Día 15

24 09 2013

(24 de septiembre, 2013)

Frómista/Carrión de los Condes: 19,25 km

A Roncesvalles: 353,13 km

A Santiago de Compostela: 407,68 km

 

Anoche me acosté a las diez en punto de la noche como un peregrino obediente. Qué remedio me quedaba. Se apagaron todas las luces y no había un rincón dónde meterse. Podría leer en la tablet, pero preferí ponerla a cargar porque estaba baja de batería.

Dormí sin pausas y como un tronco hasta las cuatro de la mañana. Mis seis horas reglamentarias en tiempos de paz que hasta hoy no había completado ningún día del camino. Me levanté a esa hora y en la mesa de la recepción estuve trabajando hasta las seis menos cuarto, cuando me acosté para echar otra media hora de sueño.

Antes de abandonar el albergue, pregunto al dueño si puede encender los ordenadores de monedas, para subir en ellos al blog los textos que concluí de madrugada, lo que no me llevará más de veinte minutos, pero me dice categóricamente que no. Según las normas de la casa, implacables como en una academia militar o en un convento de clausura, los ordenadores se encienden después del mediodía. Me despido con una reverencia y en el último bar del pueblo encuentro el peor ordenador de la cristiandad, con todos los programas sin actualizar y el diplay modelo cebra, a rayas, donde luego de varios intentos consigo subir los posts a golpes de café cortado.

Este es, sin dudas, el peor ordenador de monedas que he visto en el camino, y la competencia entre PCs malos y peores es ardua. Lentos, desactualizados, con navegadores que se niegan empecinadamente a entrar en la mitad de las páginas aptas para todas las edades. Una antología del despropósito, la prehistoria informática. A quien desee o necesite estar conectado durante el camino, le recomendaría que lleve su propia tablet o su propio ultrabook, a riesago de cargar un peso adicional.

En algún albergue, días atrás, leí una curiosa declaración de principios que escondía toda una filosofía: “El cliente exige. El peregrino agradece”. Un enunciado que sería justo si a los peregrinos se nos ofreciera alojamiento y comida gratuita, en nombre de Dios o de Santiago. Pero no es así. En muchos pueblos recónditos de La Rioja, Castilla e incluso Navarra, los peregrinos somos el primer (o el único) turismo y una parte importante de la economía local. No nos hacen un precio especial en nombre del apóstol. Si bien es cierto que se pagan entre seis y diez euros por cama, también lo es que en el espacio donde un hostal pondría a un cliente que pagará 40, 50 o 60 euros, no más, con baño en la habitación, se acomodarán, por pequeño que sea, diez peregrinos, que pagarán entre 80 y 100 euros y se conformarán con un retrete y una ducha para cada diez (en el mejor de los casos). De modo que el peregrino es tan cliente como el otro, e incluso más rentable.

Esa filosofía de que el peregrino tiene que ajustarse a cualquier norma que le impongan, porque no es un cliente, parece imperar en el albergue La Estrella de Santiago. Y no es el único. Excelente por lo demás, limpio, con buenas instalaciones sanitarias y un jardín acogedor donde se puede descansar después del camino. Ayer intenté trabajar en una mesa del comedor, donde había un enchufe, pero no estaba permitido. Sólo como excepción pude hacerlo veinte minutos. Las normas están perfectamente establecidas para el modelo de peregrino considerado “normal”. Ser un poquito anormal es un problema.

Me lo confirmó ayer la esposa del dueño (o la dueña, no sé), cuando me vio escribiendo. No estás disfrutando el camino, me dijo, como quien posee el secreto, las claves del único disfrute posible. Gracias a sus normas, cualquier peregrino que ande desencaminado y no consiga disfrutar el camino, puede hacerlo de la manera correcta. La impronta de Felipe II (no me refiero al brandy) permanece en el subconsciente colectivo. Y a veces se desvela.

El concepto de que el peregrino agradece y no tiene derecho a exigir por lo que paga, debería cambiar entre algunos hosteleros improvisados que se consideran a sí mismos benefactores de los peregrinos, cuando en muchos casos 3son su principal (o única) fuente de ingresos. Algo que me parece muy bien, pero unido a una vocación de servicio.

Gracias a la extrema demora del ordenador del bar, que parece enredarse en la red como en una telaraña, salgo hacia mi destino a las ocho y media de la mañana. Por suerte el trayecto es corto, menos de veinte kilómetros, porque a partir de ahí no hay prácticamente donde pernoctar hasta otros veinte kilómetros más adelante. Y cuarenta son muchos kilómetros, al menos para mis pies.

En ocasiones veo a un peregrino y me pregunto qué hace aquí. No lo interrogo, desde luego. El Camino debe conservar sus misterios. Otras veces la motivación es bien explícita. Una joven coreana, muy delgada, hace todo el camino rezando el rosario. Según me contaron, su madre la envió a visitar a Santiago rosario en mano cuando sospechó que se debilitaba su fe. Un norteamericano alto, que andará por los sesenta y pocos años, me confesó que lo hacía porque le encanta caminar, y el Camino es una excelente oportunidad de hacerlo en compañía de mucha gente. Sospecho que en la Quinta Avenida de Nueva York le ocurriría lo mismo. Por su parte, un canadiense fue mucho más lacónico cuando indagué por sus razones para hacer el camino. Para respirar, me dijo, como si viniera de algún universo submarino.

Cruzo Población de Campos casi sin darme cuenta. Los peregrinos salpican los bares del pueblo. Atravieso el río Ucieza y continúo con mis dos cafés y mis dos yogurts temprano en la mañana. El camino discurre paralelo a la carretera, aunque por suerte hay muy poco tráfico. Algunos ancianos, con su báculo, van por el arcén de un pueblo a otro. En estos pequeños pueblos del camino los ancianos son legión. Solo en Hontanas vi reunirse un tropel de jóvenes (nativos, no peregrinos) la noche del sábado.

Los peregrinos sufrimos dos experiencias religiosas al día. La levitación, cuando llegas al albergue y te quitas la mochila. Si lo haces un par de veces en el trayecto, son levitaciones de corto alcance. Y la segunda es la ascensión, cuando te quitas las botas y tus pies se separan algunos milímetros del suelo.

Con honrosas excepciones, como la estatua del peregrino sentada en un banco frente a la catedral de Burgos, o la que encuentro en Carrión de los Condes, las numerosas estatuas a los peregrinos que salpican los pueblos por los que pasamos son verdaderos atentados contra el mobiliario urbano. Espero que los ayuntamientos no hayan pagado por ellas. Y que ningún peregrino se mire a sí mismo en esos espejos. Más valdría a las corporaciones municipales encargar un poema al bardo local y colocarlo en una lápida de bienvenida. El noventa por ciento de los peregrinos no lee en castellano, y a los demás nos queda el expediente de ignorarlo.

Aquí el campo no solo está en la mirada, sino en la toponimia: Población de Campos, Revenga de Campos, Villarmentero de Campos, valga la redundancia.

Me acaba de pasar por el lado el segundo peregrino más curioso que he visto, tras el del monociclo. Un joven extranjero, a juzgar por su ininteligible “Bene Camino”. Viste un bluejean ceñido y una camisa de rayas impecable abotonada hasta los puños, un Panamá ladeado coquetamente y, en las manos porta sendas mancuernas de dos kilos con las que viene haciendo ejercicios mientras anda.

