Todos a la Plaza

22 09 2009

“Todos a la Plaza” era la consigna que durante decenios nos compulsaba a acudir como pacientes espectadores a cada representación del Orador en Jefe. Del resto se encargaban los CDR, los sindicatos, las escuelas y la clara noción de que toda ausencia sería castigada.

El pasado domingo no hubo movilización (salvo la de los cuerpos policiales). Los CDR no fueron tocando puerta por puerta a los más tibios, las escuelas no envasaron a sus alumnos en autobuses ni los sindicatos arrearon a sus afiliados intentando que el rebaño no se diezmara de camino a la Plaza. Aun así, 1.150.000 personas acudieron al concierto “Paz sin fronteras” organizado por Juanes, Miguel Bosé y un nutrido grupo de artistas.

La emisión del concierto por Cubavisión fue desastrosa. A la pésima calidad de la señal y del sonido, se sumó la inoportuna intervención de dos presentadores que, desde el estudio, llenaban el paréntesis entre un artista y otro leyendo curriculums y parloteando perogrulladas y lugares comunes; tanto, que el cantante de turno empezaba su concierto y ni ellos ni la unidad móvil de la Plaza se enteraban. “Por eso yo jamás permití un paréntesis en mis conciertos”, pensó seguramente el Comandante desde su lecho de convaleciente.

No soy productor ni guionista de espectáculos, pero la estructura de este concierto me resultó, cuando menos, rara. Artistas de los que se esperaba una participación más intensa, despacharon la noche con un par de canciones. Otros, que debieron limitarse a unas participación simbólica, se extendían hasta cinco. A eso se suma la enorme diferencia de calidad entre unos y otros de los artistas reunidos y el reto de conciliar en un solo espectáculo a Olga Tañón con Aute, a Dany Rivera con Jovanotti y a Yerbabuena de Cucú Diamante con Silvio Rodríguez, más hierático en esta ocasión que nunca antes. Aun así, el concierto contó con el mejor público del mundo. Entregado con Jovanotti, Orishas, Juanes y los Van Van; descansaban con Dany Rivera y Aute, cuya mejor nota la puso el guitarrista; o se reían de Cucú Diamante (añorando a Xiomara Laugart) y de la hiperquinética compañera de Carlos Varela, chupando cámara como una adolescente en su fiesta de quince. Un público abrumadoramente joven (incluso los de uniforme; la cámara permitía apreciar la enorme densidad de policías por metro cuadrado, sin contar los de paisano) que venía dispuesto a divertirse y a que nada ni nadie le estropeara la fiesta.

El escenario, como durante la visita de Juan Pablo II, estaba dispuesto en la Biblioteca Nacional. Una cosa es ceder la Plaza para un acto laico y otra muy distinta, que se profanaran los santos lugares colocando a salseros y raperos en el monte de los olivos, al pie de la raspadura.

Durante la primera mitad del concierto, la cámara paneaba al público en redondo y aparecía una y otra vez la enorme imagen del Che en la fachada del Ministerio del Interior. Durante la segunda mitad, quizás por indicación de los organizadores recordando el compromiso de no politizar el concierto, la cámara descendía justo antes de llegar a ese edificio y eludía la imagen del guerrillero. No volvería a aparecer hasta el final, junto a un primer plano de la raspadura y de la estatua de Martí con cara de aburrido.

Desde su anuncio, el concierto ha generado miles de páginas de polémica. Para Daniel Álvarez, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, «intensificó aún más la polarización» en el exilio cubano. Efectivamente, frente a la performance de Vigilia Mambisa, aplastando CDs de los participantes con una aplanadora –ellos, de todos modos, no escuchan la música de Juanes–, jóvenes de Miami apoyaban el concierto en la esquina del restaurante Versailles. Miguel Saavedra, de Vigilia Mambisa, afirmó que ‘‘el 80 por ciento del pueblo cubano en Miami ha reaccionado contra el concierto”, sin especificar sus fuentes estadísticas. Los nietos de los vigilantes mambises tuvieron que reponer sus colecciones de Juanes con el consiguiente aumento de las ventas.

Barack Obama se declaró «seguro de que este tipo de intercambios culturales no daña las relaciones». Carlos Saladrigas, director del Cuba Study Group, anotó que el concierto «ha tenido la enorme oportunidad de volver a recordar al mundo todo lo que ocurre en Cuba, los problemas de los cubanos y la situación de los presos políticos». Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, llamó fascistas a quienes rompían discos de Juanes en Miami, como si La Habana no tuviera su propia industria de convertir arte incómodo en materia prima. Para el economista Antonio Jorge, de la Academia de la Historia Cubana, el concierto no promueve ningún tipo de cambio porque no es de interés del gobierno cubano, y un tal Calixto García, de 52 años, con todo el peso de su nombre, afirmó que «Es algo totalmente iluso pensar que en un país aplastado por una tiranía de 50 años, unos músicos vestidos de blanco puedan hacer un cambio con sus canciones». Y tiene toda la razón. Tampoco creo que a los músicos les pasara por la cabeza. Emilio Estefan, en cambio, declaró que el exilio cubano «ha madurado desde el momento que muchos piensan y han declarado que Juanes tiene derecho a cantar en Cuba como en cualquier otro país». Y Willy Chirino estuvo dispuesto a participar en el concierto. Fueron las autoridades cubanas las que no lo aceptaron, aduciendo que era cómplice de Bush, terrorista por ayudar a Hermanos al Rescate y agente de la CIA –si la plantilla de la CIA fuera tan extensa como La Habana denuncia, eso sólo bastaría para explicar la crisis–. Según ellos, Chirino “debía ganarse el derecho de cantar en Cuba». ¿Cómo ellos se ganaron el derecho a gobernarla?

Obviamente, ningún concierto de la historia ha cambiado un gobierno y es un lastimoso signo de impotencia que una zona del exilio demande a un concierto lo que ella misma ha sido incapaz de conseguir durante medio siglo. En cualquier caso, no es raro que en un primer momento el gobierno cubano no aceptara su celebración. Los ideólogos de la Isla detectaron de inmediato que podría ser un campo minado. Trocar el lugar sagrado de los discursos en salón de fiestas. Anuncia postrimerías una revolución que va del mausoleo a la discoteca. Reunir a cientos de miles de jóvenes cuyo ánimo festivo podría enardecerse y resultar incontrolable (y televisivo) incluso para los miles de agentes desplegados. Conseguir de muchos artistas internacionales un mensaje, cuando menos, light, evitando que la lengua les resbalara hacia la herejía. La decisión de aceptarlo se debió a la mediación de Silvio Rodríguez y, posiblemente, a la oposición de una zona del exilio. Si sorteaba felizmente los peligros, el gobierno daría, en contraste con el mínimo (pero muy publicitado) exilio radical, una imagen de “apertura” y tolerancia.

¿Salió el gobierno cubano airoso del embite? En lo esencial, sí. No se produjo ninguna revuelta ni los artistas llamaron “al combate corred bayameses”. Pero el concierto estuvo mechado de momentos sacrílegos, desde el comunicado inicial, cuando Olga Tañón anunció que es tiempo de cambio, «It`s time to change», mencionó con todas sus letras al «exilio», y añadió “¡Que no haya más fronteras en el mundo, que se comiencen a romper las barreras que nos separan!”. Juanes afirmó que “Vinimos a Cuba por amor y lo hicimos sin miedo para estar aquí con ustedes esta tarde, y esperamos que ustedes también lo puedan vencer”. Eso en un país donde las fronteras son rígidas y el inmovilismo y el miedo han sido pilares de la gobernabilidad. “No importa cómo pensemos, no importa qué religión tengamos… al final, muchachos, todos somos iguales”, aseguró Juanes, en contraposición a la enunciada excepcionalidad cubana. También cantó “Sueños”, para los «privados de su libertad donde quiera que estén» en referencia a los secuestrados en su país, pero que permitía una interpretación libre de ese “donde quiera que estén”. Carlos Varela dedicó su tema “La Verdad” «a todos los cubanos, estén donde estén». Y el clímax se produjo cuando Juanes y Bosé cantaron a dúo «Dame una isla en el medio del mar, llámala libertad. Dime que el viento no la hundirá…», e invitaron a subir a un joven que tremoló durante algunos segundos una bandera cubana para ser retirado de inmediato por la seguridad. Al final del concierto, tras pedir  «¡Una sola familia cubana!», una sola, una sola, coreaban, Juanes y Bosé repitieron “Viva Cuba libre” y se vio de soslayo como alguien llamaba a Amaury a un aparte al fondo del escenario. Un minuto más tarde, Amury se aproximaba a Bosé, Juanes y Olga Tañón y susurraba algo. “Aflojen, muchachos”, podríamos suponer. Sólo Juan Formell pareció dirigirse explícitamente al “más allá” cuando dijo: «Duélale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya está bueno ya de abusos». Aunque quién sabe, porque los primeros en oponerse al concierto fueron las autoridades cubanas. Incluso Silvio Rodríguez, al cantar “Ojalá”, esa canción cuyo destinatario siempre ha despertado suspicacias, se prestó a una lectura ambigua.

Aunque Elizardo Sánchez Santacruz declaró que «la realidad indica que el gobierno va a apuntarlo como un reconocimiento público al régimen, y poco más que eso», lo cierto es que, leyendo en Granma “Paisaje de paz después de la batalla”, de Pedro de la Hoz, lo más parecido a un comunicado oficial, descubrimos que el columnista subraya el llamado de Bosé a la paz, la concordia, el diálogo, la hermandad, el amor, y la música como mensaje de convivencia y cordialidad. Asegura que Cuba cumplió con el compromiso de “consagrar a la paz el concierto, no manipular políticamente una expresión cultural, difundir abiertamente al mundo la imagen del concierto, y promover un voto por el entendimiento humano”. Para concluir que fue “una jornada de paz, en la que triunfó la razón poética”. Tanto énfasis en el peace & love tras decenios promoviendo la violencia en todas partes del mundo recuerda la fábula del león que se convirtió en vegetariano. Es evidente, además, que esta postrevolución ya no es capaz de generar un mensaje ideológico. Si antes se exigía al ciudadano militancia, ahora se conforman con  la abstención. “Deja la política, brother, que aquí venimos a vacilar”. Lo que el columnista considera voluntad de “no manipular políticamente” es sólo impotencia. Y los llamados al entendimiento humano es signo inequívoco de la debilidad de un régimen incapaz de hacer extensiva a toda la población la intransigencia ideológica de los “buenos tiempos”. Sigue reprimiendo con dureza cualquier disidencia abierta si aspira a mantener encastillada en el poder a la cúpula histórica, pero se sabe incapaz de suscitar adhesión a un pueblo encasquillado desde hace medio siglo en sus aspiraciones de una vida mejor.

 





Vivir sin la patria es…

10 09 2009

 

El día de nuestra llegada a Cuba, me preguntaba si Daniel iría a recuperar la patria perdida (en caso de que aún sea su patria y de que la hubiese perdido). Claro que si la patria es el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, de momento seguirá siendo súbdito del rey Juan Carlos, aunque nos haya costado un disgusto conseguirle la nacionalidad española. Tenía 14 años y, como menor de edad, tuvimos que acompañarlo. Un solemne juez sevillano lo miró como el rey Arturo a punto de nombrarlo caballero de la mesa redonda: “Dígale que debe jurar (o prometer) fidelidad a la Constitución y al Rey”. Nury le tradujo y Daniel respondió que “a la Constitución sí, pero no al rey, porque yo soy republicano”.  Ante la insistencia del juez, y pensando que se trataba de una broma sin mayor importancia, ella le tradujo textualmente. De inmediato, el juez respondió, con una ira contenida como de Borbón venido a menos, que en tal caso no podía concederle la nacionalidad. “Una pregunta, señor juez”, le dije, “¿qué edad tiene el chico?”. “Catorce años”, respondió dubitativo. “¿Es menor de edad o no? ¿Lo representamos nosotros o no?”. Admitió a regañadientes. “Entonces, él es el más juancarlista de España hasta su mayoría de edad, porque lo digo yo, que lo represento”. A la salida de los juzgados, el más reciente españolito del reino, con una sonrisa de complicidad, nos dijo: “Pero acabamos de ganarle una batalla a los monárquicos”.

A lo que iba antes del desvío: si, de acuerdo a Rousseau, sin libertad no hay patria, sólo país, la natio de Cicerón (folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes) y patria es la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas, seguiríamos en las mismas. Y concluí entonces que debería conformarse con la matria, un lugar interior en el que crear una “habitación propia”, según Julia Kristeva. (Aunque la matria vasca era aquella que Unamuno contraponía a la patria española, y ya eso me va gustando menos)

Pero he seguido dándole vueltas al asunto, quizás demasiadas, y por muchas razones. Durante bastante (todo mi) tiempo me insistieron en que había que defender la patria, aunque el enemigo nunca se presentó. Ahora soy un apátrida según el diccionario castrista. (Si me porto bien quizás me asciendan a miembro de la “comunidad cubana en el exterior”). Pero, ¿hay equivalencia entre el patriotismo y la geografía? ¿El viejito de Miami que sueña cada noche, desde hace 45 años, con su patio de gallinas y mangos en Jatibonico es un apátrida? ¿El habitante de la Isla es un patriota por puro fatalismo geográfico? Y más. Me percato de que próceres, caudillos y dictadores, todos son patriotas. Hay nacionalistas y socialistas y nacionalsocialistas. ¿En qué quedó aquello de la “identidad nacional”? Y, por cierto, ¿los marxistas no eran internacionalistas? Es curioso que tras la invasión alemana a la URSS, en la proclama de Stalin no se llame a los rusos a defender el socialismo, sino a la Madre Rusia.  ¿De qué patria hablamos en el caso de Cuba? ¿De qué nacionalismo? ¿Romántico, de izquierdas? ¿O religioso, con sus textos sagrados, su catequesis y su promesa de un cielo llamado comunismo para quienes no pequen contra el señor? ¿O el nacionalismo banal promulgado por Michael Billig? (Utilitario, pragmático, multidireccional).

