Siete razones y una coda

15 11 2004

El pasado lunes 8 de noviembre, el III Encuentro Con Cuba en la Distancia se propuso homenajear al narrador Carlos Victoria. Yo debía presentar la bella edición de sus Cuentos (1992-2004), preparada por Aduana Vieja, y durante varios días pensé cuál sería el mejor modo de invitar a los lectores a aproximarse a la magia de estas historias, sin incurrir en la densa sustancia de un alegato crítico, sin develar demasiado sus secretos y sin ocupar más de cinco minutos. Y estimé que lo más oportuno sería explicar las «Siete razones y una coda para leer a Carlos Victoria».

Porque para leer los cuentos de Carlos Victoria hay razones de muy diversa índole: estéticas, económicas, subterráneas, ambiguas, perversas, políticas y geográficas. La justa dosificación del idioma, ajena a la procacidad exhibicionista y repetitiva que algunos intentan traficar como lo «típicamente cubano»; la economía de localismos y la ausencia de tipicismos recurrentes; la conformación de un español enriquecido por las trasmigraciones desde Camagüey a La Habana y a Miami (con todos los castellanos adventicios que allí se interdigitan), bastaría como razón estética para leerlos, por el mero placer de paladear las palabras.

Sus cuentos, «recios y perfectos» según Reinaldo Arenas, nos ahorran mucho tiempo al apelar a la vocación sintética de la literatura norteamericana, de la que ha bebido en abundancia, eluden la experimentación ornamental y sólo echan mano a la que el texto exige en ciertos momentos. Todo ello son poderosas razones económicas. Como un buen reloj Omega o un telescopio Karl Zeiss, estos cuentos están diseñados para ofrecer la hora exacta o para mirar las estrellas.

Hay razones subterráneas también, porque en historias donde todos huyen de algo, el autor bucea bajo la plácida apariencia hasta dar con los monstruos que empavorecen a sus personajes. Y nos muestra las trastiendas, los sótanos, los desagües donde se debaten vidas fracturadas que muestran por sus heridas la anatomía oculta de la condición humana.

Claro que con frecuencia son historias como caminos de montaña: llenas de curvas, ascensos, caídas y retrocesos. Historias que tienen varias, muchas lecturas. Y esas son las razones ambiguas que permiten leer algunos cuentos dos, tres veces, y siempre parecen diferentes, siempre susurran claves nuevas. El cuento que nos habla de un hombre resbaloso e inasible, la personificación de la noche, es posiblemente el más inquietante. Pero no el único. Muchos personajes resbalan cuando intentamos encerrarlos entre los barrotes de una definición.

No escasean tampoco los personajes de una lógica conductual excéntrica, que otorgan razones perversas a nuestra lectura, y nos permiten acercarnos con muchas precauciones al lado oscuro del ser humano, que con cierta asiduidad está presente, agazapado, listo para saltar, dentro de nosotros mismos. De ahí el atractivo, el vértigo, cuando nos asomamos a algunas de estas historias.

Un escritor profundamente político

Lejos de ser un escritor explícitamente político, Carlos Victoria es un escritor profundamente político, en tanto que política como «intervención del ciudadano en los asuntos públicos». Profundamente, porque su literatura es siempre políticamente incorrecta, incómoda, no importa desde qué ladera de la política se mire. Tan inconveniente, incorrecta e incómoda como suele ser la vida. Y esa es una razón política que huye del politiqueo.

Hay una última razón: la geográfica. Y no hablo de su Camagüey natal, que está, de La Habana donde vivió, que está también, o de su Miami adoptivo, donde ha escrito su obra, y cuya presencia es, desde luego, clave. No hablo de paisajes trazados por retratistas de feria. Hablo de una geografía dubitativa, «resbalosa», cruzada por transmigraciones entre el allí y el aquí, la geografía de la realidad y la de la memoria. Hablo, en suma, de la geografía de nuestras ausencias.

Y esas son las siete razones, pero hay algo más. No creo en la autenticidad de lo contado como una virtud literaria. No me importa si lo que cuenta un autor sucedió exactamente así, si es un copista fiel de la realidad. La verdadera autenticidad de un escritor ocurre cuando juega limpio sobre el tablero de la literatura con el destino de sus personajes. Cuando es leal con ellos. Sin esa autenticidad que amalgama la obra, las siete razones anteriores serían mera retórica o carnaza para la crítica.

Escrito lo anterior, pensé que dejaría en los oídos de los presuntos lectores una invitación convincente, sin transgredir los cinco minutos.

Llegada la hora, en el hermoso patio central del Casino Gaditano, Fabio Murrieta, por el comité organizador, Felipe Lázaro, editor de Betania, y Olga O’Connor, crítica de El Nuevo Herald, hicieron sucesivos elogios de Victoria en tanto escritor, hombre de convicciones y ser humano de indudable calidad y honradez. Entonces el homenajeado leyó unas palabras. Durante varios minutos desgranó cómo fue perseguido, arrinconado, confinado en trabajos deleznables, ninguneado sistemáticamente, con el propósito de reducirlo. De cómo fue encarcelado y sus manuscritos fueron incautados como alimañas peligrosas por los agentes de la policía política.

Contó de su huida en 1980 por el Mariel, junto a otros 125.000 compatriotas. De los nueve años que pasó sin volver a pisar su tierra, y sin encontrar ningún rincón de la geografía que se le pareciera, ningún rincón donde alojar sus recuerdos, donde trucar los paisajes de la memoria. Y de cómo reencontró a Cuba en los pueblecitos de Andalucía, en las cornisas, los balcones, las rejas y la gente. Y de cómo transcurrieron otros cuatro años hasta que pudo regresar de visita a la Isla. Supimos por sus palabras de esa literatura que se construye de ausencias más que de presencias, y hubo un instante de silencio tras su silencio, un instante tributado a su sufrimiento, antes de los aplausos.

Entonces me invitaron a comentar el libro. Yo tenía anotadas mis siete razones y la coda final. Sabía que no rebasaría los cinco minutos, pero las palabras de Carlos Victoria aún flotaban en el aire, estaban allí, se movían entre la gente. Había palabras en algún gesto pensativo, encerradas en una lágrima. Y no quise que mis palabras fueran las últimas que se escucharan esa noche. No quise que mis palabras opacaran el eco de las suyas. Preferí que todos nos lleváramos esa noche la reverberación de sus palabras contra las paredes, el eco intacto.

Y eso fue lo único que dije.

Lo cierto es que esa noche, Carlos Victoria nos obsequió en sus palabras razones mucho más poderosas que las mías. Confío en que cada uno de sus lectores pueda encontrarlas.





El exilio travestido

9 08 2004

Hace muy poco, en estas mismas páginas, Michel Suárez, en un artículo titulado La prostitución del concepto de exilio, comentaba que ni españoles republicanos ni perseguidos por Duvalier, ni prófugos de Pinochet o Fulgencio Batista, pisaron de nuevo sus países de origen hasta que no desaparecieron las dictaduras correspondientes. En cambio, los cubanos que se venden como prófugos del castrismo para obtener residencia en cualquier otro confín, apenas reúnen los dineros necesarios ya están solicitando un visado para regresar a la Isla, luciendo en algunos casos cadenas de oro alquiladas, síntoma inequívoco de su recién contraída prosperidad.

Ellos prostituyen, según Suárez, el concepto de exilio, disfrutan de concesiones tan excepcionales como la Ley de Ajuste Cubano (a la cual, en propiedad, la mayoría no debería acogerse, al ser apenas emigrantes económicos) y hacen menos creíble, a los ojos de las autoridades migratorias de otros países, la causa de los cubanos que sí constituyen un exilio político.

En el caso que nos ocupa, los conceptos de exilio, diáspora o emigración no son una graciosa pirueta lingüística. Sirven para intentar definir, si es posible, qué somos los cubanos del outside, los que integramos la mayor diáspora de la historia insular: el 15% de la población vivimos fuera de nuestro país. Qué somos, en qué dosis y si todos somos incluibles en una misma categoría.

Obviamente, salvo contadas excepciones, los cubanos no somos desterrados. No se ha dictado contra la inmensa mayoría de nosotros esa condena, sino que hemos abandonado el país por voluntad propia, sean cuales sean las razones, aunque en una proporción tan desmedida, que perfectamente puede emplearse el término diáspora para definirnos, más aún dada nuestra dispersión. Y queda claro también que la inmensa mayoría somos migrantes, no emigrantes.

Nuestra estadía fuera del territorio insular no parece temporal ni cíclica, sino más o menos definitiva. Los sesenta, cuando los cubanos de Miami esperaban con las maletas hechas la inminente caída del comunismo para regresar, ya son historia antigua. El exilio ha durado tanto y Cuba ha sufrido un grado de demolición tal que pocos serán los que regresen en el primer vuelo del día después para reestablecerse.

De modo que, por el momento, somos una diáspora de ¿exiliados migrantes?, ¿migrantes a secas?, ¿exiliados?, ¿una mezcla de esas categorías?

 

El pretexto oficialista

En la página oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (www.cubaminrex.cu) puede leerse textualmente que «el término ‘emigración cubana’ es cambiante. Y si un día reunió en su mayoría a ex terratenientes, ex latifundistas, empresarios, terroristas y personeros del régimen de Batista y de la comparsa pseudorrepublicana, al paso de los años esa emigración fue incluyendo en su seno a otros sectores sociales producto de distintas razones».

Nótese que esta definición primera sólo habla de ex batistianos y oligarcas. Si ellos constituían la mayoría de esa primera diáspora, que englobó a casi un millón de personas, Cuba debía ser un país riquísimo y Batista debió contar con un apoyo enorme, factores ambos que contradicen los cursos de historia que se dictan en las escuelas cubanas.

Véase que el MINREX ni siquiera en ese primer éxodo reconoce un componente de adversarios políticos, a menos que se refiera a ello cuando menciona a «otros sectores sociales producto de distintas razones» (véase el pudor que yace bajo los términos «otros sectores» y «distintas razones»). Más adelante se afirma que «el cambio más notable se produjo en 1980, cuando llegaron a las costas de la Florida 125 mil ‘marielitos’, que desde entonces han cargado en sus espaldas con ese apellido, como un recordatorio por parte de la sociedad norteamericana de que los nuevos arribantes eran considerados distintos a sus predecesores».

Y algo similar dice más tarde el MINREX sobre los balseros. ¿Distintos? ¿Quiere decir peores? ¿De modo que en veinte años de revolución se generó una emigración cuya calidad humana era «peor» que la de aquellos primeros «oligarcas y esbirros de Batista»? Tampoco eso dice mucho a favor de la sociedad generada por la revolución.

El MINREX concluye que los cubanos «son parte del flujo migratorio internacional en búsqueda de mejores destinos económicos. Los [cubanos] residentes en Estados Unidos deben (…) abandonar la falsa imagen de que son un supuesto exilio político, para reconocer con valor que son otra minoría inmigrante en la primera economía mundial».

Y, efectivamente, hay un enorme componente económico en la migración cubana. Si Fidel Castro hubiera instaurado una dictadura respetuosa del libre mercado y de los derechos económicos de los ciudadanos, posiblemente el éxodo del primer decenio se habría reducido drásticamente. Tengamos en cuenta que Fulgencio Batista generó un éxodo infinitamente menor al de 1959. Si Cuba hubiera mantenido hasta la actualidad el ritmo de crecimiento económico de los cincuenta, aun cuando medio siglo de dictadura pesara sobre el país, no habría hoy, ni lejanamente, dos millones de cubanos dispersos por el mundo.

 

Despotismo y regreso

Y volviendo a la cita original del artículo citado, sí regresaron a España muchos exiliados antes de la muerte de Franco, sobre todo aquellos menos connotados políticamente, como también regresaron numerosos chilenos antes de que Pinochet cediera paso a un gobierno democrático. Las dictaduras que podan la sociedad hasta muy abajo, generan una emigración políticamente beligerante (y normalmente minoritaria) y otra emigración de afectados, reales o presuntos, y de ciudadanos atemorizados ante la perspectiva de convertirse en víctimas.

Basta que se suavice el grado de despotismo para que una parte significativa de ese éxodo pueda regresar. Si no ha ocurrido en el caso de Cuba un porcentaje alto de regresos definitivos, es por una serie de factores específicos que ponen en entredicho la categórica clasificación del MINREX: el grado de despotismo no ha disminuido un ápice, la intolerancia se ha convertido en barricada, las esperanzas primeras de una buena parte de la población se han desvanecido y Cuba es cada vez más pobre, algo muy diferente a lo ocurrido en España y Chile. Lejos de recuperar a su diáspora, al menos el 8% de los cubanos de la Isla ha manifestado su intención de engrosarla.

Si existe un marcado componente económico en nuestro éxodo, ¿qué indicios denuncian, además, otro carácter? Bastará comparar la migración cubana con la de cualquier otro país de su entorno. Si aceptamos la tesis del MINREX, el migrante cubano es comparable al espalda mojada mexicano o al magrebí que arriba a las costas de Cádiz, al migrante legal y al ilegal. Ese migrante es, por lo general, una persona de bajo nivel educacional, procedente de los sectores más desfavorecidos y dispuesta a ejercer oficios que en los países de acogida repudian sus nacionales.

Emigran sin pedir permiso a las autoridades de sus países y, en todo caso, solicitan visados de entrada a los países de acogida (salvo que emigren ilegalmente). Si son sorprendidos en el intento de emigración ilegal, no son sancionados ni por su país de origen ni por el de acogida. Una vez establecidos (legal o irregularmente) en sus países de acogida, los emigrantes pueden regresar al propio temporal o definitivamente —muchos sólo desean hacer un capital con el que montar un negocio en su país, convirtiéndose así en importadores de capitales—, pueden conservar su nacionalidad, obtener la del país de acogida o detentar las dos, de acuerdo con la legislación vigente en cada caso.

Al emigrar, ese ciudadano no pierde su casa o sus bienes en el país de origen, y en la mayoría de los casos preserva sus derechos ciudadanos, puede votar por correo y tener una participación en la cosa pública. Alguien que esté en otro país ejerciendo tareas profesionales para una empresa o para el gobierno de su país de origen puede, si lo decide, cambiar de trabajo y establecerse en el país de destino, sin ser por ello considerado traidor a su compañía o a la patria, e inmediatamente puede, obteniendo los visados correspondientes, traer a su familia. Y, en general, sea presunto migrante o no, un ciudadano de cualquier país puede solicitar visados de los países que desea visitar y una vez obtenidos, sin que medie una carta de invitación ni un permiso de salida otorgado por su gobierno, podrá viajar.

 

Huyendo del paraíso

Un cubano, para viajar, debe presentar una carta de invitación (como si el viajero fuera minusválido y necesitara garantías de que alguien lo cuide en el país de destino) y obtener el gracioso permiso de salida que otorgan (o no) las autoridades, aunque sólo se trate de un viaje temporal. De prolongarse la estadía fuera del país, el viajero deberá pagar peaje a su gobierno: una tasa mensual por la autorización para permanecer fuera del recinto patrio. Muchos profesionales no reciben ese permiso ante el temor de que se dejen olvidados en cualquier país.

Si desea migrar, el gobierno decidirá si lo autoriza o no. En caso afirmativo, el cubano es despojado de su vivienda, automóvil y cualquier otro bien, se le retiran sus derechos ciudadanos, su carné de identidad y su derecho a residir de nuevo permanentemente en el país. Y si el ciudadano, bien porque no reciba el visado correspondiente o la autorización de su gobierno, decide emigrar por vías irregulares y es sorprendido en el intento, suele sufrir represalias —expulsión de su empresa o su centro de estudios— y hasta 1994 ello incluía severas penas de prisión agravadas con la reincidencia.

Es decir, el éxodo irregular es interpretado por el gobierno de La Habana como una fuga de prisión merecedora de castigo, como un acto de beligerancia política o en clave castrense: deserción llaman habitualmente al hecho de que un ciudadano en viaje de estudios o trabajo, decida establecerse en el país de destino.

En ese caso, sus familiares cercanos permanecerán retenidos en la Isla, sin permiso para emigrar, durante un plazo de 3 a 5 años. No importa por qué razones desee marcharse un cubano (y bien podrían ser fundamentalmente económicas), en cualquier caso, desde el instante en que hace pública su intención de emigrar, hasta su salida, el tratamiento que le concede su gobierno equivale al que normalmente se tributa a un enemigo: la tasación de sus bienes para evitar que disponga de ellos, la expropiación de dichos bienes y de sus derechos, el trato vejatorio en centros de trabajo y de enseñanza. Un cubano, al manifestar su intención de migrar, puede hacerlo por razones económicas, políticas, amorosas o climáticas. No importa. En cualquier caso, el gobierno se encarga de convertirlo en un exiliado político.

Existe, además, cierto grado de uniformidad en el trato que el gobierno de Cuba concede a sus presuntos migrantes: trámites onerosos e intrincados, discriminación, persecución y expropiaciones, son propinados por igual al ciudadano común, que jamás ha manifestado beligerancia política, que al miembro de una organización opositora, al que sólo se le otorga una dosis mayor de vejaciones.

¿Por qué el gobierno que se abroga el derecho de conceder permiso para visitar la Isla a unos emigrados y a otros no, maltrata por igual a todos sus migrantes? Se trata de desestimular el éxodo, y no por razones humanitarias, sino políticas: es poco explicable que tras medio siglo los trabajadores huyan en masa del paraíso de los trabajadores.

Según el MINREX, la tasa migratoria de Cuba es «normal» si se le compara con los países de su entorno. Lo que no añade el MINREX es que ningún país de su entorno hizo una revolución social, expropió a la burguesía y estableció, presuntamente, «la propiedad social de los medios de producción», ninguno llevó a cabo una profunda reforma agraria, universalizó la enseñanza y la atención médica, ninguno ha exigido a sus hijos medio siglo de sacrificios en aras de la felicidad futurible, y ninguno, desde luego, disfrutó durante treinta años del rubloducto de ayuda eslava, convirtiendo al embargo norteamericano en una especie de incomodidad muy soportable.

De modo que en tales circunstancias, comparar tasas migratorias es engañoso. Si mañana el gobierno cubano derogara el permiso de salida y aboliera cualquier restricción a los viajes, no persiguiera la emigración ilegal y equiparara realmente a sus migrantes con los de los países aledaños, entonces podríamos comparar tasas de emigración. O tasas de permanencia, si fuera más cómodo trabajar con ese dato.

 

Relaciones eternamente anormales

Pero las diferencias entre el migrante cubano y el de los países vecinos no acaba con su salida.

Una vez radicado en el exterior, el cubano deberá tener actualizado su pasaporte si quiere viajar alguna vez a la Isla, dado que aunque obtenga otra nacionalidad, a menos que haya emigrado de Cuba antes del 31 de Diciembre de 1970 (nadie sabe por qué esta es la fecha mágica), será el único documento de viaje que le autoricen.

Aunque Cuba no acepta la doble nacionalidad, aun presentando otro documento nacional estarás obligado a adquirir el pasaporte cubano. Y aunque ello es índice de que el gobierno continúa considerándote su ciudadano, sólo podrás regresar a Cuba (de visita y por tiempo limitado) si el gobierno te autoriza, y permanentemente sólo en casos muy especiales. Ha habido miles de cubanos a los que, ni siquiera por razones humanitarias, el gobierno le ha permitido regresar.

La denominación de las autorizaciones que concede el gobierno cubano —permiso de salida, permiso de residencia en el exterior, permiso de entrada, habilitación, permiso de salida indefinida, permiso de regreso definitivo— indican hasta qué punto el gobierno de la Isla se siente dueño de sus ciudadanos, a los que trata como a menores de edad obligados a pedir permiso para cualquier acto que los aleje del patio de la escuela.

