El Caballero de siempre

16 11 2009

El escultor José Villa Soberón parece empeñado en repoblar La Habana con personajes célebres del más allá y del más atrás. Respondiendo al encargo de las autoridades, fue primero la estatua de John Lennon, que desde entonces ocupa su banco en el parque de 17 y 8, en el Vedado. Y aunque resulta difícil validar su relación ideológica con el discurso oficial, no ocurre lo mismo con los sueños y las esperanzas del cubano de a pie, quien imagine desde siempre un mundo mejor. Restauradas las gafas que alguien le robó a los pocos días de sentarse en el parque, la costumbre le ha incorporado ya al mobiliario urbano.

 

Julio Antonio Mella baja las escaleras en la Universidad de las Ciencias Informáticas. Hemingway frente a su daiquirí en El Floridita. Teresa de Calcuta lee en su patio del Convento de San Francisco de Asís. Martí arrastra su cadena en la antigua Cantera de San lázaro. Y más allá de la capital, Benny Moré pasea por el Prado de Cienfuegos, la ciudad que más le gustaba. Tin Tan se sienta al borde de una fuente en Ciudad Juárez y otro Lennon ya camina por Denver.

 

Las autoridades aprecian las ventajas de estos ciudadanos de bronce: no exigen su cuota, no atestan el transporte urbano, no integrarán la disidencia y se presupone que, por razones de peso, no enfilarán jamás hacia el Norte a lomos de una balsa.

 

También el Caballero de París camina de nuevo por la ciudad, frente al Convento de San Francisco de Asís, en una versión menos vulnerable que el original. El encargo fue en este caso de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, quien ya había exhumado los restos del Caballero para enterrarlos con honores en el mismo Convento, devenido hoy museo y sala de conciertos.

 

Juan Manuel López Lledín, más conocido como El Caballero de París, integra desde hace más de medio siglo la mitología habanera. Nacido en Fonsagrada, aldea gallega de Lugo, en 1890, emigró como cientos de miles de sus compatriotas a la promisoria Habana de la época. Después de trabajar como dependiente en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan, cumplió prisión tras ser acusado por el robo de unas joyas en la casa donde se empleaba, aunque más tarde fue demostrada su inocencia. En la cárcel se quebró el hilo que lo conectaba a eso que las convenciones han acordado llamar “realidad”. Desde entonces se le vio zapateando las calles con su hirsuta melena y su barba, que encanecieron al paso de los años, su capa negra llena de misteriosos bolsillos interiores, de donde extraía estampitas, recortes de periódicos y hasta caramelos para obsequiar a los niños.

 

En un país obsesionado por los olores corporales, su acre aroma a sudores, soles y serenos acumulados en la piel, fue incapaz de ahuyentar a los caminantes, y en especial a los niños, que se acercaban a él con un mohín de burla que la mirada del Caballero transformaba en curiosidad y simpatía. Su altivez menesterosa, su caballerosidad, el tono siempre señorial de su discurso inconexo, lejos de espantar, atraía. No era raro ver a su alrededor un coro de todas las edades que escuchaba perorar al Caballero con una atención que raras veces se ha tributado a los políticos. No se sacaba mucho en claro de sus lecciones magistrales de poesía automática. Es cierto. Pero la gente intuía que aceptando mendrugos y limosnas sin rebajarse a pedir, mezclando en la lengua, sin filtrar, cuanto pasara por su imaginación, aquel hombre había alcanzado una redención que para la mayoría era un sueño imposible. Obligado a bajar la cerviz ante el patrón, y a domesticar su lengua más tarde ante los caciques de la política, el cubano descubría en el Caballero la libertad en estado puro.

 

Si otros mendigos de la ciudad estaban obligados a exponer sin pudor sus desastres corporales o conmover con la crónica de sus desgracias, al Caballero de París le bastaba estar. Su modo de irradiar al mismo tiempo altivez y lástima, simpatía y ternura, conseguía que el caminante se sintiera más cuerdo, y presuntamente superior, pero a su vez compulsado a ser ”bueno”, en un mundo donde la bondad no es muy rentable. Cada persona que se acercaba al Caballero contraía la perturbadora noción de que aquel hombre era una variante extrema de sí mismo.

 

El Caballero fue, posiblemente, el único peludo de La Habana que en los años 60 y 70 no fue arreado a insultos ni rapado en una estación de policía. Atento a su historia interior y no a los devaneos de la política, ni cantó la chambelona al político de turno, ni coreó las consignas que iban tatuando el rostro de su ciudad. No obstante, nadie lo acusó de falta de entusiasmo revolucionario o connivencia con el enemigo, aunque fuera de París y Caballero. No Proletario ni de Coco Solo. Las locuras temporales de la política respetaron su locura atemporal y eterna.

 

Ante el deterioro de su salud física, fue ingresado en 1977 en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde permaneció hasta su muerte el 12 de julio de 1985. Desde entonces abandonó la notoriedad e ingresó en la mitología. Hoy que el marketing y la prensa rosa facturan decenas de famosos por semana para alimentar las insulsas vidas de sus lectores, cabría subrayar que El Caballero de París fue y es famoso por méritos propios.

Su imagen y su recuerdo han quedado en las artes cubanas. Su recatada ternura, en la memoria de quienes lo conocimos. Ahora que, sin perder su altivez, la ciudad se ha vuelto tan menesterosa como él, vuelve a caminar, esta vez en silencio, dispuesto a subir por la Avenida del Puerto y Malecón hasta 23 y desde ahí escalar la Rampa para acomodarse en 23 y 12, su último refugio antes de ser internado. Sea bienvenido.

 

“El caballero de siempre”; en: Habaneceres, 16/11/2009





Grados de Libertad

3 11 2009

El espín electrónico, postulado en 1925 por Gouldsmit y Uhlenbeck como único modo de explicar el efecto Zeeman, es un grado de libertad interno de las partículas. Y a su vez, existe conexión entre las variables espacio-temporales y los grados de libertad internos, o espín. Esto provoca la llamada helicidad, cuya manifestación macroscópica, en el caso de los fotones, es la polarización de la luz.

Lo asombroso es que estas leyes de la física se cumplan en la vida social. A pesar de la compleja organización que supone esa porción de materia llamada  ser humano, con harta frecuencia se comporta del mismo modo que una partícula elemental, sometida a un campo magnético, a un campo político, y a fuerzas de toda índole ejercidas por el medio.

Si asistimos a la conferencia ofrecida por un intelectual cubano residente en la Isla, por ejemplo, solemos apreciar un manejo exquisito del lenguaje. Puede que la charla versara sobre al art noveau en Güira de Melena, o la presencia de zurdos en la narrativa de los 90. En cualquier caso, indefectiblemente, aparecerán al final, entre las preguntas del público, temas comprometedores que el conferenciante se verá obligado a sortear apelando a alguno de los siguientes estilos:

1-El estilo directo: En el caso de que el interpelado opte por repetir, textualmente, las recetas que ha contraído tras la lectura asidua del diario Granma, y una intoxicación masiva de discursos. Cabe diferenciar que ello puede ser auténtico (existen casos) o una puesta en escena no siempre convincente. Las artes histriónicas requieren aptitudes y mucho ensayo. Las artes históricas, también. Las artes histéricas, menos.

2-El estilo indirecto libre: Muy conocido desde Proust, este estilo permite llevar la ambigüedad del idioma hasta límites que harían palidecer de envidia a muchos académicos. Se trata de ofrecer una explicación posmoderna y deconstructiva sobre la ausencia de malanga en los mercados de Cacocún; demostrar que la “democracia participativa” made in Cuba hunde sus raíces en la polis griega; o que en la Isla existe una “dirección colegiada” y no una dictadura unipersonal, sin aclarar que en todo colegio hay  un director y muchos alumnos. O, en su segunda variante, denunciar la falta de democracia, libertades y malanga; pero de tal modo que sea muy difícil aislar las palabras comprometedoras, encajadas como gravilla en su discurso de hormigón armado, donde a simple vista es posible descubrir, casi exclusivamente, palabras que sirven de mera guarnición. Esto tiene una doble ventaja: Los presuntos censores son incapaces de detectar las huellas del delito ideológico. Y el público no entiende nada, pero lo atribuye a su propia incapacidad intelectiva, sin repetir la pregunta.

3- El estilo elusivo. Más peligroso que el anterior, es ejercido por intelectuales cuyos criterios sobre la situación cubana son alternativos, cuando no francamente disidentes.  Se trata entonces de perseguir el rastro de la verdad, borrando más tarde las huellas, para que los rastreadores del sistema sean incapaces de darles caza.

Y no digo que lo anterior sea censurable. Los humanos por lo general no vivimos como queremos, sino como podemos, lo cual en este caso puede incluso ser beneficioso para la literatura, dado el entrenamiento que supone en el arte de la ambigüedad, el escamoteo de obviedades y la plurisemántica.

Algo similar, aunque lingüísticamente menos sofisticado, ocurre cuando en un círculo más o menos público, conversamos sobre la circunstancia cubana con residentes en la Isla de los oficios más diversos, ajenos a los subterfugios de la palabra. Tanto en ellos como en los anteriores, las variables espacio-temporales han condicionado el espín, los grados de libertad internos. Aún cuando se encuentre en un espacio donde expresar sin ambages sus opiniones no está penado, el cubano de la Isla sufre una especie de retraso inercial. Tras cincuenta años pensando lo que no dice para más tarde decir lo que no piensa, la cautela expresiva forma ya parte de sus reflejos incondicionados, e incluso de un sistema inmunológico que le ha permitido sobrevivir a las peores epidemias ideológicas hasta la fecha. Vale recordar que el cubano carece de esa libertad que Harry Truman definía como “el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla”. Por el contrario, las autoridades cubanas parecen haber leído a Don Karl Marx cuando aseguraba que “nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás”. Once millones de demás lo corroboran.

Si ese cubano opta por el exilio, transcurrirán meses durante los cuales escuchará en silencio conversaciones “subversivas”, mirando de vez en cuando hacia atrás; porque aún no ha logrado despojarse del síndrome Van Van: “siempre hay un ojo que te ve” y “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. “Cree el aldeano que su aldea es el mundo”, dijo Martí, y cree el cubano que “en cada cuadra un comité” es axioma universal, cuando hoy no pasa de ser el boceto de slogan para un parque temático de la Guerra Fría.

Poco a poco el cubano transterrado irá rotando su discurso, dando salida a palabras “inconvenientes” reprimidas durante muchos años. En la misma medida que se vaya despojando, no de la represión externa que ya eludió, sino de la autorrepresión instalada que, por obra del instinto de conservación, ha adquirido la categoría de “normal”; su formulación de la realidad se irá acercando cada vez más a su, hasta entonces, concepción íntima e impronunciable. El cerebro y la lengua harán las paces.

Recuerdo a aquel perro que se jugó el pellejo saltando el muro de Berlín bajo una lluvia de balas en dirección oeste –el tráfico en sentido contrario era muy despejado–, y una vez a salvo, se desquitó ladrando a toda hora, hasta que los vecinos lo echaron a patadas. Así mismo, puede que el cubano recién desinsularizado se arranque de un tirón la mordaza y comience a librarse por exceso de varios decenios por defecto. Pero no se trata de un acto de libertad, sino de un acto de desesperación lingüística, la consumación de su éxodo. El beduino lanzándose de cabeza  a la charca tras cruzar el desierto con la cantimplora vacía.

Por el contrario que en la física cuántica, donde la helicidad causada por la modificación de los grados de libertad provoca en los fotones una inmediata polarización de su luz; los humanos tenemos que aprender el ejercicio de la libertad. La dictadura, impuesta desde una entidad superior e inapelable, sólo exige al ciudadano mutilar su albedrío para acomodarlo al lecho de Procusto (¿Procastro?). La libertad, en cambio,  te ofrece sus múltiples esclusas entre las que deberás elegir; tarea a la que tendrá que  habituarse el sujeto (des)entrenado desde el parvulario para escoger entre rizado de fresa y rizado de fresa. Elegir es el más arduo aprendizaje que te exige una sociedad donde, de contra, deberás habituarte a la idea de que eres dueño de tu propio destino, es decir, donde nada “te toca” salvo que te lo ganes.

De modo que alcanzar una confortable y bien pensada compatibilidad entre la libertad de pensamiento –que el cubano disfruta también en la Isla siempre que no se le ocurra pronunciarla, quizás porque el máximo líder se tomó en serio la exclamación de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”–  y su traducción a las palabras, es tarea que llevará su tiempo, sus progresos y retrocesos. Desmantelar los mecanismos de supervivencia. Despojarse de la censura instalada por defecto en el RAM de la máquina. E incluso de cierto pavor a irse de rosca hacia los excesos que una educación monoteísta ha satanizado tantas veces. La palabra “gusano” es como una guasasa molesta que revolotea a su alrededor, y 50 años de propaganda goebeliana le han amaestrado para espantarla. Aunque el gusano sea bicho más laborioso y útil que la mariposa. Al cabo, con suerte y un poco de entrenamiento, alcanzará su justo espín y polarizará su luz a la medida de sí mismo. Comprenderá que “la libertad significa responsabilidad; por eso la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”, como decía George Bernard Shaw. Comprenderá una verdad que Don Manuel Azaña postuló en días difíciles para la libertad, esa que, según él, “no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”.  Si no lo hace, es suya también la libertad del subterfugio, del silencio o de la verdad mutilada.





Cartografías

2 11 2009

Dennys Matos

Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo

Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009

350 pp. ISBN:  978-84-9897-523-9

 

El libro Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo (Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009, 350 pp. ISBN: 978-84-9897-523-9) tiene ilustres antecedentes: los Diarios de Cristóbal Colón; la Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos, de Giorgio Vasari, autor del término «Rinascita»; la bitácora de Antonio Pigafetta, cronista de Magallanes; las premoniciones de Rui Faleiro, cartógrafo y astrónomo; los métodos de orientación del cosmógrafo Andrés de San Martín; el Cosmographiae Introductio, que acompaña la Lettera, los Cuatro Viajes de Américo Vespucio, en cuyo honor el alemán Martin Waldseemüller nombra «América» al continente en su mapa de 1507; las crónicas de Ruy Díaz y de Antonio Herrera y Tordesillas, o la Historia general de las cosas de la Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, padre de la etnología moderna. Por eso no es casual que Jorge Brioso encabece su “Presentación” de estos Paisajes con una frase en la que Gilles Deleuze afirma que escribir tiene que ver con deslindar y cartografiar futuros parajes. No otro es el propósito de Dennys Matos.

Paisajes abre con una aproximación a este mundo post en que habitamos: la poshistortisa, el poscomunismo, la posideología, lo posnacional, la posvida. También entre los siglos XV y XVI la humanidad vivió una era post: entre las tinieblas de la alta Edad Media se abrieron paso las ideas del humanismo, se reactivó el conocimiento, caducó la mentalidad dogmática y el teocentrismo medieval dio paso al antropocentrismo. Del mismo modo, tras el derrumbe del muro de Berlín y de la bipolaridad maniquea de la Guerra Fría, han aparecido decenas de fórmulas de organización social: un mundo multipolar donde el libre comercio de las ideas ha abolido los monopolios de la verdad. Multipolaridad equivalente a la que, tras la Reforma protestante, rompió en la Cristiandad con la dictadura del dogma, con la tradición y con la unidad estilística, hasta entonces supranacional. Aparecieron nuevas técnicas arquitectónicas, musicales, escultóricas y pictóricas —el schiaciatto,  el  claroscuro—, e incluso literarias tras la obra cervantina. La nueva sensibilidad humanística ocupó todos los territorios de la cultura europea, prefigurando su expansión mundial a bordo de la imprenta de Gutenberg y a bordo de las carabelas de Cristóbal Colón desde que, dos  horas después de la medianoche del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritó “Tierra a la vista”. Grito equivalente al de los físicos del CERN de Ginebra, encabezados por Tim Berners-Lee, cuando en 1990 crearon la World Wide Web: más que un nuevo continente, inventaban un universo habitado hoy por una población equivalente a la de China.

