Los guerrilleros de Dios

6 06 2001

¿Quiénes son estos guerrilleros de nuevo tipo, que en nombre de Alá y de la Yihad, se enrolan en la batalla contra Satán, es decir, Occidente? ¿Quiénes son estos combatientes suicidas, que penetran a una discoteca forrados de explosivos, o se lanzan de cabeza contra torres civiles a bordo de aviones civiles repletos de pasajeros? La imagen que imperaba hasta hoy entre los ciudadanos comunes de Occidente, es la de fanáticos semianalfabetos y harapientos, imponiendo leyes medievales en Afganistán. Hoy sabemos que hay pilotos, estudiantes de tecnología en Alemania, que justo antes de desatar la barbarie, bien podrían pasar por personas comunes y corrientes.

Al igual que el arte, el Islam, y cualquier otra religión, tienen múltiples lecturas. Vale recordar hoy que muchas religiones han adolecido de fundamentalismos excluyentes. Los herederos de los cristianos que un día fueron arrojados a los leones, se encargaron  siglos más tarde de encender las hogueras donde la disidencia, la herejía, o simplemente lo incomprensible y lo diferente, fueron convertidos en cenizas.

Si leemos de buena fe los libros fundacionales, no hallaremos en ellos nada incompatible con un mundo plural y democrático. Si efectuamos una lectura intencionada, cualquiera de esos textos puede servir de apoyo a la intolerancia y la barbarie. No obstante, resulta difícil comprender que una cultura que, en medio de la tiniebla medieval cristiana, hizo florecer Al-Andalus, produjo a Maimónides, Avicena y Averroes, pueda dar cobertura ideológica a los inquisidores de Alá.

Ahora bien, ¿se trata de una tendencia más o menos extendida en el mundo islámico, o del subproducto indeseable de la recuperación de la identidad?

Durante la segunda mitad del siglo pasado, como parte del proceso de descolonización, vimos caer al anacrónico Sha de Irán ante  el empuje de una sociedad civil liderada por el Ayatolá Jomeini, quien aunó a todos, hasta que hubo alcanzado el poder, momento en que dejó claro su monopolio del discurso islámico y empezó la purga. Sus adeptos de las clases medias, que pretendieron utilizar al Ayatolá como herramienta para destronar al Sha, y después desecharlo, se vieron de pronto en la planta de reciclaje islámico.

Tras la invasión soviética a Afganistán, es Zbigniew Brzezisnki quien asesora a Carter para emplear a los islamistas radicales como fuerza de choque, surtiéndolos de armas y entrenamiento a través de Pakistán. Se usan mutuamente: Estados Unidos emplea a los talibán contra los soviéticos. Los talibán emplean a Norteamérica para alcanzar el poder. Una vez conseguida la retirada rusa, los talibanes proclaman la Yihad, que empieza cebándose en el propio pueblo afgano,  y Norteamérica observa a sus antiguos aliados con repugnada indiferencia.

En contra de quienes persiguen la redención socio-cultural por el islam, frente a la masiva presencia de la cultura occidental, pero al mismo tiempo coinciden en los postulados de prosperidad económica y democratización, los talibenes facturaron un islamismo hermético, escolástico, basado en una palabra divinizada a la que sólo cabía obedecer. Un islamismo manu militari, para convocar la obediencia ciega (hasta el suicidio) en una guerra; inoperante para la conducción de una sociedad civil, razón por la que 5 millones de afganos han optado por el exilio. Un fundamentalismo que, por otra parte, no desdeña los misiles inteligentes, la telefonía vía satélite y la más sofisticada ingeniería financiera para hacer circular en silencio sus fuentes de ingreso.

El éxito de la violencia en Afganistán condujo a movimientos equivalentes en Argelia y Egipto sobre todo. Pero en estos países los fundamentalistas no contaban con el aval del éxito frente a la invasión soviética; y una extendida clase media, cercana a Occidente en muchos de sus presupuestos políticos y económicos, actuó como barrera de contención.

Entre los suníes de Egipto las clases medias no se incorporaron al movimiento fundamentalista  y deploraron el asesinato de Anuar el Sadat, condenando al movimiento a nutrirse, casi exclusivamente, de los sectores más desfavorecidos.

En Argelia, el FIS, tras ganar las elecciones, anuladas por el ejército con el beneplácito de Occidente, se ha ido consumiendo en luchas internas, ha perdido adhesión de las clases medias, en buena medida por las declaraciones radicales de Alí Bel Hach, en el sentido de desembarazarse de todo lo europeo una vez conseguido el triunfo; además de haber sido sometidos a una represión equivalente en barbarie a sus actos terroristas, pero de signo opuesto. La balanza  de los terrorismos. Eficaz, pero ¿moral?

Lo más significativo fue que, frente a un mundo globalizado, donde la riqueza de los ricos es mostrada diariamente a los pobres por la televisión, un mundo donde conviven alta tecnología y economía de supervivencia,  jóvenes musulmanes desde Marruecos hasta Asia, se dejaron seducir por la formulación de un islam redentor, por la cultura de la violencia que tan buenos resultados estaba dando en Afganistán. Miles de voluntarios se enrolaron en esta guerra santa, y fueron entrenados como combatientes kamikatzes. La miseria, la desesperación, la falta de expectativas, fueron el caldo de cultivo. Y en Oriente Medio, la fábrica de suicidas queda exactamente entre la intolerancia y el terrorismo de estado practicado por Israel, y la corrupta inoperancia de la OLP. Y justo debajo de la aparente mediación norteamericana, y su efectivo apoyo a Israel.

A pesar de todo ello, el analista francés Gilloes Kepel, en su libro La Yihad. Expansión y declive del islamismo, publicado hace algunos meses en Francia, anota que los fundamentalismos comienzan a perder poder de seducción. Las razones, según él, son varias: la información, la práctica del poder, la globalización.

Los medios de comunicación han irrumpido en el mundo islámico con gran fuerza. Se ven los noticiarios de todo el mundo vía satélite. Jezira, una emisora de Qatar, ofrece un espectro amplísimo de opiniones, lo cual es perturbador para totalitarismos políticos y religiosos, y crea en las nuevas generaciones una posibilidad que hace apenas unos años era impensable: la posibilidad de elección ideológica. Los enormes movimientos migratorios, las culturas híbridas e Internet, van creando una poliédrica cultura global, que aún vista desde la óptica islámica, se aviene mal con “purismos” de cualquier signo. No es raro que músicos “impuros” sean víctimas del FIS, y que los jóvenes bailen con música iraní “Made in Los Angeles”.

La práctica del islamismo en el poder ha sido otro factor de decepción: Irán, Sudán, y sobre todo Afganistán, son ejemplos claros de que cierto modo de trasvasar las supuestas “leyes de Dios” al gobierno de los hombres, sólo consigue hacer más pobres y más infelices a las personas. Por eso no es raro que el aperturista Jatamí haya ganado por segunda vez las elecciones en Irán, a pesar de las enormes limitaciones impuestas por los “ortodoxos” para la puesta en marcha de las reformas.

¿Se trata entonces de un movimiento en vías de extinción? Pudiera decirse que sí, en términos estratégicos. Pero deberemos decir que no, en lo inmediato.

Mientras se mantenga estructurado, y con todas sus ramificaciones internacionales, el ejército suicida creado a partir de la guerra afgana, no se descarta el ejercicio del terrorismo a gran escala. Y no se trata de una recua de palurdos: jóvenes fanáticos (instruidos o no) de diferentes países, han sido captados por una fe que no resiste disenciones, una fe unidireccional (qué fácil de entender, qué adolescente).

Mientras se mantenga vivo el conflicto de Oriente Medio, y los palestinos sean condenados a ser un pueblo sin país, habrá mártires de la fe y de la causa, dispuestos a viajar derecho al Edén, llevándose por delante a cuantos más, mejor. En una sociedad fracturada por  el odio, sin esperanza, empobrecida; los mártires contarán con el respeto de la comunidad, y sus familiares serán recompensados con una pensión vitalicia.

