Calentón.net

3 01 2012

El pasado 19 de octubre apareció en el diario Juventud Rebelde un artículo (http://www.juventudrebelde.cu/suplementos/informatica/2011-10-19/internet-calienta-el-mundo/), cuando menos, original: “Internet «calienta» el mundo”, escrito por Mario Alberto Arrastía Ávila, especialista de Cubaenergía.

El autor nos descubre que si bien Internet ha traído ciertos beneficios, hacer una búsqueda en Google, entrar en Facebook o ver un video en YouTube consume electricidad y emite “gases que contribuyen al calentamiento global”.

Anota que entre 2000 y 2010 el tráfico en Internet creció 200 veces, y pormenoriza millones de emails por segundo, cuentas diarias de Twiter y 3.000 millones de usuarios en 2015 con un tráfico de 966 exabytes, según Cisco.

El autor afirma que “como la electricidad que usan nuestras computadoras y el centro de datos no se genera cerca de nosotros, no podemos ver la contaminación atmosférica creada y es difícil que nos inquiete saber cuánta energía se usa y en qué medida contribuye Internet a ensuciar la atmósfera y calentar el mundo”. (Tampoco queda más cerca la termoeléctrica cuando encendemos la luz o el ventilador, pero en lo de la distancia tiene toda la razón). Y nos alerta de que las telecomunicaciones globales ya ocupan el quinto lugar por su consumo de energía, detrás de Estados Unidos, China, Rusia y Japón. Añade que Amazon, Google, Microsoft, Apple, IBM o Facebook “consumen gran cantidad de electricidad producida a partir de carbón mineral”. Un dato sorprendente: ¿cómo ha averiguado el articulista el origen exacto de la electricidad en redes nacionales entrelazadas que normalmente proviene de hidro y termoeléctricas, nucleares y plantas de energías renovables? ¿Trae la electricidad producida con carbón alguna boronilla que permita distinguirla? En cualquier caso, me fijaré a ver si detecto luminiscencia radioactiva, si gotea crudo o si sale del tomacorriente un vientecillo de generador eólico.

El articulista comenta alarmado que los centros de datos en Estados Unidos consumen el 2% de la energía del país. Y en el planeta es el 1,3%, equivalente a la energía producida por todos los aerogeneradores del mundo. Greenpeace estima que el consumo de electricidad de los centros de datos crecerá en un 200% para 2020 (1.430 millones de toneladas de CO2 emitidas). Aunque los especialistas de Pike Research predicen una reducción del 31% para la misma fecha.

Anota que con el consumo de la infraestructura técnica de Google se alimentaría a 200.000 viviendas norteamericanas (¿cuántas viviendas cubanas? ¿alguien lo sabe?) para gestionar cada día mil millones de búsquedas que seguramente serían más ahorrativas si los clientes se desplazaran a la biblioteca. Que los usuarios de YouTube emiten unas 6.000 toneladas diarias de GEI y que cada clic en Google requiere de 0,003 kWh, lo que provoca la emisión de 0,2 gramos de dióxido de carbono. Confieso que mi próximo clic será dubitativo.

En un país donde los internautas apenas contaminan, es reconfortante que un especialista tenga el altruismo de preocuparse por los cibercontaminantes planetarios. Aunque no es raro si tomamos en cuenta que Cuba es el país más ecológico del mundo.

En primer lugar, la contaminación industrial es ínfima. No sé si el país cumple con los protocolos de Kyoto, pero la cosa ha mejorado mucho desde que los protocolos de Moscú la abandonaron. Y las industrias, y los ómnibus húngaros Ikarus, cuyos humos se observaban a tres paradas de distancia. Muchos carros americanos y Ladas han muerto de muerte natural y la clase dirigente, dispuesta a salvar el planeta, se ha resignado a los Toyota y los Mercedes Benz que cumplen la normativa europea de emisiones.

La casi abolición de la industria azucarera fue otro aporte de la Isla a la capa de ozono, y los grupos electrógenos no duraron lo suficiente para agrandar el agujero.

Hablando de gases, se ha comprobado que el mayor emisor de metano a la atmósfera es el culo de las vacas. Ante la imposibilidad de conseguir por ingeniería genética vacas sin culo, se optó por la extinción de la especie. Gracias a ello, no se necesita desarbolar grandes extensiones para pastizales (como en los 60), y el ecosistema del marabú (esa planta exótica pero que ya sentimos como nuestra) se mantiene intacto.

La frugal alimentación de los ciudadanos también genera menos deyecciones y éstas son más vegetarianas, lo que, según Greenpeace, es más asimilable por el paisaje.

La contaminación acústica es una asignatura pendiente (y qué clase de contaminación), pero la lumínica, que tanto molesta a los astrónomos, está casi resuelta. En algunas zonas de Párraga y Caimito del Guayabal el panorama del cielo es tan diáfano como en el observatorio del Teide. Mira que mandar el Hubble al espacio exterior cuando pudieron colocarlo en Coco Solo. Y eso tiene una ventaja colateral. Cuando pasan de noche sobre la Isla, los satélites espías se dan una perdía del carajo. En el triángulo de las Bermudas hay más luces que en La Habana.

Lejos del consumismo occidental, la conciencia ecológica impulsa en Cuba una cultura del reciclaje que debe estar entre las más decididas del planeta: se reciclan las bolsitas desechables, las botellas plásticas y las laticas; el Frigidaire con el motor quemado se convierte en armario y la plancha sin asa, en tostadora. Nada se desecha, ni siquiera los dirigentes del Partido, que llevan medio siglo reciclándose de ministerio en ministerio.

El país también ha evitado los excesos del urbanismo salvaje que llena el paisaje de rascacielos e invade el hábitat del tomeguín y del sinsonte. En Cuba el crecimiento urbanístico es interior: barbacoas, mamparas, cuatro generaciones en quince metros cuadrados. (Por cierto, el articulista también pertenece a Cubasolar, aunque no sé si eso tendrá relación con el urbanismo). Cuando se llena la barbacoa y la familia empieza a disponer turnos rotativos para dormir, los más jóvenes tienen la delicadeza de ceder sitio a sus mayores e irse. Me refiero a irse. Lo que ha contribuido a la preservación de los ecosistemas marinos. Frente a los océanos sobreexplotados de por ahí, las aguas territoriales cubanas han presenciado un raro ejercicio de reciprocidad: los cubanos se comen tantos peces, como los peces, cubanos.

Y eso nos lleva al comercio exterior de productos ecológicos. El primer rubro de exportación son los cubanos, un sector en que la Isla es líder mundial. Se ha comprobado que los dos millones de unidades exportadas son cien por cien naturales, sin conservantes ni colorantes. Una ganadería sostenible que no genera gastos de transporte y que rinde beneficios durante muchos años. La mala costumbre de los condones soviéticos de convertirse en chalecos salvavidas ocasionó un baby boom en los 60, sobre todo después que la vida nocturna se redujo a la televisión nacional. Ahora la producción ha disminuido, pero aun así se mantienen e incluso se incrementan las exportaciones.

La integridad del autor le obliga a reconocer que “la investigación y redacción de este artículo (…) provocó la emisión de unos siete kilogramos de CO2”. Algo que podría evitar mediante la distribución telepática, el mismo método que emplean los mandatarios cubanos: una discreta consulta popular mediante referendos telepáticos antes de tomar decisiones que afectarán a todos los ciudadanos de la Isla.

La conclusión de Mario Alberto Arrastía Ávila es que por todo eso, “Internet debe usarse responsablemente”. Y es lo único que no comprendo. ¿Qué quiere decir responsablemente? ¿Enviar emails modelo SMS para ahorrar energía? ¿Felicitar a la familia una vez al año por navidades, cumpleaños y santos, todo junto? ¿Buscar en Google sólo aquello que no encontremos en la Biblioteca Nacional? ¿No leer periódicos extranjeros que, al venir desde tan lejos, pueden recargar la red? ¿Medir bien cada clic como si los dieran por la libreta a diez por semana? Aunque ahora caigo: responsabilidad viene de responsable. Yo tuve en Cuba responsables de pioneros, de aula, de sindicato, de lote, de personal y cuadros, de proyecto, de departamento, de propaganda. ¿Por qué no un responsable que nos oriente en la Intranet, esa Internet municipal? Podríamos descubrir que Buscasiboneyes.com es mejor que Google; las bondades de YouNoTube, la web del daguerrotipo, y que en Asambleadebalance.com tenemos más amigos que en Facebook. Todo bajo una supervisión que nos ayude a encontrar el buen camino en la red, ese jardín de los senderos que se bifurcan. (Cuando menos lo esperas, en una Internet sin direcciones prohibidas y adecuadamente señalizadas aparecen los innombrables). No ha quedado demostrado que generar ideas afecte a la capa de ozono, pero deambular por la red sin algún responsable que te oriente puede aumentar la temperatura emocional, y eso sí podría alterar el delicado ecosistema de la Isla.

“Calentón.net”; en: Cubaencuentro, Madrid, 03/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/c





Auto de fe

6 12 2011

En 1996 tropecé en la prensa con una foto patética y conmovedora: un viejo comunista ruso, con sus medallas lastrando la solapa y sus cabellos nevados, dormitaba encogido en su asiento del Congreso Popular Patriótico celebrado en Moscú. Una banderita soviética estaba a punto de caer de sus manos. El apunte de sonrisa en sus labios permite conjeturar que soñaba con aquellos felices tiempos en que el futuro era una promesa y él tenía veinte años, la edad en que todos los futuros parecen habitables. El pie de foto ignoraba su nombre. La cámara sólo captó  la cáscara de sus sueños. Quizás un defenestrado de la nomenklatura que no supo reconvertirse a tiempo en demócrata y nuevo rico, de modo que las vacaciones en Marbella le están vedadas. O un mujik rojo que persiguió durante toda su vida, desde su remoto koljós, el espejismo de un futuro equitativo y justo. O un humilde tornero que intentó diseñar la pieza exacta para la luminosa maquinaria del porvenir. Sin darse cuenta, como Serguei Boronov, que «estamos condenados a la esperanza» en un mundo donde algunos encargaron, con la doctrina de Lenin, trajes a la medida de sus ambiciones, y la mayoría fue convencida de la comodidad y la elegancia de las camisas de fuerza. Hoy, los más ágiles y atentos a los vaivenes de la moda, detentan un discurso demócrata, defienden la sagrada libertad de empresa y asisten a misa. Los otros, duermen. Felices sueños. Mejor sería no despertar. La vigilia es menos reparadora.

Mi padre también fue un comunista convencido en su versión caribeña: fidelista. Abandonó en 1959 su puesto en una empresa norteamericana para ingresar al ejército como comisario político, y redujo dos tercios su salario porque la patria lo necesitaba. Desde entonces blindó su fe en El Señor contra las inclemencias del futuro. En 1985, cuando Fidel Castro lanzó su “Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” y criticaba en televisión el estado de los hospitales y las escuelas, o los males que asolaban la economía del país —una vez removidos los “tecnócratas” y restaurado su propio voluntarismo económico, los males se esfumaron—, mi padre apagaba el televisor para no ver a Fidel criticando a la Revolución. Lo peor fue cuando Él en persona le dijo que “Ahora sí vamos a construir el socialismo”. Treinta y seis años de calentamiento es demasiado, incluso en las grandes ligas del comunismo mundial. Es muy difícil aceptar que la mitad de tu vida ha sido un prólogo. En 1990, un infarto masivo le ahorró el futuro.

A un amigo, ateo militante (y beligerante), siempre le recomiendo que no discuta sobre asuntos de fe, inmune al razonamiento y la lógica. No por casualidad la fe es la primera de las virtudes teologales, el “asentimiento a la revelación de Dios”, la “creencia que se da a algo por la autoridad de quien lo dice”, como reza el diccionario de la RAE. Al ser la aceptación de un enunciado que dimana de la autoridad (humana o divina), el creyente no necesita demostraciones ni pruebas. Al igual que la confianza, la fe es una certeza de futuro, y el futuro se sabe indemostrable.

La palabra hebrea emuná, equivalente de nuestra fe, significa firmeza, seguridad y fidelidad, los tres ingredientes de una fe que no se concibe sin alguno de ellos. Por eso en la Carta a los hebreos se afirma que «la fe es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve» (Heb 11:1). Lo cual explica que Abraham acudiera con su hijo al monte del sacrificio, como Dios le había ordenado (Heb 11:17; Stg 2:21-22), dado que por entonces hombres y dioses se mantenían online.

El Fideísmo es la doctrina según la cual a Dios no se puede llegar por la razón, sino sólo por la fe, y afirma que el razonamiento es prescindible y los argumentos sobre la existencia de Dios son falaces e irrelevantes. A imagen y semejanza, el Fidelismo ha intentado durante medio siglo imbuirnos la idea de que las decisiones que bajan “de arriba” vienen dotadas de una sabiduría y de una información privilegiada a la que jamás los simples mortales tendremos acceso, de modo que nuestra única función, como buenos fieles, es apoltronarnos en nuestra fe y obedecer.

En El triunfo de la fe sobre la idolatría, de Jean-Baptiste Théodon, la fe es bella y enhiesta; la idolatría, rastrera. Por defecto, la fe es tenida siempre como virtuosa –para lo contrario, necesitamos adjetivarla–: esperanza, fidelidad, certidumbre, confianza, crédito, rectitud, honradez… encontrarán en cualquier diccionario de sinónimos. Todas palabras amables. Algo subrayado por el hecho de que una fe es casi siempre la insistencia en convertir en realidad (realidad virtual) lo deseado.  De modo que el creyente invertirá su fe en religiones o ideologías que encajen con sus ideas y deseos preconcebidos. Desde esa perspectiva, es comprensible que tras medio siglo de república trucada (desigual, corrupta, injusta), en 1959 la inmensa mayoría de la población depositara su fe en el proyecto nacionalista y socialdemócrata de La historia me absolverá, único documento programático del Movimiento 26 de Julio, como proyecto colectivo de renovación republicana.

La fe es empecinada, sobre todo aquella que se contrae a edades fértiles de la imaginación. Y holística: interpreta la realidad como un todo que no se puede reducir a la suma de sus partes. Fracasarán la economía y el bienestar, las libertades y los derechos, pero ese todo que la fe llama Revolución se mantiene, para sus creyentes, como una suprarrealidad incólume. No es casual que en la Alegoría de la fe, de Luis Salvador Carmona, el rostro de la fe está cubierto por un fino velo que tamiza la realidad. Es el mejor modo de convertir tu fe de vida en una fe  de erratas.

Hablo, desde luego, de la fe verdadera que nace de la necesidad de materializar un deseo o una creencia, y que se confirma y  cuaja en la aprobación colectiva, de ahí que (mientras el mesías se mantuvo en pie) las manifestaciones, las concentraciones, los desfiles y los mítines fueran tan importantes como las misas y las procesiones de otros tiempos. La multitud sigue a los símbolos de la nueva fe en los desfiles, procesiones encabezadas bajo palio por la santísima trinidad del marxismo; dialoga a través de sus aplausos con el nuevo mesías que los exhorta desde el púlpito. Pero, sobre todo, la multitud se confirma a sí misma. Cada hombre y mujer de la plaza se confirma en su vecino. Hay que aplaudir, vitorear y responder con un sí o un no multitudinario a las preguntas del líder. La disonancia es pecado, incluso el silencio o la apatía. Cualquiera que desafine en la consigna  será expulsado de la orquesta. Y va cuajando la inmolación del yo al nosotros (aunque ese nosotros sea el seudónimo de un solo Yo que lo suplanta). El creyente habla de nuestra lucha, nuestros éxitos, nuestras victorias (las derrotas vienen de serie con un culpable asignado) como si fuera su protagonista, y no un mero peón de decisiones ajenas. El yo destituido se consuela con la autoestima inflamada del nosotros. Es el puteado obrero de Volgogrado (nuestro ruso adormilado de la foto, quizás) que se duele por la pérdida de la grandeza soviética, potencia mundial, cuando él era un puteado obrero de Volgogrado.

No hablo, desde luego, de la fe simulada. Esa es un mecanismo de supervivencia (sumisión involuntaria) que responde a las leyes de la física: desaparece cuando cesa la presión ejercida. Tampoco hablo de la fe como coartada para el instinto depredador de un predicador ateo. Esa responde a las leyes de la química: reacciona con la circunstancia y trueca radicalmente el objeto de sus devociones. Rusia está plagada de magnates que aprendieron de finanzas en el KGB.

Pero hay también conversiones de otra naturaleza entre quienes necesitan una fe para apuntalar su alma a punto del derrumbe. Al caducar su fe en el porvenir, el cubano ha echado mano a otra fe de repuesto. Tras casi medio siglo de educación laica, cientos de miles han regresado a las iglesias, y se ha mudado del armario a la sala el Corazón de Jesús o el altar a Changó. Una sociedad que potencia la educación se muestra comprensiva con ese ciudadano politeísta y bilingüe, que dispone de un idioma para la asamblea y de otro para la intimidad, de un credo público y de otro privado.