Y está, además, el presunto sustrato histórico de ese patriotismo y ese nacionalismo cuyas raíces y fronda han sido meticulosamente podadas como un bonsái. Aunque la bandera nacional es la de Teurbe Tolón y del anexionista Narciso López, aunque lo haya sido Ignacio Agramonte, todo anexionista es antipatriota por definición. “Anexionista” es el mayor agravio en la jerga oficial cubana. Disidentes, defensores de los Derechos Humanos, periodistas y bibliotecarios independientes son anticastristas, pero como se cumple la ecuación patria = socialismo = Fidel Castro, son antipatrióticos por carácter transitivo, y anexionistas por algún otro carácter que no se especifica. Se sobreentiende. Ha sido anunciada, en cambio, la anexión a Venezuela, que sería gramaticalmente peligrosa (podríamos empezar a hablar como Hugo Chávez).

Tampoco los autonomistas del XIX entran en el canon, aunque les tributaran sus respetos el generalísimo Máximo Gómez y José Martí. Hasta donde recuerdo, ambos tuvieron una participación más activa en la independencia de la Isla que los ideólogos del Partido Comunista. No así en la reescritura de la historia.

Si el nacionalpatriotismo oficial se concilia con el medio millón de cubanos que han practicado el internacionalismo por cuenta del gobierno. ¿Por qué no se concilia con los dos millones que lo han practicado por cuenta propia?

 

No sé si la patria nos “contempla orgullosa”, pero yo la contemplo dubitativo.

 

Espero aclararme en dos o tres días. De momento quisiera introducir el tema con un cuento, como una reminiscencia de mi infancia, cuando me despertaban cada mañana con el programa de Tía Tata Cuenta Cuentos, “arriba, arriba, compañeritos, llegó la hora del cuentecito”, y yo salía pitando tan pronto empezaba a cantar Carlos Puebla, porque ya sabía que llegó el Comandante y mandó a parar. El cuento aparece en la edición española de Habanecer. No en la cubana, de 1992, por la sencilla razón de que lo escribí en 1998. Como todos los cuentos de ese libro, ocurre el 28 de agosto de 1987. Y éste, específicamente, entre las 5:08 y las 6:52 am.

 

 

VIVIR SIN LA PATRIA, ES VIVIR

 

Virgilio entorna cinco centímetros la puerta del garaje y atisba a derecha e izquierda, pero la vuelve a cerrar con cuidado. Los últimos patrulleros se alejan hacia la Avenida 41. Qué nochecita. Virgilio espera dos minutos y lo intenta de nuevo con sigilo. La calle está desierta. Ahora o nunca. Y abre de par en par. Se sienta al timón y, al tiempo que gira la llave del encendido, se dirige al enorme fardo, envuelto en una lona gris, que ocupa toda la parte posterior del camión: Perdóname, Virgencita. Se detiene un instante en la calle para recordarle a su amigo Arnaldo: Media hora, acuérdate. Arnaldo asiente mientras cierra la puerta, pero no hay quien le quite de la cabeza que de ésta pierde el camión. Y suerte si no me meten preso. Pero, bueno, para eso están los amigos. Sube a despertar a su hermano porque dentro de media hora deberán salir hacia Brisas del Mar para recoger el camión, que Virgilio abandonará a cien metros del mar con la llave bajo el asiento. Eso es si no lo cogen, si no hay moros en la costa (moros vestidos de verde olivo), si… Mejor no me caliento la cabeza. Virgilio está arrebatado de la azotea. Yo me juego el camión, pero él se juega el pellejo. Ni loco me monto yo en el trasto ese. Pasa con cuidado junto a su prima Lucía, que anoche abandonó al marido y no encontró nada mejor que aparecerse a medianoche con una grabadora y dos maletines a llorar sus penas. Qué nochecita. Y sacude a su hermano, que algo bueno debe estar soñando, porque sonríe.

Virgilio maneja con cuidado por la Avenida 31. Aunque a esta hora no hay ni con quien chocar, se detiene en cada semáforo y respeta escrupulosamente todas las reglas del tránsito y tres o cuatro más. No vaya a pararme un policía por cualquier bobería y ahí mismo termine mi viaje. ¿Verdad, Virgencita? Y el enorme bulto parece que asintiera, sacudido por un bache en el asfalto. Qué jodido me tienen los baches. Uno nunca se acostumbra. Y eso que la vida en Cuba es puro bache. La dictadura del proletariado, ¿eh, Virgencita? Qué chiste. Nace proletario para que tú veas. Hasta las moscas te cagan. Patria o Muerte, Venceremos. Pero no sé cuándo venceremos, porque llevamos treinta años muriéndonos por la patria y los únicos que vencen son ellos. Nosotros: esperando la guagua de la abundancia. Mientras, vete comiendo tu chícharo y tu huevito, que no sé cómo no nos hemos vuelto amarillos como los chinos, Virgencita, con la de huevo y chícharo que nos hemos soplado en este país. Pero no te preocupes, que si nos sube el colesterol, nos curan gratis. Y como el trabajo educa a las masas, dale a cortar caña y al trabajo oblivuntario los domingos y horas extras para ganar la batalla de la producción y derrotar al Imperialismo. Ellos ya están educados, por eso no tienen que sudar la camisa. Y la batalla al Imperialismo ya se la ganaron: como que se mudaron para las casas que eran de los burgueses, y así cualquiera espera por la derrota final del Imperialismo. ¿Para qué tiraron sus tiros y sus discursitos? ¿Verdad, Virgencita? Por eso tanta candanga con la defensa del país y la guardia y las milicias, que si el Imperialismo viene y derrota nuestra gloriosa Revolución, ¿a dónde van a parar ellos, eh Virgencita? Porque saber saber lo único que saben es repetir, y eso vete a una cueva para que veas: hasta el eco hace lo mismo. Tú gritas: Comandante en Jefe, Ordene. Y la cueva repite: Comandante ComandanteComandante Ordene OrdeneOrdene. Igualito. Y allá va el proletario a defender la patria para que no se joda la dictadura. Qué chiste. Y morir por la patria es vivir, como dice el himno. Pero no te preocupes, que el entierro es gratis. (Virgilio se persigna, porque hablar de muerte en este trance le parece de mal agüero). Claro, los proletarios tienen que morir por la patria para que ellos vivan de la patria. Por eso yo, Virgencita, voy echando, que vivir, aunque sea sin la patria, es vivir.

Ya ha rebasado el túnel de la bahía y enfila lo más rápido posible por la Monumental, pasando a ochenta kilómetros por hora junto a una valla que anuncia: «Cuba: Territorio libre de América». Somos los más libres del mundo. ¿Eh, Virgencita? Hasta de libertad nos libramos. Figúrate tú, el único país donde hace falta visa para salir. Que si no, ya esto sería la dictadura sin proletariado. Y ni protestes, que ahí mismo eres un agente del Imperialismo y el barretín que te cae no te lo limpias ni con agua bendita. Que la educación es gratis y masiva para que aprendas a decir que sí sin faltas de ortografía. Déjate de andar pensando por tu cuenta, que para eso están ellos. Ya lo dijeron el calvito Lenin y los dos barbudos, y si hay algo que añadir, para eso está el otro barbudo. Bocabajo todo el mundo. Ser prole y de Palo Cagao. Naciste Cagao y te tratan a Palos. ¿Qué te parece? Como no tienes papá que viaje ni sea jefe ni nada de eso, te toca ver los muñequitos en blanco y negro, conformarte con los tres jugueticos de mierda que alcances por la libreta al año, quedarte sin leche a los siete (para eso ya eres grande), disfrazarte con ropitas de la tienda, que hasta los lindos lucen feos, dime tú los como yo, y que te levante la novia un hijito de papá vestido de etiquetas imperialistas, que su papi viaja al monstruo y compra todo lo que puede; a ver si vacía las tiendas y arruina al Imperialismo. Para que aprendan lo que es la escasez, coño. Porque, óyeme, Virgencita, lo que uno tiene que inventar para vivir en este país: rellenar fosforeras irrellenables, cocinar con mierda de vaca, comer hamburguesas de lombrices, fabricarte tu antena para ver el satélite, mantener rodando un Chevrolet del 48 como éste, tortilla de mango, picadillo de gofio, bisté de cáscara de toronja. Si no se desarrolla la mollera es un milagro. Y cuando te casas, Virgencita, como eres prole y no tienes conectos (los únicos conectos míos son con el pico, los ladrillos y la hormigonera) lo que te toca son tres días en un hotelito de ya tú sabes. Y esa es la Luna de Miel-Da. Y ni te quejes, que los indios de Bolivia viven peor. Y a mí qué cojones me importan los indios de Bolivia. Cuando en mi casa ni huevos hay, no vienen a traerme comida los indios, y menos los cowboys. Y cuando el prole tiene prole, como es prole, lo que le toca es apretarse en el último cuarto, o inventar una barbacoa. Beatricita, Yazmín, Danilo el mayor, Beatriz y yo en nueve metros cuadrados, ¿qué te parece, Virgencita?, con televisor, cocina y mi suegra dando vueltas. Multiplica por dos con la barbacoa, que si no me facho las maderas de la obra no la hago nunca, y calcula. Y divide entre dos la altura, que ahora hay que andar medio agachado todo el tiempo, como si viviéramos en una cueva de los cromañones. Hasta los indios taínos se hacía su bajareque del tamaño que les daba la gana. Pero estamos en la dictadura del proletariado, Virgencita, y los prole tenemos que sacrificarnos. Primero, para que nuestros hijos llegaran a la abundancia, pero como ya los hijos llegaron, y la abundancia no, ahora es para que nuestros nietos, pero al paso tan chévere que llevamos, ni los tataranietos. Porque el futuro pertenece por entero al socialismo. Eso lo han dicho bien clarito: el futuro. Y como el presente pertenece por entero al capitalismo; yo voy echando, Virgencita, que el futuro está a noventa millas. No en la microbrigada, que ese fue el último futuro que yo tuve. Cuatro años. Cuatro años me pasé en la micro trabajando como un loco. Aunque sea en Alamar, un apartamento es un apartamento. Y hacer por fin chucuchucu con Beatriz sin andar en el sigilo de si los niños se despiertan y cuidado, papito, no hagas bulla. Aunque sea en Alamar ese, en un edificio como caja de zapatos,todas iguales, llenas de comemierdas que se pasaron cuatro, cinco, siete años paleando concreto para tener un huequito en una de las cajas. Pero ni así. Cuatro años. Y cuando había escogido hasta el apartamento, y estábamos distribuyendo a los muchachos, y el último cuarto es el de nosotros, y… Ahí vino la asamblea, y empezaron a decir que las necesidades del país, y que la Revolución, y el caso del caso es que ellos se quedaron con la mitad de los apartamentos, para dárselos después a la querida de un general, que si fuera por el culo debían darle el edificio completo, o al dirigentico que trajeron de Remanganaguas, que para algo se lo ganó con el sudor de su lengua, o a algún chileno de esos que después se pasan el día hablando mierda de Cuba. Y como el bobo de Virgilio ni tiene culo, ni echa discursos y nació en Cochabamba de Palo Cagao, ahí le dijeron que lo sentimos mucho, pero sabemos que tú comprenderás las necesidades de la Revolución y que estaban de acuerdo en que me fuera otros cuatro años para la micro porque precisamente ahora empieza un nuevo edificio y… Oye, Virgencita, cogí un sube: que se metieran la micro por el culo, y el apartamento también. Y que me importaban un huevo las necesidades de la Revolución, porque a la tal Revolución en la puñetera vida le han importado las necesidades mías. Candela, Virgencita. Por poco hasta me botan del trabajo. Pero la uniquísima ventaja de los prole es que más pabajo no nos pueden botar. Y ahí me quedé, en el Palo Cagao de siempre, pero peor. ¿Tú me entiendes? Porque tuve, como quien dice, la llave de la casita en la mano. Y me la quitaron. Ahí fue cuando me entró la idea. Que yo nunca. No por la política ni por la patria ni nada de eso. Allá ellos que viven de la patria y de la política. No quería dejar solos a los viejos. Ni a Beatriz y a los niños, aunque sea por un tiempito, que después yo los mando a buscar. Y los amigos de toda la vida. ¿Me entiendes? Además, ¿por qué voy a tenerme que ir de mi país, a pasar frío y hablar idioma raro y a que me miren como el que se coló en la fiesta sin invitación, y todo para vivir como la gente? Pero no hay arreglo, Virgencita, porque en este país hay que irse y volver de extranjero, que entonces sí te tratan de a señor. Por eso me entró la comezón y ahí mismo dije: si no me dan casa en Alamar, me voy a la mar, a ver si me la dan en Miami. Mira, Virgencita, yo sé que ser prole es la misma mierda en cualquier parte, pero allá por lo menos los burgueses no se disfrazan, y si te la ganas, te la ganas. No vienen después a quitártela en nombre de la contrarrevolución mundial. Peor de lo que estoy, no voy a estar. Y como yo lo único que quiero es una casita chiquitica para mis chamas y mi mujer, mi arrocito con pollo y mi lechón asado de vez en cuando, y ver la pelota en colores tomándome una cerveza fría. Que no es mucho, ¿no, Virgencita? Y sin engome raro: curralando. Mira: si he trabajado veinte años por la tal Revolución que no es ni familia mía, ¿cómo coño no me voy a matar por mi mujer y por mis chamas? ¿Tú no crees? Pero yo no estoy loco para tirarme en una goma de camión, que de esos llega uno de cien. Si no son los tiburones, es la sed o las olas o los guardafronteras. Y con lo salao que yo he sido toda mi vida, seguro que soy el 99 de los que no lleguen. Por eso tuve que hacer mi enmarañe, pero no me lo veas como irrespetancia contigo. Yo te juro por mi madre, Virgencita, que si llego vivo, con lo primero que gane te hago una ofrenda así de grande. Uno puede ser pobre y bien agradecido. Pero no me quedó más remedio. Bueno, no se me ocurrió otra cosa. Y como la Iglesia del Carmen estaba en obras. Y como mi primo Gerardo les lleva los papeles. Y como de casualidad conocí al carpintero ese: un león haciendo imágenes. Ahí mismo se me juntaron las tres cosas y clic, se me encendió el bombillo. Mira, Virgencita, si es un sacrilegio, yo te pido perdón, pero esto no tiene arreglo y a mí lo de la otra vida con aire acondicionado y cerveza fría no me convence mucho, con tu perdón. Ni el cielo ni el comunismo, que es el cielo de esta otra religión. Y te lo explico claro clarito para que me eches una mano en el mar. Y yo te cumplo, Virgencita. Por mi madre que te cumplo.