Por último, mientras se mantengan las enormes diferencias estructurales que asolan el planeta, éstos u otros guerrilleros de Dios, de cualquier Dios, continuarán amenazando los símbolos de la hegemonía, el poder y el confort de Occidente. Frente a los satélites y los misiles guiados por láser, apuestan dos armas difíciles de neutralizar: sus propias vidas, inmoladas siempre que haya ganancia numérica, y su total falta de escrúpulos. Esto último merece explicación: para ellos una oficinista norteamericana o un joven judío en una discoteca, no son civiles inocentes, sino judíos o norteamericanos, partículas del Gran Satán. Y Occidente tendrá que enfrentar a ese enemigo sin caer en la tentación de incurrir en su juego macabro.

¿Es necesaria una coalición internacional contra el terrorismo? Sí. Y la razón es muy sencilla: ya existe una entente internacional del terrorismo. Fundamentalismos  nacionales o religiosos se ponen de lado cuando se trata de emplear las facilidades de la globalización: expertos del IRA residentes en La Habana instruyen a la guerrilla colombiana, seudoperiodistas marroquíes despedazan al líder de la oposición afgana, las armas de Europa Oriental terminan en campos de entrenamiento del desierto afgano, hacia donde han acudido  adeptos captados en todo el mundo islámico; y (se sospecha) capitales de países que reiteran su amistad con Occidente, fluyen (bajo presión o voluntariamente) hacia las imbricadas redes financieras del terror. ¿Son ellos representativos del espíritu de los islamistas en todo el mundo? No. Son, decididamente, la excrecencia enfermiza. Por eso es importante distinguir la batalla contra el terrorismo, de una batalla contra el otro, empezando por el Islam. Pero  no bastará extirpar el tumor a punta de bisturí, mientras el paciente siga fumando los humos letales de un mundo para todos dividido.

 





La espiral infinita

5 06 2001

 

Era un joven como cualquier otro. Llegó a la discoteca, en el Paseo Marítimo de Tel Aviv, el viernes primero de junio, a las once de la noche. En medio de la multitud de quinceañeros, se disponía a entrar. Una muchacha le preguntó si venía a bailar, y él afirmó con la cabeza mientras sonreía levemente. Era un joven como cualquier otro. Con una pequeña diferencia: por el contrario que el resto de los adolescentes, él sí conocía el resto de su vida. Sabía que en breves minutos sería mártir. En el momento de activar el detonador, quizás ni siquiera viese a los diecinueve muertos que en unos segundos rodearían su propio cadáver destrozado, quizás su mirada estaba fija en el instante triunfal que seguiría a la explosión: el instante en que Alá lo acogería en sus jardines para siempre.

Un hombre se parapeta como puede, trata de proteger al hijo con su propio cuerpo. De pronto el niño se quiebra. Una bala israelí ha reducido a diez años su esperanza de vida. La imagen da la vuelta al mundo, convoca el pavor de todos los padres que, por un instante, nos sentimos en su lugar, impotentes ante la bala que no logramos detener.

Seis meses de la segunta Intifada han arrojado ya casi un millar de víctimas. Cincuenta años de conflicto, cientos de miles. Dos milenios de destierro, millones.

Una vez los judíos fueron condenados a vagar por el planeta llevando en el equipaje sus antiguas palabras y la añoranza de una patria donde no fueran huéspedes. En 1949, graciosamente, la Gran Bretaña obsequió un país a los judíos. No era un trozo de la verde Inglaterra. Los británicos obsequiaron al pueblo judío un país con habitantes y todo: Palestina. De todas partes del mundo acudieron los judíos a fundar una patria: la tierra prometida. Hacia todas partes del mundo se dispersaron los palestinos: un pueblo sin país que conserva la patria en la geografía intacta de la memoria.

En 50 años, Israel se ha convertido en un pequeño gran país: ha labrado el desierto y creado el mayor polo de desarrollo al sur del Mediterráneo. Un pequeño país que suple su inferioridad numérica con el ejército más moderno de Oriente Medio. Ha librado y ganado guerras. Ha conquistado territorios. Ha colonizado el país asentamiento tras asentamiento. Un proceso que ha discurrido a través de guerras frontales o tangenciales, creación de “zonas de seguridad”, matanzas de refugiados palestinos, operaciones de castigo y terrorismo de Estado. En 50 años, el pueblo palestino ha intentado recuperar un país con todos los medios a su alcance: guerras frontales en cooperación con sus hermanos árabes, guerra de guerrillas, intifada, terrorismo dentro y fuera de las fronteras. En 50 años, como ya es costumbre, por cada militar muerto en combate, se amontonan decenas de civiles.

¿Quién tiene la razón en esta guerra sin guerra, que es ya la guerra más larga?

Ambos. Ninguno.

Estados Unidos ha apoyado decididamente a Israel. Tecnología y armamento. Veto a todo intento de sanciones por parte de la ONU. Renuencia a que las instituciones internacionales intervengan en el conflicto. Los países árabes, el antiguo campo socialista, Cuba, China, apoyan a la OLP, cuya existencia sería imposible sin financiación externa. Europa mantiene excelentes relaciones comerciales y culturales con Israel, sin ocultar su simpatía por la causa palestina. En las preferencias de cada uno se mezclan motivaciones morales y estratégicas, intereses económicos y política de corto alcance. Y no es raro que ambas piezas del tablero, sean subterfugios que ocultan devociones y odios mayores. Como de costumbre, mueren los peones, no los ajedrecistas.

Durante cuarenta años, los palestinos negaron la existencia de Israel. Su propósito era erradicar el nuevo-viejo país y reconquistar la tierra que les pertenecía. Un hito en esta historia fue el instante en que Yaser Arafat aceptó lo inexorable: Israel existe y seguirá existiendo. Pero al mismo tiempo reivindicó una realidad de la que hasta ahora se han desentendido los mandatarios judíos: Palestina también existe. La memoria histórica es frágil: el pueblo perseguido ayer, es hoy perseguidor; el pueblo sometido a la diáspora, se niega hoy al regreso de los palestinos dispersos por el planeta.

El último atentado del viernes tensa al máximo la cuerda. El polvorín de mecha lenta puede convertirse en un polvorín de mecha rápida. Por primera vez Arafat condena un atentado terrorista y la matanza indiscriminada de civiles, decretando, bajo presión israelí, un alto al fuego incondicional, al que se niegan sus propios partidarios. Al Fatah, Hammas y la Yihad Islámica persisten en su propósito de librar contra Israel una guerra santa que no excluye métodos ni descarta enemigos, hasta la liberación de Palestina. Un sondeo del Centro Palestino de Opinión Pública indica que entre los palestinos el 34,4% apoya el alto al fuego, el 49,1% se opone y el 16,5% se abstiene. Ariel Sharon, quien dictara un alto al fuego violado reiteradas veces, promete una respuesta contundente que tampoco excluye métodos ni descarta enemigos.

Israel presiona a Arafat para que sean encarcelados los dirigentes de las organizaciones islámicas que fraguan los atentados suicidas. Precavidamente. muchos de ellos ya han pasado a la clandestinidad. El propio Arafat se encuentra confinado en Ramala, ciudad cisjordana 15 kms. al norte de Jerusalén, imposibilitado de usar el aeropuerto de Gaza. Israel divide Cisjordania y bloquea el acceso a decenas de miles de trabajadores, cuya única fuente de ingresos se encuentra en territorio israelí, amenazando a los palestinos con el colapso económico. La lógica del conflicto indica que a partir de este punto, hay dos caminos: la solución razonable o la tragedia.