El cubano que emigra no sólo pierde sus derechos en la Isla y se le expropian sus bienes, sino que durante más de veinte años presentar una solicitud para emigrar era castigado con trabajos forzados en labores agrícolas, sin cuyo trámite el acto de emigrar era abortado por las autoridades. Durante decenios el gobierno impidió sistemáticamente la reunificación de las familias, no concediendo permisos de salida y llegando a prohibir, incluso, los intercambios epistolares entre padres e hijos. Por no mencionar que durante veinte años a los cubanos que emigraron se les negó el derecho a regresar, ni de visita, y en muchos casos ni siquiera por razones humanitarias. Incluso hoy, el tratamiento que se concede a los migrantes en los consulados repartidos por el mundo es, salvo honrosas excepciones, vejatorio.

Cuando el MINREX habla de «normalizar las relaciones de los emigrados con su país de origen» está reconociendo que esas relaciones no han sido normales en casi medio siglo, pero pone la responsabilidad en sus exiliados, que deberán emprender «acciones constructivas (…) desde la perspectiva de la coyuntura histórica que define el destino de la Nación, la preservación de su soberanía, independencia, así como los logros de nuestro pueblo, cuales constituyen causa común para todos los cubanos de buena voluntad».

En caso contrario, se tratará de cubanos «de mala voluntad». Y volvemos, como de costumbre, a la identificación Patria = Nación = Gobierno = Socialismo = Fidel Castro. Si no estás de acuerdo con Fidel Castro, eres un enemigo de la patria. Y no importa si eres enemigo militarmente beligerante (o lo has sido) o si eres un periodista, escritor, político, cuya beligerancia es sólo verbal. Lo sancionable es siempre el pensamiento alternativo, se materialice en balas o en palabras.

 

La primera industria cubana

Volviendo al MINREX, éste nos dice que «desde 1959 siempre hubo una ‘política cubana hacia la emigración’, que estuvo determinada en primer lugar por las características y la actitud de esa emigración hacia el país». Es decir, de nuevo la culpa es de los exiliados. Cuando se le vejaba y se le condenaba en los sesenta, cuando se les apaleaba y abucheaba en mítines de repudio en 1980, se trataba de «vejaciones profilácticas», «escarnio anticipado». Se sabía de antemano que ese migrante se iba convertir en exiliado beligerante, y se le ripostaba antes que atacara. Si ello no convertía al migrante en exiliado político, habría que echar mano a la reserva de milagros de la nación cubana.

Ahora bien, hoy, cuando el exilio se ha convertido —por la vía de las remesas— en la primera industria de exportación cubana (exportación de gente), cuando miles de cubanos visitan anualmente el país, cuando quieren travestir oficialmente al exilio de emigración químicamente pura, el gobierno cubano mantiene hacia quienes emigran la misma política de despojo y exclusión. «Yo los trato como a enemigos, pero ustedes deberán pensarse, llamarse y comportarse como emigrantes».

Claro que esta política se articula con una política mayor de desprecio profundo hacia los ciudadanos. Un desprecio que sólo se relativiza en consonancia con la utilidad política o económica del exiliado. Es evidente que el cubano residente en la Isla es ciudadano de tercera categoría: carece de los derechos económicos que se conceden a un extranjero, se le obliga a pagar en una moneda ajena, su único derecho político es aplaudir y disfruta de una libertad condicional sujeta al arbitrio de Nuestro Papá, como ha dicho públicamente Nuestro Tío.

El exiliado es, a su vez, categorizado de acuerdo a su utilidad. Una persona que se preste desde el exterior a las campañas propagandísticas del régimen, un empresario que haga donaciones, un intelectual simpatizante, un político cariñoso con Castro, serían la categoría A, los compañeros de viaje, aunque opten por viajar en otra aerolínea. La categoría B serían los visitantes y remitentes de remesas: el exilio ordeñable gracias a una ingente masa de familiares cautivos. Y los otros: «la mafia de Miami, los repugnantes y dañinos. Los lamebotas y gusanos». En fin, los innombrables.

No hay, en suma, una sola palabra para definir al exilio cubano. Y si la hubiera, seríamos «migranxiliados», migrantes a los que el gobierno de Cuba convierte en exiliados, muy a nuestro pesar. O exiliados estrictos en muchos casos. Y no es raro que, aun en aquellos casos en que el que migra no ha tenido ninguna actividad opositora, se acoja a la Ley de Ajuste o intente justificar su derecho al exilio político.

Y la razón no es sólo que en la picaresca de la supervivencia un iraquí que desee solicitar el estatus de refugiado apelará incluso a sus discrepancias con Hammurabi (los cubanos disponemos de un personaje incluso más contemporáneo). La razón es que al provenir de un país donde cursar estudios universitarios, viajar, tener una casa, un automóvil, un televisor, un ventilador, obtener un puesto de responsabilidad, opinar, informarse y hacer el último chiste de Pepito, son actos francamente políticos, cualquiera es, total o parcialmente, un perseguido político, en la misma medida en que todos, absolutamente todos los ciudadanos de la Edad Media podían considerarse víctimas del Santo Oficio: por acción, por presunción, e incluso por omisión temporal.

 

(El exilio travestido; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de agosto, 2004).

 





La verdad sospechosa de Carlos Victoria (exilios y transgresiones)

1 07 2004

“La literatura, mentira práctica,

es una verdad sicológica. Hemos definido

la literatura: La verdad sospechosa.”

Alfonso Reyes; “Apolo o de la literatura”,

en: Ensayos. Ed. Casa de las Américas.

La Habana, 1972. p. 210.

 

 

El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista, decía Juan Bosh, aunque él mismo no siempre se ajustara a su axioma. Tras leer este volumen, primera recopilación de los cuentos completos de Carlos Victoria, en una cuidada edición de Aduana Vieja autorizada y revisada por el propio autor (Camaguey, 1950, domiciliado en Miami desde 1980, marielito y podríamos decir que saqueador de vidas ajenas), nos percatamos de que el autor ha fabricado un mundo –cercano, doloroso, tan verosímil que cuesta vencer la tentación de buscar a César y a Adela en las calles, de abandonar unas flores sobre las tumbas de Enrique, de William, de Ricardo- y que, efectivamente, lleva con acierto la cuenta de los sucesos, pero la pregunta es: ¿cómo…?

Aunque obtuvo en 1965 el premio de cuento de El Caimán Barbudo,  Carlos Victoria podría ser catalogado como “un escritor del exilio” (si eso existe), dado que, según él mismo  confiesa[1], su obra publicada ha sido completamente creada (o al menos redactada, cosa diferente) fuera de la Isla. De su obra escrita en Cuba, sólo pudo recuperar tres libros de poesía y un par de cuentos. La Seguridad del Estado incautó el resto de sus manuscritos. Más tarde, lo escrito desde la salida de su arresto (julio de 1978) hasta mayo de 1980, lo quemó él mismo justo el día antes de abandonar la Isla:  dos novelas inconclusas desaparecieron en cuestión de minutos.

Otra pregunta sería: ¿es Carlos Victoria un escritor “del exilio” o una definición de ese calibre sería tan engañosa como las nóminas culturales de La Habana, que durante casi medio siglo han confinado a escritores y artistas en compartimentos estancos de “nuestros” y de “ajenos”, de “camaradas” y “enemigos”, sin percatarse de esa vocación subterránea que tienen los vasos comunicantes? Lo que sin dudas detectará el lector es que estas historias, las lean los “nuestros” o “los otros”, sin importar desde qué orilla se decreten las categorías, logran “traspasar algo del escritor al lector y el poder de su oferta es la medida de su excelencia”[2]. Ciertamente, “la fórmula parece radicar únicamente en la urgencia dolorosa del escritor por comunicar algo que considera importante al lector”[3].

 

 

Temas insulares, jardines muy visibles

 

A la obra narrativa de Carlos Victoria, tanto a sus cuentos como a sus novelas,  se ajusta perfectamente la definición del escritor como “un explorador de la realidad: no la recibe consolidada y explicada, no la recibe interpretada; a él cabe hallarla, y la halla en los lugares menos publicitados, muchas veces en los más esquivos”[4]. Y esos lugares son, para Carlos, las trastiendas de la realidad visible, los sótanos, los desagües donde la sociedad intenta ocultar/arrojar sus desechos. Recorrer su obra es asistir a una galería de personajes marginados y marginales, sumergidos en la bruma del alcohol o las drogas, o intentando bracear desesperadamente para escapar de ella. Seres que intentan ser ellos mismos y huir de la maquinaria estandarizadora que pretende cortarlos y editarlos de acuerdo al patrón de una presunta “normalidad”. La huida, ese es el tema. En la obra de Carlos Victoria todos huyen y el exilio es apenas una de sus manifestaciones. De modo que, en síntesis, tres serían sus temas recurrentes, enlazados entre sí por relaciones de causa-efecto: la intolerancia, la inadaptación y el exilio. Tres temas que no son cotos privados de nuestra insularidad transida de política. Temas de siempre, de hoy mismo.

En “El alumno de Lezama” el viejo escritor ha sido marginado por su tibieza política mientras sus jóvenes amigos necesitan un sitio para ser ellos mismos, lo que presupone un espacio social donde ello les está vedado. En “El baile de San Vito” la presión de la intolerancia social transita toda la historia, un punto de partida de la desgracia nacional traducido en asuntos de familia. Un personaje intenta una y otra vez huir del país, otros han decidido quedarse y aspiran apenas a sobrevivir o medrar, el hombre huye de la camisa de fuerza en que se ha convertido el hogar y la mujer pretende apuntalar la estructura doméstica ante la inminencia del derrumbe. Mientras, Adelita es el desasosiego, la duda, la inquietud, la reacción, en proceso de autorreconocimiento, a un entorno opresivo. La censura presente en “Dos actores” y la intolerancia, traducida en prisión, ante la “conducta impropia” de un recluta homosexual en “Liberación”. Lo que a primera vista parece rechazo social del cubano común de la Isla al que viene “de afuera” en “Ana vuelve a Concordia”; aunque el lector sospeche que el rechazo es apenas la expresión más visible y engañosa de la propia frustración ante la miseria de sus vidas. El “nuestro” que evadió el aciago destino nacional para convertirse en “extranjero”, con la carga de estatus social que ese término ha adquirido en Cuba, se convierte entonces en la víctima propiciatoria sobre la que descargar los odios que no podemos dirigir hacia los verdaderos culpables. El hijo pródigo que regresa es el recordatorio de que nosotros también pudimos hacerlo, de que nosotros también pudiéramos ahora estar regresando. Tanto en “El armagedón”, con su mirada a la cárcel, como en “El resbaloso”, “El novelista” y “La estrella fugaz”, está presente, directa o indirectamente, esa fuerza oscura que obliga a huir a los personajes. Y en los dos últimos se evidencia que esa intolerancia, capaz de actuar como desencadenante, no es exclusiva del totalitarismo insular, sino que se extiende a esa sociedad donde han ido a parar muchos personajes acarreados por la resaca de la huida: una sociedad intolerante a su manera, cuadriculada por un andamiaje de normas y costumbres, y sometida a la dictadura del mercado. Tanto en una como en otra, como anota Liliane Hasson[5],  ”varios se encuentran doblemente marginados: por su estatuto social, siendo objeto de escarnio tanto los humildes como los ‘explotadores”.

Puede que la persistente vocación literaria de Carlos Victoria, los accidentes y obstáculos que ha tenido que trascender y salvar para construir su narrativa —desde las acusaciones de “diversionismo ideológico”, la prisión y la confinación de manuscritos, en Cuba, hasta la falta de apoyos institucionales en el exilio, que lo ha condenado a trabajos alimenticios y a la lenta edificación de su obra (sin descontar el efecto bienhechor de este tempo de factura)—, todo parece propio de sus personajes. Y si hoy disfrutamos de sus cuentos es porque Carlos ha ganado una larga carrera de resistencia, a pesar de que “desde el comienzo de mi carrera noté que todo a mi alrededor conspiraba para que yo dejara de ser quien estaba siendo[6]. De alguna manera, Carlos Victoria es el primer personaje de Carlos Victoria, y no necesita siquiera disfrazarse, como en  el cuento “Halloween”.

Si la intolerancia es la causa, el tema que está en el origen de su narrativa, el efecto más visible en su obra es la inadaptación, el desarraigo. Liliane Hasson[7] afirma que

“la inconformidad caracteriza a la mayoría de los personajes, tan inaptos como inadaptados para vivir en la sociedad que les ha tocado en suerte, sea en la Cuba revolucionaria, sea en Miami —en varios cuentos y en la novela Puente en la oscuridad— sea con la propia familia, con el amigo, con el amante. (…) Ciertos personajes son impotentes, unos luchan por mantenerse a flote, algunos se refugian en la bebida o en otras drogas, en el sexo, en la locura, hasta en el suicidio. Otros más buscan el apoyo de la religión, del misticismo, de la especulación filósofica, de la cultura: son las transgresiones peores (…) Otro de los temas recurrentes es la vana búsqueda de la identidad ; la pérdida del nombre, o sea la del padre, la del hermano, se paga con el ostracismo. Quien es rechazado rechaza, e impera la incertidumbre. (…) De ilusiones perdidas se trata. ¿ Qué refugio les queda a los personajes? Huir de todo, de la casa, de la ciudad, del país, de sí mismo, de la vida”.[MH1] .. .

Reinaldo García Ramos[8] señala con qué frecuencia los personajes son  exalcohólicos, muchas veces como protagonistas o narradores. Y Carlos Espinosa[9] habla de «páginas de marcada impronta generacional, en visiones descarnadas de pedazos de tiempos, de vidas tronchadas, en escarbamientos dolorosos que aspiran al conocimiento, a la comprensión, y que, como toda buena literatura, tiene mucho de exorcismo”.

La angustia del desarraigo y la marginalidad transita toda la cuentística de Carlos Victoria. Un desarraigo que asola por igual a los personajes de la Isla —”El alumno de Lezama”, “El baile de San Vito”, “Liberación”, “Dos actores”, “El armagedón”, “En el aserradero”, “Pólvora”, “El atleta”, “El resbaloso” y “La herencia”— y a los del exilio —”Halloween”, “Un pequeño hotel de Miami Beach”, “La australiana”, “La franja azul”, “El repartidor”, “Enrique”, “Las sombras de la playa”, “La estrella fugaz”, “El novio de la noche”, “Pornografía”, “El novelista”, “La herencia”—. Un desarraigo que es respuesta y reflejo, necesidad continua de evasión hacia los neblinosos y temporalmente felices predios de la droga y del alcohol, con su correspondiente ricorsi: curas de desintoxicación, exalcohólicos permanentemente al borde de la recaída, personajes cuya existencia sólo alcanza una versión de la plenitud una vez transgredida cierta dosis de etanol en sangre.

Ese desajuste existencial, ese desarraigo, va desde la relación con el entorno hasta los vínculos interpersonales y el espacio íntimo, razón por la que Reinaldo García Ramos[10] menciona, entre los temas recurrentes de Carlos Victoria, “el desamor, tanto genital como filial, y el carácter amorfo y ambiguo, fluctuante y frágil, de la amistad entre hombres jóvenes, erosionada por los embates de la política y la historia”.  Aunque en él lo autobiográfico, salvo excepciones —”La estrella fugaz” o “Halloween”, por ejemplo—,  está siempre escamoteado, travestido bajo la piel de personajes afines, cuyas trayectorias vitales se tuercen cuando empiezan a parecerse peligrosamente a la del autor, muchos lectores sospecharán que, en su caso, “la capacidad de escribir se convierte en una especie de escudo, una manera de esconderse, una manera de transformar el dolor en miel demasiado instantánea”[11].

El último tema en esa cadena de relaciones causa-efecto, y que se constituye a su vez en un generador adicional de desarraigo, extrañamiento, desajuste a una nueva realidad “normalizada”, es el exilio. Hasta el punto de que Reinaldo García Ramos[12] califica a toda su obra como “la crónica del exilio en los años posteriores a Mariel”, y en su gama de temas obsesivos coloca en primer lugar el desarraigo que provoca. El momento preciso de la ruptura, cuando el protagonista decide, como Marcos Manuel,  ser un espectador de la realidad insular, pero desde esa platea alta que es el exilio (“Dos actores”) es recurrente en estos cuentos: “El baile de San Vito”, “Dos actores”, “El atleta”, “La herencia”. No es casual. El éxodo por el Mariel en 1980 constituyó para Carlos Victoria el suceso central que articula sus dos vidas: los treinta años discurridos en Cuba y los veinticuatro de exilio, hasta el punto de que, como nos cuenta Liliane Hasson[13], en 1993, evocando los días que precedieron a su exilio por el puerto de Mariel, el propio escritor aclaraba que la literatura, para él, “significa sobre todas las cosas autenticidad. Y mi gran interrogante en abril de 1980 era si fuera de mi patria lo que yo escribiera podía seguir siendo auténtico”. De hecho, esa autenticidad, más que perderse, se ha acentuado, en la medida que el autor se ha adueñado de los medios narrativos. Pero es necesario aclarar que en  su obra el exilio no es sólo ese espacio físico de la diáspora, esa patria de repuesto, especialmente Miami. El exilio puede ser La Habana (“La calandria (Líneas de un retrato)”, “El abrigo”); puede ser todo tiempo presente, en contraste con esa patria vívida que es la juventud y la infancia (“La australiana”); puede ser el alcohol, como en “Pólvora”, cuando la evasión hacia el territorio prohibido permite que la mujer vuelva a ser hermosa, y el hombre, guerrero, y que los jóvenes tengan fe en ellos mismos, los callejones sean avenidas y las casas apuntaladas se yergan. El exilio puede ser la muerte (“Para jugar a la ruleta rusa”, “Enrique”, “Halloween”); como puede ser una forma del exilio la noche (“El resbaloso”) o la literatura (“La estrella fugaz”, “El novelista”). O incluso todo, excepto el propio cuerpo, ese refugio último (“Ana vuelve a Concordia”).

Carlos Espinosa[14] anota que la realidad de la cual se nutre Victoria es la cubana, la de la isla y la de Miami, la del exilio interior y la del exilio físico. Pero habría que subrayar que en él los avatares de la “exterioridad”, tanto la cubana como la de Miami, tienen un valor desencadenante. Los verdaderos exilios son esas huidas interiores a las que parecen propensos muchos de sus personajes, una suerte de respuesta transgresora a las  presiones de la realidad exterior. Ello explica que el mismo autor[15] se refiera en este caso a un “profundo buceo en la intimidad y las relaciones humanas”. Y que Benigno Dou, al referirse a “El novelista”[16], mencione esa “dimensión extraterritorial donde el creador tiene patente de corso para saquear los restos de los naufragios humanos”.

Y ese buceo resulta más rico, y al mismo tiempo más necesario, dada la complejidad de los personajes, que con frecuencia se traduce en ambigüedad o ambivalencia. La “perdonabilidad” del delito en “El abrigo” y “En el aserradero”, donde robar es apenas un acto “inconveniente”. El sinuoso curso de una vida en “Un pequeño hotel de Miami Beach”. La escabrosa relación con una prostituta ladrona en “La franja azul”.  La ambigüedad sexual en “El atleta” y, desde luego, la ambigüedad por excelencia que campea en “El resbaloso”, uno de los cuentos más inquietantes del volumen. Ese resbaloso que deambula por la ciudad, posible alter ego del escritor, inasible, intocable, fisgoneando la vida ajena sin un propósito definido. Perseguido por la policía y por los vecinos. Nadie sabe exactamente por qué. Nada ha robado. A nadie viola o agrede. Es, al mismo tiempo, el señor de los apagones, la subversión que se oculta en la sombra, inatrapable para guardas, policías, cederistas, porteros de hoteles. Es el espíritu de la noche en la ciudad que se deshace, la ciudad que evoluciona con cada derrumbe hacia un recuerdo de la ciudad. La ciudad que se conjuga en pasado en una suerte de viaje a la semilla. La ciudad cuyo espíritu es, posiblemente, esa mujer ciega y sorda que al final, en el momento del cataclismo, dice “abur”.

