El hermanísimo

13 12 2001

“El Granma, como dijo Fidel hace ya un cuarto de siglo, no sólo llegó a Las Coloradas; continuó navegando por la Sierra y el llano; su proa arribó triunfante al primero de Enero de 1959 y ha proseguido ininterrumpidamente su ruta revolucionaria a lo largo de estos 45 años”. Son palabras del General de Ejército Raúl Castro Ruz, ministro de las FAR, en entrevista concedida al Teniente Coronel Jorge Martín Blandino, para el número especial de la revista Verde Olivo, en ocasión del aniversario 45 del desembarco del Granma. De ello se deduce que el pueblo cubano está embarcado hace 45 años.

¿Quién es el General de Ejército Raúl Castro Ruz, el hermanísimo, que de acuerdo a la línea sucesoria de la monarquía cubana se nos presenta como el presunto general en jefe que sustituirá al comandante en jefe?

El comunista

Ramón Castro, el mayor, se dedicó siempre a lo suyo, el campo. Durante años se ocupó de la manutención de sus hermanos, enfrascados en la (por entonces) improductiva aventura política. Raúl, en cambio, siempre creció a la sombra de Fidel. Mientras FC se dejaba seducir por los clásicos del fascismo — hasta el punto de tomar prestado al Meón Camp el título de su famoso alegato en el juicio del Moncada—, el menor se afiliaba precozmente al comunismo. Viajó en febrero de 1953 al Festival de las Juventudes celebrado en Viena, donde conoció al agente del KGB Nicolau Leonor —sí, el mismo Leonor que atacara a Putin recientemente por la retirada de la base de Lourdes—, a quien reencontraría durante el exilio mexicano y la preparación del Granma. Fue allí donde Raúl le presentó a otro de los pocos comunistas originales que participaron en la expedición: Ernesto Che Guevara. Durante aquel viaje al Festival de las Juventudes, Raúl conoció Rumanía, Hungría y Checoslovaquia.

Estando en la Sierra, fue interceptada una carta de Raúl al Che, donde aplaudía la actuación histórica de Stalin. La carta fue difundida en la radio por el legislador Rafael Díaz Balarte, cuñado de Fidel Castro.

Al mando del Segundo Frente Oriental Frank País, Raúl puso en práctica una especie de soviet, organizando un micro estado en las montañas con encargados de Sanidad, Justicia, Educación, Personal e Inspección, Finanzas, Construcción y Comunicaciones, Radio, Prensa, Escuelas de Instrucción Revolucionaria, Buró Agrario, Buró Obrero, y Obras Públicas. Y se dedicó más a la recaudación que al combate.

Con este pedigrí, no es raro que su hermano, astuto político que al llegar a La Habana afirmó que no era comunista y que la Revolución era “tan verde como nuestras palmas” (como el melón, apostilló el público posteriormente); le dejara parqueado en Santiago de Cuba, en una clara maniobra de engaño. Años más tarde, redireccionado ya el proceso, Raúl podría afirmar sin tapujos que “todos nuestros oficiales piensan en ruso” (Roberto Ampuero: Nuestros años Verde Olivo). De modo que si algo queda claramente documentado, es su temprana filiación comunista.

¿El estratega?

Se supone que un ministro de las Fuerzas Armadas sea, ante todo, un militar de carrera. Raúl Castro es, en cambio, un general sin batallas. Por el contrario que el Che o Camilo Cienfuegos, quienes condujeron la invasión a Occidente y decidieron el curso de la guerra. Siempre cerca de su hermano, sus virtudes han sido ejecutivas. Al mando del Segundo Frente, la conducción de las acciones recayó en sus jefes de columna, en especial Efigenio Ameijeiras, Félix Pena, Manuel Fajardo y Ciro Frías. Los combates de Lima y Marcos Sánchez fueron conducidos por Ameijeiras y Villa, y el de Imías, estuvo a cargo de Pena y Belarmino Castilla. En la toma del Central Soledad, fueron decisivos los hermanos Herrera. El gran “éxito militar” de Raúl, más bien un “éxito de marketing”, fue el secuestro de 29 marines el 28 de junio de 1958. Una práctica que retomarían y perfeccionarían las guerrillas colombianas, al igual que su experimento de mini estado guerrillero en Yateras.

De modo que, en medio siglo, el militar de más alto rango en Cuba no tiene ni una batalla memorable en su haber. El desastre del Moncada fue obra de su hermano; la victoria de Girón, de El Gallego Fernández; la invasión, de Camilo y Guevara, y la guerra de Angola fue tarea del incómodo General Arnaldo Ochoa.