¿Serán capaces palestinos e israelíes de concertar una solución definitiva que pase por la creación del Estado palestino? La presencia de Sharon y el alza de las organizaciones islámicas no presagian un acuerdo razonable. ¿Puede la ONU hacer oídos sordos a la solicitud palestina de intervención internacional o plegarse a la oposición israelí, mientras continúa la construcción de asentamientos, y con ello la expansión del odio? ¿Puede la comunidad internacional observar de brazos cruzados la escalada del conflicto? De hecho, ha podido durante medio siglo. Sólo que hoy la llamada soberanía nacional no es una coartada invulnerable. La autoridad moral de los organismos internacionales está en juego. De ello depende su credibilidad futura, o el descrédito de un sentido internacional de la justicia, tantas veces anunciado.

“La espiral infinita”; en: Cubaencuentro, Madrid,  5 de junio, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/06/05/2585.html.

 





Un icono del siglo XX

1 06 2001

Aquel 5 de marzo de 1960, un frío inusual batía La Habana. El día anterior, 136 hombres habían sido despedazados, al explotar en los muelles el buque La Coubre, que transportaba armas desde Bélgica. Otro frío, el de la muerte, flotaba sobre los asistentes al sepelio. En la tribuna, además de Fidel Castro, que haría la despedida, se encontraba, en un segundo plano, Ernesto Che Guevara. La muerte retórica también estaba en el aire: ese día se escuchó por primera vez la consigna «Patria o Muerte» que escucharíamos desde entonces como despedida macabra en cada discurso de FC.
A ocho o diez metros de la tribuna, cubría el suceso Alberto Díaz Gutiérrez, Korda, fotógrafo del diario Revolución. Enfocó el lente de 90 mm de su Leica y observó, a través del visor, al Che, que se había detenido junto a la barandilla, cercano a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, para contemplar la multitud. El cuello alzado del abrigo, la melena escapando hirsuta de la boina con la estrella, la barba rala, el gesto adusto, la mirada (¿extraviada o concentrada?) en algún lugar del infinito. En menos de un minuto, Korda atinó a disparar dos veces su cámara. Inmediatamente, el Che se retiró a la segunda fila. Uno de aquellos negativos sería el más importante de su vida. La de ambos. Aunque, según Korda, sus encuentros con el Che fueron ríspidos y el retratado jamás vio la foto que ilustraría su leyenda.
Cuarenta y un años después de aquel suceso, a los 72, Korda ha muerto en París, mientras preparaba una exposición. Sus restos, repatriados a la Isla, han sido despedidos con toda solemnidad por el presidente de la UNEAC, en presencia de Fidel Castro.
Habiendo cursado estudios comerciales y ejercido diversos oficios hasta su establecimiento como fotógrafo publicitario y de modas, Korda, durante los sesenta, junto a Corrales, Salas y Liborio, se convirtió en uno de los más emblemáticos cronistas gráficos de la revolución. Suyas son varias fotos muy conocidas, como la de Fidel Castro y Camilo Cienfuegos entrando a La Habana sobre un tanque –con una fina intuición artística, política o ambas, de Hubert Matos sólo quedó en la foto el arma y una mano–, la del Quijote de la farola –un campesino que trepó hasto lo alto de una farola en una concentración– o la foto hierática de Fidel Castro en la Sierra, desechada por Korda, pero magnificada por Hoy, y más tarde empleada profusamente en un cartel de la UJC. Suyo fue el reportaje de la visita de FC a la Sierra, donde intimó con el líder cubano, a quien acompañó como fotógrafo personal en diferentes viajes.
Más tarde, se dedicó a la fotografía submarina en la Academia de Ciencias y se le concedió la Distinción por la Cultura Nacional (1982).
Ya en los 90, reivindicada su autoría de la famosa foto, expuso en diferentes países de Europa y América y recibió la Orden Félix Varela (1994). Fotografías suyas de los sesenta engrosan prestigiosas colecciones, como el Archivo de la Comunicación de Parma, la Roy Boyd Gallery de Chicago, el Consejo Mexicano de Fotografía y la Fototeca de Cuba.
Aquel día de 1960, una vez revelado el rollo, Korda entregó la foto al periódico, pero nunca fue publicada. Siete años después, en el verano de 1967, con una nota manuscrita de Haydée Santamaría como presentación, le visita el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, conocido por haber sacado de la URSS y publicado, el manuscrito de El doctor Zivago. Había llegado a La Habana directamente desde Bolivia, donde tuvo contacto con Regis Debray, y conocía la presencia del Che en la guerrilla, cuya situación presagiaba desastre.
Korda le obsequió dos copias de la foto. Tres meses más tarde, al conocer la muerte del Che, Feltrinelli, con un envidiable olfato de empresario comunista, imprimió la foto en un cartel de 70 x 100 cm, firmado con su nombre por todo copyright. Korda afirmaba que vendió entre uno y dos millones de ejemplares en unos meses, a razón de cinco dólares cada uno. La denuncia de los derechos de autor en Cuba como una práctica capitalista que debía ser obviada, garantizó la impunidad del editor italiano y la indefensión de Korda.
Recuperados sus derechos sobre la foto en los 90, Korda se ha querellado contra una firma de perfumes y con la empresa de publicidad británica Lowe Lintas y la firma Rex Features, acusadas de uso indebido de la foto para promocionar el vodka Smirnov, algo que según el fotógrafo, atentaba contra la imagen del Che. La fuerte indemnización, según él, sería destinada a la compra de medicamentos para el pueblo cubano.
Afirmaba tajante: «no fui guerrillero ni peleé en la Sierra, pero supe ganarme la confianza de un hombre como Fidel Castro (…) privilegios que le debo a la vida y que no se pueden comparar con todo el oro del mundo».
No obstante, la personalidad del Korda amante de las mujeres hermosas y los alcoholes selectos, con su cigarrillo siempre a mano, se aleja del ideal estoico de su retratado más famoso, de los votos de pobreza y la renunciación como sistema. Por eso no es raro (ni censurable) que aprovechara la recuperación de sus derechos para disfrutar las ventajas del ayer denostado copyright burgués y recorrer el mundo exponiendo su obra; aunque mantuviera su fidelidad al Comandante en Jefe y a la retórica de la abstinencia.
¿Fue Korda un gran fotógrafo del siglo XX? A pesar de que aprecio ese uso tan personal de la luz natural en sus fotos o la oportunidad de sus instantáneas (y la oportunidad no es casualidad, sino trabajo, paciencia y mucho oficio), no me corresponde afirmarlo o negarlo. Otros más versados que yo juzgarán su obra. Pero es indiscutible que, cuando cualquier ser humano, desde cualquier perspectiva, recuerde a Ernesto Che Guevara, la imagen que aparecerá automáticamente en su memoria será la que Korda vió aquel día de 1960, por el visor de su Leica. Una imagen que ya consta entre los iconos del siglo XX y que es, posiblemente, la imagen más perdurable en medio siglo de historia cubana. Por todo ello, que es más de lo que la mayoría de los hombres obtienen en una vida cumplida: Descansa en paz, Alberto Díaz Gutiérrez, alias Korda.





