Vivir (o morir) del cuento

2 07 2013

Intervención de Luis Manuel García Méndez en la presentación de su antología personal Vindicación de Macbeth (Editorial Verbum, Madrid, 2013), y la Mesa redonda sobre el presente y el destino del cuento, con la participación de Juana Martínez, catedrática de la Universidad Complutense, y la escritora española Cristina Cerrada.

Casa de América, Madrid, 2 de julio, 2013

El cuento es un extraño artefacto literario. Novela con vocación de poema. Poema con ínfulas de novela. Se le atribuye brevedad, tensión, intensidad; un único tema y una nómina limitada de personajes. Pero no siempre ocurre. Género mudable, en evolución, inasible, resbaladizo, suele ser difícil encontrar los factores comunes entre cuentos largos, demorados, fluviales, donde el protagonista es el ambiente, y microcuentos como bengalas, más cerca del poema que de la narrativa. Hay cuentos que gravitan alrededor de un acontecimiento y otros, alrededor de un personaje. Cuentos que nos mantienen en vilo hasta saber qué, y otros, hasta saber cómo. Historias protagonizadas, incluso, por la estructura narrativa.

Siempre que se intenta definir el cuento, recuerdo aquella sabia definición de “novela” como “cualquier libro que se anuncie en su portada con la palabra novela”, e invoco la posibilidad de aplicárselo al cuento.

Lo cierto es que la novela camina hacia su desenlace como un transeúnte curioso que se desvía cada vez que algo llama su atención. El cuento, en cambio, se mueve como una flecha. Cualquier distracción puede convertirlo en un disparo fallido. Y aunque los cuentos suelen reunirse en colecciones, e incluso en cuentinovelas con una sólida vocación unitaria, todo cuento debe cerrarse en sí mismo, ser autosuficiente, crear sin muletas un efecto particular en el lector.

Etimológicamente, la palabra “cuento” deriva de contar, computare, es decir, calcular. De modo que existe una equivalencia entre contar o enumerar objetos y contar o enumerar sucesos, de ahí esa vocación matemática que exhibe todo buen cuento: cada línea, cada palabra cuenta. Quien haya intentado sustraer una palabra o una oración a un cuento de Jorge Luis Borges, habrá descubierto que en él todas las palabras son lo que los arquitectos llamarían estructurales. Hay peligro de derrumbe. Y esta necesidad de narrar con la máxima economía de medios es común al cuento popular tradicional, al chiste callejero y al cuento literario moderno.

Parecería que en tiempos de twits y SMS, cuando todos afirman no disponer de tiempo (salvo para perderlo); en una época de lecturas a retazos en autobuses y vagones de metro, los lectores deberían inclinarse por el cuento breve e intenso que puede paladearse en cuatro paradas de metro. Sin embargo, desde hace varios decenios, al menos en España, el cuento cede espacio a la novela, a pesar de que en este país existen más de mil concursos anuales de cuentos, entre ellos algunos de los mejor dotados del planeta. La explicación de este fenómeno merecería un capítulo aparte. Podría achacarse, sin dudas, al marketing editorial y la incidencia del best seller, pero sólo en parte. A ello se sumaría no una cuestión de extensión, sino de intensidad. No es lo mismo la lectura desatenta de una novela (en especial, del tipo de novela de lectura masiva), donde a veces puedes deslizarte sobre tres o cuatro páginas sin perder el hilo, que la intensa lectura de un cuento, donde cinco líneas pueden ser cruciales.

Hoy Cristina Cerrada nos ha hablado del cuento en España y ofrece signos alentadores protagonizados por algunas editoriales de literatura (es necesario hacer la salvedad dada la proliferación de editoriales que publican otra cosa) que incluyen cada vez más libros de cuentos en su línea de trabajo. La profesora Juana Martínez ya ha explicado que es bien diferente el comportamiento del género en América Latina, donde ha contabilizado más de 6000 libros de cuentos publicados, un ejercicio literario del que se han ocupado, casi sin excepción, todos los maestros de la narrativa continental.

A pesar de que aún es un fenómeno reciente, y que la narrativa suele responder despacio a los desafíos tecnológicos, las nuevas formas de literatura digital, las narrativas corales, los textos abiertos donde el lector puede elegir, conscientemente o al azar, entre varios desenlaces que se bifurcan, todo ello tendrá, sin dudas, sus efectos sobre el destino del cuento. Como ya lo tienen sobre el mercado del libro las ediciones digitales y la lectura online, desde la edición hasta la publicación y la distribución de los textos. De modo que las conjeturas sobre el futuro del género entran cada vez más en un territorio cuya cartografía es incierta.

En el caso de Cuba, el cuento ha sido un género cultivado por los mejores narradores desde las primeras décadas del siglo XX, con las obras de Enrique Serpa (Felisa y yo, 1937), Carlos Montenegro y Lino Novás Calvo. Montenegro, además de su excepcional novela Hombres sin mujer (1938), nos dejó grandes relatos como “El caso de William Smith”. De Lino Novás Calvo son dos extraordinarios libros de cuentos: La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1946), y escribió uno de los mejores cuentos de la literatura latinoamericana, “La noche de Ramón Yendía”. Y esa gran cuentística alcanzó su esplendor en los años 50 con libros como El gallo en el espejo (1953), de Enrique Labrador Ruiz; Aquelarre (1954), de Ezequiel Vieta; Cuentos fríos (1956), de Virgilio Piñera; El cuentero (1958), de Onelio Jorge Cardoso; El otro Cayo (1959), de Lino Novás Calvo, y Guerra del tiempo (1958), de Alejo Carpentier; más los cuentos de Lydia Cabrera, Ángel Arango, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego, Dora Alonso y Lezama Lima. Con eso bastaría para hablar de una sólida cuentística cubana. Pero esa tradición se mantendrá y se enriquecerá durante el medio siglo siguiente, con voces singulares y diversas que “tocan todos los palos”, como dirían los cantaores flamencos: cuentos “realistas” (en las más diversas interpretaciones de este término), oníricos, fantásticos, históricos, futuristas, tecnológicos, alucinados, terroríficos, policíacos. La diversidad de temas y motivos asumidos por el cuento en Cuba supera ampliamente el espectro que abarca la novela. Y la nómina de autores es tan extensa que cualquier intento agotaría la paciencia de ustedes o pecaría de parcial e injusta.

¿Por qué se mantiene la tradición del cuento en Cuba?

Pienso que existen motivos de diversa índole. En primer lugar, las editoriales continúan publicando libros de cuentos con, al menos, la misma intensidad que otras formas narrativas, y desde criterios de calidad, dado de los condicionamientos de mercado nunca han sido una prioridad para la industria editorial cubana. En segundo lugar, los escritores continúan escribiendo cuentos, no sólo porque es un excelente espacio de aprendizaje narrativo, y permite experimentaciones y ensayos “a escala” que quizás mañana se trasvasarán a la novela, sino también porque existe una industria editorial donde esos libros tendrán cabida. Y también porque entre las urgencias del pan ganar, es más fácil cerrar un cuento sin perder el tono, la intensidad, que cerrar una novela de 300 páginas. Aunque no me avalan estadísticas fiables, opino que hay en Cuba un público lector de cuentos, y habría varias razones para que así fuera: El cuento está más cerca de la elipsis y el sobreentendido que caracterizan la oralidad cubana. La larga tradición del género y su peso editorial a lo largo de muchos años tiene que haber modulado el mercado.

Además de lo anterior, hay una peculiaridad del cuento en Cuba que merece una mención aparte. Medio siglo de periodismo anémico, elusivo, obediente, silencioso, ha provocado en el lector cubano una inanición informativa crónica. La historia, como los ríos, tiene sus meandros, sus mansas desembocaduras y sus rápidos. La de Cuba entre 1959 a la fecha ha discurrido casi siempre entre peligrosos rápidos y sinuosos meandros, excelente materia prima para los narradores. Mijaíl Bajtín afirmó que «cada día posee su lema, sus vocabularios, sus acentos», y eso es particularmente visible en una buena parte de la cuentística cubana escrita desde 1959. Por el contrario que la novela, cuya respuesta a las urgencias de lo cotidiano sufre una suerte de retraso inercial, la respuesta del cuento es relativamente rápida. Basta repasar la presencia del héroe en la cuentística cubana para descubrir una evolución desde el héroe épico de los años 60 hasta el superviviente como héroe del “Período Especial” y el “héroe a su pesar” de las guerras africanas que aparece en la cuentística desde mediados de los años 90; pasando por el “héroe nacional del trabajo”, figura fugaz, cercana al realismo-socialista, en la segunda mitad de los 60 y en los 70.

Bastaría un ejemplo para ilustrar ese atractivo adicional, extraliterario: cuando se publicó el cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo (1991), en varias redacciones periodísticas había artículos, reportajes, entrevistas sobre los temas de la homosexualidad y la intolerancia. Permanecían pospuestos, olvidados, en proceso de aprobación (algo que en la dinámica de la prensa cubana puede durar varios años) o rechazados, en ocasiones con consecuencias desagradables para sus autores. La publicación del cuento “liberó” de su prisión domiciliaria algunos de esos textos y generó un saludable debate social. Esto se explica por la minuciosa gradación de la censura, desde la televisión en el más alto grado hasta los libros de literatura y las revistas culturales de escasa tirada que gozan de una censura de “baja intensidad” (es un decir).

 

El libro que nos sirve de excusa para reunirnos esta noche, Vindicación de Macbeth, es el primero de una colección que ha iniciado la editorial Verbum: autoantologías de diferentes autores, cada uno de los cuales se encargará de ese ejercicio difícil y penoso que es seleccionar lo que consideras mejor de tu propia obra.

A la altura de 2013, dos tercios de mi vida, cuarenta años, discurrieron en la Isla, y los siguientes diecinueve, en España. Escribí mi primer libro de cuentos en 1981, aunque no se publicaría hasta 1987. Trece años de escritor insiliado y diecinueve de escritor exiliado. Tres de mis quince libros publicados o en prensa han aparecido dentro y fuera de la Isla; cuatro, sólo en Cuba, y los ocho restantes, sólo fuera. De estos quince libros, seis son de cuentos para adultos: Sin perder la ternura (1987), Los amados de los dioses (1987), Los Forasteros (1987), Habanecer (1992), El éxito del Tigre (2003) y El Señor de los Naufragios (2011). A los que se suman tres volúmenes inéditos de cuentos: Jardines Invisibles (2010), Test de Rorschach  (2012) y el último, Topografía del tiempo  (2013).

Entresacar de esos nueve libros los que considero mis mejores cuentos ha sido una labor temeraria. Raras veces el autor es un buen crítico de su obra. Además de la propia impericia, desde luego, pesan demasiado el afecto por los textos, las huellas que deja en su percepción el proceso de la escritura. Para un antologador externo, en cambio, todos los textos son contemporáneos, nacen en el momento de la lectura, y los observa con idéntico desapego. El autor sufre una persistente asincronía. De mi primer libro de cuentos, Sin perder la ternura, me separan treinta y dos años; del último, Topografía del tiempo, dos semanas. Sólo por eso me sé incapaz de evaluarlos imparcialmente. El antologador que soy yo a la altura de 2013 es muy diferente al yo que escribió su primer libro, pero lo recuerdo perfectamente, y eso también condiciona el resultado final.

En mis cuentos, como en buena parte de la narrativa cubana, coexisten pacíficamente realismo y fabulación, lo cotidiano y lo fantástico, el siglo XVI con el hoy y el mañana, geografías inmediatas que se pueden recorrer calle por calle y mundos alucinados, de coordenadas inquietantes. En este libro hay bares trashumantes; fusiles que se niegan a obedecer a su soldado;  una guerra entre los escribas de un país muy raro; la historia de un tigre que compone ficciones con gran éxito de crítica y de público. Aquí un náufrago puebla con la imaginación su isla desierta; las calles, los edificios y los objetos se amotinan contra sus creadores; los dioses peregrinan en busca de sus creyentes y son devueltos a sus cielos de origen.

Pero también aparece un antiguo profesor de Física mientras pesca sobre una cámara de camión, asediado por los tiburones del estrecho de la Florida, intentando, cuando menos, mantenerse inmóvil en la corriente. El viejo héroe de la guerra despierta de madrugada sabiendo que mañana será expulsado deshonrosamente del trabajo, y un joven rememora las consecuencias personales de lo ocurrido en 1980, cuando 125.000 cubanos huyeron por el puerto del Mariel.

Son también muy diversas las perspectivas desde las cuales están escritas estas historias: su concepción y la  panoplia de temas y motivos las instalan en tres espacios diferentes: La literatura posnacional y sus fronteras líquidas donde se situarían la mayor parte de los cuentos de El éxito del Tigre, El Señor de los Naufragios, Test de Rorschach y Topografía del tiempo. La literatura nacional (Sin perder la ternura o Habanecer). Y la “literatura exonacional”, aquella que, por su sintaxis, norma lingüística, temas y motivos, podría inscribirse en el canon de lo nacional, pero al estar escrita desde otra perspectiva (geográfica, artística, e incluso ideológica en el caso sui géneris de Cuba), aporta a ese canon una mirada excéntrica. Además de que, como ya afirmara Valle Inclán, “las cosas no son como las vemos sino como las recorda­mos». Es el caso de Jardines invisibles, y de las novelas El restaurador de almas (2001) y Bitácora del silencio (2012).

Durante esta inmersión, este buceo en mis propios textos —los que todavía soy incapaz de leer sin corregirlos, y los que leo como si los hubiera escrito un desconocido—, me pregunté qué tendrían en común historias tan dispares, tan diversas y tan distantes en el tiempo y el espacio. Entrevistado, Augusto Monterroso afirmó en cierta ocasión: “todo lo que escribí era un llamado a la revolución, pero estaba hecho de manera tan sutil que lo único que logré a la postre fue que los lectores se volvieran reaccionarios”. Mi obra no es, obviamente, un llamado a ninguna revolución (ni a la contrarrevolución, la involución, la evolución o cualquier otra proclama que termine en “ción”), sobre todo porque ignoro lo que significa esa palabra. Al cabo, toda revolución se contrarrevoluciona a sí misma. Nace preñada de su enemigo. Entonces, ¿qué podrían tener en común estas historias? Y descubrí que más allá de su diversidad, ellas están transitadas por lo que Mijaíl Bajtín llamaría un cronotopo: “el hombre como víctima de la historia”.

A mi generación, políticos, padres y maestros nos repitieron una y otra vez que nuestro destino luminoso, como hombres nuevos del siglo XXI, sería construir la historia. Tuvimos que crecer para percatarnos de que nuestro verdadero destino sería padecerla.

 





Intrascendencia

4 12 2012

Exilio

es llegar a entender

que el día que tanto esperamos

no será más que una noticia

encapsulada entre dos comerciales

de Pepsi y Tylenol.

Jesús J. Barquet;Destinos”

 

Navegando por la red, me asaltó hace poco la última foto de un Fidel Castro rural, contra un fondo de arbustos (no descarto la moringa porque jamás la he visto). La camisita de cuadros –reminiscencia de las que un día vendieron en Flogar por la libreta de productos industriales— lo traviste de paisano, lejanas ya las glorias del sempiterno uniforme verde olivo. La imagen me recordó la escena final de Marlon Brando en El Padrino. Minutos antes de ser fulminado por un infarto, juega con su nieto en el huerto e intenta asustarlo con una dentadura improvisada de cáscaras de naranja. Pero Brando no metía tanto miedo como Castro.

La mano huesuda, de uñas afiladas, admonitoria. La boca entreabierta. El gesto amargo. Pero, sobre todo, la mirada de loco furioso al fondo de las cuencas hundidas de los ojos, como de calavera apenas revestida de piel, algo que acentúa la sombra proyectada por el ala del sombrero. Otra de las fotos es más lúgubre: el gesto contraído y la mano en la cintura, donde algún día llevó la pistola. (Supongo que ya no le permitan portar armas).

Castro se empeña en demostrar que está vivo y en activo, apelando al expediente de los secuestradores clásicos: sostiene el periódico del día. Pero se equivoca.

Gracias a que se extravió en las calles de Santiago de Cuba, la ciudad que habitó durante años, salió ileso del Moncada. Aficionado a las miras telescópicas, durante  la guerra no sufrió ni un rasguño. Fidel Castro sobrevivió a cientos de complots para asesinarlo. Vio aparecer y esfumarse a diez inquilinos de la Casa Blanca, a todos los líderes del campo socialista y sus homólogos asiáticos. Ya estaba en el poder cuando levantaron el Muro de Berlín y siguió en el poder cuando lo derribaron. Desde 1959 se ha vaticinado una y otra vez, con más deseos que datos, la caída de su régimen. Su muerte inminente ha sido anunciada una docena de veces, y muchos periódicos ya tienen preparada la cabecera y el artículo que publicarán ese día en primera.

Las botellas de champán, ron 25 años y vino gran reserva que muchos guardan a la espera de ese día, se han ido añejando en las bodegas. Confiemos que se conserven a la temperatura adecuada.

Desde su infancia, Fidel Castro soñó un mundo a la medida de sí mismo. Y como político, en buena medida, lo consiguió. Cientos de hombres murieron bajo sus órdenes en nombre del restablecimiento de la democracia que más tarde él demolería hasta los cimientos. Utilizó a los demócratas en la guerra y a los viejos comunistas en la paz. Y luego los desechó sin el menor escrúpulo. Ministros, consejeros, tecnócratas de corte soviético, generales que ganaron las guerras de las que él se jactaría, cowboys de la revolución y jóvenes promesas sufrieron la misma suerte cuando la preservación de su poder personal lo hizo recomendable. Como diría Monterroso, y el dinosaurio permanecía allí. Hasta que fue su propio cuerpo el que se declaró en rebeldía. El comandante no ha podido encarcelar a su cuerpo por ese desacato. Ni fusilarlo. Ni mandarlo al exilio. No le ha quedado más remedio que confinar a su cuerpo en el famoso plan pijama, destino de cientos de funcionarios cubanos a lo largo de medio siglo.

Si la ambición del comandante se redujese a conservar el poder hasta que la muerte nos separe, como un alcalde de San Nicolás del Peladero, el balance de su vida habría sido un éxito. Pero él siempre aspiró a más. Quiso ser un estadista memorable, un líder de talla mundial, una figura histórica, perdurar en la posteridad.

