Se ruega aplaudir en silencio

24 03 2003

Cuando todas las miradas del planeta se dirigen hacia Oriente Próximo, el señor Fidel Castro reclama su parcela de protagonismo y decreta una redada masiva contra la disidencia interna en Cuba.

Setenta y cinco ciudadanos, culpables de ejercer el periodismo independiente, de abogar por los derechos humanos y de proponer otras opciones de gobierno, han sido encarcelados sin las menores garantías. Sus casas han sido saqueadas, y sobre ellos pesa la Ley 88 de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, más conocida como “Ley Mordaza”.

Según los términos de esa ley, aprobada en 1999, se sancionarán hechos dirigidos a “colaborar con los objetivos de la Ley “Helms-Burton”, (…) quebrantar el orden interno, desestabilizar el país”, etc. Su interpretación discrecional convierte esa ley en el instrumento ideal para reprimir cualquier acto de disidencia. Así, entre los “delitos” que sanciona hasta con 20 años de prisión se encuentran suministrar información a países o entidades extranjeras, colaborar en medios de prensa ajenos a la prensa oficial cubana, aceptar retribución por ello, o recibir cualquier tipo de donación no autorizada por el gobierno; tener o distribuir “material subversivo”; perturbar el orden público mediante cualquier manifestación disidente; todos agravados si se ejecutan entre dos o más personas.

En la nota oficial del día 18 de marzo, se anunció la limitación de movimientos en el territorio cubano del Sr. James Cason, jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, acusado de injerencismo; por reunirse con miembros de la oposición interna. La misma nota acusa a la disidencia interna de “apoyar la criminal política [de Estados Unidos] contra nuestra Patria, calumniar, justificar el embargo, la asfixia económica y el aislamiento de nuestro pueblo”, lo cual equivale a “traición al servicio de una potencia extranjera”. Una burda patraña de cara al público doméstico, es decir, una coartada, dado que el gobierno cubano conoce perfectamente las reiteradas críticas al embargo por parte de la disidencia.

¿Por qué esta repentina escalada en la represión? ¿Por qué ahora, al inicio de una guerra, en vísperas de la posible sanción a Cuba en Ginebra por violación de los derechos humanos, y a una semana de abierta en La Habana la oficina de la Unión Europea para las negociaciones sobre el acuerdo de Cotonou? Y ¿por qué vincularla a la Oficina de Intereses norteamericana?

Precedente imprescindible de cualquier análisis es recordar que FC, en su soberbia, sólo reconoce un enemigo digno de él mismo: Estados Unidos de Norteamérica. Cualquier ejercicio de disidencia por parte de personas, instituciones e incluso gobiernos, tiene, por definición, que estar instigado y financiado por ese enemigo. En su profundo desprecio hacia los ciudadanos cubanos, incapaces de cualquier idea propia que contradiga las del líder, les otorga una sola prerrogativa: aplaudir. Dado que se postula la fórmula Fidel Castro = Socialismo = Patria, por carácter transitivo, disentir de FC es traicionar a la patria.

Que 11.000 cubanos perdieran el miedo y firmaran, hecho sin precedentes, el Proyecto Varela, una iniciativa de la disidencia para llevar a referendo popular cambios en la constitución cubana, fue un duro golpe para una dictadura monolítica. Desaparecía la noción de que la disidencia era cosa de grupúsculos insignificantes. Poco después, la gira de Oswaldo Payá por Europa y América, tras serle otorgado el premio Sajárov, abrió una nueva era en el reconocimiento internacional de la emergente sociedad civil cubana. Ante esa escalada de descrédito por contraste que significa el crédito a la oposición, se hacía necesario un escarmiento, una advertencia severa al pueblo cubano: Se ruega aplaudir en silencio.

La intimidación ha sido cuidadosamente orquestada. Antes de pasar a líderes importantes, como Marta Beatriz Roque o Elizardo Sánchez, y a figuras intelectuales de relieve, como Raúl Rivero, susceptibles de provocar movimientos internacionales de repulsa, empezaron por encarcelar a disidentes de base o de nivel intermedio, pretendiendo con ello disuadir a la población de ingresar en cualquier movimiento contestatario, y minar los cimientos de la sociedad civil. Un procedimiento que les ha servido también para ir catando las reacciones de la comunidad internacional.

Pero, ¿por qué ahora? La primera razón es que todas las miradas están fijas en Irak, y una redada de otro dictador no ocupará demasiado espacio en la prensa. Por añadidura, en medio de los movimientos universales de protesta, una operación que tenga como excusa el “injerencismo” norteamericano puede merecer la condescendencia de personas y grupos que, en otras circunstancias, elevarían su protesta.

En cuanto a sus efectos negativos sobre la posible sanción en Ginebra, FC sabe que en la Comisión de Derechos Humanos cuentan, más que los mismos derechos humanos, el cabildeo y los votos y, dada la correlación de fuerzas de la comisión actual, confía en salir indemne, haga lo que haga. El antinorteamericanismo que flota en el aire también puede soplar a su favor.

En el caso del acuerdo de Cotonou, si bien Cuba es “elegible”, su escasa voluntad de respetar los derechos humanos puede alejar los subsidios por tiempo indefinido. Y ha sido norma del señor Fidel Castro poner siempre las necesidades del pueblo cubano al servicio de su permanencia en el poder, amenazada ahora por la masificación de la disidencia. El sindicato Solidaridad en Polonia es una lección que él no olvida.

Según algunos analistas, el acercamiento del señor Cason a la disidencia cubana forma parte de un plan manipulado desde Washington con el propósito de crear un incidente diplomático, y así torpedear los intentos de flexibilizar el embargo por parte del Congreso. Si así fuera, no sería por ingenuidad que el mandatario cubano “ha caído en la trampa”. Se trataría de un acuerdo tácito entre Bush y Fidel Castro. Basta repasar todos los intentos de distensión, desde Kennedy hasta Clinton, pasando por Carter, para percatarse de que, invariablemente, la respuesta cubana ha sido provocar conflictos que restablezcan el estado de beligerancia perpetua. Así se mantiene vivo el mito de David frente a Goliat, que suscita la solidaridad internacional, y se delega en el imperio la culpabilidad por la desastrosa situación de la Isla.

Lo más curioso es que en la nota oficial donde se anuncian los arrestos no sólo se acusa al señor Cason de injerencia, sino que se clama por el destino de los cinco espías cubanos condenados en Estados Unidos como parte de la “Red Avispa”, que actuaba en el sur de La Florida —y es silenciado el caso de Ana Belén Montes, la espía a sueldo de Cuba instalada en el Pentágono—. Denuncia la nota el “cruel y despiadado trato a que están siendo sometidos”.

La amnesia selectiva del gobierno cubano es, por momentos, asombrosa. ¿No recuerda ya su extendido injerencismo en América Latina, cuando promovió, armó, entrenó y financió la lucha armada? ¿O las guerras de África que costaron la vida a miles de cubanos? ¿Ha olvidado que cada una de sus sedes diplomática es, hoy, un organismo de propaganda encargado de penetrar sindicatos, universidades y grupos políticos, así como crear y organizar grupos pro Cuba que, por lo general, ejercen una oposición activa a sus respectivos gobiernos? ¿Ha olvidado que esas prácticas se han materializado incluso en pogromos de corte fascista, como el que orquestaron en la Feria del Libro de Guadalajara contra la revista Letras Libres?

¿De qué “cruel y despiadado trato” se habla al referirse a quienes tuvieron todas las garantías procesales y los mejores abogados pagados por La Habana? ¿Qué garantías procesales disfrutarán los opositores detenidos ahora? Pueden esperar durante meses o años por la instrucción de cargos. Sus defensores a sueldo de la fiscalía estarán autorizados, apenas, para pedir clemencia. El gobierno de Cuba jamás admitiría que un país extranjero pagara su defensa, ni que la asumieran con total libertad abogados independientes. Estarán sometidos al arbitrio de sus carceleros en las durísimas condiciones de las prisiones cubanas. Y, por último, cumplirán íntegramente sus penas por delitos que, en cualquier lugar del mundo, son derechos.

Una vez más, el gobierno cubano se suscribe a la doble moral: exige libertad para sus espías en el exterior, mientras encarcela opositores pacíficos en casa. Exige garantías procesales en Estados Unidos que niega a sus condenados. Y llama injerencia a prácticas que, de ser ejercidas por funcionarios cubanos en el exterior, suele llamar “amistad con los pueblos”, u otro eufemismo.

Confiemos en que la opinión pública sea capaz de la visión estereoscópica: capaz de condenar al mismo tiempo los desmanes de Saddam y la guerra precipitada de Bush; el embargo norteamericano a Cuba, y el bloqueo interior a que están sometidos los cubanos.

 

“Se ruega aplaudir en silencio”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24 de marzo, 2003. http://arch1.cubaencuentro.com/sociedad/represionencuba/20030324/ 194ef900c4800a45e911627b6ef48eee/1.html.

 





Balseros aéreos

22 03 2003

El 24 de diciembre de 2000, dos adolescentes cubanos, Alberto Esteban Vázquez Rodríguez y Maikel Fonseca Almira, ambos estudiantes de la escuela militar Camilo Cienfuegos, sufrieron sobre el Océano Atlántico la Nochemala de sus recién iniciadas vidas. A la 01:02 de ese día, cuando el Boeing 777 de la aerolínea British Airways, que cumplía la ruta Habana-Londres, se detuvo en la cabecera de la pista del aeropuerto José Martí, esperando para su carrera de despegue, ambos jóvenes se introdujeron en el compartimiento del tren de aterrizaje, espacio sumamente reducido. Tras sortear la vigilancia, soportaron la velocidad del despegue, que llega a 320 kilómetros por hora, y eludieron ser aplastados por el tren al subir, cuyo mecanismo hidráulico alcanza las 200 atmósferas. A 2.000 metros comenzaron a sentir los efectos de la presión, que disminuía rápidamente. A diez kilómetros sobre el nivel del mar, a la escasa presión se unió la falta de oxígeno y una temperatura exterior de 50 grados bajo cero. Pocos seres humanos, aún bien equipados, resistirían atravesar el Atlántico en esas condiciones. El cuerpo de uno de los jóvenes fue hallado en un campo cercano al aeropuerto de Londres. El segundo, fue despedido sobre la misma pista. Los exámenes forenses concluyeron que ambos ya habían muerto antes de caer.

La televisión cubana culpó a la Ley de Ajuste, y en especial a Juan A. Rodríguez Jústiz, abuelo de Alberto, y residente en Estados Unidos, quien al mostrarles el “american way of life”, sembró en sus mentes la idea de esa fuga suicida. Ni una palabra sobre la crisis perpetua y la falta de expectativas que adolecen los ciudadanos de la Isla. Ese es, al parecer, un factor insustancial.

Alberto Esteban y Maikel no han sido los primeros, pero sí los últimos en intentar convertirse en balseros aéreos, casi siempre con dramáticos resultados.

La palabra “balsero” ya ha pasado al diccionario universal del siglo XX. Y cuando se pronuncia, indefectiblemente se piensa en Cuba. Desde 1959 a la fecha, cientos de miles de cubanos se han echado al mar en busca de una costa más acogedora. La avalancha del Mariel, o las imágenes escalofriantes de 1994, cuando los navegantes improvisados zarpaban en cuanta cosa flotara, acuden de inmediato a la memoria.

Pero hay un tipo de balsero —si por ello se entiende al interesado en alcanzar otras costas sorteando las trabas institucionales cubanas, y la reticencia de las embajadas extranjeras para conceder un visado— más sofisticado: el balsero aéreo.

Balseros aéreos son los (las) jinetera(o)s que consiguen su balsa matrimonial para emigrar —al respecto, recomiendo la página http://www.maensl.com/cuba/tramites_protocolo.htm, “Protocolo para casarse con una cubana / no (Paso a paso)”—. Balseros aéreos son los que conciertan matrimonios migratorios, pagaderos al contado. Los que han desviado aeronaves hacia aeropuertos “enemigos”. Los funcionarios que olvidaron el billete de regreso. Los que en cierta época aprovechaban la no exigencia de visado a los cubanos por parte de las autoridades suecas, y trocaron por nieve el sol inclemente de la Isla. Las decenas de miles que tras una visita familiar decidieron quedarse de visita para siempre. Y hasta ahora, todos los que conseguían un billete a cualquier sitio, siempre que hiciese escala en el aeropuerto de Barajas.

