De que talibán, van

9 01 2002

Seguir la prensa cubana del 11 de septiembre a la fecha es todo un curso de posgrado sobre la ambigüedad periodística. Primero, fue la condena al acto, los votos de solidaridad con las víctimas, e incluso la oferta de ayuda médica —más tarde, y con menos razones, el señor Fidel Castro rechazaría la ayuda norteamericana para paliar los efectos del ciclón Michelle—. Con sus peros: la prensa cubana, sin hacer explícita su coincidencia, dio cabida en sus páginas a cuanta opinión, en la prensa internacional, calificara el ataque como respuesta a la “nefasta política imperialista”. En todo caso, siempre podrían argumentar que “yo no lo dije”, e invocar el derecho del pueblo a recibir un amplio espectro de opiniones. Un ejercicio más que escaso en los medios cubanos.

Tras el inicio de la guerra, se llegó a calificar a los talibanes de defensores de la patria afgana. El pueblo, para el lector cubano, se alistaba con entusiasmo bajo las banderas del mulá Omar, para enfrentar la invasión imperialista. Los gobiernos occidentales, Rusia y las ex repúblicas soviéticas, Pakistán, etc. (de China no se habló explícitamente) fueron tildados de comparsas de los invasores yanquis, a los que aguardaba un nuevo Vietnam. No podrían doblegar el patriotismo de los afganos (léase talibanes), contra los que en su día se rompió Rusia los colmillos —en su día no se nos dijo nada al respecto, por cierto—, y les aguardaba una guerra larga y sangrienta. Todo esto dicho con una alegría apenas disimulada.

El lector asiduo de Granma recibía cada día su ración de muertos civiles ocasionados por los bombardeos norteamericanos, de los que invariablemente salían indemnes los combatientes del mulá Omar y de Bin Laden. Incluso el abandono de Kabul fue explicado como una retirada “táctica”, con todas sus fuerzas “intactas”.

Tras dos meses de contienda, el atónito lector cubano recordaría aquella memorable pelea en que el locutor radial describía el opercut del púgil cubano, el jab al mentón, los ganchos machacando al adversario, y cuando la victoria (al menos la descriptiva) estaba al alcance de la mano, el boxeador cubano caía fulminado sobre la lona.

Del mismo modo, a dos meses del inicio de la guerra, los “intactos” talibanes rendían su último reducto, el pueblo afgano recibía aliviado el fin del imperio fundamentalista, y daba vítores a los malvados invasores. Se lograba un precario, pero hasta hace unos meses impensable, gobierno de transición, y el país se aprestaba a recuperar la normalidad arrebatada por veinte años de guerra.

El mulá Omar no murió abrazado a la bandera. Se le vio huyendo montado en una moto. Y el Bin Laden que envió con alegría a sus hombres al paraíso, ha hecho un sospechoso mutis por el foro. Huida que La Habana comenta como la inquietante transformación en una sombra inasible. ¿Será el nuevo fantasma que recorre el mundo, el fantasma del terrorismo?

Aún así, la prensa cubana se adscribe a la tesis de Bin Laden y la periodista Marina Menéndez Quintero comenta que “Estados Unidos ha decretado la guerra y la emprende contra el mundo árabe”. Se informa con contenido alborozo sobre las trifulcas en el reciente gobierno de transición. Y se asegura que a pesar de la recompensa ofrecida por Norteamérica a cambio de los cabecillas, “ningún afgano está dispuesto a entregarlos”. Un chiste que tendría en Afganistán muchísimo éxito.

Dados todos esos antecedentes, no es raro que, aún cuando data de finales de 2001, la noticia de que los terroristas capturados serían confinados en la Base Naval de Guantánamo, los cubanos tuvieran que esperar la llegada de los Reyes Magos para que se les informara, de pasada y sin mayores comentarios, en apenas tres párrafos.

Aunque por ahora sólo hay celdas disponibles para cien, 1.500 personas están trabajando para habilitar espacios seguros que den acogida a unos 2.000 prisioneros en los 115 kilómetros cuadrados de la base, donde viven 2.700 personas, entre civiles, militares y sus familias. El costo será de 60 millones de dólares,

¿Cuál ha sido la reacción de las autoridades cubanas? Primero: el silencio. Y hasta hoy, una escuetísima información, otra forma de silencio, (in)comprensible al tratarse de un asunto que atañe directamente a Cuba, el país donde se dedican infinitas mesas redondas, televisadas para todo el país, sobre la crisis argentina, la guerra afgana o la inmortalidad del cangrejo.

El Nuevo Herald refiere que “la semana pasada, después que varios miembros del parlamento local se opusieron al traslado, voceros del gobierno de la Isla se apresuraron a recordar que aún no hay una posición oficial sobre el asunto y parecieron restarle importancia al tema”. Al parecer ya la hay, porque el senador republicano por Pensilvania, Arlen Specter, luego de su reunión con Fidel Castro, asegura que éste, “como mínimo, no presentaría objeciones” al traslado de prisioneros a Guantánamo.

¿A qué se debe tanto silencio y discreción? Primero, a pesar de su guapería perpetua, Fidel Castro ha visto la barba de su vecino arder (nunca mejor dicho) y tiene la propia en remojo. De modo que prefiere hacerse el ciego, y no emitir comentarios susceptibles de convertirse en bumeranes. Pero hay otras razones: si el talibán y sus compinches han sido investidos subliminarmente por la servicial prensa cubana como patriotas afganos en lucha contra el imperialismo, ¿cómo protestar ahora por su presencia en territorio de la Isla? Y si son los instigadores del atentado que en su día Cuba deploró, ¿cómo protestar por que sean juzgados, cuando Cuba se dice adalid de la lucha contra el terrorismo mundial? De cualquier modo, el ajedrecista consumado de la política que es Fidel Castro, no ha tenido otra que enrocarse y asumir calladito las consecuencias de un antinorteamericanismo tan cerril que le ha arrimado como compañeros de viaje a los sujetos más retrógrados de la historia contemporánea. Tanto, que para ellos todo Occidente es una blasfemia. Fidel Castro incluido.

 

De que talibán, van”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de enero, 2002. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2002/01/09/5664.html.

 

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