Los amados de los dioses

15 08 1996

El grupo pro vida Life ha montado una gigantesca campaña para la defensa de 3.200 embriones que deben ser incinerados en el Reino Unido.

Seres microscópicos que no sienten ni piensan, ni en propiedad son aún seres humanos. Microorganismos que, de acuerdo con la ley británica, no pueden ser conservados más de cinco años sin la anuencia de sus padres.

Pero Life insiste: bajo ningún concepto pueden ser destruidos. Podrían donarse al primer solicitante para así salvar una protovida; aunque ellos tampoco dispongan de las 3.200 receptoras, porque pocas mujeres estarían de acuerdo con aceptar embriones de origen desconocido, gestarlos durante nueve meses y criar niños ajenos cuando bastante tienen con los suyos.

Esta polémica, que en el fondo no es más que una variante de los grupos antiabortistas, tiene una profunda razón teológica: toda vida es obra de Dios y sólo Dios puede destruirla. Aunque aplicada en pura ortodoxia implicaría que sólo Dios puede crearla y, por tanto, cualquier tratamiento para promover la fertilidad, o el implante de embriones y la fertilización in vitro son actos antinaturales, punibles. Del mismo modo, habría que indultar al mosquito que ya me ha picado tres veces, a la rata y a la cucaracha que transmiten enfermedades, penalizar el consumo de carne animal y dedicarse exclusivamente a la vida vegetariana, aunque las plantas son también seres vivos.

Regresando al tema, quedamos en que toda vida, digamos humana, es indestruible. De modo que la estudiante de 16 años, embarazada durante un raptus de imprudencia adolescente (¿habrán tenido adolescencia los señores de Life, o habrán nacido adultos?), deberá respetar esa vida, abandonar sus estudios, enfrentar la ira de sus padres que, con muy buena suerte, no la echarán de casa, hallar un trabajo de séptima categoría para sobrevivir, porque los niños vienen con un pan bajo el brazo, pero se lo comen en la primera semana. Y todo ello mientras se van agriando, para la madre precoz, los años más frescos de la ilusión y la esperanza, sometidos a obligaciones que aún no le correspondían. Y mientras, quiéralo o no, descarga subrepticiamente sobre el niño parte de esas insatisfacciones y amarguras de una vida lastrada antes de tiempo. Efectivamente, se salvó una vida, quizás a costa de malbaratar dos. Eva tiene que pagar el precio de su liviandad y hacer durante el resto de su vida la mala digestión de la manzana. Adán es casi siempre absuelto.

Para Life habría sido batalla ganada.

Aunque la del Reino Unido sea ya a estas alturas batalla perdida. Tres mil doscientos embriones han desaparecido. Lamentablemente, durante el tiempo que demoraron los médicos en sumergirlos en una solución de vinagre y alcohol, y durante la breve incineración, tres mil doscientos niños murieron, por hambre y enfermedades evitables, en el Tercer Mundo. Vidas que se hubieran salvado, no ya con donaciones del grupo Life, sino incluso con los restos de comidas y cenas que tiran a la basura. Pero en eso también hay clases sociales, segregaciones dictadas por la injusticia global. Niños de Bolivia o Somalia que han visto la luz y pronto dejarán de verla, niños deslumbrados ante un amanecer, niños que han descubierto ya la risa o el asombro, pero nacieron para morir temprano, quizás porque sean «amados de los dioses». Según el poeta Ernesto Cardenal, «Los griegos dijeron que los amados de los dioses mueren jóvenes./ Será, pienso yo, para que siempre quedaran jóvenes».

Y pocos levantan la voz, como si esos 3.200 niños no fueran obra del mismo Dios que los 3.200 embriones británicos.

“Los amados de los dioses”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de agosto, 1996, p. 21.

 





Culebrones

10 08 1996

La abuelita de los culebrones es El derecho de nacer, una radionovela cubana que hizo llorar a todos los radioescuchas de Latinoamérica que se sentaban puntualmente, pañuelo en mano, frente a sus receptores de galena. La televisión ha mejorado mucho aquellos primitivos melodramas, pero el esquema se ha mantenido intacto. Los malos y los buenos, el amor y el sufrimiento, las penalidades de la heroína y las victorias parciales del malvado que, todos lo sabemos, terminará penalizado por el guionista en el último capítulo, siguen consiguiendo el mismo efecto con sólo disfrazar los personajes, travestirlos de època y país o desplazarlos arriba y abajo en el ascensor de las clases sociales.
Durante mucho tiempo los anglosajones se jactaron de ser impermeables. Hoy se atiborran de sus propios culebrones, aumentan las horas de transmisión y Emmerdale ó Coronation Street baten récords de audiencia. Los mayores productores  de culebrones, los brasileños, han logrado hacer llorar con las peripecias de La esclava Isaura a polacos y chinos con el mismo entusiasmo lacrimógeno. Y los norteamericanos han patentado con Melrose Place una variante cínica que sustituye el esquema de buenos y malos, por el de malos y peores.

De modo que el burdo culebrón, el despreciado y depreciado culebrón que ningún crítico serio toca por miedo a mancharse las manos, ése del que los intelectuales asépticos no quieren ni oír hablar, el que niegan en público y a veces consumen en privado, ha conseguido lo que  muchos escritores laureados ya quisieran por un día de fiesta: la universalidad más abrumadora.
Habría que preguntarse qué tenemos en común chinos, rusos, polacos, mexicanos, australianos y sirios, para sentarnos ante el mismo televisor a llorar las mismas desventuras de una adolescente brasileña. Quizás, aunque le pese a los puristas del arte, a los materialistas de bolsillo y los críticos de salón, todos los humanos, incluso los más cínicos y descreídos, llevamos en algún sitio del alma, genéticamente codificado, un tango o un bolero; cosa que los traficantes de ilusión en conserva ya habían descubierto.





