Día 29

8 10 2013

(8 de octubre, 2013)

Triacastela – Sarria: 18,37 km

A Roncesvalles: 642,38 km

A Santiago de Compostela: 118,43 km

Cuando desayuno y termino de preparar la mochila, son las siete y quince. Cruzo al bar de enfrente, pido un café, corrijo el post de antes de ayer y termino el de ayer que subo ya revisado. Cuando concluyo son las nueve y cuarto de la mañana. Reservo el albergue de Sarria por teléfono y echo a andar.

Hoy deberé decidir entre dos rutas: una que va hasta Sarria a través de Samos, unos 24 kilómetros, y la otra, que va por San Xil (poco más de 18 kilómetros). Esta última arranca con una fuerte pendiente, pero más tarde se horizontaliza. La otra es mucho más plana. La ruta por San Xil, que es el camino original, ofrece la mejor panorámica de la Galicia profunda (granjas, pequeñas aldeas, campos), mientras la otra ha sido trazada con fines comerciales, para que pase por el mayor número de pueblos. El encanto de ésta es el monasterio de Samos, el gran monumento del camino en Galicia, aparte de Santiago, que han ocupado los monjes casi ininterrumpidamente desde el siglo VI.

De uno me interesa especialmente Samos. Del otro, todo el camino: esa Galicia rural, profunda, bellísima, de la que huyeron mis abuelos, y no precisamente de su estética, sino del olvido, la soledad y la pobreza. Me decido por la última.

Saliendo de Triacastela el paisaje es bucólico: penachos de vegetación en las cimas, prados que las mejores podadoras del mundo, las vacas, han convertido en campos de golf, arroyos y riachuelos por todas partes y el rocío matinal coagulado en la punta de las hierbas en goticas que brillan al sol del amanecer como puntadas de luz, gemas de agua.

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Tras pasar A Ferrería y A Balsa, aldeas de bolsillo, el camino se enseria cuesta arriba hasta el Alto de Riocabo (907 m). Camino empedrado, pero no tanto como la subida a O Cebreiro. En los ascensos está vedada la conversación, pero no el soliloquio. Entablo un ameno diálogo conmigo mismo. “Gracias, LM, por dejar de fumar”. “No hay de qué. A mí también me convenía”. “Ya lo sé. De no ser así, estaría largando (más) el aliento en esta cuesta”.

Después de San Xil, tras un repecho de la carretera, el camino se vuelve llano y la vista a la izquierda, espectacular: montañas y colinas hasta donde alcanza la mirada y, en los valles, lagos de niebla. De un lago blanco de neblina emerge, como una isla, una pequeña cresta.

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Junto a mí pasan dos jóvenes que me miran extrañados hablar con mi mano derecha. Debo aclarar que en ella hay una grabadora. No he enloquecido de camino. Dictando notas y tomando fotos debo andar atento para que no me ocurra lo de ayer y termine en una Galicia más profunda que la planificada.

Una nueva pendiente bastante abrupta corta los estratos de roca que asoman como las teclas de un gran órgano de catedral, y numerosas piedras sueltas obligan a caminar con cuidado. Aunque el camino está repleto de castañas que caen de los árboles, no me quiero pegar un castañazo. Y dispongo sólo de dos tobillos. Fabricado en 1954, para mí no hay ya piezas de recambio.

Entre Fontán y Fontearcuda atravieso bosques de castaños y robles, preámbulo del valle sepultado por la niebla. Es como caminar por una de esas leyendas gallegas de meigas y aparecidos. Las vacas son sustituidas por ovejas y el sol (apenas se sospecha) es algo que alumbra allá en lo alto, pero sólo salpica el suelo de vez en cuando.

 

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Me detengo a beber un zumo y a abandonar a la naturaleza los restos del anterior, y reemprendo el camino por una senda encajonada como el cauce de un arroyo de montaña. Al doblar un recodo aparece un perro, luego un pastor y detrás treinta y cinco vacas blancas, manchadas, marrones, todas con las ubres hinchadas de leche. Como si me pasara por delante, sobre sus propias patas, la sección de lácteos del supermercado: entera, desnatada y semi. Me aparto todo lo posible (las damas primero) para evitar una pisada accidental. Una vaca pesa seis o siete yo. Cierra la comitiva otro pastor, pero alemán.

Penetro de lleno en el corazón de la niebla (no de las tinieblas, Conrad). No se divisa nada más allá de cuarenta pasos. Un cuervo insiste en graznar desde alguna rama invisible. Añade un detalle Edgar Allan Poe a este paisaje.

La carretera está mojada como si hubiera llovido. Las gotas se condensan en mi ropa y en mi piel, porque en realidad voy atravesando una finísima llovizna que disputa a la gravitación universal su empecinada decisión de mantenerse suspendida en el aire, ni nube ni lluvia.

Aparece, fantasmal en medio de la niebla, una iglesia cerrada, como tantas en Galicia, sin párroco desde hace muchos años. Estas iglesias me recuerdan a mi abuelo gallego, un anticlerical militante que odiaba a los curas con la misma intensidad que a los políticos, y eso es mucho decir. Drástica sería la opresión del clero en aquella Galicia de principios del siglo XX para despertar un odio semejante.