Fidel Castro, conocedor de las limitaciones de su hermano, y sabiendo que sólo jefes militares capaces lo conducirían al triunfo, lo confinó al Segundo Frente (en compañía de probados guerrilleros, como Ameijeiras), mientras depositaba en otros el peso de la guerra. Una vez obtenido el triunfo, y cuando la fidelidad pasó a ser más importante que la eficiencia, le permitió ascender al segundo puesto en el escalafón. Porque si una virtud tiene Raúl a los ojos de su hermano es la fidelidad. Sólo Celia Sánchez y él han gozado de la irrestricta confianza del desconfiado boss. Un porvenir que Raúl Castro ha sabido labrarse, dada su habilidad para la estrategia palaciega. De un modo u otro, ha logrado deshacerse de los jefes militares que le hacían sombra en su lugar a la diestra del Señor: Camilo, el Che, Ramiro Valdés, Ochoa, Abrahantes.

El sanguinario

Su fama de sanguinario data del exilio mexicano, cuando se encargó de ejecutar personalmente a un expedicionario acusado de traición. En el Segundo Frente abundaron más las ejecuciones que los combates. Incluso los marines secuestrados fueron invitados a presenciar el fusilamiento de varios prisioneros acusados de bandidos. Circula la anécdota de que Fidel le comunicó que no quería más sangre en el Segundo Frente, momento en que el obediente Raúl optó por ahorcar a los prisioneros. Tras el triunfo, se encargó personalmente de supervisar las ejecuciones de policías y militares acusados de crímenes en la zona oriental. Y recientemente, José Basulto dice tener confidencias de fuentes de inteligencia norteamericanas asegurando que en las grabaciones relacionadas con el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate se escucha claramente la voz de Raúl Castro. Se cuenta que durante los sucesos de agosto de 1994 en La Habana, cuando por primera vez los cubanos se lanzaron a la calle, el ministro del Interior, Abelardo Colomé Ibarra, le pidió instrucciones. Raúl le respondió que si la cosa se ponía peor, habría que “sacar los tanques”. Al cabo, no fue necesario. Los palos de las Brigadas de Acción Rápida, el Contingente Blas Roca, y la presencia de su hermano mayor disolvieron los disturbios. Dado su escaso carisma y la poca simpatía de que goza entre la población cubana, ya sabemos que Raúl Castro no habría dudado en apelar a métodos más contundentes. ¿Le habría obedecido el ejército y disparado contra la población? Ya eso es harina de otro costal, y algo que posiblemente no sepamos hasta que no ocurra.

El hermano

A pesar de su papel de segundón eterno junto a la figura de Fidel, sometido a su personalidad y su despótico paternalismo de mayoral en la finquita nacional, la fidelidad de Raúl al Hermano en Jefe parece fuera de duda. Se afirma incluso que la frase “Donde sea, como sea y para lo que sea, Comandante en Jefe: Ordene”, es obra suya. En la Sierra Maestra, sus ataques de celos hacia personalidades más a la altura de Fidel, como Camilo y Guevara, le merecieron el ascenso a comandante y el alejamiento al Segundo Frente, donde no tendría oportunidad de introducir ruidos que alejaran la victoria.

Algunos analistas de su personalidad le diagnostican un viejo complejo de inferioridad que se refleja en un afán de diferenciación (reafirmación). El atildado y ordenado Raúl, frente al descuidado y caótico Fidel. Sin nada que oponer a la personalidad arrolladora y el carisma del hermano mayor, Raúl cultivó las artes de la intriga, el calculado rencor y la paciencia: afiladas armas para la supervivencia en una corte donde ni hijos, ni hermanos disfrutan de inmunidad. La incondicionalidad es el único parentesco que ofrece garantías. Virtud que ha perfeccionado.

¿Es entonces el General de Ejército Raúl Castro, “un dirigente con dominio de la situación y capacidad de prever el futuro”, como afirma el Teniente Coronel Jorge Martín Blandino en su entrevista publicada en Granma? ¿Será cierto, como asegura su entrevistado, que tras la muerte del Castro mayor “la Revolución, sencillamente, seguirá adelante” como si tal cosa? ¿Será acertada su afirmación de que “No es exacto hablar de relevo de generaciones en la Revolución cubana, sino de continuidad”? ¿Sustituirá realmente Raúl a su hermano? Y, en tal caso, ¿qué podemos esperar de él? Son preguntas que merecen respuesta.

Comunista de antiguo pedigrí, general sin batallas, líder de segunda, rencoroso, calculador y más taimado que inteligente, Raúl Castro carece de cualidades para ejercer un verdadero liderazgo, pero más que suficientes para, apoyado sobre una nomenclatura temerosa de perder sus privilegios —y, más aún, de que se les pidan cuentas—, mantenerse en el poder durante el período de gracia que le conceda su maltratada anatomía. Más aún si sabemos que, en caso de necesidad, no dudaría en apelar a soluciones drásticas.

