Feliz Navi… Clic

18 12 2000

La Navidad se nos viene encima desde finales de noviembre: promociones, invitación al consumo desaforado, Papaítos Noeles en las tiendas y, en breve, los Tres Reyes Magos, que en eso los países católicos ganan por superioridad numérica. Paisajes nevados en la tele, aunque en tu barrio ni llueva. Tradición y comercio imprimen su sello a diciembre. Incluso en Cuba, donde los hoteles ostentan desde hace algunos años arbolitos naif con nieve de algodón y Papitos Noel made in Taiwán.

Más allá de la parafernalia consumista y dulzona que nos devuelve a enero más gordos, asqueados de turrón y confraternidad familiar, la navidad es una especie de ley de punto final que ocurre una vez al año: el yerno brinda con la suegra que odia, los hermanos que se detestan lloran de arrepentimiento sin consecuencias (año nuevo, odio nuevo) la borrachera en el hombro del otro; familiares semilejanos se abrazan y se besuquean con un fervor que parece genuino. Y a veces lo es, que de todo hay en la viña del Señor Santa Claus.

Pero hay algo hermoso en el bolero navideño: la excusa para olvidar y perdonar, aunque sólo sea una vez al año, o de querer más explícitamente a los que queremos, y sentir la entrañable pertenencia a ese grupo tribal, protector, necesario, que es la familia. Algo inalcanzable para la dividida familia cubana que se debe conformar el 24, el 31 de diciembre, con llamar a la Isla —los isleños carecen en moneda nacional de ese derecho— y sentir que nos tocamos, que nos abrazamos, que nos deseamos hapi niu yiar feliz año mi hermanito, a través de un frágil hilo de cobre que atraviesa el mar. En ese momento no importa si de un lado hay cava y del otro cervecitas (gran reserva, a juzgar por el precio) de la shooping, no importa si de un lado nieva y del otro suda hasta el pernil que resolvimos. En ese instante parece que estamos juntos. Y eso es casi un lujo.

Pero este año ni siquiera esa comunión virtual con la familia parece probable. ¿Por qué?

Según un editorial de Granma en “el Decreto Ley 213 del Consejo de Estado, aprobado el 25 de octubre pasado sobre bases absolutamente legales, Cuba estableció un impuesto del 10% a las comunicaciones telefónicas, que estaría vigente hasta la recuperación de los fondos congelados y posteriormente robados. Dichos fondos serían totalmente dedicados a los servicios de salud de nuestro país”.

¿A qué fondos se refiere y en qué consistió el robo?

Se trata de “fondos congelados que se adeudaban a Cuba por más de 30 años de servicios de comunicaciones “y que el embargo norteamericano impide abonar a la Isla. El robo es la autorización norteamericana a emplear parte de esos fondos para indemnizar a los familiares de los pilotos de Hermanos al Rescate derribados por Mig cubanos en febrero de 1996.

El nuevo impuesto de US$0,245 por minuto (añadido a la abusiva tarifa de US$1,20/minuto en funciones), estaría en vigor hasta que se recuperen los fondos enajenados para las indemnizaciones. Es decir, recaudar unos 30 millones de dólares adicionales a los 80 que recibe el gobierno cubano por los servicios telefónicos. Y La Habana anuncia incluso la posibilidad de “adoptar medidas adicionales adecuadas hasta que dichos fondos sean reintegrados”.

Las autoridades norteamericanas alegan que el nuevo impuesto viola los acuerdos suscritos entre las empresas telefónicas estadounidenses y la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA), y no se autoriza su pago, de modo que La Habana amenaza con el corte de las comunicaciones a mitad de diciembre.

Vayamos por partes.

El embargo norteamericano es arcaico, inmoral, prepotente y de una ineficacia demostrada durante 40 años; de modo que esos fondos jamás debieron estar congelados, y su legítimo dueño es el gobierno cubano.

Sobrevolar el espacio aéreo cubano es un delito, pero el derribo de las avionetas fue, obviamente, un crimen contra esos hombres y contra el pueblo cubano, al sabotear un momento de distensión entre Estados Unidos y Cuba. Si bien es correcto que se indemnice a las familias de los asesinados, también es cierto que el dictamen de un tribunal norteamericano no es internacionalmente vinculante. No imagino al gobierno norteamericano indemnizando, por orden de un tribunal de Guadalajara, a la familia de un inmigrante ilegal mexicano muerto por agentes en la frontera. Y no hablo de justicia o injusticia, sino de práctica internacional, salvo acuerdos internacionales o bilaterales que obliguen a las partes.

La ineficacia económica de las autoridades cubanas es proverbial. Capaces de dilapidar durante 30 años la ayuda soviética, una vez que ésta se suprimió, volvieron la vista hacia el nutrido exilio, la nueva vaca lechera a la que ordeñan 800 millones de dólares al año, más de lo que rinde la zafra azucarera. Cierto que no se trata de aportaciones directas, sino de ayuda familiar, destinada a paliar la miseria de los cubanos en la Isla. Circunstancia aprovechada por el Comerciante en Jefe para imponer los precios más disparatados, obteniendo una plusvalía de abuso, no gracias a su eficiencia, sino a su condición de monopolio. El chantaje emocional al exilio y el asalto a shooping armada a los cubanos de la Isla son hoy los sectores más prósperos de la economía cubana. Desde el litro de leche a US$1,50, la venta de pasaportes, permisos de salida y visados en dólares, hasta las tarifas telefónicas más altas del planeta. Es el “impuesto revolucionario” —similar al que cobra ETA a los empresarios vascos para comprar las pistolas con que matarlos después— que debe abonar quien desee emigrar, o el exiliado que pretenda ayudar a su familia, traerlos de visita o viajar a la Isla. ¿Es legal? Obviamente, en su condición de gobierno soberano, Cuba establece los impuestos, tasas, gravámenes y tarifas que le da la gana. Por algo disfruta del monopolio, incluso sobre la vida de los once millones de cubanos que residen en la Isla. Y al exilio simplemente lo chantajea: si amas a los que quedaron en la Isla, paga. ¿Es moral? Ya eso es otro cantar.

Los fondos fueron congelados por el embargo, y su enajenación parcial, obra de un tribunal norteamericano. En cambio, pagará el impuesto el exiliado de a pie, a quien lo transferirán las telefónicas con una subida de tarifas. Y los más afectados serán los cubanos confinados en la Isla, en nombre de los cuales y por su felicidad, gobierna el Pater Nostrum FC, quien dicta contra ellos pena adicional de incomunicación.

Desde ese punto de vista, es absurdo que un rey vaya contra sus propios súbditos. Pero, ¿es absurdo? En lo absoluto. Primero, la medida continúa una tradición de beligerancia que ha fomentado el mantenimiento del embargo durante 40 años: un precio que FC paga gustoso mientras rinda dividendos políticos, excusas a su desgobierno y concite cierta simpatía internacional hacia Cuba. De paso, intenta poner al exiliado de a pie contra la zona más anticastrista de su comunidad. En segundo lugar, esto es parte de una larga operación contra la familia que comenzó a inicios de los 60: el concepto de que la primera familia es la Revolución, por lo que se penaba cualquier intercambio con los parientes del exilio, incluso los más cercanos; las escuelas al campo y en el campo, las becas que transferían la custodia de los hijos al Estado para formar el hombre nuevo, libre del pecado original de las viejas generaciones (sus padres); las reiteradas barreras impuestas a la reunificación de las familias y los mítines de repudio a los desertores de la gran familia revolucionaria. La deificación del Gran Padre, ser intocable y cuya familia inmediata permanece oculta para acentuar la idea de que su verdadera familia es la multitud. Todo forma parte de un mismo engranaje que ha favorecido la disgregación de la familia cubana, poniendo la devoción ideológica por encima de la filial. Del mismo modo que FC dirige el país como su finca particular, en la familia cubana sólo puede haber un Patriarca. Cualquier fidelidad debe ser supeditada a la Fidel-idad.

Muchos sicoanalistas se referirían a su padre autoritario e intolerante, dueño de finca (mira qué casualidad), al hecho de que jamás haya hecho pública a su familia, o que sus numerosos hijos hayan sido criados por una recua de guardaespaldas, como pruebas de que un Gran Padre con 11 millones de hijos (y otros dos millones de hijos descarriados) desprecia por razones matemáticas a la diminuta familia tradicional. Yo, que apenas he leído a Freud por arribita, obviaré esas consideraciones. Sólo constato los hechos.

Todo esto nos permite concluir que cortar las comunicaciones justo antes de las navidades, la fecha más familiar del año, puede ser injusto al penalizar a inocentes cubanos de las dos orillas por culpas que le son ajenas; taimado, al hacerlo en el momento del año en que más duele (y, por tanto, acentúa la posibilidad de que el exilio se pliegue al chantaje); inmoral, en la medida que contribuye a un estado de beligerancia que no ha reportado sino infelicidad a nuestro pueblo. Es todo, menos ilógico. La coletilla de que el dinero se destinará a la salud pública es punto menos que risible. Jamás el gobierno cubano ha dado cuenta de sus gastos, de modo que si se utiliza en equipamiento antimotines, ni nos enteraremos. Tampoco temen las autoridades cubanas a la suspensión de las remesas familiares: saben que los pobres mortales no estamos dispuestos a permitir que sus amados súbditos, es decir, nuestros familiares, pasen hambre, aunque el precio sea subvencionar su desgobierno. FC cuenta con que somos humanos, una debilidad ideológica que él no se permitiría.

Fidel Castro no cree en los Reyes Magos. Sabe que el Poder, ese regalo que él se hizo hace más de 40 años, no se obtiene con una cartica en el zapato. Y para mantenerlo está dispuesto a las mayores privaciones, el sacrificio y, si llegara el caso, la inmolación (del pueblo cubano, por supuesto). Sabe que en estos casos, una piedra en el zapato es más efectiva que una cartica.

 

“Feliz Navi… Clic”; en: Cubaencuentro, Madrid,18 de diciembre, 2000. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2000/12/18.html.