Hace medio milenio, los grandes exploradores propiciaron el encuentro de dos mundos, la confluencia de pueblos hasta entonces secuestrados por la geografía que, a partir de entonces, fraguarían una población genética y culturalmente mestiza, algo que cambiaría radicalmente el curso de la historia.

Hoy, el 75% de los alimentos consumidos por la Humanidad son oriundos del Nuevo Mundo y no hay biblioteca o archivo que pueda competir con Intenet, el mayor pastizal de datos de la historia: diez millones de terabytes en 2011.

En la sección “Metáforas de nuestro tiempo”, el autor mapea los territorios de esta sensibilidad post, no uncida a los dictados de una escuela o de una vanguardia: los objetos suicidas, las estéticas del cuerpo y la sexualidad, las angustias y desasosiegos de la libertad, los inexplorados mundos virtuales donde, por primera vez, el diálogo entre el arte y el público es bidireccional.

De la misma forma que los artistas italianos emigraron huyendo de las guerras y dispersaron  por toda Europa la buena nueva del Renacimiento, las galopantes migracioners globales de nuestro mundo post arrojan un saldo de estéticas cruzadas y mestizas a las que se refiere Matos en sus “Emergencias cruzadas”. Desplazamientos geográficos y culturales, relectura de códigos, como en World Mouse o en el arte satírico de Elio Rodríguez, el grupo Puré, Lázaro Saavedra o Marcos López.

Las escolásticas ideológicas, desde el comunismo al neoliberalismo, han caducado. Todo es  puesto en duda y cunden las lecturas transversales. Todo es objeto de choteo mientras se intenta una relectura incluso desde lo frívolo —como la exposición “Ch€, Revolución y mercado”, a la que se refiere el autor, que registra cómo la piedra filosofal del capitalismo post convierte un icono subversivo en mercancía—. Subversión de códigos, relecturas desde lo local o lo global, arte pop, frivolidad y desconcierto de un arte eminentemente urbano, metropolitano: Nueva York, Berlín (a la que el autor dedica toda una parte del libro) o Londres son los equivalentes de las ciudades-estados de ayer: Venecia, Florencia, Milán y los Estados Pontificios, centros de renovación artística.

Lo virtual se codea con lo real en igualdad de condiciones. Un mundo de fronteras líquidas provoca cartografías efímeras, deslizantes. Fronteras inasibles que se extienden en el land art hasta la imposibilidad de deslindar el arte de la naturalreza (el bosque de Agustín Ibarrola, la “Montaña de Tindaya” o el “Peine del viento”, de Chillida); el urbanismo travestido en arte, como en el Reichtang envuelto por Christo. La relectura y recontextualización de los mensajes en la obra de Alejandro López permite una lectura volátil, el sfumato davinciano de la interpretación.

El autor redondea su cartografía del arte contemporáneo al insertarlo en los mecanismos de mercado. Del mismo modo que entre Reforma y Contrarreforma un mundo asolado por las guerras multiplicó exponencialmente su comercio, hoy, entre decenas de guerras locales, estados fallidos, piratería, terrorismo y narcoejércitos, el comercio es la circulación sanguínea del planeta. Y el arte, un valor “seguro”, juega con los términos de la ingeniería financiera, que son casi los términos del arte: se tasa la percepción del valor, no el valor mismo.

Estas aproximaciones, estas cartografías tentativas desembocan, cómo no, en un mapa a escala mayor de la plástica cubana contemporánea: Los Carpinteros con su arte antifuncional, el discurso contestatario de Saavedra y Glexis Novoa; los interiores cubanos como  sugerentes radiografías de la realidad; las escenografías y la historia en Carlos Garaicoa; el discurso político y las utopías personales, así como la recurrencia de los mapas, las aguas, los viajes y la muerte que contemplan impávidos los dioses tutelares de la Isla. Matos da voz a los propios artistas: Luis Gómez, Pedro Vizcaíno, Ricardo Rodríguez Brey, Alexandre Arrechea y Carlos Garaicoa muestran la trastienda de ideas que subyace a sus obras. Como un planeta en miniatura, Cuba (tanto en la Isla como en el archipiélago de la diáspora) muestra su rara multiplicidad casi continental.

Mientras el siglo XVI florecía en Amberes y Florencia, la Siempre Fiel Isla de Cuba sólo estaba autorizada a importar toscos géneros de la península y grandes dosis de Contrarreforma. Pero ya entonces el contrabando, el comercio de rescate con naves inglesas, francesas y holandesas, el trapicheo nocturno de salazones, cueros y cajas de azúcar o aguardiente por sábanas de Holán, encajes de Malinas, algodones de Ruán, lienzos de Cambray, aperos ingleses e ideas prohibidas  superaba al otro. Como Dennys Matos demuestra en sus Paisajes, el trapicheo de ideas sigue siendo una de las grandes tradiciones nacionales.

El autor cierra esta bitácora, este mapa, con una visión inquietante a través del vídeo “Agosto 2007”, de Francis Naranjo. Los huecos blancos de las cartografías, los paisajes ignotos, azuzan la imaginación de los hombres. En la Cosmographia Universalis, del alemán Sebastián Munster (1544), best seller reimpreso cincuenta veces en veinte años, se describía a hombres de grandes labios y una sola pierna, y a enanos que se alimentaban con el olor de las manzanas. Fray Bernardino de Sahagún menciona una culebra con una segunda cabeza en la cola, y Alvar Núñez Cabeza de Vaca describe  a “malacosa”, ser hemafrodita que vive bajo la tierra y se alimenta de la nada. En “Agosto 2007” encontramos al ser más extraño de la creación: el hombre en su dimensión trágica, el hombre que discurre por un paisaje de ruinas mientras busca el País del Nunca Jamás y de fondo se escucha que “algo se pudre en el corazón de las hormigas”.

Como todo mapa de tierras recién descubiertas, Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo, resultado de la acuciosa cartografía de Dennys Matos, es, por fuerza, tentativo, pero imprescindible para quienes se dispongan a adentrarse en las dispersas geografías de la imaginación.

 





Perdonen que sí me levante

1 11 2009

Recién publicado el número 51/52 de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, cierra su oficina por falta de fondos la asociación homónima, que también publica desde el año 2000 el diario digital Cubaencuentro. Prácticamente todos los trabajadores nos hemos ido al paro, es decir, hemos pasado a engrosar la mayor empresa de España, el Instituto Nacional de Empleo (¿o de Desempleo?), el INEM, de modo que nuestro jefe es ahora el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero. Es la historia de una muerte anunciada. Durante muchos años, la asociación ha vivido entre sobresaltos del dinero que llega y no llega, del que prometen y el que cumplen, del que llega tarde y obliga a pedir un préstamo que luego se cobrará su tasa de gastos financieros. Y, al mismo tiempo, no se ha podido (sabido, querido) buscar fuentes propias y alternativas de financiación que cubrieran los huecos negros dejados por las subvenciones. Tras varios principios de infarto, llegó el infarto masivo. Lo milagroso no es que Encuentro cierre sus puertas, sino que haya durado 52 números y trece años con una calidad sostenida.

Sobrevivir sin apoyos institucionales es un deporte de riesgo para cualquier revista cultural del mundo que, por su propia naturaleza y limitado público, difícilmente podrá cubrir sus costes con anunciantes y suscripciones. La Revista de Avance publicó el 15 de septiembre de 1930 su último número, el 50, a los tres años de su nacimiento. Orígenes alcanzó los 40 números entre 1944 y 1956. (Más los dos números apócrifos, el 35 y el 36, que publicó en paralelo José Rodríguez Feo). Ciclón circuló entre 1955 y 1957, con un número epigonal aparecido en 1959, tras lo cual “dejó de existir (…) muerta de cansancio”, como diría en Lunes de Revolución Virgilio Piñera. Y se trataba de revistas hechas en la Isla, cerca de su público natural, y dirigidas a un mercado concreto, inmediato, lo que favorecía la prospección de anunciantes y sponsors.

Encuentro es, en cambio, desde su nacimiento, una revista sin país, o destinada a ese país virtual que es la diáspora y al país real que le cierra sus puertas y donde casi la mitad de su tirada ha debido circular clandestinamente durante todos estos años. También el diario se ha visto obligado a penetrar en la Isla por trillos y pasadizos de la red para eludir la censura. Era natural que así ocurriera. Tanto la revista como el diario nacieron y crecieron con una voluntad de diálogo entre la Cuba insular y la diaspórica, entre generaciones, estéticas, tendencias políticas, entre poetas, narradores y ensayistas, entre la academia y la creación. Y el gobierno cubano ha insistido durante medio siglo en el monólogo o en el diálogo monitoreado con mando a distancia desde la Plaza de la Revolución. Mediante el viejo sistema del palo y la zanahoria han intentado que los creadores de la Isla eludan las páginas de la revista y del diario. De conseguirlo, Encuentro se habría convertido en una revista más de y para el exilio. Para su desesperación, muchos de sus súbditos se proclaman ciudadanos, son alérgicos a la zanahoria y temen más a la autocastración que al palo. Basta recorrer nuestra nómina de colaboradores.

Desde que se conoció la noticia del cierre, no pocas botellas habrán sido descorchadas en el Ministerio de Cultura cubano y en el Comité Central. Con el alivio que supone sacarse una piedra del zapato, los funcionarios de la cultura (la unión de esas dos palabras es una verdadera aberración) dormirán mejor esta noche sabiendo que los jóvenes lectores de la Isla no serán corrompidos por textos de Carlos Victoria, Gastón Baquero o Reinaldo Arenas; ni violará su inocencia algún dossier sobre el papel de los militares en la Isla, la represión o las ruinas de La Habana; ni se pasearán por las calles de la ciudad los cadáveres de los balseros y de los fusilados en el Escambray y La Cabaña. Tampoco deberán temer que una nueva ola de represión tenga como respuesta una carta abierta firmada por cientos de los más prestigiosos intelectuales europeos y americanos.

Pero también se habrán descorchado botellas en algunos recintos del exilio. Encuentro ha sido acusado desde sus orígenes de ser una operación de la CIA (según el gobierno cubano) o de la Seguridad del Estado (según ciertos sectores del exilio). El cierre de nuestra oficina demuestra que las subvenciones de unos y otros no han sido suficientes. Y, hasta donde sabemos, no ha habido ofertas del KGB, ni del Mosad, del MI6 o de la Sûreté Nationale. La “pureza revolucionaria” que refrenda el monólogo se mira en el espejo de la “pureza contrarrevolucionaria” que refrenda el… qué casualidad. La supervivencia de ambos requiere un enemigo. Y para ambos, cualquier diálogo es perverso.

Aunque en ciertos corrillos del exilio (y del insilio también, why not?) puede haber otro ingrediente. Omar Torrijos contaba que a la entrada de un pueblo perdido de Panamá encontró el siguiente cartel: “Abajo el que suba”. Un enunciado a priori contra todas las políticas y los políticos (hasta que no se demuestre lo contrario) también podría servir de slogan al deporte nacional español y latinoamericano: la envidia. La diáspora cubana ha visto nacer y extinguirse a decenas, cientos de proyectos, muchos de los cuales habrían merecido mejor suerte. La persistencia de Encuentro ha hecho más difícil para algunos la digestión de esos fracasos. Otros han clamado por el cese de la financiación a Encuentro como si ello pudiera trasvasarse automáticamente en financiación propia. Y algunos han apelado incluso a la fórmula ejemplar de la envidia socialista: aquel hombre que sentado en la puerta de su casa ve pasar un flamante Mercedes Benz y desea de corazón que se estrelle en la próxima curva para que todos seamos peatones.

Claro que, financiación aparte, Encuentro y el diario no sólo han sido posibles por el empeño de un grupo reducido de personas, sino, y sobre todo, gracias a la generosidad de cientos de colaboradores que han alimentado el proyecto de más largo aliento durante estos cincuenta años de exilio. Su pérdida es también una pérdida para ellos y para los cientos de miles de lectores cubanos y no cubanos que han seguido ambas publicaciones.

Una revista cultural y un diario cubanos hechos en la diáspora, a base de subvenciones públicas y privadas y de un esfuerzo sostenido, están abocados a su desaparición. Pero soy portador de malas nuevas para los empresarios de pompas fúnebres. El muerto patalea.

Como comprobarán los lectores del diario, éste continúa saliendo. Los periodistas de Cubaencuentro han acordado continuar haciendo el diario ad honorem, desde sus casas y desde el paro –el trabajo voluntario no es monopolio del socialismo cubano–, a la espera de que una nueva fuente de financiación permita reanudar su publicación como hasta ahora. Y existe la posibilidad de que la revista regrese el año próximo de entre los muertos para enturbiarle los sueños a los funcionarios cubanos. De momento, siguiendo el ejemplo de los colegas de la red, yo me he comprometido a concluir el número 52/53, de modo que pueda imprimirse tan pronto existan fondos para ello. Sería lamentable que un número prácticamente terminado se quedara en manuscrito, sobre todo por respeto a los colaboradores que nos han confiado sus textos y a los lectores que nos han seguido durante trece años.

Que el número 52/53 sea o no el último depende del “azar concurrente”. Pero el azar también necesita ayuda.

«Perdonen que no me levante» es, posiblemente, el más conocido de los epitafios, que se atribuye a Groucho Marx. Aunque en su tumba del Eden Memorial Park de San Fernando, Los Ángeles, sólo figura su nombre, las fechas de su nacimiento y de su muerte (1890-1977) y una estrella de David. Parafraseando ese epitafio sin lápida, me gustaría inscribir hoy en la tumba provisional de Encuentro: “Perdonen que sí me levante”.

“Perdonen que sí me levante”; en: Cubaencuentro, Madrid, 2009

 

 





De Trotski y el desencanto

22 10 2009

Cuando supe que Leonardo Padura se embarcaba en una novela sobre el asesinato de León Trotski por Ramón Mercader, pensé que se estaba metiendo en  camisa de once varas por varias razones. Se trata de una historia harto conocida. La vida de Trotski (física e ideológica) puede recorrerse al detalle tanto en su autobiografía Mi vida (1930), como en La revolución permanente (1930) y La revolución traicionada (1936). Por si fuera poco, existe una copiosa bibliografía al respecto, comenzando por tres libros excelentes de Isaac Deutscher: Trotski, el profeta armado; Trotski, el profeta desarmado, y Trotski, el profeta desterrado, así como el Trotski en el exilio, de Peter Weiss. Sobre el asesinato hay libros, obras de teatro y películas. Entre otras, la pieza teatral Trotsky debe morir, del peruano José B. Adoph, la tendenciosa biografía novelada El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito, del periodista mexicano José Ramón Garmabella, o Cómo asesinó Stalin a Trotsky, de Julián Gorkin. Salvo sus diez minutos finales, es prescindible la película El asesinato de Trotsky (1972), de Joseph Losey.