En 1999, 178 cubanos solicitaron asilo en el aeropuerto de Madrid. En 2000, se cuadruplicó la cifra, hasta 801. En 2001, unos 3.000 lograron quedarse en España por la misma vía. De las 3.273 solicitudes de asilo que tramitó el año pasado la comisaría de Barajas, el 90% fueron presentadas por cubanos en escala hacia Moscú, según estimaciones de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Sólo en los dos primeros meses de 2002, la cifra de embarajados ascendió a 709. 1.715 solicitudes de asilo desde septiembre hasta enero de 2002. El día 14 de marzo, 49 cubanos, llegados en dos vuelos, pidieron asilo, con lo que ascienden a 282 en una semana las peticiones de asilo, de los que 182 han logrado su «permiso de entrada», un documento que les permite ingresar en territorio español.

Como en su día la popularidad de Suecia, el boom Barajas responde a una grieta oportuna. Según un antiguo convenio entre la URSS y Cuba, los cubanos no necesitan un visado para viajar a Rusia, sólo una carta de invitación de un nativo de ese país. Por lo general se trata de rusas residentes en Cuba, casadas con cubanos que estudiaron allí, quienes invitan a todos cuantos deseen conocer la Plaza Roja, por 20 módicos dólares. Quien cobra a precio de bolsa roja es el Estado cubano: 100 dólares por legalizar la carta, 50 por el pasaporte y 150 por el permiso de salida (la conocida tarjeta blanca, que recuerda la carta de libertad que se otorgaba a los esclavos en el siglo XIX). Quienes aspiran a embarajarse, adquieren entonces un pasaje Habana-Madrid-Moscú-Madrid-Habana, y se quedan sin conocer la momia de Lenin, porque al trasbordar al vuelo de Aeroflot, solicitan asilo.

España, por lo general, no concede el asilo. La Dirección General de Asilo y Refugio, dependiente de la Delegación del Gobierno para la Extranjería, suele rechazar su petición —de acuerdo a las convenciones internacionales, carecen de pruebas que les permitan demostrar su condición de perseguidos—. En su lugar, se les otorga asilo humanitario, una figura contemplada por el artículo 25.4 de la Ley de Extranjería.

El estatuto de asilo humanitario, que abarca a personas cuyos países se hallan en una situación económica de emergencia, les da un plazo de 60 días para encontrar un trabajo y regularizar su situación. En caso contrario, deberán abandonar el país.

En la práctica, ni un solo cubano ha sido deportado. Aún así, este documento no les permite regularizar su situación, otorgándoles el derecho a vivir como ilegales o, en palabras del Colegio de Abogados de Madrid, “les dejan en una enorme indefensión”. Están introduciendo irregulares con el consentimiento del Ministerio del Interior”, señala Sebastián Sánchez, del turno de Extranjería del Colegio de Abogados de Madrid. Al no tener visado de residencia, los cubanos deberían solicitar exención de visado. Si se lo concedieran, en un mes tendrían que presentar una oferta de empleo, un certificado de que no hay trabajadores europeos o extranjeros residentes que solicitan ese empleo, y con ello solicitar permiso de residencia y trabajo. Para obtener sólo residencia, deberán tener una cuenta bancaria ascendente a unos 21.500 euros. Para todo ello disponen de tres meses. Si lo consiguen en un año es tiempo récord.

Una situación que podría estallar a mediano plazo. Por el limbo legal en que se encuentran los cubanos, y por las reacciones de otros colectivos de inmigrantes, quienes opinan que la discriminación positiva que se dispensa a los cubanos debería hacerse extensiva a inmigrantes de otros países. Yolanda Villavicencio, de la asociación colombiana Aesco, opina que “existe una utilización política, en el sentido de que los cubanos vienen de un país con un régimen no apreciado por el Gobierno español”. Por su parte, según el diario El País, al portavoz de la embajada de Cuba la avalancha de compatriotas no le preocupa. “Lo que está sucediendo es responsabilidad del Gobierno español”, concluye.

Se sospecha, aunque nadie sabe cuándo ni cómo, que el Ministerio del Interior implementará procedimientos extraordinarios para legalizar a esos inmigrantes. Los cubanos aún distan de ser una presencia importante en el país. Y, al parecer, España sigue interesada en que así sea. Lo cierto es que, como respuesta a la avalancha de balseros aéreos, el pasado día 15 activó un visado de tránsito que deberán solicitar en La Habana los presuntos visitantes de Lenin y otros cubanos que hagan escala en Madrid.

A los consulados cubanos sólo le interesan sus ciudadanos en el exterior cuando se trata de cobrarles una tasa consular. Como de costumbre, la culpa siempre la tiene otro. Ciertamente, la motivación fundamental de este éxodo es económica. No obstante, es el propio gobierno cubano quien marca a su emigración como política; aunque más tarde, una vez consumada, le exija autorreconocerse como una simple legión de espaldas mojadas. Basta ver el desprecio con que las autoridades consulares en Madrid se desentienden del destino de esa “escoria apátrida”, que sólo transitará a emigración cuando comience a enviar sus remesas en euros.

El gobierno español, que reconoce la situación excepcional en que viven los ciudadanos cubanos, así como los fuertes vínculos entre ambos pueblos, no está en condiciones de repatriar simplemente a quienes llegan a Barajas. Pero tampoco desea irritar a los mandatarios de la Isla—donde España es el segundo inversionista—ni suscitar una avalancha migratoria que podría incluso ser manipulada desde La Habana como un instrumento de disuasión política —no sería la primera vez—. De modo que aplica la política del sí, pero no. E instituye el visado de tránsito, posiblemente como un mecanismo para “filtrar” esa inmigración, sin verse obligada más tarde a repatriarla.

El destino de los hombres y mujeres cubanos es asunto exclusivamente nuestro. Ningún gobierno priorizará nuestros intereses, salvo que coincidan con los suyos. Y mucho menos, el gobierno que dice representarnos.

 

Balseros aéreos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22 de marzo, 2002. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2002/03/22/6951.html.

 





El país que sí existe

28 02 2003

En su reciente artículo Re-varelización, publicado en estas páginas, el escritor Néstor Díaz de Villegas consigue, en apenas dos páginas, descalificar el Proyecto Varela, la iniciativa opositora más publicitada desde la  invasión a Playa Girón; desplazar hacia el exilio el centro gravitatorio de la nación cubana, clamando incluso por la anexión de la Isla a su diáspora; y derogar, finalmente, a ese lugar llamado Cuba, «un país que ya no existe», en sus propias palabras. Sin dudas, Díaz de Villegas hace gala de un admirable poder de síntesis.
Sus argumentos contra el Proyecto Varela no son nuevos, pero sí se exponen mediante una batería de razones que suscita, cuando menos, el desconcierto. Ante todo, se refiere al proyecto como «un referendo que, dicho sea de paso, no se atreve a decir su nombre». Cuando queda claro desde el primer día que lo solicitado es, simplemente, un referendo —razón por la que el Gobierno cubano intentó responderlo con un simulacro de referendo.
Habla más adelante de «las falacias oficiales que ratifica», de lo que inmediatamente se infiere una referencia a la Constitución de 1976, en cuyo articulado se apoya el Proyecto, corroborado cuando más tarde el autor señala que «se acoge a una Constitución desvirtuada en principio». Este argumento ataca la gran virtud del PV, que es enfrentar al Gobierno a su propia Constitución, condenándolo a dar una respuesta inconstitucional, y demostrando así la ilegitimidad de unas autoridades que no respetan ni sus propias leyes. Es precisamente por eso que el Proyecto ha tenido en la Isla un importante respaldo, y por lo que ha suscitado la más desmedida reacción del Gobierno contra una iniciativa disidente. Aunque quizás no sea a esto a lo que alude Villegas, quien más adelante aclara que al mencionar «las falacias oficiales» se refiere a «esas mentiras que comparten distintos partidos y credos; interpretaciones y estimados donde los adversarios encuentran tema común; tópicos que ni los más radicales se atreverían a poner en duda. En el zoológico de cristal del PC (political correctness) disidentes y castristas se mueven cuidadosamente». Lo cual puede significar cualquier cosa. O nada.
A continuación arremete contra lo que supone una intención explícita del Proyecto: poner «nuestro destino (…) en manos de los cubanos de adentro». Vale aclarar que si bien la recogida de firmas se ha hecho adentro —inconstitucionalmente, el Gobierno cubano despoja a sus exiliados de derechos civiles—, no existe ningún punto del Proyecto que postergue a la diáspora respecto a los residentes en la Isla, o la margine de cara a una reconstrucción de la nación cubana. No obstante, Díaz de Villegas no se conforma con exigir para la diáspora una paridad de derechos y deberes con nuestros compatriotas del insilio. Argumenta, con los ejemplos de Martí y Varela, que «el centro de gravedad de la nación se ha desplazado muchas veces fuera de la Isla». Y que ambos «inventaron la nación cuando la nación no existía». Invoca «la capacidad creadora del exilio y su preeminencia en la creación de la nacionalidad». Desplaza hacia el exilio las soluciones económicas, políticas y sociales; asegura que la resistencia cívica no habría sido posible «sin que un grupo de cubanos precursores mantuviese vivos en el destierro los principios elementales de participación ciudadana». E incluso afirma que «algo de la decencia, del respeto, de la compasión, y hasta del patriotismo, que caracteriza a la disidencia interna, fue importado de Estados Unidos». Para concluir entonces que «en ese sentido (…) el Proyecto Varela es anexionista (…), aboga porque la Isla sea anexada finalmente a su Diáspora».
Lo anterior podría ser una desmesura si no fuera un despropósito.
En primer lugar, la nación cubana no es ni fue la invención intelectual de un par de próceres, por muy alto que fuera su magisterio. Como tampoco es (como él quisiera) obra del señor Fidel Castro. No es necesario recordarle a Néstor Díaz de Villegas la lenta cocción de Cuba como nación, cuyos ingredientes, salvo el casabe, han sido importados en su totalidad, y no sólo de Estados Unidos. Decir que el centro de gravedad cubano estuvo algún día a los pies de Varela o de Martí, en detrimento de millones de compatriotas de la Isla que fueron, en definitiva, los protagonistas de la guerra y las víctimas de la reconcentración, es tan desmedido como asegurar que desde el Moncada es FC el propietario de la gravitación cubana.
Asegurar la preeminencia de la diáspora en «la creación de la nacionalidad», equivale a desmeritar a los cubanos de la Isla. Mencionar «la capacidad creadora del exilio», sin acotar que han podido desarrollarla plenamente en una sociedad libre y democrática, en contraste con nuestros compatriotas, uncidos a 44 años de prohibiciones, es decir sólo media verdad. O lo que es lo mismo, media mentira.
Es cierto que el apoyo del exilio ha sido esencial para la disidencia interna, pero no es menos cierto que la valentía, las virtudes cívicas y la perseverancia de la disidencia, soportando años de represión, cárcel y acoso por parte de un Gobierno impune, merece que todo cubano digno se descubra, antes que reclamar una porción de la heroicidad ajena.
Ignoro si Díaz de Villegas ha tenido acceso a la partida de importación de productos tales como la decencia, el respeto, la compasión y el patriotismo; pero podría asegurarle, sin temor a errar, que ellos son ingredientes de la condición humana desde tiempos muy anteriores a las Trece Colonias. Rotularlos como Made in USA es tan absurdo como hacerle el juego al Gobierno cubano cuando sugiere que las lacras y vicios republicanos también fueron importados del mismo sitio. Ambos razonamientos son idénticos, complementarios.
Y volviendo al terreno de las coincidencias, se trasluce del artículo una alarmante sintonía con las acusaciones que La Habana ha arrojado contra el Proyecto Valera. Ambos niegan representatividad a la iniciativa: Villegas porque no representa al exilio, el Gobierno porque no representa al «pueblo» cuya voz el propio Gobierno usurpa. Ambos lo deslegitiman, uno porque «se acoge a una Constitución desvirtuada en principio», y los otros por atreverse a invocar como ciudadanos una Constitución que es propiedad privada del Gobierno. Ambos, en fin, lo consideran anexionista. Y más allá: cuando Díaz de Villegas asegura que «muchas de nuestras virtudes civiles no hicieron más que retornar, con la emigración del 59, al lugar de donde habían salido», no hace sino contrapuntear el discurso oficial cubano, harto de vociferar que al exilio se llevaron como equipaje nuestros vicios nacionales. Que se vaya la escoria.
Si estuviera en el lugar de Néstor Díaz de Villegas, me sentiría preocupado ante tantas coincidencias.
Es cierto, como se afirma en el artículo, que la realidad de esta Cuba múltiple y dispersa en que habitamos nos impone la noción de una nueva geografía, que los conceptos del «adentro» y el «afuera» han sido alimentados por un antiimperialismo barato y por un nacionalismo enfermizo, pero también, diría yo, por una respuesta equivalente de cierto exilio fundamentalista y/o interesado, que ya no es, por fortuna, mayoritario, guardián de la pureza de la Cuba conservada en el formol de la memoria, y satanizador de todo aquello que proceda del «adentro».
Se impone una geografía espiritual donde el adentro se encuentre en las coordenadas de todos y cada uno de los cubanos dispuestos al empeño de la reconstrucción nacional, de una Cuba plural y democrática, la Cuba que nos debemos a nosotros mismos.
Afirmar que el exilio es hoy el motor de la economía cubana me resulta, aun sin soslayar su enorme peso, excesivo. Pero aun cuando así fuera, me repugna blandir como un arma arrojadiza nuestra propia generosidad, y arrojarla a la cara de los familiares y amigos a quienes ayudamos a sobrevivir, y no al Gobierno cubano, aunque éste se beneficie de las remesas, como si cobrara rescate por sus ciudadanos-rehenes, una suerte de impuesto al amor.
Tampoco es el exilio «la parte del país que representa hoy a la mayoría silenciosa, sin voz ni voto dentro la Isla». Pretender usurpar la voz de esa mayoría sin voz, no se corresponde con la realidad, por varias razones. Primero: entre nuestras preocupaciones cotidianas sólo una parte se refieren a la realidad de Cuba; el resto las dedicamos a las sociedades donde vivimos, en contraste con los ciudadanos de la Isla, inmersos en una circunstancia claustrofóbica, enajenante. Segundo: Por el contrario que los cubanos residentes en el país, incapacitados para desentenderse de su circunstancia, nosotros podemos vivir al margen de esa realidad, sin ni siquiera enterarnos de lo que ocurre allí; de hecho, no es difícil encontrar cubanos de nacimiento que son hoy suecos, españoles o norteamericanos adoptivos; lo cual, desde luego, no constituye un juicio peyorativo. Y tercero, incluso con la mejor voluntad, resulta difícil acercarse con exactitud a una experiencia cotidiana que no se vive, mucho menos usurpar el silencio de quienes la padecen cada día.
Decir, por último, que el PV habla «en nombre de un país que ya no existe» no sólo es incierto, sino profundamente irrespetuoso hacia nuestros compatriotas de la Isla. No existe ya, sin dudas, el país que Néstor Díaz de Villegas abandonó. No existe la Cuba que yo dejé atrás hace ocho años. Pero existe una Cuba que sufre y espera, una Cuba que ya empieza a dar signos de cambio; una Cuba que merece nuestro apoyo y nuestra solidaridad. Y esa Cuba tendrá la responsabilidad de construir un nuevo país donde quepamos todos. Negarlo hoy es hacerle el juego al Gobierno, que atemoriza a sus ciudadanos con el «coco» del exilio, con los que desembarcarán como triunfadores para apoderarse de la Isla. Si queremos un futuro digno para ese país, no podrá ser jamás negándolo, ninguneando a once millones de cubanos, derogando casi medio siglo de sufrimientos. Decir que Cuba no existe, equivale a abolir su futuro, porque como denuncian las encuestas, apenas la cuarta parte de los cubanos que vivimos fuera de la Isla estaríamos dispuestos a regresar. Se produciría el contrasentido de que un país que no existe, cuya dignidad, patriotismo y decencia, cuya voz radican en otros territorios, está obligado a construir el porvenir partiendo de su propia nulidad.
Decidir desde la página que Cuba no existe, no surtirá, por suerte, mayor efecto que los desesperados intentos del señor Fidel Castro durante medio siglo: Convertir un país dinámico y vital, en la nada absoluta. Cuba encontrará, sin dudas, su propia gravitación, donde todos los cubanos tengamos peso y destino.