Lamentablemente (para él) y por suerte (para la humanidad), el destino lo dotó  con una isla minúscula y unos pocos millones de súbditos. Su carta a Kruschov durante la Crisis de los Misiles (o de Octubre, o de los Misiles de Octubre), donde lo instaba a dar el primer golpe, es pavorosa. El mundo nos debería estar agradecido por cargar con él a solas. Ya entonces, Nikita Kruschov aclaró a Fidel que en las grandes ligas de la política mundial, un pequeño zar del Caribe no pasaba de cargabates, cosa que Castro jamás le perdonará.

Su hegemonía en la insurgencia continental se diluyó a la misma velocidad que las guerrillas y la aventura africana es apenas un capítulo exótico (salvo para quienes dejaron allí a sus muertos) en la historia del continente negro.

Su fugaz liderazgo en el Movimiento de los No Alineados no pasó a mayores. Castro estaba demasiado alineado para el gusto de la concurrencia, y su alegría por la invasión soviética a Afganistán no tuvo quórum.

Si fue su propósito establecer un nuevo paradigma, el fracaso ha sido rotundo. Los estadistas suelen comportarse como arquitectos, no como brigadas de demolición. Basta mirar el lamentable estado de la Isla para alejarse de semejante fórmula. Incluso el llamado “Socialismo del siglo XXI” dista mucho del modelo impuesto por Castro a los cubanos. Chávez ha aprovechado, eso sí, las recetas populistas/represivas de su mentor cubano, pero eso no es un sistema de gobierno, sino un código mafioso, un régimen de prisiones. Lo que no ha conseguido el venezolano es la proyección escénica de su mentor. Hay quienes nacen para interpretar a Shakespeare y otros no rebasan el teatro bufo. Por eso resulta curioso que un político tan sagaz como Castro, que ha cultivado su imagen al detalle, no haya tenido la prudencia de morirse a tiempo, antes interpretar la caricatura de sí mismo.

El presunto estadista que iba a convertir a Cuba en un modelo para el mundo entero, un país que en diez o quince años sobrepasaría en PIB per cápita a Estados Unidos –en la Biblioteca Nacional, los diarios donde constan sus desatinos de entonces no son accesibles salvo permisos especiales– arruinó en dos lustros una economía solvente y la remató a golpes de inspiradas campañas dignas del realismo mágico. Quizás eso explique su amistad con Gabriel García Márquez. Éste se limitó a escribir la saga de Macondo. Castro patentó el socialismo macondiano.

¿Será una figura histórica? ¿Ocupará un escaño en el parlamento de la posteridad? Desde luego, para los cubanos será para siempre una cicatriz de medio siglo. Un queloide en la historia de Cuba. En cuanto a la posteridad, Fidel Castro no lega una filosofía, como Karl Marx; ni una teoría memorable, como Einstein; ni es el padre de una nación, como Washington, sino el padrastro maltratador que se ha ensañado con la pobre Patria y con sus hijos. Su modelo de Estado, estructuralmente ineficiente y subvencionado, duró lo mismo que las subvenciones. (En nombre de la independencia nacional, consiguió que Cuba fuera más dependiente que nunca antes en su historia). Y ese modelo ya ha mutado hacia un protocapitalismo indeciso que sólo aspira a preservar los privilegios de la dinastía militar.

El ideario de Fidel Castro está emborronado en miles de discursos repetitivos y contradictorios: demócrata, comunista, prosoviético, antisoviético y prosoviético again, internacionalista, nacionalista, leninista y martiano, pacifista mientras fraguaba invasiones y guerrillas; predicador de la virtud mientras la Isla se convertía en confortable escala de la cocaína. En nombre de la autodeterminación y contra un pensamiento único global, invoca el derecho a la diferencia de sátrapas sirios, libios, serbios o coreanos.  En nombre de su autodeterminación, se erige a domicilio en sumo sacerdote del pensamiento único.

Sólo tres constantes en medio siglo: su avaricia del poder absoluto, su aversión a la libertad y el bienestar de los cubanos, y su odio a Estados Unidos, único enemigo a la medida de su arrogancia. Este último ha sido su mejor coartada para venderse de inocente David mientras ejercía en casa de Goliat abusón. Supongo que la avaricia y el odio sean insuficientes para conseguirle un escaño en la historia.

Siempre he creído en la sabiduría que subyace bajo muchos chistes populares. Uno que escuché hace veinte años narraba el regreso de Fidel Castro a la tierra tras medio siglo en el más allá. Caminando por una Habana reverdecida, constata con asombro que nadie lo reconoce y, peor aún, que nadie ha oído hablar de él. Acude entonces a la biblioteca y consulta la enciclopedia. Efectivamente, allí está:

Castro, Fidel: Dictador cubano que vivió durante la Era de los Van Van. (Ver Van Van).

Y la enciclopedia dedica diez páginas a los Van Van, con profusión de fotos y discografía.

Morirse a plazos y no al contado tiene efectos secundarios, daños colaterales. El que nos abrumaba sin compasión con discursos de ocho horas por el placer de escucharse a sí mismo, balbucea incoherencias ahora cuando le conceden unos minutos de cámara. Al dueño de la palabra le han escamoteado el espacio para sus reflexiones desde que atacó a Deng Xiaoping, arquitecto del neocapitalismo chino. Desde entonces, apenas le han permitido algunos twitts incoherentes sobre el yoga y la moringa. Y sufre en vida la suerte de Mao: Raúl Castro implementa en su nombre las políticas que él siempre aborreció.

El que ha sido durante años el acontecimiento más esperado por el exilio, es ya una noticia intrascendente, “una noticia / encapsulada entre dos comerciales / de Pepsi y Tylenol”, como reza el poema de Jesús J. Barquet. Una noticia que tendrá más resonancias paleontológicas que políticas, como cuando nos informan que ha desaparecido el último ejemplar de cierta especie rara, un fósil viviente al que creíamos extinto desde hace mucho tiempo. Aunque enarbole el periódico del día para demostrar su existencia, aunque no se haya hecho pública la noticia, ni hayan exhibido el féretro en la Plaza de la Revolución, el Comandante está en un error. Ha muerto lentamente de intrascendencia. Dado el pésimo estado de los servicios públicos, han olvidado retirar su cadáver.

 

“Intrascendencia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 04/12/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/intrascendencia-281972





La otredad peligrosa

1 12 2012

La historia humana es la historia de la pluralidad. Desde que el homo sapiens apareció en África, su migración a todo el planeta conformó etnias, lenguas, culturas, religiones, y con ello apareció la otredad. El otro no siempre era el buen vecino del valle contiguo con quien se intercambiaba sal por orégano. Era, con frecuencia, el clan rival al que se disputaban territorios de caza, la raza inferior que debía ser exterminada a favor de la raza elegida, o el enemigo ideológico que encarnaba el mal absoluto.

La pluralidad ha convivido durante milenios con dos fuerzas antitéticas: el respeto y la convivencia Vs. la intolerancia. La cultura occidental es, posiblemente, el mejor ejemplo de respeto y convivencia: se ha nutrido de las más diversas fuentes continuamente trasvasadas entre filósofos, científicos, escritores y artistas, hasta el punto de que una novela de Philip Roth o de Carpentier serían impensables sin el precedente del pensamiento griego, la oratoria romana, el Talmud o la mitología yoruba. La intolerancia, frecuente disfraz de intereses espurios, ha aportado, por su parte, cientos de millones de muertos, pogromos, esclavitud y ostracismo de pueblos enteros, genocidios, éxodos masivos, aniquilación de culturas. Una y otra vez, los “virtuosos de la unanimidad” y los gobernantes incapaces o tiránicos (o ambos inclusive) han echado mano del “otro” como culpable de aquellos males que ellos eran incapaces de subsanar o, incluso, de los que su propio desgobierno provocaba. La raza y la religión han sido disfraces frecuentes de esa “otredad” interesada. No hay que remontarse a la historia antigua para descubrirlo. Basta leer el periódico.

Quien visitara a inicios del siglo XVI a los inuit de Groenlandia, las comunidades laponas o algunas islas intocadas del Pacífico, podría tener la engañosa sensación de que la humanidad era homogénea: su biotipo, sus dioses y costumbres. Ya por entonces Cuba era plural: los restos de la escasa población indígena, conquistadores andaluces y extremeños, los primeros esclavos africanos, aventureros de media Europa atraídos por la promesa de un mundo nuevo y fabuloso. De modo que entre los cubanos, incluso antes de ser propiamente cubanos, la pluralidad no era la excepción, sino la regla. A pesar de las barreras levantadas durante siglos a la mezcla entre razas, credos y costumbres, esa pluralidad ha producido uno de los paradigmas universales de mulatez. No sólo se combinaron los ADN. Se amulataron los dioses, las mitologías, las culturas hasta entonces encastilladas por la geografía.

De modo que hoy un cubano puede tener cualquier biotipo, rezar a cualquier dios (o a varios al unísono) y nutrirse de cualquier fuente cultural sin que le sea ajena. Espero no pecar de chovinista al afirmar que la llamada globalización no comenzó en Internet sino en el Caribe.

Por el contrario que otros pueblos confinados por la etnia, la religión excluyente o las murallas de la historia, los cubanos nos sabemos herederos del planeta. Ante lo ajeno desplegamos curiosidad, no nos blindamos en una cápsula de folklor. Si salimos al mundo, no solemos atrincherarnos en el gueto: asimilamos usos y costumbres sin perdernos de vista a nosotros mismos. Y si echamos la vista atrás, veremos que casi cuatro siglos de esclavitud y sociedad patriarcal férreamente estratificada no consiguieron abolir la convivencia.

A pesar de que fue la guerra de independencia más cruenta de América, en la nuestra se vio a españoles y criollos, blancos, chinos y negros, peleando por la misma libertad. Y a peninsulares y criollos bajo el pabellón español. No fue una guerra de etnias o banderas, sino de ideas. Por eso cuando el capitán general Ramón Blanco y Erenas propuso a Máximo Gómez unir fuerzas en nombre de la raza contra el invasor norteamericano, el generalísimo le respondió que no veía peligro en el apoyo norteamericano (propiciado por el Partido Revolucionario Cubano, a cambio de la Enmienda Teller, que garantizaba la independencia de la Isla). Se luchaba por la libertad, no por la raza. Fue la guerra sin odio preconizada por Martí, que no se ensañó en el vencido.

Aunque la discriminación de género, racial y económica perseveró en la República, en las grandes luchas de la nación contra las dictaduras y por los derechos del ciudadano hicieron causa común blancos y negros, hombres y mujeres. Cuando se sentaron a debatir el futuro, comunistas y socialdemócratas, liberales y conservadores, flexibilizaron sus programas ideológicos hasta acordar una de las constituciones más avanzadas y progresistas de su tiempo: la de 1940.

Se ha hablado mucho, y con razón, de los males de aquella república viciada por el abuso y la corrupción, pero en ella la pluralidad también tuvo su asiento. La población universitaria de mujeres, por ejemplo, era, proporcionalmente, la mayor de América. Y pocos países del continente fueron tan permisivos como Cuba respecto a la orientación sexual y religiosa de sus ciudadanos.

La revolución de 1959 fue, sin dudas, un acontecimiento crucial de nuestra historia, aplaudido por la inmensa mayoría de los cubanos que, basándose en el programa socialdemócrata de La historia me absolverá, avizoraron una república honrada, justa, redistributiva, “con todos y para el bien de todos”. Lamentablemente, desde Robespierre a la fecha, toda revolución que emprende una drástica transformación sistémica suele sentirse investida de la certeza absoluta y, desde esa verdad revelada, pone en práctica la unanimidad por decreto. Ello explica que, junto a grandes avances sociales a favor de los más humildes, incorporación de la mujer y socialización del saber y la cultura, se practicara un pogromo sistemático contra la otredad: religiosa, ideológica, de orientación sexual. En las tristemente célebres UMAP se confinaron por igual a creyentes en dioses ajenos a una sociedad atea, y a creyentes en una sexualidad ajena a una sociedad machista-leninista. Para quienes disintieran en el orden político o ideológico se destinaron los espacios extremos: muy adentro o muy afuera: la cárcel o el exilio. Se acuñó el término “gusano” para denominar a quien no creyera en el nuevo paradigma y la bancada de la oposición se confinó en la distancia. La otredad no tenía cabida en la historia, sólo en la geografía. La intolerancia, entendida como “intransigencia revolucionaria” se elevó a la categoría de virtud.

Tras los años de hierro, se practicó una unanimidad por decreto de baja intensidad. Se disolvieron las UMAP, se toleró a regañadientes a los creyentes, la homofobia se practicó como motivo de exclusión para estudios superiores y altos cargos. No así la biodiversidad política, dado que ésta atañe directamente a la médula del poder. La expresión “baja intensidad” puede ser engañosa, como demostraron en 1980 los mítines de repudio donde gritaban “que se vaya la escoria” y se escarnecía a quienes cumplieran la consigna. Se abrieron las cárceles a los reos que aceptaran sumarse al éxodo, demostrando así la equivalencia entre otredad y delincuencia. Una masiva operación de higiene social purgaría la patria.

La filiación ideológica del gobierno se mantuvo incólume hasta la disolución del campo socialista. Entonces Das Kapital cedió su sitio en las estanterías a Este sol del mundo moral, de Cintio Vitier, una vindicación del  nacionalismo criollo, martiano y decimonónico. Se permitió a los creyentes el bilingüismo: ya podían creer al unísono en ambos judíos: Jesucristo y Karl Marx. Mariela Castro ha promovido la tolerancia (espantosa palabra con aroma de perdonavidas) de la diferencia sexual, aunque la otredad política se mantiene como delito de Estado y es punible: hasta un cuarto de siglo, como se demostró en la primavera de 2004.

La pluralidad no es en Cuba historia antigua, sino un hecho que ha sobrevivido a todos los intentos de uniformizar a la ciudadanía, llegando a la pluralidad esquizofrénica del yo cuando alguien ostenta una personalidad para la asamblea y otra para la intimidad. Algo que no es exclusivo de los cubanos, desde luego, pero que entre nosotros ha adquirido la categoría de instinto.

Si repasamos la prensa nacional, encontraremos referencias a la pluralidad en gramática, a la pluralidad de enfoques en un evento científico, a la pluralidad estilística de los escritores, pero se mantiene el axioma de que la unanimidad ideológica es condición imprescindible para la unidad, y que sólo ella nos salvará del enemigo. Lo cual encierra una paradoja: si estamos condenados al pensamiento único para evitar la intromisión del enemigo, es éste, en la práctica, quien gobierna el más importante de nuestros asuntos internos: las libertades de que dispone (o no) el ciudadano de la Isla.

Resulta curioso que, contra la noción de un mundo unipolar, se defiende a nivel internacional una pluralidad que en la política doméstica se penaliza. Frente a la democracia occidental como paradigma globalizado, la política exterior cubana, en nombre de la autodeterminación, invoca el derecho a la diferencia de los gobiernos de Gadafi en Libia, de Bashar al-Assad en Siria o de Kim Jong-Un en Corea del Norte. ¿Por qué entonces, apelando a idéntico razonamiento, no se admite en casa la autodeterminación de los cubanos, su derecho a la pluralidad ideológica, siempre que ella no se ejerza desde la violencia?

Durante los últimos 60 años, los paradigmas de los gobernantes cubanos han mutado desde el programa socialdemócrata del Moncada a la ortodoxia de inspiración soviética y de ahí a un nacionalismo indeciso entre el monopolio de la propiedad estatal y la incipiente empresa privada. Del Estado paternalista a un tímido estímulo a la iniciativa personal. Del ateísmo programático y la inapelable ciudadanía heterosexual, a la admisión de sexualidades alternativas y religiones ajenas a las deidades del marxismo-leninismo. Se ha flexibilizado la relación del gobierno con la diáspora, aunque aún dista mucho de concederle los derechos ciudadanos que en cualquier otra latitud son inapelables.

Pero no basta que cada cubano pueda creer libremente en su sexualidad o sus dioses. Hace falta que cada cubano pueda creer libremente en sí mismo, en sus propias ideas, y que éstas no sean motivo de exclusión. Y no es una mera cuestión de derechos ciudadanos, por muy importantes que estos sean. Cuba se encuentra en un punto de inflexión. Tres decenios de ayuda soviética contribuyeron a paliar las carencias de la economía insular. Tres lustros de ayuda venezolana han salvado al país de sumergirse más en las calamidades del Período Especial. Hoy el gobierno sabe que estos paliativos pueden ser eventuales, y que sin el esfuerzo de toda la nación, el país no saldrá adelante en un mundo donde la eficiencia es la ideología primera. Sobre todo en un país cuyo mayor recurso natural es la capacidad y el talento de sus ciudadanos.

Tras medio siglo, las exhortaciones al sacrificio por abstracciones como la patria, la Revolución, el socialismo o el futuro han perdido densidad. Necesitamos que cada cubano trabaje por sí mismo y por los suyos, y sólo la suma de todos esos esfuerzos hará la prosperidad de la nación. Pero para eso cada ciudadano deberá no sólo creer en sí mismo, sino saber que sus ideas sobre el destino del país, sean cuales sean, tienen cabida en el corpus de una nación plural cuyo futuro nos pertenece a todos. Nadie tiene el monopolio del futuro. Ningún ideario dispone de un certificado de autenticidad que le permita derogar a los otros. El destino del país es la suma de millones de destinos individuales, cada uno de los cuales debe saberse representado. La patria no es un Estado o un gobierno, sino un destino compartido, porque, como decía Tucídides, la ciudad no son sus murallas sino sus habitantes, todos sus habitantes, sin exclusiones.

Si consultamos el Diccionario de la Real Academia, veremos que la intransigencia es sólo un sustantivo. No existe el verbo intransigir. Sí aparece, en cambio, el verbo transigir, definido como “consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia”, “ajustar algún punto dudoso o litigioso, conviniendo las partes voluntariamente en algún medio que componga y parta la diferencia de la disputa”. Cuba necesita abandonar la rigidez del sustantivo y asumir cuanto antes la flexibilidad del verbo.

 

“La otredad peligrosa”; en: Espacio Laical, nº 4, La Habana, 2012, pp. 78-80. http://espaciolaical.org/contens/32/7880.pdf





Una crónica de nosotros mismos

23 11 2012

En pocas ocasiones tenemos la oportunidad de transitar en un solo libro toda la obra de un poeta contemporáneo y en pleno proceso creativo. Es el caso de Cuerpos del delirio (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010), una selección de la poesía de Jesús J. Barquet escrita entre 1971 y 2008, dentro y fuera de Cuba, y que ha sido recogida en los libros Sin decir el mar (1981), Sagradas herejías (1985), Ícaro (1985), El libro del desterrado (1994), Un no rompido sueño (1994), El libro de los héroes (1994), Naufragios (1998) y Sin fecha de extinción (2004), a los que se añade como epílogo una muestra de sus nuevos poemas (2006-2008).

