Los excedentes del talento (Cultura y crisis en los 90)

1 06 1999

Las siglas del Partido Comunista de Cuba son PCC, pero también, y no por casualidad, las de «Plástica Cubana Contemporánea», una exposición que reunió en México, a inicios de los 90, a pintores cubanos residentes o no en la Isla. Comenzaba un proceso que en los treinta años anteriores no había pasado de balbuceos abortados por la intolerancia: la comprensión de que la cultura cubana, una y múltiple, no es monopolio de ninguna facción o geografía. Y si estos encuentros son posibles (imprescindibles, perentorios) es porque Cuba, país endotérmico durante siglos de historia, alimentado por una inmigración por momentos masiva; ha devenido Isla exotérmica, generadora de oleadas emigratorias cuya preparación profesional sobrepasa ampliamente la media de los millones que cada año buscan al norte la tierra prometida. Así puede hablarse, ya hoy, de la “órbita” de la cultura cubana. Una órbita cada día más imprecisa y cambiante, porque el “centro” puede estar con Zaida del Río en La Habana, con Triana en París, o con Fraginals en Nueva York. Y no escasean las fronteras: amaneceres caribeños sobre basurales mexicanos, novelas cubanas en inglés y francés, músicas precursoras, como de costumbre, entronizándose en una mulatez planetaria.

¿Cómo y por qué se ha producido este éxodo? ¿Político, económico, mixto? ¿Será que el sistema educacional cubano facturó más talento del necesario para el funcionamiento óptimo del país?

En los años 50 publicó lo mejor de su obra Onelio Jorge Cardoso. Cuentos de ambiente rural donde los personajes, campesinos iletrados, hacían uso de una sabiduría intuitiva. Habitantes de un mundo de creencias mágicas y diálogo con la naturaleza que la Revolución subvirtió con la Reforma Agraria y los tractores, la alfabetización y la enseñanza, hasta tal punto que alguien, en frase que devendría célebre, advirtió a Onelio: “La Revolución te mató los personajes”. Y era cierto. El déficit de profesionales, consecuencia del primer éxodo, alentado por Estados Unidos a inicios de los 60, fue subsanado con creces en una década. Cuba pasó de 6 universidades a 43, de escasos miles de profesionales a cientos de miles. El país que completó su alfabetización en 1961, tiene hoy 3,5 millones de estudiantes sobre una población de 11millones. Más allá de las cifras, se generalizó el acceso a la cultura —alentado por los precios irrisorios o la gratuidad de los bienes y espectáculos culturales—, se creó una industria editorial y cinematográfica que respondiera al fuerte incremento de la producción cultural. La creación artística y científica dejaba de ser un suceso marginal, y la condición del creador era dignificada. Pero la masificación de la educación, exigida por la vocación desarrollista en un país sin grandes recursos, no ocurrió sin accidentes. Al entronizarse el sistema de las escuelas en el campo, donde los estudiantes combinaban el estudio y el trabajo, sucedió un milagro: el modesto 0,6% de incremento anual de la promoción se multiplicó por once, hasta 6,9%, a pesar de que una gran parte del profesorado eran estudiantes sin experiencia profesional. No escasearon las escuelas que abolieron al bruto por razones ideológicas, y consagraron durante años el 100% de promoción. ¿Sería una epidemia de talento favorecida por el aire campestre? Pues no. Ya habían aparecido detractores que tildaban las escuelas en el campo de trabajo forzado encubierto. De ahí la necesidad gubernamental: demostrar que el nuevo enfoque era sustancialmente superior al anterior. Y como las demostraciones cuantitativas parecen más convincentes que las cualitativas, se llegó a la tácita aplicación de que no hay método malo si los resultados son buenos: El fraude masivo y generalizado imperó hasta entrados los 80, llegándose a dictar las respuestas por la megafonía de la escuela en un examen, y otros procedimientos menos escandalosos pero igualmente efectivos. El fraude como sistema, el facilismo masificado y la falta de exigencia provocaron una explosión de graduados de enseñanza media que las universidades no podían (debían) asimilar. Y lo peor: una generación de estudiantes habituados a recibir las preguntas con sus respuestas, de donde dedujeron que recibirían la vida toda con sus respuestas al dorso. Por suerte, el procedimiento no accedió a las universidades, garantizándose así la calidad a costa de la eficiencia del sistema (un graduado por cada cinco ingresos).

“Ser cultos es el único modo de ser libres”, había dicho José Martí y, en la medida que el pueblo cubano fue accediendo a la educación y a la cultura, no sólo dominó la tecnología y sustituyó a los técnicos extranjeros, sino que empezó a juzgar desde perspectivas más altas su propia circunstancia. No se puede enseñar a pensar y después pretender que el pensamiento sea obediente a una especialidad o a una consigna. Enseñar a leer para que los ciudadanos digan Sí sin faltas de ortografía. El talento es, por definición, desobediente. La instrucción y la cultura incrementaron las expectativas profesionales y materiales de una capa profesional emergente a un ritmo sin precedentes. Pero el gobierno sólo necesitaba asalariados que pusieran en práctica sus decisiones. Los puestos de “decididores” ya estaban ocupados.

En contraste con las necesidades de esta masa cada vez más pensante, se abolió la pluralidad del discurso social, el gobierno monopolizó la palabra y sus medios de difusión, y se desactivó el (frágil) sistema democrático republicano. Obsoleto, dado que las autoridades constituían, per se, la voz del pueblo, e interpretaban y ponían en práctica, por algún misterioso procedimiento telepático, su voluntad. Se ejerce hacia los creyentes, hasta fines de los 80, una persecución abierta (caso de las UMAP) o solapada (exclusión de universidades y empleos de cierta responsabilidad). Se minimiza la libertad de movimiento, y se sataniza como acto de disidencia política cualquier decisión personal de migrar o emigrar. Se sanciona toda relación con el exilio, así sea con los parientes más cercanos —la Revolución es el gran padre adoptivo, al que se deberá supeditar la familia tradicional— y los viajes a la Isla desde la Cuba Outside no se permitirán hasta 1977.

A fines de los 60 e inicios de los 70, el discurso cultural choca contra la intolerancia oficial, que en 1971 deja muy claro, en el documento final del Congreso de Educación y Cultura, que la función del arte sería meramente didáctica: enseñar al pueblo las virtudes del socialismo y guiarlo por el buen camino. Pero la cultura jamás ha sido un curso de moral y cívica. Hubo libros secuestrados, autores estigmatizados, hubo el “Caso Padilla” y un fuerte altercado entre el gobierno y la intelectualidad latinoamericana, que durante diez años había instituido a La Habana como capital cultural de América Latina, estableciendo un diálogo ínter nos, posiblemente único hasta (y desde) entonces.

Este primer choque, además de cierto éxodo de intelectuales, sobre todo en la esfera artística —que se sumarán a la primera oleada emigratoria, compuesta por empresarios, profesionales y clase media cuyas expectativas fueron anuladas por la expropiación masiva de los medios de producción—, fue el inicio del llamado “quinquenio gris” (casi decenio): la dogmatización y el autoritarismo provocaron la masificación de un periodismo gris y monocorde, que sustituía la reflexión por la consigna, en obediencia al triunfalismo oficial. La literatura se redujo a una colección de textos maniqueos, que en su debilidad formal y conceptual resultaron a la larga olvidables. El cine se refugió en los temas del pasado para evitar la censura. Incluso la música, tan abierta siempre a lo nuevo, se encerró en fórmulas clásicas. La Habana, ex capital cultural, levantaba muros ideológicos que conformarían el bloqueo interior.

Al mismo tiempo, el país de inmigrantes se convertía en un país de emigrantes, que ya suman casi la quinta parte de la población insular. Sobre esta Cuba Outside han operado diferencialmente dos Cubas: la Real y la Virtual, tamizada por la nostalgia. En medio de un proceso de transculturación, la Cuba del exilio ha fraguado la Isla en la distancia, no menos auténtica que los orishas criollos, trasplantados con raíces y todo en los barcos de Pedro Blanco. Se ha producido una traslación (geográfica, contextual, sincrética) de los códigos natales. De modo que mientras en Cuba se produce, a partir del primer decenio revolucionario, una insularización de la cultura, resultado del embargo externo y del bloqueo interno; fuera de Cuba los patrones de esa cultura, sin perder su identificación, se cosmopolitizan. Ninguna de las dos tendencias implica un juicio de calidad, que la hay (o no) en ambas orillas. Lo cierto es que ya no puede hablarse de cultura cubana sin escuchar los rumores que desde toda la geografía conforman la Isla Planetaria.

A finales de los 70 y durante los 80 se produjo en la Isla el lento renacer de la literatura y el arte, que empiezan a cumplir una función no sólo decorativa o didáctica sino una función de indagación de la realidad. Ello, y la necesidad de hacer selectivo el ingreso a las universidades ante la masa creciente de graduados que desbordan la infraestructura productiva, son los mejores ejemplos del triunfo de la política educacional, a pesar del llamado promocionismo. Cosechar talento, no obstante, ha sido una labor agridulce para el gobierno, dado su carácter ultracentralizado y autoritario.

La de los 80 fue quizás la década prodigiosa. Tras el éxodo por el Mariel en 1980, se establecieron medidas para mejorar el nivel de vida, y mayores márgenes de libertad que alcanzaron incluso a la prensa, convocada desde el86 a combatir los llamados “errores y tendencias negativas”. Pero no pasó de un tímido intento, rápidamente silenciado por las autoridades, que pretendían un periodismo crítico ma non tropo. Las noticias de perestroika y glasnost coinciden con la madurez de una intelectualidad artística que se replantea la realidad y pone en duda el statu quo, principalmente en las artes plásticas, pero de nuevo hay un choque frontal con el stablishment: exposiciones cerradas, debate con las autoridades, concluyendo con el éxodo casi masivo de los pintores, que aún hoy viven fuera de Cuba. La literatura y, en cierta medida, el cine, se suman tardíamente a este movimiento crítico, a fines de los 80 e inicios de los90, pero el llamado Período Especial, la crisis más profunda de la historia de Cuba, llega justo a tiempo para el cierre de una amplia prensa cultural, minimización de ediciones y de la producción artística en general. De ese modo, la cultura comienza a debatirse, como dentro de una camisa de fuerza, atada por limitaciones conceptuales y materiales.

Pero la contradicción entre el dogmatismo autoritario del gobierno y los profesionales creados por la propia Revolución, no sólo se verifica en la esfera artística. Para desgracia de los cubanos, sometidos a racionamiento hace ya siete lustros, también ocurre en la economía.