En Villarmentero de Campos me detengo en el albergue Amanecer, en cuyo patio trasero se levantan dos tipis, como si Toro Sentado y Caballo Loco hubieran peregrinado a Santiago tras la masacre de Wounded Knee. Pero no. Se trata de atípicos hospedajes para peregrinos con añoranza por Disneyland. A los tipis se suma un tubo de cemento cerrado por ambos extremos, por si apareciera Diógenes en busca de alojamiento. Una gallina con aires de gran señora es la dueña del patio y va picoteando las ofrendas de los peregrinos.

En este llano, los ciclistas me pasan por el lado como una flecha. Es la competencia desleal. Somos la infantería del camino.

Villalcázar de Sirga posee una de las iglesias más impresionantes del camino, la de Santa María la Blanca, que el peregrino no deberá perderse. De dimensiones catedralicias, va del románico al gótico y fue levantada por los templarios entre los siglos XII y XIII. El retablo mayor, de impresionantes pinturas, sepulcros góticos de piedra policromada, y bajo dosel Nuestra Señora la Blanca a la que Alfonso X era muy devoto, milagrosa hasta el punto de superar en ocasiones al apóstol de Compostela. Una escultura recuerda al Mesonero Mayor del Camino que ofrecía vino y sopa de ajo a los peregrinos.

Llego al Albergue Parroquial Santa María del Camino en apenas cuatro horas. Me recibe un hospitalero con un acento vagamente reconocible. Es cubano, de Marianao, pasado por New Jersey. La recepción que nos dispensan las clarisas peruanas es espléndida: dulces caseros y agua fría con unas gotas de limón.

Tras un menú más que correcto, aunque sin llegar a suculento, y un paseo por el pueblo, me acomodo en un bar a trabajar toda la tarde.





Día 14

23 09 2013

(23 de septiembre, 2013)

Castrojeriz – Frómista: 25,38 km

A Roncesvalles: 333,88 km

A Santiago de Compostela: 426,93 km

 

Hoy por la mañana no pude continuar durmiendo más allá de las seis y cuarto. El ajetreo en la cocina, la gente preparando mochilas. Me levanto, desayuno un vaso de zumo (en conserva) y un pedazo de pan con mantequilla. Salgo a la noche y el frío a las siete de la mañana, con la esperanza de que el café de la esquina esté abierto. Esperanza frustrada.

A unos cuatro kilómetros y medio de Castrojeriz, a las ocho menos diez, concluyo la subida del Alto de Mostelares, que asciende hasta los 914 metros. La subida es larga, enrevesada y pedregosa. Llego sin aliento, pero compensa el paisaje de toda la comarca cercado en un ángulo de 180 grados por los molinos de viento que custodian el horizonte. Despiden sus destellos intermitentes avisando a los aviones para que no se descalabren como el caballero andante.

En la cima se eleva un túmulo y una cruz recuerda no a un muerto, sino a todos los peregrinos que han alcanzado este lugar para llevarlo después en el equipaje de su memoria.

A las ocho en punto, el amanecer es prodigioso.

Después de pasar el alto, se abre una bajada un tanto abrupta. Contemplo las ondulaciones del terreno, la manera en que todos los picos, las crestas, las mesetas han sido redondeadas por miles de años de roturación. El hombre puede ser una fuerza geológica y otorgar al paisaje una textura suave, sinuosa, femenina.

Cruzo con cuidado el Puente del Piojo, no sea contagioso. Pero no veo ninguno.

A la altura de San Nicolás de Puente Fitero hay una capilla gótica donde se encuentra un hospital de peregrinos que lleva una orden italiana. María, la señora que atiende a los peregrinos un mes al año, me ofrece el primer café de la mañana. A cambio, la voluntad.

Desde que cruzo el río Pisuegra por el Puente de la Mula, el paisaje cambia radicalmente. Los extensos campos de cereales ceden paso a maizales, huertas, campos de girasoles, cultivos de un verde intenso que no sé si alimentan el estómago, pero alegran la mirada reseca de campos dorados. Es como haber cambiado, no de provincia, sino de país.

En Itero de la Vega me bebo otro café y continúo.

Son las diez de la mañana y aun me faltan catorce kilómetros para mi destino. Aquí es donde se pueden comprobar los excesos gastronómicos en que incurrimos cada día. Con un mendrugo de pan y un vaso de zumo puedes caminar veinticinco kilómetros. La máquina humana es prodigiosamente eficiente. Comemos en demasía (yo el primero) y caminamos demasiado poco.

Al pasar he visto en los muros numerosos carteles que exigen No Franking, el método de extracción de petróleo por fracturación de rocas e inyección de químicos. No sé si quienes escriben los carteles saben de qué se trata el asunto, pero hay unanimidad entre los grafiteros. En Navarra y parte de La Rioja, en cambio, el Franking no estaba de moda. En los túneles que permiten al caminante sortear por debajo las autovías y las carreteras sin atravesarlas, eran frecuentes los reclamos de Navarra independiente, La Rioja independiente y España, cárcel de los pueblos, lo cual es una lectura cuando menos sesgada de la historia. Exhabruptos de un nacionalismo en ocasiones irreflexivo, aunque me temo que, por lo general, todos los nacionalismos son más sentimentales que reflexivos, cuando no interesados, en el caso de una clase política que se ve ascendida de local a nacional, con los consiguientes beneficios, y no precisamente para sus pueblos.

Tres kilómetros antes de Boadilla del Camino, el Camino (perdón por la redundancia) transcurre por una extensa llanura cerealera. Es como si hubiésemos saltado a la provincia anterior. El sol, entusiasmado a esta hora, nos aplasta contra el camino. Si te quitas la gorra, el cerebro se asa a la parrilla. Si te la pones, se cuece en baño de María. No sé cuál de los dos reblandece más las neuronas.

El terraplén de fina grava ha dado paso a otro de cantos rodados. Algunos arbolillos, ya cerca del pueblo, ofrecen pinceladas de sombra que no compensan el reflector solar, pero se agradecen.

Llego a Boadilla del Camino a las once y veinte. Hay un área de descanso con una fuente de agua fresca que debes accionar con una manivela. Desde aquí hasta Frómista quedan cinco kilómetros y medio, es decir, una hora y veinte en dependencia del estado del camino. Llegaré antes de la una de la tarde al alberque La estrella de Santiago, impecable en sus instalaciones.

El último tramo del camino corre paralelo al Canal de Castilla, una espléndida obra de ingeniería de la Ilustración construida entre los siglos XVIII y XIX y que pretendía enlazar Segovia con el puerto de Santander. Doscientos siete kilómetros con 150 metros de desnivel en su trazado.

Disfruto por primera vez del sistema de salud de Palencia. Al parecer, ayer unas plantas urticantes me rozaron la pierna derecha y aparecieron ronchas bastante molestas que ahora una doctora palentina me aconseja tratar con una crema y evitar el sol.