Sin decir el mar (1981) adensa en versos largos una poética concentrada, doliente, donde la dualidad entre luz y sombra, entre vida interior y los eufemismos de la vida pública queda perfectamente delineada. Dice Barquet:

“La verdad son los restos de esta mentira.

La mentira es esta verdad en la que vivo”

A lo que más adelante añadirá:

“Todo hombre lleva en sí un camino de luz y uno de sombra”

Poesía oscura como su tiempo: cenizas, tinieblas, dolor: “Anda la muerte en él porque está lleno de vida: / Anda la vida en mí porque estoy lleno de muerte”.

Pasarán cuatro años hasta que aparezca Sagradas herejías (elegías) (1985). A la entrada de este libro se nos advierte que “tanta mentira, una vez rechazada, me había dejado con muy pocas verdades. Erais vosotros —amigos, amores, ángeles, sorpresas— y la familia, la verdadera patria”. Una poesía liberada de lastres, como una puerta que el poeta abre hacia sí mismo. Una poesía que se remonta y vuela desde la apelación a las mitologías hechas carne y sangre, a la sabiduría antigua de Tiresias, quien fue varón y hembra y supo la dualidad del placer, y que por ello fue cegado por Juno, aunque Júpiter lo recompensó otorgándole el don de la adivinación. Ciego ante las evidencias, era capaz de ver el fondo de las cosas y atravesar las nieblas del destino. Una poética que en este libro cobra cuerpo al liberarse de sus ataduras:

“Que atravesemos el muro fósil de las costumbres.

Que limpiemos las aguas de toda podredumbre”.

Una poesía vital, gozosa, donde

“Un Hijo.

Nacerá despierto a la verdad.

Con ramas recogidas en todos los caminos”.

En Ícaro (1985) conviven sonetos, versos libres, poesía experimental que concede protagonismo a las estructuras. Artefactos verbales que actúan como puente hacia la poesía reflexiva, una verdadera taxidermia de la memoria, que recoge El libro del desterrado (1994). Es éste, a nueve años de distancia, una suma, como aclara el propio autor: “Estos poemas no fueron escritos expresamente para ningún libro”. Sucesivamente escritos y engavetados, dan cuenta del instante, la memoria, los naufragios y los restos salvados de las embravecidas aguas de un tiempo proceloso. Poemas marcados por un decenio de exilio, por los amigos distantes, por la madre que ya no está, los relictos del pasado, los lugares que amó. Poemas “sin destino inicial salvo ser ellos mismos”, lo cual es, posiblemente, el único destino posible de un buen poema, ese que nace casi por cuenta propia, ajeno al artificio de integrarse en una colección. Un libro éste construido con los retazos de la vida vivida y esquirlas de la memoria, esa otra vida con frecuencia menos perecedera, tamizada por el olvido. Un libro del destierro, de quien burló las trampas de la Historia mediante la Geografía, un libro que nos entrega la contabilidad de todas las pérdidas y de todas las salvaciones. Por eso no es raro que comience con la “Canción del desterrado”, “sin piernas donde crecer, sin / árbol donde asomar su fruta, sin / tiempo suyo de reloj y olvido”. Por aquí discurren la casa, la infancia, la madre, amantes que perseveran en el recuerdo (“Patriótica”). En sus “Coplas por la muerte de mi patria” comienzan con un terminante

“Ya la patria no es nada:

Ni un recuerdo, ni un anillo, ni los padres

aquellos

que alguna vez se amó”

Está la experiencia del exilio, el tránsito de las estaciones, y no sólo las que dicta la dinámica del planeta. El exilio donde

“Sólo el mar es el mismo.

Sin tiempo, sin mudanza.

Sin dolor, sin asombro”.

Habla del regreso imposible, porque la patria que un día fue ya es paleogeografía que sólo permanece en la cartografía de los recuerdos. Sabe que

“No te reconocerán ni los perros.

Las aldabas habrán olvidado tus huellas”.

En 1994 publica también Un no rompido sueño, poesía madura, mesurada, exacta, reflexiva. Poesía que indaga en sí mismo y alcanza una paz, un cierto espíritu contemplativo. El poeta escribe desde la sabiduría de la experiencia y desde la sabiduría de las palabras. Comprende que las verdades son siempre relativas. En “Un puente, un gran puente” nos dice:

Sobre el puente, sé puente:

Sobre el río, sé río.

Y sobre ellos escribe mientras esperas.

Un pie aquí y otro allá:

Yo mismo el puente”.

El discurso cata la verdadera textura de las cosas, bucea en sí mismo, indaga entre los pliegues de la realidad aparente, de modo que, como dice en “Postergación del vacío”:

“Con breve trazo voy

alejando mis muertes

sucesivas”.

Intenta “Una poética que sea como un árbol, / y que podamos crecer, creer y / crear”.

El libro de los héroes (1994) transita desde Bolívar, hasta soldados desconocidos, niños héroes y Robinsones redescubiertos en sus mitologías. Naufragios (1998) contiene un verso que resulta una declaración de fe:

“Dicen que vuelven,

Que mientras exista el árbol

Donde descansaron en la ida,

Los pájaros remontan el mismo camino

De regreso”.

Naufragios es un libro de total madurez, que viene, como los pájaros, de regreso. Barquet apela a todas las geografías: las de los espacios y la del tiempo. Hay aeropuertos, viajes, caminos, las memorias de la historia, los sitios donde nunca pudo estar —ni los ejércitos del César, ni el chocolate de Montezuma, ni Marat en su baÑera—, ni Marylin, ni John Lennon. Pero también están sus viajes interiores. Las voces que nos llegan arrastradas por los vendavales de la cultura, cruzando la orografía de nuestros libros. Esas “Voces de auxilio”:

“Nunca antes me había detenido

A escuchar esos ruidos que nos llegan

Tejidos en el viento”.

Y es el viento de nuestras percepciones, de lo que hemos convertido en experiencia propia, desde las discusiones entre Mozart y Salieri hasta Maiakovski y Casal. Aquí está el poeta no sólo en lo que es sino en sus múltiples posibilidades, alter egos, lecturas.

En Sin fecha de extinción (2004), un libro nada ensimismado, abierto, múltiple, aparece una declaración de principios:

“No soy un inocente: conozco el poderoso

arrebato de frases que escribo con fruición

en la arena. Sé también del candor

que a veces las impulsa y del cansancio hostil

que me provocan su repetición y destino”.

En este libro hace aparición el sarcasmo de convertir prohibiciones en “Zonas erógenas”. Soldados, guerreros, miedos, guerras, muerte. Niños de un país invadido que miran a sus invasores y a la cámara mientras el poeta, a su vez, los mira. Una poesía candente, pero al mismo tiempo extrañamente reposada, una crónica sabia que va del periódico a los textos antiguos, lo que otorga a esta libro condensación y mesura. Pero es también, de alguna manera, un regreso a los sitios que frecuentó, a la historia como experiencia personal, y la comprensión de que

“Exilio

es llegar a entender

que el día que tanto esperamos

no será más que una noticia

encapsulada entre dos comerciales

de Pepsi y Tylenol”.

Una poética perfectamente medida que tiene su continuación en los Nuevos poemas (2006-2008), desde esos dioses múltiples y pederastas que llegan rodeados de garçones, esos dioses que se asoman “indolentes ante el descalabro / de las mismas criaturas que alguna vez amaron”. Unos versos donde el poeta ha encontrado su propio equilibrio:

“No vengáis con ofertas de poder

y riqueza a torcer

el curso suave

de mis últimos días”.

Jesús J. Barquet ha conseguido en este libro algo que casi todos hemos pretendido: dejar un registro minucioso de nuestro tránsito por el tiempo. Un registro que vaya más allá de la mera biografía, bucear en las esperanzas y las angustias, en las certezas y las dudas. Encontrarnos con nosotros mismos al doblar una esquina de la memoria. Y este registro es suyo, pero también nuestro. En él nos reconocemos. Acierta a decir lo que una vez quisimos, pero las palabras, elusivas, se negaron a obedecernos. Barquet tuvo la agilidad y la sabiduría de capturarlas para nosotros. Esta crónica de su tiempo, angustiada y agónica, pero también gozosa, mesurada, reflexiva, es la crónica del nuestro.

 

“Una crónica de nosotros mismos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 23/11/2012. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/una-cronica-de-nosotros-mismos-281592





Abolición de las islas (Narrativas nacionales y posnacionales en el Caribe contemporáneo)

31 10 2012

Una mirada sobre los principales caminos de la actual narrativa del Caribe hispanohablante, especialmente a la pos-posmodernidad: la narrativa de la reformulación de la memoria, la metaforización de lo cotidiano en los descendientes de García Márquez, el realismo escatológico, el nuevo policíaco, la literatura posnacional y el ensayo narrativo en las literaturas cubana, dominicana y portorriqueña, pero también en las diaspóricas: cubanamericans, newricans, dominicans, caribeños, especialmente cubanos, dispersos desde México a Rusia y de Canadá a Chile, con polos muy intensos en Madrid, Barcelona, México D. F. y Miami.

 

El siglo XX literario comienza en América Latina a fines del XIX, con el modernismo, cuando el subcontinente deja de copiar a Europa y empieza a transcribir su propia naturaleza, busca sus esencias y transita desde una literatura que intenta otorgar ciudadanía letrada a las selvas y a una naturaleza inédita, hasta las vanguardias y la literatura urbana que emergerá de los nuevos bosques de cemento en Buenos Aires, México, Bogotá, La Habana, Montevideo.

Una literatura que se multiplica durante los períodos de bonanza económica de las guerras mundiales con la consiguiente expansión del mercado de la cultura. Argentina se convierte en el centro editorial de la lengua, seguida por México. Ello coincide con las dictaduras políticamente correctas durante la primera mitad del siglo, gracias al papel imperial de Estados Unidos que considera el resto del continente su propio patio. La fractura de 1959, con la Revolución Cubana, y la utopía guerrillera que cunde por todo el Sur, prefiguran no un caso (nunca cumplido) de civilización contra barbarie, sino, por acción y reacción, de barbarie contra barbarie. El eclipse de la guerrilla y de los gobiernos dictatoriales marcó el inicio de la utopía neoliberal que, en menos de un decenio, demostraría su incapacidad para subvertir las enormes diferencias distributivas y los grandes déficits estructurales de la región. Mientras Asia fomentaba el crecimiento de tigres y otros felinos económicos, América Latina perdía (con excepciones, desde luego) no años, sino decenios. Pero algo había cambiado. En todo el continente brotaban democracias estables como nunca antes en nuestra historia. Tan creíbles, que permitieron la aparición, por la vía de las urnas, de aquello que con la caída de Allende en Chile se había frustrado: la multiplicación de los modelos, desde la socialdemocracia en Chile, Brasil, Argentina y Uruguay, hasta el despertar de los populismos en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador: la guerrilla de las urnas; otra vuelta de tuerca, como diría Carson McCullers.

En República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, los tres países que nos ocupan, la historia discurrió por caminos divergentes aunque con muchos puntos de contacto. Los tres provienen de un largo estadio colonial, pero, tras las respectivas guerras contra la metrópoli española, mientras República Dominicana y Cuba emergen como repúblicas independientes (aun con el yugo de la Enmienda Platt en esta última, que duraría hasta los años 30), Puerto Rico, donde no existió un poderoso impulso independentista, se convierte en un “Estado libre asociado” a Estados Unidos, frase a la que sólo le sobraba la palabra “libre”, porque pasarían muchos años antes que los boricuas fueran consultados al respecto. En esa isla, tras la II Guerra Mundial, aparecería, eso sí, un fuerte movimiento nacionalista, expresión del sector más radical de la burguesía puertorriqueña, y apelativo emocional para una juventud que comienza a tener conciencia histórica. Es entonces cuando Pedro Albizu Campos alcanza la categoría de símbolo. Un movimiento que se atenúa en los 60, cuando cunde una suerte de posnacionalismo. La isla cuenta con estabilidad política, caudalosos créditos e inversión extranjera. Dadas las garantías que le ofrece un territorio sujeto a la voluntad congresional, Puerto Rico es un destino óptimo para el capital norteamericano. La comunidad boricua en Estados Unidos se multiplica y los nexos con el Norte ya no son entre Estados o territorios, sino entre ramas de una misma familia. Los newricans son el primer gueto latino en Nueva York. Al mismo tiempo, en Puerto Rico el proceso de anexión se amplía. La estrecha simbiosis económica con el capital norteamericano se convierte en simbiosis política, especialmente del Partido Popular, cuya política de gobierno queda sometida a las necesidades de la inversión extranjera. No sería hasta la generación de los 70 que se produciría un repunte de un nacionalismo de inspiración marxista. Aunque minoritario, como han demostrado los referendos de los últimos lustros: la mayor parte del electorado rechaza por igual independizarse de la Unión y convertirse en un Estado de la Unión. Prefieren el status quo.

En República Dominicana, la inestabilidad (1900-1916) fue seguida por la invasión norteamericana de 1916, que se extendería hasta 1924, cuando tendría lugar en todo el Caribe un período de bonanza económica, la Danza de los Millones (1924-1929), que concluiría con el día negro en la bolsa de Nueva York. Desde 1930, Rafael Leónidas Trujillo estableció una de las peores dictaduras del continente, ya pródigo en dictaduras, y convirtió a Santo Domingo en su propia finca, donde hombres, bienes y mujeres ajenas eran propiedad del capo hasta 1961, cuando lo cosieron a tiros, abriendo un nuevo período de inestabilidad que culminará con una nueva invasión norteamericana en 1965. Desde 1966 hasta 1978 y del 86 al 96 impera la semidictadura de Joaquín Balaguer, antiguo acólito de Trujillo y eminencia gris de la política dominicana durante décadas, ejerciendo el poder personalmente o por delegación en Leonel Fernández, su ahijado político y presidente entre el 96 y el 2000 y, de nuevo, de 2004 a 2008, con períodos intermedios de dominio del PRD y de Hipótito Mejías. Es durante las últimas cuatro décadas, entre crisis cíclicas y escándalos, cuando se produce una acelerada “modernización” del país: las maquiladoras, la explosión de la industria turística, la emigración masiva hacia Estados Unidos y España que se revierte en forma de remesas, inyección de capital que activa la pequeña empresa y desarrolla una creciente clase media que comienza a remodelar la sociedad dominicana.

Un panorama sui géneris se produce en Cuba. Durante los primeros 57 años del siglo (1902-1959) tiene lugar un período republicano menos turbulento que el de otras naciones del continente, pero no exento de sobresaltos (asonadas, revueltas y dictaduras, principalmente las de Gerardo Machado, 1929-1933, y la dictadura batistiana entre 1952 y 1958), a pesar de lo cual, el país consiguió despojarse de la Enmienda Platt, cláusula impuesta en 1902 por Estados Unidos, y aprobar la Constitución de 1940, una de las más progresistas de su época. Durante esa primera mitad de siglo, Cuba recibe más de un millón de inmigrantes, mayoritariamente españoles, y registra un sostenido crecimiento económico que convierte a la Isla, devastada a fines del XIX por las guerras de Independencia, en una de las naciones más prósperas de América Latina, aun sin contar con los recursos energéticos de Venezuela o la tradición educacional y desarrollista de Argentina y Uruguay, que se encontraban por entonces a la cabeza de la región en casi todos los índices. La revolución contra Fulgencio Batista entroniza en el poder a Fidel Castro en enero de 1959, momento en que se inicia en Cuba una trayectoria histórica singular, marcada por la enemistad hacia Estados Unidos, antiguo socio económico y político, y su acercamiento al Este de Europa tras establecerse una “república popular”, al estilo de los totalitarismos del llamado “campo socialista”, pero condimentada con una fuerte dosis de caudillismo hispanoamericano de corte mesiánico —Tirano Banderas con la hoz y el martillo–. Un gobierno que, durante su primera década, contó con un mayoritario apoyo popular, enfrentó durante los 60 una guerra civil que se extendió por casi toda la isla, y un éxodo masivo de las clases altas y medias, creadoras de la segunda ciudad cubana del planeta: Miami. Tras esa primera “Era del Entusiasmo”, cuando La Habana ocupó la capitalidad cultural del continente y se convirtió en el mayor exportador mundial de guerrillas, los 70 y los 80 presenciaron su alineación con la Unión Soviética (la “Era Welcome Tovarich”) y el desvío hacia África de su vocación hegemónica en el patrocinio de los movimientos insurgentes. Entre 1989 y 1990, tras la desaparición de la Unión Soviética y sus subsidios, comienza la “Era Good Bye Lenin” que dura hasta hoy. Cuba deja de ser un país subvencionado y queda librada a su suerte, entre el embargo y la ineficacia, sólo paliada en los últimos años por el salvavidas petrolero de Venezuela. Es lo que se ha denominado “Período Especial en Tiempos de Paz”, un eufemismo para nombrar la mayor crisis de la historia cubana, que ha conducido a la Isla en medio siglo de discutir los primeros puestos en América Latina a discutir los últimos, intentando evitar el descenso a la tercera división del Tercer Mundo. A la literatura de esta era postsoviética vamos a referirnos.

 

¿Existen elementos comunes entre las tres islas, a pesar de la marcada singularidad de cada una? Además de su pasado hispánico, su presente poscolonial y cierta comunión de idiosincrasia que proviene de la cocción de similares ingredientes étnicos en un mismo clima, las tres están marcadas por la cercanía de Estados Unidos. Decisiva, aunque diferente en magnitud y sentido entre las tres. Puerto Rico es, de hecho, parte de la Unión. Su emigración es interna, no sometida a los malabarismos de la emigración ilegal. Es, sin dudas, la que menos sobresaltos ha sufrido en el orden político y económico y, curiosamente, se ha negado a la anglización, manteniendo lengua y cultura como hecho diferencial. En Dominicana, como en Cuba, es muy acusada la dualidad amor/odio hacia Estados Unidos, admiración a su prosperidad y sus avances tecnológicos y odio a su prepotencia materializada en sucesivas invasiones. En Dominicana, la presencia de una gran comunidad emigrada que retroalimenta continuamente la economía del país, y los intensos lazos socio-económicos con Estados Unidos componen un entramado casi insoluble. Cuba, en cambio, aunque en 1959 era la más norteamericana de las naciones latinoamericanas, rompió bruscamente esos nexos y cambió radicalmente de bando en el tablero de la Guerra Fría, hecho que ha determinado su radical singularidad, su perfil político e ideológico en el continente y en una zona importante del Tercer Mundo poscolonial. Aunque de distinta naturaleza y severidad, el trujillismo y el castrismo han marcado sus destinos, como las diferentes naturalezas de sus respectivas diásporas han marcado desde la distancia la conformación de una nacionalidad posnacional.