Historias inquietantes donde el juego de transgresiones es continuo: “El novio de la noche”, “Pornografía” –en ese ambiente sórdido donde resulta casi natural que el protagonista prefiera masturbarse con la foto de la mujer, a acostarse con ella—. “La ronda”, una historia irreal que anuda bajo un flamboyán la noche, el sexo y la muerte, y que se aloja en nuestra memoria con la persistencia de aquella alimaña a la que se refería Cortázar y de la cual resultaba imposible librarse. Quizás por esa fascinación que todos sentimos por lo oscuro, lo sórdido, lo distinto. O esa multivalencia en la vida de “El novelista”, saqueador de las miserias ajenas, como quien contempla pacientemente un naufragio, sabiendo que más tarde tendrá ocasión de bucear en los restos y rescatar algún tesoro apartando los cadáveres.

Y aunque es cierto que “los protagonistas son volubles” y sus modales son (a veces) contradictorios, no coincido con Liliane Hasson[17] en “que aparentemente rayan en la incoherencia”. Por el contrario, hay en sus acciones una lógica conductual perversa, excéntrica, desplazada de una presunta “norma social”, pero lógica al fin, compelida por experiencias vitales cargadas de frustraciones, desajustes, extrañamientos. Los personajes de Carlos Victoria, como su travesti o sus invitados a la fiesta de halloween, tienen muchos rostros, muchos maquillajes, varias facetas no siempre bien avenidas. Son, en síntesis, humanos. Desde luego que, como señala la ensayista francesa, “son varios los Marcos, las Sofías, los Elías, desparramados en las obras ; el mismo Abel, protagonista de La ruta, ya aparecía en el cuento “El repartidor”[18], subrayando así la ambigüedad como clave  necesaria en su universo narrativo, lo cual, desde luego, no nos permite concluir que “un escritor que recalca la ambigüedad y evoca las dudas que le asaltan no puede ser polémico ni político”[19].

Claro que en lo que se refiere a la política como presencia en la obra de Carlos Victoria hay que ser muy cauteloso. No hay en ella reiteradas y subrayadas referencias explícitas (como suele suceder, con lamentable frecuencia, en mucha de la llamada “literatura del exilio”). Si habláramos de la presencia de un mensaje político, los textos de Carlos Victoria me recuerdan la famosa respuesta de Augusto Monterroso: “…una periodista me preguntó acerca del mensaje de mi obra. Le contesté que todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero que estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre era que los lectores se volvieran reaccionarios”[20]. Y, desde luego, si dependen de la absorción de un mensaje explícito, los lectores de Carlos Victoria pueden volverse lo que les venga en gana. Es cierto que en su obra no hay ”resentimiento ni énfasis en la denuncia política”[21] y que “aun en aquellos relatos y novelas donde los personajes se mueven con desgarramiento, Victoria deja que su voz sosegada los contamine”[22]. Y aunque, efectivamente, ”dista mucho de ser comprometida”[23], al menos en la más  común acepción del término, estamos frente a una literatura políticamente incorrecta. Incorrecta para casi todos los bandos y facciones de la política: virtud añadida.

El grado la profundidad de la miseria cubana devenida en modo de vida, en tragedia permanente, que traspasa un cuento como “El abrigo”. Esa existencia trágica, epigonal, marginada por el poder y apenas aceptada por las nuevas generaciones sólo por conveniencia en “El alumno de Lezama”. “El baile de San Vito”, que resume en asuntos de una familia la desgracia nacional. La historia de Julio, con su nombre de mes cálido y cuajado de mártires, que en “Liberación” terminó en la cárcel por enamorarse de otro hombre. La presencia densa de la censura en “Dos actores”. La cárcel por razones de fe en “El armagedón”, el robo “En el aserradero”. Todas son historias que fotografían a contraluz la erosión causada en la condición humana por el proceso político cubano, una denuncia más a fondo, más a la raíz, que cualquier diatriba coyuntural y suculenta en adjetivos que se dedique a denunciar a las ramas.

Y, por otro lado, esa vida que se desmorona en “Un pequeño hotel de Miami Beach”; la mujer que se refugia en sí misma en “Ana vuelve a Concordia”; la inadaptación de escritores doble o triplemente exiliados en “La estrella fugaz”; la dura cotidianía en “El repartidor”; la desolación que transita  “Las sombras de la playa”, y la marginalidad en “La franja azul”, “El novio de la noche”, “Pornografía”, y sobre todo el buceo en las cloacas de la sociedad miamense que es “El novelista”; todos ellos son un muestrario de la otra cara de ese exilio próspero, consumista, feliz de sus éxitos frente a la crisis perpetua de la Isla. Una vivisección de la otra Cuba que, desde luego, no hará felices a los políticos autocomplacientes del exilio.

La narrativa de Carlos Victoria no es explícitamente política. Es profundamente política, si aceptamos que política no es exclusivamente eso que hacen los profesionales que viven de su ejercicio, sino, como dice el Diccionario de la Real Academia, la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”.

 

 

El ecosistema Carlos Victoria

 

Tiene razón Carlos Espinosa cuando declara que su tocayo Victoria ejerce el “desplazamiento Cuba-Miami, a veces poético, a veces real”[24], corroborando al autor, quien ha declarado: “Yo nací y viví treinta años en Cuba, y eso es parte vital, para bien o para mal, de lo que soy. Pero al final lo que queda es la obra, que si es valiosa opaca la nacionalidad e incluso la vida del autor, aunque éstas estén implícitas de alguna forma en cada página”[25]. Si nos pidieran delimitar geográficamente el coto de caza literario al que acude Carlos Victoria, tendríamos que dibujar una parcela que va de Camagüey a La Habana y que termina en los suburbios septentrionales de Miami. Pero esa sola parcela es insuficiente. Carlos Victoria hace también

“una literatura de la transmutación y hasta de la trasmigración. Tocados por una suerte de ubicuidad trágica estamos en dos sitios a la vez. Y por lo mismo no estamos en ninguno. “Un pequeño hotel en Miami Beach” puede estar situado en un extraño paraje donde el personaje al doblar Collins Avenue entra en las calles Galiano y San Rafael, en La Habana”[26].

La geografía de Carlos Victoria es incierta, dubitativa, los personajes transitan de un paisaje a otro sin pausas. Pero es aún más sutil: viven en Miami con el mismo gesto de habitar La Habana. A ello contribuyen los tránsitos dictados por el autor, y donde unos pocos recursos de la literatura fantástica, estratégica y discretamente dispuestos, consiguen, de soslayo, que sin forzar el tono el lector sienta la “naturalidad” de esas trasmigraciones. Pero no es, de cualquier modo, una literatura acotada por la geografía. Sin dejar de ser cubanos, sus personajes y sus entornos, los conflictos que aquejan a los habitantes de sus ficciones –el éxodo, el extrañamiento, la marginación, las servidumbres y arbitrariedades que sobre el hombre común ejerce el poder, etc.—resultan familiares a cualquier hombre, especialmente a aquellos que han padecido dictaduras y destierros, es decir, a la tercera parte de la humanidad. Y seguramente son más exactas para ubicar el hecho literario estas coordenadas de la sensibilidad y la imaginación, que meros paralelos y meridianos acotando la página.

Desde luego que no se puede hablar de un ecosistema Carlos Victoria sin referirnos al estilo y al idioma.

Lejos del “repentino extrañamiento”[27] del cuento breve, al que se refería Cortázar como un objeto literario que  “no tiene estructura de prosa”[28], los de Carlos Victoria –que tuvo a Cortázar como uno de sus primeros “amores literarios”­– se acercan a aquel “relato demorado y caudaloso de Henry James, “La lección del maestro” [donde] se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en los hechos que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña”[29]. Quizás porque “el autor no se ciñe a una anécdota clásica, sino que deja la acción en esa especie de interregno en tono menor en que ocurren las historias de Pavese, de cierto Hemingway”[30]. En este territorio encaja perfectamente la trivialidad de algunos de sus argumentos: el abrigo del cuento homónimo, la vida insulsa de “La australiana”, el televisor de “La franja azul”,  el trago que se prepara en “Pólvora”, los argumentos alrededor de los cuales se articulan “Las sombras de la playa” y  “La estrella fugaz”. Meras excusas argumentales bajo las cuales se construye la verdadera historia. Un procedimiento que explica el tempo de los cuentos, así como su carácter protonovelístico, porque ciertamente en ellos ”hay voces que claman por espacios más amplios. Victoria, sin duda, es un cuentista que trabaja con los planos de un novelista”[31], “cuentos que se integran en un continuum como piezas de un rompecabezas”[32]. Es como si Carlos Victoria quisiera corroborar con su obra que “un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá  de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”[33].

“Recios y perfectos” llamó a estos cuentos Reinaldo Arenas en la contraportada de Las sombras de la playa, y “precisos mecanismos de relojería”[34], apostilló Benigno Dou, para aclarar a continuación: “Esta economía de recursos (…) puede confundir a más de un lector en busca de una gratificación literaria inmediata. Nada más fácil que confundir la falta de adorno con la desnudez, la mesura con la timidez, la ambigüedad calculada con la falta de audacia literaria”. Una concisión, una desnudez que ya constituyen un estilo propio, una sobriedad que bien podría proceder, como bien dice Emilio de Armas[35], de “la sencillez expresiva de la [literatura] norteamericana”, aunque es difícil encontrar en su cuentística “la abundancia de recursos propia de la narrativa latinoamericana contemporánea”[36]. Por el contrario, la concisión, en ocasiones incluso la escueta narración de los hechos, sin demasiados sobresaltos formales —”Las sombras de la playa” es, posiblemente, una de las pocas, aunque feliz excepción— no responden a incapacidad, sino a intención explícita del autor, quien ha admitido: “estoy dispuesto a experimentar siempre que eso responda a una necesidad de la narración”[37]. Ni más ni menos. Sí pueden detectarse incursiones de la dramaturgia en su narrativa: “el ritmo de los numerosos diálogos, los desplazamientos de los personajes, los escasos lugares o, mejor dicho, decorados donde se desarrollan las escenas claves[38]”, así como la presencia del cine, tanto en su técnica (recordar la sucesión de planos a lo largo de los cuales se desarrolla “El novelista”) como las referencias al cine en tanto que locación de escenas eróticas, llegando a ocupar el centro del espacio narrativo (“Pornografía”).

El último de los elementos que componen el ecosistema Carlos Victoria es el idioma. Según Reinaldo García Ramos[39] el idioma utilizado en estos cuentos “trasciende la resonancia cubana del español y sus usuales seducciones (…) entronca con escritores como Alejo Carpentier y José Lezama Lima, que se remitían a la múltiple y universal musicalidad del español extra-isleño”. La comparación es válida como proposición de cubanía lingüística, pero es rotundamente inexacta si consideramos la distancia entre el castellano barroco de ambos autores, sobre todo el de Lezama, y la contención de Carlos VIctoria. Ciertamente, no hay en estos cuentos esa procacidad explícita que algunos hoy pretenden traficar como lo típicamente cubano. Por el contrario, la justa dosificación del idioma, la negativa del autor a la experimentación gratuita, y posiblemente el hecho de que su “idioma cubano” creció en el tránsito Camagüey-La Habana-Miami, con el añadido de todos los castellanos adventicios que pueblan la oralidad de la ciudad donde vive, han conformado una norma lingüística en la obra de Victoria que se aleja de tipicismos recurrentes o localismos intrincados. Ahora bien, con un finísimo sentido de la pertenencia, toda su cuentística está transida de cubanismos: expresiones, palabras, diminutivos, fórmulas lingüísticas: “otra palabrita” “y hablo bastante mierda” (“El armagedón”); “agarramos al ladrón”, “si sigues con esa gritería, nos van a botar”, “para mí que es medio anormal”, “te digo, compadre…” (“En el aserradero”), por ejemplo. Un goteo que, sin abrumar al lector con una jerga regional, establece unas coordenadas idiomáticas difíciles de pasar por alto. Si, como decía Borges, no cabe la menor duda acerca de la naturaleza árabe del Corán, dada la ausencia de camellos en sus páginas, algo que habría derramado en abundancia un autor no árabe para dotar al libro de “color local”, la ausencia de aseres y jevas en los cuentos de Carlos Victoria puede ser una prueba irrefutable de su cubanía.

 

La verdad sospechosa

 

Ya en abril de 1987, en una conferencia dictada en la Sorbona, Reinaldo Arenas calificaba a las primeras obras de Carlos Victoria, entonces inéditas, como “una especie de lucidez desolada ” y subrayaba lo que tenían en común, a pesar de sus diferencias, los escritores cubanos del exilio[40]. En 1999 Jesús Díaz alababa a Guillermo Rosales y a Carlos Victoria por haber inventado “un Miami littéraire”[41] y Olga Connor[42] cita al segundo como ejemplo de una literatura del exilio, por el contrario que autores que surgieron en Cuba o que, aun exiliados,  “sólo escriben sobre Cuba“. Es comprensible la necesidad que tiene un exilio sangrante (y al mismo tiempo económicamente triunfante) de verse reflejado en un corpus artístico o literario que le pertenezca (cierto orden de manipulación política de la cultura no se detiene ante la palabra “pertenencia»). Pero se trata de esa misma manía patentada por el totalitarismo de escoger el arroz de la cultura, apartando los granos malos y las piedras (los otros) del arroz limpio (los nuestros). Los propios escritores de Mariel, aún cuando blasonaran de cierto espíritu generacional, gregario, mantuvieron su no pertenencia en tanto que escritores sin propietario. El propio Victoria afirma: “A la larga “las literaturas” no importan, lo que queda es la obra individual de los buenos escritores, que más que pertenecer a una literatura, tienen un nombre y un apellido”[43].  Y menos en el caso del escritor latinoamericano, heredero cultural de todo Occidente, cuya posición “le veda el exclusivismo intelectual de limitarse a la absorción cultural de su propio país o continente”[44].

De modo que no seré yo quien demarque las parcelas de la literatura cubana, ni distribuya entre los autores las finquitas de la palabra. Queda eso para los entomólogos de la literatura. Sí puedo asegurar que la cuentística de Carlos Victoria puede injertarse sin temor en el territorio de la buena literatura, no sólo por la calidad de su lenguaje o la construcción de sus ficciones, sino por algo que sentirá frente a ella cualquier lector medianamente sensible: la autenticidad. ¿Cuál es el secreto? Ibsen establecía una distinción “entre lo que ha sido experimentado y lo que ha sido vivido; sólo lo primero puede ser objeto de la creación artística”[45]. Casi parafraseando al autor escandinavo, Carlos Victoria afirma[46]: “busco una distancia y a la vez un acercamiento. El acercamiento viene de que sólo escribo cosas que para mí resulten significativas, en un sentido vital, afectivo o emocional. La distancia viene de que al escribir freno la emoción y el afecto. Me interesa ese contraste”.  Y el lector logra apreciar ese respeto del autor por sus propias criaturas, de modo que cumple lo que ya señalaba Emilio de Armas[47]: “El autor no impone conclusión alguna, pero comparte las propias con el lector en un grado tal de confianza –literariamente lograda— que asentimos sin darnos cuenta”.  Porque el lector atento detecta de inmediato cuándo la obra ha sido tasada en balanzas trucadas, cuándo el escritor ha puesto “ el pulgar en el platillo para hacer bajar la balanza de acuerdo a sus propios gustos” (D.H. Lawrence[48]) y cuándo ha respetado lo que para Lawrence era justo “la moral en la novela”:  “la temblorosa inestabilidad de la balanza”.

Sirva todo lo anterior como una invitación para adentrarse en unos textos auténticos, dolorosamente nuestros, armados durante años con una paciencia de orfebre que trabaja exclusivamente con materiales nobles y desdeña, para nuestro bien, las palabras trucadas.

 

La verdad sospechosa de Carlos Victoria, prólogo a los Cuentos completos de Carlos Victoria, Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2004.

 


[1] Alejandro Armengol: “Carlos Victoria: oficio de tercos”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[2] Steinbeck, John, en: The Paris Review: Conversaciones con los escritores. Madrid, 1974. p. 179.

[3] Ibíd.

[4] Ángel Rama; “Diez problemas para el novelista latinoamericano”, en:. Revista Casa de las Américas, nº 60, p. 31.

[5] Carlos Victoria, un escritor cubano atípico.

[6] Nélida Piñón, en: Bianchi Ross, Ciro: Voces de America Latina. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1988 p. 281.

[7] Op. Cit.

[8] “La playa se ilumina”.

[9] El peregrino en comarca ajena. University of Colorado, 2001.

[10] Op. Cit.

[11] John Updike, en: The Paris Review: Conversaciones con los escritores. Madrid, 1974. p. 334.

[12] Op. Cit.

[13] Op. Cit.

[14] Op. Cit.

[15] Carlos Espinosa ; Op. Cit.

[16] “Como precisos mecanismos de relojería”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre de 1997, p. 3E.

[17] Liliane Hasson; Op. Cit.

[18] Ibíd.

[19] Ibíd.

[20] Bianchi Ross, Ciro: Voces de America Latina. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1988. p. 234‑35.

[21] Carlos Espinosa; Op. Cit.

[22] Gladis Sigarret citada por Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E.

[23] Liliane Hasson; Op. Cit.

[24] Op. Cit.

[25] Alejandro Armengol: “Carlos Victoria: oficio de tercos”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[26] Liliane Hasson; Op. Cit.

[27] Julio Cortázar; “Del cuento breve y sus alrededores”, en: El Caimán Barbudo. La Habana.

[28] Ibíd.

[29] Cortázar, Julio: “Algunos aspectos del cuento”, en: Selección de lecturas de investigación crítico literaria. Facultad de Artes y Letras. Universidad de La Habana. La Habana, 1983. p. 153.

[30] Reinaldo García Ramos: Op. Cit.

[31] Rubén Ríos Ávila citado por Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E

[32] Reinaldo García Ramos: Op. Cit.

[33] Cortázar, Julio: Algunos aspectos del cuento, en: Op. Cit, pp. 147‑148

[34] Benigno Dou: “Como precisos mecanismos de relojería”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E.

[35] Reseña sobre Las sombras de la playa, septiembre, 1992.

[36] Ibíd.

[37] Alejandro Armengol: “ Carlos Victoria: oficio de tercos ”, en : Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[38] Liliane Hasson; Op. Cit.

[39] Op. Cit.

[40] Liliane Hasson : Op. Cit.

[41] Liliane Hasson: Op. Cit.

[42] “Victoria en lo interior”, en: Nuevo Herald, 20 de septiembre,1992.

[43] Eliseo Cardona: “Narrativa centrada en dos geografías”, en: El Nuevo Herald, 16 de noviembre, 1997, p. 3E

[44] Alejo Carpentier; “Problemática de la actual novela latinoamericana”, en: “Tientos y diferencias”. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985.

[45] Jrapchenko, Mijaíl. La personalidad del escritor. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1984.p. 108.

[46] Alejandro Armengol: “ Carlos Victoria: oficio de tercos ”, en :  Linden Lane Magazine, enero, 1995.