Trabajar sobre materia prima tan manoseada exigiría del autor no sólo pericia y sagacidad narrativa, sino un enfoque verdaderamente novedoso y una inmersión a fondo en los pasadizos de la naturaleza humana si quería salir airoso. Más una dificultad extraliteraria. La figura de Trotski ha sido y es en Cuba tabú. Si los viejos comunistas del Partido Socialista Popular (PSP) fueron estalinistas ortodoxos, los nuevos comunistas del PCC se alinearon con el posestalinismo brezhnieviano y acataron la línea de ocultación de la vida, la obra y, especialmente, del asesinato del fundador del Ejército Rojo. Del mismo modo, en la Isla se ha escamoteado la colaboración de Stalin con Hitler, su diktat a los comunistas alemanes que permitió el ascenso del Führer, las invasiones de la URSS a Polonia, Finlandia y los países bálticos, así como su actuación en la Guerra Civil Española. Asuntos que Padura ventila con acierto en este libro.

El resultado es una novela extensa (573 páginas) y, en buena medida, intensa. A pesar de ser la historia de una muerte anunciada, Padura arrastra al lector página tras página con un nervio y una garra narrativa admirables, aunque desigual entre los diferentes hilos argumentales. Coincido con Javier Fernández de Castro (http://www.elboomeran.com/blog-post/189/7819/javier-fernandez-de-castro/el-hombre-que-amaba-a-los-perros) en que “Padura es un narrador de largo aliento y sabe situar al lector en el tiempo, el espacio y la perspectiva de quien habla en cada momento, y (…) que no decaiga el interés”.

A propósito de la estructura de El hombre que amaba a los perros, el autor afirmó que se trata de tres novelas en una, “el gran desafío es que consigan una armonía” y que se integren (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Yo prefiero hablar de dos líneas argumentales concurrentes y una prescindible. La primera línea narra la vida de Liev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotski, desde su confinamiento en Alma Atá y su exilio en Turquía, Francia y Noruega, hasta su muerte en Coyoacán. La segunda, cuenta la conversión del combatiente republicano Ramón Mercader, alias Jacques Morand, en sicario al servicio de Stalin y su consumación. Y la tercera, que se desarrolla en La Habana desde 1976 hasta 2004 o 2005, tiene como protagonista a Iván, y su desmoronamiento desde sus inicios como escritor promisorio hasta su ruina final, siendo Daniel Fonseca Ledesma, otro escritor devenido taxista, quien funge como narrador de la historia cumpliendo el mandato de su amigo.

Tres tonos e intensidades bien diferentes marcan las tres líneas argumentales. Y ello también se refleja en su peso dentro de la obra. Hay una proporción casi geométrica entre las tres historias: la línea argumental de Iván, que ocupa 109 páginas de la novela, es casi duplicada por la línea de Trotski, con 176 páginas, y ésta, a su vez, es casi duplicada por la línea de Mercader, que ocupa 269 páginas. Y no es casual que eso ocurra y que la preeminencia de una sobre otras se acentúe a medida que avanza la obra. Si en la primera parte, Trotski y Mercader tienen el mismo peso seguidos a distancia por la vida de Iván; en la segunda parte la historia de Trotski duplica las páginas que el autor le dedica a Iván, y la de Mercader las triplica. En la tercera parte, Trotski ya ha desaparecido y Mercader acapara las cuatro quintas partes, para concluir con una coda en la vida de Iván que enlaza con el capítulo 1.

La historia de Trotski está narrada en una prosa exacta, concisa, casi exenta de diálogos y florituras. Como un buen libro de historia plagado de datos que, no obstante, lejos de entorpecer la lectura, sitúan al lector (particularmente al lector cubano, adoctrinado a silencios) en los contextos de una historia que, de otro modo, sería ininteligible. Aunque la visión que se ofrece de Trotski es bastante amable, no se excluyen su protagonismo en la represión ni sus juicios más descarnados sobre la revolución traicionada, e incluso sobre su propia praxis revolucionaria como el germen del estalinismo. Es precisamente en esta zona donde el lector cubano encontrará más guiños hacia su realidad inmediata, un estalinismo de baja intensidad.

La vida de Ramón Mercader es el más “novelesco” de los hilos narrativos. Contada con una intensidad dramática que recuerda los mejores momentos de La novela de mi vida, es la zona mejor resuelta de la novela. Al estilo del Víctor Hughes de Alejo Carpentier en El siglo de las Luces, un personaje histórico pero epigonal, con todas sus áreas de silencio, permite a Padura novelar, construir al personaje literario con todas sus aristas, rellenando los huecos de verdad histórica y comprobable con una configuración verosímil. La información se engarza adecuadamente con la dramaturgia y el lector entra con asiduidad en la piel de Mercader, un efecto que no abunda en la narrativa cubana. Incluso algunos de los secundarios seducen en esta zona por su veracidad: el cínico Kotov y todos sus alias, y, sobre todo, esa Caridad que opera en el texto como una Mariana Grajales perversa con toques incestuosos y una soledad más devastadora que la del propio protagonista.

La tercera línea argumental, la del joven Iván que conoce accidentalmente a Ramón Mercader mientras éste pasea a sus perros por la playa de Santa María del Mar, es la más endeble. Si los primeros dos hilos narrativos son imprescindibles para la consumación de la historia, éste es perfectamente prescindible. Siguiendo la estela de La novela de mi vida, Padura ha necesitado anclar explícitamente el pasado en el presente, el outside con el inside. Pero, a diferencia de la novela de Heredia, donde la búsqueda de los documentos le concede a la historia en presente (a mi juicio, también prescindible) una mayor solidez argumental, en este caso la conexión entre Iván y Mercader resulta, cuando menos, poco verosímil. Un sicario entrenado para el silencio, que durante veinte años de prisión no reveló ni siquiera su verdadero nombre, de pronto decide contar a un joven (pichón de escritor, para colmo) una historia tremebunda que, aun hoy, no ha sido totalmente desclasificada. Y eso, acompañado por un agente de la Seguridad y en un país totalitario donde operan idénticos mecanismos a aquellos que lo condenaron al silencio. No le basta y, agonizante, lega al joven el manuscrito inconcluso de esa historia. Ni siquiera la sorpresa justifica esta línea argumental, porque, como bien señala Javier Goñi en “El grito de Trotski” (http://www.elpais.com/articulo/semana/grito/Trotski/elpepuculbab/20090905elpbabese_7/Tes), el lector adivina enseguida, antes que Iván, que “el hombre que amaba a los perros”  es el propio Ramón Mercader. La única explicación de este tour de force del autor es su necesidad de establecer un paralelo explícito entre el estalinismo y el castrismo, entre dos “revoluciones traicionadas”, para decirlo en palabras de Trotski, entre dos utopías estranguladas por la ambición y el miedo. Ciertamente, esto continúa la saga de sus anteriores novelas, pero más acusada. Ya no se trata del Mario Conde desencantado que abandona la policía, ni del policía de La novela de mi vida que, al final, resulta un bandolero y es excretado por el sistema. Aquí no se trata de una “papa podrida” cuya expulsión preserva la bondad del sistema. Ahora es el saco entero, todo el sistema, toda la utopía la que se ha podrido irremisiblemente. En ese sentido, es el drástico final de una lenta e implacable decepción. Pero lo que puede ser eficaz en términos políticos, no lo es en términos literarios. Ya la literatura (el periodismo, el cine, la música) del Período Especial constituye un verdadero subgénero en el arte cubano. Y la descomposición social que nos pinta el autor no añade nada nuevo a ese catálogo de desgracias. Incluso la muerte de Iván, que Padura nos ofrece como una alegoría, peca de obvia. Por el contrario, sospecho que el buen lector habría agradecido una visión más elíptica y tangencial de la realidad cubana a través de las historias cruzadas de Trotski y Mercader.

Según el autor, el hecho de que Mercader viviera en Cuba desde 1974 y muriera allí en 1978, fue algo que lo atrajo desde el primer momento. Pedro Campos, en “El Hombre que amaba los perros, última novela de Padura” (http://www.kaosenlared.net/noticia/hombre-amaba-perros-ultima-novela-padura), cuenta que en la Casa de las Américas, durante el encuentro de Padura con sus lectores, la pregunta imprecisa de uno de los asistentes quedó pendiente en el aire: “¿Tenía Mercader vínculos y la eventual protección del Estado cubano durante su permanencia en nuestro país?”.  Padura respondió que Caridad, la madre de Mercader, trabajó como secretaria en la embajada de Cuba en París en los primeros 60 (uno no se la imagina como taquimeca A) y que sí había identificado vínculos de Mercader con figuras importantes del PSP, que lo auxiliarían en Cuba tras asesinar a Trotski. Claro que la presencia de Mercader en la Isla durante la segunda mitad de los 70 no puede ser atribuida a esas “figuras importantes”, sino a las nuevas “figuras importantes”. Comprendo que ese es terreno minado y esconde muchas trampas, algunas mortales. Quizás aquellas “figuras importantes” del PSP ya hayan muerto, pero las otras están vivitas y coleando en el poder. Por otra parte, acceder a una información veraz sobre estos hechos en un gobierno edificado con demasiados ladrillos de silencio, habría sido tarea imposible para un autor que pretendía construir con la materia prima de la historia o, en su defecto, de la verosimilitud histórica. Aun así, cualquier lector saldrá de estas páginas con varias preguntas: ¿Quiénes en el antiguo PSP estaban dispuestos a acoger al asesino de Trotski en 1940? ¿Quiénes y por qué le otorgaron visa de tránsito a su salida de la cárcel, cuando ningún país se la concedió? ¿Fueron los mismos “quiénes” los que lo premiaron con una amable jubilación caribeña? ¿Por qué o a cambio de qué? Si me he arriesgado a juzgar lo escrito asumiendo cualquier margen de error, no voy a juzgar lo no escrito. En el mismo artículo, Pedro Campos concluye que “para los cubanos, en particular, será también un gran descubrimiento identificar cómo 25 años después de la muerte de Stalin en 1953, el estalinismo tenía profundas raíces echadas en nuestra sociedad, al punto de servir de resguardo y guarida final al asesino del iniciador, junto a Lenin, de la Revolución de Octubre. (…) Quizás, se tratara de una señal premonitoria del destino, anunciando que los “últimos años” del estalinismo serían en tierras caribeñas”.

No creo que esta novela, ni ninguna otra, marque el fin de las utopías, que son consustanciales a la naturaleza humana. Utopías sociales, políticas, religiosas, científicas vienen signando los pasos del hombre desde que las civilizaciones empezaron a dar noticias de su existencia (y quizás antes, utopías ágrafas). Y tampoco coincido con Padura en que esta “novela podría ser un aporte en la búsqueda de una nueva utopía”, tras el fracaso de la Revolución Rusa (Carmen Oria en http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/ficha.php?Id=4389). Aunque busqué con ahínco esa invocación, atisbo, premonición de una nueva utopía, sólo encontré el réquiem de la anterior, su certificado de defunción extendible al presente.

En un encuentro con sus lectores en la Casa de las Américas de La Habana, Padura aseguró que este libro es “el más difícil de concebir, el más ambicioso, el más complejo, el más profundo que he escrito hasta hoy” (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Cualquier lector podrá comprobar que, dada la selva donde se ha adentrado Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (por cierto, en esta novela todos, incluso el autor, aman a los perros) ha salido casi indemne y nos ha regalado una novela desolada, intensa y muy recomendable.

“De Trotsky y el desencanto”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/10/2009. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-trotski-y-el-desencanto-218396

 





Moratinos again

20 10 2009

Dos años y medio después, Miguel Ángel Moratinos, ministro español de Exteriores, regresa a Cuba en visita oficial. Y ha subrayado que ésta tiene «un objetivo muy claro». «No he venido aquí a reunirme con ningún sector de la sociedad cubana sino a fortalecer las relaciones bilaterales». Los gobernantes de la Isla no forman parte entonces de ningún sector de la sociedad cubana, en lo que lleva razón. No es nada asombroso, por tanto, que su delegación no se haya reunido con la disidencia.

Esta visita continúa la nueva política hacia Cuba propuesta por España a la Unión Europea (UE): “acercamiento y diálogo”, «confianza, apertura y voluntad de trabajar con las autoridades cubanas”, en contraste con las medidas adoptadas en 2003 tras la Primavera Negra; medidas de “dudosa utilidad práctica”, según Moratinos. Se trata de “recuperar un nivel adecuado de interlocución con las autoridades cubanas”, aunque también una “relación más provechosa con la disidencia y con toda la sociedad cubana”, explicó hace dos años. Y, efectivamente, el “recuperar” va por buen camino, no así la “relación más provechosa”, aunque quién sabe qué significa una “relación más provechosa”. ¿Provechosa para quién?

Moratinos se ufana de que la normalidad bilateral es ya un hecho consolidado y de lo que se trata es de «fortalecer» los vínculos con la isla, es decir, con sus gobernantes.

En la agenda llevaba algunos temas espinosos, como la retirada de los cuatro agentes del CNI que vigilaban a los etarras históricos refugiados en la isla, acusados por La Habana de «interferencias» en asuntos internos. Así como las quejas de los empresarios españoles sobre retrasos en los pagos del Estado y la repatriación de beneficios, y la detención del industrial español Pedro Hermosilla bajo acusaciones de cohecho y violación de contratos con el Estado cubano.

El saldo de la visita ha sido «el compromiso firme» del mandatario cubano de establecer un diálogo con los empresarios españoles para organizar calendarios de pago y saldar los 300 millones de deuda. La libertad provisional de Hermosilla a la espera de juicio. La inauguración de la oficina técnica de cooperación española en La Habana –la ayuda a la Isla aumentó de 17 millones de euros en 2007, a 32 en 2008, y se espera que ascienda a 34 en 2009–. Así como la liberación de los prisioneros de conciencia Nelson Alberto Aguiar Ramírez y Omelio Lázaro Angulo Borrero. Aguiar, encarcelado desde 2003, fue liberado tras cumplir 6 de los 13 años de condena. Angulo ya había sido liberado en 2005, y ahora es excarcelado de la Isla: se le permite abandonar el país un año antes del cumplimiento de su condena. Según Moratinos, esto es un ejemplo de la política constructiva con «un país amigo» como es Cuba, y añade que de los más de 300 presos políticos que había cuando los socialistas llegaron a La Moncloa, quedan 206.

A cambio, Madrid se ha comprometido a priorizar, durante su presidencia de la UE, la eliminación de «la Posición Común», al considerar que ésta, acordada en 1996 y por la cual se exige al ejecutivo cubano el tránsito a la democracia pluripartidista y a la economía de mercado, irrita al gobierno de Castro y, al imponer condiciones, obstaculiza todo esfuerzo democratizador y a favor de los DD HH. Un comunicado de la Cancillería cubana asegura «que sólo será posible avanzar hacia la plena normalización de las relaciones entre Cuba y la UE mediante la eliminación de la injerencista y unilateral Posición Común».

Fuentes del exilio y de la oposición han agradecido a Moratinos su mediación a favor de los dos disidentes excarcelados pero, al mismo tiempo, ha sido unánime la crítica a su diálogo con el gobierno excluyendo a la oposición. Crítica comprensible pero sólo parcialmente justa. ¿Por qué? Porque parte de un equívoco: que el propósito de la política española hacia Cuba es promover la democratización de la Isla y el respeto a los DD HH.

