Estrellas y erizos

25 09 1996

Los arrecifes costeros del Caribe, albergan un erizo negro de larguísimas púas, capaces de taladrar la gruesa suela de goma de unas zapatillas. De modo que si vas a disfrutar del arrecife, donde el agua es más limpia que en los arenales, no basta echarte al mar calzado para evitar el punzonazo. Hay que pisar con suma cautela, y de ser posible, limpiar entre dos o tres el area más peligrosa. Esto explicará que sienta por los erizos una especial aversión, y que me encanten las estrellas de mar, no por ornamentales, sino porque se meriendan los erizos con púas y todo.

Pero resulta que las estrellas de mar, salvo para los dueños de boutiques que las venden disecadas como souvenir, no tienen utilidad alguna. Mientras, un equipo de investigadores del Instituto Marino de Biomedicina de la facultad de medicina de Sapporo, en la isla japonesa de Hokkaido, ha descubierto que los intestinos del erizo de mar contienen una sustancia capaz de matar las células cancerígenas ─confiemos en que no arramble de paso con las otras─. En diez años, afirman, esas sustancia podría constituir la base para un nuevo fármaco.

De modo que al cabo, y por vías imprevistas, vienen a cumplirse los axiomas de mi abuela: «la letra con sangre entra», «la medicina que sabe a rayos y el remedio que duele, son los que te curan». Indulto en mi memoria a los erizos que asolaron mi infancia (todo sea por la ciencia y la salud humana) y exhorto a las estrellas de mar a procurarse una dieta más balanceada, y que venga, sobre todo, en un envase más amable.

 

“Estrellas y erizos”, en: Diario de Jaén. Jaén, España.  25-9-1996 p. 27

 





Ese ojo no es suyo

1 01 1987

Atlántico noroccidental

Septiembre de 1981. Buque Playa Varadero. Cuadrante 3 O. Zona Flemish Cap (Terranova). 18:00 Hora local.

El jefe de refrigeración, Oscar Galano, de veintiocho años, manipula una válvula de amoníaco cuando se produce una sobrecarga en la línea y ésta revienta lanzándole un chorro a la cara.

Mientras llega a la enfermería, ha hecho un paro por asfixia. En una carrera contra el tiempo, el masaje cardíaco y la ventilación mediante el resucitador, logran sacarlo del paro antes de tres minutos.

Ambos ojos presentan una extensa quemadura química de hasta un 75% en la córnea y conjuntiva, y el aspecto de una malla corroída por el amoníaco. Se neutraliza su acción mediante ácido acético y se hace un amplio lavado con suero fisiológico y soluciones desinfectantes. Se aplican antibióticos de uso local (cloranfenicol y suero antibiótico por vía endovenosa) y hemoterapia irrigatoria cada una hora. Esto es, inyectar su propia sangre en la conjuntiva del ojo para evitar la muerte de los tejidos por falta de irrigación, al ser destruida parte de la red arterial.

Cuarenta minutos después del accidente, cuando Hermis termina su trabajo, ya el buque navega a toda máquina hacia Saint Jones, Newfoundland, Canadá, donde hacen arribada forzosa tres días después.

El cónsul de España recibe el caso en puerto y lo entrega al jefe de oftalmología del Hospital Central, donde permanece once días antes de ser remitido a La Habana.

Pacífico sudoriental

Tres de septiembre de 1983. Buque Río Los Palacios. Grado 36 S. 23:30 Hora local.

Se presentan dificultades con el transmisor de red. El capitán Francisco Cangas ordena al radiotelegrafista que compruebe las pilas alcalinas de 1,2 volts en telegrafía. Pantoja toma una, la mide.

—¡Qué raro! Miren esto. Primera vez que veo una pila con defecto de fábrica.

Varios compañeros se acercan.

Van pasándola de mano en mano. El último es el sobrecargo, Miguel Hernández Brito. Mientras la sostiene a unos treinta centímetros de sus ojos, estalla como una granada. Corren hacia él.

—¡No me toquen los ojos! Llamen a Hermis.

—A ver, Miguelito, quédate quieto.

Ambos ojos, pero sobre todo el izquierdo, están llenos de partículas de carbón y metal incrustadas que afectan los párpados exterior e interior, la córnea, la conjuntiva y la esclerótica, dañadas también por la solución alcalina.

Hermis neutraliza con ámpulas de bicarbonato e irriga muy lentamente con suero fisiológico. Después, con instrumental quirúrgico elemental, extrae una por una las esquirlas durante dos horas y veinte minutos. El mar fuerza cuatro impide el acceso del médico, que se encuentra en otro barco. Por eso, después de resecar, se decide navegar rumbo a puerto lo más rápido posible.

Días después pasan el caso, en una ballenera, al Super BTM soviético Nikolai Boronian, más rápido, que se dirige a El Callao. Mantienen el tratamiento durante los nueve días que faltan para llegar a puerto.

Hermis

Durante una maniobra entre el trasbordador Océano Ártico y el pesquero Río Arimao, en el sudeste del Atlántico, a causa de un bandazo de los barcos se parte uno de los cabos, tensado como cuerda de guitarra, y golpea, velocísimo látigo, al marinero Alberto Marquetti.