Pastoriles

22 06 1996

Éranse dos pastores  de muy distinto talante: para el primero las ovejas no eran animalitos  sino casipersonas, amigas que conocía una a una por sus nombres,  yerba predilecta y biografía. Tan pronto entraba al corral, ellas se arremolinaban a su alrededor, se apretaban contra sus costados y lo seguían con asiduidad de cocker spaniels.

Ya en los prados, el pastor tomaba el caramillo y las ovejas se embelesaban  escuchando sus melodías[1], aunque es justo reconocer que él sabía mucho más de ovejas que de música.

Por las noches, cuando rondaban los lobos, dormía el pastor en el establo con la escopeta por almohada.

Cierta vez, en campo abierto, cuando las ovejas fueron atacadas por un lobo, el pastor, a falta de escopeta, lo ahuyentó a palos con su cayado de roble, no sin antes encajarle el caramillo contra natura  en el amor propio.   Desde entonces, el lobo avisa desde lejos con las ventosidades musicales que se le salen  mientras corre.

 

El segundo pastor veía a sus ovejas en términos estadísticos. Para él no eran más que lana con patas, a tantos kilogramos por cabeza. La cojita del mechón oscuro era para él tan oveja como la bizca de la lana rubia, y a lo sumo las dividía en A, B y C de acuerdo a la calidad de la pelambre, para que después no lo fueran a engañar los de la esquila.

El segundo pastor trabajaba ocho horas estrictas mientras el primero a veces empleaba seis, o diez, o dieciocho, porque había descubierto que las ovejas tienen horario abierto. Hombre de paz, el segundo no tenía escopeta. Prefirió gastarse sus dineros en vino y concubinas. Durante  algunas de aquellas noches placenteras en las alcobas de la ciudad, los lobos y los ladrones hicieron con el rebaño su agosto bien entrado septiembre. Pero aquello ya estaba incluido entre las pérdidas calculadas.

Cuando en otra ocasión el lobo lo atacó en las colinas, el pastor sacó una cuenta elemental: «Ovejas habrá muchas pero vida tengo yo una sola». Y como era muy diestro en cálculo mental, el resultado de la operación lo obtuvo ya corriendo. El lobo, que era muy refranero, recordó: «A enemigo que huye, puente de plata». Y ni siquiera lo persiguió; con lo que se demuestra que cualquier pastor puede correr más rápido que las ovejas; que a los lobos los humanos no les interesan salvo en caso de caperucitas o escasez extrema, y que este lobo no es el mismo del pastor anterior, porque no emitía música.

Después de la alegre matanza que hizo el lobo a sus anchas, las ovejas sobrevivientes acordaron un éxodo masivo, uniéndose al rebaño del pastor número uno, que se vio incrementado de este modo imprevisto, cumplió ese año con creces el plan de producción, disminuyó el costo por kilogramo y aumentó las cifras de lana A (exportable).

Mientras, el segundo pastor tuvo que conformarse con pasar a la nómina del Estado; lo que redundó en más bien que daño, porque empezó a disfrutar de la  seguridad social, el sueldo fijo y descanso retribuido treinta días al año.

 

“Pastoriles”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 22 de junio, 1996, p. 30.


[1]Los cursos de apreciación musical son muy posteriores a esta era feliz,  bucólica y predodecafónica. Aunque Flavio Josefo habla de 500.000 músicos en Palestina (en cuyo caso La Biblia sería una ópera), los historiadores confirman que la matemática de Flavio Josefo era precaria.

 





Más se perdió en Cuba

21 06 1996

La misteriosa explosión del acorazado Maine, de visita en la rada de La Habana, con 276 tripulantes a bordo, fue el motivo necesario para que Estados Unidos entrara en la guerra anticolonial cubana, justo cuando ya España sólo dominaba algunas ciudades importantes. La causa: desde mediados del XIX, la metrópoli económica de la Isla era el vecino del Norte, no España. La teoría imperial de la fruta madura, refrendada por el US Navy. Y para el Imperio venido a menos fue más decoroso capitular ante el poderoso Norte, que ante los desastrados mambises cubanos, verdaderos artífices de la independencia.

A partir del 11 de agosto, la ley Helms-Burton disparará sus andanadas económicas contra la Isla. Pero esta vez el fuego graneado puede herir intereses económicos de Europa, Canadá, México y otros presuntos aliados (mientras no me toquen el bolsillo). De modo que la protesta ha sido unánime.

En 1898, Estados Unidos acudió a salvar a la colonia martirizada, aunque para ello algunos propusieran aplicar un método sui géneris, como se desprende del memorándum de J. G. Breckenridge, Secretario de Guerra norteamericano:

[la población cubana] “consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos. Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país (…) destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones (…) concentrar el bloqueo, de modo que el hambre y su eterna compañera, la peste, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano. Este ejército debe ser empleado constantemente en reconocimientos y acciones de vanguardia, de modo que sufra entre dos fuegos, y sobre él recaerán las empresas peligrosas y desesperadas”.

