Manual de vuelo

4 09 2008

Una práctica reciente en la República de Cuba es adjuntar al permiso de salida de quienes viajen con pasaporte oficial el siguiente documento:

 

«Compañero:
La misión para la que te preparaste es importante, pero siempre que sea posible, en el escenario y forma adecuada lleva el mensaje de tu pueblo revolucionario y solidario, que resiste el bloqueo del imperio por casi 50 años.
Que fueron y son conquistas de la revolución desde su triunfo, entre otras, el derecho del pueblo a decidir su destino, la defensa de los derechos de la niñez, la igualdad de la mujer y la lucha contra la discriminación racial y de sexo.
También da a conocer que hace 10 años, hay cinco héroes cubanos encarcelados injustamente en las cárceles de los Estados Unidos por luchar contra el terrorismo.
Que el ejemplo del compañero Fidel está y estará siempre en el pensamiento y la acción de todos los revolucionarios del mundo.
Recuerda que en cualquier parte de la tierra, puede haber un oído receptivo y dispuesto a luchar junto a tu pueblo».
«Dirección de relaciones internacionales, CITMA».

 

Hace muchos años, cuando los únicos viajes posibles eran en misión oficial o por salida definitiva, los “compañeros que nos atienden” solían reunir a las delegaciones y advertirles de los peligros que los acechaban en la selva capitalista. Por dónde debían moverse (preferiblemente en manada) y por dónde no. Con quiénes y de qué podrían conversar. Así como un manual de tentaciones que iba desde los puticlubs hasta la quincallería. La amenaza explícita no era necesaria. Vivir en la Isla era suficientemente amenazante. Se daba por sentado que todos los compañeros se portarían bien.

Ahora, al parecer, ya no hay tanta confianza en la buena conducta de los cubanos, aunque sean portadores de un pasaporte oficial. El nivel de desilusión, la falta de expectativas y el descrédito generalizado hacia eso que insisten en llamar Revolución, hace aconsejable puntualizar cuáles son los mensajes que deben difundir en el ancho mundo. Se les insta a llevar “el mensaje de tu pueblo revolucionario y solidario, que resiste el bloqueo del imperio” “en el escenario y forma adecuada” (se excluyen los mítines en sex shops, bares de alterne, asociaciones de gays y lesbianas y en las sedes de Reporteros sin Fronteras o Human Rights Watch). Deberán ser portadores de las “conquistas de la Revolución”, y el texto no se refiere a la toma de Angola o a la invasión a Miami, sino al “derecho del pueblo a decidir su destino” (queda al buen juicio del publicista el modo más adecuado de explicar el sistema electoral cubano y la democracia socialista, aclarando que aquello de la “dictadura del proletariado” es cosa de los manuales soviéticos). Se subrayarán los derechos del niño y la mujer y la lucha contra toda discriminación racial y de sexo. A pesar de Mariela Castro, no se menciona la “orientación sexual” y tampoco la discriminación por razones religiosas, políticas o ideológicas. Puntos sobre los cuales el comprador de grúas o el geógrafo deberán hacer pudoroso silencio para no ser objeto de manipulaciones ideológicas. También se orienta relatar la saga de los cinco héroes prisioneros del imperio, esos luchadores contra el terrorismo que la justicia norteamericana insiste en llamar espías.

Es decir, aunque el propósito de su viaje sea adquirir grúas o asistir a una conferencia mundial sobre la desertización, los viajeros deberán convertirse en agentes publicitarios con la certeza de que “el ejemplo del compañero Fidel” se ha expandido como la Gripe A por todo el planeta y está presente en los corazones de los revolucionarios noruegos, los comunistas suizos, los guerrilleros de las Rocallosas y la insurgencia de Montecarlo.

Y se advierte al viajero que, del mismo modo que “siempre hay un ojo que te ve”, “en cualquier parte de la tierra [los océanos quedan descartados, demasiados balseros], puede haber un oído receptivo”. Así que ándate con cuidado y mira a ver lo que tú dices por ahí, que cada oído está conectado a una lengua.

Pero lo más sorprendente de este mensaje es que lo firma la Dirección de Relaciones Internacionales del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Quizás nunca sabremos si se trata de un experimento científico sobre la teoría del rumor, o de un aporte ecológico a la desertificación de las ideas.

“Manual de vuelo”; Madrid, 2008





Una renuncia condicional

20 02 2008

Tras 49 años y 49 días de ejercicio continuado y absoluto del poder, y seis días antes de que la Asamblea Nacional elija al nuevo presidente del Consejo de Estado, Fidel Castro ha explicado al pueblo de Cuba, en una nota que ocupa la portada del diario Granma, “que no aspiraré ni aceptaré —repito— no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe”. Recuerda que ha sido presidente desde el 15 de febrero de 1976 y, antes, “Primer Ministro durante casi 18 años”, y que siempre dispuso “de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria”, es decir, que ejerció el poder sin cortapisas.

Una lectura atenta del documento, donde habla de “mi estado crítico de salud”, “mi estado precario de salud”, y de una recuperación «no exenta de riesgos», demuestra que su negativa a la reelección (garantizada de no producirse este anuncio), no ha sido provocada por un “deber elemental” de no aferrarse “a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes”. En alguien que ha monopolizado el poder durante medio siglo, esta declaración de intenciones sería risible si no fuera trágica. Fidel Castro nunca ha pensado en una jubilación anticipada, sino, como él mismo dice, en “cumplir el deber hasta el último aliento”. Se siente un hombre predestinado, irremplazable. Por eso confiesa: “me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo (…). Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación”. Pocas veces la vanidad absoluta y el hedonismo político se habrán expresado con tanto desparpajo. “Evitar ilusiones” al pueblo cubano, “prepararlo” paternalmente para asumir su “ausencia”, “noticia traumática” que él mismo llora anticipadamente sabiéndola irreparable para toda la nación (y, posiblemente, para el mundo). Si se niega a la reelección es porque no tiene otra salida, al estar imposibilitado para “ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer”.

Pero, ¿realmente no tiene otra salida?

Si retrocedemos diecinueve meses, volveremos al instante en que cedió provisionalmente la presidencia a su hermano Raúl, no sólo porque lo prescribe la Constitución cubana, sino “por méritos personales”. Durante este año y medio, Raúl Castro ha proclamado la necesidad de reformas, aperturas y libertades, pero, en la práctica, sólo ha convocado asambleas donde los cubanos han hecho catarsis, sin que hasta ahora el pataleo se haya materializado.

Pragmático y admirador del modelo chino, Raúl Castro ha estado siempre bajo la férrea tutela de su hermano, quien le ha impedido (real o simbólicamente) llevar su voluntad reformista más allá de la retórica. ¿Podrá hacerlo ahora? Dos elementos lo tensan en direcciones opuestas: lo frena su miedo filial; lo empuja su convicción de que sólo un plan de reformas que alivie la agonía cotidiana del cubano le permitirá gobernar sin sobresaltos los años que le queden. Su hermano hundió al país en la indigencia mientras dialogaba con la Historia. Él tendrá que rescatarlo dialogando con el Panadero, el Agricultor, el Carnicero. En caso de parálisis prolongada, no sólo es incierto su destino como clase política, sino también el de sus hijos, una vez que el pueblo cubano supere el encantamiento del máximo líder. Y Raúl Castro, al contrario que su hermano, es un hombre de familia.

El 24 de febrero, 614 parlamentarios de la Asamblea Nacional acudirán a ratificar con su voto a los candidatos ya elegidos por la cúpula del régimen: un nuevo Consejo de Estado con su presidente, y éste, salvo sorpresa (o gobierno por persona interpuesta), será Raúl Castro. Teóricamente, el nombramiento desatará sus manos. Pero antes, deberá sobreponerse a su carácter epigonal. Su hermano, aun despojado del cargo, conserva intacto su poder simbólico y lo seguirá ejerciendo a través de sus «Reflexiones» en la atalaya del diario Granma, “un arma más del arsenal con la cual se podrá contar”. Y añade en la nota, no sin ironía: “Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso”.

De modo que esta renuncia puede leerse como un paso previo a su ausencia definitiva, cuando comience a materializarse la sucesión-transición. Pero también puede leerse en una clave más perversa: Fidel Castro, incapacitado para ejercer el poder que le correspondería, cede el sitio a su hermano y pasa, como Dios, a una oposición ejercida desde las alturas del poder simbólico, otro modo de maniatarlo. Y desde ahora anuncia que su deber elemental es “aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir”. Y añade que desconfía “de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis”, en referencia quizás al proceso asambleario donde la población ha vertido sus críticas a instancias del Castro menor. Porque, como ya había advertido el 17 de diciembre de 2007, «la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos”. La ideología vs. la pragmática, el ideal sacrificial a costa del pan.

Aunque Castro se extiende en las bondades de su relevo, los “cuadros de la vieja guardia”, “la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución”, y los más jóvenes que “cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo”, no se resigna a confiarles la nave sin estrecha tutela.

En el mejor de los casos, se esperan aperturas económicas, reformas dentro del sistema y algunas libertades vigiladas. Algo que los habitantes de la Isla aplaudirán, al tiempo que concederá a la nomenclatura cubana un nuevo plazo para su reacomodo en cualquiera de los post previsibles. Pero sólo si Raúl asume el cargo y supera sus pánicos infantiles.

 





El ego como arquitectura

4 10 2007

Si usted pasea por las avenidas de esa Génova que en plena euforia industrializadora levantó Mussolini —enormes cajas de zapatos atestadas de gente—, si cierra los ojos y los abre en los distritos residenciales del Moscú años 50, apenas notará la diferencia. Una arquitectura pesada, sombría, destinada a una masa cuyas individualidades debían confinarse en la intimidad de los hogares. De puertas afuera, el valor del individuo era apenas estadístico: pólipo del arrecife, cifra en la abusiva contabilidad del cardumen. Mutilar los signos exteriores de la individualidad contribuía a diseñar colmenas de súbditos cuya libertad quedaba limitada al aplauso.

Una arquitectura que tiene su reflejo, salvando las distancias, en los mamotretos de hormigón que rodean la antigua Plaza Cívica de La Habana, luego Plaza de la Revolución, especialmente los que alojan al Comité Central del Partido Comunista. Construidos por el dictador Fulgencio Batista y Zaldívar, su sucesor prefirió instalarse allí, rebautizándolo como Palacio de la Revolución, y evitar el Capitolio y el Palacio Presidencial, que invocaban una tradición republicana difícil de conciliar con el proyecto de Estado que Fidel Castro tenía en mente.

Al reflexionar sobre la relación entre el poder y la cultura, George Orwell afirmaba que bajo un régimen totalitario el poeta podía existir, el prosista debería elegir entre el silencio y la muerte, mientras el arquitecto podría salir beneficiado. Y el autor de 1984 sabía de qué hablaba.

Quienes repasen La arquitectura del poder, de Deyan Sudjic, comprobarán cómo los grandes monumentos arquitectónicos han sido secreciones del poder. Con las excusas del arte o la historia, la patria, el pueblo y la memoria, el poder siempre se ha homenajeado a sí mismo en piedra, acero, mármol y cristal. Los dictadores desconfían de la palabra. Un poema épico o una biografía, la novela y el ensayo servil están siempre a merced de la relectura, la nota al pie, la edición crítica, la revisión in memorian, hasta la reedición cero y la extinción, aunque algún ejemplar sobreviva en la zona museable de las bibliotecas. La piedra, en cambio, invoca una eternidad que, de momento, la biología proscribe. La piedra es unívoca, piensan, no está sujeta a reinterpretaciones.

Keops se construyó la tumba más alta, y Darío El Grande, una ciudad, Persépolis. Siglos más tarde, lo imitarían Pedro el Grande en San Petersburgo y el presidente Juscelino Kubitschek en Brasilia (aunque las democracias son menos pródigas arquitectónicamente que los regímenes totalitarios). El monarca absoluto y el dictador disponen sin cortapisas de los recursos y pueden satisfacer su ego a costa del interés general. Los planes que Hitler encomendó a su arquitecto Albert Speer para hacer de Berlín la capital imperial de Europa continuaron durante toda la guerra. Y el Moscú hambreado de la posguerra vio levantarse siete rascacielos, apodados por los rusos “los cojones de Stalin” dado el material empleado en las obras.

El París de Haussmann, el Valle de los Caídos de Franco, la catedral ordenada a Karl Vitberg por Alejandro I y destruida por Stalin para levantar un paquidérmico palacio de los trabajadores que no pasó del estado larval. La Gran Mezquita de Saddam Hussein, donde 30.000 fieles invocarían a Alá, y el dictador invocaría a sus mentores: Nabucodonosor y Stalin. La Exposición Universal Romana y el Palacio de la Civilización Italiana, de Mussolini. El paso desde la dinastía Ming y su Ciudad Prohibida, hasta la explanada maoísta, casi llanura, de Tiananmen, y, abonado por los amos del capitalismo de Estado, el bosque de rascacielos que asalta hoy el sky line de Shanghái y Beijing. Del poder horizontal al vertical, del sagrado emperador, divinidad heredada por el secretario del Partido, al dinero como religión.

Intentos no sólo de celebrar, sino de perpetuar en piedra una visualidad del poder. Estar presente, encajarse en la memoria colectiva, ser, como las estatuas de la Isla de Pascua, un testigo del pasado para conjurar el olvido, y un vigilante del futuro. Y para ello son más útiles los edificios que las estatuas. Los cambios de régimen suelen reprimir a las estatuas derrocadas: las de Stalin o Lenin cayendo en Europa del Este, las de Saddam en Iraq o las de los mandatarios republicanos en La Habana, arrancadas una por una en la Avenida de los Presidentes. Sólo quedan, sobre su pedestal, los zapatos de bronce de don Tomás Estrada Palma, primer presidente cubano.