 





ETA: camino hacia la nada

1 08 2000

Tras la puerta de muchas casas, tanto en el Caribe como en Brasil, pende un ojo enorme de oscura pupila. Un ojo que ve el daño y lo prevee. Puede que el País Vasco herede esta costumbre antillana y disponga en breve de ojos electrónicos que todo lo ven o, al menos, eso afirman sus promotores. Quizás, como las chismosas de barrio, vean lo prescindible y pestañeen ante lo esencial. La electrónica padece esas manías.

La policía explosiona una mochila en Córdoba, un etarra revela en Francia su verdadera identidad… No pasa un día sin ETA en la prensa nacional. Sus objetivos no serán muy claros (más bien tenebrosos), pero tienen un gran sentido del marketing. Directa o indirectamente, imponen su presencia. Y fueran cuales fueran sus fines (al menos los originales), en este caso los medios injustifican los fines. De modo que, a veces, me recuerdan ciertos grupos musicales que componen (¿componen?) puro ruido, desafinan y gruñen con un suspiro de voz, pero se pintan de verde, salen con el culo afuera y se orinan durante los conciertos. Alguno comprará sus discos, aunque sea por curiosidad zoológica.

Si un día se dejara de mencionar a ETA, si sus tiros en la nuca y sus bombas en hipermercados no ocuparan un sitio en los periódicos, perderían cuando menos la mitad de su sentido, que es intentar ocultar con mucho ruido las pocas nueces; desaparecería el efecto de ponderación de su escaso voto a puro bombazo. Sabemos que son cuatro gatos, pero maúllan toda la noche y no dejan dormir a los diez mil trabajadores, que no son empresarios del terror ni administradores de la extorsión, y deberán ganarse mañana el salario sudando la camisa.

Hace algunos años y más allá del Atlántico conocí por pura casualidad en una fiesta a dos jóvenes. ¿Españoles?, pregunté. La respuesta fue inmediata y cortante: «No. Vascos». Mis nociones geográficas tardaron algo en recomponerse. Sus ideas eran una mezcla de marxismo pasado por M&M (Mao y Marcusse) ─más cerca de los hermanos Marx que de Don Karl─, malas traducciones de Nietsze, racismo victoriano con vaqueros y camisola progre, y un regionalismo feroz,digno de la Baja Edad Media. Puro folklore político. Su equivalencia de ETA con la guerrilla latinoamericana me dejó un tanto extrañado. Jamás supe si eran etarras o simpatizantes. Tampoco qué hacían allí.

Ignoro si aquel coctel ideológico responde a la alambicada filosofía del etarra tipo. Pero descubrí más tarde que es un coctel Molotov y mata personas cuyo único delito es estar cerca de la bomba.

Es demasiado fácil decir: son unos asesinos, y asumirlo como un accidente genético.Sus argumentos de grupo sanguíneo y formas craneales me repugnan. Los crematorios de Treblinka, la conquista de América y la esclavitud funcionaron con ese combustible. Los vascos tienen sangre roja, masa encefálica gris y muchas buenas ideas transitando entre las neuronas.Es lo único que importa.Y hablar hoy de un Euskadi colonial bajo la corona española resulta risible para un latinoamericano, que de eso sí sabemos. Y mucho.

Según aquellos jóvenes, se trata de instaurar un Estado nacionalista y socialista en Euskadi. ¿Nacional-socialista?, pregunté. Pero eran impermeables al humor tropical, y solemnes como adolescentes queriendo entrar a un cine porno. No era una dictadura del proletariado sensu stricto ─ver manuales (hoy, casi exclusivamente en manuales)─, porque el proletariado, sobre todo los inmigrantes de otras regiones, estaba ─según ellos─ corrompido, aburguesado, y habría que «reeducarlo» o «neutralizarlo» para instaurar el nuevo Estado. Enseñar a las masas a pensar por su cuenta (no pude precisar si por cuenta propia o por cuenta de ellos). En síntesis: una especie de «dictadura contra el proletariado».

Imbuidos de una fe mesiánica, blindados contra la duda, sumidos en la implementación de los medios para lograr sus fines, los fines se habían desdibujado (de ahí su incoherencia), suplantados por los medios. Y pensé que donde haya paro, marginalidad, corrupción y diferencias sociales, usted toma a un joven marcado por la angustia y dotado con toda la rebeldía de su adolescencia, le coloca en el cerebro cuatro dogmas rotundos e indiscutibles, y en las manos una metralleta con que dar por zanjada cualquier discusión, y el joven descubre que la metralleta es su argumento, su derecho al voto y al veto. No es raro que la use. Gamberros hay en todas partes. Es la cultura de la violencia. Pero cuando esa necesidad destructiva es dotada de una presunta coartada ideológica, se convierte en un arma letal. La manada hace al lobo. Aparecen los especialistas de la muerte y la ideología se reduce al procedimiento exacto de colocar las cargas, la relojería del detonador y el montaje táctico de la operación. La víctima es deleznable: un mero accidente en el camino luminoso hacia la sociedad futura. Y a propósito, ¿qué sociedad era? No importa.Olvida eso. Ya veremos cuando llegue.

Sonaría ridículo, si no fuera trágico.

“ETA: Camino hacia la nada”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 24 de agosto, 1996, p. 23.

“El camino de ETA hacia la nada”; en: El Nuevo Herald, Miami, agosto, 2000.

 





Carga al machete contra la cabalgata

15 01 2000

El pasado cinco de enero, el Centro Cultural de la Embajada Española en La Habana tuvo la aciaga iniciativa de escenificar en la capital cubana una cabalgata tradicional de los Tres Reyes Magos. Según el reporte de Reuters firmado por Pascal Fletcher, «se realizó (…) incluso con una escolta de la policía motorizada», y cita a diplomáticos españoles acreditados en la Isla, que junto a empresarios se disfrazaron para la ocasión: «Esto fue una actividad organizada para los niños con la aprobación de las autoridades cubanas», y aseguran que la embajada había realizado dos eventos similares en La Habana en los últimos años. Como es tradicional, durante la cabalgata se lanzaron caramelos a los niños.

La reacción de las autoridades insulares fue inmediata y virulenta. Un reportaje sobre el suceso fue transmitido por la TV cubana, comentado por el periodista F. Arencibia, quien lo calificó de espectáculo insólito y humillante: «Había cierto placer en el gesto de ir tirando confituras y caramelos al suelo, mientras los niños corrían varias cuadras, poniendo en peligro sus vidas en medio del tráfico de ese horario». Ya en el Centro Cultural de España, narró el comentarista, se formó el gran caos. La televisión cubana y Juventud Rebelde calificaron de «mamarrachos» y «payasos» a los diplomáticos y empresarios españoles que se disfrazaron. «¿Con qué derecho humillan a nuestros niños, lanzándoles caramelos al pavimento o al fango, según la puntería de los mamarrachos?», escribió Rosa Miriam Elizalde en «Magos de Pacotilla», publicado en Juventud Rebelde. «A los cubanos nos cuesta creer que aquellos ‘reyes picúo’ eran diplomáticos acreditados (…) ¿Cómo se puede perder el sentido del ridículo en un país tan respetuoso de la dignidad humana?», añade y califica de «ridícula caravana de coches con la parodia de los tres reyes magos a cuesta, lanzando contra nuestros niños caramelos como limosnas y confesando impúdicamente su intención de traernos de vuelta tradiciones que vinieron por primera vez junto a la espada y la cruz donde quemaron al indio Hatuey, y con la moral esclavista de dar un día de premio a los que deben sufrir el resto del tiempo».

El propio Fidel Castro, en la clausura del Fórum de Ciencia y Técnica, se refirió a la cabalgata: «No queremos echar leña en el fuego de las relaciones con España, pero que nadie dude de que toda grosería, toda provocación, todo insulto tendrá adecuada respuesta». Y explicando por qué se transmitió el suceso afirma: «Era duro, era doloroso tener que transmitirlo. Pero no hay que temer a la verdad. No hay que temer a los hechos. Aquello no era una falta de nuestros niños. De los niños pobres de aquella área; hay áreas muy pobres en aquella zona. No vamos a echarle culpa a los niños que empiezan a ver una actividad que creen que es legal y fueron y les lanzaron los caramelos, lo que nadie debió haber hecho nunca». (Fidel Castro no hizo referencia al por qué hay áreas muy pobres en aquella zona. Seguramente es culpa del Imperialismo) «Nadie debió haber cometido el ultraje de lanzarles caramelos a los niños, crear el desorden, como hicieron allí. Ellos llevaron fotógrafos y llevaron todo, para exhibir, seguramente, esas fotos en el exterior». (Olvida que allí estaban también las cámaras de la TV cubana; y no explica su tesis sobre el ultraje y los caramelos: ¿será por la salud dental, o acaso que la dignidad consiste en quitarle por igual los caramelos a todos los niños, salvo que sus papás tengan dólares?) «Al pueblo —insistió— hay que decirle la verdad. Si estamos publicando todas las catástrofes que pasan como consecuencia de la Ley de Ajuste, cómo no divulgar lo ocurrido el día cinco». (Resulta maravilloso que se reconozca este derecho al pueblo cubano. Confiemos que se siga poniendo en práctica).

En su artículo «Pinocho Fletcher y los Tres Reyes Raros» el periodista Félix López da cuenta de la Mesa Redonda Informativa que bajo el título «Ni Reyes, ni Magos», analizó los sucesos. Bajo el acápite «Noventa minutos de Infamia» se arremete contra las autoridades españolas, y Rogelio Polanco, director de Juventud Rebelde, negó rotundamente que los españoles hayan tenido autorización de las autoridades cubanas: «Es absolutamente falso. Ni el MINREX, ni el Poder Popular de la capital, ni las autoridades de La Habana Vieja ni de Centro Habana recibieron solicitud para la realización de esa actividad. No hay ni una sola comunicación sobre ese tema. Por eso le pedimos a los organizadores que muestren un solo papel que los autorice a hacer lo que hicieron ese día.»