 

Narrativas del Caribe hispanohablante

En Puerto Rico, una cualidad que salta generaciones y estilos es el uso lúdico de la lengua coloquial, la musicalidad de la isla permeando el discurso literario. Tras la generación de escritores de 1950, ideológicamente nacionalista, los narradores de los 70, desde el coloquialismo, la yuxtaposición de códigos y la ironía, se proponen dar voz a ciertas zonas de lo real puertorriqueño que antes habían sido ignoradas o poco trabajadas artísticamente: la sexualidad homoerótica y lesbiana, la negritud, el submundo de los toxicómanos. Protagonizan esta etapa Edgardo Rodríguez Juliá (1946), Manuel Ramos Otero (1948-1992), Magali García Ramis (1946) y Rosario Ferré (1942). Hay que mencionar a Rafael Luis Sánchez, con La guaracha del Macho Camacho (1976)[1] y La importancia de llamarse Daniel Santos (1988)[2], y a Ana Lydia Vega, autora de Pasión de historia y otras historias de pasión (1987)[3], en particular, del cuento “Sobre tumbas y héroes”. En los escritores de la generación de los 90, la palabra no es tanto la queja de los 80, sino la denuncia directa, el grito, la amenaza, la invitación. Ahí encontramos a Luis López Nieves (“Seva”, 1984)[4]; Eduardo Lalo (“Naturaleza muerta”, 1992)[5]; Mayra Santos Febres (“Marina y su olor”, 1995)[6]; José Liboy (Cada vez te despides mejor, 2004)[7]; Pedro Cabiya (“Historia del hombre que huyó a buscar la fortuna”, 1999)[8]; Elidio La Torre Lagares (“El día que llovió dinero en Adjuntas”, 2000)[9], y Francisco Font (“Érase un hombre pegado a una oreja pegada a un hombre”, 2004)[10].

En la isla vecina, la nueva camada de la narrativa dominicana retoma lo experimental y juega con las técnicas del flash back o del fade out, del cine; del fluir síquico; de la improvisación del jazz o el rock; se experimenta con los planos narrativos, las fragmentaciones temporales, las fusiones de lo real con lo deseado o con lo imaginario; dominan el juego, el erotismo, el humor y la ironía que gira alrededor del gran producto de exportación literaria dominicana: el trujillato. Un precursrs de esta nueva narrativa fue José Luis González[11]. En esta horneada encontramos La fértil agonía del amor (1982)[12], de Marcio Veloz Maggiolo; El recurso de la cámara lenta (1996)[13] y particularmente el cuento “Los ojos de Sara”, de Ramón Tejada Holguín; Piedra de sacrificio (1999)[14], de Ángela Hernández Núñez, y La tercera cara de la moneda (1987)[15], de Manuel García Cartagena.

En el capítulo “El campo roturado”, de su libro Tumbas sin sosiego[16], Rafael Rojas afirma que

Hoy la cultura cubana experimenta todos los síntomas del quiebre de un canon nacional. Emergen nuevas hibridaciones en el arte y nuevas subjetividades en la literatura. (…) Un orden postcolonial comienza a ser rebasado por otro transnacional, (…) El despliegue de alteridades en la isla y la diáspora dibuja un nuevo mapa de actores culturales que rompe el molde machista de la ciudadanía revolucionaria. (…) La moralidad de esos actores se funda, como diría Jean Francois Lyotard[17], en atributos posmodernos: alteridad, diferencia, transgresión, ingravidez, marginalidad, resistencia, impostura.

Según Rojas, existen tres políticas intelectuales en la narrativa cubana: la política del cuerpo, la de la cifra y la del sujeto. La política del cuerpo propone sexualidades y erotismos, morbos y escatologías como prácticas liberadoras del sujeto. La política “de la cifra” practica una interlocución más letrada con los discursos nacionales. Descifrar o traducir la identidad cubana en códigos estéticos de la alta literatura occidental. Un territorio fecundo de “la cifra”, según Rojas, es el de la novela histórica. Búsqueda de significantes de ficción en ciertas zonas del pasado de Cuba que apela al recurso de la alegoría para narrar oblicuamente el presente político. La política del sujeto es más convencional que la del cuerpo y menos erudita que la de la cifra. Anclada en el canon realista de la novela moderna, esta política se propone clasificar e interpretar las identidades de los nuevos sujetos, como si se tratara de un ejercicio taxonómico.

Yo prefiero hablar de cinco caminos por los que discurren las nuevas narrativas del Caribe: Iluminación de lo cotidiano; Reformulación de la memoria; Realismo escatológico; Ensayo narrativo y Neopolicíaco. Así como una literatura posnacional que puede ingresar en cualquiera de las categorías anteriores.

 

Iluminación de lo cotidiano

Esta zona participaría de las políticas de la cifra y la del sujeto, definidas por Rojas, iluminando la realidad inmediata mediante diferentes procedimientos con participación variable de lo testimonial o el libre juego de lo imaginario.

En el caso de Cuba, encontramos aquí Tuyo es el reino (1998)[18], de Abilio Estévez[19]; Misiones (2001)[20], de Reinaldo Montero; La noche del aguafiestas (2000)[21], de Antón Arrufat; Cuentos de todas partes del imperio (2000)[22] y Contrabando de sombras (2002)[23], de Antonio José Ponte; El libro de la realidad (2001)[24], de Arturo Arango; Habanecer, de Luis Manuel García Méndez (1993, 2005)[25] y Esther en ninguna parte (2006)[26], de Eliseo Alberto Diego.

En Dominicana iluminan lo cotidiano “Así llenamos nuestros espacios temporales” (1986)[27] y “La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar” (1987)[28], de Ramón Tejada Holguín, desde el humor, el erotismo, el juego entre autor y personajes. En Un día en la vida de Joe Di Magio II (1985)[29] y Cartas al espejo (1985)[30], Manuel García Cartagena aparece el flujo de la conciencia heredero de Joyce con oportunos toques de humor y una eficaz instrumentalización del idioma. En Cómo recoger la sombra de las flores (1988)[31], Ángela Hernández Núñez juega con diferentes texturas del idioma, desde un lenguaje poético hasta la estructuración directa y cuidada de los diálogos en textos de  atmósfera. Hay que mencionar también a Julio Adames, con “Unos gatos empujan la pared” (1990)[32], y “El bocal de seis flores” (1993)[33], de Rafael García Romero. Un ejemplo de la simbiosis entre discursos yuxtapuestos, lo encontramos en Rita Indiana Hernández (La estrategia de Chochueca, 2000)[34]:

El local empezaba a llenarse de gente como a la una, chamaquitos hermosos, todavía sin barba, bailoteando en esta gelatina absurda que nos han dejado nuestros padres, después de tanto que queremos, tanto we want the world and we want it, tanta carcajada histórica, tanto Marx y compañero para esto, esta brincadera de pequeñas bestias sin idea, este mac universo en el que o te tumbas a contemplar burbujas en el screensaver o te tumbas (p. 73).

Posiblemente el más notable narrador dominicano que ilumina tangencialmente lo cotidiano sea Marcio Veloz Maggiolo (Santo Domingo, 1936), narrador, poeta, ensayista, crítico literario, arqueólogo y antropólogo, especialmente en sus novelas El hombre del acordeón (2003)[35] y La mosca soldado (2004)[36].

En Puerto Rico, la Generación McOndo de los 90, por oposición al Macondo del realismo mágico, se convierte en un nuevo, refrescante y llamativo referente de la literatura regional. Precursor, Manuel Abreu Adorno se anticipa en 15 años al McOndismo con su libro de relatos Llegaron los hippies (1978)[37].

 

Reformulación de la memoria

Llamo así al campo de la novela histórica que, directa o indirectamente, ilumina las zonas oscuras de lo contemporáneo mediante la reconstrucción del pasado. Esto ocurre en la obra de Ana Lydia Vega (1946), escritora puertorriqueña que practica la recuperación de lo histórico haciendo hincapié en la mujer y lo femenino. Demetria (2007)[38], novela de Pedro Amador Lloréns, recoge el ambiente de las haciendas del siglo XIX en Puerto Rico, y Demetria, su protagonista, es un modelo feminista del siglo XIX. Luis López Nieves[39], quien ha creado leyendas urbanas que los puertorriqueños asumen como verdades históricas literalmente legendarias, escribe en 1984 su cuento “Seva”, que crea conmoción nacional al reescribir la historia oficial de la invasión norteamericana a Puerto Rico del 25 de julio de 1898. Comienza simulando ser una carta escrita por el autor a un periódico de San Juan, y que fue publicado por éste, se habla de documentos que comprobarían que la invasión se produjo en verdad en mayo de 1898, y que encontró una resistencia tan heroica en Seva que las tropas norteamericanas liquidaron al pueblo completo, instalaron sobre sus escombros la base militar Roosevelt Roads y construyeron en las inmediaciones otro pueblo, llamado Ceiba, que existe realmente, para evitar una rebelión popular y trastocar la historia. Fue infructuoso que López Nieves intentase explicar que aquello era solamente ficción, porque “Seva” se convirtió en historia de inmediato y la gente comenzó a exigir justicia y esclarecimiento del pasado. Rosario Ferré[40], por su parte, despliega en su poderosa obra la historia de su país vista desde la clase dominante, y su tránsito de la independencia de España a la dependencia de Estados Unidos.

En República Dominicana, Marcio Veloz Maggiolo reformula la memoria en Cuentos, recuentos y casicuentos (1986)[41], El Jefe iba descalzo (1993)[42], Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas (1996)[43], El hombre del acordeón (2003) y La mosca soldado (2004).

En Cuba, podemos mencionar Como un mensajero tuyo (1998)[44], de la cubano-portorriqueña Mayra Montero; La novela de mi vida (2001)[45], de Leonardo Padura; Mujer en traje de batalla (2001)[46], de Antonio Benítez Rojo, La visita de la Infanta (2005)[47], de Reinaldo Montero, y El restaurador del almas (2002)[48], de Luis Manuel García Méndez.

 

Realismo escatológico

Según la portorriqueña Mayra Santos Febres (1966)[49], “la sensualidad es la manera más directa de conectarse con el mundo. Sin los sentidos no vemos, ni olemos, ni tocamos, ni oímos, ni gustamos del mundo. El resto es derivativo. El pensamiento es la huella de los sentidos y a veces su trampa. Por querer escapar de la trampa, regreso a la sensualidad. Quizás así podamos repensar el mundo de una manera más íntegra. (…) Yo no creo en marginalidades fijas, quizás porque pertenezco a varias. Soy mujer, negra, caribeña y quién sabe qué otras cosas más que me colocan en un margen. Pero he observado que este margen siempre es móvil. A veces estoy en el centro (por cuestiones de educación, de clase quizás) y a veces soy la abyecta (por razones de piel, por pertenecer a un país colonizado por EE.UU.). Precisamente por esa movilidad me doy permiso para transitar por varios mundos, por varios márgenes”[50]. De su cuento “Resinas para Aurelia”[51] es el siguiente fragmento:

Así fue como de jardinero municipal, Lucas se convirtió en rescatador de cadáveres de putas ahogadas. Pues, para su asombro, seguían apareciendo cuerpos de rameras entre las aguas del rio, mucho después de que él rescatara a todas las que habría ahogado la inundación. De vez en cuando, lo llamaban del municipio para que fuera a recoger cadáveres realengos. Otra puta ahogada por «la inundación» decían entre risitas los policías que llamaban a Lucas a trabajar. Se acopló a la costumbre, después de los primeros meses, e iba ya él solo, patrullando las riberas del rio, para economizarle las llamadas a los oficiales y no tener que interrumpir su rutina de jardinero, a la que volvió después de la primera tanda de rescates.

Con los cadáveres recuperados siempre era la misma historia. Primero se tiraba al rio, nadando, para desenredar los cuerpos de entre la maleza que lograba detener la deriva de las putas ahogadas. Les desenmarañaba el pelo para ver si podía identificarlas. Cuando llegaba a ellas, algunas ya tenían los labios picados por los peces, o los párpados poblados de crustáceos, y las tripas habitadas por pequeños camarones y pulgas acuáticas. Era difícil identificarlas, si no llega a ser por la cadenita en el tobillo izquierdo que delataba profesión. A las desfiguradas las cargaba suavemente, como si estuvieran dormidas y las llevaba directamente a la morgue. Con otras, casi todas de muerte más fresca, se encariñaba, no sabía por qué razón. Entonces se las llevaba para la casa. Les preparaba algún aceite con esencia de olor para quitarles del rostro el rictus de la sorpresa de encontrarse ahogadas, el susto de pesadilla en la faz y los músculos. Les acariciaba experto la carne, les destensaba el semblante con las manos pensando en cómo nadie las iría a reclamar, en cómo las tirarían al vertedero, cremadas, sin una sola caricia de despedida, aquellos cuerpos que el pueblo entero había manoseado y de los cuales ahora se querían desentender. «Nadie te quiere tocar,» les decía Lucas por lo bajo, «nadie te quiere tocar y nadie sabría cómo hacerlo ahora más que yo.» No era gran cosa lo que hacía por ellas, lo sabía. Pero al entregar a la morgue un cuerpo nuevo de aquellos que le provocaban cariño, se enorgullecía de lo bellos que quedaban, con la piel tersa y aceitada, con olor a plantas frescas de menta, con la cara en reposo. Antes de montarlas de nuevo en su guincha municipal, les destrababa del tobillo la infame cadenita de oro, y se la guardaba en el bolsillo de su pantalón. Quizás así las tratarían mejor.

En esta vertiente se inserta también Mayra Montero, quien nació en La Habana en 1952, pero desde hace muchos años vive en Puerto Rico. Ha publicado varias novelas que han sido traducidas a numerosos idiomas. Entre ellas, La última noche que pasé contigo (1991)[52], Del rojo de su sombra  (1998)[53] y Como un mensajero tuyo (1998)[54], todas publicadas por Tusquets Editores. Obtuvo el XXII premio La sonrisa vertical, para literatura erótica, por su novela Púrpura profundo (2001)[55].

De República Dominicana es José Alcántara Almánzar (1946), quien ha publicado, entre otros, Las máscaras de la seducción (Premio Anual de Cuento, 1983)[56], La carne estremecida (Premio Anual de Cuento, 1989)[57], El sabor de lo prohibido. Antología personal de cuentos (1993)[58], y Presagios de la noche. Antología de cuentos (2005)[59]. Alcántara nos dice:

En cuanto al “tema del hombre marginado” a que te refieres, es algo que llevo muy dentro, pues crecí en un barrio humilde de Santo Domingo, donde la marginación en todas sus formas me conmovió desde que tuve uso de razón, llevándome a tomar conciencia de lo que significan la desigualdad, el rechazo, el ostracismo: el neorrealismo social, el neorrealismo psicológico y lo fantástico.

El erotismo, que es la expresión cultural de la sexualidad, ocupa en mi obra un espacio nuclear, tanto en los personajes marginales como en los de clase media o alta. Con una franqueza que a veces raya en el atrevimiento, las manifestaciones eróticas y las obsesiones sexuales de mis personajes son, más que juegos, respuestas de la condición humana ante situaciones diversas[60].

En Cuba, esta formulación tiene numerosos ejemplos, tanto de escritores residentes dentro como fuera de la Isla: Te dí la vida entera (1996)[61], de Zoé Valdés; Al otro lado (1997)[62], de Yanitzia Canetti; El hombre, la hembra y el hambre (1998)[63], de Daína Chaviano; Trilogía sucia de la Habana (1998)[64], de Pedro Juan Gutiérrez[65]; Cuentos frígidos (1998)[66], de Pedro de Jesús; Perversiones en el Prado (1999)[67], de Miguel Mejides; Siberiana (2000)[68], de Jesús Díaz, y El paseante cándido (2001)[69], de Jorge Ángel Pérez. Así como otras obras que participan de varias sensibilidades: de Ena Lucía Portela, Cien botellas en una pared (2002)[70] y El pájaro: pincel y tinta china[71] (1999). El Período Especial ha generado ya un subgénero dentro de la narrativa cubana de ambas orillas: miseria, desesperación, atmósfera sofocante y claustrofóbica, y escatología de lo cotidiano son sus ingredientes esenciales. Una nueva picaresca recorre las novelas y cuentos que aparecen durante los últimos dos decenios en la Isla. Y su reflejo invertido en la naciente literatura del Miami cubano es una poética del desarraigo, contenida y con frecuencia sublimada en la obra de Carlos Victoria (1950-2007), angustiosa como un grito en la novela Boarding Home, de Guillermo Rosales, publicada en España como La casa de los náufragos[72] (2003).

 

El ensayo narrativo

Se trata de textos que se encuentran a medio camino entre lo narrativo y lo ensayístico, o donde el argumento es mera excusa para hilvanar un discurso ensayístico. Es el caso de Antonio José Ponte en La fiesta vigilada (2007)[73]; Iván de la Nuez, en Fantasía Roja (2006)[74]; o Eliseo Alberto, en su Informe contra mí mismo (1997)[75]. De La fiesta vigilada es el siguiente fragmento, que bien podría ser ejemplar de este procedimiento, de esta tierra de nadie (de ambos) entre ficción y reflexión, “reficción” que continúa el largo proceso de mulatez genérica:

Putas y putos un tanto metafísicos, la mayor parte daba poca importancia a las contundencias corporales. Decanos del oficio, se hallaban ya por encima del sexo. Y ofrecían, sobre todo, tiempo a sus clientes.

Pedían que se les contestara con una invitación al viaje. Daban historia a cambio de geografía.

Merodeaban hoteles ya que no podían hacer lo mismo con embajadas y consulados.

El dinero podía volar ante sus ojos, que ellos tomarían flemáticamente un espectáculo de tal clase. ¿Qué significaba una transacción efectuada con billetes cuando se la comparaba con esa otra donde trocaban tiempo por espacio?