Los edificios suelen reciclarse, trátese del Kremlin, del Capitolio habanero, del EL-DE Hause, cuartel general de la Gestapo en Colonia, o de la Lubianka en Moscú (este último no es, posiblemente, un ejemplo feliz, dado que no lo ha necesitado). Pero, aun transformados en museos o bloques de oficinas, los edificios memorian su pasado imperial, republicano, comunista o meramente siniestro.

Fidel Castro es un dictador que comparte rasgos con muchos de sus homólogos: es histriónico como Mussolini, a quien recuerda en su oratoria enfática, repetitiva y didáctica; tiene una noción mesiánica equivalente a la de Hitler; carece de escrúpulos como Stalin, y está dispuesto a cualquier desmán para conservar el poder; es tan hábil en el arte de la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao, y, además, ejerce de líder planetario, síndrome que raras veces ataca a los caciques de naciones pequeñas.

Sin embargo, a pesar de que durante medio siglo ha dispuesto a su albedrío del presupuesto de la Nación y de las ayudas internacionales, cuantiosas durante la mitad de su reinado, más que como un constructor, Fidel Castro se ha comportado como una brigada de demoliciones encargada de derribar las ciudades, especialmente La Habana, con la perseverancia de un Pol Pot en tempo de bolero.

En medio siglo no se ha levantado en Cuba ni un solo edificio emblemático que funcione como reforzador de identidad, como logotipo del país o la ciudad, o que, simplemente, con la excusa de atraer al turismo, festeje al caudillo. No hay Torres Petronas, ni Guggenheim de Bilbao, ni Arco Gateway de Saint Louis, ni Ópera de Sídney, por mencionar iconos recientes. Lo más cercano a una arquitectura icónica serían las Escuelas de Arte, pero la obra fue detenida y en parte abandonada a la maleza.

Curiosamente, el mayor edificio levantado en La Habana desde 1959, y que no sea continuación o cierre de alguna obra precedente, es la embajada de la Unión Soviética: una mole de concreto con apariencia de menhir, coronada por una extraña apófisis, como si al edificio le hubieran encajado por la azotea un bolígrafo alienígena del que asoma apenas el casquillo. Durante su construcción, los habaneros comentaban con sorna que tras concluir aquel castillo de hormigón, los rusos declararían la guerra a Cuba. Para más desgracia, el bolódromo —en Cuba se conocía a los rusos como “bolos”— está situado en Miramar, zona arbolada con elegantes mansiones y edificios de tres o cuatro alturas, de modo que las suaves colinas mueren en el mar casi sin tropiezos. El bolódromo es como la osamenta de un tiranosaurio en una pastelería.

Ni siquiera, como su amigo Saddam, Fidel Castro levantó sus propios palacios. Prefirió okupar y remodelar las mansiones abandonadas por la burguesía en fuga. Es cierto que se han edificado insultos urbanísticos, al estilo de Alamar, en casi todas las provincias, y que muchos podrían defender con sobradas razones su carácter emblemático del último medio siglo, pero yo soy más piadoso y prefiero pasarlos por alto. Por otra parte, la restauración selectiva de La Habana Vieja es apenas la (presunta) recuperación de una memoria arquitectónica seudocolonial, no sólo ajena, sino en franco contraste con la (presunta) ideología revolucionaria. Los Chevrolets y Cadillacs de los 50 que ruedan por esas calles redondean una escenografía al servicio de los turistas, quienes se sumergen en un espacio virtual donde la Revolución no ha llegado ni, invocando a Carlos Puebla, el “Comandante mandó a parar” y donde, por tanto, no “se acabó la diversión”. El espejismo no prueba la existencia del oasis. Ningún turista, desde luego, aceptaría un tour por los centrales azucareros desmantelados, por la arquitectura de las escuelas en el campo, como barcos clónicos encallados en los naranjales, o la visita a los restos fósiles de la central atómica de Juraguá, que nunca procesó (para nuestro alivio) un gramo de uranio. La Revolución que en su día vendió sobre planos la arquitectura del porvenir, ofrece ahora al contado un pasado de diseño.

Durante medio siglo, el gobierno cubano ha dilapidado enormes sumas en costear una agenda política de gran potencia —promover la insurgencia, comprar conciencias y perpetrar invasiones en tres continentes—. Lo que quedaba, se destinó a una industrialización dependiente y obsoleta de nacimiento, y a desarbolar el país para convertirlo en un mega latifundio agrícola que, a pesar de las inversiones en maquinaria y productos químicos, nunca satisfizo la demanda. La universalización de la enseñanza, la atención médica y la hipertrofia militar son los grandes rubros del país. Pero el esmirriado cuerpo de la nación es incapaz de sostener una cabeza hidrocefálica y unos puños como mandarrias de cinco kilos. Mientras, las ciudades, carentes de mantenimiento y renovación, han ido involucionando hasta las ruinas superpobladas que, con toda precisión, muestra Antonio José Ponte en La fiesta vigilada. Pero la indigencia arquitectónica no se debe a la falta de medios. El líder cubano dispone de una contabilidad paralela. La llamada “cuenta personal del Comandante en Jefe” sufraga todas sus iniciativas y caprichos: batallas de ideas, rescate de Elianes, campañas internacionales, e incluso, a fines de los 80, construir todo un polo científico con varios centros de investigación sin, como se dijo, “afectar el presupuesto nacional” —las arcas del Comandante se nutren de la divina providencia—. Si hubiera en él alguna voluntad constructiva, la cuenta mágica proveería los fondos.

¿Es acaso voluntad de Fidel Castro, político narcisista, prendado de su propia imagen, legar a la posteridad un paisaje de ruinas? La respuesta, como los buenos cócteles, puede tener varios ingredientes.

El primero, y posiblemente el menos importante, es su extracción rural, sus modales campesinos cuando llega a estudiar a la capital y es objeto de burla o desprecio por parte de una alta sociedad que nunca lo aceptó como a un igual. Una sociedad que desapareció rumbo al Norte y abandonó la ciudad a su merced cuando él bajó triunfante de la Sierra Maestra. Y Fidel Castro no perdona. Ni a un antiguo camarada que decidió abandonar el séquito de incondicionales —Huber Matos, Mario Chanes de Armas—; ni al que demuestre la incompetencia del líder —Arnaldo Ochoa, estratega que ganó la guerra de Angola desoyendo las instrucciones de Castro; el ministro del Azúcar Orlando Borrego, tras vaticinar en 1970 el fracaso de la Zafra de los Diez Millones—; ni al carismático que robe cámara y protagonismo a la prima donna —Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara—; ni a un jefe de Estado que no le conceda la jerarquía que él mismo se atribuye —Eisenhower, Kruschov—; ni siquiera a un médico, un escritor o un deportista que “deserte” del cuartelillo nacional. No es raro que no perdonara a una Habana pecadora y frívola, pero donde los combatientes clandestinos, y no los guerrilleros de la Sierra, donaron la mayor cuota de mártires. Fidel Castro pretendió, incluso, arrebatarle la capitalidad del país.

El segundo ingrediente es su condición de no-estadista. Hitler soñaba con mil años de Tercer Reich, aun sin su presencia, y Albert Speer diseñó la capital del imperio. Fidel Castro desmanteló el Estado republicano y, como nunca estuvo dispuesto a someter su poder personal al imperio de instituciones que lo limitarían, se ha resistido a crear una estructura institucional, ni siquiera para que perpetúe su régimen. Es, eso sí, un político atento a la conservación del poder absoluto a costa de la felicidad y el bienestar de los cubanos; a costa de abolir y luego trucar la democracia. Optó por el voluntarismo y la improvisación como leyes supremas de la República, con periódicos cambios de rumbo: obras a medias, proyectos inconclusos, imposible planificación a largo plazo, recursos al servicio de la política o de la “iluminación” de turno. Él ha disfrutado del poder más absoluto. Hoy, ahora. No construye porvenir, porque lo sabe un territorio ingobernable.

El último componente del cóctel es la inflación de su ego. Desde muy temprano, Cuba no ha sido su objetivo, sino su plataforma de despegue internacional. La tribuna desde donde proyectar sus ambiciones, primero, continentales, y luego, universales. Cuba es, también, la alcancía —fondos propios o depositados por los “países hermanos”, desde la Unión Soviética hasta Venezuela— para costear su agenda de gran potencia: un servicio de inteligencia y de relaciones internacionales hipertrofiados; la adquisición de intelectuales, sindicalistas, políticos e incluso gobiernos dóciles; la promoción de la insurgencia; la implementación de campañas internacionales, y, llegado el caso, las invasiones —armadas y desarmadas— para crear o consolidar zonas de influencia.

Fidel Castro comenzó a edificar el monumento a sí mismo en la mente de los cubanos pero, en la medida que se fueron desencantando —hasta el punto de aguardar su muerte como quien espera a que escampe la Historia, venga la inclemencia que venga—, exportó la obra a la mente de una extensa y difuminada red de admiradores que rentabiliza su discurso reivindicativo sin padecer su práctica totalitaria. Ha construido un poder que rebasa con mucho los límites de la Isla, y una imagen, una mitología, cuidadas hasta el detalle. Ese ha sido, con diferencia, el mayor éxito de su mandato.

Google arroja 2.800.000 entradas para “Fidel Castro”; siete veces más que las de “Gorbachov” y un millón más que las de “Mao Zedong”. Todavía es superado con creces por las 15.700.000 entradas de “Stalin”.

El Comandante no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional de un país, ni un ideario o un Manual de Instrucciones para los fidelistas del porvenir —no hay Libro Rojo, ni Idea Juche, ni ¿Qué hacer? leninista, ni Mein Kampf—. Sus infinitos discursos se han acompasado con demasiada agilidad a los vaivenes de la coyuntura política.

Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro es la única obra perdurable de Fidel Castro.

 

“El ego como arquitectura”; en: Letras Libres, Madrid, octubre, 2007. http://www.letraslibres.com/index.php?art=12445

 





El Caso del Caso Sandra

4 01 2007

 

Acabo de recibir por correo, desde una remota ciudad de Arizona, un ejemplar del número 93-94 de la revista Somos Jóvenes, publicada en La Habana en septiembre de 1987. Me la envía un, hasta hoy, desconocido compatriota que al marcharse al exilio le hizo un hueco en su maleta a ese ejemplar.

Su carta me devolvió a la historia de aquella historia, es decir, al Caso de “El Caso Sandra”, testimonio de una época que años más tarde sería evocada con nostalgia, aunque por entonces ni lo sospecháramos.

Erase una vez un artículo que se llamó “El caso Sandra”… podría comenzar. Narraba las aventuras y desventuras de una jinetera (antes que fueran personajes del folklore patrio). Por entonces, ellas sólo habitaban como personajes literarios en los atestados policiales. Su fe de bautismo data de mucho después, cuando Él en persona blasonó de que en Cuba disponíamos de las putas más cultas del mundo, geishas en tiempo de guaguancó. La que yo interrogué durante largas horas, acompañé en sus cacerías por La Habana, la que invité a comer en casa (para sobresalto de mi mujer y mengua de la libreta de racionamiento) era, posiblemente, la excepción de la regla. Un accidente del sistema educacional.

Por entonces, la puta más reciente de la escritura nacional era la mítica Rachel y su bolero, pero el autor, con la prudencia a que nos tenía acostumbrados, hundía su mirada en la noche de los tiempos. A diferencia de mi Sandra, tan contemporánea que, según su propia confesión, se enteró de la publicación de sus aventuras entre un turista sueco y un mexicano de corto alcance.

Si en 1959 las putas fueron “reeducadas” a taxistas —los autos llevaban las siglas TP, Taxis Populares, que el vulgo leía como Todas Putas—, la revelación de que treinta años más tarde refloraban como voluptuoso marabú tomó por sorpresa a algunos (seguramente no andaban La Habana en horas de la noche), y otros, menos desinformados, optaron por hacerse los sorprendidos.

Ante la publicación de “El Caso Sandra” hubo reacciones encontradas: entusiasmo e irritación. Se comentó que yo estaba preso, que la revista había sido clausurada y que el director fue removido de su cargo. En el extremo opuesto, se dijo que el artículo había sido expresamente encomendado por la dirección del Partido, y una agencia extranjera afirmó que Él en persona lo había aprobado. A la revista llegaron cientos de cartas y llamadas telefónicas, y el número correspondiente (200.000 ejemplares vendidos) recibió inesperadas cotizaciones en el mercado negro.

¿Cuáles fueron las causas de esta repercusión? Antes habría que preguntarse ¿qué periodismo consumía (consume) el lector cubano? Un periodismo chato y monocorde, sobrepasado por la Agencia Vox Populi. Salvo excepciones, es común que “la noticia del día” corra de boca en boca, eludida elegantemente por la palabra escrita, desmedida en la alabanza y tímida en la crítica (o viceversa, de acuerdo al objeto de estudio). Una prensa donde el descubrimiento y revelación de problemas no es emanación precursora sino reflejo. Prudente, la prensa aguarda obediente a que el conflicto sea tocado por el discurso político. Ni siquiera se arriesga a una visión alternativa (no necesariamente contestataria). No es raro, por tanto, que a mediados de los 80 el propio Fidel Castro haya alabado la “disciplina” de la prensa, que es como elogiar la prudencia al volante de un piloto de fórmula uno.