Lo inexplicable es que una cabalgata no autorizada fuera puesta en marcha por los diplomáticos españoles; y más inexplicable aún que la TV cubana estuviera presente para grabar un suceso que supuestamente no sucedería.

Una buena parte de la Mesa Redonda se dedicó a atacar al reportero de Reuters, Fletcher, que culminó con la intervención de Manuel Hevia, especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado, quien caracterizó a Fletcher como «ofensivo al compañero Fidel», eco «de las declaraciones de los cabecillas de la contrarrevolución» y citó «sus enfoques negativos sobre la situación económica en Cuba y la actitud hostil hacia la Revolución». Se refirió también a «la manera en que (Fletcher) ha obtenido, pagado y publicado información sobre temas sensibles de la economía cubana, algunas de los cuales han causado graves problemas al país».

Una participación destacada en la Mesa Redonda fue de la periodista Arleen Rodríguez, quien citó a Vicente Verdú (El País) y su artículo sobre la pérdida de la tradición de los Reyes Magos, «por la competencia del mercado y por la invasión que han tenido del Papá Noel norteamericano». (Una tesis respetable, pero discutible para cualquiera que en España contemple la celebración del Día de Reyes, amén de que Papá Noel no es norteamericano). Y la periodista cita al propio Fidel Castro: «Ahora les ha dado por la tontería de decir que estamos contra los Reyes Magos, y contra sus tradiciones. No, hombre, no, si todos nosotros de cierto modo somos Reyes Magos…» (Ahora resulta que son cuatro. Aunque se sabe que los primeros tres fueron enviados al paro a inicio de los 70 por el cuarto, cosa que también explica la periodista de JR citando al Rey Fidel) «La verdadera razón por lo que se trasladó para julio la fiesta de los niños es la misma por la cual se habían suspendido las festividades de Navidad que interrumpían las actividades laborales durante casi dos semanas. Y es que las zafras tenían que comenzar a fines de noviembre y realizarse con cientos de miles de trabajadores voluntarios…».

Decididamente, o el gobierno cubano padece amnesia o la padezco yo: Fidel Castro nunca supo que había prohibido durante décadas a John Lennon, y la abolición de los Tres Reyes Magos fue obra del Ministerio del Azúcar y no de la política ideológica. Pronto nos enteraremos de que la Ofensiva Revolucionaria fue tarea del Ministerio de Salud Pública por razones higiénicas; las UMAP fueron campamentos de verano donde se recluyó, entre otros, a creyentes, por la época en que el MINAZ suprimía las Navidades; y los balseros son cadetes de marina en prácticas con problemas de orientación.

“Carga al machete contra la cabalgata”; en: Cubaencuentro, Madrid,  15 de enero 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/01/15/717/2.html.





Anatomía del fantasma

14 10 1999

«En 1787 el colombiano Don Juan Ignacio de Salazar declaró que viniendo «de gente honrada y limpia de toda raza de Guinea» entablaba querella contra su hijo Juan Antonio por haber éste contraído matrimonio «de secreto» con la joven Salvadora Espinosa,  de «calidad mulata».

El hombre no sólo desheredó al hijo, ante el riesgo de que sus dos hermanas se quedaran solteras por no encontrar varón dispuesto a emparentar con familia «ennegrecida», sino que reclama una acción legal contra el sacerdote que los casó.

A algunos puede parecerle que este hecho se remonta a un pasado del que ya estamos muy alejados, en una América multirracial y mestiza, donde ya ningún periódico anuncia que

“Se venden cuatro negritos de dos años, hasta la edad de nueve en la cantidad de 550 pesos..”..

O         donde ningún mayoral apunta en su libro de zafra:

«Las reses matadas son toros. Se malogró una puerca de la ceiba. El negro muerto es Domingo Mandongo».

Pero se equivocan rotundamente. El hecho de que en Argentina o Santo Domingo se produjera la muerte estadística del negro, o de que en Cuba se haya abolido por decreto la discrirninacion racial, no significa su extinción. Del fantasma de la esclavitud, reconvertido a discriminación racial, imposición de patrones culturales blancos, conflictos familiares, sociales y laborales relacionados con la raza, trata este libro de Duharte y Santos que no sólo es recomendable, sino necesario para quienes deseen comprender el laberinto de relaciones sociales de nuestros pueblos.

Los autores dedican las primeras 70 páginas a analizar la situación del negro en países donde a primera vista no existen (Argentina y México), países donde se le ha convertido en un ser invisible (Colombia), países de mestizaje galopante aunque condicionado por prejuicios claramente institucionalizados (Brasil, República Dominicana, Venezuela), aquellos donde la población negra es abrumadora mayoría (Haití, Jamaica y algunas islas de las Antillas Menores), donde se interdigita la problemática negra con la indígena (Ecuador), el mosaico de conflictos en las pequeñas Antillas y el mito de la integración en Puerto Rico, para adentrarse en el caso de Cuba, a la que dedica veinte páginas, para concluir con un interesantísimo paquete de testimonios de entrevistados cubanos procedentes de los más diversos sectores, que ocupa las últimas 70 páginas. Aunque carecen de representatividad estadística, según confiesan los propios autores, estos testimonios son una muestra del modelo de pensamiento (racista o no, consciente o inconsciente) que ha condicionado en nuestra sociedad cuatro siglos de esclavitud, una división clasista que en mucho consideraba la aristocracia de la sangre, la preterización forzosa del negro a la base de la pirámide social, los largos procesos de despojo de la cultura del negro, y la imposición de los patrones blancos, occidentales, asumidos a veces de manera inconsciente y «natural» por la vía de los patrones estéticos, los medios de comunicación y los prejuicios que alcanzan el estatus de ley. Tanto el análisis de los autores como los testimonios vivos (y, en ocasiones, crudos) de los entrevistados, demuestran el grado de complejidad de este proceso en una Cuba que se «blanqueó» durante las primeras décadas del siglo con la inmigración peninsular, para «oscurecerse» más tarde con el éxodo de millón y medio de cubanos (mayoritariamente blancos), en medio de un proceso que abrió oportunidades a la población negra, «abolió» los signos externos e institucionales de la discriminación, y la definió como ideológicamente perversa; a pesar de lo cual la población penal continúa siendo mayoritariamente negra, la cúpula del poder mayoritariamente blanca, y las universidades se alejan aún de responder al balance racial de la población. Un país sometido a tensiones y cambios, donde se aprecia un renacer de los prejuicios raciales, una nueva escisión social.

 

Anatomía del fantasma, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra n.º 14, otoño, 1999, pp. 216-217.  (Duharte Jiménez, Rafael y Santos García, Elsa: El Fantasma de la esclavitud Prejuicios raciales en Cuba y América Latina. Casa del Tercer Mundo Bielefeid y Pahí­Rugenstein Verlag Nachiolger Guiba, Bonn, Alemania, 1997. 160 pp.)

 





L´America Total

1 10 1999

En nuestro especializado mundo cultural y académico, son cada vez más frecuentes los estudios que intentan abarcar un espacio equivalente a la superficie de la yema del dedo, y practicar un estudio de mil kilómetros en profundidad. Lo que me recuerda la definición del especialista y el generalizador. El primero es quien sabe cada vez más de cada vez menos, para terminar sabiendo todo de nada. Mientras el generalizador es quien sabe cada vez menos de cada vez más, para terminar subiendo nada de todo.

Por eso alegra encontrar un texto como L’América, de Aleasandra Riccio, un texto donde no se intenta la autopsia de la cultura, mientras se reparten brazos y piernas a los especialistas correspondientes. Un texto donde la cultura no es el ente rectangular y predecible al que aspiraban los ilustrados, sino un cuerpo vivo, multiforme, en ocasiones monstruoso, pero sorprendente e impuro, donde todo o casi todo tiene cabida y es imposible leer el discurso literario sin insertarlo en sus contextos históricos o sin usar un diccionario político actualizado como material de consulta.

En L ‘América, Alessandra Riccio nos habla de la palabra como mecanisino de dominación, como arma a veces tan efectiva como la pólvora, que permitía que no se desencuadernara un imperio vasto aún para estos tiempos de red global. Aquellas palabras que para algunos nativos tenían ánima y eran capaces de contar al destinatario los sucesos del camino. Es interesante esa aproximación de algunos autores, desde los cánones de la literatura occidental (en cuya órbita nos movemos) al universo cualitativamente diferente de la experiencia histórica y cultural indígena.

La visión eurocentrista que impuso la ilustración, y que no era sino una ilustración de lo poco ilustrados que eran en materia americana; incurriendo en absurdos, exageraciones y, sobre todo, generalizaciones pueriles, dignas de la más desbocada mitología popular. Estereotipos que han fomentado durante siglos la complacencia de Europa en su propia ignorancia americana, la negación a adentrarse en lo que, por distante y distinto, tiene que ser forzosamente inferior.

También alude AIessandra al (¿estereotipo o no?) de la identidad cultural, el colonialismo y sus secuelas, el neocolonialismo norteamericano, los patrones culturales impresos sobre una tradición que rebasa los marcos estrictos de esa tradición occidental y adquiere su propia fisonomía en el habla, en el arte y la literatura, en el discurso popular y, no pocas veces, en el discurso político. Una fisonomía que se nutre de la oralidad, de lo cotidiano, de lo naif: aunque con frecuencia oculte sus fuentes.