Buscaba la Galicia de mis abuelos, y aunque oriundos de Pontevedra, la encontré en Pintín, en Furela, en Fontearcuda, en Montán, en Aguiada, en San Pedro do Camiño. Microscópicas aldeas con cuatro o cinco casas que hoy tienen coche a la puerta, Internet, TV vía satélite y teléfonos móviles. Hace cien años eran sólo viejas casas de piedras oscuras (y más oscuras por dentro a causa del humo), donde con frecuencia convivían humanos y animales, con puertas de un metro cincuenta y ventanucos mínimos por la humedad y el frío, en las que sólo cabía la soledad y la pobreza. Esa Galicia olvidada, donde jamás llegaba la mano del gobierno como no fuera para movilizar a los jóvenes hacia oscuras guerras en países exóticos (Cuba, Melilla, Filipinas), de donde regresaban (en el mejor de los casos, cuando regresaban) tan pobres como antes, pero con la memoria historiada (gracias, Borges) de cicatrices.

Gracias a la guerra de Melilla, de la que huyó el joven Gelasio, tengo un par de abuelos gallegos. Quizás sin ella también los habría tenido. La guerra contra la miseria no pactaba treguas ni armisticios. La niebla (un tanto melancólica) contribuye a invocar aquella Galicia. Posiblemente me acompañe hasta el final de esta etapa. Según me cuentan en Pintín, ayer levantó pasadas las dos de la tarde. Justo en Pintín, según el mapa, ya se ve Sarria desde el alto, pero hoy sólo se ven los árboles cercanos.

Después de esta naturaleza paulatina, resultaría sorprendente para mis mayores la dinámica feroz del trópico: aguaceros apocalípticos que duran quince minutos y escampan de golpe, momento en que el sol, diligente, comienza a evaporar los charcos.

La niebla es del mismo color que los ojos de mi abuelo, tristes incluso cuando se reía. Quizás porque perdió muy pronto a su mujer y a dos hijos, y tuvo que sacar adelante, él solo, a los tres restantes, ejerciendo los oficios más duros, los peor pagados. En sus 96 años no acumuló un gramo extra de grasa ni una carantoña de más. Lo recuerdo siempre dispuesto a ayudar, pero ni una sola caricia, como si fueran igualmente entecos su cuerpo y sus sentimientos. Sólo una vez, cuando a los cuatro años una niña me partió la cabeza de una pedrada (mi primera discusión seria con una dama, mi primera desilusión) y él me llevó a la Casa de Socorros de la calle San Lázaro. Nunca más me abrazó así.

También mi abuela, la asturiana, tenía los ojos grises, pero los suyos se reían a carcajadas cuando decía o hacía alguna de las suyas. Con esa alegría no pudo ni la viudez temprana, ni la hazaña de sacar adelante seis hijos con sus propias fuerzas. Quizás porque nació en Piedras Blancas, cerca del mar, y mi abuelo era hombre de tierra adentro.

Soy el primero en llegar al albergue Oasis, un verdadero hotel de peregrinos. Impecable. Y atrapo la única cama de una sola altura, sin vecino en los altos o en los bajos. Entonces me doy cuenta de que la niebla se ha condensado, goticas diminutas, en los pelos de mis brazos. El cromosoma que se ocupa de mi pilosiodad sufre un desfase geográfico. Mientras desaparecen los pelos de mi cabeza, más me crecen en los brazos. No es raro que la niebla los confundiera con la hierba y me condecorara con un rocío portátil.

Después de almuerzo, camino por Sarria: la iglesia románica de Santa María (siglo XIII), los restos del castillo de Sarria (siglo XIV), la iglesia del Salvador (siglo XI), con portada gótica aunque de planta románica. En la terminal de autobuses averiguo que hay uno hacia Samos a las seis de la tarde. Decido aprovechar lo mejor de ambas rutas y visitar el monasterio.

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A las seis y veinte ya estoy en Samos, donde se levanta, monumental, casi Escorial, diría, el doble claustro y la iglesia flanqueados por el río. Mientras espero, porque la visita guiada al monasterio no comienza hasta las siete, voy al albergue de peregrinos, un tanto desangelado, y a la edificación más antigua del conjunto: la capilla mozárabe del Salvador o del Ciprés (siglo IX), junto a un altísimo ciprés al que se atribuyen mil años.

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La visita no decepciona, aunque las actuales edificaciones son del XVII y XVIII, muy reconstruidos la iglesia y los dos claustros después de los incendios del siglo XVI y de 1951. Los espacios imponen, y los frescos efectuados en los años 60 recogen escenas de la vida de san Benito, aunque a los compañeros del santo les han puesto rostros de personajes locales del siglo XX. Por las fotos de Franco visitando el monasterio, supongo que habrá entre ellos muchos fachas de pro.

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Uno de los doce monjes que habitan el convento me pregunta de dónde soy. “Cubano”. “¿Del exilio?”. “No”, le respondo. “De los que consideran sus compatriotas a todos los cubanos, vivan donde vivan. De los que aspiran a que esa pregunta sea algún día superflua. Aunque vivo en Madrid”.

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El monje nos cuenta que Samos fue el primer albergue y hospital de peregrinos de Europa, en funciones desde el siglo X, y que ello basta para probar que el camino original pasaba por Samos, no por San Xil, como afirma la mayoría de los textos. Tiene lógica, desde luego. Habría que consultar el Calixtino, la más antigua fuente de información sobre el camino. Pero será otro día. Esta noche dormiré de un tirón desde las diez y media hasta las seis de la mañana, algo que ya me venía haciendo falta.