En Frómista encuentro una de las iglesias románicas más bellas del Camino y posiblemente del mundo. La iglesia de San Martín fue construida en 1066 y restaurada a fines del siglo XIX hasta devolverle el aspecto original, que es portentoso. No es la magnificencia del gótico ni el horror vacui, el exhabrupto ornamental del barroco. Sus tres ábsides de la cabecera, los parcos elementos decorativos. El ajedrezado. Los capiteles y los canecillos, más de 300 pequeñas esculturas. Representaciones vegetales, animales, monstruosas y humanas que aluden a las leyendas que eran la cultura popular, los cómics del Medioevo. La limpieza de formas, la sólida piedra, la planta vetusta y contundente de una iglesia que seguramente sirvió no pocas veces de refugio en tiempos de guerras y revueltas.

Hoy ha sido un día de dieta involuntaria. No tengo hambre y me conformo con un bocadillo al mediodía y dos yogurts con una manzana a la hora de la cena. De todos modos, yo llevo mis propias reservas anudadas a la cintura.





Día 13

22 09 2013

(22 de septiembre, 2013)

Hontanas – Castrojeriz: 9,57 km

A Roncesvalles: 308,50 km

A Santiago de Compostela: 452,31 km

Por primera vez desde que salí de Madrid he dormido en una verdadera cama, sin ningún inquilino en los altos ni en los bajos. Sueño apacible desde las once hasta las cinco de la mañana cuando me despierto. No obstante lo cual intento echar una cabezada hasta las cinco y media. Hoy he decidido hacer una ruta muy corta, de unos diez kilómetros y aprovechar que aquí tengo las mejores condiciones para trabajar, algo que raras veces ocurre en el Camino, y adelantar los textos que llevo atrasados.

Me levanto en silencio para no molestar a mis compañeros, me aseo y a las seis en punto estoy tomando el desayuno, de modo que a las seis y quince, cuando subo y ya están despiertos, preparo la mochila, me visto y me instalo a trabajar hasta las diez y cuarto en una esquina de la barra del bar. Hay un excelente wifi y una máquina que me permite subir los textos terminados. No me levanto hasta que no tengo tres posts cumplidamente revisados y subidos a la red.

Durante ese tiempo hay interrupciones, desde luego. Varias señoras de Madrid que hacen el camino hasta mañana y otras que llegarán hasta Santiago. Una chica de un moreno homogéneo como si la hubieran pintado y luego le hubieran aplicado una capa de barniz sedoso. Es de Sri Lanka y me recuerda mi único encuentro con un sirilanqués, que iba a mi lado en un vuelo de Moscú a La Habana. Se le ocurrió sufrir un infarto sobre el Atlántico. Un médico ruso de unos sesenta años, oriundo de (por entonces) Leningrado, con un perfecto inglés de escuela de idiomas, y otro joven de Siberia (que conocería el helado idioma de los renos, pero de inglés nada) lo sacaron de la parada y comenzaron a preguntarle a su compañero por el historial clínico del paciente. Como respondía en sirienglish (que ya yo comprendía tras un curso de seis horas) me tocó traducir del sirienglish al english. Pero la cosa no pasó a mayores. A la semana se me apareció en casa el sirilanqués infartado con una novia recién conquistada en las calles de La Habana. Supongo que se estaría recuperando favorablemente.

Las chicas de la barra son atentísimas y simpáticas. Con la que se encarga hoy del desayuno empiezo con mal pie. Cuando le pregunto a las seis si ya se puede desayunar, me responde hosca que para qué se levanta ella a las cinco sino para darle de desayunar a los peregrinos. Pero se nota que la he cogido con la mala leche del amanecer obligatorio. A medida que pasa el tiempo se va dulcificando.

Arranco a caminar entre colinas. Salgo de este pueblo hundido en un profundo valle, casi cráter y en una bajada entre pedruscos estoy a punto de partirme un tobillo, cosa que evitaron, en coproducción, los bastones y mi bota, que amordazó el tobillo para que no se desbocara.

Desde que salí del albergue, llevo un dolor en los metacarpianos del pie izquierdo, pero se disipa en un par de kilómetros, el tiempo que demora un metacarpiano acongojado en convertirse en un metacarpiano entusiasmado.

Los pasos perdidos no es solo el título de una novela de Alejo Carpentier. A cada rato adelanto a un peregrino que arrastra trabajosamente los pies hacia su destino. Los he visto llegar a las cuatro, a las cinco, a las seis, a punto de anochecer o recién anochecido, después de una sufrida jornada de (quizás) diez o quince kilómetros. Más vale que cada uno haga lo que pueda a torturarse así. Jornadas de diez kilómetros practicables, a su medida. Ahorrarían muchísima energía y muchísimas tristezas. Nadie ha dicho que el camino tenga que hacerse en veinte días o en setenta.

Una hora y quince minutos después de mi salida, voy llegando a las ruinas de San Antón, donde en el medioevo se curaba el mal del mismo nombre, o al menos era en ese tema el centro de referencia de Hispania.

Del monasterio antoniano hoy solo quedan unas ruinas espectaculares en medio de la nada. Lo que en su día fue el vórtice de la comarca es hoy un cascarón vacío. La carretera pasa por el mismo centro de las ruinas. Los que eran bellos arcos con relieves e imágenes talladas están ocupados por una paloma y las imágenes borrosas de santos y mártires irreconocibles.

Poco después de pasar las ruinas se divisa a un par de kilómetros Castrojeriz, al pie de una colina suavemente cónica y coronada por los restos de un castillo en lugar de pezón. El paisaje de las lomas calcáreas a la derecha del camino, con sus raquíticos arbustos y sus zonas blancas de marga o de caliza, es lo más parecido a la escenografía de un western, aunque si miras hacia la izquierda los campos de cereal hasta las suaves cimas de las colinas, buscarás al guardián en el centeno. Es el mismo oleaje de cereales que he atravesado casi sin pausas durante los últimos dos días.

No entro al pueblo. Lo escalo. En lo alto de la colina se encuentra el albergue Casa Nostra. Acaban de abrir y me coloco al final de la pequeña cola. Cuando me quedan por delante cinco peregrinos, el hospitalero dice que solo quedan tres plazas. Le aclaro que reservé por teléfono y responde que en ese caso no hay problemas. La francesa que va delante de mí monta en cólera y dice que ella es peregrina, no turista. Le aclaro en inglés que yo también vengo caminando desde Roncesvalles, pero que hay dos tipos de peregrinos. Los previsores, que reservan, y los espontáneos, que confían en que Dios proveerá. Como yo soy ateo, no creo que él se fije en mi humilde persona, así que reservo. Eso la pone más furiosa y se marcha desbarrando en francés hacia otro albergue. Parece que ese concepto de la espontaneidad no es raro. A las seis de la tarde aparecen cuatro jóvenes que vienen desde Burgos, más de cuarenta kilómetros, y lo encuentran todo lleno. Si fuera necesario, dormirían en un banco de la iglesia antes que reservar, lo cual, según ellos, le resta encanto, frescura y emoción al camino. Me parece excelente, siempre que se lo tomen, como ellos, con la despreocupada alegría de los veinte años; no pretenden que la divina providencia reserve en su nombre, y tengan espalda para dormir en los duros bancos de la iglesia.

El albergue ha sido construido en un viejo caserón de paredes de adobe y vigas de madera, pero le falta mucho para ser un sitio confortable. Zonas a medio terminar, chapuzas donde quiera, escasas tomas de electricidad, la cocina bastante destartalada, y aunque anuncian un precio de 5 euros la noche, como es obligatorio pagar el desayuno (desayunes o no), en la práctica son 8,50, que no está mal, aunque te sientas levemente timado por ese desayuno obligatorio.