¿Razones? El continuo proceso de mitificación y ocultamiento que ha sufrido Latinoamérica por parte del discurso político, desde la retórica renacentista que ocultaba la empresa medieval que fue la conquista, el lenguaje iluminista de la independencia que no logra ocultar un caciquismo subterráneo y realidades medievales, la retórica positivista decimonónica camuflando la entrega del continente al capital financiero, mientras América era reclamada por Los Americanos, enmascarando la nueva colonización mediante políticas de buen vecino (siempre que no tuvieran que apelar al big stick); hasta la retórica tendente a construir una América de servicio (y al servicio) aunque se hable de Alianza para el Progreso y Zona de Libre Comercio. Es algo que nos recuerdan Paz y Fuentes, y que Alessandra Riccio subraya. Un texto a mi juicio importante para desentrañar los laberintos ocultos, los nexos entre la palabra política y la literaria, entre la historia que ocurrió y la que nos han contado, entre el continente que han intentado analizar sin éxito los taxidermistas y ese continente vivo, de fronteras difusas  y que avanzan hacia el norte (¿devolución quizás, incruenta, de la conquista?), y que Alessandra examina al vuelo, al galope, descubriéndolo en plena audacia de un salto. Sin necesidad de capturarlo en las páginas de un ensayo cartesiano. Sin necesidad de clavarle un alfiler en la frente con un número de serie.

 

L´America total, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra n.º 14, otoño, 1999, pp. 217-218.

 

 





El genio: esa rara sustancia

18 07 1999

Sobre la definición del genio se ha hablado mucho, pero la coincidencia entre las definiciones de los hombres geniales es sumamente sospechosa de acercarse a la verdad. Mientras Carpentier decía  que la inspiración lo sorprendiera trabajando, Einstein hablaba del genio como la capacidad de pensar durante mucho tiempo en una misma cosa, y Edison ofrecía una receta al afirmar que el genio es 1% de inspiración y 99% de sudor.

CONTAR EL TALENTO

Algunos científicos afirman que como índice del talento debe emplearse la velocidad de los procesos mentales y la agilidad con que se resuelvan los problemas intelectuales, sobre todo teniendo en cuenta que a medida que aumenta la dificultad del problema, el tiempo para  resolverlo se incrementa en proporción logarítmica, con lo cual pasan a jugar un mayor papel cualidades tales como la persistencia y la capacidad de concentración.

Alrededor del 75% de las personas poseen capacidades intelectuales intermedias, con coeficientes de desarrollo intelectual entre 85 y 115 puntos. El 25% restante se divide entre las personas geniales, con coeficiente mayor de 115, y los incapaces, con coeficiente menor de 85. Estos últimos solo podrán realizar trabajos de escasa complejidad intelectual, en contraste con los primeros.

¿BIOLOGICO?

El talento, como cualquier producto, se forma a partir de una materia prima (congénita) elaborada  en una fábrica (la sociedad). ¿En qué medida es determinante la calidad de la materia prima o la calidad del proceso fabril? O, en otras palabras, ¿qué determina el genio? ¿Los factores hereditarios, congénitos, la sociedad, o ambos? ¿Podría la sociedad, actuando de una manera óptima, “fabricar” genios empleando como materia prima cualquier ciudadano?

Se ha detectado que entre los niños adoptivos que jamás vieron a sus padres, los coeficientes intelectuales se acercaban más al coeficiente de sus padres biológicos que al de sus padres adoptivos. Después se analizaron los facultades mentales de los niños educados en casas infantiles luego de ser abandonados por sus padres; sitios donde la distribución del tiempo y la información que se ofrece a los educandos es muy homogénea. Asombrosamente (o no tanto) entre estos niños existía la misma diversidad de facultades mentales que entre el resto de los ciudadanos. Incluso ha sido confirmado en Japón, donde tienen lugar una gran cantidad de matrimonios entre parientes cercanos, la ley de la genética que postula que para los niños procedentes de matrimonios entre primos hermanos se prevee un desarrollo intelectual más bajo.

Entonces, ¿es la herencia el factor determinante?

¿SOCIAL?

Análisis históricos han permitido determinar que cuando durante siglos los miembros más inteligentes de ciertas comunidades y grupos sociales los abandonan, sean cuales fueren las causas; si el talento se convierte en objeto de persecución y exterminio, entonces el “fondo hereditario” se verá a la larga afectado, lo cual no establece ningún tipo de fatalismo geográfico. Se ha comprobado durante estudios realizados en los Estados Unidos, que el coeficiente intelectual de niños esquimales sin instrucción y de algunas comunidades asiáticas, es más alto que el de los niños blancos norteamericanos, a pesar de su prosperidad y su instrucción. También es válido revisar la historia, contemplar como ciertos países, ciertas regiones, han asombrado al mundo por la prodigalidad de sus talentos durante las épocas de esplendor, apagándose ese talento durante la decadencia. Lo que demuestra de qué modo el talento, para florecer requiere de una base social ‑‑como una planta cualquiera.

¿EL TALENTO NO SE CANSA?

Se ha pensado que la enfermedad o el cansancio pueden rebajar el coeficiente intelectual, cuando menos temporalmente. No es lo que opina el profesor inglés Eysenck. Durante la Segunda Guerra estuvo trabajando en el hospital de socorro de Mill Hill. A un grupo de pacientes que adolecían de enfermedades nerviosas en todo el país, se les propuso en el momento de su llegada un test de grupo para determinar sus capacidades mentales, aunque se sentían agotados después del viaje, no conocían el hospital ni a los médicos, y no sabían qué les esperaba. Después de meses en magníficas condiciones, con buena alimentación, tratamiento adecuado y prácticas deportivas, el profesor repitió el test, prometiéndole 50 cigarrillos al que aumentara en diez puntos sus resultados anteriores. No hubo incrementos considerables.

EL GENIO NO ES MACHISTA, PERO…

sí hay diferencias en cuanto a ciertas características  del talento observado entre hombres y mujeres. Ante todo, y para descartar susceptibilidades, se ha comprobado que el coeficiente intelectual es más o menos similar entre hombres y mujeres. Las diferencias son de otro orden:

Los hombres, por regla general, resuelven más fácilmente los problemas numéricos y espaciales, mientras entre las mujeres se notan mayores facilidades para la memorización y la solución de tareas verbales. Los hombres son más “extremistas” que las mujeres: Se ha notado en los hombres fluctuaciones más altas del coeficiente intelectual ‑‑abundan más, en comparación con las mujeres, coeficientes muy altos y muy bajos. Existen, comparativamente, más necios y más genios entre los hombres, en contraste con una mayor proporción, entre las mujeres, de individuos dentro de los límites normales.

LA ENFERMEDAD DE LOS GENIOS

De una relación de 1030 genios ingleses publicada por Ellis, él subrayó que 53 padecían gota, lo que supera de 5 a 10 veces la proporción de gotosos en el conjunto de la población. Entre ellos aparece el médico Harvey, descubridor de la circulación sanguínea, el matemático y mecánico W. Hamilton, el historiador E. Gibbon, el dramaturgo W. Congreve, Roger y Francis Bacon, Charles Darwin, etc.

Entre los 39 representantes más altos de la ciencia mundial ‑‑según Y. Golovánov‑‑, cinco padecieron  gota: Galileo, Newton, Harvey, Leibniz y Linneo.

Franklin, Emmanuel Kant, Boyle Y Berzelius, eran también gotosos.

De los 18 sabios más ilustres de la antigüedad hasta el siglo XIX, relacionados por L. Figuier, un tercio padecían gota.

Príamo y Edipo, Aquiles, Belerofonte, Alejandro Magno e Iván El Terrible, el sultán turco Osmán, Amurates I, Bayaceto El Relámpago, Mahomed I y II (El Conquistador), los famosos Médicis renacentistas, los duques de Lorena, Miguel Angel, Uglug‑Bek, Martín Lutero, Juan Calvino, Erasmo de Rotterdan, Thomas Moore, Oliverio Cromwell, el cardenal Julio Mazarini, Stendhal, Maupassant, Goethe, Turgéniev, Bismarck y Suvórov, así como Enrique IV, padecieron todos de gota.

Sin suscribirnos totalmente a sus observaciones, transcribimos las conclusiones de Ellis:

“Las personas geniales del tipo gotoso, son marcadamente varoniles y profundamente originales; poseen una energía potente y estable, su proceder es perseverante y paciente, llevando hasta la solución el problema planteado (…) Los genios  que padecen gota no tienen nada en común con los tísicos célebres, que se distinguen por su febril actividad, la turbada alternancia de los intereses y rápida percepción, pero que son algo afeminados.”

Lo que sí hay en común entre todos estos genios gotosos es su tenacidad, su perseverancia.

La relación parece abrumadora, pero ¿lo es verdaderamente?

ACIDO URICO Y CLASES SOCIALES

Los investigadores han planteado que en el caso de los gotosos debe tenerse en cuenta el papel que juega el ácido úrico (C5H4O3N4), estimulador del trabajo del cerebro. Si el organismo normal contiene un gramo de esa sustancia, el de los gotosos llega a 20 o 30. El ácido úrico es muy parecido, por su estructura, a la cafeína y a la teobromina, conocidos estimulantes de la actividad mental.

Al margen de esto, hay varios elementos que nos inclinan a leer con mucha prudencia estas conclusiones: en primer lugar, no hay por el momento una definición homogénea de lo que se entiende por genio, ni patrones universales, ni un conocimiento tan profundo de la historia de las personalidades, que nos permita comparar a Platón con Freud o con Jorge Luis Borges. En segundo lugar, la gota es un padecimiento que tiene como causa, en sentido general, el consumo desmedidamente alto de proteínas (principalmente de origen animal), y ello ha dependido tradicionalmente de dos factores: los hábitos alimentarios de cada pueblo y el nivel de desarrollo. Si nos remitimos a los genios individuales, tendríamos que analizar su extracción social ‑‑casi invariablemente, a lo largo de la historia humana, integran las capas más altas, máximos consumidores de todo y, en especial, de proteínas. Por tanto, es posible que la alta proporción de gotosos entre los genios tenga más que ver con su posición social que con su talento. Si existieran datos suficientes, tal vez obtendríamos estadísticas semejantes analizando a los ricos o a los reyes.