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Día 28

7 10 2013

(7 de octubre, 2013)

O Cebreiro – Triacastela: 21,69 km

A Roncesvalles: 624,01 km

A Santiago de Compostela: 136,80 km

Anoche, cuando el colega francés me comunicó el plan de etapa para hoy, le respondí que yo me quedaría antes. Me dijo entonces: salimos juntos y decide sobre la marcha. Pero tras otra noche de maldormir, a las cuatro concilio un sueño profundo y, desde luego, no me despierto a las cinco, como era el propósito de los demás para partir a las seis, sino casi media hora más tarde.

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La etapa hasta Triacastela, 21,89 kilómetros, me permitirá llegar temprano y adelantar, ir grabando información y disfrutar la entrada de Galicia. Llegar a Santiago de Compostela no es para mí un objetivo, sino un resultado. Lo verdaderamente importante es el camino. Aunque no tengo nada en contra de quienes hacen el camino por razones deportivas, o se proponen metas kilométricas diarias, vencer retos de resistencia, mi plan no es precisamente ese, y no quiero ganar un día si, a cambio, debo perder una semana.

Aproximadamente a las seis y cuarto ya estoy casi listo y voy hasta la cocina a llenar la cantimplora donde encuentro, haciendo sus cocinaditos matinales, ¿a quién si no? A mi colega coreano que me hace una reverencia más profunda y esta vez me da la mano con efusión. Desde Roncesvalles somos como esos vecinos de toda la vida que nunca han intercambiado palabra, pero cuya presencia otorga a la realidad una suerte de equilibrio. Si faltara, el mundo sería como un Lego defectuoso.

Salgo a las seis y media, treinta minutos después que mis colegas. En plena noche voy hasta Liñares entre descensos y ascensos suaves. Allí me cae la maldición de las meigas por algún pecado cometido por mis antepasados gallegos. En el cruce de la carretera, una flecha amarilla indica hacia un camino que desciende hacia la derecha. Bajo por ahí y continúo por una pista de gravilla que por momentos se convierte en carretera. Me resulta raro no encontrar una sola flecha amarilla en kilómetros, y más raro aun que el camino sea un descenso continuado, cuando en esta primera parte de la etapa la ruta debería ser más o menos horizontal, con leves subidas y bajadas. Para confirmar el aserto de que todos los días sale un tonto a la calle, y que el de hoy soy yo, aparece un minúsculo caserío y no compruebo que su nombre aparezca en el mapa, lo que habría bastado para volver sobre mis pasos.

El profundo silencio que precede al amanecer es roto por los pájaros que acompañan la salida del sol. Nunca me había percatado de esa sincronía.

Atravieso varias granjas ganaderas pero no hay ni un alma. Eso de que los campesinos se levantan para ordeñar a las vacas es cosa del pasado. Ahora parece que las vacas se ordeñan solas. Los únicos que salen a recibirme en las granjas son los perros: pastores alemanes que me insultan en su idioma.

En el fondo del valle veo una iglesia, varias casas y una granja. Aunque ya estoy seguro de que he errado el camino, no me queda más remedio que bajar y encontrar a alguien que me oriente. En el caserío, interpelo a un hombre que sale de un galpón. En un gallego muy cerrado que me resulta casi ininteligible, me indica que debo tomar una carretera hacia arriba, hasta salir al Alto do Poio. Dice que me he desviado tres kilómetros. En realidad, como comprobaré más tarde, me he desviado cuatro kilómetros y otros cuatro para reencontrar el camino. Ocho kilómetros que, añadidos a la ruta original, la elevan a 30 kilómetros. Pero lo peor en que he descendido hasta los 700 metros, y debo remontar hasta los 1.335 cuando, por fin, alcanzo el alto a las nueve y media de la mañana, y estoy a 8,76 kilómetros de O Cebreiro. He tenido que trepar más de 600 metros innecesariamente. Desayuno allí y continúo.

Por una persona a la que pregunto, me entero de que mi error es frecuente. La culpa es del dueño de una casa rural que ha puesto una flecha amarilla en dirección a ella, con lo que numerosos peregrinos se confunden. Es algo que debería ser sancionado. Más tarde me enteraré de que no he sido el único despistado de hoy. Otros siete u ocho peregrinos corrieron la misma suerte.

Del Alto do Poio en adelante el camino es una suerte de paseo, salvo al final, cuando la continua bajada pasa por trillos plagados de grandes piedras. Pero, de momento, voy casi paseando en paralelo a la carretera por una zona bellísima de lomas cultivadas hasta las cimas cubiertas por un penacho de bosque. Comprendo que mis abuelos no echaran de menos en Cuba su campo natal: escandalosamente verde todo el año, poblado de densos helechos y profusamente arbolado.

Por el camino las vaquerías se suceden una tras otra y rara vez se escucha a los lugareños hablar en castellano: el gallego es la lengua del hogar y la familia. Vacas rubias gallegas pastan a todo lo largo de la vía. Una rumia a pocos centímetros del borde del camino, como si posara para la foto. Y si no hay vacas presentes, el camino está plagado de sus recuerdos. Más vale no resbalar y caerse.