En Cuba, la estimulación moral y las promociones recaen básicamente en aquellos que cuentan con mayores méritos políticos. El decir es más respetado que el hacer y la confiabilidad del individuo (léase incondicionalidad) es tenida como la virtud suprema, merecedora de promociones y ascensos. A eso contribuye el hecho de que los cuadros al más alto nivel no fueron un resultado de cierta selección natural en que resultaran electos los más capaces. Su participación en la historia les otorgó un puesto perpetuo en el Olimpo tropical. Independientemente de sus capacidades. Méritos históricos y políticos que sirvieron para tasar, de ahí hacia abajo, a los cuadros a todos los niveles, hasta el extremo de hacerse sospechosa de disidente la eficacia y el talento (tan poco obediente), además de peligrosa, porque la capacidad del subordinado suele demostrar diariamente la incapacidad del jefe, de modo que es preferible librarse de un subordinado tan capaz como molesto. Se intenta domesticar la creatividad. El técnico creativo suele ser indisciplinado, molesto, incluso prescindible. Así, la política de cuadros basada en un sistema de promociones a partir de la eficiencia y la idoneidad del hombre para el cargo que desempeñará, es sustituida paulatinamente por una nómina estable de “dirigentes confiables” que se rotan de un cargo a otro, aun cuando en cada uno demuestren su ineficiencia, porque la cualidad que los ha distinguido no es esa, sino la obediencia. Se acuña entonces que “El que sabe, sabe, y el que no sabe, es jefe”.

Al ser la rentabilidad de su empresa un factor secundario, el ejecutivo nombrado por su competitividad política tratará de mantener el statu quo, no se arriesgará a la toma de decisiones que pudieran afectar su estabilidad, silenciará la creatividad y reprimirá el talento no imprescindible para la marcha acostumbrada, e intentará no destacarse por sus innovaciones, sino como ejecutor puntual y fiel, única conducta que a la larga reportará beneficios a su ranking. Fenómeno que los inversionistas extranjeros han constatado en Cuba: nadie decide, todos consultan. Decidir no es políticamente saludable. Obedecer, sí. La dirección vertical está regida por la Gravitación Universal. Se fomenta la inmovilidad, la falta de iniciativa, y se bloquea la capacidad creadora de una masa in crescendo de personal joven y altamente calificado, cuyo nivel supera ampliamente el de sus jefes. Estos cuentan para imponerse con su experiencia, su astucia, y una política proteccionista que permite al jefe encarnar, a nivel local, los “principios sagrados de la revolución”, de modo que cualquier ataque a él será, por inferencia, un ataque a la Revolución. Toda disidencia en el orden técnico y económico podría ser interpretada como disidencia ideológica.

El sistema contempla, asimismo, una planificación tan minuciosa que no puede ser controlada y, de hecho, no se cumple, pero sí opera en términos de un esquema supercentralizado de decisiones y abolición de los márgenes de libertad, sumado a una pobre estimulación. Miles de regulaciones y disposiciones bajadas “de arriba” atan de pies y manos a cualquier administrador creativo que por una de esas casualidades apareciera en ese ambiente tan hostil al talento. La indisciplina creadora —aun cuando ofrezca resultados—es inaceptable. La cúpula teóricamente marxista reedita la contradicción básica del capitalismo según el viejo Karl: el desarrollo de las fuerzas productivas sobrepasa con creces el nivel de las relaciones de producción, que impiden su desarrollo.

Esto, sumado a las escasas expectativas económicas, se tradujo, para muchos profesionales, en insatisfacción, frustraciones y no pocas veces en idealización del Outside, confirmada por los antiguos gusanos, convertidos en mariposas tras cursar la crisálida de Miami. Por no hablar de los cubanos cuya vocación empresarial (ideológicamente perversa) carecía en la Isla de futuro. Un país que invirtió enormes sumas en crear una infraestructura para el desarrollo, jamás alcanzó la productividad ni la solvencia, de modo que al cesar la subvención, con la desaparición de la Unión Soviética (que acaparaba las cuatro quintas partes del comercio exterior cubano), la economía se desinfló, hasta un tercio que dos años antes. Cuba quedaba librada a su suerte, a solas entre el embargo norteamericano y el bloqueo político a sus propias capacidades potenciales, que fraguaron la ineficiencia crónica. Una parte del aparato (im) productivo se ve obligado a cerrar por falta de insumos, piezas y combustible. La inflación alcanza el 12.000% en unos meses y el poder adquisitivo real del dinero se reduce entre 50 y 80 veces. Las asambleas abiertas celebradas en 1990 denuncian un gran descontento y la urgencia de cambios. Pero son desoídas por las autoridades. La actividad científica pierde presupuestos, salvo en aquellas esferas que el gobierno considera promisorias (biotecnología, farmacéutica). Las subvenciones a la cultura prácticamente desaparecen. Y con ellas, buena parte de la industria cultural.

Ése es el panorama gris en que tendrá que vivir, sobrevivir o huir la cultura cubana de los 90. Si en las décadas anteriores los profesionales habían disfrutado cierta dosis de reconocimiento (social y en cierta medida, oficial), la crisis de hoy reduce la vida a mera supervivencia, crea una nueva picaresca del sálvese quien pueda y los menos preparados para ello son los profesionales. Prostitutas, productores clandestinos de bienes indispensables, campesinos, empresarios del mercado negro o funcionarios vinculados al dólar son los más aptos. Ninguna de estas florecientes actividades necesita un físico teórico o un novelista. Tampoco las necesidades perentorias del día a día, las únicas que cuentan. De modo que son prescindibles.

El éxodo de profesionales comienza entonces a producirse de modo galopante. Un éxodo en varias direcciones: Ingenieros que abandonan sus fábricas para buscar un puesto de camareros y obtener propinas en dólares; maestros que abandonan sus aulas (el 10% hasta hoy, según cifras del ministro de Educación) para incorporarse al mercado negro, y los que abandonan el país y quizás nunca regresen. La cultura artística no es ajena a este proceso. Carentes de medios para hacer una película o incluso para pintar, de ediciones que salven sus libros del puro manuscrito, los escritores y artistas buscan ví(s)as para continuar haciendo su obra fuera de Cuba. Por suerte, la Unión de Escritores y Artistas, argumenta ante las autoridades que es preferible un escritor que escriba en México o Madrid, a un escritor que no escriba en La Habana. Se facilita la salida de los artistas, no obligándolos a lo que es casi ley inexorable para el resto de los cubanos: la única salida posible es la definitiva, sin retorno. Así, se les permite una libertad de movimiento que condicionará el proceso de internacionalización de la cultura cubana, tímido hasta entonces. Bien porque los creadores se instalen en otras latitudes, bien porque se vean obligados a escribir, pintar o hacer cine destinados a editoriales, productoras, galerías y espectadores o lectores foráneos, dado que la industria cubana es incapaz de asumir y retribuir esas producciones. Ello ya va condicionando un cambio en el lenguaje artístico destinado a nuevos públicos. Pero el precio es muchas veces la renuncia al lector y el espectador más natural de los creadores cubanos: su propio pueblo. En un país donde el transporte público y el almuerzo, un frasco de medicamento y el suministro de energía eléctrica son lujos, importar bienes culturales es pura utopía.

En medio de este panorama tétrico, hay también algunas buenas noticias. La internacionalización obligada del arte cubano ha provocado su mayor difusión. Es durante el Período Especial cuando la música cubana abre espacios extrainsulares, la literatura conoce nuevos lectores, una película es nominada al Oscar, y los pintores jóvenes alcanzan un mercado creciente en Estados Unidos y Europa. También es el momento de la confluencia. Desde aquella exposición de México se han producido otras en Barcelona y Madrid; encuentros de escritores hasta hace poco quiméricos, se conciertan en Madrid y Estocolmo.

Salvo un pequeño grupo de intransigentes de ambos signos, impermeables al diálogo, la mayoría de los creadores se dispone al encuentro saltando latitudes geográficas e ideológicas. Se toma conciencia de que la órbita cultural no se puede reducir a un planetarium político ideológico. Incluso, y puede quesea lo más curioso, se registran confluencias, interconexiones, caminos paralelos o convergentes entre artistas y escritores de la misma generación aunque distintas orillas.

Otra buena noticia es que el lenguaje artístico de los creadores que residen en la Isla, desligado desde hace una década de los estereotipos condicionados por la retórica oficial, se diversifica y expande. Quizás sea la natural evolución de un arte que intentó primero desentrañar las claves de su pasado y su presente, y que ahora intenta una reflexión parabólica sobre su destino. La más reciente narrativa o las últimas películas de Tomás Gutiérrez Alea hubieran sido impensables hace apenas un lustro —aunque Paradiso, Memorias del Subdesarrollo, El Siglo de las Luces, mantengan su actualidad a prueba de efemérides y noticieros.

Lamentablemente, la crisis actual engrosa día a día su saldo terrible: la Isla que un día emprendió el asalto a la instrucción y la cultura ve esfumarse su logro más incuestionable. La fuga de talento hacia el exilio o hacia el insilio de la supervivencia van destecnificando el país. A lo que se suma la falta de expectativas de los más jóvenes y el redireccionamiento de sus intereses. La prostitución es hoy más rentable que la universidad. Y la súbita popularidad de los dioses es sintomática: sustitución isomórfica de la fe en la consigna por la fe en otra consigna: esta vez la divina. Cuando el futuro caduca, necesitamos un paraíso de repuesto.

Cuba ha devenido uno de los mayores exportadores de talento, que es precisamente, su mayor riqueza natural, cuya reposición llevaría tantos decenios como su acumulación.

Una población masivamente educada, portadora de una autoestima rara en nuestro vapuleado Tercer Mundo, percibe que su retribución jamás estará en consonancia con su preparación profesional o su esfuerzo. Incluso la creatividad más desinteresada encontrará barreras burocráticas, incomprensión, suspicacia. Un cerco de prohibiciones inhibe la búsqueda de soluciones personales. Permitir ciertas formas de trabajo privado —artesanos, fabricantes de baratijas, pequeños restaurantes— no es solución para esa masa altamente calificada, dado que se prohíbe a los profesionales ejercer por libre sus oficios, evitando así el surgimiento de una empresa competitiva que demuestre aun más la incompetencia del aparato estatal. El ingeniero fabrica pizzas, pero no motores; el médico vende dulces a domicilio y el periodista arma juguetes de papier maché, pero jamás se les permitirá instalar una fábrica o crear un periódico. Y sin hacer constar de forma definitiva la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea suprimible cuando no se le considere oportuno. No es novedad, ya ha ocurrido.

Así, el éxodo se ha convertido en una de las industrias más rentables del gobierno cubano: venta de permisos de salida, cartas de invitación y pasaportes (todo en dólares, of course). A pesar de los obstáculos a la salida, y de los crecientes obstáculos a la entrada en los destinos elegidos por este turismo de la supervivencia, continúa la fuga de expectativas y creatividad que serían ingredientes óptimos, algún día, para el saneamiento de la Isla. Excedentes de un talento educado para el futuro que resulta superfluo en un país catapultado hacia el pasado. Talento en busca de su oportunidad (única e improrrogable) sobre la Tierra. En realidad, déficits de hoy. Y más aún, de mañana.

 

“Los excedentes del talento”; en: Encuentro de la Cultura Cubana; n.º 12/13, primavera/verano, 1999, pp. 37-44. ilus. de Florencio Gelabert.