Mientras, se detiene en Brisas del Mar, sin un alma a estas horas. Camina hasta el borde del agua como quien trata de orientarse, cuando la única orientación posible está bien a la vista. Como le dijo su amigo Israel, ésta es la mejor hora, porque los guardafronteras van de cabeza pa la cama, y los playeros ni se han levantado. No porque te vayan a chivatear, pero capaz que se te monten veinte y hundan el bote. Entra de marcha atrás hasta el borde del agua, zafa las cuerdas y la lona cae, poniendo al descubierto una enorme esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, y a sus pies el bote, tripulado por los tres remeros que la miran en trance. Por la rampa de madera, mediante cuerdas y poleas, baja Virgilio a la Virgen con toda la compaña. Cuando ya están en la arena, saca con mucho respeto a los tres navegantes, acomoda a la Virgen en la arena, y revisa de un vistazo el agua, la comida, el palo que deberá ajustar, la vela y los remos de repuesto que hay en el fondo del bote. Sube la rampa y se aleja con el camión, que quedará parqueado entre dos casas vacías. Regresa corriendo y tras besar el manto (Perdóname, Virgencita, y ayúdame, que me va a hacer falta), encomienda su destino a Yemayá y se echa al mar de un empujón, tocando por última vez (o así lo supone) la arena de la Isla con la punta del remo.

El diminuto bote ya es una manchita ávida de asomarse a la línea azul del horizonte, cuando una ventolera súbita mece el manto de la Virgen, y Juan Moreno, uno de los remeros, cae de espaldas sobre la arena. Su mano se levanta y oscila un par de veces como diciendo adiós a Virgilio, antes que otra ráfaga lo tumbe de lado.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que será detectado por el radar, que una patrullera saldrá en su busca, lo detendrán ya en aguas internacionales y los cuatro años siguientes no los pasará en la micro de Alamar, sino muy cerca: en el Combinado del Este, la cárcel más moderna del país, donde el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas acaba de pintar a la entrada un enorme cartel: «Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo». Firmado: Fidel Castro.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que los radares fueron apagados hoy, en el horario de menos tráfico de balseros, en cumplimiento del plan de ahorro, que no será detectado por una lancha patrullera que merodea en las inmediaciones, pero sí por la Corriente del Golfo, que lo desviará nueve grados, de modo que a los dos días ya estará fuera de las rutas comerciales. Ignora que diez días más tarde, el sol y la sed, el azul y la desesperación, lo harán beber sus propios orines y agua salada, y que a los doce días verá a Beatriz y a los niños justo en el jardín que se extenderá ante la proa. Y que irá a su encuentro. Quién sabe si los halle, porque al bote nunca regresará.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que la Virgen no le guarda ningún rencor, y que Yemayá está hoy de buenas, que ni los guardafronteras ni el mar, ni los tiburones ni el sol, ni la sed ni el azul omnipresente, espléndidamente siniestro, podrán impedir que un buque del Coast Guard lo recoja, nueve días más tarde, con los remos partidos en las manos, una llaga en lugar de espalda y la enorme sonrisa manchada de sangre por las grietas de sus labios partidos. Ignora que Miami tiene aún más edificios y más altos y más bonitos que los que ha visto en las fotos. Pero también ignora que será él, Virgilio Fernández, el encargado de limpiar sus cristales. Y que por ahorrar pasará hambre, y beberá cerveza sólo los sábados, que los rubios lo tratarán casi peor que en las cafeterías de La Habana, y vivirá en un cuartico de LittleHaiti, el Palo Cagao de Miami. Ignora que pasarán siete largos años antes que pueda abrazar a Beatriz, a Beatricita, a Yazmín y a Danilo el mayor. Y que ese día le donará a la Virgen de la Caridad del Cobre una imagen idéntica a aquella que hallaron los bañistas, varada en Brisas del Mar, diciéndole adiós con un súbito aleteo de su manto.

 

“Vivir sin la patria es…” Publicado en: Habanerías, Actualizado 10/09/2009





Diario habanero. Viernes 24 de julio, 2009

24 07 2009

Los invito al último daiquirí.

Pero les recomiendo otro bar. El Floridita cobra un impuesto por el pedigrí, otro por el aire acondicionado y un tercero por plantar el culo en una banqueta que pudo ocupar Ernest Hemingway. En La Habana hay daiquirís equivalentes tax free. Pero una visita vale la pena. ¿Por qué? Las razones son un poco largas de explicar, pero si has llegado hasta aquí, no te falta paciencia.

Como casi todas las revoluciones, la cubana quiso hacer borrón y cuenta nueva. Rebautizó infinidad de locales (el cine Yara, antiguo Radiocentro; el restaurante Miami se convirtió en el Caracas), especialmente los que tenían nombres en inglés (Variedades Galiano y Obispo por Ten Cent; Club Río por Johnny’s Dream Club). Los Reyes Magos fueron obligados a abdicar. Socialistamente, cada padre de cada niño recibió el derecho a comprar un juguete básico y dos adicionales al año. (Los tres juguetes magos también abdicarían). Desaparecieron las marcas emblemáticas del pasado. Ni zapatos Ingelmo ni chorizos El Miño, ni cigarros Competidora Gaditana, ni pan de molde Los Pinos Nuevos, ni jabón Candado, ni pasta Gravi. Un panteón de nuevos mártires suplantó el santoral y dio su nombre a empresas, escuelas y parques. Las posadas se salvaron de ese furor nominativo. Habría sido materia de infinitos chistes que en lugar de ir resolver un rapidito en el Reloj Club fueras al Albergue INIT Mártires del Moncada, o que la posada de 11 y 24 pasada a ser la Unidad Sexual Ernesto Che Guevara. Los genios del marketing convirtieron La Sin Rival (bodega de víveres y licores finos) en la unidad 00-490, nombre pegadizo y sugerente. La nochebuena quedó abolida porque en la nueva era todas las noches serían buenas. La semana santa fue extirpada del calendario pues nuestro Mesías aún no ha sido crucificado. El 31 de diciembre ya no se celebra el nuevo año, sino el triunfo de la Revolución, y el 26 de julio, festejamos un fracaso. Hasta los carnavales han sido derogados intermitentemente. Cuando no, se impusieron comparsas y carrozas ministeriales o sindicales. El relajo, por decreto.

El nuevo régimen intentó borrar la República de la memoria, saltarse 60 años de historia y enlazar directamente con los mambises del 98, corregido y revisado su error de apoyar la entrada norteamericana en la guerra. Borrar la memoria es el primer paso antes de reescribirla. En la Avenida de los Presidentes, sólo quedaron los zapatos de Don Tomás Estrada Palma. Años más tarde, se haría en la Avenida 13 un parque a los líderes africanos, tan vinculados a la historia nacional como Lady Di, que tiene su jardín en La Habana Vieja. Fechas patrias, celebraciones populares como el 28 de septiembre, aniversario de los CDR; camisas Yumurí y zapatos de Primor, aguardiente Coronilla (hasta allí llegaban sus efectos), cigarros Populares, cuchillas Venceremos (más tarde sustituidas por las checas Astra, que la gente llamaba Astra Cuándo), jabones Nácar y Batey, pasta Perla y fósforos Chispa, reminiscencia del Iskra leninista. Desaparecieron los señores y las señoras, todos pasamos a ser compañeros y compañeras. Aunque nos detestáramos. Para escarnio de Marat y Robespierre, un “ciudadano” es un delincuente o un disidente en el dialecto policial. Pero las mitologías duraderas tardan siglos en fraguarse en la memoria colectiva y, normalmente, como el agua que se evapora, ascienden desde el pueblo llano. No suelen caer de las alturas, lluvia de directivas urdidas en laboratorio. Por una rara persistencia de la memoria, mucha gente sigue diciéndole Fab al detergente, Sears al antiguo Mercado Centro, Ten Cent a ese mismo y La Covadonga al Hospital Salvador Allende.

Pero Cuba va de retorno. Han vuelto los señores y las señoras, “compañeros” es un arcaísmo, La Habana se puebla de establecimientos reconstruidos según la memoria de Eusebio Leal; otros, nunca existieron, pero reciben denominaciones de origen halladas en algún documento colonial. La fiebre recolonizadora llega al extremo de convertir el edificio de Mercaderes y O’Reilly, antiguo Ministerio de Educación, un cubo de hormigón y cristal con la gracia de un cubo de hormigón y cristal, en una caricatura de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo creada en 1721 en el desaparecido Convento de San Juan de Letrán, demolido durante los años 20. Será al nuevo Colegio Universitario de San Gerónimo de La Habana. Han transformado los interiores y, lo que es peor, le han añadido por la calle Mercaderes una torre con campanario y la “réplica del pórtico barroco”. Según Eusebio Leal, “se ha logrado un diálogo entre pasado y presente”, pero quien preste oído se percatará de que dialogan en idiomas diferentes.

Y ahora regreso al principio. ¿Por qué vale la pena visitar El Floridita? Entre tanta seudotradición “rescatada” y reinventada, entre tanta superchería arquitectónica que ha convertido el casco viejo en un parque temático de la nostalgia, El Floridita ha conservado su empaque durante 192 años, desde 1817, y desde los años 50, sin inmutarse, su estilo Regency. Visitarlo es como asistir a la empecinada prevalencia de la memoria, a un acto de resistencia que ha ido sorteando períodos especiales y regulares, fiebres moralizantes para educar al pueblo llano (ya los próceres venían educados de fábrica) y otros accidentes del tráfico histórico. Aunque la atención al público ha tenido sus altas y sus bajas. A inicios de los 80 fui a comer allí y al preguntarle al camarero qué plato habían servido al cliente de la mesa contigua, porque a primera vista resultaba apetitoso, se volvió hacia esa mesa y con un “permiso” casi inaudible, aprovechando que el cliente enarbolaba el tenedor, le quitó el plato y lo puso bajo mis narices, para explicarme gráficamente que se trataba de una langosta Thermidor. Sin inmutarse, una vez concluida la lección magistral, devolvió el plato al turista extranjero, que se había quedado de piedra, incrédulo.

Por cierto, nunca me había demorado tanto en invitar a un daiquirí.

La mañana casi se nos va en preparar las maletas. Aunque hemos dejado casi todo lo que traíamos, los libros solos rozan el exceso de equipaje. Cuando concluimos, nos acercamos a casa de mi amigo, el último comunista de a pie, para despedirnos. Me regala una edición de 1996 del Comercio clandestino de esclavos, de José Luciano Franco; el Diccionario enciclopédico de historia militar de Cuba en tres tomos; y La familia de Máximo Gómez, de Antonio Álvarez Pitaluga. Y a Nury, un hermoso caracol marino tamaño XXL que él mismo pescó. Esta noche, una amiga editora nos obsequiará una bella bandeja artesanal y Los nuevos centros de la esfera, de William Ospina. Resulta conmovedor que, aun contando con pocos recursos, los amigos insistan en retribuir nuestras pequeñas atenciones. Desgraciadamente, salvo en el caso de los más allegados, no es la norma.

Durante medio siglo ha actuado sobre nosotros una pinza perversa. Por un lado, el poder ha intentado convencernos de que los cubanos, faro y guía del universo, somos tributarios naturales de la solidaridad internacional. Y predica con el ejemplo: casi 200.000 millones logró sacarle a los rusos, más 21.000 millones de deuda impagada. Al salir con su carro repleto del supermercado del Náutico, uno de los que más tarde serían fusilados en la Causa 1 de 1989 decía “apúntalo en el hielo”. Y los líderes cubanos deben haber cubierto de facturas impagadas el casquete polar. Según Carmelo Mesa-Lago, en 2008 la deuda externa era de 18.300 millones que, incluyendo la deuda con Rusia y con Venezuela (entre 5 y 8.000 millones esta última), asciende a un total de 45.913 millones, el 380% de las exportaciones cubanas. De acuerdo a la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba, la población económicamente activa ascendía en 2008 a 4.956.300 personas. De acuerdo a la misma fuente, cada uno de esos trabajadores gana como promedio 408 pesos, es decir, 16 dólares mensuales. De modo que cada trabajador cubano debe al planeta 9.263 dólares y 56 centavos, es decir, tres años íntegros de salario.

La otra mandíbula de la pinza es la indefensión. Desde muy temprano, Fidel Castro se ha encargado de proscribir la independencia económica de los cubanos. No sólo convirtiéndolos en asalariados de una sola empresa, el gobierno, sino bloqueando o entorpeciendo cualquier amago de trabajo por cuenta propia, negocios particulares, ejercicio de profesiones liberales. El buen súbdito se debe a su rey. El súbdito perfecto, también, pero en todos los aspectos: lo que piensa, lo que come, lo que lee, lo que sueña y el patrón que decide sus aspiraciones y sus sueños.

