Día 24

3 10 2013

(3 de octubre, 2013)

Astorga – Foncebadón: 25,13 km

A Roncesvalles: 523,64 km

A Santiago de Compostela: 237,17 km

 

Anoche estuve trabajando hasta las once menos cuarto, cuando amenazaban con apagar el salón biblioteca.

Ocupamos la habitación el militar madrileño, nuestro colega francés, un alemán que no ha hablado una palabra desde que entró y yo. Casi todos están acostados cuando llego.

Noche intranquila, de despertares múltiples. Duermo por etapas, como el camino.

A las cinco y media nuestro francés se levanta y comienza a preparar su mochila. A las seis en punto se encienden las luces, justo cuando podría echar otra horita de sueño. Me preparo para el camino. Cerca de las siete, cuando estamos listos para partir, el alemán sigue durmiendo el sueño de los justos, a prueba de peregrinos mediterráneos.

En el bar Sonrisas tomamos un excelente desayuno por dos euros y partimos el francés, el militar madrileño y yo, que cubriremos juntos toda la etapa. Los tres mantenemos un paso más o menos semejante. Cuando estamos a punto de salir, llegan los otros colegas. La argentina de Almería ha estado curando a nuestro compañero granadino. A las pocas etapas de su viaje, tenía los pies destrozados: ampollas de cinco o seis centímetros de diámetro, uñas desprendidas. Tuvo que permanecer una semana ingresado en un hospital para peregrinos de Logroño, pero sus heridas no están completamente cerradas. Tiene que curarse cada mañana, lo que lleva su tiempo. A pesar de ello, camina con un buen humor a toda prueba.

El camino discurre paralelo a la carretera, pero el tráfico es escaso. A medida que vamos subiendo desde los 869 metros de Astorga hasta los 1.149 metros de Rabanal del Camino, no sólo cambia la orografía sino también la vegetación, el clima, el ozono de la montaña pone su acento en el resuello con cada repecho que ascendemos. La lluvia, por momentos de cierta intensidad, pero no tanta como se esperaba, nos acompaña durante casi todo el viaje.

La etapa es una subida suave pero continua hasta los cinco kilómetros finales, lo que nos permite conversar de lo divino y de lo humano. El francés es un alumno aventajado de Lengua Castellana y prefiere caminar con hispanos para practicar el idioma. En caso de necesidad (nada infrecuente) continuamos la conversación en inglés. Nuestro colega militar es piloto de aviones de transporte y, lógicamente, necesita el inglés a diario para comunicarse con las torres de control, especialmente en sus misiones en África, Afganistán y Asia Central. A pesar de que es parco, nada proclive a la narrativa de sus aventuras, sus historias de Afganistán, Dakar, la isla de Gorée, en Senegal, desde donde embarcaban los esclavos hacia América, o las misiones en el cuerno de África, son fascinantes. Nuestro amigo francés cuenta de sus años en el ejército de su país y su trabajo en las centrales nucleares. Pero, además, intercambiamos anécdotas, libros, películas, historias familiares. Hasta que atravesamos el bello pueblo de Rabanal del Camino. Desde ahí hasta Foncebadón ascendemos desde 1.149 metros a 1.439 en cinco kilómetros. La subida nos exige reservar el aliento. Silencio e introspección.

Foncebadón era una aldea abandonada donde ahora crecen varios albergues. Quedarse en Rabanal del Camino había sido más cómodo hoy, pero mañana deberíamos empezar, a oscuras, con cinco kilómetros de escalada. Y la próxima etapa a Ponferrada se estiraría hasta los 32 kilómetros.

El albergue Monte Irago, privado, va de regular hacia abajo. Un solo baño y una sola ducha para todos los peregrinos, un menú de regular a flojete y un hospitalero que no cesa de pronunciar sentencias de libros de autoayuda y cursos de yoga por correspondencia. Reivindica que no hay wifi para que los peregrinos se comuniquen entre ellos, como si durante el camino fuéramos mudos. Pero hay ordenadores con acceso a Internet por monedas. La tacañería elevada a preceptiva moral. Pero estoy cansado y comiendo. No me gusta discutir con la boca llena.

De noche optamos por un bocadillo en la bella tienda que han habilitado a veinte pasos un par de jóvenes muy amables, y para terminar, un postre de conversación.

A pesar del cansancio, esta noche será, también, intermitente.

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