Inmóvil en la Corriente

31 01 2002

“La obediencia simula subordinación, lo mismo

que el miedo a la policía simula honradez”. 

George Bernard Shaw

 

A lomos de la Corriente del Golfo, media milla al norte de La Habana, deriva Fernando mientras pesca, sentado en el borde de una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: un anillo de caucho para sus bodas con la mar, un salvavidas de caramelo lamido por el azul del océano. Va a echar mano a la cajetilla de cigarros cuando siente una presencia, una sombra, premonición casi. Saca las piernas del agua por instinto, al tiempo que una cabeza en forma de T, con dos ojillos en sus extremos, un martillo con dientes, aparece exactamente bajo él, a un metro de profundidad. Una cornuda, piensa mientras el cuerpo gris claro nada con un zigzagueo. Cuatro metros como mínimo. El terror ralentiza los segundos. A la velocidad del miedo, parece que el animal nunca terminara de pasar. Fernando sabe que el tiburón, con sólo voltearse, podría comérselo con cámara y avíos. Pero se aleja. Hunde de nuevo las piernas en el agua y patea con desesperación hacia la costa. Mira en derredor buscando la aleta dorsal, aunque sabe que bien podría no darle tiempo. Virgencita, yo te pongo una vela, dos, tres. Pero en este minuto, más confía en sus piernas que en la Virgencita, a la que en un flashazo de humor involuntario, ve flotando en el aire, ataviada con la trusa roja y las tetas XL de Pamela Anderson. Si sonríe ante su propia visión, ni se da cuenta. Se proyecta hacia la costa a una velocidad de pescador en trance de ser pescado. La cámara choca contra los arrecifes y se raja con un estallido. Fernando trepa de un salto y se arrodilla sobre las rocas, se persigna y da gracias a Yemayá y a la Virgen de la Caridad del Cobre —aunque sea más destetada que su tía Eulalia—. A cien metros de la costa, una aleta dorsal gira en redondo y se pierde mar afuera. Triángulo gris oculto entre pirámides de espuma y agua. Fernando no logra verla.

Camina despacio hacia su casa con las manos vacías y la cámara rota al hombro. Las rodillas le tiemblan. Por hoy, terminó la pesca.

Pero eso sucedió hace tres años. Ahora cierra con cuidado la puerta para no despertar al niño y se adentra en esta madrugada de marzo. Hace quince días que no puede salir al mar. Primero unos nortes, después un brisote del sur. Nancy lleva una semana desesperada, sin nada para darle de comer a Daniel. Por suerte, una vecina le dio un pedacito de carne y otra le prestó dos huevos; gracias a esa solidaridad que ha sobrevivido cuatro décadas de escasez. Una solidaridad que se resiste a extinguirse, aunque las abrumadoras carencias de estos tiempos la erosionen día a día. Los perros ─como dice su tío Miguel Angel─ engendran perritos; los gatos, gaticos, y la miseria, miserables.

Sobre la cabeza de Fernando, como un enorme sombrero, la cámara de camión inflada. En un saco, los sedales y avíos, el pomo de café y dos cajetillas de cigarros dentro de un nylon. En total, cuarenta kilogramos. Camina entre las casas del Fanguito: parche sobre parche de madera, hojalata y cartón tabla. Cruza el puente sobre el río Almendares y desemboca a Miramar sumido en la tiniebla: hay apagón otra vez. Fernando otea en derredor. En estos tiempos de supervivencia y picaresca, hay quienes pescan peces jugándose el pellejo, como él, y otros pescan, a punta de navaja, turistas extraviados, bicicleteros, viejas con jabas, transeúntes indefensos con 99 papeletas para optar al título “el bobo de la noche”; la variopinta fauna de comemierdas desprevenidos en medio de los apagones. Aunque el botín no sea suculento, pueden limpiarte de un chavetazo los avíos, la cámara y hasta la vida, que esa sí no hay dios que la reponga. Y mi vida es la única que tengo. Demasiadas horas en la mar le han entrenado para entablar largos diálogos con Dios. Es un decir. Los peces son sordos y con alguien hay que hablar. Aunque ese cabrón no lo escuche. Se cuidará de no arrimar la oreja a lo que se comenta en esta Isla. En media hora se volvería loco. Si cuerdo armó este manicomio de planeta en una semana, cualquiera sabe lo que haría un dios con guayabitos en la azotea. Pero con alguien hay que hablar. De vez en vez dos cámaras a la deriva se cruzan sobre el azul, intercambian cuatro palabras o un cigarro, y siguen cada uno su rumbo. Quizás donde comen dos, coman tres —peor, sin dudas—, pero donde pescan dos no pesca ninguno.

Fernando abandona la zona más oscura con un suspiro de alivio, y por fin toma la Avenida Tercera hacia el oeste. Miramar, lujoso barrio de la antigua burguesía, languideció por tres decenios, pero ahora renace: los lumínicos y las vallas de las corporaciones extranjeras sustituyen el alumbrado público, abolido por algún genio del ahorro, y no precisamente el genio de la lámpara.

Apenas ha asomado a la avenida, cuando detecta desde lejos una pareja de policías que vienen a su encuentro. Se cobija en el portal de la casa más cercana, tras un rosal enorme que oculta incluso la cámara. Con la que está pasando Nancy, es mejor prevenir. A veces no ocurre nada. Sobre todo si son policías de los viejos. Pero con éstos nuevos que han traído desde Oriente, nunca se sabe. Sobrevivir en la Isla pasa por comprender que lo que no está prohibido es obligatorio. Lo jodido es cuando te prohíben respirar, y uno va de puntillas entre la disnea y el pánico. Por eso con los guardias lo mejor es esperar a que pasen de largo. Podrían tener el día malo y quitarle la cámara, los avíos, para revenderlos tres cuadras más alante. Entre policías y ladrones, Fernando prefiere no encontrarse con nadie. Bastante tiene uno con la mar, donde no escasean los malos encuentros.

Por fin desaparecen de su vista sin detectarlo, y sigue su camino. Cuatrocientos metros más adelante, un estallido de luz rompe la sombra urbana, casi rural. Bajo un lumínico que anuncia Photofast (puritito castellano) luz y música salen a borbotones por los ventanales. Varias parejas bailan: muchachas muy jóvenes con vestidos tan ajustados que les marcan hasta los lunares, hombres maduros en guayabera o camisas de seda importadas. Hasta un asiático de impecable cuello y corbata, que intenta acompañar la música con la copa, y un sentido del ritmo digno de Hiroito. Fernando detecta la escena de un vistazo. ¿Estarán celebrando la asamblea del Partido? Pero ¿de qué partido? Ellos ni siquiera ven al hombre que pasa frente a la ventana, camino de la costa,  como un espectro de la realidad real que viene a perturbar su guateque de realidad virtual. Si eso de la reencarnación no es un  cuento tibetano, cuando me toque la próxima corrida quiero reencarnar en extranjero y, de ser posible, extranjero en Extranjia.

Aunque extranjero en Cuba no estaría mal. Con cuatro dólares ya son  millonarios, en contraste con  los aborígenes. Nativos calificados a precio de saldo, sin sindicatos ni huelgas. Vaya fauna. Yo me quedo con mis peces. Incluso los peores nadan derecho, y bastan unas pocas nociones de Ictiología para adivinarles las intenciones.

Aunque a Cachita, su vecina, no le ha ido mal. La flamante ingeniera industrial, orgullo de sus papás, quienes colgaron el título en medio de la sala, junto al cuadro de los cisnes en el estanque. Todavía se recuerda en el barrio la fiesta que le obsequiaron sus viejos tras graduarse cum laude. En los cinco años que duró como ingeniera en la fábrica, consiguió un bono para comprarse un ventilador Orbita, y otro para un refrigerador Impud. Una ingeniera de éxito. Cuando cerraron la fábrica en el 91, pasó año y medio vendiendo en la terminal del Lido los coquitos prietos que hace su mamá. Se le desinfló el nalgamento y empezó a coger el color mustio de los coquitos. Había noches peores, cuando no paraba de llorar porque algún policía le quitó la mercancía, y la amenazó con meterla en el tanque si volvía a verla por allí. ¿Dónde voy a vender ahora?, preguntaba la esperanza blanca de la familia, entre jipidos, a sus abrumados padres. Hasta que ligó el trabajo de su vida: por cien dólares al mes limpia y cocina en casa de un empresario español. Se merienda cada tarde un pancito con jamón y un vaso de leche, y hasta le permiten recaudar para sus viejos lo que sobra del almuerzo. El gallego, con su cara de cabronazo, no se atreve a tocar a Cachita ni con la punta de una uña, porque su trigueña  le ha hecho un amarre a lo cortico. Sus peores días son cuando el gaito mete un fiestón: tiene que preparar el triple de comida, aguantarle las manos a algunos invitados, que confunden el culo de Cachita con un buffet de autoservicio, y al día siguiente amanece la casa como si hubiera pasado una piara de esos patanegra que tanto menciona el galleguíbiri. Y arriba soportarle la muela al patrón, que cuando se juma (un güiro sí y otro también) se suelta a hablar mierda. Figúrate, Fernandito, que una noche se me acerca babeando y me dice: Este país es una maravilla, tía. Hay que estar aquí, Cachita, sembrado, cuando el comandante la palme y se joda la marrana La suerte. La suerte. ¿Qué te decía? Usted decía que la suerte. Ah, claro. La suerte es, Cachita. Lo mejor: Si tú supieras lo baratos que salen en este país los aduaneros, las putas y los generales.  Y yo callá, Fernandito. Lo mío es la limpieza, mesa y mantel a su hora, y ni me van ni me vienen sus trapicheos raros, los maletines de dinero que le trae un calvito, los sobres que reparte, o a qué coño se dedica su empresa. Callaíta callaíta  ya le he comprado a los viejos su video, su televisor en colores, y a mamá no le falta su inhalador para el asma. Mira, tómate otra cervecita, que más vele tener la boca ocupada. Y a Fernando le entra una sed retroactiva en la memoria, porque justo ahora pasa frente a una máquina de vender refrescos y cervezas (only in dolars). Recuerda al hijo de un amigo ─siete años, alumno ejemplar─, que no entendió por qué se podía comprar refrescos «con la moneda del imperialismo» y «no con los billetes de José Martí».  Y de paso comprendió que los papás no poseen todas las explicaciones, o se abstienen para que sus hijos desarrollen sus dotes autodidactas. Con lo que vale ahora un Martí, se nos ha quedado en apostolillo. Apóstol Washington, mi socio, y si tiras pa Jefferson, mejor.

Pero ningún apóstol de consumo nacional o de importación acompaña en esta hora solitaria a Fernando, mientras transita la capital del dólar, que ocupa el ala oeste de la capital de Cuba, entre la Avenida 9na y el mar. Supermercados, discotecas, bares y restaurantes —estatales, extranjeros, paralegales y clandestinos—, corporaciones y tiendas. Billete del enemigo por la mano, brother, o no entras. Hasta la antigua embajada de Perú, donde en el 80 se metió su primo Anselmo y diez mil más, y que luego convirtieron en el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente —por el desfile multitudinario, no por el pueblo que abandonó el museo del socialismo y se marchó a combatir allende los mares—. Ahora lo han demolido para construir en su lugar un aparthotel de lujo para extranjeros, que esos no se van a fugar de la Insula. Si hasta vienen voluntarios pacá. Yo no sé si Cuba es “un largo lagarto verde, con ojos de piedra y agua”, como recitábamos en la escuela, pero en este barrio el lagarto es verde fula, verde lechuga, verde Washington. Verde que te quiero verte, pero no te veo ni de casualidad. A ver si hoy engancho un buen pargo, Cachita convence a su gallego de que el pescado es lo más sublime para el alma divertir, y me caen unos fulitas pa la coba nueva del chama. Cubita la verde, porque lo que es Cubita la roja está en candela. No por gusto la candela es colorá.

En Cubita la roja Fernando impartía clases de Física en un preuniversitario en el campo, por doce dólares mensuales. Toda la semana sin ver a su mujer, comiendo en bandeja de aluminio y soportando quinientas adolescencias juntas, como si con la suya no le hubiera bastado. Y todo para dotar a aquellos pichones de ignorantes con título de una sabiduría que se adhería a sus cerebros con la perdurabilidad de un post it. Tanto interiorizó las leyes de Newton que una tarde, sentado a la sombra de un naranjo, y sin que le cayera en la cabeza una manzana —suceso prodigioso en aquel territorio—, comprendió que si fuerza es igual a masa por aceleración al cuadrado, lo mejor que podía hacer con la fuerza que le quedaba, era acelerar al cuadrado e irse de allí sin decir ni adiós. No fuera que entre malcomeres,  maldormires y calentones más solitarios que una tenia saginata, viniera a menos su masa, ya bastante mermada por el desamparo proteico. O que su mujer —ausencia quiere decir recuerdo, recuerdo a aquel novio que tuve— le aumentara la masa con una cornamenta digna de que colgaran su cabeza, con mirada de vidrio, en alguna pared de La Vigía.

Un año después de encontrarse aplicando la ley de Arquímedes a bordo de su cámara sobre la Mar Océana, nació Daniel. Y entonces Fernando supo, definitivamente, que un niño necesita, para su crecimiento, algo más que un biberón de gases ideales, así lo patentara Gay-Lussac.  Tampoco le resultaría confortable dormir sobre un blando colchón de discursos, aunque su función sea dormir al personal con acciones preferenciales de un futuro en fuga, más huidizo que el horizonte. Ni emplear como pañales las felices estadísticas y vaticinios del diario Granma. Desechables, pero no impermeables. De modo que ya va a cumplir seis años sobre la mar, donde su sexto sentido de la huida le ha salvado el pellejo tres o cuatro veces. Aunque más teme a los bichos de tierra firme, piensa mientras se adentra en una nueva zona de apagones, y escruta en derredor. La Cuba en sombras. Y en la penumbra, ese olor indefinible a batey vertical. Ya no hay dos gardenias para ti: La gente siembra cebollas en las macetas y cría cerdos en las bañaderas, pollos en los balcones. La ciudad se vuelve campo. El hedor a cochiquera comienza a flotar sobre las avenidas. Y el bicherío de fiesta. Vectores, les dicen ahora, porque no es lo mismo que te cague una mosca a que te cague un vector. Y seguro la picada de un vector duele menos que la de un mosquito. De contra andan esos por ahí vendiendo pan con conejo. Para beneplácito del Ratoncito Pérez, los gatos marrulleros han ingresado en La Habana al libro rojo de la fauna, y a las tradiciones culinarias de la Era Post-Nitza Villapol. De epidemias sí se han sobrecumplido los planes. Cuando no es el dengue es el mozambique. Si no andas piano te baila un microbio de esos, la pelona  te hinca bien el anzuelo, cobra sedal, y cuando vienes a ver estás cantando el Manisero, haciéndole la segunda a Moisés Simons en persona, con acompañamiento de Chano Pozo, o echando unos pasillos con Malanga en la cuartería de Papá Dios.