Como resultado de esa pinza, muchos cubanos han contraído la idea de que el turista que nos visita y el pariente que vive en el outside no lo ayudan, lo invitan o lo convidan como muestra de amistad, afecto, amor u otros sucedáneos, sino que está condenado a hacerlo. La solidaridad internacional obliga. Y la indefensión económica de quien habita en la Isla, como de niño chico, le impide cualquier reciprocidad. A eso se puede sumar la hipervaloración del outside, contrapunto extremo del bíblico Granma, según el cual del Malecón hacia allá los hijos de la patria han sido “echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”. La idealización del afuera supone que, al llegar al exilio, todo cubano recibe casa con piscina y carro del año. Quien viene de visita dispone de infinitas tarjetas de crédito y si no es más generoso no es porque ha hecho un esfuerzo para estar aquí y deberá pagar durante meses o años el desembolso, sino, simplemente, porque es un miserable que no comprende a cabalidad todas nuestras necesidades, cuya resolución sólo equivale para él a un mínimo desembolso. La generosidad es compartir el plato, no dejar caer con displicencia las sobras del festín.

La mayoría de los no allegados recibe los obsequios con una deferencia sin agradecimiento, como si el que viene sufragara una deuda. Otro ingrediente de esa actitud, que no es tan simple, podría ser la vergüenza. Obsequiar es siempre un sentimiento generoso, que enaltece; recibir, en cambio, disminuye. Un modo de minimizar esa disminución es restarle importancia, escamotear agradecimiento, crear la sensación en el obsequioso de que su gesto es un rito olvidable sin valor añadido. No intento generalizar ni juzgar en bloque a un pueblo entero cuyas buenas y malas cualidades comparto, sino explicar una conducta anómala que, sin dudas, desaparecerá una vez desaparezcan las extrañas pulsiones que lo originan. No dispongo de encuestas ni de estadísticas que confirmen mi aserto. Es sólo una percepción de viajero sujeta a error. Y me alegraría mucho equivocarme.

Acudimos a despedirnos de mi hermana y familia. Retomamos la conversación anterior sobre las sedes universitarias municipales, porque hoy mismo Julio Martínez Ramírez, primer secretario de la UJC, ha declarado que en la Universidad no tienen espacio aquellos que no son revolucionarios —ni estudiantes, ni profesores— y que son las fuerzas políticas las que tienen la autoridad para hacerlos salir de ese espacio que no merecen. Me dicen que una cosa son las declaraciones, y otra, la realidad.

Por razones obvias, no quiero poner en duda la calidad de esas sedes ante dos de sus profesores (aunque ellos mismos reconozcan que, respecto a los planes de estudio de las universidades tradicionales, los suyos han sido descafeinados hasta la anorexia), pero durante unos exámenes diagnóstico de Español practicados en mayo de 2009 a estudiantes de 5º y 6º año, es decir, a punto de graduarse en esas sedes de carreras deportivas, medicina, estomatología, oftalmología, y de especialidades pedagógicas, se encontraron algunas perlas del idioma: el «igno nasional», “la increíble audacia con que realizaba las micciones”, “murió en plena pubertud”, la “ahudasia”, “la güera independentista”, las “adnegada
adquitectas”, los “centimientos”, se “ecquibocó”, los “elavones
en jeneral”, la “higeniera”, el “hodjeto”, la “idiosingracia”, el “intelectuar” y el “mostroo”, que alguien “semerese” (por se merece), la “vellesa”, y muchas más.

En el mismo examen se les solicitó interpretar el texto donde José Martí afirma que la mujer «vivirá a la par del hombre como compañera y no a sus pies como juguete hermoso». Las interpretaciones de los estudiantes demuestran una enorme riqueza imaginativa y gramatical:

“La idea martiana anterior requiere de mucha significancia para la
humanidad”.

“En el ideario pedagógico de José Martí tiene muchas ideas martiana allí
se encuentra muchas ideas martiana algunas son pensamiento de dicho autor”.

“Dios creó a la mujer para que el hombre gozara de ella”.

“La mujer es un medio mercantil para la obtención de grandes riquezas”.

“La mujer es una baluarta de la Revolución, privilegiada por la
maternidad y sin derechos a la discriminación”.

“[Las mujeres] somos un gran bastón en nuestra sociedad”.

“En tiempos atrás la mujer fue el objeto disfunsional del hombre”.

“Pero, la mujer no vivirá para morir posteriormente ignorante, utilizada
solamente para la satisfacción conyugal”.

“[La mujer] en caso de ser casada no intervenir en los problemas del
esposo, además de servirle sin derecho a protestar en todos sus caprichos
y antojos, más aún en los momentos íntimos”.

“Ella estaba entrenada para criar a los hijos, la costura y practicar la
prostitución”.

“Las mujeres (…) son utilizadas para la corrupción y la prostitución y en
el mejor de los casos son enpuestas solamente para el uso doméstico”.

“José Martí no quería a ninguna mujer vagueando por la calle”.
 “Siendo esto lo que predijo Pepe”.

“Martí luchó por la igualdad del hombre por el hombre”.

“José Martí es externo y sus obras están dedicadas a la mujer”.

“María Mantilla es la hermana de Martí”.

“[Ejemplo de mujeres valientes]: “Flor Crombet”.

“Es la ya fallecida Vilma espín un logro de la revolución Cubana”.

“La capacidad de la mujer hacido valorada”.

“No se amutilaron ante el fuego de los fusiles”.

“A trabajar en Orgasmos Estatales”.

“La mujer ha sido indiscriminada”.

“Las mujeres sufrían de agusos”.

“En todos los ambitidos de la vida”.

“De la mujer cubana en todos los celtores”.

Y hasta una definición condensada:

“Mujer, esas cuatro letras”.

Según el viceministro Roberto González Martín, este verano se graduarán 4.700 médicos, “más de 1.200 cubanos y más de 1.200 extranjeros” (sic). ¿Y los otros 2.300 que no son ni cubanos ni extranjeros? En su discurso en los No Alineados, Raúl Castro afirmó que más de 32.000 jóvenes de 118 Estados estudian gratuitamente en Cuba, el 78%, Medicina. Es tradición que las recetas de los médicos no se entienden. Confío en que estos no sean médicos municipales. Resultaría difícil atender un pedido de Tetaciclina, Penecilina o Excretomicina.

La política de entrenar guerrilleros en Cuba ha dado paso, con el tiempo, a la formación masiva de médicos de países del Tercer Mundo. Es mejor preparar pediatras que “cirujanos sociales”, sin dudas. Considerando, incluso, el componente político tras esta solidaridad masiva, se trata de una política generosa. Pero, dada su magnitud, sería una muestra de respeto al pueblo cubano, que la sufraga con su trabajo, consultarle en referendo si están o no de acuerdo con postergar la solución de sus necesidades urgentes para costearla. Partiendo de que su propósito es mejorar el sistema de salud en pueblos hermanos facilitando el acceso a la universidad de jóvenes cuyos recursos no se lo permitirían en sus países de origen. ¿Garantiza esta política que sean verdaderamente jóvenes de familias humildes los que se acojan a estas becas, o sirve de puente, en muchos casos, a que los hijos de las élites aprovechen en Cuba la universidad de oferta? ¿Garantiza que esos médicos contribuyan el día de mañana a la sanación de sus pueblos? En el diario Granma encontré la carta de un lector, el Dr. Mohamed Djoubar Soumah. Natural de Guinea, Mohamed Djoubar manifiesta su eterno agradecimiento a Cuba, donde se graduó de médico. Ejerce en Ottawa, Canadá.

Hay, además, algún que otro aspecto práctico. En Venezuela, profesores cubanos están formando a 22.000 estudiantes y este año se graduarán 10.000 médicos. ¿Qué ofreceremos en un futuro a cambio de petróleo?

Quizás mi hermana y yo nos hayamos metido en este berenjenal de ortografía, universidades y médicos para eludir el momento que llega ahora, cuando nos damos el abrazo de despedida sabiendo que pasarán algunos años antes de que volvamos a vernos.

De vuelta a Playa, vemos banderas del 26 de julio desplegadas en los lugares públicos. Pasado mañana se conmemora el 56 aniversario del ataque al cuartel Moncada. Se teme que el discurso de Raúl Castro ese día anuncie nuevas inclemencias para el futuro próximo. Y en Cuba, por el contrario que los vaticinios felices, los pronósticos de desgracia se cumplen con puntualidad germánica.

A las diez de la noche, camino al aeropuerto, le echamos a la ciudad un vistazo de despedida. Pero la ciudad, pudorosa, está embozada en la noche y nos guiña apenas una ventana al pasar.

No rozamos el exceso de equipaje. Lo alcanzamos de lleno. Pero un empleado buena gente nos orienta cómo mejor distribuir la carga para que pase sin problemas. No hay mucho equipaje en este vuelo, confiesa. Se confirma que las importaciones multiplican varias veces las exportaciones.

Pasado el momento agridulce de los abrazos y las despedidas, mientras esperamos la salida del avión, hojeo las dos últimas reflexiones del Convaleciente en Jefe en la desolada sala VIP del aeropuerto. Tanto antes de ayer como hoy se ocupa del golpe de Estado en Honduras, la intermediación de Oscar Arias, la intervención de Hillary Clinton y etc. Sin que venga a otro cuento que no sea criminalizar a Arias, dice que “miles de técnicos y graduados universitarios cubanos fueron sustraídos a nuestro pueblo, que estaba ya sometido a cruel bloqueo, para prestar servicios en Costa Rica”. (Qué manía esa de los cubanos: exportarse por cuenta propia. Si hubieran esperado un poco, yo mismo los habría exportado temporalmente, y hasta les hubiera pagado 200 dólares mensuales por sus servicios). Se remonta luego a la Sierra Maestra, retrocede hasta William Walker en 1856, reinterpreta en clave de rendición los acuerdos de paz de Guatemala y El Salvador, salta al regreso de los sandinistas al poder y vuelta a Micheletti, la Clinton y Arias. Una persona tan mayor no debería dar tantas volteretas. Te vas a marear, Comandante. Estoy a punto de abandonar el periódico cuando, en la reflexión de hoy, encuentro un párrafo antológico. Al referirse al último documento leído por el Nobel Oscar Arias, el Sicoanalista en Jefe afirma:

[Oscar Arias] “Hablaba delante de las cámaras de televisión que transmitían su imagen y todos los detalles del rostro humano, que suele tener tantas variables como las huellas digitales de una persona. Cualquier intención mentirosa se puede descubrir con facilidad. Yo lo observaba cuidadosamente. (…) Quizás yo sea uno de los pocos en el mundo que comprenda que había una autosugestión, más que una intención deliberada en las palabras del Nobel de la Paz. Me percaté de eso especialmente cuando Arias, con especial énfasis y palabras entrecortadas por la emoción, habló de la multitud de mensajes que Presidentes y líderes mundiales, conmovidos por su iniciativa, le habían enviado”.

No es que el líder cubano haya sido nunca un dechado de modestia, pero que “yo sea uno de los pocos en el mundo que comprenda” roza, en su impudor, la demencia senil. Y se olfatea un retintín de envidia verde olivo en que otro reciba tantos mensajes de líderes mundiales. En nombre del gremio, compadezco a su aterrado editor. Si es que lo tiene.

En su discurso pronunciado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1966, Fidel Castro, al atacar a los detractores de la Revolución Cubana, especialmente a la jerarquía comunista china, les llamaba “revolucionarios que, a pesar de haber hecho cosas buenas en su vida, hacen después grandes barbaridades al final de su vida (…) cosas que los hombres cuando degeneran son capaces de hacer (…). Y son en parte consecuencias de haber confundido el marxismo leninismo con el fascismo, con el absolutismo; son las consecuencias de haber introducido en las revoluciones socialistas contemporáneas el estilo de las monarquías absolutas. Esta revolución es afortunadamente una revolución de hombres jóvenes. Y hacemos votos porque sea siempre una revolución de hombres jóvenes; hacemos votos para que todos los revolucionarios, en la medida que nos vayamos poniendo biológicamente viejos, seamos capaces de comprender que nos estamos volviendo biológica y lamentablemente viejos; hacemos votos para que jamás esos métodos de monarquías absolutas se implanten en nuestro país”.

Prueba concluyente de que la edad erosiona la memoria.

A punto de concluir el periódico, llaman a Daniel por el audio para que se presente en la zona de equipajes. La maleta más gruesa de libros está a su nombre. Nury insiste en acompañarlo. Al menos en tierras insulares, ella es la negociadora de la familia. Yo soy el conflictivo. Al regreso, me cuenta que los aduaneros intentaron revisar cada maleta minuciosamente, pero les advirtió que muchos libros estaban llenos de polvo, porque no tuvimos tiempo de limpiarlos. Los aduaneros pudieron confirmarlo no en carne pero sí en uniforme propio. Y como no está prohibido exportar polvo, dieron por concluida la pesquisa. Antes de marcharse, le hicieron a Nury una pregunta genial: “¿Y para qué quieren tantos libros?”. “Para leerlos”, fue su sorprendente respuesta.

El avión despega y todo se mezcla en mi cabeza con el catarro y un par de pastillas que me propinarán en pocos minutos un know out fulminante: abandono un país que espera sin esperanzas, un patriarca que se ocupa de las desgracias ajenas y se desentiende de las propias, una gerontocracia empeñada en durar hasta que el pueblo aguante, al que culpa de sus propios errores, y maniatada por la voz de un fantasma que retumba desde las cavernas de la Guerra Fría. Pero también abandono mi infancia y mi juventud, a muchos seres queridos y a mis muertos. Abandono las tres cuartas partes de mi estancia en la Tierra, una alegría de vivir que ha podido hasta con las desgracias, un universo de sueños, esperanzas y desilusiones condenado a desaparecer. Y hasta me abandono a mí mismo, porque este será un viaje muy rápido. Cuando despierte, faltará media hora para aterrizar en Madrid.

