El adobe del futuro

25 05 2011

Visitar la obra de Pedro Pablo Oliva es una fiesta de la imaginación. Su sugerente “Extraño enigma de la luz”. La inquietante “Nueva historia para Caperucita Roja”. La “Manada de novias” que echa a volar sobre las olas como quien persigue hacia Europa un cuadro de Chagall. Los tenebrosos “amores de don Pascual Angulo” y la evanescente “Penélope y su cocuyo”.  La “niña paseando un pájaro” que conjuga, al mejor modo de Rembrandt (a quien también rinde homenaje explícito en otra obra), los juegos de la luz y la sombra, o mejor, de la luz desvaneciéndose en la sombra. Sus juguetes, besos, amores, personajes condenados a vivir con una piedra en la cabeza van más allá del mero objeto plástico. Son imágenes que persisten en la memoria, que invocan sueños y pesadillas con esa persistencia de que goza la buena poesía.

Ahora Pedro Pablo Oliva acaba de ser expulsado de la Asamblea Provincial del Poder Popular por manifestar su acuerdo con el pluripartidismo, por enviar una carta al blog de Yoani donde hace explícito su desacuerdo con el hecho de que un solo hombre gobierne durante décadas un país, algo que se conjuga con una de sus series, “El gran abuelo”, donde un Fidel Castro senil asiste embelesado en sí mismo a la realidad que ya no le pertenece, que ya se ha enmaridado con otro, o toca la flauta como de casualidad.

El que haya sido destituido no es noticia. Era de esperar que un gobierno intolerante reaccionara de ese modo, reproduciendo en un edicto el cuadro de Pedro Pablo Oliva “Hombre desnudo”: una bandera cubana cuelga de un anzuelo, al extremo de una caña, como recién pescada, mientras un hombre de perfil, sin brazos, muestra su pene al que han hecho un nudo.

El Estado había pasado por alto el hecho de que fuera un “artista”, había pasado por alto sus lienzos oblicuamente contestatarios, lo que no le perdonan son sus herejías verbales y escribirle a la bloguera “mercenaria” por excelencia.

Repito que su excomunión no me sorprende. Las que sí me sorprenden han sido las muchas opiniones que he leído en la red. Se le tilda de siervo de la dictadura, de vender su alma al diablo, de despreciar, como “esclavo que sirve en casa del amo” “a los que sudan al sol”. Se le ha tachado de “intelectual orgánico” genuflexo ante el castrismo, etc. etc. No sé si quienes así hablan han visitado su obra, ni siquiera sé si les interesa su obra que no es, obviamente, propiedad de castristas ni de anticastristas, sino de cualquiera cuya sensibilidad entre en resonancia con ella. Lo que realmente me preocupa es que se constituyan en una Anti-Asamblea del Poder Popular, que lo sancionen desde una presunta superioridad moral que reside en el exilio. Y me preocupa porque el día de mañana serán patrimonio de Cuba la plástica de P. P. Oliva y la de Julio Larraz, la literatura de Cintio Vitier y la de Rafael Rojas, las ideas de los comunistas, de los neocomunistas, de los liberales y de los neoliberales. Con todos esos materiales disímiles habrá que levantar el adobe de un nuevo país. A pesar de lo cual, y como demuestran muchas casas de La Habana Vieja, el adobe puede ser muy perdurable.

“El adobe del futuro”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-adobe-del-futuro-263221





Cartografías

2 11 2009

Dennys Matos

Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo

Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009

350 pp. ISBN:  978-84-9897-523-9

 

El libro Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo (Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009, 350 pp. ISBN: 978-84-9897-523-9) tiene ilustres antecedentes: los Diarios de Cristóbal Colón; la Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos, de Giorgio Vasari, autor del término «Rinascita»; la bitácora de Antonio Pigafetta, cronista de Magallanes; las premoniciones de Rui Faleiro, cartógrafo y astrónomo; los métodos de orientación del cosmógrafo Andrés de San Martín; el Cosmographiae Introductio, que acompaña la Lettera, los Cuatro Viajes de Américo Vespucio, en cuyo honor el alemán Martin Waldseemüller nombra «América» al continente en su mapa de 1507; las crónicas de Ruy Díaz y de Antonio Herrera y Tordesillas, o la Historia general de las cosas de la Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, padre de la etnología moderna. Por eso no es casual que Jorge Brioso encabece su “Presentación” de estos Paisajes con una frase en la que Gilles Deleuze afirma que escribir tiene que ver con deslindar y cartografiar futuros parajes. No otro es el propósito de Dennys Matos.

