Día 28

7 10 2013

(7 de octubre, 2013)

O Cebreiro – Triacastela: 21,69 km

A Roncesvalles: 624,01 km

A Santiago de Compostela: 136,80 km

Anoche, cuando el colega francés me comunicó el plan de etapa para hoy, le respondí que yo me quedaría antes. Me dijo entonces: salimos juntos y decide sobre la marcha. Pero tras otra noche de maldormir, a las cuatro concilio un sueño profundo y, desde luego, no me despierto a las cinco, como era el propósito de los demás para partir a las seis, sino casi media hora más tarde.

1007 Galicia_1642x1231

La etapa hasta Triacastela, 21,89 kilómetros, me permitirá llegar temprano y adelantar, ir grabando información y disfrutar la entrada de Galicia. Llegar a Santiago de Compostela no es para mí un objetivo, sino un resultado. Lo verdaderamente importante es el camino. Aunque no tengo nada en contra de quienes hacen el camino por razones deportivas, o se proponen metas kilométricas diarias, vencer retos de resistencia, mi plan no es precisamente ese, y no quiero ganar un día si, a cambio, debo perder una semana.

Aproximadamente a las seis y cuarto ya estoy casi listo y voy hasta la cocina a llenar la cantimplora donde encuentro, haciendo sus cocinaditos matinales, ¿a quién si no? A mi colega coreano que me hace una reverencia más profunda y esta vez me da la mano con efusión. Desde Roncesvalles somos como esos vecinos de toda la vida que nunca han intercambiado palabra, pero cuya presencia otorga a la realidad una suerte de equilibrio. Si faltara, el mundo sería como un Lego defectuoso.

Salgo a las seis y media, treinta minutos después que mis colegas. En plena noche voy hasta Liñares entre descensos y ascensos suaves. Allí me cae la maldición de las meigas por algún pecado cometido por mis antepasados gallegos. En el cruce de la carretera, una flecha amarilla indica hacia un camino que desciende hacia la derecha. Bajo por ahí y continúo por una pista de gravilla que por momentos se convierte en carretera. Me resulta raro no encontrar una sola flecha amarilla en kilómetros, y más raro aun que el camino sea un descenso continuado, cuando en esta primera parte de la etapa la ruta debería ser más o menos horizontal, con leves subidas y bajadas. Para confirmar el aserto de que todos los días sale un tonto a la calle, y que el de hoy soy yo, aparece un minúsculo caserío y no compruebo que su nombre aparezca en el mapa, lo que habría bastado para volver sobre mis pasos.

El profundo silencio que precede al amanecer es roto por los pájaros que acompañan la salida del sol. Nunca me había percatado de esa sincronía.

Atravieso varias granjas ganaderas pero no hay ni un alma. Eso de que los campesinos se levantan para ordeñar a las vacas es cosa del pasado. Ahora parece que las vacas se ordeñan solas. Los únicos que salen a recibirme en las granjas son los perros: pastores alemanes que me insultan en su idioma.

En el fondo del valle veo una iglesia, varias casas y una granja. Aunque ya estoy seguro de que he errado el camino, no me queda más remedio que bajar y encontrar a alguien que me oriente. En el caserío, interpelo a un hombre que sale de un galpón. En un gallego muy cerrado que me resulta casi ininteligible, me indica que debo tomar una carretera hacia arriba, hasta salir al Alto do Poio. Dice que me he desviado tres kilómetros. En realidad, como comprobaré más tarde, me he desviado cuatro kilómetros y otros cuatro para reencontrar el camino. Ocho kilómetros que, añadidos a la ruta original, la elevan a 30 kilómetros. Pero lo peor en que he descendido hasta los 700 metros, y debo remontar hasta los 1.335 cuando, por fin, alcanzo el alto a las nueve y media de la mañana, y estoy a 8,76 kilómetros de O Cebreiro. He tenido que trepar más de 600 metros innecesariamente. Desayuno allí y continúo.

Por una persona a la que pregunto, me entero de que mi error es frecuente. La culpa es del dueño de una casa rural que ha puesto una flecha amarilla en dirección a ella, con lo que numerosos peregrinos se confunden. Es algo que debería ser sancionado. Más tarde me enteraré de que no he sido el único despistado de hoy. Otros siete u ocho peregrinos corrieron la misma suerte.

Del Alto do Poio en adelante el camino es una suerte de paseo, salvo al final, cuando la continua bajada pasa por trillos plagados de grandes piedras. Pero, de momento, voy casi paseando en paralelo a la carretera por una zona bellísima de lomas cultivadas hasta las cimas cubiertas por un penacho de bosque. Comprendo que mis abuelos no echaran de menos en Cuba su campo natal: escandalosamente verde todo el año, poblado de densos helechos y profusamente arbolado.

Por el camino las vaquerías se suceden una tras otra y rara vez se escucha a los lugareños hablar en castellano: el gallego es la lengua del hogar y la familia. Vacas rubias gallegas pastan a todo lo largo de la vía. Una rumia a pocos centímetros del borde del camino, como si posara para la foto. Y si no hay vacas presentes, el camino está plagado de sus recuerdos. Más vale no resbalar y caerse.

1007 Un chuleton posa para la camara_1231x1642

Pasando O Biduedo, hay una hermosa vista del Monte Oribio y se distingue Triacastela en la distancia, aunque para llegar faltan siete kilómetros.

El último tramo serpentea bajo un túnel de árboles, entre ellos castaños centenarios con troncos que pueden sobrepasar los ocho metros de circunferencia, y cuyos frutos verdes tapizan el camino. Una senda umbría que se agradece tras la resolana de las montañas, aunque el día es fresco.

1007 Un castaño gigantesco_1231x1642

En la misma entrada de Triacastela, donde la iglesia de Santiago recuerda su pasado jacobeo y quedan los restos de una cárcel de peregrinos, se levanta el moderno albergue municipal. Confortable y hermoso, está situado frente a un extenso prado y su trasera mira a una arboleda. Carece de wifi, cosa que suple el bar de enfrente. Mis colegas de las últimas jornadas han continuado, pero no sé hasta dónde.

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Después de almorzar y caminar el pueblo, aprovecho bien la tarde. Concluyo cerca de las doce de la noche. Hace mucho frío, de modo que el saco de dormir no es, como jornadas atrás, un artilugio molesto que me obliga a destaparme de madrugada, sino un reducto acogedor que, cerrado hasta la barbilla, crea un microclima que a las seis y media de la mañana me cuesta trabajo abandonar. Pero el camino espera y sólo faltan seis días para llegar a Santiago.

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