Por fin, a la altura de la calle 110, Fernando se echa al agua en su cámara. Deriva en la Corriente del Golfo cerca de la costa y empieza la faena de obtener un poco más de carnada. Frente al Hotel Comodoro, ya ha capturado tres chopas y dos ronquitos diminutos. Desde el muelle, un hombre le grita en algún idioma pedregoso.  Fernando no entiende, pero sonríe y le regala un ronquito. El turista toma el pez y lo examina. Después intenta lanzarle la media botella de ron que tiene en la mano, pero la jinetera que lo acompaña trata de detenerlo. El se libera y la arroja, pero está tan borracho, que la botella se rompe contra las rocas. Un largo animal de color gris claro siente el estallido de la botella a media milla, y nada hacia la costa. El turista hace un gesto de disculpa hacia Fernando, que le agradece de todos modos por señas. El casi nunca toma ron, y menos pescando. Hiciste la noche, piensa mirando a la mulata, porque recuerda lo que le ha contado Adita, la jinetera de su barrio: Cuando el hombre se emborracha no tiene que trabajar y le saquea el bolsillo. Ninguno se acuerda al día siguiente cuánto gastó en la discoteca. Adita, como muchas otras, sueña con un extranjero que se case con ella y la saque del país. Mientras, ya tiene ahorrado el dinero para su «fasten» (el «fasten your belt» que ansía leer cuando se anuncie el despegue), pero confía ahorrar un poco más, para llegar afuera con algún dinero. Ya cumplió los treinta años. Quizás nunca lo logre. La competencia desleal de las niñas la pone furiosa. Catorce años recién cumplidos, Fernandito,  y su madre la coloca en la cama de los turistas, como si la llevara a la escuela. Menos mal que el mío es varón, suspira él aliviado. La tentación es mucha. Una niña bien dotada sabe que puede ganar por día 300 veces más que sus padres. Este país está loco: las ingenieras friegan suelos, las niñas se disfrazan de jineteras —triunfadoras de la noche, perseguidas por la maledicencia y la envidia—  para la fiesta de la escuela; los profesores de física pescan pargos, y los pescadores de pargos, pacas de cocaína abandonadas. En La (Pu)Tasca de la Marina Hemingway,  coto de caza, campean por sus respetos las ejecutivas de la gozadera. Tanto, que hasta reivindican sus derechos laborales. Durante cierta racha de persecuciones, el gerente se negó a dejarlas entrar (a menos que ya fueran con un turista). Las jineteras concertaron una huelga y las ventas bajaron tanto, que se vio obligado a parlamentar. Los pingueros locales también tienen un éxito notable entre los pálidos culos septentrionales, y en las asociaciones gays ya saben que la pinga no es sólo una pértiga que usan los filipinos para transportar baldes, aunque sea la única definición que conocen los frígidos de la Real Academia de la Lengua. Del internacionalismo proletario hemos pasado al internacionalismo prostibulario que, eso sí, ha demostrado las posibilidades del sistema educacional: en las academias de idiomas hay lleno completo para aprender italiano. Las vacas estarán en vías de extinción, pero la Ínsula sigue siendo un importante exportador de carne. Desde sus inviernos sexuales, acuden al trópico como caníbales de Nueva Guinea, en busca de su ración de carne humana. Desde recónditos pueblos de la Lombardía y la meseta castellana, llegan  enlatados en vuelos charter, al reclamo del lejano rumor: Sección de Oportunidades: Putas en oferta. Precios de fábrica. Y el escualo también ha escuchado. Persigue el sonido de la botella al estrellarse contra los arrecifes, pero por el camino halló una mojarra desprevenida y eso varió su rumbo.

La mulata desaparece con su presa, contribuyendo al incremento del turismo, y Fernando vuelve a lo suyo, que de ello dependen los féferes de su hijo. No va a salir Nancy a jinetearlos.  La idea ha acudido por su cuenta, sin que él la convoque, y la espanta sacudiendo la cabeza. Sólo de imaginarse a su mujer rondando los hoteles en busca de un turista al que hincar los dientes de su sexo, se le hiela la sangre. Dame salud, Virgencita, y que podamos sobrevivir del anzuelo, sin resbalar hacia el fondo por el beril de la vida. Qué picúo me salió eso. Y suelta la carcajada. A lo mejor he eludido mi verdadera vocación  como compositor de boleros.

Frente al Teatro Karl Marx, Fernando ve una sombra que se acerca. Piensa en algún compañero de pesca, pero se trata de una balsa rústica que dos hombres conducen mar afuera. Zarparon del Karl Marx con rumbo a los hermanos Marx. Pasan a unas yardas y él les desea mentalmente suerte, porque la van a necesitar. El conoce la mar y sabe que atravesar 90 millas de océano abierto en ese trasto y llegar vivo a la Florida es un milagro que ni los tres infelices de la Caridad del Cobre. Ni loco metería él a Danielito  en una aventura así. La desesperación no piensa, se dice mientras echa de nuevo su anzuelo al agua. Y capaz que los americanos los viren patrás cuando ya estén llegando. Pobrecitos.

Locos o desesperados. Lo peor es la sensación de que el tiempo se ha detenido. Y lo peor peor, es que uno desee que se quede así, ante el temor de que cualquier cambio sea de Guatemala a Guatepeor.  Su primo Efraín, cirujano del Ortopédico, que al terminar su consulta pedalea media Habana vendiendo a domicilio jamones pinareños traídos de contrabando, le confesó el domingo: Mira, Fernandito, no vayas a creerte que tú eres el único en lidiar contra la Corriente del Golfo. Aquí todos nadamos dieciocho horas al día contra la corriente. Cuando acaba la semana echamos cuentas: Si no hemos ido patrás,  somos unos bárbaros, mi primo, unos campeones del maratón inmóvil.

Frente a la boca del río Almendares, Fernando se aleja de la costa, porque tiene suficiente carnada para buscar peces mayores. Al pie de la Chorrera, en el malecón, un grupo de jóvenes baila aún con la música de una grabadora que llega hasta él en el silencio del amanecer. Una botella de ron pasa de mano en mano. El malecón es gratis. Y la alegría también. A mi  me matan, pero yo gozo. El ron no mata el hambre, asere, ni conjura el mañana, pero ni a la Bayer se le ha ocurrido un mejor analgésico contra la realidad. ¿Es o no es?  Esos se buscaron su propia discoteca, masculla Fernando y patea mar afuera en busca de un azul más  hondo.

Cuando el cielo clarea, ya está a 500 metros de la costa. Le gusta ver la ciudad desde aquí: el malecón entre el río y la entrada de la bahía formando un arco: la sonrisa de la ciudad. Un derrumbe aquí y otro allá, como si a la sonrisa de La Habana le faltaran los dientes. Habrá que ponerle dentadura postiza, piensa. Y recuerda a su tía Eulalia. Mirando desde su ventana el barrio de Jesús María, carcomido de derrumbes, sólo dijo una palabra la semana pasada, como si hablara a Dios: Beirut, Señor.

Desde una milla mar afuera, los que van a sus trabajos se ven apenas como hormigas. Los escasos autos son cucarachitas con ruedas. Si no fuera por Daniel, a lo mejor abandonaría este cabalgar cada noche sobre las olas. Un oficio más seco, donde uno sepa que entre los pies y el suelo hay una micra de aire, no cien metros de proceloso azul. Con lo bonito que se ve el mar desde el muro, cuando le disparas todo el repertorio a una niña que conociste ayer (ayúdame, Dios mío, si no la ligo hoy me muero de las calenturas sin consuelo). O cuando la ciudad se derrite en el microondas de agosto, y tú te abandonas a los salitres y las brisas que traen todos los frescores del ancho mundo, y los sudores se amansan. Lo jodido es cuando las luces de la costa son  el único refugio posible. ¿Qué coño hago yo aquí —piensa—, si por definición soy un mamífero terrestre? En fin, hay que joderse. Si en lugar de estudiar a Newton, el spin y los orbitales,  me hubiera hecho administrador de algo robable, Danielito tendría garantizada la chaúcha. Ya se sabe que la propiedad social es propiedad del primer social que le meta mano.  El megamonopolio estatal es como el elefante en el Amazonas: se lo comen las pirañas, que miden veinte centímetros, pero tienen voluntad de supervivientes y un hambre del carajo. Claro que yo no llego ni a piraña. Una chopa mojonera de orilla. Ese soy yo. Y suerte que voy nadando. Aunque cada día me cueste más trabajo.

Por eso Fernando continúa pescando, a riesgo de que una aleta (como la que ahora asoma a una milla de distancia) venga a interrumpir para siempre su trabajo. Hoy la mañana no ha sido buena ─una presencia cercana que por ahora desconoce, podría hacerla peor─. Sólo le queda esperar. De todos modos, el tiempo en este país es lo que sobra. Incluso el tiempo de las generaciones. Su padre lo arrulló con la historia de que los sacrificios de hoy serían el abono del mañana. Fernando se niega a dormir la infancia de su hijo con el mismo cuento de hadas. Es mejor que se críe en silencio. La felicidad es siempre futurible. Ya lo aprenderá solo cuando sea grande.

Por fin un tirón lo saca de sus meditaciones y cobra rápido cordel, aún sin saber que un hermoso pargo de diez libras se debate en el anzuelo, y que un animal gris, de unos cuatro metros, ha olfateado a casi una milla las gotas de sangre y viene a toda velocidad tras el pez herido. Fernando pelea el pargo centímetro a centímetro. Con mucho mucho mucho cuidado para que el sedal no se parta en un tirón, o el anzuelo casero se desprenda y le deje al extremo del hilo un desconsuelo de diez libras (no menos debe pesar ese bicho).  Fernando lo va cobrando con cautela: veinte  centímetros para los zapaticos nuevos, otros veinte para un pantalón, que con lo que ha crecido el enano, ya es un abuso ponerle eso los domingos; veinte centímetros más y a lo mejor alcanza para que Nancy se compre una blusita en la shooping. Cuando lo siente muy cerca, prefiere no abusar de su buena suerte, y lo extrae rápido del agua. Los coletazos del pez son un contento para la mirada: el sol se quiebra en minúsculos arcoiris al refractarse en las gotas de agua que hace saltar en su agonía. La cornuda llega justo a tiempo para ver a su presa perderse en dirección al cielo. Fernando lucha con el pargo, que intenta  desasirse, cuando ve la aleta  circundando la cámara, como si la estudiara antes de atacar. Pero han sido muchos días sin una presa como ésta. Fernando no está hoy en condiciones de ceder, ni aunque sepa que treparse en un ring con Mohamed Alí es una pelea más pareja que echarle cojones a este bicho en mar abierto. Toma un pequeño arpón y se dispone a defender sus ciento veinte centímetros de territorio. Vete de aquí, cabrona, le grita a la cornuda como si ella pudiera escucharlo. Por suerte para él, ella  no tiene muy claro que se lo puede comer con cámara y avíos. Ha sobrevivido, porque es precavida y teme a los objetos desconocidos. En  su mundo, un pez redondo y negro que flota es cosa rara. Por fin, se atiene a las normas que la han salvado de muchos disgustos, y se pierde zigzagueando hacia el este.

Fernando sabe  que la sesión de hoy ha concluido. Con suerte, si consigue sacar su pesca a tierra. Patea en dirección a la costa, vigilando la aleta que emerge de vez en vez a cierta distancia. Un movimiento brusco hunde el pargo un instante en las aguas. El olor de la sangre vuelve a llamar al escualo. La aleta gira en U y regresa a toda velocidad. Fernando la ve a trescientos metros, cuando sólo cincuenta lo separan de la costa. Podría lanzarle el pez para distraerla, pero no está dispuesto a sacrificar la comida  de su hijo. Calcula la distancia mientras patea con toda su alma. Cuando la cornuda está a doscientos metros, aún le faltan veinticinco para alcanzar el acantilado. Ciento cincuenta y quince. Treinta y cinco. Al tiempo que Fernando  salta hacia las rocas, el tiburón emerge como una bala, abre las fauces, proyecta hacia adelante sus dos primeras hileras de dientes, y lanza una dentellada. De pie sobre las rocas, una vez alcanzado el equilibrio entre arañazos y un doloroso corte en la mano izquierda, Fernando se vuelve hacia la cornuda, que gira al pie del diente de perro. Le hace muecas. Baila una extraña danza ritual, cojeando sobre el filo de las rocas: Te jodí, mamasita. Te jodí. Una pareja de enamorados mañaneros le dispara una mirada de éste se volvió loco.

Sin mirar atrás, con la euforia del triunfo, recoge sus bártulos y salta el muro. Más de media hora de caminata bajo el sol lo separa de su casa.