Paisajes abre con una aproximación a este mundo post en que habitamos: la poshistortisa, el poscomunismo, la posideología, lo posnacional, la posvida. También entre los siglos XV y XVI la humanidad vivió una era post: entre las tinieblas de la alta Edad Media se abrieron paso las ideas del humanismo, se reactivó el conocimiento, caducó la mentalidad dogmática y el teocentrismo medieval dio paso al antropocentrismo. Del mismo modo, tras el derrumbe del muro de Berlín y de la bipolaridad maniquea de la Guerra Fría, han aparecido decenas de fórmulas de organización social: un mundo multipolar donde el libre comercio de las ideas ha abolido los monopolios de la verdad. Multipolaridad equivalente a la que, tras la Reforma protestante, rompió en la Cristiandad con la dictadura del dogma, con la tradición y con la unidad estilística, hasta entonces supranacional. Aparecieron nuevas técnicas arquitectónicas, musicales, escultóricas y pictóricas —el schiaciatto,  el  claroscuro—, e incluso literarias tras la obra cervantina. La nueva sensibilidad humanística ocupó todos los territorios de la cultura europea, prefigurando su expansión mundial a bordo de la imprenta de Gutenberg y a bordo de las carabelas de Cristóbal Colón desde que, dos  horas después de la medianoche del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritó “Tierra a la vista”. Grito equivalente al de los físicos del CERN de Ginebra, encabezados por Tim Berners-Lee, cuando en 1990 crearon la World Wide Web: más que un nuevo continente, inventaban un universo habitado hoy por una población equivalente a la de China.

Hace medio milenio, los grandes exploradores propiciaron el encuentro de dos mundos, la confluencia de pueblos hasta entonces secuestrados por la geografía que, a partir de entonces, fraguarían una población genética y culturalmente mestiza, algo que cambiaría radicalmente el curso de la historia.

Hoy, el 75% de los alimentos consumidos por la Humanidad son oriundos del Nuevo Mundo y no hay biblioteca o archivo que pueda competir con Intenet, el mayor pastizal de datos de la historia: diez millones de terabytes en 2011.

En la sección “Metáforas de nuestro tiempo”, el autor mapea los territorios de esta sensibilidad post, no uncida a los dictados de una escuela o de una vanguardia: los objetos suicidas, las estéticas del cuerpo y la sexualidad, las angustias y desasosiegos de la libertad, los inexplorados mundos virtuales donde, por primera vez, el diálogo entre el arte y el público es bidireccional.

De la misma forma que los artistas italianos emigraron huyendo de las guerras y dispersaron  por toda Europa la buena nueva del Renacimiento, las galopantes migracioners globales de nuestro mundo post arrojan un saldo de estéticas cruzadas y mestizas a las que se refiere Matos en sus “Emergencias cruzadas”. Desplazamientos geográficos y culturales, relectura de códigos, como en World Mouse o en el arte satírico de Elio Rodríguez, el grupo Puré, Lázaro Saavedra o Marcos López.

Las escolásticas ideológicas, desde el comunismo al neoliberalismo, han caducado. Todo es  puesto en duda y cunden las lecturas transversales. Todo es objeto de choteo mientras se intenta una relectura incluso desde lo frívolo —como la exposición “Ch€, Revolución y mercado”, a la que se refiere el autor, que registra cómo la piedra filosofal del capitalismo post convierte un icono subversivo en mercancía—. Subversión de códigos, relecturas desde lo local o lo global, arte pop, frivolidad y desconcierto de un arte eminentemente urbano, metropolitano: Nueva York, Berlín (a la que el autor dedica toda una parte del libro) o Londres son los equivalentes de las ciudades-estados de ayer: Venecia, Florencia, Milán y los Estados Pontificios, centros de renovación artística.