[47] Reseña sobre Las sombras de la playa publicada en septiembre de 1992.

[48] Morality and the novel.


 [MH1]





Guillermo Vidal: oro de ley

19 05 2004

Fue en febrero de 1982 cuando me presentaron, durante una lectura en la Sala de Cultura de Victoria de las Tunas, a un hombre extremadamente delgado, de tez aceitunada y curtida por los soles feroces de la Isla. Su rostro era afilado como una navaja, con ojos hablaban antes que su dueño abriera la boca, y su sonrisa era capaz de desarmar las peores intenciones. Antes y después de aquel día he conocido a personas que tras una apariencia de ogros eran apenas ogros de caramelo, y a otros que despertaban una espontánea simpatía. Al cabo del tiempo uno descubría los devastadores efectos de una sonrisa-trampa, de un regalo envenenado. También he conocido a buenas personas que lo parecían, pero a ninguna como aquel hombre al que uno sabía incapaz de una mala obra desde la primera sonrisa.

Volví a encontrarlo al año siguiente, durante la premiación del concurso Cuentos de Amor, que convocaba Las Tunas. Y desde entonces nos vimos ocasionalmente en distintos espacios y circunstancias, sin que jamás me abandonara aquella sensación primera. Y lo más importante: sin que jamás tuviera ni un solo motivo para que me abandonara.

Hoy me entero que aquel ingenioso hidalgo, el escritor Guillermo Vidal Ortiz, falleció en la noche del pasado sábado 15 de mayo, a los 52 años de edad, en Victoria de las Tunas, su ciudad natal. Según algunos medios, fue un tumor cerebral; según otros, problemas respiratorios que ya lo habían obligado a varias hospitalizaciones. En cualquier caso, es injusto, irreparable.

Lo miro en la foto: igual de flaco, pero con una barba patriarcal plagada de canas, una mirada tan vivaz y joven como recuerdo, y una sonrisa que no llega a aflorar y apenas se insinúa en una mínima contracción de los ojos.

En 1986, el mismo año en que Guillermo Vidal ganó el premio David con su libro Se permuta esta casa—ya antes había obtenido el premio 13 de Marzo con Los iniciados—, apareció una especie de libro iniciático de una generación de narradores cubanos, la antología Hacer el amor, preparada y editada por Alex Fleites. En la contraportada aparece la tropa de los autores incluidos posando para el daguerrotipo. Siempre he pensado que en esa foto hay dos ausentes: Abilio Estévez y Guillermo Vidal.

Contando a esos dos ausentes, me percato de que en aquella foto de familia sólo tres habíamos nacido en La Habana, sólo dos vivimos hoy fuera de la Isla, y sólo uno permaneció en la provincia del interior donde había nacido: Guillermo Vidal. Resistió el “llamado de La Habana” durante los 70 y los 80, y resistió “el llamado de ultramar” tras la crisis de los 90. En una entrevista concedida hace un año (Literaturacubana.com, junio, 2003), respondía que se había quedado en Las Tunas “sólo por razones sentimentales. Tengo la mayor parte de mi familia aquí, pero también tengo una hija, un yerno y dos nietos en España, a mi madre de crianza en Estados Unidos y no he dicho en ninguna parte que estoy comprometido a quedarme. Me va bien, porque vivir lejos del mundanal ruido permite que no me jodan. (…) Los viajes me deprimen un poco, pero a veces asisto a ferias en otros países, no a tantas, y me siento como un bicho raro y apenas hablo con la gente y sueño con volver a casa para no estar en salones y protocolos que me apocan, que me hacen decirme qué hago aquí, por qué no me quedé en casita, sin tanto barullo. Es que soy muy tímido. Aún así, imparto conferencias y doy entrevistas y salgo por la tele y nadie se da cuenta de que me cuesta mucho trabajo. Prefiero las conversaciones privadas, la gente sencilla, y detesto las frivolidades que llegan a asquearme”. Una timidez, una ausencia de vedetismo que algunos fabricantes de aureolas, prestigios literarios y otros artículos de segunda mano suelen confundir con un síntoma de obra menor, quizás porque les resulta inconcebible que, incluso entre los escritores, a veces, la modestia exista.

Su larga barba, su coleta, su perfil aguileño, su inteligencia y su proverbial bondad, eran ya parte inseparable del paisaje urbano de Victoria de las Tunas, la ciudad donde nació el 10 de febrero de 1952, y que se negó a abandonar aunque en los 80 fue expulsado de su cátedra en el Instituto Superior Pedagógico por razones “ideológicas”, y aunque su nombre constaba en la lista de los intelectuales que los medios no debían entrevistar en directo por miedo a que dijera alguna “inconveniencia”. A pesar de todo, como dijo Guillermo, “un hombre es capaz de sentirse libre en condiciones muy duras”. Y añadía: “ni se imagina lo negras que me las he visto, he tenido que asistir a un juicio y luego me he tenido que ir como un apestado de mi trabajo como profesor universitario, he perdonado a esa gente, he vivido situaciones límites y he mantenido mi dignidad”. Cuando ganó el premio Alejo Carpentier, los desconocidos lo felicitaban y hasta lo abrazaban por la calle. Posiblemente, ese fuera su mejor premio. No la estatua que quizás le construyan mañana los mismos que lo expulsaron de su cátedra o los que lo inscribieron en la lista negra de los condenados al diferido. Y con más razón que las cadenas televisivas norteamericanas tras el affaire de Janet Jackson. Guillermo Vidal no habría mostrado, desde luego, una teta rellena de silicona; sino una verdad sin relleno, lo cual es siempre más peligroso.

Autor polémico e irreverente, más que un estilista fue un explorador minucioso de la condición humana en obras como Los cuervos, El amo de las tumbas, Confabulación de la araña, Las manzanas del paraíso, Ella es tan sucia como sus ojos, Matarile, posiblemente su más polémica novela, El quinto sol y La saga del perseguido (Premio Alejo Carpentier, 2003). Además de éste, obtuvo los premios Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC (1990), Hermanos Loynaz (1996), Casa de Teatro (República Dominicana, 1998) y Dulce María Loynaz (2002). No obstante, siguió hasta el último día buscando la novela ideal: “una que el lector no pudiera dejar de principio a fin y que hablara de lo poco sabios que hemos sido hasta ahora, que la gente envejece y muere y seguimos casi como en la comunidad primitiva, si quitamos unos cuantos artefactos y comodidades (…) sigo esperando esa novela que me hará feliz y si esto ocurre es que me voy a morir”. Guillermo Vidal ha muerto con la certeza de que su gran novela será la próxima, pero con la certeza también de que cada página memorable que nos dejó era una página de esa novela nonata. La literatura, Guillermo, es como ir a cumplirle a Santiago Apóstol: más vale el sudor del camino que tocar el santo. Sobre todo cuando hay tanto santo trucado, desechable.

Eludió el autobombo y el marketing, despreció la vida de salón y tertulia, no cultivó las amistades convenientes, le pisó los callos a personas poderosas y con los pies sensibles, y dedicó más tiempo a los buenos sustantivos que a las buenas influencias. En fin, no era “un hombre de éxito” ni “una gran figura de nuestras letras”. Él mismo lo contaba:

“Me levanto a las cuatro de la madrugada y oro a Dios para que me permita escribir, leo algunos pasajes de la Biblia y luego releo fragmentos de novelas que elijo por temporadas y que acaricio con una envidia rosa, y cuando parezco un pitcher que ha calentado lo suficiente, me siento ante el ordenador y escribo con gran rapidez y siento que me dictan, siento el tono, veo lo que ocurre en la novela y me creo en esos momentos un escritor de gran calibre, trabajo hasta media mañana si puedo y salgo feliz si me ha ido bien y no reviso hasta después. Escribo todos los días excepto los domingos, tengo una disciplina del carajo, como de obrero ejemplar”.

Y uno se percata de que este hombre no estaba dotado para el glamour. Era un escritor que dedicaba su tiempo a escribir.

Su prosa afilada y por momentos ácida suscitó con frecuencia la ira de los guardianes de la ideología, sin que por ello Guillermo Vidal, el hombre, quebrara su cordialidad y su sencillez. Se ocupó de los marginales, de los presos y de los homosexuales condenados a exclusión social o condenados, a secas; de las familias en descomposición, de lo que se oculta bajo la cáscara de la realidad y, sobre todo, del miedo que paraliza y corrompe. Hasta el último minuto, como él mismo afirmó, escribió “con las tripas”, jugándose el alma, porque “si se es deshonesto como escritor uno está perdido o comienza a perderse”.

El escritor Guillermo Vidal nunca perteneció a nadie. Me temo que su cadáver ya pertenece al gobierno. Cuando se pudran en el olvido sus zonas incómodas, lo exhumarán corregido y revisado, para engrosar el panteón donde mantienen disecados a Lezama y a Virgilio. Claro que el gordo y el flaco deben estarse riendo como locos de sus momias. Guillermo apenas echará una sonrisa socarrona cuando lo encaramen al podio de las glorias patrias. Por suerte, hay cadáveres rebencúos, escritores inmunes a la taxidermia. Después que los forenses de la cultura certifican la hora de compilar sus obras completas, muerden.

Guillermo era un católico ferviente. Quizás Dios lo necesitara con urgencia a su lado. Yo me confieso ateo y su muerte corrobora mi incredulidad: ningún Dios tan omnisciente como un narrador clásico del siglo XIX nos arrebataría con veinte años de antelación a un escritor de ley, sabiendo lo que cuesta restañar la cicatriz que nos deja en el planeta la ausencia de un hombre bueno.

 

“Oro de ley”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19 de mayo, 2004. http://arch1.cubaencuentro.com/cultura/20040519/9b47da58aae3f104e51a2dae9fcadc6f/1.html.

 





Infieles

12 03 2004

Cuesta trabajo levantarse como todos los días, otear desde el balcón los tejados de Madrid, sostener la mirada rojo ladrillo a la ciudad —su mirada salpicada de un verde que hoy parece gris—; cuesta trabajo mirar al cielo plomizo que esta mañana lagrimea, como si supiera, y darse cuenta de que un millar de madrileños no acudirán hoy a sus oficinas, sus talleres o sus fábricas, no se sentarán en los pupitres, no visitarán a sus nietos o a sus abuelos, beberán solos, por primera vez, el café de la mañana, y se estarán preguntando lo mismo que una mujer ayer, de pie frente a la masacre del Pozo de Tío Raimundo: «Pero, ¿qué quiere esa gente de nosotros?».

Y lo peor es que de ese millar, al menos 199 nunca podrán responder la pregunta. No tuvieron tiempo ni siquiera para formulársela. Otros miles de madrileños no disponen, desde esta mañana, de nietos o abuelos que visitar y al menos uno, la víctima más joven de esta catástrofe, se ha visto privado de nacer, ese derecho que está en el inicio de todos los derechos.

Cuesta trabajo entender por qué, en nombre de qué o de quién,  alguien estará en este momento brindando por el éxito de una misión que consistió en colocar trece mochilas con explosivos en cuatro trenes, de las cuales diez hicieron explosión en tres estaciones diferentes de Madrid. Sin dudas no fue una tarea difícil ni heroica aprovechar la hora pico de la mañana, cuando miles de pasajeros se desplazan desde la periferia a Madrid, para abordar los trenes en la estación de Alcalá de Henares, abandonar su carga y salir por la otra puerta.

Ningún albañil, ningún estudiante, ninguna madre camino de la guardería, les opuso resistencia. El riesgo de que la policía los detuviera por llevar una mochila al hombro, era remotísimo. La perspectiva de morir en combate o de inmolarse en nombre de Alá o de la patria vasca, era nula. Una operación letal, eficiente, generosa en publicidad y baratísima —cada muerto costó menos de un kilo de titadine, sin contar los 1.463 heridos y los daños materiales—.

Entre los viajeros no había generales ni políticos, soldados recién llegados de Irak ni guardias civiles de Inchaurrondo. Pero eso es lo de menos. En esos trenes había miles de españoles susceptibles de ser inmolados en nombre de una guerra santa emprendida con mentalidad de la baja Edad Media y temporizadores digitales del siglo XXI. Y no sólo españoles. Hubo «daños colaterales»: un cubano, un chileno, dos peruanos, un ecuatoriano, dos hondureños, dos polacos, un dominicano, un colombiano, un marroquí y un inmigrante de Guinea Ecuatorial. Todos muertos para mayor gloria de Alá o de Euskal Herría. Si alguien lo hubiera vaticinado en Quito, en La Habana o Rabat, no se lo habrían creído.

Cuesta trabajo entender, pero estamos obligados a entender. No a tolerar.

Las Brigadas de Abu Hafs al Masri-Al Qaida han reivindicado la autoría en una carta enviada al diario Al-Quds Al-Arabi, fechada el 20 Muharram de 1425, es decir, el 11 de marzo de 2004. ¿Son ellos verdaderamente los responsables o intentan apropiarse acciones ajenas? No lo sabemos, pero el siniestro modus operandi, masivo e indiscriminado, no les es ajeno.

¿Se trata de una acción de ETA? Por ahora no puede asegurarse. Salvo en el atentado del centro comercial Hipercor, de Barcelona, su modo de operar ha sido siempre más selectivo; pero, por otra parte, hace menos de dos semanas fue detenido un coche que transportaba hacia Madrid media tonelada de titadine, y se preveía una operación de ETA a gran escala en la capital, su «regalo de bodas» al Príncipe Felipe ante el inminente enlace en la Catedral de la Almudena.

En cualquiera de los dos casos, comprender no equivale a tolerar. Sea cual sea la idea política, el espacio nacional, la cultura o la religión que se defienda, el mejor modo de deslegitimarlo es apelar al terror y, en términos conceptuales, las diferencias entre el tiro en la nuca de ETA y el 11-S o el 11-M, entre el suicida palestino y los asesinatos high tech de los israelíes, son apenas cuantitativas. En cualquiera de esos casos, los asesinos deben ser perseguidos, detenidos y juzgados desde la única legitimidad posible: la ley.

Pero incluso para que esa guerra contra el terrorismo sea eficaz, deberemos comprender por qué un joven vasco nacido en democracia, libre para expresarse en una sociedad próspera, se convierte en asesino y presume de ello. O por qué en la carta de Al Qaida se habla de «la Cruzada europea» —que es como si en Granada se invocara la Reconquista—; por qué se afirma que en las Brigadas de Abu Hafs al Masri «no nos entristecimos por la muerte de civiles», «mátalos allí donde los encuentres», «es parte de un viejo ajuste de cuentas», y nos advierten que «el Escuadrón del Humo de la Muerte os alcanzará pronto en un sitio donde podréis ver muertos a miles, si Dios quiere, y esto es una advertencia (…) Dios es Grande. Ya llega el Islam». Ya llega, nos amenazan, como si a las órdenes de Al Qaida su dios cabalgara contra nosotros. O entender por qué cientos, miles de jóvenes en Riad, Islamabad o El Cairo, llevan camisetas con la imagen de Bin Laden.

En Alcalá de Henares han descubierto una furgoneta con siete detonadores y una cinta de audio en árabe con versículos del Corán, que quizás perteneciera a los terroristas. Lo más fácil es calificar como material subversivo, por igual, detonadores y versículos. Lo más fácil es juzgar en bloque a todo el nacionalismo vasco. Lo difícil es tratar de comprender cómo unos hombres pueden planear sus acciones por Internet, emplear alta tecnología, aprovechar las posibilidades de la globalización, y todo ello para derogar sus propias armas, regresar a un mundo de identidades excluyentes, reductos nacionales amurallados, intolerancia legislada, un mundo de creyentes e infieles.

Comprender que la globalización va dejando a su paso bolsas de insatisfacción y miseria, frustraciones, orgullos tronchados, aspiraciones incumplidas, y que en ellos puede hacer metástasis cualquier fundamentalismo. Aunque Occidente se enorgullezca, con razón, de sus avances, deberá tomar en cuenta que los detectores de metales son incapaces de registrar el odio.

Si no alcanzamos a comprender por qué, no llegaremos jamás a desactivar el terrorismo, que como cualquier otro artefacto explosivo, tiene su manual secreto de instrucciones.

Se ha repetido muchas veces que el terrorismo juega con ventaja, que actúa taimadamente y en la sombra, que no da la cara y aprovecha nuestras libertades para imponer sus dictaduras. Y es cierto, pero sólo hasta cierto punto. El 11-M los terroristas lograron movilizar a tres, cuatro, cinco fanáticos para perpetrar su masacre. Cinco creyentes contra los infieles de Madrid.

Tan pronto se escucharon las explosiones perpetradas por los creyentes, hubo jardineros municipales e infieles que soltaron sus azadas y acudieron a rescatar a las víctimas, transeúntes que sin pensarlo dos veces arrimaron el hombro a policías, paramédicos y bomberos. Hubo conductores que dejaron sus coches abandonados en medio de la calle para ir a liberar a conciudadanos desconocidos de los amasijos metálicos, y otros que sin esperar por las ambulancias, fueron los primeros en trasladar a los heridos.

Son ellos los que narran del niño rescatado de entre la chatarra, porque lloraba de miedo; del que los miraba perplejo con un brazo arrancado casi de cuajo, como si todavía no se lo creyera: de los que deambulaban entre los restos de máquinas y hombres, incapaces de escuchar, con la explosión clavada aún en los tímpanos; son ellos los que cuentan de los teléfonos móviles que no cesaban de repicar por todas partes, sin que nadie contestara a la angustia que se adivinaba al otro lado de la llamada.

En los hospitales, cientos de médicos y enfermeras infieles doblaron sus turnos para atender a los que llegaban. Apenas pidieron sangre, se formaron colas en todas las ciudades de España, hasta que los hospitales fueron incapaces de almacenar tantas donaciones. Hosteleros de Madrid ofrecieron alojar sin cargo a los familiares de las víctimas y, sin que mediara orden, convocatoria o citación divina, miles de infieles madrileños se congregaron en la Puerta del Sol para gritar su dolor y su rabia contra aquellos que pretenden matar nuestra infiel manera de ser libres, en nombre de algún dios o alguna patria.

Del mismo modo que en la mañana ningún voluntario preguntó al herido si era católico o musulmán, español o extranjero, antes de curarlo o rescatarlo; en la tarde, frente a la Puerta del Sol que anochecía, fuimos todos madrileños ayer. Madrileños nacidos en cualquier parte, hablando cualquier lengua y creyendo en cualquier dios o en ninguno.

Si los tres, cuatro, cinco terroristas que ocasionaron 1.662 víctimas a Madrid se hubieran acercado ayer a la Puerta del Sol, si hubieran acudido en la tarde de hoy a la gigantesca manifestación que ha inundado la ciudad, para comprobar el resultado de su operación, se habrían sentido insignificantes y habrían tenido mucho miedo. Porque la libertad siempre juega con ventaja.

 





La reinvención del mito

2 12 2003

Cuando un escritor se pone a la tarea de contar una historia, no son pocos los retos: la novedad del tema  o del tratamiento, la profundidad, los desafíos del lenguaje, el perfecto encaje entre la materia narrativa y el punto de vista, la carpintería del oficio. Basta que falle alguno de estos mecanismos para que la estructura íntegra se desmorone.

Asomarse a la propuesta de Juana de Arco. El corazón del verdugo, de María Elena Cruz Varela, es  una experiencia inquietante. Ante todo, descubrimos que la autora nos entrega una historia mil veces contada, tanto que ha devenido mito en la cultura occidental: la adolescente-mártir inmolada en nombre de su fe y de su patria. Ello entraña un reto adicional: revelarle al lector que lo supuestamente sabido no lo es tanto, y conducirlo, de sorpresa en sorpresa y sin que decaiga la atención, hasta el final.