Ha recorrido una cuadra hacia el oeste, cuando Fernando siente unas gotas persistentes que caen sobre su pie derecho. ¿Qué coño? Y de un vistazo hacia atrás, descubre el rastro de sangre que ha ido abandonando sobre la acera. Deja caer entonces la cámara y los avíos. Con un mecagoendios, descubre que la dentellada última del escualo no se cerró en el aire. El corte es tan limpio, que Fernando siente un corrientazo helado recorrerle el espinazo, un escalofrío de pánico al pensar  que con idéntica facilidad habría cercenado su pierna. Aunque  ve esfumarse los zapaticos del niño, no puede menos que dar gracias al dios de los pescadores de orilla, sea quien sea. Examina la dentellada   de ese cabrón bicho: un corte en semicírculo que ha seccionado carne y vértebras con más precisión que la mejor navaja. La cuarta parte del pargo, cola incluida, ha desaparecido. Ningún comprador serio (es decir, con dólares y paladar para apreciar un pargo a la plancha), aceptará este animal mutilado. Me cago mil millones de veces en la madre tiburona que la parió. No hay arreglo. Con su ticket y su código  de barras, el pantaloncito nuevo, los zapatos y hasta la presunta blusa de Nancy, se van corriendo de regreso a la shooping. Para un día que tengo suerte. Un día. Y ya camina hacia su casa, amansando su desgracia con el consuelo de que fue el pargo y no su pantorrilla, de que siete libras y pico de buen pescado no son nada despreciables. El consuelo de no te martirices, Fernando, tú tienes un día de suerte de vez en cuando. Otros, nunca.

Cuando franquea el portal de su casa, Danielito se abraza a sus piernas. Fernando lo carga. Cómo pesa. El pescado es un buen alimento. Y le pide: Un beso esquimal. Frotan sus narices. El niño hurga en el saco y a duras penas arrastra el pargo hacia la cocina gritando mamá mamá. Mañana es sábado y Fernando quisiera llevarlo a la playa o al cine o… Pero se resigna, como cada fin de semana, a encerrarse en casa frente al televisor.

Se deja caer sin fuerzas en una silla arrimada a la puerta.  Nancy  aparece sobresaltada: ¿Te pasó algo? ¿A mí? Nada. Y a ese pez, ¿cómo le arrancaron la cola? ¿Te atacó un animal? No, muchacha, ¿tú me ves algo de menos? Nancy hunde las manos en su pelo y recuesta la cabeza de Fernando en su viente.  El cierra los ojos y entonces le cae de golpe todo el cansancio de las horas que ha pasado en la mar. Se duerme durante algunos segundos, pero la voz de ella lo despierta: Dime la verdad. ¿Fué otro animal el que le arrancó el pedazo a ese pescado? Posiblemente, otorga Fernando, pero yo no lo vi. Quién sabe todo lo que ocurre allá abajo. ¿Hay café? Sí. Ahora te traigo. Nancy sabe que Fernando no le cuenta nunca toda la verdad. Ni cuando llegó con la cámara reventada. Ni cuando un brisote casi lo mete en medio de la Corriente del Golfo, y vino a salir en Santa María del Mar, a quince kilómetros de La Habana. Ni cuando una picúa, esos perros de la mar, le arrancó un trozo a la altura de los gemelos. Ni cuando el mar de leva se lo llevó océano adentro, y  de no ser por un mercante panameño que lo izó a bordo, habría muerto de sed y hambre y tiburones en ese maldito estrecho donde descansa sin paz  una ancha lista de cubanos. Nancy lo sabe, y cada noche tiembla de miedo pensando lo solo que se debe sentir entre la noche sin techo del cielo y la noche sin fondo del mar. Pensando en su propia soledad si una mañana no regresa, ni al día siguiente, ni al otro —dos días lo supo muerto cuando lo arrastró la corriente, tres días cuando lo rescató el carguero—, y nadie responda a sus preguntas, ni quede de su hombre otra memoria que Daniel y sus propios recuerdos.  Incluso le ha instado a que regrese a sus clases de física en cualquier preuniversitario. Ahora que muchos profesores se están yendo a trabajar en el turismo, seguro consigues una escuela aquí mismo, en La Habana. Pero él dice no sé qué de un biberón de gases ideales y desecha la idea.  Mira, Nancy, tu hermano, el genio de la familia, el físico nuclear graduado en Rusia, se ha convertido en camarero para arañar unos dólares de propina. El físico se suicidó para que sobreviviera el hombre: todo lo que soñó y todo lo que estudió no le sirve ni para diferenciar un lenguado a la parrilla de un pargo a la plancha. Mi primo  Efraín se arriesga a caer preso con cada jamón que vende. Yo me arriesgo en la mar. Y los que se conforman con la limosna del Gobierno, los que regresan cada tarde de sus oficinas como jamelgos cansados, amarillentos, arrastrando los pies, son los que más se arriesgan: a ser las primeras víctimas de la próxima epidemia. Dan lástima. Se les para el rabo pensando  en un bisté de filete: y si pasan por la puerta de un restaurant,  de sólo oler ponen cara de orgasmo.  No están viviendo, Nancy,  están durando. Lo importante es que Danielito hoy se comerá un buen filete de pescado. Y en eso queda siempre la conversación, piensa ella  mientras le acerca a Fernando la taza de café humeante.

Le besa la cabeza que huele a salitre, a sudor y a miedo. Ella sabe distinguir el olor del miedo. Y trata de no imaginarse qué animal pudo cercenar de un corte exacto ese trozo al pez. Lo mejor será limpiarlo y guardarlo en el frío, que con estos calores todo se echa a perder a una velocidad del diablo. Sería el colmo.

Fernando prende un cigarro mientras saborea el café. Danielito, sentado en el suelo, alinea  los anzuelos por orden de tamaño. Cuidado no te pinches.  No, papi. Cuidado. Los ojos se le cierran de puro agotamiento. Aquí mismo se quedaría rendido. Aunque se cayera de la silla seguiría roncando. Pero tiene que sobreponerse a su cansancio. Cuando termine el cigarro, me doy una ducha y aterrizo en la cama. Fernando acaba de cumplir 31 años. Sabe que deberá hallar otra solución para su vida, que no podrá seguir pescando eternamente sobre una cámara de camión inflada hasta 120 centímetros de diámetro: algún tiburón podría ganarle la carrera. Bueno, hasta ahí llegó mi pesca. Pero no es tan sencillo. ¿Qué sería de Nancy y del niño? No sé. No sé. A quinientos metros de distancia encienden el enorme lumínico que el día de su estreno rezaba:

El futuro pertenece por entero a la Revolución y al Socialismo

Pero estos tres años le han cariado las letras, y ahora desgrana un enigmático mensaje:

El futuro per    ece por en  ero a la   evolución y al           ismo

El decir, que : El futuro perece por enero a la  evolución y al  ismo. Eso de que perece por enero suena a slogan del otro bando. Y si pertenece será a la evolución y al ismo. ¿Comunismo? ¿Capitalismo? ¿Feudalismo? ¿Surrealismo? ¿Cubismo? ¿Minimalismo o maximalismo? Marxismalismo parece que no. ¿A qué ismo pertenecerá nuestro futuro? Quién sabe. De cualquier modo, piensa casi dormido mientras da la última cachada al cigarro y lanza el cabo a la calle, posiblemente mi único futuro inmediato sea el ecologismo: discutirle cada noche a la naturaleza el alimento empleando tecnología del paleolítico temprano  Para que la pelea sea de tú a tú con los peces, y yo tenga tantas oportunidades de comérmelos a ellos, como ellos de comerme a mi.  Viva Greenpeace. Y antes de entrar a la casa, Fernando piensa que más vale no pensar demasiado, y garantizar del mejor modo posible el único futuro que conoce. Acaricia las crenchas rebeldes de su hijo. El niño ha ordenado escrupulosamente los anzuelos, y el muy bien de su padre le convoca una sonrisa que ilumina todo el barrio. Mientras se encamina hacia la ducha, Fernando se pregunta de qué número será el anzuelo necesario para pescar nuestro destino.

“Inmóvil en la Corriente”, Sevilla, 2002





Trata de cubanos

30 01 2002

La trata de seres humanos es un fenómeno antiguo y universal. El caso más escandaloso fue el acarreo forzoso hacia América de millones de africanos. Pero existió antes, y renovando su modus operandi, persiste hasta hoy. El hombre es una mercancía rentable. En el sur de África se mantiene la esclavitud. Decenas de miles de mujeres son objeto cada año de la trata (de blancas, negras, amarillas), y terminan en los prostíbulos, donde ejercen como esclavas sexuales. Las mafias transportan decenas de miles de inmigrantes desde China, Marruecos o México, y los mantienen en régimen de semiesclavitud hasta tanto no sufraguen una deuda sin fin.

Durante la época en que Cuba perteneció al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), integrado por el bloque de Europa Oriental, el gobierno descubrió que era rentable exportar trabajadores. Miles de compatriotas fueron destinados a fábricas alemanas, o ejercieron de leñadores en los bosques de Siberia, donde se encargaron de labores que los nacionales no aceptaban. Idéntico proceso al que ocurría en Occidente, sólo que institucionalizado. Alemanes y rusos pagaban al gobierno cubano por la mano de obra. El gobierno de la Isla otorgaba al trabajador un estipendio y su salario en pesos cubanos. Y el trabajador eludía el paro, veía mundo y con frecuencia conseguía ahorrar unos pesos. Al caer el muro de Berlín, muchos de ellos decidieron quedarse en Alemania o Rusia, esta vez por cuenta propia.

Con la crisis de los 90, la trata de trabajadores cubanos diversificó sus fórmulas. Médicos de la Isla trabajan en diferentes países, sobre todo de África y América Latina. El procedimiento es similar: el gobierno cobra al país de destino lo que de acuerdo al contrato corresponda al profesional, y le otorga a éste su salario en pesos y un estipendio para su sostenimiento. El sistema se ha hecho extensivo a entrenadores deportivos, técnicos de diferentes esferas, y marinos enrolados en buques de las más diversas banderas. No es raro que esos profesionales compren calculadoras, echen números, constaten la abrumadora diferencia entre lo que pagan por ellos los países donde ejercen, y lo que el gobierno cubano les abona, y al cabo decidan exportarse definitivamente, pero sin intermediarios. El gobierno cubano intenta evitar esas “fugas” prohibiendo que los profesionales viajen con sus familias, que fungen como rehenes en Cuba, y garantía de regreso. Si aún así, el profesional “deserta” del cuartelillo nacional, sabe que su familia será retenida como castigo.

Idéntico procedimiento tiene lugar dentro de las fronteras nacionales, donde operan asociaciones económicas con capital extranjero de Canadá, España e Italia, seguidos de Francia, Holanda, Reino Unido y México. Con el propósito de atraer inversores extranjeros, y multiplicar la rentabilidad para el gobierno, se han promulgado varias leyes que controlan estrictamente los derechos laborales en esos trabajadores. El gobierno es el intermediario encargado de su selección, remuneración y despido, atendiendo a los requerimientos del inversionista y a las “cualidades” del empleado —Salvador Valdés, Ministro de Trabajo y Seguridad Social, subrayó que las «personas más revolucionarias» serán las elegidas para laborar en el sector turístico—. Los trabajadores no podrán negociar libremente con sus empleadores, ni crear sindicatos, ni mucho menos reivindicar sus derechos o declararse en huelga. El gobierno percibe de los inversionistas el salario en dólares de los trabajadores, y abona a éstos pesos cubanos, lo que supone una ganancia mínima del 2500% para el gobierno. No obstante, las propinas o premios en dólares y el acceso a cestas de productos, convierten a estas plazas en objetos de deseo. Razón por la que en marzo de 1998, tres empleados de la agencia de contratación de la entidad estatal Isla Azul en el complejo turístico de Varadero, fueron condenados a penas entre 10 y 12 años de prisión por exigir hasta US$700a cambio de empleos en el sector.

Lo mismo ocurre en las zonas francas, a partir de la Ley 165 de junio de 1996 sobre Zonas Francas y Parques Industriales, promulgada, «como incentivo para la inversión», incluyendo normas laborales y de orden público «más atractivas y menos rígidas y onerosas que las comunes u ordinarias”.

El señor Fidel Castro ha expresado públicamente que su gobierno jamás permitirá la libre contratación de trabajadores cubanos por parte de los inversionistas, dado que serían sometidos a la inicua explotación capitalista. Muchos inversionistas aceptan de buen grado esta situación, dado que si bien tienen que pagar al gobierno algo más de lo que podrían concertar libremente con sus empleados, el rígido control les asegura una mano de obra calificada, dócil y carente de derechos, algo que dista mucho de los trabajadores y sindicatos con los que deben lidiar en sus países de origen. No obstante, en 1997, el Comité de América del Norte de la Asociación de Política Nacional (National Policy Association), una coalición de líderes empresariales de Canadá, México y Estados Unidos, elaboró los “Principios para la Participación del Sector Privado en Cuba”, con el fin de promover las inversiones socialmente responsables en la Isla. En ellos se instaba a las compañías a reivindicar su derecho a “reclutar, contratar, pagar y ascender a los trabajadores directamente, sin pasar por intermediarios gubernamentales; respetar el derecho de los empleados a organizarse libremente en el lugar de trabajo, y mantener una cultura corporativa que no acepte la coacción política en el lugar de trabajo”. Curiosa disonancia entre el comportamiento de los inicuos capitalistas, y el de los defensores de la clase obrera.

Últimamente, Libertad Digital, diario electrónico publicado en España, reporta que cientos de cubanos trabajan en ese país como obreros de la construcción. Llegan contratados por la empresa UNECA, SA. (Unión de Empresas del Caribe, SA.), cuya filial española, de capital cubano, opera desde el 26 de mayo de 2000. Sus contratos estipulan que recibirán 186,79 pesos cubanos mensuales, en concepto de salario básico, y US$200 mensuales —100 en España, y otros 100 pagaderos en Cuba a su regreso—. El 75%de lo que devenguen por horas extraordinarias también se retendrá hasta su regreso a Cuba. Cualquier sanción que el empleador le aplique, será deducible de las cantidades retenidas en Cuba. Dado que un obrero de la construcción en España gana entre 650 y 900 dólares mensuales (sin contar los extras), es fácil deducir la rentabilidad de la operación.

La Gaceta de Canarias denuncia la presencia de unos 80 obreros cubanos en el municipio de Adeje, y otro grupo localizado en Roque del Conde, en Torvisca Alta. Alojados en barracones precarios, trabajan doce horas diarias, por160 dólares USA los peones y 270 los especialistas, salarios ilegales en España, dado que se encuentran muy por debajo del mínimo interprofesional.