PERSPECTIVAS

Se supone que para el año 2000 ya se hayan podido simular los procesos complejos del pensamiento, y obtener sustancia viva sintetizada. Para esa fecha se prevee el intelecto artificial, y para dos decenios más tarde, el control de la herencia. Algunos afirman que para mediados del próximo siglo ya el hombre habrá logrado gobernar su memoria y restablecer sus recuerdos. Eso implicará perspectivas sin precedentes para el florecimiento del talento humano. Según los estudios realizados hasta hoy por prestigiosos fisiólogos, todo hombre tiene en estado latente capacidades mentales potencialmente ilimitadas, que solo se aprovechan en un 10% dados los modernos métodos de educación. Por otro lado, la vocación, condición sine qua non para que el genio se manifieste, en numerosísimos individuos no se revela, torciéndose su camino hacia actividades en las cuales se frustrará o solo alcanzará éxitos muy discretos.

¿Qué ocurrirá cuando tenga lugar una revolución en las ciencias pedagógicas, que consiga aprovechar a fondo las capacidades instaladas en el cerebro humano? ¿Qué ocurrirá cuando miles de millones de seres humanos sometidos hoy al hambre y la incultura, alcancen una vida más plena? ¿Qué ocurrirá cuando se perfeccionen los métodos para el autodescubrimiento vocacional? ¿Qué ocurrirá en la medida en que avance el proceso de perfeccionamiento genético de la humanidad a través de la mulatización global?

Nadie puede hoy contestar esas preguntas. Pero seguramente el genio dejará de ser esa rara avis, esa estrellita solitaria que iluminó largos y tenebrosos períodos de la antigüedad.

“El genio: esa rara sustancia”; en: Somos Jóvenes, n.º 134, La Habana, julio, 1991.





El arte de crecer

1 06 1999

Desde que asomé a esa edad de la duda que suele ocurrir entre los catorce y los dieciséis años, en La Habana fervorosa de 1968 a 1970 -Fervor cerrado por reparaciones-, empecé a descubir que no coincidía el número con el billete, es decir, que entre la realidad retórica y la realidad objetiva y fuera de nuestra conciencia (según la misma retórica) existían hiatus que mi adolescencia era incapaz de explicar. Como aún no estaban tan de moda los conflictos generacionales, me acerqué con inocencia a mi padre, intentando que subsanara mis dudas (meros errores de apreciación seguramente), pero una y otra vez insistió en lapidar con discursos mi incomprensión de los otros discursos, de modo que al cabo, desistí. Muchos años después, cuando Fidel Castro proclamó el Proceso de Rectificación y aclaró que «ahora sí vamos a construir el socialismo», mi padre apagó la tele para no escuchar a Fidel negar a Fidel, o para no barruntar la idea de que durante un cuarto de siglo se había dedicado con fervor a comer catibía en conserva.
Todos hemos tenido un padre, un tío, un hermano así, suscrito al fervor perpetuo, incapaz del politeísmo, y menos aún del ateísmo político. Personajes lineales capaces de explicar lo inexplicable y maquinar argumentos, que García Márquez envidiaría, si la deidad mayor del Olimpo Político necesitara coartada. Son seres de una fe conmovedora, como de beatas que se creen literalmente la Biblia de cabo a rabo.
A esa especie pertenece Ramón Matamoros, hijo de mambí y abuelo de una jinetera, que Mario Guillot nos presenta en la novela corta Familia de Patriotas (finalista del Premio Ateneo-Ciudad de Valladolid, 1997). En segunda persona, un narrador que se nos muestra entrañable, por momentos tierno y con dosificada asiduidad irónico, va presentando a Ramón Matamoros a través de una combinación de ataques por los flancos: en su relación con Eduardo, el yerno muerto en Angola; con Flora,  Florita y Tatiana, su mujer, hija y nieta respectivamente; con Agustín, su padre mambí; o defendiendo a la Revolución con las armas y el trabajo. Una serie de aproximaciones que van edificando el personaje con la paciencia de un puzzle, superponiendo en ocasiones datos, pero iluminando casi siempre zonas de su personalidad hasta ese momento en tinieblas, o apenas vislumbradas.
Si bien el narrador enfoca desde afuera a Ramón Matamoros, al asumir la retórica revolucionaria, al conceder a sus aplicaciones y explicaciones sólo de vez en vez el beneficio de la duda, al ironizar en cuidadas dosis sobre el mundo de tareas del Partido, Movilizaciones y Lucha Antiimperialista en que habita el personaje, el narrador se adentra sin rubor en la dialéctica interior de su criatura, logra despojarlo de la aridez de un esquema y convertirlo en alguien creíble, por el que llegarnos a sentir una enorme piedad. Y posiblemente esa sea la mayor virtud de Familia de Patriotas: lograr que el fanatismo, la certeza indudable que ni pruebas necesita en su apoyo, el fervor de este elegido, capaz de clasificar a las personas de carne y hueso por estricto orden de tamaño político, alcance una dimensión humana que es, sin dudas, una dimensión trágica: la del hombre abandonado por su propia obra.
Si hay personajes unidimensionales (y, por fuerza, superficiales) como Eduardo; si lamentamos el dibujo leve esquemático, de Florita, cuya evolución desde la fe a la desilusión requeriría un tratamiento más detallado; si echamos de menos un planteo más extenso y rico de Tatiana, la nieta jinetera; no es menos cierto que el protagonista cumple sobradamente nuestras expectativas y el interés con que lo hemos seguido; salvo el final catastrófico, que no voy a develar, y que me resulta innecesario; o ciertas moralizaciones del último capítulo que son prescindibles.
Si a eso sumamos una oralidad cuidada, dosificada y sin estridencia, una dramaturgia que nos atrapa desde la primera palabra, y el verismo de quien se mete en la carne y la sangre de la palabra, podemos incorporar felizmente esta familia de patriotas en la familia de nuestra literatura, con el atisbo de que recibiremos de Mario Guillot nuevas alegrías de la palabra.

El arte de crecer, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra.n.º 12-13, primavera/verano, 1999, pp. 239-240. (Guillot, Mario: Familia de Patriotas. Exmo. Ayuntamiento de Valladolid, 1998).





Los excedentes del talento (Cultura y crisis en los 90)

1 06 1999

Las siglas del Partido Comunista de Cuba son PCC, pero también, y no por casualidad, las de «Plástica Cubana Contemporánea», una exposición que reunió en México, a inicios de los 90, a pintores cubanos residentes o no en la Isla. Comenzaba un proceso que en los treinta años anteriores no había pasado de balbuceos abortados por la intolerancia: la comprensión de que la cultura cubana, una y múltiple, no es monopolio de ninguna facción o geografía. Y si estos encuentros son posibles (imprescindibles, perentorios) es porque Cuba, país endotérmico durante siglos de historia, alimentado por una inmigración por momentos masiva; ha devenido Isla exotérmica, generadora de oleadas emigratorias cuya preparación profesional sobrepasa ampliamente la media de los millones que cada año buscan al norte la tierra prometida. Así puede hablarse, ya hoy, de la “órbita” de la cultura cubana. Una órbita cada día más imprecisa y cambiante, porque el “centro” puede estar con Zaida del Río en La Habana, con Triana en París, o con Fraginals en Nueva York. Y no escasean las fronteras: amaneceres caribeños sobre basurales mexicanos, novelas cubanas en inglés y francés, músicas precursoras, como de costumbre, entronizándose en una mulatez planetaria.

¿Cómo y por qué se ha producido este éxodo? ¿Político, económico, mixto? ¿Será que el sistema educacional cubano facturó más talento del necesario para el funcionamiento óptimo del país?

En los años 50 publicó lo mejor de su obra Onelio Jorge Cardoso. Cuentos de ambiente rural donde los personajes, campesinos iletrados, hacían uso de una sabiduría intuitiva. Habitantes de un mundo de creencias mágicas y diálogo con la naturaleza que la Revolución subvirtió con la Reforma Agraria y los tractores, la alfabetización y la enseñanza, hasta tal punto que alguien, en frase que devendría célebre, advirtió a Onelio: “La Revolución te mató los personajes”. Y era cierto. El déficit de profesionales, consecuencia del primer éxodo, alentado por Estados Unidos a inicios de los 60, fue subsanado con creces en una década. Cuba pasó de 6 universidades a 43, de escasos miles de profesionales a cientos de miles. El país que completó su alfabetización en 1961, tiene hoy 3,5 millones de estudiantes sobre una población de 11millones. Más allá de las cifras, se generalizó el acceso a la cultura —alentado por los precios irrisorios o la gratuidad de los bienes y espectáculos culturales—, se creó una industria editorial y cinematográfica que respondiera al fuerte incremento de la producción cultural. La creación artística y científica dejaba de ser un suceso marginal, y la condición del creador era dignificada. Pero la masificación de la educación, exigida por la vocación desarrollista en un país sin grandes recursos, no ocurrió sin accidentes. Al entronizarse el sistema de las escuelas en el campo, donde los estudiantes combinaban el estudio y el trabajo, sucedió un milagro: el modesto 0,6% de incremento anual de la promoción se multiplicó por once, hasta 6,9%, a pesar de que una gran parte del profesorado eran estudiantes sin experiencia profesional. No escasearon las escuelas que abolieron al bruto por razones ideológicas, y consagraron durante años el 100% de promoción. ¿Sería una epidemia de talento favorecida por el aire campestre? Pues no. Ya habían aparecido detractores que tildaban las escuelas en el campo de trabajo forzado encubierto. De ahí la necesidad gubernamental: demostrar que el nuevo enfoque era sustancialmente superior al anterior. Y como las demostraciones cuantitativas parecen más convincentes que las cualitativas, se llegó a la tácita aplicación de que no hay método malo si los resultados son buenos: El fraude masivo y generalizado imperó hasta entrados los 80, llegándose a dictar las respuestas por la megafonía de la escuela en un examen, y otros procedimientos menos escandalosos pero igualmente efectivos. El fraude como sistema, el facilismo masificado y la falta de exigencia provocaron una explosión de graduados de enseñanza media que las universidades no podían (debían) asimilar. Y lo peor: una generación de estudiantes habituados a recibir las preguntas con sus respuestas, de donde dedujeron que recibirían la vida toda con sus respuestas al dorso. Por suerte, el procedimiento no accedió a las universidades, garantizándose así la calidad a costa de la eficiencia del sistema (un graduado por cada cinco ingresos).