En 1996, los cañones modelo Helms-Burton intentan salvar a los nativos de la dictadura castrista y forzar un tránsito a la democracia… de los que sobrevivan a su aplicación. El restablecimiento de los derechos humanos merece cualquier sacrificio, incluso el de la vida… de los cubanos. ¿Por qué los chinos mantienen el status de nación más favorecida, dice usted? Cedo la palabra al destacado periodista norteamericano Robert Novak:

“¿No será que estoy inclinando la cabeza ante el poderío chino y ensañándome con la débil Cuba? Confieso que así es. (…) Mantener buenas relaciones con el creciente gigante de Asia es un interés nacional indiscutible”.

No coments.

 

Por el contrario que en el 98, ahora España y Estados Unidos militan en el mismo bando. Se suspende toda colaboración con el gobierno cubano (lo que incluye, curiosamente, las becas a estudiantes de la Isla), aunque el presidente Aznar afirma ante Al Gore: “No haremos nada que pueda fortalecer a Castro, no haremos nada que pueda perjudicar a los ciudadanos de Cuba y defenderemos los intereses de las empresas españolas”.

Lo cual resulta un contrasentido, porque la supresión de la ayuda al primero que perjudica es al ciudadano cubano, no a Castro. En 37 años, cada presión no ha hecho sino consolidar al pueblo cubano alrededor del líder y frente al enemigo externo. Ahí viene el lobo, grita Fidel. Y el lobo viene, como si se hubieran puesto de acuerdo. Benditas agresiones. Así, el único modo de defender los intereses de las empresas españolas es negarse diametralmente a la extraterritorialidad de la ley Helms-Burton, cosa que no está por ahora muy clara.

El propio Aznar sanciona los tres pilares de la relación con Cuba: “democracia, derechos humanos y ayuda humanitaria”. Pero, ¿es verdaderamente democracia y derechos humanos lo que reclama Occidente para Cuba? ¿Por qué no sancionar entonces con la misma crudeza a países donde se asesina aldeas enteras, se prostituye a los niños y se comercia con la miseria? ¿Acaso el petróleo concede un tinte democrático a las feroces dictaduras árabes? Sólo me queda claro un derecho que Occidente defiende con fervor: el derecho comercial. Desde China hasta Kuwait. Y aunque las razones no sean de índole moral, vale reconocer que los derechos comienzan con la solvencia económica: la mujer que con su acceso al trabajo deja de depender del varón que trae a casa el dinero y es, por ello, el patrón. O los países cuya autosuficiencia económica los acerca a la autosuficiencia política. Un derecho que prácticamente no existe para los cubanos. Las actividades económicas por cuenta propia son acosadas hasta la asfixia por restricciones e impuestos. En cambio, el inversionista extranjero tiene las puertas abiertas. De él depende que los niveles de miseria no alcancen el punto crítico de la desesperación y se produzca un estallido. Ahora bien, si Occidente desea que esa libertad comercial vuelva a imperar en Cuba en toda su extensión, tiene dos caminos: El embargo total, que estrangule al pueblo cubano hasta que la sublevación sea el único y estrecho pasadizo hacia la supervivencia probable. O el camino de la inversión masiva de capital.

¿Y la inversión no apuntalaría al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero a mediano plazo, cada empresa que transite a otro tipo de gestión demostrará la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, debilitará los instrumentos de control del individuo por parte del Estado. La descentralización de la economía desverticalizará paulatinamente la sociedad cubana, abrirá nuevos márgenes de libertad y concederá al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, y de ahí una mayor noción de sus propios derechos o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra, desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible. Y a esta reflexión no es ajeno el gobierno cubano, de ahí que sienta más pánico ante la inversión (que descentraliza) que ante el embargo (que cohesiona) y sólo muy cautelosamente la vaya permitiendo, por la misma razón que permite a regañadientes pero torpedea con saña toda apertura a la iniciativa privada de los cubanos. En La Habana se invierte el cemento en una red de refugios antiaéreos (Ahí viene el lobo, de nuevo). Pero el gobierno sabe que no hay refugio posible si el bombardeo es con dólares.

Aunque como cubano me duela —de masificarse la inversión extranjera, el riesgo de heredar alguna vez un país que no nos pertenezca es más que una hipótesis—, la solución Breckenridge o la pasiva espera a una transición dictada por la necrología son soluciones infinitamente más penosas. De ahí que si el actual gobierno de España pretendiera la protección de sus empresas y la felicidad de los cubanos, se opondría a la Ley Helms-Burton y, especialmente, a su extraterritorialidad. Para ello podría apoyarse en una razón comercial y otra moral: la primera es que la Cuba de hoy, coto cerrado a los inversionistas norteamericanos y dotada de una mano de obra calificada y barata, es un destino espléndido para el capital español que recibe, además, un trato preferencial por parte de las autoridades cubanas. Mientras no se abra la puerta al Norte. En ese caso, la pelea puede ser de león a mono amarrao.

Y la razón moral es que en Cuba se hizo la guerra anticolonial más cruenta de América, pero fue “la guerra sin odio” convocada por Martí (el enemigo era el poder colonial, no el galleguito de a pie), gracias a lo cual el proceso de emigración hacia la Isla apenas se interrumpió después de la independencia, y fue masivo hasta los años 40. El inmigrante español nunca fue tratado en Cuba como extranjero. Así, cuando con el teórico propósito de beneficiar se implementan medidas que consiguen todo lo contrario, ellas lesionan no a un exótico extranjero, sino a un primo o a un hermano que habita en otra calle de la aldea planetaria, pero no en otro ventrículo de nuestros afectos.