Quizás el caso más escandaloso de esta práctica sea la exportación de mujeres a Italia. Aunque no está totalmente confirmado, ni existen pruebas de que sea una operación abiertamente patrocinada por el Estado cubano; sí se reportan casos de muchachas cubanas contratadas por una empresa gubernamental para trabajar como camareras y bailarinas. A su llegada a Italia, han descubierto que su destino son los clubes de alterne, donde ejercerán la prostitución bajo la supervisión de patrones italianos, en condiciones de semiesclavitud, y recibiendo el consabido estipendio. Dado que las prostitutas cubanas son, en palabras del propio Fidel Castro “las más cultas del mundo”, esta práctica bien podría incluirse entre los intercambios culturales.

Tras admitir a fines de los 70 las trasferencias de dinero del exilio hacia la Isla, por concepto de ayudas familiares —segundo rubro hoy de la economía cubana, con 1.000 millones de dólares anuales—, el gobierno cubano ha comprendido también que el exilio es rentable. Claro que el exiliado por cuenta propia es libre de enviar (o no) dinero a la Isla, y no está sometido a los controles gubernamentales. No obstante, la libre tenencia de dólares, la existencia de familiares en Cuba en condiciones de precariedad económica permanente, y la instauración de una red de tiendas en divisas donde se puede acceder a productos no disponibles en pesos, y cuyos precios abusivos son monopolio del Estado; garantiza un flujo continuo de dólares hacia las arcas del gobierno cubano, que a cambio no ofrece al exiliado ninguna prestación. Por el contrario, se le obliga a visitar el país con pasaporte cubano, aunque haya obtenido una nacionalidad extranjera, se grava su documentación consular y se le obliga a pagar un carísimo visado para viajar al país donde nació. De modo que, tangencialmente, el exiliado es también objeto de la trata de cubanos.

Todo el sistema parte de una concepción paternalista y feudal de las relaciones entre el gobierno y los ciudadanos. Según ese “contrato social” el gobierno se compromete a dar al ciudadano asistencia médica y educación “gratuitas”, una canasta mínima mensual de productos a precios subsidiados, alguna que otra vivienda (en usufructo) cuando es posible, y ciertos servicios públicos insuficientes, pero a precios aceptables de acuerdo a los salarios. A cambio, el ciudadano pasa a ser propiedad del gobierno, quien determina sus derechos sociales y laborales. Decide sin lugar a discusión el salario que devengará. Decide qué información recibirá, qué puede opinar, leer, pensar y oír, y se erige en su único defensor, excluyendo al ciudadano de los derechos sindicales y de asociación que ese mismo gobierno ha refrendado en convenios internacionales. Decide qué alimentos se les suministrarán, y hasta qué edad es recomendable que los niños beban leche. Decide en qué provincia puede vivir el ciudadano, si puede viajar el extranjero y a qué edad le está permitido. Decide y le autoriza (o no) a emigrar. En tal caso, dado que el ciudadano es propiedad del gobierno, sus pertenencias son enajenadas. Y aún en el exilio, el gobierno decide si el ciudadano puede (o no) regresar de visita a la Isla.

Este “derecho a la propiedad” de los ciudadanos, esta lógica feudal donde el siervo de la gleba está sujeto a la graciosa voluntad de su amo, explica la trata de cubanos dentro y fuera de las fronteras de la Isla. Los defensores del libre mercado deberían comprender que un empresario hace con su mercancía lo que le da su reverenda gana.

 

Trata de cubanos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 30 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/economia/2002/01/30/6035.html.





Tabucci en La Habana

28 01 2002

Para quienes han leído Sostiene Pereira, resulta difícil sacarse al protagonista de la memoria. Un periodista añoso, gordo, viudo, obsesionado por la muerte y por un panteón de escritores ilustres a los que ofrece espacio en la sección cultural de El Lisboa. Corren tiempos difíciles en el Portugal del año 38, sumido bajo la dictadura de Salazar. Los totalitarismos de uno u otro signo campean por Europa. Y en ese entorno inquietante, nuestro personaje contrata como colaborador al joven Monteiro Rossi, un soplo de vida que cruza como una exhalación el tanatorio literario del viejo periodista. El personaje y la novela, obra de Antonio Tabucci, no ofrecen moralejas ni fórmulas mágicas para descifrar la realidad. Nos entrega un trozo de vida palpitante del que cada uno sacará sus propias conclusiones. Tampoco es menos el Antonio Tabucci periodista, que en carta abierta al flamante Silvio Berlusconni disecciona la historia reciente de Italia como la cronología de una masacre por entregas.

Italiano de nacimiento y palabra, portugués adoptivo  por vía de su mujer, de sus amigos y de Fernando Pessoa, a quien conoce como pocos, Tabucci es una presencia de lujo en la reciente edición de los premios Casa de las Américas.  Confiesa que no le gusta hablar de literatura hispanoamericana, a pesar de su entusiasmo por ella, porque se considera un lector a veces incompleto. Habla del premio Casa como de “un coagulante de las literaturas latinoamericanas”, y se muestra encantado de esta invitación.

A propósito de Se está haciendo tarde, demasiado tarde, su colección de relatos epistolares, defiende con fervor la oralidad. Y corrobora que somos habitantes del idioma, más que de la patria convencional encarcelada por las fronteras:  «El lenguaje es una forma de patria más extensa que las patrias nacionales. Pessoa decía: ‘Mi patria es la lengua portuguesa’».

El hombre que ha asegurado que “la literatura es un poco el espacio a donde vienen todas las incertidumbres, porque las certidumbres pertenecen al espacio de la teología, de la política… También es el espacio de todas las esperanzas”; el hombre que mira hacia la historia reciente desde el hombre, usufructuario y no mera mano de obra de la civilización, está en La Habana.

Viajero incansable, recopilador de historias y personajes, alerta que se viaja por viajar, no por cazar historias con paciencia de entomólogo. “No es viajar para escribir, eso hacen los reporteros. El escritor viaja para estar con las personas, para conocer los sitios. Viaja para viajar, y después, si la historia viene, mejor. Como se ama a una persona para amarla, y no para escribir una novela de amor sobre ella».

Y a pesar de ello, a pesar de que quizás reserve para la intimidad sus impresiones de La Habana, los usuarios de su obra no perdemos la esperanza de que La Habana según Tabucci salte a las palabras. Estaremos alerta.

 

Tabucchi en La Habana”; en: Cubaencuentro, Madrid,  28 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/cultura/2002/01/28/5983.html

 





Secuestrados

14 01 2002

Maritza Sixto, de 31 años, estudió Informática en Cuba y militó en la Unión de Jóvenes Comunistas. Una vez graduada, trabajó durante seis años en el Centro para el Control Estatal de los Medicamentos, perteneciente al Ministerio de Salud Pública y al Consejo de Estado, cuya tarea es supervisar las actividades del Polo Científico, situado al este de La Habana, e integrado por centros como Biotecnología e Inmunoensayos. Centros donde se exige a los investigadores una excelente preparación profesional, obediencia y dedicación absolutas para trabajar sin límite de horario —se les prohíbe incluso pertenecer a los sindicatos verticales de la Isla—, y confiabilidad política, traducida habitualmente en militancia.

Entre sus tareas, Maritza creó un software para la red latinoamericana de vacunas, de la Organización Panamericana de la Salud. En septiembre de 2000 viajó a Washington por 45 días para hacer ajustes a su programa. Una vez concluida su tarea, decidió ajustarse también ella y solicitar asilo político en Estados Unidos, que le fue concedido en febrero de 2001. En Cuba quedaban su esposo Fernando David Manero Polanco, de 28 años, y su hija de tres, Elizabeth Manero Sixto.

Tan pronto solicitó asilo, su familia fue desalojada de la vivienda concedida en usufructo por trabajar en el polo científico. El 6 de abril de 2001, Fernando Manero, técnico en la empresa de telecomunicaciones ETECSA, solicitó permiso de salida para él y su hija. Le comunicaron que tardaría no menos de tres años en recibir autorización para emigrar, como represalia por la “deserción” de su esposa, que había abandonado sin permiso el cuartel nacional, donde todo cubano es enrolado por nacimiento sin siquiera solicitarlo, aunque carezca de vocación castrense. Los trámites para la reunificación familiar en Estados Unidos dieron resultado, y el 27 de septiembre de 2001, Fernando y Elizabeth recibieron en la Oficina de Intereses norteamericana de La Habana, los visados para viajar. Fernando Manero insistió ante las autoridades, pero la respuesta fue idéntica: no se le concedería permiso para emigrar. Al respecto, las autoridades invocaron la ley cubana. Se trata, en todo caso, de la ley no escrita, dado que en el Código Penal vigente, artículos 347 y 348 incluidos en ”Delitos contra el normal tráfico migratorio”, no se menciona la “deserción”.

Tras un año de pacientes gestiones con las autoridades de la Isla, Maritza puso el caso en conocimiento de la comisión norteamericana que, a fines de 2001, discutió con la parte cubana los acuerdos migratorios. La Habana dio la callada por respuesta.

Vista la decisión cubana de ejercer su “derecho” a la represalia, Maritza Sixto ha decidido airear el caso, y ha dirigido una carta abierta al señor Fidel Castro, donde le recuerda sus propias palabras:

“La política perseguida por la revolución es que cualquier persona que desea irse de nuestro país e ir a algún otro lugar pueden hacerlo si tiene el permiso de entrar en otro país. Nuestro país no evita que ninguna familia emigre porque la construcción de una sociedad evolutiva y justa en socialismo es una decisión voluntaria y libre.»

“Los niños son sólo niños; ellos están creciendo y aprendiendo, ellos no son adultos, y nosotros respetamos el derecho de la familia de decidir por ellos. Si una familia quiere viajar a otro lugar del mundo, ellos viajan con los niños. Nadie les prohíbe que lo hagan.”

“Nosotros nunca hemos prohibido la migración legal, NUNCA.” “Nosotros hemos permitido la libre migración, Estados Unidos ha puesto el límite. En más de una ocasión, cuando las familias han estado separadas, nosotros hemos presionado para su reunificación. En otras palabras, respetamos completa y absolutamente los derechos de los padres.” (Fidel Castro, 23-12-1999 y 4-03-2000)

Recuerda también en su carta el caso Elián, donde con toda justicia se invocó el derecho de un niño a estar con sus padres, derecho internacionalmente reconocido, pero que al parecer las autoridades cubanas sólo admiten cuando es políticamente conveniente y en una sola dirección.

Cuba, por otra parte, es signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo que la obligaría a respetar el libre movimiento de las personas. Claro que también Cuba ha firmado declaraciones a favor de la democracia, el desarme o la libertad de expresión.

Las mafias internacionales han descubierto hace ya tiempo que el amor es rentable. Tasan a la persona, calculan la cotización del amor filial, y una vez capturada la víctima, regatean el precio con quienes han de pagar el rescate, empleando el antiquísimo procedimiento de los fenicios en los mercados de la carne. Con frecuencia apremian la negociación enviando a la familia alguna pieza de la víctima, con la garantía de que el resto aún es rescatable. El negocio está en alza en las nuevas repúblicas del este, y la guerrilla colombiana lo emplea, junto a la droga, como fuente estable de financiamiento; demostrando que el fin justifica los miedos.

En Cuba se ejerce una variante sui generis: el arte del secuestro ideológico.

¿En qué consiste?

Ante todo, vale recordar que a las universales dificultades que entraña la emigración sur-norte, y que pasa por la aceptación del país de destino, Cuba impone otras muchas: la existencia de un “permiso de salida” que las autoridades conceden (o no) de acuerdo a su albedrío. El calvario que supone solicitar ese permiso, si se trata de lo que ellos llaman “emigración definitiva” (expropiación de bienes, expulsión del trabajo, presiones de todo tipo). La prohibición de emigrar a los profesionales. Las trabas que se imponen a los menores, a los varones cercanos a la edad militar. Etcétera.

Además de las naturales dificultades que impone un país donde un médico necesitaría ahorrar 47 meses de salario íntegro para sufragar 200 kilómetros de vuelo a Miami, pasaporte y documentación (que deberá abonar en dólares, no en la moneda del país).Y del status de “no persona” que adquiere el emigrado, desprovisto ipso facto de derechos y bienes.

Esa es la razón por la que muchos profesionales, aprovechando un viaje de trabajo, simplemente no regresan a la Isla. Para evitar esa fuga, se ha implementado un pérfido sistema. En primer lugar, aunque el período que vaya a pasar el profesional fuera de Cuba se extienda por muchos meses o años, no se le autoriza a viajar con su familia, que queda bajo la “custodia” del gobierno cubano. Vale aclarar que el Estado cubano retiene, pero no mantiene al menor.

Si aún así el profesional decide abandonar el cuartel patrio y pasarse al “enemigo”, se le condena a la peor represalia: impedir que su familia se reúna con él durante un período que puede ir desde tres hasta cinco años, o más en algunos casos connotados. Además de su estricto valor como venganza, el procedimiento tiene otras utilidades:

Primero: El efecto disuasorio que ejerce sobre presuntos exiliables, quienes deberán valorar si están dispuestos a sufrir una separación de las personas que aman, cuya duración dependerá del albedrío de sus captores.

Segundo: Una vez producida la “deserción”, se garantiza (o casi) el prudente silencio de las víctimas, que se abstendrán de hacer declaraciones públicas sobre la situación en la Isla, e incluso sobre el secuestro de sus familiares, con la esperanza de que “portándose bien”, suscitarán la benevolencia de los secuestradores, quienes tienen en su mano acortar o prorrogar la cautividad de los rehenes ideológicos. Si los padres se “portan mal”, es decir, hacen declaraciones que desagraden a las autoridades de La Habana, se vinculan políticamente, u otros etcéteras, el Estado cubano se atribuye la potestad de retener al menor por tiempo indefinido, librándolo así de la mala influencia de sus padres, y cuidando con esmero de su salud ideológica.

Esa es la razón por la que se conocen pocos casos de Elianes a la inversa, aunque fuentes bien documentadas aseguran que existen hoy varios centenares de familias secuestradas en Cuba. Pero las cosas empiezan a cambiar.