La política de cualquier país es una herramienta destinada a ejercer, ampliar  y conservar el poder de la mejor manera posible. En naciones democráticas, eso exige contar con la anuencia de los electores, dado que la felicidad de los ciudadanos se traduce en alegría electoral. En países autocráticos, no, salvo que ponga en riesgo esa preservación del poder. La política exterior española hacia Cuba no elude esa definición. Está destinada a preservar y mejorar los intereses de los españoles, a aumentar su influencia en la Isla y a consolidar su carácter de puente entre la UE y Latinoamérica. Si, de paso, consigue algún avance en materia de DD HH y de democratización en Cuba, mejor. Incluso en las políticas domésticas, cuando se emplea el tema de Cuba como arma arrojadiza entre gobierno y oposición, deberemos descontar de la parte que corresponde a Cuba la que corresponde al arma.

No significa que los políticos sean insensibles a los sufrimientos del pueblo cubano, sino que sus prioridades profesionales son otras. Son cargos electos por el pueblo español, no por el pueblo cubano. Y es algo sobre lo que los cubanos de la Isla y de la diáspora deberemos tomar buena nota: Sólo a nosotros compete la democratización de la Isla y el respeto a los DD HH. No podemos delegar esa responsabilidad en políticos norteamericanos o españoles. Aunque agradezcamos cualquier gesto que se produzca en esa dirección en cualquier lugar del mundo.

Se han escuchado incluso voces amenazantes. Que una vez consumada la transición, los demócratas de la Isla saldarán sus cuentas con los interlocutores del régimen que una vez los obviaron. Un absurdo por partida doble. Cuando llegue ese día, serán otros los políticos españoles, y sería como pedirles cuentas por la actuación del capitán general Valeriano Weyler, quien inventó en 1896 los campos de concentración. Y si los demócratas de la Isla acentúan viejos resquemores antes que el interés de sus ciudadanos, no serían mejores que la aristocracia verde olivo que en un desplante a costa de las necesidades de los cubanos ha rechazado la colaboración europea. En definitiva, quienes se quedan sin el acueducto son sólo los ciudadanos. Y en ese sentido sí es un éxito para todos los cubanos que se haya incrementado la cooperación española a la Isla, éxito que, a su vez, cumple con una de las líneas maestras de la política internacional española.

Claro que ya la política es mucho más sutil y eufemística que hace un siglo. Los políticos invocan los DD HH, la lucha contra la pobreza, el hambre, el terrorismo, en pro de la democracia y la felicidad universales, aunque debajo se muevan intereses comerciales y geopolíticos. Pero hay que hacerlo, al menos, con inteligencia. Descubrir, por ejemplo, las armas de destrucción masiva en Irak. Y hacerlo con elegancia. Cuando el ministro Moratinos afirma que «he encontrado en el presidente Raúl Castro el compromiso de avanzar en el proceso de reformas, de mejorar la situación económica de Cuba», ofende la inteligencia de los cubanos. Un país paralizado por la inoperancia y empantanado en la peor crisis de su historia sólo avanza hacia abajo: se hunde. Cuando sostiene que «aquí no se trata de pedir gestos sino que se avance en la buena dirección y que haya resultados concretos» debería saber que privar a las palabras de contenido está penado por la Real Academia de la Lengua. Y cuando afirma que España es respetuosa con la «decisión soberana de las autoridades cubanas» y «que son los propios cubanos los que deben decidir cómo llevar sus asuntos políticos», debería ser más pudoroso. No está hablando de un gobierno legitimado por las urnas, sino de una dictadura de medio siglo. ¿Acaso sonreiría complacido si alguien en su presencia se refiriera al franquismo en esos términos?

Y hablando de legitimidad, ese es uno de los terrenos en los cuales sí puede hacer mucho la UE por los cubanos. Dado que hoy el líder monopoliza toda la legitimidad y la representatividad que correspondería a los trece millones de cubanos, la UE debería distribuir equitativamente legitimidad y representatividad entre los múltiples interlocutores (oficiales y no oficiales) de la sociedad cubana, antídoto contra el monopolio simbólico del poder. Reconocer la horizontalidad de la sociedad cubana ha sido uno de los mayores logros de la Posición Común, a pesar de su costo político y económico, dada la hiperestesia del gobierno cubano, aquejado de ilegitimidad.

Frente a una dictadura que cuenta como rehén a un pueblo entero, Moratinos debería saber que toda política es de “dudosa utilidad práctica”. La democratización no vendrá por ese camino. Las dictaduras no suelen suicidarse en cocteles diplomáticos. Y si el propósito es comprar con “suavidad” la liberación de los presos políticos, hay unos 200 disponibles, y si escasearan, Raúl Castro puede encarcelar a otros cientos para reponer la moneda de cambio. De acuerdo a la lógica perversa de un gobierno que no se debe a sus ciudadanos, una dulcificación de las políticas europeas será interpretada como la rectificación no de una política ineficaz, sino injusta, y como tácita aceptación del status quo. Castro no escupirá de nuevo a Europa en sus “Reflexiones”; complacerá al empresariado que, en contubernio con un Estado que trafica sin pudor con la mercancía “cubanos”, recluta mano de obra cautiva mediante contratos de trabajo que en Europa serían constitutivos de delito, y  entusiasmará a los supervivientes de una izquierda cretácica que defiende para los nativos de la Isla, con un fervor colonial, una dictadura que se cuidan mucho de pedir para los europeos en sus mítines electorales.

Mientras, la sociedad civil, esa Cuba embrionaria del día después, sabrá que se encuentra, de momento, más sola. Los intocables de la disidencia volverán a ser atendidos de lunes a viernes, en horario de oficina, por la trastienda de la embajada.

 

 





Todos a la Plaza

22 09 2009

“Todos a la Plaza” era la consigna que durante decenios nos compulsaba a acudir como pacientes espectadores a cada representación del Orador en Jefe. Del resto se encargaban los CDR, los sindicatos, las escuelas y la clara noción de que toda ausencia sería castigada.

El pasado domingo no hubo movilización (salvo la de los cuerpos policiales). Los CDR no fueron tocando puerta por puerta a los más tibios, las escuelas no envasaron a sus alumnos en autobuses ni los sindicatos arrearon a sus afiliados intentando que el rebaño no se diezmara de camino a la Plaza. Aun así, 1.150.000 personas acudieron al concierto “Paz sin fronteras” organizado por Juanes, Miguel Bosé y un nutrido grupo de artistas.

La emisión del concierto por Cubavisión fue desastrosa. A la pésima calidad de la señal y del sonido, se sumó la inoportuna intervención de dos presentadores que, desde el estudio, llenaban el paréntesis entre un artista y otro leyendo curriculums y parloteando perogrulladas y lugares comunes; tanto, que el cantante de turno empezaba su concierto y ni ellos ni la unidad móvil de la Plaza se enteraban. “Por eso yo jamás permití un paréntesis en mis conciertos”, pensó seguramente el Comandante desde su lecho de convaleciente.

No soy productor ni guionista de espectáculos, pero la estructura de este concierto me resultó, cuando menos, rara. Artistas de los que se esperaba una participación más intensa, despacharon la noche con un par de canciones. Otros, que debieron limitarse a unas participación simbólica, se extendían hasta cinco. A eso se suma la enorme diferencia de calidad entre unos y otros de los artistas reunidos y el reto de conciliar en un solo espectáculo a Olga Tañón con Aute, a Dany Rivera con Jovanotti y a Yerbabuena de Cucú Diamante con Silvio Rodríguez, más hierático en esta ocasión que nunca antes. Aun así, el concierto contó con el mejor público del mundo. Entregado con Jovanotti, Orishas, Juanes y los Van Van; descansaban con Dany Rivera y Aute, cuya mejor nota la puso el guitarrista; o se reían de Cucú Diamante (añorando a Xiomara Laugart) y de la hiperquinética compañera de Carlos Varela, chupando cámara como una adolescente en su fiesta de quince. Un público abrumadoramente joven (incluso los de uniforme; la cámara permitía apreciar la enorme densidad de policías por metro cuadrado, sin contar los de paisano) que venía dispuesto a divertirse y a que nada ni nadie le estropeara la fiesta.

El escenario, como durante la visita de Juan Pablo II, estaba dispuesto en la Biblioteca Nacional. Una cosa es ceder la Plaza para un acto laico y otra muy distinta, que se profanaran los santos lugares colocando a salseros y raperos en el monte de los olivos, al pie de la raspadura.

Durante la primera mitad del concierto, la cámara paneaba al público en redondo y aparecía una y otra vez la enorme imagen del Che en la fachada del Ministerio del Interior. Durante la segunda mitad, quizás por indicación de los organizadores recordando el compromiso de no politizar el concierto, la cámara descendía justo antes de llegar a ese edificio y eludía la imagen del guerrillero. No volvería a aparecer hasta el final, junto a un primer plano de la raspadura y de la estatua de Martí con cara de aburrido.

Desde su anuncio, el concierto ha generado miles de páginas de polémica. Para Daniel Álvarez, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, «intensificó aún más la polarización» en el exilio cubano. Efectivamente, frente a la performance de Vigilia Mambisa, aplastando CDs de los participantes con una aplanadora –ellos, de todos modos, no escuchan la música de Juanes–, jóvenes de Miami apoyaban el concierto en la esquina del restaurante Versailles. Miguel Saavedra, de Vigilia Mambisa, afirmó que ‘‘el 80 por ciento del pueblo cubano en Miami ha reaccionado contra el concierto”, sin especificar sus fuentes estadísticas. Los nietos de los vigilantes mambises tuvieron que reponer sus colecciones de Juanes con el consiguiente aumento de las ventas.

Barack Obama se declaró «seguro de que este tipo de intercambios culturales no daña las relaciones». Carlos Saladrigas, director del Cuba Study Group, anotó que el concierto «ha tenido la enorme oportunidad de volver a recordar al mundo todo lo que ocurre en Cuba, los problemas de los cubanos y la situación de los presos políticos». Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, llamó fascistas a quienes rompían discos de Juanes en Miami, como si La Habana no tuviera su propia industria de convertir arte incómodo en materia prima. Para el economista Antonio Jorge, de la Academia de la Historia Cubana, el concierto no promueve ningún tipo de cambio porque no es de interés del gobierno cubano, y un tal Calixto García, de 52 años, con todo el peso de su nombre, afirmó que «Es algo totalmente iluso pensar que en un país aplastado por una tiranía de 50 años, unos músicos vestidos de blanco puedan hacer un cambio con sus canciones». Y tiene toda la razón. Tampoco creo que a los músicos les pasara por la cabeza. Emilio Estefan, en cambio, declaró que el exilio cubano «ha madurado desde el momento que muchos piensan y han declarado que Juanes tiene derecho a cantar en Cuba como en cualquier otro país». Y Willy Chirino estuvo dispuesto a participar en el concierto. Fueron las autoridades cubanas las que no lo aceptaron, aduciendo que era cómplice de Bush, terrorista por ayudar a Hermanos al Rescate y agente de la CIA –si la plantilla de la CIA fuera tan extensa como La Habana denuncia, eso sólo bastaría para explicar la crisis–. Según ellos, Chirino “debía ganarse el derecho de cantar en Cuba». ¿Cómo ellos se ganaron el derecho a gobernarla?

Obviamente, ningún concierto de la historia ha cambiado un gobierno y es un lastimoso signo de impotencia que una zona del exilio demande a un concierto lo que ella misma ha sido incapaz de conseguir durante medio siglo. En cualquier caso, no es raro que en un primer momento el gobierno cubano no aceptara su celebración. Los ideólogos de la Isla detectaron de inmediato que podría ser un campo minado. Trocar el lugar sagrado de los discursos en salón de fiestas. Anuncia postrimerías una revolución que va del mausoleo a la discoteca. Reunir a cientos de miles de jóvenes cuyo ánimo festivo podría enardecerse y resultar incontrolable (y televisivo) incluso para los miles de agentes desplegados. Conseguir de muchos artistas internacionales un mensaje, cuando menos, light, evitando que la lengua les resbalara hacia la herejía. La decisión de aceptarlo se debió a la mediación de Silvio Rodríguez y, posiblemente, a la oposición de una zona del exilio. Si sorteaba felizmente los peligros, el gobierno daría, en contraste con el mínimo (pero muy publicitado) exilio radical, una imagen de “apertura” y tolerancia.

¿Salió el gobierno cubano airoso del embite? En lo esencial, sí. No se produjo ninguna revuelta ni los artistas llamaron “al combate corred bayameses”. Pero el concierto estuvo mechado de momentos sacrílegos, desde el comunicado inicial, cuando Olga Tañón anunció que es tiempo de cambio, «It`s time to change», mencionó con todas sus letras al «exilio», y añadió “¡Que no haya más fronteras en el mundo, que se comiencen a romper las barreras que nos separan!”. Juanes afirmó que “Vinimos a Cuba por amor y lo hicimos sin miedo para estar aquí con ustedes esta tarde, y esperamos que ustedes también lo puedan vencer”. Eso en un país donde las fronteras son rígidas y el inmovilismo y el miedo han sido pilares de la gobernabilidad. “No importa cómo pensemos, no importa qué religión tengamos… al final, muchachos, todos somos iguales”, aseguró Juanes, en contraposición a la enunciada excepcionalidad cubana. También cantó “Sueños”, para los «privados de su libertad donde quiera que estén» en referencia a los secuestrados en su país, pero que permitía una interpretación libre de ese “donde quiera que estén”. Carlos Varela dedicó su tema “La Verdad” «a todos los cubanos, estén donde estén». Y el clímax se produjo cuando Juanes y Bosé cantaron a dúo «Dame una isla en el medio del mar, llámala libertad. Dime que el viento no la hundirá…», e invitaron a subir a un joven que tremoló durante algunos segundos una bandera cubana para ser retirado de inmediato por la seguridad. Al final del concierto, tras pedir  «¡Una sola familia cubana!», una sola, una sola, coreaban, Juanes y Bosé repitieron “Viva Cuba libre” y se vio de soslayo como alguien llamaba a Amaury a un aparte al fondo del escenario. Un minuto más tarde, Amury se aproximaba a Bosé, Juanes y Olga Tañón y susurraba algo. “Aflojen, muchachos”, podríamos suponer. Sólo Juan Formell pareció dirigirse explícitamente al “más allá” cuando dijo: «Duélale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya está bueno ya de abusos». Aunque quién sabe, porque los primeros en oponerse al concierto fueron las autoridades cubanas. Incluso Silvio Rodríguez, al cantar “Ojalá”, esa canción cuyo destinatario siempre ha despertado suspicacias, se prestó a una lectura ambigua.