En cualquier caso, y aunque en franca mengua, todavía queda en la Isla una feligresía empecinada en los antiguos dioses de la Revolución, sobre todo entre los mayores de 60, aquellos que contrajeron su fe a edades tempranas, aunque sólo sea porque es muy doloroso reconocer que te han timado tres cuartos de tu vida y casi todos tus sueños. La bancarrota de las ilusiones es el peor evento posible, aunque no lo registren las cotizaciones de la bolsa o las cifras macroeconómicas, sobre todo cuando has invertido en ello todo el capital disponible: tu propia vida. Una tarea de los constructores de futuro en Cuba será convencerlos de que ese futuro también les pertenece. (Hasta donde sé, ningún código penal del planeta condena la ingenuidad o la ignorancia, salvo que la buena fe se haya traducido en autos de fe). Ellos son también parte de sus activos, porque no de otro modo se construirá un nuevo país sobre las ruinas del pasado.

 

“Auto de fe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 06/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/auto-de-fe-271289





Acompañar y servir. No prevalecer. Entrevista a Roberto Veiga González, editor de Espacio Laical

22 11 2011

Roberto Veiga González (Matanzas, 1964), jurista de profesión, comenzó a colaborar en el proyecto de la revista Espacio Laical el 29 de junio de 2005, y el 21 de diciembre del mismo año se convirtió en su editor. Es profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Dado que Espacio Laical está protagonizando buena parte del debate teórico que se está produciendo en la Isla en este momento de inflexión de su historia, y al renovado papel de la Iglesia Católica en ese debate, le hemos propuesto un cuestionario que toca varios temas clave para el destino de la nación.

Estimado Roberto, uno de los sucesos posiblemente más dañinos para la nación cubana fue la abolición de la diversidad en la prensa ocurrida a inicios de los 60. Ello suprimió un importante observatorio crítico del devenir insular que, a los efectos sociales, juega el mismo papel que las llamadas células avisadoras en el organismo. Salvo contadas excepciones en ciertos momentos del último medio siglo, la prensa oficial cubana se ha comportado como un buró de agitación y propaganda. En ese clima, todavía imperante, aparecen algunas revistas católicas como Palabra Nueva, Vitral y Vivarium, de mediados de los 90, y Espacio Laical (2005),  por citar algunas. Obviamente, ellas no existirían sin la feliz conjunción entre el interés y la profesionalidad de sus editores y el apoyo de la Iglesia Católica. ¿En qué medida ha sido un proyecto de sus editores que ha recibido el apoyo de la Iglesia, o una política de la Iglesia que ha convocado a los editores? ¿En qué medida esta nueva prensa y su implicación en los temas sociales ha sido aceptada por el gobierno y qué obstáculos ha tenido que sortear?

Roberto Veiga González (RVG): La diversidad de análisis, de criterios y de propuestas siempre enriquece la vida nacional, pues constituye una posibilidad para advertir las fallas que dañan el devenir social y encauzar nuevos rumbos que puedan conducir al país hacia una mayor prosperidad y un mayor equilibrio. Esto es posible, únicamente, cuando existe un potente y responsable entramado de entidades ciudadanas que constituyen la sociedad civil –sindicatos, y otras asociaciones de profesionales, de estudiantes, de campesinos, de vecinos, entre otras (siempre autónomas y democráticas)–, y la sociedad política ­–una pluralidad de partidos políticos, así como mecanismos para que los ciudadanos controlen el cumplimiento de la constitución, el desempeño del parlamento y la gestión del gobierno, entre otras maneras–. Y la prensa resulta un medio indispensable para socializar los análisis, los criterios y las propuestas, así como las gestiones de toda esa diversidad. En tal sentido, los medios de comunicación tienen que ser tan plurales como plural sea cada sociedad.

En Cuba no ha sido así en los últimos cincuenta años. Hemos vivido en un sistema socio-político que se fundamenta en la dirección de una “vanguardia”. Y esta, como un resultado de esa lógica, es quien asume el derecho único de pensar el país –aun cuando tolere otras opiniones y en algunos momentos haya efectuado ciertas consultas a la ciudadanía–.  Esta premisa de los ideólogos del socialismo de Estado –ya fracasado históricamente– ha empobrecido las potencialidades de nuestra sociedad y, por supuesto, el desempeño de la prensa. Si bien es cierto que, en determinados momentos, ha sido posible encontrar en alguna prensa escrita (Juventud Rebelde, por ejemplo) y en ciertos espacios de la radio –en muy escasas ocasiones a través de la televisión– algunas expresiones autónomas del sentir de los ciudadanos. También se hace necesario destacar el surgimiento, en la década de los 90, de publicaciones importantes que disfrutan de una juiciosa autonomía en relación con los preceptos ideológicos imperantes, como son las revistas Temas, La Gaceta de Cuba y Criterios. Y, más recientemente, la llegada de Internet, el correo electrónico y la memoria flash han contribuido –enormemente, aunque sólo en un sector de la población– a ampliar y a democratizar el acceso a la información y el espacio de debate.

En medio de esa realidad, y de manera muy especial en el brevemente esbozado contexto de los años 90 y de los 2000, han ido surgiendo y consolidándose las publicaciones de la Iglesia Católica.  Con ello, la Iglesia pretende poseer sus propios medios para desarrollar la misión evangelizadora, en la cual se integran todos los temas: espirituales, culturales, familiares, sociales, económicos y hasta políticos, pues todos los ámbitos de la vida son constitutivos de la naturaleza humana y comprometen la realización de cada persona –criatura de Dios, por quien debe velar la institución religiosa.

Por lo general, las publicaciones –entre las cuales se encuentran las que mencionas– no surgieron por una disposición que emanara solamente de una iniciativa estratégica de la correspondiente jerarquía eclesiástica (el Arzobispo de La Habana en los casos de Palabra Nueva, Vivarium y Espacio Laical, y el Obispo de Pinar del Río en el caso de Vitral). Más bien, los pastores convocaron a la búsqueda de nuevos medios para la acción de la Iglesia en la sociedad cubana y fueron apoyando los proyectos que lograron surgir, allí donde germinaron ciertas condiciones que lo favorecían.

Esta nueva prensa, en sus inicios, fue vista como un peligro, pues para algunos podía constituir una competencia desestabilizadora. Así pensaron muchísimas de las autoridades, y algunos que no poseían cargos políticos, estatales o gubernativos, sino ciudadanos medios –llamados revolucionarios– que concebían el devenir social desde una ortodoxia estalinista muy poco abierta a lo diverso. Esto, como es obvio, ha provocado inconvenientes, entre los cuales se encuentran: la suspicacia y el disgusto ante diferentes opiniones aparecidas en estos medios y la amonestación a algunos colaboradores por los criterios vertidos, así como la advertencia a intelectuales que se desempeñan en instituciones oficiales para que no escriban en nuestros medios. Sin embargo, esta realidad ha ido cambiando gracias a la apertura por parte de muchos y a la labor transparente y constructiva –nada desestabilizadora– que ha marcado el desempeño de la generalidad de estas publicaciones.

 

Hoy, Espacio Laical es un referente imprescindible para comprender la sociedad cubana y su devenir, los conflictos más candentes y los debates que prefiguran el destino de la nación. Observo una paulatina transición, desde sus comienzos hasta hoy, en el énfasis: desde los temas inherentes a la comunidad católica cubana, hacia los temas que atañen a toda la nación y su destino. Al mismo tiempo, es evidente, desde el diseño hasta los contenidos, así como el nivel de los colaboradores, una acentuada profesionalización. ¿Qué factores humanos y materiales han propiciado ese cambio? ¿Cómo ha repercutido todo ello en el alcance de la publicación, su distribución en la Isla, la ganancia de nuevos lectores, no obligatoriamente dentro de la comunidad católica, y las relaciones con el Estado?

RVG: Los católicos debemos servir al prójimo y nuestro prójimo más cercano es el cubano que sufre y que para conseguir sus anhelos necesita sanarse y reconciliarse consigo mismo y con el otro. En tal sentido, la revista debe ofrecer a Jesucristo, para que todo aquel que alcance a tener fe pueda renovarse humanamente. Por ello estamos obligados a dedicar un bloque de la publicación a temas espirituales, teológicos y filosóficos-religiosos. Sin embargo, no hemos conseguido articular debidamente este espacio; lo cual constituye un reto.

Por otro lado, nos percatamos muy pronto de que también debíamos trabajar en otra dimensión de la reconciliación. Para hacerlo consensuamos promover el encuentro, el diálogo y el consenso entre cubanos. En este ámbito, con la ayuda de Dios –pues muchísimas circunstancias parecían hacer imposible dicho propósito–, hemos tenido más suerte. La revista se propuso ser un espacio para la comunión entre los más diversos criterios que laten en la nación cubana, siempre que se formulen con fundamentos y por medio de un lenguaje de diálogo, capaz de tender puentes y no construir trincheras de combate. Esto ha sido muy bien acogido por el público, pues los cubanos demandan –con urgencia y ansiedad– mucha serenidad para tratar los asuntos del país y espacios para expresar, o ver reflejadas, sus preocupaciones y expectativas. Por esta misma razón ha ido aumentando la cantidad de nacionales –residentes en la Isla y en la diáspora, con diversos credos ideológicos, políticos, filosóficos y religiosos– que ofrecen su contribución, con el deseo de brindar un pequeño aporte al bien de Cuba, de cada cubano. Esta identificación de la revista con la suerte de las más plurales preocupaciones y expectativas que agobian a nuestros compatriotas ha intensificado la relación de la publicación y de la Iglesia –institución a la cual pertenece– con la nación cubana.

En cuanto a mi valoración acerca de la relación de la revista con el Estado, todo depende de qué entendemos por Estado. Si lo reducimos a las autoridades y funcionarios que rigen el país, entonces debo decir que pueden admitirse distintas interpretaciones. Algunos han expresado que no les gusta la publicación y hasta han hecho algún esfuerzo por entorpecerla, pero otros –que constituyen un sector significativo– la siguen y la valoran. Esto ya es un paso positivo en la relación del Estado con la revista y con la Iglesia, pero sobre todo con los criterios que se expresan en la misma.

Has mencionado que el compromiso de la revista “desde la Iglesia y como Iglesia” es con el “bienestar de Cuba” y tu rechazo a que ella “se convierta en la plataforma de una única visión de la cosas, aunque esta emane del Evangelio y, por ende, la abrimos a la exposición de los criterios más disímiles, siempre que estos sean lógicos y profundos y se expresen a través de metodologías que no contradigan los valores de la fe cristiana”. En una sociedad transitada por medio siglo de laicismo, abolición de la enseñanza católica y ateísmo programático, y donde las posiciones mayoritarias de la sociedad en temas como el matrimonio (incluso el matrimonio gay), el aborto, la sexualidad y la educación distan mucho de la doctrina oficial de la iglesia, ¿se plantea Espacio Laical el debate abierto de estos temas ofreciendo espacio a criterios antagónicos, a pesar de que la revista se haga “desde la Iglesia y como Iglesia”?

RVG: Para la Iglesia, una de las maneras de realizar su catolicidad (aspiración de universalidad) es ofreciendo espacios con el propósito de que todos puedan expresarse, siempre que la intención sea procurar el bien por medio del bien. Pero, además, esto le exige asumir lo positivo de todo el abanico de criterios y deseos de la sociedad, perfilarlo desde fundamentos evangélicos y promoverlo. En tal sentido, la Iglesia debe sentirse obligada a dialogar con todas las opiniones de este mundo y tratar de alimentarse de las mismas –cuando esto sea posible y en la medida pertinente–. Nuestra revista es un instrumento de la Iglesia que, en alguna medida, la ayuda a realizar ese servicio.

Sin embargo, dada las urgencias de nuestra realidad, así como las inquietudes y angustias de los pensadores relacionados con nuestra publicación, se ha postergado el debate en relación con los temas que mencionas, por ejemplo: aborto, sexualidad y matrimonio. No obstante, opino que –llegado el momento– el Consejo Editorial aceptará concederle el espacio necesario al intercambio de ideas sobre estas materias. ¿Por qué no? Compartir los argumentos, siempre que se haga con profundidad y respeto, contribuye a la comprensión y al acercamiento entre las personas con opiniones diferentes, y esto es parte de la misión de la Iglesia.

 

La publicación ha insistido en que el estado actual y el futuro de la nación exige hermanar a sus miembros, rearticular consensos y fraguar un nuevo pacto social en esa Casa Cuba que reúna y acepte la diferencia alrededor de un proyecto común, “intentar promover toda la diversidad de la nación” y “procurar una relación fraterna entre toda esa pluralidad; pues solo así se contribuye verdaderamente a la unidad en la diversidad”. Has hablado de “un espíritu de diálogo, no de deslegitimación ni de confrontación”. Y creo que no de otro modo alcanzará el país una reformulación de su destino donde quepan todos. ¿Crees que ello sea posible en la circunstancia actual o que existan indicios que permitan avizorarlo en un futuro próximo? El Partido Comunista, en su Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC, insiste en equiparar Patria, Revolución y Socialismo, un monopolio de la imagen de nación que no deja demasiado margen a esa diversidad respetuosa e incluyente.

RVG: Estoy convencido de que el equilibrio y el progreso de la nación dependen de la capacidad que tengamos para encontrarnos, para dialogar, para llegar a consensos, para cincelar una sociedad renovada. Y esto es posible si quienes poseemos esta convicción –desde todo el espectro político e ideológico de la nación–, trabajamos arduamente por lograrlo. Sin embargo, en algunos momentos tengo mis dudas acerca de que –aunque sea posible– resulte verdaderamente probable. Posible y probable no son términos idénticos.

Si analizamos las circunstancias actuales que prefiguran el acontecer nacional podemos advertir fuertes –fortísimos–  elementos que entorpecen la promoción de un camino de encuentro, de diálogo y de refundación. En las estructuras partidistas, estatales y gubernamentales abundan los dirigentes y funcionarios atrincherados en viejos esquemas políticos que tienden a la exclusión y al inmovilismo. No obstante, también debo resaltar que existen otros con una sólida capacidad política y con una suficiente claridad acerca de los cambios que necesita el país, aunque a veces sea difícil distinguirlos públicamente.

Por otro lado, quienes hasta ahora poseen los controles políticos de nuestra emigración rechazan de manera visceral la posibilidad de dialogar con los afines a la Revolución y se sulfuran ante la posibilidad de que se produzca en Cuba una reforma, en la que participen activamente las actuales autoridades, encaminada a lograr mayores cuotas de libertad y de justicia, así como un mayor bienestar espiritual y material. Sin embargo, también debo destacar que en nuestra emigración han ido destacándose nuevas personalidades y entidades que constituyen un signo de esperanza.

Otro sector a mencionar es la disidencia. Un segmento significativo de esta tampoco contribuye a un auténtico clima de diálogo, aunque muchas veces en su discurso se aboga por el mismo, porque el fundamento de sus propuestas y el espíritu de su quehacer político están marcados por la metodología de la confrontación y del aniquilamiento del otro. Este sector no tiene poder y posee mucha menos influencia que los dos anteriormente indicados. Sin embargo, algunas instituciones extranjeras y medios de comunicación, también foráneos, le conceden determinada relevancia y consiguen cierto influjo del mismo en sectores de la opinión pública internacional y en posiciones políticas de determinados gobiernos.

Es posible percibir que varios sectores hasta ahora muy bien instalados políticamente no favorecen –en la medida que reclaman nuestras urgencias– la constitución de un sendero de encuentro, de diálogo, de consenso, de refundación. A veces pienso, y hasta me convenzo, que el presidente Raúl Castro tiene conciencia de cuán vulnerable hace esto a la nación y que tiene previsto crear condiciones para revertir –en alguna medida– este peligro. Ciertamente, tal vez piense hacerlo de una manera diferente a la que podamos preferir unos y otros, pero –de todos modos– podría ser beneficioso para el país y colocarlo en un peldaño superior que le facilite una redefinición sistemática y un ascenso continuo. Sin embargo, en ocasiones me sorprendo –muy preocupado– creyendo descubrir que no puede hacerlo, que no podrá lograrlo. Esto sería fatal, por eso se hace imprescindible ayudar a que el proceso sea probable.

En estos momentos, está circulando el Proyecto Documento Base de la Primera Conferencia Nacional del PCC. Lamentablemente, parece que no satisface las expectativas de la inmensa mayoría. El documento propone cambios interesantes, como los relacionados con el papel de los medios de comunicación, pero faltan muchísimos otros cambios que deberían debatirte en ese evento, y continúa colocando al PCC dentro de una concepción dogmática y de poder que lo  aleja de una verdadera función política.

No es posible reconocer que existe un distanciamiento entre las ideas del PCC y del pueblo, en especial de los jóvenes, y asegurar que esto es debido a que no han funcionado los mecanismos para el trabajo ideológico. Si fuera así, tan simple, la cuestión sería resolver la manera de que todos comprendan y asuman los criterios de quienes dirigen el Partido. Pero la cuestión es mucho más compleja. Nuestra sociedad es muy, pero muy plural, y no habrá solución si todos no procuramos entender a cada uno de nosotros. En tal sentido, más bien sería el Partido quien debe tratar de comprender los criterios de toda la diversidad nacional y establecer un diálogo con ella.

Se hace obligatorio redefinir el lugar de la ideología y la manera de emplearla. Por supuesto que siempre habrá ideología en el desempeño social de todo país. Incluso sería conveniente que en cada sociedad convivan y se proyecten varias ideologías desde una dinámica de enriquecimiento mutuo. Esto podría ser muy beneficioso. Sin embargo, un trabajo político-ideológico entendido como un universo de mensajes continuos e intensos que pretenden mostrar un conjunto de conceptos, valores y principios, así como hechos históricos que parecen confirmar la realización de los mismos, con el propósito de brindar herramientas para que los ciudadanos resistan una crisis ya larga, que puede parecer interminable, en la que se les consumen sus vidas, suele resultar un quehacer casi estéril y hasta producir hastío. Lo que debe proyectarse de manera continua e intensa es un entramado de gestiones, tan diversas y universales como sea posible, encaminadas a presentar propuestas, a dialogarlas y a lograr consensos acerca de cómo conseguir el mayor bienestar posible para nuestro presente y para nuestro futuro. En fin, hacer política en la sociedad y con toda la sociedad.