Durante “cuatro años de infructuosos y humillantes trámites ante el régimen de Fidel Castro», en palabras de Vicente Becerra y Zaída Jova, estos intentaron que el gobierno cubano liberara a su hija de catorce años, Sandra Becerra Jova, para que se reuniera con ellos en Brasil. Al fin, hastiados, denunciaron el caso en la asamblea anual de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en San José de Costa Rica, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), e incluso la cancillería brasileña se interesó por el asunto ante el embajador de Cuba en Brasilia, Jorge Lezcano Pérez, sin recibir respuesta. Ventilaron el caso en la prensa, y poco tiempo después, alarmado ante esta inesperada violación de la omerta, el gobierno cubano liberó a la pequeña prisionera.

Cuando el Caso Elián, reiteré que el niño debería estar con su padre, fuera comunista, demócrata, republicano o anarcosindicalista, viviera en Matanzas o en Arizona. El sitio de un hijo está con sus padres: una lógica sin ideología que dicta el sentido común de cualquier persona, sin importar raza, país o creencias. Cuando una zona del exilio cubano se empeñó en librar una batalla para probar que un tío abuelo residente en un país democrático es preferible a un padre en un país comunista, estaba imponiendo el sentido político al sentido común. Razón por la que no sólo perdió la batalla, sino que confirmó la peor prensa que circula en este mundo sobre el exilio cubano y, en especial, el de Miami. Si en los años precedentes, ante la dramática situación de la Isla y el descrédito de sus líderes, el mundo empezó a mirar con otros ojos (y, sobre todo, a escuchar con otros oídos) a Miami, el Caso Elián trasladó el conflicto cubano al Jurásico: contra el dinosaurio de la izquierda se alzaban los dinosaurios de la derecha. Sabemos que muchos cubanos de pro advirtieron que instrumentalizar la orfandad de un niño era un error pero, lamentablemente, no llevaron la voz cantante en el conflicto. Y Fidel Castro advirtió desde el comienzo que le servían en bandeja de plata una victoria, el pretexto para una capacidad de convocatoria de la que ya no gozaba su extenuado discurso y, para colmo de felicidad, la prensa mundial, por primera vez en diez años, se haría eco de sus razones y no de sus desastres.

Mientras esto ocurría, y antes, y después, cientos o miles de Elianes a la inversa esperan en silencio la indulgencia de sus captores, los mandantes cubanos, dueños de las vidas de sus súbditos, cuya libertad es apenas un gracioso obsequio, y no un derecho.

Comprendo las razones de estas familias, pero también creo que los cubanos hemos hecho demasiado silencio. Quizás si se divulgaran los casos de esos cientos de elianes, privados de sus padres en un ejercicio de venganza política, y a los cuales La Habana no aplica la batería de argumentos humanitarios que disparó con alegría en el Caso Elián, la presión internacional lograría lo que no consigue la silenciosa desesperación de tantas familias fracturadas, mediante el tributo de silencio que exigen los secuestradores ideológicos de la Isla.

Secuestrados”; en: Cubaencuentro, Madrid,14 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/01/14/5738.html.





De que talibán, van

9 01 2002

Seguir la prensa cubana del 11 de septiembre a la fecha es todo un curso de posgrado sobre la ambigüedad periodística. Primero, fue la condena al acto, los votos de solidaridad con las víctimas, e incluso la oferta de ayuda médica —más tarde, y con menos razones, el señor Fidel Castro rechazaría la ayuda norteamericana para paliar los efectos del ciclón Michelle—. Con sus peros: la prensa cubana, sin hacer explícita su coincidencia, dio cabida en sus páginas a cuanta opinión, en la prensa internacional, calificara el ataque como respuesta a la “nefasta política imperialista”. En todo caso, siempre podrían argumentar que “yo no lo dije”, e invocar el derecho del pueblo a recibir un amplio espectro de opiniones. Un ejercicio más que escaso en los medios cubanos.

Tras el inicio de la guerra, se llegó a calificar a los talibanes de defensores de la patria afgana. El pueblo, para el lector cubano, se alistaba con entusiasmo bajo las banderas del mulá Omar, para enfrentar la invasión imperialista. Los gobiernos occidentales, Rusia y las ex repúblicas soviéticas, Pakistán, etc. (de China no se habló explícitamente) fueron tildados de comparsas de los invasores yanquis, a los que aguardaba un nuevo Vietnam. No podrían doblegar el patriotismo de los afganos (léase talibanes), contra los que en su día se rompió Rusia los colmillos —en su día no se nos dijo nada al respecto, por cierto—, y les aguardaba una guerra larga y sangrienta. Todo esto dicho con una alegría apenas disimulada.

El lector asiduo de Granma recibía cada día su ración de muertos civiles ocasionados por los bombardeos norteamericanos, de los que invariablemente salían indemnes los combatientes del mulá Omar y de Bin Laden. Incluso el abandono de Kabul fue explicado como una retirada “táctica”, con todas sus fuerzas “intactas”.

Tras dos meses de contienda, el atónito lector cubano recordaría aquella memorable pelea en que el locutor radial describía el opercut del púgil cubano, el jab al mentón, los ganchos machacando al adversario, y cuando la victoria (al menos la descriptiva) estaba al alcance de la mano, el boxeador cubano caía fulminado sobre la lona.

Del mismo modo, a dos meses del inicio de la guerra, los “intactos” talibanes rendían su último reducto, el pueblo afgano recibía aliviado el fin del imperio fundamentalista, y daba vítores a los malvados invasores. Se lograba un precario, pero hasta hace unos meses impensable, gobierno de transición, y el país se aprestaba a recuperar la normalidad arrebatada por veinte años de guerra.

El mulá Omar no murió abrazado a la bandera. Se le vio huyendo montado en una moto. Y el Bin Laden que envió con alegría a sus hombres al paraíso, ha hecho un sospechoso mutis por el foro. Huida que La Habana comenta como la inquietante transformación en una sombra inasible. ¿Será el nuevo fantasma que recorre el mundo, el fantasma del terrorismo?

Aún así, la prensa cubana se adscribe a la tesis de Bin Laden y la periodista Marina Menéndez Quintero comenta que “Estados Unidos ha decretado la guerra y la emprende contra el mundo árabe”. Se informa con contenido alborozo sobre las trifulcas en el reciente gobierno de transición. Y se asegura que a pesar de la recompensa ofrecida por Norteamérica a cambio de los cabecillas, “ningún afgano está dispuesto a entregarlos”. Un chiste que tendría en Afganistán muchísimo éxito.

Dados todos esos antecedentes, no es raro que, aún cuando data de finales de 2001, la noticia de que los terroristas capturados serían confinados en la Base Naval de Guantánamo, los cubanos tuvieran que esperar la llegada de los Reyes Magos para que se les informara, de pasada y sin mayores comentarios, en apenas tres párrafos.

Aunque por ahora sólo hay celdas disponibles para cien, 1.500 personas están trabajando para habilitar espacios seguros que den acogida a unos 2.000 prisioneros en los 115 kilómetros cuadrados de la base, donde viven 2.700 personas, entre civiles, militares y sus familias. El costo será de 60 millones de dólares,

¿Cuál ha sido la reacción de las autoridades cubanas? Primero: el silencio. Y hasta hoy, una escuetísima información, otra forma de silencio, (in)comprensible al tratarse de un asunto que atañe directamente a Cuba, el país donde se dedican infinitas mesas redondas, televisadas para todo el país, sobre la crisis argentina, la guerra afgana o la inmortalidad del cangrejo.

El Nuevo Herald refiere que “la semana pasada, después que varios miembros del parlamento local se opusieron al traslado, voceros del gobierno de la Isla se apresuraron a recordar que aún no hay una posición oficial sobre el asunto y parecieron restarle importancia al tema”. Al parecer ya la hay, porque el senador republicano por Pensilvania, Arlen Specter, luego de su reunión con Fidel Castro, asegura que éste, «como mínimo, no presentaría objeciones» al traslado de prisioneros a Guantánamo.

¿A qué se debe tanto silencio y discreción? Primero, a pesar de su guapería perpetua, Fidel Castro ha visto la barba de su vecino arder (nunca mejor dicho) y tiene la propia en remojo. De modo que prefiere hacerse el ciego, y no emitir comentarios susceptibles de convertirse en bumeranes. Pero hay otras razones: si el talibán y sus compinches han sido investidos subliminarmente por la servicial prensa cubana como patriotas afganos en lucha contra el imperialismo, ¿cómo protestar ahora por su presencia en territorio de la Isla? Y si son los instigadores del atentado que en su día Cuba deploró, ¿cómo protestar por que sean juzgados, cuando Cuba se dice adalid de la lucha contra el terrorismo mundial? De cualquier modo, el ajedrecista consumado de la política que es Fidel Castro, no ha tenido otra que enrocarse y asumir calladito las consecuencias de un antinorteamericanismo tan cerril que le ha arrimado como compañeros de viaje a los sujetos más retrógrados de la historia contemporánea. Tanto, que para ellos todo Occidente es una blasfemia. Fidel Castro incluido.

 

De que talibán, van”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/01/09/5664.html.

 





Guerrilleteo

21 12 2001

Desde los primeros 80, cuando la Isla abrió sus puertas al turismo, algunos jóvenes emprendedores, dotados de espíritu empresarial y sabiendo que la única materia prima de que disponían eran sus cuerpos, abrieron sus piernas al turismo.

Hasta entonces, el único turismo admitido por el gobierno cubano era el ideológico: los norteamericanos y cubanoamericanos de las brigadas Venceremos y Antonio Maceo (los maceítos), exiliados chilenos, etarras, IRAcundos irlandeses, intelectuales de todas las progresías posibles, guerrilleros en estado embrionario o larval, camaradas, compas, tovarich y compañeros.

Los maceítos, venceremitos, orteguitos (y no de Ortega y Gasset), no venían a probar las carnes de los nativos, sino a probar en sus propias carnes la experiencia revolucionaria.

Pero con la masificación del turismo empezaron a llegar visitantes más interesados en las (los) negra(o)s que en los rojos. El guerrilleteo fue sustituido por el jineteo.

Desde entonces, con sus altas y bajas, Cuba se ha convertido en un destino preferente del turismo sexual, promovido incluso por el Turoperador en Jefe, quien se ha jactado de que el país posee las prostitutas más cultas del mundo. Cosa que seguramente habrá entusiasmado a los putañeros con inclinaciones intelectuales.

A ratos ignorado (no hay peor ciego que el que no quiere ver), a ratos admitido, perseguido con saña o perseguido ma non tropo, el jineteo es ya una parte sustancial de la oferta turística de la Isla. Y la anatomía es mayor causa de repitencia que el buen servicio o la calidad de la oferta.

No obstante, las autoridades cubanas, temerosas de que Cuba no sea ya luz, faro y guía para la progresía mundial; sino el punto de referencia para todos los putañeros del orbe, intenta ofrecer una alternativa al jineteo: el guerrilleteo en clave paleontológica.

Los precursores de esta nueva oferta fueron los artesanos, que desde hace mucho ofrecen suvenires ideológicos basados sobre todo en la figura de Ernesto Che Guevara: llaveros, pulóveres, hasta posavasos guevaristas, para que nos sea dado contemplar al Guerrillero Heroico a través del Chivas Regal.

Ahora se nos propone un tour por los santos lugares de la Revolución Cubana: la Sierra Maestra —con ascensión al Turquino incluida para los más osados—, donde se puede visitar la comandancia de La Plata, los senderos que discurrió la guerrilla, los venerables escenarios de las batallas, y descender más tarde hacia Santiago de Cuba, donde el turista contemplará con sus propios ojos el Cuartel Moncada, acto de iniciación político-militar del señor Fidel Castro, y la derrota más celebrada de todos los tiempos.

Los promotores de este nuevo turismo reconocen que es aún minoritario —la carne turgente de los mancebos y las doncellas insulares parecen resultar más atractivos que la carne de la historia—, pero confían en que se convierta en breve en una alternativa importante a los polos del jineteo tradicional.

Cuentan para ello con la experiencia de Berlín, cuyo muro, cuidadosamente fragmentado, adorna hoy los despachos de muchos ejecutivos transnacionales con un pasado progre. Y, sobre todo, la experiencia de Europa Oriental y China. En Moscú es posible adquirir por un módico precio insignias del Ejército Rojo, retratos de Stalin, pines comunistas y hasta uniformes completos de la KGB. En China ya son tradicionales los tours por los lugares emblemáticos de la Larga Marcha y los hitos geográficos en la vida del Gran Timonel. Corea del Norte lo intenta, pero tiene poco público.

En menos de un siglo, el comunismo ha pasado de revolucionar el presente e indicar el camino hacia el futuro, a convertirse en arqueología. Pocas veces han tenido en sus manos los historiadores un material más caliente, como corresponde a un futuro que se convierte sin transición en pasado.

En Cuba, este nuevo turismo poscomunista (y con frecuencia nostálgico: Éramos tan jóvenes y felices en las barricadas del 68, ¿te acuerdas?), tiene un atractivo añadido: es posible contemplar en vivo y en directo uno de los últimos ejemplares de la especie que ya ha ingresado (nunca mejor dicho) en el Libro Rojo de la historia.

Con un poquito de iniciativa empresarial, no dudo que se obtengan pingües beneficios. Plastificar pelos de la barba del Comandante en Jefe —edición limitada, ejemplares autentificados por su dueño y numerados—para su venta en divisas libremente convertible. O que el prócer de la patria dedique una hora al día a dar apretones de mano con foto incluida, a 500 USD. En fin, un poco de ingenio y disposición para complacer al cliente. A diferencia de la experiencia museable que el turista puede disfrutar en Rusia o en Polonia, en Cuba, como en Jurassic Park, los dinosaurios están vivitos y coleando.

 

Guerrilleteo”; en: Cubaencuentro, Madrid,21 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/12/21/5514.html.

 





El hermanísimo

13 12 2001

“El Granma, como dijo Fidel hace ya un cuarto de siglo, no sólo llegó a Las Coloradas; continuó navegando por la Sierra y el llano; su proa arribó triunfante al primero de Enero de 1959 y ha proseguido ininterrumpidamente su ruta revolucionaria a lo largo de estos 45 años”. Son palabras del General de Ejército Raúl Castro Ruz, ministro de las FAR, en entrevista concedida al Teniente Coronel Jorge Martín Blandino, para el número especial de la revista Verde Olivo, en ocasión del aniversario 45 del desembarco del Granma. De ello se deduce que el pueblo cubano está embarcado hace 45 años.