Inauguraciones

2 12 2002

Es sabido que en nuestro mundo y, en especial, esa parte del mundo correspondiente al planeta académico, bastan cinco novelas para declarar inaugurado un movimiento literario, la coartada perfecta para que se desate una epidemia de tesis doctorales, artículos y ensayos, que con no poca frecuencia arrojan sobre el sufrido lector una cascada de palabras mucho más caudalosa que las novelas originales. Claro que explicar una novela requiere más palabras que escribirla.

No es raro que Mariano Azuela, Agustín Yánez y el tardío Carlos Fuentes hayan propiciado una abundante ensayística sobre la novela de la Revolución Mexicana. Tampoco lo es que baste un Serguei Eisenstein para mencionar el legado fílmico de la Revolución Rusa, o que la Guerra Civil Española arroje un saldo literario torrencial, donde flotan no pocas páginas salvables. Ni es raro que, hasta donde conozco, sólo un volumen, “La Novela de la Revolución Cubana”, de Rogelio Rodríguez Coronel, se haya ocupado de un fenómeno que no existe. A menos que acudamos al “perfil ancho” de incluir bajo ese rótulo toda la novelística escrita desde 1959 a la fecha. Un  mercadillo literario donde se amontonarían en promiscuidad temática y estilística Paradiso, Los pasos perdidos, La última mujer y el próximo combate, y Tuyo es el reino, por ejemplo.

Si entendemos como “revolución” el período de lucha insurreccional que va desde fines de 1956 hasta inicios de 1959, sólo podremos hallar en la literatura cubana retazos de la historia como referente literario en volúmenes de cuentos (Los años duros de Jesús Díaz, por ejemplo), novelas (La Consagración de la Primavera de Alejo Carpentier) y, eso sí, infinitos artículos que rememoran, una y otra vez, las gestas de aquel período. Nuestros más memorables autores han eludido reiteradamente el tema como epicentro narrativo. Las razones pueden ser muy diversas: la brevísima sublimación del testimonio a mitología, difícilmente manipulable como materia narrativa a riesgo de incurrir en herejía; la naturaleza frecuentemente contestataria o, al menos, desacralizadora,  de la literatura; la precoz convocatoria a la literatura cubana de los 60 para asumir una función pedagógica, etc., etc.

Lo cierto es que Froilán Escobar, con Largo viaje de ceniza (Ed. La Buganville, 2001) incurre en una novela inaugural entre nosotros. Paradójicamente inaugural, diría yo, y es algo sobre lo que me extenderé más adelante.

Autor de larga y sólida obra —Martí a flor de labios (1991), El monte en el sombrero, (1986, 1991), Ana y sus estrella de olor (1994), El cartero trae el domingo (1995), y El patio donde quedaba el mundo (1997), entre otras— Froilán Escobar ejerció el periodismo en Cuba desde los 60 hasta inicios de los 90. Su última década ha discurrido en San José de Costa Rica.  Oriundo de la suave orografía de San Antonio de los Baños, al sur de La Habana, entabló amistad con los abruptos paisajes de la Sierra Maestra a principios de los 60, cuando escaló el Pico Turquino, la elevación más alta de la Isla, convirtiéndose en uno de los jóvenes “Cincopicos”, experiencia formativa que se insertaba en la épica de aquellos tiempos. Quizás durante sus persecuciones a la cima, Froilán entrevió lo que sería el escenario de esta novela. Más tarde tuvo tiempo de conocerlo a fondo, siguiendo el rastro del Che Guevara durante la guerra, lo que concluiría en los libros El Che en la Sierra Maestra (1973) y Che Sierra adentro (1988, 1997). Materias recurrentes en Froilán, porque desde entonces, la figura del Che y el mundo de la Sierra Maestra aparecen una y otra vez en su obra, desde la más directamente testimonial y periodística (en el mejor sentido de la palabra) —El año que estuvimos en ninguna parte (1994), en colaboración con Félix Guerra y Paco Ignacio Taibo II—, hasta la puramente narrativa  —La vieja que vuela (1993, 1997)—. De modo que Largo viaje de ceniza es, entre otras cosas, la concurrencia de varias obsesiones.  Novela que se nutre de sus indagaciones periodísticas en la historia, y de su conocimiento empírico del escenario y los personajes que lo pueblan, es mucho más que eso.

Novela inaugural, decía al principio, porque centra su historia en los primeros tiempos de la guerrilla liderada por Fidel Castro, muy lejos de alcanzar aún el poder. Un reducido grupo de hombres que, a pesar de su primera victoria al tomar el pequeño cuartel de La Plata, se concentraba en  sobrevivir a los bombardeos y las columnas de soldados enviadas en su persecución. Y es en este momento tan vulnerable —como más tarde corroborarían varias experiencias guerrilleras latinoamericanas—cuando se produce la traición de Eutimio Guerra, guía de la guerrilla y confidente del ejército. Y es esa traición, que concluirá en la novela y en la realidad con la muerte del traidor, la médula argumental de la obra.

Así este libro, no sólo inaugura una novelística de la épica revolucionaria, sino que asiste al nacimiento de un período de la historia cubana que se extendería  hasta nuestros días. Decía antes que se trata de una obra paradójicamente inaugural, y es por varias razones.

Si la narrativa internacional se nos vuelve cada vez más anecdótica y cinematográfica (Hollywood y el best seller mandan, dictando una literatura “amable”), la narrativa cubana de los noventa ha sido signada por la que posiblemente sea la crisis más extensa y profunda de la historia insular: una depresión económica que bordea el colapso, el desmoronamiento de todas las alianzas internacionales, la caducidad del sueño compartido y una profunda crisis de valores. En ese contexto se potencian una literatura intimista, en franca huida; una literatura urbana y beligerante, dolorosa como acta forense, que llega en sus extremos a un “realismo sucio” de serie B, o el renacer de la novela negra inevitablemente crítica. Y justo entonces, contra todas las ”modas” aparece Largo viaje de ceniza, retrotrayéndonos a la epopeya,

Si nos referimos a lo puramente argumental, contra el uso, que es fraguar una dramaturgia intrigante, este libro nos entrega desde el inicio las claves del traidor. Más aún, dada la extenuación que su materia narrativa ha sufrido por las reiteraciones en el periodismo conmemorativo, el discurso político y la historia oficial, poco de nuevo puede ofrecernos el autor. Lo más novedoso: el conocimiento que Crescencio Pérez tenía de la traición en curso, demostrando que tras el “traidor oficial” hubo un mercado paralelo de traidores que jugaban con las dos barajas. De cualquier modo, que el Che robe comida o tenga sueños eróticos, que los héroes sientan miedo o les tiemble la fe, no es suficiente para hablar de una verdadera revelación en el orden argumental. La presentación en la Feria del Libro de La Habana de este libro escrito en Costa Rica y publicado en España es quizás la prueba más fehaciente de que sus transgresiones no inquietan ni siquiera a las autoridades cubanas, tan susceptibles en asuntos de historia sagrada. Aunque  tampoco ven con agrado sus concesiones a la verdad histórica a costa de la “verdad oficial”, de modo que un profundo silencio en los medios oficiales cubanos acogió este libro que, por muchas razones, merecía comentarios de peso.

¿Dónde reside entonces el encanto de esta novela que no deshilvana un misterio, ofrece una historia sabida, y ni siquiera nos propone un “cómo” de esta muerte anunciada? Lo único que nos arrastra página tras página es el lenguaje.  Y es en esta otra dimensión donde el libro cobra su verdadera estatura.

Heredero de la literatura testimonial latinoamericana que el propio Froilán ha cultivado, este libro no se conforma con transcribir, literaturizándola, el habla popular. El narrador de la historia,  Orestes Oreja, no es, por el contrario que la mayoría de los protagonistas, un personaje histórico. Orestes Oreja es la voz, o la voz de voces que condensa y transcribe la experiencia de la realidad a través de la experiencia del lenguaje. Su continuo empleo de la segunda persona confiere al discurso un carácter  íntimo, susurrante, donde los grandes acontecimientos se cuentan sotto voce al arrimo de una taza de café, o del fogón que entibia los crudos amaneceres de la Sierra. Al no declamar de cara a la galería, Orestes se permite direccionar su discurso a un interlocutor invisible, al ubicuo Che Guevara, que bien podría responderle desde el otro lado de la muerte, e incluso a Samuel Beckett, en los entornos de una intimidad imposible —no pocos artesanos del testimonio puro se rasgarán las vestiduras—, es decir, en el centro mismo de la veracidad poética. Y es por esa razón que Orestes Oreja puede asumir su propia voz, que no es una transcripción  ni una estilización de los modos coloquiales escuchados por el autor en la Sierra. Es más que eso. Froilán Escobar dota a su Orestes de un lenguaje intransferible, hecho a la medida de un personaje que tuvo dos madres, que  conoce íntimamente a los gemelos Alberiñán y Alberizún, las dos caras de una realidad que nunca es unilateral, y escucha continuamente los augurios del pájaro de la bruja.