Boleros en Valparaíso

1 01 1999

Aunque no soy un adicto a las novelas policíacas, confieso haber disfrutado con Marlowe más que con los rebuscados crímenes de Poirot y Agatha Christie. Si algo me ha conmovido en la novela negra norteamericana, es su verismo; la noción de estar presenciando la cara oculta de la vida, no menos real que la visible. Una vez aceptada como un dogma la inapelable honradez de ese detective a quien todos vapulean, puede uno transitar la dosificada entrega de información, el embrollo paulatino de la trama hasta el instante final, los whiskies y cigarrillos que van creando en el lector una creciente ansiedad. En sus novelas encontré una prosa ágil y eficaz, parlamentos escuetos y dialectales que reforzaron mi noción de ser un mero espectador de la vida. Y si me refiero a la novela negra, es porque el modelo y la intención de Roberto Ampuero en Boleros en La Habana son, obviamente, ésos.
La novela narra el encargo a un detective de origen cubano, residente en Valparaíso, de averiguar a quién pertenece el medio millón de dólares, supuestamente hallado en su equipaje por un cantante chileno de boleros, y que se ha refugiado en La Habana tras un (también supuesto) secuestro. De modo que la novela se mueve entre Valparaíso y La Habana, con incursiones a Miami y Montevideo.
Su autor, chileno que ha residido en Holanda, Cuba y Alemania, nos entrega su trama mediante una estructura eficaz y ágil que salta de persecución en persecución: los mafiosos que persiguen al cantante de boleros, el detective cubano que persigue a los mafiosos por encargo del bolerista, y el bolerista que persigue sus fines, al parecer su propia supervivencia, mientras no se demuestre lo contrario. Al final, como es clásico en sus modelos, algunos malos caen, pero no los peores, un telón de corruptela y silencio cierra la trama, y el detective termina más vapuleado que antes y sin un centavo.
Hay elementos en la trama francamente inverosímiles, algunos claves para aceptar tácitamente la historia: No resulta demasiado convincente que Rosales, el bolerista, contrate un detective de medio pelo en el otro extremo del mundo sólo como maniobra de distracción a sus perseguidores. Como resulta increíble que un hombre perseguido por la mafia ─y que, como sabremos mucho después, conoce perfectamente ese territorio─ se dedique a cantar en el cabaret Tropicana, por donde desfilan todos los extranjeros que acuden a La Habana. Publicarse en el Gramma habría sido menos extrovertido. Los extranjeros no suelen leerlo. Y que lo contrataran tan fácilmente, sin papeleos ni burocracia, es ya un exceso. Pero todo eso pudiera pasarse por altosi tuviéramos la voluntad de creer la historia y ella nos convenciera a cada paso.
Pero las dos grandes dificultades de esta novela son su verismo ambiental y su lenguaje.
El primero me hace recordar a Hemingway, quien escribía en inglés novelas de norteamericanos desplazados que movían sus propios conflictos en medio de un escenario exótico. No intentó asumir (suplantar) la identidad y los conflictos de los nativos, que le suministraron los secundarios y la escenografía. Ibsen le había enseñado que sólo se puede escribir de lo que se conoce, y por ello el viejo cubano de su mejor novela, y hasta la aguja que pescó, o lo pescó a él, pensaban en inglés.
Lo contrario se nota en la novela de Ampuero. Resulta abrumador el contraste entre la creíbles recreación de los altos barrios bajos de Valparaíso (ciudad natal del autor) ─el asalto de los cogoteros, por ejemplo─, y esa Habana donde los balseros plantan su improvisado astillero en el patio de la cuartería en plena Habana Vieja ─rigurosamente vigilada, según la novela─, se intercambian avíos de fuga al pie de la escalinata universitaria, el sitio menos recatado del mundo, por no hablar de sus referencias a «Huira» de Melena, los «babalúas», los «boquerones fritos» en lugar de manjúas; o donde el poeta, con una cuchilla apoyada en la yugular, tiene tiempo para reflexionar sobre la anunciada invasión norteamericana que nunca tendrá lugar.
A Ampuero no le basta colocar a «nuestro hombre en La Habana», limitarse a emplear la exótica escenografía, sino que necesita juzgar la situación, colocarse en los conflictos insulares y apostillar de vez en cuando por boca de sus personajes. Pero ahí es donde se traba el paraguas, para decirlo en el buen cubano que le falta al autor de estos Boleros. Mientras un parlamento como el del cogotero chileno cuando dice «(Puchas que anda bien cubierto el jil éste», nos otorga una noción de veracidad; la afirmación del poeta: «Vengo a menudo (…) Pero siempre gracias a extranjeros. A los cubanos nos está vedado entrar aquí, a menos que paguemos en dólares, empresa más difícil y riesgosa que conseguir doblones», digna de las traducciones de la Editorial Progreso, nos hace sospechar una impostura. Aunque sea cierto. Aún cuando aceptáramos que la expresión del poeta es mera joda culterana, ya va siendo más inexplicable la oralidad de una bailarina de Tropicana, jinetera en sus ratos libres: «Te vislumbro medio pasmado en lo físico y más bien escueto en materia de fantasía, cosa que atribuyo a que careces..”. etc.
Pero lo más lamentable es esta Habana llena de personajes maniqueos, que resuelven una jinetera, alquilan su casa a extranjeros o se prostituyen (y que, indefectiblemente quieren abandonar la Isla) o los que consideran muertos a quienes se fueron a Miami, llaman compañero incluso al turista, o pertenecen a la Seguridad o las Milicias, y son implacables guardias rojos. Si de algo nunca se enterará el lector de esta novela es de que La Habana está poblada de mulatos ideológicos, azuzados por la picaresca de la supervivencia, y son más bien escasos los blancos y los negros. Su conducta es más sutil que la de esa jinetera actuando contra reembolso. Ellas han patentado el método tangencial cuando lo que desean es que las saquen de Cuba. Estas breves páginas no alcanzarían para explicarlo. O que ningún funcionario de la Seguridad le soltará literalmente a un empresario paraguayo que puede lavar tranquilamente sus dólares en la Isla, aunque de hecho se haga. Si algo resta verismo a esta Habana no son detalles geográficos o términos inapropiados, sino la rara unidireccionalidad de sus pobladores, indefectiblemente sandungueros (calificativo a mansalva), su conducta maniquea y la simplicidad de sus métodos de supervivencia.
Aunque existen notables (y muy nobles) excepciones, la mayor parte de las novelas policíacas funcionan (o no) estructuralmente, dosificando la trama y concediendo al lector la intriga por entregas. Lo común es que el lenguaje sea un mero instrumento de comunicación, operativo en la medida que cumple su propósito. Pero esta operatividad pasa, ineludiblemente, por convertir el lenguaje en un transmisor tan fiable como una línea de fibra óptica, la huella dactilar de sus propietarios. Cosa que ya sabía Hemingway hace medio siglo.

Boleros en el paraíso, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 11, invierno, 1998/1999, pp. 183-185.  (Ampuero, Roberto: Boleros en La Habana. Ed. Planeta. Barcelona, 1997.)





Naturaleza viva con abejas muertas

1 06 1998

En la contraportada de la novela Naturaleza muerta con abejas, de Atilio Caballero, se lee:

“(…) es la historia de un impulso vital de liberación personal, de escapar de una sociedad cerrada (…) la descripción y el análisis de las concecuencias que el poder absoluto tiene sobre el individuo, de las utopías utilizadas como valor supremo frente a otros aspectos de la vida (…) un simple ser humano en lucha permanente por recuperar su identidad. Naturaleza muerta con abejas es una novela que dará mucho que hablar”.

Y si confío, con los autores de la solapa, que esta novela dé mucho de qué hablar, cabría añadir que, en primera instancia, es una novela que da mucho qué pensar.

Como es ya norma en la narrativa de Atilio, el hilo argumental es apenas una excusa: las aventuras (mayoritariamente introspectivas) de un joven confinado en el “Convento” ─por la palabra “guardia” que le espeta su hermano, lo suponemos una unidad donde pasa su servicio militar, pero bien podría ser una escuela, una beca: tan parecidos en su rígida estratificación diaria, en su estricta planificación de las conductas externas que pretende como fin último la planificación neuronal de todos los elementos─. Sus escapadas del hermético círculo conventual, cercado de muros y jerarquías, hacia el otro círculo, la ciudad, de muros difusos. Espectador y partícipe casual de los tumultos y represalias que acompañaron en 1980 al éxodo por el Mariel, el joven roza el tránsito hacia la otredad: la salida hacia el vasto círculo del mundo. Pero a lo largo de toda la novela, su éxodo ocurre en sentido opuesto: es una éxodo hacia sí mismo.

Aunque el personaje represente, al mismo tiempo, esa voracidad de horizontes, esa vocación apátrida (en su sentido universal) que ya Lezama achacara a la insularidad. Si el ciudadano continental cree con frecuencia haber contraído el mundo por vía genética, el insular se siente compulsado a conquistar y digerir ese mundo, a tender los puentes que le permitan enlazar culturas y órdenes de pensamiento, para lograr, en un efecto de contrapunteo, esclarecer las coordenadas de su propia circunstancia. Arquetípico en su construcción, este personaje que hilvana filosofías para explicar(se) el mundo inmediato, asedia el bostezo de un hipopótamo, o responde a las acusaciones del stablishment mediante un alegato sobre el sentido de la creación y la “utilidad” de la poesía, ese joven recluta que por momentos compone una retórica punto menos que imposible, es, al mismo tiempo, el que ríe con La Comedia Silente (tan parecida a la cotidianía), el que se acoge al placer gregario de la amistad y descubre con pavor que la complicidad y el miedo pueden ser siameses. Un personaje, en suma, que se nos convierte en persona casi sin darnos cuenta. Que nos conmueve a su pesar, como si quisiera mantener siempre a distancia los intrusos ojos del lector.

Y ese juego de acercamientos y alejamientos alternos es seguido, en cuidadas dosis, por el punto de vista, que se mueve desde un narrador semiomnisciente en tercera persona, hasta la franca primera persona, pasando en ocasiones por el estilo indirecto libre, ese modo de estar dentro y fuera al mismo tiempo. Como tampoco es gratuito que sea un capítulo en minúsculas el VIII: es la rapidez, el juego, las mutaciones, los disfraces que derriban categorías, la farsa igualizadora del travestismo carnavalesco.

No es un “ser humano en lucha permanente por recuperar su identidad”,es un ser humano suya identidad se va conformando al margen, sesgadamente, respecto a la identidad colectiva que postula el criador de abejas en el capítulo IX (Prólogo), donde se hace más explícita la naturaleza tránsfuga del personaje respecto a la fe oficial, al papel de cada individuo en (y supeditado a) la colmena, los mecanismos de opresión y supresión del individuo, presuntamente al servicio de la colmena. En realidad, al servicio del criador de abejas, que es quien dicta las normas, vigila el obediente curso de los acontecimientos, y determina en última instancia dónde y cómo colocar los cristales que confinarán a las obreras tras una frontera invisible.

Pero, en este caso, “escapar de una sociedad cerrada”tiene una connotación más amplia: el personaje reivindica su libertad a la diferencia, su derecho a la individualidad. Es la abeja que ha descubierto la parte superior de la colmena, donde no hay barreras de vidrio. Y echa a volar, aunque el criador sospeche de inmediato que se pasará a la colmena enemiga. El personaje ya ha detectado “la similitud que existe entre este elemento [el oleaje] y su nuevo régimen disciplinario: ambos comienzan donde termina la razón”; dado que el poder aplica a los súbditos técnicas de apicultor. Para su mal, los humanos somos con frecuencia coleópteros más complicados. Atilio Caballero, en esta novela de intensa lectura, lo demuestra.