En lo coyuntural, había tenido lugar entre 1986 y 1987 una ofensiva “crítica” a las deformaciones entronizadas durante tres lustros o poco menos, período durante el cual nada de ello fue observado por la prensa.  Para nuestro asombro, Él nos comunicaba desde la tele, con la furia de Ulises a su regreso a Ítaca, que todo lo hecho en los últimos 15 años era un desastre, y que “ahora sí vamos a construir el socialismo”. (Mi padre jamás se recuperó de aquella noticia). Empezó a hablarse por entonces de una “nueva política informativa”, de un “periodismo de opinión” (¿cuál que es no lo es?), del “ejercicio del criterio”, pero lo cierto es que hasta hoy el discurso periodístico no ha ni siquiera igualado al discurso político en profundidad de análisis y novedad informativa. Y es mucho decir. Una especie de culminación de ese período fue el V congreso de la UJC.

En ese contexto aparece “El caso Sandra”. El artículo cumplía una premisa noticiosa habitual en cualquier periodismo del mundo: tocaba un tema que no había sido manoseado institucionalmente. Lo trataba sin la timidez tradicional, que necesita disculparse por cualquier verdad incómoda. Desde el reportaje de Homero sobre la batalla de Troya, tampoco esto ha sido excepcional en el periodismo. Narraba los accidentes de una vida real, dolorosa, no hilvanaba un esquema más o menos moralista y maniqueo. Sin pretensiones sensacionalistas —como lo demuestra su lenguaje conciso y la discreción con que traté ciertas aristas—, lo era de algún modo, aunque sólo fuera porque desvelaba un submundo apenas intuido o totalmente desconocido para una buena parte de la población, sobre todo fuera de La Habana. Acto de revelación en que me jugué mucho menos el pellejo que Ryszard Kapuściński en África.

Como parte de su “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, el Periodista en Jefe afirmaba: “Antes que la suciedad nos sepulte, es mucho mejor lavar los trapos al aire libre” (II Pleno del CC del PCC; en Cuba Socialista, La Habana, septiembre‑octubre, 1986). Y que era un error no hacerlo “por temor de que el enemigo se entere allá en Miami, o allá, los imperialistas, y utilicen esto para atacarnos (…) Ningún enemigo nos va a criticar mejor que lo que nos criticamos nosotros. Porque nosotros sabemos mejor que nuestros enemigos dónde están nuestros problemas (…) Incluso al enemigo le quitamos las armas, lo dejamos sin armas”. Más tarde comprenderíamos que esa frase era apenas un puñado de palabras unidas por las leyes de la sintaxis, y que sólo se refería a los trapos previamente señalados por el pret à porter del poder.

En abril de 1987, durante el V Congreso de la UJC, muchos delegados se expresaron sin eufemismos. Fue una explosión provocada con mando a distancia. Antes del congreso, Roberto Robaina, por entonces su primer secretario, recorrió la Isla expresando atrevidas críticas, incitando a los jóvenes. Con toda la imprudencia de sus años mozos, ellos lo soltaron más tarde en el Congreso, ante las mismísimas barbas del vecino y, ya de paso, dejaron escapar alguna que otra crítica imprevista de su propia cosecha. Roberto Robaina cedió complaciente la palabra y, por respeto a sus mayores, durante todo el congreso no dijo ni pío, a pesar de lo cual terminó, en el imaginario público, como el héroe de la película. De más está decir que, a su regreso, los delegados “disfrutaron” en sus provincias las bondades del sistema nacional de salud: les fueron aplicadas las más modernas técnicas para sanar su incontinencia verbal y, en la mayoría de los casos, conjuraron futuras recaídas.

En esas circunstancias, la revista Somos Jóvenes se propuso una nueva política editorial que arrancó con una entrevista al primer secretario de la UJC, publicada en marzo de 1987 bajo la firma de Mayra Beatriz.

En la nueva política editorial, las propuestas de los trabajos centrales eran discutidas por toda la redacción, y los textos terminados se leían y analizaban en un  ambiente de compromiso (complicidad) que reinó durante aquellos meses. Transitamos en un par de números desde un periodismo ligero, sonriente, algo farandulero y por momentos infantiloide, hasta el tratamiento de temas nuevos y escabrosos en condiciones de libertad vigilada, lo que nos obligaba a una precisión de lenguaje y construcción digna de funambulistas sin red, y a un rigor milimétrico en la búsqueda de información y en la selección  de las fuentes. Cualquier ornitólogo sabe que la verdad tiene alas. Y en la prensa cubana ya era tradición cojear de un ala (con el beneplácito de las autoridades) y estaba completamente contraindicado cojear de la otra: pasarse por defecto era siempre un “acto de buena fe”. Pasarse por exceso te podía costar un auto de fe. Por esa razón, si queríamos que nuestro vuelo fuera mínimamente duradero, el equilibrio entre ambas alas debería ser impecable.

Varios trabajos concebidos dentro de esta política habían sido publicados ya y decenas estaban en curso cuando apareció, en el número doble de septiembre de 1987, “El Caso Sandra”. Mientras para algunos aquello era un acto aplaudible de audacia loca, para otros era un artículo contrarrevolucionario que sacaba a relucir, con alevosía y ensañamiento, los trapos sucios (los otros trapos, no aquellos predestinados a la lavadora), ofreciendo armas al enemigo para… etc. etc. Ni unos ni otros tenían razón. No fue un acto temerario, sino parte de una política editorial. Tampoco iba contra la Revolución, sino a favor de la Revolución que debió ser.

Yo no fui encarcelado, ni el director fue removido (ya por entonces había sido promovido a subdirector del periódico Granma). Pero sí hubo consecuencias: la primera fue una reunión en el Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR), del Comité Central del Partido, a la que fuimos convocados una noche de noviembre, creo recordar que bastante fría, todos los trabajadores de la revista, con excepción de Guillermo Cabrera, el director que diseñara el número de la discordia. Dirigía la reunión el entonces todopoderoso Carlos Aldana, director del DOR, quien nos preguntó a todos, uno por uno, nuestra opinión sobre el artículo, con el propósito de separar las papas arrepentidas de las papas podridas y sin remedio. Y uno por uno todos, salvo dos, coincidimos en que, de vernos abocados a la decisión de publicar nuevamente el artículo, volveríamos a hacerlo. Más allá de que haya sido yo el autor material, quince de diecisiete asumimos una responsabilidad que catorce podían haber delegado. Fuenteovejuna, señor. Al cabo de tantos años, no sé si alguno se habrá arrepentido.

Como supimos más tarde, Carlos Aldana era el agente transmisor de la ira de Fidel Castro, quien montó en cólera tras leer aquellos trapos no planificados.

Ante la prepotencia de Aldana, sentí aquella noche un justo orgullo por mis compañeros, equiparable en intensidad a la lástima que me inspiró otro invitado a la reunión: un Roberto Robaina tembloroso que, con un hilo de voz, se sumó a las acusaciones del Sumo Pontífice de la información cubana. Todos sabíamos que él conocía el artículo desde su fase larval de manuscrito, y que acordó en su momento con Guillermo Cabrera, el director de Somos Jóvenes, un pacto de caballeros: “oficialmente” desconocía el texto pero, una vez publicado, nos apoyaría y protegería de cualquier represalia con todo el peso de la UJC. De modo que en aquella reunión todos, salvo Aldana, sabíamos que él sabía, sabíamos que mentía cuando alegaba sorpresa y desconocimiento, pero ni así nos rebajamos a denunciarlo, de lo que aún me alegro. No por él, sino por nuestra propia integridad moral.

El autor intelectual de aquella reunión, cuyo fantasma deambulaba por los pasillos impecables del Comité Central, llamaba por entonces a la prensa a una batalla contra los errores, porque “hace falta más presión sobre los cuadros, sobre los organismos, sobre los ministros, los cuadros políticos, sindicales, administrativos (…) Si existiera más presión yo creo que existirían menos errores”. Aunque ello generara “amargura”, “injusticia”, “incomprensiones”, “interpretaciones erróneas”, porque “si nosotros mismos [los dirigentes de la Revolución] nos hemos equivocado. ¿Qué podemos esperar, que no se equivoquen los periodistas?” (II Pleno del CC del PCC, 1986). Tardamos en comprender que esas palabras no invitaban a la libertad y la responsabilidad, sino a otra forma de obediencia. Él no necesitaba periodistas sino amanuenses, secretarios de actas que llevaran a la página impresa sus nuevos “descubrimientos” políticos —hospitales infectos, escuelas en ruinas, fábricas que no fabricaban, empresas dirigidas por Alí Babá.

Y recordé a un escritor amigo que publica sólo mucho después de escribir. Mientras, añeja los papeles en una gaveta. Después, extrae las hojas amarillentas y pasa en limpio el texto, como si fuera ajeno. Fidel Castro estaba pasando el país en limpio  quince años más tarde.

Y tardamos algo más en comprender que tales “descubrimientos” tenían el don de la oportunidad: coartadas para un desmoche del palmar político: ajuste de cuentas a supuestos tecnócratas que en su día suplantaron con el recetario del Tío Stiopa el inspirado método de la economía espontánea —Cordón de La Habana, Ofensiva Revolucionaria, Triángulo Lechero, Brigada Invasora Ernesto Che Guevara, Zafra de los Diez Millones—. El ajuste de cuentas a aquellos sacerdotes del Gosplan, paladines de la economía socialista planificada, devolvería a Fidel Castro el control absoluto de la finquita nacional, que desde entonces administra con una solvencia económica indecisa entre Pyongyang y Las Vegas.

Años más tarde, “descubrirían” oportunamente que nuestro fiscal, Carlos Aldana, era propietario de unas tarjetas de crédito, lo suficiente para ganar un ascenso hasta 1.500 metros de altura, donde administró durante muchos años el Sanatorio de Topes de Collantes. Un modo sutil de recordarle que todo el mundo tiene su tope.

A Roberto Robaina no lo salvó su miedo, ni hablar por boca de otros. Robaina fue acusado de incurrir en prácticas deshonestas como ministro de Relaciones Exteriores (1993-1999) y de mantener una “estrecha amistad” con Mario Villanueva Madrid, ex gobernador de Quintana Roo, encausado por sus vínculos con el narcotráfico. Se le expulsó “deshonrosamente” del Partido, fue inhabilitado como diputado y vetado para ocupar cargos de dirección. Ahora, como nos cuenta Raúl Rivero, “pinta muchachas desnudas, tersas y sensuales; altos gallos de lidia con sus espuelas de carey; caballos al galope en las llanuras, entre palmas reales y misteriosas figuras del reino negro de Oloffi y Babalú Ayé”.

Tras aquellos sucesos, comprendimos que la prensa que intentamos durante algunos meses podría ser deseable para el sistema imaginado por Karl Marx en sus tardes de la British Library, o para el socialismo libertario, democrático, que merecían los cubanos. Pero la hacienda nacional no podía permitir a unos entrometidos enjuiciar a capataces, mayorales, jefes de lote y, menos aún, al hacendado. Una finquita sólo necesita un instrumento de propaganda, un amplificador de ideas pre empacadas que cumpliera una función meramente pedagógica. O, cuando más, echarle unas piltrafas a los hambrientos chicos de la prensa: pizzerías, baches, taxistas y guagüeros. “Hemos hecho muchas cosas que no han dado resultado”—dijo Él por entonces, en una imprecisa acusación sin culpables—. Comprendimos que en el escalafón divino, Dios está sujeto exclusivamente a la autocrítica.

A la salida de aquella reunión con el hoy montañero Carlos Aldana, sabíamos que desde el día siguiente “se acabaría la diversión”, y siempre era el mismo el que mandaba a parar.

La primera medida fue nombrar directora a la única redactora que en la reunión de marras se libró de toda culpa por el método de “allí fumé”. La directora Yonofui conservaría el (merecido) puesto durante muchos muchos años. El siguiente número de la revista —200.000 ejemplares recién salidos de la imprenta y empacados para su distribución— hizo su  viaje a la semilla: fue convertido en pulpa y se sustituyó por un número armado a parches con trabajos de la reserva. Debidamente esterilizado en el autoclave de la UJC, se imprimió con una agilidad que presagiaba a la poligrafía cubana un futuro luminoso. El propósito de nuestros pícaros funcionarios era que los lectores no notaran el cambiazo. Para su mal, un paquete de revistas se salvó de la hoguera y fue distribuido por algunos trabajadores de la imprenta. Hoy es una pieza de colección. Tiene idéntica fecha y número que el distribuido, pero  su interior  es más perverso (incluía, entre otros, un artículo mío sobre la nueva clase privilegiada, la aristocracia verde olivo, corroborada por entrevistas a 135 jóvenes estudiantes, trabajadores y militares. Sus lectores entusiastas fueron los tipógrafos).

Desde ese momento, la línea editorial y decenas de trabajos en curso fueron postergados, “endulzados” (la industria azucarera era aún la primera del país) o confinados en la misma gaveta donde se añejan los cuentos de mi amigo. Se estimó que “ese no era el periodismo que el momento histórico demandaba”. Y ya se sabe que el momentómetro es un instrumento muy delicado.

A mí me condenaron a escribir sobre planetas distantes, curiosidades e historia antigua. Cualquier acontecimiento posterior al Renacimiento era de candente actualidad y no confiaban en que yo podría abordarlo con la prudencia recomendable. La revista recuperó un público adicto a las misceláneas que había cultivado con esmero durante años. Perdió un público distinto que había conquistado en apenas unos meses.

Tres años después, en una reunión con todos los periodistas de la Editora Abril, el nuevo secretario de la UJC diría de uno de aquellos artículos proscritos:

—Qué falta nos hubiera hecho este trabajo en su momento.

Claro que en su momento él, en persona, se ocupó de vetarlo. Yo me limité a mandarlo al carajo con mis mejores modales.