Y si la realidad narrada no se aparta drásticamente de la realidad ya canonizada por medio siglo de historia oficial, el lenguaje, en cambio, es dinamitado y reconstruido a la medida de su locutor.  En el orden léxico, no escasean términos como “estrangulazo”, “maravillosidades”, “imponencia” o “las rivereantes aguas, las yentes y vinientes aguas”;  el “bajante y subiente” miedo.  Pero ello no es suficiente. La poética de Orestes Oreja instala en nuestra memoria con lujo de detalles incluso lo que no cuenta, o lo que apenas anota:

Hasta las nubes corrían huidas  para arriba de Caracas. Los pájaros muchos, ni se oían barullando. Los arroyos, hubiera  jurado que andaban en la puntica de los pies, atajando cualquier murmullo de ruido que hubiese. Incluso vi pasar a un pájaro carpintero que volaba con la proa fuera del aire, por no cascar los silencios.

O esa compacta y eficaz descripción de la huida:

Solté la mochila allí mismo. Hubiera querido soltar también la camisa, el pelo, que me frenaban. Soltar, incluso, el cualquier pensamiento, para andar más ligero.

Y por si no fuera suficiente, la recomposición del idioma alcanza, y tiene su efecto más perdurable, en el orden morfológico y sintáctico, como acertadamente apunta Carlos Manuel Villalobos. Unas pautas del idioma que quedan definidas desde las primeras páginas:

La muerte aniquila cualquier  oír hubiente o viniente. Y lo peor: me cuesta luego echar el habla. Digo palabras que son sin lomas, sin árboles, sin pájaros, que son sin gente dentro. Echo aire, pero sin las letras del sonido: sólo soplo salido para alante, sin que pueda verse ninguna cosa dicha. Por más que toque una hoja no la pronuncio en trocito de palabra.

De ese modo, Largo viaje de ceniza obra  como un revulsivo de los peores estereotipos de la literatura testimonial, consagrando una libertad de lenguaje y construcción sintáctica que se remonta al cannon barroco, al Martí de los textos más intrincados y boscosos, a la tradición délfica de Lezama.

Un texto paradójicamente inaugural que estrena un tema viejo, manoseado por el periodismo más ornamental; un texto que apela sin sorpresas a ese tema pero, al mismo tiempo, lo echa a volar gracias al cómo se cuenta y no al qué. Un texto, en suma, que apela al oído del lector y consigue otorgar un protagonismo al idioma, tan apreciado por raro en la literatura que corre. Un texto que nos descubre un espacio inédito de la historia y, al mismo tiempo, nos lega un hambre, una carencia que algún día la literatura cubana (o la del propio Froilán Escobar) se encargará de saciar: la recuperación literaria, y verdaderamente polifónica, contradictoria y convulsa, de la prehistoria de nuestro tiempo.

 

Inauguraciones, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena letra, n.° 26/27, otoño/invierno, 2002/03, pp. 324-327. (Escobar Froilán; Largo viaje de ceniza; Ed. La Buganville,Barcelona, 2001, 188 pp.).

 





La carga de los seiscientos

11 11 2002

Como en la conocida película, una carga se avecina. En este caso sobre Guadalajara, México. Está prevista para el 30 de noviembre y concluirá el 8 de diciembre, con motivo de la XVI Feria Internacional del Libro (FIL), donde este año es Cuba el país invitado. Y no se trata de lanceros de Bengala, sino de la más nutrida delegación artística que la Isla haya llevado a evento alguno.

Cuarenta y cinco casas editoriales cubanas presentarán, según se anuncia, 2.500 títulos. Presidida por el ministro de cultura, Abel Prieto, y otros funcionarios de la esfera artística, entre ellos, Iroel Sánchez, presidente del Instituto Cubano del Libro, y Francisco López Sacha, por la Unión de Escritores (UNEAC); en la delegación se incluyen escritores como Abilio Estévez, Antón Arrufat, Nancy Morejón, Senel Paz, Lisandro Otero, Miguel Barnet, y Ernesto Santana. Cintio Vitier recibirá allí el Premio «Juan Rulfo», y tanto Eusebio Leal como Roberto Fernández Retamar, serán homenajeados. Entre las actividades programadas se anuncia un taller literario a cargo de Eduardo Heras León y Orlando Luis Pardo.

A los escritores, cuya presencia en una Feria del Libro es habitual, se suman en esta ocasión el Ballet Nacional de Cuba, la Orquesta del Cabaret Tropicana, Amaury Pérez, César Portillo de la Luz, Frank Fernández, Gonzalo Romero, Vicente Feliú, Compay Segundo y Omara Portuondo, todos los integrantes de Buena Vista Social Club, Los Van Van, Issac Delgado, Silvio Rodríguez, Leo Brouwer (quien dirigirá a la Filarmónica de Guadalajara), Beatriz Márquez, Síntesis, Los Papines, etc. Además, cuatro exposiciones de arte cubano en el Museo de las Artes de Guadalajara y de Zapopán, así como muestras de “fotografía épica” y contemporánea. De ahí que la delegación ascienda a 620 personas. Menos Pedro Luis Ferrer y Raúl Rivero, parece que acudirá todo el mundo.

No es raro que Abel Prieto, al referirse a la delegación, afirmara que »va a ser tan aplastante que ninguna provocación va a lograr absolutamente nada», en respuesta a los periodistas que se interesaron por la posible presencia en Guadalajara de “activismo anticastrista”. Según el ministro, esa eventualidad sería apenas »un esfuerzo patético» »ensombrecido» por la misión oficial cubana.

Una novedad en esta delegación, además de su heterogeneidad y número, es la presencia de escritores cubanos de la diáspora: Mayra Montero, periodista y novelista residente en Puerto Rico; Nelson Valdés, profesor de la Universidad de New México, y la narradora Sonia Rivera, residente en NY, quien obtuviera el premio Casa de las Américas en 1997.

Abel Prieto ha explicado que no se trata de una política puntual diseñada para la FIL de Guadalajara, sino “una muestra de nuestra política hacia los autores emigrados, seria, bien concebida”. Y se extendió sobre el tema, comentando que desde los 80 se publican en Cuba obras de autores exiliados —casi invariablemente post mortem, le faltó aclarar—; que el éxodo de creadores cubanos se ha detenido hace dos o tres años, y que »en ningún momento hemos politizado este hecho», ya que la madurez de la política cubana les permite hoy “separar (…) el aporte creativo de un escritor de su posición política”. Si a eso sumamos su afirmación de que »hoy en Cuba conocemos mejor lo que hacen en términos culturales los emigrados que en cualquier otro país del mundo”, se desprende que las autoridades de la Isla conocen la obra de Guillermo Cabrera Infante (Premio Cervantes), de Jesús Díaz, Zoe Valdés, Rafael Rojas, Eliseo Alberto Diego y un largo etcétera, y que de ahora en adelante serán difundidos, publicados y reconocidos dentro del país, como parte indisoluble de la cultura cubana. Y sospechamos que ese derecho a la diferencia alcanzará a creadores que residen en las catacumbas culturales cubanas, como Raúl Rivero. Sin dudas, una grata noticia.

Claro que asumir la producción cultural cubana que se hace fuera de la Isla tiene sus matices. El ministro subrayaba que el balance de la FIL de Guadalajara será “aplastante a favor de la verdadera cultura cubana». De donde se desprende que hay una “falsa” cultura cubana.

Ciertamente, desde fines de los 80, y comenzando por toda una generación de artistas plásticos, la Unión de Escritores no ha puesto obstáculos al exilio de un nutrido grupo de creadores cubanos. Aunque no es menos cierto que periódicamente esos creadores están obligados a renovar su “permiso de salida”. Renovación condicionada por su discreción política. Declaraciones heréticas o políticamente incorrectas, provocan su cancelación, y el trasgresor es convertido en exiliado definitivo, que deberá solicitar un visado para visitar por 21 días su país de origen. Si se le concede, ya que se sigue negando a los más desobedientes, incluso en circunstancias tan dramáticas como la muerte de familiares muy cercanos.

En otro momento, el ministro de cultura Abel Prieto aseguraba que “el tema migratorio ha sido muy manipulado políticamente, no por nosotros, desde fuera, y se ha asociado con una especie de disidencia política la decisión de vivir fuera de Cuba. Se ha manejado eso en términos de imagen». Si ello es cierto, si no hay razones políticas, porque la disidencia es apenas un invento de la manipulación externa, confiamos en que en breve se devuelva a dos millones de cubanos el derecho a visitar libremente el país donde nacieron, así como a regresar si les place, derecho que disfruta cualquier emigrante de este planeta. No creo que “desde afuera”, es decir, Estados Unidos, México o España, por citar algunos países donde la emigración cubana es numerosa, se opongan a ello. Sería una prueba irrebatible de que “desde adentro” ha cambiado la óptica hacia la diáspora.

Otro de los aspectos sobre los que más hincapié se ha hecho, quizás para distraer las sospechas que suscita la desmesura sin precedentes de la delegación, es que a México »no vamos a hacer propaganda política, vamos a llevar un fuerte mensaje cultural». (Abel Prieto).

Y no son sospechas gratuitas. Bastan algunos datos. Primero: la participación de Cuba en ferias del libro fuera de la Isla siempre ha sido discreta, por no decir mínima. Cabría pensar que la magnitud de la delegación se debe a la generosidad de los anfitriones mexicanos, pero ya la directora ejecutiva de la Feria, María Luisa Armendáriz, se ha encargado de explicar que “financieramente, costear una participación como la cubana es algo impensable, de no existir una voluntad mutua para lograrlo”. Aclarando de paso a los contribuyentes mexicanos que su dinero no se ha empleado en costear la mega expedición cubana. De ello se desprende que Cuba ha hecho un fuerte desembolso, a pesar de que el país se encuentra hoy en bancarrota, sometido a varios meses de sequía petrolera por falta de pagos; en el peor momento en su industria turística y tras echar el cierre a la mitad de su industria azucarera. A eso debemos sumar que las relaciones con México pasan por sus horas más bajas desde hace meses. ¿Por qué entonces este costoso despliegue?

Ante todo, jamás ha hecho Cuba un despliegue cultural de esta envergadura (no así deportivo) por razones estrictamente culturales. En segundo lugar, basta leer la prensa para detectar que el diferendo con México se ha convertido en una batalla por serrucharle el piso al Secretario de Exteriores, Jorge Castañeda —algo que viene desde “La utopía desarmada” y “La vida en rojo”, donde el propio Fidel Castro aparece como el artífice calculado del martirologio guevariano—, y que para ello se ha convocado a todos los sectores mexicanos afines al fidelcastrismo. Dado que los políticos cubanos saben que las conferencias de algunos escritores no tienen, ni lejanamente, el poder de convocatoria de un puñado de orquestas y trovadores emblemáticos, han montado una operación de marketing cultural-político, cuyo propósito es renovar y reverdecer el movimiento pro-Cuba (léase anti-Castañeda) en ciertos sectores de la sociedad mexicana, bastante alicaído últimamente.

No dudo que para el hombre de la cultura Abel Prieto, este sea un acontecimiento triunfal en el orden puramente cultural; como seguramente lo es para muchos de los artistas y escritores invitados; pero el político Abel Prieto debería saber que la ingenuidad está en vías de extinción.

 

“La carga de los seiscientos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 11 de noviembre, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/11/11/10658.html.

 





Islas

30 10 2002

Circula en Internet un chiste sobre cierta  organización norteamericana que pretendió celebrar un debate sobre la escasez de alimentos en el resto del mundo. Pero fue imposible. Cuba no sabía qué significaba “debate”. Europa ignoraba qué quería decir “escasez”. África no logró descifrar el término “alimentos”. Y Estados Unidos decidió contratar a un grupo de especialistas para que le explicaran qué era “el resto del mundo”.