 

Neopolicíaco

Se caracteriza por su aproximación a la novela negra y porque la trama apenas es la apoyatura del planteamiento de una literatura más social que lo habitual del género.

En Puerto Rico encontramos a Ana Lydia Vega, con su Pasión de historia y otras historias de pasión (1987). En Cuba, a Amir Valle[76], Lorenzo Lunar, Daniel Chavarría y Leonardo Padura[77]. Leonardo Padura es, posiblemente, no sólo el escritor policíaco más conocido en Cuba, sino el escritor cubano vivo más conocido fuera de la Isla, y su saga de novelas protagonizadas por el detective Mario Conde ha sido ampliamente estudiada.

Prefiero subrayar las singularidades de Lorenzo Lunar. Con la novela negra Que en vez de infierno encuentres gloria (2003)[78], Lunar consigue construir, en las primeras diez páginas, un universo particular: el barrio: cerrado, con leyes propias y, sobre todo, vivo. Un universo real, literariamente real. En Polvo en el viento (2005)[79], el barrio se expande a la ciudad, que no funciona como un espacio cerrado, sino como un espejo del país, del tiempo angustioso, de la desesperanza, esta sí, cerrada, donde son prisioneros todos los personajes por igual: policías y bandidos, funcionarios y drogadictos, creyentes y ateos, “fieles” por decreto a una religión laica. Personajes de vidas rotas, machacadas por la miseria, extraviadas en un mundo donde el relativismo moral no es perversión sino garantía de supervivencia. Una corte de los milagros donde cualquier destello de esperanza, cualquier aspiración es aplastada sin piedad. El lector se sienta voyeur, mirahuecos, fisgón, a medida que el policía va abriendo las puertas del barrio, ventilando intimidades. En Polvo en el viento parece que César (¿el mismo César ansioso de culpables, lo sean o no, de la novela anterior?) no conoce verdaderamente a nadie. Universo paralelo donde el sexo (hetero, homo, bi, múltiple, incestuoso), el arte, las drogas, la música, no cumplen una función orgiástica. Son rituales funerarios, preámbulos de una muerte buscada como único revulsivo de la realidad. Es una suerte de última cena donde los comensales engullen desaforadamente de todos los platos con la certeza de que nunca concluirán la digestión. Si el sexo es el último reducto de libertad individual en la Isla, en esta isla de Lunar es siempre dominio o amenaza, instrumento, moneda, compra, venta, huida o muerte. Si en Que en vez de infierno… una muerte real convocaba al policía a desbrozar un mundo que conoce; en Polvo en el viento, la presunta muerte de un símbolo, de una alegoría (en consonancia con toda la muerte simbólica que atraviesa la novela) empuja a otro policía completamente distinto a forzar una realidad que le resulta ajena, que es incapaz de comprender, para acompasarla a sus necesidades. Si la primera es una historia simple, convincente y fragmentada con inteligencia para construir la trama, donde, al final, gana el delincuente (“a veces es mejor que olvides que sabes cosas”, le dicen al policía cuando pierde); en la segunda, una novela de trama más compleja, donde hay un juego evanescente entre lo inmediato y lo simbólico, todos pierden. Como si César hubiera echado a andar una maquinaria de destrucción. Que en vez de infierno… es una novela tragicómica, ha declarado el autor, porque en Cuba “vivimos un humor negro tristón”[80].

 

La música y la narrativa de la ciudad

Rafael Rojas[81] apunta que:

Existe, sin embargo, un lugar donde el campo literario comienza a dar muestras de una sorprendente integración: ese lugar es La Habana. Cualquiera que lea las interesantes novelas El pájaro: pincel y tinta china (1998), de Ena Lucía Portela, Perversiones en el Prado (1999), de Miguel Mejides, y El paseante cándido (2001) de Jorge Ángel Pérez, (…) retoman una línea de la alta modernidad literaria, transitada por Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres y Reinaldo Arenas en El color del verano, que consiste en estetizar los rumores y chismes de la ciudad letrada. (…) Esta topología simbólica de la ciudad es más legible aún en una narrativa como la de El Rey de la Habana (1999) de Pedro Juan Gutiérrez o La sombra del caminante (2001) de Ena Lucía Portela. (…) la estetización de las ruinas que practican novelas como Los palacios distantes de Abilio Estévez y Contrabando de sombras de Antonio José Ponte.

Algo equivalente ocurre con la música en la narrativa del Caribe, En República Dominicana, la isla se escucha gracias al bolero. Es el caso de la novela Sólo cenizas hallarás (Bolero) (1980)[82], de Pedro Vergés, y de Enriquillo Sánchez y su Musiquito. Anales de un déspota y un bolerista (1993)[83]. Textos que no alcanzan la cota de excelencia de la puertorriqueña Mayra Santos Febres en su «Sirenita Selena se viste de pena” (2000)[84] o la excepcional novela El hombre del acordeón (2003), de Marcio Veloz Maggiolo.

 

Literaturas posnacionales

La redefinición del concepto de nacionalidad no es nada nuevo, aunque la globalización ha reavivado no sólo el tema, sino el hecho.

Edward W. Said[85], al referirse a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado[86]. Ya Claudio Magris[87] proponía una concepción líquida, fluida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado «posnacionalista» al proceso de crisis política, económica y cultural del país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70 por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

Según Christopher Domínguez Michael, “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central –aunque no la única– de la literatura mexicana moderna”[88]. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que “narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi (ambos nacidos en 1932 y ambos traducidos al francés) se desplazan por la literatura mundial con absoluta libertad, viajando indistintamente hacia el mundo de los suplicios chinos o regresando a las raíces del caudillismo hispánico; un Sergio Pitol (1933) hace suya la literatura centroeuropea, lo mismo que otros escritores, como Juan García Ponce (1932-2003), Hugo Hiriart (1942) o Fabio Morábito (1955), corroboran en sus obras ese fenómeno del cual Borges es un epítome: el cosmopolitismo latinoamericano es una de las grandes escuelas del siglo veinte”. Y subraya que en el presente globalizado, donde la información viaja a una velocidad sin precedentes y el español recobra la universalidad del Siglo de Oro, “La narrativa (y la poesía) latinoamericanas, además, se benefician de una globalización cultural que, permitiéndonos abandonar la obsoleta noción romántica de literatura nacional, nos devuelve, con más ganancias que pérdidas, al universalismo de las Luces”[89]. De este modo, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación, misma que convertía al escritor latinoamericano en una suerte de embajador ontológico de su país, destinado a explicar los misterios esotéricos de México, del Perú, de Colombia al público europeo”[90]. Es “el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó”[91].

La traslación hacia lo posnacional de una importante zona literaria es algo que se observa con extraordinaria claridad en el Caribe, tras medio siglo (el doble, en el caso de Puerto Rico) de emigraciones masivas e intercambio fluido con Norteamérica y Europa, más que con otras naciones del continente. Si ya puede hablarse de una cultura chicana, que no es propiamente mexicana ni propiamente norteamericana (la nacionalidad reformulada), también puede hablarse de los newricans, los dominicanamericans y los cubanamericans, pero en otros términos: escrituras posnacionales, descentradas, multifocales.

Es particularmente interesante el boon de la narrativa dominicana en New York, donde encontramos a Loida Martiza Pérez (Geographies of Home, 1999)[92], Julia Álvarez (Yo, 1997)[93], Viriato Sención (Los que falsificaron la firma de Dios, 1995)[94], Nelly Rosario, Angie Cruz y Junot Díaz. Factor común entre ellos es el desarraigo insular y la recreación de un país anclado en la memoria, el país de la infancia, y el uso de un lenguaje que encaja en la estructura del inglés tanto los modismos y aportaciones del gueto, como las piezas de un español dominicano que nadan en el discurso como peces perfectamente aclimatados a esas nuevas aguas. Por el contrario que lo que ocurre en escritores norteamericanos de origen cubano, como Cristina García[95] y Oscar Hijuelos[96], para quienes lo cubano es escenografía y contexto, para ellos lo dominicano (temas, personajes y caracterizaciones) es la sustancia narrativa. Así como los conflictos del gueto por componer una identidad que ya no es dominicana y que aún no es norteamericana (en Junot Díaz[97] y en Soledad de Cruz, por ejemplo). Pero existe también una literatura anclada en una sensibilidad posnacional escrita por autores cubanos o de origen cubano desperdigados por el mundo. Obras que eluden “lo cubano” sin asumirse como apófisis de las culturas de sus países de acogida. Es el caso de José Manuel Prieto (Enciclopedia de una vida en Rusia, 1997; Livadia, 1999, y Rex, 2007)[98], de muchas obras de Mayra Montero[99] o de Orestes Hurtado (Cuentos de salir, 2009)[100].

La globalización, con su extraordinaria movilidad de las personas, la información y las ideas, ha terminado de abolir la dictadura de escuelas estéticas y movimientos culturales dominantes. Las periferias se aproximan, la alternancia y movilidad de los centros emisores de la cultura es un hecho al que no son ajenos los mecanismos del mercado global y su manipulación del arte en tanto que mercancía.   De ahí que la diversidad de los caminos, de las búsquedas y las indagaciones que hoy siguen las literaturas del Caribe no sean indicios de singularidad, sino de concurrencia. La Historia comienza a subsanar la Geografía. El siglo XXI prefigura la abolición de las islas.

 

Abolición de las islas (Narrativas nacionales y posnacionales en el Caribe contemporáneo)”; Madrid, 2012


[1] Sánchez, Luis Rafael; La guaracha del Macho Camacho; Ed. De la Flor, Buenos Aires, 1976.

[2] Sánchez, Luis Rafael; La importancia de llamarse Daniel Santos, Ediciones del Norte, Hanover, 1988.

[3] Vega, Ana Lydia; Pasión de historia y otras historias de pasión; Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1987.

[4] López Nieves, Luis; “Seva” (cuento, 1984); Ed. Norma, Colombia, 2006.

[5] Lalo, Eduardo; “Naturaleza muerta” (cuento, 1992); en: La isla silente, Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2002.

[6] Santos Febres, Mayra; “Marina y su olor” (cuento, 1995); en: Pez de vidrio y otros cuentos; Ediciones Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1996.

[7] Liboy, José; Cada vez te despides mejor, Isla Negra Editores, San Juan, Puerto Rico, 2003.

[8] Cabiya, Pedro; “Historia del hombre que huyó a buscar la fortuna”; en: Historias tremendas; Isla negra Editores, San Juan, Puerto Rico, 1999.

[9] La  Torre Lagares, Elidio; “El día que llovió dinero en Adjuntas” (cuento); en: Septiembre, Editorial Cultural,  San Juan, Puerto Rico, 2000.

[10] Font, Francisco; “Érase un hombre pegado a una oreja pegada a un hombre”; en: Caleidoscopio; Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2004.

[11] Ver González, José Luis; “Al fondo del caño había un negrito” (cuento); en: La galería y otros cuentos; Ediciones Era, México D.F., 1972. “La carta” (cuento); en: El hombre de la calle, San Juan, Puerto Rico, 1948. “La noche que volvimos a ser gente” (cuento); en: Mambrú se fue a la guerra; Ed. Joaquín Mortiz, México D.F., 1972.

[12] Veloz Maggiolo, Marcio; La fértil agonía del amor, Ed. Taller, Santo Domingo, 1982. Ver también Florbella; Editora Taller, Santo Domingo, 1986. Materia prima; Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1988.   Ritos de cabaret; Fundación Cultural Dominicana, 1991.

[13] Tejada Holguín, Ramón; El recurso de la cámara lenta; Biblioteca Nacional, Santo Domingo, 1996.

[14] Hernández Núñez, Ángela; Piedra del sacrificio; Secretaría de Estado de Educación, Santo Domingo, 1999.

[15] García Cartagena, Manuel; “La tercera cara de la moneda” (cuento); en: Cuentos Premiados 1987; Casa de Teatro, Santo Domingo, 1987.

[16] Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano Ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

[17] Moralidades postmodernas; Tecnos, Madrid, 1996.

[18] Estévez, Abilio; Tuyo es el reino; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[19] Ver también Estévez, Abilio; Los palacios distantes; Ed. Tusquets, Barcelona, 2002. Inventario secreto de La Habana; Ed. Tusquets, Barcelona, 2005.

[20] Montero, Reinaldo; Misiones; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001.

[21] Arrufat, Antón; La noche del aguafiestas; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2000.

[22] Ponte, Antonio José; Cuentos de todas partes del imperio; Éditions Delatur, París, 2000.

[23] Ponte, Antonio José; Contrabando de sombras; Ed. Mondadori, Barcelona, 2002.

[24] Arango, Arturo; El libro de la realidad; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001, ISBN: 978-84-8310-165-0
224 pp.

[25] García Méndez, Luis Manuel; Habanecer; Ed. Mono Azul, Sevilla, 2005.

[26] Diego, Eliseo Alberto; Esther en ninguna parte; Ed. Espasa, Madrid, 2006.

[27] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1986.

[28] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1987.

[29] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1985.

[30] Íd.

[31] Cuentos premiados; Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, Santo Domingo, 1988.

[32] Adames, Julio; “Unos gatos empujan la pared” (cuento); en: Cuentos premiados 1990; Casa de Teatro, Santo Domingo, 1990.

[33] García Romero, Rafael; “El bocal de seis flores” (cuento); en: Los ídolos de Amorgos; Ed. Alfa y Omega, Santo Domingo, 1993.

[34] Hernández, Rita Indiana; La estrategia de Chochueca; Isla Negra Editores, San Juan de Puerto Rico, 2000.

[35] Veloz Maggiolo, Marcio;  El hombre del acordeón; Ed. Siruela, Barcelona, 2003.

[36] Veloz Maggiolo, Marcio;  La mosca soldado; Ed. Siruela, Barcelona, 2004.

[37] Abreu Adorno, Manuel; Llegaron los hippies y otros cuentos; Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1978.

[38] Amador Lloréns, Pedro; Demetria; Ed. Tanamá, San Juan de Puerto Rico, 2007.

[39] Ver López Nieves, Luis; El corazón de Voltaire; Ed. Norma, Colombia, 2005. Escribir para Rafa, cuentos; Ed. De la Flor, Argentina, 1987. La verdadera muerte de Juan Ponce de León; Ed. Norma, Colombia, 2006.

[40] Ver Ferré, Rosario; Maldito amor; Ed. Joaquín Mortiz, México D.F., 1987.

[41] Veloz Maggiolo, Marcio;  Cuentos, recuentos y casicuentos; Editora Taller, Santo Domingo, 1986.

[42] Veloz Maggiolo, Marcio;  El Jefe iba descalzo; Ed.  Alfa y Omega, Santo Domingo, 1993.

[43] Veloz Maggiolo, Marcio;  Trujillo, Villa Francisca y otros fantasmas; Banco de Reservas de la República Dominicana, Santo Domingo, 1996.

[44] Montero, Mayra; Como un mensajero tuyo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[45] Padura, Leonardo; La novela de mi vida; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001.

[46] Benítez Rojo, Antonio; Mujer en traje de batalla; Ed. Alfaguara, Madrid, 2001.

[47] Montero, Reinaldo; La visita de la Infanta; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2005.

[48] García Méndez, Luis Manuel; El restaurador de almas; Ed. Algar, Valencia, 2002.

[49] De esta autora son también Cualquier miércoles soy tuya; Ed. Mondadori, Barcelona, 2002. El cuerpo correcto; R&R Editoras, San Juan de Puerto Rico, 1998. Nuestra señora de la noche; Ed. Espasa Calpe Mexicana, S.A., México D.F., 2006. Pez de vidrio y otros cuentos; Ediciones Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1996. Tercer Mundo; Trilce Ediciones, Puerto Rico, 2000.

[50] “Literatura para curar el asma”; en: http://www.barcelonareview.com/17/s_ent_msf.htm

[52] Montero, Mayra; La última noche que pasé contigo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1991.

[53] Montero, Mayra; Del rojo de su sombra; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[54] Montero, Mayra; Como un mensajero tuyo; Ed. Tusquets, Barcelona, 1998.

[55] Montero, Mayra; Púrpura profundo; Ed. Tusquets, Barcelona, 2001.

[56] Alcántara Almánzar, José; Las máscaras de la seducción; Editora Taller, Santo Domingo, 1983.

[57] Alcántara Almánzar, José; La carne estremecida; Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1989.

[58] Alcántara Almánzar, José; El sabor prohibido. Antología personal de cuentos; Editorial de la Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico, 1993.

[59] Alcántara Almánzar, José; Presagios de la noche. Antología de cuentos (2005).

[60] “José Alcántara Almánzar : un clásico de la narrativa dominicana contemporánea”; en:  http://www.caribenet.info/pensare_06_mayor_alcantara.asp?l=

[61] Valdés, Zoé; Te di la vida entera; Ed. Planeta, Bercelona, 1996.

[62] Canetti, Yanitzia; Al otro lado; Seix Barral, Barcelona, 1997.

[63] Chaviano, Daína; El hombre, la  hembra y el hambre; Ed. Planeta, Bercelona, 1998.

[64] Gutiérrez, Pedro Juan; Trilogía sucia de la Habana; Ed. Anagrama, Barcelona, 1998.

[65] Ver también Gutiérrez, Pedro Juan; Carne de perro; Ed. Anagrama, Barcelona, 2003. El nido de la serpiente. Memorias del hijo del heladero; Ed. Anagrama, Barcelona, 2006.

[66] Jesús, Pedro de; Cuentos frígidos; Ed. Olalla, España, 1998.

[67] Mejides, Miguel; Perversiones en el Prado; Ed. Unión, La Habana, 1999.

[68] Díaz, Jesús; Siberiana; Ed. Espasa, Madrid, 2000.

[69] Pérez, Jorge Ángel; El paseante cándido; Ed. Unión, La Habana, 2001.

[70] Portela, Ena Lucía; Cien botellas en una pared; Fundación Caja de Granada, Ed. Debate, España, 2002.

[71] Portela, Ena Lucía; El pájaro: pincel y tinta china; Casiopea, Barcelona, 1999.

[72] La casa de los náufragos; Editorial Siruela, Barcelona, 2003.

[73] Ponte, Antonio José; La fiesta vigilada; Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[74] Nuez, Iván de la; Fantasía roja; Ed. Debate, Barcelona, 2006.

[75] Diego, Eliseo Alberto; Informe contra mí mismo; Ed. Alfaguara, Madrid, 1997.

[76] Ver Valle, Amir; Entre el miedo y las sombras; Ed. Zoela, Granada, 2003.

[77] Ver Padura, Leonardo; Máscaras; Ed. Tusquets, Barcelona, 1997.