En el almuerzo comparto un rato la mesa con una señora de un pueblecito de Texas que viene por segunda vez, y ahora irá hasta León, para concluir el camino hasta Santiago el año que viene.

Trabajo toda la tarde en el albergue y en el bar de la esquina, donde el tema de conversación entre el dueño y varios parroquianos son los peregrinos que mueren cada año en el camino. Generalmente por infartos u otras dolencias que ya traían. Por distintas razones, seguramente justificadas, hay quienes esperan demasiado antes de hacer el Camino. No he visto ningún español, pero sí muchos extranjeros que rebasan ampliamente los setenta años. Y en el Camino los extranjeros son mayoría en una proporción que me atrevería a calcular de diez a uno.

Me acuesto a las once y me despierto a las dos de la mañana. No puedo dormir y me pongo a trabajar en la planta baja hasta pasadas las cuatro, cuando la batería de la tablet se acaba sin un enchufe a mano. Intentaré dormir un par de horas.





Día 12

21 09 2013

(21 de septiembre, 2013)

Burgos – Hontanas: 32,17 km

A Roncesvalles: 298,93 km

A Santiago de Compostela: 461,88 km

 

Con los víveres que había comprado ayer, me preparo un bocadillo de jamón y queso antes de salir a caminar, para no detenerme por el camino, porque hoy la jornada será larga. La guía proponía 21,41 kilómetros hasta Hornillos del Camino, pero allí los albergues tienen mala prensa y decido avanzar hasta Hontanas, más de 32 kilómetros, donde se encuentra el albergue El Puntido. Reservo con los colegas madrileños una habitación de tres que resulta la mejor o una de las mejores hasta hoy. Salgo a las seis y media. Tras una pequeña confusión que me hace errar el camino a la salida de Burgos, lo reencuentro y continúo. Hora y media más tarde me pasará por el lado un ciclista, nada extraordinario en este camino si no fuera porque el ciclista viene haciendo equilibrio, con mochila y todo, sobre una bicicleta de una sola rueda. Es el peregrino más original que he visto hasta ahora. Colinas, sembrados, extensos campos de cereales. Estamos ya en plena Castilla.

Comparto un tramo del camino con un coreano menudo, bajito, protestante, y contemporáneo mío (días más, días menos), aunque nadie le echaría más de cincuenta. Me pregunta de dónde soy, y aunque le respondo Cuba, Caribbean Sea, Island, insiste en pensar que soy irlandés. Necesito enumerar todos los tópicos. Havana, mojito, ron, mulatas, tabaco, todo menos quién tú sabes, y al fin se entera de que soy de otra isla.

En esta tierra cerealera, con frecuencia el camino hace un giro para evitar un campo. Yo aprovecho para tirar en diagonal, no sólo por el teorema de Pitágoras, sino por el placer de ir pisando la tierra roturada y los tallos recién cortados. De niño me habría dado incluso más gusto. Es el tipo de alfombra que regala Castilla de vez en cuando.

Con bastante regularidad, tropezamos con alguien que va vestido de peregrino, con su mochila y su esterilla, pero lleva un saco negro de polietileno donde va echando papeles, plásticos, envoltorios que algunos desaprensivos arrojan al camino. Voluntarios, contratados, espontáneos, no tengo ni idea. Pero lo cierto es que la brigada de limpieza del camino aparece en los tramos más disímiles, a las afueras de una ciudad o en un espeso bosque de Navarra.

Observo las pirámides de piedra castellanoleonesas que parecen marcar el inicio de los sembrados. Erigidas con las piedras que han arrancado a los campos hasta convertirlos en estos jardines de trigo y cebada. Colinas y más colinas, como si surfeármos sobre nuestras botas en un interminable oleaje dorado que deslumbra al sol de la mañana. Es Castilla en estado puro.

El último tramo, pasado Hornillos del Camino, más de diez kilómetros, se me hace interminable en este paisaje repetitivo. Paso a doscientos metros de San Bol donde, según me contarán mañana, el albergue no tiene luz eléctrica ni agua caliente, pero todo se hace en comunidad, lo que algunos llaman el verdadero espíritu del camino.

Un cartel anuncia que el pueblo se encuentra a dos kilómetros, pero no se ve por ninguna parte. Otro cartel, más adelante, lo anuncia en 500 metros, pero o los carteles son una broma pesada o el pueblo es subterráneo, algo que finalmente se confirma. Llego por fin a los bordes de un profundo valle en cuyo centro se encuentra el pueblo, invisible hasta que lo alcanzas. Ni siquiera la cúpula de la iglesia alcanza los bordes del valle. El pueblo es simpático y se nota en su dinámica que el Camino le ha otorgado una nueva vida. El centro de la movida es nuestro albergue y su bar que mantiene hasta las nueve de la noche, hora de cierre, una notable afluencia de público, como si todo el pueblo y todos los peregrinos se dieran cita allí.





Día 11

20 09 2013

(20 de septiembre, 2013)

Agés – Burgos: 22,61 km

A Roncesvalles: 266,76 km

A Santiago de Compostela: 494,05 km

 

Pésima noche la de anoche. Estuve trabajando hasta las once y media, leí durante veinte minutos El gen egoísta, de Richard Dawkins, hasta que me empecé a quedar dormido. Sentí entonces una picazón en las piernas, como de insectos enloquecidos de gusto con el picadillo a la habanera. Pensé que sería una ilusión sensorial, pero la picazón no cesaba, los puntazos migraban de las piernas a las axilas y los brazos. A la una y media de la madrugada, arramblé hacia el baño con el saco de dormir. Lo revisé centímetro a centímetro, y después la cama con la linterna. Nada. Ni un solo bicho. No sé si la imaginación sensorial me jugó una trastada o si los pinchazos se debían a algún reflujo de la circulación. Lo cierto es que hasta pasadas las dos de la mañana no pude dormirme, y me desperté a las cinco como de costumbre. Pero decidí dormir hasta las seis, esta vez profundamente,

En medio del ajetreo del albergue, opté por levantarme, armar la mochila, beber un café en el bar de los bajos y salir a caminar. La oscuridad se disipa en poco más de media hora.

Una subida pedregosa me conduce hasta los mil metros de altura. La niebla es espesa, como un cobertor de mullido algodón tendido sobre el monte. Acabo de agradecer una vez más a mis botas por el servicio prestado. Durante más de un kilómetro, el camino corta en ángulo recto estratos verticales de caliza que asoman su silueta filosa como si el costillar de la tierra hubiese desgarrado la piel del planeta. Aquí es donde las mullidas zapatillas se convierten en indeseables.

Pasado el alto, el camino se abre en una gran planicie, una extensa meseta por la que transitaré casi hasta el destino.

En una colina, dos peregrinos oran al sol de cara al amanecer. Cabizbajos, la mirada recogida, el gesto devoto, inmóviles. Una imagen que Hopper habría pintado sin dudarlo. Al fondo, como modernos molinillos budistas de oración, una cordillera de molinos de vientos mueven sus aspas en el sentido de las manecillas del reloj, en el sentido del tiempo, diría algún poeta.

En Villabal, cientos o miles de pajarillos se arremolinan a la derecha del camino, revolotean entre dos casas como una bandada enloquecida y se colocan en fila sobre un cable de la electricidad. Por un momento no me extrañaría la aparición de Hichcock gritando Corten y los pajarillos yéndose a descansar a la zona de los extras.