Lo virtual se codea con lo real en igualdad de condiciones. Un mundo de fronteras líquidas provoca cartografías efímeras, deslizantes. Fronteras inasibles que se extienden en el land art hasta la imposibilidad de deslindar el arte de la naturalreza (el bosque de Agustín Ibarrola, la “Montaña de Tindaya” o el “Peine del viento”, de Chillida); el urbanismo travestido en arte, como en el Reichtang envuelto por Christo. La relectura y recontextualización de los mensajes en la obra de Alejandro López permite una lectura volátil, el sfumato davinciano de la interpretación.

El autor redondea su cartografía del arte contemporáneo al insertarlo en los mecanismos de mercado. Del mismo modo que entre Reforma y Contrarreforma un mundo asolado por las guerras multiplicó exponencialmente su comercio, hoy, entre decenas de guerras locales, estados fallidos, piratería, terrorismo y narcoejércitos, el comercio es la circulación sanguínea del planeta. Y el arte, un valor “seguro”, juega con los términos de la ingeniería financiera, que son casi los términos del arte: se tasa la percepción del valor, no el valor mismo.

Estas aproximaciones, estas cartografías tentativas desembocan, cómo no, en un mapa a escala mayor de la plástica cubana contemporánea: Los Carpinteros con su arte antifuncional, el discurso contestatario de Saavedra y Glexis Novoa; los interiores cubanos como  sugerentes radiografías de la realidad; las escenografías y la historia en Carlos Garaicoa; el discurso político y las utopías personales, así como la recurrencia de los mapas, las aguas, los viajes y la muerte que contemplan impávidos los dioses tutelares de la Isla. Matos da voz a los propios artistas: Luis Gómez, Pedro Vizcaíno, Ricardo Rodríguez Brey, Alexandre Arrechea y Carlos Garaicoa muestran la trastienda de ideas que subyace a sus obras. Como un planeta en miniatura, Cuba (tanto en la Isla como en el archipiélago de la diáspora) muestra su rara multiplicidad casi continental.

Mientras el siglo XVI florecía en Amberes y Florencia, la Siempre Fiel Isla de Cuba sólo estaba autorizada a importar toscos géneros de la península y grandes dosis de Contrarreforma. Pero ya entonces el contrabando, el comercio de rescate con naves inglesas, francesas y holandesas, el trapicheo nocturno de salazones, cueros y cajas de azúcar o aguardiente por sábanas de Holán, encajes de Malinas, algodones de Ruán, lienzos de Cambray, aperos ingleses e ideas prohibidas  superaba al otro. Como Dennys Matos demuestra en sus Paisajes, el trapicheo de ideas sigue siendo una de las grandes tradiciones nacionales.

El autor cierra esta bitácora, este mapa, con una visión inquietante a través del vídeo “Agosto 2007”, de Francis Naranjo. Los huecos blancos de las cartografías, los paisajes ignotos, azuzan la imaginación de los hombres. En la Cosmographia Universalis, del alemán Sebastián Munster (1544), best seller reimpreso cincuenta veces en veinte años, se describía a hombres de grandes labios y una sola pierna, y a enanos que se alimentaban con el olor de las manzanas. Fray Bernardino de Sahagún menciona una culebra con una segunda cabeza en la cola, y Alvar Núñez Cabeza de Vaca describe  a “malacosa”, ser hemafrodita que vive bajo la tierra y se alimenta de la nada. En “Agosto 2007” encontramos al ser más extraño de la creación: el hombre en su dimensión trágica, el hombre que discurre por un paisaje de ruinas mientras busca el País del Nunca Jamás y de fondo se escucha que “algo se pudre en el corazón de las hormigas”.