En segundo lugar, María Elena, a quien conocemos por el depurado pero muy contemporáneo lenguaje de su poesía, pretende transmitirnos con autenticidad —la autenticidad del lenguaje, desde luego—unos personajes que vivieron en la Francia del siglo XV, una nación en proceso de fraguarse y de fraguar su lengua, a partir del maridaje entre decenas de dialectos locales.

Y, por último, ya dentro de la estructura de la novela, la autora insiste en mostrarnos que el texto es, ni más ni menos, una novela, y que está siendo escrita en este instante; pretendiendo además que al devolvernos a la historia nos sumerjamos en ella y la hagamos nuestra con la autenticidad de lo vivido.

De modo que comenzamos  la lectura con las precauciones de quien se adentra en terreno minado, sin saber si saldremos indemnes por la última página.

La historia, tal como nos la cuenta María Elena Cruz Varela, evade  toda pretensión de linealidad que tanto se repite en la literatura que inunda los anaqueles de los supermercados. Cuatro narradores no sólo conjugan sus voces, sino que nos hablan desde cuatro tiempos diferentes. En la primera parte, bajo el nombre genérico de “Visitaciones”, en doce capítulos escuchamos el padre Henri de Voulland, elegido guardián de un secreto sobre la muerte de la doncella en la hoguera, veinte años atrás. Alternándose con estos, “El cuaderno de notas de Anna Magdalena” (del uno al diez) nos remite al conflicto de alguien que identificamos como la autora, quien está escribiendo la historia de Juana de Arco, mientras su relación de pareja se ve abocada al naufragio. Un making off de la novela explicita así que el resto es historia contada, pura ficción literaria. Pequeñas zonas de estos capítulos nos arrojan a otro tiempo a su vez: la relación entre Anna Magdalena y Johann Sebastián Bach, imaginada por la autora. Ya en la segunda parte, hay un claro cambio de tercio: desaparece la autora y su historia inmediata, que sólo regresa justo antes del final. Y es en esta parte cuando el tema central de la novela cobra un tempo allegro, gracias a la rápida alternancia de siete capítulos denominados “La ruta del deshacimiento”, y otros siete bajo el títuloEl corazón del verdugo”. En los primeros, a través de una tercera persona semiomnisciente, tradicional en las novelas del género, podemos seguir las aventuras del padre Henri de Voulland, que concluirán en la revelación de la trama urdida para propiciar la muerte de Juana. En los segundos, nos habla en primera persona el manuscrito del padre Jean Le Maistre, viceinquisidor en el juicio de Juana y testigo de la conspiración tramada veinte años atrás. La novela concluye con un epílogo, una coda y el último “cuaderno personal” de la autora. Y no hay nada casual en esta estructura.

Durante la primera parte, las “Visitaciones” despiertan en el lector un creciente interés, en la medida que el secreto confiado al padre Henri de Voulland otorga al argumento un ritmo de thriller. Paralelamente, los “Cuadernos”ralentizan la lectura, sumergiéndonos en un tempo tenso pero pausado, adagio, el de una relación en quiebra cuyo interés dependerá de la empatía de cada lector con los patrones comunes de todo naufragio, pero no del argumento en sí. Sin embargo estas zonas tienen, dentro de la estructura, dos cualidades que vale la pena señalar: sirven de estímulo y de prueba. Lo primero, porque el lector ha cerrado la última “Visitación” en un momento álgido de la trama, de modo que la lectura demorada del siguiente “Cuaderno” no hace más que redoblar su ansiedad para continuar las aventuras del padre Henri. Una técnica que los novelistas radiales han sabido aprovechar con enorme eficacia. Y lo segundo, porque tras revelarnos que esta historia del siglo XV está siendo escrita justo en este momento, la autora (y los lectores) tienen la oportunidad de comprobar hasta qué punto la escritura, la ficción, ha alcanzado ese grado de veracidad que permite al lector vivir la historia, no leerla. En ambos casos, el propósito se cumple.

Una vez en la segunda parte, la propia autora parece arrastrada por el argumento e incapaz de interrumpirlo, de modo que se agiliza la alternancia entre “La ruta del deshacimiento” y el carácter confesional de “El corazón del verdugo”, hasta alcanzar al final un ritmo trepidante. Hay otra dosis de sabiduría narrativa en estas elecciones, porque si la tercera persona le permite narrar perfectamente todos los planos y escenarios en “La ruta del deshacimiento”, el empleo de la primera persona y, en especial, de la primera persona escrita, enEl corazón del verdugo”, los toques sutiles de diario, de bitácora, confieren a esta zona la autenticidad imprescindible como elemento que mueve toda la trama, y aportan verosimilitud a la desazón de este hombre atormentado al recordar el corazón incombustible de Juana de Arco, por mucho alquitrán que se le aplicara.

Es obligado un paralelo entre el personaje central y su autora. Entre Juana de Arco, agredida sexualmente, forzada a vestirse con ropas de hombre y, al fin, asesinada por un poder que no pudo silenciarla, y María Elena Cruz Varela, condenada a dos años de prisión en Cuba por la Carta de los diez, redactada por el grupo Criterio Alternativo que ella presidía. María Elena también se enfrentó a poderes absolutos cuya respuesta fue la condena. Pero en ningún momento este paralelo se trasluce como metáfora o parábola. Sólo un elemento podría servirnos de pista para el enroque sutil de papeles que (quizás inconscientemente) propone la autora: en una novela sobre Juana de Arco, la protagonista nunca aparece, como sí aparece, apenas maquillada, la autora. Aunque jamás esta presunta suplantación funciona como alegoría.

María Elena ha conseguido fraguar una historia que se rige por sus propias leyes y que interesa, para decirlo en términos cortazarianos, al reducido círculo de sus personajes. Razón por la cual interesa también al lector. A ello contribuye, sobre todo en los papeles del padre Jean Le Maistre, un lenguaje “añejado” por recurrentes giros y algunos vocablos estratégicamente colocados, sin propósitos facsimilares, que crean  en el lector, eso sí, cierto “sabor medieval” de la palabra.

Podrán hacerse de esta obra lecturas feministas, políticas, historicistas y, sin dudas, habrá críticos más enterados que yo para tales menesteres, pero ninguna de esas lecturas sería pertinente si ante todo no fuera una novela que convoca con eficacia la sensibilidad y el interés de los lectores.

Y en eso hay un factor que escapa a la mera carpintería del oficio. No es casual que en entrevista concedida a raíz de obtener por esta obra el premio Alfonso X El Sabio, María Elena declarara que «Juana de Arco me utilizó para contar su historia», añadiendo más tarde que «convivió conmigo durante un año, en el que traté de ver su figura desde mí misma, con infinita ternura, sin ajustes de cuentas».  Y eso también explica la ausencia de Juana como personaje. La autora no ha intentado suplantarla, sino reivindicar el mito, rehacerla en los cauces de la memoria. Y permitir al mismo tiempo que en cada uno de nosotros siga existiendo la Juana de Arco que hemos imaginado.

 

La reinvención del mito, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra, n.° 30-31, otoño/ invierno, 2003-2004, pp. 279-280. (Cruz Varela, María Elena; Juana de Arco. El corazón del verdugo; Ediciones Martínez Roca, Madrid, 2003. 291 pp.).

 





Bar Mañana (del libro El éxito del tigre)

6 06 2003

No aparece en las guías turísticas ni en el directorio telefónico, nadie en La Habana podrá indicarle la dirección exacta del Bar Mañana, su teléfono, la calle, cerca de qué, al ladito de dónde, ni siquiera el barrio donde puede preguntar por él. Pretender un práctico que lo conduzca por los procelosos cauces de la ciudad hasta sus puertas, es inútil. Algunos lo han situado en la frontera portuaria de La Habana Vieja, en el centro noctámbulo del Vedado, o en un mirador de Buenavista. Y hasta donde yo sé, todos tienen razón: el Bar Mañana habita en la ciudad, aunque en las oficinas de turismo eviten pronunciar su nombre. No es una mitomanía de algún canadiense con sobredosis de trópico, ansioso por derrotar a su vecino que recorrió el Ganges en quince días. Ni el delirium tremens de Manolo El Gago, que en-en-entre do-dos vasos de Chispaetrén altamente inflamable, me comunicó una noche que no era un cuento de camino, que e-e-existe de verdad verdad, mi herma mi herma mi hermanito, aunque el único camino para llegar es el de la pura casualidad, la suerte, el azar, el ya tú sabes, el averigua, inventa y arréglatelas como puedas. Los que han entrado alguna vez, evaden el tema. Me ha sido difícil recopilar información: desde los bares de mala muerte hasta los night clubs de la buena vida. Cada cual tiene su versión.

El abuelo Severino

tiene todos los achaques de la edad y tres o cuatro más de sobrecumplimiento: le gotea el grifo de la pirinola cuando orina y hay que cambiarle el calzoncillo cuatro veces al día; devuelve a golpes de tos los Montecristo que se fumó durante toda su vida; confunde a sus nietos y a veces no encuentra su casa en el mismo sitio al regreso del parque; incluso habla por teléfono con muertos que enterró hace veinte años. Pero recuerda con una fidelidad documental su infancia en Lalín cuando Primo de Rivera, el buque de la Naviera Atlántica que lo condujo a través del océano en tercera clase; su primera visión del Morro, y sobre todo los alegres años de la guerra, cuando Hemingway cazaba submarinos en la cayería, y él cazaba mulatas en los bares del puerto. ¿El Bar Mañana? Cómo no. Acabadito de abrir. No se verá uno igual en mucho tiempo. Figúrate: la puerta toda de cristales y el anuncio en verde y amarillo sobre el arco de la entrada:  Bar Mañana (Open 24 hours). Todo el local iluminado de ámbar: ni blanco café, ni rojo bayú: mitad y mitad. Y el olor, qué olor: alcohol dulzón con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, bailan por turnos una mulatona de concurso, y una trigueña de ojos verdes con el culo más redondo que un mapamundi. Al fondo está la ruleta (la primera de La Habana, creo) girando bajo un chorro de luz, al compás de Amalia y su culo interplanetario. Mientras el coupier vigila tieso como una estaca, los jugadores y los chismosos se arremolinan, gritan y chupan de sus vasos con una sed de condenados a muerte. A la derecha está el escenario de la jazz band, siempre de lo mejor, no vayas a pensar. Y la barra de cedro pulido: un espejo, mijo, limpísima, hasta te puedes peinar en el reflejo de la madera. Pero noventa centavos la cerveza. Carísima. Claro que es un sitio de alto copete. Figúrate.  Con el peso a 1,06 dólares. Una cerveza Hatuey helada en un vaso helado, y el pozuelito de maní tostado, y la mulata meneando el mundo, deja que la veas. Se te salen los ojos. Al único que no se le salen es a Tony Mandarria, que fue boxeador de los completos, y le quedó el cerebro medio espachurrado a golpes. Pero el Don le cogió lástima y lo contrató para que se plantara en una esquina toda la noche, entre dos arecas, con su chaqueta a cuadros y sus zapatones del once y medio. Quieto parado. Tú ves la gritería y la jodedera que hay  en cualquier sitio. Nada de nada.  En el Bar Mañana no se mueve ni Dios, que cuando Tony Mandarria se te para al lado por andar armando escándalo, mejor te vas tú solito, antes que te suelte por la escalera de incendios pabajo, directo a los cubos de basura. Pero si el pendenciero es de billete, como un americano borracho que se pasó de gritón la semana pasada (creo, o el mes pasado, o el año pasado, no sé), Tony lo acompaña hasta la puerta y le dice algo al oído. Que hasta sabe hablar, aunque no lo parezca. No vuelven en una semana. Y Tony se para en su sitio, serio como una columna. Con la única que se ríe es con la rubita que vende cigarros. Cosa linda. Con su carita de Caperucita Roja. Yo siempre le compro una cajetilla, aunque lo mío son los Montecristo, tú sabes. Y en el doble fondo trae las cosas más raras: que si una medalla del Ejército Libertador, unos galones que fueron de los mambises, o el pomo de un machete que, dice ella, empuñó el propio Generalísimo. Demasiadas tetas para ser una anticuaria seria, le dije un día. Y se reía pechiparando el tetamento. Con tal de meterle el billete en la alcancía de sus tetas, hasta los que no fuman le compran su cajetilla. Allí hay de todo, mijo: mafiosos, chulos de éxito, policías de paisano (los de uniforme van noche por noche a recaudar impuestos), empresarios, hijitos de papá. Esos son los más bulleros, pero hasta Tony les sonríe (diferente que a la rubia, ¿me entiendes?), y la mulata desenfunda a veces una teta en su honor.  Como que tienen el billete suelto. Detrás de la ruleta, oculta por una cortina, está la oficina del Don: un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, que sale a beberse un Martini y a saludar a los habituales, o a entregarle un sobre azul a los policías del Coronel Urbano: lizancia de apretura parpetua, dice él, porque el español le sale medio enredado. Es el sitio más elegante de La Habana, mijo. Lástima que uno sea ya un viejo cagalitroso. Si no, me iba contigo ahora mismo, nos tomábamos unos rones, y te presentaba a la mulata Amalia: una hembra total, no las lagartijas flacas que se buscan ustedes.

Arsenio Regalado, taxista,

vendedor de gasolina, tabacos Cohiba y bisutería de coral negro, guía turístico, guardaespaldas y representante artístico de Magaly y Yamilé, profesionales en la danza del (bajo) vientre, asegura que sí, que existió, pero en enero de 1960 ya lo habían cerrado. Fue el gobierno. Ocho años antes que viniera la Ofensiva aquella y casi le ponen a La Habana entera un cartelito de Cerrado por Reformas. Al Bar Mañana lo cogió la amoladora anticipada. Una vez estuve hablando con el barman de allí. Un hombre extraño: Bigote chorreado, los pelos largos (cuando aquello la onda era la mota Elvis o la rutina chuchera del Benny). Me contó que el Bar iba en picada desde que el dueño se fue. Yo lo había oído mentar: era un húngaro, creo, ¿o sería rumano? Un tipo alante: contrataba a los mejores músicos por almuerzo y ron cuando no los conocían ni sus parientes. Figúrate que en el Bar Mañana cantó el Benny de chiquito, la Elena Burke cuando era flaca, José Antonio Méndez cuando no tenía baches en la cara (ni acné juvenil le había salido), y hasta Portillo de la Luz venía de la escuela a descargar con su guitarrita. Alantísimo estaba el hombre. Los veía venir y los agarraba antes que llegaran.

Un curda titular y consetudinario de Marianao

salió pitando de allí, porque aquello era una mierda, tú. Fue a mediados de los sesenta, que de eso no te acuerdas porque debías mearte en los pañales. Pero todavía La Habana era La Habana. ¿Me entiendes? Ahora es Luanda, o Ulan Bator, o Puerto Príncipe; pero La Habana, no. Sigo. Sigo. Y donde quiera, como quien dice, te podías bailar media botella de Matusalén, hoy contento y mañana bien. Pero aquello era un desierto. No había nada de nada. Un ron de séptima, cigarros y fósforos. Los anaqueles vacíos. El camarero suciango y sin afeitar. Un desastre, chico. Y para mi que yo estaba mareado ese día, porque te lo juro que tenían en la victrola un disco de los Van Van, y ésos no aparecieron hasta cinco años más tarde. ¿Te acuerdas? Yo sé que van van, yo sé… Y no fueron, asere. Los diez millones aquellos. Pero los Van Van sí fueron. Si yo lo digo: hasta que no pongan en este país a un músico de presidente… Pa que le coja el ritmo al personal, ¿captas la onda? Sí. Es que me voy embalando, mi socio. Bueno, ya que estaba allí, me soplé un par de rones inmandables de aquellos, y como tú sabes que ron sin conversación es la pura salación, pues me enredé a hablar con el barman, más cansado que chivo de carricoche. Tipango raro. El hombre me contó que el dueño se olió lo que venía y en el 57 —fíjate tú, en el 57, dos años antes que bajara la tropa del Patilla— vendió el bar y se piró pa la Yuma, que cuando eso no había molotera ni balseros, ni Hermanos al Rescate, que aquí cada uno se rescataba solito o no lo rescataba nadie. Pues el tipango tenía un olfato de Coco Chanel, tú sabes. Se olía el pescado frito cuando tiraba el anzuelo. Dice que era un polaco de Alemania, un tan Pszczolkowski —ponme otro ron, pariente, que se me acaba de torcer la lengua con el apellido—, y que se olió lo del Hitler y la desgracia que les iba a caer, y lo jodíos que iban a estar los judíos, muchisísimo antes. Y ahí mismitico dijo que Pichicoski hay uno solo y les dejó una raya de Berlín a La Habana. Vaya, que rayó el mapa de lado a lado, no vaya a ser que el Hitler me encuentre en los barrios de por aquí. Y eso porque no pudo llegar a Nueva York, que según el barman rarete, ésa era su onda. Y aquí puso su bar el polaco. Visión de telescopio tenía, y cuando vio las barbas del vecino acabaditas de llegar a la Sierra, que no habían ni bajado, dijo: Mejor pongo en remojo la cara, que yo soy lampiño. Lo vendió todo, compró dólares, y se fue sin decir adiós, como dice el Septeto. Y allá cogió puesto fijo antes que llegaran de a molote.

La viuda del primo de un vecino del barman

que se carteaba Vía México —tú sabes que en aquella época, cuando los gusanos no se habían convertido en mariposas, escribirse con el Norte era Harta Traición—, me contó que el hermano de su ex-marido, era vecino en Miami, puerta-con-puerta, del dueño del Bar Mañana, un tal Pszczloquesea. Dicen que el pobre hombre no cayó con el pie derecho. Ni con el izquierdo. Cayó de culo y había un clavo en el suelo. Puso un negocito de no sé qué y otro de qué sé yo; pero ninguno funcionaba. Que había tenido un olfato impecable para los negocios (decía). Que donde ponía el ojo nacía dinero como guayabas (decía también) Pero allá no se le dieron ni mamoncillos, la fruta más boba del mundo: chupa y recontrachupa pa no sacar ni sustancia. Allá el polaco perdió el olfato. Va y le dio sinusitis con eso del clima. Terminó vendiendo tickets para el tío vivo de la feria, vizco de alcohol barato. Nadie sabe si estaba borracho aquella tarde, pero el tan previsor (decía él), no pudo preveer que un Pontiac del 68 cogería la curva a cincuenta millas y que lo lanzaría, ya cadáver, sobre el seto bien cuidado de Miss Donovan.