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Pasando O Biduedo, hay una hermosa vista del Monte Oribio y se distingue Triacastela en la distancia, aunque para llegar faltan siete kilómetros.

El último tramo serpentea bajo un túnel de árboles, entre ellos castaños centenarios con troncos que pueden sobrepasar los ocho metros de circunferencia, y cuyos frutos verdes tapizan el camino. Una senda umbría que se agradece tras la resolana de las montañas, aunque el día es fresco.

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En la misma entrada de Triacastela, donde la iglesia de Santiago recuerda su pasado jacobeo y quedan los restos de una cárcel de peregrinos, se levanta el moderno albergue municipal. Confortable y hermoso, está situado frente a un extenso prado y su trasera mira a una arboleda. Carece de wifi, cosa que suple el bar de enfrente. Mis colegas de las últimas jornadas han continuado, pero no sé hasta dónde.

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Después de almorzar y caminar el pueblo, aprovecho bien la tarde. Concluyo cerca de las doce de la noche. Hace mucho frío, de modo que el saco de dormir no es, como jornadas atrás, un artilugio molesto que me obliga a destaparme de madrugada, sino un reducto acogedor que, cerrado hasta la barbilla, crea un microclima que a las seis y media de la mañana me cuesta trabajo abandonar. Pero el camino espera y sólo faltan seis días para llegar a Santiago.





Día 27

6 10 2013

(6 de octubre, 2013)

Villafranca del Bierzo – O Cebreiro: 29,73 km

A Roncesvalles: 602,32 km

A Santiago de Compostela: 158,49 km

Salgo pasadas las seis y media con mi colega francés. La oscuridad sería absoluta de no ser por la Vía Láctea que se despliega como un planetario, pero de verdad. El camino se desplaza paralelo a la carretera, aunque el poco tráfico a esta hora no hace molesta esa vecindad.

Rumio si mi impresión de ayer fue injusta o acertada y no llego a ninguna conclusión. El caso es que mientras trabajaba en el vestíbulo del albergue, donde el wifi era más potente, apareció una pareja de peregrinos ya mayores. Eran cubanos, de Bauta. Los primeros peregrinos cubanos que encuentro en este viaje. De inmediato, el hombre me dice que viven en Georgia. Abandonaron Cuba en 1967 o 1969, como aclarando que son anticastristas de larga data, no de última hora. Me pregunta si vivo en España, desde cuándo y si nunca me he ido a Estados Unidos. Respondo a todo, y aunque la señora se muestra dispuesta a continuar la conversación, él la apura porque tienen que salir a algún sitio. Antes de irse, me comenta que soy el primer peregrino cubano que encuentra en cinco años viniendo a hacer el camino (no sé si cinco viajes a varias etapas por viaje, o si ha hecho cinco veces el camino). “A los cubanos no les gusta caminar 700 kilómetros”, concluye. Se deduce que él no se incluye en “los cubanos”. Se marchan y no vuelvo a verlos, a pesar de que el albergue es relativamente pequeño.

Puede que, verdaderamente, estuvieran apurados por ir a algún sitio, o puede que yo, que abandoné Cuba en los 90 y no vivo en Estados Unidos, la meca del exilio, no merezca su interlocución al no ser suficientemente anticastrista. Si fuera así, y no estoy seguro de que lo sea, me alegro de que la conversación haya sido breve. Mi experiencia con ese exilio fundamentalista y atrincherado en el pasado es equivalente a la que he tenido con sus homólogos de la Isla, aunque sean de signo opuesto.

Hablamos de lo divino y de lo humano hasta Trabadelo, donde nos bebemos un café y seguimos la marcha, una ascensión suave y continuada, que en Herrerías se convierte en una subida seria que remonta desde los 664 metros hasta los 921 en cuatro kilómetros, llegando a A Faba.

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Última mirada a León

Después de pasar Herrerías podemos elegir entre el camino tradicional y la carretera, un trayecto más largo pero con cuestas más suaves. Lo peor del camino tradicional no es la pendiente, sino las piedras que lo tapizan. Un vecino de la localidad nos dice que no, que apenas tiene más piedras de las que se ven en el arranque del camino, que son ciertamente pocas, y abandonamos la carretera a favor del sendero. En menos de doscientos metros ya vamos trepando, y así continuará en los próximos seis kilómetros, hasta A Faba y A Lagúa de Castela, por un roquedal que obliga a afirmar bien los pasos para que los tobillos sufran lo menos posible.

A partir de A Lagúa de Castela, cuando faltan tres kilómetros para coronar O Cebreiro, la ascensión más dura de todo el camino, decidimos concluir por la carretera, trayecto unos 300 o 400 metros más largo, pero de pendiente más suave y con unas vistas que quitan el aliento. La vertiente este nos ofrece una panorámica final de las montañas leonesas. Y, al llegar a la cima, el panorama se abre hacia el oeste: un oleaje de montañas hasta el horizonte: la puerta de Galicia.