¿Quién es el General de Ejército Raúl Castro Ruz, el hermanísimo, que de acuerdo a la línea sucesoria de la monarquía cubana se nos presenta como el presunto general en jefe que sustituirá al comandante en jefe?

El comunista

Ramón Castro, el mayor, se dedicó siempre a lo suyo, el campo. Durante años se ocupó de la manutención de sus hermanos, enfrascados en la (por entonces) improductiva aventura política. Raúl, en cambio, siempre creció a la sombra de Fidel. Mientras FC se dejaba seducir por los clásicos del fascismo — hasta el punto de tomar prestado al Meón Camp el título de su famoso alegato en el juicio del Moncada—, el menor se afiliaba precozmente al comunismo. Viajó en febrero de 1953 al Festival de las Juventudes celebrado en Viena, donde conoció al agente del KGB Nicolau Leonor —sí, el mismo Leonor que atacara a Putin recientemente por la retirada de la base de Lourdes—, a quien reencontraría durante el exilio mexicano y la preparación del Granma. Fue allí donde Raúl le presentó a otro de los pocos comunistas originales que participaron en la expedición: Ernesto Che Guevara. Durante aquel viaje al Festival de las Juventudes, Raúl conoció Rumanía, Hungría y Checoslovaquia.

Estando en la Sierra, fue interceptada una carta de Raúl al Che, donde aplaudía la actuación histórica de Stalin. La carta fue difundida en la radio por el legislador Rafael Díaz Balarte, cuñado de Fidel Castro.

Al mando del Segundo Frente Oriental Frank País, Raúl puso en práctica una especie de soviet, organizando un micro estado en las montañas con encargados de Sanidad, Justicia, Educación, Personal e Inspección, Finanzas, Construcción y Comunicaciones, Radio, Prensa, Escuelas de Instrucción Revolucionaria, Buró Agrario, Buró Obrero, y Obras Públicas. Y se dedicó más a la recaudación que al combate.

Con este pedigrí, no es raro que su hermano, astuto político que al llegar a La Habana afirmó que no era comunista y que la Revolución era “tan verde como nuestras palmas” (como el melón, apostilló el público posteriormente); le dejara parqueado en Santiago de Cuba, en una clara maniobra de engaño. Años más tarde, redireccionado ya el proceso, Raúl podría afirmar sin tapujos que “todos nuestros oficiales piensan en ruso” (Roberto Ampuero: Nuestros años Verde Olivo). De modo que si algo queda claramente documentado, es su temprana filiación comunista.

¿El estratega?

Se supone que un ministro de las Fuerzas Armadas sea, ante todo, un militar de carrera. Raúl Castro es, en cambio, un general sin batallas. Por el contrario que el Che o Camilo Cienfuegos, quienes condujeron la invasión a Occidente y decidieron el curso de la guerra. Siempre cerca de su hermano, sus virtudes han sido ejecutivas. Al mando del Segundo Frente, la conducción de las acciones recayó en sus jefes de columna, en especial Efigenio Ameijeiras, Félix Pena, Manuel Fajardo y Ciro Frías. Los combates de Lima y Marcos Sánchez fueron conducidos por Ameijeiras y Villa, y el de Imías, estuvo a cargo de Pena y Belarmino Castilla. En la toma del Central Soledad, fueron decisivos los hermanos Herrera. El gran “éxito militar” de Raúl, más bien un “éxito de marketing”, fue el secuestro de 29 marines el 28 de junio de 1958. Una práctica que retomarían y perfeccionarían las guerrillas colombianas, al igual que su experimento de mini estado guerrillero en Yateras.

De modo que, en medio siglo, el militar de más alto rango en Cuba no tiene ni una batalla memorable en su haber. El desastre del Moncada fue obra de su hermano; la victoria de Girón, de El Gallego Fernández; la invasión, de Camilo y Guevara, y la guerra de Angola fue tarea del incómodo General Arnaldo Ochoa.

Fidel Castro, conocedor de las limitaciones de su hermano, y sabiendo que sólo jefes militares capaces lo conducirían al triunfo, lo confinó al Segundo Frente (en compañía de probados guerrilleros, como Ameijeiras), mientras depositaba en otros el peso de la guerra. Una vez obtenido el triunfo, y cuando la fidelidad pasó a ser más importante que la eficiencia, le permitió ascender al segundo puesto en el escalafón. Porque si una virtud tiene Raúl a los ojos de su hermano es la fidelidad. Sólo Celia Sánchez y él han gozado de la irrestricta confianza del desconfiado boss. Un porvenir que Raúl Castro ha sabido labrarse, dada su habilidad para la estrategia palaciega. De un modo u otro, ha logrado deshacerse de los jefes militares que le hacían sombra en su lugar a la diestra del Señor: Camilo, el Che, Ramiro Valdés, Ochoa, Abrahantes.

El sanguinario

Su fama de sanguinario data del exilio mexicano, cuando se encargó de ejecutar personalmente a un expedicionario acusado de traición. En el Segundo Frente abundaron más las ejecuciones que los combates. Incluso los marines secuestrados fueron invitados a presenciar el fusilamiento de varios prisioneros acusados de bandidos. Circula la anécdota de que Fidel le comunicó que no quería más sangre en el Segundo Frente, momento en que el obediente Raúl optó por ahorcar a los prisioneros. Tras el triunfo, se encargó personalmente de supervisar las ejecuciones de policías y militares acusados de crímenes en la zona oriental. Y recientemente, José Basulto dice tener confidencias de fuentes de inteligencia norteamericanas asegurando que en las grabaciones relacionadas con el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate se escucha claramente la voz de Raúl Castro. Se cuenta que durante los sucesos de agosto de 1994 en La Habana, cuando por primera vez los cubanos se lanzaron a la calle, el ministro del Interior, Abelardo Colomé Ibarra, le pidió instrucciones. Raúl le respondió que si la cosa se ponía peor, habría que “sacar los tanques”. Al cabo, no fue necesario. Los palos de las Brigadas de Acción Rápida, el Contingente Blas Roca, y la presencia de su hermano mayor disolvieron los disturbios. Dado su escaso carisma y la poca simpatía de que goza entre la población cubana, ya sabemos que Raúl Castro no habría dudado en apelar a métodos más contundentes. ¿Le habría obedecido el ejército y disparado contra la población? Ya eso es harina de otro costal, y algo que posiblemente no sepamos hasta que no ocurra.

El hermano

A pesar de su papel de segundón eterno junto a la figura de Fidel, sometido a su personalidad y su despótico paternalismo de mayoral en la finquita nacional, la fidelidad de Raúl al Hermano en Jefe parece fuera de duda. Se afirma incluso que la frase «Donde sea, como sea y para lo que sea, Comandante en Jefe: Ordene», es obra suya. En la Sierra Maestra, sus ataques de celos hacia personalidades más a la altura de Fidel, como Camilo y Guevara, le merecieron el ascenso a comandante y el alejamiento al Segundo Frente, donde no tendría oportunidad de introducir ruidos que alejaran la victoria.

Algunos analistas de su personalidad le diagnostican un viejo complejo de inferioridad que se refleja en un afán de diferenciación (reafirmación). El atildado y ordenado Raúl, frente al descuidado y caótico Fidel. Sin nada que oponer a la personalidad arrolladora y el carisma del hermano mayor, Raúl cultivó las artes de la intriga, el calculado rencor y la paciencia: afiladas armas para la supervivencia en una corte donde ni hijos, ni hermanos disfrutan de inmunidad. La incondicionalidad es el único parentesco que ofrece garantías. Virtud que ha perfeccionado.

¿Es entonces el General de Ejército Raúl Castro, “un dirigente con dominio de la situación y capacidad de prever el futuro”, como afirma el Teniente Coronel Jorge Martín Blandino en su entrevista publicada en Granma? ¿Será cierto, como asegura su entrevistado, que tras la muerte del Castro mayor “la Revolución, sencillamente, seguirá adelante” como si tal cosa? ¿Será acertada su afirmación de que “No es exacto hablar de relevo de generaciones en la Revolución cubana, sino de continuidad”? ¿Sustituirá realmente Raúl a su hermano? Y, en tal caso, ¿qué podemos esperar de él? Son preguntas que merecen respuesta.

Comunista de antiguo pedigrí, general sin batallas, líder de segunda, rencoroso, calculador y más taimado que inteligente, Raúl Castro carece de cualidades para ejercer un verdadero liderazgo, pero más que suficientes para, apoyado sobre una nomenclatura temerosa de perder sus privilegios —y, más aún, de que se les pidan cuentas—, mantenerse en el poder durante el período de gracia que le conceda su maltratada anatomía. Más aún si sabemos que, en caso de necesidad, no dudaría en apelar a soluciones drásticas.

Pero, ¿realmente sustituirá a Fidel, como asegura la línea sucesoria?

La pregunta tiene una doble respuesta: la física y la política. La primera depende de los misterios de la fisiología y resulta difícil de responder. Se sabe que Raúl Castro, a sus 70 abriles, no es un chiquillo, que su salud ha sufrido quebrantos, a lo que ha colaborado (dícese) su afición a los alcoholes de alto octanaje. Por su parte, del hermano mayor se asegura que padece cáncer intestinal, una dolencia cardíaca y que ha sufrido un par de isquemias cerebrales, más una colección de estragos menores; aunque dado el secretismo, la frontera entre el dato y la conjetura es neblinosa. De cualquier modo, lo cierto es que la reacción de su corte cuando sufrió un apagón en el Cotorro y las reiteradas referencias de Raúl a la sucesión permiten suponer que se trata de una muerte anunciada, aunque no necesariamente inmediata. Una opción semisucesoria, sería el agravamiento de su ya obvia pérdida de facultades —lapsus, extravío del hilo en los discursos, dificultades del habla—hasta convertirlo en una suerte de icono que la nomenklatura se encargará de sacar en procesión mientras dure.

La respuesta política es sencilla: no lo sustituirá. Ocupará, presuntamente, su sitio.

En cualquier caso, Raúl Castro sí viene preparando la sucesión desde hace mucho tiempo, incluso antes de que fuera previsible. Desde fines de los 70 y principios de los 80, hombres del entorno de Raúl Castro han ido ocupando posiciones que consoliden una plataforma de fieles para el ejercicio del poder: aquel Humberto Pérez de la Junta Central de Planificación, extirpado por “tecnócrata” en 1985; Carlos Aldana, omnipotente capo del DOR, caído en desgracia por dedicarse a ejercer por cuenta propia. La retirada de Ramiro Valdés, su eterno rival y creador de la elite represiva, el Ministerio del Interior, allanó el camino al hermanísimo, que vio consumado su triunfo tras los sonados casos de 1989 relacionados con el tráfico de drogas. Empezando por Abrahantes, el ministro encarcelado y muerto en prisión en misteriosas circunstancias, el MININT fue “saneado”, y sus mandos, sustituidos por hombres de Raúl, hasta convertirlo, en la práctica, en un departamento de las FAR. Aberlado Colomé Ibarra, el actual ministro, responde directamente a Raúl. Por primera vez en treinta años, el hermanísimo tenía bajo su control hasta la última pistola del país.

Pero el “clan Raúl” no se limita a las instituciones armadas. Sólo seis dirigentes cubanos integran los tres círculos exclusivos del poder: el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros y el Buró Político. De ellos, cuatro pertenecen al clan: Raúl, Aberlado Colomé Ibarra, Marcos Portal y Julio Casas Regueiro. Los otros son el propio Fidel y Carlos Lage. Veinte oficiales de las fuerzas armadas son delegados a la Asamblea del Poder Popular, cuya actual función ornamental no la exime de tener mañana cierta importancia, sobre todo de cara a la legitimación exterior del nuevo gobierno.

Marcos Portal, ingeniero químico, y esposo de Tania Fraga Castro, sobrina de Fidel y Raúl, es el ministro de la Industria Básica (MINBAS) desde 1983, miembro del Buró Político desde 1997, y del Consejo de Estado desde 1998. Un ministerio que ha acaparado recientemente la producción farmacéutica. Formados por Marcos Portal en su ministerio son los actuales ministros de pesca, Alfredo López Valdés, y de Comercio Exterior, René de la Nuez. A ellos se suma el cuñado de Portal, José Antonio Fraga Castro, al mando del Grupo Empresarial de Laboratorios Farmacéuticos (LABIOFAM). Al “clan” pertenecen también el ministro de Economía, José Luís Rodríguez, el presidente del Banco Central, Francisco Soberón, y el ministro de Salud Pública, Carlos Dotres, quien lleva la “diplomacia de los médicos”, que ejercen sus funciones en numerosos países del Tercer Mundo. En total, según algunos expertos citados por El Nuevo Herald, existen hombres de Raúl ocupando altos puestos directivos en la mayoría de los 27 ministerios y 4 institutos que componen la Administración Central del Estado.

Julio Casas Regueiro, primer viceministro de las FAR, lleva a cabo la llamada “política de perfeccionamiento económico”. Y el verdadero “perfeccionamiento”, que es el tránsito hacia una economía de mercado, está también en manos de oficiales de Raúl Castro, en activo o jubilados, cuya presencia es abrumadora en la dirección de las empresas mixtas y en todas aquellas que operan en la economía del dólar.

Queda claro que la sucesión está siendo preparada. Y en tal caso, ¿qué podríamos esperar del hermanísimo en el poder? Para responder a esa pregunta deberíamos repasar algunas de sus conductas y declaraciones durante los últimos años.

Han sido notables sus salidas de tono y sus afirmaciones, cuando menos, sorpresivas. Algunas se pueden atribuir fácilmente a su incapacidad política, como cuando dijo el 4 de enero de 2001: «Que estén alertas, que no se desvíen, que la experiencia de lo que sucedió en la URSS, muy especialmente nos puede pasar aquí, esa autodestrucción del país más grande del mundo». Y el diario Granma tuvo que corregirle la plana. También ha afirmado que «esto es sociolismo, no socialismo», que «esto no lo para ni un millón de policías», refiriéndose a la corrupción generalizada, o que «aquí el problema no es el imperialismo, es el hambre».

