Secuestrados

14 01 2002

Maritza Sixto, de 31 años, estudió Informática en Cuba y militó en la Unión de Jóvenes Comunistas. Una vez graduada, trabajó durante seis años en el Centro para el Control Estatal de los Medicamentos, perteneciente al Ministerio de Salud Pública y al Consejo de Estado, cuya tarea es supervisar las actividades del Polo Científico, situado al este de La Habana, e integrado por centros como Biotecnología e Inmunoensayos. Centros donde se exige a los investigadores una excelente preparación profesional, obediencia y dedicación absolutas para trabajar sin límite de horario —se les prohíbe incluso pertenecer a los sindicatos verticales de la Isla—, y confiabilidad política, traducida habitualmente en militancia.

Entre sus tareas, Maritza creó un software para la red latinoamericana de vacunas, de la Organización Panamericana de la Salud. En septiembre de 2000 viajó a Washington por 45 días para hacer ajustes a su programa. Una vez concluida su tarea, decidió ajustarse también ella y solicitar asilo político en Estados Unidos, que le fue concedido en febrero de 2001. En Cuba quedaban su esposo Fernando David Manero Polanco, de 28 años, y su hija de tres, Elizabeth Manero Sixto.

Tan pronto solicitó asilo, su familia fue desalojada de la vivienda concedida en usufructo por trabajar en el polo científico. El 6 de abril de 2001, Fernando Manero, técnico en la empresa de telecomunicaciones ETECSA, solicitó permiso de salida para él y su hija. Le comunicaron que tardaría no menos de tres años en recibir autorización para emigrar, como represalia por la “deserción” de su esposa, que había abandonado sin permiso el cuartel nacional, donde todo cubano es enrolado por nacimiento sin siquiera solicitarlo, aunque carezca de vocación castrense. Los trámites para la reunificación familiar en Estados Unidos dieron resultado, y el 27 de septiembre de 2001, Fernando y Elizabeth recibieron en la Oficina de Intereses norteamericana de La Habana, los visados para viajar. Fernando Manero insistió ante las autoridades, pero la respuesta fue idéntica: no se le concedería permiso para emigrar. Al respecto, las autoridades invocaron la ley cubana. Se trata, en todo caso, de la ley no escrita, dado que en el Código Penal vigente, artículos 347 y 348 incluidos en ”Delitos contra el normal tráfico migratorio”, no se menciona la “deserción”.

Tras un año de pacientes gestiones con las autoridades de la Isla, Maritza puso el caso en conocimiento de la comisión norteamericana que, a fines de 2001, discutió con la parte cubana los acuerdos migratorios. La Habana dio la callada por respuesta.

Vista la decisión cubana de ejercer su “derecho” a la represalia, Maritza Sixto ha decidido airear el caso, y ha dirigido una carta abierta al señor Fidel Castro, donde le recuerda sus propias palabras:

“La política perseguida por la revolución es que cualquier persona que desea irse de nuestro país e ir a algún otro lugar pueden hacerlo si tiene el permiso de entrar en otro país. Nuestro país no evita que ninguna familia emigre porque la construcción de una sociedad evolutiva y justa en socialismo es una decisión voluntaria y libre.”

“Los niños son sólo niños; ellos están creciendo y aprendiendo, ellos no son adultos, y nosotros respetamos el derecho de la familia de decidir por ellos. Si una familia quiere viajar a otro lugar del mundo, ellos viajan con los niños. Nadie les prohíbe que lo hagan.”

“Nosotros nunca hemos prohibido la migración legal, NUNCA.” “Nosotros hemos permitido la libre migración, Estados Unidos ha puesto el límite. En más de una ocasión, cuando las familias han estado separadas, nosotros hemos presionado para su reunificación. En otras palabras, respetamos completa y absolutamente los derechos de los padres.” (Fidel Castro, 23-12-1999 y 4-03-2000)

Recuerda también en su carta el caso Elián, donde con toda justicia se invocó el derecho de un niño a estar con sus padres, derecho internacionalmente reconocido, pero que al parecer las autoridades cubanas sólo admiten cuando es políticamente conveniente y en una sola dirección.

Cuba, por otra parte, es signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo que la obligaría a respetar el libre movimiento de las personas. Claro que también Cuba ha firmado declaraciones a favor de la democracia, el desarme o la libertad de expresión.

Las mafias internacionales han descubierto hace ya tiempo que el amor es rentable. Tasan a la persona, calculan la cotización del amor filial, y una vez capturada la víctima, regatean el precio con quienes han de pagar el rescate, empleando el antiquísimo procedimiento de los fenicios en los mercados de la carne. Con frecuencia apremian la negociación enviando a la familia alguna pieza de la víctima, con la garantía de que el resto aún es rescatable. El negocio está en alza en las nuevas repúblicas del este, y la guerrilla colombiana lo emplea, junto a la droga, como fuente estable de financiamiento; demostrando que el fin justifica los miedos.

En Cuba se ejerce una variante sui generis: el arte del secuestro ideológico.

¿En qué consiste?

Ante todo, vale recordar que a las universales dificultades que entraña la emigración sur-norte, y que pasa por la aceptación del país de destino, Cuba impone otras muchas: la existencia de un “permiso de salida” que las autoridades conceden (o no) de acuerdo a su albedrío. El calvario que supone solicitar ese permiso, si se trata de lo que ellos llaman “emigración definitiva” (expropiación de bienes, expulsión del trabajo, presiones de todo tipo). La prohibición de emigrar a los profesionales. Las trabas que se imponen a los menores, a los varones cercanos a la edad militar. Etcétera.