Pero, ¿realmente sustituirá a Fidel, como asegura la línea sucesoria?

La pregunta tiene una doble respuesta: la física y la política. La primera depende de los misterios de la fisiología y resulta difícil de responder. Se sabe que Raúl Castro, a sus 70 abriles, no es un chiquillo, que su salud ha sufrido quebrantos, a lo que ha colaborado (dícese) su afición a los alcoholes de alto octanaje. Por su parte, del hermano mayor se asegura que padece cáncer intestinal, una dolencia cardíaca y que ha sufrido un par de isquemias cerebrales, más una colección de estragos menores; aunque dado el secretismo, la frontera entre el dato y la conjetura es neblinosa. De cualquier modo, lo cierto es que la reacción de su corte cuando sufrió un apagón en el Cotorro y las reiteradas referencias de Raúl a la sucesión permiten suponer que se trata de una muerte anunciada, aunque no necesariamente inmediata. Una opción semisucesoria, sería el agravamiento de su ya obvia pérdida de facultades —lapsus, extravío del hilo en los discursos, dificultades del habla—hasta convertirlo en una suerte de icono que la nomenklatura se encargará de sacar en procesión mientras dure.

La respuesta política es sencilla: no lo sustituirá. Ocupará, presuntamente, su sitio.

En cualquier caso, Raúl Castro sí viene preparando la sucesión desde hace mucho tiempo, incluso antes de que fuera previsible. Desde fines de los 70 y principios de los 80, hombres del entorno de Raúl Castro han ido ocupando posiciones que consoliden una plataforma de fieles para el ejercicio del poder: aquel Humberto Pérez de la Junta Central de Planificación, extirpado por “tecnócrata” en 1985; Carlos Aldana, omnipotente capo del DOR, caído en desgracia por dedicarse a ejercer por cuenta propia. La retirada de Ramiro Valdés, su eterno rival y creador de la elite represiva, el Ministerio del Interior, allanó el camino al hermanísimo, que vio consumado su triunfo tras los sonados casos de 1989 relacionados con el tráfico de drogas. Empezando por Abrahantes, el ministro encarcelado y muerto en prisión en misteriosas circunstancias, el MININT fue “saneado”, y sus mandos, sustituidos por hombres de Raúl, hasta convertirlo, en la práctica, en un departamento de las FAR. Aberlado Colomé Ibarra, el actual ministro, responde directamente a Raúl. Por primera vez en treinta años, el hermanísimo tenía bajo su control hasta la última pistola del país.

Pero el “clan Raúl” no se limita a las instituciones armadas. Sólo seis dirigentes cubanos integran los tres círculos exclusivos del poder: el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros y el Buró Político. De ellos, cuatro pertenecen al clan: Raúl, Aberlado Colomé Ibarra, Marcos Portal y Julio Casas Regueiro. Los otros son el propio Fidel y Carlos Lage. Veinte oficiales de las fuerzas armadas son delegados a la Asamblea del Poder Popular, cuya actual función ornamental no la exime de tener mañana cierta importancia, sobre todo de cara a la legitimación exterior del nuevo gobierno.

Marcos Portal, ingeniero químico, y esposo de Tania Fraga Castro, sobrina de Fidel y Raúl, es el ministro de la Industria Básica (MINBAS) desde 1983, miembro del Buró Político desde 1997, y del Consejo de Estado desde 1998. Un ministerio que ha acaparado recientemente la producción farmacéutica. Formados por Marcos Portal en su ministerio son los actuales ministros de pesca, Alfredo López Valdés, y de Comercio Exterior, René de la Nuez. A ellos se suma el cuñado de Portal, José Antonio Fraga Castro, al mando del Grupo Empresarial de Laboratorios Farmacéuticos (LABIOFAM). Al “clan” pertenecen también el ministro de Economía, José Luís Rodríguez, el presidente del Banco Central, Francisco Soberón, y el ministro de Salud Pública, Carlos Dotres, quien lleva la “diplomacia de los médicos”, que ejercen sus funciones en numerosos países del Tercer Mundo. En total, según algunos expertos citados por El Nuevo Herald, existen hombres de Raúl ocupando altos puestos directivos en la mayoría de los 27 ministerios y 4 institutos que componen la Administración Central del Estado.

Julio Casas Regueiro, primer viceministro de las FAR, lleva a cabo la llamada “política de perfeccionamiento económico”. Y el verdadero “perfeccionamiento”, que es el tránsito hacia una economía de mercado, está también en manos de oficiales de Raúl Castro, en activo o jubilados, cuya presencia es abrumadora en la dirección de las empresas mixtas y en todas aquellas que operan en la economía del dólar.