Su hermano, pendiente de su papel en la historia, de donde dimana su fundamentalismo y su terca negativa (a menos que sea imprescindible para su supervivencia) a enmendar la obra con la que pasará a las enciclopedias, ha supeditado durante más de 40 años los intereses del hombre común a su proyecto personal. Ha aspirado a una parcela del liderazgo mundial, de cara al Tercer Mundo, a América Latina, a África. Y confiando en que su voluntad y sus dotes de liderazgo anularían cualquier oposición, no ha dudado en sacrificar para ello la felicidad y el bienestar de los cubanos.

Raúl no cuenta con esas dotes, y está más cerca de las preocupaciones del hombre común. Más cerca no significa que las haga suyas, sino que deberá considerarlas si quiere conservarse mínimamente en el poder. Difícilmente ignore que, además, no cuenta con la simpatía de los cubanos; ni tiene a su favor la mística que sí ha cultivado su hermano.

¿Qué podríamos esperar entonces de su gobierno?

Su tradición autoritaria (y su propio instinto de supervivencia) permiten augurar que no admitirá cambios políticos sustanciales —ni siquiera en la esfera académica; recordemos que fue suyo el cierre del CEA y las feroces críticas a los intelectuales—. Sus precoces votos comunistas permitirían augurar una vuelta de tuerca a la ortodoxia. No obstante, sabe que si desea ser tolerado deberá favorecer una mejora en las condiciones de vida de la población, una vez caducada la mitología equina. Y un barrunto de lo que podría suceder lo hallamos en su visita a China en 1997, cuando en entrevista con el primer ministro Li Peng, aseguró que las reformas que tienen lugar en ese país podrían servir de referencia y aplicarse en Cuba. Es decir, apertura de mercado y represión política. Una fórmula que en el gigante asiático ha permitido un cuarto de siglo de crecimiento económico sin desbancar del poder a la clase reinante. No es raro entonces que sean hombres del “clan Raúl” quienes lleven en Cuba la mayoría de las empresas que ya actúan de acuerdo a las leyes del mercado.

Otro asunto de la mayor importancia, son las relaciones con el vecino del norte. En enero, Raúl advirtió a Estados Unidos: «yo soy de los que creen que al imperialismo le convendría más tratar, con nuestras diferencias insalvables, de normalizar las relaciones en vida de Fidel que en el futuro». De lo que podemos leer todo lo contrario. Ajeno al “destino histórico” de su hermano, para quien el embargo y la beligerancia han sido excelentes medios de proyección internacional de una imagen numantina, y perfectas excusas para la indigencia económica; Raúl pactaría más fácilmente una apertura hacia el norte en el sentido económico, siempre que el monopolio político a corto plazo no se viese afectado. ¿Aceptaría Estados Unidos una invitación de esa índole? ¿Aceptaría la comunidad cubana participar en el reparto del pastel económico cubano? No se puede dar una respuesta categórica, pero habría que ver las condiciones que ofrezca el nuevo mayoral de la finca. Seguramente habrá empresarios norteamericanos y cubanoamericanos, que estarían dispuestos, sin demasiados remilgos, a concertar buenos negocios. Salvando las distancias, Norteamérica mantiene con China un enorme volumen de negocios, sin que hasta hoy el tema de las libertades o los derechos humanos haya determinado los índices de la bolsa.

¿Presenciaremos en Cuba la Era China de El Chino, como algunos llaman a Raúl Castro Ruz? ¿Fallará la paciencia de los cubanos y veremos al hermanísimo escribir sus memorias en alguna isla remota del Yang-Tse? Está por ver. La realidad es siempre más sorpresiva que cualquier conjetura.

El hermanísimo (II) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,18 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/12/18/5439.html.

El hermanísimo (I) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,13 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/12/13/5370.html.





Muerte a plazos

10 12 2001

Jorge Mynor Alegría Armendáriz tenía 38 años y era periodista de Radio Amatique, una estación de Puerto Barrios, Guatemala, donde conducía el programa Línea Directa, muy crítico hacia las autoridades locales. Amenazado de muerte en varias ocasiones, a fines de agosto pasado denunció que el alcalde de Puerto Barrios, Jorge Mario Chigua, había despedido a 60 empleados municipales. El 5 de septiembre de 2001, informó sobre el levantamiento de la inmunidad parlamentaria de David Pineda, diputado local del Frente Republicano Guatemalteco y antiguo alcalde de la ciudad, procesado por presunta malversación. Jorge Mynor se proponía investigarle a fondo y hacer públicos sus resultados. Pero ese mismo día, frente a su casa, unos desconocidos le asesinaron de seis disparos. A la mañana siguiente, otro periodista del mismo medio, Enrique Aceituno, presentó su dimisión tras recibir reiteradas amenazas, y ante la perspectiva de sufrir la misma jubilación anticipada que su colega. Ni uno ni otro son casos excepcionales: al menos 20 periodistas guatemaltecos han sido amenazados o agredidos en lo que va de año.

En dos meses de guerra en Afganistán, casi una decena de periodistas han muerto. Más bajas que las que, oficialmente, reconoce entre sus tropas el gobierno norteamericano. Asesinados a sangre fría, asaltados para robarles, emboscados y tiroteados, la tarea de informar coloca al reportero de guerra en circunstancias de especial indefensión.

En 1999, 71 periodistas de 19 países fueron asesinados. El récord correspondió a Yugoslavia (22), seguida de Sierra Leona (10), lo cual se explica por la situación bélica de ambas naciones. Colombia, con 7 periodistas asesinados, se mantiene entre los primeros puestos del macabro ranking.

Durante el año 2000, según Reporteros sin Fronteras, fueron 33 los asesinados. Sierra Leona con 3, Rusia y Ucrania con 4 cada una, así como Mangla Des, Colombia, Filipinas, la India y Sri Lanka, con dos periodistas por país, ocupan los primeros puestos. Los datos de la Asociación Mundial de Periódicos (WAN, por sus siglas en inglés), al incluir a periodistas y otros empleados de los medios de comunicación, hace ascender la lista a 53. Según ellos Colombia (10 asesinados) y Rusia (6) siguen siendo los países más peligrosos, donde el ejercicio responsable y veraz de la información puede considerarse un deporte de riesgo. Si bien las cifras de 2000 fueron sensiblemente inferiores a las de 1999, se da una terrible circunstancia: disminuyeron los periodistas muertos en combate y aumentaron los ejecutados para evitar la revelación de noticias escabrosas, o como represalia por haberlo hecho y advertencia al resto de los colegas.

En ninguna de estas listas aparece Cuba. Según ellas, ni un periodista de la Isla ha sido asesinado. Y hasta donde sabemos, es cierto. Relativamente cierto. ¿Por qué? Porque las estadísticas de Reporteros sin Fronteras sólo recogen los asesinatos al contado; no las mutilaciones o las muertes a plazos.

La primera mutilación a un periodista en Cuba se produce en la Facultad, cuando se le extirpa el 90% de la zona beligerante del cerebro, dejándole apenas lo suficiente para criticar a algún administrador descarriado, los dependientes de un comercio o los vendedores ambulantes que intentan sobrevivir en los arrabales del sistema. Claro que con frecuencia las operaciones no tienen éxito, y el periodista sale dispuesto a enfrentarse a la realidad. Tras muchos intentos fallidos, mutilados por el toque de silencio, el periodista puede seguir varios caminos:

1-Automutilarse y ejercer el periodismo manso que se le exige.

2-Redireccionar toda su energía crítica contra el criticable de turno (el imperialismo y alguien más: rusos, chinos, argentinos, etc.) y convertirse en un exitoso periodista orgánico —algo así como un relaciones públicas que redacta—.

3-Abandonar el periodismo y aplicar sus habilidades gramáticas a la redacción de folletos turísticos, por ejemplo.

4-Que lo excluyan del ejercicio oficial de la profesión, tras declararlo inmutilable, y no sujeto, por tanto, a la feliz reeducación de sus habilidades.

Si el periodista ha llegado a este extremo, si se empecina en hacer uso de su integridad crítica, puede emplearse en el periodismo alternativo, en cuyo caso el Estado dicta contra él sentencia de muerte a plazos, con la ventaja añadida de que el reo no aparecerá en las estadísticas de la WAN. El método de ejecución es mucho más sofisticado que la inyección letal o la silla eléctrica.

Como ejemplo, puede servirnos el periodista Raúl Rivero. Tras dar a conocer sus opiniones alternativas, el primer paso fue excluirlo de todas las organizaciones gremiales y declararlo, profesionalmente, “no persona”. Más adelante se le declara “no persona” en sentido general: se le puede acosar, citarlo una y otra vez a la estación de policía, detenerlo, interrogarlo y volverlo a soltar. Si el periodista es invitado a un evento internacional —a México o a Miami en este caso—, las autoridades le niegan el permiso, aunque le reiteran que contaría con una rapidísima autorización en caso de que la salida fuera definitiva. El reo sufre las repetidas amenazas de los oficiales de la Seguridad del Estado, quienes expurgan con cuidado sus artículos publicados fuera de la Isla buscando una frase punible, dada la legislación vigente. No pocos periodistas han dado ya con sus huesos en la cárcel por presunta difamación al Comandante en Jefe.

Recordemos que en Cuba existe la llamada Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía. Según ella pueden dictarse condenas de hasta 20 años para quienes difundan documentos “subversivos” (eso significa cualquier cosa que no sea obediencia pura). La policía hostiga permanentemente a los periodistas alternativos, de modo que medio centenar se han exiliado, varios cumplen condena y hasta los corresponsales de medios extranjeros destacados en Cuba se encuentran bajo vigilancia.

Las autoridades, por su parte, pueden difamar e insultar al periodista públicamente sin derecho a réplica. «Ellos no te llaman y te dan una paliza. No te dan un tiro ni te caen a patadas. Tratan de desestabilizarte, humillarte, desprestigiarte. Te acusan de ladrón, traficante o, incluso, hacen creer que eres colaborador del gobierno», dijo Rivero recientemente.

Todo ello forma parte de la muerte a plazos: se le priva primero de todo medio oficial de subsistencia, para después investigar si cobra por sus colaboraciones en la prensa internacional. En caso afirmativo, se le acusa de mercachifle de la palabra, algo que puede llevarlo incluso a la cárcel. Si no se le comprueba, los agentes y policías harían bien en pedirle la receta de cómo vivir del aire, o elevando los brazos en el patio para hacer la fotosíntesis, aprovechando el inclemente sol de la Isla. Receta que garantizaría el futuro luminoso de la Isla. Con un fervor digno de mejores empeños, también se persigue si compra en bolsa negra o ejerce el trapicheo de subsistencia, empleando para ello unos parámetros morales que, de aplicarse textualmente a la población cubana, sería más barato enrejar la Isla que construir cárceles para todos.

Pero eso no basta.

La condena no sólo incluye matar el prestigio, la probidad, la estabilidad emocional, matar la honradez del reo a los ojos del público. La condena se extiende a la familia. Blanca Reyes, la esposa de Raúl Rivero, lleva dos años intentando que la autoricen a visitar a su hijo, que reside en Miami. Se le ha negado. Y recientemente la han amenazado “con abrirle un expediente por ‘tráfico ilegal de divisas’. Claro que los mismos agentes volvieron a recomendarle que se fuera del país con Raúl. Esta parte de la condena es quizás la más perversa: acosando a la familia mes tras mes, año tras año, pueden debilitar su unidad, crear fricciones y sembrar la duda: ¿valdrá la pena todo este sufrimiento y este acoso? ¿No estaremos inmolando las únicas vidas que tenemos por un resultado incierto? Y el propio periodista puede verse ante una dolorosa disyuntiva: Hago lo que considero mi deber, pero ¿tengo derecho a imponer una vida de perseguidos a las personas que amo?

Si un buen día el periodista, por cualquier motivo (familiar, personal, profesional) decide aceptar el consejo de sus verdugos y abandonar el país, entonces la muerte a plazos se habrá consumado sin necesidad de manchar las impolutas estadísticas cubanas. Un país donde Jorge Mynor Alegría Armendáriz jamás habría sido asesinado. De haber sido nombrado por el Departamento de Orientación Revolucionaria, el propio director de Radio Amatique se habría encargado de que jamás investigara las actividades de un diputado del único partido, y menos aún que lo diera a conocer en un programa de su cadena. De ser un periodista cubano, Jorge Mynor aún caminaría por este mundo, dormiría con su mujer y conduciría su programa. Lo que no me atrevería a afirmar es que siguiera con vida.

 

Muerte a plazos”; en: Cubaencuentro, Madrid,10 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/cultura/2001/12/10/5294.html.





Victoria de la razón

5 12 2001

Por décima vez consecutiva, el embargo norteamericano ha sido condenado por amplia mayoría. Esta vez 167 países votaron a favor de la resolución 56/9, 3 votaron en contra y tres se abstuvieron. “Contundente victoria de Cuba en las Naciones Unidas”, puede leerse en el Diario Granma, ansioso por demostrar, como de costumbre, que el planeta en pleno apoya al gobierno de la Isla. Olvidando que la inmensa mayoría de esos países votó hace no mucho a favor de condenar al gobierno cubano por su sistemática violación de los derechos humanos. En aquel momento la prensa insular tildó a esas mismas naciones de lacayos del Imperio, lamebotas y sobornados. En su esquema maniqueo de las relaciones internacionales, no parecen comprender que existe algo llamado “independencia de criterio”.

De hecho, no se trata de una victoria del gobierno cubano —que ha secuestrado el nombre de Cuba durante medio siglo—, sino de la razón.

En teoría, el embargo tiene como propósito presionar a la Isla para forzar el cambio hacia un Estado de derecho y el respeto a las libertades individuales. Y la razón nos dice que si no lo ha conseguido en 43 años, algo falla. Las únicas dos empresas que han aplicado empecinadamente la misma política durante 43 años, a pesar de su probada ineficacia, son el gobierno cubano y quienes mantienen en Estados Unidos el embargo. En ambos casos se invoca la felicidad de los cubanos. En ambos casos, la felicidad de los cubanos es lo que menos cuenta.