Por otro lado, el documento plantea que deben separarse las funciones partidistas de aquellas otras gubernativas y empresariales. Sin embargo, se aferra a orientar que el Partido puede reunir a las administraciones y a todos los factores (como le llaman) para que les rindan cuentas. Igualmente, y para confirmar la contradicción, propone que los dirigentes del Partido roten por cargos de dirección en el Estado y en el gobierno. No estoy en contra de que militantes y dirigentes del Partido ocupen cargos de dirección en el Estado, en el gobierno y en el empresariado; pero desearía que lo hagan porque hayan resultado ser los mejores para hacerlo y como producto de mecanismos democráticos, y no porque sean militantes del Partido y como resultado de una planeación en la dirección del mismo.

Asimismo, el documento plantea que se pueden disfrutar de todos los derechos y hasta ocupar cargos públicos, etcétera, sin discriminación racial, de género, de creencias religiosas y de orientación sexual. Esto constituye el resultado de un proceso positivo que se viene gestando desde hace años y tal vez ahora llegue a un momento importante de consolidación.  No obstante, el documento no precisa si podrá participar toda la pluralidad de criterios socio-políticos que existe en cada uno de estos segmentos de la sociedad. Esto último resulta muy importante en materia de igualdad y participación ciudadana. Lamentablemente, todo el proceso de reformas está marcado y dañado por cuestiones de esta índole. Se suelen anunciar las transformaciones desde una presunta voluntad de apertura amplia y profunda y por ende efectiva, pero después –cuando se elaboran las medidas y se comienzan a implementar– resulta limitada y quebrantada dicha voluntad. Esto puede tener una explicación. Sin embargo, el país no puede esperar mucho más sin correr un alto riesgo. Se hace imprescindible asumir una robusta dosis de apertura y claridad, integralidad y celeridad.

Muchas más pueden ser las críticas a dicho documento, pero continuar desbordaría la intención de una entrevista. Realmente, desearía un Estado no confesional; sin embargo, por ahora no hubiera pretendido que se renunciara a mantener los imaginarios de Revolución y de socialismo, pero sí que los reinterpretaran –sin que ello implicase una claudicación para nadie–, de manera que hicieran al Partido más político y más democrático, y al Estado más inclusivo y más republicano.

La Iglesia Católica como institución ha jugado en Cuba diferentes papeles a lo largo de su larga historia. No hubo en las colonias inglesas o francesas una denuncia de la masacre de los nativos equivalente a la de Las Casas. Connivente con la esclavitud y con la colonia frente al movimiento independentista, a pesar de algunas figuras de alto relieve que apoyaron la causa cubana. Alineada con los estamentos del poder durante la república. Sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios, ha devenido recientemente una interlocutora necesaria para las liberaciones de disidentes, por ejemplo, hecho interpretado por algunos como un saludable ejercicio de mediación y por otros como una claudicación. Más allá de las distancias, los cubanos estamos condenados a entendernos si queremos sobrevivir como nación. ¿En qué medida percibe el pueblo de Cuba a la Iglesia como un factor importante de ese diálogo y de esa conciliación, y en qué medida desconfía de que su intervención esté condicionada por sus propios fines como institución y no por los intereses de la mayoría de los cubanos, creyentes o no creyentes?

RVG: Tiene usted cierta razón en esas aseveraciones que ha hecho acerca de la Iglesia en la historia de Cuba. No obstante, la realidad posee muchos matices y, por tanto, no pueden hacerse afirmaciones tan categóricas, ni en contra ni a favor. Resulta imposible hacer ahora un recuento histórico capaz de ofrecer una visión de la Iglesia más positiva que la presentada en la introducción de su pregunta. Sin embargo, daré algunas breves pinceladas que permitan demostrar que es posible.

Es cierto que la Iglesia no estuvo, en bloque –como yo hubiera preferido hoy–, en contra de la esclavitud. Pero, como usted afirma, hubo figuras de la Iglesia que abogaron en contra de la misma, y en Cuba la Iglesia hizo un esfuerzo tremendo por lograr un trato más humano para los esclavos. Hasta tal punto fue la presión que intentó hacer la institución en este sentido, que los hacendados comenzaron a traer de España los capellanes para sus haciendas, con el propósito de que no fueran sacerdotes obligados a obedecer los requerimientos de la Iglesia en la Isla en materia de atención a la esclavitud.

En cuanto a la connivencia con España en contra de la independencia, debo recordar que para lograrlo hubo que desarrollar una política de descubanización del clero. La Iglesia había asumido una labor fundadora de la nación, promoviendo la cubanidad, así como los fundamentos de las diferentes formas políticas que pretendían realizar la misma: el reformismo, el autonomismo y el independentismo. Todas las posiciones políticas, siempre que pretendieran fundar lo cubano, fueron acogidas y alimentadas por la Iglesia. Ahí está el ejemplo de la faena desarrollada por el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. Esta labor fue tan importante que no pudieron dejar de beber de sus fundamentos libertarios casi ninguno de los patricios que hicieron posible la nación y la independencia, por lejanos que estuvieran de la fe católica.

En este sentido, también existen muchos argumentos que pudieran matizar sus afirmaciones acerca de una Iglesia alineada únicamente con los estamentos del poder durante la república, y sometida más tarde por el Estado y el gobierno revolucionarios. La Iglesia jamás fue sometida durante la etapa revolucionaria. Ella –como consecuencia de una lucha entre la institución eclesiástica y la Revolución, conflicto en el cual tuvieron responsabilidad ambas partes– fue estigmatizada, agredida y acorralada, pero esto no conllevó que fuera dominada. La Iglesia no se dejó dominar y asumió el confinamiento con mucha entereza y dignidad, lo cual hizo posible que resistiera, creciera, se consolidara, ganara en influjo social y consiguiera legitimarse como un actor nacional responsable. Para conocer la Iglesia de estos tiempos se hace imprescindible estudiar el Encuentro Nacional Eclesial Cubano realizado en 1986, que fue el resultado de 10 años de diálogo entre todos los miembros de la Iglesia en Cuba, donde la misma decidió ser muy, pero muy evangélica y muy, pero muy cubana, abierta a todos y dispuesta a acompañar a cada cubano, fuera quien fuera. Invito a estudiar el documento final de este proceso.

El actual papel de la Iglesia como posible interlocutora no es un rol sacado de abajo de la manga, sino el resultado de una historia que, tal vez, algunos no conozcan bien (o no quieren conocer). La historia de la Iglesia en Cuba, y en especial durante este último medio siglo, ha hecho posible que la inmensa mayoría del pueblo la perciba como un factor importante de diálogo y de conciliación. Claro, existen algunos que dudan de sus intenciones –dudar es un derecho–. Sin embargo, debo precisar que muchos de esos prejuicios acerca del actual desempeño de la Iglesia tienen origen en la campaña de un sector que no le perdona a la institución procurar un arreglo entre todos los cubanos, donde nadie resulte perdedor, y se logre un cambio ordenado del modelo socio-político-económico que responda realmente a los deseos de la nación, del cubano medio, del cubano pobre. Ese otro sector lleva años añorando la confrontación, el aniquilamiento del otro y el caos como medios para erigirse luego en “únicos salvadores” del país. Por eso consideran la labor de la Iglesia como una claudicación motivada por intereses mezquinos y oportunismos de todo tipo. Pero esto no debe preocuparnos; ya Martí nos advirtió que es sólo el amor quien ve, que quienes aman, edifican, y quienes odian, destruyen.

Una de las grandes virtudes de Espacio Laical es no recluirse en “un pensamiento netamente católico o que emane del catolicismo” (te cito), sino el haber conseguido un espacio plural de debate que ha tocado muchos de los temas cruciales que inquietan (y angustian) a los cubanos. ¿Es posible mantener esa línea editorial y conservar ciertos equilibrios sin levantar los obstáculos que terminaron con una revista como Vitral?

RVG: Dos escenarios pudieran hacer fracasar el proyecto de Espacio Laical, antes de tiempo, antes de que cumpla su cometido. El primero, si los sectores intransigentes logran detener y revertir el proceso de reformas que, aunque lento y poco claro, se va realizando sin dar pasos atrás, y entre sus propósitos esté interrumpir todo empeño de participación real y de diálogo serio. El segundo, si el proceso de reformas continúa, pero con mucha lentitud, escasísima claridad, poca audacia para desatar los debates y limitada capacidad de escucha de la opinión ciudadana; porque ello podría generar una falta de confianza y una apatía que genere poca disposición para hacer públicas las opiniones y participar en la construcción de una Cuba mejor. Estos escenarios son posibles. Sin embargo, nosotros rezamos para que no ocurran y cada día sean más las posibilidades de expresar los criterios, dialogar y alcanzar consensos, a través de todo un universo de medios, entre los cuales se encuentre nuestra revista. De esta manera, como es lógico, también un día la publicación llegará a su fin, pero no de forma traumática.

Se ha hablado de que en ocasiones Espacio Laical y otras revistas católicas presentan una “realidad virtual”, un diálogo que es, de momento, incipiente. Yo, en cambio, soy de los que considera que ya hay que trabajar para el mañana, prefigurar el diálogo y el entendimiento entre todos los cubanos. A ello has respondido que “sería injusto no reconocer cuánto se ha avanzado en los últimos años”. ¿Puedes enumerar esos avances?

RVG: La cuestión nacional se ha convertido en tema central de muchísimos diálogos entre vecinos, compañeros de trabajo y de estudio, amigos y familiares. Dichos coloquios, a veces, sobrepasan la mera conversación y se convierten en foros de debate que van creando una opinión socializada. Estas charlas han demostrado que los cubanos pueden encontrarse e incluso ponerse de acuerdo, a pesar de las diferencias de criterios. Estos intercambios tienen hoy un espacio que los privilegia: el e-mail y, en muchos casos, han conseguido determinada institucionalización, como es el ejemplo de esta misma publicación, Cubaencuentro.

En la sociedad civil de la Isla existen muchos espacios de diálogo institucionalizados. Mencionaré algunos de los más destacados en La Habana: las revistas La Gaceta de Cuba y Temas, así como el espacio de debate de esta última conocido como Último Jueves; y los proyectos La Cofradía de la Negritud, con su boletín; el ciclo de talleres “Pensar la Revolución”, en el Centro Cultural Juan Marinello, donde participó una vigorosa juventud de izquierda; la Cátedra Haydée Santamaría; el proyecto El guardabosques, con su boletín; la Red Protagónica Observatorio Critico, con su compendio de noticias y análisis; Estado de Sats; así como diversos espacios promovidos por la UNEAC, y numerosísimas tertulias y reuniones de personas afines.

En la Iglesia Católica, por sólo mencionar algunos espacios de diálogo institucionalizados en la Arquidiócesis de La Habana, tenemos El Aula Fray Bartolomé de Las Casas (de los padres dominicos); el Centro Cultural Padre Félix Varela; el Centro Fe y Cultura (de los padres jesuitas); la Cátedra Razón y Fe; SIGNIS-Cuba; el Centro de Bioética Juan Pablo II; el Centro de Estudios Arquidiocesano, y las revistas ECOS, Vivarium, Spes Habana, Amor y Vida, Bioética, Palabra Nueva y Espacio Laical.

Las iglesias evangélicas también poseen espacios de este tipo. Citaré a dos de los más importantes: el Centro de Reflexión y Diálogo de Cárdenas, con su publicación, y el Centro Memorial Martin Luther King, con su revista Caminos.

Es cierto que todo esto no es suficiente, pero sería irresponsable e irrespetuoso asegurar que en Cuba no hay diálogo acerca de los problemas nacionales. No obstante, reitero, no es suficiente. Hace falta que surjan muchos más espacios de diálogo, incluso de naturaleza distinta a los mencionados. Igualmente se hace necesario abrir el gran espacio público nacional para que todos estos pequeños espacios públicos de debate puedan presentarse ante el pueblo e interactuar con el mismo, con el propósito de socializar los más diversos criterios y procurar la posible comunión entre los mismos –única manera de cincelar continuamente nuestro pacto social y hacer transitar a la nación por senderos de armonía y progreso.

La historia de Cuba está plagada de imposiciones y del diálogo de las pistolas, aunque hay excepciones memorables, como la que fraguó la Constitución de 1940. Has afirmado que percibir el proyecto que defienden la Iglesia y Espacio Laical como un proyecto que piensa ser la única salvación, sería un error”. Es reconfortante esa aceptación preliminar de que el destino de Cuba pasa por muchas formulaciones posibles (y seguramente reconciliables). ¿Aceptaría la Iglesia la emergencia de un Estado laico, aconfesional, al estilo de muchos estados europeos, y donde la fe abandonara lo institucional y se circunscribiera a la esfera íntima?

RVG: La Iglesia, por supuesto, prefiere que el Estado sea laico. De esta manera no existiría ninguna religión o ideología oficial ni privilegiada, en un contexto donde se promuevan por igual todas las religiones e ideologías –aunque desde una igualdad proporcional y no numérica, pues esta última siempre es injusta–. La Iglesia desea que esté garantizada, por un lado, la libertad de las conciencias y, por otro lado, la posibilidad de socializar todo lo que emane de esa libertad de conciencia, o sea, la expresión de todo el pensamiento, así como la manera de procurar proyectarlo en la realidad. En tal sentido, la Iglesia apuesta por la no confesionalidad del Estado, pero rechaza que la fe, un atributo de la conciencia humana, sea confinada a la esfera Íntima. Esto no sería consecuente con un modelo de sociedad que proclama y defiende la libertad de conciencia, la libertad para expresar las opiniones, así como la libertad para participar en la construcción del país. Exigir que la fe religiosa y que los criterios humanos que se fundamentan en esa fe sean circunscritos a la esfera íntima sería una discriminación.

Desear que la fe pueda tener una expresión pública y desarrollarse por medio de lo institucional no quiere decir que la Iglesia desee un poder para imponerse sobre el resto de la sociedad. La Iglesia debe poder expresar públicamente sus opiniones sobre todos los temas, así como enseñar –a quienes lo deseen– su doctrina y educar desde fundamentos cristianos, aunque siempre –como es lógico– sin contar con mecanismos coactivos que obliguen a quienes no lo prefieran a asumir sus criterios. De esta manera, los razonamientos de la Iglesia participarían en la conformación de lo social únicamente en la medida en que sean asumidos libremente por los ciudadanos y estos, en el ejercicio de su cuota de soberanía, participen en el diseño del Estado, de la cultura, de la economía, del derecho, etcétera.

Debo aclarar que los cristianos –y de manera muy particular los que participamos en el proyecto de Espacio Laical– tampoco deseamos conseguir, a toda costa, la hegemonía social del cristianismo. Sólo nos interesa ofrecer nuestras convicciones y nuestros criterios para que sean valorados y aceptados sólo cuando la mayoría de la sociedad considere que representarían un bien para todos. No deseamos prevalecer, sino acompañar y servir.

Soy de la opinión (no apoyada en estadística alguna) de que la religiosidad de los cubanos es, en su mayoría, meramente circunstancial, e incluso instrumental: el pacto con la divinidad a cambio de una dádiva, creer en Santa Bárbara cuando truena. Con la revolución, el catolicismo como una práctica habitual de la mayoría de los cubanos –fe sincera, contrato social o liturgia exenta de contenido— dio paso a un ateísmo por decreto. Desde los 90, en cambio, al caducar la fe en el futuro, las iglesias se han llenado por quienes buscan una fe sustitutoria, e incluso por quienes buscan un paliativo a sus necesidades más imperiosas. La sociedad abierta y plural a la que aspiramos, donde cada hombre pueda realizar sin cortapisas su destino en la medida de sus sabidurías y posibilidades, y sin el contrapeso de la tradición, ¿no propiciaría una sociedad más ensimismada en el éxito que en la espiritualidad, y vaciaría las iglesias a la misma velocidad que se han llenado?

RVG: Es posible que podamos llegar a presenciar el escenario esbozado por usted, sobre todo si tenemos en cuenta lo elemental de la religiosidad de muchísimos cubanos y el afán de éxito, a toda costa, que está reprimido y atormenta a muchos. No obstante, muy bien los cubanos pudieran desear el éxito y ocuparse también de acrecentar la espiritualidad. Ambos aspectos pueden ser complementarios y enriquecerse mutuamente, haciendo a la persona cada vez más humana. De hecho, en encuestas realizadas por la Iglesia Católica hemos comprobado que la espiritualidad es una de las demandas más importantes de muchos cubanos. Y esto es importante, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias desde las cuales hemos de partir para construir el presente y el futuro.

El pueblo cubano es maravilloso, pero carece de una economía capaz de permitirle el bienestar, es pobre, posee escasa formación cívica, se ha fragmentado, y no cuenta con los suficientes elementos y espacios para participar en el diseño social. Y, según la apreciación de muchos, con el agravante de que estaremos sometidos cada vez más a una tecnocracia que va acumulando poder y se está convirtiendo en una clase en si y para si que, llegado el momento, podría pactar con lo peor del planeta, incluso con mafias que operan por el mundo, algunas en países muy cercanos a Cuba. Esto podría hacer de nuestra Isla un lugar donde se desate, con vigor, la impiedad. Para afrontar esto será necesario que la ciudadanía, o una buena parte de ella, estén preparada política, intelectual y espiritualmente.