Aunque Elizardo Sánchez Santacruz declaró que «la realidad indica que el gobierno va a apuntarlo como un reconocimiento público al régimen, y poco más que eso», lo cierto es que, leyendo en Granma “Paisaje de paz después de la batalla”, de Pedro de la Hoz, lo más parecido a un comunicado oficial, descubrimos que el columnista subraya el llamado de Bosé a la paz, la concordia, el diálogo, la hermandad, el amor, y la música como mensaje de convivencia y cordialidad. Asegura que Cuba cumplió con el compromiso de “consagrar a la paz el concierto, no manipular políticamente una expresión cultural, difundir abiertamente al mundo la imagen del concierto, y promover un voto por el entendimiento humano”. Para concluir que fue “una jornada de paz, en la que triunfó la razón poética”. Tanto énfasis en el peace & love tras decenios promoviendo la violencia en todas partes del mundo recuerda la fábula del león que se convirtió en vegetariano. Es evidente, además, que esta postrevolución ya no es capaz de generar un mensaje ideológico. Si antes se exigía al ciudadano militancia, ahora se conforman con  la abstención. “Deja la política, brother, que aquí venimos a vacilar”. Lo que el columnista considera voluntad de “no manipular políticamente” es sólo impotencia. Y los llamados al entendimiento humano es signo inequívoco de la debilidad de un régimen incapaz de hacer extensiva a toda la población la intransigencia ideológica de los “buenos tiempos”. Sigue reprimiendo con dureza cualquier disidencia abierta si aspira a mantener encastillada en el poder a la cúpula histórica, pero se sabe incapaz de suscitar adhesión a un pueblo encasquillado desde hace medio siglo en sus aspiraciones de una vida mejor.

 





Vivir sin la patria es…

10 09 2009

 

El día de nuestra llegada a Cuba, me preguntaba si Daniel iría a recuperar la patria perdida (en caso de que aún sea su patria y de que la hubiese perdido). Claro que si la patria es el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, de momento seguirá siendo súbdito del rey Juan Carlos, aunque nos haya costado un disgusto conseguirle la nacionalidad española. Tenía 14 años y, como menor de edad, tuvimos que acompañarlo. Un solemne juez sevillano lo miró como el rey Arturo a punto de nombrarlo caballero de la mesa redonda: “Dígale que debe jurar (o prometer) fidelidad a la Constitución y al Rey”. Nury le tradujo y Daniel respondió que “a la Constitución sí, pero no al rey, porque yo soy republicano”.  Ante la insistencia del juez, y pensando que se trataba de una broma sin mayor importancia, ella le tradujo textualmente. De inmediato, el juez respondió, con una ira contenida como de Borbón venido a menos, que en tal caso no podía concederle la nacionalidad. “Una pregunta, señor juez”, le dije, “¿qué edad tiene el chico?”. “Catorce años”, respondió dubitativo. “¿Es menor de edad o no? ¿Lo representamos nosotros o no?”. Admitió a regañadientes. “Entonces, él es el más juancarlista de España hasta su mayoría de edad, porque lo digo yo, que lo represento”. A la salida de los juzgados, el más reciente españolito del reino, con una sonrisa de complicidad, nos dijo: “Pero acabamos de ganarle una batalla a los monárquicos”.

A lo que iba antes del desvío: si, de acuerdo a Rousseau, sin libertad no hay patria, sólo país, la natio de Cicerón (folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes) y patria es la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas, seguiríamos en las mismas. Y concluí entonces que debería conformarse con la matria, un lugar interior en el que crear una “habitación propia”, según Julia Kristeva. (Aunque la matria vasca era aquella que Unamuno contraponía a la patria española, y ya eso me va gustando menos)

Pero he seguido dándole vueltas al asunto, quizás demasiadas, y por muchas razones. Durante bastante (todo mi) tiempo me insistieron en que había que defender la patria, aunque el enemigo nunca se presentó. Ahora soy un apátrida según el diccionario castrista. (Si me porto bien quizás me asciendan a miembro de la “comunidad cubana en el exterior”). Pero, ¿hay equivalencia entre el patriotismo y la geografía? ¿El viejito de Miami que sueña cada noche, desde hace 45 años, con su patio de gallinas y mangos en Jatibonico es un apátrida? ¿El habitante de la Isla es un patriota por puro fatalismo geográfico? Y más. Me percato de que próceres, caudillos y dictadores, todos son patriotas. Hay nacionalistas y socialistas y nacionalsocialistas. ¿En qué quedó aquello de la “identidad nacional”? Y, por cierto, ¿los marxistas no eran internacionalistas? Es curioso que tras la invasión alemana a la URSS, en la proclama de Stalin no se llame a los rusos a defender el socialismo, sino a la Madre Rusia.  ¿De qué patria hablamos en el caso de Cuba? ¿De qué nacionalismo? ¿Romántico, de izquierdas? ¿O religioso, con sus textos sagrados, su catequesis y su promesa de un cielo llamado comunismo para quienes no pequen contra el señor? ¿O el nacionalismo banal promulgado por Michael Billig? (Utilitario, pragmático, multidireccional).

Y está, además, el presunto sustrato histórico de ese patriotismo y ese nacionalismo cuyas raíces y fronda han sido meticulosamente podadas como un bonsái. Aunque la bandera nacional es la de Teurbe Tolón y del anexionista Narciso López, aunque lo haya sido Ignacio Agramonte, todo anexionista es antipatriota por definición. “Anexionista” es el mayor agravio en la jerga oficial cubana. Disidentes, defensores de los Derechos Humanos, periodistas y bibliotecarios independientes son anticastristas, pero como se cumple la ecuación patria = socialismo = Fidel Castro, son antipatrióticos por carácter transitivo, y anexionistas por algún otro carácter que no se especifica. Se sobreentiende. Ha sido anunciada, en cambio, la anexión a Venezuela, que sería gramaticalmente peligrosa (podríamos empezar a hablar como Hugo Chávez).

Tampoco los autonomistas del XIX entran en el canon, aunque les tributaran sus respetos el generalísimo Máximo Gómez y José Martí. Hasta donde recuerdo, ambos tuvieron una participación más activa en la independencia de la Isla que los ideólogos del Partido Comunista. No así en la reescritura de la historia.

Si el nacionalpatriotismo oficial se concilia con el medio millón de cubanos que han practicado el internacionalismo por cuenta del gobierno. ¿Por qué no se concilia con los dos millones que lo han practicado por cuenta propia?

 

No sé si la patria nos “contempla orgullosa”, pero yo la contemplo dubitativo.

 

Espero aclararme en dos o tres días. De momento quisiera introducir el tema con un cuento, como una reminiscencia de mi infancia, cuando me despertaban cada mañana con el programa de Tía Tata Cuenta Cuentos, “arriba, arriba, compañeritos, llegó la hora del cuentecito”, y yo salía pitando tan pronto empezaba a cantar Carlos Puebla, porque ya sabía que llegó el Comandante y mandó a parar. El cuento aparece en la edición española de Habanecer. No en la cubana, de 1992, por la sencilla razón de que lo escribí en 1998. Como todos los cuentos de ese libro, ocurre el 28 de agosto de 1987. Y éste, específicamente, entre las 5:08 y las 6:52 am.

 

 

VIVIR SIN LA PATRIA, ES VIVIR

 

Virgilio entorna cinco centímetros la puerta del garaje y atisba a derecha e izquierda, pero la vuelve a cerrar con cuidado. Los últimos patrulleros se alejan hacia la Avenida 41. Qué nochecita. Virgilio espera dos minutos y lo intenta de nuevo con sigilo. La calle está desierta. Ahora o nunca. Y abre de par en par. Se sienta al timón y, al tiempo que gira la llave del encendido, se dirige al enorme fardo, envuelto en una lona gris, que ocupa toda la parte posterior del camión: Perdóname, Virgencita. Se detiene un instante en la calle para recordarle a su amigo Arnaldo: Media hora, acuérdate. Arnaldo asiente mientras cierra la puerta, pero no hay quien le quite de la cabeza que de ésta pierde el camión. Y suerte si no me meten preso. Pero, bueno, para eso están los amigos. Sube a despertar a su hermano porque dentro de media hora deberán salir hacia Brisas del Mar para recoger el camión, que Virgilio abandonará a cien metros del mar con la llave bajo el asiento. Eso es si no lo cogen, si no hay moros en la costa (moros vestidos de verde olivo), si… Mejor no me caliento la cabeza. Virgilio está arrebatado de la azotea. Yo me juego el camión, pero él se juega el pellejo. Ni loco me monto yo en el trasto ese. Pasa con cuidado junto a su prima Lucía, que anoche abandonó al marido y no encontró nada mejor que aparecerse a medianoche con una grabadora y dos maletines a llorar sus penas. Qué nochecita. Y sacude a su hermano, que algo bueno debe estar soñando, porque sonríe.

Virgilio maneja con cuidado por la Avenida 31. Aunque a esta hora no hay ni con quien chocar, se detiene en cada semáforo y respeta escrupulosamente todas las reglas del tránsito y tres o cuatro más. No vaya a pararme un policía por cualquier bobería y ahí mismo termine mi viaje. ¿Verdad, Virgencita? Y el enorme bulto parece que asintiera, sacudido por un bache en el asfalto. Qué jodido me tienen los baches. Uno nunca se acostumbra. Y eso que la vida en Cuba es puro bache. La dictadura del proletariado, ¿eh, Virgencita? Qué chiste. Nace proletario para que tú veas. Hasta las moscas te cagan. Patria o Muerte, Venceremos. Pero no sé cuándo venceremos, porque llevamos treinta años muriéndonos por la patria y los únicos que vencen son ellos. Nosotros: esperando la guagua de la abundancia. Mientras, vete comiendo tu chícharo y tu huevito, que no sé cómo no nos hemos vuelto amarillos como los chinos, Virgencita, con la de huevo y chícharo que nos hemos soplado en este país. Pero no te preocupes, que si nos sube el colesterol, nos curan gratis. Y como el trabajo educa a las masas, dale a cortar caña y al trabajo oblivuntario los domingos y horas extras para ganar la batalla de la producción y derrotar al Imperialismo. Ellos ya están educados, por eso no tienen que sudar la camisa. Y la batalla al Imperialismo ya se la ganaron: como que se mudaron para las casas que eran de los burgueses, y así cualquiera espera por la derrota final del Imperialismo. ¿Para qué tiraron sus tiros y sus discursitos? ¿Verdad, Virgencita? Por eso tanta candanga con la defensa del país y la guardia y las milicias, que si el Imperialismo viene y derrota nuestra gloriosa Revolución, ¿a dónde van a parar ellos, eh Virgencita? Porque saber saber lo único que saben es repetir, y eso vete a una cueva para que veas: hasta el eco hace lo mismo. Tú gritas: Comandante en Jefe, Ordene. Y la cueva repite: Comandante ComandanteComandante Ordene OrdeneOrdene. Igualito. Y allá va el proletario a defender la patria para que no se joda la dictadura. Qué chiste. Y morir por la patria es vivir, como dice el himno. Pero no te preocupes, que el entierro es gratis. (Virgilio se persigna, porque hablar de muerte en este trance le parece de mal agüero). Claro, los proletarios tienen que morir por la patria para que ellos vivan de la patria. Por eso yo, Virgencita, voy echando, que vivir, aunque sea sin la patria, es vivir.

Ya ha rebasado el túnel de la bahía y enfila lo más rápido posible por la Monumental, pasando a ochenta kilómetros por hora junto a una valla que anuncia: «Cuba: Territorio libre de América». Somos los más libres del mundo. ¿Eh, Virgencita? Hasta de libertad nos libramos. Figúrate tú, el único país donde hace falta visa para salir. Que si no, ya esto sería la dictadura sin proletariado. Y ni protestes, que ahí mismo eres un agente del Imperialismo y el barretín que te cae no te lo limpias ni con agua bendita. Que la educación es gratis y masiva para que aprendas a decir que sí sin faltas de ortografía. Déjate de andar pensando por tu cuenta, que para eso están ellos. Ya lo dijeron el calvito Lenin y los dos barbudos, y si hay algo que añadir, para eso está el otro barbudo. Bocabajo todo el mundo. Ser prole y de Palo Cagao. Naciste Cagao y te tratan a Palos. ¿Qué te parece? Como no tienes papá que viaje ni sea jefe ni nada de eso, te toca ver los muñequitos en blanco y negro, conformarte con los tres jugueticos de mierda que alcances por la libreta al año, quedarte sin leche a los siete (para eso ya eres grande), disfrazarte con ropitas de la tienda, que hasta los lindos lucen feos, dime tú los como yo, y que te levante la novia un hijito de papá vestido de etiquetas imperialistas, que su papi viaja al monstruo y compra todo lo que puede; a ver si vacía las tiendas y arruina al Imperialismo. Para que aprendan lo que es la escasez, coño. Porque, óyeme, Virgencita, lo que uno tiene que inventar para vivir en este país: rellenar fosforeras irrellenables, cocinar con mierda de vaca, comer hamburguesas de lombrices, fabricarte tu antena para ver el satélite, mantener rodando un Chevrolet del 48 como éste, tortilla de mango, picadillo de gofio, bisté de cáscara de toronja. Si no se desarrolla la mollera es un milagro. Y cuando te casas, Virgencita, como eres prole y no tienes conectos (los únicos conectos míos son con el pico, los ladrillos y la hormigonera) lo que te toca son tres días en un hotelito de ya tú sabes. Y esa es la Luna de Miel-Da. Y ni te quejes, que los indios de Bolivia viven peor. Y a mí qué cojones me importan los indios de Bolivia. Cuando en mi casa ni huevos hay, no vienen a traerme comida los indios, y menos los cowboys. Y cuando el prole tiene prole, como es prole, lo que le toca es apretarse en el último cuarto, o inventar una barbacoa. Beatricita, Yazmín, Danilo el mayor, Beatriz y yo en nueve metros cuadrados, ¿qué te parece, Virgencita?, con televisor, cocina y mi suegra dando vueltas. Multiplica por dos con la barbacoa, que si no me facho las maderas de la obra no la hago nunca, y calcula. Y divide entre dos la altura, que ahora hay que andar medio agachado todo el tiempo, como si viviéramos en una cueva de los cromañones. Hasta los indios taínos se hacía su bajareque del tamaño que les daba la gana. Pero estamos en la dictadura del proletariado, Virgencita, y los prole tenemos que sacrificarnos. Primero, para que nuestros hijos llegaran a la abundancia, pero como ya los hijos llegaron, y la abundancia no, ahora es para que nuestros nietos, pero al paso tan chévere que llevamos, ni los tataranietos. Porque el futuro pertenece por entero al socialismo. Eso lo han dicho bien clarito: el futuro. Y como el presente pertenece por entero al capitalismo; yo voy echando, Virgencita, que el futuro está a noventa millas. No en la microbrigada, que ese fue el último futuro que yo tuve. Cuatro años. Cuatro años me pasé en la micro trabajando como un loco. Aunque sea en Alamar, un apartamento es un apartamento. Y hacer por fin chucuchucu con Beatriz sin andar en el sigilo de si los niños se despiertan y cuidado, papito, no hagas bulla. Aunque sea en Alamar ese, en un edificio como caja de zapatos,todas iguales, llenas de comemierdas que se pasaron cuatro, cinco, siete años paleando concreto para tener un huequito en una de las cajas. Pero ni así. Cuatro años. Y cuando había escogido hasta el apartamento, y estábamos distribuyendo a los muchachos, y el último cuarto es el de nosotros, y… Ahí vino la asamblea, y empezaron a decir que las necesidades del país, y que la Revolución, y el caso del caso es que ellos se quedaron con la mitad de los apartamentos, para dárselos después a la querida de un general, que si fuera por el culo debían darle el edificio completo, o al dirigentico que trajeron de Remanganaguas, que para algo se lo ganó con el sudor de su lengua, o a algún chileno de esos que después se pasan el día hablando mierda de Cuba. Y como el bobo de Virgilio ni tiene culo, ni echa discursos y nació en Cochabamba de Palo Cagao, ahí le dijeron que lo sentimos mucho, pero sabemos que tú comprenderás las necesidades de la Revolución y que estaban de acuerdo en que me fuera otros cuatro años para la micro porque precisamente ahora empieza un nuevo edificio y… Oye, Virgencita, cogí un sube: que se metieran la micro por el culo, y el apartamento también. Y que me importaban un huevo las necesidades de la Revolución, porque a la tal Revolución en la puñetera vida le han importado las necesidades mías. Candela, Virgencita. Por poco hasta me botan del trabajo. Pero la uniquísima ventaja de los prole es que más pabajo no nos pueden botar. Y ahí me quedé, en el Palo Cagao de siempre, pero peor. ¿Tú me entiendes? Porque tuve, como quien dice, la llave de la casita en la mano. Y me la quitaron. Ahí fue cuando me entró la idea. Que yo nunca. No por la política ni por la patria ni nada de eso. Allá ellos que viven de la patria y de la política. No quería dejar solos a los viejos. Ni a Beatriz y a los niños, aunque sea por un tiempito, que después yo los mando a buscar. Y los amigos de toda la vida. ¿Me entiendes? Además, ¿por qué voy a tenerme que ir de mi país, a pasar frío y hablar idioma raro y a que me miren como el que se coló en la fiesta sin invitación, y todo para vivir como la gente? Pero no hay arreglo, Virgencita, porque en este país hay que irse y volver de extranjero, que entonces sí te tratan de a señor. Por eso me entró la comezón y ahí mismo dije: si no me dan casa en Alamar, me voy a la mar, a ver si me la dan en Miami. Mira, Virgencita, yo sé que ser prole es la misma mierda en cualquier parte, pero allá por lo menos los burgueses no se disfrazan, y si te la ganas, te la ganas. No vienen después a quitártela en nombre de la contrarrevolución mundial. Peor de lo que estoy, no voy a estar. Y como yo lo único que quiero es una casita chiquitica para mis chamas y mi mujer, mi arrocito con pollo y mi lechón asado de vez en cuando, y ver la pelota en colores tomándome una cerveza fría. Que no es mucho, ¿no, Virgencita? Y sin engome raro: curralando. Mira: si he trabajado veinte años por la tal Revolución que no es ni familia mía, ¿cómo coño no me voy a matar por mi mujer y por mis chamas? ¿Tú no crees? Pero yo no estoy loco para tirarme en una goma de camión, que de esos llega uno de cien. Si no son los tiburones, es la sed o las olas o los guardafronteras. Y con lo salao que yo he sido toda mi vida, seguro que soy el 99 de los que no lleguen. Por eso tuve que hacer mi enmarañe, pero no me lo veas como irrespetancia contigo. Yo te juro por mi madre, Virgencita, que si llego vivo, con lo primero que gane te hago una ofrenda así de grande. Uno puede ser pobre y bien agradecido. Pero no me quedó más remedio. Bueno, no se me ocurrió otra cosa. Y como la Iglesia del Carmen estaba en obras. Y como mi primo Gerardo les lleva los papeles. Y como de casualidad conocí al carpintero ese: un león haciendo imágenes. Ahí mismo se me juntaron las tres cosas y clic, se me encendió el bombillo. Mira, Virgencita, si es un sacrilegio, yo te pido perdón, pero esto no tiene arreglo y a mí lo de la otra vida con aire acondicionado y cerveza fría no me convence mucho, con tu perdón. Ni el cielo ni el comunismo, que es el cielo de esta otra religión. Y te lo explico claro clarito para que me eches una mano en el mar. Y yo te cumplo, Virgencita. Por mi madre que te cumplo.