Otro de mis reportajes, sobre la homosexualidad en Cuba y fechado en 1987, apareció en la misma revista en 1994, tras enterarnos por Fresa y Chocolate que existían homosexuales criollos. Mis entrevistados estaban ya en fase de prejubilación. Otros artículos, casi todos de Mayra Beatriz, fueron rehechos y actualizados, constituyendo lo más digno de lectura en la Somos Jóvenes de los 90. Los menos afortunados, permanecerán en sus gavetas per secula seculorum. En mi caso, 140 páginas, 4.200 líneas de silencio.

En catorce años fuera de Cuba, he conversado con muchos que en su día creyeron en la posibilidad de un mundo más justo a nuestro alcance, en la pureza de los fines a pesar de la precariedad de los medios (¿miedos?). Hasta que comprendieron y se desencantaron. Precoz o tardíamente, no importa. Mi credulidad fue un error, piensan algunos. Yo insisto en lo contrario. El día que triunfó la Revolución, yo cumplí cinco años. El día que salí de Cuba había cumplido 40. Cuando me quité la pañoleta de pionero, dejé de creer en los Tres Reyes Magos, en la cigüeña y en la infalibilidad de los hombres. Pero me empeciné en que bastaría una dosis colectiva de cerebro, corazón y cojones para evitar que unos pocos vampirizaran el sueño de muchos. Sobreestimé la anatomía. Tuve que presenciar lobotomías, sacrificios rituales y compatriotas capados a mandarria. Jamás impuse a nadie mi sueño a punta de pistola ideológica (o de la otra). Y quizás por eso no me arrepiento de haber soñado. Más vale caerse de la mata que nunca haber trepado. Y duele menos cuando no te caes de golpe. Durante muchos años, fui un comemierda ornamental sentado entre las ramas. Mientras, recostados al tronco, ellos se comían, uno por uno, todos los mangos maduros. Este artículo es, en parte, la historia de ese descenso.

Quienes se asombraron alguna vez ante las aventuras de una prostituta, vieron luego prostituirse a generales y altos oficiales, narcotraficantes por encargo —quien conozca la pirámide del poder cubano sabe que no eran una empresita privada, que traficaban por cuenta ajena—. Los que se escandalizaron con una Sandra de barrio, presenciaron más tarde la degradación de un Héroe de la República; asistieron a la primera huelga de putas, cuando les negaron la entrada a la (Pu)Tasca, a menos que fueran acompañadas por su Pepe; asistieron a la insurrección de Cojímar, al hundimiento del buque Trece de Marzo, a las reyertas tumultuarias en el Maleconazo, convertido después en astillero espontáneo por quienes se echarían a la mar sobre cuatro tablas y una esperanza. Verían incluso a José Martí abochornado, agachando la mirada en los billetes de a peso, ante la socarrona sonrisa de George Washington.

Del barullo original sólo recuerdo hoy con nitidez el rostro de una muchacha al mismo tiempo procaz e intimidada por la grabadora, mientras los dedos de sus manos improvisaban un repiqueteo, casi guaguancó,  en los brazos del butacón. Y también recuerdo aquella fría noche de noviembre cuando salimos del Comité Central a la Plaza de la Revolución desierta (o a la Plaza desierta de la Revolución, como quieran). Ni antes ni después he sentido, como aquel día, el privilegio de pertenecer a un equipo. La palabra “compañeros”, maltratada y manoseada a su pesar, recuperó esa noche su auténtico calibre.

 

2007 (Inédito)

 





El descontento fértil

5 10 2006

Circula por la red, con fecha 23 de septiembre, una «aclaración necesaria a instancias pertinentes y amigos locales», firmada por Desiderio Navarro, para poner en conocimiento de los destinatarios lo ocurrido «al cabo de 35 años de Criterios«. Se refiere tanto a la revista como al centro homólogo.

Todo el que esté familiarizado con la cultura cubana conoce la pertinaz labor de Desiderio como divulgador de las nuevas corrientes del pensamiento, especialmente, pero no exclusivamente, en el campo de la Teoría de la Literatura y el Arte. En sus inicios, allá por los setenta, se adentró en el bosque idiomático del pensamiento sociocampestre, aquel que circulaba en el, por entonces, Campo Socialista, y, paulatinamente, sus ecosistemas teóricos se han diversificado.

Primero, fue la revista Criterios, que ya lleva más de 30 números publicados. Hace tres años, el gobierno accedió a que fundara el Centro Teórico-Cultural Criterios, aunque, tal como dice en su carta, «desde hace años Criterios no recibe financiamiento estatal», «la revista, interrumpida nuevamente desde 1994, pudo reanudar su existencia en el 2002 sólo gracias a las sucesivas becas que me ha concedido la Fundación Príncipe Claus de Holanda», agrega.

Desde hace meses se le ha prohibido aceptar donaciones de instituciones estatales europeas y ha debido rechazar una ya concedida por el Instituto Goethe, gracias a lo cual el centro sigue sin sillas ni estantes para los libros. Por si fuera poco, «años atrás se me informó que todas las reservas de los números de Criterios hasta el nº30 ‘fueron robadas de una vez’ del almacén de la Casa de las Américas, y, años después, se me informó que prácticamente casi todos los ejemplares —varios miles— de los números 31 y 32, y las antologías de Pavis e Intertextualité ‘habían sido destruidos, tiempo atrás, por una inundación’ en el almacén de la UNEAC», a lo que se suma un «prolongado silenciamiento mediático de sus ediciones y actividades», «la no concesión de un ISBN», etcétera.

Es asombroso cómo se han conjurado contra Desiderio el clima y los ladrones que, como las jineteras, son los más cultos del mundo, dado su botín de Semiótica y Teoría Literaria. En el resto de este embrutecido planeta, son otros los papeles impresos que seducen a los cacos.

Aun así, Desiderio Navarro ha persistido en divulgar el pensamiento teórico universal, porque, según él, los cubanos «tienen derecho (…) a ser revolucionarios o socialistas o marxistas no por ignorancia, por forzoso desconocimiento de todo lo demás, sino, como yo, justamente por el máximo conocimiento posible de lo que ocurre en el pensamiento en escala mundial».

Los policías de la cultura

En su carta, Desiderio expone con suma claridad que en los setenta la represión no fue contra los homosexuales, los católicos u otras minorías, sino contra cuerpos de ideas alternativas al Pensamiento Único, incluso (claro agravante desde una lógica perversa pero implacable) aunque fueran comunistas («como era mi caso», aclara). Razón por la cual, «para Criterios y Desiderio» el quinquenio gris ha devenido tres decenios negros.

Y arremete contra los policías de la cultura, aunque aclara que nunca han actuado como identidades personales, sino que han cumplido una «función político-cultural». Función que alguien (a quien Desiderio, desde luego, no menciona) les ha asignado. El autor de la carta sabe que el jugueteo con la cadena no debe nunca extrapolarse al mono.

En un interesante anexo, comenta su alegría por el encuentro entre el ministro de Cultura cubano, Abel Prieto, y Yousef Mamad Al-Darwish, vicepresidente del Consejo Nacional para la Cultura, Arte y Patrimonio de Qatar, distinguiendo «claramente entre la cultura qatarí y el gobierno», al ser ese país un socio predilecto de Estados Unidos en el Medio Oriente. Y se extiende en explicar lo que en sociedades plurales todo el mundo conoce: las ayudas que ha recibido de instituciones europeas, jamás condicionadas a contenidos preseleccionados ni fervores impuestos; la relativa independencia del gobierno central que detentan las instituciones, y el hecho de que en las subvenciones a la cultura, quien paga no compra productos a medida y contra reembolso.

En Encuentro lo sabemos perfectamente. Aducir que en la cultura «quien paga, manda» es un argumento muy peligroso en boca de las autoridades cubanas, en un país donde el único patrón de la cultura es el gobierno, de lo que se deduciría que sólo acepta una recua de «asalariados dóciles al pensamiento oficial (…) ‘becarios’ que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas», en palabras del Che. Acusación indiscriminada que la actuación del propio Desiderio se encargaría de desmentir.

¿Cómo entonces emplear un sistema métrico para calibrar las acciones del otro, y romper la regla cuando se trata de calibrar las propias? Ese es el tipo de lógica interesada a la que el fundador de Criterios se resiste, no sólo ahora, cuando defiende su derecho a financiar su acción cultural, sino incluso cuando, en su día, se diseñó la política de acusar a Encuentro no por sus contenidos, sino por sus fuentes de financiación, y él se opuso, no porque esté —como comunista ferviente— de acuerdo con nuestro proyecto, sino por pura lógica.

¿Por qué «algunos compañeros» «proyectan [hacia] otros países el carácter monolítico (…) de nuestra organización política»? Es en esta pregunta donde resbala, como el patinador sobre hielo frágil, la lógica de Desiderio. No se trata de que ignoren la diversidad de los gobiernos e instituciones en democracia, sino que, de nuevo, repiten la consigna, cumplen sin rechistar la «función político-cultural» que alguien les ha encomendado. Abel Prieto o Fernández Retamar —quien recibe en Casa de las Américas donaciones norteamericanas— conocen tan bien o mejor que Desiderio las instituciones occidentales por cuyos vericuetos se mueven con soltura de taxistas. Es un insulto a sus inteligencias (y a las nuestras) pensar que extrapolan el modelo monárquico cubano.

Un exceso de buena fe

Desiderio exclama que «si alguna institución cultural estatal europea (…) abre un boquete en el bloqueo, nuestra tarea (…) no es convertirnos en los diligentes albañiles del autobloqueo, sino (…) demostrarle al mundo que (…) no tomamos a la cultura como rehén en los conflictos políticos». Y uno no sabe si es ingenuidad selectiva o sabichosería cubana de decir en tono de proclama lo que conocen perfectamente quienes dictan la consigna. Obviamente, desconocer que los albañiles del autobloqueo han dictado durante casi medio siglo las políticas hacia todo lo que existe del Malecón hacia fuera es, en el mejor de los casos, un exceso de buena fe.

Y es también una curiosidad ideológica que Desiderio continúe declarándose un comunista convencido, al tiempo que un defensor de la multiplicidad del pensamiento, conociendo que, en la práctica, todos los modelos de comunismo han aplastado sistemáticamente cualquier forma de pensamiento alternativo —especialmente los de los comunistas, más fáciles de exterminar que de rebatir—, esterilizando cuidadosamente las historias de las ideas y masacrando las bibliotecas. Más curioso aún en Cuba, donde la ideología es apenas una herramienta multiusos al servicio de la política inmediata, de modo que la memoria ideológica puede ser trucada, editada, borrada y reescrita con las facilidades de un buen procesador de texto. Hasta los dioses ingresan, de acuerdo con la temporada, en las UMAP o en el Partido, sin necesidad de declararse ateos, materialistas y dialécticos.

¿Será porque Desiderio Navarro es un teórico? Resulta obvio que con los presupuestos teóricos del marxismo (y con los del cristianismo, del budismo o con la Declaración Universal de Derechos Humanos) puede edificarse un comunismo democrático, libertario, participativo, justo, equitativo y feliz. También es mínimo el enroque de cromosomas que requiere trocar un animal de cuello interminable por uno de cuello corto, un herbívoro por un carnívoro carroñero, una giraffidae por una hyaeninae, pero, a pesar de la insignificante distancia genética, el primero es una jirafa y el segundo, una hiena.

El modus operandi del poder

Desiderio termina su carta con una (no tan) velada amenaza: «Espero que para todo el mundo resulte claro que si trasladara la labor editorial de Criterios a otro país es porque habría sido obligado a ello». Posiblemente se trate de un modo terminal de solicitar un balón de oxígeno para continuar sumergido en su trabajo sin ahogarse, y quizás el gobierno concluya que más vale Desiderio en mano que semiótico volando, o que cerrarle completamente el cuadro y nutrir la cantera para el próximo crecimiento de la disidencia.

Quizás pueda seguir en la Isla, ocupando su espacio en la cultura cubana. Se lo deseo de todo corazón. De cualquier modo, sea cual sea la respuesta del gobierno, de la carta se trasluce que, efectivamente, los cubanos sólo tienen derecho a ser marxistas por forzoso desconocimiento de todo lo demás, de ahí que el menú ideológico conste de un solo plato; que la cultura cubana está diseñada como rehén en los conflictos políticos y es apenas una actividad subalterna al servicio del poder. No es nada nuevo. Cuando Nicolás I visitó la Universidad de Moscú, tras conversar con los mejores estudiantes, dijo: «No preciso inteligentes, sino obedientes». Y Pushkin fue su intento fallido de domesticación.

También es muy instructiva la carta en cuanto al modus operandi del poder: ahoga por falta de recursos, desata lluvias implacables dentro de los almacenes y monta un Círculo de Lectura con los ladrones, cataloga los dineros por su origen (no por su destino) y proclama la casta de los intocables. Si fuera necesario, pasaría a mayores sin dudarlo.

Hoy, cuando se aproxima un cambio que requerirá echar mano a todos los activos humanos de la nación, si los herederos de Fidel Castro deciden pensar en el país y en su propia cuota de poder, al menos en proporciones equivalentes, no les vendría mal recordar una carta de Piotr Kapitsa a Jrushov, enviada el 12 de abril de 1954: «El estímulo principal para cada creación es el descontento con lo existente (…) Las personas activamente descontentas son intranquilas y su carácter no les permite ser borregos obedientes».

Aunque sea por mero pragmatismo, deberán considerar que en la era del I+D, la ganadería caprina es escasamente rentable.