Para conseguir esto último tendrán que trabajar muchos las iglesias. Y para hacerlo, será imprescindible que venzan dos grandes retos. El primero, se hace necesario que puedan comprender muy bien la complejidad –presente y futura– de la sociedad cubana, así como encontrar la manera de dialogar con la misma y ofrecerle oportunidades fascinantes para que crezcan en el espíritu. El segundo, dado que nuestro pueblo necesita de mucha espiritualidad, de una intensa mística de la libertad y de la fraternidad, sería imprescindible que las iglesias cincelen y articulen –con mucho compromiso– la espiritualidad que emana de su fe, pues para ofrecer mucho hay que poseer mucho.

“Acompañar y servir. No prevalecer”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/acompanar-y-servir-no-prevalecer-270805





Precaverse del olvido

14 11 2011

Entrevistamos a Alexis Romay, master por la City University of New York, autor de la novela Salidas de emergencia y del poemario Los culpables, y presidente de la mesa de Archivo Cuba, cuyo proyecto Verdad y Memoria “documenta las muertes y desapariciones provocadas por la revolución cubana y estudia temas de transición relativos a memoria, verdad y justicia”. El sitio web añade que “se busca propiciar que los cubanos logren sus plenos derechos, fomentar una cultura de respecto a la vida y honrar la memoria de los que han pagado con sus vidas”.

 

¿Cómo surge Archivo Cuba y su proyecto Verdad y Memoria y cómo tú te vinculas al mismo?

Alexis Romay (AR): El Archivo Cuba es un proyecto del Free Society Project, una organización sin ánimo de lucro radicada en Washington, D.C., con su oficina principal en Nueva Jersey. Fue fundada en el 2001 por el difunto Armando Lago junto con María Werlau con el fin de promover los derechos humanos mediante investigaciones y publicaciones. Su objetivo central era utilizar la información que compilaba el doctor Lago para una investigación más profunda sobre cada víctima y con el fin de promover la diseminación de la información a nivel mundial y de manera interactiva. El Dr. Lago había comenzado esta investigación con la idea de publicar un libro sobre el costo en vidas de la revolución, buscando salvarlas de esa segunda muerte que es el olvido.

El proyecto de Verdad y Memoria documenta el costo en vidas humanas durante dos dictaduras consecutivas y registra casos de muerte y desaparición por motivos políticos o ideológicos desde el golpe de estado de Fulgencio Batista —el 10 de marzo de 1952— hasta las víctimas de Fidel (y ahora Raúl) Castro, dinastía que, como Batista, tomó el poder por las armas.

Mi vínculo con esta organización cumple ocho años. Conocí a María Werlau poco después de la tristemente célebre Primavera Negra de 2003, en un salón de conferencias de la universidad de Rutgers, en Newark (Nueva Jersey). Habíamos asistido a una presentación de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que andaba de gira por Estados Unidos, vendiendo el paradigma revolucionario en el mundo académico, que lo compra y lo paga bien. Al concluir la presentación de las federadas, hicimos algunas preguntas desde el público. Recuerdo que la mía indagaba por la suerte de Marta Beatriz Roque Cabello, quien por aquellos días malvivía en las mazmorras del régimen por el delito de pensar por cuenta propia. Me interesaba saber si el destino de esa mujer de carne y hueso le concernía a la FMC; si la organización representaba también a una opositora. La respuesta fue evasiva: no sabían de qué estaba hablando (aunque por aquel entonces la televisión cubana, controlada por el régimen, había demonizado una y otra vez a Roque Cabello, una de las figuras más visibles de la oposición).

Ahí me quitaron la palabra. Pero la tomó María Werlau, quien dijo representar al Archivo Cuba y preguntó por las mujeres a quienes el régimen castrista les había quitado la vida, judicial o extrajudicialmente. La respuesta oficial fue otra sarta de tonterías, pero yo me quedé con el aplomo, la elocuencia  y la serenidad de aquella mujer que no perdió los estribos allí donde tantos cubanos dignos habrían replicado con insultos y consignas. María tenía la verdad en la mano y no necesitaba gritar para sacarla a la luz. Al final de la conferencia me acerqué a ella. Los dos nos dimos las gracias por nuestras respectivas intervenciones, y acto seguido le pedí que me contara del Archivo Cuba.

A partir del día siguiente empecé a donar horas y horas voluntarias a Archivo Cuba. Mi labor comenzó en el plano editorial: traducía y corregía comunicados y partes de prensa y corregía entradas en la voluminosa base de datos o en la página web. Durante ese periodo inicial tuve la oportunidad de familiarizarme con muchos casos de víctimas del castrismo y empecé a ponerles rostro a esas estadísticas espeluznantes. Fue un proceso bastante doloroso. No es lo mismo hablar de muertos en abstracto que leer casos y casos de gente con nombre, apellidos, familia, planes de vida… Casi tres años después, María —a quien tengo el privilegio de contar entre mis seres más queridos y admirados— me propuso como miembro de la junta de directores del proyecto, propuesta que acepté no con poco orgullo. En 2009, como dictan los estatutos de nuestra organización, el Archivo Cuba debía celebrar una elección. Acepté la nominación y desde entonces tengo el honor de presidir la iniciativa. Cuando se cumpla mi ciclo de presidente, espero seguir en la junta de directores. Y cuento con que habrá continuidad y relevo.

 

¿Cuál ha sido el papel de María C. Werlau, secretaria de la mesa y directora ejecutiva, y qué peso han tenido las investigaciones de Armando Lago, fallecido en 2008?

AR: Como mencionaba en la respuesta anterior, María Werlau es la artífice de esta iniciativa y la conoce como nadie. Aprendo de ella constantemente. Las investigaciones del doctor Lago son la base sobre la cual continuamos edificando esa catedral a la memoria histórica y la verdad que es el Archivo Cuba. María sigue siendo directora ejecutiva del Archivo Cuba y continúa en la mesa del Free Society Project como secretaria, habiendo sido su presidente hasta mi elección en 2009.

 

Según el proyecto, hasta la fecha se han documentado alrededor de 11.000 casos, pero consideran que deben ser muchos más, pendientes de documentar. ¿Tienen ustedes alguna cifra, aunque sea tentativa, del número de muertes ocasionadas por el castrismo?

AR: La muerte por motivos políticos es un horror. (Siempre digo que un muerto por motivos políticos ya es demasiada muerte). Y las cifras de ese baño de sangre cubano que dura más de medio siglo son horripilantes.

Sí, tenemos cifras del número de muertes ocasionadas por el castrismo. Antes de adelantar ese número, quiero invitar a los lectores a que visiten nuestra base de datos. La inscripción es gratis. A partir de ahí, podrán buscar usando diversos criterios: fecha, región, causa de muerte, a quién es atribuida —Castro, Batista, Che Guevara, facción política o gobierno—, sexo de la víctima… Antes de responderte, déjame aclarar que este número está sujeto a cambios, pues el régimen cubano continúa en el poder, sigue cobrando vidas y está renuente a colaborar dándonos acceso a información que lo comprometa. El gobierno cubano tiene, por decirlo en términos legales, un conflicto de intereses en lo concerniente a esta iniciativa.

Se han documentado 10.029 casos hasta la la fecha. Para el período de Batista, 1.246 casos se le atribuyen al régimen de Batista y 387 al Ejército Rebelde y la resistencia anti-Batista.  Para el período revolucionario, 7.803 se le atribuyen al gobierno de Castro y 291 a fuerzas anti-Castro. Aparte de esto, hay muertes por razones políticas y militares que no se han podido clasificar por falta de detalles o por haber ocurrido en circunstancias difusas. Además, tenemos varias decenas de casos perpetrados por fuerzas armadas de otros países, tales como las de Bolivia y Angola.

Entre los casos documentados que se le atribuyen al régimen de Castro hay hasta la fecha 3.669 fusilamientos, 1.276 asesinatos extrajudiciales, 424 muertes en prisión por falta de atención médica o suicidio y 1.049 muertes o desapariciones en intentos de salida del país que no se cuentan entre los asesinatos extrajudiciales.

No aparecen en el Archivo la mayor parte de los balseros que se presumen muertos, por la falta de datos sobre dichas muertes. Sin embargo, el doctor Armando Lago estimaba —decía que era un cálculo conservador— unos 70.000 muertos en el mar hasta el año 2003.

 

Al clasificar los casos, se intenta especificar el “gobierno o facción que provoca la muerte o desaparición”, la “causa” y el “tipo de víctima”. Observo que se consideran víctimas del castrismo a aquellos que han muerto intentando huir de la Isla, incluso cuando no obran causas políticas. Algunos observadores podrían objetar que sólo se trataría de víctimas cuando han sido objeto de acciones violentas por parte del Cuerpo de Guardafronteras u otros organismos represivos, pero no cuando las muertes o desapariciones se han debido a accidentes marítimos u otras causas no directamente imputables a las autoridades cubanas.

AR: Previendo esta pregunta hice la aclaración de los balseros. En este caso, las víctimas que figuran en nuestra base de datos aparecen clasificadas según la causa de muerte o desaparición conocida. Hay 149 casos documentados de muertes y 5 desapariciones forzadas que resultan de acciones violentas por parte del servicio de guardacostas cubano y otros organismos represivos del régimen, así como quienes murieron en el territorio minado de la Base Naval de Guantánamo. Ese campo de minas está en territorio cubano y por tanto sus muertos forman parte de la lista de víctimas del castrismo.

 

Ustedes intentan reportar las muertes “con objetividad, transparencia e imparcialidad”, se citan las fuentes y los “conflictos de evidencia entre ellas”. Dado el secretismo que rodea a las víctimas del gobierno cubano, ¿en qué medida es esto posible? ¿En qué medida hay, por razones de información disponible, un cierto grado de subjetividad? El sitio advierte que “no ofrece garantías de que cualquier o todos los detalles de los casos reportados en este sitio sean ciertos, exactos, o confiables”. Y admite que “algunos datos contenidos en este sitio pudieran considerarse ofensivos, dañinos, incorrectos, o de cualquier forma poco apropiados, e incluso en algunos casos podrían resultar siendo engañosos por parte de alguna de las fuentes originales de la información”. Creo que es algo inevitable cuando se trabaja con datos testimoniales y fuentes muy diversas, sin olvidar el secretismo que impera sobre estos temas. ¿Cuentan ya con algún proyecto para depurar estos “conflictos de evidencia” o sólo será posible cuando se abran todas las fuentes y se practique una investigación a fondo por una verdadera comisión de verdad y justicia?

AR: Tenemos el deber ético de explicar las limitaciones de este trabajo y debemos tomar precauciones para actuar dentro de la ley con respecto al uso de información delicada y que, al clasificarla sistemáticamente para los fines de la base de datos, está sujeta a interpretaciones así como a errores.

La depuración de los conflictos de evidencia es parte de los objetivos de nuestra iniciativa y es una obra continua. No necesita un proyecto aparte. La base de datos es muy rigurosa al representar las fuentes de la información para cada caso. A medida que vamos encontrando más fuentes testimoniales primarias, vamos mejorando la documentación. Para aquellos casos que sólo se han construido sobre fuentes bibliográficas secundarias hemos encontrado duplicados que presentan inconsistencias en la fecha de nacimiento o de muerte, o en la ortografía del nombre o apellidos de alguna víctima, o en el lugar o la causa de la muerte. Cuando evaluamos que se trata de la misma persona en lugar de dos (o más), consolidamos los casos y se presentan las discrepancias en el archivo correspondiente. Uno de nuestros objetivos es que cuando Cuba logre una transición democrática y se establezca en la isla un estado de derecho, el Archivo Cuba sirva de base a una comisión de memoria, verdad y justicia.

 

Una singularidad de este proyecto, y que es ejemplar en cuanto a su carácter humanista y apartidista, es que “abarca eventos a partir del 10 de marzo de 1952 (fecha en que Fulgencio Batista suspendió el gobierno democrático constitucional en Cuba). Toma en cuenta hechos que han tenido lugar dentro o fuera de la isla y que han afectado a cubanos y no cubanos por igual. Todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas”. Es decir, que se documentan las víctimas del batistato con el mismo énfasis que las del castrismo, las ocasionadas por acciones del gobierno cubano y las ocasionadas por grupos opositores. ¿Se cumple esto rigurosamente? ¿No se cargan las tintas, como sería previsible, en las víctimas del gobierno y no de la oposición, en las del castrismo y no en las del batistato?

AR: Esta premisa se cumple rigurosamente. A riesgo de ser repetitivo: todos los casos se investigan y documentan sin importar los atributos o afiliaciones políticas, ideológicas u otras de las víctimas. Cuando decidí involucrarme en este proyecto, fue esa una de las peculiaridades más atractivas del mismo. Las tintas no se cargan en las víctimas del gobierno y no en la oposición, ni en las del castrismo en lugar de las del batistato. Pero hay un hecho incontestable y aunque parezca una declaración parcial o una perogrullada lo voy a mencionar: la tiranía de Batista duró siete años; el totalitarismo de los hermanos Castro multiplica ese número por siete, suma y sigue. Las víctimas de la oposición, que es variopinta y fragmentada, no pueden igualar ni acercarse de lejos a las de esa maquinaria represiva que es el castrismo. Las circunstancias me obligan a añadir que la oposición lleva décadas comprometida con el accionar cívico y pacífico. Y el régimen no ha perdido un ápice de beligerancia. No olvidemos que donde la oposición grita “¡Vivan los derechos humanos!”, el régimen le responde con “¡Socialismo o muerte!”; esto es, la muerte como única alternativa a su sistema político.

Ahí tienes el caso de Laura Pollán, esa digna maestra de más de sesenta años que hasta hace unos días fue fundadora y líder de las Damas de Blanco. Por el momento, más allá de los incontables actos de repudio y los golpes en la vía pública, no tenemos pruebas que indiquen que se trata de un asesinato extrajudicial. Pero el cadáver de Pollán fue cremado a las tres de la mañana, como si el régimen intentara borrar las huellas del delito. No es la primera vez que lo hace, pero esperemos que sea la última.

 

De acuerdo con la página, Archivo Cuba es una iniciativa de Free Society Project, Inc., sin ánimo de lucro y cuyos miembros trabajan en su mayor parte ad honorem. ¿Cómo es posible, en estos tiempos difíciles, mantener un proyecto de esta naturaleza con una financiación mínima?

AR: Es muy difícil mantener el proyecto con una financiación mínima. Es muy difícil, pero no imposible. Archivo Cuba no tiene empleados. Contamos con las horas de trabajo de los miembros de la junta de directores, así como con la labor de voluntarios que nos ofrecen sus servicios o su tiempo libre de costos. También contamos con la generosidad de usuarios que visitan nuestra base de datos y hacen clic en el botón de donaciones. (Cualquier contribución, por mínima que parezca, es bienvenida). Por último, hemos recibido en el pasado dos módicas becas de Freedom House, con el fin de trabajar en nuestra base de datos y realizar proyectos puntuales. Seguimos avanzando gracias al sacrificio propio y la caridad ajena. Si contáramos con mayores recursos podríamos avanzar muchísimo más y lograr mayor diseminación de las investigaciones.

 

Archivo Cuba aclara que no es una Comisión de Verdad y Justicia, como las puestas en prácticas por gobiernos democráticos tras la transición y que cuentan con los medios para realizar investigaciones oficiales de gran alcance, pero aspira a que su trabajo sirva de cimiento para un futuro proceso de esa naturaleza. La experiencia histórica ha demostrado que si bien no se construye futuro sobre la venganza, tampoco se construye sobre la amnesia, que sólo deja heridas cerradas en falso, sociedades atragantadas con su pasado durante decenios, y todo ello obstaculiza más que facilita la transición y la reconciliación. Por ello, el proyecto “se fundamenta en la creencia de que es necesario conocer y reconocer las injusticias sistémicas —pasadas y presentes— para propiciar el bienestar psicológico tanto de los sobrevivientes como de la sociedad como un todo. Se piensa que la recuperación constructiva de la verdad ayuda a la sociedad a fomentar la reconciliación y la justicia, lo que a su vez le posibilita mayor control en la construcción de su futuro. A su vez, se cree que el promover una cultura de respeto por la vida y por el estado de derecho ayuda a prevenir que se cometan más atrocidades”. En ese sentido, entronca con iniciativas similares en el cono sur americano, en Sudáfrica y con la ley española de Memoria Histórica. Cuando se habla de “reconciliación” y de “justicia”, ¿no estaríamos invocando conceptos antagónicos? ¿Hacer justicia no atentará directamente contra la reconciliación? E incluso el propósito de hacer justicia el día después, ¿no enconará en el poder a los responsables de esos desmanes, ante el temor a ser juzgados, y levantará barreras a una transición incruenta? Sudáfrica optó por una suerte de “justicia moral”, para propiciar la reconciliación. España ha optado durante decenios por una especie de borrón y cuenta nueva, sucedáneo del olvido, y en el cono sur se han dictado leyes de punto final. ¿Cómo ven ustedes, en una Cuba democrática del mañana, la conciliación entre “justicia” y “reconciliación”?