Post Data:

Gracias por la atención prestada, bloguividentes. Este diario se acabó. Ha duplicado la rentabilidad de los billetes de avión: un viaje físico y otro en la memoria. Pero quedan muchas habanerías pendientes. Hasta la semana próxima, con otros asuntos que harán las delicias de grandes y chicos, como decían los presentadores de los circos ambulantes.





Diario Delirio habanero, Jueves 23 de julio, 2009

23 07 2009

Penúltimo día en La Habana. Cuenta regresiva.

Nury quiere pasar la mañana con su padre y su abuela, mientras Daniel y yo nos escapamos hacia la librería de Línea y 12, que no conocemos. Me la han recomendado. Y, en la medida de lo posible, no defrauda las expectativas.

Entre otros, compro la nueva edición de Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier; Cuestiones de agua y tierra, de Jesús David Curbelo; los Documentos familiares de José Martí, compilados por Luis García Pascual; el libro Africanos en América, de Luz María Martínez Montiel, los Textos escogidos, de Pablo Lafargue, que incluyen “El derecho a la pereza” y la Prosa, de Emilio Ballagas, compilada por Cira Romero. Daniel escoge una edición de Nadja, de André Breton; los Relatos, de Lu Sin; las Obras, de Descartes, y un libro sobre los nuevos movimientos religiosos en el Gran Caribe.

A la salida de la librería, subimos por 12 hasta 23. Le propongo a Daniel entrar al cementerio de Colón, que bien merece una visita. Lo conozco bastante bien y puedo recomendarle los relieves de las entrada, la tumba de Jeannette Rvder, donde está tallada la imagen de su perra Rinti; la de Amelia Goire de la Hoz, «La Milagrosa»; la tumba del dominó y la de Capablanca; al sepulcro de Taita José, espíritu reincidente en eso de las reencarnaciones; o el conjunto escultórico dedicado a los bomberos muertos en acto de servicio en 1890. Agustín Querol representó fielmente a los mártires, salvo uno, del que no existían fotos, y al que el escultor colocó su propio rostro.

Pero Daniel se niega en redondo. Que no. Que él no quiere hablar de, pensar en, visitar algo relacionado con la muerte.

—Daniel —le digo— estás en el momento justo de interesarte por la muerte. A los 19 años, la muerte no existe. A los 55, empiezas a olvidarte de la teoría. El período de práctica está más cerca. Y puede extenderse por toda la eternidad. A menos que… No, mejor que sea la eternidad. La otra posibilidad es reencarnar en perro callejero, en la pulga del perro o en cobaya de laboratorio.

(No insisto. Aunque, además de enseñarle el cementerio, me habría gustado visitar la tumba de mi madre).

Doblo por 23 y pasamos por el cine 23 y 12. Aunque allí vi películas memorables, siempre me trae un mal recuerdo.

A fines de los 60 y principios de los 70, Fidel Castro solía visitar cada vez que se le antojaba, a cualquier hora del día o de la noche, la Escuela Vocacional de Vento, donde yo estudiaba. Como se sabe, él renueva cada cierto tiempo sus obsesiones. Mientras, pone al país en función de las vacas, del café caturra, de los diez millones, de la batalla energética/de ideas/por el sexto grado, o del internacionalismo armado. Por entonces, una de sus obsesiones era mi escuela. Iba a jugar al básquet y los muchachos ya habían recibido instrucciones: le permitirían ganar, pero simulando un gran esfuerzo. Escenificar una derrota convincente. O se ponía a conversar con los estudiantes. Conversar en una sola dirección. Él hablaba y nosotros escuchábamos.

En una de sus visitas buenas se le antojó almorzar en el comedor. Cuando le sirvieron la macarela habitual con arroz militar (en pelotones), jugueteó un rato con el tenedor como haciéndole la autopsia al bicharraco, y dejó la bandeja intacta. Dos días más tarde, apareció una rastra del Ministerio de la Pesca y pasé los últimos ocho meses de bachillerato comiendo ruedas de emperador. Desde entonces detesto los imperios.

Otra de sus visitas fue a las nueve de la noche. Me habían concedido un pase especial para visitar a mi madre, que estaba enferma, y cuando cruzaba en plena noche el puentecito sobre el río Almendares, vi tres jeeps que se acercaban a toda velocidad. No había que ser una lumbrera para adivinar de quién se trataba. Ya eran conocidas las historias de hombres nerviosos que hicieron algún gesto mínimamente sospechoso y fueron acribillados por los escoltas. La oficina del Comandante costeaba el entierro en féretro categoría buró político, enviaba varias coronas e incluía al finado en la fe de erratas del glorioso libro de la Revolución. De modo que me quedé como la mujer de Lot, pero sin volver la cabeza.

La peor de sus visitas fue cuando nos habló de un disco recién publicado: los toques de corneta del ejército mambí. Y que deberíamos signar nuestra vida de campamento con ellos. Instalaron no menos de 20 bocinas tipo trompeta rodeando el edificio de los albergues, y desde entonces cada mañana, a las seis en punto, nos despertaba el “Ti ti ti tíííííííííí”. “Levántense, muchachos, que la puerca va a parir”. Nos levantábamos tan encabronados que, de ordenarnos en ayunas una carga al machete, habríamos sido letales.

Su segunda peor visita fue cuando acababa de ver la versión cinematográfica rusa de La guerra y la paz. Una película que, según él, todos deberíamos ver, porque en ella estaba la clave de por qué los rusos construyeron el primer socialismo del planeta. El siguiente sábado, nos encerraron a todos los alumnos y profesores de la escuela en este mismo cine de 23 y 12, desde las diez de la mañana hasta las 8 de la noche, y nos soplaron de pegueta, con un receso de 20 minutos para comernos una cajita de congrí con carne ripiada, las cinco partes de la película. Una tras otra. Es el mayor empacho de Tolstoi que he cogido en mi vida. Por suerte, ya a esas alturas mi amor por los narradores rusos del XIX era incondicional. Ni el Cineasta en Jefe pudo derogarlo. No sé si fue por las veces que me dormí en el cine o por la sobredosis, pero nunca descubrí la clave de por qué los rusos construyeron el primer socialismo del planeta. Y ya ni los rusos lo saben.

Paso lo más rápido posible frente al cine de aciaga memoria y me voy cocinando al vapor desde ahí hasta 56 con el aire que entra por las ventanillas. Aunque Madrid suele ser asolado por un calor seco, tobera de avión, y temperaturas que aquí ocasionarían muerte por licuefacción, esta sensación de estarte derritiendo en vida (de las tres quintas partes de agua que tiene el cuerpo debe quedarte una) sólo la he sentido en Luanda, en Mérida, Yucatán, y en un verano monstruoso de Roma, ciudad abandonada por la mano de Dios, porque el Señor se va de veraneo a Castel Gandolfo. Un cubano que conocí en el norte de Europa aseguraba que él no era un exiliado político, ni un emigrante económico. “Yo soy un exiliado climático”, me dijo. Y lo comprendo.

Hoy es un día de recapitulación. ¿Se me olvida algo? ¿A alguien no he llamado? Echo mano a la libreta y hago algunas llamadas pendientes. Mientras, Daniel se marcha a comprar pan. Regresa con dos barras de un pan levísimo, casi volátil. Debe ser el pan que comen los ángeles untándole queso crema Filadelfia. De tanto aire que han logrado inyectar a la masa, no se recomienda comerlo, sino respirarlo. Después de dejar el pan en la cocina, se deja caer a mi lado en el sofá.

—Casi me mata una donación.

—¿Qué?

—Que casi me atropella una donación.

—¿Cómo que una donación?

—Sí. Uno de esos autobuses americanos amarillos que andan por ahí.

—Quizás los fabriquen en Estados Unidos, pero los dona Canadá. De todos modos, te hubiera dolido igual.

—Sí. Crucé la calle casi sin mirar…

—Casi no. Sin mirar, porque se ven a un kilómetro.

—Bueno, sin mirar. Pero tienen buenos frenos.

—Un Yutong te hubiera matado.

—Posiblemente. Tiene cojones que en el país del bloqueo me venga a aplastar una donación.

—Déjate de filosofar y mira bien cuando cruces la calle.

No será la última cena, pero hoy hemos concertado a toda la familia para almorzar en El Palenque. Primero tengo que ir a La Habana Vieja a buscar a mi hermana & family. Los dejo en el restaurante y voy hasta 56 a recoger al resto. Cuando vamos pasando frente al Coney Island (por cierto, nunca he sabido cómo se llama ahora) nos sorprende un aguacero monumental como los que es difícil ver en otras latitudes. Es cuando San Pedro rasga las nubes y las vacía de golpe. No son gotas, sino chorros. Al llegar al restaurante, el parqueo situado frente al comedor está lleno y debo buscar un hueco en el segundo parqueo, al fondo, Tras caminar cincuenta metros bajo la lluvia, llego a la mesa como recién salido de una piscina. Y, de contra, me siento justo bajo un ventilador de techo. Catarro seguro que exportaré mañana a Europa. La Gripe C, cubana. Pero el almuerzo valió la pena. Además, seguí al pie de la letra los consejos de mi abuela. No me duché acabado de almorzar, sino antes.

Hoy Armando Hart Dávalos, devenido columnista, publica en la prensa una de sus reflexiones, o flexiones intelectuales, para no inducir a error. (Del mismo modo que se “intervino” toda propiedad privada, durante estos años hay palabras que han sido intervenidas: “el comandante”, la “batalla de ideas”, las “reflexiones”; aunque existan muchos comandantes con sus batallas, numerosas reflexiones y algunas ideas). Según Hart (y según ensayistas, bodegueros y barmen), Félix Varela nos enseñó a pensar; Luz y Caballero, a conocer; Martí, a actuar, y Fidel Castro, a vencer. Aunque ahí me entra una duda, porque “Venceremos” siempre se conjuga en futuro. Nunca se dice “Patria o muerte. Ya vencimos”. Y si nos enseñó a vencer y ésta es la victoria, ¿cómo será la derrota? Aunque quizás Armando Hart quiso decir que “nos enseñó cómo él vencía”. Así sí. Medio siglo en el trono y sin oposición, condensando en sí mismo la mayoría absoluta, es más de lo que se han atrevido a soñar las inmensa mayoría de los emperadores.

Añade Hart que poner en antagonismo el arte y la cultura con la política “le hace daño al socialismo”. (Lo cual no quiere decir que, obligatoriamente, le haga daño a los cubanos). Y, olvidando olímpicamente la historia del último medio siglo durante el cual la política le ha dicho al arte: “Patria o Muerte”, el exministro de Cultura nos revela que “Ésta es la dolorosa experiencia de la historia socialista tras la muerte de Lenin”. Es curioso lo atrasadas que llegan las noticias de Rusia. Lenin murió en 1924 y hasta 1990, 66 años más tarde, la Cuba oficial nunca habló de los errores del estalinismo (de los crímenes, todavía), del acoso y sometimiento a la cultura, llamada a ser un arma de la revolución, el martillo del obrero, la hoz de la koljosiana. El arte confinado a la sección “Herramientas de mano”, pasillo 16 a la derecha.

Hart concluye su flexión con unas palabras más perdidas que las del Diario de Martí y que darían pie a un buen ensayo: “Distanciar la filosofía de la educación y la política no nos permitirá jamás arribar al pensamiento filosófico” y debemos “hacerlo sin ismos excluyentes [¿socialismo? ¿comunismo? ¿fidelismo?] con el método filosófico de la mejor tradición espiritual cubana, es decir, el electivo [al fin, elecciones], que tiene como guía la justicia, principal categoría de la cultura”. Chúpense esa, filósofos. A ver si escriben justos ensayos, novelas cabales, rectos poemas y probos cuentos. O no entrarán en la próxima edición del Diccionario de la Literatura Cubana.

Después de almuerzo, el ambiente ha refrescado y tras devolver a las respectivas familias a sus lugares de origen, nos queda tiempo para echar un último paseo por el barrio. Como en el cuento de los tres cerditos, hay casas que el lobo evaporaría de un soplido. El hecho de que estén en pie es un milagro de la estática. Las que se mantienen en buen estado y evidencian el poder adquisitivo de sus inquilinos están más protegidas que Fort Knox. Jardín separado de la calle por cerca peerles o por reja de hierro que termina en puntas de lanza. Todas las puertas y ventanas están enrejadas, para dejarlas abiertas y que se filtre la brisita a través de los barrotes. (Los herreros ya tienen una norma ISO: “Ancho mínimo de caco modelo Período Especial”). Hay rejas que desconfían incluso del cielo; no les basta imponer una frontera vertical. Soldada en su extremo superior hay otra reja, esta vez horizontal, que concluye en el alero. Esas rejas-estuche impermeabilizan la vivienda ante cualquier filtración. Las casas se convierten en jaulas. Como si la ciudad fuera un zoológico de animales disciplinados que se encierran ellos solitos sin necesidad de guardianes o domadores. En realidad, intentan construir jaulas de Faraday que anulen el efecto de los campos electromagnéticos externos. Pero es imposible conseguir un espacio idílico de carga neutra en un país tan magnetizado. Somos imanes transeúntes. Nos atraemos y nos repelemos con intensidades equivalentes.