“El descontento fértil”; en: Cubaencuentro, Madrid, 5 de octubre, 2006. http://www.cubaencuentro.com/es/encuentro-en-la-red/opinion/articulos/el-descontento-fertil/(gnews)/1160020800





Abel después de Caín

2 06 2005

Estimado Abel Prieto:

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día en que Sergio Corrieri, en la Unión de Escritores, nos dijo francamente que si tú eras elegido por la membresía como delegado al congreso, el Partido te propondría como próximo presidente de la UNEAC. La concurrencia captó de inmediato la indirecta y la palabra de Corrieri se hizo presidencia, como en los mejores pasajes de La Biblia.

Veníamos de una Unión de Escritores de clientela fija, donde durante años se dispensaron favores y fervores desde el mostrador a parroquianos y ambias. De modo que tu ascenso, a pesar del método democrático («en silencio ha tenido que ser»), despertó por igual, en tiempos de Perestroika, los recelos de la parroquia habitual y las esperanzas de la infantería. No siempre infundadas. No siempre fundadas.

Es cierto que cambiaron algunas cosas y que por un momento creímos ver en el presidente de la Unión de Escritores no sólo a un cuadro del Partido para el control y administración del personal cultural, sino también al representante de los escritores y artistas. En ciertas ocasiones, incluso, defendiste tus posiciones ante el Escritor en Jefe, y hasta le enmendaste la plana. Aunque supieras siempre dónde quedaba el borde de la carretera y empezaba la cuneta. Algo esencial, dada la accidentalidad política que hay en Cuba.

Por entonces hablaste de aperturas e inclusiones, de tolerancia y diálogo, de flexibilidad y libertades, aunque todo haya terminado apenas en una estatua de John Lennon, que debe ser vigilada para que no pierda los espejuelos y lo truenen por considerarlo un acto voluntario para no ver dónde ha caído.

Siguiendo la máxima del día —a enemigo que huye, puente de plata—, concediste a muchos el pase a bordo para irse a soñar con la glasnost a orillas de otros mares, evitándoles al menos el calvario de sus antecesores en la huida. Abriste espacios, atento, eso sí, a que no se desbocaran, porque, como se sabe, la extensión ideológica de nuestra Isla es limitada y basta una zancada larga para salirse de los límites. Y sobre todo, en contraste con los sargentos de la cultura, no olvidaste al ensayista y al narrador que llevabas en la trastienda y mantuviste un discurso civil en una lengua franca que entendíamos.

Sacerdocio irreversible

Pero las servidumbres del poder son implacables. Liman las virtudes como esmeril del ocho. Comentan que has estado enfermo, incluso que has enfermado de poder e intentado dimitir; pero te enrolaste en una tripulación que no admite deserciones. Cuando se sirve a un Dios omnívoro y omnímodo, el sacerdocio es irreversible. Aunque se hagan votos de fe, abandonar los hábitos es herejía, y ser excomulgado en un Estado confesional es peor para la salud que el tabaco, aunque la cajetilla del cargo no lo advierta.

Te deseo sinceramente que recuperes la salud, incluso la política, aunque de lo segundo me quedan pocas esperanzas. Me temo que tus palabras recientes en Madrid sean síntomas irreversibles, terminales.

Una cosa, Abel, son esas mentiras, promesas incumplibles, adulaciones huecas y fervores plásticos que todos los políticos pronuncian sin ruborizarse, y otra muy diferente es tratar como imbéciles al personal a golpe de patraña, o alcanzar la infamia afirmando que Raúl Rivero y los otros disidentes «hubieran sido asesinados en la cuneta en otro país».

¿Por qué no reconocer que en otro país Raúl Rivero y sus compañeros habrían ejercido la oposición y el periodismo sin sobresaltos? ¿O Cuba ha caído tan bajo que debemos vanagloriarnos de pasar menos hambre que en Rwanda y asesinar menos periodistas y opositores que en Colombia?

Si no fuera infame, esa afirmación sería francamente patética. ¿Cómo se puede afirmar sin rubor que en Cuba Cabrera Infante no ha sido prohibido, que consta en los diccionarios y en las bibliotecas públicas? ¿No habría sido más elegante reconocerle el carácter de antagonista político y sus méritos literarios, sin mayores apostillas?

A veces el silencio es muy recomendable, Abel. No se puede hablar impunemente de Cuba como plaza sitiada en «guerra terrible» contra Estados Unidos, primer suministrador de alimentos de la Isla, cuando el propio Fidel Castro ha reconocido la utilidad política del embargo; y menos tildar a los 75 de la primavera de 2003 como agentes extranjeros, habiendo sido publicadas las actas de los juicios, documentación para la próxima historia universal de la infamia.

¿Era necesario, además del escarnio a que fue sometido, mancillar la memoria de Heberto Padilla, un poeta más merecedor del Premio Nacional de Literatura que muchos a los que has agraciado con el Gordo de la Lotería Literaria? ¿O tildar de «ignominioso» a Gastón Baquero, uno de los grandes poetas cubanos de todos los tiempos, quien murió sin rencor en Madrid, memorando lo que nos une, obviando lo que nos separa? ¿Cómo se puede asegurar que en Cuba no existe el delito de opinión cuando está explícitamente recogido en la Ley Mordaza, o que «el nuevo escenario cultural no excluye a los disidentes», sin aclarar que te refieres a los talleres literarios que se celebran en el Combinado del Este?

¿Canon o censura?

Hablar de que no existe censura en la Isla, sino un «canon literario cubano», es tan cínico que roza lo ingenioso. Tenemos que reconocerlo, Abel, en Cuba el arte del eufemismo ha alcanzado un grado de virtuosismo que no se veía en esta lengua desde el Siglo de Oro: la crisis se llama Período Especial, a un Estado monoteísta y confesional se le llama democracia participativa (sin aclarar que sólo uno participa), la censura es canon, los disidentes son agentes y los agentes son héroes, el picadillo es «enriquecido» (no con más picadillo) y la masa cárnica es «ampliada» (no con más carne).

Ahora nos ofreces la noticia, Abel, de que en Cuba han logrado separar el talento de la política. Si te refieres al canciller cubano y otros talibanes de su camada, me alegra que coincidamos. Pero no. Tu buena nueva es que en la Isla a los creadores no se les juzga por sus ideas políticas; es decir, que ahora «dentro de la revolución, todo» y «fuera de la revolución», todo también. Deberías comunicar la primicia no sólo a los madrileños, sino a los habaneros. Y diles también que «la cultura cubana se ha recuperado de la crisis», aunque ahora mismo no recuerdo cuándo anunciaste que estaba en crisis. En eso el diccionario de la RAE es categórico: no se puede salir de un sitio sin antes haber entrado.

Es curiosa tu afirmación, Abel, de que existe una «censura literaria» que prohíbe a Zoè Valdés no por razones políticas, sino de calidad. En ese caso, imagino que los censores literarios, antes de pasar por sus filtros a los escritores de allende los mares, hayan practicado con los del patio. Por eso, tras revisar en mi memoria muchas ediciones Manjuarí y Contemporáneos, por ejemplo, me inclino a sospechar que se trata de libros apócrifos publicados por la mafia de Miami para desacreditar la solvencia estética de los censores cubanos. E incluso, que los nombres de algunos autores que se repiten en la bibliografía de la Isla no sean sino seudónimos de agentes de la CIA echados a rodar por el Imperialismo.

Perdona si tiro a relajo algunas de tus afirmaciones, Abel, pero es que a veces me da la impresión, por los discursos de los funcionarios cubanos en Europa, que no son suficientes las nueve horas de vuelo para percatarse de que han arribado a otra realidad, que los noticiarios y los periódicos aquí escarban la noticia desde diferentes perspectivas, que no existe un Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) que tamice las noticias aptas para todos los públicos, y que la gente tiene acceso libre a Internet, no sólo a una intranet perfectamente esterilizada.

Al hablar ante un público libre, Abel, hay que ajustar el calibre de las mentiras. No se le puede aporrear con la misma retórica que a una audiencia cautiva. Quizás por esa razón Joaquín Sabina, que jamás se ha atenido a la consigna, hizo mutis por el foro a mitad de tu intervención.

La generación de la retórica hueca

Comprendo, Abel, que el poder exige inexcusables servidumbres. Incluso comprendo que los cubanos de nuestra generación, que crecimos aceptando como natural una retórica hueca, practicando la doble moral, estableciendo compartimentos estancos para la verdad íntima y para la pronunciable, podemos adaptarnos mejor a esa política adivinatoria, meteorológica, donde la tasación del político depende de su capacidad para predecir con un buen margen de antelación los deseos inconfesos del amo. Más preparados, desde luego, que la generación adulta en 1959, que venía de una tradición republicana, habituados a ser dueños de sus ideas, rebelarse si les castraban sus derechos, asumir las consecuencias de sus actos y ganarse la vida por su cuenta y riesgo.

Quiéraslo o no, Abel, a nosotros nos criaron como animales de granja. Y cualquier vaquero te confirmará que es más fácil ensillar a un potrico de batey que a un caballo salvaje de los que había en Cayo Romano antes que se inundara de turistas importados.

Aun así, no logro alejar esta tristeza letalmente mezclada con una buena dosis de lástima, ni la idea de que la literatura cubana está sufriendo cuantiosas bajas: tras Benítez Rojo y Cabrera Infante, quien firmaba sus crónicas cinematográficas como Caín, se nos está muriendo Abel. Al menos el Abel que un día conocimos.





Ser cubano, ¿o no?

17 05 2005

Como decía Theodor Heuss, “cada pueblo tiene la ingenua convicción de ser la mejor ocurrencia de Dios”, y los cubanos no somos la excepción, sino casi la regla. Si los norteamericanos se vanaglorian de sus inventos, nosotros nos jactamos de estar, multitudinaria y permanentemente, “inventando”. Frente al humor inglés, el relajo criollo; sabrosura vs. sex apeal; guara vs. charme; estar en talla vs. glamour; agilidad mental vs. pensamiento abstracto —como bien decía el cura español recién llegado a la Isla, cuando él pronunciaba “Dios te salve, María”, ya los cubanos estaban “entre todas las mujeres”—. Más astutos, simpáticos, calientes, ingeniosos y creativos que el resto de la humanidad, incluso los cubanos que desconocen las ciencias jurídicas se pasan la vida “legislando”.  Y ya que somos su mejor ocurrencia, el Creador lleva casi medio siglo estimulando no nuestra huida, sino nuestra persistente invasión al resto del planeta donde toda la especie aguarda impaciente por la oportunidad de parecerse a nosotros.

Ser cubano es algo más difícil de definir que ser “natural de la Isla de Cuba”. Hay cubanos nacidos en Oklahoma o Sebastopol; y noruegos de Coco Solo. Hay cubanos desteñidos, rellollos y cubanazos, el doble nueve de la cubanidad.

La complejidad y pluralidad semántica contrastan con el pedigrí del término, porque hace dos siglos existían apenas los protocubanos en estado embrionario, y Cuba, en tanto que nación, quedaba aún a  un siglo de distancia.

Ser cubano no es fácil de definir, pero es fácil de percibir: ninguno intentará disimular su nacionalidad. Por el contrario. Algunos lo confirman con el mismo énfasis que otros emplean para anunciar un máster en Harvard o el doctorado. El chovinismo del cubano es exotérmino: capaz de echar rodilla en tierra para defender los mangos del Caney, la playa de Varadero y las virtudes del personal, tan pronto desaparece el allien, no duda en reconocer (inter nos) que “este país es una mierda” y “si por mí fuera me iría mañana mismitico para la Conchinchina”. Basta recordar que en tiempos recientes dos millones han pasado de las palabras a los hechos.  Pero el cubano no emigra solo, como el resto de los humanos. Se lleva su país, una patria más portátil, y cuida sus nostalgias como a un animal doméstico.

Más pequeño y menos poblado que La Florida, el archipiélago cubano alcanza, en la mitología, dimensiones de potencia mundial, incluso en los dudosos privilegios de sus defectos. Como si los excesos del lenguaje compensaran los déficits de la geografía y de la historia. A pesar de que los cubanos están dispuestos a gritar por su patria, pocos se sienten tentados, como otros pueblos elegidos, a matar por ella (y menos aún a que los maten). Entre otras muchas razones, eso explica que al mayoral de la finca le hayan advertido: Cuando te mueras, avisa.

Ser cubano no es más ni menos que ser australiano, chileno o griego. Y aunque hay cubanos vocacionales, cubanos profesionales y cubanos amateurs, la mayoría somos cubanos involuntarios, con frecuencia crónicos. Los planes de reeducación no suelen dar resultado.

¿Cómo se conjuga este patriotismo con la epidemia trasnacional de los últimos años? ¿Por qué cientos de miles de compatriotas andan a la caza de una bandera de repuesto que cobije su futuro?

Parecería que basta explicar las razones del éxodo cubano del último medio siglo para responder las preguntas anteriores. Pero no es exactamente así.

Durante la república, la Constitución de 1940 estipulaba cuándo se era cubano por nacimiento y cuándo por adopción, cómo se podía recuperar la nacionalidad perdida, los cinco años de residencia continua que necesitaba un extranjero para obtenerla, los dos años de matrimonio o el matrimonio con hijos, y siempre renunciando a otra nacionalidad previa. También se explicaba que adquirir ciudadanía extranjera conllevaba la pérdida de la cubana, como servir militarmente a otra nación. Y que podrían perder la ciudadanía aquellos naturalizados que cometiesen ciertos delitos o marcharan más de tres años a su país de origen.

Cientos de miles de inmigrantes, especialmente españoles, dejaron caducar sus pasaportes, sus ciudadanías, y adquirieron la cubana. Pocos fueron los cubanos que emigraron, y menos aún los que cambiaron de nacionalidad.

