, porque los niños vienen con un pan bajo el brazo, pero se lo comen en la primera semana. Y todo ello mientras se van agriando, para la madre precoz, los años más frescos de la ilusión y la esperanza, sometidos a obligaciones que aún no le correspondían. Y mientras, quiéralo o no, descarga subrepticiamente sobre el niño parte de esas insatisfacciones y amarguras de una vida lastrada antes de tiempo. Efectivamente, se salvó una vida, quizás a costa de malbaratar dos. Eva tiene que pagar el precio de su liviandad y hacer durante el resto de su vida la mala digestión de la manzana. Adán es casi siempre absuelto.

Para Life habría sido batalla ganada.

Aunque la del Reino Unido sea ya a estas alturas batalla perdida. Tres mil doscientos embriones han desaparecido. Lamentablemente, durante el tiempo que demoraron los médicos en sumergirlos en una solución de vinagre y alcohol, y durante la breve incineración, tres mil doscientos niños murieron, por hambre y enfermedades evitables, en el Tercer Mundo. Vidas que se hubieran salvado, no ya con donaciones del grupo Life, sino incluso con los restos de comidas y cenas que tiran a la basura. Pero en eso también hay clases sociales, segregaciones dictadas por la injusticia global. Niños de Bolivia o Somalia que han visto la luz y pronto dejarán de verla, niños deslumbrados ante un amanecer, niños que han descubierto ya la risa o el asombro, pero nacieron para morir temprano, quizás porque sean “amados de los dioses”. Según el poeta Ernesto Cardenal, “Los griegos dijeron que los amados de los dioses mueren jóvenes./ Será, pienso yo, para que siempre quedaran jóvenes”.

Y pocos levantan la voz, como si esos 3.200 niños no fueran obra del mismo Dios que los 3.200 embriones británicos.

“Los amados de los dioses”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de agosto, 1996, p. 21.

 


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