El poder relativo

31 05 2001

Después de la aplastante victoria electoral, durante las pasadas elecciones del 13 de mayo, de Silvio Berlusconi, máximo exponente del dinero y de la derecha en Italia, algo que no se veía desde la época de oro de la democracia cristiana, anoche se dieron a conocer unos resultados diametralmente opuestos en las elecciones municipales, donde el electorado italiano designó a los alcaldes de las principales ciudades.
Sólo una ciudad de primer orden en Italia, Milán, ha quedado en manos de la derecha, al conservar Gabriele Albertini su puesto. La coalición de centroizquierda El Olivo, contra muchos pronósticos (Berlusconi y su coalición también gobierna las principales regiones del país), ha mantenido las alcaldías de Roma, Nápoles y Turín. Como nuevo alcalde de Roma, con el 52,5% de los votos, se mantiene Walter Veltroni, secretario general de los Demócratas de Izquierda (ex-comunistas). Triunfo importante que le da un respiro para el proceso de reorganización en que está enfrascada la izquierda italiana. En Nápoles, el puesto lo ocupará la ex ministra del Interior democristiana Rosa Russo Jervolino (El Olivo), con el 52,9% de los votos. Y el nuevo alcalde de Turín, con el 52,8%, será Sergio Chiamparinode.
Al otro lado del mar, mientras el equipo de Bush negociaba una reducción de impuestos que se eleva a 1,3 billones de dólares, se ha producido un importante cambio en la correlación de fuerzas del senado: el senador republicano James Jeffords abandona la nave y se decide a ir como independiente, al tiempo que Tom Daschle ascendía como nuevo líder de la mayoría demócrata. Se prevee que muchos comités cambien de presidente ante la nueva correlación.
Curiosamente, el recorte de impuestos salió adelante gracias al voto a favor del senador demócrata Baucus, del Estado de Montana, incluso contra la opinión de su partido.
Todos sabemos que una nación es un pacto entre tendencias, facciones, intereses con frecuencia contrapuestos, que halan en diferentes direcciones la política del país, cuya historia inmediata no es sino la suma vectorial de esas tendencias. Algunos defienden las mayorías absolutas que suelen generar gobiernos fuentes, capaces de poner en práctica sus programas sin cortapisas. Yo respeto esas mayorías, siempre que sean fruto de la libre voluntad de los electores; pero prefiero las mayorías relativas, los gobiernos formados a partir del compromiso entre diferentes fuerzas. El arte del consenso, la voluntad de compromiso, suelen ser más sabios y representativos de la voluntad de los electores que el ejercicio estricto de la mayoría absoluta, un abuso numérico que con frecuencia se traduce en un puñado de votos.
Si algo define a la política no es el mero ejercicio de la demagogia, la retórica o el usufructo del poder visto como botín, sino el arte de la negociación, la necesidad de alcanzar ese justo equilibrio que, tanto en la sociedad como en la física atómica, aspira a la estabilidad.
Está demostrado que en una discusión los seres humanos dedicamos más tiempo a pensar nuestras respuestas que a escuchar las objeciones del prójimo (sobre todo si es un prójimo no tan próximo); está demostrado que la mayoría absoluta es el sueño de todo político, y la verdad absoluta, la aspiración de todo ideólogo. Pero, por suerte, la praxis cotidiana nos demuestra que la verdad es una aproximación que sólo se consigue sumando algebraicamente sus diferentes versiones; la ideología, una ecuación complejísima que tiene múltiples soluciones y ninguna irrebatible, y el buen gobierno no es otra cosa que el pacto social entre políticos de diverso pelaje, vigilados por la voluntad de sus pueblos. Los políticos saben que a más tardar en cuatro años los anónimos electores recuperarán el poder que les han otorgado en préstamo. Bastará que muevan hacia arriba el pulgar para garantizar su supervivencia, o que apunten a la arena del circo para condenarlos a la jubilación. Quines practican el arte de la negociación suelen pasar la prueba del pulgar con más éxito. Sobrevivir intacto a la mayoría absoluta es más difícil.
“El poder relativo”; en: Cubaencuentro, Madrid,  31 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/31/2510.html.