La Constitución de 1992 es mucho más vaga que la de 1940, pero advierte que “los cubanos no podrán ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas” y que “no se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana”. En la práctica, como puede verse en la página oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores, violando su propia constitución, el Estado cubano establece que “con la excepción de aquellos que emigraron antes del 31 de Diciembre de 1970”, toda persona de origen cubano, aunque haya adquirido otra nacionalidad, deberá viajar a la Isla con pasaporte expedido por Cuba, renovable cada dos años, que puede comprarse en los consulados correspondientes a un precio de 185 euros, cuando un pasaporte español válido por diez años cuesta 16, por ejemplo. Como se observa, las disposiciones del MINREX son más rentables que la Constitución.

Las razones del éxodo que ha convertido a Cuba de país receptor en país emisor, son bien conocidas. Otras migraciones tienen lugar cada día entre el sur y el norte del planeta, pero no siempre son irreversibles. Muchos viajan a Europa, Arabia Saudí o Estados Unidos con el propósito de levantar un pequeño capital que reinvertir más adelante (o al mismo tiempo, por medio de sus familiares) en sus países de origen. Ese emigrante no busca otra ciudadanía, dado que su perspectiva a largo plazo cuenta con las ventajas que le otorga la suya en su propio país.

 

(Ser cubano, ¿o no?   [2.23436e-07, Tue, 17 May 2005 00:00:00 GMT]  http://arch1.cubaencuentro.com/opinion/20050517/af7316d0c8ddd9315d41b2712b1822ff/1.html)

 





¿A las armas corred?

2 05 2005

La lectura del Diario de campaña (1868-1998), de Máximo Gómez, depara no pocas sorpresas, producto del efecto pinza entre malos maestros y perversos planes de estudios, que han conseguido dotar a la historia patria de la misma textura que un cómic de superhéroes y supervillanos.

Se conoce la extrema crueldad de aquellas guerras de independencia: la compasión y la clemencia no pecaron de excesivas en ninguno de los bandos, los odios terminaron de cocerse en la olla de Valeriano Weyler, el país arrasado por la tea; de modo que a la salida de 1898, no había familia en Cuba que no anduviera recontando sus muertos y sus ruinas. A pesar de ello, o quizás por lo mismo, se insiste (desde todos los bandos) en mitologizar a próceres militares y políticos mambises, a la República en Armas y a la emigración que sufragó la guerra, como seres impolutos, teñidos de una pieza con los colores de la independencia.

Máximo Gómez presenta, en cambio, junto a las abrumadoras dosis de sacrificio y heroicidad de los cubanos, un campo insurrecto plagado de indisciplina, caudillismos locales y nacionales, el continuado quebranto de la propia ley republicana, el divorcio, y con frecuencia la franca enemistad, entre el gobierno civil y los mandos militares, la falta de medios para el combate, alimentos, ropa.

Hay tropas exhaustas que se enfrentan diariamente al ejército español en una guerra cuya intensidad y pérdidas humanas pueden sobrepasar en un par de meses a todas las acciones emprendidas por Fidel Castro, desde el Moncada al primero de enero de 1959. Pero también hay quienes sólo se baten en su territorio y desoyen al general en jefe cuando les ordena acudir a donde los necesitan, u ocurre que «como parece definida o resuelta la independencia de Cuba, por los cañones americanos; con mucha más razón nadie desea ya batirse, ni en su propia localidad» (Máximo Gómez; Diario de Campaña (1868-1899);Universidad de Oviedo, Oviedo, 1998, p. 188).

Unidades que se entregan a los españoles acogiéndose a la solución autonomista, y que incluso vuelven sus armas contra los mambises. Unidades obligadas a huir por todo combate al carecer de municiones. No pocas veces el Generalísimo duda de la capacidad de sus fuerzas para alcanzar el triunfo. Y no hablamos de 1878, sino de 1897 y 1898.

Nos presenta, en suma, un ejército incapaz de derrotar en toda regla al español, mientras este, a su vez, dilapida sangre y dineros en conservar las ciudades y desplazarse entre ellas sólo en grandes contingentes de tropa, sin la perspectiva de sofocar la rebelión.

Materia prima del presente

Dado lo anterior, no es raro que Gómez y sus generales solicitaran fervorosamente la intervención norteamericana, tanto como los políticos y, especialmente, el lobby cubano en Estados Unidos. Este último echó mano a todos sus recursos hasta conseguir la intervención y, al unísono, la aprobación de la Enmienda Teller, que consagraba el derecho de Cuba a la independencia. «Todos sus recursos» significa que la República de Cuba estuvo pagando a plazos, hasta la década del treinta, los sobornos a algunos congresistas norteamericanos que votaron aquella enmienda.

La historia oficial cubana suele repetir que la injerencia norteamericana se produjo cuando la guerra estaba ya perdida para los españoles, que se hizo contra la voluntad de los mambises, y que sólo por una suerte de milagro la Isla no fue anexada. Incluso personas instruidas repiten ese axioma como una verdad revelada, sin necesidad de pruebas. Pero por entonces sólo hubo dos grupos de cubanos que se opusieron a la invasión: los españolistas y los autonomistas, nunca los insurrectos.

Los libros de texto llegan a ejercer de médiums para que se expresen los muertos: dan por hecho que Martí y Maceo se hubieran alineado junto a los españoles para combatir la intervención norteamericana, es decir, para combatir por que Cuba continuara siendo una colonia. Cuesta imaginar a Maceo bajo las órdenes de Weyler y a Martí acatando dictados del ministro Moret. En sus expresiones más extremas, cierto antiimperialismo cerril pasa de la estupidez a la indecencia.

No es posible reescribir la historia, pero sí emplearla como materia prima del presente.

Aunque en 1898 gozaba de buena salud el principio de la no injerencia y cualquier intervención extranjera era un agravio, alcanzado un punto muerto en el curso de la guerra, los independentistas cubanos supieron anejarse la ayuda imprescindible para conseguir su propósito con la mayor economía de sangre y destrucción, y librar más tarde a la República del abrazo de ese amigo poderoso con apenas un rasguño de Platt en la espalda.

Visto lo anterior, ¿podría reeditarse la historia? ¿Sería una intervención norteamericana la vía más expedita e incruenta hacia la democratización de Cuba?

Alrededor de este tema se mueven varios conceptos: la soberanía absoluta y la soberanía relativa, sujeta a la legalidad internacional; la democratización desde adentro y la importada; el principio de no intervención y la extraterritorialidad que se sustenta en la globalización, la inviolabilidad de la soberanía nacional y la inviolabilidad de los derechos humanos fundamentales; la legalidad que dimana de las instituciones internacionales, la que representan los gobiernos nacionales y las acciones unilaterales e impunes de los países poderosos (Estados Unidos en Irak, Rusia en Chechenia, China en Tibet).

Dos factores condicionantes de la política internacional contemporánea son la visibilidad y su complemento: la sociedad civil globalizada. Si hace poco más de medio siglo podían practicarse genocidios y masacres sin despertar a la opinión pública, hoy los satélites detectan las fosas comunes en Bosnia y circulan por la red tanto los torturadores como los terroristas de Irak.

Teoría y realidad

Así, cuando aparecen zonas de silencio vedadas a los medios (las cárceles cubanas, por ejemplo), el público sospecha lo peor. Ha crecido, además, una sociedad civil globalizada no sólo en su militancia extraterritorial sino en sus preocupaciones, que rebasan lo gremial y lo local, incluso lo nacional, para hacerse portadora de inquietudes planetarias y constituir un pullde poderosos movilizadores de la conciencia mundial.

Gracias a esa visibilidad y a su resonancia en la sociedad civil, asistimos a la paulatina derogación de la soberanía nacional como principio inviolable, en favor de una legalidad internacional que se fundamenta en el respeto a los derechos humanos fundamentales. Si los gobernantes de una nación emplean el mandato concedido por (o rapiñado a) sus gobernados para lesionar sus derechos, garantizando por la fuerza que esos gobernados estén inermes frente al abuso, la comunidad internacional (esa suerte de entelequia) puede actuar en nombre de los ofendidos y restablecer sus derechos por la fuerza.

En teoría suena bien. La tal comunidad internacional pudo detener en sus albores la matanza de Rwanda, interceder en Chechenia, Somalia, Etiopía, Congo, Chile, Argentina, Líbano, Palestina. Pudo. Pero, por un lado, no siempre la repulsa internacional tiene que convertirse en acción militar (a veces innecesaria) y, por otra parte, a falta de algo mejor, aceptaremos que las Naciones Unidas es lo más parecido a esa «comunidad internacional»: un organismo que dista mucho de actuar con absoluta equidistancia e imparcialidad, y escasamente dotado para ejercer su papel de «pacificador» mundial, en buena medida, porque sus socios más poderosos se niegan a concederle esa capacidad.

De modo que, en la práctica, hay «intervenciones humanitarias» posibles (Haití, Bosnia) y cotos privados de las grandes potencias. Aun así, existe una suerte de consenso en la sociedad civil internacional y en buena parte de la clase política, que concede a la ONU el derecho a legitimar acciones de esta naturaleza, y hasta el momento sólo lo ha hecho en condiciones de inminente catástrofe o genocidio. Gracias a la cuidadosa dosificación represiva del castrismo, difícilmente Cuba sea incluida en esa categoría.

La opción improbable

De modo que una subversión externa del status quo cubano tendría que deberse a una intervención (norteamericana en todo caso) no santificada por la ONU. Algo bastante improbable por varias razones: no es un reclamo de los votantes cubanoamericanos; la Isla no es un peligro para Estados Unidos ni un apetecible surtidor de materias estratégicas; en caso de derrumbe drástico, un tsunami de refugiados podría alcanzar las costas de la Florida, además de la oleada de antinorteamericanismo que desataría el filocastrismo residual en América Latina y Europa, por no hablar del costo propiamente militar, posiblemente equidistante, entre la Numancia que sueña Castro y el US Army Tour que vaticinan los promotores de la libertad por cuenta ajena.

La única circunstancia en que una intervención podría ser, más que probable, inevitable, sería en caso de que Fidel Castro decidiera, llegados sus días finales, hacerse acompañar por todo su pueblo, y, amparándose en cualquier pretexto fútil, atacara a Estados Unidos para provocar una respuesta con muchos fuegos artificiales y música de Wagner. Ya se sabe que siempre ha sido un hombre del espectáculo.

Obviemos, no obstante, su improbabilidad y consideremos la hipótesis de que Estados Unidos estaría dispuesto a lanzar una invasión a instancias de los cubanos. Primero: ¿qué cubanos? Segundo: ¿sería ético solicitarla? Y tercero: ¿sería apetecible?

En 1898 todos los independentistas estaban de acuerdo en solicitar la intervención, que podría ahorrar mucha sangre cubana. En esta ocasión, ¿ocurriría lo mismo? Difícilmente. Ni las bombas inteligentes son tan inteligentes, ni los marines serán abrumadoramente recibidos con pétalos de rosas. De modo que, en todo caso, serían los cubanos de la Isla los llamados a solicitar una invasión, y asumir más tarde el coste político de ese reclamo.

Claro que es más fácil solicitarla mediante llamada local, desde Washington. Pero, ¿sería legítimo? ¿Quién puede hablar en nombre de los cubanos de la Isla? ¿Quién está facultado para solicitar las bombas que caerán sobre otros?

Vale la pena recordar que en 1898 la presencia norteamericana dejó como saldo mejoras estructurales en las ciudades e incipiente organización para la vida republicana, modernización y humillaciones, devociones y rencores. Y no es menos cierto que la Enmienda Platt fue el mando a distancia de la República, que otorgaba la capacidad a Washington para cambiar de canal; pero quizás también salvó a Cuba de sumirse en una espiral de guerras civiles, miseria y cuartelazos, como sus hermanas del continente.

Visto lo anterior: ¿sería apetecible una intervención norteamericana? Tras medio siglo de antinorteamericanismo doctrinal, una intervención, por muy quirúrgica e indolora que fuese, sentaría tras su rastro las bases para otro medio siglo de mala vecindad. Puede que sofocara las trifulcas entre facciones por el poder, pero no permitiría la libre floración de instituciones que emerjan del propio país, eso sin contar con que el interventor se verá tentado a disponer el tablero político de acuerdo a sus intereses, no necesariamente a los de Cuba. Y aunque no está terminantemente probado por la ciencia, puede que para implantar la democracia sea necesario hacerlo con tejidos del propio organismo. Hay cirugías sociales que dejan secuelas pavorosas.

Paradojas de la historia

Curiosamente, mientras de un lado hay quienes piensan en las ventajas de una nueva intervención, un nuevo 98, del otro lado, en Cuba, Raúl Castro rinde homenaje al almirante Cervera, aquel honrado y obediente militar que, por no contradecir a los políticos de Madrid, dispuso a sus hombres para que la escuadra del general W. T. Sampson practicara el tiro al blanco aquel 3 de julio de 1898.

José Ramón Fernández, incombustible funcionario de Fidel Casto, llamó a los marinos españoles, en acto solemne, «víctimas del imperialismo», y Pascual Cervera, descendiente del almirante, ante los aplausos de las autoridades, lo calificó de «amigo del pueblo cubano». Quienes lo homenajean hoy parecen olvidar que de no ser «víctimas del imperialismo», sus cañones habrían asolado a los patriotas cubanos, ¿o disparaban los españoles andanadas de flores a los mambises?