Como si pretendiera corroborarlo, el pasado 11 de octubre, el presidente norteamericano George Bush se  asombró públicamente del “odio” hacia Norteamérica que percibía en los países árabes. Nadie podría afirmar que ese “odio” es generalizado, pero sin dudas existe. Y una parte se debe al sentimiento de frustración colectiva en los países islámicos. Abatidos por la miseria o subvencionados por los petrodólares que no se han traducido en mayores índices de desarrollo, sienten que están perdiendo el tren de la modernidad. Y la respuesta ha sido una mirada nostálgica a la pasada grandeza, o la celebración de la parálisis histórica. Occidente es el chivo expiatorio, porque, salvo excepciones, los ideólogos islámicos se muestran incapaces de enfrentarse críticamente a sus propias responsabilidades. Aunque otra parte de ese “odio” al que Bush se refería, ha sido ganado en buena lid, gracias al apoyo irrestricto a Israel; el empecinado embargo a Irak, que afecta sobre todo a los civiles; las políticas miopes e interesadas ante los conflictos de esas naciones; y su alianza estratégica con los poderes más retrógrados y corruptos del Islam que, es su afán por mantener fueros medievales y exportar la interpretación torcida que los sustenta, tampoco están interesados en entender qué significa “el resto del mundo”, salvo que se trate de adquirir yates high tech o invertir sus obscenas ganancias en paraísos fiscales. Aunque sería más exacto afirmar que el primer interés de los petrojeques no es excluirse a si mismos, sino evitar que una información clara y transparente sobre “el resto del mundo” contamine a sus súbditos. De ahí que Al Yazira, “La Isla”, a la que se ha llamado la CNN árabe, creada originalmente por el Servicio Mundial de la BBC con la cooperación de Orbit, del gobierno saudí, entrara rápidamente en conflicto con los washabitas cuando éstos intentaron censurar un programa sobre la casa real saudí.

En 1996, el emir de Qatar contrató al equipo de periodistas árabes entrenados por la BBC, y les ofreció cinco años de financiación e independencia de criterio;  al cabo de los cuales, este canal de noticias y documentales que lo mismo entrevista a miembros de Hamás que a portavoces israelíes, o debate feminismo e Islam en una mesa redonda, tiene una audiencia estimada de 35-40 millones de personas en todos los países de la región, y entre los árabes que han emigrado a Occidente. Una Isla de información seria en un entorno donde la libertad de prensa no es precisamente lo que sobra.

Acusada primero  por Estados Unidos de ser el altavoz publicitario de Bin Laden, Yosri Youda, director editorial de Al Yazira en Londres, respondió que tenían la suerte de ser los únicos en Kabul, como la CNN tuvo la suerte de ser la única cadena en Damasco cuando la Guerra del Golfo. Y ello no presuponía una complicidad de la CNN con Sadan Hussein.

Claro que la objetividad es siempre relativa. Si observamos sus transmisiones sobre el conflicto, veremos que sin dar la espalda al “resto del mundo”, el peso de la información está condicionada por su público, por su Isla particular de telespectadores, que acceden inmediatamente a lo que los medios norteamericanos han decidido silenciar o atenuar: el efecto en tierra de los bombardeos, los “daños colaterales”, la población hambreada que huye despavorida, las protestas en diferentes países. Incluso la administración norteamericana, que hasta ahora había hecho hincapié en facturar una visión de la guerra de cara a sus electores, ha comprendido la necesidad de dirigirse a ese “resto del mundo” directamente involucrado: los países islámicos. De modo que durante los últimos quince días Hefez al Mirazi, delegado de Al Yazira en Estados Unidos, ha sufrido un verdadero acoso de políticos norteamericanos deseosos de dirigirse al público árabe: Colin Powel, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld ya han ofrecido a través de La Isla su versión de los hechos.

En sentido contrario, el público norteamericano continúa recibiendo una cuidadosa selección de los acontecimientos, y difícilmente las grandes cadenas de la nación  admitirían –tras la concertación de un pacto de prudencia y silencio con el gobierno–  transmitir entrevistas equivalentes a bin Laden o al mulá Omar.

Como en tiempos de paz, las palabras son armas. Sólo que en tiempos de guerra se insulariza  la “libertad de información”, y los ciudadanos comienzan a recibir la parcela de la verdad que se considera adecuada: imágenes asépticas de la guerra tomadas por los satélites, blancos abatidos con exactitud milimétrica, tropas dispuestas al combate.  Es entonces cuando la información se acerca peligrosamente a la propaganda, según un modelo que los cubanos conocemos bien. Porque la prensa totalitaria se adapta mejor a los intereses castrenses (no es una errata, aunque también).

En el caso de Cuba, a la insularidad geográfica, se añade la insularidad de la información sobre este conflicto, eximiendo a los lectores de todo “efecto colateral”.  Los titulares de un solo día, por ejemplo, recitan:

“Bombardeos calificados de carnicería en localidad afgana.”

“Se multiplican en todo el mundo las manifestaciones contra la guerra”.

“Pide comisionada de Derechos Humanos de la ONU cese de los bombardeos”.

“Ulemas afganos llaman a la guerra santa”.

“Anuncia Bush la supuesta neutralización de la red Al Qaeda”.

“Mito y realidad de las Fuerzas Especiales de EE.UU”.

Conclusión: Ante el repudio universal, Estados Unidos masacra al pueblo afgano, que se defiende con valentía, haciendo “supuesta” la neutralización de la red (sólo “red”, como Internet, no red terrorista) Al Qaeda; cosa que está en veremos, dado que las Fuerzas Especiales norteamericanas son más mito que realidad.

Y aunque en una mesa redonda se admite “que 36 países han ofrecido medios militares a Estados Unidos, otros 46 dan ayuda adicional, 23 derecho a aterrizaje de naves aéreas y 23 instalaciones de alojamiento para personal de guerra norteamericano”, algo que no juega muy bien con el “rechazo universal”; se escamotea el respaldo de Rusia o China, el apoyo de Arafat y de la conferencia de países árabes a Norteamérica, o la tácita confesión de bin Laden y su intención de multiplicar masacres como la de NY. Se escandaliza la prensa cubana, eso sí, de la censura impuesta a la prensa en Estados Unidos, y de los amplios poderes concedidos al FBI, “una práctica muy peligrosa por cuanto se aprueban leyes y enmiendas que no se leen ni se discuten, todo con el pretexto de la situación excepcional que vive el país”. Algo así como el aura diciéndole pescuecipelao al guanajo.

Muchas cosas nos demuestra esta guerra, y una de ellas es que el planeta no es tan global como parecía. Empezando por la verdad, corregida y editada a la medida de los intereses de cada cual, insularizada hasta el punto de que bien podríamos sutituir la tan cacareada “aldea global” por el “archipiélago global”, donde habitamos los robinsones de la verdad mediática, que es tan fácil confundir  a veces con la verdad a medias.

 

 





La economía de la Buena Pipa

2 10 2002

Durante el recién concluido congreso de la Asociación de Economistas de América Latina y el Caribe, celebrado en la Habana, al parecer se habló de categorías económicas tales como el egoísmo y el desprendimiento; la pésima distribución global; la indebida apropiación social de los bienes que produce el hombre y aun de aquellos que concede la madre naturaleza. Como resultado, la duplicación de los índices de pobreza en América Latina en apenas veinte años.

Muchos de los participantes, no sin razón, están contra la tesis de que automáticamente «el aumento en la producción de las riquezas eliminará la pobreza». Y aseguran que la espiral de concentración de la riqueza puede afectar incluso a los sectores más pudientes.

Es cierto, sin dudas, que las cifras de distribución mundial, y los desequilibrios de los índices más elementales entre sectores, países y regiones, son francamente alarmantes; en términos globales su tendencia no es precisamente a la baja. Mientras las cifras del hambre son pavorosas en grandes regiones del sur, en especial en el África Subsahariana. Y es cierto que los daños ecológicos, la migración desenfrenada y los estallidos sociales, saltarán muros y fronteras, desde las chabolas a las mansiones.

Contra lo argumentado por representantes de organismos financieros internacionales al hablar de «perdedores predestinados» por el proceso de globalización, se pronunciaron algunos participantes, en especial los delegados cubanos. Partiendo de que existen los recursos, y bastaría repartirlos equitativamente, su solución es suprimir el egoísmo dictado por las relaciones capitalistas; potenciar la conciencia sobre el primitivo egoísmo y cambiar el mundo a favor de «la ética, la cordura y la planificación». Aunque sus gestores admiten que se les podría tildar de «románticos extemporáneos».

El propio señor Fidel Castro no sólo clamó contra la globalización y el ALCA como presuntos instrumentos neocoloniales que acentuarán la pobreza, sino que se refirió a «la batalla de ideas» como «la defensa de la verdad contra la mentira», una ideología tan elástica y universal que se viene empleando desde los más antiguos textos conocidos. Como conclusión, dictaminó «que hay una crisis insostenible». «Es insostenible el sistema» (capitalista).

Lo único que no explican los economistas reunidos es cómo se va a operar esta mutación global que nos permita desembocar en la felicidad universal.

Elena Álvarez, directora del Instituto de Investigaciones Económicas de Cuba, se refirió a la inserción del país en la economía internacional, desarrollando «el potencial científico y tecnológico, la eficiencia energética y la diversificación de los mercados», y minimizando los impactos sociales. Con muy buena fe puede admitirse que éste es el propósito de la economía cubana, pero si se mira hacia atrás se observará que durante 30 años Cuba despilfarró alegremente el petróleo ruso; que en 20 años de polo científico agraciado con las más fuertes inversiones, las exportaciones de estos productos no llegan al 5%; que el carácter monoproductor no hizo sino agravarse tras la alborada de 1959.

De modo que sigue sin saberse cómo se operará el advenimiento de la nueva era, o si esta relación de buenas intenciones es una receta que se ofrece al planeta. Claro que en la receta habría que añadir el 20% de los cubanos subnutridos en 1996-98, según la FAO; índice apenas mejor al de Honduras, Bolivia, Guatemala, República Dominicana, Nicaragua y Haití; y superado por 47 países del Tercer Mundo. Y si no ha sido peor, se debe básicamente a las vitales remesas familiares procedentes de los gusanos y apátridas. Y ya que se habla de «planificación», cabría preguntarse por qué, tras 43 años de «economía socialista planificada», de incesantes éxitos si damos crédito al diario Granma, el país conducido por la clase política más experimentada del planeta es incapaz de pagar sus deudas y practica la mendicidad internacional a gran escala.

El señor Fidel Castro aludió al «fortalecimiento del capital humano», los valores de la cultura y los logros sociales como bases de la estrategia cubana, para concluir que «somos tan pobres en capital financiero como ricos en capital humano». Lo milagroso es que ningún economista presente preguntase por qué razón un país con tal capital humano, y treinta años de subvención externa, en lugar de propiciar un «milagro económico» ha conseguido que once millones vivan de milagro y otros dos millones hayan propiciado el mayor éxodo de nuestra historia.

Siguen entonces sin saberse las claves del nuevo modelo económico propuesto en La Habana. Sólo queda la clara noción de que la globalización es perversa y el mercado el enemigo a batir. ¿Será posible?

Ante todo, es ilusorio pensar que la globalización es reversible por obra y gracia de las exhortaciones del líder cubano cuando ni siquiera es algo nuevo, sino el (por ahora) último capítulo de la larga saga que iniciaron los primeros homínidos con sus migraciones.

Claro que globalización inexorable no significa perfecta. Hasta hoy, el mercado ha demostrado una enorme vitalidad en el fomento económico, las revoluciones tecnológicas y en su propia internacionalización. Y a la sombra de la prosperidad y la rentabilidad, se han cobijado tradicionalmente las artes y las ciencias, las garantías sociales y otros rubros tan «improductivos» como imprescindibles. Pero el mercado no tiene moral. Ni falta que le hace. Los hombres sí. Y falta que nos hace. No se calcula la rentabilidad de los derechos humanos, la tasa de reinversión de la democracia o la plusvalía de la solidaridad, aunque algunos lo hayan intentado. Por eso no es raro que muchos aboguemos por una globalización con rostro humano, no «contra» las leyes del mercado, sino «paralelamente» a las leyes del mercado. Es de sentido empresarial producir con la máxima rentabilidad; pero es de sentido común hacerlo sin envenenar el planeta. Que se muden al sudeste asiático las fábricas, es obra del mercado. Que esos obreros vean cada día más dignificado su trabajo, o que los beneficios de esa actividad tengan un componente de reinversión social, es obra de la moral. Como la reducción gradual, pero efectiva, de la distancia que separa a ricos y pobres y que es, estratégicamente, una garantía para las propias naciones desarrolladas. No hay muralla que detenga la esperanza, y el hambre ha sido siempre más lista que los aduaneros. Es tan absurdo defender la libre migración del capital, pretendiendo al mismo tiempo la resignada inmovilidad de las personas, como su contrario.