Por eso, cada vez que escucho a alguno de nuestros mayores decir, casi maquinalmente, “Más se perdió en Cuba”, siempre pienso: “Más se puede perder”.

 

“Más se perdió en Cuba”; en: El País. Madrid, España, 21 de junio, 1996, p. 14.





Homo Rarus

17 06 1996

El hombre es, sin dudas, el animal más raro que existe sobre el planeta: Más feroz que el tigre, más inteligente que cualquier otro primate (yo siempre he sospechado que tras esa mirada socarrona, los delfines se burlan de nosotros), de habitat tan variado que podría encontrársele en cualquier clima o geografía, resistente a las mayores catástrofes climáticas o ecológicas ─incluso a las provocadas por él mismo, aunque no se sabe hasta cuándo─, de talla, color, pelaje y costumbres alimentarias tan disímiles que a cualquier extraterrestre que nos estudiase podríamos parecerle especies diferentes. El hombre es, en sí, un verdadero compendio zoológico. Bastaría la fauna nacional para demostrarlo: desde hombres-lobos y hombres-serpientes (ya clásicos), hasta hombres-papagayos y hombres-urracas, que arramblan a sus nidos trasnacionales cuanto encuentran a mano. Hombres-anguilas, resbaladizos e inasibles. Y abundantes subespecies de hombres-peces, que se mueven entre dos aguas y nadan rigurosamente conforme a la dirección de las corrientes. Pero remontándonos del noticiario a la historia, los anales del homo demuestran que desde siempre ha sido tan rarus como sapiens.

Ya durante el Medioevo Tardío y el Renacimiento, época de horizontes en vertiginosa mudanza, el asombro y el miedo, la moda y el timo, urdieron numerosas especies de hombres particularmente raros que salpican las memorias de los aventureros e intoxicaron hasta tal punto la credulidad de los europeos, que tardaron decenios en resignarse a la idea de que los antípodas no andaban cabeza abajo hollando las nubes, y quizás algunos aún no se han convencido de que un guaraní es tan sapiens como un catedrático de la Sorbona.
Incluso Conrado Gesner, que en mucho se adelantó a su época al clasificar el mundo animal, creía a pie juntillas en la existencia de monjes marinos y otros prodigios descritos por quienes los habían visto *con sus propios ojos+. La oftalmología era una disciplina incipiente.
A Marco Polo no le bastó anotar las costumbres y usos que en sus viajes había presenciado. La verdad hubiera resultado insípida si no la condimentara con  ciertos hombres sin cabeza que vivían en Siberia, unicornios (muy de moda por entonces) y pájaros con plumas de hierro ()se llamarían boeing?).
El inglés John Mandeville abandonó las islas británicas en 1327 y se dio a recorrer Asia y Africa durante 33 años, al cabo de los cuales regresó con noticias de hombres  saltarines provistos de una sola pierna y un pie inmenso, que enarbolaban a modo de quitasol cuando se sentaban a descansar. Adaptados al trópico, otros se protegían de la resolana con el labio superior. Maravillas de las que sus coterráneos no dudaron. Confirmando lo raros que son los extranjeros.
Otro best seller medieval fue la Cosmographia Universalis del alemán Sebastián Munster, que se reimprimió cincuenta veces en veinte años (y no por la Editorial Planeta) a partir de la primera edición de 1544, donde se describía hombres de grandes labios y una sola pierna y enanos que se alimentaban con el olor de las manzanas. Eso sin contar los centauros, obispos marinos, cíclopes, gigantes, damas con cabelleras de serpientes, sirenas, náyades, demonios marinos de voz azul y aciagas intenciones, que ya por entonces no eran novedad.
Pero la historia deparaba sorpresas que habrían rebasado, sin dudas, la capacidad de aquellos crédulos ciudadanos de Feudalia.

Si algún explorador del tiempo hubiera dado noticias sobre hombres capaces de envenenar con sus deyecciones la mitad del planeta o asesinar a toda la humanidad con un simple gesto de la mano, la imaginación medieval no lo hubiera aceptado, y el infortunado explorador habría perecido  en el olvido o asediado por la burla y el escarnio de sus contemporáneos que lo hubieran tildado, no cabe duda, de falsario.





Helms, Burton y la Caperucita Roja

1 06 1996

Mientras Dinamarca, país que pocas inversiones tiene en Cuba, veta el reglamento comunitario contra la Ley Helms-Burton aduciendo que vulnera su Constitución; la Cumbre Iberoamericana rechaza terminantemente la Ley. Pero quizás se habla demasiado y se sabe poco de esa Ley que «procura sanciones internacionales contra el Gobierno de Castro en Cuba, planificar el apoyo a un gobierno de transición que conduzca a un gobierno electo democráticamente en la Isla y otros fines». Su presupuesto básico es sancionar y reparar «el robo por ese Gobierno (el de Castro) de propiedades de nacionales de los Estados Unidos», haciendo de ello un instrumento para la democratización de Cuba. He leído varios artículos que invocan su carácter justiciero. Se invoca al pobre galleguito que sufragó su bodega con años de sudor y malcomer, para que Fidel se la quitara. Yo recordé al chino de Genios e Industria, que vino huyendo de Mao, montó su almacén, apareció Fidel y terminó de asalariado en Miami. Pero el chino y el gallego, así sean ciudadanos norteamericanos, sólo podrán recuperar su bodega «si el monto de la reclamación supera la suma o el valor de 50 000 dólares sin considerarse los intereses, gastos y honorarios de abogados» (sic). De modo que ya sabemos quiénes serán los presuntos beneficiarios.