El Compañero Esteban de la Cuadra,

jubilado del DOR, miembro del PCC, oficial de las MTT, ex-dirigente de la CTC, ex-combatiente quizás del MININT y presidente del CDR nº. 18 del Municipio Arroyo Naranjo, encontró el Bar Mañana a inicios de los setenta, y por pura casualidad, cuando salía de una reunión en la JUCEPLAN y acudía a una cita con «El Compañero que nos Atiende» en el tercer banco, hilera derecha, del parque situado al costado del MINREX. Después de bajar,  durante cuarenta y cinco minutos seguidos, orientaciones de uso externo (Línea Política del Partido sobre información económica, teniendo en cuenta la situación internacional, la creciente agresividad del Imperialismo, las fraternales relaciones con la URSS y el Campo Socialista, y la etapa de tránsito hacia el Comunismo) tenía la boca más seca que penca de bacalao noruego. Y le llamó la atención aquel lumínico: Bar Mañana en azul cobalto sobre rojo bandera soviética. Mire, Compañero, cuando aquello la Revolución había eliminado casi todos los bares: centros de conspiración contrarrevolucionaria, antros de vagos y lumpens. A los pocos que quedaron, se les asignó una denominación acorde con una economía planificada: Unidad Etílica 08-24 se llamaba ése de ahí. Y a aquel bar le habían puesto «Mañana».  Una provocación. El Mañana, pregúnteselo a cualquiera, es patrimonio exclusivo del Partido. Por eso entré. No vaya a pensar otra cosa. Desde afuera no se oía nada, pero tan pronto abrí la puerta, estalló altísimo la música: unos melenudos gritaban un rock de esos en el televisor. En inglés. Y la estantería tras la barra, repleta de licores extranjeros, propagandas de Heinecken, Ballantine’s. ¿Se imagina? Un antro aquello. Una pústula de la sociedad de consumo en medio de la Revolución. Pero el colmo es que cuando pedí una cerveza, el camarero me dijo que never (anote: N-e-v-e-r), que aquello era «Sólo para Extranjeros, pariente». ¿Cómo se atreve a decirme que un cubano, en su propio país, no tiene derecho…? ¿Cubano de Miami? Mire, hasta me subió la presión. ¿De Miami yo, un Combatiente de la Revolución? Pues entonces no hay cervecita, pariente. Si quieres te doy un vaso de agua y vete por la sombrita. Aquí todo es en dólares. Saqué el carné del Partido, para que aquel individuo supiera con quién estaba tratando. ¿Sabe lo que me dijo? ¿Sabe lo que me dijo? ¿No sabe lo que me dijo? Que allí aceptaban Visa, American Express y Master Card, pero «esa mierda no». Mire, Compañero, me subió un vapor. ¿Qué se había creído aquel agente del Imperialismo? Salí volando y a los diez minutos regresé con la policía, al mismísimo sitio, estoy seguro. Pero (se lo juro) del bar aquel no había ni rastro, como si se hubiera esfumado. Increíble. Le entregué el informe a la Seguridad. Supe que pasaron el caso a la Sección de Búsqueda y Captura. Lo rastrearon por toda La Habana sin encontrarlo. Hasta «el Compañero que nos Atiende» me recomendó un chequeo, por si la tensión de trabajo y eso. Usted sabe. No me dijo que estuviera loco, pero mencionó no sé qué de alucinaciones y sicosis de guerra. Qué sicosis ni un carajo. Yo le juro que lo vi, Compañero. Por mi madre. Todavía ignoro si atraparon o no aquel bar prófugo de la justicia.

Lola la Fiera

ya está quitada de la vida (alegre), pero recuerda con mucho cariño el Bar Mañana, que frecuentó cada noche a fines de los ochenta: Era una Isla en la Isla. ¿Me entiendes, nene? En la calle había que estar al hilo: la vieja del CDR vigilaba cuándo entrabas y cuándo salías, si andabas con extranjeros, si entrabas con paquetes, si salías con paquetes (un paquete la vieja, vaya). Hasta se ponía a oler detrás de la ventana, como un perro mariguanero del aeropuerto, si freías un chuletón cuando por la libreta había tocado pollo de dieta. Los guardias te cargaban por deporte, te empapelaban, te registraban hasta el culo para sacarte los dólares, o te metían en la jaula sin decirte ni por qué ni por cuánto. Como los de zoonosis recogiendo perros satos. Una desgracia, nene. Pero en el Mañana se ligaba al descaro, el dólar rodaba sin líos, el baño tenía un ambientador permanente de mariguana, y policía que entraba, policía que salía por la otra puerta, con cara de astronauta en el planeta equivocado. Una locura, nene. Allí navegaban los más raros de La Habana: era como la máquina del tiempo: si veías a alguien con campanas, o con minifalda y botas del ejército, o con el pelo pintado de verde, o con media teta afuera; seguro seguro que dentro de tres o cuatro o cinco años, hasta los jubilados van a estar en esa onda. Y así con todo: la música de mañana, los bailes, el ambiente, los olores que serían, allí eran. Una locura, te lo digo yo. Pero se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar: me echaron tres añejos por unos dolarillos, y cuando salí del tanque no pude tropezar con el Mañana ni buscándolo, que es cuando menos lo encuentras. Aunque no sé ni qué decirte. El otro día fui a un bar nuevo, de esos que hicieron en Miramar, y era como virar cinco años: igualito igualito. Vaya usted a saber lo que estarán haciendo ahora en el Mañana. Tirando cohetes a la Luna. Seguro. Alantísimo estarán. Una locura, nene, una locura.

El teniente Félix Urbano

de la Policía Nacional Revolucionaria asegura que más temprano que tarde localizarán y cerrarán ese bar clandestino, tan difícil de atrapar como el mercurio de un termómetro roto. Asegura que varios agentes lo han localizado, pero al salir en busca de refuerzos (sospechando que por su porte y aspecto muchos parroquianos serían fugitivos), jamás encontraron el camino de regreso. Aunque el caso más siniestro fue el del agente Rufino Salgado Gómez. Avisó a la central por su walkie-talkie: que se encontraba en el Bar Mañana, y ofreció sus coordenadas exactas. A pesar de que el operativo policial fue inmediato, al llegar sólo encontramos una vivienda en demolición. El rastreo minucioso del área descubrió a la mañana siguiente su walkie-talkie, su placa y su uniforme completo. Faltaba la pistola. El Sargento Salgado fue ascendido póstumamente, y desde el año pasado, una escuela primaria lleva su nombre. Sobre ese bar pende hoy una acusación de homicidio en primer grado, que no quedará impune. Puede usted estar seguro, compañero periodista. Por eso considero que debería esperar a que cerráramos el caso. No creo que hoy sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Las investigaciones continúan.

María Elena Gómez, viuda de Salgado,

aceptó contra su voluntad inaugurar la escuela que lleva el nombre de su hijo mayor «desaparecido heroicamente en cumplimiento del deber». Qué desaparecido ni desaparecido. Desapareció de la Policía y de este país, pero los desaparecidos no escriben, ni mandan fotos, ni llaman por teléfono. Y esa…ese muchacho (¿o muchacha?) (ya no sé ni qué decir) llama todas las semanas y escribe cada mes. Yo se lo comuniqué a la Policía. Les dije que no perdieran el tiempo buscándolo. Mírelo aquí. Mírelo, Teniente. Pero me dijeron que ese no era, que la CIA tiene aparatos para inventar fotos. Por Dios, que CIA ni CIA. No hay CIA que engañe a una madre, y ese (esa) es Rufino, o como se llame ahora. Que estas fotos eran material restringido, que debía entregarlas como prueba, que ellos encontrarían a los asesinos de mi hijo. Qué ganas de comer catibía. Mírelo antes con su uniforme, y mírelo ahora. Y la Señora María Elena me muestra un mazo de fotos donde aparece una mulata opulenta, atiborrada de silicona y coronada por una sospechosa melena rubia. Es Rufino, o como se llame. El mismo. Sin pistola ni placa, con tetas y con un culo que ya quisiera yo en mis buenos tiempos, pero es mi hijo. Ganas me dan de ampliar la foto y mandársela al director de la escuela, para que los niños conozcan a su mártir.

Yo

no camino más. Y no camino. Me detengo bajo la sombra de un laurel en la Avenida Kohly. Desde las siete de la mañana he hecho dos entrevistas y veinte kilómetros bajo un sol que derrite el asfalto y las ideas. No camino más. Me siento sobre una escalinata de mármol. Espero que no viva nadie aquí, y sobre todo que no tengan perro.  Apoyo la espalda en la balaustrada y cierro los ojos. Siento como cada poro se abre para recibir la leve brisa que viene del mar. Me quedaría aquí sentado una semana. O hasta que apareciera un ómnibus, un taxi, la alfombra de Aladino. No camino más. «Permiso». Ni me muevo. «Permiso, por favor». Es una voz que no viene de mi subconsciente, sino de algún sitio sobre mi cabeza. «¿Se siente mal?». Abro los ojos. Es de noche. Increíble. ¿Me habré dormido? El hombre me mira preocupado. «¿Se siente mal?». No. Yo… Impecables como un anuncio de BMW, el hombre y la mujer me scanean de pies a cabeza con mirada de arqueólogos. Disculpen. Y me levanto para cederles el paso. Suben los diez escalones sin volver la vista. Yo los sigo hasta que trasponen la puerta de cristal: verde amarilla verde, al ritmo del neón que cierra como un arco la entrada: Bar Mañana (Open 24 hours). Coñó. Eso no estaba aquí hace un momento. ¿Será posible? Parece que sí. Y me detengo ante la puerta. Apoyo la punta de los dedos en el cristal y siento la frialdad del aire acondicionado. Palpo en el bolsillo los míseros diez pesos, acurrucados (¿avergonzados?) en el fondo. Sea lo que sea. Y entro al local, inundado por una suave luz ámbar. El golpe de frío disipa mi sudor en un instante. El olor dulzón del alcohol se mezcla con perfumes, respiraciones, nubes de humo rubio, opacando el cuero de los butacones y las banquetas. En un pequeño escenario tras la barra, sin placa ni pistola, una mulata rellena de silicona hasta límites pornográficos, se enrosca como serpiente alrededor de una barra de acero. Al fondo, la ruleta gira bajo un potente cono halógeno, vigilada por el coupier como tallado en cera, un manojo de jugadores expectantes y una bandada de curiosos. La música zizaguea por el salón como si emergiera de todas partes, apenas una levísima vibración corre sobre la madera pulida de la barra, que termina en las manos del barman, de pie ante mi, con una sonrisa profesional tatuada en la cara. ¿Qué va a beber el Señor? ¿Señor? ¿De cuándo a acá un cubano de a pie, periodista raso y con diez pesos arrugados, es Señor? ¿Cuánto vale una cerveza? Depende. ¿Hatuey, Heinecken, Miller, Coro..? Hatuey. Noventa centavos. ¿De dólar? No. De peso. Aunque si el Señor no ha podido comprar pesos, aceptamos dólares al cambio. ¿Qué cambio? El cambio del día. Hoy es… Un momento, por favor. 1:1,06. ¿Un dólar por 1,06 pesos? No. Un peso por 1,06 dólares. ¿Pesos como éstos? Y coloco sobre la mesa la cara arrugada de Máximo Gómez. Exactamente, Señor. Tráigame una Hatuey, por favor. Con cara de beduino huérfano de camello  a cien kilómetros del oasis más próximo, miro la cerveza fluir dentro del vaso helado. Me la bebo de un golpe y pido otra. Mientras rumio maní tostado, escucho un susurro a mis espaldas. Un hombre de mirada raída me tiende la mano huesuda; musita algo que no entiendo, por amor de Dios (quizás). Recuerdo que en mi bolsillo yace un peso huérfano de padre y madre, y se lo entrego. La cara del hombre se ilumina como un verano en Varadero.  Ni que le hubiera dado un dólar. Pero se esfuma tras la espalda del gorila con chaqueta a cuadros que lo lleva en vilo hasta una puerta lateral. Regresa, se mete algo en el bolsillo de la americana, y me mira sin ver con sus ojos neutros, antes de reinstalarse entre dos arecas sobre el pedestal de sus zapatones once y medio. Una muchacha pasa vendiendo cigarros. No, gracias. Levanta a medias la tapa de la cajuela. Tengo emblemas, condecoraciones, medallas. ¿Medallas? Muestra un amplio surtido de grados militares, órdenes al mérito, distintivos del Partido, escudos de la policía, y hasta una medalla de Héroe Nacional del Trabajo. No, gracias. Y se va, de mesa en mesa, con sus Malboro, sus Camel, sus tetas extra ining y su chatarra. Al fondo, un hombre grita y manotea en inglés al coupier, que sólo mueve las cejas. El gorila acompaña al discutidor hasta la puerta y le desea buenas noches al oído. La mulatona ha cedido el turno a una trigueña apocalíptica (¿será capitán de artillería?), aunque la barra y el meneo se mantienen. Una bandada de muchachones entra. Ocupan el centro del salón con aire de dueños, y silban a la trigueña, que desenfunda una teta en su honor. Aplausos prolongados. Sin mediar palabra, un camarero cubre su mesa de saladitos, vasos, cubitera y dos botellas de Chivas Regal. Hasta el gorila les sonríe (increíble, no tiene colmillos), a pesar de que arman más escándalo que el yanqui borracho. Dos policías entran y se colocan a hurtadillas en la esquina menos visible. Se armó la jodedera. Pero los policías sólo miran embelesados el nalgamento de la trigueña, mientras el barman llama por teléfono. Desde una cortira que oculta la pared del fondo viene un hombre ventrudo, vestido de blanco hasta las sienes, y se acerca a los policías, que se cuadran como reclutas ante su comandante en jefe. Mias saludas a la Coronel Urbano. Y les entrega un sobre azul tamaño carta. Los policías echan una última ojeada a la trigueña y se marchan tan subrepticiamente como entraron. Estos tienen cara de astronautas que no se equivocaron de planeta, pienso y concluyo la tercera cerveza. Tres Hatuey en fila india son demasiados indios para mi vejiga. Sin abrir las fauces, me responde el gorila con un dedo índice del tamaño de un plátano: Al fondo a la derecha. Y en el baño orino una cerveza completa. El espejo me devuelve la imagen de mi mismo con el pelo engominado, una corbata a rayas y un traje gris acero. Desde arriba examino mi figura que no es mía: el pasador de oro, el cinto marrón, los pantalones de muselina, los mocasines Martinelli. No puede ser. No puede. Pero mi cara es la misma. La herida que me hice ayer en el pulgar izquierdo. El lunar que heredé de mi abuela. Tengo que irme de aquí. La cuenta, por favor. Le dejo un peso de propina y cuando estoy a punto de salir, el gorila me detiene. Se jodió la mona. De aquí no salgo. Pero el hombre me señala hacia la barra, donde el barman sostiene una Sansonite. Su portafolios, Señor. Eso no es mío. ¿Seguro? Segurísimo. Revísela, por favor. Usted entró con ella. Y efectivamente, dentro están mis papeles, mi grabadora suturada con tape azul. Gracias. Y por fin salgo hacia los últimos rescoldos de la tarde. Camino sin mirar atrás hasta la Avenida 41. Dos Ladas agonizantes y un Chevrolet del 50 esperan el cambio de luces, un ómnibus adornado con racimos de pasajeros se vuela la parada entre los hijoeputa chofer de la gente, y un cardumen de bicicletas sudorosas. Respiro aliviado cuando descubro la pizzería cerrada por reparaciones, el mercadito cerrado por reparaciones, el país cerrado por reparaciones. Una brisa caliente viene desde la Lisa y el Salón Rosado permanece en silencio. Subo hasta 43 para evitar las aguas albañales que borbotean en la acera y por fin me desplomo en mi sofá, que cruje como siempre. Cuelgo tras la puerta mi vieja mochila y extraigo los papeles, la grabadora, la caja de Populares. Mientras el cigarro humea en el cenicero, me quito las botas y el pulóver. Vacío los bolsillos del pantalón y descubro con pavor el billete de cinco pesos. No puede ser. Lo coloco sobre la mesa, al lado de la Olivetti. No puede ser. Miro en otra dirección, mastico un pedazo de pan, oteo hacia la calle oscura como boca de lobo, pero al regresar, el billete sigue ahí, burlándose de mi asombro. Quizás una ducha me extirpe ese maldito bar de la memoria. Pero hoy no hay agua. Lleno en el tanque un cubo de veinticinco litros y me lo echo por encima. Cuando salgo, me siento ante la máquina y miro hacia el techo. Le vendría bien una mano de pintura. Terapia de realidad real que suprima la realidad virtual. (No está. No está. No está). Confío en el poder persuasivo de la insistencia. Autohipnosis. Pero el billete sigue allí, e intento vencer mi pavor examinándolo: República de Cuba, eso está bien. Pero no existen billetes azules de cinco pesos. No existen billetes con la cara de Narciso López. No existe ningún puñetero billete que diga En Dios confiamos. No existe, coño, no existe.  Y después de leer el año de emisión, voy rompiendo, meticulosamente,  las páginas donde he transcrito mis entrevistas, mis sospechas, las ridículas teorías que hasta hoy formaban la columna vertebral de mi artículo. No. Quizás no sea el momento políticamente oportuno para publicarlo. Ni para pensarlo. Ni para sospecharlo. Quizás ese bar sea una alucinación colectiva. No se puede mear hoy la cerveza que me tomé mañana. Y decido cepillarme los dientes y acostarme antes que esta mierda me vuelva loco. Escupo en el lavabo: agua blanquecina de dentrífico donde flotan diminutas cascarillas de maní tostado. Pero echo dos jarros de agua y todas se van por el tragante sin decir adiós, y esperemos que para no volver, como decía el Septeto.

A la mañana siguiente, sobre la máquina de escribir, hay un billete verde de cinco pesos, Patria o Muerte, desde el que Antonio Maceo me mira con su patriótica cara de tranca. La de siempre. Puedo beberme con tranquilidad el primer café de la mañana y apuntarme con alivio a la aplastante mayoría: el Bar Mañana no existe. Se lo explicaré a Guillermo: No existe. No ha existido. No se puede escribir un artículo de ciencia-ficción. Que me envíe a entrevistar a los macheteros que ganaron la emulación, al que inventó la bicicleta de tumbar cocos o a la abuelita de Manicaragua que es teniente de las milicias. Cualquier cosa. Ni Bar ni Mañana. Hoy es el único mañana de ayer. Y en la esquina compro una caja de Populares, me deshago de dos Maceos, entre ellos el fatídico billete (por si acaso) y recibo  tres pesos manoseados que examino casi con cariño: Un peso correcto, con su Patriaomuerte y su Martí, que me mira por encima del hombro. Otro peso sin problemas ideológicos: República de Cuba, Banco Nacional, respaldo en oro… bla, bla, bla. Pero en el último, el Apóstol de la Patria que todos los niños del país tienen de busto presente a la entrada de la escuela, el inequívoco, el intocable, el autor material de aquella independencia, el presunto (está por confirmarse la sentencia) autor intelectual de esta otra; el mismo José Martí y Pérez, quizás a costa de la inscripción que orla los bajos del billete: Ni en Dios confiamos, se ríe a carcajadas.





Lealtad 7.6 (del libro El éxito del tigre)

6 06 2003

A Javier Gómez: los dos:

el personaje y el amigo

 

 

 

Javier Gómez Aranda jamás habría adivinado que una palabra tan breve lo traería tan lejos. Tiene aún fresco en la memoria el día que llegó temprano al Comité Militar, citación en mano, para incorporarse a una enorme fila de contemporáneos, y la expresión aséptica de la enfermera que les ordenó desnudarse en el minúsculo gabinete. Bajaba de un vistazo los calzoncillos a los más pudorosos para examinarlos, inquisitiva como técnico en control de calidad. Recuerda su involuntario rubor cada vez que tropezaban con una doctora, mientras la larga cuadrilla de hombres encueros recorría los pasillos del hospital: departamento por departamento. Le hicieron abrir la boca, los brazos, las piernas, las nalgas —ni que fueran a otearle con un telescopio los adentros por la mirilla del culo—; le hicieron rellenar un formulario, le examinaron la vista y le tomaron la presión, siempre encueros; para al final comunicarle que estaba APTO. Ignoraba cuán lejos lo traería la palabreja. Tres meses de marchas forzadas, ejercicios de supervivencia, prácticas de tiro, y lo embutieron en un uniforme de campaña. Sumido en la panza de un barco, le dieron una sobredosis de azul en toda la extensión de la mirada, y mareos y vomitonas que prefiere no recordar. Bajó del buque con alivio (por fin) a los quince días, en la costa de este país presuntamente amigo y decididamente lejano, donde deberá cumplir sus tres años de Servicio Militar Obligatorio en la Escuadra 2 Pelotón 3 Compañía 1 Batallón 6 de Infantería. Tras el primer rancho sin perseguir la cuchara huidiza a fuerza de cabeceos y pantocazos, el comisario, guarecido bajo un alero, los formó bajo un sol que hacía borbotear la sopa de sesos dentro de sus cascos. Leyó un kilométrico pliego de normas, reglas y prohibiciones. En resumen: excepto respirar, todo quedaba prohibido salvo orden expresa de los superiores. Y superior era cuanto imbécil con gorra les pasara por delante. A continuación los hizo desfilar por la armería, donde cada uno recibió un fusil semiautomático AKM-47, munición calibre 7.6 y cuatro cargadores.