 

Naturaleza viva con abejas muertas, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 8/9, primavera/verano, 1998, pp. 238-240. (Caballero, Atilio: Naturaleza muerta con abejas. Olalla Ediciones. Madrid, 1997. 210 pp.)

 





Remember, Sampson, Remember

1 12 1997

Remember The Maine

(William R. Hearst, 1895)

 

Acodado en la amura, en esta noche del 2 de julio de 1898, el Almirante William Thomas Sampson (Palmyra, NY, 9-2-1840) contempla un prodigioso espectáculo que quizás nunca se repita: la entrada a la bahía de Santiago de Cuba iluminada desde el mar por los potentes reflectores del Iowa, sobre la que se ciernen, flotando en conos de luz, los altos artillados del Morro y la Socapa: colmillos de la bahía. Sampson lamenta que fracasara el intento de cegar la entrada hundiendo el Merrimac, reduciendo la escuadra de Cervera a cuatro patos en un estanque. Sabe que tras la victoria fulminante de Dewey en Filipinas, los lectores adictos al sensacionalismo de Hearst y Pulitzer claman por otra batallita que arrase a la marina española de este lago (norte)americano, el Caribe. El presidente Adams ya codició públicamente la Isla en 1820 y, en 1823, el doctrinario Monroe exponía una curiosa geografía: “el cabo Florida y Cuba forman parte de la desembocadura del Mississippi y de los demás ríos que desembocan en el Golfo de Méjico”; de modo que en el 26 logró frustrarse el intento de independizar las islas por las naciones latinoamericanas reunidas en el Congreso de Panamá. Una república antiesclavista a sus puertas era intolerable para el Sur; no así comprarla, como propuso en el 53 el Documento de Ostende ─pero entonces el Norte no estaba dispuesto a adquirir una milla más de territorio esclavista y sureño─. Después de la derrota confederada, el presidente Cleveland apostó por la autonomía de Cuba como paso previo a la anexión, y no reconoció la beligerancia de los cubanos, a pesar de que España, con 210.000 soldados, es incapaz de evitar que 34.500 mambises dominen las tres cuartas partes del territorio. Cleveland aducía que los cubanos “no tienen un gobierno civil”. Pero al Almirante le consta que no es cierto. Recuerda la grata impresión que le causó, en las dos entrevistas que sostuvieron, el General Calixto García: alto, elegante, culto, y portando como una condecoración la cicatriz del tiro con que intentó suicidarse antes que caer prisionero. Las palabras de los políticos, piensa Sampson, tienen un doble fondo, como baúles de mago. Y recuerda el mensaje del presidente MacKinley al Congreso del 11 de abril:

“Comprometer a los Estados Unidos a reconocer a un gobierno en Cuba podría sujetarnos a molestas y complicadas condiciones (…) a la aprobación o desaprobación de dicho Gobierno; tendríamos que someternos a su dirección, asumiendo el papel de mero aliado amistoso”.

El Almirante sabe que la opinión pública norteamericana apuesta por la independencia de la Isla, como los senadores Bailey, Stewart y sobre todo Redfield Proctor, quien se refirió a “la capacidad de de sus muchos patriotas y educadores [cubanos], los grandes sacrificios realizados, el temperamento pacífico de su pueblo, y las aptitudes para un buen gobierno propio…. y la estabilidad de las instituciones republicanas”. Y que, al cabo, lograrían la inclusión de la Enmienda Teller, según la cual

“…los Estados Unidos (…) niegan que tengan ningún deseo ni intención de ejercer jurisdicción, ni soberanía, ni de intervenir en el gobierno de Cuba, si no es para su pacificación, y afirman su propósito de dejar el dominio y gobierno de la Isla al pueblo de éste, una vez realizada dicha pacificación”.

Enmienda aprobaba con el apoyo de honrados partidarios de la lucha cubana, convencidos antiimperialistas, y de los intereses tabacaleros y azucareros que temen el ingreso de Cuba en la Unión. Poco antes de morir, en 1902, Sampson escuchará el rumor, recogido documentalmente por algunos historiadores, de que los representantes cubanos, por medio de un tal Samuel Janey, compraron conUS$2.000.000en bonos al 6%, emisión 1896-97 (que no se harían efectivos de no hacerse efectiva la República), los votos de algunos políticos. El 31 de diciembre de 1932, la República de Cuba deberá aún, por ese concepto, US$7.650. Tampoco el decrépito Sherman, Secretario de Estado, está por la anexión (propone que Cuba se anexe a México); ni los demócratas: Su plataforma electoral hablaba de “nuestra simpatía hacia el pueblo de Cuba en su heroica batalla por la libertad y la independencia”, aunque otros, en The Evening Post of NY, invocan sin cesar el peligro negro, como Cleveland y su Secretario Olney, que anunciaban la partición de la Isla en una república blanca y otra negra, comentando que lo mejor sería sumergir la Isla durante un tiempo, para así adquirirla, pero sin cubanos. Qué fauna, piensa Sampson. Ni los articulistas de The Manufacturer, porque al adquirir la Isla, Estados Unidos adquiriría una población “con todos los defectos de la raza paterna, más el afeminamiento, la pereza, la moral deficiente, la incapacidad para la ciudadanía, falta de fuerza viril y de respeto propio” y una negrada al nivel de la barbarie, de modo que “el negro más degradado de Georgia está mejor preparado para la presidencia que el negro común de Cuba para la ciudadanía americana”. Habría entonces que “americanizar a Cuba por completo, cubriéndola con gente de nuestra propia raza”. Como recomendaba al General Miles, jefe supremo del ejército, el Subsecretario de Guerra, J. G. Breckenridge:

“Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos [la población cubana] a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país (…) destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones (…) concentrar el bloqueo, de modo que el hambre y su eterna compañera, la peste, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano.

‘Este ejército debe ser empleado constantemente en reconocimientos y acciones de vanguardia, de modo que sufra entre dos fuegos, y sobre él recaerán las empresas peligrosas y desesperadas”

Sampson se encoge de hombros: Esos mismos políticos le prohibieron bombardear La Habana.

Cuando el Almirante Sampson presidió la comisión investigadora del hundimiento del Maine, ya barruntaba que en breve se vería frente a la flota de Cervera. Al cabo, el presidente MacKinley decidió apelar a

“la causa de la humanidad, la defensa de la vida e intereses de ciudadanos norteamericanos radicados en Cuba, los gravísimos perjuicios al comercio y negocios mercantiles de nuestros ciudadanos, la destrucción gratuita de la propiedad y la devastación de la Isla”.

Ya las exportaciones de Cuba a Estados Unidos habían ascendido de 54 a 79 millones de dólares entre el 90 y el 93, y las importaciones, desde 18 a 24 millones sólo entre 1892 y 1893. Ello cuadruplicaba el comercio de la Isla con su Metrópoli. Más la creciente importación de maquinaria norteamericana tras la abolición. Y los 50 millones invertidos, según el Secretario Olney, la mitad en la industria azucarera, devastada ahora por la guerra. Inadmisible, piensa el Almirante. Sin olvidar lo que afirmaba hace dos meses el Senador Thurston: “La guerra con España aumentará los negocios y ganancias (…) una acción en una empresa americana valdrá más dinero del que vale hoy”.

Pero en lo que debe concentrar su atención hoy el almirante Sampson es en la reunión que tendrá mañana con el General William Rufus Shafter (Galesburg, Michigan, 16-10-1835, 140 kilos) ─si la montaña no viene a mi…─, traído a la carrera desde la Florida para que con sus tropas de tierra tomara las fortificaciones que guardan la entrada de la bahía y así poder desmantelar las minas y entrar a por el combate final con Cervera. El Almirante monta en cólera de nuevo al recordar el mensaje de Shafter: que fuerce con mis buques la entrada de la bahía para evitar más bajas a los suyos. Es increíble que no se dé cuenta: sus infantes son reemplazables; nuestros barcos, no. Y si no puede, que solicite ayuda al hermano que Jesse James, que se ofreció a invadir Cuba con sus cowboys; o a Búfalo Bill, que proponía pacificar la Isla con indios salvajes. Qué pintorescos. Y Sampson sonríe a su pesar. Mañana aclararemos las cosas, o decidirá Washington. Al dirigirse a su camarote, el jefe de la escuadra norteamericana ignora que una decisión más grave impide esta noche dormir a Cervera: desvelado en cubierta, mira a los hombres que han de morir mañana.

Mientras navega hacia Siboney a bordo del Nueva York para reunirse con Shafter en la mañana espléndida de este domingo 3 de julio de 1898, jaspeada aún a tramos por girones de la niebla nocturna, Sampson se pregunta cómo una España venida a menos se ha embarcado en esta guerra contra la Unión. Les costará el doble de lo que habrían ganado vendiendo la Isla a su debido tiempo, calcula. Quizás el presidente Sagasta estuviera de acuerdo con Martínez Campos, quien, según el Cónsul inglés en Santiago de Cuba, confesó en octubre del 95 su deseo de que Estados Unidos reconociese la beligerancia de los cubanos. Iremos a la guerra y, con algunos buques hundidos, España abandonará Cuba sin más descrédito y con el honor nacional a salvo. Perder una guerra con la potencia del siglo XX no es lo mismo que perderla frente a un puñado de insurrectos.

Pero Sampson no puede distraerse más en divagaciones políticas, porque escucha el disparo de una pieza naval y se dirige corriendo a cubierta para presenciar desde lejos como el primer buque de Cervera, el María Teresa, sale de la bahía a toda máquina. Da orden de girar en redondo y enfila hacia la batalla inminente con el mal presentimiento de que Schley, su eterno rival quedado al mando mientras él bajaba a tierra, dirigirá la batalla que él lleva un mes preparando y con la sensación de ridículo por ser el primer almirante que conducirá una batalla naval en botas de montar y espuelas.

Se acerca a toda máquina al escenario del combate, lo suficiente para ver como Schley desde el Brooklyn eleva las señales, transmitiendo las órdenes de combate, y se ve aparecer, directamente hacia los barcos norteamericanos, para eludir el bajo que existe en la entrada, al Vizcaya, al Cristóbal Colón y al Almirante Oquendo. Cerrando la marcha, vienen los cazatorpederos Furor y Plutón. Rebasada la boca, los buques tuercen inmediatamente a estribor, intentando alejarse hacia Occidente. Ahora el María Teresa, con Cervera a bordo, enfila directamente contra el buque insignia norteamericano, el que más estorba la salida española por cerrar el círculo al oeste. Dispuesto viene el almirante a partirlo en dos con tal de abrir brecha a los suyos. Y Sampson contempla maldiciendo la extraña maniobra que hace ahora Schley ─ya le costará un expediente disciplinario─: El Brooklyn gira a estribor, alejándose de la batalla, y abriendo paso a Cervera. Dispuesto a perseguir a los españoles ─como diría Schley─, pero a prudencial distancia. Y cruzándose en la ruta de los otros barcos norteamericanos que vienen a toda máquina en persecución del enemigo. El Texas tiene que frenar con toda su potencia para evitar un choque, y la escuadra queda por un momento en completo desorden ante la desesperación de Sampson, que aún dista de darles alcance. El humo de las andanadas de ambos bandos nubla toda visión, y durante un buen rato no puede saber qué está ocurriendo. Al cabo, una ráfaga de brisa despeja la humareda, y puede ver al Plutón y al Furor. Sólo con ellos se cumplió su plan original: hundirlos uno por uno en la boca. Especialista en torpedos, Sampson respira aliviado. Y recuerda aquel torpedo que en Charleston hundió su Patapsco. Salvó la vida de milagro.