Y será el Presidente de los Estados Unidos quien determine cuándo existe un gobierno de transición. Dimanar de elecciones libres e imparciales y una clara orientación hacia el mercado, sobre la base del derecho a poseer y disfrutar propiedades, son las condiciones adicionales para que el mismo Presidente concluya que se trata de un gobierno elegido democráticamente, momento en que la felicidad reinará en la Isla, ya que el bienestar del pueblo cubano se ha afectado, según la ley, por el deterioro económico y por «la renuencia del régimen a permitir la celebración de elecciones democráticas». La primera razón es obviamente correcta. La segunda, indemostrable. Taiwán, Corea y Chile, por un lado; Haití, Nicaragua y Rusia, por el otro, demuestran que la democracia de las urnas y la democracia del pan no forman un matrimonio indisoluble. Sólo me queda claro un derecho que Occidente defiende sin reticencia: «la garantía del derecho a la propiedad privada», como reza la ley.

)Cómo restablecer en Cuba ese derecho?, es una pregunta que intenta responder el tándem Helms-Burton: En teoría, logrando mediante medidas de presión el desmoronamiento del gobierno cubano. En la práctica, estrangulando al pueblo cubano por cualquier medio, incluso «un embargo internacional obligatorio» de la ONU, hasta que la subversión brutal a cualquier costo sea el único y estrecho pasadizo hacia la supervivencia probable.

Claro que aún las más drásticas medidas (no importa sobre quién recaigan) están justificadas, dado que «el Gobierno de Cuba ha planteado y continúa planteando una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos». Y reitera en varios párrafos «las amenazas de terrorismo constantes del Gobierno de Castro», e incluso advierte que «la terminación y explotación de cualquier instalación nuclear» y «cualquier nueva manipulación política del deseo de los cubanos de escapar que provoque una emigración en masa hacia los Estados Unidos, se considerará un acto de agresión que recibirá la respuesta adecuada…». De ésto cualquier lector ingenuo derivaría las siguientes conclusiones:

11. El monstruoso bloqueo y las continuas amenazas que la potencia castrista impone a los pobrecitos Estados Unidos justifican cualquier medida defensiva. Y

21. Según el derecho de reciprocidad, el gobierno cubano puede decidir qué instalaciones nucleares norteamericanas son admisibles.

Y un lector no tan ingenuo detectaría que la ley padece cierta amnesia: la emigración cubana post-revolucionaria, que muy en sus inicios pudo ser política ─Estados Unidos acogió incluso a criminales de guerra buscados por la justicia cubana, con lo que sentó un pésimo precedente que Castro ha retomado─, se convirtió muy pronto en mayoritariamente económica; con la diferencia (respecto a los mexicanos, por ejemplo, que sí emigran masivamente) de que siempre fue objeto de manipulación política por ambos bandos: Estados Unidos obstaculiza la emigración legal y alienta la ilegal. Cuba abre y cierra a conveniencia la válvula de escape. Unas dantescas elecciones donde los cubanos sólo han votado con sus cadáveres, arrastrados por la Corriente del Golfo a algún cementerio secreto del Atlántico Norte.

La Ley Helms-Burton está destinada a defender los intereses de las grandes corporaciones norteamericanas a costa de quien sea. Pero aún más, la «amenaza castrista» permite a la ley apelar a la extraterritorialidad y sancionar a terceros países, dado que «El derecho internacional reconoce que una nación puede establecer normas de derecho respecto de toda conducta ocurrida fuera de su territorio que surta o está destinada a surtir un efecto sustancial dentro de su territorio» (sic). No sólo a entidades y personas que «trafiquen con propiedades confiscadas reclamadas por nacionales de los Estados Unidos», sino a quienes aporten personal técnico, asesor o colaboren de algun modo con la central nuclear de Juraguá (obra del actual gobierno cubano en colaboración con la Unión Soviética (e.p.d.); a quienes establezcan con Cuba cualquier comercio en condiciones más favorables que las del mercado; donen, concedan derechos arancelarios preferenciales, condiciones favorables de pago, préstamos, condonación de deudas, etc, etc. Es decir, todo lo que proporcione al Gobierno Cubano «beneficios financieros que mucho necesita (…) por lo cual atenta contra la política exterior que aplican los Estados Unidos». De modo que el planeta Tierra y sus alrededores quedan advertidos: Cualquier acción que contradiga la política exterior norteamericana respecto a Cuba, queda terminantemente prohibida.  El resultado hasta ahora: sólo 16 empresas han suspendido sus negocios con Cuba. )Razones? Helms y Burton no tomaron en cuenta que esas actividades económicas son también beneficiosas para los inversionistas; y como la primera ley del capital es la ganancia, y la primera libertad democrática es la libertad de empresa, y el primer deber de un gobierno es defender a sus ciudadanos, y si son empresarios, más aún, la protesta ha sido unánime: La Unión Europea está dispuesta a dar batalla y prepara sanciones si al fin Clinton decide aplicar la ley tal cual; México y Canadá han elevado protestas formales; incluso la hasta ayer dócil OEA ha repudiado la ley, consiguiendo de rebote la solidaridad hacia el pueblo cubano (que de un modo u otro se convierte en apoyo al gobierno de Fidel Castro). En lugar de quedar «aislado el régimen cubano», la ley ha conseguido aislar a los Estados Unidos.