AR: En efecto, Archivo Cuba no es una comisión de Verdad y Justicia; nuestra iniciativa pretende servir de base a una futura comisión de esta índole, cuando se restituya el orden constitucional en Cuba y se restaure el respeto pleno a la integridad de todos sus habitantes. Le entregaríamos todo el material acumulado a dicha comisión.

No soy partidario del borrón y cuenta nueva, como tampoco soy partidario del crimen impune. Ni pienso que “reconciliación” y “justicia” sean términos mutuamente excluyentes. Y esta es mi opinión personal, que no refleja necesariamente la posición de Archivo Cuba al respecto. Aunque sí te confieso que si algo nos ha aglutinado a los miembros de la junta de directores de nuestra organización es un profundo respeto por la vida y la creencia de que las víctimas de la barbarie patria no deben ser barridas bajo el sofá para dar la apariencia de que la casa está limpia. De igual modo, quiero aclarar que ninguno de los miembros de Archivo Cuba clama por esa “licencia para matar” con la que tanto asusta el régimen cubano a nuestro pueblo. No seremos nosotros los instigadores que saldremos a la calle pidiendo a gritos “¡paredón!”. Ya eso lo hizo Fidel Castro hace cincuenta años y la estela de muertos es su legado.

Regreso a tu pregunta: dicha comisión de Verdad y Justicia no es nuestra tarea; en primer lugar, porque no tenemos ni recursos ni potestad para llevarla a cabo. Ese paso es responsabilidad del pueblo cubano de una Cuba democrática. Cuando todos los actores —víctimas y perpetradores— puedan sentarse a reconstruir la nación, habrá que examinar cuidadosamente el pasado —para no caer en la tentación de repetirlo— y honrar la memoria de todos los caídos en este largo proceso que ha desangrado a la isla. Será el pueblo cubano quien se encargue de determinar las pautas de la reconciliación futura.

 

“Precaverse del olvido”; en: Cubaencuentro, Madrid, 14/11/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/precaverse-del-olvido-270486





Cuando un amigo se va

24 10 2011

Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo.

Alberto Cortés

 

Por el contrario que Hugo Chávez, quien ha declarado que el asesinato de Muamar el Gadafi constituye «un atropello más a la vida» y lo declara «un mártir y un gran luchador”, Fidel Castro nunca fue amigo del coronel libio, que sí fascinó a Daniel Ortega. Será un problema de coeficiente de inteligencia. Aparte de sí mismo y, quizás, de García Márquez, Fidel Castro no tiene amigos. Sólo súbditos, cómplices necesarios, aliados eventuales y enemigos (siempre despreciables). Con la excepción de su hermano, basta repasar el destino de sus más cercanos colaboradores.

El coronel Gadafi, al que algunos llamaron el Che Guevara árabe –dado que nunca encabezó una guerrilla, sería por los fusilamientos— transitó del nasserismo panarabista al “socialismo árabe”, del anticomunismo al prosovietismo; del intervencionismo –3.000 militares libios apoyaron a Idio Amin en la guerra entre Uganda y Tanzania, y durante la Guerra de los Toyota intervino en Chad dados sus potenciales depósitos de uranio, intentó derrocar al presidente Hissène Habré y anexó la franja de Aouzou— al pacifismo africanista, una vez acomodado sobre un océano de petróleo. Propuso como receta la “tercera teoría universal”, la “yamahiriya” y el Libro Verde, un arroz con mango de marxismo mal digerido, islamismo de baja intensidad y nacionalismo como excusa de un gadafismo, ese sí, ortodoxo. De patrocinador del terrorismo internacional y los movimientos guerrilleros latinoamericanos, a amigo íntimo de Berlusconi y portero complaciente de las grandes petroleras internacionales que dejaron en su cuenta familiar miles de millones de dólares. Siguiendo a Josip Briz Tito y a Sri Pandit Jawaharlal Nehru, Intentó convertirse en líder del Movimiento de Países No Alineados. Intentó unificar Libia con Egipto, Sudán, Siria, Irak, Marruecos, Túnez, Argelia y Chad, e incluso formó la Federación de Repúblicas Árabes (1972-1977). Y consiguió hacerse multimillonario.

La ambición de Fidel Castro, que inauguró la política televisiva, ha sido convertirse en un político de talla universal, al que la mala suerte dotó de una pequeña isla, convertida en pedestal de su propia estatua. Y en buena medida lo ha conseguido, al costo de sacrificar el bienestar y la vida de los cubanos. Fiscal de todos los males universales (capitalistas), Castro ha proyectado una imagen de solvencia intelectual y un discurso que, aun hoy, despierta no pocas simpatías entre quienes no se toman el trabajo de cotejar la teoría con la práctica.

El coronel Gadafi fue un tenebroso showman del mundo del espectáculo, con sus declaraciones disparatadas, su recua de guardaespaldas diz que vírgenes y su jaima que plantaba con idéntico desparpajo en París, Londres o Roma. Los líderes de Occidente ya no podrán arrancar de sus álbumes de fotos los abrazos y besos al beduino loco del desierto.

A pesar de estas cruciales diferencias, Castro siempre ha cultivado a los tontos útiles y a los aliados de ocasión. Sabe que en Naciones Unidas y en la Comisión de Derechos Humanos un voto es un voto y no solicitan certificados de legitimidad, de inteligencia o de salud mental. Por otra parte, en la escena internacional, el raulismo ha convertido a Cuba en mero edecán de la política chavista. (La devaluación de nuestras metrópolis es un índice de la devaluación del país). Ello explica que los balbuceantes comentarios del diario Granma respecto a las revueltas árabes –piden democracia y libertades, no más socialismo–, hayan ganado en aplomo para apoyar decididamente al coronel en Libia. Fidel Castro dictó la línea editorial el 16 de marzo: «Estamos en contra de la guerra interna en Libia y a favor de la paz inmediata y el respeto por la vida y los derechos de todos los ciudadanos, sin una intervención extranjera que únicamente sirve para prolongar el conflicto y los intereses de la OTAN». Como si no sobraran declaraciones al respecto, Raúl Castro recibió el 3 de agosto pasado, 25 días antes de la caída de Trípoli, a Abdulhafid M. Zlitni, secretario del Comité Popular General de Planificación y Finanzas de Libia, enviado especial de Gadafi, y hasta hoy no ha reconocido al Consejo Nacional de Transición (CNT).

Si revisamos el diario Granma desde febrero de 2011, cuando la violenta respuesta del coronel a las manifestaciones pacíficas desembocó en el conflicto armado que acabó con su régimen, encontraremos numerosas referencias a asesinatos y matanzas.  El 2 de mayo, el MINREX condena el asesinato de un hijo y tres nietos Gadafi por los bombardeos, de lo que se hace eco Granma días más tarde. El 28 de julio, recoge la demanda ante el tribunal de Bruselas, por la muerte de varios civiles en el ataque de la OTAN a Hemidi Juildi, militar de Gadafi. El día 30 denuncia los bombardeos y atribuye a sus compañeros del CNT el asesinato del general Abdel Fatah Yunis, pasado a la insurgencia. El 9 de agosto, notifica el presunto secuestro de un centenar de niños en Misurata y se muestra preocupado por el destino de “

los hogares de ancianos y casas de discapacitados (…) bajo control de los opositores” y que podrían ser víctimas de “asesinatos, descuartizamientos, violaciones y quemaduras”. (Sobre el trato a los ancianos en Cuba, véase la última escena de Suite Habana). El 6 de septiembre, recoge la denuncia de Daramola Siji, coordinador de los nigerianos en Libia, para que cesen los asesinatos de subsaharianos, acusados de mercenarios, por los milicianos del CNT. El 14 de septiembre, subraya el deterioro de la situación humanitaria en Bani Walid, atribuible al cerco rebelde, los crímenes de guerra y «ajustes de cuentas» por parte de las fuerzas subversivas, redadas domiciliarias y asesinatos, en particular de 85 presuntos mercenarios subsaharianos en Misrata.

Ante tan prolija relación de los desmanes de los rebeldes, se echan en falta en la prensa cubana los bombardeos de febrero contra la población civil con aviones de combate y helicópteros artillados, y el bombardeo indiscriminado de Bengasi que ocasionó la deserción de una decena de pilotos, cientos de soldados, oficiales y policías que se negaban a masacrar al pueblo, así como diplomáticos libios ante la ONU, India, China y la Liga Árabe, y funcionarios horrorizados por la matanza. O el hallazgo, el 1 de octubre, de 357 cadáveres en fosas comunes. O el del 25 de septiembre pasado, cuando se abrió una fosa común cerca de la prisión de Abu Salim, con 1.270 cadáveres de prisioneros asesinados por Gadafi en 1996, y otros seis en el jardín del hotel Rexos. Ese 25 de septiembre,  la portada de Granma se consagró a los cinco héroes, la visita del presidente de la República Popular del Congo, el abanderamiento del equipo de béisbol y, en las páginas interiores, el ataque a Sirte por las “tropas insurgentes libias, apoyadas por la OTAN”, que están “pagando un alto precio debido a la tenaz resistencia de los leales a Muamar el Gadafi”. Es decir, “insurgentes” y “rebeldes” contra “leales”. Ha pasado mucho tiempo desde aquellos lejanos días en que los “rebeldes” eran los buenos, y les asistía el derecho de luchar contra una dictadura y despachar a los esbirros (no a los “leales”) tras juicios sumarísmos.

El Granma califica la muerte de Gadafi como asesinato. Y, al parecer, lo fue. La reconstrucción más fiable de los hechos indica que tras ser bombardeado por la OTAN el convoy donde huía, Gadafi, herido leve, recordó que había llamado ratas a los rebeldes, y se refugió en un tubo de alcantarilla, de donde lo sacaron vivo, aunque ya había perdido la elocuencia, porque su último discurso fue brevísimo: “No disparen”. Pero a Misrata, donde el doctor Ibrahim Tika realizó la autopsia, llegó con un tiro en la cabeza y una bala en el abdomen que fue la que, al parecer, le ocasionó la muerte. (En eso también se asemeja al Che Guevara).

Asesinado o ajusticiado como Trujillo o Somoza (eventos aplaudidos en su día por La Habana), no es difícil comprender que una milicia poco disciplinada y deseosa de venganza se tomara la justicia por su mano, no sólo por los cuarenta años de dictadura, sino por los miles de muertos que ha costado al país el empecinamiento del coronel en negarse a aceptar la voluntad popular, y refugiarse en alguna dictadura hospitalaria (sobre todo para exdictadores millonarios) a releer su Libro Verde. Aunque su muerte, en términos de puro pragmatismo, posiblemente haya ahorrado a Libia algunos cientos de vidas que valen más que la del coronel, habría sido preferible un juicio con todas las garantías (que él nunca ofreció). Más que por respeto al dictador, por respeto al futuro de Libia, que crecerá ahora bajo sospecha.

Una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba emitida hace poco, subraya que la isla solo reconocerá a un Gobierno libio que se constituya «de manera legítima y sin intervención extranjera, mediante la libre, soberana y única voluntad del hermano pueblo libio». Las imágenes del júbilo en las calles de Libia son un referendo inapelable.

Desde la caída del campo socialista, Fidel Castro no deja de perder amigos (o compinches, o cómplices circunstanciales), “un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo”. Y lo peor no es que se marchen, sino que dejan tras de sí un rastro de malos ejemplos.

 

“Cuando un amigo se va”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/cuando-un-amigo-se-va-269713





Cubanos de alquiler

19 10 2011

Hasta finales de los años 70, todo cubano que emigraba sabía que el regreso a la isla le estaba vetado in saecula saeculorum. Por entonces, los cubanos eran, exclusivamente, mercancía política: en buen estado si permanecían en el almacén insular, defectuosa una vez exportada.

Tras las conversaciones con la emigración, los gusanos salieron de sus crisálidas convertidos en flamantes mariposas, se abrió el banderín de los retornos y fluyeron hacia la Isla hijos, padres, primos y sobrinos, y maletas, muchas maletas con un muestrario de bisutería capitalista que demostró en pocos meses su capacidad erosiva sobre la granítica ideología revolucionaria. Algo que podría predecir cualquier pichón de geógrafo cuando la pelea es entre el agua blanda y la dura piedra. Siempre ha sido más fácil hacerse un vestido con una pieza de tela que con una pieza de oratoria.

Nos habían repetido que en Miami la condesa lavaba platos y el doctor fregaba carros. Cuando ambos aparecieron con todo lo que el ministerio de Comercio Interior no pudo suministrar durante dos décadas, comprendimos que en el más allá las tareas de limpieza se retribuían con largueza.

Hasta hoy, se ha mantenido a los cubanos el carácter de mercancía política. Al derecho de admisión, habitual en muchas discotecas, el gobierno de la Isla añade el derecho de emisión y el de desplazamiento, incluso dentro de las fronteras, de modo que ha aparecido una figura sui géneris: el no inmigrante ilegal, al que se caza en La Habana o Varadero para devolverlo a su hábitat original en las provincias orientales, posiblemente por razones ecológicas, para no alterar la biodiversidad.

El derecho de admisión se mantiene mediante la “habilitación” del pasaporte (a los cubanos que ellos consideren admisibles) y la in-habilitación de los restantes. Y la emisión de cubanos es también discrecional, aunque “la política de la Revolución, si alguien quiere salir de nuestro país para otro país, si le dan permiso de entrada en ese otro país, es autorizarlo a que salga. Nuestro país no prohíbe que ninguna familia emigre, porque construir una sociedad revolucionaria y justa como el socialismo es una decisión voluntaria y libre” (Fidel Castro; 23 de diciembre de 1999, cuando clamaba por la vuelta de Elián González). Pero ya se sabe que para Castro los conceptos de “libre” y “voluntario” no tienen el mismo significado que para la Academia de la Lengua. Basta recordar el caso del físico Luis Grave de Peralta Morell, preso de conciencia condenado a trece años y deportado tras cuatro años de prisión. Sus hijos y su esposa, a pesar de contar con un visado norteamericano, no fueron autorizarlos a viajar durante años. Cumplieron íntegra la pena que a su padre le fue conmutada gracias a los buenos oficios del congresista demócrata Bill Richardson. O el ya habitual veto que se impone a los viajes de Oswaldo Payá, Yoani Sánchez, Elizardo Sánchez Santa Cruz y otros opositores, e incluso a los que no lo son. Cuando España organizó el encuentro de narradores «La Isla Entera», el gobierno cubano negó el permiso de salida a una decena de narradores, de modo que el encuentro fuera “La Media Isla”.

El 28 de agosto de 2000, la secretaria de Estado Madeleine Albright hizo pública una relación de las 117 personas a las que en apenas dos meses y medio Cuba había prohibido viajar, aun  teniendo visado norteamericano, y denunció que a los cubanos, con ingresos anuales de 144 dólares, el gobierno les exigiera un impuesto de salida de 500. De ello se deduce el alto valor que conceden las autoridades de la Isla a la huida, como quien vende salvavidas a sobreprecio en medio de la mar picada.

La Constitución de la República de Cuba de 1901 estipulaba en su artículo 29 que “Toda persona podrá entrar en el territorio de la República, salir de él, viajar dentro de sus límites, y mudar de residencia, sin necesidad de carta de seguridad, pasaporte u otro requisito semejante, salvo lo que se disponga en las leyes sobre inmigración, y las facultades atribuidas a la autoridad en caso de responsabilidad criminal”. Y en su artículo 30, que “Ningún cubano podrá ser expatriado ni a ninguno podrá prohibírsele la entrada en el territorio de la República”. Lo cual será refrendado por la Constitución de 1940.

En su artículo 32, la Constitución de 1992 establece que “Los cubanos no podrán ser privados de su ciudadanía, salvo por causas legalmente establecidas. Tampoco podrán ser privados del derecho a cambiar de esta. No se admitirá la doble ciudadanía. En consecuencia, cuando se adquiera una ciudadanía extranjera, se perderá la cubana”.

De modo que todos los que hemos adquirido otra nacionalidad, deberíamos ser despojados automáticamente de la cubana. En su defensa, el gobierno cubano podría declararse incapaz de conocer cuáles de sus dos millones de exiliados se han convertido en norteamericanos, españoles o suecos. Pero hay pruebas de lo contrario. En la revista Encuentro de la Cultura Cubana se publicó un excelente texto sobre el caso de un ciudadano cubano que adquirió en la Isla la nacionalidad española y, en estricta interpretación de la Constitución, solicitó que le fuera extraída la nacionalidad cubana, como una muela sin posibilidad de empaste. Había sopesado las ventajas de ser extranjero y residir en Cuba. Tras meses de silencio, y ante la insistencia de su abogado, un viceministro del MINREX le respondió que la ciudadanía española le había sido concedida por una “potencia extranjera” y que el gobierno cubano, en nombre de la soberanía nacional y la autodeterminación, se negaba  a emprender cualquier tipo de acción bajo la presión de una decisión unilateral de una “potencia extranjera” (reiteración incluida).

En realidad, lo que justifica que el gobierno de la Isla viole su propia constitución es que los cubanos somos su mercancía, y no sólo política. Ignoro qué evento trascendental ocurrió el 31 de Diciembre de 1970, pero quienes emigraron antes de esa fecha son los únicos autorizados a regresar con pasaportes exóticos, después de pagar 105 € por la “habilitación” (se infiere que hasta entonces malvivían inhábiles) y el permiso de entrada. El resto, estamos condenados a adquirir a sobreprecio un pasaporte de 180 € (y otros 180 € en prórrogas), que en Estados Unidos asciende 370 US$  más prórrogas, como se constata en la página de la Sección de Intereses de Cuba en Washington (http://www.cubadiplomatica.cu/sicw/ES/ServiciosConsulares.aspx), donde se clama por la libertad para los cinco, cuando estadísticamente sería más justo exigir la libertad de los trece millones.