En la práctica, la intromisión de visitantes no deseados ya ha sido resuelta por algún genio carcelario de la Física Aplicada. Aprovechando las ausencias y las noches (esas ausencias presenciales), el visitante imprevisto empapa una sábana y la tuerce hasta formar un cable grueso y muy resistente, abraza con la cuerda-sábana dos barrotes y, empleando un palo de escoba, aplica un torniquete a los barrotes, que se doblan hasta casi unirse. Hace lo mismo con los barrotes contiguos y ya tiene el espacio suficiente para que El Flaco se deslice hacia el interior y abra la puerta al resto de los convidados. Ya decía Freud que la sábana es una fuerza poderosísima. Puede vencer al hierro.

Durante los años más duros del Período Especial (cuyo regreso se vaticina), la epidemia de robos de tendederas obligaba a montar guardia mientras se secaba la ropa. Un descuido, y desaparecían el Levis’s de estreno, los calzoncillos sin elástico y las medias con agujeros. De paso, se llevaban los palitos de tendedera. Y la crónica roja, que en Cuba se difunde, como algunas enfermedades, por transmisión oral, mediante un sistema inter-municipal de juglares, daba cuenta de los más espeluznantes robos con violencia: cabillazos, palizas, puñaladas, machetazos. El botín: una bicicleta china, una cadenita o unas zapatillas. Daniel Defoe nos cuenta que en su isla desierta, el mango oxidado de una espada era un tesoro para Robinson Crusoe.

Ahora no hemos notado un nivel equivalente de violencia. Tampoco nos hemos sumergido en las cloacas: ni un tour por Revillagigedo hasta Tallapiedra a las cuatro de la mañana; ni un paseo por El Canal a las cuatro de la tarde. Nos bastó recorrer al tacto el Paseo del Prado a las doce y media, o regresar pasada la una de la mañana desde Mantilla hasta Zulueta y Refugio. En las esquinas donde los baches eran más profundos y había que reducir la velocidad, grupos de hombres salían como apariciones de las tinieblas y se encimaban al carro pidiendo botella o enarbolando racimos de billetes. Esa noche cerramos puertas y ventanillas, pero ya se sabe que “El Cerro tiene la llave”.

Por otro lado, dada la población penal de la Isla, se supone que estén presos todos los delincuentes. Probados y presuntos, que para eso existe el delito de “Peligrosidad”, un arresto profiláctico. Carlos J. Finlay descubrió el agente transmisor de la fiebre amarilla. El Código Penal cubano ha descubierto la vacuna contra el delito nonato. Jueces “precogs” que, al mejor estilo de Minority Report, condenan las (presuntas) malas intenciones con dos, tres, cuatro años de cárcel.

Dada la cantidad de policías por metro cuadrado, cada ciudadano podría tener su propio guardaespaldas, su Fiana de la Guarda. Pero la unidad latinoamericana ya es un hecho. Como en México, hay gente que prefiere evitar a los policías aun a riesgo de tropezar con los ladrones.

Aunque mi percepción es todo lo imprecisa que puede ser la mirada de un visitante, creo que, en general, no se respira miedo, sino hastío. La gente mira hacia el futuro como quien mira al cielo. A ver si llueve. A ver si nos llueve algo desde las nubes del poder. De momento, en el mejor de los casos, sólo cae agua.





Diario habanero. Miércoles 22 de julio, 2009

22 07 2009

Aprovechamos nuestra independencia del transporte público para recoger en Santos Suárez los libros que habíamos elegido. Sin mayores incidencias que llenar el maletero hasta los bordes (¿Cómo coño nos vamos a llevar esto?), enfilamos por Lacret hacia la Vía Blanca, después de sortear en primera baches vertiginosos.

Camino a Los Nardos, a donde llevamos a Daniel, que no lo conoce, salimos por Tallapiedra a la Avenida del Puerto y subimos por Zulueta. En la esquina con Genios queda aún un puñado de personas esperando para ser atendidos en el consulado español. Quién sabe cuántas horas o días llevarán esperando por este minuto.

Tras su ratificación por el Senado español, la Ley de Memoria histórica entró en vigor el 27 de diciembre de 2008. Su disposición adicional séptima facilita la adquisición de la nacionalidad “a los nietos de quienes perdieron o tuvieron que renunciar a la nacionalidad española como consecuencia del exilio”. Desde el 22 de diciembre hasta fines de enero de 2009, al consulado español en La Habana llegaron 20.000 solicitudes. Aunque los formularios son gratuitos, en las primeras semanas algunos pícaros se hicieron con un stock que vendían en CUC a los aspirantes a la galleguización. El consulado tramita unos 300 casos diarios de lunes a viernes, 1.500 a la semana, por lo que deberán trabajar a pleno rendimiento durante dos años para atender las 150.000 solicitudes previstas. Contando a los familiares directos, que tendrían derecho a la residencia comunitaria, cerca de medio millón de cubanos podrían despegar por esta vía.

El parque de las Misiones, donde se organiza la cola, era mi pista preferida de bicicleteo y patinaje. Salvo alguna losa suelta, sus amplios espacios eran perfectos para gastar energía sobre una bicicleta Niágara, pesadas y duras de pelar como tractores, o sobre unos patines metálicos con cajas de bolas por ruedas y cuyas pezuñas acababan con el reborde de la suela. Los flamboyanes del parque tenían una utilidad adicional. Al pie de los troncos encontrábamos numerosos tesoros: ofrendas de plátanos y hasta gallinas amarrados con cintas rojas. Separando la materia orgánica, afloraban los quilos prietos que, una vez enjuagados en la fuente del Parque de los Enamorados, nos servían para comprar un matahambre y una Materva en el bar Maní, de Morro y Cárcel. La Materva (o la Salutaris, en su defecto) inflaba el matahambre en el estómago, combustible para muchos kilómetros de patinaje. Quién habría adivinado por entonces que la pista de patinaje se convertiría en pista de despegue.

El discurso oficial ha reiterado durante medio siglo que el período de 1902 a 1959 fue el de una republiqueta subsidiaria de Estados Unidos, donde los cubanos eran una población de segunda discriminada por los amos yanquis. Pero, en general, aquellos cubanos preferían mantener in situ su condición subordinada antes que emigrar. Al contrario. En el censo de 1931 aparecen 3.111.931 cubanos y 850.413 extranjeros, el 21,5% del total de la población, un extranjero por cada cuatro cubanos —muchos de ellos nacidos en Cuba pero a los que no se concedía automáticamente la ciudadanía local por nacimiento—. Doce años después, en el censo de 1943, había 4.577.406 cubanos y sólo 201.177 extranjeros (4,2% de la población), de los cuales apenas 2.488 nacidos en la Isla se habían acogido a la nacionalidad foránea de sus padres. El resto, adoptó la ciudadanía local, permitida en la Constitución de 1940. ¿Por qué ser cubano era por entonces en la Isla una ciudadanía más apetecible que otras? El 8 de noviembre de 1933 se firmó la Ley Provisional de Nacionalización del Trabajo, conocida como Ley del 50%. Según ella, en toda empresa, el 50% de los trabajadores, como mínimo, tendrían que ser cubanos. Además de que los ciudadanos cubanos disponían de derechos políticos y económicos de los que no disfrutaban los extranjeros.

Hace poco un amigo me dijo con sorna en España: Si mi abuelo mambí resucita, me mata. Él cargaba al machete contra los rayadillos y su nieto le jura fidelidad al rey Juan Carlos. Ya hay por ahí hasta un movimiento anexionista que pretende convertir a Cuba en una comunidad autónoma española. Obviamente, tiene tantos visos de prosperar como la idea de anexar Cuba a México que circuló sin entusiasmo en el siglo XIX. La anexión a Estados Unidos sí tuvo casi tantos partidarios como la independencia. El propio Ignacio Agramonte, cuando lo mataron, llevaba bordada en la camisa una bandera de la Unión. España era el atraso, la imposición, la corrupción generalizada de una administración colonial que se enriquecía a costa de una colonia más rica y avanzada que la metrópoli. Estados Unidos era el progreso y la democracia.

Hoy tiene lugar una guerra hispano-cubano-norteamericana a la inversa. En 1898, España y Estados Unidos entraron en guerra por Cuba. En 2009, los cubanos se anexan, indistintamente, a Miami o a Madrid. Para viajar al Norte hay que tener suerte o parientes. Para viajar a Este hay que demostrar “pureza de sangre”, ser “castellanos viejos”, aunque sea en una cuarta parte de los cromosomas. Un abuelo de Pontevedra está más cotizado que los otros tres, sean de Cacocún o de Nigeria.

En Los Nardos, la experiencia es tan satisfactoria como la anterior. El restaurante es propiedad de la Sociedad Juventud Asturiana, una de las 35 sociedades asturianas de la Isla. Sólo contando las gallegas, otras 25, suman 60 asociaciones españolas. En total, no creo que bajen de 100. Cientos de miles de cubanos han desempolvado el abuelo español porque en esas sociedades suele haber cafeterías o restaurantes para los socios, zonas de juegos, acceso a Internet, y reciben ayudas de las comunidades españolas a las que corresponden, con lo que algo siempre se pega. La población blanca de la Isla reivindica hoy, más que nunca antes, al abuelo peninsular. Proliferan las escuelas de bailes españoles, se desentierran los árboles genealógicos, cunde una hispanofilia a la que no es ajeno el gobierno. Ya durante la visita del rey Juan Carlos a Cuba, en 1999, Eusebio Leal le reparó un trono que ningún rey llegó a ocupar, y Fidel Castro lo invitó a sentarse, a lo que Juan Carlos, con muy buen tino, se negó. Poco después, Raúl Castro develó en el Morro de Santiago de Cuba un busto al Almirante Cervera. Si ya tenemos estatua a Antonio Gades, sólo nos falta un monumento a Valeriano Weyler.

En contraste con tanto “cristiano viejo” de nuevo ingreso en la Siempre Fi(d)el Isla de Cuba, tanta castañuela y tanta nostalgia colonial en La Leal Habana, la percepción racial que se tiene en la calle es dominicana, haitiana en ciertos barrios. El censo de 2002, que incluye datos raciales, mostró que de 11.177.743 habitantes, 7.271.926 (65%) eran blancos; 1.126.894 (10,5%) eran negros, y 2.778.923 (24,9%), mulatos y mestizos. De acuerdo con un muestreo del Instituto de Estudios Cubanos, un 62% de la población son negros o mestizos. Y habría razones para que así fuera: emigración mayoritariamente blanca, familias negras con menor nivel educacional y más prolíficas, y atención médica universal y gratuita, idéntica para todos, de modo que no hay diferencias sustanciales en cuanto a la esperanza de vida.

La Revolución de 1959 anuló por decreto la discriminación racial, pero las diferencias socioeconómicas y políticas heredadas han persistido. En el buró político del Partido Comunista hay 3 negros, dos mulatos y 18 blancos. Y en el secretariado, un negro contra 10 blancos. Aunque no hay estadísticas confiables, los observadores coinciden en que la presencia de los negros es minoritaria en las universidades y abrumadora en las cárceles y los barrios marginales. Una mañana, mientras esperaba en la calle 86, estuve un rato contando los carros nuevos que pasaban (Peugeot, Fiat, VW). De los 50 que tuve la paciencia de contar, 45 eran conducidos por blancos. Estadística de bodega, desde luego. Pero no sería raro que acertara. Es infrecuente ver negros dirigiendo empresas o en altos cargos de los ministerios, son incluso minoritarios entre la alta jerarquía castrense, estamentos a los que se asignan esos vehículos.

El color de la piel ha devenido también una categoría económica. Los turistas suecos, españoles, italianos y alemanes, prefieren jineteras y pingueros negros, por el contrario que los mexicanos; los empresarios extranjeros de las cadenas hoteleras ya han sido acusados de racismo al no aceptar negros entre el personal de servicio y, lo que es más importante, al ser la emigración cubana abrumadoramente blanca, ese 40% de la población de la Isla que sobrevive gracias a las remesas es, abrumadoramente, blanco. La música y el deporte son, en muchos casos, las salidas económicas más airosas que tienen los negros. O el mercado ídem, pero a riesgo de engrosar las estadísticas penitenciarias.

Si el abuelo blanco de Guillén sirve para emigrar o, aunque sea, para ir arañando en la Sociedad Biznietos de Ortigueira, el abuelo negro sirve para montar una consulta y ofrecer limpiezas con rompe saragüey, si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero; tres amarres por el precio de dos, y hacer santos a los japoneses a precio de oferta. Yemayá en rebajas. Como dijera Julio Antonio Mella, “hasta después de muertos somos útiles”.

Cuando mi hermana tenía 16 o 17 años, se hizo novia de un mulato. Mi padre, fidelista-marxista-leninista (en ese orden) se enteró, y puso cara de velorio. Meses más tarde me confesó: “Y no puedo decirle nada, porque se empecina y hasta se casa con él. Me veo sacando mulaticos a pasear al parque”. Ese es el racismo light, que se resume en la frase: “Negro, tú eres mi hermano, pero no se te ocurra ser mi cuñado”. Hoy los Hermanos de Causa cantan el rap “Lágrimas negras”, con texto de Soandry del Río:

Blancos y mulatos en revista Sol y Son para el turismo

mientras en televisión, casi lo mismo

en una Cuba donde hay negros a montón

mira tú qué contradicción

la pura cepa casi no aparece en la programación

ocasión, cuando salen, si no es en deporte

en papeles secundarios, haciendo de resorte

haciendo el clásico papel de esclavo fiel, sumiso

(…)

El agente policíaco con silbato o sin silbato

sofocando a cada rato

los más prietos son el plato preferido

los otros aquí son unos santos

(…)

más fácil es culpar a alguno de color oscuro

supuestamente involucrado por lo que aparenta

el éxito en la vestimenta nos hace ser el centro del pleito de compra y venta

hay galdeo con la pinta, tenlo en cuenta

el humorista usando como base nuestra raza

poniendo al negro siempre con las manos en la masa

Y hablando de mi hermana, aprovecho para hacerle una comprita, sobre todo helados, que es su pasión. Ya en su casa, le comento mi sospecha de que la policía tiene órdenes de cuidar a los turistas como cosita buena. Mi cuñado me cuenta la experiencia contraria: cómo los policías apostados en las carreteras paran los carros por nada, enarbolan libreta y lápiz y esperan ofertas (¿quién da más?). La multa y los puntos que perderás se cotizan en dependencia de la pinta del chofer (zapatillas de marca, relojón en la muñeca, gafas Ray-Ban) y del carro (llantas de aleación, pintura metalizada). No sabrán mucho del código penal o de la legislación de tráfico, pero hay policías que si pierden el empleo podrían colocarse de tasadores. Lo mismo ocurre al pasar la inspección técnica de los vehículos. (Como en los seguros de vida, la prima es directamente proporcional a la edad del paciente). Si se aplicara con rigor, el vehículo más frecuente por las calles de la ciudad serían los patines.