En Orbaneja sé que el camino se bifurca, pero desconozco exactamente dónde. Le pregunto a un hombre que acaba de aparcar su coche y responde que hay dos posibilidades. La primera, que el recomienda porque se camina sobre asfalto, es continuar por la carretera, tal y como hemos ido hoy durante largos tramos. La segunda, tirar a la izquierda, donde el camino cursa paralelo al río y se ahorra no menos de una hora y cruzar el extensísimo y aburridísimo polígono industrial de Burgos. Su criterio de que es más cómodo caminar sobre asfalto es el que tenemos casi todos los urbanitas. No hay polvo ni barro. El cemento y el asfalto son lisos y limpios. Sin embargo, para el caminante es justo lo contrario. La peor superficie para andar, después de los pedregales, es el cemento y el asfalto. Es donde más duelen los pies macerados por quince o veinte kilómetros de marcha. La tierra es una bendición para los pies. Mullida, suave como una alfombra. Y cuando caminamos sobre una espesa capa de polvo de arcilla, la pesadilla de cualquier lustrabotas, es como hundirse en una tupida moqueta. Cambian las coordenadas y las preocupaciones. No importan el polvo ni el barro en las botas. Cualquier cosa que atenúe el dolor es bienvenida.

El último tramo hasta la catedral de Burgos, paralelo al río, se me hace bastante largo. Aunque la etapa en general fue confortable y no demasiado extensa, unos 23 kilómetros. En las afueras de la ciudad, se me unen los dos peregrinos de Barcelona y juntos llegamos al albergue municipal a las doce y cinco aproximadamente, hora de apertura. Los amigos madrileños deben haber llegado veinte o treinta minutos antes porque tienen el cinco o el seis en la cola que ya se extiende unos quince metros. Justo en ese momento se abre la puerta del albergue, pero por la lentitud del registro, no entro hasta la una de la tarde.

El albergue, recién remozado, tiene cinco plantas y es moderno, limpio, confortable, con gavetones numerados por plantas para guardar las botas, ascensores y amplias zonas de descanso. Luis, el hospedero que nos atiende, es de una amabilidad exquisita. Me instalan en la tercera planta y pongo una lavadora con toda mi ropa sucia tras ducharme.

En la calle de los Herreros, cerca de la Plaza Mayor, despacho con los colegas madrileños un excelente menú muy de la tierra. Alubias, espárragos, cabrito.

Una visita obligada a la catedral de Burgos, cuya restauración ha sido soberbia. Espléndida, especialmente su cúpula central que me atrevería a calificar como una de las más bellas del mundo, y la Capilla de los Condestables, una verdadera catedral dentro de la catedral, algo que ningún peregrino debería perderse.

Entonces compro una ensalada para la cena y me siento a trabajar, pero desgraciadamente el wifi es absolutamente impracticable, y aunque termino una jornada y media no puedo enviármelas por email para cargarlas en WordPress en una máquina de monedas. Tendría que teclearlo todo de nuevo directamente en el blog.

A las diez y media leo un rato. A las once y media me duermo de un tirón hasta las cinco y media, lo que será la mejor noche del camino. Hasta hoy. Me despierto como la Bella Durmiente tras cien años de sueño reparador, o cien años de soledad durmiente, que para el caso es lo mismo.





Día 10

19 09 2013

(19 de septiembre, 2013)

Belorado – Agés: 28,07 km

A Roncesvalles: 244,15 km

A Santiago de Compostela: 516,66 km

 

La jornada de hoy será algo más larga que la media, y tiene un plus de dificultad añadido, los Montes de Oca, que se elevan por encima de los 1.200 metros. Desde Belorado voy ascendiendo suavemente entre los 772 y los 891 metros de Espinosa del Camino. Saliendo de Villafranca Montes de Oca, una empinada cuesta conduce desde los 950 hasta los 1.200 metros. Es una ascensión dura, pero ni lejanamente el Anapurna que nos vaticinaban. A partir de ahí, el camino se mueve por el alto con subidas y bajadas intermitentes, entre un hermoso bosque de pinos que es interrumpido, de pronto, por la zona más oscura de la historia. En lo más elevado de los montes aparece el monumento a las trescientas personas fusiladas aquí por los partidarios del alzamiento franquista. Desde el último repecho, pasado el río Turrrientes, hasta San Juan de Ortega, el camino es una amplia y cómoda pista flanqueda por el elevado bosque. En San Juan de Ortega visito la iglesia, recién restaurada, y donde supuestamente descansan los restos de santo Domingo de la Calzada, el santo auxiliador de peregrinos, bebo una Cocacola y continúo. Cuarenta y cinco minutos y cuatro kilómetros más tarde entro en Agés, una minúscula aldea que tiene, no obstante, tres albergues para peregrinos. Como el San Rafael estaba lleno cuando llamé ayer, me quedo en el municipal, que está bien, aunque no sea para tirar cohetes. Almorzamos en un pequeño bar y tienda cuya simpática dueña no deja de hablar ni debajo del agua. Su esposo, que comparte con ella el bar, escucha casi siempre en silencio. Un perfecto acople entre una llave de palabras y una cerradura de oído, aunque por su expresión sospecho que solo oye, no escucha. No hay mucho que ver en el pueblo y me acomodo a trabajar en el bar de los bajos hasta que cierran, a las once. Si hubiera sabido la que me esperaba, me habría sentado en la escalera hasta que me cayera, literalmente, de sueño.





Día 9

18 09 2013

(18 de septiembre, 2013)

Santo Domingo de la Calzada – Belorado: 22,97 km

A Roncesvalles: 216,08 km

A Santiago de Compostela: 544,73 km

 

El trayecto de hoy es de solo 22,97 kilómetros, por lo que permanezco trabajando en el albergue casi hasta las ocho de la mañana, cuando tenemos que desalojar por fuerza las instalaciones. Como no pude dormir más que hasta las cinco de la mañana, consigo adelantar bastante.

Supongo que estas referencias al tiempo de la escritura ya van siendo un tanto repetitivas. El caso es que entre caminar, dormir, comer, departir con los compañeros y visitar las ciudades por donde paso, queda poco tiempo para reunir la información que ando buscando para un libro futuro que va del siglo XVI al XXI y de Flandes a América pasando una y otra vez por el Camino de Santiago.

El camino se empina poco a poco (en ocasiones no tan poco) desde los 369 metros hasta los 724 en Grañón. Poco después abandono La Rioja y penetro en tierras de Castilla y León. Avanzo entre colinas roturadas, horizontes abiertos y un cielo que parece una enorme losa azul, fosforescente por el sol. Los campos de cereal y otros cultivos en La Rioja y Castilla están tirados a cordel, impecables, como una suerte de jardín inglés que de paso nos da de comer. Cuando se levanta la brisa parece que estamos viendo el mar, un mar dorado.

Vale la pena hacer un alto en Redecilla del Camino para contemplar en la pequeña iglesia una pila bautismal románica del siglo X si la memoria no me engaña. Una cronología que en América nos resulta abusiva, inabarcable.