Está claro que Fidel Castro jamás aceptará las decisiones de una corte norteamericana, de modo que no será él quien pague las propiedades que expropió. )Quién las pagará entonces? Aunque la Ley Helms-Burton estipula que el Presidente de Estados Unidos podrá derogarla una vez se democratice la Isla, las reclamaciones anteriores a esa fecha tendrán que ser satisfechas (incluso la voluntad de satisfacerlas es condición  para que el nuevo gobierno sea aceptable); de modo que se da el contrasentido: Una ley dirigida contra Castro sólo afectará al gobierno de transición o al «democráticamente electo» que lo suceda ─los que, al menos teóricamente, propugna la ley─. Gobierno que no sólo heredará un país arruinado por el desbarajuste económico, sino también una deuda que no contrajo. A lo que se sumará la mediatización impuesta por las preferencias, posiblemente decisivas, de Estados Unidos sobre el futuro político de Cuba. Aunque la ley Helms-Burton afirma «No dispensar ningun tratamiento de preferencia a persona o entidad alguna ni influir a su favor en la selección que haga el pueblo cubano de su futuro gobierno», de entrada veta a los Castro, y de salida exije el levantamiento de interferencias a Tele y Radio Martí (lo lógico sería su desmantelamiento una vez concluida la beligerancia), que se convertirían en medios de propaganda electoral no sujetos a la equitativa distribución de espacios entre formaciones políticas que la propia ley exige a las futuras autoridades cubanas.  Como si no bastara la diferencia «de león a mono amarrao» entre la solvencia de las formaciones políticas del exilio, en especial la que constituye el lobby de presión más fuerte de Washington, y cualquiera que recién aparezca en la Isla. Si el propósito es fomentar el nacimiento de una democracia precaria, está muy bien pensado.

Los efectos de la Ley Helms-burton, pueden ser diametralmente contradictorios, y entorpecer más que facilitar una transición democrática en Cuba. Pero ya eso es una tradición en la política norteamericana hacia la Cuba revolucionaria. Al parecer, su famoso pragmatismo falla cuando se trata de lidiar con Fidel Castro, superviviente del bloqueo y el desastre económico,  del rechazo internacional, el descontento y el éxodo, incluso de la caída de la URSS. Lección clara: la ley del garrote sólo consigue incrementar el repudio mundial hacia una política incompatible con el derecho internacional (e ineficaz, de contra); y aunque el bloqueo (que la ley pretende recrudecer) haga más difícil la vida del cubano de a pie, su efecto político es contradictorio: en 37 años, cada presión no ha hecho sino consolidar al pueblo alrededor del líder y frente al enemigo externo. Ahí viene el lobo, grita la Caperucita Roja. Y el lobo viene, como si se hubieran puesto de acuerdo para comerse a la abuelita que hace la cola para el pan en la Habana Vieja. De modo que el bloqueo carga las culpas que le corresponden, y algunas más de contrabando. Si alguna vez Estados Unidos comprendiera ésto y lo levantara, la ineficaz burocracia cubana desfilaría en manifestación denunciando «esa nueva maniobra del Imperialismo».

Pero me asombra más, incluso me aterroriza, que la comunidad cubana de Miami se decante abrumadoramente por esta solución; sabiendo ─no hay que ser muy perspicaz─ que con ley o sin ella, si a alguien faltará lo elemental, no será a Fidel Castro, sino a mi hermana y a tus primos, cuyo único derecho es soportar el peso de la pirámide, para que ahora se le sienten encima Helms, Burton y un millón de exiliados. No importa cuántos mueran por falta de un medicamento o de una intervención quirúrgica (que en el último año se han reducido casi a la mitad). Es el castigo por haberse quedado en Cuba. El gobierno norteamericano, que a mediano y largo plazo (obviemos ese cíclico interés cuatrianual por el exilio cubano) responde a sus intereses, puede pasar por alto esta pequeña circunstancia. Los cubanos, no. Si lo que se pretende es una Cuba mejor, libre y democrática (ningun político reconocerá lo contrario), deberán tener en cuenta algo que Tucídices ya sabía hace dos milenios: que la ciudad no son sus murallas sino sus gentes. Y los habitantes de la Isla serán los primeros en sospechar de quienes pretenden inmolarlos «por su bien». Alguno ha afirmado que se trata de «alentar» a los cubanos a «derrocar la dictadura». Una especie de «Sublevación o Muerte». Sólo que quienes instan al martirologio sólo lo verán por televisión.

Aunque el riesgo de desnacionalizar la Isla deje de ser mera hipótesis; no quedaría otro camino que la inversión masiva de capital, precisamente lo que la nueva ley pretende evitar.  )Y esas inversiones no apuntalarían al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero también aliviarían la hoy dramática supervivencia de los cubanos que viven en la Isla, cuyo sufrimiento no puede ser la moneda con que se compre una presunta «transición democrática». Y a mediano plazo, cada empresa que se deslice a otro tipo de gestión demostrará la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, debilitará los instrumentos de control del individuo por parte del estado. La descentralización de la economía desverticalizará paulatinamente la sociedad, abrirá nuevos márgenes de libertad y concederá al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, y de ahí una mayor noción de sus propios derechos, o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra; desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible. Amén de que la dinámica del capital exigirá nuevos espacios, nuevas aperturas.

Hoy los turistas y los empresarios extranjeros corroen más que cualquier bloqueo las doctrinarias exhortaciones al sacrificio. Muchos empiezan a sospechar que el porvenir no queda hacia delante, por la línea trazada que se pierde más allá del horizonte y cuyo destino es por tanto invisible, sino hacia el lado. Más al alcance de la mano.