[78] Lunar, Lorenzo; Que en vez de infierno encuentres gloria; Ed. Zoela, Granada, 2003.

[79] Lunar, Lorenzo; Polvo en el viento; Plaza Mayor, San Juan de Puerto Rico, 2005.

[80] El País, 11 de julio, 2004. Dos nuevas entregas de la saga Leo Martín acaban de aparecer: La vida es un tango (2006) y Usted es la culpable (2007)

[81] Ob. Cit.

[82] Vergés, Pedro; Sólo cenizas hallarás (Bolero); Ed. Destino, Barcelona, 1982. 

[83] Sánchez, Enriquillo; Musiquito. Anales de un déspota y un bolerista; Editora Taller, Santo Domingo, 1993.

[84] Santos Febres, Mayra; Sirena Selena vestida de pena; Ed. Mondadori, Barcelona, 2000.

[85] Fuera de lugar; De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377.

[86] “Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005, en http://www.konvergencias.net/literaturaposnacional.htm. Ver también: Bernat Castany Prado; Literatura Posnacional; Editum, Ediciones de la Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2007.

[87] El Danubio; Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21.

[88] “¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005, en: http://atari2600.blogspot.com/2005_08_01_atari2600_archive.html

[89] Íd.

[90] Íd.

[91] Íd.

[92] Pérez, Loida Maritza; Geographies of Home; Viking Penguin Inc., Estados Unidos, 1999.

[93] Álvarez, Julia; Yo; Algonquin Books of Chapel Hill; Nueva York, 1997.

[94] Sención, Viriato; Los que falsificaron la firma de Dios; Editorial Taller, Salto Domingo, 1992

[95] García, Cristina; Soñar en cubano; Espasa Calpe, Madrid, 1993.

[96] Hijuelos, Oscar; Los reyes del mambo bailan canciones de amor; Ed. Siruela, Barcelona, 1992.

[97] Díaz, Junot; La maravillosa vida breve de Oscar Wao; Ed. Mondadori, Barcelona, 2008.

[98] Prieto, José Manuel; Enciclopedia de una vida en Rusia; Ed. Mondadori, Barcelona, 1997. PrietoMariposas nocturnas del Imperio Ruso (Livadia); Ed. Mondadori, Barcelona, 1999. Rex; Ed. Anagrama, Barcelona, 2007.

[99] Montero, Mayra; El capitán de los dormidos; Ed. Tusquets, Barcelona, 2002.

[100] Hurtado, Orestes; Cuentos de salir; Verbum, Madrid, 2009.





Un editorial ejemplar

2 08 2012

La edición del diario Granma correspondiente al 31 de julio de 2012 es inusual por varias razones. Primero, la mitad izquierda de la portada, la primera en orden de lectura, está ocupada por un editorial cuyo título, en grandes letras rojas, es “La verdad y la razón”, y ni siquiera alcanza el espacio, continúa en la 2, porque son 1.541 palabras, 10.000 caracteres, algo que sólo ocurre cuando el diario trata asuntos de primerísima importancia.

Y ahí viene la segunda singularidad: el editorial se refiere a un accidente de tráfico, uno más de las decenas de accidentes que ocurren a diario en la Isla, en algunos de los cuales mueren compatriotas. Si mi memoria no me engaña, nunca el Granma había dedicado su espacio estelar a un accidente de circulación, donde no ha muerto un alto funcionario, sino un tal Oswaldo Payá, que presidía el “minúsculo y contrarrevolucionario Movimiento Cristiano Liberación” y otro ciudadano cubano de cuyo nombre Granma no quiere ni acordarse.

Es cierto que el accidente de Camilo Cienfuegos ocupó varias portadas, pero no del diario Granma, que no existía, y tampoco, hasta donde se sabe, Camilo derrapó en las mal pavimentadas carreteras del cielo.

Colocado en la piel de un lector cubano, hay algo que me sobresalta en el primer párrafo: “Desde el pasado 22 de julio, se han publicado más de 900 informaciones de prensa y 120 mil mensajes en las redes informáticas sobre el lamentable accidente de tránsito ocurrido esa tarde en que fallecieron dos ciudadanos cubanos y resultaron lesionados un español y un sueco”.

¿Novecientas informaciones de prensa? ¿120.000 mensajes? ¿Y de qué tratan? ¿A qué se refiere tal profusión online? Pero de inmediato yo, lector cubano sin Internet, recuerdo la invasión a Angola, a la que no se hizo referencia en la prensa en su momento, ni durante muchos meses, mientras el asunto circulaba en los periódicos noruegos, filipinos y paraguayos, seguramente muy implicados en el asunto; hasta que un buen día, como si todos los cubanos ya estuvieran al tanto, se habló de Angola como cosa sabida. Y esa es una cualidad de la prensa cubana que no he encontrado en el resto del planeta: atribuir la omnisciencia a sus lectores. Dar por sentado que se habrán enterado por la competencia de aquello que prefieren no mencionar.

Más adelante afirma el texto que “acusaron a Cuba de haber realizado un asesinato político”. ¿Y eso cuándo fue? ¿Qué dijeron?, se preguntará un lector cubano. Pero ahí queda la cita, no hay hipervínculo.

El editorial no es ejemplar sólo por esas razones. En sus 1.500 palabras reúne  el glosario completo de tópicos granmianos (no gramscianos, ojo): “la mafia anexionista de Miami”, “la infame insinuación”, “la historia inmaculada de una Revolución”,  “sin una sola ejecución extrajudicial, sin un desaparecido, un torturado, un secuestrado, un solo acto terrorista” (de los  nuestros), “el monopolio financiero-mediático” (de los  otros, of course)”, “los supuestos luchadores por la libertad”, “la censura y la manipulación” (de ellos), “la contrarrevolución (…) mercenaria”, “vulgares agentes”, “grupúsculos”, etc.

Dice también que los “calumniadores” pidieron «una investigación transparente». ¿A qué investigación se refiere?, vuelve a preguntarse el inocente lector. Y el diario aprovecha la ocasión para acusar a Estados Unidos y a sus “aliados europeos de la OTAN” de todos los pecados, excepto la crucifixión de Jesucristo.

Hay que reconocer al editorial un gesto piadoso cuando condena a quienes exaltan a los “supuestos ‘luchadores por la libertad» “sin respetar límites éticos ni la muerte de seres humanos, lamentable en cualquier circunstancia”. Aunque no queda muy claro por qué exaltarlos equivale a no “respetar límites éticos ni la muerte de seres humanos”.  Y, sin embargo, no lo es calificar a los finados como “mercenarios” y  “vulgares agentes”, que “traicionan a su Patria por unas monedas”, aunque, de paso, les sirva para dejar claro que “la patria” son ellos.

Comenta el editorial que en el sepelio de Payá, los asistentes  “armaron un macabro espectáculo para la prensa extranjera” y la policía no los detuvo, sino que los salvó de la ira popular para poco después, “generosamente”, soltarlos sin instruir cargos. (¿Acusados de macabro espectáculo para la prensa? Mi versión del código penal cubano debe ser obsoleta, porque ese delito no aparece).

Si el diario es extremadamente discreto con los fallecidos cubanos, y se abstiene de mencionar el Proyecto Varela, el premio Sajárov o las dos nominaciones para el Nobel de la paz, se extiende en desbarrar de los dos extranjeros, Ángel Carromero Barrios y Jens Aron Modig, “connotados anticubanos”, cercanos al Partido Popular en España y promotor del Tea Party en Suecia, respectivamente, que “entraron a nuestro territorio (…) con Visas de Turista, y disimuladamente, en violación de su estatus migratorio, se involucraron en actividades netamente políticas contra el orden constitucional”. Y a continuación nos cuenta la tremebunda conspiración internacional “organizada  desde Miami” que amenaza a los indefensos generales.  Le Carré palidece, sobre todo cuando hablan de “un teléfono celular programado con los números necesarios”, una operación de espionaje high tech que perpetra cualquier ama de casa.

Aunque hay operaciones más perversas: “programas (…) dirigidos a fabricar eventuales líderes de «oposición» (no se menciona el sistema operativo, pero debe ser Windows). Y “proporcionándoles acceso a Internet, a las redes sociales, computadoras”, es decir, armas de destrucción masiva. Y añade que en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana “se facilitan miles de horas de conexión ilegal a Internet”. ¿Ilegal? ¿No pagan la cuenta? ¿Internet pirata? “Y se imparten cientos de horas de cursos conspirativos”. ¿Explosivos, sabotaje, guerrilla urbana?

Menciona “el envío de más de 10 mil celulares para promover acciones contra el sistema político cubano”. ¿Celulares de cabeza nuclear, láser, de qué calibre?, se pregunta el inocente lector cubano. ¿O sólo permiten la transmisión de SMS disidentes?

Y todo eso “en contraste con la aplicación del bloqueo en el área de las telecomunicaciones”. De lo cual se deduce que la prensa cubana ha olvidado informar a los lectores que Barack Obama autorizó a las empresas proveedoras de Internet dar servicio a Cuba.

Denuncian también un servicio llamado WoS “que posibilita el acceso a sitios web con información sobre lo acontecido en el Medio Oriente”. Si eso es subversivo, se sobreentiende que la prensa oficial escamoteará las informaciones sobre el tema. Y más adelante explican que sus enemigos “sueñan con (…)  repetir lo ocurrido en Libia o Siria”. De modo que era eso. Ver a pueblos sojuzgados durante décadas librándose de sus tiranías no es un espectáculo edificante. Es triste, y lo digo sin ironía, que quienes en su día se postularon como libertarios tras derrocar una nefasta tiranía, quienes despotricaron contra los Trujillo, Somoza y Pinochet, se aterren ahora ante la caída del Trujillo libio, el Pinochet egipcio, o el Somoza sirio. Aunque no deja de ser un arranque de sinceridad que se identifiquen con Muamar el Gadafi y Bashar Al-Assad. Pero la sinceridad dura poco, porque más adelante se califican como “el gobierno que, libre y soberanamente, ha elegido” [el pueblo cubano], lo cual es una verdadera primicia.

Obsesionados por la película Todos los hombres del presidente y el caso Watergate, Granma repite hasta la saciedad la clave que ofreció Garganta profunda a Bob Woodward en la penumbra de un parking: “Siga la pista del dinero”. Y se refiere a la entrega de fondos a los disidentes, un pecado, a menos que se trate de los que donó Carlos Prío Socarrás a Fidel Castro, o los 96.000 millones que le aportó la URSS. Y regresan al tema en un largo párrafo dedicado a todas las instituciones extranjeras que reciben donaciones para promover la democracia en Cuba. Casi parece envidia. Se sabe que los generales no andan bien de fondos. Y se me ocurre que podrían aplicar. Méritos lo les faltan. En definitiva, los peores enemigos de aquello que un día se llamó Revolución, son ellos.

Decía que se trata de un editorial ejemplar, que debería estudiarse en la Facultad de Periodismo de La Habana, porque en él aparecen todos los procedimientos del libro de estilo de Granma: engaños, omisiones, tópicos, subterfugios, medias verdades, confesiones involuntarias, párrafos prefabricados para lectores cautivos.

Si el texto se proponía refutar la tesis del asesinato político o del asesinato político accidental, por muy ejemplar del granma’s style que sea, es un texto fallido. Intenta convencernos de que se trató de un mero accidente de tráfico, y en lugar de centrarse en ello y explicarlo con total transparencia, 1.252 de las 1.500 palabras son una diatriba política, 581 de ellas directamente contra los disidentes muertos y los extranjeros que los acompañaban. Sobre estos demuestran un exhaustivo conocimiento: pedigrí político, actividades, viajes anteriores, personalidades cercanas, e incluso el restaurante de Madrid donde se conocieron, información que no se obtiene sin un seguimiento. Y, al menos semánticamente, del seguimiento a la persecución no va tanto trecho. Para rematar, aparece Ángel Carromero Barrios en televisión pidiendo que no se de al accidente una lectura política, y a continuación hace un patético llamado para que lo saquen de allí lo antes posible. Demasiadas refutaciones para un mero accidente. Si fue eso lo que ocurrió, deberán despedir al buró de comunicación y a sus asesores de imagen.

 

“Un editorial ejemplar”; en: Cubaencuentro, Madrid, 02/08/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-editorial-ejemplar-278952





Desparasitar las remesas

31 07 2012

El pasado 18 de junio se restableció el pago de aranceles en aduana a los alimentos que entren a la Isla los portadores de un pasaporte cubano. Diez pesos por kilogramo si eres residente en el país o diez CUC si habitas del Malecón pa fuera.

Ahora nos notifican de las nuevas tasas aduaneras para viajeros y envíos de paquetes que pesarán a partir de septiembre sobre artículos sin carácter comercial, destinados a personas naturales. La resolución 122/2012 estipula el precio, según su peso, de los productos que clasifican como miscelánea (ropa, calzado y similares), cuyos envíos se realicen a la Isla por vía aérea, marítima, postal y de mensajería. Quedarán exentos los envíos hasta 3 kilogramos y productos hasta 50 pesos y 99 centavos. A partir de dicha cifra y hasta un valor de mil pesos, los viajeros deberán abonar una tarifa progresiva. De 51,00 pesos hasta 500,99 se aplicará una tarifa del 100%. De 501 pesos hasta 1.000, el 200%.

Es decir, si le envío a mi madre un kilogramo de leche en polvo que cuesta en un supermercado madrileño 7,10 euros, 8,71 USD, y lo incluyo en una caja de 12 kilogramos, el kilo de leche en polvo costará 26,13 CUC, con lo cual podría comprar 21 litros de leche enriquecida con calcio.

Un pasaporte cubano cuesta 180 euros (contra los 17 que cuesta un pasaporte español) y cada dos años hay que abonar otros 90. Es decir, un pasaporte por seis años cuesta 360 euros. Sesenta euros anuales por un documento que, si tienes otra ciudadanía, sólo sirve para viajar a Cuba. Mientras, el pasaporte español, que dura diez años, cuesta 1,70 euros anuales. Y en Estados Unidos el pasaporte cubano cuesta 375 dólares más la prórroga, 180 dólares cada dos años. Ciento veintidós dólares y cincuenta centavos anuales si quieres viajar a Cuba. Eso sin contar los 45 euros (o 60 dólares) mensuales por el alquiler de nuestra madre residente en Cuba para que nos visite.

Un cubano que envíe cien dólares mensuales a su familia en la Isla, mantenga vigente su pasaporte, viaje una vez al año a ver a sus familiares (dejará en la Isla no menos de 1.000 dólares), y envíe un paquete al año valorado en 800 USD, por el que le cobrarán 1.600 USD de aranceles, entrega graciosamente al clan de los generales 3.722,20 dólares al año, sin que ellos tengan que mover no un dedo, ni una pestaña en hacer más eficiente la economía insular. Considerando que con los 1.200 dólares anuales su familia adquiera productos que en el mercado mundial tienen un valor de 400 USD, serían 3.322,50 dólares de regalo al gobierno cubano.

Gracias a esas aportaciones, Cuba tiene representantes diplomáticos en sitios tan peregrinos como Antigua y Barbuda, Albania, Azerbaizán o Timor del Este, que sufragamos los expatriados con nuestro “impuesto revolucionario”.

Comprendo que esos consulados fungen como jubilación de agentes descontinuados, plan vacacional de funcionarios menores y sobrinos segundos de ministros, e incubadoras de redes avispas y otros accidentes entomológicos. Pero si algo he aprendido en 18 años out of borders es que cada cual se paga sus propias vacaciones. O se queda en su casa leyendo el best seller del verano.

Emilio Morales acaba de publicar en Café fuerte que “las remesas enviadas a Cuba desde el extranjero durante 2011 alcanzaron la astronómica cifra de 2.294 millones de dólares, un crecimiento estimado del 19% en comparación con el año anterior”, según un estudio independiente de The Havana Consulting Group (THCG). Y el factor decisivo de este incremento ha sido “el incremento de los viajes a la isla. En el 2011 viajaron a Cuba más de medio millón de cubanos que viven en el exterior, principalmente en los Estados Unidos”, y la reducción del costo de los envíos de remesas. Además, con la apertura a la pequeña empresa privada, “un reciente sondeo exploratorio en una muestra de 250 cubanos residentes en Estados Unidos –realizado por THCG– constató que de cada 14 entrevistados 11 estaban ayudando de una manera u otra a invertir a sus familiares en la isla”.

A ello se añade que “durante la última década emigraron unos 45.000 cubanos como promedio anual, cifra que ha mantenido una tendencia estable”. Una emigración con lazos familiares recientes y arraigados.

Si esas cifras son correctas, el exilio envía a la Isla más de 191 millones de dólares mensuales, lo cual supera los 1.738,1 millones anuales de ingresos brutos por el turismo,  144,8 millones de dólares  mensuales.

A pesar del peso específico que tiene el exilio en la economía de la Isla, pagamos obedientemente las tasas consulares, el alquiler de nuestra madre para traerla de visita, el impuesto de 10 CUC por entrar a Cuba cada kilogramo de leche en polvo; el 200% de impuesto por el vestido y los zapatos pera que tu hija celebre su boda, el arancel sobre los medicamentos de tu padre enfermo.

Si alguna cualidad de la cultura occidental ha quedado firmemente implantada en la idiosincrasia cubana es el individualismo. Blasonamos de cubanía, nos reunimos para la bachata, compartimos cervezas frías y puerco asado en Laponia, pero no somos excesivamente gregarios. Cada uno lleva su Cuba a cuestas y piensa que es la auténtica. Poner de acuerdo a cinco cubanos sobre un asunto o estrategia es tarea ardua. Los generales lo saben. Y lo aprovechan.

Cada cubano antepone a cualquier otra consideración su madre enferma, su padre sin recursos, su hermano que quiere poner una ponchera, su hija que necesita el vestido para los quince, y eso lo honra. Obviamente, cualquier medida de presión afectaría a los nuestros en primera instancia. Sólo en primera instancia. De derogarse las tasas consulares excesivas y las penalizaciones aduanales, cada remitente de remesas ahorraría no menos de 1.700 dólares anuales, 141,67 al mes para reforzar el envío a la abuelita enferma.