Prosigue la caza rumbo al oeste. Pero el Nueva York lleva quince minutos de retraso respecto a su escuadra, enzarzada con los navíos españoles que huyen a toda máquina pegados a la costa y disparando sus cañones de popa. El María Teresa está tocado de muerte: los puentes y cubiertas de madera arden, las piezas rodeadas de llamas hacen imposible la defensa. Un proyectil ha roto los conductos de agua e impide sofocar el incendio. Las municiones estallan, causando más estrago que las ajenas. Cuando embarranca en la costa, sólo quedan tres barcos enemigos. El siguiente no tarda en encallar, envuelto en llamas hasta la cofa. Fuerza al máximo la máquina del Nueva York, y logra acortar ligeramente la distancia, lo suficiente para ver cómo nueve millas más adelante embarranca el Vizcaya, acribillado. Milla a milla va dando alcance al resto de sus buques, lanzados tras el último español, el Colón, muy marinero y que los aventaja claramente en velocidad. Será difícil impedirle refugio en la bahía de Cienfuegos. Habrá que entrar en su busca (si las defensas de tierra y las minas no lo impiden), piensa Sampson. La persecución se prolonga. Tres horas más tarde, advierte con sorpresa un parón del enemigo. Piensa en una avería de las máquinas. No sospecha que el Colón ha quemado su última paletada de carbón de alta calidad. El carbón inferior que cargó en Santiago anula su única ventaja. Todos los buques le cañonean; incluso el Nueva York logra cuatro disparos. Al fin, el último buque de la escuadra española gira lentamente a estribor y encalla.

Tras 9.433 cañonazos de la escuadra norteamericana, Sampson comunica: “La flota a mis órdenes ofrece al país como regalo por la fiesta nacional del cuatro de julio la totalidad de la flota de Cervera”.

“Después de un combate desigual con fuerzas más que triples de las mías, toda mi escuadra quedó destruida (…) Hemos perdido todo y necesitaré fondos”, informa Cervera, prisionero en el Iowa.

La escuadra española es ya puro recuerdo. El Imperio, nostalgia. La Historia Made In USA acaba de empezar frente a la costa sudoriental cubana.

 

“Remember, Sampson, Remember”; en: El País. Memorias del 98, Madrid, diciembre, 1997.

 





Incondicionales

22 10 1997

Cierta tarde de 1987 fui citado por alguien que se autodenominó un “empresario español de izquierdas” residente en La Habana, con el propósito de “discutir la situación cubana” (sic). Ante un propósito de esa envergadura, no pude menos que asistir a la cita. Establecido desde tiempos inmemoriales en Canadá, el “empresario español de izquierdas” estaba a la sazón casado con Aitana Alberti, hija del poeta. Tras años haciendo buenos negocios con las autoridades cubanas, decidió jubilarse en la Isla. En pago quizás por los servicios prestados, le cedieron una casa que aburguesaba de sólo mirarla, en la Quinta Avenida de Miramar. Aquella cena casi termina a botellazos de Tío Pepe, porque el tío se negó a aceptar ni la más dulce crítica al gobierno cubano. Insinuó que los cubanos éramos una pandilla de indolentes y apáticos malagradecidos, incapaces de retribuir con veinticinco horas diarias de sudor y silencio lo que hacían por nuestro bien los sufridos líderes de la Revolución. Tres meses más tarde, recibí su segunda llamada. Me pedía reunirnos, pero no mencionó “la situación cubana”. Ante mi rotunda negativa a “discutir [con él] la situación”, ni siquiera la de Borneo, se limitó a preguntarme por qué los jóvenes cubanos no se lanzaban a la calle para derrocar la tiranía. (¿Pensaría en su propio pasado de guerrillero antifranquista en las Rocosas? ¿Recordaría su estrategia para derrocar al caudillo desde el río San Lorenzo con el mando a distancia?). Me limité a recomendarle que buscara en el atlas la dirección exacta de Casa del Carajo.

Una anécdota entre miles sobre quienes deciden por control remoto qué es aceptable para los nativos y qué deben soportar con estoica resignación geopolítica. Cierto que han pasado muchos años, Primavera Negra de 2003 incluida, y que hoy muchísimos españoles de buena fe y de izquierdas escuchan y comprenden. Pero todavía quedan defensores a ultranza (como enemigos a ultranza) que editan la realidad a la medida de sus deseos, sospechan a cada hombre y mujer de la Isla como el obrero y la koljosiana de Moscovia, pero mulatos, machete y Cohíba en alto. Los que miran a cada exiliado como a un presunto fascista-anexionista —anexionista a Estados Unidos, todavía si soñáramos con volver a la Madre Patria—. Y no todos son iguales. Hay subespecies:

Los devotos son los más potables. Aferrados al mito, monjes de clausura de la Revolución Mundial, trazaron un día la derrota ideológica de su vida y se niegan a maniobrar el timón, ni aunque la derrota los conduzca a la derrota. Tres pulgadas de blindaje cubren sus oídos. Creen a ciencia cierta lo que creen. Recitan cada noche, antes de acostarse, los versículos del Manifiesto Comunista, y se persignan ante la imagen de Don Karl. No discutir con esta subespecie. La fe no admite ni exige razones. La fe es un mullido colchón donde los agraciados duermen sin angustias ni dudas. Sospechan que el derrumbe del socialismo no es tal. La humanidad está dando marcha atrás sólo para coger impulso antes del salto definitivo hacia la felicidad vaticinada por la Santísima Trinidad del Materialismo Dialéctico. Mi padre pertenecía a esa raza. A mediados de los 80, Fidel Castro, lanzó el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas. Cuando mi padre veía en la tele a Fidel Castro criticando el estado de los hospitales, de las carreteras o del transporte, como si hubiera estado ausente del país quince años, prefería apagarla para no ver a Fidel criticando la obra de Fidel. En realidad, los hospitales eran el seudónimo en clave de ciertos tecnócratas y políticos ambiciosos de segunda generación, advenedizos que no aplaudían de buen grado las “iluminaciones” voluntaristas del Comandante en Jefe. Una vez hallados los culpables, dejó de “rectificar” y sumió al país de nuevo en la curva sinuosa de sus planes, campañas y batallas.

Los noventiocheros: Por puro espíritu antiimperialistayanqui, aplauden irrestrictamente cuanto ocurre en Cuba. Si a Washington le molesta, ¡Arriba La Habana! Si a Washington algún día le place, ¡Abajo La Habana! Un espíritu anti yanqui muy en consonancia con las celebraciones del 98 —en eso del masoquismo histórico nos parecemos: unos celebran la derrota del 98 en Cuba, y otros, la derrota del 53 en El Moncada—. Un antiimperialismo que recuerda la indignación de hace un siglo, cuando el imperio yanqui venía a arrebatarles SU Cuba, sin respetar que la tradición imperialista de España databa de mucho antes que las Trece Colonias se libraran del imperialismo inglés.

Los nostálgicos: Sufren una adhesión sentimental a Fidel Castro: les recuerda a aquel caballero español venido de la Reconquista, abandonando comercio e industria, por viles, a los otros europeos, para dedicarse a la guerra y a la gloria. Al cabo, por falta de industria y de comercio, perdió las guerras y se quedó con la gloria, que según nutricionistas anglosajones, tiene 0,0 calorías por gramo

Los neocolonialistas de izquierda: Aplauden con displicencia cuanto sucede en Cuba por razones de puro desprecio primermundista disfrazado de solidaridad. Para qué quieren los cubanos más de 80 gr. de pan diarios, si en Ruanda muchos niños no conocen el pan, para qué necesitan libertad de expresión si quizás lo que expresen no valga la pena, ni sabrían qué hacer con la democracia. Fíjate sino en los buenos salvajes de otros confines cuando se les concede media uña de libertad. Además del desastre ecológico: ¿En qué papel imprimiríamos las ofertas del Corte Inglés si los sudacas tuvieran acceso al papel higiénico, y cada chino comprara diariamente el periódico? Esta subespecie limpia la vitrocerámica con el Che de Korda en los paños de cocina.

Por último, esa delicatesen de la repostería ideológica: los castristas de derechas: Empresarios nostálgicos de la bélle époque, que cantan en la ducha de cara al sol y ven en este caudillo reminiscencias del otro, que Dios tenga en su santa gloria. Empresarios que conocen el lema: “Dentro del fidelismo, todo; fuera del fidelismo, nada”. Y temen (con razón), como sus bisabuelos, el desembarco de Wall Street. Fachas reciclados, neoliberales high tech, monopolistas reconvertidos al libre mercado. Una fauna indigerible aún para el electorado levemente zurdo de esta España es recibida en La Habana con beneplácito de cofrades. Los extremos no se tocan. Se funden.

 

“Incondicionales”; en: Prensa del Caribe; Madrid. 22 de octubre, 1997, p. 15.

 





Fidelidad a plazo fijo

1 09 1997

En su reciente artículo de Caribe, «Teoría política de la corrupción», Carlos J. Báez Evertsz define a la corrupción como procedimiento y práctica universal de la clase política (no de todos los políticos, por supuesto, aunque la sabia Vox Populi no suele concederles la presunción de inocencia), manejando el tema a escala global con una soltura que no oso. Pero su lectura me ha conducido a la pregunta, no tan fácil de responder como quisieran los indios y los cowboys: ¿Existe corrupción en la clase política cubana?

Si tomamos como referente el escándalo de la Lookheed en Alemania. el affaire Mario Conde, la «piñata» de los dirigentes sandinistas cuando perdieron las elecciones o la fortuna que levantaron Trujillo y Fulgencio Batista con el sudor de sus cargos, no. Tomemos en cuenta que en una sociedad donde el ciudadano «disfruta» la cartilla de racionamiento más larga de que se tienen noticias, un Ferrari sería tan escandaloso como La Veneno en una reunión anual de Oxford, y un jet particular sería un OVNI. Máxime cuando entre los postulados iniciales de la Revolución estaba la igualdad (que llegó a leerse como igualitarismo), y el borrón y cuenta nueva con el pasado, que se tildaba en bloque y sin excepciones de corrupto ─recuerdo que las clases de historia republicana que recibí en cuarto grado eran lo más parecido a Alí Babá y los cuarenta ladrones─. El fervor de los 60 impuso la proletarización (al menos aparente) de la clase política, que hizo del caqui verde oliva y gris (fuese militar o civil) el uniforme institucional. Su incuestionable honradez y desprendimiento quedaba fuera de dudas: habían aprobado con sobresaliente el detector de burgueses que fue la Sierra Maestra.