Mientras, se detiene en Brisas del Mar, sin un alma a estas horas. Camina hasta el borde del agua como quien trata de orientarse, cuando la única orientación posible está bien a la vista. Como le dijo su amigo Israel, ésta es la mejor hora, porque los guardafronteras van de cabeza pa la cama, y los playeros ni se han levantado. No porque te vayan a chivatear, pero capaz que se te monten veinte y hundan el bote. Entra de marcha atrás hasta el borde del agua, zafa las cuerdas y la lona cae, poniendo al descubierto una enorme esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, y a sus pies el bote, tripulado por los tres remeros que la miran en trance. Por la rampa de madera, mediante cuerdas y poleas, baja Virgilio a la Virgen con toda la compaña. Cuando ya están en la arena, saca con mucho respeto a los tres navegantes, acomoda a la Virgen en la arena, y revisa de un vistazo el agua, la comida, el palo que deberá ajustar, la vela y los remos de repuesto que hay en el fondo del bote. Sube la rampa y se aleja con el camión, que quedará parqueado entre dos casas vacías. Regresa corriendo y tras besar el manto (Perdóname, Virgencita, y ayúdame, que me va a hacer falta), encomienda su destino a Yemayá y se echa al mar de un empujón, tocando por última vez (o así lo supone) la arena de la Isla con la punta del remo.

El diminuto bote ya es una manchita ávida de asomarse a la línea azul del horizonte, cuando una ventolera súbita mece el manto de la Virgen, y Juan Moreno, uno de los remeros, cae de espaldas sobre la arena. Su mano se levanta y oscila un par de veces como diciendo adiós a Virgilio, antes que otra ráfaga lo tumbe de lado.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que será detectado por el radar, que una patrullera saldrá en su busca, lo detendrán ya en aguas internacionales y los cuatro años siguientes no los pasará en la micro de Alamar, sino muy cerca: en el Combinado del Este, la cárcel más moderna del país, donde el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas acaba de pintar a la entrada un enorme cartel: «Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo». Firmado: Fidel Castro.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que los radares fueron apagados hoy, en el horario de menos tráfico de balseros, en cumplimiento del plan de ahorro, que no será detectado por una lancha patrullera que merodea en las inmediaciones, pero sí por la Corriente del Golfo, que lo desviará nueve grados, de modo que a los dos días ya estará fuera de las rutas comerciales. Ignora que diez días más tarde, el sol y la sed, el azul y la desesperación, lo harán beber sus propios orines y agua salada, y que a los doce días verá a Beatriz y a los niños justo en el jardín que se extenderá ante la proa. Y que irá a su encuentro. Quién sabe si los halle, porque al bote nunca regresará.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que la Virgen no le guarda ningún rencor, y que Yemayá está hoy de buenas, que ni los guardafronteras ni el mar, ni los tiburones ni el sol, ni la sed ni el azul omnipresente, espléndidamente siniestro, podrán impedir que un buque del Coast Guard lo recoja, nueve días más tarde, con los remos partidos en las manos, una llaga en lugar de espalda y la enorme sonrisa manchada de sangre por las grietas de sus labios partidos. Ignora que Miami tiene aún más edificios y más altos y más bonitos que los que ha visto en las fotos. Pero también ignora que será él, Virgilio Fernández, el encargado de limpiar sus cristales. Y que por ahorrar pasará hambre, y beberá cerveza sólo los sábados, que los rubios lo tratarán casi peor que en las cafeterías de La Habana, y vivirá en un cuartico de LittleHaiti, el Palo Cagao de Miami. Ignora que pasarán siete largos años antes que pueda abrazar a Beatriz, a Beatricita, a Yazmín y a Danilo el mayor. Y que ese día le donará a la Virgen de la Caridad del Cobre una imagen idéntica a aquella que hallaron los bañistas, varada en Brisas del Mar, diciéndole adiós con un súbito aleteo de su manto.

 

“Vivir sin la patria es…” Publicado en: Habanerías, Actualizado 10/09/2009





Diario habanero. Viernes 24 de julio, 2009

24 07 2009

Los invito al último daiquirí.

Pero les recomiendo otro bar. El Floridita cobra un impuesto por el pedigrí, otro por el aire acondicionado y un tercero por plantar el culo en una banqueta que pudo ocupar Ernest Hemingway. En La Habana hay daiquirís equivalentes tax free. Pero una visita vale la pena. ¿Por qué? Las razones son un poco largas de explicar, pero si has llegado hasta aquí, no te falta paciencia.

Como casi todas las revoluciones, la cubana quiso hacer borrón y cuenta nueva. Rebautizó infinidad de locales (el cine Yara, antiguo Radiocentro; el restaurante Miami se convirtió en el Caracas), especialmente los que tenían nombres en inglés (Variedades Galiano y Obispo por Ten Cent; Club Río por Johnny’s Dream Club). Los Reyes Magos fueron obligados a abdicar. Socialistamente, cada padre de cada niño recibió el derecho a comprar un juguete básico y dos adicionales al año. (Los tres juguetes magos también abdicarían). Desaparecieron las marcas emblemáticas del pasado. Ni zapatos Ingelmo ni chorizos El Miño, ni cigarros Competidora Gaditana, ni pan de molde Los Pinos Nuevos, ni jabón Candado, ni pasta Gravi. Un panteón de nuevos mártires suplantó el santoral y dio su nombre a empresas, escuelas y parques. Las posadas se salvaron de ese furor nominativo. Habría sido materia de infinitos chistes que en lugar de ir resolver un rapidito en el Reloj Club fueras al Albergue INIT Mártires del Moncada, o que la posada de 11 y 24 pasada a ser la Unidad Sexual Ernesto Che Guevara. Los genios del marketing convirtieron La Sin Rival (bodega de víveres y licores finos) en la unidad 00-490, nombre pegadizo y sugerente. La nochebuena quedó abolida porque en la nueva era todas las noches serían buenas. La semana santa fue extirpada del calendario pues nuestro Mesías aún no ha sido crucificado. El 31 de diciembre ya no se celebra el nuevo año, sino el triunfo de la Revolución, y el 26 de julio, festejamos un fracaso. Hasta los carnavales han sido derogados intermitentemente. Cuando no, se impusieron comparsas y carrozas ministeriales o sindicales. El relajo, por decreto.

El nuevo régimen intentó borrar la República de la memoria, saltarse 60 años de historia y enlazar directamente con los mambises del 98, corregido y revisado su error de apoyar la entrada norteamericana en la guerra. Borrar la memoria es el primer paso antes de reescribirla. En la Avenida de los Presidentes, sólo quedaron los zapatos de Don Tomás Estrada Palma. Años más tarde, se haría en la Avenida 13 un parque a los líderes africanos, tan vinculados a la historia nacional como Lady Di, que tiene su jardín en La Habana Vieja. Fechas patrias, celebraciones populares como el 28 de septiembre, aniversario de los CDR; camisas Yumurí y zapatos de Primor, aguardiente Coronilla (hasta allí llegaban sus efectos), cigarros Populares, cuchillas Venceremos (más tarde sustituidas por las checas Astra, que la gente llamaba Astra Cuándo), jabones Nácar y Batey, pasta Perla y fósforos Chispa, reminiscencia del Iskra leninista. Desaparecieron los señores y las señoras, todos pasamos a ser compañeros y compañeras. Aunque nos detestáramos. Para escarnio de Marat y Robespierre, un “ciudadano” es un delincuente o un disidente en el dialecto policial. Pero las mitologías duraderas tardan siglos en fraguarse en la memoria colectiva y, normalmente, como el agua que se evapora, ascienden desde el pueblo llano. No suelen caer de las alturas, lluvia de directivas urdidas en laboratorio. Por una rara persistencia de la memoria, mucha gente sigue diciéndole Fab al detergente, Sears al antiguo Mercado Centro, Ten Cent a ese mismo y La Covadonga al Hospital Salvador Allende.

Pero Cuba va de retorno. Han vuelto los señores y las señoras, “compañeros” es un arcaísmo, La Habana se puebla de establecimientos reconstruidos según la memoria de Eusebio Leal; otros, nunca existieron, pero reciben denominaciones de origen halladas en algún documento colonial. La fiebre recolonizadora llega al extremo de convertir el edificio de Mercaderes y O’Reilly, antiguo Ministerio de Educación, un cubo de hormigón y cristal con la gracia de un cubo de hormigón y cristal, en una caricatura de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo creada en 1721 en el desaparecido Convento de San Juan de Letrán, demolido durante los años 20. Será al nuevo Colegio Universitario de San Gerónimo de La Habana. Han transformado los interiores y, lo que es peor, le han añadido por la calle Mercaderes una torre con campanario y la “réplica del pórtico barroco”. Según Eusebio Leal, “se ha logrado un diálogo entre pasado y presente”, pero quien preste oído se percatará de que dialogan en idiomas diferentes.

Y ahora regreso al principio. ¿Por qué vale la pena visitar El Floridita? Entre tanta seudotradición “rescatada” y reinventada, entre tanta superchería arquitectónica que ha convertido el casco viejo en un parque temático de la nostalgia, El Floridita ha conservado su empaque durante 192 años, desde 1817, y desde los años 50, sin inmutarse, su estilo Regency. Visitarlo es como asistir a la empecinada prevalencia de la memoria, a un acto de resistencia que ha ido sorteando períodos especiales y regulares, fiebres moralizantes para educar al pueblo llano (ya los próceres venían educados de fábrica) y otros accidentes del tráfico histórico. Aunque la atención al público ha tenido sus altas y sus bajas. A inicios de los 80 fui a comer allí y al preguntarle al camarero qué plato habían servido al cliente de la mesa contigua, porque a primera vista resultaba apetitoso, se volvió hacia esa mesa y con un “permiso” casi inaudible, aprovechando que el cliente enarbolaba el tenedor, le quitó el plato y lo puso bajo mis narices, para explicarme gráficamente que se trataba de una langosta Thermidor. Sin inmutarse, una vez concluida la lección magistral, devolvió el plato al turista extranjero, que se había quedado de piedra, incrédulo.

Por cierto, nunca me había demorado tanto en invitar a un daiquirí.

La mañana casi se nos va en preparar las maletas. Aunque hemos dejado casi todo lo que traíamos, los libros solos rozan el exceso de equipaje. Cuando concluimos, nos acercamos a casa de mi amigo, el último comunista de a pie, para despedirnos. Me regala una edición de 1996 del Comercio clandestino de esclavos, de José Luciano Franco; el Diccionario enciclopédico de historia militar de Cuba en tres tomos; y La familia de Máximo Gómez, de Antonio Álvarez Pitaluga. Y a Nury, un hermoso caracol marino tamaño XXL que él mismo pescó. Esta noche, una amiga editora nos obsequiará una bella bandeja artesanal y Los nuevos centros de la esfera, de William Ospina. Resulta conmovedor que, aun contando con pocos recursos, los amigos insistan en retribuir nuestras pequeñas atenciones. Desgraciadamente, salvo en el caso de los más allegados, no es la norma.

Durante medio siglo ha actuado sobre nosotros una pinza perversa. Por un lado, el poder ha intentado convencernos de que los cubanos, faro y guía del universo, somos tributarios naturales de la solidaridad internacional. Y predica con el ejemplo: casi 200.000 millones logró sacarle a los rusos, más 21.000 millones de deuda impagada. Al salir con su carro repleto del supermercado del Náutico, uno de los que más tarde serían fusilados en la Causa 1 de 1989 decía “apúntalo en el hielo”. Y los líderes cubanos deben haber cubierto de facturas impagadas el casquete polar. Según Carmelo Mesa-Lago, en 2008 la deuda externa era de 18.300 millones que, incluyendo la deuda con Rusia y con Venezuela (entre 5 y 8.000 millones esta última), asciende a un total de 45.913 millones, el 380% de las exportaciones cubanas. De acuerdo a la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, la población económicamente activa ascendía en 2008 a 4.956.300 personas. De acuerdo a la misma fuente, cada uno de esos trabajadores gana como promedio 408 pesos, es decir, 16 dólares mensuales. De modo que cada trabajador cubano debe al planeta 9.263 dólares y 56 centavos, es decir, tres años íntegros de salario.