El camino transita casi todo el tiempo paralelo a la carretera y el ruido de los coches no es precisamente la banda sonora más agradable. Por fin entro a Belorado aproximadamente a la una de la tarde. Aunque hay una pequeña cola en el albergue Cuatro Cantones, entro inmediatamente porque ya los colegas madrileños habían reservado para los tres y tomado sitio.

Almorzamos un menú de peregrino en el mismo restaurante del albergue, condimentando la comida con buena conversación. En la tarde echamos una mirada al pueblo, que se deja ver en media hora, y encuentro acomodo al final de la cocina, en un sitio donde tengo wifi y un enchufe eléctrico.

El albergue se extiende hacia un hermoso patio presidido por una piscina cubierta. Las habitaciones tienen cuatro literas cada una. No se trata de la tradicional nave con capacidad para decenas de peregrinos. En realidad, es una gran casa muy bien remodelada y habilitada como albergue. Sumamente confortable. Y el ambiente, como es habitual, es de camaradería en un batiburrillo de idiomas. Pero aquí, por el contrario de lo que me sucederá en otras ocasiones, cuando el único hispanohablante sea yo, la comunidad de peregrinos hispanos es muy nutrida.

Sabiendo donde quiero pasar la noche, me he habituado a llamar por teléfono a aquellos albergues que tienen buena prensa (buenas condiciones higiénicas, buena atención y donde no hay fauna indeseable) y reservar mi cama. Los albergues públicos, generalmente muy grandes, no lo permiten, pero sí los privados. Con ello haces tranquilamente el camino, sabiendo que al llegar al sitio tu cama está garantizada.

Estaba sentado trabajando en la cocina del albergue Cuatro Cantones, cuando escucho a dos peregrinos de Barcelona hablando de pernoctar en Agés. Dado que allí hay varios albergues, algunos de los cuales tienen mala fama, les hablé de la posibilidad de reservar. Me dijeron que no lo habían hecho hasta entonces, les ofrecí los teléfonos y comenzaron a conversar entre ellos sobre si era ético reservar albergue y si ello no desnaturalizaba la verdadera esencia del camino. Decidieron que la esencia del camino era justamente ir al albur, a la buena de Dios, dormir donde te sorprendiera la noche y comer lo que encontraras. Esa, según ellos, era la única esencia posible, la tradicional. Y hablaron de que antiguamente los peregrinos se hospedaban gracias a la benevolencia de los lugareños y comían lo que tuvieran a bien ofrecerle. Mientras que ahora todo está comercializado. A riesgo de meterme en lo que no me importaba (y como aquello parecía un reproche a mi propuesta de reservar) les objeté que la esencia del camino era algo muy difuso, pero que si queríamos atenernos a los usos y costumbres medievales había dos posibilidades. La primera, vestir un sayal de tosca aspillera, unas sandalias en invierno y verano, cargar una calabaza para el agua y un morral para lo que nos ofrecieran de comer, y hacer de esa guisa los 760 kilómetros. Comiendo frutos del bosque y sobras, durmiendo al raso las más de las veces, y sin bañarnos a menos que por accidente cayésemos a un río helado. La segunda variante sería hacerlo como los reyes y los dignatarios de la iglesia. Con un séquito de cien edecanes que fuese barriendo el camino a nuestro paso y tuviesen a punto el cochinillo al concluir la jornada. Cuál de las formas tradicionales prefieren, pregunté. Lo que no se puede pedir a pueblecillos deprimidos, y donde el peregrino es el único turista (no hay en ellos sol ni playa ni Museo del Prado), que ofrezcan lecho y yantar a peregrinos que calzan botas de 150 euros y en lugar de morral traen mochilas de diseño, 500 o 600 euros en equipamiento (más de lo que quizás gane en un mes ese campesino), sin que nadie pida a Decathlon o a North Face una rebaja en nombre de Santiago. En realidad, la esencia del camino es que cada cual tiene la suya. Esa es la verdadera esencia gracias a la cual acuden aquí católicos y protestantes, budistas y ateos, soñadores de cualquier naturaleza, deportistas, caminadores de vocación. Cualquier esencia es admisible, porque el camino es para todos.

Posteriormente se produjo la (hasta hoy, por suerte) única conversación sobre política cubana. Me vi obligado a desmontar con datos, suavidad y paciencia, todos los lugares comunes que la publicidad del gobierno cubano ha conseguido inocular, como un virus, en la dotación de una izquierda que suele repetirlas sin masticar. Y, desde luego, sin metabolizarlas previamente. Comenzando porque Cuba en 1959 era Bolivia, cuando el único aborigen que quedaba en la Isla permanecía impávido en el logotipo de la cerveza Hatuey. Que era un prostíbulo de los norteamericanos. El lupanar de la mafia. Y terminando con el embargo. De haberse levantado, afirmaban categóricamente, Cuba sería el paraíso verde olivo. Obviamente, no voy a reproducir aquí la conversación completa.

Corro sobre lo que ya se pueden imaginar tupido velo, como dirían los escritores antiguos (o los escritores picúos) y hasta mañana que tengo sueño y he perdido mucho tiempo en esta bobería.





Día 8

17 09 2013

(17 de septiembre, 2013)

Ventosa – Santo Domingo de la Calzada: 31,90 km

A Roncesvalles: 193,11 km

A Santiago de Compostela: 567,70 km

 

Hoy se separa mi camino del de la amiga canadiense, la canaria, el caminante alicantino y el bombero. Ellos van a hacer una etapa más corta, pero yo me he propuesto recuperar lo que no hice ayer. Una jornada de casi 32 kilómetros hasta Santo Domingo de la Calzada pasando por Nájera.

Me levanto a las cuatro y media, preparo mi mochila en silencio y emprendo el camino a las cinco y cuarto, sabiendo que lo haré a oscuras durante al menos dos horas y media.

Los primeros ocho kilómetros no presentan mayor dificultad. El camino de gravilla blanca y arcilla se ve bastante bien en contraste con la oscuridad de la vegetación en los márgenes. En cada cruce enciendo la linterna y busco las flechas amarillas, las señales, para no perderme. A tres kilómetros de Ventosa que, por cierto, tiene perfectamente puesto su nombre, veo a lo lejos Nájera, pero la pierdo de vista poco después en esta zona de encrespadas colinas. Unos dos kilómetros antes de llegar a Nájera, el camino cruza la carretera y la señal parece indicar que continúe paralelo al muro de una especie de nave o fábrica. Lo hago durante más de un kilómetro. Entonces me doy cuenta de que estoy cruzando por debajo de un elevado la autovía. Al comprobar el mapa descubro que me he desviado hacia el este un kilómetro. Regreso a la carretera en plena oscuridad, y como no encuentro señales adicionales decido ir a Nájera no como peregrino, sino como una furgoneta cualquiera, por la carretera. En total, pierdo más de una hora y, al menos, tres kilómetros adicionales, lo que convertirá la jornada de 32 en una de 35 kilómetros.

Llego a Nájera cerca de las ocho y en el primer bar, donde me contemplan asombrados porque por allí no entra un solo peregrino, me bebo un café con una tostada minúscula (a un precio minúsculo también, todo hay que decirlo) y por fin, luego de cruzar todo el pueblo, atravieso el río por un bello puente y retomo el camino.

Comienza a lloviznar y saco poncho y polainas a la espera de un aguacero, porque el cielo es un desfile de nubarrones negros. Pero diez minutos más tarde cesa la lloviznita y no caerá una gota más en toda la jornada.