Cuando ya la ineficacia del embargo había quedado sobradamente demostrada, e incluso su utilidad para el gobierno de la Isla, que la emplea como hoja de parra para tapar su ineficiencia, la respuesta norteamericana fue recrudecerlo, al aprobar la Ley Helms-Burton. Una ley que “procura sanciones internacionales contra el Gobierno de Castro en Cuba, planificar el apoyo a un gobierno de transición que conduzca a un gobierno electo democráticamente en la Isla y otros fines». Su presupuesto básico es sancionar y reparar «el robo por ese Gobierno [el de Castro] de propiedades de nacionales de los Estados Unidos», haciendo de ello un instrumento para la democratización de Cuba.

Y será el presidente de Estados Unidos quien determine cuándo existe un gobierno de transición. Dimanar de elecciones libres e imparciales y una clara orientación hacia el mercado, sobre la base del derecho a poseer y disfrutar propiedades, son las condiciones adicionales para que el mismo presidente concluya que se trata de un gobierno elegido democráticamente, momento en que la felicidad reinará en la Isla, ya que el bienestar del pueblo cubano se ha afectado, según la ley, por el deterioro económico y por «la renuencia del régimen a permitir la celebración de elecciones democráticas». La primera razón es obviamente correcta. La segunda, indemostrable. Taiwán, Corea y Chile, por un lado; Haití, Nicaragua y Rusia, por el otro, demuestran que la democracia de las urnas y la democracia del pan no forman un matrimonio indisoluble.

La presunta “amenaza castrista” permite a la ley apelar a la extraterritorialidad y sancionar a terceros países, dado que «El derecho internacional reconoce que una nación puede establecer normas de derecho respecto de toda conducta ocurrida fuera de su territorio que surta o está destinada a surtir un efecto sustancial dentro de su territorio» (sic). [No sólo a entidades y personas que]»trafiquen con propiedades confiscadas reclamadas por nacionales de los Estados Unidos», sino a quienes establezcan con Cuba cualquier comercio en condiciones más favorables que las del mercado; donen, concedan derechos arancelarios preferenciales, condiciones favorables de pago, préstamos, condonación de deudas, etc., etc. Es decir, todo lo que proporcione al Gobierno Cubano «beneficios financieros que mucho necesita (…) por lo cual atenta contra la política exterior que aplican los Estados Unidos». De modo que el planeta Tierra y sus alrededores quedan advertidos: Cualquier acción que contradiga la política exterior norteamericana respecto a Cuba, queda terminantemente prohibida.

El resultado ha sido la posposición indefinida de la aplicación de sus capítulos más drásticos. Helms y Burton no tomaron en cuenta que esas actividades económicas son también beneficiosas para los inversionistas, y como la primera ley del capital es la ganancia, la primera libertad democrática es la libertad de empresa, y el primer deber de un gobierno es defender a sus ciudadanos, y si son empresarios, más aún, la protesta ha sido unánime, consiguiendo de rebote la solidaridad hacia el pueblo cubano (que el gobierno de Fidel Castro monopoliza para su usufructo). En lugar de quedar «aislado el régimen cubano», la ley ha conseguido aislar a Estados Unidos, como se observa en cada votación de la ONU al respecto.

Está claro que Fidel Castro jamás aceptará las decisiones de una corte norteamericana, de modo que no será él quien pague las propiedades que expropió. ¿Quién las pagará entonces? Aunque la Ley Helms-Burton estipula que el presidente de Estados Unidos podrá derogarla una vez se democratice la Isla, las reclamaciones anteriores a esa fecha tendrán que ser satisfechas (incluso la voluntad de satisfacerlas es condición para que el nuevo gobierno sea aceptable); de modo que se da el contrasentido: Una ley dirigida contra Castro sólo afectará al gobierno de transición o al «democráticamente electo» que lo suceda, es decir, el que, al menos teóricamente, propugna la ley. Gobierno que heredará un país arruinado, y una deuda que no contrajo. Si el propósito es fomentar el nacimiento de una democracia precaria, está muy bien pensado.

Con ley o sin ella, si a alguien faltará lo elemental, no será a Fidel Castro, factor que deberíamos tener en cuenta todos los cubanos al pronunciarnos al respecto. Aunque alguno ha afirmado que se trata de «alentar» a los cubanos a «derrocar la dictadura». Una especie de «Sublevación o Muerte» que desde el exilio veremos por televisión.

La oposición cubana al embargo/bloqueo, puede inducir a algunos analistas a pensaren su presunta utilidad. Si observamos con atención, descubriremos que esa oposición es retórica, y que todo intento de distensión ha sido bombardeado desde La Habana, dado que los beneficios económicos del cese del embargo no compensarían la rentabilidad política de su mantenimiento, que permite al señor Fidel Castro mantener un discurso victimista, convocar la solidaridad internacional y justificar el desastre del país.

En 43 años se las ha ingeniado para domar con discursos y represión la miseria de su pueblo. Pero sabe que sería más difícil manejar las consecuencias de una apertura en toda regla, la invasión de turistas, productos y capital norteamericano. Razón por la que hasta hoy ha admitido la inversión extranjera sólo en la medida que le ayuda a paliar los efectos de la crisis y colaborar en su propia supervivencia. Entonces, ¿esas inversiones que el embargo y la Ley Helms-Burton pretenden evitar, contribuyen a apuntalar al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero también alivian la dramática supervivencia de los cubanos que viven en la Isla, cuyo sufrimiento no puede ser la moneda con que se compre una presunta «transición democrática». Y a mediano plazo, cada empresa que se desliza a otro tipo de gestión demuestra la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, y debilita los instrumentos de control del individuo por parte del Estado. Concede al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, y de ahí una mayor noción de sus propios derechos, o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra; desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible.

Hoy los turistas y los empresarios extranjeros corroen más que cualquier embargo las doctrinarias exhortaciones al sacrificio. La mayoría sospecha que el porvenir no queda hacia delante, por la línea trazada que se pierde más allá del horizonte y cuyo destino es por tanto invisible, sino hacia el lado. Más al alcance de la mano.

Victoria de la razón”; en: Cubaencuentro, Madrid,5 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/12/05/5211.html.

 





La tercera erre

30 11 2001

Partieron de Bahía Honda la noche del 16 al 17 de noviembre en una lancha rápida, mientras un temporal de viento batía el Estrecho de la Florida. Eran treinta, entre ellos14 niños y un bebé de nueve meses. Habían pagado de $5.000 a $10.000 por un traslado seguro. Debían arribar en pocas horas a las proximidades de Miami, tocar tierra, y acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, promulgada en 1966, que les permitiría residir y trabajar en Estados Unidos. Como otros 2,400 cubanos en los últimos 12 meses. Al siguiente martes, guardacostas estadounidenses descubrieron, a unos 80 Km. al sureste de Cayo Hueso, una embarcación semihundida, sin rastro de supervivientes. Se difundió el rumor de que los había recogido un buque panameño, pero las autoridades de ese país lo desmienten. Diez días más tarde, los treinta cubanos no han llegado a ninguna parte. Engrosan ya la legión de 30.000 compatriotas que en estos 43 años descansan sin paz en un mar plagado de tiburones y peinado por las tormentas.

El señor Fidel Castro culpa de las muertes a la Ley de Ajuste, y en su discurso del 27 de noviembre declara su “dolor y su pena” por los adultos, pero más aún, su luto por los niños inocentes “arrancados a la Patria”. Y se pregunta por qué deben morir en el estrecho niños cubanos que disfrutan de atención prenatal, “cuidados intensivos posnatales, servicios médicos gratuitos durante toda la vida, vacunación contra 13 enfermedades prevenibles, alimentación adecuada (sic.), círculos infantiles, educación…”, etc. La respuesta podría haberla dado hace años, tras pedir asilo en Canarias, un pescador cubano. Entrevistado por la radio, afirmó que la educación y la atención médica eran buenas en Cuba. ¿Por qué pides asilo entonces?, le preguntó el periodista. “Porque uno no siempre está estudiando o enfermo”, ripostó sin pensárselo dos veces.

Aunque la pregunta del señor Castro bien podría suscitar muchas otras preguntas:

¿En qué se diferencian estos niños que ahora lo enlutan de aquellos que se ahogaron en el remolcador “13 de Marzo”, hundido sin que hasta hoy los culpables paguen por sus muertes?

¿Por qué Cuba, país que recibió casi un millón de inmigrantes durante la primera mitad de siglo (cuando según él era un país miserable), ha exportado dos millones de cubanos en la segunda mitad?

¿Por qué tras la instauración del socialismo, paraíso de los trabajadores, han emigrado dos millones de ciudadanos, en su inmensa mayoría trabajadores?

¿O es que había dos millones de burgueses y oligarcas, en cuyo caso el país debió ser un emporio de riqueza a su llegada? ¿Acaso ha generado el socialismo una nueva burguesía de recambio, exportable?

¿Por qué medio millón de cubanos ha emigrado hacia países (incluso muy pobres) donde no existe Ley de Ajuste? ¿No será que en Cuba subsiste desde hace 43 años cierta Ley de Desajuste, y se huye de muchas miserias, no sólo de la material?

¿Por qué afirma el señor Castro que “desde el triunfo mismo de la Revolución, nunca nuestro país puso obstáculos a la emigración legal de los ciudadanos cubanos a Estados Unidos o a cualquier otro país”, cuando pedir la salida ha conllevado siempre expulsión del trabajo, condenas a labores agrícolas hasta tanto llegara la salida, discrecionalidad del gobierno en cuanto a conceder (o no) el permiso para emigrar, cuando no una despedida con mítines de repudio, escarnio y golpes?

¿Por qué en Cuba se ha sancionado durante años con fuertes penas de prisión a quienes intentaban huir ilegalmente, práctica impensable en la inmensa mayoría de los países? ¿Y por qué es Cuba el único país que despoja al emigrante de sus bienes, le impide sufragar el viaje con su trabajo, reduciéndolo a minusválido migratorio, y le impone además sanciones económicas en forma de tasas abusivas?

¿Por qué las autoridades de la Isla se consideran propietarias de sus profesionales, educados gracias a la aportación de sus padres, cuyos salarios irrisorios conceden al Estado una plusvalía más onerosa que cualquier impuesto? ¿Y por qué el señor Castro es propietario de los niños cubanos, decidiendo si pueden o no emigrar con sus padres, reteniéndolos incluso cuando éstos huyen sin permiso, y castigando en los niños (cuya inocencia defiende con fervor), el “pecado” libertario de sus mayores?

Evidentemente, son muchas las preguntas que el gobierno cubano ha olvidado formular. Y la respuesta es siempre política: huir es un delito ideológico. Por eso durante años se prohibió a todo habitante de la Isla el contacto con el “enemigo”, así fuera su padre o su hijo. La familia política debía sustituir a la familia de la sangre. Pero casi siempre se demuestra que una suegra no es precisamente una madre.

Si la Ley de Ajuste fuera la culpable del éxodo ilegal, éste se habría comportado del mismo modo desde 1966. Pero sabemos que tras una corta fase inicial donde el exilio estuvo integrado por personas vinculadas al régimen anterior, y grandes empresarios expropiados, emigró durante los 60 y 70 una vasta clase media: miles por el Puerto de Camarioca, 300.000 a través de los llamados “vuelos de la libertad”, entre 1965 y 1973.En todos esos casos, el presunto emigrante necesitaba contar con un familiar que lo reclamase. En caso contrario, podía ir armando su balsa. Sabemos que tras las visitas familiares que empezaron a producirse a fines de los 70, se derrumbó el mito propagandístico que pintaba a los exiliados como los sirvientes pobres del “amo yanqui”, lo que, sumado a la felicidad siempre futurible que prometía la Revolución (a esas alturas ya no revolucionaba nada), condujo al Mariel. También sabemos que durante la relativa bonanza de los 80, y con la misma Ley de Ajuste, disminuyó el éxodo. Para multiplicarse con el derrumbe de los 90, que instauró la Era de las Tres Erres: “Resistir, Robar o Remar”.

Del otro bando, han sido proverbiales las limitaciones impuestas por la Oficina de Intereses norteamericana en Cuba para conceder visados. Y comprendo que cada país establece las normas que entienda para el ingreso a su territorio. No obstante, el mismo ciudadano al que se considera inapropiado, se vuelve admisible si logra sortear el estrecho sobre una tabla de wind surf, jugándose la piel (y el resto de su anatomía) y pisar tierra. Si no lo consigue, se convierte en «mártir de la libertad» o «escoria apátrida», según el bando. Aunque de un tiempo a esta parte, La Habana ha descubierto que esos cadáveres también son reciclables para la causa, declarándolos víctimas del imperialismo, nunca del socialismo. Una suerte de imbéciles obnubilados por la película del sábado; aunque ello resulte sorpresivo en el país que se declara “el más culto del mundo” (FC verbigracia), y donde hasta las prostitutas han pasado de ser invisibles a ser catedráticas.

En cualquier caso, las víctimas de esta macabra regata son el saldo de la desesperación, el tributo a la esperanza. Sus compatriotas lamentamos esas muertes. Sus familiares no se recuperarán nunca de su ausencia, tras haberlos llorado frente a un retrato, sin cadáver y sin flores. Para los espurios intereses de uno y otro lado, son apenas fragmentos de estadística política.

Nos faltan aún por presenciar muchos naufragios antes que concluya la regata más trágica y larga de la historia. Quienes no pueden o no quieren robar, quienes han agotado la condena a resistir por decreto, seguirán optando por la tercera erre.

Es muy generoso el señor Castro al lamentar las muertes de los náufragos. Si no fuéramos tan suspicaces, al considerar interesada su exhortación a derogar la Ley de Ajuste, si nos tragáramos su reciente vocación humanitaria, sería encomiable. Y si no recordáramos que él también tiene su Ley de Ajuste no escrita, otorgando asilo confortable a terroristas etarras, irlandeses, colombianos, guerrilleros en paro, perseguidos por sus truculentas acciones en las cuatro esquinas del mundo. Claro que no está en sus manos derogar una ley norteamericana. Lo que sí podría hacer, para evitar el naufragio de los balseros, y el naufragio final de la nación, es derogar su Ley de Desajuste, siete años más antigua que la otra, y que ha cobrado muchísimas más vidas.

 

La tercera erre”; en: Cubaencuentro, Madrid,30 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/11/30/5156.html.