A juzgar por el barniz manoseado, las muescas de la culata, las ralladuras en cantonera y guardamonte, al AKM, por el contrario que a su dueño, no le faltaría experiencia. Buena linga habrás dado desde que saliste de quién sabe qué fábrica bielorrusa. ¿Cuántos muertos tendrás en tu memoria, cabroncito? Y por esa expresión de yo no fui que le descubrió cuando apuntaba, encarándolo del alza hacia el punto de mira, Javier decidió que su AKM merecería llamarse Pepe. Pepe Pérez. No. Mejor Pepe a capella. Y Pepe será desde ese instante su más íntimo compañero. Dormirá al pie de su cama con una fidelidad sin pedigree de perro sato, o abrazado a él durante las frías madrugadas de guardia, o en la humedad sepulcral de las trincheras; se convertirá en una apófisis de su omóplato durante las marchas interminables; lo contemplará cagar o hacerse la puchina de capullo, a mano llena o la de mariposa, recostado a la pared de la letrina. Descansando sobre sus rodillas, le servirá de mesa para apoyar el plato de campaña, y el pupitre de su culata quedará marcado por las cartas de amor que suele escribir a Roxana mientras juega a los centinelas. En agradecimiento (y porque no le queda otro remedio), Javier lo mantendrá aseado y untará de grasa sus piezas móviles, evitando atascos del mecanismo.

En su primera carta a Roxana, Javier garabatea tres páginas de  tequieros y nostalgias y extrañezas y eyaculaciones nocturnas pensando en tu entrepierna hospitalaria, mi amor, que a los tres meses de estar sintigo, se me para hasta de oír el anuncio del cartero: “Javier Gómez, carta de Roxana”. Ese es de la censura militar, el muy chismoso. Empalagada quedó la culata de tanta sacarina epistolar. Y le cuenta a Roxana de esta ciudad maloliente y desgreñada, como una muchacha hermosa maltratada por el macherío insaciable y la tiranía de un mal chulo. Y de su tarea, que es marchar-dormir-comer, aunque de vez en vez le corresponda ir a algún buque nuestro surto en puerto, y dejar caer por la borda manojos de granadas a plazos irregulares, porque los hombres-rana ya volaron un carguero. Días de fiesta, porque los marinos regalan su pedazo de queso, su trago de ron y hasta sus lascas de un jamón duro como palo que compran en Vigo. Y lo que no le cuenta: las hemerotecas porno que ponen a su disposición los marineros rasos, y hasta el vídeo que le pasaron (entre granada y granada), donde una rubia de tetas aerostáticas se metía hasta por las orejas la mandanga de un moreno, larga y prieta como coche fúnebre. Javier casi se suicida a pajas en el baño del segundo maquinista. Lo salvó el cambio de turno.

La primera carta de Roxana fue inconsolable. Una hora más sin ti, mi amor, y me marchito como helado de chocolate en agosto. La segunda carta, no tanto. Y la tercera, archivaba la distancia en el dossier de la cotidianía, junto al café de las siete, la ducha de las cinco y las cuatro cepilladas de dientes al día. Javier se alegró de que se lo tomara con más calma, porque faltaban aún 24.064 horas (sin ti, mi amor) de lejanía. Y en África las horas tienen la mala costumbre de durar días; los días, semanas; las semanas, meses. Así que multipliquen.

En la siguiente carta, le contó que su unidad había sido trasladada al sur, donde la cosa estaba caliente (aunque no se refería precisamente al clima). Apestosa y mugrienta, la ciudad que abandonaron tenía sus encantos. Pero eso es ya pretérito pluscuamperfecto. Ni marineros ni roncito ni queso ni etcétera. Ahora las granadas cuelgan de su cinto, como adorno floral hawaiano, multiplicando la gravitación por la distancia (a cada kilómetro pesan más, carajo) durante las incursiones, casi siempre baldías. Transcurren semanas enteras tendiendo emboscadas a las piedras, disparando contra un susurro en la maleza, cavando nichos de ametralladora, ensayando maniobras defensivas por si el asalto de los fuegos fatuos. Una guerra contra el humo. Fantasmas que siegan a ráfagas la retaguardia durante cinco minutos, para luego desaparecer sin chirrido de puertas o arrastre de cadenas. O degüellan a un par de centinelas. Pudo ser un leopardo, según el capitán. ¿Y para qué los mató, si no tenía hambre? Alguno amaneció sin hígado, sin corazón ni testículos, y ni siquiera el capitán le echó la culpa a los leopardos. El día que escribió esa carta, Javier sólo había entrado una vez en combate. Fue en los altos de Guabite, y los enemigos intentaron romper el cerco que habían tardado dos días en cerrar. Y ahí me ocurrió, Roxana, lo más raro de mi vida. Frente a mi posición había unos matorrales como del alto tuyo. Pues de ahí mismo me salió un unita harapiento, con su fusil en el brazo vendado. Sin pensarlo, me eché el arma a la cara y apunté rápido rápido, porque se me venía encima, y entonces Pepe (tú sabes, Pepe) se encasquilló de malisísima manera. El dedo se me puso morado de apretar el gatillo, y del cañón no salían ni chorritos de agua. Figúrate. Parriba de mi venía el tipo. Qué sofoco, mi amor. Se me paró la digestión, el aliento, el corazón, hasta los pelos.  Pero en ese momento, te lo juro, sentí como si el fusil se moviera por su cuenta a la izquierda, y se disparara él solito: un rafagazo corto. Y cuando miro a ver qué hacía Pepe disparando por la libre empresa, veo  a otro, que ya se había parado en una loma como a veinte metros, con la granada que me iba a soltar aún en la mano, y cayendo en cámara lenta con un rosetón de sangre en medio del pecho. Me miró con ojos de no te veo antes de caer —una mirada del más allá que nunca nunca se  me va a olvidar.  Te lo juro—. Y cayendo el hombre y su granada, me tiré yo, que con la explosión me llovió tierra y sangre y pedacitos de gente: picadillo de unita. Hasta que Pepe le soltó medio cargador, yo ni lo había visto. Aunque no puede ser. Pero fue. Va y lo vi con un tercer ojo que, según los soldados viejos, ve más que los otros dos: el ojo omnividente del miedo. Va y le disparé sin darme cuenta. Cualquiera sabe. ¿Pero cómo se desencasquiló Pepe de ahora para ahora mismo? Sigo sin entender. Y lo más bonito es que entonces me acordé del otro unita, y cuando miro, ya lo tenía casi encima, pero no bien le apunté, puso el arma en el suelo y levantó los brazos. Tendría trece o catorce años, y ni una sola bala en el cargador. Eres un bicho, Pepe. Por eso no le disparaste. Es un chiste, claro. Pero me alegro de que se haya encasquillado, porque hubiera afrijolado al muchachito que venía a rendirse, pobrecito. Con el brazo casi colgando de una herida feísima, y un hambre que iba masticando tierra para que no le doliera la barriga.

Roxana contestó cuatro meses más tarde: una cartica de veinticinco líneas en una hoja de libreta, donde le contaba del Instituto, y de los quince de Evita, y de la boda de Armandito contra María Rosa; pero apenas le comentaba nada sobre su bautizo de fuego y las raras manías de este Pepe por cuenta propia. Va y no quiere revolverme la herida, piensa Javier. Pero hay algo en la carta que le suena a hueco, como los falsos techos. Lee una y otra y otra vez. Se percata de que las palabras distan kilómetros unas de otras, como si hubieran caído por pura casualidad en el papel. Y leyéndola en voz alta una noche de posta y alto quién va, descubre con terror que el tono es de esposa aburrida que, sentada frente al televisor, zurce las medias mientras contesta lo primero que se le ocurre a las estúpidas preguntas de su suegra.

Decide no responder. Esperará una segunda carta. Quizás Roxana esté pasando por un mal momento.

Transcurren dos meses sin que el cartero fisgón  vocifere su nombre. Han ocurrido demasiadas cosas para no contárselas. Escribe largo y tendido: Ha participado en una ofensiva de verdad, con tanques y aviones como en las películas. Sólo que el cinemascope no huele a mierda y pólvora y carne quemada y miedo, que es el olor de la guerra. Y los montones de muertos, que al principio uno vomita hasta el agua con azúcar, pero poco a poco se hacen invisibles, y uno aparta de una patada el brazo que aparece en el camino, para que no estorbe. Y el brazo se va volando a la cuneta, diciendo adiós con la manito, como si la mina no lo hubiera divorciado de su cuerpo. Y no digas tú los enemigos, que quizás sea cosa de matar para que no te maten —cosa de no haber venido ni a matar ni a que te maten, con lo tranquilito que yo estaba en Marianao—. A los muchachos les ha entrado el síndrome del gatillo alegre, y le tiran a cuanta cosa se mueva: un pajarito, una serpiente venenosa o un león. Por gusto, que esto no es un safari y si alguien se lleva una piel de pantera a su casa, será el león del comandante. Los reclutas vamos con suerte si nos llevamos intacto el pellejo propio. Hasta yo me embullé, pero Pepe no me ha dejado hacerme el tiratiros. Cada vez que le apunto a una garza, a una gacela, a un árbol, Pepito el revencúo se encasquilla. Lo he armado y desarmado mil veces, lo mantengo más limpio que un hotel de cinco estrellas, pero no hay arreglo. Sin embargo, la noche que me tocó guardia en un descampado donde hicimos campamento, en el duermeyvela ese que le entra a uno a media madrugada, me despertó del tirón, y cuando miro hacia donde me señalaba Pepe con el punto de mira, veo un par de luces rojizas, linternitas, dos puntas de cigarro; y detrás, una hiena que venía haciéndose la boba pero con malas intenciones. Mi mano montó el arma sin esperar la orden del cerebro. Quieta parada se quedó la muy bicha, haciéndose la que pasaba por casualidad. Sería hiena, pero no comemierda. Y se fue con un pasito de disimulo que de no estar yo tan cagado de miedo, hasta me hubiera reído: de lado y sin dejar de mirarme, hasta que se perdió entre las hierbas. Si no es por Pepe, Javier Gómez habría sido pienso cubiche de exportación para carnívoros africanos. El destino más raro  del mundo: nacer en La Habana, donde no hay ni cochinos, y que lo único tuyo en el ataúd sea la medallita de la Caridad del Cobre encontrada en una cagarruta de hiena. Javier siguió contándole a Roxana de los paisajes, las ensaladas de hoja de yuca, los condimentos incendiarios y las comidas medio raras que se sancochan por aquí, y uno nunca sabe qué coño le meten dentro, porque la calabaza sabe su poco a pimiento, el pimiento, a tomate, y hay otras que ni te enteras. Por eso yo abro mi latica de sardinas o de carne rusa, que  sabrán a manteca de oso siberiano, pero no traen bacterias en conserva.

En la carta más larga y por entregas que ha escrito en su vida, siempre con permiso de Pepe, que le presta su culata, le habla a Roxana de los animales, de las culebras, que hay que estar a cuatro ojos, porque en treinta segundos te dejan más frío que un negro de Coco Solo en Groenlandia; del combate sin combate contra la malaria, la disentería, y otras enfermedades que ni nombre tienen. Y le cuenta de esa lombriz más espantosa que una estampida de elefantes: se mete por los poros y te va llenando de túneles por dentro, como si uno fuera su caverna de Bellamar, y se pone a vivir dentro del ojo. Te fijas bien, y la ves pasar de un lado para otro por detrás de la mirada. Y al final, muy al final y como la hiena, de ladito y con disimulo, le pregunta a Roxana qué te pasa, mi amor, te siento fría, y no digo distante porque eso ya se sabe. No sé. Va y son figuraciones mías, que la lejanía y la guerra y y y y y y… Y Roxana esta vez le responde en menos de quince días:

Que siempre siempre te querré, porque nadie ha sido nunca nunca tan bueno bueno conmigo

(¿a qué viene ésto?)

Que eres una persona maravillosa llosa y mereces que te quieran como tú mereces, pero yo…

(Me huelo que me lo tengo merecido, por estúpido y enamorado y comemierda. Chuchito me lo decía: hacerlas sufrir y que se jodan, tú verás cómo te quieren quieren, o te cogen la baja y al final el sufrido y el jodido, cuando no el tarreado, eres tú, guacarnaco)

Que yo no te merezco, Javier, con todo lo bueno buenísimo que tú eres conmigo. Y, además, me duele decírtelo…

(Más me duele a mi, cabrona. Malo malísimo malisísimo tenía que ser yo. Los malos duermen bien. Mírala a ella)

Que me he enamorado de un hombre, ¿entiendes?

(¿Y qué coño debo entender? Un hombre: dos brazos, dos piernas, una cabeza sin cuernos, no como la mía, una pirinola y dos huevos: un hombre. ¿Y qué? No es tan difícil de entender)

Que es algo mayor, y es un alto funcionario de…

(¿Entender eso? ¿Que es un vejete con hijas de tu edad, oriundas de su antepenúltimo matrimonio, y que maneja un automóvil más esbelto que su barriga, y que se saca la picha lacia de un calzoncillo Lacoste; no en las posadas mugrosas donde nosotros íbamos, sino en un casón de Miramar con aire acondicionado? ¿Eso? Facilito de entender. Que ya eres una mujer miramarvillosa y que siempre te odiaré, reputisísima)

Que quizás lo destinen a Europa y yo me vaya con él, tú sabes, porque nos casaremos el mes que viene; y lo que nunca nunca unca habría querido es que regresaras de tu Gloriosa Misión Internacionalista…

(¿Gloriosa Misión Internacionalista? Y todo con mayúscula. ¿Tú diciendo eso? Tú, tú misma, que rajabas de los mandantes, hijoeputas todos, decías, de sargento para arriba, hasta el Comandantísimo en Jefísimo? ¿Tú? Y ahora me hablas de la Odiosa Micción Indigenista. Si mañana forman un batallón de putas, segurito te nombran comisaria. Qué bicharraca)

Que llegaras y recibieras entonces la noticia de que me fui a Europa con Gustavo. Y no es porque no te quiera, Javier…

(No. Es porque quieres más a Europa  Vete a la mierda. A la mierda europea. Olerá a Chanel número 5)

Javier no resiste más la carta entre sus manos, como si quemara. Y en la hoguera donde un cabo y dos reclutas asan unas mazorcas de maíz, la quema de verdad. A boñiga de rata van a saber esas mazorcas si cogen el saborcito de la carta, piensa.

 

Durante una hora Javier se queda como lelo, mirando la oscuridad más oscura de todo el continente, aunque en ese instante es mediodía desde el Atlántico hasta el Mar Rojo. No puede pensar, ni escribir, ni engrasar a Pepe, que lo mira de soslayo apoyado en una piedra. Javier Gómez Aranda siente un dolor a prueba de analgésicos, como si el escorpión aquel de medio palmo que se hospedó en su bota una noche, el escorpión que a la mañana siguiente no admitió al verdadero propietario, le hubiera picado el corazón. Y el corazón se le inflamara como el dedo gordo, y pugnara por romperle el pecho. Por inercia, mantiene el sobre en su mano derecha, y examinando el matasellos descubre que la siempre tardía, esta vez le ha enviado un Desamor Express. Casi sonríe. Pero le duele la sonrisa.

Hasta hoy el sinsentido tenía al menos un propósito. No se trataba de vivir las 19.744 horas que le quedan aquí, porque esto no es vida. Se trataba de durar, porque ella me espera. Cuidarme de beber en los charcos y comer porquerías, para no regresar cundido de lombrices y virus, porque ella me espera. Evitar como un guineo las balas, para no regresar en una silla de ruedas o trozado del cuerpo para siempre, porque ella me espera.  Se trataba de subir con mi propio pie la escalerilla del avión, verla durante nueve horas de cielo agitarme el pañuelito en la terraza del aeropuerto. Se trataba de no viajar en el compartimento de la carga, dentro de una caja de zinc galvanizado, soldada por los cuatro costados; porque ella me espera. ¿Y ahora qué? ¿Quién coño me espera? ¿Mi madre con sus discursitos patrióticos, que hasta feliz sería, digo yo, de tener un hijo mártir y ser por fin la directora de la Escuela Primaria «Javier Gómez Aranda»? ¿Mi padre, que de mulata en mulata no sabe ni dónde queda este país de negros? ¿Quién? A ver, ¿quién? Ni yo me espero. ¿A alguien le importa que Javier Gómez reviente como un siquitraque en esta guerrita donde no sé si soy indio o cowboy? A nadie nadie nadie. (A pesar de que Pepe parece mirarlo conmovido con el ojo del cañón, y una gota levísima de aceite se desliza por el afuste).

Javier cursa la tarde inmóvil bajo una ceiba, sin almorzar ni comer, perdido en una nada procelosa, sin responder al qué te pasa del Chino, ni a los chistes pesados de Gabriel. No escucha, ni ve, ni huele, hasta que el sargento lo sacude. Tu turno, Javier. Tu turno de guardia.