“Ser cultos es el único modo de ser libres”, había dicho José Martí y, en la medida que el pueblo cubano fue accediendo a la educación y a la cultura, no sólo dominó la tecnología y sustituyó a los técnicos extranjeros, sino que empezó a juzgar desde perspectivas más altas su propia circunstancia. No se puede enseñar a pensar y después pretender que el pensamiento sea obediente a una especialidad o a una consigna. Enseñar a leer para que los ciudadanos digan Sí sin faltas de ortografía. El talento es, por definición, desobediente. La instrucción y la cultura incrementaron las expectativas profesionales y materiales de una capa profesional emergente a un ritmo sin precedentes. Pero el gobierno sólo necesitaba asalariados que pusieran en práctica sus decisiones. Los puestos de “decididores” ya estaban ocupados.

En contraste con las necesidades de esta masa cada vez más pensante, se abolió la pluralidad del discurso social, el gobierno monopolizó la palabra y sus medios de difusión, y se desactivó el (frágil) sistema democrático republicano. Obsoleto, dado que las autoridades constituían, per se, la voz del pueblo, e interpretaban y ponían en práctica, por algún misterioso procedimiento telepático, su voluntad. Se ejerce hacia los creyentes, hasta fines de los 80, una persecución abierta (caso de las UMAP) o solapada (exclusión de universidades y empleos de cierta responsabilidad). Se minimiza la libertad de movimiento, y se sataniza como acto de disidencia política cualquier decisión personal de migrar o emigrar. Se sanciona toda relación con el exilio, así sea con los parientes más cercanos —la Revolución es el gran padre adoptivo, al que se deberá supeditar la familia tradicional— y los viajes a la Isla desde la Cuba Outside no se permitirán hasta 1977.

A fines de los 60 e inicios de los 70, el discurso cultural choca contra la intolerancia oficial, que en 1971 deja muy claro, en el documento final del Congreso de Educación y Cultura, que la función del arte sería meramente didáctica: enseñar al pueblo las virtudes del socialismo y guiarlo por el buen camino. Pero la cultura jamás ha sido un curso de moral y cívica. Hubo libros secuestrados, autores estigmatizados, hubo el “Caso Padilla” y un fuerte altercado entre el gobierno y la intelectualidad latinoamericana, que durante diez años había instituido a La Habana como capital cultural de América Latina, estableciendo un diálogo ínter nos, posiblemente único hasta (y desde) entonces.

Este primer choque, además de cierto éxodo de intelectuales, sobre todo en la esfera artística —que se sumarán a la primera oleada emigratoria, compuesta por empresarios, profesionales y clase media cuyas expectativas fueron anuladas por la expropiación masiva de los medios de producción—, fue el inicio del llamado “quinquenio gris” (casi decenio): la dogmatización y el autoritarismo provocaron la masificación de un periodismo gris y monocorde, que sustituía la reflexión por la consigna, en obediencia al triunfalismo oficial. La literatura se redujo a una colección de textos maniqueos, que en su debilidad formal y conceptual resultaron a la larga olvidables. El cine se refugió en los temas del pasado para evitar la censura. Incluso la música, tan abierta siempre a lo nuevo, se encerró en fórmulas clásicas. La Habana, ex capital cultural, levantaba muros ideológicos que conformarían el bloqueo interior.

Al mismo tiempo, el país de inmigrantes se convertía en un país de emigrantes, que ya suman casi la quinta parte de la población insular. Sobre esta Cuba Outside han operado diferencialmente dos Cubas: la Real y la Virtual, tamizada por la nostalgia. En medio de un proceso de transculturación, la Cuba del exilio ha fraguado la Isla en la distancia, no menos auténtica que los orishas criollos, trasplantados con raíces y todo en los barcos de Pedro Blanco. Se ha producido una traslación (geográfica, contextual, sincrética) de los códigos natales. De modo que mientras en Cuba se produce, a partir del primer decenio revolucionario, una insularización de la cultura, resultado del embargo externo y del bloqueo interno; fuera de Cuba los patrones de esa cultura, sin perder su identificación, se cosmopolitizan. Ninguna de las dos tendencias implica un juicio de calidad, que la hay (o no) en ambas orillas. Lo cierto es que ya no puede hablarse de cultura cubana sin escuchar los rumores que desde toda la geografía conforman la Isla Planetaria.

A finales de los 70 y durante los 80 se produjo en la Isla el lento renacer de la literatura y el arte, que empiezan a cumplir una función no sólo decorativa o didáctica sino una función de indagación de la realidad. Ello, y la necesidad de hacer selectivo el ingreso a las universidades ante la masa creciente de graduados que desbordan la infraestructura productiva, son los mejores ejemplos del triunfo de la política educacional, a pesar del llamado promocionismo. Cosechar talento, no obstante, ha sido una labor agridulce para el gobierno, dado su carácter ultracentralizado y autoritario.

La de los 80 fue quizás la década prodigiosa. Tras el éxodo por el Mariel en 1980, se establecieron medidas para mejorar el nivel de vida, y mayores márgenes de libertad que alcanzaron incluso a la prensa, convocada desde el86 a combatir los llamados “errores y tendencias negativas”. Pero no pasó de un tímido intento, rápidamente silenciado por las autoridades, que pretendían un periodismo crítico ma non tropo. Las noticias de perestroika y glasnost coinciden con la madurez de una intelectualidad artística que se replantea la realidad y pone en duda el statu quo, principalmente en las artes plásticas, pero de nuevo hay un choque frontal con el stablishment: exposiciones cerradas, debate con las autoridades, concluyendo con el éxodo casi masivo de los pintores, que aún hoy viven fuera de Cuba. La literatura y, en cierta medida, el cine, se suman tardíamente a este movimiento crítico, a fines de los 80 e inicios de los90, pero el llamado Período Especial, la crisis más profunda de la historia de Cuba, llega justo a tiempo para el cierre de una amplia prensa cultural, minimización de ediciones y de la producción artística en general. De ese modo, la cultura comienza a debatirse, como dentro de una camisa de fuerza, atada por limitaciones conceptuales y materiales.

Pero la contradicción entre el dogmatismo autoritario del gobierno y los profesionales creados por la propia Revolución, no sólo se verifica en la esfera artística. Para desgracia de los cubanos, sometidos a racionamiento hace ya siete lustros, también ocurre en la economía.

En Cuba, la estimulación moral y las promociones recaen básicamente en aquellos que cuentan con mayores méritos políticos. El decir es más respetado que el hacer y la confiabilidad del individuo (léase incondicionalidad) es tenida como la virtud suprema, merecedora de promociones y ascensos. A eso contribuye el hecho de que los cuadros al más alto nivel no fueron un resultado de cierta selección natural en que resultaran electos los más capaces. Su participación en la historia les otorgó un puesto perpetuo en el Olimpo tropical. Independientemente de sus capacidades. Méritos históricos y políticos que sirvieron para tasar, de ahí hacia abajo, a los cuadros a todos los niveles, hasta el extremo de hacerse sospechosa de disidente la eficacia y el talento (tan poco obediente), además de peligrosa, porque la capacidad del subordinado suele demostrar diariamente la incapacidad del jefe, de modo que es preferible librarse de un subordinado tan capaz como molesto. Se intenta domesticar la creatividad. El técnico creativo suele ser indisciplinado, molesto, incluso prescindible. Así, la política de cuadros basada en un sistema de promociones a partir de la eficiencia y la idoneidad del hombre para el cargo que desempeñará, es sustituida paulatinamente por una nómina estable de “dirigentes confiables” que se rotan de un cargo a otro, aun cuando en cada uno demuestren su ineficiencia, porque la cualidad que los ha distinguido no es esa, sino la obediencia. Se acuña entonces que “El que sabe, sabe, y el que no sabe, es jefe”.

Al ser la rentabilidad de su empresa un factor secundario, el ejecutivo nombrado por su competitividad política tratará de mantener el statu quo, no se arriesgará a la toma de decisiones que pudieran afectar su estabilidad, silenciará la creatividad y reprimirá el talento no imprescindible para la marcha acostumbrada, e intentará no destacarse por sus innovaciones, sino como ejecutor puntual y fiel, única conducta que a la larga reportará beneficios a su ranking. Fenómeno que los inversionistas extranjeros han constatado en Cuba: nadie decide, todos consultan. Decidir no es políticamente saludable. Obedecer, sí. La dirección vertical está regida por la Gravitación Universal. Se fomenta la inmovilidad, la falta de iniciativa, y se bloquea la capacidad creadora de una masa in crescendo de personal joven y altamente calificado, cuyo nivel supera ampliamente el de sus jefes. Estos cuentan para imponerse con su experiencia, su astucia, y una política proteccionista que permite al jefe encarnar, a nivel local, los “principios sagrados de la revolución”, de modo que cualquier ataque a él será, por inferencia, un ataque a la Revolución. Toda disidencia en el orden técnico y económico podría ser interpretada como disidencia ideológica.

El sistema contempla, asimismo, una planificación tan minuciosa que no puede ser controlada y, de hecho, no se cumple, pero sí opera en términos de un esquema supercentralizado de decisiones y abolición de los márgenes de libertad, sumado a una pobre estimulación. Miles de regulaciones y disposiciones bajadas “de arriba” atan de pies y manos a cualquier administrador creativo que por una de esas casualidades apareciera en ese ambiente tan hostil al talento. La indisciplina creadora —aun cuando ofrezca resultados—es inaceptable. La cúpula teóricamente marxista reedita la contradicción básica del capitalismo según el viejo Karl: el desarrollo de las fuerzas productivas sobrepasa con creces el nivel de las relaciones de producción, que impiden su desarrollo.