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Primera mirada a Galicia

O Cebreiro es la frontera, el sitio donde Galicia y Castilla se encuentran. Una aldea que tiene algo de parque temático de la galleguitud, con las pallozas mejor conservadas de las sierras orientales, de planta oval y cubierta cónica de madera y paja de centeno cosida en retamas. Unas casas rústicas que parecen sacadas de una aldea celta, aunque estuvieron habitadas hasta los años 60. Salvo el santuario de Santa María la Real, de los siglos IX y X, es una aldea completa de servicios al peregrino: el Hospital de peregrinos fundado por Alfonso VI en 1072, que se levanta junto a la iglesia, restaurantes, hostales, lavanderías, bares, tiendas y el enorme albergue municipal que se abre al paisaje de Galicia.

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O Cebreiro

Mientras trabajo en un bar donde hay wifi, los colegas, en asamblea plenaria, deciden no detenerse donde debería acabar la etapa de mañana, en Triacastela, sino avanzar 12 kilómetros más. El propósito es compactar tres etapas en dos y llegar a Santiago el sábado. El amigo francés me lo cuenta cuando regreso al albergue, rayando la hora de cierre. La noche es gélida a 1.300 metros de altura, pero el cielo despejado (y el parte meteorológico) auguran para mañana una jornada sin lluvia, de suaves pendientes y descenso continuado hasta el final.

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O Cebreiro





Día 26

5 10 2013

(5 de octubre, 2013)

Ponferrada – Villafranca del Bierzo: 22,35 km

A Roncesvalles: 572,59 km

A Santiago de Compostela: 188,22 km

Salimos del albergue a las siete en punto, pero no hacia el camino, sino hacia el hotel donde nuestro colega francés, generoso, nos invita a un desayuno continental que nos da gasolina para toda la jornada y un poco más. Jornada no muy larga y prácticamente plana, con pequeñas subidas y bajadas.

Salgo del hotel y voy conversando con el colega vasco hasta pasado Columbrianos. Él ha estado en Cuba, y aunque salió muy decepcionado de allí, le falta información fiable para explicar la radical distancia entre sus expectativas y la realidad. Un escolástico de la izquierda habría intentado encajar con calzador de hierro la realidad en el molde de sus prejuicios, pero él no puede sustraerse de lo que vio.

Comienzan los extensos viñedos del Bierzo en plena vendimia. Intercambiamos “buena vendimia” por “buen camino” y entre Fuentes Nuevas y Camponaraya me detengo para quitarme chubasquero y abrigo, porque vengo sudando a mares y al parecer no va a llover. Mi colega continúa y no lo alcanzaré, dado que me detengo a tomar fotos en el Consejo Regulador de la denominación de origen Bierzo y en el pueblo de Cacabelos, donde me bebo un expreso y llamo a casa.

En una ermita local un señor me pide con entusiasmo que selle la credencial. No puedo negarme. El pueblo rezuma prosperidad. Se nota que los vinos del Bierzo han ganado, por derecho propio, los paladares de un público más exigente.

Entre el trasiego de tractores y camionetas transportando uva, y campos donde vendimian familias completas, continúo hacia mi destino siempre al margen de la carretera. A los bordes del camino y en las guardarrayas de los campos donde se vendimia no aparecen herrumbrosas carretas ni carromatos tirados por burros, sino un surtido de coches entre los que no escasean los BMW, los Volvo y los todoterrenos con lujosas denominaciones de origen.

El campesino no es ya la última pieza del edificio social.

Villafranca del Bierzo es no sólo un pueblo próspero (con chalets de alto estanding, como condecoraciones de dinero, en sus suburbios de las montañas que rodean el valle), sino también hermoso. La iglesia románica de Santiago (1186), el templo gótico de San Francisco (1285), el castillo-palacio de los marqueses Peña Ramino (1514), los palacios de la Rúa del Agua y, al final de esa calle, la excolegiata de Santa María. Así como la fachada de San Nicolás el Real (1649). Frente a la vetustez de tanta piedra, el agua por todas partes y los puentes que sirven de mirador otorgan a la piedra, en compensación, una calidad fluida, líquida y etérea.

El Albergue de La Piedra es excelente. El edificio se construyó adosado a una gran roca de la abrupta ladera y ésta asoma en diferentes estancias, comenzando por la recepción. Sus hospitaleros, una joven pareja de Madrid, son no sólo atentos y laboriosos, sino excelentes interlocutores.

En el centro del pueblo, degustamos un almuerzo muy de la tierra, amenizado con una especie de tuna de mayores que ensaya con sus mandolinas un par de mesas más allá.

Por la noche, nuestro colega francés me propone caminar mañana juntos y continuar así el curso práctico de español con la asistencia técnica del inglés.

Me espera otra noche de sueño tropeloso y despertares intermitentes, algo que ya se va haciendo norma en el camino.





Día 25

4 10 2013

(4 de octubre, 2013)

Foncebadón – Ponferrada: 26,60 km

A Roncesvalles: 550,24 km

A Santiago de Compostela: 210,57 km

 

Hoy se anuncia lluvia a partir de las once, de modo que habrá que intentar avanzar lo más posible en la montaña antes de que empiece. El francés y yo somos los primeros en estar listos y arrancamos a caminar con la seguridad de que los otros ya nos alcanzarán, especialmente la chica argentina que vive en Almería, quien va a toda velocidad por el camino.

Hacemos de noche más de hora y media, desde las siete y cuarto hasta más allá de las ocho y media. A la Cruz de Fierro, uno de los hitos emblemáticos del camino llegamos cuando apenas clarea. Continuamos, mientras amanece, por los bellísimos Montes de León, tapizadas de verde, hasta alcanzar el punto más alto del camino, 1.490 metros, donde se yergue una torre repetidora.