En La Habana, ciudad que por falta de mantenimiento constructivo e inversión inmoviliaria puede ser declarada inhabitable en un 50% a fin de siglo, se invierte el cemento en una red de refugios antiaéreos (Ahí viene el lobo, de nuevo). Pero el gobierno sabe que no hay refugio posible si el bombardeo es con dólares. Helms y Burton todavía no se han enterado.





Vida de perros

30 05 1996

El mejor amigo del hombre suele serlo en todo momento, incluso, en algunas latitudes, a la hora de satisfacer cierta necesidad fisiológica menos sutil que el ansia de invertir el cariño excedente. Si alguien dijo: “Mientras más conozco a los hombres, más amo a mi perro”, y si hay quienes entre niños y perros prefieren a los últimos, dado que no piden dinero para comprarse juguetes o un jean, y tras un breve entrenamiento se habitúan a despachar sus necesidades al pie del poste de la esquina; también hay gourments que tildan al mejor amigo del hombre de manjar exquisito. El arroz frito de Shanghai, por ejemplo, contiene carne de perro, que cocinada adquiere un sabor parecido al de la ternera (y cruda no tenemos noticias).
En muchas regiones de China, Corea y el sudeste asiático, los perros son altamente cotizados. Hay quien alega que sólo los perros amarillos son comestibles. Aunque otros, menos racistas, aseguran que por dentro todos son iguales. Incluso existen especies de perros destinados sólo a la gastronomía, y granjas especializadas en su cría.
Quizás una de las recetas más apetecibles con carne de perro es la que ofrecen los nagas que habitan entre la llanura de Chindwin y el Valle de Brahmaputra:
Se suministra a un cachorro de perro aceite de ricino u otro laxante poderoso. Ya vacío, se le atiborra con tanto arroz como al animalito le sea caninamente posible comer. Cuando ya ha sido *cargado+, se sacrifica, y sin más trámites, se asa.
El resultado es un apetitoso perro relleno.





Viva el aburrimiento

30 05 1996

Yo viví durante cuarenta años en un país que era noticia, cuando menos una vez al mes. Mirabas el diario en el estanquillo con recelo y lo tomabas con precaución, porque las noticias solían saltarte al cuello. Ahora vivo en otro país donde cada escándalo parece mero prólogo del siguiente, donde el problema de los redactores jefes no es qué pongo en portada sino cuál pongo en portada.

Cuando estudié Comunismo Científico (así se llamaba la asignatura), nos pintaron el comunismo como el mundo desprovisto (o casi) de contradicciones, plácido remanso de la paz, la concordia y el amor universales. A punto estuvimos de creérnoslo, pero respiramos aliviados al saber que se trataba de una sociedad allá muy lejos y que jamás alcanzaríamos en nuestra efímera vida. Porque nuestra primera noción fue la de una sociedad bien aburrida.

Han pasado los años de la universidad. Habito, en rápida sucesión, dos países donde el sobresalto es la materia prima básica de la realidad, y los comparo con esos otros países que jamás son noticia, ni hay escándalos, ni defenestraciones, ni robos a portafolio armado. Y pienso si no se aburrirán esos ciudadanos del Capitalismo Científico. Y quizás se aburran, si no pueden hallar en el entorno las emociones que a su vida familiar estancada y a su trabajo repetitivo y automático le faltan. Pero si, por una de esas casualidades, se interesaran por crear una familia y no, simplemente, por descansar distraídamente sobre ella; si su trabajo fuera creativo e interesante, la escasez de ruidos exteriores no haría sino aguzar el oído hacia los sonidos interiores. Casi siempre se cumple que «a río revuelto, ganancia de pescadores», porque los pescadores no pretenden saber qué ocurre en el río, sólo llevarse a casa su botín. En cambio, quienes investiguen los secretos del río, su dialéctica, que seguramente la tendrá aunque no sea un río hegueliano, preferirán la corriente suave y los remansos donde es más fácil otear el fondo.

De modo que, al cabo de los años, he llegado a pensar que tan aburrida no sería aquella hipotética sociedad que nos contaban, porque un viaje en tren puede ser una mágica sucesión de paisajes o un inacabable traqueteo, según quien sea el viajero. Y ante la página en blanco me sentí tentado a escribir tan sólo: Viva el aburrimiento. Pero había que dar ciertas explicaciones. Cuando menos, para que no malinterpreten.

“Viva el aburrimiento”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, mayo, 1996, p. 28.





El chin chin de Berlín

5 05 1996

Cierto noviembre crucé seis veces en una tarde el muro de Berlín. Es decir, el sitio donde quedaba el muro. Hazaña impensada antes de 1989, para cualquier berlinés es hoy pura rutina. Demostración de que la vida es más dialéctica y mudable de lo que muchos académicos quisieran. Durante esa tarde pude deambular por las amplias avenidas del sector este, tan similar a Moscú por ese aire señorial de los enormes edificios gubernamentales. Una arquitectura pesada, densa, aplastante, destinada a demostrar a los infelices mortales, que se mueven como pulguitas a los pies de esos brontosaurios de piedra, quién tiene el poder. Y sobre todo que el poder es algo de una magnitud muy superior a su humana estatura, de modo que sienta la compulsión a obedecer: esa saludable actitud ciudadana.

