La tercera erre

30 11 2001

Partieron de Bahía Honda la noche del 16 al 17 de noviembre en una lancha rápida, mientras un temporal de viento batía el Estrecho de la Florida. Eran treinta, entre ellos14 niños y un bebé de nueve meses. Habían pagado de $5.000 a $10.000 por un traslado seguro. Debían arribar en pocas horas a las proximidades de Miami, tocar tierra, y acogerse a la Ley de Ajuste Cubano, promulgada en 1966, que les permitiría residir y trabajar en Estados Unidos. Como otros 2,400 cubanos en los últimos 12 meses. Al siguiente martes, guardacostas estadounidenses descubrieron, a unos 80 Km. al sureste de Cayo Hueso, una embarcación semihundida, sin rastro de supervivientes. Se difundió el rumor de que los había recogido un buque panameño, pero las autoridades de ese país lo desmienten. Diez días más tarde, los treinta cubanos no han llegado a ninguna parte. Engrosan ya la legión de 30.000 compatriotas que en estos 43 años descansan sin paz en un mar plagado de tiburones y peinado por las tormentas.

El señor Fidel Castro culpa de las muertes a la Ley de Ajuste, y en su discurso del 27 de noviembre declara su “dolor y su pena” por los adultos, pero más aún, su luto por los niños inocentes “arrancados a la Patria”. Y se pregunta por qué deben morir en el estrecho niños cubanos que disfrutan de atención prenatal, “cuidados intensivos posnatales, servicios médicos gratuitos durante toda la vida, vacunación contra 13 enfermedades prevenibles, alimentación adecuada (sic.), círculos infantiles, educación…”, etc. La respuesta podría haberla dado hace años, tras pedir asilo en Canarias, un pescador cubano. Entrevistado por la radio, afirmó que la educación y la atención médica eran buenas en Cuba. ¿Por qué pides asilo entonces?, le preguntó el periodista. “Porque uno no siempre está estudiando o enfermo”, ripostó sin pensárselo dos veces.

Aunque la pregunta del señor Castro bien podría suscitar muchas otras preguntas:

¿En qué se diferencian estos niños que ahora lo enlutan de aquellos que se ahogaron en el remolcador “13 de Marzo”, hundido sin que hasta hoy los culpables paguen por sus muertes?

¿Por qué Cuba, país que recibió casi un millón de inmigrantes durante la primera mitad de siglo (cuando según él era un país miserable), ha exportado dos millones de cubanos en la segunda mitad?

¿Por qué tras la instauración del socialismo, paraíso de los trabajadores, han emigrado dos millones de ciudadanos, en su inmensa mayoría trabajadores?

¿O es que había dos millones de burgueses y oligarcas, en cuyo caso el país debió ser un emporio de riqueza a su llegada? ¿Acaso ha generado el socialismo una nueva burguesía de recambio, exportable?

¿Por qué medio millón de cubanos ha emigrado hacia países (incluso muy pobres) donde no existe Ley de Ajuste? ¿No será que en Cuba subsiste desde hace 43 años cierta Ley de Desajuste, y se huye de muchas miserias, no sólo de la material?

¿Por qué afirma el señor Castro que “desde el triunfo mismo de la Revolución, nunca nuestro país puso obstáculos a la emigración legal de los ciudadanos cubanos a Estados Unidos o a cualquier otro país”, cuando pedir la salida ha conllevado siempre expulsión del trabajo, condenas a labores agrícolas hasta tanto llegara la salida, discrecionalidad del gobierno en cuanto a conceder (o no) el permiso para emigrar, cuando no una despedida con mítines de repudio, escarnio y golpes?

¿Por qué en Cuba se ha sancionado durante años con fuertes penas de prisión a quienes intentaban huir ilegalmente, práctica impensable en la inmensa mayoría de los países? ¿Y por qué es Cuba el único país que despoja al emigrante de sus bienes, le impide sufragar el viaje con su trabajo, reduciéndolo a minusválido migratorio, y le impone además sanciones económicas en forma de tasas abusivas?