De Manjarín en adelante las bajadas se repiten, una tras otra, a cual más abrupta y pedregosa, verdaderos desriscaderos. La peor pesadilla para el caminante: una bajada encajonada, tapizada de piedras sueltas de diferentes tamaños, barro y humedad por las lluvias recientes.

En las subidas, voy más rápido que mi compañero francés quien tiene un marcapasos y sufre falta de aire, y lo espero en la cima. En las bajadas, él desciende a paso largo o corriendo, como si algún cromosoma de cabra alpina se hubiera incrustado en su ADN, y me espera abajo. Yo prefiero bajar con cuidado, contrarrestar la gravedad con mis bastones, porque me temo que el Apóstol no pagaría la factura del dentista.

El paisaje de monte bajo, robles y castaños es impresionante. Las nubes anudadas al cuello de las montañas. El sol que amanece tenue, dubitativo, comienza a iluminar nuestras espaldas.

En El Acebo hacemos un alto para beber un café y allí nos dan alcance nuestros compañeros que habían salido más tarde. El pueblo, pulcro y cuidado, vive en buena medida de la afluencia de peregrinos que pernocta en sus albergues y hace allí sus comidas. Y en el bar han aprovechado la arribazón de caminantes para elevar los precios a niveles madrileños. Incluso los pajarillos acuden en tropel a picotear las migas de pan que caen de los bocadillos, entrenados, ellos también, para sacar provecho del peregrino.

Cuando llevamos horas caminando juntos y ya tenemos cierta confianza, me aventuro a preguntar a mi compañero francés las razones por las cuales hace el camino. Me cuenta que años atrás, en apenas dos meses, murió su esposa y él sufrió un infarto mientras nadaba en un lago. Tras una operación a corazón abierto, un injerto de vena y un marcapasos, comenzó la rehabilitación. Le advirtieron que no podría hacer grandes esfuerzos, como el ciclismo, pero que si conseguía hacerlo, el Camino de Santiago sería excelente para él. Así lo hizo por primera vez, aunque no en su totalidad. Ahora lo concluye.

Ayer, conversando con nuestro amigo el piloto, me contó que su primer camino fue cuando estaba a punto de nacer su hijo, como una suerte de agradecimiento previo al Apóstol porque todo saliera bien. Su próximo hijo nacerá en diciembre y repite la experiencia con la convicción de que el resultado será el mismo.

Se confirma que cada camino es personal, intransferible. Aunque todos los peregrinos sigan el mismo sendero, no hay dos que sigan la misma senda.

Desde la montaña tenemos a la vista Ponferrada. A la vista no significa a mano. Faltan más de doce kilómetros. El panorama es de postal, salvo la columna de humo de una central eléctrica.

Si Riego de Ambrós es un hermoso pueblo que atravesamos en minutos, Molinaseca, a apenas siete kilómetros de Ponferrada, es un decorado de cine. Coqueto como pocos, el pueblo, plagado de grandes casas antiguas y modernos chalets en las afueras, parece ser un suburbio de lujo para los ponferradinos que se lo puedan costear. Allí bebemos una cerveza y un refresco, junto al puente romano, en la orilla del río, mientras por los altavoces se escucha una avalancha de boleros: sobredosis de amores desdichados, mujeres perversas y desengaños náufragos en océanos de alcohol. Una inyección de entusiasmo para continuar el camino si antes no te echas a la bebida o te suicidas. Según un parroquiano, la camarera está deprimida. Y con esa banda sonora, en breve se lanzará del puente.

Desde aquí hasta nuestro destino pisamos siempre suelo urbanizado.

Llegamos al único albergue de Ponferrada, a pesar de que la ciudad tiene setenta mil habitantes y es final de etapa en muchas guías, el Albergue Parroquial San Nicolás de Flue, el municipal. Mi colega francés continúa hacia un hotel que está en el otro extremo de la ciudad, donde ha dejado su coche cuando vino de Francia. Se quedará allí esta noche, y mañana continuará el camino. Cuando llegue a Santiago, vendrá en tren a recogerlo y regresará en él a casa.

El albergue dispone de 170 plazas a cambio de la voluntad, y una hospitalera italiana entre autoritaria y maternal que a mí, que “ya no soy tan joven” (sic), me coloca en la parte baja de la litera en una habitación poblada por vascos. El albergue tiene buenas instalaciones, pero algunas un tanto singulares. Justo frente a unas duchas para hombres y mujeres han colocado urinarios, lo que es extremadamente embarazoso para ellas.

En el restaurante Mencía, cerca del albergue, me sirven por diez euros el que será uno de los mejores menús del camino: cuatro platos, vino, postre, café y chupito de orujo. Y el camarero insiste en que puedo repetir o cambiar de plato si alguno no me gustase. Y si no quedase satisfecho, no tendría que pagar la consumición, algo, cuando menos, infrecuente. A mitad de menú, aparecen las colegas argentinas y terminamos de comer juntos. A la salida, encontramos al resto de los compañeros que acaban de comer opíparamente en otro restaurante del centro. Algún edicto municipal establecerá en Ponferrada la norma de saciar al peregrino.