Pretender la derogación del mercado y de los móviles es tan absurdo como admitir la dictadura del mercado.

Pero los economistas reunidos en La Habana patentan, o al menos aceptan en silencio, la culpa ajena como explicación de todos nuestros males. El victimismo siempre ha sido políticamente útil, pero económicamente irrentable, algo que deberían saber los economistas.

No obstante, La Habana sigue, como en aquel cuento eterno y circular de la Buena Pipa, enarbolando como única estrategia «suprimir el egoísmo dictado por las relaciones capitalistas; potenciar la conciencia sobre el primitivo egoísmo; y cambiar el mundo a favor de la ética, la cordura y la planificación»; mientras en lo personal, los dirigentes de la Isla se hacen de un patrimonio para el día de mañana, colocan los ahorros de la patria a nombre de sus hijos en empresas foráneas y conjuran, en suma, la posibilidad de que los egoístas y capitalistas cubanos del inminente futuro, primitivos como son, decidan, en nombre de la ética y la cordura, planificar su ausencia de la nómina patria.





Herencias

26 09 2002

En conversaciones con los cubanos residentes en el planeta extrainsular se habla con frecuencia del “día después”. ¿Qué ocurrirá? ¿Cómo transitará la Isla hacia la democracia, la pluralidad y la economía de mercado? ¿Qué lastres y ventajas portará al adentrarse en ese futuro? ¿Quiénes, cuándo, cómo? Cientos de preguntas, que no cesan ni siquiera ahora, cuando sabemos que el socialismo perpetuo es carne constitucional, con la aprobación, o al menos con la firma, de ocho millones y pico de cubanos.

En conversaciones con los cubanos residentes en la Isla, quienes habitan ese agónico espacio que es la supervivencia, se detecta una inquietud por el mañana, que sólo aflora, ciertamente, cuando los apremios del hoy, del ahora mismo, otorgan un espacio para la reflexión. Una inquietud que no cesa ni con la declaración del socialismo in eternis, que todos firman y menos afirman.

Puede que Pablo o Juan, quienes han edificado su existencia bajo la devoción irrestricta al líder, se nieguen a derogar el rumbo que ha signado sus vidas, porque sería como reconocer que sus sueños, sus sacrificios, sus convicciones, su currículum vitae  sólo han sido parte de la documentación necesaria para redactar el mayor timo histórico en los anales de la Isla. Pablo y Juan simplemente no desean concebir  el cambio.

Pero la inmensa mayoría sabe que su mundo va a cambiar. ¿Para mejor? ¿Para peor? That’s the question. Un  profesional de 55 años con un Lada destartalado y un apartamento en Alamar, que vende dulce de coco los domingos para arañar unos pesos, no está muy seguro que el  neoliberalismo sea más benevolente con él que el socialismo. El funcionario que ignora el corrimiento al rojo postulado por la Física, pero conoce al dedillo el corrimiento al (mercado) negro de los inventarios, también recela del futuro, pero por otra razón.

Muchas serán las herencias que recibirá esa Cuba del día después, presuponiendo que sea una Cuba plural, democrática, que conserve ciertas garantías sociales y conceda libertades individuales, empezando por las económicas. Herencias buenas, malas y todo lo contrario.

Entre las buenas, esa Cuba heredará un pueblo saludable y un capital humano con niveles de instrucción  muy superiores a los de su entorno geográfico. Instrucción que será una excelente base para la puesta al día de mano de obra altamente calificada, y a precios competitivos –respecto a los parámetros europeos y norteamericanos–, posible atractivo para los inversionistas.  Instrucción que liberada se traducirá en iniciativa y productividad. Heredará un pueblo habituado a ciertas garantías sociales, lo que condicionará el comportamiento de los políticos futuros, en cuanto al presunto recorte de derechos adquiridos. Heredará un  entorno no demasiado masacrado por la industrialización; y un exilio que no ha cortado los lazos familiares con el país de origen (sus remesas son hoy una de las principales fuentes de ingreso), y cuyo aporte puede ser decisivo en la creación de pequeñas y medianas empresas que son, como se sabe, las primeras creadoras de empleo. Claro que los beneficios de esta herencia dependerán del carácter emprendedor de los cubanos de la Isla.

En un curso de post grado sobre la República Cubana que se ofreció recientemente en El Escorial, el historiador y ensayista español Antonio Elorza sustentaba la tesis de que en Cuba el florecimiento de una economía de mercado en la base  no tendría lugar, y que su recuperación sería muy lenta, porque el espíritu empresarial había sido podado hasta la raíz. Por el contrario, y como muestra la más pequeña apertura (cuentapropistas, mercado campesino, y el siempre presente mercado negro),  por no hablar del éxito económico de la comunidad exiliada, el espíritu empresarial de los cubanos ha demostrado una capacidad admirable de supervivencia en las condiciones más arduas; de modo que si algo ocurrirá será todo lo contrario: una explosión de creatividad tantos años contenida, ante la  perspectiva de una libertad de ejecución inédita.

En la otra orilla, la futura república heredará una economía completamente desestructurada y en proceso de descapitalización. Heredará un país plagado de industrias obsoletas e ineficaces. Heredará una deuda externa de $40 mil millones. $11,208.9 millones en moneda libremente convertible; $24,500 millones a Rusia, más unos $2,200 millones a sus antiguos socios de Europa del Este; y unos $3,000 millones, acumulada en los últimos cinco años por préstamos obtenidos de proveedores particulares, para financiar el déficit anual de su cuenta corriente. Una de las deudas  per cápita más altas  del mundo.  Una deuda que inhabilita hoy al país para obtener nuevos créditos, aunque bien podría engrosar en un futuro próximo. A Japón le debe $1,700 millones,  $1,200 millones a la Argentina en bancarrota. El 10.8% de su deuda es con España, más $200 millones en deudas privadas.. A Panamá se le deben $400 millones, aunque muchos empresarios se abstienen de hacerlo público por temor a que el gobierno cubano suspenda definitivamente los pagos. México ha renegociado  la deuda cubana de $380 millones. La deuda con Venezuela ya ronda los $200 millones, y ha provocado suspensión en los envíos de petróleo. En septiembre de 2001 Francia congeló $175 millones en créditos comerciales a corto plazo por el impago de $10.5 millones; al igual que los  $120 millones congelados por España. Atlantis Diesel Engines, de Sudáfrica, retuvo cargamentos de piezas y maquinarias por impago de $85 millones. Exportadores chilenos detuvieron embarques de macarela enlatada por lo mismo. Los plazos de los $107 millones renegociados con Berlín en el 2000, tampoco han sido satisfechos. Y así sucesivamente. Más la negativa de Cuba de aceptar cualquier recomendación del demonizado FMI, lo que aumenta la desconfianza de los acreedores.

Y al continuar gastando más de lo que gana, el país se ha visto obligado a negociar nuevos préstamos, de corto plazo y altos intereses, para cubrir ese déficit. El informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), organismo de la ONU, indica que si en el  2000 el déficit cubano fue de $687 millones, el de 2001 es de $758 millones. »Lo que consumimos y requerimos del exterior todavía sobrepasa en mucho lo que logramos exportar y esto no puede ser indefinido», admitió el vicepresidente del Consejo de Ministros, José Ramón Fernández.

Un país en bancarrota no declarada, cuya deuda heredará la Cuba futura. ¿Podría condonarse esa deuda a la próxima república en bien de una transición indolora? La Ley Helms-Burton dice todo lo contrario. Y Carmelo Mesa-Lago, profesor de economía de la Universidad Internacional de la Florida, afirma que habrá que reconocer y renegociar la deuda, si se quiere acceder a inyecciones de capital. »Es una situación desastrosa para el futuro, pero hay que pensar que es posible lograr que algunos países importantes perdonen la deuda, parcial o totalmente. (…) De hecho eso ya ha ocurrido con algunos países pequeños altamente endeudados». Aunque por su propia situación económica, algunos acreedores no perdonarán graciosamente la deuda cubana. Y con razón.

La república futura heredará decenios de atraso tecnológico e insuficientes infraestructuras.

Heredará medio siglo de indisciplina laboral y pésimos hábitos contraídos tras la entronización del slogan real del socialismo, donde “el trabajador simula que trabaja y el estado simula que le paga”.

Heredará, también, junto a la conciencia de los derechos sociales,  la escasa conciencia de los derechos individuales, de modo que la sociedad civil tendrá que reinventarse. Tres  generaciones de cubanos han alcanzado la edad adulta amaestrados por una sociedad paternalista donde la subsistencia es el pago a la obediencia; ajenos a una noción clara de su papel  como ciudadanos.

Heredará, en suma, medio siglo de potenciales desaprovechadas, atizamiento de odios,  enaltecimiento del orgullo nacional (como nunca antes) y sublimación de lo extranjero (como nunca antes también). Medio siglo y dos millones de compatriotas extraviados en un exilio abrumadoramente irreversible. Más decenas o cientos de miles de vidas perdidas en huidas desesperadas, cárceles, ejecuciones, conflictos fratricidas  y guerras distantes.

Aunque posiblemente la peor herencia sea esa sensación, pesada como una losa de granito, que gravita sobre la inmensa mayoría de los  ciudadanos de la Isla y del destierro. La sensación de que algo tan ineludible como el destino pesa sobre nosotros. De que el presente es inamovible, y que el futuro inmediato puede depararnos cosas peores, o mejores, pero que escapan a nuestra voluntad. La oscura sensación, inducida por medio siglo de monoteísmo político –tan abrumador, que no admite siquiera la herejía del silencio–, de nuestra nulidad como protagonistas de la historia patria. Nos basta, con frecuencia, sentirnos víctimas indefensas del destino; y asumir que el curso de Cuba dependerá de la Corriente del Golfo, de los alisios o de sus orishas tutelares, pero no de nuestra pequeña y multitudinaria participación.

Esa será la primera herencia de la que deberemos librarnos; si aspiramos algún día a que la Cuba posible sea una conjunciones de esos millones de Cubas probables que fraguamos, a solas, cada uno de nosotros.

 

Herencias; en: Cubaencuentro, Madrid, 26 de septiembre, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/opinion/2002/09/26/10005.html.

 





Derrotas

11 09 2002

Cuando se dice “11 de septiembre”, nadie recuerda que ese día, de 1609, Felipe II decretó la expulsión de los moriscos de Valencia y Castilla; que un 11 de septiembre de 1882 El Vaticano levantó, con 266 años de retraso, la condena dictada contra las ideas de Copérnico; o que ese día, pero de 1991, 11.000 soldados rusos se retiraron de Cuba.

Mencionar hoy el 11 de septiembre convoca inmediatamente el instante de 2001 cuando todas las cadenas televisivas del planeta interrumpieron su programación habitual. Según los primeros datos, un avión comercial se había estrellado contra la torre norte del World Trade Center en New York a las 8:45 A.M., hora estándar del este. La sospecha de un accidente fue derogada 18 minutos más tarde, cuando pudimos contemplar en directo como un Boeing 767 de United Airlines, desviado de su vuelo Boston-Los Angeles, y con 92 personas a bordo, se estrellaba contra la segunda torre, tras unos leves giros cuyo propósito era afinar la puntería. A las 9:40 se cancelaron todos los vuelos en Estados Unidos, y se desviaron hacia Canadá los que estaban en el aire. No obstante, a las 9:45 otro avión impactó el Pentágono a orillas del Potomac, provocando un enorme incendio. A las 10:00, 57 minutos después de sufrir el impacto del segundo avión, la torre sur del World Trade Center se desmoronó. Cinco minutos más tarde sería evacuada la Casa Blanca y, en rápida sucesión, los más importantes edificios gubernamentales y torres de negocios en toda la nación. A las 10:10 se derrumba una parte del Pentágono, y cinco minutos después un Boeing de United Airlines se estrellaba en Somerset, al sudeste de Pittsburg. Desde el atentado sufrido por las torres en 1993, cuando el terrorismo islámico dejó un saldo de seis muertos y 1.500 heridos, se reforzó la seguridad. Los sensores del parking detectaban metales, explosivos y excesos de peso de los vehículos. Las agencias de seguridad no previeron que la amenaza viniera del cielo, en un país que domina los cielos del mundo. A las 10:29 la segunda torre de NY tras resistir una hora y cuarenta y cuatro minutos, se derrumbó; subvirtiendo al mismo tiempo el skyline de la ciudad y la noción de seguridad dentro de sus fronteras que hasta entonces disfrutaba el pueblo norteamericano.