Esto, sumado a las escasas expectativas económicas, se tradujo, para muchos profesionales, en insatisfacción, frustraciones y no pocas veces en idealización del Outside, confirmada por los antiguos gusanos, convertidos en mariposas tras cursar la crisálida de Miami. Por no hablar de los cubanos cuya vocación empresarial (ideológicamente perversa) carecía en la Isla de futuro. Un país que invirtió enormes sumas en crear una infraestructura para el desarrollo, jamás alcanzó la productividad ni la solvencia, de modo que al cesar la subvención, con la desaparición de la Unión Soviética (que acaparaba las cuatro quintas partes del comercio exterior cubano), la economía se desinfló, hasta un tercio que dos años antes. Cuba quedaba librada a su suerte, a solas entre el embargo norteamericano y el bloqueo político a sus propias capacidades potenciales, que fraguaron la ineficiencia crónica. Una parte del aparato (im) productivo se ve obligado a cerrar por falta de insumos, piezas y combustible. La inflación alcanza el 12.000% en unos meses y el poder adquisitivo real del dinero se reduce entre 50 y 80 veces. Las asambleas abiertas celebradas en 1990 denuncian un gran descontento y la urgencia de cambios. Pero son desoídas por las autoridades. La actividad científica pierde presupuestos, salvo en aquellas esferas que el gobierno considera promisorias (biotecnología, farmacéutica). Las subvenciones a la cultura prácticamente desaparecen. Y con ellas, buena parte de la industria cultural.

Ése es el panorama gris en que tendrá que vivir, sobrevivir o huir la cultura cubana de los 90. Si en las décadas anteriores los profesionales habían disfrutado cierta dosis de reconocimiento (social y en cierta medida, oficial), la crisis de hoy reduce la vida a mera supervivencia, crea una nueva picaresca del sálvese quien pueda y los menos preparados para ello son los profesionales. Prostitutas, productores clandestinos de bienes indispensables, campesinos, empresarios del mercado negro o funcionarios vinculados al dólar son los más aptos. Ninguna de estas florecientes actividades necesita un físico teórico o un novelista. Tampoco las necesidades perentorias del día a día, las únicas que cuentan. De modo que son prescindibles.

El éxodo de profesionales comienza entonces a producirse de modo galopante. Un éxodo en varias direcciones: Ingenieros que abandonan sus fábricas para buscar un puesto de camareros y obtener propinas en dólares; maestros que abandonan sus aulas (el 10% hasta hoy, según cifras del ministro de Educación) para incorporarse al mercado negro, y los que abandonan el país y quizás nunca regresen. La cultura artística no es ajena a este proceso. Carentes de medios para hacer una película o incluso para pintar, de ediciones que salven sus libros del puro manuscrito, los escritores y artistas buscan ví(s)as para continuar haciendo su obra fuera de Cuba. Por suerte, la Unión de Escritores y Artistas, argumenta ante las autoridades que es preferible un escritor que escriba en México o Madrid, a un escritor que no escriba en La Habana. Se facilita la salida de los artistas, no obligándolos a lo que es casi ley inexorable para el resto de los cubanos: la única salida posible es la definitiva, sin retorno. Así, se les permite una libertad de movimiento que condicionará el proceso de internacionalización de la cultura cubana, tímido hasta entonces. Bien porque los creadores se instalen en otras latitudes, bien porque se vean obligados a escribir, pintar o hacer cine destinados a editoriales, productoras, galerías y espectadores o lectores foráneos, dado que la industria cubana es incapaz de asumir y retribuir esas producciones. Ello ya va condicionando un cambio en el lenguaje artístico destinado a nuevos públicos. Pero el precio es muchas veces la renuncia al lector y el espectador más natural de los creadores cubanos: su propio pueblo. En un país donde el transporte público y el almuerzo, un frasco de medicamento y el suministro de energía eléctrica son lujos, importar bienes culturales es pura utopía.

En medio de este panorama tétrico, hay también algunas buenas noticias. La internacionalización obligada del arte cubano ha provocado su mayor difusión. Es durante el Período Especial cuando la música cubana abre espacios extrainsulares, la literatura conoce nuevos lectores, una película es nominada al Oscar, y los pintores jóvenes alcanzan un mercado creciente en Estados Unidos y Europa. También es el momento de la confluencia. Desde aquella exposición de México se han producido otras en Barcelona y Madrid; encuentros de escritores hasta hace poco quiméricos, se conciertan en Madrid y Estocolmo.

Salvo un pequeño grupo de intransigentes de ambos signos, impermeables al diálogo, la mayoría de los creadores se dispone al encuentro saltando latitudes geográficas e ideológicas. Se toma conciencia de que la órbita cultural no se puede reducir a un planetarium político ideológico. Incluso, y puede quesea lo más curioso, se registran confluencias, interconexiones, caminos paralelos o convergentes entre artistas y escritores de la misma generación aunque distintas orillas.

Otra buena noticia es que el lenguaje artístico de los creadores que residen en la Isla, desligado desde hace una década de los estereotipos condicionados por la retórica oficial, se diversifica y expande. Quizás sea la natural evolución de un arte que intentó primero desentrañar las claves de su pasado y su presente, y que ahora intenta una reflexión parabólica sobre su destino. La más reciente narrativa o las últimas películas de Tomás Gutiérrez Alea hubieran sido impensables hace apenas un lustro —aunque Paradiso, Memorias del Subdesarrollo, El Siglo de las Luces, mantengan su actualidad a prueba de efemérides y noticieros.

Lamentablemente, la crisis actual engrosa día a día su saldo terrible: la Isla que un día emprendió el asalto a la instrucción y la cultura ve esfumarse su logro más incuestionable. La fuga de talento hacia el exilio o hacia el insilio de la supervivencia van destecnificando el país. A lo que se suma la falta de expectativas de los más jóvenes y el redireccionamiento de sus intereses. La prostitución es hoy más rentable que la universidad. Y la súbita popularidad de los dioses es sintomática: sustitución isomórfica de la fe en la consigna por la fe en otra consigna: esta vez la divina. Cuando el futuro caduca, necesitamos un paraíso de repuesto.

Cuba ha devenido uno de los mayores exportadores de talento, que es precisamente, su mayor riqueza natural, cuya reposición llevaría tantos decenios como su acumulación.

Una población masivamente educada, portadora de una autoestima rara en nuestro vapuleado Tercer Mundo, percibe que su retribución jamás estará en consonancia con su preparación profesional o su esfuerzo. Incluso la creatividad más desinteresada encontrará barreras burocráticas, incomprensión, suspicacia. Un cerco de prohibiciones inhibe la búsqueda de soluciones personales. Permitir ciertas formas de trabajo privado —artesanos, fabricantes de baratijas, pequeños restaurantes— no es solución para esa masa altamente calificada, dado que se prohíbe a los profesionales ejercer por libre sus oficios, evitando así el surgimiento de una empresa competitiva que demuestre aun más la incompetencia del aparato estatal. El ingeniero fabrica pizzas, pero no motores; el médico vende dulces a domicilio y el periodista arma juguetes de papier maché, pero jamás se les permitirá instalar una fábrica o crear un periódico. Y sin hacer constar de forma definitiva la libertad de empresa y comercio de los nacionales, de modo que sea suprimible cuando no se le considere oportuno. No es novedad, ya ha ocurrido.

Así, el éxodo se ha convertido en una de las industrias más rentables del gobierno cubano: venta de permisos de salida, cartas de invitación y pasaportes (todo en dólares, of course). A pesar de los obstáculos a la salida, y de los crecientes obstáculos a la entrada en los destinos elegidos por este turismo de la supervivencia, continúa la fuga de expectativas y creatividad que serían ingredientes óptimos, algún día, para el saneamiento de la Isla. Excedentes de un talento educado para el futuro que resulta superfluo en un país catapultado hacia el pasado. Talento en busca de su oportunidad (única e improrrogable) sobre la Tierra. En realidad, déficits de hoy. Y más aún, de mañana.

 

“Los excedentes del talento”; en: Encuentro de la Cultura Cubana; n.º 12/13, primavera/verano, 1999, pp. 37-44. ilus. de Florencio Gelabert.