Mil millones de razones

25 05 2001

Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en información publicada por el diario El País, los emigrantes latinoamericanos enviaron el año pasado, desde Estados Unidos a sus países de origen, 23.000 millones de dólares, que equivalen a un tercio del total de capitales extranjeros que ingresan al sur del Río Bravo, superando al total de la ayuda exterior. De esta suma, el primer lugar corresponde a México, con 6,800 millones de dólares, seguido de Brasil (1,900) y República Dominicana (1,750). Y en países como Haití, Nicaragua, El Salvador, Jamaica, Dominicana y Ecuador, las remesas familiares superan el 10% de su producto interno bruto. Se estima que en diez años las remesas a Latinoamérica podrían alcanzar los 300,000 millones.
Estos cálculos no incluyen los aproximadamente 1,000 millones de dólares que los exiliados cubanos remiten a sus familias. Suma que tiene un enorme peso per cápita, si lo comparamos con los 1,900 millones de Brasil, y es decisiva en el balance de nuestra economía, por encima de sectores tradicionales como el azúcar o el tabaco y superada, exclusivamente, por los ingresos del turismo.
Tal como analizaba Monreal en un esclarecedor artículo publicado en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, el mayor logro económico de la Isla en estos 40 años, ha sido la emigración. No sólo porque el emigrante es, con mucho, el trabajador cubano más productivo, sino porque, proporcionalmente, y sólo por concepto de remesas familiares, es el que más divisas per cápita aporta al país. A esto se suman desembolsos por concepto de viajes, renovación de pasaportes, visados, visitas de familiares y los pagos de las correspondientes tasas, más un monto indeterminable en bienes entregados, directamente y que no sólo palian las dificultades inmediatas, sino que, con frecuencia, constituyen medios para el ejercicio de actividades económicas a pequeña escala.
Es evidente que una parte importante de las remesas familiares, recibidas en Latinoamérica, se destina al consumo, lo que indirectamente contribuye al crecimiento de industrias locales. Pero no es nada despreciable la proporción que se destina a la creación y mantenimiento de pequeñas empresas, adquisición de medios de producción y, en general, al crecimiento del tejido económico de las naciones receptoras. A eso se añade la emigración eventual, cuyo propósito es la acumulación de un capital en el país de destino, para su posterior inversión en pequeñas o medianas empresas en el país de origen.
A diferencia de otros países de nuestro entorno, en Cuba se establece, por decreto, que estas remesas tienen un solo destino: el consumo. Al ser la actividad comercial un monopolio del Estado (si descontamos el pequeño sector privado y la omnipresente bolsa negra), quien impone sus precios con un alto margen de beneficio, ajeno a toda competencia; es el Estado, en última instancia, quien recibe la proporción más significativa de estas remesas.
El resto de los emigrantes latinoamericanos, salvo excepciones, no mantienen una situación de beligerancia con los gobiernos de sus respectivos países, a los que pueden viajar libremente o reinstalarse allí si lo desean y, en muchos casos, ejercer sus derechos electorales desde el país a donde han emigrado. En contraste, la emigración del cubano ha sido investida de carácter político e implica un acto de beligerancia –sea económica, política, o una mezcla de ambos–. Por tanto, le está vedado el regreso e incluso para visitar el país donde nació, requiere la autorización de las autoridades, perdiendo, en el mismo acto de la partida, sus exiguos derechos civiles.
Se dan así varios contrasentidos: El emigrante subvenciona al Gobierno que lo declara enemigo. El Gobierno fomenta el repudio social hacia quienes aspiran a convertirse en sus trabajadores más productivos y practica un discurso agresivo hacia su segunda fuente de ingresos: el exilio encabezado por Miami. Sospecho que a ningún empresario del turismo se le ocurriría incluir en sus promociones de primavera, ofensas hacia los presuntos turistas, aunque estos acudan atraídos por la oferta sexual, o sean catalogables como «enemigos ideológicos». El turista es libre de adquirir o no el servicio que se le ofrece y elige entre diferentes opciones. El aporte de la emigración no goza del mismo grado de libertad: está dictado por el sentido del deber filial, ante las penurias que padecen los suyos. En esas circunstancias, el Gobierno puede cobrar impunemente el impuesto al amor, que se materializa en tasas consulares exorbitantes y precios abusivos de los productos que se venden en las tiendas (cuyo propósito explícito no es prestar un servicio, sino «recaudar divisas»).
El Gobierno declara que el fin último de esta recaudación, es la redistribución social de la riqueza. Es decir, la adquisición de productos que más tarde se venderán a precios subvencionados mediante la libreta de (des)abastecimiento, recursos para la red hospitalaria o educacional, etc. Beneficios que alcanzarán a toda la población del país y no exclusivamente a los que tienen familia en el extranjero. Justificando así, socialmente, los enormes márgenes de ganancia. Es imposible determinar qué proporción de lo recaudado se destina a este fin, pero no hay dudas de que otra parte se dedica a apuntalar el ineficiente tejido productivo e incluso al mantenimiento del extenso aparato militar y político.
Aunque su retórica insiste en defender la centralizada economía estatal, el propio Gobierno admite, tácitamente, la superioridad de la empresa privada o al menos la práctica de un capitalismo de Estado, que actúa de acuerdo a los principios del mercado. Las empresas mixtas, la inversión extranjera o la incipiente introducción de mecanismos «capitalistas» en la empresa estatal, son una evidencia más demoledora que cualquier discurso. A pesar de las limitaciones impuestas al pequeño sector privado, su eficiencia y su competitividad son tan nocivas como ejemplo, que el Gobierno, incapaz de neutralizarlas en el campo de la libre competencia (a pesar de sus ventajas), intenta asfixiarlas mediante impuestos abusivos y una política de acoso, a las que no sobrevivirían ni una semana las empresas estatales.
Un discurso reciente de Raúl Castro afirmaba que nada cambiará tras la desaparición de su hermano. No obstante, incluso la cúpula sabe que todo cambiará y que, tanto en lo económico como en lo político, el país se insertará en el concierto de las naciones de su entorno. Ello implicará, por supuesto, una economía de mercado. Salvo una parte de la nomenclatura cubana, que se está posicionando, desde hace años, en la empresa seudoprivada en previsión del cambio, la población de la Isla se enfrentará en franca desventaja a la irrupción súbita de los mecanismos de mercado. Las trabas políticas impuestas hoy al ejercicio empresarial de los nativos, le condenan el día de mañana a un único destino: vender su fuerza de trabajo y, seguramente, no a precios suecos o norteamericanos.
La excusa de que los ciudadanos no disponen de capital, por lo que permitirles sin cortapisas el ejercicio empresarial privado, sería pura retórica, es algo que las cifras desmienten. Mil millones de razones serían suficientes para la creación de pequeñas y medianas empresas, la liberalización de la iniciativa, el incremento global de la productividad y la drástica disminución de los plazos (que hoy parecen eternos) para que el país salga de la crisis; ahorrando sufrimientos a la población e insertando al país en los mecanismos reales de la economía mundial. El pueblo no sólo accedería en mejor situación a los cambios futuros, sino que, hoy mismo, estaría en condiciones de invertir su iniciativa y su talento en buscar salidas personales a la penuria, sin ser condenada al status actual de receptor pasivo de la caridad familiar. Los exiliados no verían las actuales remesas como un mero deber solidario, sino como una inversión de futuro, lo que posiblemente incrementaría su monto anual.
Sólo tres serán los afectados por una liberalización de este orden: el capital extranjero, que actúa hoy para un mercado cautivo y sin ninguna competencia nacional. La nomenclatura instalada en un pre-capitalismo controlado, que deberá vérselas con la competencia de sus compatriotas. Y la cúpula de la cúpula, cuyo monopolio absoluto del poder se verá menguado por la independencia económica de, al menos, una parte de los súbditos.
El capital extranjero podrá aprovechar una circunstancia como ésa, disminuyendo costes al comerciar in situ con diferentes factores económicos, estatales o privados, en condiciones de libre concurrencia. La nomenclatura pre-instalada sólo verá convertida su ventaja absoluta en una ventaja relativa.
Dados los años de vida que podrían quedarle a Fidel Castro, en el más optimista de los pronósticos, es difícil que una apertura como ésta erosione tanto los pilares de la autoridad absoluta, como para hacer inviable su ejercicio. Condicionaría quizás el efecto movilizativo (al menos el aparente) del discurso, disminuiría el éxodo, ablandaría el control. Pero, difícilmente, su efecto sea catastrófico para el poder a corto plazo. Y, por puras razones biológicas, el máximo líder debería comprender que ha llegado la hora de pensar a corto plazo.
No confío en que una reflexión como ésta fructifique en las altas instancias. El poder absoluto durante casi medio siglo, suele ser impermeable a toda relativización. Difícilmente un argumento como el bienestar de los ciudadanos, será capaz de moderar la adicción crónica al poder absoluto. Pero creo que Fidel Castro debería considerar un argumento que sí le interesa: su lugar en la historia. Algo que no conceden las enciclopedias, sino la memoria de los pueblos.





¿Escudo o estrella?

22 05 2001

Cien mil millones de dólares es el costo estimado del escudo antimisiles propuesto por el presidente norteamericano George Bush. Aunque todavía están en veremos tanto el costo real como su viabilidad tecnológica.

La versión 2001 de la Guerra de las Galaxias consiste en un sistema de once satélites dotados de sensores infrarrojos, desplegados en varias órbitas, que detectarán los presuntos misiles atacantes, y con la ayuda de radares de última generación, distinguirán a éstos de los señuelos, ordenando a las instalaciones de tierra y los barcos, el lanzamiento de los interceptores que los destruyan en vuelo. Un sistema tan complejo no sería operativo hasta el 2011. La variante más modesta sería una red de enormes radares en tierra que desde Alaska (para monitorear a Corea del Norte) y desde Maine (para Irán e Irak) detectarían los misiles precozmente. Se habla incluso de un radar en territorio ruso. Los interceptores serían disparados desde veinte bases repartidas por el mundo y operativas en 2005, con la perspectiva de llegar a 250 bases en los siguientes cinco años. Otros proyectos mencionan una red de barcos equipados para la detección y la intercepción, y el empleo de lásers, ya probados por Estados Unidos e Israel, para la destrucción de misiles de alcance medio.

Aunque el enemigo más temido es la innombrada China, se menciona a Irán, Irak y Corea del Norte como los presuntos terroristas atómicos, “gobiernos irresponsables” capaces de lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos, aunque el resultado de la respuesta sea su propia desaparición como países.

La reactivación de esta iniciativa deja en papel mojado el tratado ABM suscrito entre Rusia y la URSS en 1972, que les comprometía a no desarrollar sistemas antimisiles, garantizando la destrucción de ambos en caso de confrontación nuclear, con el consiguiente efecto disuasorio.

Hasta el momento, la respuesta de Putin a la propuesta no ha pasado de la retórica. En parte, porque se trata aún de un proyecto cuya viabilidad está por ver —la efectividad política para una parte del electorado norteamericano queda asegurada—, y en parte por las garantías de Bush de que el paraguas detendría una llovizna atómica coreana, pero no un aguacero ruso, con lo que se mantiene el efecto disuasorio que dictó los acuerdos de 1972.

También Putin ha colocado sobre la mesa una contrapropuesta: crear un sistema conjunto, que protegería incluso a los europeos. Washington no parece muy dispuesto a considerar esta variante.

La Unión Europea, y en especial Francia, se ha mostrado reticente al proyecto, o al menos ha hecho un expectante silencio. La objeción más seria es que una iniciativa de esta naturaleza promocionará la carrera armamentista de países como China, multiplicando la capacidad autodestructiva de la humanidad y haciendo más delicada y precaria la relación con Taiwán, aliada a su vez de Washington.

La propia justificación del plan, es decir, la existencia de “gobiernos irresponsables” con capacidad nuclear, es risible a juicio de muchos analistas, a pesar de los informes de la CIA que anuncian como probable un ataque desde Irán, y como posible, desde Irak y Corea del Norte. La realidad es que en un país como Estados Unidos, donde penetran anualmente miles de envíos de droga, es infinitamente más viable meter de contrabando una carga nuclear y detonarla in situ, que perpetrar con éxito un ataque de misiles de largo alcance. Países que se arriesgan a la inmolación total, en aras de dañar a su enemigo, bien podrían reclutar un comando suicida que se encargara de la operación sin dejar huellas. Y ante tal contingencia, no hay paraguas.