Mi hermana y mi cuñado son profesionales con treinta años de experiencia, pero no ganan tanto como un policía raso y decente. Para sacarse un sobresueldo, ambos dan clases en la universidad, aprovechando que ahora hay 3.150 sedes universitarias municipales, una en cada esquina. Universidades light, descafeinadas, aunque los títulos que expiden tienen, teóricamente, la misma validez. Pero lo habitual es que los alumnos municipales no rebasen la frontera municipal del tercer año. Las 68 universidades tradicionales, en cambio, parecen conservar su rigor, aunque lastrado por criterios extra académicos. Lo de menos es que mantengan el concepto de “alumno integral”, como el pan, y valoren más a un estudiante de 4 que toca la tumbadora y juega primera base, que a uno de 5 que ni canta ni come fruta, sólo estudia. Lo peor es que, en declaraciones recientes, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ministro de Educación Superior, nos retrotrae a la purga universitaria de los 60 y al Primer Congreso de Educación y Cultura al afirmar que “en la universidad, el profesor o el estudiante que no es revolucionario, no cabe en sus aulas”. “No sólo se tiene que tomar en cuenta el criterio académico, sino su posición político-ideológica”. Los elegidos levantarán puentes revolucionarios, atenderán cánceres fidelistas y sólo encontrarán petróleo si éste demuestra ser un hidrocarburo chavista. A juzgar por el estado del país, las yucas, las berenjenas y los caimitos están al servicio del imperialismo.





Diario habanero, Martes 21 de julio, 2009

21 07 2009

A primera hora, paseo por la playa.

En 1975, el Grupo Teatro Político Bertolt Brecht puso en escena la obra Los amaneceres son aquí apacibles, de Boris Vasiliev. Este paisaje debería llevar ese título: la lengua de arena desierta desdibujada por una luz que aún no arde y un oleaje discretísimo que apenas acaricia la playa, lo suficiente para demostrar que es un ser vivo. El mar es un plato, suele decirse en la Isla. Un plato llano para los bañistas. Un plato hondo y traicionero, comprueban los balseros millas adentro.

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Después del mediodía, abandonamos el hotel y recorremos Varadero. O los vacacionistas son muy pudorosos, o la ciudad está casi vacía. Incluso en el Kawama, uno de sus hoteles emblemáticos, hay una tranquilidad de “tiempo muerto”.

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Tiempo muerto. Posiblemente no haya en ninguna jerga agrícola del mundo una expresión tan rotunda. La muerte del tiempo no es una lúgubre reflexión de Cioran, sino la experiencia estacional de los trabajadores azucareros cubanos. Cuando el central concluía la molienda y el último grano de azúcar salía de la fábrica, comenzaba para cientos de miles de hombres la búsqueda de empleos alternativos para ir tirando hasta la próxima zafra. Una realidad que ya es historia para el 80% de la industria. Con su desmantelación, el tiempo muerto es el tiempo. Muerto y enterrado.

Cuando parqueamos junto al Teatro Sauto, se me acerca un hombre mayor y, con una prosopopeya inesperada me dice: “Buenas tardes. Yo soy el parqueador que cuida los vehículos en esta zona. Si usted lo desea, puedo cuidar el suyo mientras permanezca aquí”. No faltaba más, le digo, ¿quién mejor que usted?, como si conociera su probidad sin tacha de toda la vida.

El Teatro Sauto, al menos por fuera, permanece bien conservado. Nunca fue un edificio hermoso, pero no le falta empaque, una especie de indiferencia señorial hacia los humanos que corretean a su alrededor.

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El centro de Matanzas está cuidado como escenografía.

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Calles adentro, la centrohabanización avanza como la arena del desierto. En las márgenes del río, las chabolas hunden sus tobillos en el agua.

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Entramos a la Editorial Vigía, un edificio del siglo XVIII con su hermoso patio amueblado por una vegetación que sustituye con acierto la pintura. Desde 1985 han publicado títulos de excelentes autores cubanos en primorosas ediciones hechas completamente a mano. Hoy sus libros, numerados y muchas veces firmados uno a uno por sus autores, constan en el Museo de la Biblioteca Británica de Londres, el  Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria, en la Colección Especial de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en el Instituto Latinoamericano de Suecia, el Instituto Cervantes en Viena, la Universidad de Guadalajara, el Centro de Estudios Cubanos de Nueva York, y en exhibiciones permanentes de las universidades de Michigan, Chicago y La Florida. Y la mano que obra esos pequeños milagros es la de un muchacho sordo quien nos explica, en lengua de signos, el minucioso proceso de preparar los materiales, dejarlos secar, y aplicar cada uno de los procesos según un tempo y una paciencia de los que hoy sólo disponen los monjes benedictinos de Silos, dedicados al canto gregoriano, y las monjas carmelitas que en el Convento de Santa Ana, en Sevilla, fabrican una por una las yemas de san Leandro.

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Al regreso, nos detenemos de nuevo en Bacunayagua, donde se juntan la ingeniería de los hombres

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y la ingeniería de Dios.

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Una obra a seis manos entre Dios y sus padres es una negra que en el mirador bebe su agua de coco con una languidez otoñal. Alta, esbelta y torneada a mano, en sus facciones delicadas hay engarzados un par de ojos verdes que le hacen competencia al paisaje. Cuando se pone de pie y camina hacia la barra con pasos largos, de pasarela internacional, para abonar la cuenta, descubrimos que le lleva media cabeza a su acompañante. Cibeles, Milán y Nueva York: se la están perdiendo.

Ya en la provincia de La Habana comienzan a aparecer las explotaciones de petróleo, un campo que se extiende hasta Guanabo. Cuando yo cursaba el preuniversitario en la Escuela Vocacional de Vento, embrión de lo que sería la Vocacional Lenin, pasábamos los 45 días de la escuela al campo no en el tabaco, la yuca o la malanga, sino de acuerdo a los círculos de interés. Gracias al mío, el de Geología, pasé una temporada trabajando en los pozos de Guanabo y alojado a cien metros de la playa. El trabajo en los pozos era (es) duro, pero el chapuzón por las tardes aliviaba el cansancio.

Según las banderas que ondean en las instalaciones, la prospección y explotación se realiza mediante empresas mixtas de capital cubano y canadiense.

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O de capital cubano y chino.

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No es una ilusión óptica ni un defecto de la foto; la bandera china se ha decolorado. Mao Tsetung llamó al “imperialismo norteamericano” “el tigre de papel”. Sus descendientes descubrieron que el tigre era de papel moneda, y decidieron que el rojo incendiario de la bandera dañaba la vista, de modo que hoy el tigre de papel es el primer socio comercial de la pantera rosa. Cosas de felinos.

La pantera rosa ha multiplicado su comercio con América Latina, desde 2.000 millones de dólares en los 90, hasta  54.500 millones de dólares de exportaciones chinas en 2008, y 57.000 millones de dólares importados desde Latinoamérica por China. A fines de 2005, China ya había invertido en la región 56.900 millones de dólares, sobre todo en México, Chile, Brasil, Argentina y Panamá, sus principales socios en la región. Con Chile, incluso, ha firmado un Tratado de Libre Comercio que es, a su vez, un puente hacia Estados Unidos.

En cambio, son escasas aún sus inversiones en la Isla y las relaciones, por parte de los chinos, son más precavidas. Cuba desearía basarlas en la nostalgia del CAME, en la Solidaridad entre países hermanos (tú me das y yo recibo). Pero desde 1979 los chinos unificaron las transcripciones al alfabeto latino de sus ideogramas mediante el sistema de normalización pin-ying. Mao Tsetung se convirtió en Mao Zedong, Pekín es ahora Beijing y Solidaridad se escribe $olidaridad. La normalización pin-ying le estropeó la sintaxis al pillín del Caribe.

La sucesión de pozos y gatos de extracción (muchos inactivos) me recuerda uno de los aspectos que más pueden decidir el futuro de la Isla: las perspectivas petrolíferas en los bloques del Golfo asignados a Cuba. Las prospecciones en aguas profundas son largas y fatigosas. Los resultados se producen a medio y largo plazo. (Aunque el tempo de la gerontocracia cubana nada tiene que ver con el tempo del mundo). La geopolítica demuestra que los totalitarismos se conservan mucho mejor en petróleo (incluso los cadáveres, en los pantanos norteuropeos, se han preservado miles de años en bitumen y en turba). Y muchas democracias suelen ser menos severas al juzgar a las petrodictaduras. Si aplican el axioma de pan, petróleo y circo, incluso los súbditos suelen ser más benévolos con sus jeques. Nutriente de populismos y mafias, un castrismo petrolífero, con Castros o sin ellos, puede perpetuarse. El petróleo sería perfecto para consolidar una transición exitosa. No antes.

Cuba ha negociado la exploración de esos bloques con compañías canadienses, noruegas, brasileñas, indias y chinas, países que disponen de las tecnologías más avanzadas que requiere la explotación profunda de petróleo en mar abierto. Acabo de enterarme de que también han negociado bloques con Vietnam. Y es asombroso. En 1975, al concluir la guerra, Vietnam era un país devastado que había retrocedido doscientos años en sus índices económicos. Cuatro millones de muertos, medio país defoliado por el agente naranja, cientos de miles de exiliados. En 1972, cuando yo estudiaba en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, la CUJAE, había numerosos estudiantes vietnamitas. Para obtener una beca, los vietcongs tenían que haber demostrado su capacidad académica en combate. Era la época en que Nguyen Sun, El Guerrillero, derribaba helicópteros yanquis a flechazos en la serie radial. Entre los vietcongs de la universidad (no los de la serie, of course) había uno que era explícitamente gay (debió comerse crudos a diez yanquis para obtener la beca, por lo que algunos lo llamaban Nguyen Sunshine) y siempre andaba en compañía de las vietcongas, porque los varones le daban de lado. Los jodedores lo llamaban “La Princesa de Hong Kong”. Viendo que los vietnamitas eran, casi sin excepción, de los mejores estudiantes, observando su dedicación casi monacal, comentábamos medio en broma medio en serio que dentro de treinta años podrían ocurrir dos cosas: que añoráramos los chícharos y las croquetas sputnik (se pegaban al cielo de la boca) de la cafetería, y que Vietnam ofreciera ayuda humanitaria a Cuba. Ambas se han cumplido. Y ahora Vietnam opta a varios bloques en el Golfo de México, es decir, dispone de la más alta tecnología. Y nosotros que creíamos estar hablando mierda.

Ya muy cerca de La Habana, antes de llegar a Santa María Loma, una señal nos anuncia que debemos reducir la velocidad porque hay un puente en reparaciones. Reduzco a 50 y, pasado el puente, subo a 80, menos del límite de velocidad de la carretera. A menos de un kilómetro, me detiene un policía. Invado el arcén e intento dar marcha atrás para que el agente no tenga que caminar media cuadra bajo este sol. Le entrego la documentación y me bajo del carro. Me dice que iba a exceso de velocidad, porque la señal del puente indicaba 50, y que hasta que no vea una nueva señal en contrario, debo mantenerla. En parte, tiene razón, pero le explico que en Europa, cuando hay un tramo en reparación (reparar un puente nunca demora dos quinquenios, de modo que son señales temporales) se indica reducir la velocidad durante el siguiente kilómetro. Una vez rebasada la distancia, se retoma automáticamente la velocidad habitual de la carretera. Servida la controversia, pienso que ahora sí, que a la tercera va la  vencida. Pero, de nuevo, mi pasaporte mágico me salva de la multa. Que siga con cuidado y que atienda a las señales, me sermonea. Y ya. Al parecer, hay alguna ordenanza real que ha catalogado a los turistas como fauna en peligro de extinción, en veda permanente, prohibida la caza. “Trátalo con cariño que es mi persona”, decía la habanera. Mientras me incorporo con cuidado a la carretera, pienso de nuevo en la ingenua sagacidad de aquel niño de la Sierra Maestra. La ignorancia puede ser premonitoria. En Cuba, efectivamente, la mejor carrera es estudiar para extranjero.





Diario habanero. Lunes 20 de julio, 2009

20 07 2009

Iniciamos nuestra última semana en Cuba viajando hacia el Este.

Hemos alquilado un par de habitaciones en el hotel Tuxpan de Varadero a razón de 47 CUC por persona todo incluido. A pesar de que la calidad del asfalto es aceptable, rodamos a velocidad moderada. Nunca se sabe. Además de evitar accidentes, se evitan accidentes policiales, porque desde La Habana hasta Brisas del Mar hay más policías que señales de tráfico. Las señales se fabrican con chapa, largueros, remaches y pintura. Los policías se fabrican con orientales.

Mi sobrina ha venido con nosotros y ella y Daniel (sobre todo) no dejan de chacharear en el asiento trasero. Debe ser el sordo más parlanchín del planeta.