Manuel Galindo, médico del Océano Ártico, y yo, pasamos al Arimao.

Ya en ese momento, Hermis Basso Valdés, enfermero naval desde 1980, había resecado la profunda herida desde los labios hasta la base del mentón, y se disponía a coser. Apenas un vistazo, dos o tres preguntas, y Galindo le dejó el caso. Quedaba en buenas manos.

Hermis en un hombre alto, delgado y conversador, que en sus 32 años ha navegado durante cuatro campañas en el Atlántico Noroccidental, dos campañas en el Pacífico Sudoriental y ahora en el Atlántico Sudoriental, en siete u ocho buques diferentes.

Pero, por encima de todo, Hermis es un hombre que ama su trabajo. Le gusta hablar de lo que hace, leer (sobre todo libros de medicina), practica acupuntura desde hace ocho años, juega dominó y discute fuerte de casi todo, mezclando con una naturalidad libre de remordimientos los términos clínicos más sofisticados con el argot de los barrios menos ortodoxos de Marianao.

Antes de que anochezca, ya Marquetti duerme con 27 puntos exteriores y 10 interiores en su mentón. Un fino trabajo de alta costura.

Dos finales

Cuando el capitán Néstor Gómez, director de la base de Saint Jones, recoge a Oscar Galano en el hospital de esa ciudad para su remisión a Cuba, se produce el siguiente diálogo:

—Muchas gracias, doctor, por salvarle la vista al muchacho.

—A mí no. Feliciten al oftalmólogo que lo trató en el barco.

Puerto de El Callao, Perú. Día 12 de septiembre de 1983. Hermis llega con Miguel Rodríguez a una clínica particular, donde un especialista norteamericano lo chequea rigurosamente.

—No hay nada más que hacer. Esperar la recuperación. ¿Usted lo atendió?

—Sí.

—Felicidades, doctor.

—No soy doctor. Soy enfermero naval.

—Entonces lo felicito dos veces.

Días más tarde, en el Hospital Hermanos Ameijeiras, donde Miguel Rodriguez fue remitido desde Lima, el profesor decide que el ingreso no es necesario y, antes de enviarlo a su casa, le comenta:

—Ese ojo no es suyo, mi amigo. Es del enfermero que lo atendió.

“Ese ojo no es suyo”; en: Somos Jóvenes, n.º 87, La Habana, enero, 1987.





Cada barco fabrica su arcoíris

29 03 1986

El Viejo Canal de las Bahamas usa un azul entre hondo y transparente, un azul con resabios de playa, de arena mojada. Una pradera de olas donde las nubes no quieren hoy pastar. Quizás por desconfianza hacia nosotros, que nos escurrimos, a dieciocho nudos, en ese mínimo espacio entre el cielo y las aguas. La proa afeita el lomo de las olas. Después el viento, cómplice, esparce aureolas de goticas finísimas donde el Sol se fragmenta en siete puñados de color. Cada barco fabrica su arcoiris, lo lleva siempre por delante, no puede navegar sin él. Y quién sabe si asustados por este pez enorme donde viajan los hombres, o contagiados por la fiesta de los colores, la confabulación del Sol y el agua, los peces voladores se ciernen en bandadas sobre montañas de espuma. Y allá, contra el cordel del horizonte, salta el castero: un puñal de plata que acuchilla el costado del mar, por donde se desangran mis recuerdos.

“Cada barco fabrica su arcoiris”; en: Somos Jóvenes, nº 77, La Habana, marzo, 1986.





El nombre propio de la nostalgia

29 01 1986

Son las seis y cuarenta de la tarde. La hora precisa en que resuella la ciudad, después de contenerse la hemorragia: hombres y mujeres por las venas decapitadas de las oficinas, rumbo a la ducha, la tarea de los niños y el amor. Son las seis y cuarenta de la tarde para la tripulación del buque Océano Artico. La proa: su compás de distancia, mientras enfilamos el canal del puerto. Atrás quedaron las tareas de los niños y el amor. Quince mil quinientos caballos de fuerza empujan los sesenta y tres metros de eslora, los veintidós de manga, en busca de su viejo hábito: el azul. En el muro del malecón dos o tres parejas tempraneras estrenan alguna caricia y no vuelven la cabeza. Los autos van absortos en el tránsito; los niños, en sus juegos; los hombres del anfiteatro, en la cerveza. Y algunos pescadores de orilla saludan con el sedal donde pica siempre, si no pargos o chernas, al menos la paciencia. Las calles desembocan en nosotros y desaparecen. El Morro muestra sus costados hasta el 1843 sobre la frente. Rebasamos la boca. Puede que nosotros vayamos quedando cada vez más a proa o la ciudad a popa, no sé bien si del barco o los recuerdos. La Habana es ya un muro patinado por el orfebre de la tarde, donde el azul se acaba. Después, una guirnalda de luces que alguien ha colgado al final del paisaje. Y por último, una imagen precisa, cuidadosamente plegada en la valija aún a medio cerrar de los recuerdos.
Porque esta tarde es la Habana el nombre propio de la nostalgia.

 
“El nombre propio de la nostalgia”; en: Somos Jóvenes, nº 75, La Habana, enero, 1986.