¿Por qué las autoridades de la Isla se consideran propietarias de sus profesionales, educados gracias a la aportación de sus padres, cuyos salarios irrisorios conceden al Estado una plusvalía más onerosa que cualquier impuesto? ¿Y por qué el señor Castro es propietario de los niños cubanos, decidiendo si pueden o no emigrar con sus padres, reteniéndolos incluso cuando éstos huyen sin permiso, y castigando en los niños (cuya inocencia defiende con fervor), el “pecado” libertario de sus mayores?

Evidentemente, son muchas las preguntas que el gobierno cubano ha olvidado formular. Y la respuesta es siempre política: huir es un delito ideológico. Por eso durante años se prohibió a todo habitante de la Isla el contacto con el “enemigo”, así fuera su padre o su hijo. La familia política debía sustituir a la familia de la sangre. Pero casi siempre se demuestra que una suegra no es precisamente una madre.

Si la Ley de Ajuste fuera la culpable del éxodo ilegal, éste se habría comportado del mismo modo desde 1966. Pero sabemos que tras una corta fase inicial donde el exilio estuvo integrado por personas vinculadas al régimen anterior, y grandes empresarios expropiados, emigró durante los 60 y 70 una vasta clase media: miles por el Puerto de Camarioca, 300.000 a través de los llamados “vuelos de la libertad”, entre 1965 y 1973.En todos esos casos, el presunto emigrante necesitaba contar con un familiar que lo reclamase. En caso contrario, podía ir armando su balsa. Sabemos que tras las visitas familiares que empezaron a producirse a fines de los 70, se derrumbó el mito propagandístico que pintaba a los exiliados como los sirvientes pobres del “amo yanqui”, lo que, sumado a la felicidad siempre futurible que prometía la Revolución (a esas alturas ya no revolucionaba nada), condujo al Mariel. También sabemos que durante la relativa bonanza de los 80, y con la misma Ley de Ajuste, disminuyó el éxodo. Para multiplicarse con el derrumbe de los 90, que instauró la Era de las Tres Erres: “Resistir, Robar o Remar”.

Del otro bando, han sido proverbiales las limitaciones impuestas por la Oficina de Intereses norteamericana en Cuba para conceder visados. Y comprendo que cada país establece las normas que entienda para el ingreso a su territorio. No obstante, el mismo ciudadano al que se considera inapropiado, se vuelve admisible si logra sortear el estrecho sobre una tabla de wind surf, jugándose la piel (y el resto de su anatomía) y pisar tierra. Si no lo consigue, se convierte en “mártir de la libertad” o “escoria apátrida”, según el bando. Aunque de un tiempo a esta parte, La Habana ha descubierto que esos cadáveres también son reciclables para la causa, declarándolos víctimas del imperialismo, nunca del socialismo. Una suerte de imbéciles obnubilados por la película del sábado; aunque ello resulte sorpresivo en el país que se declara “el más culto del mundo” (FC verbigracia), y donde hasta las prostitutas han pasado de ser invisibles a ser catedráticas.

En cualquier caso, las víctimas de esta macabra regata son el saldo de la desesperación, el tributo a la esperanza. Sus compatriotas lamentamos esas muertes. Sus familiares no se recuperarán nunca de su ausencia, tras haberlos llorado frente a un retrato, sin cadáver y sin flores. Para los espurios intereses de uno y otro lado, son apenas fragmentos de estadística política.

Nos faltan aún por presenciar muchos naufragios antes que concluya la regata más trágica y larga de la historia. Quienes no pueden o no quieren robar, quienes han agotado la condena a resistir por decreto, seguirán optando por la tercera erre.

Es muy generoso el señor Castro al lamentar las muertes de los náufragos. Si no fuéramos tan suspicaces, al considerar interesada su exhortación a derogar la Ley de Ajuste, si nos tragáramos su reciente vocación humanitaria, sería encomiable. Y si no recordáramos que él también tiene su Ley de Ajuste no escrita, otorgando asilo confortable a terroristas etarras, irlandeses, colombianos, guerrilleros en paro, perseguidos por sus truculentas acciones en las cuatro esquinas del mundo. Claro que no está en sus manos derogar una ley norteamericana. Lo que sí podría hacer, para evitar el naufragio de los balseros, y el naufragio final de la nación, es derogar su Ley de Desajuste, siete años más antigua que la otra, y que ha cobrado muchísimas más vidas.

 

La tercera erre”; en: Cubaencuentro, Madrid,30 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/11/30/5156.html.

 


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