Es noche cerrada cuando se sienta en la garita. Entonces despierta, y por primera vez se siente aplastado  por el peso de las 19.744 horas que aún le faltan para cumplir su condena a trinchera forzada. Como cruzar en bicicleta las cataratas del Niágara sobre un hilo de coser. Si alguien no te espera, si alguien no te llama a gritos desde la otra orilla, no llegas. ¿Valdrá la pena soportar el hambre y los bichos, darle esquinazo a la muerte cada día, no olvidar nunca ese olor a miedo y pólvora y carne quemada y mierda seca, ese olor que penetra por las uñas, por la mirada, aunque te tapes la nariz; ese tufo que te inunda los sueños, así sean de Roxana desnuda en Varadero? Y de un tirón, como si huyera de un arrepentimiento, apoya la culata del fusil en el suelo, hunde el cañón entre sus dientes y lo apoya en el cielo de la boca. Dicen que Hemingway oprimió el disparador con el dedo del pie  (sería su escopetón de caza); pero a Javier le alcanza el brazo para quitar el seguro, introducir el pulgar entre el guardamonte y el gatillo, y oprimirlo con todas sus fuerzas, cerrando la mano hasta blanquearle los nudillos. Piensa que debería escuchar el estampido antes que sus ideas, sus miedos, su dolor, sus sueños y su cerebro se estrellen contra el techo de la casamata. Pero no se oye ni un zumbido. Ni un pájaro. Ni un insecto. Ni una hoja al rozar contra otra. Como si la naturaleza se hubiera detenido. ¿Me habré detenido yo? ¿Será ésto? ¿Un silencio? ¿Estaré muerto? Abre lentamente los ojos, y descubre las paredes de la garita, siente el hedor de sus axilas, una gota de sudor que le corre por la mano, y el sabor metálico de Pepe en su boca. ¿Te encasquillaste otra vez, cabrón? Y apoya el ojo de acero bajo el mentón, oprime de nuevo el disparador, pero Pepe se niega rotundamente. Entonces Javier descarga toda su ira contra este fusil que siempre quiere hacer lo que le da la gana, siempre, cojones, siempre. Y lo tira contra la pared, lo patea, golpea el cañón contra una viga. Dispara, cabrón, dispara. Y sin darse cuenta oprime el gatillo. La ráfaga casi lo tumba y un camino de agujeros conduce en la pared hacia ninguna parte. Se escuchan gritos, se enciende alguna luz. Sabe que los hombres se están lanzando de los camastros, que ya vienen corriendo a medio vestir, colocando los cargadores en sus armas. Sabe que en un minuto estarán aquí. Y sabe que Pepe no disparará contra él. Pero descubre en un rincón la cuerda con que ataron hasta ayer la vaca requisada el domingo. Empieza a hacer un nudo corredizo. De pura suerte lo logra a la primera. El cerrojo de Pepe parece que temblara en el rincón, pero podrían ser las botas que retumban sobre el suelo, lanzadas a galope hacia la garita. Javier calcula la distancia e intenta pasar la cuerda por encima de la viga más alta. Pero entra el teniente sin camisa, fusil en mano, el cinturón colgando y la bragueta de par en par, por donde se divisa un ridículo calzoncillo de flores malvas. Se detiene en seco y hace ademán a los demás: no entren. Descubre la soga en las manos de Javier, que ha quedado inmóvil y lo mira con los ojos muy abiertos y un leve temblor en el labio. ¿A quién disparaste? A… Era una sombra… Yo creo… Un bicho, creo. ¿Y esa soga? ¿Soga? Ah. Estaba en el rincón, enroscada como una culebra, y… Entiendo. Entiendo. El teniente toma a Pepe y se lo tercia junto al suyo, le pasa a Javier el brazo sobre los hombros, y lo conduce con cuidado hacia la barraca improvisada, entre las miradas atónitas, o furiosas, o preocupadas, de los reclutas, y alguna risilla a costa de las flores malvas en los calzoncillos del teniente, risilla cancelada a medio diente por el orden jerárquico. Descansa, muchacho. Yo cubriré las dos horas que faltan. Y el teniente deposita a Javier en el jergón como a un anciano muy achacoso y cansado, con ese temblor en las piernas que no se le quita. En el pasillo, el teniente comprueba que el cargador y la recámara de Pepe están vacíos y lo deposita al lado de la cama. Antes de irse, hurta con disimulo los cargadores llenos. De todos modos, Javier, con los ojos extraviados en algún techo que debe quedar por encima del techo, no se habría percatado. Descansa, muchacho. Mañana te sentirás mejor.

 

Javier regresa poco a poco de la nada. Los hombres han reanudado  el sueño y la oscuridad es absoluta: los ronquidos no alumbran como las estrellas. Al moverse, sus dedos tropiezan con la anilla que une la correa al fusil AKM-47 calibre 7.6. Pasa la mano suavemente desde el punto de mira al cerrojo, y cree sentir un ligero estremecimiento del metal, pero la noche es engañosa. Entonces recuesta el fusil a su lado, se abraza a él y llora en silencio durante minutos, días, años, quién sabe. Las lágrimas se escurren por el guardamano hasta la culata, y Javier ni se percata de que, quizás por los espasmos del llanto, la correa del fusil alcanza su espalda por encima del hombro, como si lo abrazara.

 

Javier se duerme con la mejilla apoyada en el cañón, pero, a los pocos minutos, despierta sobresaltado. Como el remake de una vieja película en versión panorámica dolby surrounding, el día de hoy surca su memoria a la velocidad del olvido. Y siente un cansancio infinito. Toma delicadamente a Pepe, y lo cuelga al pie de la cama. Tarda en dormirse justo lo que demora su cabeza en alcanzar la almohada. No recuerda que mañana es el día de su cumpleaños. Ignora que un par de amigos le tienen preparado un regalo especial: una revista Penthouse que hallaron casi intacta entre las ruinas de una aldea, para que veas las tetas y los culos que nos estamos perdiendo por estar en este culo del mundo, valga la redundancia. Pepe quizás sepa que en unas horas Javier cumplirá diecinueve flamantes años, la edad más peligrosa del hombre; y por eso lo custodiará desde su atalaya durante toda la noche, con ese insomnio que padecen las armas.

 





La constitución y el grito

5 05 2003

En su excelente análisis “El Proyecto Varela o las trampas de la fe”, publicado en Cubaencuentro,  el colega Jorge Salcedo, objeta en su esencia el Proyecto Varela. Ante todo, recuerda que el Proyecto es “sólo un instrumento para lograr un fin común: la democratización de la Isla”. Algo con lo que concuerdo plenamente, y que nadie debe perder de vista: El PV no es un fin en si mismo. . Reconoce la valentía de sus autores y firmantes, así como su carácter de “aldabonazo en la dormida conciencia democrática del pueblo cubano”, rememorando a Chivás. Y anota que “presentar al Gobierno cierta iniciativa de cambio con más de 10.000 firmas de ciudadanos es un ejemplo tan subversivo que poco importa el éxito o el fracaso de la iniciativa concreta”,  acotando éste como su, al parecer,  mensaje fundamental.

No obstante, centra su discrepancia en varios puntos:

1-El “Proyecto Varela crea un precedente funesto”, al legitimar la Constitución de 1976 como un marco válido y respetable. Y esta constitución no debe ser acatada, porque, en principio es una “regulación impuesta a la sociedad sin su consentimiento”. De modo que tomarla como paradigma es hacerle el juego al gobierno, aceptarla de hecho. “Concederle legitimidad a la Constitución de 1976 es partir de la mentira, y sobre la mentira no se puede fundar la democracia en Cuba”. “Es suicida pretender que esto no tiene importancia”.

2-El gobierno, sin violentar sus propios presupuestos constitucionales (que el Proyecto acata) puede rechazar el referéndum. Ante todo, porque “a la luz de la «Constitución» Socialista, las leyes propuestas en el Proyecto Varela no lo son”.

3-La verdadera legitimación del discurso disidente se basa en la Constitución de 1940 y la Declaración Universal de Derechos Humanos, desde cuya perspectiva paradigmática “la disidencia tiene mejor argumento que el régimen”.

Creo que el análisis de Jorge Salcedo, así como las objeciones que desde diferentes lugares se han hecho al proyecto,  merecen un detenido análisis. Lejos de mí, tildar tales objeciones como “actitudes extremistas de Miami”, o atribuirlas al fundamentalismo de ciertos actores de la disidencia interna, cuyo propósito es hacer méritos ante los sectores más “duros” del exilio, con vistas a su futura expatriación. Aunque en dosis cada vez menores, tales actitudes también existan. Basta recordar que hay voces en el exilio clamando aún por la extirpación del castrismo a sangre y fuego, y dispuestos a pagar el precio en vidas cubanas que ello requiera, sobre todo porque serían vidas ajenas.

Pero al margen de tales “ideólogos”, la mayoría de los cubanos se posiciona frente al Proyecto desde el respeto a la valentía de sus autores y firmantes, en primer lugar, y desde su propio criterio sobre la “utilidad” perspectiva de la iniciativa.

Es cierto que al actuar en el marco de la Constitución de 1976, el PV, desde cierto punto, la acata. Pero es cierto también que las enmiendas al texto que propone, atacan directamente al núcleo de esa constitución que supuestamente acepta, al pretender subvertir los tres monopolios que sostienen el poder perpetuo de FC: el monopolio económico, el monopolio político y de asociación, y el monopolio del discurso. De modo que el Proyecto emplea un resquicio de la constitución para, en la práctica, someter al debate público y poner en tela de juicio, aspectos medulares de la carta magna.

Por otra parte, si nos atenemos a la estricta legalidad, deberemos aceptar que una constitución votada en su momento por el 96% de la población cubana residente en la Isla no es, en lo absoluto, un documento impuesto por decreto. Podemos argumentar la falta de opciones de la población cubana en ese momento, la intensidad con la que todavía actuaba el “síndrome del líder”, el intensísimo bombardeo propagandístico, empezando por la escuela, la represión a los pocos que sustentaban, abiertamente, un discurso disonante, y hasta un margen de trucaje electoral. Aún así, cualquiera que recuerde la mentalidad imperante aún en los setenta, reconocerá que cualquier proyecto constitucional presentado por el Máximo Líder, habría contado con una holgada mayoría. Ya no la aplastante mayoría de 1959, pero sí la suficiente para aprobar el documento.

De modo que partir de la Constitución imperante en la Isla, no es partir de la mentira, sino de una realidad caducada, inoperante y violatoria de los derechos humanos elementales, pero que en su día constituyó la expresión de la voluntad de los cubanos.

La frase “sobre la mentira no se puede fundar la democracia” es, sin dudas, hermosa, pero me temo que inexacta. El hecho de que sea necesario “fundar la democracia”, establece que se deberá fundar sobre las ruinas de la “no democracia”, es decir, sobre las ruinas del totalitarismo: esa forma de mentira estadística que consiste en el secuestro, por unos pocos, del discurso que pertenece a todos. Quiérase o no, habrá que contar mañana con las propiedades (buenas y malas) de esas ruinas, si queremos edificar sobre ellas el edificio resistente, sólido, de una democracia perdurable.

Juan Carlos I  aceptó las reglas del juego que le impuso Franco. Sobre esa aceptación del mal, sobre ese pasado nefasto, se edificó la transición más ejemplar de los tiempos modernos, y una democracia tan inquebrantable, que a los escolares de hoy el franquismo les resulta tan jurásico como la lista de los reyes godos. Y eso ha ocurrido en un cuarto de siglo.

Es, sin dudas, más fácil, negarse de plano a aceptar el orden constitucional cubano, y no “mancharse las manos” empleándolo para  proponer su subversión. Hasta hoy, la disidencia (externa e interna) lo ha hecho. Se puede, y se debe,  apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, e incluso a la Constitución de 1940 –que a estas alturas sería absurdo reponer tal cual–. Pero tampoco se debe perder de vista que las guerras se libran a lo largo de muchas y pequeñas batallas. Los generales que se limitan a esperar su momento de librar la batalla final, y dejan escapar pequeñas escaramuzas y presuntas victorias de escasa gloria, suelen perder las guerras.

Durante decenios, la disidencia externa, marginada y ninguneada por el régimen cubano, escarnecida sin derecho a réplica, encarcelada por los más nimios motivos, y acosada hasta minimizar sus contactos con el resto de la población, ha logrado escaso reconocimiento interno y muy poca influencia sobre sus compatriotas. Internacionalmente, sólo en los últimos tiempos, mandatarios extranjeros la han tomado en cuenta. ¿Por qué? Los factores son muy diversos: desde la feroz represión hasta el hecho de que hasta hoy, ninguna de sus iniciativas ha movido una masa visible de seguidores. Con EL PV, es la primera vez que esto ocurre. La primera vez que un importante político extranjero comenta abiertamente a los oídos de los cubanos una iniciativa disidente. La primera vez que numerosos países atisban el embrión de una sociedad civil a la que apoyar; un movimiento visible de oposición nacido “dentro” (y ese dentro es importante) de la Isla. La primera vez que el Señor Fidel Castro se refiere a la disidencia como “opositores”. La primera vez que una asamblea de vecinos discute abiertamente un proyecto que socava  las bases del sistema. La primera vez que en las sobremesas y los pasillos, en las guaguas y los parques de Cuba, la gente comenta no tanto el contenido del proyecto Varela, sino los cojones que tienen esos once mil cubanos, para pararse con su firma como única arma, frente al dueño de los tanques y los cañones, frente al mayoral de la finca, el dueño de las palabras durante casi medio siglo. Y en el imaginario de la isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Y hablando de asuntos testiculares, hay otro aspecto del Proyecto Varela que es, posiblemente, tan subversivo como su contenido. Durante medio siglo el Señor Fidel Castro ha cultivado la imagen del guerrillero audaz, valiente, incluso temerario. Aunque por muy curiosos azares, que quizás no lo sean,  desde sus tiempos de gánster universitario hasta hoy, jamás ha recibido un rasguño. La victoria de su pequeña guerrilla frente a un ejército moderno. La larga batalla presuntamente contra la primera potencia mundial. Sus exabruptos verbales en cuanta tribuna le acoja.

Desde el Grito de Yara hasta el Proyecto Varela, las luchas políticas cubanas han fomentado en la práctica la negación de los principios que en material doctrinal pretenden consagrar. Las «necesidades objetivas» de la lucha imponen la estrategia, la estrategia fomenta cierta sociabilidad política y de dicha sociabilidad nace una nueva legitimidad, contraria —o al menos ajena— a los principios políticos consagrados al comienzo. No nos explicamos luego cómo al final de una lucha llena de nobles sacrificios por determinados ideales se termina en un régimen indiferente o contrario a esos mismos ideales.





Firmas

28 04 2003

En un país donde no estar de acuerdo es ilegal e incluso punible, y donde un solo partido y un solo líder deciden hasta el último detalle en la vida de cada ciudadano, firmar una solicitud de referendo como el Proyecto Varela es un acto de valentía, una temeridad a la que muchos no están dispuestos, aunque coincidan punto por punto con el documento. Cada firmante sabía que su soberanía podía acarrearle la pérdida del empleo, de sus estudios universitarios e incluso de su libertad, que desde entonces sería hostigado y marginado. Sólo por ello, no es arriesgado afirmar que cada una de esas firmas equivale a miles de firmas. Si consideramos, además, que los promotores del proyecto no dispusieron de ningún medio de difusión, y que antes que el ex presidente norteamericano Carter lo mencionara públicamente la frase «Proyecto Varela» no significaba nada para la inmensa mayoría de los cubanos, cabría preguntarse cuántos millones de firmantes potenciales no existirán en la Isla.

El simulacro de referendo para congelar ad infinitum el status quo, ha sido la más ridícula pataleta de Fidel Castro en medio siglo, al momificar su propia Carta Magna en un acto francamente inconstitucional y absolutamente contrario a la dialéctica que dice profesar. Cada firmante debía consignar su número de carné de identidad, con lo que, por el simple expediente de la resta, el Gobierno podía obtener la «lista negra» de los no firmantes. No es raro entonces que firmaran incluso los que esperaban el permiso para emigrar, por no hablar de millones de opositores silenciosos. ¿Cuántos habrían firmado de forma libre y voluntaria? Nunca lo sabremos, precisamente porque al Gobierno no le interesa cuantificar sus partidarios, sino lapidar con su estadística trucada a 11.000 insumisos. Incluso, hecho inédito, abrió sus consulados para que los exiliados firmaran el «sí, quiero», aunque Cuba les niega sus derechos civiles una vez traspasada la frontera. De modo que estos ocho millones de firmas no tienen otro valor probatorio que el de constatar la capacidad intimidatoria del régimen cubano.

La represión desatada en Cuba, aprovechando que el mundo miraba hacia Irak, pretendió capitalizar la ola de antiamericanismo, pero resultó un catastrófico error de cálculo, que ha dejado al régimen más solo que nunca. Escritores y artistas que hasta ayer se abstenían, cuando menos, de condenar al Gobierno, han repetido con Saramago la frase cubana «hasta aquí llegó mi amor». Nadie los obligó, disponen de todos los medios de información, muchos han visitado Cuba en múltiples ocasiones y sus posiciones no están dictadas por la conveniencia, sino por la ética.

En cuanto al Mensaje desde La Habana…, hay que subrayar, ante todo, que se trata de intelectuales y artistas cuya obra, en la inmensa mayoría de los casos, prestigia a la cultura cubana. Apunto esto porque para mí está muy clara la distinción entre el autor y su obra. Entre ellas, hay firmas que no sorprenden, dado que se trata de intelectuales que son, al mismo tiempo, funcionarios del régimen. En esos casos funciona, sin dudas, la disciplina de partido. Otras firmas no dudo que hayan sido actos de honrada adhesión al texto. Si algo soñamos los cubanos es una patria donde todos tengan el derecho a expresar libremente sus ideas, y que nadie sea encarcelado por hacer públicas las suyas, algo que, contradictoriamente, aceptan de forma tácita los firmantes del «mensaje» cubano. En el resto de las firmas puede que haya una gradación que va desde la histeria bélica inducida hasta el cinismo. Si alguien lee hoy la prensa cubana, y sólo la prensa cubana, única a la que tienen acceso los ciudadanos de la Isla, la impresión es que los portaaviones norteamericanos están fondeados a la vista del Morro, y que la invasión es inminente. Puede que eso compulse a algunos a adherirse a una (i)lógica de plaza sitiada, ignorantes de que Bush y Rumsfeld han descartado categóricamente una acción militar contra Cuba, y que las denostadas organizaciones del exilio se han manifestado, mayoritariamente, contra cualquier iniciativa bélica. En otros casos funciona, simplemente, la conveniencia. Negarse a firmar en Cuba un «mensaje» de esta naturaleza, si eres compulsado a ello, entraña riesgos para las carreras profesionales que muchos escritores y artistas no están dispuestos a correr. El más obvio es que de repente todos tus permisos de salida (un cubano necesita la autorización del Gobierno para viajar) se traspapelen, se demoren o nunca lleguen, haciendo que el artista pierda conciertos, conferencias, exposiciones, que constituyen sus medios de vida; quedando degradado, de hecho, a cubano de a pie, a merced del racionamiento. No es nada nueva esa actitud. Ya es casi «normal», en la lógica de la doble moral, que ese intelectual presuntamente «orgánico» reconozca en petit comité que firmó tal manifiesto o hizo tal declaración porque «no le quedaba más remedio», aunque aquí, entre nosotros, reconozca todo lo contrario. Ni es raro que en privado te abrace en Madrid quien horas más tarde te negará el saludo en público.

Aún así, se constatan en el «mensaje» ausencias notables, de donde se deduce que creadores de primera línea que hasta hace no mucho se adherían irrestrictamente a los pronunciamientos del régimen, han asumido el «hasta aquí hemos llegado» de Saramago, aunque no dispongan de la libertad necesaria para hacerlo explícito. Hace quince años se habrían contabilizado doscientas firmas al pie de esta carta. Hoy no llegan a la treintena.

He leído recientemente textos indignados ante estas rúbricas que apoyan con su prestigio la barbarie represiva del Gobierno, y que exigen un «compromiso» a los firmantes. Hago constar mi desacuerdo con esta actitud conminatoria por una sencilla razón: la heroicidad no se exige, y menos desde el exilio, a buen recaudo de la represión. Aplaudo la estatura moral de quienes en la Isla ejercen su libertad de disentir, asumiendo todas sus consecuencias. Comprendo con tristeza el silencio de quienes ejercen el miedo cotidiano como un expediente de supervivencia. Lamento la crédula inocencia, o el fanatismo ciego, de quienes continúan creyendo a pie juntillas el cuento del lobo feroz y la angelical caperucita roja. Y siento una infinita lástima por aquellos intelectuales que han adquirido cierta dosis de tranquilidad y algunas prebendas al precio de alquilar sus nombres para causas en las que no creen. A ellos también se refiere el diccionario de la Real Academia, cuando habla de «firmar un cheque en blanco», algo muy peligroso cuando es otro quien consignará el precio de tu dignidad. Decía Roberto Fernández Retamar en los albores de la Revolución: «Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida?», y esa será la pregunta que algún día deberán responder a sus propias conciencias.

 

“Firmas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de abril, 2003. http://arch1.cubaencuentro.com/opinion/20030428/89ef8853f25043b7724dd75b515bad41/1.html.