Día 25

4 10 2013

(4 de octubre, 2013)

Foncebadón – Ponferrada: 26,60 km

A Roncesvalles: 550,24 km

A Santiago de Compostela: 210,57 km

 

Hoy se anuncia lluvia a partir de las once, de modo que habrá que intentar avanzar lo más posible en la montaña antes de que empiece. El francés y yo somos los primeros en estar listos y arrancamos a caminar con la seguridad de que los otros ya nos alcanzarán, especialmente la chica argentina que vive en Almería, quien va a toda velocidad por el camino.

Hacemos de noche más de hora y media, desde las siete y cuarto hasta más allá de las ocho y media. A la Cruz de Fierro, uno de los hitos emblemáticos del camino llegamos cuando apenas clarea. Continuamos, mientras amanece, por los bellísimos Montes de León, tapizadas de verde, hasta alcanzar el punto más alto del camino, 1.490 metros, donde se yergue una torre repetidora.

De Manjarín en adelante las bajadas se repiten, una tras otra, a cual más abrupta y pedregosa, verdaderos desriscaderos. La peor pesadilla para el caminante: una bajada encajonada, tapizada de piedras sueltas de diferentes tamaños, barro y humedad por las lluvias recientes.

En las subidas, voy más rápido que mi compañero francés quien tiene un marcapasos y sufre falta de aire, y lo espero en la cima. En las bajadas, él desciende a paso largo o corriendo, como si algún cromosoma de cabra alpina se hubiera incrustado en su ADN, y me espera abajo. Yo prefiero bajar con cuidado, contrarrestar la gravedad con mis bastones, porque me temo que el Apóstol no pagaría la factura del dentista.

El paisaje de monte bajo, robles y castaños es impresionante. Las nubes anudadas al cuello de las montañas. El sol que amanece tenue, dubitativo, comienza a iluminar nuestras espaldas.

En El Acebo hacemos un alto para beber un café y allí nos dan alcance nuestros compañeros que habían salido más tarde. El pueblo, pulcro y cuidado, vive en buena medida de la afluencia de peregrinos que pernocta en sus albergues y hace allí sus comidas. Y en el bar han aprovechado la arribazón de caminantes para elevar los precios a niveles madrileños. Incluso los pajarillos acuden en tropel a picotear las migas de pan que caen de los bocadillos, entrenados, ellos también, para sacar provecho del peregrino.

Cuando llevamos horas caminando juntos y ya tenemos cierta confianza, me aventuro a preguntar a mi compañero francés las razones por las cuales hace el camino. Me cuenta que años atrás, en apenas dos meses, murió su esposa y él sufrió un infarto mientras nadaba en un lago. Tras una operación a corazón abierto, un injerto de vena y un marcapasos, comenzó la rehabilitación. Le advirtieron que no podría hacer grandes esfuerzos, como el ciclismo, pero que si conseguía hacerlo, el Camino de Santiago sería excelente para él. Así lo hizo por primera vez, aunque no en su totalidad. Ahora lo concluye.

Ayer, conversando con nuestro amigo el piloto, me contó que su primer camino fue cuando estaba a punto de nacer su hijo, como una suerte de agradecimiento previo al Apóstol porque todo saliera bien. Su próximo hijo nacerá en diciembre y repite la experiencia con la convicción de que el resultado será el mismo.

Se confirma que cada camino es personal, intransferible. Aunque todos los peregrinos sigan el mismo sendero, no hay dos que sigan la misma senda.

Desde la montaña tenemos a la vista Ponferrada. A la vista no significa a mano. Faltan más de doce kilómetros. El panorama es de postal, salvo la columna de humo de una central eléctrica.

Si Riego de Ambrós es un hermoso pueblo que atravesamos en minutos, Molinaseca, a apenas siete kilómetros de Ponferrada, es un decorado de cine. Coqueto como pocos, el pueblo, plagado de grandes casas antiguas y modernos chalets en las afueras, parece ser un suburbio de lujo para los ponferradinos que se lo puedan costear. Allí bebemos una cerveza y un refresco, junto al puente romano, en la orilla del río, mientras por los altavoces se escucha una avalancha de boleros: sobredosis de amores desdichados, mujeres perversas y desengaños náufragos en océanos de alcohol. Una inyección de entusiasmo para continuar el camino si antes no te echas a la bebida o te suicidas. Según un parroquiano, la camarera está deprimida. Y con esa banda sonora, en breve se lanzará del puente.

Desde aquí hasta nuestro destino pisamos siempre suelo urbanizado.

Llegamos al único albergue de Ponferrada, a pesar de que la ciudad tiene setenta mil habitantes y es final de etapa en muchas guías, el Albergue Parroquial San Nicolás de Flue, el municipal. Mi colega francés continúa hacia un hotel que está en el otro extremo de la ciudad, donde ha dejado su coche cuando vino de Francia. Se quedará allí esta noche, y mañana continuará el camino. Cuando llegue a Santiago, vendrá en tren a recogerlo y regresará en él a casa.

El albergue dispone de 170 plazas a cambio de la voluntad, y una hospitalera italiana entre autoritaria y maternal que a mí, que “ya no soy tan joven” (sic), me coloca en la parte baja de la litera en una habitación poblada por vascos. El albergue tiene buenas instalaciones, pero algunas un tanto singulares. Justo frente a unas duchas para hombres y mujeres han colocado urinarios, lo que es extremadamente embarazoso para ellas.

En el restaurante Mencía, cerca del albergue, me sirven por diez euros el que será uno de los mejores menús del camino: cuatro platos, vino, postre, café y chupito de orujo. Y el camarero insiste en que puedo repetir o cambiar de plato si alguno no me gustase. Y si no quedase satisfecho, no tendría que pagar la consumición, algo, cuando menos, infrecuente. A mitad de menú, aparecen las colegas argentinas y terminamos de comer juntos. A la salida, encontramos al resto de los compañeros que acaban de comer opíparamente en otro restaurante del centro. Algún edicto municipal establecerá en Ponferrada la norma de saciar al peregrino.

Acompaño a mi colega granadino al Hospital de la Reina, un centro privado pero que nació con el compromiso de atender gratuitamente a los peregrinos. Así lo hacen.

Mi visita al Castillo de los templarios es memorable. Ochocientos años de historia, la biblioteca templaria y la exposición “Templum Libri” que reúne muchos de los libros más bellos de la historia: religión, literatura, heráldica, botánica, historia natural, medicina, arte. Un verdadero regalo. El camino de papel complementa el camino de la historia que vamos pisando cada día sobre huellas que se remontan a dos milenios de Occidente.

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