Olimpiadas, exilios, devociones

7 09 1996

Atlanta’96 quedará en mi memoria no sólo como los juegos de la CNN y la Coca Cola, gigantesco show en que lo más deportivo es el marketing y se nos vuelve historia antigua el deporte como aspiración de una mente sana en un cuerpo sano, para acercarse de modo inquietante al circo romano sin pena de muerte, a las carreras de perros en que lo más importante no son los galgos, entrenados hasta la deformidad, ni la liebre de la fama que va delante, ni siquiera los espectadores, sino las apuestas (monetarias, políticas, televisivas). Desde que resido lejos de Cuba,Atlanta’96 son las primeras olimpiadas a las que asisto, televisor mediante.

Al menos desde 1936, los juegos han servido de feria a nacionalismos e ideologías. Mediante la organización imperial y los récords, Hitler mostró una maqueta de la arquitectura geopolítica que más tarde pondría en ejecución. Durante casi medio siglo Estados Unidos y la Unión Soviética entablaron cada cuatro años guerras en que los saltos y las carreras sustituíana los misiles. Los entrenadores se ocupaban del cuerpo de los atletas. Los comisarios ideológicos convertían un gol o medio segundo en victorias de la Patria y de la Idea. Con su ingreso en el Campo Socialista, Cuba entró en el juego. Se dedicaron ingentes esfuerzos (desproporcionados, dada la riqueza del país que no le permitía una masificación de la práctica deportiva) a prospectar, entrenar y situar en el mercado a deportistas que elevaran en la bolsa olímpica las acciones de la Isla. Preocupado por eso que en Cuba se llamó “campeonismo” en detrimento de la masividad, entrevisté a funcionarios del INDER, Instituto que se dedica al fomento del deporte cubano. Algunos defendieron las élites, artistas del bíceps cuya función era proporcionar espectáculo, emociones y belleza a la abrumadora masa de espectadores. Pero todos admitieron que el propósito del deporte era acentuar la salud y la armonía de todos, a pesar de lo cual el 98% del los trabajadores del INDER se dedicaba a atender al 0,1% de la población: los deportistas de alto rendimiento.

Siempre he sido alérgico a los nacionalismos que pretenden confirmar el yo a costa del no yo.Toda ideología cuyo propósito no sea la felicidad del hombre es inmoral; aunque la historia nos demuestre con pavorosa asiduidad que las ideologías suelen usar al hombre como materia prima.

Eso me permite disfrutar con idéntico placer un salto de Sotomayor, la zancada imponente de Michael Johnson o un gol de Caminero. Por la misma razón, deploro los conteos de medallas que sólo pertenecen a quienes las consiguieron con su sudor, y la euforia de ciertos cronistas deportivos ante la caída de un contrario o la lesión del enemigo que abre al nuestro las puertas del podium. Para esos señores, el deporte es mero pretexto para la medalla. Los griegos clásicos vomitarían quizás ante esa manifestación de “espíritu olímpico”. Espíritu que existe, pero sólo en los atletas que compiten contra si mismos, contra su propia imperfección humana, para llegar más alto o más lejos.

Ahora viene lo contradictorio. O quizás no.

Si cumpliera a rajatabla mis propios preceptos, asistiría a una final de los cien metros lisos con el desasimiento y la imparcialidad de quien ve competir a venusinos, marcianos y selenitas. Y aplaudiría exclusivamente al mejor, sin reticencias. Pero eso sólo me ocurre cuando no compiten deportistas de mi país.

No puedo evitar el dolor casi físico de la derrota cuando Sotomayor falla en su último intento. Ni ponerme de pie frente al televisor como si eso ayudara a Ana Fidelia a conseguir el oro que se le escapa de las manos. Debía bastarme el esfuerzo sobrehumano que ha hecho para estar allí. O el golpe de adrenalina eufórica ante la cara de indefensión de una voleibolista china fusilada por un remate de Regla Bell.

¿Será algun atávico espíritu tribal? ¿Un instinto de pertenencia al clan que viene desde las cacerías de mamuts? ¿O esa propensión gregaria, ingrediente por igual de pueblos, clubs de ex-alumnos y asociaciones filatélicas? Lo cierto es que en un mundo de intereses contrapuestos y feudos ideológicos, el nacionalismo deportivo cumple una rara función conciliatoria. Ante la implacable parcialidad de las transmisiones televisivas norteamericanas durante Atlanta’96, que excluyó, o casi, todo evento donde no hubiera participación norteamericana, los cubanos de Miami se las ingeniaron para direccionar sus antenas hacia… La Habana. Tras 15, 20, 30 años de exilio, aún se ponen de pie frente al televisor como si eso ayudara a Ana Fidelia o celebran los bloqueos espléndidos de Magaly Carvajal a gritos en espanglish o en puro cubiche. Conceden el segundo corazón de su entusiasmo a atletas formados por la Revolución. Como si aplaudieran cierta dignidad muscular de una patria sin fronteras ni partidos. Los sectores más beligerantes de Miami jamás concederían semejante indulto a un escritor o a un cineasta, y menos aún a un ideólogo o un político cuyos errores son axiomáticos. Los músicos, en cambio, gozan de un status intermedio. Deportistas del arte, quizás porque conmueven el caderamen y las piernas, alma bailadora de la nacionalidad cubana. Y lo mismo ocurre del otro lado, pero sotto voce (aunque ya no tanto). Muchos en la Isla habrán sufrido la derrota de Tahimí Chapé, aunque compitiera bajo bandera española, y todos bailan con Gloria Estefan, Willy Chirino y Albita.

Pero algo más me ha ocurrido durante mi asistencia televisiva a Atlanta’96: he descubierto mi entusiasmo cómplice ante el triunfo español en waterpolo y se me hizo un nudo en la garganta ante las lágrimas de las chicas de oro de la gimnasia rítmica. Y eso, más que cualquier otra consideración intelectual o permiso de residencia, me ha permitido parafrasear aquellos versos de Martí: “dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Porque de algún modo, sin pretenderlo pero sin eludirlo, dos patrias tengo yo: la primera se niega, por suerte, a abandonarme; la segunda me invade subrepticiamente, con cada conversación, cada copa de vino, cada certeza compartida. No necesitan disputarse un espacio. El corazón dispone de muchas habitaciones.

Y todo eso me remite al destino de un pueblo fracturado por odios y devociones que al cabo quizás no sean tan decisivas como desearían los políticos quienes aspiran a recibir su medalla de oro sobre el podium de las espaldas ajenas. Y barrunto la utilidad de cierto “espíritu olímpico” de la tolerancia, que buena falta haría. O un fair play del diálogo que sustituya consignas deshilachadas por abuso,o leyes del garrote global que jamás matarán de hambre a Helms, ni a Burton, ni a Fidel Castro, sólo a los once millones de cubanos que en la olimpiada cotidiana corren los cien lisos en 8,5 y saltan un metro más que Sotomayor. Sin que nadie les conceda ni bronce en el decatlón de la supervivencia.

Lamentablemente, puede que no sean sino sueños de una noche de verano, rezagos de mi adolescencia que discurrió peace and love durante los 60. Al menos, mientras el “espíritu olímpico” se cotice en bolsa y los máximos medallistas sean las multinacionales del dinero, o la trasnacional que patentaron ciertos políticos del siglo XX en secretas sastrerías ideológicas al hacerse un traje con la tela del marxismo a la medida de sus ambiciones: la transnacional de la esperanza.

“Olimpiadas, exilios, devociones”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 7 de septiembre, 1996, p. 32.

 


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