Además de las naturales dificultades que impone un país donde un médico necesitaría ahorrar 47 meses de salario íntegro para sufragar 200 kilómetros de vuelo a Miami, pasaporte y documentación (que deberá abonar en dólares, no en la moneda del país).Y del status de “no persona” que adquiere el emigrado, desprovisto ipso facto de derechos y bienes.

Esa es la razón por la que muchos profesionales, aprovechando un viaje de trabajo, simplemente no regresan a la Isla. Para evitar esa fuga, se ha implementado un pérfido sistema. En primer lugar, aunque el período que vaya a pasar el profesional fuera de Cuba se extienda por muchos meses o años, no se le autoriza a viajar con su familia, que queda bajo la “custodia” del gobierno cubano. Vale aclarar que el Estado cubano retiene, pero no mantiene al menor.

Si aún así el profesional decide abandonar el cuartel patrio y pasarse al “enemigo”, se le condena a la peor represalia: impedir que su familia se reúna con él durante un período que puede ir desde tres hasta cinco años, o más en algunos casos connotados. Además de su estricto valor como venganza, el procedimiento tiene otras utilidades:

Primero: El efecto disuasorio que ejerce sobre presuntos exiliables, quienes deberán valorar si están dispuestos a sufrir una separación de las personas que aman, cuya duración dependerá del albedrío de sus captores.

Segundo: Una vez producida la “deserción”, se garantiza (o casi) el prudente silencio de las víctimas, que se abstendrán de hacer declaraciones públicas sobre la situación en la Isla, e incluso sobre el secuestro de sus familiares, con la esperanza de que “portándose bien”, suscitarán la benevolencia de los secuestradores, quienes tienen en su mano acortar o prorrogar la cautividad de los rehenes ideológicos. Si los padres se “portan mal”, es decir, hacen declaraciones que desagraden a las autoridades de La Habana, se vinculan políticamente, u otros etcéteras, el Estado cubano se atribuye la potestad de retener al menor por tiempo indefinido, librándolo así de la mala influencia de sus padres, y cuidando con esmero de su salud ideológica.

Esa es la razón por la que se conocen pocos casos de Elianes a la inversa, aunque fuentes bien documentadas aseguran que existen hoy varios centenares de familias secuestradas en Cuba. Pero las cosas empiezan a cambiar.

Durante “cuatro años de infructuosos y humillantes trámites ante el régimen de Fidel Castro”, en palabras de Vicente Becerra y Zaída Jova, estos intentaron que el gobierno cubano liberara a su hija de catorce años, Sandra Becerra Jova, para que se reuniera con ellos en Brasil. Al fin, hastiados, denunciaron el caso en la asamblea anual de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida en San José de Costa Rica, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), e incluso la cancillería brasileña se interesó por el asunto ante el embajador de Cuba en Brasilia, Jorge Lezcano Pérez, sin recibir respuesta. Ventilaron el caso en la prensa, y poco tiempo después, alarmado ante esta inesperada violación de la omerta, el gobierno cubano liberó a la pequeña prisionera.

Cuando el Caso Elián, reiteré que el niño debería estar con su padre, fuera comunista, demócrata, republicano o anarcosindicalista, viviera en Matanzas o en Arizona. El sitio de un hijo está con sus padres: una lógica sin ideología que dicta el sentido común de cualquier persona, sin importar raza, país o creencias. Cuando una zona del exilio cubano se empeñó en librar una batalla para probar que un tío abuelo residente en un país democrático es preferible a un padre en un país comunista, estaba imponiendo el sentido político al sentido común. Razón por la que no sólo perdió la batalla, sino que confirmó la peor prensa que circula en este mundo sobre el exilio cubano y, en especial, el de Miami. Si en los años precedentes, ante la dramática situación de la Isla y el descrédito de sus líderes, el mundo empezó a mirar con otros ojos (y, sobre todo, a escuchar con otros oídos) a Miami, el Caso Elián trasladó el conflicto cubano al Jurásico: contra el dinosaurio de la izquierda se alzaban los dinosaurios de la derecha. Sabemos que muchos cubanos de pro advirtieron que instrumentalizar la orfandad de un niño era un error pero, lamentablemente, no llevaron la voz cantante en el conflicto. Y Fidel Castro advirtió desde el comienzo que le servían en bandeja de plata una victoria, el pretexto para una capacidad de convocatoria de la que ya no gozaba su extenuado discurso y, para colmo de felicidad, la prensa mundial, por primera vez en diez años, se haría eco de sus razones y no de sus desastres.

Mientras esto ocurría, y antes, y después, cientos o miles de Elianes a la inversa esperan en silencio la indulgencia de sus captores, los mandantes cubanos, dueños de las vidas de sus súbditos, cuya libertad es apenas un gracioso obsequio, y no un derecho.

Comprendo las razones de estas familias, pero también creo que los cubanos hemos hecho demasiado silencio. Quizás si se divulgaran los casos de esos cientos de elianes, privados de sus padres en un ejercicio de venganza política, y a los cuales La Habana no aplica la batería de argumentos humanitarios que disparó con alegría en el Caso Elián, la presión internacional lograría lo que no consigue la silenciosa desesperación de tantas familias fracturadas, mediante el tributo de silencio que exigen los secuestradores ideológicos de la Isla.

Secuestrados”; en: Cubaencuentro, Madrid,14 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/01/14/5738.html.

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