Como todo mapa de tierras recién descubiertas, Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo, resultado de la acuciosa cartografía de Dennys Matos, es, por fuerza, tentativo, pero imprescindible para quienes se dispongan a adentrarse en las dispersas geografías de la imaginación.

 





Consuelo Castañeda: la relectura de la imagen

1 10 2006

Consuelo Castañeda (La Habana, 1958) pertenece a esa generación, hoy legendaria, surgida a fines de los 70 y desarrollada plenamente durante los 80, que legó términos inscritos ya en la historia del arte cubano: Volumen I, Artecalle, el Grupo Puré, el Castillo de la Fuerza. El arte generaba, por primera vez dentro de Cuba, un discurso estético que retaba directamente al poder y creaba y difundía su propio aparato simbólico, hasta entonces coto privado del líder. Años más tarde, en una entrevista, Lázaro Saavedra recordaría una conferencia sobre arte y sexo realizada en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), donde la intervención de Consuelo Castañeda y Humberto Castro consistió en entrar cubiertos con un disfraz fálico y “eyacular” hacia el público chorritos de agua.

Por entonces, Consuelo era profesora en el Instituto Superior de Arte, donde ejerció una inestimable labor, no sólo en la mera instrucción técnica, sino en la educación artística de quienes renovarían la plástica cubana.

En Una historia en setenta páginas, libro publicado en 1989, la artista presentó todas  las variaciones sobre una imagen particular: el cuerpo desnudo de su madre al cumplir los 70 años. Eran imágenes no posadas, en las que no se añadían al cuerpo otros significantes gestuales o escenográficos, de modo que podía leerse a través de esas fotos el decursar de una vida gracias a sus huellas: cicatrices, arrugas. Esas fotos, que subvertían el concepto de idealización del cuerpo desde la tradición helenística hasta el hedonismo contemporáneo, no buscaban una estetización sino una revelación: la vida son sus huellas, sus estragos, sus pequeños naufragios.

Como la mayor parte de los integrantes de su generación, a los que el Ministerio de Cultura ofreció “puentes de plata” para convertirlos en “enemigos que huyen”, Consuelo Castañeda salió de Cuba en 1991 hacia México, D.F. Allí  expuso su obra en Ninart Centro de Cultura, y tres años más tarde se trasladó a Miami.

En el ensayo “Profetas por conocer” (Encuentro en la Red, 22 de septiembre de 2005), Ileana Fuentes nos recuerda que desde 1982, con la inauguración de la sede permanente en Miami del Museo Cubano de Arte y Cultura, se produjo un progresivo lanzamiento internacional de los artistas plásticos exiliados. Más de 200 de estos artistas vivían ya fuera de la Isla, y muchos de ellos participaron en la primera gran retrospectiva, Outside Cuba /Fuera de Cuba, en el Museo Zimmerli de Nueva Jersey (1987). Dentro de ese nuevo impulso divulgador, en Arte Cubana (1993), una  de las exposiciones colectivas más importantes organizadas por el Museo Cubano, coordinada por Cristina Nosti, apareció Consuelo Castañeda, entre las doce artistas invitadas, con obras que no han perdido su inquietante capacidad de releer la realidad desde diferentes ángulos: sus naturalezas muertas “Poison”, “Ocio” y “Manhattan”.

Ya en septiembre de 2001, en Hit and Miss at MAM, expuesta en el Miami Art Exchange, su instalación Cybernetic Information Center se adentraba en las nuevas tecnologías abriendo una pantalla donde la navegación por la Internet se incorporaba a la acción plástica. El calendario alrededor de la habitación, con imágenes alusivas, o elusivas, a los meses del año, cerraba un círculo, esta vez de tiempo. Un tiempo poblado de colágeno y liftings, logos publicitarios que ya son símbolos, como el de Calvin Klein, asesinatos e imágenes irreconocibles, creando polos de misterio o de ininteligibilidad. Era, de nuevo, una relectura singular de la realidad, esta vez con una intención totalizadora.