En el lado oeste, se levanta uno de los mayores y más lujosos espacios comerciales del mundo. Diseñado con el objetivo de encandilar la mirada de los berlineses orientales, que indefectiblemente atisbaban por encima del muro los brillos y oropeles de la sociedad de consumo, ha quedado como un monumento a ese otro poder: el poder de la ilusión. Que es en el fondo el mismo poder, pero con un atavío más atractivo (y rentable). Quien vende, manda ─reza un viejo adagio─; y quien compra, obedece. Quien vende, gana. Quien gana, detenta el poder económico: médula ósea del poder político. Ya la arquitectura no necesita aplastar al hombre para demostrarle quién manda. Ahora lo engulle dulcemente, lo climatiza, le susurra al oído una música ambiental facilonga y confortable, y pone a su alcance todo cuanto soñara y hasta lo que aún no ha soñado. En la caja lo esquilma y lo devuelve contentísimo a casa, convencido de que deberá trabajar como un poseso para alcanzar el paraíso (de plástico). Una técnica antiquísima, que todas las mujeres inteligentes del mundo han empleado con sus maridos.

Pero por suerte o por desgracia, al menos una parte respetable de la humanidad adolece de un sano escepticismo, y al cabo es él quien le induce a desconfiar incluso de las más apetitosas imposiciones. Ajena a los extremos de obediencia o consumo, esa humanidad es como la llovizna, garúa o chin chin, como se llama en Cuba, fina pero persistente, que acompañó mi periplo berlinés: no empapa, pero moja; no retumba como aguacero, pero al cabo, por pura reiteración, hace crecer las plantas. Excepto las artificiales.





Oh, milagro

26 03 1996

Es asombroso que aún pululen por las calles ancianos encorvados, calvos, gordos, que las arrugas permanezcan impávidas en muchos rostros. Cualquier televidente crédulo no daría crédito a sus ojos. Porque ya hay en circulación cientos de fármacos milagrosos que en tres semanas y sin esfuerzo convierten la silueta de Montserrat Caballé en la de Noemí Campbell, el torso de Pavarotti en el de Joaquín Cortés. Crecepelos que conceden melenas Heavy Metal aún a los calvos del tipo bola de billar. Antiarrugas que harían de mi abuela una Miss Cualquier Sitio. La Corte de los Milagros, pero con marketing, tecnología y muy buena voluntad (de los usuarios).
El viejo Tolstoi dijo cierta vez que «la felicidad consiste en querer lo que uno tiene, no en tener lo que uno quiere». Cierto que resulta una afirmación sospechosa en boca de un terrateniente ruso, propietario de una extensión que equivalía a la de un país europeo, y no de los más chicos, y era dueño, señor y dios de las vidas de sus mujiks. Tampoco la comparto totalmente, porque creo que es propensión natural de los humanos plantearnos metas y esforzarnos por conseguirlas. Gracias a ello no permanecemos aún en las cavernas, comentando la última cacería de mamuts. Pero sí hay algo cierto en la afirmación: la felicidad está compuesta por una dosis de inconformidad (que te impulsa) y otra de autosatisfacción (que te reafirma). La felicidad, como cualquier otra armonía, depende del equilibrio. Explotar al máximo las propias posibilidades en la persecución de un objetivo posible, y asumir las propias limitaciones para no acercarse demasiado al Sol con un par de alas pegadas con cera.
No obstante, hay quienes continúan inmolando las felicidades posibles a las probables. No hay mejor ingrediente para la infelicidad que ese divorcio entre las aptitudes y las actitudes. El miope extraordinariamente dotado para las matemáticas que quiere ser piloto de pruebas. La muchacha con un instinto natural para el diseño que aspira a un lugar en las pasarelas aunque apenas mida un metro con 50. Creo que no es conformismo, sino sabiduría, sacar a tiempo el carné para conducirnos por la vida: sus pasos prohibidos, sus autovías rápidas, sus pasos preferenciales. Más vale evitar accidentes.
Y, sobre todo, asumir que hay muchos órdenes de la felicidad: la de los famosos con vocación que disfrutan el acoso de los reposteros del corazón (no es un error tipográfico: reposteros son los que preparan esas tartas periodísticas almibaradas y kitsch). La felicidad de quienes crean algo con sus manos y/o su talento (desde carpinteros hasta novelistas o filósofos). O la felicidad cotidiana de quienes disfrutan el crecer de sus hijos y las muchas y pequeñas bondades de estar vivo. Ninguna es deleznable.
Pero hay quienes nunca consiguen llevarse bien consigo mismo, y a ellos van dirigidos los milagros de esa expedita farmacopea: al desgarbado que nunca tuvo voluntad (y quizás ni falta que le hacía) para perseverar cuatro horas al día en el gimnasio atiborrado de anabolizantes, pero ha soñado siempre con la musculatura de Stallone; a la gorda que aspira a Jane Fonda sin renunciar a la bollería selecta; al señor de libido baja que pretende convertirse en semental a los 50. Sin darse cuenta que asumirse con las buenas y las malas es la primera de las tolerancias, el escalón inicial hacia la felicidad. Y que, sean cuales sean sus rótulos o propósitos, todos estos placebos constan de dos ingredientes comunes: la inconformidad absurda y la credulidad en milagros que no conlleven una buena dosis de sacrificio. Y para suerte de esos milagreros sin escrúpulos, los ingredientes esenciales no tienen que importarlos del exótico Oriente ni provienen de la biotecnología norteamericana: nosotros se los proporcionamos. Gratis.
“Oh, milagro”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 26 de marzo, 1996, p. 21.