 Si usted se acerca a un consulado cubano, encontrará un listado de precios:

Carta de invitación 175 €

Permisos humanitarios de regreso definitivo 135 €

Permiso de Residencia en el Exterior (PRE) 80 €

Poder para salida de un menor 125 €

Legalización y certificación de nacimientos, matrimonios, defunciones (100 € por documento)

Transcripción a Cuba de nacimientos y defunciones 100 €

Transcripción de matrimonio a Cuba175 €

Documentación para casarse en Cuba: Solteros, 200 €; divorciados, 300 €; viudos, 400 €. Más 125 € si se casa por poder. Y 110 € por la certificación y legalización del certificado de matrimonio español.

Etcétera. Etcétera.

A juzgar por los precios, todo consulado cubano ha sido bendecido con una estrella Michelín. No hay menú del día ni platos combinados.

Pero posiblemente el más humillante de esos “impuestos revolucionarios” (como llamaba ETA a sus extorsiones a los empresarios españoles) sean las prórrogas de permiso de viaje al exterior (PVE). Después de pagar carta de invitación, pasaporte, permiso de salida, visado y billetes de avión, usted recibe por fin a su padre o a su madre en el aeropuerto. Pero no se engañe. Usted disfruta de sus padres en régimen de alquiler. Por ese concepto deberá pagar 40 € mensuales al gobierno cubano a partir del primer mes. 150 US$ en Estados Unidos. Hasta un tope de once meses, momento en que ese Estado considera que “el que fue a Sevilla perdió su silla” y expropia a su padre casa, muebles, carro y le expropia la patria negándole el derecho a regresar. Hipotecada la vida del ciudadano, en caso de impago, el Estado acreedor procede a la incautación de bienes y derechos.

Tucídides afirmaba que la ciudad no son sus murallas, sino sus habitantes. Y los Castro se percataron de inmediato que no bastaba ser propietarios  de las tierras y mares adyacentes, las fábricas y las casas. Como propietaria de todos los cubanos, la aristocracia verde olivo podía votar, decidir e incluso vivir en su nombre; enviarlos a guerras lejanas y reducirlos a menores de edad perpetuos o incapacitados permanentes que deberán ser representados. “Fidel es nuestro papá”, dijo en cierta ocasión no sé si Robertico Robaina o Felipito Pérez Roque, ambos castigaditos por su mala conducta. Y un padre, como afirmaba Pablo Neruda en su “Oda a Stalin”, suele castigar a los desobedientes: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga. Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: hace falta el castigo”.

Los italianos tienen un curioso eslogan: “Intenta vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”. Y nadie como los Castro lo ha puesto en práctica. Malgastaron en un decenio la economía saneada que heredaron en 1959 de sus padres; disfrutaron durante treinta años la suculenta mesada del padrecito soviético, y desde los 90 intentan vivir de sus hijos. Para ello han actualizado una tecnología del siglo XVII. Por entonces, aunque alguien no dispusiera de hacienda ni de fábrica donde colocarlos, podía adquirir un par de esclavos y “echarlos a ganar”. Como peón, carpintero, pescador o puta, el esclavo conservaría lo indispensable para su sostén y entregaría al dueño la plusvalía. Médicos, entrenadores, militares y marinos han sido “echados a ganar” por los caminos del mundo, bien sujetos a la Isla por una cadena invisible de rehenes filiales. “No podrán otorgar carta de invitación los ciudadanos cubanos que se encuentren cumpliendo misiones oficiales o contratos de trabajo”, reza una advertencia en las páginas de los consulados cubanos. Y añaden que quien deserte “no podrá viajar a Cuba, transcurridos 5 años desde la fecha de su salida del país”, y tampoco recibirán autorización para reunirse con el prófugo sus familiares, los rehenes. El mono habrá escapado, pero la cadena es propiedad del Estado. También en la Isla se ha “echado a ganar” en las corporaciones extranjeras a muchos cubanos. Incluso las putas por cuenta propia son expoliadas indirectamente por el Estado a través de policías y funcionarios, proxenetas del Materialismo Dialéctico. Fidel Castro se encargó personalmente del marketing al calificar a las jineteras insulares como “las más cultas del mundo”, como si los putañeros del universo acudieran a la Isla a disfrutar las bellas artes de la conversación.

Destruida la industria azucarera, arruinados los cafetales y renqueantes las fábricas soviéticas, obsoletas de nacimiento, la exportación de carne ha pasado a ser la primera industria de la Isla, algo que haría las delicias de los caníbales de Papúa-Nueva Guinea: se exporta carne humana en su envase original (100% natural, sin conservantes ni colorantes). Cubanos de bajo coste que permiten al buró político del alzheimer continuar viajando por la vida en primera clase.

La diferencia con el siglo XVII es que por entonces el esclavo podía ahorrar para comprar su libertad y disponer entonces del fruto íntegro de su trabajo. De momento, la legislación laboral cubana no contempla la manumisión entre los derechos de la clase trabajadora. La única alternativa es el exilio. Y entonces opera la cadena invisible del amor filial: remesas mediante, el exilio cubano está condenado a una práctica que aterraría a los dicharacheros italianos: mantener a sus hijos en el continente y a sus padres en la Isla, y sacarlos de vez en cuando a tomar el fresco del planeta, por 40 € mensuales, el alquiler fijo de un cubano, sin rebajas en temporada baja ni descuentos a los clientes habituales.

 

“Cubanos de alquiler”; en: Cubaencuentro, Madrid, 19/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/cubanos-de-alquiler-269265





Laura Pollán: el decoro de muchos

17 10 2011

Un héroe mitológico suele estar investido de poderes excepcionales que le permiten exterminar monstruos, salvar inocentes, levantar ciudades o desfacer entuertos. De esto último se ocupó don Alonso Quijano, aunque su fuerza residía en su debilidad, su desvalimiento ante una realidad mezquina que él insistía en convertir en una realidad acrisolada por los altos ideales caballerescos.

Laura Pollán (13-02-1948 – 14-10-2011), que acaba de morir en La Habana, también insistió en que una realidad mezquina tendría que ser radicalmente transformada a la medida de los hombres. No vestía cota de malla, ni cabalgaba sobre Bucéfalo ni disponía de la espada Tizona. Su cota era un sencillo vestido blanco y empuñaba un gladiolo. Pero con esas armas infundió pánico a los dueños de las pistolas y a los guardianes de los calabozos. Sólo el pánico explica el ensañamiento con que son maltratadas y denigradas las Damas de Blanco, ella la primera.

Si una persona excepcional, un héroe de acuerdo a los patrones actualizados del siglo XXI, es aquel que conquista las cimas de las artes, la política o las ciencias, Laura Pollán no lo fue. Pero “cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres”, como dijo José Martí. Y la excepcionalidad de Laura Pollán reside en que acaparó el decoro de muchos conciudadanos. Una maestra de Literatura, ama de casa y esposa que hasta 2003 no se había inmiscuido en política, reunió el valor y el decoro necesario para echar a la calle su repudio a la injusticia cuando su esposo Héctor Maseda y otros 74 cubanos fueron condenados a larguísimas penas acusados de pensar diferente.

A pesar del acoso y los golpes de las turbas organizadas, a pesar de enfrentarse a un Estado que dispone de todos los medios para difamar y denigrar sin derecho a réplica y con total impunidad, a pesar de las amenazas que convirtieron su casa de Neptuno 963 en una plaza sitiada, perseveró hasta la muerte en enfrentarse al dragón armada con un gladiolo, ya no por la liberación de su esposo, o de todos los presos políticos, sino de todos los cubanos. Incluso aquellos enrolados de grado o por fuerza en las golpizas y los mítines de repudio. También esos, prisioneros de su odio o de su miedo.

«Yo no hablo de política”, decía Laura Pollán, “sino de Derechos Humanos». Pero en Cuba la palabra “derechos” es subversiva, y el Estado necesita despojarnos de una parte de nuestra humanidad para convertirnos en cómplices, aunque sea aquellos cómplices silenciosos de los que hablaba Martin Niemöller: ”Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron a por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Hospitalizada el 7 de octubre, murió el viernes 14 a las 19:50, a sus 63 años, de un paro cardiaco tras una semana en estado muy grave por complicaciones respiratorias. Aquejada de diabetes y dengue, más las secuelas de detenciones, golpizas y acoso sicológico –detenida y “arrastrada” el 8 de septiembre junto al santuario de El Cobre, cerca de Santiago de Cuba; sometida a un “acto de repudio” en su propia casa el  día 24 del mismo mes—, Laura Pollán no ingresará en las estadísticas de los crímenes políticos. No fue asesinada en una mazmorra ni tiroteada en la calle. En un país que blasona de su sistema sanitario, que prorroga con las tecnologías más avanzadas la agonía de su anciano dictador y prodiga cuidados especiales a sus compinches extranjeros, Laura Pollán “disfrutó” la atención médica que, según el gobierno, merecen los ciudadanos de la Isla: un hospital sin medios ni recursos, sucio y destartalado: un moridero donde van a parar quienes no tienen acceso al sistema sanitario de élite que es propiedad privada de la aristocracia verde olivo, sus familiares y amigos. Quizás por eso el bloguero oficialista Iroel Sánchez, expresidente del Instituto Cubano del Libro, se ha precipitado a entrevistar a Armando Elías González Rivera, jefe de Cuidados Intensivos del Hospital Calixto García: «El doctor nos acreditó que la paciente recibió todas las atenciones y medicamentos necesarios (…) requirió en su caso de ventilación artificial, traqueostomia, tratamiento con antibióticos y antivirales, transfusiones sanguíneas, además de múltiples exámenes complementarios, incluidos estudios del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí». Recuerda al niño malo de la clase que cuando le tiran un taco a la maestra, se apresura a proclamar: Yo no fui. Yo no fui. Indicio de culpabilidad más que de inocencia. Iroel Sánchez está garantizando que, en caso de necesidad, él no reciba los cuidados intensivos del hospital Calixto García. A su circunscripción ideológica le corresponde el CIMEQ.

Laura Pollán, la humilde maestra de Literatura que convirtió su reclamo personal en reclamo de la nación, suscitó, armada con un gladiolo, un temor de los poderosos que se ha recrudecido con su muerte y los llevó a desplegar “un burdo operativo policial dentro y fuera del hospital Calixto García, a cambiar el cuerpo de Laura varias veces de ambulancia para que no supiéramos hacia qué morgue lo llevaban y finalmente a no sacar, siquiera, una breve nota necrológica en la prensa nacional”, como cuenta en su blog Yoani Sánchez. Acosada hasta después de muerta, Eduardo Díaz Fleitas y Pedro Argüelles Morán, del Grupo de los 75, y al menos 11 mujeres fueron detenidos en la región oriental para impedirles acudir a su sepelio.

Si un indicio suficiente de la existencia de un héroe es su persistencia en las sagas y los anales de los pueblos, hoy basta escribir “Laura Pollán” en Google para obtener 550.000 resultados. Es lo que ocurre cuando comienzas luchando por la libertad de un hombre y terminas luchando por la libertad de todos.

Parte de sus cenizas han viajado a Manzanillo, su ciudad de nacimiento; el resto, serán esparcidas en un campo de flores. Los agricultores saben que ciertos abonos causan una proliferación sorprendente. Las dictaduras, también. Al gobierno sólo le queda declarar ilegales los gladiolos y prohibir, en todo el territorio nacional, el color blanco.

 

“Laura Pollán: el decoro de muchos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/10/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/laura-pollan-el-decoro-de-muchos-269455





La lentitud confortable

13 09 2011

Degustar un Yoichi 20 años, fabricado por Nikka, es una experiencia memorable. Un whisky cargado de matices –violetas, cuero, tabaco, grosellas— que abandonan en el paladar una larga memoria de las excelentes aguas de Hokkaido y de la turba purificadora en sus suelos. No por casualidad fue elegido en 2008 el mejor single malt en el World Whisky Awards, desbancando por primera vez a un whisky escocés.

Ese sabor se lo debemos a Masataka Taketsuru (1894–1979), un joven que tomó clases de química orgánica en la Universidad de Glasgow en 1919 y, posteriormente, trabajó en varias destilerías escocesas. En 1920 regresó a Japón cargado de cuadernos donde fue anotando el proceso de producción, y allí comenzó a trabajar para la destilería de Shinjiro Torii, creando en 1934 su propia empresa, Nikka, en Hokkaido, la Escocia japonesa.

De haber nacido en el Japón tradicionalista y hermético de la primera mitad del siglo XIX, el empeño innovador de Masataka Taketsuruno no habría fructificado; pero coincidió con la apertura del país a las nuevas tecnologías que convirtió a Japón en una potencia de primer orden. El país comprendió que no se trataba de reinventar la rueda, sino de adaptarla a su entorno. Ni de importar bisuterías de consumo, sino de estudiarlas, mejorarlas y producirlas con una eficiencia óptima. Treinta años después de los hermanos Wright, Japón fabricaba el Mitsubishi A6M, Zero, uno de los mejores cazas de la época.

En su libro Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años (Debate, 2006), Jared Diamond ofrece la explicación más convincente de por qué la humanidad se ha desarrollado diferencialmente en distintas regiones. Revela las causas objetivas de que en Mesoamérica y Los Andes surgieran las grandes civilizaciones americanas, y no en la Patagonia o en los Grandes Lagos. Y las razones geográficas, biológicas y climáticas gracias a las cuales las culturas de Eurasia y del Creciente Fértil han dominado el mundo durante los últimos milenios: la disponibilidad de animales y plantas domesticables y de alto rendimiento, pero, sobre todo, la posibilidad de expandir tecnologías, cultivos y ganado en un eje paralelo (y no meridiano, como en América o África) con franjas climáticas semejantes.

Gracias a ello, un puñado de conquistadores españoles vencieron a los imperios maya, azteca e inca, no porque fueran seres superiores, sino porque, entre otras razones, venían armados con acero (facturado por primera vez en India, Sri Lanka y China, donde también se inventó la pólvora) y sobre caballos que fueron domesticados por vez primera en Asia Central. Anotaban sobre papel (de origen chino) sus experiencias, mapas y conquistas gracias a una escritura muy perfeccionada a partir de sus orígenes babilonios. Y, sobre todo, venían armados con gérmenes contra los cuales los eurasiáticos se habían inmunizado a lo largo de milenios. Los americanos carecían de anticuerpos. Cómputos recientes demuestran que la gripe, la viruela, el sarampión, el tifo y la influenza fueron los grandes genocidas de la conquista.

Karl Marx realizó en su momento el análisis más exhaustivo del capital, pero pecó de escolástico al conferir a sus leyes de la dialéctica un carácter universal e inmutable. A ellas debía someterse, a las buenas o a las malas, la naturaleza y la historia. Y su Materialismo Histórico –determinista, eurocentrista y racista, entre otras istas–, intenta embutir en la horma europea el devenir histórico de toda la humanidad, sin considerar la historia como la compleja interacción entre múltiples procesos, no un mero resultado de la lucha de clases. De ahí que las sociedades construidas a punta de bayoneta como modelos más o menos (in)fieles a sus tesis hayan demostrado su caducidad histórica.

Jared Diamond, biólogo y biogeógrafo, profesor de la Universidad de California, parte de los datos objetivos e intenta explicar los hechos probados mediante razones comprobables. China, la gran potencia tecnológica del primer milenio, se subdesarrolló tras impermeabilizarse a lo nuevo y confinarse dentro de sus fronteras en una suerte de endogamia histórica. Lo contrario que Japón cuando a mediados del XIX asimiló el acervo tecnológico de Occidente. O la gran cultura islámica, dueña de la sabiduría medieval, que caducó tras imponer la transmisión de la fe sobre la transmisión del conocimiento.

El libro de Diamond hace referencia a un caso singular, el de Tasmania, una de las sociedades más primitivas del planeta a inicios del siglo XX. Unida a Australia mediante un puente de tierra durante milenios, hacia ella migraron las tecnologías australianas, según demuestra el registro arqueológico. Sumergido el puente, bastó que una epidemia o una guerra mataran a los artesanos de una aldea para que dejara de fabricarse el bumerang y otros instrumentos, y la comunidad fuera sumiéndose en una economía cada vez más precaria, sin posibilidad de reactivación tecnológica por transmisión. Por el contrario que en Eurasia, estaban condenados a reinventar, una y otra vez, la rueda.

Cuba es un caso singular de aplicación de las tesis de Jared Diamond. Exterminada en su casi totalidad la población autóctona por los gérmenes y el acero de la conquista, la isla, extensión occidental de la cultura occidental, adoptó rápidamente la ganadería europea, la caña de la India y el café etíope, pero también las tecnologías navales más avanzadas. Más tarde aprovechará, desde inicios del siglo XIX, el estrecho puente de mar que la separa de una de las sociedades más innovadoras, la norteamericana. De modo que la colonia dispone de ferrocarril antes que la metrópoli y crea durante el XIX una industria, especialmente la azucarera, de tecnología punta, al tiempo que se forma una clase empresarial y una tecnocracia capaces de operarla eficazmente, algo que se acelera y diversifica tras la independencia, durante la primera mitad del siglo XX.