Aceptemos también que un jefe de Estado debe recibir, dada la estatura de su posición, una vivienda acorde, escolta, coches y toda la parafernalia; como en menor escala, los más altos (pero no tan altos) cargos. Hasta ahí, normal. Pero ya desde 1959, los cuarteles se convirtieron en escuelas, y muchas viviendas abandonadas por los burgueses (con todo su contenido), en viviendas de los más listos guerrilleros, y los coches y algunos yates, etc., etc. (para que esto no parezca un inventario). Ramiro Valdés llegó a decir que quienes se habían jugado lo más excepcional, la vida, por la Patria, tenían derecho a una retribución excepcional. Hay que decir, para ser justos, que Ramiro ha sido siempre consecuente con sus ideas. De modo que la Patria pagó sin rechistar ese derecho de pernada. No en balde el Che, tan temprano como en 1964, y precisamente en una reunión del Ministerio del Interior, lanzó aquello de que «contrarrevolucionario es aquel señor que valiéndose de sus cargos…», que debió ruborizar a todos los presentes.

Pero aún cuando aceptáramos aquello como botín de guerra, pasó el tiempo y pasó que la pobreza se institucionalizó, la libreta se eternizó, la miseria digna se convirtió en el modus vivendi nacional, y fue defendida con fervor, como paradigma de igualdad. Así y todo, el funcionariado no estaba dispuesto a aceptar grandes responsabilidades con un salario que sólo superaba al de un médico en un 10-20%, de modo que mientras defendía el racionamiento, creó un intrincado sistema para violar el racionamiento: tiendas «especiales», viajes de servicio con dietas serviciales, distribución discrecional de viviendas y autos, más la sustracción pura de medios destinados a sus empresas y ministerios. Llegó un momento que se instituyó como parámetro económico el «faltante», cuyos parámetros «normales» oscilaban entre 10-15%. Quien robara dentro de lo «aceptable» no era sancionado. Quien no tuviera «faltante» era destacado en la prensa como un ejemplo, una rara avis digna de ingresar al Zoológico Nacional. Así, los casos más sonados de corruptos caídos han coincidido sospechosamente con personajes políticamente inconvenientes. Desde los 60 hasta Luis Orlando Domínguez o Aldana, por no llenar demasiados folios. O el ajuste global de cuentas de las Fuerzas Armadas al Ministerio del Interior tras el Caso Ochoa. Pero lo más curioso es que sólo se descubra al corrupto en ese instante y no mientras traficaba cocaína, regalaba decenas de casas y coches, abría cuentas en Panamá, embutía fajos de dólares en su caja fuerte, o disfrazaba de soldados a «niñas» que volvían de las fiestas porno en Luanda incluso condecoradas. Y eso en un país donde «siempre hay un ojo que te ve», un ojo del poder que, al parecer, padece presbicia, porque divisa la corrupción en Miami, pero no en el ministerio de los bajos. Y sólo ahora (ingenuo de mí) me pregunto ¿a quién beneficia esa presbicia? Por supuesto que, en primera instancia, al corrupto. Pero, a su vez, el corrupto sabe que El Poder (sólo hay un Poder con mayúscula) lo sabe y, por tanto, paga el precio de su libertad condicional, que puede ser derogada al menor asomo de incontinencia política. Sabe que no se le exige probidad (aunque los haya), ni siquiera eficacia en el ejercicio de su cargo (aunque también los haya), sino (y sobre todo), incondicionalidad. Y mientras más ineficaz y torpe sea el «cuadro político» (nunca mejor dicho), más incondicional deberá ser para garantizar la pensión vitalicia de que disfruta y que en ningún sitio de la galaxia le otorgarán por sus servicios. Pero nada de esto ocurre «in vitro». Hay 22 millones de ojos que lo ven. Y aprenden cada día del ejemplo, que es el mejor sistema pedagógico. Pero eso es otro costal de harina, que rebasaría las dos cuartillas.

Un proceso que se ha intensificado y ha buscado nuevas rutas en la Era del Dólar, arrimándose al amparo de las empresas mixtas y el turismo. Un regreso al verde que sólo muy lejanamente recuerda el verde olivo de los 60, cuando un ministro que se preciara debía embarrarse un poco el caqui del uniforme antes de entrar a la Junta de Administración, para resultar así más proletario.

“Fidelidad a plazo fijo”; en: Prensa del Caribe. Año 1, n.º 3, Madrid, septiembre, 1997, p. 15.





Cuba para neófitos

1 06 1997

Los juicios sobre Cuba cumplen con asiduidad el axioma de que “no llegan, o se pasan”. Si una izquierda nostálgica persiste en culpar exclusivamente al embargo norteamericano de que la Ínsula no sea una sucursal del paraíso, la derecha más tuerta incurre en la intrínseca maldad de Fidel Castro. Una de las virtudes de este libro, Cuba, la hora de la verdad, del ecuatoriano Eduardo Durán-Cousin, es eludir ambos extremos.

No podría decirse que aporte algo a la ya vasta bibliografía de tema cubano. Pero el prólogo de Simón Espinosa bien podría iluminar con más eficacia un par de ideas sobre las que pivotea el texto, si no ocupara tanto espacio en comparar las realidades cubana y ecuatoriana con más persistencia que suerte.

“La dictadura del carisma”, título de la primera parte, constituye la médula del libro. En ella se repasa de modo ágil la historia de la revolución cubana, enfatizando los aspectos económicos que, como de costumbre, condicionan los otros. Uno de los elementos que puntualiza Durán-Cousin es la diferencia entre el castrismoy la profunda reformulación del marxismo original que se puso en práctica en la Europa Oriental bajo la etiqueta de marxismo-leninismo. De ello extrae una conclusión que merece la pena citar: “el castrismo se estructuró en torno a una personalidad dominante cuya autoridad se deriva de un acto de rebeldía y cuyo poder se ha mantenido por la permanente movilización de la población en torno a sus ideas (…) el elemento fundamental del castrismo es Castro mismo”. Con lo que diferencia la autocracia cubana de la inmensa mayoría de las dictaduras al uso padecidas por Latinoamérica; y obliga al lector a un análisis particular y no genérico. Subraya una realidad ya sancionada por los más perspicaces observadores —ningún descubrimiento sorprende en este libro a los conocedores de la realidad cubana—, pero que con frecuencia se soslaya, bien sea por puro maniqueísmo o por la beligerancia explícita de los autores.

No obstante sus aciertos en la clara exposición del tema, cierto afán pedagógico, o las limitaciones de un material de campo recogido en sólo dos visitas a la Isla, le conducen a simplificaciones rayanas en el error —a veces recuerda aquella Cuba para principiantes, de Rius, pero sin su sentido del humor—, amén de errores en la apreciación de las funciones de los CDR, o en la relación entre Proceso de Rectificación y Perestroika, cuyo andamiaje de vasos comunicantes es mucho más sutil y complejo. No obstante, expone de una manera coherente el verdadero peso del embargo norteamericano en la crisis cubana y, por otro lado, el desastroso resultado de la nueva era de voluntarismo económico que se inicia a mediados de los 80; sin valorar, en cambio, el nivel de ineficiencia que se produjo durante la “era dorada”, entre el 75 y el 85, quizás porque el manto de subvenciones y ayudas, así como el secretismo de las informaciones oficiales, permitieron enmascarar la realidad, esta vez con una notable eficiencia.

En la segunda parte, “Y llegó la hora de la verdad…”, Durán-Cousin intenta una visión de la circunstancia actual, empezando por una correcta valoración del carácter de la ayuda prestada durante 30 años por la URSS, que unos llaman subvención y otros “modelo de relación comercial entre países desarrollados (?) y subdesarrollados”. Pero al explicar el desplome del nivel y las expectativas de vida de los cubanos con el advenimiento del Período Especial, en comparación con los 80, llega a exageraciones inadmisibles: “sus 11 millones de habitantes, acostumbrados a un standard de vidaenvidiable en el mundo entero..”. Refiriéndose a índices alimentarios y de consumo más aparentes que reales. Si la realidad se hubiera comportado como afirma Durán-Cousin, las visitas familiares desde Estados Unidos, que se produjeron a fines de los 70, no habrían reportado un devastador efecto ideológico sobre la doctrina oficial, que estalló al abrirse en Mariel la válvula de escape en 1980. Por el contrario, se hablaría hoy de los cayohuesitos, que huyeron en masa de Estados Unidos hacia la Isla, paraíso de la abundancia.

La valoración de la crisis actual es una zona del texto que el lector deberá leer con atención si desea adquirir aunque sea una noción aproximada de su magnitud. La descripción de lo cotidiano es pálida, aunque podría decirse (en descargo del autor) que para transmitir una imagen verídica de su dramatismo, necesitaría algo más que dos visitas a Cuba y mucho más espacio que las 63 páginas de este libro. No obstante, las cifras son suficientemente explícitas como para que el lector atento supla lo anterior: el desplome de las calorías percápita a niveles de desnutrición, la reducción del producto social global en un 65% entre 1989 y 1993, la escasa rentabilidad efectiva del turismo, o los 50 años de crecimiento continuo a un 6% que serían necesarios para que la economía regresara a 1989 (ni H. G. Wells habría imaginado una máquina del tiempo semejante).

A pesar de la adecuada valoración que hace el autor del derribo de las avionetas y su corolario, la aprobación de la Ley Helms- Burton, como reafirmación de ambas “líneas duras”, en Miami y La Habana, y contra los intereses de supervivencia del pueblo cubano; aún cree posible que:

“… en una apertura pronta —y quizás todavía no resulte demasiado tarde— la sociedad cubana podría elevarse rápidamente a una vigorosa posición de desarrollo, la que si se conservan algunos rasgos del colectivismo del régimen, como el sentido de solidaridad social de la población y se transforma la propiedad estatal en cooperativa, bien podría aportar un nuevo modelo de organización social para los países de América Latina.

“… una democracia socialista, que conjugue en Cuba el régimen de libertades de las sociedades de occidente con una economía cooperativa”.

Envidio su optimismo y quisiera compartirlo. Lamentablemente, el propio Fidel Castro, citado en el libro, se encarga de contradecirlo:

“¿Cuándo llegará el día en que desaparecerá el racionamiento? A mí me parece que ese día está tan lejano, que quizás sólo los nietos o bisnietos de algunos de ustedes lo verán”.

Consecuencia evidente de su noción de inmovilidad en las reglas del juego. Pero nietos y bisnietos no deben aterrarse desde ahora en sus espermatozoides y óvulos por venir. La política es el arte de lo inmediato y los decretos se firman en los palacios presidenciales, no en los mausoleos.

 

Cuba para neófitos, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 4/5, primavera/verano, 1997, pp. 247-249. (Eduardo Durán-Cousin; Cuba, la hora de la verdad; Ecuador, 1996, 64 pp.)





Contracanto

24 04 1997

Al abrir Contracanto, último poemario del nada novel poeta jiennense Manuel Lombardo Duro,  no pude sospechar que lo leería en dos horas, con el fervor que suscitan las mejores novelas. Ajeno a los oropeles y artilugios verbales con que suele «adornarse» la ¿poesía? obligada a nacer con fórceps o cesárea, Contracanto apela a la transparencia y la lucidez del idioma. La textura de la palabra gana su máxima intensidad, como las mujeres hermosas, al desnudarla de afeites. Quizás porque “la palabra no limita/ con la luz ni con la música,/ sino con la oscuridad/ y con el silencio”. Pero sobre todo, porque Manuel Lombardo ha conseguido, mediante el ejercicio de la mesura, extraer a cada palabra clave su significado secreto. Obra de arquitectura, sin dudas, porque la palabra es, como el hombre, un ente gregario que sólo adquiere su valor en la sociedad de las palabras. Manuel Lombardo nos habla “desde las raíces del silencio, algo que se pueda susurrar/ al oído de un árbol,/ de una piedra,/ de un río,/ de un niño agonizante,/ de un borracho/ o de un loco”; y tiene sus razones, porque como afirma con la sabiduría inasible de los buenos poetas: “Todo se pudre/ cuando se quiere convertir/ la inmensidad de cualquier sueño/ en algo razonable. Y para demostrarlo, se ocupa «de otra cosa»: de lo que no es ni ha sido,/ de lo que no existe todavía,/ ni tal vez nunca tendrá lugar”.

