Día 23

2 10 2013

2 de octubre

San Martín del Camino-Astorga: 24,16 km

A Roncesvalles: 515,95 km

A Santiago de Compostela: 286,05 km

 

Otro día, y aun nos queda mañana, de camino junto a la carretera. Esta tendría que haber sido una etapa musical, pero dejé los auriculares enterrados en el fondo de la mochila y, como se anunciaba lluvia, esta iba cubierta con su forro, así que por pura vagancia pasé casi toda la jornada escuchando la música de los camiones y los coches al circular por la carretera a cien kilómetros por hora.

Mañana no cometeré el mismo error. Pondré a los camiones una banda sonora de Miles Davis, B. B. King y Bach.

Anoche estaba realmente cansado. Apagaron la luz a las diez, leí media hora y me dormí sin pausas hasta las cinco de la mañana. Fui a asearme haciendo el menor ruido posible, pero a mi regreso, los otros siete compañeros de habitación ya estaban despiertos. Me tocó el dormitorio de los madrugadores. Dos chicas argentinas, una de las cuales vive en Almería, un granadino, un vasco, un francés, un joven soldado de Torrelodones que llegó de Madrid en mi mismo tren, y el correcaminos húngaro.

Después de un copioso desayuno en el albergue y una conversación con el granadino y el vasco que queda aplazada porque tenemos que salir, abandono el albergue a las siete y cuarto de la mañana. Se anuncia agua, de modo que llevo polainas, chubasquero y he forrado la mochila. Aproveché el viaje a Madrid para comprar un forro a la mochila y dejar allí el poncho que el viento convierte en estandarte de la infantería peregrina. Ahora voy más cómodo y perfectamente protegido: las polainas evitan que el agua entre en las botas, el forro protege la mochila, el chubasquero, la cabeza y el tronco, y como dice el refrán, “para comer pescado hay que mojarse el culo”, y para ir a Santiago, también. Lo malo de esa indumentaria impermeable, es que cuando me quito polainas y chubasquero, estoy empapado de sudor aunque haga frío. La única que no ha sudado es la mochila.

Pasados los primeros siete kilómetros y medio de camino paralelo a la N-120, con el tráfico (por suerte) más ligero de la mañana, la ruta se desvía hacia el norte para pasar por Puente Órbigo, un pueblecillo agradable después de tanta carretera. Cruzo el puente del Passo Honroso donde en 1434 don Suero de Quiñones se apostó con nueve colegas y retó a todo caballero que quisiera cruzar el puente a batirse con él y con los suyos. Se creó un atasco monumental. En un mes se quebraron más de trescientas lanzas, todo para que don Suero impresionara a su dama, doña Leonor de Tovar. Hoy existen  modos menos tremebundos de ligar. Aunque queden sus casos patológicos. Tal como hizo en su día don Suero tras imponer peaje de guerra en el puente, continúo viaje hacia Santiago, aunque no con el mismo propósito.

Pasado Hospital de Órbigo, puedo elegir entre continuar el andadero paralelo a la carretera, o desviarme hacia el norte para pasar por Villares de Órbigo y Santibáñez de Valdeiglesias, pueblos típicos de la Maragatería, como se conoce esta zona de Castilla León. La elección sería fácil si el desvío hacia el norte no añadiera siete kilómetros a los 24 que ya deberemos recorrer. Me resigno a la carretera y continúo.

El paisaje de maizales y camiones es invariable hasta que abandonamos la carretera cerca del crucero de Santo Toribio, un maravilloso mirador sobre el pueblo de San Justo de la Vega, la ciudad de Astorga y el monte Teleno. Se cuenta que en este punto se detuvo Santo Toribio a su salida de la ciudad y, volviendo la vista hacia ella, exclamó “De Astorga, ni el polvo”, mientras sacudía sus sandalias para no llevarse ni ese souvenir. (Lejos estaba de adivinar que la ciudad lo nombraría su santo patrón). Pero ahora, en lugar del santo, hay apostado un guitarrista ambulante que entona la misma canción de bienvenida al peregrino de turno, cambiando la nacionalidad. No siempre rima igual neozelandés que canadiense, pero se agradece el esfuerzo. En la tarde se aposta en la Plaza Mayor para cantarle a los ciclistas que llegan a esa hora.

En un bar de San Justo de la Vega, el primero desde Hospital de Órbigo, reencuentro a mis compañeros de habitación de anoche que, al parecer, forman un grupo (tejido por el azar y el camino) desde varias jornadas atrás. Bebo una caña y continúo en su compañía hasta el Albergue Municipal Siervas de María, excelente en sus instalaciones.

La ducha nos quita de encima no menos de diez kilómetros, y salimos a comer un menú. Lo adecuado habría sido pedir un cocido maragato, que se come en orden inverso: carne, verduras y por último la sopa. Pero está muy sobrevalorado, como podemos comprobar en los restaurantes locales. La conversación es más suculenta que el menú, aunque nos desquitaremos en la noche con unas tapas en el bar Cubasol, al que acudimos en una tarde de lluvia. Albergues, anécdotas, personajes que han quedado atrás o adelante en el camino. Somos soldados veteranos, avezados peregrinos que en 20 días hemos reunido un universo de historias que no se parecen a nuestras vidas anteriores. Una vida incrustada en nuestra vida habitual, entre dos paréntesis: Roncesvalles y Santiago.

En la tarde visitamos el peregrino francés y yo la catedral y el Museo del Camino, en el edificio obra de Gaudí. Pero el museo está cerrado, aunque admiten la entrada libre a los jardines y a la tienda. La catedral también estás cerrada hasta mañana a las nueve. Menos mal que no tenemos ninguna necesidad espiritual urgente. Dios atiende en horario de oficina y no hay Urgencias Espirituales las 24 horas.

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