Acompaño a mi colega granadino al Hospital de la Reina, un centro privado pero que nació con el compromiso de atender gratuitamente a los peregrinos. Así lo hacen.

Mi visita al Castillo de los templarios es memorable. Ochocientos años de historia, la biblioteca templaria y la exposición “Templum Libri” que reúne muchos de los libros más bellos de la historia: religión, literatura, heráldica, botánica, historia natural, medicina, arte. Un verdadero regalo. El camino de papel complementa el camino de la historia que vamos pisando cada día sobre huellas que se remontan a dos milenios de Occidente.





Día 24

3 10 2013

(3 de octubre, 2013)

Astorga – Foncebadón: 25,13 km

A Roncesvalles: 523,64 km

A Santiago de Compostela: 237,17 km

 

Anoche estuve trabajando hasta las once menos cuarto, cuando amenazaban con apagar el salón biblioteca.

Ocupamos la habitación el militar madrileño, nuestro colega francés, un alemán que no ha hablado una palabra desde que entró y yo. Casi todos están acostados cuando llego.

Noche intranquila, de despertares múltiples. Duermo por etapas, como el camino.

A las cinco y media nuestro francés se levanta y comienza a preparar su mochila. A las seis en punto se encienden las luces, justo cuando podría echar otra horita de sueño. Me preparo para el camino. Cerca de las siete, cuando estamos listos para partir, el alemán sigue durmiendo el sueño de los justos, a prueba de peregrinos mediterráneos.

En el bar Sonrisas tomamos un excelente desayuno por dos euros y partimos el francés, el militar madrileño y yo, que cubriremos juntos toda la etapa. Los tres mantenemos un paso más o menos semejante. Cuando estamos a punto de salir, llegan los otros colegas. La argentina de Almería ha estado curando a nuestro compañero granadino. A las pocas etapas de su viaje, tenía los pies destrozados: ampollas de cinco o seis centímetros de diámetro, uñas desprendidas. Tuvo que permanecer una semana ingresado en un hospital para peregrinos de Logroño, pero sus heridas no están completamente cerradas. Tiene que curarse cada mañana, lo que lleva su tiempo. A pesar de ello, camina con un buen humor a toda prueba.

El camino discurre paralelo a la carretera, pero el tráfico es escaso. A medida que vamos subiendo desde los 869 metros de Astorga hasta los 1.149 metros de Rabanal del Camino, no sólo cambia la orografía sino también la vegetación, el clima, el ozono de la montaña pone su acento en el resuello con cada repecho que ascendemos. La lluvia, por momentos de cierta intensidad, pero no tanta como se esperaba, nos acompaña durante casi todo el viaje.

La etapa es una subida suave pero continua hasta los cinco kilómetros finales, lo que nos permite conversar de lo divino y de lo humano. El francés es un alumno aventajado de Lengua Castellana y prefiere caminar con hispanos para practicar el idioma. En caso de necesidad (nada infrecuente) continuamos la conversación en inglés. Nuestro colega militar es piloto de aviones de transporte y, lógicamente, necesita el inglés a diario para comunicarse con las torres de control, especialmente en sus misiones en África, Afganistán y Asia Central. A pesar de que es parco, nada proclive a la narrativa de sus aventuras, sus historias de Afganistán, Dakar, la isla de Gorée, en Senegal, desde donde embarcaban los esclavos hacia América, o las misiones en el cuerno de África, son fascinantes. Nuestro amigo francés cuenta de sus años en el ejército de su país y su trabajo en las centrales nucleares. Pero, además, intercambiamos anécdotas, libros, películas, historias familiares. Hasta que atravesamos el bello pueblo de Rabanal del Camino. Desde ahí hasta Foncebadón ascendemos desde 1.149 metros a 1.439 en cinco kilómetros. La subida nos exige reservar el aliento. Silencio e introspección.

Foncebadón era una aldea abandonada donde ahora crecen varios albergues. Quedarse en Rabanal del Camino había sido más cómodo hoy, pero mañana deberíamos empezar, a oscuras, con cinco kilómetros de escalada. Y la próxima etapa a Ponferrada se estiraría hasta los 32 kilómetros.

El albergue Monte Irago, privado, va de regular hacia abajo. Un solo baño y una sola ducha para todos los peregrinos, un menú de regular a flojete y un hospitalero que no cesa de pronunciar sentencias de libros de autoayuda y cursos de yoga por correspondencia. Reivindica que no hay wifi para que los peregrinos se comuniquen entre ellos, como si durante el camino fuéramos mudos. Pero hay ordenadores con acceso a Internet por monedas. La tacañería elevada a preceptiva moral. Pero estoy cansado y comiendo. No me gusta discutir con la boca llena.

De noche optamos por un bocadillo en la bella tienda que han habilitado a veinte pasos un par de jóvenes muy amables, y para terminar, un postre de conversación.

A pesar del cansancio, esta noche será, también, intermitente.





Día 23

2 10 2013

2 de octubre

San Martín del Camino-Astorga: 24,16 km

A Roncesvalles: 515,95 km

A Santiago de Compostela: 286,05 km

 

Otro día, y aun nos queda mañana, de camino junto a la carretera. Esta tendría que haber sido una etapa musical, pero dejé los auriculares enterrados en el fondo de la mochila y, como se anunciaba lluvia, esta iba cubierta con su forro, así que por pura vagancia pasé casi toda la jornada escuchando la música de los camiones y los coches al circular por la carretera a cien kilómetros por hora.