El World Trade Center, estaba formado por las dos torres y otros cuatro edificios. Contaba con su propia comisaría y un código postal exclusivo, 16 restaurantes, 190 ascensores, tiendas, cafés, observatorio y estación de metro. Su parking tenía capacidad para 2.000 vehículos. En más de 1,200.000 metros cuadrados repartidos entre 410 metros de altura y 110 plantas, trabajaban 55.000 empleados de oficinas gubernamentales y 430 compañías oriundas de 28 países, quienes contemplaban el paisaje vertical de la ciudad a través de 43.600 ventanas. A ellos se sumaban diariamente 150.000 visitantes.

En 1973, el arquitecto Minoru Yamasaki puso fin a las torres. Ese mismo año, un 11 de septiembre, Augusto Pinochet puso fin a la democracia en Chile. Aquel día de aquel año, a las seis de la mañana, ya los efectivos navales ocupaban Valparaíso, mientras la cúpula golpista se reunía en el Ministerio de Defensa, la Escuela de Telecomunicaciones y en la Academia de Guerra de la FACH. A las 7:30 Allende llegaba a La Moneda, cuando el edificio se encontraba rodeado. Media hora después transmitió su primera alocución por radio y, quince minutos más tarde, se escucha en cadena la proclama inicial de las Fuerzas Armadas que inmediatamente tomó o destruyó las emisoras afines al presidente electo, quien habló por última vez y se despidió de los chilenos a través de Radio Magallanes a las 9:20. A las doce, La Moneda y la democracia chilena fueron bombardeadas. En las calles, los enfrentamientos arrojaron decenas de muertos, y las embajadas se inundaron de asilados. A las 13:30 se produjo el asalto final, y en el Salón Independencia moría de bala Salvador Allende.

En 1973, con la decidida colaboración del país agredido en 2001, era subvertido en Chile el proyecto de un socialismo democrático, y la noción de que era posible alcanzar el triunfo en las urnas, al tiempo que se implantaba un terrorismo de Estado con un saldo de víctimas que ascendería a decenas de miles. Ello legitimó el modelo subversivo patrocinado por La Habana desde los 60, y que desembocaría en el triunfo sandinista de 1980, los cruentos conflictos de El Salvador y Guatemala, hasta la guerrilla eterna de Colombia en nuestros días.

Por el contrario que los sucesos chilenos, cuya repercusión fue regional en un continente con más tradición golpista que democrática, y dentro de la dinámica de la Guerra Fría; los acontecimientos del 2001, una herida en el corazón de la potencia hegemónica, tuvieron consecuencias globales: serios disturbios en el transporte aéreo; caída de las bolsas y crisis económica; desplome del turismo con serias repercusiones en todo el planeta; una fobia anti-islámica general, apenas paliada por los discursos que discernían entre los fundamentalistas y el Islam; reordenamiento de alianzas mundiales, incluyendo la confirmación del fin de la Guerra Fría; una aséptica guerra que borró del mapa a los talibanes y puso de manifiesto el substrato de odios acumulados por el mundo árabe contra Estados Unidos y Occidente —la imagen de niños palestinos saltando de alegría en las calles de Jerusalén y haciendo la V de la Victoria, será difícil de extirpar de la memoria—; así como la puesta al día del nuevo Index, donde constan por orden de peligrosidad los grupos fundamentalistas y Sadam Hussein, amenazando con nuevas contiendas cuyos resultados podrían ser nefastos en un mundo donde las nuevas tecnologías y las comunicaciones inmediatas y globales hacen virtualmente imposible el control de las redes terroristas organizadas, y donde el acceso a armas de destrucción masiva pueden proponer una ecuación letal: un terrorismo de escala genocida, y otro terrorismo de Estado como respuesta, presuntamente disuasorio.

Edgar Morin anotaba que la globalización alcanza ya a todos los habitantes del planeta, aunque a unos como víctimas y a otros como verdugos. Pero lo cierto es que el nuevo esquema del conflicto global permite a una oficinista de NY ser tan víctima como un niño de Cisjordania o un adolescente en una discoteca judía, y el ejecutivo que presiona para no acatar los acuerdos de Kyoto puede ser tan victimario como el imberbe de la Yihad que aspira a ingresar a la diestra de Alá en un instante de fuego y sangre.

Que en el año de las torres gemelas se intente juzgar a Pinochet por los crímenes de otro 11 de septiembre, nos indican que el mundo ha cambiado. Que se produzca una nueva matanza, sugiere que no tanto.

La única conclusión posible es que no hay causa o ideología que justifique el terrorismo, sea el coche cargado de Titadine que hace saltar por los aires a un humilde concejal del País Vasco, una bomba al paso de niñas irlandesas que acuden a la escuela, suicidas palestinos, asesinatos selectivos judíos o esta masacre en Manhattan. No hay víctimas de primera y segunda categoría. En ese sentido no puede existir un terrorismo repudiable y otro admisible, un terrorismo de nuestro bando y otro del bando contrario. Si la humanidad no apuesta ahora, decididamente, por la erradicación de todo terrorismo, y si no apuesta por la abolición de las grandes diferencias estructurales del planeta, por la erradicación de los focos de miseria y desesperación que son la crisálida de fundamentalismos atroces de todo signo, puede que mañana sea demasiado tarde, y que la civilización pierda la partida.

La intercomunicación, la globalidad, el intercambio, son hoy condiciones sine qua non del planeta donde vivimos. Es imposible ya cerrar puertas y decretar esclusas, compartimentos estancos de prosperidad. No se trata de abatir simplemente el terrorismo, sino de abolir sus excusas, la desesperanza que alimenta esa base social donde prospera.

Ya no podremos resucitar a las víctimas despedazadas bajo los escombros del World Trade Center, pero sí podemos evitar que un niño, en cualquier lugar del mundo, salte de alegría ante la muerte de otros niños, porque toda muerte inocente es una derrota de los palestinos y de los israelíes, de los norteamericanos y de los árabes, una derrota de todos los hombres.

“Derrotas”; en:Cubaencuentro, Madrid, 11 de septiembre, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/internacional/2002/09/11/9726.html.





La lotería de Dios (fragmento de la novela El restaurador de almas)

30 08 2002

Portada Restaurador de almas 203

A pesar de los disturbios que en el alma de la remediana grey ha puesto la mudada:  exaltación de los fans, pero sobre todo resignación exhausta de los más –vegueros, albañiles o ganaderos trocados en exploradores y geógrafos: peregrinos sin santuario, exiliados sin destino–, alguno conserva ánimo suficiente para ejercer sus manías e inclinaciones, sin supeditarlas a razones de fuerza mayor o seguridad nacional, que tan cómodas resultan. Y por si fuera poco, no es uno, sino dos, aunque por ahora sólo uno se vea: el emérito y persistente sobrenaturista Juan de Espinosa Montero, en este claro de bosque cercano al sitio donde el remedierío emigrado acampa en torno al Cura. Bajo el claror de Luna que desciende hasta ellos por la claraboya de la fronda, Juan trata de convencer a Leonarda: se lo pide en nombre de la verdad científica, del ineluctable progreso de la raza humana, que discurre por el camino del saber; y que no tenga vergüenza, que él es como un cirujano que aplicará sanguijuelas celestiales a su alma conturbada (¿conturqué?), endiablada, Leonarda. No un simple varón que ofenda tu recato. No ha terminado cuando ya la negra deja caer el jubón y empieza a zafarse la camisa, que de tantas cintas y contracintas y nudos casi marineros, lleva sus buenos diez minutos. Pero por fin cae a tierra, y es lo primero que ve Juan. Por no ofender el pudor de Leonarda, ha dirigido su mirada a la hierba salpicada de luna. Pero ella:

─¿Usted no quería examinarme?

Juan preferiría esperar a que el strip-tease se hubiera consumado, para  rastrear las posibles marcas diabólicas en el cuerpo de la posesa, pero piensa ahora que mejor poco a poco, no sea demasiada la impresión. Y levanta los ojos muy lentamente hasta tropezar con los de ella, pero por el camino algo (algos) lo ha(n) sobresaltado.

─Efectivamente.

Y se dedica al estudio de ciertas manchitas irregulares en sus hombros, pero las miradas no cesan de escurrirse hacia abajo. Por mucho que Juan las reprenda, son miradas por cuenta propia, empecinadas en esa pareja de menhires horizontales; y como de todos modos tiene que examinarlos, Juan obedece a sus ojos y salta el prólogo, pasando directamente a los capítulos uno y dos. Lo bien que empieza esta novela: Un par de senos que se comban con el donaire de las calabazas chinas y el tamaño idem, robustos en la base y de morro afilado para terminar en dos pezones casi negros, extensos como dobles doblones si los hubiera, circundados por un vello finísimo que Juan examina ahora, y las goticas minúsculas de sudor en la piel (qué ganas de lamerlas, Dios mío) y los poros tan finos que ni se ven, y la piel sedosa, pareja como ébano pulido. Qué tetas, Señor, piensa el Juan plebeyo y vulgar que yace dentro del sobrenaturista, pero el alma científica lo silencia. Va a tocar. Su mano se contiene. ¿Sería necesario?

─Toque sin pena, Señor, toque sin pena ─muy seria ella, pero los ojos desternillados de la risa, por el tembleque en las manos de Juan y el sudor en su frente y ese aire de yo no fui cuando ella sabe que si fue, o será, que es algo todavía por ver.

Y Juan desliza sus dedos por la circunferencia toda, descubriendo que de tan erectos, ni un papel puesto debajo sostendrían estos senos (que Dios hizo un día de inspiración) ─no es bobo el Maligno─, y no como Matilde Rojas ─recuerda una experiencia ida─, que habría corrido hasta la costa portando una Biblia bajo cada teta. Y acerca la palma al pezón más cercano, y lo rodea con los dedos, presiona atento, como quien busca quistes y excrecencias, pero este material es de primera, y para probarlo, diríase, los pezones se disparan, se arrugan y crecen bajo sus palmas con el entusiasmo de montañas recién nacidas. Leonarda hace un gesto levísimo de placer y casi gime, pero no. Sólo vibra un poquitín, sin querer, pero queriendo. La mano efectúa un masaje circular dos o tres veces, y los pezones a punto de salirse de sus órbitas; pero Juan teme que este no sea precisamente el camino de la verdad científica y se inhibe. Los pezones quedan como a la expectativa durante unos instantes y sólo se aplacan a medias, porque Juan examina ahora la espalda, donde Satán debió inscribir sus mensajes. Va palpando la superficie, al tiempo que Leonarda se comba cañaveral en viento de cuaresma, pero más felino, más suavecito papi que me erizas toda. Juan coloca sus manos sobre las clavículas y presiona la base del cuello, tan delicadamente, que ella se encoge de hombros, los ojos divagantes, y sus caderas reculan unos centímetros hasta chocar con la bragueta de Juan: un topetazo descuidado; y es como si dieran la alarma de combate allí donde el espíritu del hombre de ciencia no debía permitirlo. Juan nota que un animal hasta ahora dormido bosteza, se estira y ruge. Tiene hambre. Separa sus manos de los hombros. Ella se compone mientras Juan respira hondo, pero su problema no es en el sistema respiratorio. Y ahora que palpa los costados de la negra, ahora que llega hasta la cintura y por obra satánica ella casi se quiebra: feroces las nalgas que vienen a su encuentro, casi lo muerden y Juan a punto de huir, pero no puede apartar los ojos, que saltan como cabritos por encima del hombro, para caer en esas proas afiladas qué tetas, Dios, pero qué tetas. Tan marineras, que dan ganas de navegar a bordo de esas tetas toda la Mar Océana sin tocar puerto. Juan se aleja unos pasos. Resuella. La negra se repone y una bocanada de aire fresco le alcanza para joder un poco:

─¿Se siente mal su merced?

─Me siento todo ─musita él, inaudible para Leonarda─. No es nada. Continúe.