Quienes ya se frotan las manos ante la idea son los mandos militares con juguete nuevo, los consorcios armamentistas, y los institutos de investigación que recibirán suculentas partidas para el desarrollo de las tecnologías.

La historia demuestra que siempre una nación predominante despierta pasiones contrapuestas y extremas en su perisferia: desde la devoción modélica, hasta el odio, donde con frecuencia constan unas gotas de envidia. Y Estados Unidos no es la excepción, aunque hasta ahora sí sea excepcional el hecho de que en toda su historia como nación jamás haya sido objeto de una agresión en su propio territorio. Todas las guerras libradas por Estados Unidos, y no son pocas, han sido extramuros. Y la perspectiva de que el país se convierta en teatro de operaciones bélicas aterra a demasiados norteamericanos. De modo que una iniciativa que presuntamente lo convierte en impermeable cuenta de antemano con una rentabilidad política cuyo peso en la decisión final no es nada desdeñable.

¿Puede ocurrir el ataque cuya prevención costará cien mil millones de dólares? En teoría, sí. En la práctica, difícilmente dichos países cuenten con la capacidad de ponerlo en práctica con éxito en un futuro predecible. Más barato resultaría fomentar en esas naciones una apertura económica, la superación de la crisis que asola a la población coreana, el levantamiento de las sanciones impuestas a Hussein, pero que afectan al pueblo, e impulsar la distensión en las relaciones con Irán.

Si Estados Unidos es una “nación responsable” sabrá que el escudo antimisiles más efectivo que se conoce, es el bienestar. Los estados de crisis y miseria con frecuencia han fomentado dictaduras y fundamentalismos “salvadores”. Y aún en democracias formales, la corrupción y el desprecio por el bienestar de los ciudadanos generan una desesperación social que puede conducir a cualquier abismo. Una “nación responsable” tiene por fuerza que comprender que un planeta fracturado en desigualdades extremas es, ya que hablamos de temas nucleares, como los elementos transuránidos: inestable a corto plazo, inviable a largo plazo. Sospecho que fomentar la reducción de esas enormes desigualdades generando, al mismo tiempo, empleo y riqueza, sería el mejor interceptor de un presunto ataque, y una manera más eficaz de emplear el dinero de los contribuyentes.

Como en las monedas que lanzábamos de niños al aire para decidir la suerte, este escudo tiene su otra cara, por la que yo apostaría: la estrella.

“¿Escudo o estrella? ”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/22/2323.html.





En fin, el mar

22 05 2001

La Unión de Jóvenes Comunistas se dispone a cambiar radicalmente sus métodos de trabajo. En la reciente Asamblea Provincial de Villa Clara, en la agenda de trabajo de la organización en Granma, y en los principios esbozados por el secretario general Otto Rivero Torres, se percibe un espíritu que, seguramente, convertirá a la UJC en una institución democrática, abierta, en fin, el mar.

El propio primer secretario afirmaba en días pasados, que se proponen conocer al dedillo el arte de la política, para “conmover y movilizar no sólo a sus compañeros de filas, sino también a los que no tienen un carné, o a los que incluso no se han integrado del todo a la vorágine creadora de la sociedad cubana actual”. Es decir, se trata de convencer a los jóvenes con un proyecto político atractivo, donde disfruten de una participación creativa, y no como meros tornillos de la maquinaria estatal. O, más que convencer, “conmover” —la palabra, sin dudas, rebasa el pedestre ejercicio de reclutamiento que practica la política tradicional—. Y no sólo se ejercerá esta conmovedora política con los militantes, que disfrutan ya de convicciones o al menos del carné que lo demuestra, sino que se extenderá a los que “no se han integrado del todo”. ¿Y los que no se han integrado del nada? En la provincia Granma tienen la respuesta. Tras reconocer que “no pocos han quedado al margen de la influencia de la organización”; se proponen trabajar con todos los contemporáneos “incluso con quienes detentan actitudes erradas o irreverentes”.

No queda claro qué son actitudes erradas, pero conociendo que “antes de b y p se escribe m”, puede suponerse que actitud errada es toda aquella que no cumpla con la regla de la ortografía política. No obstante, eso no los excluye. Tampoco a los irreverentes. En breve presenciaremos una organización con sentido del humor, la redención del choteo, la reivindicación de la sátira como ejercicio de sanidad social, y aunque no nombren a Pepito Secretario General, al menos saldrá de las catacumbas.

Otto Rivero Torres subraya también que “la salida del Período Especial no está meramente relacionada con dejar atrás las carencias materiales, sino también, y sobre todo, con lograr un cambio de mentalidad que haga humanamente superior al cubano”. Un propósito, sin dudas saludable, que arrumbará al desván de la historia los mítines de repudio, la chusmería política, la ofensa y la descalificación como sucedáneo de argumento, o la repetición infinita de consignas, ese ejercicio del criterio (ajeno) indigna de cubanos humanamente superiores.

Por el momento, mientras los jóvenes cubanos no se enteren de la buena nueva, se detectan algunos problemas casi tan viejos como la propia UJC.

El primero es que la organización recluta números, no personas, razón por la que se propone ahora “un trabajo político-ideológico más eficaz, más espeso en argumentos, más intencional y diferenciado”. Aun corriendo el peligro de extraviarse en la “espesura” de los argumentos, donde se agazapan los más peligrosos bichos y alimañas.

Se apunta también “la necesidad de desterrar el formalismo, la guataquería y la falta de compromiso”. Aunque puede suceder que la guataquería sea compromiso, el compromiso sea formal, y así sucesivamente. Claro que la falta de compromiso tiene remedio, porque “un militante sin tarea puede convertirse en un joven sin compromiso”. Y a la inversa.

Se hace referencia a la inestabilidad de los cuadros. El decrecimiento del número de militantes entre los trabajadores (no así entre los estudiantes); que no ingresan a la UJC “por carecer sus entidades de estructuras juveniles que amparen el crecimiento”; nunca porque simplemente no les interesa militar. Algo que, de todos modos, no debe preocupar, porque en la futura UJC no se trabajará con cifras, sino con nombres y apellidos. No se puede conmover a la fuerza, ni establecer una meta de conmovidos para el próximo quinquenio.

También se detecta falta de combatividad y energía, una “mala política de sanciones” y la inasistencia de los militantes a las reuniones. Mientras llega el día en que lo más importante sea el contenido, es decir, la formación de cubanos humanamente superiores, el Primer Secretario Otto Rivero nos advierte que “el primer deber de los militantes es participar en las reuniones que convoca su comité de base, al igual que cotizar”.

Una preocupación especial es la escasez de militantes que al concluir su ciclo en la UJC admitan de buen grado transitar hacia el Partido Comunista. Muy pocos se acogen directamente al “principio de voluntariedad” y aducen que no porque no. En ese momento crítico, cuando se debe mudar la piel de la militancia juvenil por la de la militancia adulta, suelen aparecer dolencias de la columna que hacen insoportable el peso del carné en el bolsillo, abuelitas enfermas a las que cuidar, etc., etc., etc. Razón por la que el Primer Secretario aboga en estos casos por que se llegue “hasta el último argumento posible cuando se trate de hablar con un joven que refiera problemas familiares o falta de tiempo como razones para no ingresar a las filas”. Y se pregunta: “¿Acaso el Partido es inhumano, acaso no entendería a una joven embarazada o a alguien que atraviese un situación familiar difícil?” Algo que sin dudas cambiará cuando la UJC aplique su nueva y conmovedora política. Los presuntos ingresos al Partido no tendrán que devanarse los sesos en busca de excusas. La negativa rotunda será admisible y no tendrá consecuencias desagradables para el futuro de quienes decidan pasar con fichas.