Creo en ese orden de la verdad ajeno a la dialéctica y el análisis causal, en ese orden de la verdad premonitoria que se dirige a las coordenadas no cartesianas del alma humana: la verdad poética. Y creo en esa verdad cuando se instala, sin apelaciones, en algún reducto de nuestros sueños del que jamás podremos desalojarla. Pero para ello el poeta deberá asumir sus riesgos. Y Manuel Lombardo los asume en Contracanto, un libro donde “Todo poema/ es mi muerte por escrito,/ o nada”.

 

Contracanto; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 24 de abril, 1997, p. 38.

 





Los tomates radioactivos dan mal sabor al gazpacho

30 03 1997

José Viñals, poeta-editor-narrador argentino-colombiano-español,

como gustaría definirse, se encargó durante

muchos años de la revista AlSur, instaló

en la calle Hurtado sus proyectos y sus sueños,

a los cuales robé una dosis de tiempo para

practicarle esta entrevista. Hace pocos meses

reside en Madrid, pero algo de él

se niega a abandonarnos.

 

 

 

 

 

«Los tomates radioactivos dan mal sabor al gazpacho», fue el primer graffiti que leyó en 1979, a minutos de su arribo a España, el poeta José Viñals, en el pórtico de un puente. Nacido en una chacra argentina, de padres y abuelos españoles, en su ambiente natal se hablaba el castellano de España, no uno de los tantos castellanos que se hablan en Hispanoamérica, de modo que venía, no a descubrir un idioma (a los efectos de la literatura, toda oralidad es un idioma cuya sintaxis, sobreentendidos y fórmulas dialectales marcan la escritura), sino ávido de corroboraciones lingüísticas. Aquel día de 1979, ya José llevaba a sus espaldas dos volúmenes de poesía, una novela, un libro sobre diseño gráfico, varios ensayos y diálogos sobre arte, todos publicados en Buenos Aires, donde en breve aparecería también Miel de avispas (relatos). Aquel día de 1979, ya había cursado 49 años de libros, sueños, amores y desamores, es decir, tres hijos, y dos vidas transcurridas en Argentina y Colombia, respectivamente. De modo que inauguraba su tercera vida, que desde 1982 discurre en este piso de San Ildefonso, el barrio más bello de Jaén. Este piso que tras la puerta esconde la sonrisa siempre disponible de Martha, su esposa, cuyos tapices enjoyan las paredes. Entre ellos, como entre paisajes de asombros, continuamos hasta el sitio de recibir: la cocina, por supuesto.

Parapetado tras sus papeles, José entona su acostumbrado «Hola, querido», con esa voz espeleológica ─gravedad de improvisador de blues, no de capataz de plantación antillana─. Y no empezaremos la entrevista sin que la botella de Torres esté presente y las copas ajusten el tono preciso de la conversación. Porque le confieso que no intento hacerle una entrevista. Sólo quiero saciar ciertas curiosidades y, ya de paso, servir de médium a los lectores. Como si escucharan tras la puerta nuestra conversación. Y por ello me he tomado la libertad de no acotar los diálogos. El grado de sabiduría bastará para indicarles cuáles pertenecen a José Viñals.

 

A pie descalzo

─Lo primero que me he preguntado al conocer tu obra, José, es cómo definirías tú el lenguaje, dado que en ti confluyen varias oralidades, varios modos de ejercer el castellano. Más aún, cómo se han integrado esas diferentes culturas en tu obra.

─No he tenido problemas de integración. Lo lingüístico ha sido para mí una gran curiosidad artística, de modo que un nuevo país no me provoca descentramiento, sino remoción profunda y avidez. No hablo de contaminación, sino de impregnación; aunque también es posible que haya contaminación. Yo he procurado conocer la lengua de todo el orbe hispano. Después he ido estudiando problemas estilísticos de la lengua, y otros de mayor envergadura: culturales. Pero no siempre la integración está exenta de conflictos. Por ejemplo, escribí hace algunos años un poema sobre un joven colgado de las vigas del techo, vestido de traje y corbata, y uno de sus pies iba sin zapato, enfundado en un calcetín blanco, pero yo no podía escribir las palabra calcetín, propia de esta cultura, ni la palabra media, como me dictaba aquella, porque aquí media es una prenda femenina. Elegí entonces la línea cobarde, al precio de distorsionar la imagen artística: le quité el calcetín y puse el pie descalzo. Ese tipo de cosas te plantea el tema de la integración cultural. Hoy no vivo la penosa condición del extranjero, y tampoco artísticamente. ¿Debilita eso mi condición latinoamericana? Posiblemente. Pero es así.

─Creo que ante todo somos ciudadanos del planeta.

─Yo tengo tres países: Argentina, Colombia y España. De Argentina y España soy ciudadano. De Colombia no pude, pero quise. Tengo en edición mi Poesía Reunida: siete libros que yo he seleccionado, en tres tomos: poesía escrita y publicada en Argentina, en Colombia (69-72) y en España, respectivamente. No he estado interesado hasta ahora en publicar en España obras de narrativa hechas en aquellos años, sólo poesía, que es lo que me gustaría hacer en los años finales de mi vida.

─Aunque tampoco hay que ponerle camisa de fuerza a la imaginación. Los argumentos, las ideas, vienen con su propio procedimiento artístico.

 

Un acto de obediencia

—No me olvido, pero el acto de escribir poesía es cuasi involuntario, un acto de obediencia a ciertos procesos de la interioridad. En cambio, el ejercicio narrativo es volitivo. Y yo no tenía el empuje interno para escribir prosa. No lo tengo. Fue una estrategia artística para alcanzar una forma de comunicación. El éxito que tuve como narrador fue un fracaso artístico, personal. Distinto a lo que me proporciona la poesía, que disfruto y siento. Soy un buen diseñador gráfico y editorial, un magnífico técnico. Tengo un gran oficio y conozco el libro como pocos. No puedo, en cambio, decir lo mismo de mi ejercicio como artista, aunque crea en ello más que en cualquier cosa en la vida. Porque entre otras cosas el motor que me arrastra es la averiguación. No me interesan tanto los resultados artísticos como la averiguación.

—Es lo más interesante. Como entre hacer el amor y hacer un hijo. Lo primero es más interesante.

—Sin dudas. El hijo es contingente. El amor es esencial.

 

La universidad horizontal

—¿Cómo han confluido en ti las distintas artes que tú asumes y ejerces o amas? La plástica, la literatura, el diseño, la música. ¿Ha habido avenencias, desavenencias, complementaciones, divorcios, matrimonios?

 

—Yo he sido extraordinariamente afortunado. Precozmente me puse en contacto y asumí mi naturaleza artística con todas sus consecuencias. Todo me llevaba a ello. Mi primer poema ocurrió a mis nueve años, un día que estaba cabalgando en la finca de mis abuelos. Y decidí que no otra cosa quería hacer en mi vida. Aunque haya cursado varios años de Derecho, sabía que para mí la universidad no era la vertical sino la horizontal: estudiar arquitectura en la arquitectura, historia de las artes en la escuela de artes, música en la escuela de música. De modo que no terminé una sola carrera. Exploré. Toco malamente un instrumento. Estudié cine. Me metí en el diseño, y a poco de estar en ello supe que sólo me interesaba el diseño del libro. Como hoy sé a ciencia cierta que lo único que me interesa es escribir poesía en mis últimos años. Yo provengo de la poesía y es algo que he decidido.

 

¿Y eso se puede decidir?

A lo mejor tengo que desobedecerme, pero lo he decidido. Yo abandoné el ejercicio puro de la poesía, pero no abandoné la condición poética en el tratamiento del material lingüístico y eso es lo que ha contaminado toda la prosa que he escrito. Una prosa perversa, no genuina. Y ha dejado de interesarme. Para explicarlo tengo que remontarme: Yo nací y crecí en un país latinoamericano dependiente, donde la labor del poeta era siempre una labor oscura, sin eco editorial, sin respuestas sociales. Mis contemporáneos alcanzaron un reconocimiento internacional como narradores. De modo que empujado por fenómenos externos sentí el desafío de dedicarme a la narrativa. Eso forzó mi propia visión del arte y de la literatura, por la que he sentido un «santo» horror. Tengo la convicción de que hay una serie de escritores que no tienen puta idea de lo que es el arte, y por ello cuentan cosas, describen cosas, pero no se internan en los mundos cargados de significación espiritual. La preocupación por la poética descansa en una investigación formal y conceptual (no hay arte sin investigación), lingüística. No a la manera del filólogo ni del gramático, sino a la manera del poeta y el escritor.

 

Adjetivas y narrativas

—¿Ello incluiría la investigación intuitiva, esa capacidad del oído para captar y seleccionar…?

—Por supuesto, y relacionar con otras artes. Yo he tenido una gran preocupación por todo el universo de las artes, pero sobre todo por la pintura y la música. Ambas las he estudiado, y dependo mucho de la música. Es un código que he podido decodificar. Toda mi obra responde a una elaboración artística, al estudio del material lingüístico, hecho con un criterio estrictamente artístico, no científico. Y sobre eso una primera lección fue la lectura del chileno Vicente Huidobro que dice: “Hago una elección para toda mi vida como artista: el adjetivo que no da vida, mata”. Segundo: También tempranamente leí a uno de mis maestros, el poeta Rimbaud. Cuando leí su Temporada en el infierno, en las primeras palabras del libro encontré una especie de dedicatoria: “Para aquellos que aprecian en el poeta la ausencia de facultades narrativas y descriptivas, ofrezco estas hojas arrancadas de mi cuaderno de condenado”. Fue una marca para mí, que eludí durante años las búsquedas narrativas y descriptivas. Y eso es como retorcerle el pescuezo al material literario.

—¿Y cómo le retuerces tú el pescuezo al material literario en tu obra?

—Yo invitaría a un lector curioso, si se encuentra con mis materiales, cosa no fácil aquí en España, a que observara la presencia de la luz o del color en los textos, porque hay cuentos donde no hay un solo elemento de color, como pintura medio tonal, la preocupación por la luz, por la estructura, por la construcción verbal, por descifrar, a través de los materiales, ciertos enigmas que son de la vida social e individual. Eso ha sido una preocupación central a lo largo de mi vida. Y eso se tiene que conectar con otra cosa. Es sorprendente para mí que la revista Kilómetro 0 se interese por entrevistarme, cuando fuera de este medio (donde sí soy una persona conocida y creo que reconocida) me conoce poquísima gente. Porque prácticamente no he publicado en España, donde he tenido una actitud recoleta, recogida, sin conexión con los medios intelectuales, y dedicado al trabajo del artista.