Boleros en Valparaíso

1 01 1999

Aunque no soy un adicto a las novelas policíacas, confieso haber disfrutado con Marlowe más que con los rebuscados crímenes de Poirot y Agatha Christie. Si algo me ha conmovido en la novela negra norteamericana, es su verismo; la noción de estar presenciando la cara oculta de la vida, no menos real que la visible. Una vez aceptada como un dogma la inapelable honradez de ese detective a quien todos vapulean, puede uno transitar la dosificada entrega de información, el embrollo paulatino de la trama hasta el instante final, los whiskies y cigarrillos que van creando en el lector una creciente ansiedad. En sus novelas encontré una prosa ágil y eficaz, parlamentos escuetos y dialectales que reforzaron mi noción de ser un mero espectador de la vida. Y si me refiero a la novela negra, es porque el modelo y la intención de Roberto Ampuero en Boleros en La Habana son, obviamente, ésos.
La novela narra el encargo a un detective de origen cubano, residente en Valparaíso, de averiguar a quién pertenece el medio millón de dólares, supuestamente hallado en su equipaje por un cantante chileno de boleros, y que se ha refugiado en La Habana tras un (también supuesto) secuestro. De modo que la novela se mueve entre Valparaíso y La Habana, con incursiones a Miami y Montevideo.
Su autor, chileno que ha residido en Holanda, Cuba y Alemania, nos entrega su trama mediante una estructura eficaz y ágil que salta de persecución en persecución: los mafiosos que persiguen al cantante de boleros, el detective cubano que persigue a los mafiosos por encargo del bolerista, y el bolerista que persigue sus fines, al parecer su propia supervivencia, mientras no se demuestre lo contrario. Al final, como es clásico en sus modelos, algunos malos caen, pero no los peores, un telón de corruptela y silencio cierra la trama, y el detective termina más vapuleado que antes y sin un centavo.
Hay elementos en la trama francamente inverosímiles, algunos claves para aceptar tácitamente la historia: No resulta demasiado convincente que Rosales, el bolerista, contrate un detective de medio pelo en el otro extremo del mundo sólo como maniobra de distracción a sus perseguidores. Como resulta increíble que un hombre perseguido por la mafia ─y que, como sabremos mucho después, conoce perfectamente ese territorio─ se dedique a cantar en el cabaret Tropicana, por donde desfilan todos los extranjeros que acuden a La Habana. Publicarse en el Gramma habría sido menos extrovertido. Los extranjeros no suelen leerlo. Y que lo contrataran tan fácilmente, sin papeleos ni burocracia, es ya un exceso. Pero todo eso pudiera pasarse por altosi tuviéramos la voluntad de creer la historia y ella nos convenciera a cada paso.
Pero las dos grandes dificultades de esta novela son su verismo ambiental y su lenguaje.
El primero me hace recordar a Hemingway, quien escribía en inglés novelas de norteamericanos desplazados que movían sus propios conflictos en medio de un escenario exótico. No intentó asumir (suplantar) la identidad y los conflictos de los nativos, que le suministraron los secundarios y la escenografía. Ibsen le había enseñado que sólo se puede escribir de lo que se conoce, y por ello el viejo cubano de su mejor novela, y hasta la aguja que pescó, o lo pescó a él, pensaban en inglés.
Lo contrario se nota en la novela de Ampuero. Resulta abrumador el contraste entre la creíbles recreación de los altos barrios bajos de Valparaíso (ciudad natal del autor) ─el asalto de los cogoteros, por ejemplo─, y esa Habana donde los balseros plantan su improvisado astillero en el patio de la cuartería en plena Habana Vieja ─rigurosamente vigilada, según la novela─, se intercambian avíos de fuga al pie de la escalinata universitaria, el sitio menos recatado del mundo, por no hablar de sus referencias a «Huira» de Melena, los «babalúas», los «boquerones fritos» en lugar de manjúas; o donde el poeta, con una cuchilla apoyada en la yugular, tiene tiempo para reflexionar sobre la anunciada invasión norteamericana que nunca tendrá lugar.
A Ampuero no le basta colocar a «nuestro hombre en La Habana», limitarse a emplear la exótica escenografía, sino que necesita juzgar la situación, colocarse en los conflictos insulares y apostillar de vez en cuando por boca de sus personajes. Pero ahí es donde se traba el paraguas, para decirlo en el buen cubano que le falta al autor de estos Boleros. Mientras un parlamento como el del cogotero chileno cuando dice «(Puchas que anda bien cubierto el jil éste», nos otorga una noción de veracidad; la afirmación del poeta: «Vengo a menudo (…) Pero siempre gracias a extranjeros. A los cubanos nos está vedado entrar aquí, a menos que paguemos en dólares, empresa más difícil y riesgosa que conseguir doblones», digna de las traducciones de la Editorial Progreso, nos hace sospechar una impostura. Aunque sea cierto. Aún cuando aceptáramos que la expresión del poeta es mera joda culterana, ya va siendo más inexplicable la oralidad de una bailarina de Tropicana, jinetera en sus ratos libres: «Te vislumbro medio pasmado en lo físico y más bien escueto en materia de fantasía, cosa que atribuyo a que careces..”. etc.
Pero lo más lamentable es esta Habana llena de personajes maniqueos, que resuelven una jinetera, alquilan su casa a extranjeros o se prostituyen (y que, indefectiblemente quieren abandonar la Isla) o los que consideran muertos a quienes se fueron a Miami, llaman compañero incluso al turista, o pertenecen a la Seguridad o las Milicias, y son implacables guardias rojos. Si de algo nunca se enterará el lector de esta novela es de que La Habana está poblada de mulatos ideológicos, azuzados por la picaresca de la supervivencia, y son más bien escasos los blancos y los negros. Su conducta es más sutil que la de esa jinetera actuando contra reembolso. Ellas han patentado el método tangencial cuando lo que desean es que las saquen de Cuba. Estas breves páginas no alcanzarían para explicarlo. O que ningún funcionario de la Seguridad le soltará literalmente a un empresario paraguayo que puede lavar tranquilamente sus dólares en la Isla, aunque de hecho se haga. Si algo resta verismo a esta Habana no son detalles geográficos o términos inapropiados, sino la rara unidireccionalidad de sus pobladores, indefectiblemente sandungueros (calificativo a mansalva), su conducta maniquea y la simplicidad de sus métodos de supervivencia.
Aunque existen notables (y muy nobles) excepciones, la mayor parte de las novelas policíacas funcionan (o no) estructuralmente, dosificando la trama y concediendo al lector la intriga por entregas. Lo común es que el lenguaje sea un mero instrumento de comunicación, operativo en la medida que cumple su propósito. Pero esta operatividad pasa, ineludiblemente, por convertir el lenguaje en un transmisor tan fiable como una línea de fibra óptica, la huella dactilar de sus propietarios. Cosa que ya sabía Hemingway hace medio siglo.

Boleros en el paraíso, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 11, invierno, 1998/1999, pp. 183-185.  (Ampuero, Roberto: Boleros en La Habana. Ed. Planeta. Barcelona, 1997.)





Naturaleza viva con abejas muertas

1 06 1998

En la contraportada de la novela Naturaleza muerta con abejas, de Atilio Caballero, se lee:

“(…) es la historia de un impulso vital de liberación personal, de escapar de una sociedad cerrada (…) la descripción y el análisis de las concecuencias que el poder absoluto tiene sobre el individuo, de las utopías utilizadas como valor supremo frente a otros aspectos de la vida (…) un simple ser humano en lucha permanente por recuperar su identidad. Naturaleza muerta con abejas es una novela que dará mucho que hablar”.

Y si confío, con los autores de la solapa, que esta novela dé mucho de qué hablar, cabría añadir que, en primera instancia, es una novela que da mucho qué pensar.

Como es ya norma en la narrativa de Atilio, el hilo argumental es apenas una excusa: las aventuras (mayoritariamente introspectivas) de un joven confinado en el “Convento” ─por la palabra “guardia” que le espeta su hermano, lo suponemos una unidad donde pasa su servicio militar, pero bien podría ser una escuela, una beca: tan parecidos en su rígida estratificación diaria, en su estricta planificación de las conductas externas que pretende como fin último la planificación neuronal de todos los elementos─. Sus escapadas del hermético círculo conventual, cercado de muros y jerarquías, hacia el otro círculo, la ciudad, de muros difusos. Espectador y partícipe casual de los tumultos y represalias que acompañaron en 1980 al éxodo por el Mariel, el joven roza el tránsito hacia la otredad: la salida hacia el vasto círculo del mundo. Pero a lo largo de toda la novela, su éxodo ocurre en sentido opuesto: es una éxodo hacia sí mismo.

Aunque el personaje represente, al mismo tiempo, esa voracidad de horizontes, esa vocación apátrida (en su sentido universal) que ya Lezama achacara a la insularidad. Si el ciudadano continental cree con frecuencia haber contraído el mundo por vía genética, el insular se siente compulsado a conquistar y digerir ese mundo, a tender los puentes que le permitan enlazar culturas y órdenes de pensamiento, para lograr, en un efecto de contrapunteo, esclarecer las coordenadas de su propia circunstancia. Arquetípico en su construcción, este personaje que hilvana filosofías para explicar(se) el mundo inmediato, asedia el bostezo de un hipopótamo, o responde a las acusaciones del stablishment mediante un alegato sobre el sentido de la creación y la “utilidad” de la poesía, ese joven recluta que por momentos compone una retórica punto menos que imposible, es, al mismo tiempo, el que ríe con La Comedia Silente (tan parecida a la cotidianía), el que se acoge al placer gregario de la amistad y descubre con pavor que la complicidad y el miedo pueden ser siameses. Un personaje, en suma, que se nos convierte en persona casi sin darnos cuenta. Que nos conmueve a su pesar, como si quisiera mantener siempre a distancia los intrusos ojos del lector.

Y ese juego de acercamientos y alejamientos alternos es seguido, en cuidadas dosis, por el punto de vista, que se mueve desde un narrador semiomnisciente en tercera persona, hasta la franca primera persona, pasando en ocasiones por el estilo indirecto libre, ese modo de estar dentro y fuera al mismo tiempo. Como tampoco es gratuito que sea un capítulo en minúsculas el VIII: es la rapidez, el juego, las mutaciones, los disfraces que derriban categorías, la farsa igualizadora del travestismo carnavalesco.

No es un “ser humano en lucha permanente por recuperar su identidad”,es un ser humano suya identidad se va conformando al margen, sesgadamente, respecto a la identidad colectiva que postula el criador de abejas en el capítulo IX (Prólogo), donde se hace más explícita la naturaleza tránsfuga del personaje respecto a la fe oficial, al papel de cada individuo en (y supeditado a) la colmena, los mecanismos de opresión y supresión del individuo, presuntamente al servicio de la colmena. En realidad, al servicio del criador de abejas, que es quien dicta las normas, vigila el obediente curso de los acontecimientos, y determina en última instancia dónde y cómo colocar los cristales que confinarán a las obreras tras una frontera invisible.

Pero, en este caso, “escapar de una sociedad cerrada”tiene una connotación más amplia: el personaje reivindica su libertad a la diferencia, su derecho a la individualidad. Es la abeja que ha descubierto la parte superior de la colmena, donde no hay barreras de vidrio. Y echa a volar, aunque el criador sospeche de inmediato que se pasará a la colmena enemiga. El personaje ya ha detectado “la similitud que existe entre este elemento [el oleaje] y su nuevo régimen disciplinario: ambos comienzan donde termina la razón”; dado que el poder aplica a los súbditos técnicas de apicultor. Para su mal, los humanos somos con frecuencia coleópteros más complicados. Atilio Caballero, en esta novela de intensa lectura, lo demuestra.

 

Naturaleza viva con abejas muertas, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 8/9, primavera/verano, 1998, pp. 238-240. (Caballero, Atilio: Naturaleza muerta con abejas. Olalla Ediciones. Madrid, 1997. 210 pp.)