Dia 0

9 09 2013

(9 de septiembre, 2013)

Madrid – Pamplona – Roncesvalles

A Roncesvalles: 0 kms

A Santiago de Compostela: 760,81 kms

 

Pamplona no es la ciudad que aparece cada año en la televisión con sus calles pobladas de toros y de mozos que, con un inexplicable entusiasmo para cualquier extraterrestre que los vea desde la comodidad de su OVNI, corren delante, detrás y junto a los animales.

Es una ciudad cuidada, impecable, que conserva con mimo su casco antiguo. Una ciudad donde los árboles son una parte sustancial del mobiliario urbano. Yo no tengo nada contra los toros, ni contra la fiesta. Cualquiera podría poner reparos, no sin cierta razón, contra la muerte convertida en espectáculo. Pero, con argumentos no menos sostenibles, podrían otros criticar el asesinato intramuros, íntimo, sin glamour ni lentejuelas, de las vacas en el matadero. No creo que haya mucha diferencia entre la muerte pública y la violencia doméstica. Y la mayoría de los antitaurinos censuran las corridas de toros con la misma vehemencia que defienden el chuletón de buey. Una defensa en la que coincidimos. Tras esa salvedad, anoto que, a mi juicio, en términos de diseño, los toros son de un modelo estándar y repetitivo: el módulo básico consiste en cuatro patas, dos cuernos y un rabo distribuidos asimétricamente alrededor de media tonelada de músculos. Los árboles, en cambio, exhiben una diversidad vertiginosa: desde la sequoia a la palma real y del mangle al baobad.

Volviendo a Pamplona, un ejemplo del mimo con que han cuidado su espacio es la terminal de autobuses, desde donde ahora me dirijo a Roncesvalles: totalmente subterránea, lo único que emerge a la superficie es un cubo de cristal que permite ver a través de la estructura el espacio abierto de la ciudadela.

La carretera hacia Roncesvalles es tan peligrosa como la de Viñales, pero en perfecto estado. No corremos el riesgo de que el autobús, mientras intente eludir un bache, caiga en el bache de Dios.

Después de una hora y poco de continua subida (que mañana deberemos bajar a pie), llegamos a los 952 metros: la impresionante Colegiata de Roncesvalles con su iglesia, su albergue moderno para unos 300 peregrinos, que ya está lleno a nuestra llegada, de modo que me destinan a la litera 91 del albergue antiguo: un recinto de altas bóvedas donde se alinean en tres hileras 90 literas, para completar 180 plazas. En total, unos 500 peregrinos que mañana comenzarán a andar hacia poniente.

A mi izquierda, un matrimonio coreano muy protocolario. En la zona baja de mi litera, un cura de Ciudad Real, a la derecha, una joven canadiense que no habla ni una palabra de castellano, y debajo de ella, un bombero de Valencia.

Hay dos duchas para 90 peregrinos y apenas tengo que esperar veinte minutos. La limpieza de nuestras almas tiene mucho más quórum. Acudo a la misa dedicada a los peregrinos: la repetición de un rito pronunciado como una retahíla, sin demasiada emoción (una puesta en escena que se repite una y otra vez día tras día a lo largo de los años llega a ser inocua), salvo cuando le dedican una oración a alguien que ha muerto legando todos sus bienes a la Iglesia. El momento de la confraternización es emotivo: todos los fieles se dan las manos, se abrazan sin conocerse, como debería ser siempre, aunque suene peace&love, como más tarde la bendición al peregrino en una decena de idiomas. Cuando pasan el cepillo, incluso el ateo devoto colabora. Lo anterior me puede costar una reprimenda de mi hijo, pero, en justicia, no es correcto eludir el pago después de ver la función.

El menú del peregrino (nueve euros) se sirve en mesas de a doce, número apostólico donde los haya. En mi mesa coincidimos un joven vasco que parece la reencarnación de Carlos Varela, una pareja de madrileños, otra de italianos, mis vecinos coreanos, una peregrina de Toledo y los que me quedan al otro lado de la mesa, como quien dice en las antípodas. Cuatro botellas de vino para doce, primer plato, segundo y postre. Y conversación.

A las diez, como en la beca cuando era adolescente, se apagan las luces, se cierran las puertas del albergue y mañana será otro día, porque deberemos abandonar este refugio antes de las ocho. Al que madruga, Dios lo ayuda. Al que no, lo desahucian.

Por el módico precio de seis euros, hoy asistiré a la más espléndida sinfonía de ronquidos que he escuchado nunca, y descubriré una diversidad de registros, desde el sutil soplido hasta la motosierra, como jamás habría sospechado.


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