Mañana no cometeré el mismo error. Pondré a los camiones una banda sonora de Miles Davis, B. B. King y Bach.

Anoche estaba realmente cansado. Apagaron la luz a las diez, leí media hora y me dormí sin pausas hasta las cinco de la mañana. Fui a asearme haciendo el menor ruido posible, pero a mi regreso, los otros siete compañeros de habitación ya estaban despiertos. Me tocó el dormitorio de los madrugadores. Dos chicas argentinas, una de las cuales vive en Almería, un granadino, un vasco, un francés, un joven soldado de Torrelodones que llegó de Madrid en mi mismo tren, y el correcaminos húngaro.

Después de un copioso desayuno en el albergue y una conversación con el granadino y el vasco que queda aplazada porque tenemos que salir, abandono el albergue a las siete y cuarto de la mañana. Se anuncia agua, de modo que llevo polainas, chubasquero y he forrado la mochila. Aproveché el viaje a Madrid para comprar un forro a la mochila y dejar allí el poncho que el viento convierte en estandarte de la infantería peregrina. Ahora voy más cómodo y perfectamente protegido: las polainas evitan que el agua entre en las botas, el forro protege la mochila, el chubasquero, la cabeza y el tronco, y como dice el refrán, “para comer pescado hay que mojarse el culo”, y para ir a Santiago, también. Lo malo de esa indumentaria impermeable, es que cuando me quito polainas y chubasquero, estoy empapado de sudor aunque haga frío. La única que no ha sudado es la mochila.

Pasados los primeros siete kilómetros y medio de camino paralelo a la N-120, con el tráfico (por suerte) más ligero de la mañana, la ruta se desvía hacia el norte para pasar por Puente Órbigo, un pueblecillo agradable después de tanta carretera. Cruzo el puente del Passo Honroso donde en 1434 don Suero de Quiñones se apostó con nueve colegas y retó a todo caballero que quisiera cruzar el puente a batirse con él y con los suyos. Se creó un atasco monumental. En un mes se quebraron más de trescientas lanzas, todo para que don Suero impresionara a su dama, doña Leonor de Tovar. Hoy existen  modos menos tremebundos de ligar. Aunque queden sus casos patológicos. Tal como hizo en su día don Suero tras imponer peaje de guerra en el puente, continúo viaje hacia Santiago, aunque no con el mismo propósito.

Pasado Hospital de Órbigo, puedo elegir entre continuar el andadero paralelo a la carretera, o desviarme hacia el norte para pasar por Villares de Órbigo y Santibáñez de Valdeiglesias, pueblos típicos de la Maragatería, como se conoce esta zona de Castilla León. La elección sería fácil si el desvío hacia el norte no añadiera siete kilómetros a los 24 que ya deberemos recorrer. Me resigno a la carretera y continúo.

El paisaje de maizales y camiones es invariable hasta que abandonamos la carretera cerca del crucero de Santo Toribio, un maravilloso mirador sobre el pueblo de San Justo de la Vega, la ciudad de Astorga y el monte Teleno. Se cuenta que en este punto se detuvo Santo Toribio a su salida de la ciudad y, volviendo la vista hacia ella, exclamó “De Astorga, ni el polvo”, mientras sacudía sus sandalias para no llevarse ni ese souvenir. (Lejos estaba de adivinar que la ciudad lo nombraría su santo patrón). Pero ahora, en lugar del santo, hay apostado un guitarrista ambulante que entona la misma canción de bienvenida al peregrino de turno, cambiando la nacionalidad. No siempre rima igual neozelandés que canadiense, pero se agradece el esfuerzo. En la tarde se aposta en la Plaza Mayor para cantarle a los ciclistas que llegan a esa hora.

En un bar de San Justo de la Vega, el primero desde Hospital de Órbigo, reencuentro a mis compañeros de habitación de anoche que, al parecer, forman un grupo (tejido por el azar y el camino) desde varias jornadas atrás. Bebo una caña y continúo en su compañía hasta el Albergue Municipal Siervas de María, excelente en sus instalaciones.

La ducha nos quita de encima no menos de diez kilómetros, y salimos a comer un menú. Lo adecuado habría sido pedir un cocido maragato, que se come en orden inverso: carne, verduras y por último la sopa. Pero está muy sobrevalorado, como podemos comprobar en los restaurantes locales. La conversación es más suculenta que el menú, aunque nos desquitaremos en la noche con unas tapas en el bar Cubasol, al que acudimos en una tarde de lluvia. Albergues, anécdotas, personajes que han quedado atrás o adelante en el camino. Somos soldados veteranos, avezados peregrinos que en 20 días hemos reunido un universo de historias que no se parecen a nuestras vidas anteriores. Una vida incrustada en nuestra vida habitual, entre dos paréntesis: Roncesvalles y Santiago.

En la tarde visitamos el peregrino francés y yo la catedral y el Museo del Camino, en el edificio obra de Gaudí. Pero el museo está cerrado, aunque admiten la entrada libre a los jardines y a la tienda. La catedral también estás cerrada hasta mañana a las nueve. Menos mal que no tenemos ninguna necesidad espiritual urgente. Dios atiende en horario de oficina y no hay Urgencias Espirituales las 24 horas.