Me pregunto, ¿qué ocurriría si los cubanos suprimieran sus remesas un mes? Con que lo hiciera el 50%, el Estado parasitario perdería 72 millones de dólares. ¿Qué ocurriría si prorrogaran la abstención dos meses, tres, hasta que el Estado cubano, único país del planeta que penaliza a quienes lo sustentan, derogara los impuestos arancelarios? ¿Qué ocurriría si nos abstuviéramos de trámites consulares un mes, dos, tres, hasta que repatríen a sus segurosos de menor graduación jubilados en Albania, Azerbaizán o Timor del Este? ¿Resistirían el embite cuando empezaran a regresar a Marianao los segurosos de mayor graduación destinados a París, New York o Viena? ¿O ajustarían las tarifas a las que mundialmente imperan en los trámites consulares? Ante una huelga de dólares caídos, ¿terminarían por admitir la conversión de esas remesas en capital y el derecho a residir en la Isla si así lo deseas? ¿Terminarían por dispensarnos el mismo tratamiento que cualquier otro país a sus emigrantes? ¿No dice la página del MINREX que somos equiparables?

No se trataría de suprimir la ayuda a los nuestros, desde luego, sino de optimizarla. Desparasitar las remesas. Minimizar a un intermediario que grava el amor filial y se comporta como el propietario o el chulo de una población cautiva, condenada a la beneficencia si quiere sobrevivir.

Para que surta efecto tendría que ser una acción concertada con interlocutor y exigencias claras.  Actualizando a Antonio Maceo, demostrar que los derechos no se mendigan. Se conquistan con el filo de un billete. Además de su saludable efecto pedagógico sobre nuestros paisanos de la Isla.

Durante medio siglo, los cubanos se han visto desposeídos de sus derechos ciudadanos gracias a la acción conjunta de un tridente devastador: la persuasión, la esperanza y el miedo.

La esperanza de un futuro luminoso se ha desvanecido. El persuasivo en jefe ya ha alcanzado el estado ectoplasmático, es el fantasma de sí mismo, y se ha convertido en un twittero bobalicón que segrega filosofía de banqueta de bar en reflexiones de cincuenta palabras. El Comandante el Jefe parece estar bajo las órdenes del General Alzheimer.

Sólo queda el miedo, perfectamente justificado porque la capacidad represiva del gobierno se mantiene intacta. Pero, a diferencia  de décadas anteriores, el precio político de emplearla a gran escala, una vez evaporados sus dos complementos, podría ser altísimo. Razón por la que se limitan a una represión selectiva, profiláctica, para cercar a la disidencia con un cordón sanitario que evite la ampliación de sus bases.

Pero en la época de las revoluciones a través de las redes sociales y la telefonía móvil, de Anonymous y los indignados del 15M, poco podrían hacer frente a acciones ciudadanas conjuntas dirigidas a la recuperación de los derechos, al estilo de las que aquí boicotean a una red de gasolineras hasta que bajen los precios, para después boicotear a la siguiente. No se trata de “al combate corred bayameses”, una invitación inmoral desde la confortable seguridad del exilio, sino de que nuestros compatriotas sean conscientes de que disponen de muchísimos recursos al ser una inmensa mayoría conectada mediante 1,2 millones de teléfonos móviles. Y que sean conscientes, también, de que ningún derecho les será concedido graciosamente por un generalato instalado en la noción de que le asisten todos los derechos, y que su cesión sería siempre a costa de su patrimonio.

Ante acciones de esa naturaleza, no violentas pero multitudinarias, poco podrían hacer los generales. Retroceder hasta Corea del Norte no sería confortable. El horizonte de nuestros generales no se reduce a empacharse de coñac francés y jóvenes milicianas en sus búnkers. Ellos aspiran a ser millonarios de verdad, con cuenta en Suiza, chalé de veraneo en las Bahamas, hijos estudiando en Oxford y nietos en Yale. Y puede que lo consigan, siempre que no tensen demasiado la cuerda y relean a los clásicos de la República, como su homólogo, el General José Miguel Gómez, quien postuló la primera ley de la filosofía: “Tiburón se baña, pero salpica”.

Dejo la idea sin copyright por si a alguien le interesa. Pero me temo que los cubanos somos demasiado individualistas, cualidad acentuada por el exilio. Y difícilmente sindicalizables. Y que los jóvenes de la Isla, motor tradicional de todos los cambios, están más interesados (algo que, desde luego, no les reprocho) en trocar la Geografía que la Historia.

“Desparasitar las remesas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 31/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/desparasitar-las-remesas-278878





Un movilizador de conciencias. Oswaldo Payá y su cátedra de la libertad y los derechos

24 07 2012

«La Cátedra de la libertad y de los derechos humanos,

la fuente de la virtudes cívicas y la base del gran edificio de nuestra felicidad»

Félix Varela

 

Acaba de morir en Bayamo, al este de Cuba, Oswaldo Payá, coordinador del Movimiento Cristiano Liberación (MCL), premio Sájarov del Parlamento Europeo a los Derechos Humanos y la Libertad de Pensamiento, dos veces nominado para el premio Nobel de la paz, y creador de una de las iniciativas más conocidas del movimiento disidente cubano: el Proyecto Varela. Con él viajaba Harold Cepero Escalante, activista del MCL y nativo de Ciego de Ávila, quien también falleció. En el vehículo había, además, dos pasajeros que sufrieron heridas leves: Ángel Carromero, consejero técnico de la Junta de Moratalaz, distrito de Madrid, y Aron Modig, presidente de la Liga de la Juventud Demócrata Cristiana Sueca (KDU)  asociada a la Democracia Cristiana.

Según el diario Granma, “Un lamentable accidente de tránsito en el que fallecieron dos personas y dos resultaron heridas, se produjo este domingo 22 de julio a las 13:50 horas en la localidad conocida como La Gavina, a 22 km de la ciudad de Bayamo, provincia de Granma. (…) Según testigos presenciales, el hecho ocurrió cuando el conductor de un auto turístico rentado, perdió el control y se impactó contra un árbol”. La nota consigna el nombre de los fallecidos, pero omite su condición de disidentes.

En cambio, la hija de Oswaldo Payá, Rosa María, ha declarado hoy en la web del opositor que “Las informaciones que nos llegaron de los muchachos que iban en el carro con él es que había otro auto intentando sacarlos de la carretera y que los embistieron en todo momento. Así que pensamos que esto no fue un accidente, que les querían hacer daño y terminaron matando a mi padre”.

Iroel Sánchez, tan diligente como de costumbre (http://lapupilainsomne.wordpress.com/2012/07/23/quienes-son-los-extranjeros-accidentados-en-cuba/), se apresura a desacreditar, con carácter preventivo, a los acompañantes de los fallecidos, para minar de antemano su credibilidad en caso de que éstos hagan declaraciones que contradigan la versión oficial. De Ángel Carromero dice que mientras aplaude los recortes que el Partido Popular impone en España, hace en Cuba “turismo injerencista”. Y a Aron Modig lo califica como el defensor de que se instaure en Suecia un equivalente del Tea Party.

Se trate de un accidente, de un intento de intimidación que se “extralimitó” en sus objetivos, o de un verdadero asesinato, algo que sólo podrían esclarecer los supervivientes, lo cierto es que en el Comité Central la sensación será de alivio por haberse librado de una incómoda y pertinaz piedra en el zapato. Y se felicitarán de que en el accidente hayan muerto, justamente, los más incómodos, mientras los dos extranjeros sólo han recibido heridas leves, lo cual despeja el horizonte de incómodas reacciones internacionales.

Oswaldo Payá abogaba por un cambio pacífico y desde dentro.  “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”. Fue el promotor del único proyecto que ha hecho uso de uno de los escasísimos resquicios que ofrece la primera ley de la República para manifestar legalmente el descontento popular.

El Artículo  86 de la Constitución de la República de Cuba, en su inciso G, asegura que la iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa 10.000 ciudadanos, por lo menos, que tengan condición de electores. Basándose en este derecho, el MCL de Oswaldo Payá consiguió y entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular 11.000 firmas de ciudadanos con derecho al voto apoyando un referéndum para llevar a consulta popular cinco puntos esenciales:

•Derecho a asociarse libremente

•Derecho a la libertad de expresión y de prensa

•Amnistía

•Derechos de los cubanos a formar empresas

•Una nueva ley electoral.

Cada firmante sabía que su acto de soberanía podía acarrearle la pérdida del empleo, de sus estudios universitarios e incluso de su libertad (cosa que le sucedió a más de cuarenta activistas del MCL durante la “Primavera Negra” de 2004), y que desde entonces sería hostigado y marginado. Sólo por ello, no es arriesgado afirmar que cada una de esas firmas equivale a miles de firmas. Si consideramos que los promotores del proyecto no dispusieron de ningún medio de difusión, y que antes de que el ex presidente norteamericano Jimmy Carter lo mencionara públicamente, la frase “Proyecto Varela” no significaba nada para la inmensa mayoría de los cubanos, cabría preguntarse cuántos millones de firmantes potenciales no existirán en la Isla.

En cualquier país del mundo, esto sería un trámite normal. En Cuba, a pesar de ser constitucional, la recogida de firmas tuvo que superar serios obstáculos. Y una vez entregadas, la reacción del gobierno fue tan desproporcionada como su miedo. Una “Propuesta de Modificación Constitucional” según la cual «El régimen económico, político y social consagrado en la Constitución es intocable». Una caricatura de referendo que otorgó a los cubanos el “derecho obligatorio” a decidir entre el socialismo irrevocable y el socialismo irrevocable. Este simulacro ha sido una de las más ridículas pataletas de Fidel Castro en medio siglo, y la mayor evidencia de su miedo al pueblo en cuyo nombre pretendía gobernar.

Como bien dijo O’Brien a Winston en la novela 1984, de George Orwell,  “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder (…) Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en si mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.

El hecho de que 11.000 cubanos se hubiesen atrevido a desafiar al régimen, merecía la movilización de todo el país para aplastarlos, sin importar el grado de coacción, o  los recursos necesarios; ni siquiera la credibilidad de los resultados. Más importante que la unanimidad es la apariencia de unanimidad. Que el peso de la muchedumbre desanime a los próximos 11.000, o 20.000 o 50.000 que se atrevan a retar al poder absoluto.  Crear en el súbdito la noción de que nada de lo que haga lo convertirá en ciudadano, nada de lo que opine o piense cambiará el statu quo, y que sólo tiene tres alternativas: el aplauso, el silencio o el exilio.

Según datos de las autoridades cubanas, 9.664.685 ciudadanos apostaron “espontáneamente” por el castrismo perpetuo. Y uno de los mejores indicios del pánico que desató el MCL de Oswaldo Payá con su proyecto Varela fue el hecho de que, por primera vez en más de cuatro décadas, el gobierno permitió firmar (que sí, desde luego) a los cubanos que estaban en trámites para salir del país, un derecho que hizo extensivo, en sus respectivos consulados, a los exiliados que apoyaran el régimen actual como única opción (para quienes residen en la isla, por supuesto). Aunque previendo falta de quórum, consignaron que “estos casos serán contabilizados o no, según determine la Asamblea Nacional del Poder Popular”.  Una vez estampada su firma, exiliados y aspirantes recuperarían su condición de no-ciudadanos.

El Proyecto  Varela despertó en su día un masivo apoyo del exilio, pero también oposición. Se le acusaba de aceptar la Constitución vigente, y de marginar al exilio al apelar al voto de quienes cuentan con ese derecho. Pero confío en que incluso sus opositores habrán comprendido el poder de este documento, algo que entendió desde el primer momento el gobierno cubano. Por primera vez una iniciativa disidente contó con una verdadera base social. Por primera vez miles de cubanos perdieron el miedo. Por primera vez numerosos países atisbaron el embrión de una sociedad civil nacida “dentro” de la Isla a la que apoyar. Por primera vez una propuesta de la disidencia rebasó el veto de silencio, se difundió por Radio Bemba, y en las sobremesas, los pasillos, guaguas y parques de Cuba, la gente comentó no tanto el contenido del Proyecto Varela, sino los cojones de esos 11.000 cubanos que se han puesto de pie frente al poder con su firma como única arma. Y en el imaginario de la isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Oswaldo Payá ha muerto a causa de un lamentable accidente, de una operación premeditada o de un error de cálculo, ya se sabrá. Pero su vida no fue ni un accidente ni un error, sino una larga y paciente movilización de las conciencias. Y creo que por ello, más allá de acuerdos o disonancias con sus opiniones políticas, todos los cubanos, sin excepción, incluso sus acosadores y verdugos durante tantos años, le debemos tributo.

 

“Un movilizador de conciencias”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-movilizador-de-conciencias-278706





El destape de Rafael Hernández

13 07 2012

Siempre me han fascinado los intelectuales orgánicos y los compañeros de viaje de las dictaduras. Son el mejor ejemplo de plasticidad intelectual. Cómo un corpus de ideas, conceptos y sabidurías, que habitualmente crece gracias a la libertad de pensamiento, puede moldearse y retorcerse hasta servir de reposapiés a los catecismos totalitarios que habitualmente no rebasan la filosofía Marvel de superhéroes y villanos.

Giovanni Gentile, filósofo “oficial” de Mussolini, ministro e integrante del Gran Consejo Fascista. El miembro del Partido Nacional Fascista Curzio Malaparte, y los jugueteos de Luigi Pirandello con Il Duce, quien lo nombró presidente de la Academia italiana.

Knut Hamsun en Noruega ofreció a Goebbels su medalla de premio Nobel, e inundó la prensa de artículos aplaudiendo a los nazis que invadían su país. Louis-Ferdinand Céline, autor imprescindible de las letras francesas, defensor hasta su muerte de la ideología nazi, y sus “repugnantes panfletos de un racismo homicida”, en palabras de Vargas Llosa. Pierre Drieu La Rochelle, que pasó por el comunismo y se instaló en el fascismo, aunque no llegara a los extremos de su colega Maurice Sachs, confidente de la Gestapo.

También fue confidente Camilo José Cela, como lo demuestra una carta de 1963 incluida por Pere Ysás en Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia. 1960-1975 (Ed. Crítica, Barcelona, 2004). Cela informó del encuentro de intelectuales, en el que participaba, donde se fraguaba una segunda carta de denuncia por la violencia policial en las huelgas mineras de Asturias.

Cuenta Pere Ysás que “en un escrito al director general de Información [Cela] estimaba que la mayoría de los 102 firmantes de la primera carta «eran perfectamente recuperables, sea mediante estímulos consistentes en la publicación de sus obras, sea mediante sobornos». Consideraba imprescindible que se montase «un sistema para estimular a estos escritores» y apuntaba que podría hacerse fundando una editorial privada o entendiéndose con una ya existente”.  En respuesta a la carta, el director general habilita dos partidas de veinte millones para subvenciones y ayudas a la publicación. Cualquier similitud con otras realidades no es pura coincidencia.

Sin dudas son los intelectuales alemanes filonazis los más notables. Los miembros de la “Reichsarbeitsgemeinschaft für Raumforschung” (Sociedad Imperial para la Investigación del Espacio Vital): más de 500 científicos de todas las disciplinas pusieron las ciencias sociales y políticas, pero también la historia, la geografía, los estudios literarios, la filosofía, el derecho y la antropología al servicio del ideario nazi para la creación de un Nuevo Orden Espiritual nacionalsocialista en Europa, con Alemania como pueblo superior y guía. Y, desde luego, uno de los mayores filósofos del siglo XX, Martin Heidegger.

En un texto escrito en Japón en 1939, Karl Löwith, judío y discípulo predilecto de Heidegger, recuerda su último encuentro con el filósofo en la Roma de 1936. Lucía la svástica y blasonaba de la “relación integral” entre su filosofía y el ideario nazi. Heidegger se quejaba de los intelectuales que se consideraban “demasiado refinados para comprometerse” con la causa nazi. Algo que recuerda pavorosamente las acusaciones de la nomenklatura cubana contra los “intelectualoides” elitistas, comenzando por el Grupo Orígenes. Lejos estaban entonces de adivinar que uno de ellos, Cintio Vitier, daría con ese rarísimo punto del espacio donde convergen el Mesías, el Apóstol y el Comandante.

Karl Löwith afirma en su texto que “Estas respuestas eran típicas; puesto que no hay nada más fácil para los alemanes que ser radicales en las ideas e indiferentes ante los hechos prácticos. Ellos consiguen ignorar todos los “individual Fakta” para poder seguir aferrándose más decisivamente a su concepto de totalidad y separar “materia de hechos” de “personas”. Una observación que podría extenderse a la puesta en escena de todos los totalitarismos.

Mucho se ha escrito en estas páginas sobre la intelectualidad orgánica de los diferentes ismos comunistas: estalinismo, maoísmo, castrismo; de modo que pasaré directamente a un caso curioso: la repentina conversión de Rafael Hernández, ensayista de peso y uno de los intelectuales que con más talento ha defendido al régimen cubano.

El pasado 13 de junio, Rafael Hernández publicó en La Joven Cuba una “Carta a un joven que se va” escrita el 31 de mayo.  En ella discurre sobre las muchas razones que tendría un joven cubano para no emigrar. Hasta ahí, no hay sorpresas. Pero en su carta se infiltran otras muchísimas razones para huir.

Reconoce Hernández el derrumbe de las ilusiones (si alguna vez las tuvieron) de esa generación del Período Especial, indiferente ante la “épica” repetida como cliché por la tele y la prensa. Y ello se explica porque “solo sobrevive un orden viejo, más bien irremediable. Lo peor, sin embargo, no es haber nacido en un orden preestablecido, porque eso le pasa a todo el mundo, sino tus inciertas posibilidades de cambiarlo”. Es decir, no sólo han crecido sin ilusiones en un mundo construido a la medida de otros, sino en un mundo impermeable a los cambios. Así que, como es lógico, ante un sistema impermeable a los cambios, “no quieres invertir tu vida intentándolo, porque no tienes otra que esta; y aspiras a conseguir un techo propio, un empleo que te guste y te permita lo que puedas con tu capacidad y esfuerzo, sin penurias de transporte y luz, y planear para irte de vacaciones a alguna parte una vez al año, aunque tengas que quitarte de otras cosas”.

Con una sinceridad que lo honra, Rafael Hernández reconoce que tras medio siglo de sacrificios y exhortaciones, el éxodo es el único modo de conseguir un techo propio, un buen empleo acorde a tu capacidad y esfuerzo y vacaciones una vez al año. Si existe algún indicio de fracaso absoluto, éste bastaría.

Aunque “Esta carta parte de creer que piensas con tu propia cabeza”, un párrafo antes se maneja la idea de que la chispa para emigrar es siempre un amigo que se fue, el pariente lejano, la esposa insistente, el inventario de los ausentes… Creo que el ensayista no necesitaba esas incidentales, como quien se justifica, porque al final, como bien sabe él por su formación marxista, la falta de vivienda, alimentación y, sobre todo, expectativas, pesan más que cualquier postal con matasellos de Miami.