Como bien dice la periodista cubana Alina Perera Robbio, “solo se quiere a fondo lo que bien se conoce”. Y viceversa.

 

“En fin, el mar”; en: Cubaencuentro, Madrid,22 de mayo, 2001 http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/05/22/2384.html.

 





Derecho al veto

15 05 2001

Asistimos a una nueva coincidencia histórica frente a un acontecimiento democrático entre las estrategias de ETA y del gobierno cubano. Hablo de las respectivas reacciones frente a las elecciones vascas efectuadas recientemente (donde el nacionalismo secesionista radical fue sancionado en las urnas), y la votación en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra (donde el gobierno de La Habana, violador sistemático de los derechos elementales, fue sancionado por la mayoría de las naciones presentes).

Durante los meses anteriores a la votación de Ginebra, Fidel Castro encomendó a su canciller una intensa labor de cabildeo para recabar votos favorables o abstenciones que evitaran la condena; pero, al mismo tiempo, emprendió una batalla de insultos y descalificaciones contra los gobiernos que presuntamente votarían en su contra.

La autonomía vasca, la más amplia de España y posiblemente de Europa, con atribuciones en casi todas las esferas y policía propia, ha elegido, por libre sufragio de sus ciudadanos, el parlamento que nombrará al Lehendakari o jefe de gobierno autonómico. Los partidos, con más o menos fortuna, han intentado conquistar el voto de los vascos mediante sus propuestas de gobierno. En cambio, la campaña electoral de ETA ha consistido en lo de siempre: tiros y bombas. Y la de su brazo político, EH, que acudió a las urnas con un pronóstico de voto que difícilmente alcanzaría el 10% del electorado vasco, alternó promesas de “paz” y “soberanía”, amenazas, insultos, violencia callejera y un discurso nacionalista y socialista que cada vez se acerca más al nacionalsocialismo. Un problema de sintaxis.

Mientras en el último día el resto de los candidatos pronunciaban sus discursos finales, ETA concluía su campaña haciendo estallar, a las 23:57 del viernes 11 de mayo, en la esquina de Goya y Velásquez, en Madrid, un Renault Clio de color rojo que contenía al menos 20 kilogramos de explosivos. Como resultado, graves daños en vehículos, fachadas, un hotel, una decena de comercios y una sucursal bancaria completamente destrozada; catorce heridos, uno de ellos grave, con impactos de metralla en la cara, quemaduras de segundo grado y contusión pulmorar. Se trata de un guardajurado de 56 años, quien cumplía su turno de trabajo en la sucursal bancaria. Es el tipo de “agente” del “imperialismo español” que ETA suele matar. Veintinueve coches bombas en Madrid, con un saldo de 53 muertos, entre ellos un niño de dos años, lo confirman. La tragedia pudo ser mayor, dada la afluencia de público a una discoteca cercana los viernes por la noche.

Como ya es costumbre, Arnaldo Otegui, candidato de EH, fué el único en no condenar el atentado, sino sólo “sus consecuencias”. Sigue siendo un misterio cómo se puede apoyar la bomba y lamentar las víctimas.

Una vez condenado el gobierno cubano en Ginebra, la “diplomacia” habanera sancionó a los gobiernos que votaron en su contra, mediante una violencia verbal que raras veces se escucha a un jefe de Estado. Lamebotas de los yanquis, pigmeos, cucarachas, monigotes, babosos, fueron algunos de los calificativos, a los que se sumó el desfile de presidentes latinoamericanos, convertidos en muñecones, durante los carnavales del primero de mayo. Adujo que el organismo internacional estaba manipulado por Estados Unidos; afirmación que no se repitió cuando los propios Estados Unidos fueron separados de la Comisión, por primera vez en medio siglo.

En respuesta al revés electoral, el periodista Gorka Landaburu, recibió el 15 de mayo en su domicilio un paquete bomba que le mutiló las manos de escribir. Y pocos días desués, en San Sebastián, asesinaron a Santiago Oleaga, director financiero de El Diario Vasco, quien por razones de su especialidad, jamás se sintió amenazado por ETA.

Las consecuencias de la estrategia cubana no sólo han sido plasmadas en una nueva condena en Ginebra. Se retira el embajador argentino en La Habana, y quedan suprimidas de hecho las relaciones consulares con Costa Rica. Las relaciones con México registran una tensión innecesaria. Y pública o privadamente, muchos electores latinoamericanos, autores con su voto de esos presidentes, sienten que la ofensa les alcanza.

No se trata de una coincidencia eventual que la respuesta de Fidel Castro, de ETA y de EH a un evento donde ciudadanos o mandatarios elegidos por los ciudadanos refrendan con el voto sus opiniones, sea la pirotecnia (retórica a su pesar, en el caso de Fidel Castro). Tanto el mandante de La Habana, como los pistoleros de Euskadi, se dicen representantes de sus pueblos sin que ello requiera la prueba de las urnas. Representan cierta “identidad profunda” de lo cubano y de lo vasco, imposible de demostrar mediante la estadística. Y si los respectivos pueblos se niegan a aportar la corroboración electoral, no será culpa de la propuesta castrista o etarra, sino de los pueblos, que deberán ser “reeducados” en la dirección correcta. Según estos “defensores del pueblo”, la función de los líderes no es encarnar la voluntad de los electores, sino corregir la estupidez o la minusvalía mental de la muchedumbre, pensando en su nombre.

Algo natural cuando se es infalibre. La condena del gobierno de Cuba, no fue una consecuencia de sus reiteradas violaciones de los derechos humanos, sino una conjura del imperialismo. La derrota de EH y, por tanto, de ETA, que pasó de 14 a 7 escaños en el parlamento, fue, en palabras de Otegui, una estrategia de los amantes de la patria vasca que prefirieron sumar sus votos al nacionalismo moderado contra el “españolismo”; no una prueba rotunda de que apenas el 9% de los vascos apoyan su nacionalismo radical. ¿Intentarán reeducar al 91% restante?

Por lo pronto, a Fidel Castro le asiste el derecho al veto, y lo ejerce con una coherencia indudable hace 42 años. A ETA y sus voceros de EH les queda por delante una larga tarea: matar a un millón y medio de vascos para alcanzar la mayoría. El veto calibre 38 es su consigna.

El resultado de ambas estrategias se resume en labores de desescombro.

Treinta toneladas de escombros en Madrid.

Los escombros de las relaciones con países hermanos de Latinoamérica, en La Habana.

Derecho al veto”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/15/2330.html.

 