Y sin hacérselo repetir, ella zafa cintas y libera cierres para quedar desnuda de cuerpo entero ante la Luna y ante los ojos encabritados de Juan de Espinosa Montero, sobrenaturista que era hasta ahora mismo, pero ya no se sabe, hechizado como está ante el soberbio nalgamento de la negra, que se vuelve hacia él con una lentitud desesperante. Ayúdame, Señor, en este trance. Y convoca en su auxilio todos los poderes del cielo, las palabras mágicas, los conjuros propiciatorios y hasta las santas reliquias, que si dispusiera al menos de una cabeza de San Dionisio, una sola de las siete en existencia, todas confirmadas como auténticas, de donde se desprende que debió ser un santo de insusual inteligencia. Y Leonarda ya de perfil, culiparada y los pechos miracielo. Dios mío. O algún culero del niño Jesús, que para esta morena no hay talla; o una de las catorce herraduras (sin contar los repuestos) del burro en que huyó la Santa Familia. Y ahora concluye el giro, despacio, muy despacio, suavecito es como me gusta más. O pedazos del cántaro con que Nuestra Señora iba a la fuente; hasta que se rompe, Señor, no me tientes así, ¿eres tú o es el otro?; o jirones de la túnica de la Virgen María; cordones de las sandalias de San Pedro; que ni cordones lleva Leonarda en esta hora, desnuda como su madre la echó, pero mucho más desarrollada. Y Juan evita dirigir sus ojos a ese vórtice que lo atrae como un imán, y sus ojos de fierro que se insubordinan y acuden allí, oh, Señor; aunque tan sólo fuera alguno de los setenta y cinco clavos que constan en los registros de reliquias y que sin lugar a dudas fueron empleados para clavar a Cristo. Un alfiletero, el pobre, piensa Juan tratando de evadirse de lo otro, y se arrepiente de inmediato porque si el Cura llega a oírme los pensamientos. Pero hasta los susodichos clavos serían atrapados por el campo magnético de ese pubis negrísimo y selvático; trenzas se podría hacer la negra en ese triángulo de vellos duros y húmedos donde se hunden ahora los ojos de Juan para no regresar[1]. Aunque él se resista con una terquedad digna de mejor suerte, es demasiado ardua la tarea en esta tierra donde escasean las mujeres y viven en soltería, baracutey, la mayor parte de los pobladores; pero no en soledad, que prolíficos y amancebados son, fornicadores de negras, yeguas y mujeres ajenas. Ni aunque el sobrenaturista apriete duro el trozo de ágata cornalina, remedio comprobado contra los derrumbes, tormentas y demás catástrofes. La caída de su científica parsimonia, en contraste con lo que sucede en otros confines de su anatomía, y la catástrofe de su virtud, son inminentes: consecuencia de esta tormenta que bambolea su alma como un ciclón otoñal con vientos de doscientos kilómetros por hora. Dios se apiade de mi. Pero la piedrecilla será tan efectiva en este trance como aquella que el Rey Alfonso de Castilla le regalará al papa Juan XXI, y que hallarán sólidamente aferrada en lo que quede de su siniestra mano después que el techo se desplome sobre su cabeza. Y por fin logra Juan acercarse, logra pensar en pajaritos, en fórmulas para la piedra filosofal y otras boberías que lo aparten del pecado. Examínala como si fuera de madera, muchacho. Y trata de seguir su propio consejo, pero en ese momento el diablo, que con bíblica asiduidad se disfraza de serpiente, asoma el hocico: un majá de dos palmos se acerca reptando por la hierba. La negra teme sin distinciones a esos reptiles: sea un jubo mocho o una anaconda, porque su sola visión podría encanecerla hasta las raíces. Y de un salto se echa en brazos de Juan de Espinosa Montero, quien espanta de una patada al ofidio, ya bastante asustado el pobre del gentío que se ha aposentado en sus parajes. Su merced me ha salvado. Y la piel de Leonarda, recién lavada en el río, pone un perfume suculento en el olfato de Juan; y ella no se baja hasta no estar bien bien bien segura de que el monstruo se ha ido, y entonces lo hace muy muy muy despaaaaaacio, de modo que su pubis roza la bragueta de Juan y después el vientre y el ombligo juguetón se ensaña en ese objeto rígido que no es precisamente el ágata cornalina, pero sube de nuevo, porque vi una sombra, su merced, y me pareció que había regresado, fíjese a ver, fíjese, al tiempo que los enormes pechos, los pezones soliviantados por tanta examinadera y jugueteo, aprisionan el rostro de Juan, obnubilan su pensamiento científico y los demás pensamientos (menos uno), y él siente un enorme alivio cuando su lengua atrapa un pezón al vuelo y empieza a lamerlo goloso, puro chocolate; y Leonarda ay su merced, ¿qué hace?, pero no se baja ni un milímetro, más bien afinca sus piernas por detrás a las corvas de Juan, que trabajo le cuesta sostenerla con esas manitas que se pierden en la inmensidad alpina de sus nalgas, y ahora la negra es sólo ay, su merced, que ya sabe lo que está haciendo y trata de bajarle las calzas con los pies, pero no puede, y es él a manotazos, qué rico, su merced, qué rico, mientras con la otra mano la sostiene y el calor de su pubis: grito que le traspasa la ropa. Y Leonarda contorsionándose como si Changó la montara, que todavía no, pero ya veremos, y el sexo humeante frotándose y frotándose, humedece los dedos de Juan, estás hirviendo, mami, así, muévete así, y es que los pechos de la negra lo abofetean sin misericordia, y él muerde, lame, succiona con un hambre atávica de bebito destetado antes de tiempo, hasta que su mano logra zafar-correr-bajar-rasgar sus calzas y la verga, casi me ahogo, coño, emerge desesperada, que ese calor y ese aroma acre del sexo palpitante la enloquecen como nunca antes, y busca, pero ni falta que hace, porque el triángulo voraz apenas la presiente, cuando ya la siente, pero todavía, y los umbrales, dámela toda, papi, hasta que halla la boca del monstruo, o es hallada, que eso nunca se supo, y se hunde entre los labios pulposos y morados y jadeantes, como si la mordieran, y en el mismo pórtico el glande salta hacia delante, rojo y frutal, fresa pedunculada, y Leonarda se deja caer sobre la verga, sabiendo que ya ha sido atrapada y no podrá escapar si no es maltratada y flácida y feliz, por eso se mueve con una rotación de caderas que siembra en el subconsciente de Juan la sensación de que allá adentro una manito sabia (¿la de Satán?) le zarandeara el alma, tanto que sus rodillas se doblan; y ruedan por la hierba sin desprenderse y es él sobre ella, afincando los pies en la tierra para hundirse hasta el final, pero ruedan y es ella sobre él, ella la que se yergue ahora y con ambas manos tras la nuca lo amenaza te voy a sacar la vida, macho, y toda la intrígulis del asunto se ve ahora clarísimo desde la copa del almácigo, donde el loco ha hecho su nido, entre dos ramas gruesas como muslos, armando una hamaca de aspillera que le pica en las espaldas ─chinches locas si lo de él es contagioso─. Y mira ahora todo el procedimiento y descubre una nueva utilidad de ese aparato que se le quiere salir ahora de los calzones dime tú si se me vuelve loca la pirinola, ─piensa el loco─, y apenas dos intentonas de volverlo a su lugar, cuando descubre lo rico de manosear aquello sin un propósito definido (orinar, por ejemplo) y vuelta otra vez a las calzas y vuelta a sacarlo, y no son muchas las manipulaciones antes que el calambre más sabroso de su vida le recorra el sistema nervioso central, casi lo tumbe de la hamaca, no sienta la más mínima picazón durante minutos y minutos, y un surtidor pegajoso le salpique hasta el cuello de la camisa. Cuando se repone del (gusto) (susto), todavía las palpitaciones le tienen la respiración entrecortada. Nunca en su vida orinar le había dado tanto placer; pero algo sospecha, porque se lleva la mano a la nariz y entonces sabe que ese líquido perlado ─la Luna es engañosa, habría que analizarlo mañana─ y de aroma dulzón, no es orine. Ya más calmado, dirige de nuevo su vista al animal duplo que jadea sobre la hierba y piensa si no sería posible adicionar una especie de palanca movible en una abrazadera sujeta a la rueda delantera, dos mejor, de modo que accionándolas con las manos, el ruedocípedo se desplace con más velocidad, menor gasto de fuerza muscular y sin necesidad de ir pateando el camino. Y se sume en los cálculos de materiales, distancia radial, disposición de la palanca que en la abrazadera entre y salga, entre y salga, entre y salga, y mira hacia abajo y parece que se le está volviendo loca de nuevo la pirinola. Y mira bien el procedimiento. Y el ruedocípedo. Y entra y sale, entra y sale, y el ruedocípedo se va embalando por el mismo camino; pero es distraido de su precursor invento por unos pasos en la hierba y no es la milicia que se acerca: Doña Pascuala Leal, la viuda que todavía se acuerda, viene a comprobar los resultados de la investigación practicada en su esclava y desemboca al claro. Pero está claro que Leonarda y Juan no pueden escucharla, de tan ausentes, idos o más que idos, pero ya serán venidos, como si el universo se hubiera compactado en un mínimo punto, en una sensación intransferible que sube ahora al estallido último y agónico, y tal parece que la tierra fuera a abrirse, pero no para tragar entera a la infausta Villa, como ha anunciado el Cura, sino para dejarlos caer en un vacío sin vértigo, en un flotar antigravitatorio; mientras la viuda espera con toda su santa calma, así se le desbanden los recuerdos. Demasiado pronto se le fue Miguel, piensa la viuda y recuerda el alivio primero, de no temer más sus embestidas sin prólogo, que fue cediendo lugar a una tristeza del alma, suplantada por una nostalgia del cuerpo. Un vacío del vientre que se ha ido amansando con los años, al tiempo que una tristeza dulzona, como de fruta pasada, ocupaba su lugar. Una suerte de agradecimiento tardío que por diez minutos no se trocó en odio. Los diez minutos que se demoró en llegar aquel día, cuando Miguel descubrió solita a Leonarda, la negra recién comprada, y la atacó por detrás, empalándola de un encontronazo contra el fogón apagado. Y la negra se revolvió como una posesa, hasta que Don Miguel le apretó el gaznate. Por suerte fué rápido y efímero como un gallo. Si no, la ahoga. Todavía Leonarda respiraba hondo, clamando por el aire que le habían hurtado, cuando ya Don Miguel bebía un vaso de vino, a buen recaudo la verga babeante. Entró entonces la Señora Pascuala. Leonarda hizo silencio, por miedo a Don Miguel y por lástima a su ama. Desde entonces anduvo ojo avisor el día entero, y no escasearon las amenazas de gritar, secundadas por un trinchante o un largo cuchillo de cocina, que la salvaron de una segunda embestida. Pero Doña Pascuala nunca lo supo, y su memoria ha ido salvaguardando los buenos recuerdos, más frescos cada día, que no fue hace tanto tanto tiempo, aunque ahora ese plazo le resulte inabarcable y lóbrego y cesa el remeneo y sólo un estertor sacude al sobrenaturista Juan de Espinosa Montero y a la posesa Leonarda, y las sonrisas y los silencios susurrados y:

─Por los quejidos, parece que Leonarda endiabló al exorcista.

La voz viene primero como una referencia lejana, pero inmediatamente el homo restaura el sapiens y ambos saltan, buscando a tientas la ropa ¿dónde coño?, no por la oscuridad, sino por esa claridad interior de donde (se) vienen y que los encandila. Hasta que ella se esconde a sus espaldas y él se cubre con la falda de Leonarda su culebra ya rastrera ─única en el reino animal que no infunde pánico a la negra─, columbrada y tasada de refilón por la viuda, con resultados muy satisfactorios. Y entonces, sólo entonces puede balbucear:

─Mire, Doña Pascuala, excúseme. Yo… Mire…

─Ya he mirado bastante.

─Déjeme explicarle…

─Aunque enviudé hace mucho, no tiene que explicarme nada. Todavía lo entiendo.

─Doña Pascuala, yo… ─cuchicheo de Leonarda al oído, mientras trata infructuosamente de ocultar tanta exhuberancia tras la exigua espalda de su Don Juan─. Quiero proponerle algo.

─Mientras no sea lo mismo que a la negra.

─Se la compro, Doña Pascuala. Le compro a Leonarda. Y ofrezco muy buen precio ─Intervalo de duda─ . De todos modos, Doña, está endiablada.

─Los dos ─masculla Doña Pascuala Leal antes de irse.


[1] Otros ojos habían observado la escena sin ser vistos: los del Güije de la Bajada, conjunción de sueños, que se ha trepado de un salto a un altísimo ocuje y desde allí duda si echarles una meadita o pegar un alarido que suene a diablo de esos que tanto mienta el de la sotana prieta, o… Pero al cabo se dice que éstos, de tan ensimismados, capaces son de no asustarse, y de un brinco se dirige al claro, donde se apretuja el remedierío. Algún

Aguanilé-O

armará su desparrame y su cagazón, que ya bastante cagados vienen huyendo tras el cura y delante de los demonios.