A la salida de Nájera, tras subir una cuesta, un cartel me da muchísimo ánimo. Para Santiago de Compostela solo quedan 582 kilómetros. Es decir, o están mal mis cálculos o está mal el cartel, o hablamos de dos posibles itinerarios.

Entre leves subidas y bajadas, por un camino que por momentos se hace eterno, paso imperceptiblemente de la tierra del vino a la tierra del cereal, de las verdes viñas a los campos de trigo.

Estuve indagando ayer la posibilidad de visitar San Millán de la Cogolla, la cuna del idioma, pero tendría que tomar un taxi en Nájera que me lleve al monasterio (a un precio respetable), desviarme diez kilómetros, con la posibilidad de no poder entrar si las visitas concertadas ya han sido cubiertas, y luego tomar otro taxi de regreso para continuar el camino. Me temo que quedará para otro viaje específico.

Después de una loma no tan empinada como larga, hasta los 628 metros, llego a Cirueña, entro por el club de golf y desde allí solo quedan unos seis kilómetros hasta mi destino. Pasada la mitad de ese trayecto, avisto el pueblo del primer santo que se dedicó a atender peregrinos. Asumo una marcha de paso largo y cubro el resto de la distancia en media hora. A la una menos cuarto entro al espléndido edificio del Albergue de la Cofradía del Santo. Siete horas y media caminando para hacer 35 kilómetros. Poco menos de cinco por hora. Con muy pocas paradas, eso sí.

El Albergue pertenece a una cofradía que está asistiendo a los peregrinos desde 1106. Ha sido completamente remodelado dentro de un caserón del siglo XV hasta convertirlo en un macroalbergue de 154 plazas ampliables en 71 más. Y no solo es grande sino muy hermoso y confortable, con su patio central de luces y todos los servicios impecables.

Almuerzo un suculento menú en el restaurante de al lado y antes de ponerme a trabajar visito la iglesia y la muralla. La memoria del santo está presente en todo el pueblo.

Aquí me encuentro por última vez con el malagueño, con quien comparto un tinto, un café y buena conversación.

Me permiten quedarme trabajando hasta más tarde y, como ya viene siendo costumbre, apenas puedo dormir cinco horas.





Día 7

16 09 2013

(16 de septiembre, 2013)

Logroño – Ventosa: 19,70 km

A Roncesvalles: 161,21 km

A Santiago de Compostela: 599,60 km

Antes de embarcarme en esta aventura, consulté varias páginas web y libros sobre el Camino. Para fijar la ruta y las etapas en dependencia de la distancia y de los sitios donde pernoctar. Muchas páginas sobre el Camino, en particular la de Eroski, ofrecen opiniones de los peregrinos sobre los diferentes albergues, desde la calidad y la limpieza de las instalaciones hasta el precio (entre 5 y 10 euros la noche por lo general, aunque en algunos solo se pide la voluntad, lo que el peregrino quiera pagar), la atención de los hospitaleros y la posibilidad, por suerte escasa, de encontrar chinches y otra fauna en las camas. De modo que elaboré una clasificación de los albergues desde los muy recomendables hasta los absolutamente indeseables. Esto viene a cuento porque hoy pensaba hacer la ruta Logroño – Nájera, pero al llamar por teléfono me comunicaron que todos los albergues recomendables estaban llenos. Ante la perspectiva de pasar la noche en un sitio poco habitable, algunos decidimos hacer hoy una etapa más corta de lo habitual y quedarnos en Ventosa, a 19,70 kilómetros de Logroño y a 10 de Nájera, que habría sido, en principio, nuestro destino.

El malagueño decide continuar hacia Nájera y nos despedimos con la casi certeza de no reencontrarnos en el Camino. Diez kilómetros pueden ser una distancia insalvable.

Salgo solo, aun de noche. Abandonar Logroño es una empresa más larga de lo que pensaba. En el parque de San Miguel hay que fijarse muy bien en las señales para no perder el Camino. Es curioso que donde más fácilmente se pierde un peregrino es en las grandes ciudades, donde no siempre la señalización es todo lo explícita que se necesitaría. Coincido con un broker australiano recién jubilado que se confiesa un hombre de suerte. Tiene una cabaña en Suiza, donde suele ir a esquiar. Me pregunta si soy norteamericano, prueba de la mala opinión que tienen los australianos sobre la pronunciación de los yankis. Por qué viene a hacer el Camino un broker australiano no especialmente religioso, le pregunto. Lo decidió en un par de días, armó la mochila, dejó el móvil y el ordenador y no paró hasta Roncesvalles. Pero, por qué. Para librarme un mes de mi mujer, responde categórico.

En el Embalse de la Grajera me detengo unos minutos para quitarme el jersey y tomar una foto del amanecer. El australiano continúa. Poco después, en una carpa perfectamente instalada al lado de su furgoneta, encuentro a un peregrino itinerante, el Pasante del Camino, una especie de pope ruso del siglo XIX con su sayal marrón, su melena y su barba hasta el medio del pecho. Ofrece sellar la credencial, agua y un cuenco con galletas. Otro cuenco con monedas sugiere que éstas no serán mal recibidas.

La sed no suele ser un gran problema en el Camino, pero sí la puñetera cantimplora que es difícil de colocar. En la cintura, te desequilibra y pesa. En los laterales de la mochila, donde con más frecuencia se acomoda, es difícil, no tanto sacarla, como volverla a su sitio. A veces tienes que quitarte la mochila para beber agua. Un incordio. Quizás la mejor solución sea una pequeña mochila delantera que equilibre en parte el peso de la mochila, aunque termines ensillado como el borrico del peregrino italiano que vi hace dos jornadas camino a Los Arcos. En un recodo del camino nos tropezamos con un hombre ya mayor (más cerca de los setenta que de los sesenta) quien venía en dirección opuesta azuzando a un burro cargado hasta arriba. En burro se detiene sin hacer caso a su dueño y echa una larguísima meada que el hombre mira con paciencia. Más tarde nos enteraremos que este peregrino de a pie, pero con sus bártulos a lomo de burro, ha ido a Santiago y viene de regreso, pero no a Roncesvalles, sino a Italia, desde donde peregrinó. Además de la chica italiana con su enorme perro, he conocido a otro chico, también italiano, que viaja con un precioso perro de pelaje dorado. En la mayoría de los albergues admiten bicicletas y perros (si tienen patio donde dejarlos), pero dudo que el alguno admitan un burro.

A las diez de la mañana aparece en un alto Navarrete, pueblo típico de La Rioja. Buscando un bar donde tomar un café, tropiezo de nuevo con el australiano. Lo llamo por su nombre y se vuelve sorprendido. No me reconoce. Al parecer no es solo a su mujer a quien desea olvidar.

Después de un café y un pincho de tortilla en una terraza con excelentes vistas, continúo los siete kilómetros que me faltan hasta Ventosa, un pueblo que se aparta un par de kilómetros del camino principal, aunque después puedes retomarlo sin desandar lo andado. Una pillería del dueño del albergue (supongo, es el más interesado) ha sido pintar flechas amarillas, el símbolo tradicional del Camino, en dirección al pueblo, como si el Camino se bifurcara.