Queda claro que la sucesión está siendo preparada. Y en tal caso, ¿qué podríamos esperar del hermanísimo en el poder? Para responder a esa pregunta deberíamos repasar algunas de sus conductas y declaraciones durante los últimos años.

Han sido notables sus salidas de tono y sus afirmaciones, cuando menos, sorpresivas. Algunas se pueden atribuir fácilmente a su incapacidad política, como cuando dijo el 4 de enero de 2001: “Que estén alertas, que no se desvíen, que la experiencia de lo que sucedió en la URSS, muy especialmente nos puede pasar aquí, esa autodestrucción del país más grande del mundo”. Y el diario Granma tuvo que corregirle la plana. También ha afirmado que “esto es sociolismo, no socialismo”, que “esto no lo para ni un millón de policías”, refiriéndose a la corrupción generalizada, o que “aquí el problema no es el imperialismo, es el hambre”.

Su hermano, pendiente de su papel en la historia, de donde dimana su fundamentalismo y su terca negativa (a menos que sea imprescindible para su supervivencia) a enmendar la obra con la que pasará a las enciclopedias, ha supeditado durante más de 40 años los intereses del hombre común a su proyecto personal. Ha aspirado a una parcela del liderazgo mundial, de cara al Tercer Mundo, a América Latina, a África. Y confiando en que su voluntad y sus dotes de liderazgo anularían cualquier oposición, no ha dudado en sacrificar para ello la felicidad y el bienestar de los cubanos.

Raúl no cuenta con esas dotes, y está más cerca de las preocupaciones del hombre común. Más cerca no significa que las haga suyas, sino que deberá considerarlas si quiere conservarse mínimamente en el poder. Difícilmente ignore que, además, no cuenta con la simpatía de los cubanos; ni tiene a su favor la mística que sí ha cultivado su hermano.

¿Qué podríamos esperar entonces de su gobierno?

Su tradición autoritaria (y su propio instinto de supervivencia) permiten augurar que no admitirá cambios políticos sustanciales —ni siquiera en la esfera académica; recordemos que fue suyo el cierre del CEA y las feroces críticas a los intelectuales—. Sus precoces votos comunistas permitirían augurar una vuelta de tuerca a la ortodoxia. No obstante, sabe que si desea ser tolerado deberá favorecer una mejora en las condiciones de vida de la población, una vez caducada la mitología equina. Y un barrunto de lo que podría suceder lo hallamos en su visita a China en 1997, cuando en entrevista con el primer ministro Li Peng, aseguró que las reformas que tienen lugar en ese país podrían servir de referencia y aplicarse en Cuba. Es decir, apertura de mercado y represión política. Una fórmula que en el gigante asiático ha permitido un cuarto de siglo de crecimiento económico sin desbancar del poder a la clase reinante. No es raro entonces que sean hombres del “clan Raúl” quienes lleven en Cuba la mayoría de las empresas que ya actúan de acuerdo a las leyes del mercado.

Otro asunto de la mayor importancia, son las relaciones con el vecino del norte. En enero, Raúl advirtió a Estados Unidos: “yo soy de los que creen que al imperialismo le convendría más tratar, con nuestras diferencias insalvables, de normalizar las relaciones en vida de Fidel que en el futuro”. De lo que podemos leer todo lo contrario. Ajeno al “destino histórico” de su hermano, para quien el embargo y la beligerancia han sido excelentes medios de proyección internacional de una imagen numantina, y perfectas excusas para la indigencia económica; Raúl pactaría más fácilmente una apertura hacia el norte en el sentido económico, siempre que el monopolio político a corto plazo no se viese afectado. ¿Aceptaría Estados Unidos una invitación de esa índole? ¿Aceptaría la comunidad cubana participar en el reparto del pastel económico cubano? No se puede dar una respuesta categórica, pero habría que ver las condiciones que ofrezca el nuevo mayoral de la finca. Seguramente habrá empresarios norteamericanos y cubanoamericanos, que estarían dispuestos, sin demasiados remilgos, a concertar buenos negocios. Salvando las distancias, Norteamérica mantiene con China un enorme volumen de negocios, sin que hasta hoy el tema de las libertades o los derechos humanos haya determinado los índices de la bolsa.

¿Presenciaremos en Cuba la Era China de El Chino, como algunos llaman a Raúl Castro Ruz? ¿Fallará la paciencia de los cubanos y veremos al hermanísimo escribir sus memorias en alguna isla remota del Yang-Tse? Está por ver. La realidad es siempre más sorpresiva que cualquier conjetura.

El hermanísimo (II) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,18 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/12/18/5439.html.

El hermanísimo (I) ”; en: Cubaencuentro, Madrid,13 de diciembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/12/13/5370.html.


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