En su delirio de reescribir la historia, los Castro, cuyo padre fue soldado en el bando colonial, parecen dispuestos a aplaudir a las armas españolas sobre la memoria de los cubanos muertos. Deberemos estar alertas. Ya el 18 de marzo de 1861, el general Pedro Santana Familia, presidente de República Dominicana, enjuagó la sangre de los patriotas y por propia voluntad devolvió el país, mansamente, a la corona española de Isabel II. A cambio, fue nombrado gobernador civil, capitán general de la colonia, senador del reino, teniente general de Los Reales Ejércitos y marqués de las Carreras. Y con esa manía que tiene la historia de repetirse…





El exilio travestido

9 08 2004

Hace muy poco, en estas mismas páginas, Michel Suárez, en un artículo titulado La prostitución del concepto de exilio, comentaba que ni españoles republicanos ni perseguidos por Duvalier, ni prófugos de Pinochet o Fulgencio Batista, pisaron de nuevo sus países de origen hasta que no desaparecieron las dictaduras correspondientes. En cambio, los cubanos que se venden como prófugos del castrismo para obtener residencia en cualquier otro confín, apenas reúnen los dineros necesarios ya están solicitando un visado para regresar a la Isla, luciendo en algunos casos cadenas de oro alquiladas, síntoma inequívoco de su recién contraída prosperidad.

Ellos prostituyen, según Suárez, el concepto de exilio, disfrutan de concesiones tan excepcionales como la Ley de Ajuste Cubano (a la cual, en propiedad, la mayoría no debería acogerse, al ser apenas emigrantes económicos) y hacen menos creíble, a los ojos de las autoridades migratorias de otros países, la causa de los cubanos que sí constituyen un exilio político.

En el caso que nos ocupa, los conceptos de exilio, diáspora o emigración no son una graciosa pirueta lingüística. Sirven para intentar definir, si es posible, qué somos los cubanos del outside, los que integramos la mayor diáspora de la historia insular: el 15% de la población vivimos fuera de nuestro país. Qué somos, en qué dosis y si todos somos incluibles en una misma categoría.

Obviamente, salvo contadas excepciones, los cubanos no somos desterrados. No se ha dictado contra la inmensa mayoría de nosotros esa condena, sino que hemos abandonado el país por voluntad propia, sean cuales sean las razones, aunque en una proporción tan desmedida, que perfectamente puede emplearse el término diáspora para definirnos, más aún dada nuestra dispersión. Y queda claro también que la inmensa mayoría somos migrantes, no emigrantes.

Nuestra estadía fuera del territorio insular no parece temporal ni cíclica, sino más o menos definitiva. Los sesenta, cuando los cubanos de Miami esperaban con las maletas hechas la inminente caída del comunismo para regresar, ya son historia antigua. El exilio ha durado tanto y Cuba ha sufrido un grado de demolición tal que pocos serán los que regresen en el primer vuelo del día después para reestablecerse.

De modo que, por el momento, somos una diáspora de ¿exiliados migrantes?, ¿migrantes a secas?, ¿exiliados?, ¿una mezcla de esas categorías?

 

El pretexto oficialista

En la página oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (www.cubaminrex.cu) puede leerse textualmente que «el término ‘emigración cubana’ es cambiante. Y si un día reunió en su mayoría a ex terratenientes, ex latifundistas, empresarios, terroristas y personeros del régimen de Batista y de la comparsa pseudorrepublicana, al paso de los años esa emigración fue incluyendo en su seno a otros sectores sociales producto de distintas razones».

Nótese que esta definición primera sólo habla de ex batistianos y oligarcas. Si ellos constituían la mayoría de esa primera diáspora, que englobó a casi un millón de personas, Cuba debía ser un país riquísimo y Batista debió contar con un apoyo enorme, factores ambos que contradicen los cursos de historia que se dictan en las escuelas cubanas.

Véase que el MINREX ni siquiera en ese primer éxodo reconoce un componente de adversarios políticos, a menos que se refiera a ello cuando menciona a «otros sectores sociales producto de distintas razones» (véase el pudor que yace bajo los términos «otros sectores» y «distintas razones»). Más adelante se afirma que «el cambio más notable se produjo en 1980, cuando llegaron a las costas de la Florida 125 mil ‘marielitos’, que desde entonces han cargado en sus espaldas con ese apellido, como un recordatorio por parte de la sociedad norteamericana de que los nuevos arribantes eran considerados distintos a sus predecesores».

Y algo similar dice más tarde el MINREX sobre los balseros. ¿Distintos? ¿Quiere decir peores? ¿De modo que en veinte años de revolución se generó una emigración cuya calidad humana era «peor» que la de aquellos primeros «oligarcas y esbirros de Batista»? Tampoco eso dice mucho a favor de la sociedad generada por la revolución.

El MINREX concluye que los cubanos «son parte del flujo migratorio internacional en búsqueda de mejores destinos económicos. Los [cubanos] residentes en Estados Unidos deben (…) abandonar la falsa imagen de que son un supuesto exilio político, para reconocer con valor que son otra minoría inmigrante en la primera economía mundial».

Y, efectivamente, hay un enorme componente económico en la migración cubana. Si Fidel Castro hubiera instaurado una dictadura respetuosa del libre mercado y de los derechos económicos de los ciudadanos, posiblemente el éxodo del primer decenio se habría reducido drásticamente. Tengamos en cuenta que Fulgencio Batista generó un éxodo infinitamente menor al de 1959. Si Cuba hubiera mantenido hasta la actualidad el ritmo de crecimiento económico de los cincuenta, aun cuando medio siglo de dictadura pesara sobre el país, no habría hoy, ni lejanamente, dos millones de cubanos dispersos por el mundo.

 

Despotismo y regreso

Y volviendo a la cita original del artículo citado, sí regresaron a España muchos exiliados antes de la muerte de Franco, sobre todo aquellos menos connotados políticamente, como también regresaron numerosos chilenos antes de que Pinochet cediera paso a un gobierno democrático. Las dictaduras que podan la sociedad hasta muy abajo, generan una emigración políticamente beligerante (y normalmente minoritaria) y otra emigración de afectados, reales o presuntos, y de ciudadanos atemorizados ante la perspectiva de convertirse en víctimas.

Basta que se suavice el grado de despotismo para que una parte significativa de ese éxodo pueda regresar. Si no ha ocurrido en el caso de Cuba un porcentaje alto de regresos definitivos, es por una serie de factores específicos que ponen en entredicho la categórica clasificación del MINREX: el grado de despotismo no ha disminuido un ápice, la intolerancia se ha convertido en barricada, las esperanzas primeras de una buena parte de la población se han desvanecido y Cuba es cada vez más pobre, algo muy diferente a lo ocurrido en España y Chile. Lejos de recuperar a su diáspora, al menos el 8% de los cubanos de la Isla ha manifestado su intención de engrosarla.

Si existe un marcado componente económico en nuestro éxodo, ¿qué indicios denuncian, además, otro carácter? Bastará comparar la migración cubana con la de cualquier otro país de su entorno. Si aceptamos la tesis del MINREX, el migrante cubano es comparable al espalda mojada mexicano o al magrebí que arriba a las costas de Cádiz, al migrante legal y al ilegal. Ese migrante es, por lo general, una persona de bajo nivel educacional, procedente de los sectores más desfavorecidos y dispuesta a ejercer oficios que en los países de acogida repudian sus nacionales.

Emigran sin pedir permiso a las autoridades de sus países y, en todo caso, solicitan visados de entrada a los países de acogida (salvo que emigren ilegalmente). Si son sorprendidos en el intento de emigración ilegal, no son sancionados ni por su país de origen ni por el de acogida. Una vez establecidos (legal o irregularmente) en sus países de acogida, los emigrantes pueden regresar al propio temporal o definitivamente —muchos sólo desean hacer un capital con el que montar un negocio en su país, convirtiéndose así en importadores de capitales—, pueden conservar su nacionalidad, obtener la del país de acogida o detentar las dos, de acuerdo con la legislación vigente en cada caso.

Al emigrar, ese ciudadano no pierde su casa o sus bienes en el país de origen, y en la mayoría de los casos preserva sus derechos ciudadanos, puede votar por correo y tener una participación en la cosa pública. Alguien que esté en otro país ejerciendo tareas profesionales para una empresa o para el gobierno de su país de origen puede, si lo decide, cambiar de trabajo y establecerse en el país de destino, sin ser por ello considerado traidor a su compañía o a la patria, e inmediatamente puede, obteniendo los visados correspondientes, traer a su familia. Y, en general, sea presunto migrante o no, un ciudadano de cualquier país puede solicitar visados de los países que desea visitar y una vez obtenidos, sin que medie una carta de invitación ni un permiso de salida otorgado por su gobierno, podrá viajar.

 

Huyendo del paraíso

Un cubano, para viajar, debe presentar una carta de invitación (como si el viajero fuera minusválido y necesitara garantías de que alguien lo cuide en el país de destino) y obtener el gracioso permiso de salida que otorgan (o no) las autoridades, aunque sólo se trate de un viaje temporal. De prolongarse la estadía fuera del país, el viajero deberá pagar peaje a su gobierno: una tasa mensual por la autorización para permanecer fuera del recinto patrio. Muchos profesionales no reciben ese permiso ante el temor de que se dejen olvidados en cualquier país.

Si desea migrar, el gobierno decidirá si lo autoriza o no. En caso afirmativo, el cubano es despojado de su vivienda, automóvil y cualquier otro bien, se le retiran sus derechos ciudadanos, su carné de identidad y su derecho a residir de nuevo permanentemente en el país. Y si el ciudadano, bien porque no reciba el visado correspondiente o la autorización de su gobierno, decide emigrar por vías irregulares y es sorprendido en el intento, suele sufrir represalias —expulsión de su empresa o su centro de estudios— y hasta 1994 ello incluía severas penas de prisión agravadas con la reincidencia.

Es decir, el éxodo irregular es interpretado por el gobierno de La Habana como una fuga de prisión merecedora de castigo, como un acto de beligerancia política o en clave castrense: deserción llaman habitualmente al hecho de que un ciudadano en viaje de estudios o trabajo, decida establecerse en el país de destino.

En ese caso, sus familiares cercanos permanecerán retenidos en la Isla, sin permiso para emigrar, durante un plazo de 3 a 5 años. No importa por qué razones desee marcharse un cubano (y bien podrían ser fundamentalmente económicas), en cualquier caso, desde el instante en que hace pública su intención de emigrar, hasta su salida, el tratamiento que le concede su gobierno equivale al que normalmente se tributa a un enemigo: la tasación de sus bienes para evitar que disponga de ellos, la expropiación de dichos bienes y de sus derechos, el trato vejatorio en centros de trabajo y de enseñanza. Un cubano, al manifestar su intención de migrar, puede hacerlo por razones económicas, políticas, amorosas o climáticas. No importa. En cualquier caso, el gobierno se encarga de convertirlo en un exiliado político.

Existe, además, cierto grado de uniformidad en el trato que el gobierno de Cuba concede a sus presuntos migrantes: trámites onerosos e intrincados, discriminación, persecución y expropiaciones, son propinados por igual al ciudadano común, que jamás ha manifestado beligerancia política, que al miembro de una organización opositora, al que sólo se le otorga una dosis mayor de vejaciones.

¿Por qué el gobierno que se abroga el derecho de conceder permiso para visitar la Isla a unos emigrados y a otros no, maltrata por igual a todos sus migrantes? Se trata de desestimular el éxodo, y no por razones humanitarias, sino políticas: es poco explicable que tras medio siglo los trabajadores huyan en masa del paraíso de los trabajadores.

Según el MINREX, la tasa migratoria de Cuba es «normal» si se le compara con los países de su entorno. Lo que no añade el MINREX es que ningún país de su entorno hizo una revolución social, expropió a la burguesía y estableció, presuntamente, «la propiedad social de los medios de producción», ninguno llevó a cabo una profunda reforma agraria, universalizó la enseñanza y la atención médica, ninguno ha exigido a sus hijos medio siglo de sacrificios en aras de la felicidad futurible, y ninguno, desde luego, disfrutó durante treinta años del rubloducto de ayuda eslava, convirtiendo al embargo norteamericano en una especie de incomodidad muy soportable.

De modo que en tales circunstancias, comparar tasas migratorias es engañoso. Si mañana el gobierno cubano derogara el permiso de salida y aboliera cualquier restricción a los viajes, no persiguiera la emigración ilegal y equiparara realmente a sus migrantes con los de los países aledaños, entonces podríamos comparar tasas de emigración. O tasas de permanencia, si fuera más cómodo trabajar con ese dato.

 

Relaciones eternamente anormales

Pero las diferencias entre el migrante cubano y el de los países vecinos no acaba con su salida.

Una vez radicado en el exterior, el cubano deberá tener actualizado su pasaporte si quiere viajar alguna vez a la Isla, dado que aunque obtenga otra nacionalidad, a menos que haya emigrado de Cuba antes del 31 de Diciembre de 1970 (nadie sabe por qué esta es la fecha mágica), será el único documento de viaje que le autoricen.

Aunque Cuba no acepta la doble nacionalidad, aun presentando otro documento nacional estarás obligado a adquirir el pasaporte cubano. Y aunque ello es índice de que el gobierno continúa considerándote su ciudadano, sólo podrás regresar a Cuba (de visita y por tiempo limitado) si el gobierno te autoriza, y permanentemente sólo en casos muy especiales. Ha habido miles de cubanos a los que, ni siquiera por razones humanitarias, el gobierno le ha permitido regresar.

La denominación de las autorizaciones que concede el gobierno cubano —permiso de salida, permiso de residencia en el exterior, permiso de entrada, habilitación, permiso de salida indefinida, permiso de regreso definitivo— indican hasta qué punto el gobierno de la Isla se siente dueño de sus ciudadanos, a los que trata como a menores de edad obligados a pedir permiso para cualquier acto que los aleje del patio de la escuela.