Cuando llego, falta todavía una hora para que abran el albergue San Saturnino (el único). Pido en el bar una cerveza y entablo conversación con los dos bancarios de Madrid y la enfermera canaria que ha llegado antes que nosotros en compañía de tres hermanos norteamericanos, uno de los cuales vive en Australia y tiene una zancada de un metro veinte por lo menos. La traían a la carrera.

Ventosa es una minúscula aldea con el albergue y un bar donde preparan bocadillos y platos de pasta recién importados de Italia a juzgar por el precio. No hay tienda, a excepción de la minúscula tienda del albergue, donde compramos algunos víveres para hacer esta noche una cena comunitaria. Casi obligatoria, porque no hay de noche lugar alguno donde cenar.

El albergue es confortable y dispone de una bella terraza donde tender la ropa, leer y departir al solecito de este otoño incipiente que se niega a dejar de ser verano.

Entre el chef-bombero y su ayudante alicantino, preparan una tortilla española de libro de texto, ensalada mixta y menestra de frutas. Un banquete. Luego, el hospitalero me permite continuar escribiendo en el comedor hasta la hora que desee, siempre que al terminar apague la luz. Pero hoy intentaré dormirme no más tarde de las once. Tal como hizo hoy el malagueño, mañana me separo del grupo, que solo va a andar hasta Azofra o Cirueña. Quiero pasar Nájera y llegar hasta Santo Domingo de la Calzada, unos 32 kilómetros. Deberé salir temprano si quiero llegar a mi destino a una hora razonable. Caminar por la tarde, con el sol alto, y peor si es después de almuerzo, es mucho más extenuante que hacerlo en la mañana, cuando el frío te empuja hacia delante.





Día 6

15 09 2013

(15 de septiembre, 2013)

Los Arcos/Logroño: 28,34 km

A Roncesvalles: 141,51 km

A Santiago de Compostela: 619,30 km

 

Salgo, como de costumbre, muy temprano. El camino corre paralelo a la carretera, lo cual es un verdadero incordio. Ir todo el día escuchando el paso de los coches y, peor, de los camiones.

Saliendo de Torres del Río, el cielo es a parches de un azul intenso asediado por negros nubarrones que avanzan hacia el Este. El sol, brillante, pero tamizado por este cielo extraño, disuelve el paisaje en una luz fantasmagórica. Nuestras siluetas se proyectan sobre el camino con la misma nitidez que una sombra chinesca.

A cada rato consulto el mapa del camino, porque he convertido la guía en separatas, con el perdón de su autor. Muchos prescinden de ella, pero según mi experiencia es recomendable llevar una guía actualizada donde sea posible encontrar información sobre los albergues, las etapas, historia, arquitectura. Para leer de noche la etapa siguiente. De poco sirve la guía dentro de la mochila durante el trayecto. Cualquier cosa que exija desensillarse es poco recomendable. Es más importante llevar a mano mapas de cada etapa detallados, cuanto más pequeños, mejor. Y para eso lo mejor es una camisa técnica con apertura lateral de los bolsillos, de modo que las cinchas de la mochila no te impidan acceder a su contenido. En ellos puedes llevar el teléfono, el mapa, un cuadernillo y un bolígrafo, la cartera y la credencial. Todo a mano. Y a los efectos térmicos, llevar una camiseta y una camisa técnica, transpirable, con protección antimosquitos y de secado rápido, te permite, en caso de frialdad, conservar el calor, y en caso de calor, que el sudor se quede en la camiseta y la camisa deje escapar poco a poco esa humedad refrescante durante el trayecto.

En Virgen del Poyo hay una subida dura que tiene su contrapartida en una bajada pedregosa por un sendero que más parece un barranco.

La etapa no es tan dura como larga. La más larga hasta hoy, y tan cerca del tráfico que, después de tantos días de silencio, nos percatamos de que el ruido cansa. Físicamente.

En una etapa como esta los adelantamientos son continuos. Nosotros adelantamos a otros peregrinos. Otros nos adelantan a nosotros. Y los ciclistas nos adelantan a todos. Más que buenos días o good morning, el saludo habitual es un Buen Camino.

Buen camino es el santo y seña de este recorrido. Se usa con todas las entonaciones, con todos los acentos, incluso los más enrevesados, el farfullado de un peregrino finlandés (la frase parece que tropieza con témpanos de hielo), o el acento silencioso de un peregrino japonés que responde al Buen Camino con una reverencia. Buen Camino es, al mismo tiempo, buenos días y buenas tardes o noches. La frase de saludo y despedida, o cuando dos peregrinos se cruzan. Es muy hermoso que en algún lugar del mundo te deseen no solo los buenos días o las buenas tardes de hoy, sino el mejor camino, el mejor mañana, el mejor porvenir. Quisiera interpretar que nos deseamos lo mejor para cualquier camino de aquí en adelante, los caminos que emprenderemos una vez alcanzado Santiago

Hoy hemos visto temprano al hombre de negro, pero no ha vuelto a aparecer.

El hombre de negro es un ser misterioso que aparece y desaparece en el camino. Va en dirección a Santiago y en la contraria. Mediana estatura, complexión musculosa, pelo cano, cuarenta y pocos años, vestido de negro de pies a cabeza y con una pequeña mochila a la espalda. De pronto, silencioso como un suspiro, te adelanta. Un par de horas más tarde, viene a contramano, a su paso, tranquilo, o lo encuentras en un pueblo, sentado en un café, fumando un Marlboro. O aparece en un recodo del camino comiendo moras y responde a tu Buen Camino con una frase ininteligible. El hombre de negro es una especie de fantasma. Está y no está. Es una posibilidad. Un accidente impredecible.

Llegamos a Logroño en pandilla de seis. Ocupamos una habitación en el hotel Entresueños, que ha reconvertido parte de sus instalaciones en uno de los mejores albergues del camino. Habitaciones de tres literas, duchas y sanitarios impecables, una cómoda cocina y una espaciosa zona de estar y lectura, además de Internet gratis y wifi.

Aquí concluyen su viaje el médico de Murcia y otros con los que hemos compartido parte del Camino. Es frecuente que muchos hagan la ruta por tramos en años sucesivos, o que solo hagan aquella zona que geográfica o culturalmente les interesa.

Caminamos la calle Laurel, paraíso de la tapa. Después de almorzar en uno de los pocos restaurantes cuya cocina permanece abierta casi a las cuatro, y donde una señora con delantal almidonado y aspecto de abuelita buena nos sirve un menú más elaborado que generoso, salgo a caminar la ciudad. La iglesia, donde hay un Miguel Ángel que no se parece a ninguno que haya visto, es digna de una visita, en particular el coro. La animadísima calle Portales, las murallas de Revellín y el parlamento de La Rioja, tanto como la iglesia de Santiago el Real. Compruebo que no son tan grandes los huevos del caballo de Espartero en la estatua que preside El Espolón. Y me siento en una terraza de la Plaza del Mercado, frente a la fachada de la catedral. A una negra de facciones perfectas, alta y de pelo encrespado como una princesa yoruba, le pido un café. Un café solo, le digo (si está bueno), o cortado (en caso contrario). Me trae el mejor expreso del camino y me pregunta de dónde soy. La princesa yoruba que sirve cafés en La Rioja, en pleno Camino de Santiago, nació en el otro Santiago, el de Cuba. De niña debió escuchar con frecuencia la famosa conga “Hasta Santiago a pie” que yo intento poner en práctica.