Denuncia Hernández que desde el poder juzgan a los jóvenes quienes “identifican valores con sus valores, la política con movilizaciones y discursos, la defensa del socialismo con determinados mandamientos —entre otros, que este sistema es solo para los revolucionarios comprometidos, que un ciudadano cubano solo lo es mientras resida en la tierra donde nació, o que disponer de otro documento de viaje equivale a ponerse a las órdenes de una potencia extranjera”. A la falta de pan, techo y esperanza, se suma la intolerancia cerril ante cualquier conducta que se aparte de una norma dictada desde arriba. Y reconoce que quienes ejercen esa intolerancia no son sólo “algunos funcionarios”, “sino muchas otras buenas personas”. Con tales afirmaciones sólo le falta recitar a Antonio Machado: “Escapad gente tierna, / que esta tierra está enferma, / y no esperes mañana / lo que no te dio ayer, /  que no hay nada que hacer”.

Reconoce que los jóvenes “han escuchado” (y que ello sea sólo de oídas es importante), que “según la Constitución, los derechos básicos de un cubano están más allá de su manera de pensar; y que la justicia social y la igualdad son precisamente eso: principios y valores que hay que ejercer de verdad, sin sujetarlos a clase, raza, género, orientación sexual, religión o ideología, porque representan la conquista más importante de todas, la de la dignidad plena de la persona”.

También admite que los jóvenes se sienten un cero a la izquierda, y que “este sistema nuestro te consulta y te pide que te movilices”, de lo cual se deduce que si no se le pide movilización, si no se le consulta sobre cierto asunto, opinar o movilizarse por cuenta propia es punible.

Y añade: “aunque ellos [los burócratas] sigan pensando que lo decisivo es aceitar la cadena de mando y cumplir el plan”, cuando criticas, pides la palabra, protestas, aplaudes o “acudes a la Plaza refunfuñando, para hacer quórum en la misa de Joseph Ratzinger”, estás participando. Lo cual nos deja un triste saldo participativo.

Reconoce que “allá puedes expresar muchas opiniones y escuchar otras miles, elegir entre varios candidatos, enterarte de quiénes son y cómo piensan, sus planes y propuestas para los grandes problemas del país, e ir a votar (si eres ciudadano) por el que te parezca”. Si eso es un argumento diferencial, no hay que ser un genio para entender que “acá” ocurre todo lo contrario.

Admite que el joven ha escuchado cientos de veces llamados a la participación crítica, a “la posibilidad de expresar sus opiniones políticas en la televisión, proponer tantos candidatos como quiera (no solo abajo, sino a todos los niveles), escucharlos, hacerles preguntas y saber lo que tienen en la cabeza, antes de votar por ellos y sus propuestas”, “pero es como si nada, los argumentos de siempre siguen ahí. Estás cansado de escuchar anuncios de cambios que no acaban de llegar, y que no dependen de “factores objetivos”, sino de una “vieja mentalidad” que sigue sujetando las riendas”.

El autor reconoce que “la participación no puede ser solo cosa de marchas, actos y reuniones, donde tu presencia no cambia nada ni incide “en los mecanismos de dirección”, sino por el contrario, se diluye en “cumplimiento de metas” y otras formalidades. Sientes que en esa participación falta compromiso, sinceridad, espontaneidad”. Y reconoce que “las organizaciones juveniles y los medios de comunicación” son mera retórica vacía.

Constata que la presencia de “jóvenes delegados en municipios y provincias” ha bajado del 22 % (1987) al 16 % (2008), y en la Asamblea Nacional, cayó al 4% en los 90, aunque creció a menos del 9% en las últimas elecciones, en un país donde los mayores de 60 son el 21,6 % y los de 16-34 años, el 31,41 %. Lo asombroso es que un hombre tan perspicaz como Rafael Hernández afirme que “sea cual sea la causa de ese bajísimo perfil…”. Sin toda la información de la cual él seguramente dispone, puedo informarle que la causa es exactamente la misma por la cual el Buró Político más parece el consejo de ancianos de los primitivos habitantes de la Isla de Pascua que un órgano de gobierno.

El ensayista afirma que aunque desde afuera “nos miran como una isla rodeada de caña de azúcar por todas partes, donde nadie sabe lo que pasa afuera”, seguramente “tú [su joven e hipotético destinatario] sí te has enterado de lo que se dice sobre Cuba y los cubanos en el mundo. Aunque no tienes Internet en tu casa,  conseguiste un buzón de correo electrónico, u oyes la BBC o Radio Caracol o Radio Exterior de España u otra de las muchas estaciones en español que se cogen desde cualquier radio. Es probable que hables con alguno de los millones de turistas que caminan por nuestras calles; que tengas un primo en Hialeah o Alicante; un amigo que viaja porque es médico, académico, músico o funcionario”. Es decir, para enterarse, hay que recibir la información desde fuera. Con la que te suministran en el patio no te enteras de nada.

Hace algún tiempo, publiqué un texto donde se refrendaba la idea de que los cubanos somos, en buena medida, migranxiliados. Puede que abandonemos la Isla como emigrantes, pero nos tratan como exiliados. Hernández lo corrobora cuando afirma que a los que emigran “del lado de acá les han hecho pagar costos elevados, no solo en dinero. Se han sentido castigados, sujetos de prohibiciones y separaciones, obligados a pagar una multa personal que les resulta injusta y onerosa, solo por haber decidido probar fortuna en otra parte (…) se sigue cultivando insensiblemente entre muchos de los que parten un encono, cuyo costo rebasa todas las recaudaciones y contabilidades de corto plazo, porque deja una huella indeleble en las personas, y por lo mismo, en el cuerpo real de la nación. El precio de esa enemistad, naturalmente, es inestimable”. Es decir, que el gobierno cubano es la mayor fábrica de exiliados, no “la Mafia de Miami”.

Y admite que en la sociedad de los obreros y campesinos, “si fueras artista o escritor, no tendrías el dilema de quedarte aquí para siempre o irte para siempre. Podrías decidir trabajar afuera durante años, y finalmente regresar a tu lugar, para salir cada vez que quieras”. Lo que no explica es por qué en el paraíso del proletariado los artistas y escritores, esos desclasados que son, a lo sumo, compañeros de viaje (a Lenin me remito) disfrutan de prerrogativas que Eduardo Heras jamás habría gozado de quedarse para siempre en Antillana de Acero.

Y como “nada contribuye más a la educación política que viajar, conocer otras gentes y culturas, valores y creencias ajenas, palpar directamente y hasta experimentar los problemas de otros”, el Estado cubano está mutilando ex profeso la educación de sus súbditos al imponer restricciones a los viajes de los cubanos que nos diferencian diametralmente de otros migrantes de nuestros entorno, por mucho que quieran homologarnos.

Tras dieciocho años fuera de Cuba y disfrutando de los beneficios de la doble ciudadanía, siempre que alguien me pregunta, digo que soy cubano (me temo que lo seré para siempre) y español accidental. Y como cubano (más que como intelectual, si es que lo fuera) felicito a Rafael Hernández por su destape, aunque le recomendaría algo menos de cursilería en ese final donde le pide a su hipotético interlocutor “que no te vayas para siempre. Queremos que no partas del todo, y para asegurarlo, lo primero es poner un calzo para que la puerta siga abierta”, no sólo porque él mismo ha colaborado decisivamente con la sección de marketing de la fábrica de cerraduras, sino porque su argumentación, bien desglosada, es una base argumental para el exilio. Si yo fuese un joven cubano de veinte años y leyera su carta, ya estaría manos a la obra preparando la balsa. De donde se deduce que regresar de vez en cuando a los antiguos es siempre provechoso, como a Confucio y su aserto de que, con frecuencia, la máxima sabiduría es el silencio.

Así se evita incurrir en palabras de las cuales podríamos arrepentirnos: “mientras más jóvenes como tú salgan del país, menos será su presencia en cargos políticos; y si resides afuera no vas a poder votar ni mucho menos ocupar ninguna responsabilidad. Como ves, tu decisión de irte tiene hondas implicaciones también para los que nos quedamos”. Un modo patético de pedirle a los jóvenes que hagan lo que nosotros, los que nos fuimos y los que nos quedamos, no tuvimos la voluntad, la inteligencia, la honestidad o los cojones de hacer durante los últimos veinte, treinta, cuarenta años.

 

“El destape de Rafael Hernández”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/07/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-destape-de-rafael-hernandez-278468





Tejer la realidad

24 06 2012

Froilán Escobar

La última adivinanza del mundo

Editorial Universidad Estatal a Distancia (EUNED)

San José, Costa Rica, 2009, 152 pp.

ISBN 978-9968-31-716-0

 

Cuando contemplamos un Miró o un van Gogh, cuando leemos una obra de Carpentier o de Borges, podemos saltarnos la portada o la identificación del cuadro en el museo. Bastan una mirada o un par de párrafos para saber que estamos frente a un Miró, un van Gogh, un Carpentier o un Borges. Como monógamos empedernidos, ellos son incapaces de ser infieles a su estilo.

Y ese es el caso de Froilán Escobar. Quien haya asistido a su ya nutrida y sólida obra —Martí a flor de labios (1991), El monte en el sombrero, (1986, 1991), Ana y sus estrella de olor (1994), El cartero trae el domingo (1995), El patio donde quedaba el mundo (1997), y La vieja que vuela (1993, 1997), entre otras— se percatará en pocas líneas de que La última adivinanza del mundo es “un Froilán”.

Y el trazo de su pintura es el lenguaje. Este libro no transcribe, literaturizándola, el habla popular campesina de la Isla, como podría creer un lector no avisado. Froilán construye una oralidad a partir de su propia poética, recompone el idioma y consigue su efecto más perdurable en el orden morfológico y sintáctico, como ya ha apuntado acertadamente Carlos Manuel Villalobos. Una libertad de lenguaje y construcción sintáctica que se remonta al canon barroco, al Martí de los textos más intrincados y boscosos, a la tradición délfica de Lezama. El texto apela al oído del lector y consigue otorgar un protagonismo al idioma, tan apreciado por raro en la literatura que corre. Aquí el lenguaje es también argumento.

Pero este libro no es “un Froilán más”. La novela conjuga, en apenas 150 páginas, las cualidades que son ya un sello en su obra —lenguaje, imaginería popular, el medio rural y la naturaleza como personajes— con el flujo de múltiples tradiciones que han alimentado el canon de la cultura occidental.

Froilán Escobar nos permite asistir, a través de la mirada de su protagonista, a la campaña de Antonio Maceo en el Occidente de Cuba durante la última guerra de independencia (1895-1898). Pero no una epopeya estilizada y “limpia” donde sólo corra, y en las dosis recomendables por el marketing, la sangre suficiente y necesaria para no ofender al olfato del lector. Tampoco es literatura gore o derroche de violencia gratuita. La protagonista, que vive los combates sin vivirlos y muere en la retaguardia sin morir, presencia la carnicería y los desmanes, la heroicidad, el odio sin paliativos y la crueldad de una guerra donde ambos contendientes estaban dispuestos a jugarse la aniquilación para conseguir la victoria. Como dice el narrador-personaje: “Afuera, vivaqueando en la lejanía, sonaban los tiros de la guerra. Maceo apuraba la matazón. El mundo en que vivíamos está que estaba terminando”.

Una epopeya griega (o un patakín yoruba) donde participan los hombres y los dioses. En esta guerra que abolía el ayer pagando en cuotas de mañana, “veíase a Changó lanzando su piedra del rayo y a la noche pelearse con el chisporroteo. Trataba de cortarle el moño. De no dejar que se subiera la candelada para arriba. Pero ya los mambises cabalgaban momentáneo por cerca de Pinar del Río, haciendo arrecio de amago sobre la plaza”. Los dioses, como en la batalla de Troya, toman partido, combaten en el bando de las armas cubanas y cobran su óbolo en muertos al contado: “Changó tiraba su piedra del rayo, ¡busumbán!, desde arriba, y Oyá, más atrás, echaba la candela. Se soltaban a caer rayos. Era mucho el repetirse mismo de la muerte. Los Ikú no paraban: iban en un cobrarse la vida por todos lados. Era grande el reguero de los que caían sin saberse cuáles quienes eran ellos”.

Los dioses controlan como grandes estrategas el campo de batalla, juegan a la vida y la muerte. Por eso su presencia no es aquí ornamental, como en toda una literatura donde los cultos afrocubanos son mero folklore sustitutivo del culto positivista al futuro. Cuando la protagonista baña a Elegguá con malanga, cuando su madrina hace “ofrenda de frutas de pitahaya a los Ibeyi, los jimaguas sagrados”, cuando de su frente “le estaba brotado un paisaje que ofrendaba, ilé obba” no son ritos banales de cara al turista literario que aplaude, sino “adivinación de los agüeros ocultos”, lo que le permite conocer a la protagonista que su padre está en peligro y que sólo ella puede cambiar su suerte.

Y la definición de este narrador-personaje es otro de los grandes aciertos de la novela. Como Sasa Stanisic en su novela Cómo el soldado repara el gramófono, como James G. Ballard en El imperio del sol, o Elem Klimov en la estremecedora película Ven y mira, Froilán Escobar observa la guerra a través de los ojos de una niña que no sólo la presencia desde una distancia que queda abolida por la magia de la ficción, sino que padece en la retaguardia las iniquidades de un mundo sin ley con todos los ingredientes de la contemporaneidad —pederastia, violencia de género, impunidad, crueldad extrema y una miseria que es la implacable enemiga que no cesa, la heroicidad de los pobres—. “Mi mamá mencionaba, verbigracia: harina, ñame, o un compuesto cualquiera de lo que comíamos, ¿y qué quedaba detrás mismo de lo que decía? Nada. Un aire. La palabra, apenitas. Ni un más. Ni un ni. Ni siquiera un sabor de frijoles. Lo que la boca pronunciaba, la barriga carecía de tenerlo”.

De vuelta a la tradición griega, esta Penélope no teje y desteje a la espera, en este caso, del padre que ha ido a la guerra. La niña construye, tuerce, modifica los sucesos con su puntada. Su madrina le anuncia la inminencia de la muerte que ronda a su padre en la guerra y le advierte que sólo ella puede modificar su sino. Tiene que aprender a tejer, no para consolar la espera, sino para rehacer la realidad en cada puntada, para salvarlo de cada peligro. Tejiendo la realidad, la niña teje el camino de la salvación para su padre. “Lo real sólo empieza a existir cuando empiezo a tejer los hilos”, nos dice. Y anota: “esta tela se borda como lo que yo una vez viví. Con la primera puntada que meto, sin que yo dé fijo en creérmelo todavía, aparece la invasión en Paso Viejo, en los empiezos de la cordillera, con una recua traída de insurrectos que vienen.(…) Pero apenas doy el pespunte, ya están saliéndose de donde lo oculto donde estaban,  para resucitarse puestos aquí”.

Posiblemente el mayor hallazgo de esta novela es ese entretejer, nunca mejor dicho, la realidad invocada o construida y la realidad objetiva de la guerra a la que la protagonista no sólo asiste sino que la prefigura y tuerce los caminos de la vida y la muerte como un Elegguá que, equivocado de isla, hubiera ido a parar a Ítaca. “Estoy repitiendo su vivir, su ilé olódin. Doy todo rápido las puntadas para que aliste el jolongo y agarre al tiento el machete”.

En cierta ocasión, cuando amanece en la tela, el día que ella le regala a su padre a puntadas lo delata al enemigo. Entonces “se mete a esconderse en el monte. Yo en mi yo, tiemblo. No me alcanzan las hebras para tejer el derredor. No me alcanzan tampoco los ojos. (…)  Por tanto matorral el follaje, mi padre se me pierde de la vista. Tengo que desapretar los hilos para abrir ranuras que permitan entrar rayitos chiquiticos de la luz, con fin de distinguir su figura”.

Hasta un siglo después, las guerras no serían televisadas. La última adivinanza del mundo prefigura esa sintonía visual, pero, como en una web 2.0 o en un juego interactivo, el espectador-narrador-personaje compone los sucesos. Reacomoda la realidad desde la escritura, esta vez a puntadas sobre la tela.

Pero ninguno de esos artefactos verbales o argumentales escamotea (por el contrario, subrayan) la terrible textura de una realidad narrada con un verismo que la convierte en experiencia personal, cercana, para el lector. “El tiempo donde vivíamos los de acá, no se molestaba en irse para ningún lado”, dice la narradora recapitulando las terribles circunstancias de su vida. “La noche no sabe del tiempo. No tiene pasado, es un presente que no pasa. La noche dura en su eternidad. (…) Nadie se acordaba de los muertos que habían existido aquí. No estaban. No estábamos. No guardábamos memoria de que estuviéramos. Nadie de los enterrados aquí podía ser desenterrado para recordarse.  Vivíamos y moríamos en un oscuro”.

Si la narrativa actual se nos vuelve cada vez más anecdótica y cinematográfica (Hollywood y el best seller mandan, dictando una literatura “amable” de leer y tirar), este libro nos devuelve la epopeya.

El escritor portorriqueño Luis López Nieves escribió en 1984 su cuento “Seva”. El cuento comienza simulando ser una carta escrita por el autor a un periódico de San Juan, se habla de documentos que comprobarían que la invasión se produjo en verdad en mayo de 1898, no el 25 de julio, y que encontró una resistencia tan heroica en Seva que las tropas norteamericanas liquidaron al pueblo completo, instalaron sobre sus escombros la base militar Roosevelt Roads y construyeron en las inmediaciones otro pueblo, Ceiba, que existe realmente, para evitar una rebelión popular y trastocar la historia. Fue infructuoso que López Nieves intentase explicar que aquello era solamente ficción, porque “Seva” se convirtió en historia de inmediato y la gente comenzó a exigir justicia y esclarecimiento del pasado. Del mismo modo, sería infructuoso que Froilán Escobar intentara convencernos de que estamos frente a una ficción, que ésta no fue la guerra.

La poética de La última adivinanza del mundo nos conduce hacia ese espacio sin tiempo donde la palabra consigue crear una realidad que adquiere vida propia. A los lectores se nos concede la oportunidad de otorgar a estas palabras textura de experiencia personal, intransferible.

 

“Tejer la realidad”; en: La Nación, San José de Costa Rica, 24/06/2012