Boleros en Valparaíso

1 01 1999

Aunque no soy un adicto a las novelas policíacas, confieso haber disfrutado con Marlowe más que con los rebuscados crímenes de Poirot y Agatha Christie. Si algo me ha conmovido en la novela negra norteamericana, es su verismo; la noción de estar presenciando la cara oculta de la vida, no menos real que la visible. Una vez aceptada como un dogma la inapelable honradez de ese detective a quien todos vapulean, puede uno transitar la dosificada entrega de información, el embrollo paulatino de la trama hasta el instante final, los whiskies y cigarrillos que van creando en el lector una creciente ansiedad. En sus novelas encontré una prosa ágil y eficaz, parlamentos escuetos y dialectales que reforzaron mi noción de ser un mero espectador de la vida. Y si me refiero a la novela negra, es porque el modelo y la intención de Roberto Ampuero en Boleros en La Habana son, obviamente, ésos.
La novela narra el encargo a un detective de origen cubano, residente en Valparaíso, de averiguar a quién pertenece el medio millón de dólares, supuestamente hallado en su equipaje por un cantante chileno de boleros, y que se ha refugiado en La Habana tras un (también supuesto) secuestro. De modo que la novela se mueve entre Valparaíso y La Habana, con incursiones a Miami y Montevideo.
Su autor, chileno que ha residido en Holanda, Cuba y Alemania, nos entrega su trama mediante una estructura eficaz y ágil que salta de persecución en persecución: los mafiosos que persiguen al cantante de boleros, el detective cubano que persigue a los mafiosos por encargo del bolerista, y el bolerista que persigue sus fines, al parecer su propia supervivencia, mientras no se demuestre lo contrario. Al final, como es clásico en sus modelos, algunos malos caen, pero no los peores, un telón de corruptela y silencio cierra la trama, y el detective termina más vapuleado que antes y sin un centavo.
Hay elementos en la trama francamente inverosímiles, algunos claves para aceptar tácitamente la historia: No resulta demasiado convincente que Rosales, el bolerista, contrate un detective de medio pelo en el otro extremo del mundo sólo como maniobra de distracción a sus perseguidores. Como resulta increíble que un hombre perseguido por la mafia ─y que, como sabremos mucho después, conoce perfectamente ese territorio─ se dedique a cantar en el cabaret Tropicana, por donde desfilan todos los extranjeros que acuden a La Habana. Publicarse en el Gramma habría sido menos extrovertido. Los extranjeros no suelen leerlo. Y que lo contrataran tan fácilmente, sin papeleos ni burocracia, es ya un exceso. Pero todo eso pudiera pasarse por altosi tuviéramos la voluntad de creer la historia y ella nos convenciera a cada paso.
Pero las dos grandes dificultades de esta novela son su verismo ambiental y su lenguaje.
El primero me hace recordar a Hemingway, quien escribía en inglés novelas de norteamericanos desplazados que movían sus propios conflictos en medio de un escenario exótico. No intentó asumir (suplantar) la identidad y los conflictos de los nativos, que le suministraron los secundarios y la escenografía. Ibsen le había enseñado que sólo se puede escribir de lo que se conoce, y por ello el viejo cubano de su mejor novela, y hasta la aguja que pescó, o lo pescó a él, pensaban en inglés.
Lo contrario se nota en la novela de Ampuero. Resulta abrumador el contraste entre la creíbles recreación de los altos barrios bajos de Valparaíso (ciudad natal del autor) ─el asalto de los cogoteros, por ejemplo─, y esa Habana donde los balseros plantan su improvisado astillero en el patio de la cuartería en plena Habana Vieja ─rigurosamente vigilada, según la novela─, se intercambian avíos de fuga al pie de la escalinata universitaria, el sitio menos recatado del mundo, por no hablar de sus referencias a “Huira” de Melena, los “babalúas”, los “boquerones fritos” en lugar de manjúas; o donde el poeta, con una cuchilla apoyada en la yugular, tiene tiempo para reflexionar sobre la anunciada invasión norteamericana que nunca tendrá lugar.
A Ampuero no le basta colocar a “nuestro hombre en La Habana”, limitarse a emplear la exótica escenografía, sino que necesita juzgar la situación, colocarse en los conflictos insulares y apostillar de vez en cuando por boca de sus personajes. Pero ahí es donde se traba el paraguas, para decirlo en el buen cubano que le falta al autor de estos Boleros. Mientras un parlamento como el del cogotero chileno cuando dice “(Puchas que anda bien cubierto el jil éste”, nos otorga una noción de veracidad; la afirmación del poeta: “Vengo a menudo (…) Pero siempre gracias a extranjeros. A los cubanos nos está vedado entrar aquí, a menos que paguemos en dólares, empresa más difícil y riesgosa que conseguir doblones”, digna de las traducciones de la Editorial Progreso, nos hace sospechar una impostura. Aunque sea cierto. Aún cuando aceptáramos que la expresión del poeta es mera joda culterana, ya va siendo más inexplicable la oralidad de una bailarina de Tropicana, jinetera en sus ratos libres: “Te vislumbro medio pasmado en lo físico y más bien escueto en materia de fantasía, cosa que atribuyo a que careces..”. etc.
Pero lo más lamentable es esta Habana llena de personajes maniqueos, que resuelven una jinetera, alquilan su casa a extranjeros o se prostituyen (y que, indefectiblemente quieren abandonar la Isla) o los que consideran muertos a quienes se fueron a Miami, llaman compañero incluso al turista, o pertenecen a la Seguridad o las Milicias, y son implacables guardias rojos. Si de algo nunca se enterará el lector de esta novela es de que La Habana está poblada de mulatos ideológicos, azuzados por la picaresca de la supervivencia, y son más bien escasos los blancos y los negros. Su conducta es más sutil que la de esa jinetera actuando contra reembolso. Ellas han patentado el método tangencial cuando lo que desean es que las saquen de Cuba. Estas breves páginas no alcanzarían para explicarlo. O que ningún funcionario de la Seguridad le soltará literalmente a un empresario paraguayo que puede lavar tranquilamente sus dólares en la Isla, aunque de hecho se haga. Si algo resta verismo a esta Habana no son detalles geográficos o términos inapropiados, sino la rara unidireccionalidad de sus pobladores, indefectiblemente sandungueros (calificativo a mansalva), su conducta maniquea y la simplicidad de sus métodos de supervivencia.
Aunque existen notables (y muy nobles) excepciones, la mayor parte de las novelas policíacas funcionan (o no) estructuralmente, dosificando la trama y concediendo al lector la intriga por entregas. Lo común es que el lenguaje sea un mero instrumento de comunicación, operativo en la medida que cumple su propósito. Pero esta operatividad pasa, ineludiblemente, por convertir el lenguaje en un transmisor tan fiable como una línea de fibra óptica, la huella dactilar de sus propietarios. Cosa que ya sabía Hemingway hace medio siglo.

Boleros en el paraíso, en: Encuentro de la Cultura Cubana; Buena Letra. n.º 11, invierno, 1998/1999, pp. 183-185.  (Ampuero, Roberto: Boleros en La Habana. Ed. Planeta. Barcelona, 1997.)


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