El cubano que emigra no sólo pierde sus derechos en la Isla y se le expropian sus bienes, sino que durante más de veinte años presentar una solicitud para emigrar era castigado con trabajos forzados en labores agrícolas, sin cuyo trámite el acto de emigrar era abortado por las autoridades. Durante decenios el gobierno impidió sistemáticamente la reunificación de las familias, no concediendo permisos de salida y llegando a prohibir, incluso, los intercambios epistolares entre padres e hijos. Por no mencionar que durante veinte años a los cubanos que emigraron se les negó el derecho a regresar, ni de visita, y en muchos casos ni siquiera por razones humanitarias. Incluso hoy, el tratamiento que se concede a los migrantes en los consulados repartidos por el mundo es, salvo honrosas excepciones, vejatorio.

Cuando el MINREX habla de «normalizar las relaciones de los emigrados con su país de origen» está reconociendo que esas relaciones no han sido normales en casi medio siglo, pero pone la responsabilidad en sus exiliados, que deberán emprender «acciones constructivas (…) desde la perspectiva de la coyuntura histórica que define el destino de la Nación, la preservación de su soberanía, independencia, así como los logros de nuestro pueblo, cuales constituyen causa común para todos los cubanos de buena voluntad».

En caso contrario, se tratará de cubanos «de mala voluntad». Y volvemos, como de costumbre, a la identificación Patria = Nación = Gobierno = Socialismo = Fidel Castro. Si no estás de acuerdo con Fidel Castro, eres un enemigo de la patria. Y no importa si eres enemigo militarmente beligerante (o lo has sido) o si eres un periodista, escritor, político, cuya beligerancia es sólo verbal. Lo sancionable es siempre el pensamiento alternativo, se materialice en balas o en palabras.

 

La primera industria cubana

Volviendo al MINREX, éste nos dice que «desde 1959 siempre hubo una ‘política cubana hacia la emigración’, que estuvo determinada en primer lugar por las características y la actitud de esa emigración hacia el país». Es decir, de nuevo la culpa es de los exiliados. Cuando se le vejaba y se le condenaba en los sesenta, cuando se les apaleaba y abucheaba en mítines de repudio en 1980, se trataba de «vejaciones profilácticas», «escarnio anticipado». Se sabía de antemano que ese migrante se iba convertir en exiliado beligerante, y se le ripostaba antes que atacara. Si ello no convertía al migrante en exiliado político, habría que echar mano a la reserva de milagros de la nación cubana.

Ahora bien, hoy, cuando el exilio se ha convertido —por la vía de las remesas— en la primera industria de exportación cubana (exportación de gente), cuando miles de cubanos visitan anualmente el país, cuando quieren travestir oficialmente al exilio de emigración químicamente pura, el gobierno cubano mantiene hacia quienes emigran la misma política de despojo y exclusión. «Yo los trato como a enemigos, pero ustedes deberán pensarse, llamarse y comportarse como emigrantes».

Claro que esta política se articula con una política mayor de desprecio profundo hacia los ciudadanos. Un desprecio que sólo se relativiza en consonancia con la utilidad política o económica del exiliado. Es evidente que el cubano residente en la Isla es ciudadano de tercera categoría: carece de los derechos económicos que se conceden a un extranjero, se le obliga a pagar en una moneda ajena, su único derecho político es aplaudir y disfruta de una libertad condicional sujeta al arbitrio de Nuestro Papá, como ha dicho públicamente Nuestro Tío.

El exiliado es, a su vez, categorizado de acuerdo a su utilidad. Una persona que se preste desde el exterior a las campañas propagandísticas del régimen, un empresario que haga donaciones, un intelectual simpatizante, un político cariñoso con Castro, serían la categoría A, los compañeros de viaje, aunque opten por viajar en otra aerolínea. La categoría B serían los visitantes y remitentes de remesas: el exilio ordeñable gracias a una ingente masa de familiares cautivos. Y los otros: «la mafia de Miami, los repugnantes y dañinos. Los lamebotas y gusanos». En fin, los innombrables.

No hay, en suma, una sola palabra para definir al exilio cubano. Y si la hubiera, seríamos «migranxiliados», migrantes a los que el gobierno de Cuba convierte en exiliados, muy a nuestro pesar. O exiliados estrictos en muchos casos. Y no es raro que, aun en aquellos casos en que el que migra no ha tenido ninguna actividad opositora, se acoja a la Ley de Ajuste o intente justificar su derecho al exilio político.

Y la razón no es sólo que en la picaresca de la supervivencia un iraquí que desee solicitar el estatus de refugiado apelará incluso a sus discrepancias con Hammurabi (los cubanos disponemos de un personaje incluso más contemporáneo). La razón es que al provenir de un país donde cursar estudios universitarios, viajar, tener una casa, un automóvil, un televisor, un ventilador, obtener un puesto de responsabilidad, opinar, informarse y hacer el último chiste de Pepito, son actos francamente políticos, cualquiera es, total o parcialmente, un perseguido político, en la misma medida en que todos, absolutamente todos los ciudadanos de la Edad Media podían considerarse víctimas del Santo Oficio: por acción, por presunción, e incluso por omisión temporal.

 

(El exilio travestido; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de agosto, 2004).

 





La constitución y el grito

5 05 2003

En su excelente análisis “El Proyecto Varela o las trampas de la fe”, publicado en Cubaencuentro,  el colega Jorge Salcedo, objeta en su esencia el Proyecto Varela. Ante todo, recuerda que el Proyecto es “sólo un instrumento para lograr un fin común: la democratización de la Isla”. Algo con lo que concuerdo plenamente, y que nadie debe perder de vista: El PV no es un fin en si mismo. . Reconoce la valentía de sus autores y firmantes, así como su carácter de “aldabonazo en la dormida conciencia democrática del pueblo cubano”, rememorando a Chivás. Y anota que “presentar al Gobierno cierta iniciativa de cambio con más de 10.000 firmas de ciudadanos es un ejemplo tan subversivo que poco importa el éxito o el fracaso de la iniciativa concreta”,  acotando éste como su, al parecer,  mensaje fundamental.

No obstante, centra su discrepancia en varios puntos:

1-El “Proyecto Varela crea un precedente funesto”, al legitimar la Constitución de 1976 como un marco válido y respetable. Y esta constitución no debe ser acatada, porque, en principio es una “regulación impuesta a la sociedad sin su consentimiento”. De modo que tomarla como paradigma es hacerle el juego al gobierno, aceptarla de hecho. “Concederle legitimidad a la Constitución de 1976 es partir de la mentira, y sobre la mentira no se puede fundar la democracia en Cuba”. “Es suicida pretender que esto no tiene importancia”.

2-El gobierno, sin violentar sus propios presupuestos constitucionales (que el Proyecto acata) puede rechazar el referéndum. Ante todo, porque “a la luz de la «Constitución» Socialista, las leyes propuestas en el Proyecto Varela no lo son”.

3-La verdadera legitimación del discurso disidente se basa en la Constitución de 1940 y la Declaración Universal de Derechos Humanos, desde cuya perspectiva paradigmática “la disidencia tiene mejor argumento que el régimen”.

Creo que el análisis de Jorge Salcedo, así como las objeciones que desde diferentes lugares se han hecho al proyecto,  merecen un detenido análisis. Lejos de mí, tildar tales objeciones como “actitudes extremistas de Miami”, o atribuirlas al fundamentalismo de ciertos actores de la disidencia interna, cuyo propósito es hacer méritos ante los sectores más “duros” del exilio, con vistas a su futura expatriación. Aunque en dosis cada vez menores, tales actitudes también existan. Basta recordar que hay voces en el exilio clamando aún por la extirpación del castrismo a sangre y fuego, y dispuestos a pagar el precio en vidas cubanas que ello requiera, sobre todo porque serían vidas ajenas.

Pero al margen de tales “ideólogos”, la mayoría de los cubanos se posiciona frente al Proyecto desde el respeto a la valentía de sus autores y firmantes, en primer lugar, y desde su propio criterio sobre la “utilidad” perspectiva de la iniciativa.

Es cierto que al actuar en el marco de la Constitución de 1976, el PV, desde cierto punto, la acata. Pero es cierto también que las enmiendas al texto que propone, atacan directamente al núcleo de esa constitución que supuestamente acepta, al pretender subvertir los tres monopolios que sostienen el poder perpetuo de FC: el monopolio económico, el monopolio político y de asociación, y el monopolio del discurso. De modo que el Proyecto emplea un resquicio de la constitución para, en la práctica, someter al debate público y poner en tela de juicio, aspectos medulares de la carta magna.

Por otra parte, si nos atenemos a la estricta legalidad, deberemos aceptar que una constitución votada en su momento por el 96% de la población cubana residente en la Isla no es, en lo absoluto, un documento impuesto por decreto. Podemos argumentar la falta de opciones de la población cubana en ese momento, la intensidad con la que todavía actuaba el “síndrome del líder”, el intensísimo bombardeo propagandístico, empezando por la escuela, la represión a los pocos que sustentaban, abiertamente, un discurso disonante, y hasta un margen de trucaje electoral. Aún así, cualquiera que recuerde la mentalidad imperante aún en los setenta, reconocerá que cualquier proyecto constitucional presentado por el Máximo Líder, habría contado con una holgada mayoría. Ya no la aplastante mayoría de 1959, pero sí la suficiente para aprobar el documento.

De modo que partir de la Constitución imperante en la Isla, no es partir de la mentira, sino de una realidad caducada, inoperante y violatoria de los derechos humanos elementales, pero que en su día constituyó la expresión de la voluntad de los cubanos.

La frase “sobre la mentira no se puede fundar la democracia” es, sin dudas, hermosa, pero me temo que inexacta. El hecho de que sea necesario “fundar la democracia”, establece que se deberá fundar sobre las ruinas de la “no democracia”, es decir, sobre las ruinas del totalitarismo: esa forma de mentira estadística que consiste en el secuestro, por unos pocos, del discurso que pertenece a todos. Quiérase o no, habrá que contar mañana con las propiedades (buenas y malas) de esas ruinas, si queremos edificar sobre ellas el edificio resistente, sólido, de una democracia perdurable.

Juan Carlos I  aceptó las reglas del juego que le impuso Franco. Sobre esa aceptación del mal, sobre ese pasado nefasto, se edificó la transición más ejemplar de los tiempos modernos, y una democracia tan inquebrantable, que a los escolares de hoy el franquismo les resulta tan jurásico como la lista de los reyes godos. Y eso ha ocurrido en un cuarto de siglo.

Es, sin dudas, más fácil, negarse de plano a aceptar el orden constitucional cubano, y no “mancharse las manos” empleándolo para  proponer su subversión. Hasta hoy, la disidencia (externa e interna) lo ha hecho. Se puede, y se debe,  apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, e incluso a la Constitución de 1940 –que a estas alturas sería absurdo reponer tal cual–. Pero tampoco se debe perder de vista que las guerras se libran a lo largo de muchas y pequeñas batallas. Los generales que se limitan a esperar su momento de librar la batalla final, y dejan escapar pequeñas escaramuzas y presuntas victorias de escasa gloria, suelen perder las guerras.

Durante decenios, la disidencia externa, marginada y ninguneada por el régimen cubano, escarnecida sin derecho a réplica, encarcelada por los más nimios motivos, y acosada hasta minimizar sus contactos con el resto de la población, ha logrado escaso reconocimiento interno y muy poca influencia sobre sus compatriotas. Internacionalmente, sólo en los últimos tiempos, mandatarios extranjeros la han tomado en cuenta. ¿Por qué? Los factores son muy diversos: desde la feroz represión hasta el hecho de que hasta hoy, ninguna de sus iniciativas ha movido una masa visible de seguidores. Con EL PV, es la primera vez que esto ocurre. La primera vez que un importante político extranjero comenta abiertamente a los oídos de los cubanos una iniciativa disidente. La primera vez que numerosos países atisban el embrión de una sociedad civil a la que apoyar; un movimiento visible de oposición nacido “dentro” (y ese dentro es importante) de la Isla. La primera vez que el Señor Fidel Castro se refiere a la disidencia como “opositores”. La primera vez que una asamblea de vecinos discute abiertamente un proyecto que socava  las bases del sistema. La primera vez que en las sobremesas y los pasillos, en las guaguas y los parques de Cuba, la gente comenta no tanto el contenido del proyecto Varela, sino los cojones que tienen esos once mil cubanos, para pararse con su firma como única arma, frente al dueño de los tanques y los cañones, frente al mayoral de la finca, el dueño de las palabras durante casi medio siglo. Y en el imaginario de la isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.

Y hablando de asuntos testiculares, hay otro aspecto del Proyecto Varela que es, posiblemente, tan subversivo como su contenido. Durante medio siglo el Señor Fidel Castro ha cultivado la imagen del guerrillero audaz, valiente, incluso temerario. Aunque por muy curiosos azares, que quizás no lo sean,  desde sus tiempos de gánster universitario hasta hoy, jamás ha recibido un rasguño. La victoria de su pequeña guerrilla frente a un ejército moderno. La larga batalla presuntamente contra la primera potencia mundial. Sus exabruptos verbales en cuanta tribuna le acoja.

Desde el Grito de Yara hasta el Proyecto Varela, las luchas políticas cubanas han fomentado en la práctica la negación de los principios que en material doctrinal pretenden consagrar. Las «necesidades objetivas» de la lucha imponen la estrategia, la estrategia fomenta cierta sociabilidad política y de dicha sociabilidad nace una nueva legitimidad, contraria —o al menos ajena— a los principios políticos consagrados al comienzo. No nos explicamos luego cómo al final de una lucha llena de nobles sacrificios por determinados ideales se termina en un régimen indiferente o contrario a esos mismos ideales.