Con todas las objeciones que pueda, justamente, hacérsele –inestabilidad política, diferencia entre la ciudad y el campo, monocultivo, corrupción, etc.–, aquella era una sociedad en crecimiento, ágil en la implantación de las novedades tecnológicas, y que se encontraba en proceso de diversificación –tabacalera, industria ligera y textiles, alimentaria, transporte, minería, metalurgia, entre otras–, gracias a contar con un creciente sector de personal altamente calificado. Como en el Japón de Masataka Taketsuru, no se trataba de importar bisutería norteamericana, sino de realizar producciones propias ajustando la tecnología a las condiciones y posibilidades locales.

La revolución de 1959 cortó el puente marítimo con la capital tecnológica del siglo XX y estableció un puente transoceánico con la Tasmania soviética, de donde comenzamos a recibir hachas de piedra y otras tecnologías obsoletas. El proceso de desmantelamiento de la economía precedente concluyó, en lo esencial, con la Ofensiva Revolucionaria y la Zafra de los Diez Millones. Los artesanos de la aldea no perecieron en guerras o epidemias. Se exiliaron masivamente en menos de un decenio.

Entre 1968 y 1989, la aristocracia verde olivo disfrutó su Edad de Oro. Eliminada la competencia y abolida la sociedad civil y la prensa libre, dueños absolutos del poder político y económico, la nueva oligarquía, subvencionada por razones geopolíticas, no tenía siquiera que ser eficiente. El sueño dorado de cualquier dictadura. Sin inquietud por la opinión pública, la prensa o la oposición, abolida la inquietud electoral, podían dedicarse impunemente a juegos de guerras y guerrillas o a la prestidigitación económica: vacas como elefantes que harían correr ríos de leche, zafras que inundarían de azúcar el planeta, café caturra, arroz, naranjales estudiantiles. Cada desastre era el prólogo, a golpes de consigna, de un nuevo milagro que nos colocaría a la cabeza del universo. Mientras, bajo el manto de una presunta planificación modelo GOSPLAN, se echaron al olvido palabras obsoletas propias del ancien régime: contabilidad, fiscalidad, rentabilidad, auditoría, control de gastos y resultados, facturación, beneficios, eficiencia.

Posiblemente la gerontocracia criolla recuerde hoy con nostalgia aquellos años felices cuando era mayor su esperanza de (buena) vida.

Ahora la supervivencia obliga a reinventar a trompicones la empresa privada (pero si incentivos fiscales, ni apoyo financiero, ni mayoristas); se entregan tierras en usufructo sin insumos ni banco agrícola y con trabas a la producción y la comercialización; se reinstauran la contabilidad y el control de gastos y resultados; se impone un sistema fiscal que abrume adecuadamente a los pequeños empresarios; palabras como rentabilidad, facturación, beneficios y eficiencia se rescatan de los viejos diccionarios. Y las auditorías, como un ras de mar, amenazan a los jerarcas que habitan al nivel del mar. Difícilmente la marea suba hasta las altas cumbres.

Lo más llamativo para los expertos es la lentitud y los reiterados “errores” y “olvidos” en la reimplantación de esas viejas tecnologías. Si la pólvora o la imprenta se distribuyeron gracias al eje meridiano de Eurasia, hoy los nuevos medios de transporte y el eje multidireccional de Internet permiten la difusión instantánea de las tecnologías en todas direcciones. Cualquier Manual de negocios para Dummies permite al más lerdo la reimplantación de la empresa privada, con todo su aparato subsidiario, en un par de meses. El raulismo, en cambio, repite que todo se hará con calma y sosiego para no equivocarse. (Son los mismos que se equivocaron a toda velocidad durante los 60, pero la tercera edad ya no está para esos trotes). Y aun así, se equivocan, comenzando por los tempos. En una economía globalizada y dinámica que se mueve a saltos tecnológicos, la lentitud es el primer error.

Pero no es un error ni un olvido. Una parte de la aristocracia verde olivo hace retranca al cambio, anclada aún en la nostalgia por su Edad Dorada. Triste jubilación sería soportar el alzheimer y los males de próstata, como almas en pena de museo, en un mundo de pequeños empresarios exitosos y solventes. Otros, más emprendedores y ya de civil, aunque conserven sus al(r)mas de generales, saben que mientras afianzan la administración o la gerencia de las corporaciones y empresas de las que mañana serán dueños, necesitan un período de carencia, un plazo de gracia sin la competencia desleal de un empresariado advenedizo, aunque sean ingenieros y licenciados condenados a oficios del siglo XIX: arrieros, aguadores o forradores de botones.

Y no es que la espera sea demasiado inconfortable. Como aquellos emperadores de la China hermética que sólo permitían la importación de relojes para su uso y entretenimiento, pero prohibían construirlos a los artesanos locales (los autócratas siempre han querido monopolizar el usufructo del tiempo), la aristocracia verde olivo cuenta en privado con la parafernalia tecnológica de última generación para su disfrute, lo que facilita la redacción de los llamados al sacrificio y la abnegación de los súbditos, entre sorbos de un Yoichi 20 años, fruto del emprendedor Masataka Taketsuru y de la apertura japonesa.

 

“La lentitud confortable”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-lentitud-confortable-268066





Un leve rasguño en tu memoria

8 09 2011

Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, Cuba, 1936) no sólo es un excelente poeta y periodista, miembro correspondiente de la Real Academia Española, y un conversador impenitente que deja caer como al descuido ironías afiladas que hieren a los miserables sin causar daños colaterales; es también un hombre que se hace querer a la primera. Miembro de la generación poética de los 50, fue primer secretario y consejero cultural de la embajada de Cuba en Bulgaria, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, redactor-jefe del suplemento cultural Hoy Domingo (del diario Noticias de Hoy) y de La Gaceta de Cuba, codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y miembro del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana. Ha publicado catorce volúmenes de poesía, entre ellos Paso a nivel (2005) y la antología personal Un caracol en su camino (2005). Sólo un leve rasguño en la solapa (2002) es el primer volumen de sus memorias y Oficio de opinar (2008) recoge periodismo y ensayos. Su antología Poemas Cubanos del Siglo XX (2002) fue publicada en Madrid por Hiperión. Amigo y colega de Lezama Lima, compartió con él el jurado que otorgó a Heberto Padilla el premio UNEAC por su libro Fuera de Juego. Protagonista y testigo de excepción de la cultura cubana en la segunda mitad del siglo XX, suscribió en 1991 la Carta de los Diez, preparada por la poeta María Elena Cruz Varela. Represaliado por ello, se marchó al exilio en 1992 y reside en Las Palmas de Gran Canaria, su isla de repuesto.

Sus memorias, escuetas y sugerentes como un buen poema, nos dejan con hambre. Aprovecho esta ocasión para saciarla.

 

Manolo, a pesar de ser un joven miembro del Partido Socialista Popular, el viejo Partido Comunista, uno de los primeros periódicos en que escribiste fue en el diario Tiempo, de Rolando Masferrer, jefe de la banda paramilitar más feroz del batistato. Confiesas que en tus brevísimas visitas a la redacción te sentías asqueado por un sitio donde había más metralletas que máquinas de escribir. Sin embargo, consideraste más importante decir lo que querías que la filiación del espacio donde eso apareciera. Coincido plenamente contigo. Sin embargo, la historia política y cultural cubana está plagada de publicaciones “nuestras” o “de ellos”, “amigas” y “enemigas”, síntoma de nuestra escasa cultura para el diálogo, algo que la revolución ha potenciado.

MDM: Este detalle de mi biografía lo narro ampliamente en mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa. El periódico de Masferrer, Tiempo en Cuba, formaba parte del entramado propagandístico del batistato, pero su jefe de redacción, el crítico de arte Joaquín Texidor, con quien yo mantenía buenas relaciones, me invitó a colaborar en él. Después de pensarlo mucho, me decidí a colaborar en ese periódico porque me dije que lo importante era lo que yo dijese en mis artículos y no el medio que me los publicara. Cuando salió publicado mi artículo sobre Rigoberto López Pérez, el joven nicaragüense que mató a Anastasio Somoza, Texidor me avisó del interés que había mostrado Masferrer por saber quién era yo, y me aconsejó que suspendiera las colaboraciones, que no me portara por el periódico y que me ausentara de La Habana durante un tiempo. Era lógica la reacción de Masferrer porque en aquel artículo, titulado “El drama de Nicaragua” y aparecido el 5 de octubre de 1956, yo sostenía la tesis de que matar a un tirano no es un crimen.

 

Conociste a Agustín Acosta, poeta nacional hasta que un jurado le arrebató el título a favor de Guillén, sin siquiera tener que subirse al ring. Como expropiaron a Regino Pedroso, a quien también conociste, la medalla de gran poeta social cubano. ¿Cómo recuerdas a esos tres grandes nombres de la poesía cubana?

MDM: Fui amigo de los tres y los recuerdo con nostalgia porque están vinculados a mis ilusiones juveniles. Agustín Acosta Bello era primo de mi abuela paterna, Dolores Bello Casaña, y lo vi por primera vez, siendo yo niño, en su casa de Jagüey Grande. La última vez que conversamos fue en mi casa de La Habana, poco antes de que, ya viejo, se fuera de Cuba con su mujer. Agustín era de ideas liberales, tenía una historia política impecable en la República y no confiaba en la revolución castrista. Conocía todo lo que había que conocer de la industria azucarera cubana y en nuestra última conversación me vaticinó el fracaso de la Zafra de los Diez Millones, quizás la más sonada de las costosas memeces faraónicas de Fidel Castro. Se llevaba bien con Nicolás, a quien le escribió una carta angustiosa en la cual le pedía que lo ayudase a obtener el permiso para viajar que el Gobierno le demoraba. Me consta que Guillén, con quien trabajé como redactor-jefe de La Gaceta de Cuba, que él dirigía, era una noble persona y un buen amigo, y no dudo de que Agustín lograra alcanzar su propósito gracias a los buenos oficios de Nicolás. Quien no tenía las mejores relaciones con “el mulato sabrosón”, como le decía Lezama a Guillén, era Regino Pedroso. Se masticaban pero no se tragaban. Los distanciaba el hecho –no sé si había otro– de que Regino había sido desplazado por Nicolás del trono de la poesía social en Cuba, en el que Regino se sentó cuando en 1930 publicó su libro Nosotros, y del cual lo bajó definitivamente el Partido Comunista cuando el poeta publicó, en 1955, El ciruelo de Yuan Pei Fu, su mejor libro, exponente de un escepticismo político que el mesianismo comunista no podía deglutir. Desde entonces, Regino fue difuminándose en el olvido, al tiempo que Nicolás fue monopolizando el centro de la poesía nacional, de la que llegó a ser el gran tótem gracias a la revolución castrosta, a pesar del desprecio que la nomenklatura guerrillera, empezando por el propio Castro, le manifestaba. El desprecio que esa gente sentía hacia Nicolás se debía a que no era un hombre de acción, no tiraba tiros y se limitaba a actuar como intelectual, aparte de que, a los ojos de esos que murmuraban contra él, arrastraba el “defecto” antiproletario de tener gustos refinados. Por lo mismo se burlaban también, pero con discreción, de Juan Marinello. Castro le colgó el nombrete de “Juan de América”.

 

Intentaste crear una revista cultural en 1957 en colaboración con el pintor Adigio Benítez, el cineasta Roberto Fandiño y los poetas Roberto Branly, José Álvarez Baragaño y Serafina Núñez. ¿Algo en aquel instante te habría permitido prever que el destino de cada uno sería tan diferente?

MDM: No, nada. Lo que recuerdo es que a aquellos amigos, aparte del deseo de fundar una revista cultural con filo político, los unía entonces el repudio a la tiranía de Batista. Tras la llegada de la revolución al poder cada uno decantó su identidad ideológica y tomó su rumbo personal. Tengo entendido que Adigio, que fue compañero mío en el periódico Hoy, vive aún y sigue atado al castrismo. Baragaño, Branly y Serafina Núñez fallecieron en armonía con la revolución. Baragaño murió muy pronto, en 1962. Conociéndolo como lo conocí y recordando cosas que me dijo en nuestras frecuentes conversaciones, propiciadas por la circunstancia de que éramos concuños, creo que tarde o temprano se habría ido al exilio, como hicimos Fandiño y yo.

 

¿Cómo fue tu relación con Virgilio Piñera, el que murió sin saber si estaba rehabilitado, y con quien publicaste en el último número de Ciclón? ¿En qué medida se corresponde tu imagen personal con la imagen mítica que se ha creado de él?

MDM: Mi relación con Virgilio fue extraordinariamente cordial. Nos conocimos en La Habana antes de la revolución, a su regreso de Buenos Aires. Nuestra amistad duró hasta su muerte. Murió condenado al silencio por el régimen castrista, que lo persiguió como escritor y como homosexual. El canciller Raúl Roa se mofaba de él llamándolo “escritor epiceno”. Virgilio era corajudo intelectualmente, y ajeno por completo a las poses, la petulancia y la hipocresía. No ocultaba ni su homosexualidad ni lo que pensaba. En las reuniones de los intelectuales con Fidel Castro en 1961 le hizo saber al líder, cara a cara, su oposición a la cultura dirigida, aberración totalitaria que Castro canonizó en el discurso con que puso fin a aquellas reuniones convocadas precisamente para dejar establecido el control estatal de la cultura. Virgilio produjo una obra literaria heterodoxa respecto del dogma estético oficial y fue una víctima del régimen, de modo que estaba destinado a ser repelido por unos e idolatrado por otros. Mi opinión es que quienes lo hemos idolatrado estamos más cerca de su realidad.

 

José Álvarez Baragaño, a quien conociste muy bien, ¿era el que era, el que quería que creyeran que era o el que los demás pensaban que era? A veces pienso que Baragaño y Escardó fueron los dos cadáveres de poetas jóvenes que la revolución (como otras tantas revoluciones antes y después) necesitaba.

MDM: El Baragaño que se conoce es el que él quería que creyeran que era. Por razones que Virgilio Piñera relacionó con la infeliz niñez del poeta y que sólo un psicólogo podría desentrañar, el Bara, como le decíamos, se fabricó una imagen pública de “maldito”, de “raro”, que tenía mucho menos que ver con su personalidad que con algunas de sus deidades literarias francesas, como sus amados Baudelaire y Rimbaud y los surrealistas. Durante un tiempo, su íntimo amigo Roberto Branly lo secundó en el malditismo, con menos acrimonia y con humor más chispeante. En mi libro de recuerdos narro una enternecedora anécdota de Baragaño, de cuando ya estaba casado con la pintora Hortensia Gronlier, que desvela su auténtica personalidad.

 

Cuando yo era niño, compraba la leche en la calle Trocadero, y para mí, que lo vi muchas veces, Lezama era el gordo que vivía frente al punto de leche. Después de ser ignorado, marginado y atacado, Lezama ha sido momificado por la admiración. ¿Cómo conociste a Lezama y cómo era en realidad aquel hombre en el que la posteridad ha fundido obra y vida en una suerte de personaje mítico? ¿Pudiera afirmarse que una cosa es Lezama y otra muy diferente la lezamamanía?

MDM: Conocí a Lezama en la década de los 50, en una emisora de radio situada en los bajos del Centro Asturiano, de la que él era asesor jurídico o algo así. Fue Branly quien me lo presentó. Pero mi amistad con el Gordo empezó cuando, al comienzo de la revolución, me invitó a su casa para explicarme, a propósito de unos comentarios inicuos que le propinamos Baragaño, Heberto Padilla y yo, que él tuvo un puesto en Bellas Artes en tiempos de Batista pero que nunca fue batistiano. Me convenció y le tomé afecto. Me sentí culpable ante los temores y la humildad de aquel hombre excepcional, obeso, asmático, pobre y que me doblaba la edad. Me reprocho muchas de las cosas que he hecho y una de ellas es haber atacado a Lezama, aunque si no hubiese sido por esa estupidez quizás no habría existido la amistad que hubo entre él y yo, una amistad que se estrechó cuando trabajamos juntos en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias. Recuerdo que en esa época raro era el mes en que yo no le prestara dinero o me lo prestara él a mí para llegar al siguiente sueldo. Lezama estaba tan seguro de su valía intelectual, que jugaba con la posibilidad de que en algún momento tocara a su puerta “el viejito de Suecia”, y pienso que el hecho de estar convencido de la importancia de su obra lo salvó de la arrogancia y la inmodestia, unos excesos que no necesitaba. La lezamamanía, que él conoció cuando esa moda alboreaba, debe de haber sido para él una satisfactoria compensación por el Nobel que, como Borges, se quedó esperando.

 

Tu relación con Guillén fue compleja y has confesado que tras tener con él, incluso, una bronca pública (y publicada), terminaste apreciándolo. Pienso que Guillén fue excesivamente mimado en vida y excesivamente maltratado por la posteridad, todo lo contrario que Lezama, y que fue un hombre superado por las servidumbres a que lo condenaba su sitial en el Olimpo de la literatura cubana. Un hombre que quizás no supo administrar adecuadamente la gloria y el miedo. ¿En qué medida su trayectoria posrevolucionaria fue diferente a la de Alejo Carpentier, a quien no sólo conociste, sino que fue tu jefe?