En la exposición To be bilingual, montada en la Frederic Snitzer Gallery, de Coral Gables, la artista exploró la experiencia del inmigrante y la indefinición de su identidad cultural, a través de trabajos minimalistas, relecturas de la tradición y referencias a la historia del arte americano. De esta manera, daba muestras de sus inquietudes ante actitudes xenófobas, así como de una resistencia a la asimilación cultural, otorgándole protagonismo a la palabra como vehículo de (in)comunicación. Especialmente, a la palabra fuck, que aparecía bajo la forma de  entradas de diccionarios, definiciones y variaciones sobre su significado. En suma, la imagen plástica de la palabra suplantando el significado de la palabra misma.  Dentro de esa serie de trabajos con la tipografía, Consuelo Castañeda ejecutó idénticas operaciones sobre palabras como dream, died, get… Palabras que no sólo asumían conceptos en su función habitual, cuyo protagonismo emanaba no sólo de su significado, sino también de su significado visual. La artista jugaba incluso con palabras capaces de contraer, por contexto, una semántica dual: la función visual las dotaba de ambigüedad cuando se referían a desplazamientos personales o sociales hacia la periferia: left, right, front, behind, border.

Después de participar en las muestras Arte Cubana y Ante América: Cambio de foco, esta última en la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, Consuelo Castañeda dio a conocer su serie City en la exposición colectiva Nowhere, montada en Alonso Art (noviembre, 2005 a enero, 2006). La muestra, donde expusieron también Alexandre Arrechea, Juan Pablo Ballester y José Iraola, estuvo encabezada por una sugerente cita de Jean Baudrillard que  hablaba de la “metástasis generalizada”, la “clonación del mundo”, de “nuestro universo mental”, y de cómo devenimos “espectadores pasivos, extras interactivos” en este inmenso reality show que es la contemporaneidad. Conceptos todos que definían de una manera muy precisa las piezas de la serie City, con imágenes procesadas de Las Vegas, Nueva York y Miami, y donde el acrílico no sólo constituía un soporte, sino también un ingrediente conceptual de esa nueva visión de la ciudad.

Acerca de las fotos de esta serie, dejó dicho la propia autora: “Cuando las tiré, pensaba en [James] Rosenquist y en el pop americano. Esos anuncios fueron diseñados en función de la industria del espectáculo y han terminado siendo palimpsestos de información. Es lo que dice Baudrillard cuando habla del espectador pasivo”. Y José Antonio Évora (El Nuevo Herald, 11 de diciembre, 2005), añadió que “para Castañeda las estrategias de representación de la fotografía vienen de la pintura, de modo que cuando se asoma al visor de su cámara empieza a operar mentalmente las mismas nociones de composición bidimensional que cuando pinta. Las diferencias son obvias: al entregarse a la labor artesanal de pintar, el artista se recrea en las texturas, por ejemplo, algo que falta en la práctica del fotógrafo, aunque no necesariamente en el resultado, como demuestran las imágenes de su serie City”.

Consuelo Castañeda, quien reside entre Miami y Nueva York, persiste en ofrecernos desde el hiperrealismo, el kitsch, la tipografía, el cómic, y los símbolos del consumo o la religión, una visión otra de la realidad aparente, lectura que dota siempre a las imágenes de un sustrato conceptual. Actualmente, la autora desarrolla una serie de fotografías digitales, de las cuales Amy Rosenblum, curator del Miami Art Museum (MAM), junto a Lorie Merles, ha dicho que “constituyen formas sublimes para contabilizar el pasado del tiempo”.

Tal como afirmara Carolina Ponce de León, “la obra de Consuelo Castañeda ha girado en torno a la manipulación y apropiación de lenguajes e imágenes de la historia del arte. Con una incisiva óptica conceptual, resemantiza elementos iconográficos extraídos de esa fuente para problematizar la percepción y la función del arte en las relaciones entre la periferia y la hegemonía occidental”.

“Consuelo Castañeda: la relectura de la imagen”; en: Encuentro de la Cultura Cubana; n.° 41/42, verano/otoño, 2006, pp. 247-248.