—Ha habido en la literatura latinoamericana una tendencia a trasponer a la experiencia literaria una militancia social y política, dando frutos de todo tipo: desde dulcísimos a patisecos y amargos. ¿Ha tentado tu militancia social y política, que la ha habido y grande, el terreno de tu literatura?

—Diría que en lo esencial sí. No es exactamente lo político. Es más serio. Por razones de formación, yo desde muy temprano fui miembro activo del Partido Comunista, y me sentí un hombre de formación marxista y estudié sus estéticas, que no me interesaron. Pero sí apareció muy tempranamente en mí una clara conciencia de clase, que responde a mi origen popular: artesano por la parte de mi padre, que era panadero, de mi madre, que era costurera, o de mis abuelos, que eran campesinos pobres. Creo no haber eludido nunca los marcos estrictos de mi clase. Y no me he ocupado de otras clases que no sea la mía, con sus contradicciones y deformaciones, buscando la verdad íntima de esa clase. Por tanto, más que una naturaleza política del material que vuelco en mi obra, hablaría de naturaleza ideológica. El acontecer político en sí no cabe en mi obra, porque por una parte no he trabajado con lo contingente, y por otra, he creído que la labor del artista es la creación de una sociedad nueva, lo que implica un arte nuevo. Y suscribo absolutamente el arte de las vanguardias, aunque algunas estén investidas de vanguardia y sean rigurosamente retaguardia.

 

Vanguardias y retaguardias

—Siempre es más sabia una adhesión al espíritu de las vanguardias que una adhesión en bloque. Lamentablemente, muchas vanguardias han creado retóricas que a la larga se han consumido a sí mismas.

—Los que nacimos y crecimos en el ámbito sudamericano, hemos crecido en un ámbito culturalmente dependiente. Esa dependencia, en mi caso, como hombre de la cultura con algún prestigio entonces en Buenos Aires, significó estar al tanto de los movimientos culturales del mundo, preponderantemente europeos. En mi caso, yo me descubro adhiriéndome fuertemente a un movimiento de vanguardia que en ese momento tenía un gran poder revulsivo, yendo de Europa a Hispanoamérica: el surrealismo o el parasurrealismo. Con ello, la introducción de ciertos procesos creativos, como, por ejemplo, el automatismo, que yo prontamente puse en su sitio dada su importancia. Creo que ciertos procesos automáticos, cuando se deja fluir libremente el inconsciente, rompe censuras seculares, un sistema, un stablishment literario, y no sabes a dónde puedes llegar. En la década de los cincuenta reflexionamos mucho sobre la frase de Jung: «Goethe no es el autor de Fausto. Fausto es el autor de Goethe». Es decir, el artista penetra en el inconsciente colectivo y si tiene talento, suerte, percepción y cojones, puede que recoja y haga aflorar los arquetipos del inconsciente colectivo. Yo creí que esa era mi aventura en la vida. Aunque fui un apasionado lector del Quijote, mi modelo no era Cervantes. No quería escribir como Cervantes, sino que me ocurriera lo que le ocurrió a Cervantes: poder percibir el arquetipo quijotesco. Creí que ese era el papel del artista.

 

El llamado boom latinoamericano…

—El don de la popularidad no es bueno ni malo per se. Ni un escritor de grandes tiradas es bueno o malo por ello. Y viceversa. Y eso me trae al tema del boom. España se convirtió en el gran trampolín de la narrativa latinoamericana, y cuando el proceso entró en meseta, la industria editorial se quedó con hambre. Aparecieron, es cierto, importantes escritores españoles, pero no bastaba. Y se vieron un poco en la necesidad de fabricar e imponer al público escritores de dudosa calidad y grandes tiradas.

—Lo tengo claro. Lo que tengo oscuro es que no hay más coñac, me cago en… —José encuentra en la alacena una botella de DyC, y tras conformarnos con él, a pesar de que no es santo de su devoción, reanuda el asunto del boom latinoamericano, que en varias ocasiones hemos tocado—. Un fenómeno comercial tiene poco que ver con la auténtica curiosidad de los artistas y los intelectuales europeos hacia el arte que se produce en otras latitudes. Es típico del arte el que se busquen productos de otras culturas y que en cierto momento incluso se mitifique y totemice. El caso del boom latinoamericano es, al menos, el segundo, sino el tercero en este siglo. El primer boom fue el del modernismo, que invadió España con una obra latinoamericana y una estética francesa. Posteriormente, la invasión de Neruda, Vallejo y Huidobro…

—Figuras puntuales, no un gran movimiento como el de los 60 y 70.

—Un boom comercial.

—Sin restarle su importancia artística.

—Por supuesto. Aquello era una cosa exótica, lo cual siempre ha tenido un gran encanto para Europa. Y el boom no fue sólo una atracción por lo que hacían los escritores latinoamericanos, sino por lo que ocurría en Latinoamérica: un fenómeno rupturista que tuvo éxito internacional y provocó una remoción de las estructuras artísticas.

 

Arcones y galeones

—Tú hablas de constreñir, de limitar tu paleta como un medio para la consecución de un resultado artístico determinado. Yo he notado en tus relatos una supeditación de lo propiamente narrativo a la pirotecnia del lenguaje. ¿Es una constante en tu narrativa?

—Absolutamente. El texto literario es un acontecimiento real, más allá de los acontecimientos que transporte. Una realidad concreta y mensurable, una criatura autónoma que se añade a la realidad de la vida, y que vive esencialmente por su forma. En mis exploraciones de las zonas oscuras, me parece que siempre he retornado con un rico trofeo verbal, y a veces he perdido por ello otras cosas fundamentales. Me sumergí en busca del galeón y quizás en su lugar me traje el arcón con las chafalonías. Por eso quizás nunca sea un buen narrador.

 

Voces de luz y sombra

—Creo que cada escritor es una o muchas voces. Hay escritores capaces de varios registros y otros no. Y creo que más allá de la sencillez o complejidad de la transmisión que uno produce, lo importante es darse cuenta de cuál es nuestra propia voz, y respetar esa voz. De ahí dimana la autenticidad de la obra. No hay textos fáciles o difíciles, todo es contextual. Flaubert fue escandalosamente difícil en su tiempo. Pero la literatura no es circunstancial, es histórica. Hoy, Madame Bovary es lectura de amas de casa.

—Llevas toda la razón. Pero el respeto por la propia voz incluye su cuestionamiento. Durante años de torpeza mía y oscuridad, yo he sido sirviente de mi voz, no he sido un buen crítico de mi voz. Caí en manierismos, en imitaciones de mi propia voz. Soy consciente de que, sin darme cuenta, sin poderlo evitar, se me elitizó el lenguaje, se hizo arduo el material que producía, de difícil lectura. Eludí las fórmulas populistas, que siempre me olieron a fascistas. Yo decía: obra literaria popular no, la literatura requiere rigor, requiere trabajo. No se puede leer como quien consume una peliculita de tres al cuarto. Yo jamás he tenido el talento de lo popular, pero estoy a tiempo para adquirirlo. Milagro a milagro, el poemario que estoy escribiendo, es lo más transparente que he hecho en mi vida, incluso en términos gramaticales y sintácticos. Aún así, la esencia de ese material sigue siendo inasible y oscura. Si uno profesa una vanguardia tiene que correr el riesgo de trabajar con códigos que todavía no han sido formulados y mucho menos decodificados. Para ello es imperioso que el artista de a conocer su obra. Yo no lo he hecho. No he sido un buen defensor de mi obra, por razones diversas de mi vida…

—Que además de escribirla, hay que vivirla.

—Y en muy buena hora. Pero hoy sí estoy interesado en que mi obra se edite y se difunda. En pequeña escala, porque yo nunca seré un escritor de best sellers. Me llevó muchos años de fracasos escribir mi novela Padreoscuro. Fue finalista en el Planeta-Ateneo de Sevilla. Pero el editor, cuando le mando el libro, aún con este aval, me lo devuelve sin explicaciones. Y lo entiendo. Mi novela, si un día se editan 5.000 ejemplares, ya será un milagro.

 

Novela que saldrá, para suerte nuestra, como su monólogo Escombros, oloroso aún a tinta fresca, su tomo de relatos Ojo alegre y viejísimo, que publicara en el 86 en Jaén, y los que próximamente aparecerán: Cinta magnética bordada (relatos), Animales, amores, parajes y blasfemias (poemas), así como el volumen de «fragmentos» (es su definición) Si breve.

Y el lector, que permanecía tras la puerta escuchando esta conversación, se aleja convencido de que este periodista podría estar preguntando a José días enteros, sonsacándole secretos. Y que José Viñals podría develar muchos más misterios, con tantas buenas palabras que dan un exquisito sabor a la literatura, exenta de tomates radioactivos. O mejor, develar la existencia de los misterios y conservar su naturaleza enigmática. Pero tendrán que leer en los silencios, que hasta una entrevista los tiene, después de la última copa y el último Ducado, tras el «Chao, querido» y la sonrisa de Martha que queda pospuesta hasta mañana por la puerta que, suavemente, se cierra a mis espaldas.

 

“Los tomates radioactivos dan mal sabor de boca”; en: Diario de Jaén, España,30 de marzo,1997, pp. 37-38.

 





Ruidos

12 03 1997

Casi el 40% de los encuestados por el Centro de Estudios de Ordenación Territorial y Medio Ambiente considera la contaminación acústica el problema ecológico que más les afecta. Y no es para menos. El tráfico, las fábricas, los bares y discotecas son los primeros generadores de ruido, cuyos efectos se multiplican gracias al trazado urbanístico irracional, o al de las zonas que se edificaron en una época más silenciosa. Ruidos que afectan al sistema cardiovascular, neurofísico, sensorial y digestivo; disminuyen la productividad laboral y aumentan la agresividad, incluso en los niños, que también sufren una merma en su capacidad de concentración.

Cuando un domingo de camping redescubrimos ese sucedáneo del silencio que es la música de la naturaleza ─el viento entre las ramas, el trino de los pájaros, un mugido lejano─, podemos estar demasiado encallecidos para disfrutarlo. Porque escuchar el silencio también requiere su aprendizaje. De modo que existen ya sanatorios donde el primer tratamiento es el silencio, y locales donde el ejecutivo sometido a stress puede disfrutar media hora en una cámara insonorizada por un precio módico.

Pero hay otra forma de contaminación sonora que las estadísticas medioambientales suelen soslayar: la contaminación retórica. Somos bombardeados cada día con millones de declaraciones y discursos. Nuestra clase política intenta explicarnos continuamente su verdad. El método más eficaz para ocultarnos la verdad. Llenan de palabras cada minuto de silencio. Porque el silencio es peligroso: insta a pensar. Y ya se sabe que la economía requiere productores competitivos; la política, votantes. Pensar es siempre un ejercicio disidente.

Veintiocho mil millones de pesetas necesitaría la Junta de Andalucía para resolver el problema de la contaminación acústica en la Comunidad: silenciadores, aislamientos de fachadas, pantallas acústicas en las vías rápidas y mejora en las instalaciones de aire acondicionado. Nadie ha estimado el costo que supondría eliminar las palabras superfluas.

“Ruidos”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 12 de marzo, 1997, p. 30.