La otra mandíbula de la pinza es la indefensión. Desde muy temprano, Fidel Castro se ha encargado de proscribir la independencia económica de los cubanos. No sólo convirtiéndolos en asalariados de una sola empresa, el gobierno, sino bloqueando o entorpeciendo cualquier amago de trabajo por cuenta propia, negocios particulares, ejercicio de profesiones liberales. El buen súbdito se debe a su rey. El súbdito perfecto, también, pero en todos los aspectos: lo que piensa, lo que come, lo que lee, lo que sueña y el patrón que decide sus aspiraciones y sus sueños.

Como resultado de esa pinza, muchos cubanos han contraído la idea de que el turista que nos visita y el pariente que vive en el outside no lo ayudan, lo invitan o lo convidan como muestra de amistad, afecto, amor u otros sucedáneos, sino que está condenado a hacerlo. La solidaridad internacional obliga. Y la indefensión económica de quien habita en la Isla, como de niño chico, le impide cualquier reciprocidad. A eso se puede sumar la hipervaloración del outside, contrapunto extremo del bíblico Granma, según el cual del Malecón hacia allá los hijos de la patria han sido “echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”. La idealización del afuera supone que, al llegar al exilio, todo cubano recibe casa con piscina y carro del año. Quien viene de visita dispone de infinitas tarjetas de crédito y si no es más generoso no es porque ha hecho un esfuerzo para estar aquí y deberá pagar durante meses o años el desembolso, sino, simplemente, porque es un miserable que no comprende a cabalidad todas nuestras necesidades, cuya resolución sólo equivale para él a un mínimo desembolso. La generosidad es compartir el plato, no dejar caer con displicencia las sobras del festín.

La mayoría de los no allegados recibe los obsequios con una deferencia sin agradecimiento, como si el que viene sufragara una deuda. Otro ingrediente de esa actitud, que no es tan simple, podría ser la vergüenza. Obsequiar es siempre un sentimiento generoso, que enaltece; recibir, en cambio, disminuye. Un modo de minimizar esa disminución es restarle importancia, escamotear agradecimiento, crear la sensación en el obsequioso de que su gesto es un rito olvidable sin valor añadido. No intento generalizar ni juzgar en bloque a un pueblo entero cuyas buenas y malas cualidades comparto, sino explicar una conducta anómala que, sin dudas, desaparecerá una vez desaparezcan las extrañas pulsiones que lo originan. No dispongo de encuestas ni de estadísticas que confirmen mi aserto. Es sólo una percepción de viajero sujeta a error. Y me alegraría mucho equivocarme.

Acudimos a despedirnos de mi hermana y familia. Retomamos la conversación anterior sobre las sedes universitarias municipales, porque hoy mismo Julio Martínez Ramírez, primer secretario de la UJC, ha declarado que en la Universidad no tienen espacio aquellos que no son revolucionarios —ni estudiantes, ni profesores— y que son las fuerzas políticas las que tienen la autoridad para hacerlos salir de ese espacio que no merecen. Me dicen que una cosa son las declaraciones, y otra, la realidad.

Por razones obvias, no quiero poner en duda la calidad de esas sedes ante dos de sus profesores (aunque ellos mismos reconozcan que, respecto a los planes de estudio de las universidades tradicionales, los suyos han sido descafeinados hasta la anorexia), pero durante unos exámenes diagnóstico de Español practicados en mayo de 2009 a estudiantes de 5º y 6º año, es decir, a punto de graduarse en esas sedes de carreras deportivas, medicina, estomatología, oftalmología, y de especialidades pedagógicas, se encontraron algunas perlas del idioma: el «igno nasional», “la increíble audacia con que realizaba las micciones”, “murió en plena pubertud”, la “ahudasia”, “la güera independentista”, las “adnegada
adquitectas”, los “centimientos”, se “ecquibocó”, los “elavones
en jeneral”, la “higeniera”, el “hodjeto”, la “idiosingracia”, el “intelectuar” y el “mostroo”, que alguien “semerese” (por se merece), la “vellesa”, y muchas más.

En el mismo examen se les solicitó interpretar el texto donde José Martí afirma que la mujer «vivirá a la par del hombre como compañera y no a sus pies como juguete hermoso». Las interpretaciones de los estudiantes demuestran una enorme riqueza imaginativa y gramatical:

“La idea martiana anterior requiere de mucha significancia para la
humanidad”.

“En el ideario pedagógico de José Martí tiene muchas ideas martiana allí
se encuentra muchas ideas martiana algunas son pensamiento de dicho autor”.

“Dios creó a la mujer para que el hombre gozara de ella”.

“La mujer es un medio mercantil para la obtención de grandes riquezas”.

“La mujer es una baluarta de la Revolución, privilegiada por la
maternidad y sin derechos a la discriminación”.

“[Las mujeres] somos un gran bastón en nuestra sociedad”.

“En tiempos atrás la mujer fue el objeto disfunsional del hombre”.

“Pero, la mujer no vivirá para morir posteriormente ignorante, utilizada
solamente para la satisfacción conyugal”.

“[La mujer] en caso de ser casada no intervenir en los problemas del
esposo, además de servirle sin derecho a protestar en todos sus caprichos
y antojos, más aún en los momentos íntimos”.

“Ella estaba entrenada para criar a los hijos, la costura y practicar la
prostitución”.

“Las mujeres (…) son utilizadas para la corrupción y la prostitución y en
el mejor de los casos son enpuestas solamente para el uso doméstico”.

“José Martí no quería a ninguna mujer vagueando por la calle”.
 “Siendo esto lo que predijo Pepe”.

“Martí luchó por la igualdad del hombre por el hombre”.

“José Martí es externo y sus obras están dedicadas a la mujer”.

“María Mantilla es la hermana de Martí”.

“[Ejemplo de mujeres valientes]: “Flor Crombet”.

“Es la ya fallecida Vilma espín un logro de la revolución Cubana”.

“La capacidad de la mujer hacido valorada”.

“No se amutilaron ante el fuego de los fusiles”.

“A trabajar en Orgasmos Estatales”.

“La mujer ha sido indiscriminada”.

“Las mujeres sufrían de agusos”.

“En todos los ambitidos de la vida”.

“De la mujer cubana en todos los celtores”.

Y hasta una definición condensada:

“Mujer, esas cuatro letras”.

Según el viceministro Roberto González Martín, este verano se graduarán 4.700 médicos, “más de 1.200 cubanos y más de 1.200 extranjeros” (sic). ¿Y los otros 2.300 que no son ni cubanos ni extranjeros? En su discurso en los No Alineados, Raúl Castro afirmó que más de 32.000 jóvenes de 118 Estados estudian gratuitamente en Cuba, el 78%, Medicina. Es tradición que las recetas de los médicos no se entienden. Confío en que estos no sean médicos municipales. Resultaría difícil atender un pedido de Tetaciclina, Penecilina o Excretomicina.

La política de entrenar guerrilleros en Cuba ha dado paso, con el tiempo, a la formación masiva de médicos de países del Tercer Mundo. Es mejor preparar pediatras que “cirujanos sociales”, sin dudas. Considerando, incluso, el componente político tras esta solidaridad masiva, se trata de una política generosa. Pero, dada su magnitud, sería una muestra de respeto al pueblo cubano, que la sufraga con su trabajo, consultarle en referendo si están o no de acuerdo con postergar la solución de sus necesidades urgentes para costearla. Partiendo de que su propósito es mejorar el sistema de salud en pueblos hermanos facilitando el acceso a la universidad de jóvenes cuyos recursos no se lo permitirían en sus países de origen. ¿Garantiza esta política que sean verdaderamente jóvenes de familias humildes los que se acojan a estas becas, o sirve de puente, en muchos casos, a que los hijos de las élites aprovechen en Cuba la universidad de oferta? ¿Garantiza que esos médicos contribuyan el día de mañana a la sanación de sus pueblos? En el diario Granma encontré la carta de un lector, el Dr. Mohamed Djoubar Soumah. Natural de Guinea, Mohamed Djoubar manifiesta su eterno agradecimiento a Cuba, donde se graduó de médico. Ejerce en Ottawa, Canadá.

Hay, además, algún que otro aspecto práctico. En Venezuela, profesores cubanos están formando a 22.000 estudiantes y este año se graduarán 10.000 médicos. ¿Qué ofreceremos en un futuro a cambio de petróleo?

Quizás mi hermana y yo nos hayamos metido en este berenjenal de ortografía, universidades y médicos para eludir el momento que llega ahora, cuando nos damos el abrazo de despedida sabiendo que pasarán algunos años antes de que volvamos a vernos.

De vuelta a Playa, vemos banderas del 26 de julio desplegadas en los lugares públicos. Pasado mañana se conmemora el 56 aniversario del ataque al cuartel Moncada. Se teme que el discurso de Raúl Castro ese día anuncie nuevas inclemencias para el futuro próximo. Y en Cuba, por el contrario que los vaticinios felices, los pronósticos de desgracia se cumplen con puntualidad germánica.

A las diez de la noche, camino al aeropuerto, le echamos a la ciudad un vistazo de despedida. Pero la ciudad, pudorosa, está embozada en la noche y nos guiña apenas una ventana al pasar.

No rozamos el exceso de equipaje. Lo alcanzamos de lleno. Pero un empleado buena gente nos orienta cómo mejor distribuir la carga para que pase sin problemas. No hay mucho equipaje en este vuelo, confiesa. Se confirma que las importaciones multiplican varias veces las exportaciones.

Pasado el momento agridulce de los abrazos y las despedidas, mientras esperamos la salida del avión, hojeo las dos últimas reflexiones del Convaleciente en Jefe en la desolada sala VIP del aeropuerto. Tanto antes de ayer como hoy se ocupa del golpe de Estado en Honduras, la intermediación de Oscar Arias, la intervención de Hillary Clinton y etc. Sin que venga a otro cuento que no sea criminalizar a Arias, dice que “miles de técnicos y graduados universitarios cubanos fueron sustraídos a nuestro pueblo, que estaba ya sometido a cruel bloqueo, para prestar servicios en Costa Rica”. (Qué manía esa de los cubanos: exportarse por cuenta propia. Si hubieran esperado un poco, yo mismo los habría exportado temporalmente, y hasta les hubiera pagado 200 dólares mensuales por sus servicios). Se remonta luego a la Sierra Maestra, retrocede hasta William Walker en 1856, reinterpreta en clave de rendición los acuerdos de paz de Guatemala y El Salvador, salta al regreso de los sandinistas al poder y vuelta a Micheletti, la Clinton y Arias. Una persona tan mayor no debería dar tantas volteretas. Te vas a marear, Comandante. Estoy a punto de abandonar el periódico cuando, en la reflexión de hoy, encuentro un párrafo antológico. Al referirse al último documento leído por el Nobel Oscar Arias, el Sicoanalista en Jefe afirma:

[Oscar Arias] “Hablaba delante de las cámaras de televisión que transmitían su imagen y todos los detalles del rostro humano, que suele tener tantas variables como las huellas digitales de una persona. Cualquier intención mentirosa se puede descubrir con facilidad. Yo lo observaba cuidadosamente. (…) Quizás yo sea uno de los pocos en el mundo que comprenda que había una autosugestión, más que una intención deliberada en las palabras del Nobel de la Paz. Me percaté de eso especialmente cuando Arias, con especial énfasis y palabras entrecortadas por la emoción, habló de la multitud de mensajes que Presidentes y líderes mundiales, conmovidos por su iniciativa, le habían enviado”.

No es que el líder cubano haya sido nunca un dechado de modestia, pero que “yo sea uno de los pocos en el mundo que comprenda” roza, en su impudor, la demencia senil. Y se olfatea un retintín de envidia verde olivo en que otro reciba tantos mensajes de líderes mundiales. En nombre del gremio, compadezco a su aterrado editor. Si es que lo tiene.

En su discurso pronunciado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1966, Fidel Castro, al atacar a los detractores de la Revolución Cubana, especialmente a la jerarquía comunista china, les llamaba “revolucionarios que, a pesar de haber hecho cosas buenas en su vida, hacen después grandes barbaridades al final de su vida (…) cosas que los hombres cuando degeneran son capaces de hacer (…). Y son en parte consecuencias de haber confundido el marxismo leninismo con el fascismo, con el absolutismo; son las consecuencias de haber introducido en las revoluciones socialistas contemporáneas el estilo de las monarquías absolutas. Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos; hacemos votos para que jamás esos métodos de monarquías absolutas se implanten en nuestro país”.

Prueba concluyente de que la edad erosiona la memoria.

A punto de concluir el periódico, llaman a Daniel por el audio para que se presente en la zona de equipajes. La maleta más gruesa de libros está a su nombre. Nury insiste en acompañarlo. Al menos en tierras insulares, ella es la negociadora de la familia. Yo soy el conflictivo. Al regreso, me cuenta que los aduaneros intentaron revisar cada maleta minuciosamente, pero les advirtió que muchos libros estaban llenos de polvo, porque no tuvimos tiempo de limpiarlos. Los aduaneros pudieron confirmarlo no en carne pero sí en uniforme propio. Y como no está prohibido exportar polvo, dieron por concluida la pesquisa. Antes de marcharse, le hicieron a Nury una pregunta genial: “¿Y para qué quieren tantos libros?”. “Para leerlos”, fue su sorprendente respuesta.

El avión despega y todo se mezcla en mi cabeza con el catarro y un par de pastillas que me propinarán en pocos minutos un know out fulminante: abandono un país que espera sin esperanzas, un patriarca que se ocupa de las desgracias ajenas y se desentiende de las propias, una gerontocracia empeñada en durar hasta que el pueblo aguante, al que culpa de sus propios errores, y maniatada por la voz de un fantasma que retumba desde las cavernas de la Guerra Fría. Pero también abandono mi infancia y mi juventud, a muchos seres queridos y a mis muertos. Abandono las tres cuartas partes de mi estancia en la Tierra, una alegría de vivir que ha podido hasta con las desgracias, un universo de sueños, esperanzas y desilusiones condenado a desaparecer. Y hasta me abandono a mí mismo, porque este será un viaje muy rápido. Cuando despierte, faltará media hora para aterrizar en Madrid.

Post Data:

Gracias por la atención prestada, bloguividentes. Este diario se acabó. Ha duplicado la rentabilidad de los billetes de avión: un viaje físico y otro en la memoria. Pero quedan muchas habanerías pendientes. Hasta la semana próxima, con otros asuntos que harán las delicias de grandes y chicos, como decían los presentadores de los circos ambulantes.





Diario Delirio habanero, Jueves 23 de julio, 2009

23 07 2009

Penúltimo día en La Habana. Cuenta regresiva.

Nury quiere pasar la mañana con su padre y su abuela, mientras Daniel y yo nos escapamos hacia la librería de Línea y 12, que no conocemos. Me la han recomendado. Y, en la medida de lo posible, no defrauda las expectativas.