MDM: Estoy de acuerdo contigo cuando dices que Guillén fue excesivamente mimado en vida y maltratado después que murió. No es el único que ha pasado de la fama al olvido tras el último suspiro. Guillén es un gran poeta que supo alcanzar un estilo inconfundible. La conciencia que tenía de su propio valor, inflada por la celebridad ecuménica que le facilitó el entramado propagandístico del comunismo internacional –como sucedió también con Neruda, Louis Aragon, Rafael Alberti, Jorge Amado y otros–, lo llenó de una vanidad pueril que lo condujo a cometer algunas tonterías impropias de su rango intelectual. Una de ellas fue la de acusarme injustamente, en un artículo que publicó en el periódico Hoy, de haber censurado yo su nombre en una entrevista que le hice a Nazim Hikmet. Según su paranoia, era imposible que Hikmet no lo hubiese mencionado en esa entrevista. Arremetió contra mí y me vi obligado a responderle. Mi respuesta fue publicada también en el Hoy, motivo por el cual se enfadó con el director del periódico, que era Blas Roca, y durante meses suspendió la columna que mantenía en el Hoy. Como detrás de su rabieta estaba su creencia de que los jóvenes poetas cubanos lo negábamos, lo cual era falso, algunos decidimos escribir sobre él en una página de homenaje que le dedicamos en el suplemento cultural Hoy Domingo, que yo dirigía. Nicolás aceptó de buen grado el homenaje y me devolvió la amistad que me había retirado. Lo hizo dedicándome generosamente un ejemplar de un libro suyo. A partir de ahí mantuvimos estupendas relaciones. No olvido que, en un acto público celebrado en la Unión de Escritores y presidido por él, me invitó inesperadamente a incorporarme a los poetas que leerían textos en aquella velada. Esos poetas estaban en el programa, pero yo no. Y yo no estaba porque no podía estar: sobre mí pesaba el veto que el régimen me había impuesto por haber votado, como jurado del Premio de Poesía de la Unión de Escritores, en 1968, al libro Fuera del Juego, de Heberto Padilla. La invitación de Nicolás me cogió “desarmado” y de la biblioteca de la Unión tuvieron que traerme un libro mío, porque nunca he sido capaz de decir de memoria ninguno de mis poemas. Esa indisciplina política de un hombre tan políticamente disciplinado como Nicolás fue, a mi entender, un gallardo gesto de protesta contra la pena de silencio que se me había impuesto. Se lo agradeceré toda la vida. En una conversación que sostuvimos años después, me dijo: “Usted sabe que yo nunca estuve de acuerdo con la política de persecución a los intelectuales”, y, lanzando los puños al frente como quien para golpes, me aseguró haber frenado algunas acciones punitivas del régimen contra escritores, y se refirió al caso concreto de David Chericián. Quizás eso figure entre las causas de que no goce hoy del predicamento oficial de que goza Alejo Carpentier, al cual no se le vio un gesto ni se le oyó una palabra contra aquella política. Trabajé con Carpentier en la Imprenta Nacional y hablé bastante con él. Al menos conmigo, jamás aludió a la erupción zhdanovista de la que yo mismo había sido víctima.

 

Navarro Luna unía en una amalgama extraña la bonhomía, la generosidad y la intransigencia militante aplicada a la literatura que no concebía sino en su función social. Jorge Luis Borges dijo: “Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”. Tú presenciaste el arduo debate entre literatura a secas y equitación protestante. ¿Cómo recuerdas ese debate?

MDM: Para tener una idea de aquel debate entre los ángeles y los arcángeles respecto a la literatura, es útil saber que, cuando en 1961 publiqué El amor como ella, Nicolás Guillén, aludiendo claramente a mi libro, recordó en un discurso que Stalin, refiriéndose a un poemario erótico aparecido en la URSS, de autor soviético, dijo que de esa obra sólo se debieron imprimir dos ejemplares: uno para el poeta y otro para su novia. Esta gracieta procedente del Kremlin revelaba que el camarada Zhdanov desembarcaba en Cuba. Con Manuel Navarro Luna, a quien quise mucho por su altísima calidad humana, viejo y aguerrido militante del Partido Comunista, discutí mucho sobre la “poesía comprometida”, que a él le parecía un arma revolucionaria indispensable. En nuestras conversaciones siempre defendí la buena poesía, fuese la que fuese, y la libertad del poeta para escoger sus temas. Nunca nos pusimos de acuerdo. Pero la polémica de aquellos años sobre la relación arte-política fue más enconada, si cabe, en el terreno de la pintura. Surgió por entonces un muralista criollo llamado Orlando Suárez, seguidor del mexicano Diego Rivera pero ostensiblemente mediocre, a quien la burocracia cultural fidelista, acuartelada en el Departamento de Orientación Revolucionaria, elevaba a los altares mientras se desmontaba a golpe de piqueta el bellísimo mural de la gran pintora Amelia Peláez que decoraba el frontis del hotel Habana Libre. Claro, el de Amelia era un mural abstracto, o sea, burgués, decadente, en fin, contrarrevolucionario.

 

A pesar de que Severo Sarduy decidió no regresar a Cuba tras su estancia en París, donde también permaneciste durante un año, la amistad entre ustedes no se truncó nunca, como demuestra el epistolario entre ambos. La amistad, el amor, las convicciones íntimas, todo aquello que nos hace humanos, con frecuencia nos hace sospechosos ante el ojo policíaco de la política que divide el mundo en acólitos y enemigos. ¿Cuánto cuesta conservar la humanidad en esas circunstancias?

MDM: Cuesta lo suyo. Esa correspondencia a la que te refieres fue un desafío a un régimen que penalizaba a los cubanos residentes en Cuba que mantuviesen relaciones de cualquier tipo, incluyendo las epistolares, con los que habían “desertado” de la revolución y vivían en el extranjero. En uno de los interrogatorios a que me sometieron en el Comité Central del Partido, con motivo de la “microfracción”, me echaron en cara que yo siguiera carteándome con Severo Sarduy a pesar de que él se había quedado en Francia. Según mis interrogadores, ésa era una de las “debilidades ideológicas” por las que me juzgaban. La prueba de que nuestra correspondencia era violada por la Seguridad del Estado la tuve cuando mis interrogadores me mostraron la fotocopia de una carta que le envié a Severo mediante Julio Cortázar, quien se brindó como correo. En este caso, no sólo violaron mi carta sino también las valijas de Julio, registradas seguramente en algún momento en que éste estaba fuera del hotel.

 

Contaba Mario Parajón que tras la famosa reunión de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional, Lisandro Otero le dijo que no podía abandonar el país, porque “quienes nos quedemos, vamos a repartirnos la cultura cubana”. Tu generación, la de los 50, alcanzó su plenitud con el triunfo de la Revolución y fue, literalmente, dinamitada por la política entre la militancia sincera y la simulada, la resignación silenciosa y la desafección abierta y el exilio. ¿Cómo fue ese proceso de “deconstrucción” de amores y desamores contaminados por la política como nunca antes en la historia cubana?

MDM: Para responderte cabalmente tendría que escribir un libro. La generación del 50 tiene la complejidad del período histórico que le tocó en suerte. Es muy numerosa y, a la luz de tu pregunta, cada uno de los intelectuales empadronados en ella viene a ser un caso digno de análisis. Resumiéndola, diré que es una generación que abrió los ojos ante la mayor esperanza que conoció la Cuba republicana y los está cerrando dentro de un fiasco de idéntica magnitud. En un texto sobre Rafael Alcides escribí que los del 50 constituimos una legión frustrada en “lo esencial político”, que dijo Lezama, porque, por oportunismo, ceguera, cobardía o molicie, se dejó avasallar en lo esencial ético.

 

¿Cómo fue tu encuentro con Allen Ginsberg cuando lo entrevistaste? ¿Es cierto que te recibió desnudo y en una pose yoga sobre la cama y que pretendía que el gobierno revolucionario legalizara la marihuana?

MDM: En mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa cuento cómo fue mi encuentro con Ginsberg. Fue a comienzos de los 60, en la habitación 1802 del hotel Habana-Riviera. Tuve la extravagante idea de entrevistarlo para el periódico comunista Hoy, que no la publicó. Habría sido un milagro que la publicara. La entrevista puede leerse en mi libro. Ginsberg me recibió desnudo, sentado en la cama en posición yoga. Era un provocador y me dio una entrevista burlona en la que no sólo ponderó las propiedades de la marihuana sobre las del tabaco, sino que recomendó a Castro abolir la pena de muerte y condenar a los contrarrevolucionarios a comer hongos alucinógenos y a trabajar de ascensoristas en el Habana-Riviera. Días después lo echaron de Cuba porque, según me contaron, en una recepción en la Casa de las Américas le había pegado una nalgada a Haydée Santamaría al tiempo que le espetaba “Chica, tú todavía estás buena”.

 

El joven Manuel Díaz Martínez, militante comunista (cosa que años después te echarían en cara) y redactor-jefe del suplemento cultural Hoy Domingo será años más tarde codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y miembro del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana; el entusiasta del 59, conoció el Budapest de los 60, frescas las huellas de la invasión rusa; premió el Fuera de juego de Padilla, fue arrinconado durante varios lustros en un limbo creado especialmente para los artistas sospechosos; firmó en 1991 la Carta de los Diez y se vio obligado al exilio en 1992. ¿Cuáles fueron las estaciones de ese tránsito entre el entusiasmo y la desilusión, entre el fervor y la disidencia?

MDM: Ese tránsito, con estaciones más o menos similares, lo efectuamos algunos cuantos. A medida que el proceso revolucionario fue cuajando como tiranía, fui tropezando cada vez más con él. Mi primer tropiezo de importancia fue el Caso Padilla, y el último, inmediatamente precedido por mi apoyo público a la Perestroika y la Glasnost, fue la Carta de los Diez y su rosario de represalias policiales y administrativas, el cual significó la ruptura sin marcha atrás. Por firmar la Carta me echaron del trabajo, de la Unión de Escritores y de la Unión de Periodistas. Por darle mi voto al libro de Padilla como jurado del Premio “Julián del Casal” estuve 17 años sin poder publicar nada en mi país. Después de la aparición de la Carta, mi situación en Cuba se hizo insostenible. Logré exiliarme con mi mujer y mis hijas gracias a la ayuda de Manuel Fraga Iribarne, entonces presidente de la Xunta de Galicia e íntimo de Castro.

 

Parafraseando a Virgilio Piñera, creo que los cubanos hemos padecido “la maldita circunstancia de la política por todas partes”. ¿Crees que alguna vez superaremos esa maldición ya casi bíblica y conseguiremos relegar la política al sitio que se merece? ¿Volveremos a ser personas y no rehenes ideológicos?

MDM: Espero que sí. Prodigios mayores se han visto.

 

“Un leve rasguño en tu memoria”; en: Cubaencuentro, Madrid, 08/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/entrevistas/articulos/un-leve-rasguno-en-tu-memoria-267917





Agosto

6 09 2011

Salvo catástrofes aéreas o exabruptos del clima, agosto es mes de pocas noticias. Los dictadores se contemplan satisfechos en los espejos de sus mansiones veraniegas, este año con cierta inquietud árabe. Los políticos presuntamente democráticos enfundan temporalmente sus ambiciones y se marchan a ensayar los discursos de la próxima legislatura, a la orilla del mar, ante la audiencia cautiva de sus nietos. Las guerras abandonan el allegro molto vivace por el allegro ma non tropo –matarse con estos calores es extenuante–. Y en los diarios florecen los refritos, las efemérides, la canción del verano, el cuento del verano y la bobería congénita del verano.

Libia es excepcional; allí campea un agosto perpetuo. Y Cuba. Los isleños no temen al bochorno veraniego, no demasiado diferente al bochorno que nos asedia todo el año, y hay que contar también con la bochornosa historia política nacional, incluso en época de nortes.

La cosa empezó un 3 de agosto de 1492, cuando don Cristóbal Colón partió en sus naos charter cargadas con lo más granado del sistema penitenciario (que se vaya la escoria, gritaban los vecinos de Palos de Moguer), e inauguraba lo que hoy llamamos globalización. Y fue un 5 de agosto de 1555 cuando Jacques de Sores, desembarcó en La Habana con ánimo pendenciero y la intención de contribuir a la acumulación originaria del capital, como diría don Karl. Y miren por donde, un 5 de agosto de 1895 morirá Engels en Inglaterra, y cinco días más tarde, pero de 1903, se fundará el Partido Bolchevique. Puede que alguien extraiga de esta coincidencia alguna moraleja. Tengamos en cuenta que también en agosto, el día 26, pero de 1789, la Revolución Francesa proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Culturalmente, no ha sido escasa la importancia de agosto, aunque poetas y cantautores se acuerden de abril y los periodistas oficiales se sientan más a sus anchas en julio como en enero. El 19 de agosto de 1823 fue abortada la conspiración de los «Rayos y Soles de Bolívar”, con lo que José María Heredia inauguró en la Isla el exilio intelectual, una de nuestras tradiciones con más solera. En agosto no sólo se creó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, sino que un 13 de agosto de 1957 asesinaron a los hermanos, y diz que poetas, Luis y Sergio Saíz y Montes de Oca, gracias a lo cual Cuba dispone de su Unión de Escritores Junior. Aunque un 21 de agosto de 1871 habían fusilado en la Cabaña a otro poeta, merecedor, este sí, de las antologías, por algún misterio de la industria cultural no existe la Brigada Juan Clemente Zenea. Ni la José Jacinto Milanés, quien nació el 16 de agosto de 1814.

Un 14 de agosto de 1867, Perucho Figueredo –al que fusilarán un 17 de agosto de 1870 en Santiago de Cuba– compuso el himno de Bayamo, aunque no se cantaría por primera vez en público hasta octubre del año siguiente, mes aciclonado como corresponde. También en agosto de 1879, el día 24, se inició la Guerra Chiquita, puente hacia la guerra del 95, cuyos últimos disparos resonarían un 15 de agosto de 1898, cuando fuerzas cubanas al mando de Calixto García (quien había nacido un 4 de agosto de 1839) interceptaron una columna española que se dirigía a Gibara. Y un día 17 de 1906 estalló la Guerrita de Agosto, que cinco días más tarde reportaría su baja más ilustre: el general Quintín Banderas macheteado por la guardia rural cerca de Arroyo Arenas. .

Agosto de 1900 vio nacer a Rita Montaner, y 19 años más tarde, a Benny Moré. La Única y El Bárbaro del Ritmo. Y un 13 de agosto, como bien sabemos, nació El Único, El Bárbaro sin Ritmo. Curiosamente, fue un 12 de agosto de 1933, tras una huelga general decretada el mismo mes, cuando huyó de Cuba Gerardo Machado. Pero en nuestra historia, lamentablemente, los buenos ejemplos nunca cunden.

A pesar de su carácter vocacional, en agosto se han fraguado acontecimientos que terminarían torciendo el curso de la Isla.

El 16 de agosto de 1925 se constituyó el primer Partido Comunista, cuyos miembros serían claves como herramientas (desechables) de gobernabilidad en los primeros años de la revolución.

Un 5 de agosto de 1951 hizo su última alocución radial Eduardo Chivás, líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y esperanza de regeneración de la política republicana. Al final de su “último aldabonazo” se suicidó ante el micrófono de CMQ, y moriría once días más tarde. De haber prosperado su programa contra la corrupción, regido por el lema “Vergüenza contra dinero”, y que contaba con una masiva adhesión de los cubanos, el golpe de Estado de Fulgencio Batista quizás no habría sido viable; y la posterior subversión del orden democrático, impensable.

También en agosto, un día 4 de 1955, fracasó el primer plan para ajusticiar a Batista, concebido por Menelao Mora, al mando del movimiento insurreccional por el Partido Auténtico. Su éxito podía haber cambiado drásticamente el curso de la historia. Como cambiaría el curso de la historia el Manifiesto Número 1 del Movimiento 26 de Julio, redactado en México un 8 de agosto de 1955, y donde se llamaba a la lucha contra Batista y se exponían los 15 puntos del “programa de la Revolución”, abierta a todos los cubanos dispuestos a luchar por una Cuba democrática. Más tarde se establecería el “derecho de admisión” como en cualquier discoteca.

Y sería otro agosto, de 1960, el que dictaría medio siglo de relaciones con el vecino del Norte, cuando el día 6 fueron nacionalizados 36 centrales azucareros, las compañías de Electricidad y Teléfonos, todas empresas norteamericanas, “en respuesta a la política agresiva de Estados Unidos hacia la Revolución, y específicamente a la supresión de la cuota azucarera”.

Agosto de 1994 estalló en “El maleconazo”, cuando los cubanos echaron mano a nuestras más entrañables tradiciones marineras y se hicieron a la mar en embarcaciones junto a las cuales las carabelas de don Cristóbal serían high tech. Curiosamente, el gobierno de la Isla ha bautizado al 5 de agosto como “Día de la Fidelidad a la Patria” sin ni siquiera consultar su opinión a los ciudadanos de la patria norteamericana.

Y por si alguien dudara de que la historia se repite, o negara el valor periodístico del refrito, propongo reeditar unas declaraciones de Enrique José Varona al diario El País, publicadas el 20 de agosto de 1930: “A mis ojos, no ha vivido Cuba momentos más sombríos… Hoy, el cubano es un mendigo y un paria. No es libre, ni tiene fuerzas para poner los medios eficaces de serlo. Nuestro gobierno nos duele hasta lo íntimo, y nos quejamos de él con perfecto derecho. El pueblo cubano tiene hambre; anda desperdigado por los campos en busca de un mendrugo. Ante este hecho monstruoso, todo palidece”.

“Agosto”; en Cubaencuentro, Madrid, 06/09/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/agosto-267832