Soledades

11 05 2001

Ignoro si la soledad es un tema de actualidad, pero escuchando a los teatristas cubanos en el recién concluido I Festival Internacional del Monólogo de Miami, acontecimiento que abre una feliz perspectiva para nuestra cultura, me permito considerarla de actualidad permanente en el devenir cubano de los últimos decenios.
Y es curioso, pero no fortuito, que en un encuentro, durante el cual 22 teatristas de la Isla se reunieron con colegas de la diápora y de Argentina, Brasil, Venezuela, España, Francia, Puerto Rico y Estados Unidos, asome el tema de la soledad, a pesar de la nutrida participación del público miamense, la variedad de la oferta y su calidad, representativa de lo mejor que se hace hoy en nuestro teatro. La premiación, donde los invitados de la Isla acapararon una buena parte de los premios, honra a la segunda capital de Cuba, que supo apreciar la calidad sin distingos.
Durante el coloquio, celebrado en la Universidad de Miami, el veterano Abelardo Estorino, habló de la tragedia nacional de un  país cuya cultura está fracturada por la geografía. Alberto Pedro, dramaturgo y actor,  confesó: «Mis hermanos, mis amigos, siempre se han ido a algún lugar». Y Abilio Estévez, autor de La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea, y del monólogo El enano en la botella, pieza escrita en 1994, pero estrenada ahora, esbozó el tema de las múltiples soledades: «Muchas personas en el exilio me han dicho que se han sentido solos, pero yo también me he sentido muy solo en La Habana».
Se ha hablado mucho de la soledad agazapada en el exilio. La soledad que espera por el desterrado que debe reordenar las coordenadas de su vida, llevando como única brújula su vocación de futuro, consultando de vez en cuando, para no extraviarse, el mapa de sus recuerdos. La soledad de quien comienza a pedir pan o preguntar la hora mediante palabras que no han nacido con su memoria. Palabras aprendidas, no aprehendidas. Palabras contra las que se rebela la lengua, aunque al cabo se resigne a decir bread soñando pan. La soledad de quien se comprueba distinto, al incurrir en los pequeños pecados de lo cotidiano. La única razón es que desconoce los ritos, las costumbres, los usos de la tribu que le hospeda en el cuarto de invitados, no en las habitaciones de la familia.
La soledad de amigos que sólo permanecen, inmutables como las fotos de carné, en el congelador de la memoria. Familiares de cuerpo entero, reducidos a una voz filtrada por cables transoceánicos y satélites. La soledad de quien no se ríe del chiste, mientras los demás se ahogan a carcajadas. La soledad de despertar en un lugar de las antípodas, sin saber muy bien cómo has llegado. O la peor: la soledad del ilegal que habita un limbo de la geografía burocrática: apátrida en su tierra, intruso en la otra; no ha inaugurado su permiso de residencia, pero ya caducó su carné de identidad; carece de documentación para quedarse y de documentación para irse; no existe para las estadísticas ni ha sido bautizado por un número de la seguridad social; quiere trabajar pero no puede; trabaja, pero legalmente no le pagan (a veces sobra el legalmente); ninguna factura a su nombre demuestra su presente; ningún contrato da fe de su futuro. Es la soledad cósmica de quien no existe.
Pero hay otra soledad. No es la de quien paga en efectivo la tasa de silencio, para sufragar su búsqueda de libertad, de pan, o de ambas inclusive. Es la soledad de quien revisa cada mes su libreta de teléfonos y va tachando nombres que dan timbre, pero no sale nadie, porque han salido. La soledad de quien descubre que en su vieja aula de bachillerato, la mitad de los pupitres están vacíos. La soledad de quien traza alguna noche, como jugando, la tournée internacional que supondría visitar a un puñado de ex novias. La soledad de padres, hijos, hermanos, que detectan por el teléfono un arrastre súbito de las erres, una zeta de importación, o un sorry, abuela, que deja a la mujer ante la duda de haberse equivocado de nieto. La soledad de quien responde a su hijo que vino malanga de dieta y chicharro adicional; porque no sabe qué decir cuando el muchacho habla de una hipoteca al 5,2% TAE, del IRPF, la declaración de la renta, el precio del dinero (¿eso no será una redundancia?) o del coche que trae de serie elevalunas eléctrico (¿por qué no dejan a la Luna en su sitio?). La soledad de quien visita a un amigo y el desconocido que asoma a la puerta entornada, se limita a copiarle once dígitos en un minúsculo trozo de papel: Llámelo a Viena. La soledad de quien camina por las calles de su niñez y no las reconoce. El paisaje de ruinas se ha vuelto ilegible para su memoria. No logra ubicarse, hasta que descubre, en un muro huérfano de casa, milagrosamente en pie, restos fósiles del cartel que adornaba la fachada de La Regenta, presunta tienda de ultramarinos, en realidad bodega: LI  RES Y VÍ E ES FIN S. Ni siquiera lo consuela disponer de la ciudad que alguna vez fue suya, porque la ciudad le ha ido cerrando sus puertas: hoteles con porteros de mirada infalible para detectar nativos; discotecas y bares donde el carné de identidad y los patriotas criollos no son de curso legal; injertos del maligno afuera en el adentro. Y descubre que sin irse a ninguna parte, lo han ido de media ciudad donde nació. En el reparto le ha tocado la mitad más triste. La soledad de esa libreta telefónica que se ha vuelto ilegible de ausencias. La soledad de quien ya no sabe si los otros se han ido, o él se ha ido quedando.





Guerra on line

8 05 2001

La guerra de guerrillas del siglo XXI ha comenzado.

Tras el incidente entre China y Estados Unidos en que resultó muerto un piloto de combate asiático, y la disputa diplomática, rehenes mediante, miles de “voluntarios” hackers chinos pusieron en acción la variante on line de la guerra de guerrillas. Seiscientas cincuenta webs del gobierno norteamericano, instituciones, empresas y universidades han sido el blanco.

El FBI ya había advertido que un ataque masivo en la red podría producirse, de modo que muchas instituciones tomaron sus precauciones y tuvieron menos que lamentar. Otras, no corrieron la misma suerte.

Entre las webs atacadas estuvieron, por supuesto, la de la CIA, pero también la de la Liga de Fútbol Americano, bancos de California, centros médicos, universidades e institutos de investigación. Uno de los sitios más atacados fue http://www.whitehouse.gov, el sitio de la Casa Blanca, a la que Bush llama “la casa de todos los norteamericanos”, frase que los hackers ampliaron hasta convertirla en la “casa de todos los chinos”. Durante seis horas, el servidor de la Casa Blanca anunció “denegación de servicio” como consecuencia de una sobresaturación en la demanda de acceso. Aprovechando la denegación de acceso, los hackers se “apropiaron” miles de computadoras conectadas a la red, que a su vez solicitaron masivamente acceso a las webs atacadas. Se generó una demanda que multiplicó por ocho la capacidad de los servidores, y como consecuencia se produjo el colapso.

Los patrióticos hackers norteamericanos respondieron al ataque dejando fuera de combate a cientos de portales de Pekín, centros de investigación científica, instituciones militares y del gobierno asiático.

La acción delictiva, “insurgente”, o la pura gamberrada de los hackers, cuya aparición data de los comienzos de Internet, ha dado paso a organizados rangers on line. Se disparan subrutinas y líneas de comando, se derraman bytes en lugar de sangre. Los misiles portadores son las inofensivas líneas telefónicas. Basta un PC doméstico, más barato que un fusil de asalto con mira infrarroja, y un breve entrenamiento, para contar con un soldado en la red. No importa que sea miope, tenga los pies planos o corra los cien metros planos en diez minutos. Este nuevo “modelo” de guerra parece más light y, por supuesto, menos televisivo que la Guerra del Golfo. Pero las apariencias engañan. En un mundo cada vez más interconectado y donde desde las transacciones financieras hasta las órdenes militares, o una operación quirúrgica, se producen on line; un ataque organizado de hackers puede dislocar los servicios de emergencia, obstruir la acción médica, enloquecer las finanzas o sabotear los sistemas de comunicaciones de los que depende el tráfico aéreo. No sólo bytes serán derramados en tales circunstancias. Lógicamente, los países industrializados cuentan con más medios para repeler (o lanzar) ataques de esta naturaleza; pero al mismo tiempo son más vulnerables, dado su alto grado de interconexión. Aunque, por otra parte, el recurso esencial en esta guerra cibernética es el talento, que florece en todas las latitudes. Si un hacker solitario es capaz de crear un virus que provoque pérdidas multimillonarias, ¿qué efecto podría producir un destacamento de hackers adiestrados y dotados de todos los medios por un gobierno? ¿En qué medida serán efectivas las contramedidas y las “fire walls” ante ataques de esa naturaleza?

La guerra on line es algo que todavía está por ver. Por lo pronto, la Casa Blanca tuvo “un chino atrás” durante seis horas.

Guerra on line”; en: Cubaencuentro, Madrid, 8 de mayo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/05/08/2239.html.