Entre otros, compro la nueva edición de Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier; Cuestiones de agua y tierra, de Jesús David Curbelo; los Documentos familiares de José Martí, compilados por Luis García Pascual; el libro Africanos en América, de Luz María Martínez Montiel, los Textos escogidos, de Pablo Lafargue, que incluyen “El derecho a la pereza” y la Prosa, de Emilio Ballagas, compilada por Cira Romero. Daniel escoge una edición de Nadja, de André Breton; los Relatos, de Lu Sin; las Obras, de Descartes, y un libro sobre los nuevos movimientos religiosos en el Gran Caribe.

A la salida de la librería, subimos por 12 hasta 23. Le propongo a Daniel entrar al cementerio de Colón, que bien merece una visita. Lo conozco bastante bien y puedo recomendarle los relieves de las entrada, la tumba de Jeannette Rvder, donde está tallada la imagen de su perra Rinti; la de Amelia Goire de la Hoz, «La Milagrosa»; la tumba del dominó y la de Capablanca; al sepulcro de Taita José, espíritu reincidente en eso de las reencarnaciones; o el conjunto escultórico dedicado a los bomberos muertos en acto de servicio en 1890. Agustín Querol representó fielmente a los mártires, salvo uno, del que no existían fotos, y al que el escultor colocó su propio rostro.

Pero Daniel se niega en redondo. Que no. Que él no quiere hablar de, pensar en, visitar algo relacionado con la muerte.

—Daniel —le digo— estás en el momento justo de interesarte por la muerte. A los 19 años, la muerte no existe. A los 55, empiezas a olvidarte de la teoría. El período de práctica está más cerca. Y puede extenderse por toda la eternidad. A menos que… No, mejor que sea la eternidad. La otra posibilidad es reencarnar en perro callejero, en la pulga del perro o en cobaya de laboratorio.

(No insisto. Aunque, además de enseñarle el cementerio, me habría gustado visitar la tumba de mi madre).

Doblo por 23 y pasamos por el cine 23 y 12. Aunque allí vi películas memorables, siempre me trae un mal recuerdo.

A fines de los 60 y principios de los 70, Fidel Castro solía visitar cada vez que se le antojaba, a cualquier hora del día o de la noche, la Escuela Vocacional de Vento, donde yo estudiaba. Como se sabe, él renueva cada cierto tiempo sus obsesiones. Mientras, pone al país en función de las vacas, del café caturra, de los diez millones, de la batalla energética/de ideas/por el sexto grado, o del internacionalismo armado. Por entonces, una de sus obsesiones era mi escuela. Iba a jugar al básquet y los muchachos ya habían recibido instrucciones: le permitirían ganar, pero simulando un gran esfuerzo. Escenificar una derrota convincente. O se ponía a conversar con los estudiantes. Conversar en una sola dirección. Él hablaba y nosotros escuchábamos.

En una de sus visitas buenas se le antojó almorzar en el comedor. Cuando le sirvieron la macarela habitual con arroz militar (en pelotones), jugueteó un rato con el tenedor como haciéndole la autopsia al bicharraco, y dejó la bandeja intacta. Dos días más tarde, apareció una rastra del Ministerio de la Pesca y pasé los últimos ocho meses de bachillerato comiendo ruedas de emperador. Desde entonces detesto los imperios.

Otra de sus visitas fue a las nueve de la noche. Me habían concedido un pase especial para visitar a mi madre, que estaba enferma, y cuando cruzaba en plena noche el puentecito sobre el río Almendares, vi tres jeeps que se acercaban a toda velocidad. No había que ser una lumbrera para adivinar de quién se trataba. Ya eran conocidas las historias de hombres nerviosos que hicieron algún gesto mínimamente sospechoso y fueron acribillados por los escoltas. La oficina del Comandante costeaba el entierro en féretro categoría buró político, enviaba varias coronas e incluía al finado en la fe de erratas del glorioso libro de la Revolución. De modo que me quedé como la mujer de Lot, pero sin volver la cabeza.

La peor de sus visitas fue cuando nos habló de un disco recién publicado: los toques de corneta del ejército mambí. Y que deberíamos signar nuestra vida de campamento con ellos. Instalaron no menos de 20 bocinas tipo trompeta rodeando el edificio de los albergues, y desde entonces cada mañana, a las seis en punto, nos despertaba el “Ti ti ti tíííííííííí”. “Levántense, muchachos, que la puerca va a parir”. Nos levantábamos tan encabronados que, de ordenarnos en ayunas una carga al machete, habríamos sido letales.

Su segunda peor visita fue cuando acababa de ver la versión cinematográfica rusa de La guerra y la paz. Una película que, según él, todos deberíamos ver, porque en ella estaba la clave de por qué los rusos construyeron el primer socialismo del planeta. El siguiente sábado, nos encerraron a todos los alumnos y profesores de la escuela en este mismo cine de 23 y 12, desde las diez de la mañana hasta las 8 de la noche, y nos soplaron de pegueta, con un receso de 20 minutos para comernos una cajita de congrí con carne ripiada, las cinco partes de la película. Una tras otra. Es el mayor empacho de Tolstoi que he cogido en mi vida. Por suerte, ya a esas alturas mi amor por los narradores rusos del XIX era incondicional. Ni el Cineasta en Jefe pudo derogarlo. No sé si fue por las veces que me dormí en el cine o por la sobredosis, pero nunca descubrí la clave de por qué los rusos construyeron el primer socialismo del planeta. Y ya ni los rusos lo saben.

Paso lo más rápido posible frente al cine de aciaga memoria y me voy cocinando al vapor desde ahí hasta 56 con el aire que entra por las ventanillas. Aunque Madrid suele ser asolado por un calor seco, tobera de avión, y temperaturas que aquí ocasionarían muerte por licuefacción, esta sensación de estarte derritiendo en vida (de las tres quintas partes de agua que tiene el cuerpo debe quedarte una) sólo la he sentido en Luanda, en Mérida, Yucatán, y en un verano monstruoso de Roma, ciudad abandonada por la mano de Dios, porque el Señor se va de veraneo a Castel Gandolfo. Un cubano que conocí en el norte de Europa aseguraba que él no era un exiliado político, ni un emigrante económico. “Yo soy un exiliado climático”, me dijo. Y lo comprendo.

Hoy es un día de recapitulación. ¿Se me olvida algo? ¿A alguien no he llamado? Echo mano a la libreta y hago algunas llamadas pendientes. Mientras, Daniel se marcha a comprar pan. Regresa con dos barras de un pan levísimo, casi volátil. Debe ser el pan que comen los ángeles untándole queso crema Filadelfia. De tanto aire que han logrado inyectar a la masa, no se recomienda comerlo, sino respirarlo. Después de dejar el pan en la cocina, se deja caer a mi lado en el sofá.

—Casi me mata una donación.

—¿Qué?

—Que casi me atropella una donación.

—¿Cómo que una donación?

—Sí. Uno de esos autobuses americanos amarillos que andan por ahí.

—Quizás los fabriquen en Estados Unidos, pero los dona Canadá. De todos modos, te hubiera dolido igual.

—Sí. Crucé la calle casi sin mirar…

—Casi no. Sin mirar, porque se ven a un kilómetro.

—Bueno, sin mirar. Pero tienen buenos frenos.

—Un Yutong te hubiera matado.

—Posiblemente. Tiene cojones que en el país del bloqueo me venga a aplastar una donación.

—Déjate de filosofar y mira bien cuando cruces la calle.

No será la última cena, pero hoy hemos concertado a toda la familia para almorzar en El Palenque. Primero tengo que ir a La Habana Vieja a buscar a mi hermana & family. Los dejo en el restaurante y voy hasta 56 a recoger al resto. Cuando vamos pasando frente al Coney Island (por cierto, nunca he sabido cómo se llama ahora) nos sorprende un aguacero monumental como los que es difícil ver en otras latitudes. Es cuando San Pedro rasga las nubes y las vacía de golpe. No son gotas, sino chorros. Al llegar al restaurante, el parqueo situado frente al comedor está lleno y debo buscar un hueco en el segundo parqueo, al fondo, Tras caminar cincuenta metros bajo la lluvia, llego a la mesa como recién salido de una piscina. Y, de contra, me siento justo bajo un ventilador de techo. Catarro seguro que exportaré mañana a Europa. La Gripe C, cubana. Pero el almuerzo valió la pena. Además, seguí al pie de la letra los consejos de mi abuela. No me duché acabado de almorzar, sino antes.

Hoy Armando Hart Dávalos, devenido columnista, publica en la prensa una de sus reflexiones, o flexiones intelectuales, para no inducir a error. (Del mismo modo que se “intervino” toda propiedad privada, durante estos años hay palabras que han sido intervenidas: “el comandante”, la “batalla de ideas”, las “reflexiones”; aunque existan muchos comandantes con sus batallas, numerosas reflexiones y algunas ideas). Según Hart (y según ensayistas, bodegueros y barmen), Félix Varela nos enseñó a pensar; Luz y Caballero, a conocer; Martí, a actuar, y Fidel Castro, a vencer. Aunque ahí me entra una duda, porque “Venceremos” siempre se conjuga en futuro. Nunca se dice “Patria o muerte. Ya vencimos”. Y si nos enseñó a vencer y ésta es la victoria, ¿cómo será la derrota? Aunque quizás Armando Hart quiso decir que “nos enseñó cómo él vencía”. Así sí. Medio siglo en el trono y sin oposición, condensando en sí mismo la mayoría absoluta, es más de lo que se han atrevido a soñar las inmensa mayoría de los emperadores.

Añade Hart que poner en antagonismo el arte y la cultura con la política “le hace daño al socialismo”. (Lo cual no quiere decir que, obligatoriamente, le haga daño a los cubanos). Y, olvidando olímpicamente la historia del último medio siglo durante el cual la política le ha dicho al arte: “Patria o Muerte”, el exministro de Cultura nos revela que “Ésta es la dolorosa experiencia de la historia socialista tras la muerte de Lenin”. Es curioso lo atrasadas que llegan las noticias de Rusia. Lenin murió en 1924 y hasta 1990, 66 años más tarde, la Cuba oficial nunca habló de los errores del estalinismo (de los crímenes, todavía), del acoso y sometimiento a la cultura, llamada a ser un arma de la revolución, el martillo del obrero, la hoz de la koljosiana. El arte confinado a la sección “Herramientas de mano”, pasillo 16 a la derecha.

Hart concluye su flexión con unas palabras más perdidas que las del Diario de Martí y que darían pie a un buen ensayo: “Distanciar la filosofía de la educación y la política no nos permitirá jamás arribar al pensamiento filosófico” y debemos “hacerlo sin ismos excluyentes [¿socialismo? ¿comunismo? ¿fidelismo?] con el método filosófico de la mejor tradición espiritual cubana, es decir, el electivo [al fin, elecciones], que tiene como guía la justicia, principal categoría de la cultura”. Chúpense esa, filósofos. A ver si escriben justos ensayos, novelas cabales, rectos poemas y probos cuentos. O no entrarán en la próxima edición del Diccionario de la Literatura Cubana.

Después de almuerzo, el ambiente ha refrescado y tras devolver a las respectivas familias a sus lugares de origen, nos queda tiempo para echar un último paseo por el barrio. Como en el cuento de los tres cerditos, hay casas que el lobo evaporaría de un soplido. El hecho de que estén en pie es un milagro de la estática. Las que se mantienen en buen estado y evidencian el poder adquisitivo de sus inquilinos están más protegidas que Fort Knox. Jardín separado de la calle por cerca peerles o por reja de hierro que termina en puntas de lanza. Todas las puertas y ventanas están enrejadas, para dejarlas abiertas y que se filtre la brisita a través de los barrotes. (Los herreros ya tienen una norma ISO: “Ancho mínimo de caco modelo Período Especial”). Hay rejas que desconfían incluso del cielo; no les basta imponer una frontera vertical. Soldada en su extremo superior hay otra reja, esta vez horizontal, que concluye en el alero. Esas rejas-estuche impermeabilizan la vivienda ante cualquier filtración. Las casas se convierten en jaulas. Como si la ciudad fuera un zoológico de animales disciplinados que se encierran ellos solitos sin necesidad de guardianes o domadores. En realidad, intentan construir jaulas de Faraday que anulen el efecto de los campos electromagnéticos externos. Pero es imposible conseguir un espacio idílico de carga neutra en un país tan magnetizado. Somos imanes transeúntes. Nos atraemos y nos repelemos con intensidades equivalentes.

En la práctica, la intromisión de visitantes no deseados ya ha sido resuelta por algún genio carcelario de la Física Aplicada. Aprovechando las ausencias y las noches (esas ausencias presenciales), el visitante imprevisto empapa una sábana y la tuerce hasta formar un cable grueso y muy resistente, abraza con la cuerda-sábana dos barrotes y, empleando un palo de escoba, aplica un torniquete a los barrotes, que se doblan hasta casi unirse. Hace lo mismo con los barrotes contiguos y ya tiene el espacio suficiente para que El Flaco se deslice hacia el interior y abra la puerta al resto de los convidados. Ya decía Freud que la sábana es una fuerza poderosísima. Puede vencer al hierro.

Durante los años más duros del Período Especial (cuyo regreso se vaticina), la epidemia de robos de tendederas obligaba a montar guardia mientras se secaba la ropa. Un descuido, y desaparecían el Levis’s de estreno, los calzoncillos sin elástico y las medias con agujeros. De paso, se llevaban los palitos de tendedera. Y la crónica roja, que en Cuba se difunde, como algunas enfermedades, por transmisión oral, mediante un sistema inter-municipal de juglares, daba cuenta de los más espeluznantes robos con violencia: cabillazos, palizas, puñaladas, machetazos. El botín: una bicicleta china, una cadenita o unas zapatillas. Daniel Defoe nos cuenta que en su isla desierta, el mango oxidado de una espada era un tesoro para Robinson Crusoe.

Ahora no hemos notado un nivel equivalente de violencia. Tampoco nos hemos sumergido en las cloacas: ni un tour por Revillagigedo hasta Tallapiedra a las cuatro de la mañana; ni un paseo por El Canal a las cuatro de la tarde. Nos bastó recorrer al tacto el Paseo del Prado a las doce y media, o regresar pasada la una de la mañana desde Mantilla hasta Zulueta y Refugio. En las esquinas donde los baches eran más profundos y había que reducir la velocidad, grupos de hombres salían como apariciones de las tinieblas y se encimaban al carro pidiendo botella o enarbolando racimos de billetes. Esa noche cerramos puertas y ventanillas, pero ya se sabe que “El Cerro tiene la llave”.

Por otro lado, dada la población penal de la Isla, se supone que estén presos todos los delincuentes. Probados y presuntos, que para eso existe el delito de “Peligrosidad”, un arresto profiláctico. Carlos J. Finlay descubrió el agente transmisor de la fiebre amarilla. El Código Penal cubano ha descubierto la vacuna contra el delito nonato. Jueces “precogs” que, al mejor estilo de Minority Report, condenan las (presuntas) malas intenciones con dos, tres, cuatro años de cárcel.

Dada la cantidad de policías por metro cuadrado, cada ciudadano podría tener su propio guardaespaldas, su Fiana de la Guarda. Pero la unidad latinoamericana ya es un hecho. Como en México, hay gente que prefiere evitar a los policías aun a riesgo de tropezar con los ladrones.

Aunque mi percepción es todo lo imprecisa que puede ser la mirada de un visitante, creo que, en general, no se respira miedo, sino hastío. La gente mira hacia el futuro como quien mira al cielo. A ver si llueve. A ver si nos llueve algo desde las nubes del poder. De momento, en el mejor de los casos, sólo cae agua.