Hacemos un alto en un merendero que han instalado después de Santa Cruz del Norte, muy cerca del Peñón del Fraile. Nury quería retratar la casa que fue de su abuelo y donde pasó largas temporadas de niña, los arrecifes donde se bañaba, el minúsculo pueblo de casas curiosamente atildadas. Dice Nury que el día (año, lustro) después, ella quiere poner un hotelito rural en El Fraile. Yo no me hago muchas ilusiones, por aquello de que el Partido muere, pero El Hombre es inmortal. Y le digo que sí. Si no es en El Fraile, será en La Monja de Avilés.

En el merendero desayunamos y Daniel compra en la tiendecita un ejemplar de Así es Fidel, libro de Luis Báez. Según Daniel, es un libro de humor. Me temo que va a decepcionarlo. En consonancia con el estilo de su autor, me basta una hojeada rápida para comprobar que es un manual muy completo de guataquería –o de sulatranería, como se decía en otros tiempos de aquellos que practicaban el arte de ser sumisos, lacayos y tracatanes–. Aunque hay momentos de mucho humor en el libro. El autor llama a Fidel Castro “mesurado”; Santiago Carrillo dice en 1960 que “lo del paredón tenía más de retórica que de realidad” (como en Paracuellos, digo yo), y Pablo Armando Fernández cuenta que la primera vez que se encontró con Fidel y éste le echó el brazo por encima, se percató de que “hasta ese momento estaba sobreviviendo y que había comenzado a vivir”. La cita es textual.

Hablando de periodistas, hace cinco días se conmemoró el 46 aniversario de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), y Juventud Rebelde publicó el artículo “Un periodismo eficaz, pero perfectible”. Entre otras perlas más brillantes que las que tú guardas con cuidado en tu lindo estuche de peluche rojo, Julio Martínez Molina decía que la prensa en Cuba no es el cuarto poder, sino el primero, “el del pueblo, a cuyo servicio se vincula desde una plataforma que responde a sus intereses y al del Partido que lo representa, que es la misma cosa”. Dice que en la UPEC “no tienen cabida la deshonestidad, el sofisma, las prebendas y las camarillas sectarias”, porque se “habla desde la verdad, al lado siempre del verbo digno, nunca desde el engaño, las tergiversaciones y la oratoria de manipulación”, aunque “sobran las informaciones estadísticas” (por ejemplo, los lugares que ocupa el país en presos/1.000 habitantes, PIB real, intención de emigrar, acceso a Internet, poder adquisitivo, tasas de desempleo). También es cierto que el periodismo cubano “va a la zaga en informar al mundo, y a Cuba”. Por ejemplo, toda la prensa mundial había publicado detalles de la Operación Carlota en Angola, mientras la presa cubana guardaba pudoroso silencio, según García Márquez, “por razones de seguridad”. Al parecer, los únicos que no debían enterarse eran los cubanos. Es cierto que a veces el periodismo va a la zaga, pero otras, es premonitorio. Hoy la prensa publica que el sistema de Acopio es un desastre, que se pudren las viandas en el campo y en los camiones. Y es como la máquina del tiempo: el mismo artículo, con ligeras variaciones de sintaxis, se ha publicado cientos de veces desde los años 70. La prensa muere, pero Acopio es inmortal. Aunque debo reconocer que Julio Martínez, alias El Zorro, cierra su artículo con una verdad lapidaria: “La prensa de la actualidad nada se parece a la de 46 años atrás”.

Yo trabajé como periodista en Cuba durante diez años y tuve experiencias buenas, malas y peores. Malo fue cuando un golpe de mar fuerza 3 casi hunde el bote en que me desplazaba de un barco a otro en aguas de Sudáfrica. Peor fue ver un centro de reclutamiento del MPLA en Luanda, donde los niños capturados en cercos a los kimbos y enrolados a la fuerza apenas rebasaban la altura del AK. Mala y buena fue la reunión con el (por entonces) omnipotente Carlos Aldana, quien quería depurar responsabilidades por la publicación en Somos Jóvenes de “El Caso Sandra”. Malo, porque corría el riesgo de continuar mi carrera profesional como sepulturero en la necrópolis de Colón o como experto en desenterramiento de papas. Bueno, porque, todos a una, 15 de 17 miembros del equipo dijeron Fuenteovejuna, señor. Y no había plazas de sepultureros para todos.

Pero la peor experiencia ocurrió en 1990. Me encontré en la calle con una vieja amiga a la que no veía desde hacía un decenio. Estuvimos contándonos de nuestra vida y milagros (pocos, a decir verdad). Matrimonios, hijos, hasta el capítulo laboral: le dije que trabajaba como periodista. Su respuesta fue rápida, letal: ¿Y no te da vergüenza?

Hacemos otra parada en el puente de Bacunayagua. El valle, ese océano verde, es un espectáculo que nunca te cansas de contemplar:

Camino a Matanzas, siempre que la carretera lo permite, se aprecia la misma desolación agrícola que en Pinar del Río. Parches de cultivos en un extenso lienzo de monte. Pasando el río Canímar, recordé los campos de henequén que alimentaban la Rayonera de Matanzas. Todavía puedo verlos en la memoria: largas y disciplinadas hileras, sus espinas como estiletes apuntando a los hombres que acudían a podarlos. Se decía que eran, también, una línea de defensa, una alambrada vegetal que protegería la costa de una invasión enemiga. Hoy los campos están totalmente abandonados. Asoman aquí y allá henequenes que han resistido el asalto de las malas hierbas. Al parecer, la Rayonera también cerró. Y siento un gran alivio: no se prevén invasiones. La línea de defensa es obsoleta.

Tras algunas vueltas, llegamos al Hotel Tuxpan. Como las portadas de los premios Planeta, la entrada es prometedora.

A primera vista, el contenido tampoco está mal.

Ni el entorno del hotel y sus instalaciones. Sí notamos de inmediato que el hotel está casi vacío. Estarán en la playa o en la piscina. Pero no.

Tras registrarnos, en la carpeta nos colocan unas manillas plásticas y quedamos marcados como ganado turístico. Por suerte, no se trata de una chapilla presillada a la oreja. Sin otro trámite, podremos acceder a los bares, discoteca, restaurantes y al resto de los servicios, incluso comidas ligeras y bebidas en una cafetería abierta las 24 horas.

En la playa encontramos a una decena de huéspedes. Una familia de rusos que ya no traen camisas de nylon, sino toallas con el Pato Donald, y negocian la compra de cobos a un empleado del hotel. Tres francesas o francocanadienses llenan termos de daiquirí. They dance alone, como diría Sting, alrededor de la piscina. A las cinco de la tarde ya han quemado dos etapas y se acercan a la estratósfera etílica. Tres o cuatro españoles y un cardumen de alemanes que no se alejan del bar al que se accede directamente desde la piscina, mojito en la diestra y jinetera en la siniestra. El trópico los ha desinhibido. Hablan más alto que los nativos.

En el restaurante descubrimos que, salvo las excepciones anteriores y un puñado de venezolanos, el resto de los clientes son cubanos. Familias enteras. No es difícil distinguir en cada grupo un “jefe de núcleo”: el que vino de allá y los trajo pacá. A veces las evidencias son inapelables: un cadenón de oro con el que se podría inmovilizar a una pantera, unos pies con calcetines enfundados en unas sandalias, o la palidez propia de quien no vive bajo este sol del mundo moral. En otros casos, el indicio es más sutil: una parsimonia propia de otros climas, cierto desgano en el acarreo desde el bufet hasta la mesa, o la deferencia del familión.

Desde que permitieron a los cubanos (de consumo nacional) acceder a los hoteles, hay cubanos (de exportación) que se libran durante algunos días del calor y el ruido de la ciudad y cargan con la familia hacia el extranjero más cercano: Varadero. De no ser por ellos, la temporada alta sería más baja aun. Pero es un extranjero relativo, porque el bum bum bum del raegguetón que sale desde unos enormes bafles en las inmediaciones de la piscina recorre todo el hotel. Es lo que llaman el “color local”.

El mar es espléndido, como corresponde, y hasta donde se pierde la mirada hay muy pocos bañistas.

Horas después, la tarde no cae. Se desploma en un estallido de luz. Por un momento, el mar parece plomo y es como si hasta el viento se detuviera a la espera del siseo del sol cuando toca el agua en el horizonte.

Después de la cena, Daniel afloja la plata (¿o fuimos nosotros?) y se mete una hora en Internet a razón de 10 CUC. Visita su bitácora, El País, Google y descubre la existencia de Ávila Link, el programa con que ETECSA vigila la red (tiempo y lugar de navegación, visitas, historial y barreras a páginas “indeseables”). Intenta entrar a Cubaencuentro pero es página bloqueada, no así The Real Cuba, donde la Isla sangra entre barrotes. La ciberfiana está perdiendo eficacia. Y se comenta que entre los nuevos reclutas de la Universidad de Ciencias Informáticas se ha detectado trapicheo virtual y producción de pornografía para la red.

En la noche, nos acercamos a la discoteca, el paraíso del raegguetón. El ritmo espasmódico invita a algunos bailadores. Cuatro nórdicos aletean en la pista a ritmo de alguna tonada folklórica inuit que deben estar escuchando en su fuero interno.

El DJ repite cada cierto tiempo el raegguetón de moda. Su estribillo recomienda: “échale un palo” y, más tarde, “échale dos palos”, y así hasta la viagra.

A medida que avanza la noche, descubrimos que por una puerta diferente a la que da al hotel, por donde hemos entrado, acceden al local jóvenes cubanos de ambos sexos salpicados de extranjeros. Muchachones de gimnasio y dorador con camisetas sin mangas para exhibir los bíceps. Muchachas con licras que dibujan todos los relieves, hasta el salpullido y los lunares. Escotes vertiginosos y altos tacones. Una negra y una rubia que han entrado juntas no dejan de bailar junto a una mesa en la zona más alta. No bailan entre ellas. Compiten. Al fin la rubia (¿o fue la negra?) obtuvo su premio: un extranjis que no habla español. Ni falta que le hace. Un mulato bajito y musculoso baila en la pista con tres italianos que lo acarician al unísono. Me temo que esta noche hará horas extras.

Mañana nos explicarán que la puerta misteriosa por donde entran a raudales los musculosos y las atrincadas es la que da a la calle. Por 5 CUC se accede al local y las cervezas valen 2. Además, esta noche de lunes es la única discoteca, el único coto de caza abierto en todo Varadero. Sin querer, estamos presenciando una síntesis de la noche local. Si, como dijo en su día Fidel Castro, las jineteras cubanas son las putas más cultas del planeta, asistimos a un verdadero Congreso de Educación y Cultura.





Diario habanero. Domingo 19 de julio, 2009

19 07 2009

El barrio despierta con una actividad inusual.

Mientras bebo mi café en el portal, observo a cinco o seis miembros del CDR (supongo, por experiencia) que se afanan en chapear la hierba, ya casi sabana, que crece en los canteros de las aceras. Con un rastrillo cuyo sonido contra el cemento me pone la piel de gallina van apilando la hierba cortada, hojas, basura, y dos de ellos se encargan con un serón de irla echando al tanque de la esquina. Después untan con una lechada desvaída el bordillo de la acera.

Venezuela ya ha adoptado los CDR bajo el nombre de consejos comunales, y en Ecuador son los Comités de Defensa de la Revolución Ciudadana. ¿Por qué los malos ejemplos siempre cunden más rápido que los buenos?

Continúo observando a los cederistas en su tarea de embellecimiento y ornato. Mi casa alegre y bonita. Y voy notando algo extraño, pero aún no estoy seguro.

Este es el costado amable de los CDR: trabajos voluntarios para embellecer la cuadra, campañas de vacunación a los niños y prueba citológica a las mujeres, reciclado de materias primas, apoyo a los médicos de la familia. El costado tenebroso es la vigilancia, el acoso a los disidentes, los mítines de repudio. Quién hace qué y cómo. El que entra y el que sale. La actitud de cada vecino ante las guardias, las movilizaciones, la votación y cualquier otro llamado de la patria. Quién tiene amigos extranjeros. Hasta los olores de las cocinas: tufo a libreta de abastecimiento o aroma a bolsa negra. ¿Cuántos viajes, becas de estudios, promociones, ascensos o la simple permanencia en un puesto de trabajo habrán frustrado los “informes del CDR”? La maledicencia y el chisme elevados a políticas de Estado.

Y el caso contrario. En mi barrio vivía un joven que desde los 16 años entraba y salía de la cárcel con breves vacaciones interpenitenciarias, lo suficiente para cometer otro robo con fuerza, a mano armada, con intimidación, hurto, receptación… Pero su tío era el presidente del CDR. Cada vez que venía la policía o los servicios sociales para preguntar por él, declaraba solemnemente que su sobrino había sido un muchacho díscolo, mala cabeza, pero se estaba rehabilitando y en ese momento su comportamiento era ejemplar. En 1980, los agentes fueron cuadra por cuadra preguntando por los delincuentes habituales para enrolarlos directamente y sin escala en las embarcaciones que estaban llegando por cientos al puerto del Mariel. Cuando preguntaron directamente por el que llamaremos X, dada su larga hoja de servicios delictivos, de nuevo el tío declaró solemnemente que había sido un muchacho díscolo, mala cabeza, pero se estaba rehabilitando y en ese momento su comportamiento era ejemplar. Cuando X llegó por la tarde y se enteró, le metió a su tío un mitin de repudio que se escuchó en todo el vecindario, y corrió a Mariel a declararse delincuente, antisocial, vago, lumpen, homosexual y lo que hiciera falta para enrolarse como grumete en aquellas travesías.

Tampoco los CDR son homogéneos, como corresponde a este clima tropical y aciclonado. A veces el presidente y el de vigilancia aceptan el cargo compulsados por sus vecinos, pero “no están en na” y en las comprobaciones resulta que “toel mundo e gueno”. Otras veces son los delincuentes del barrio los que dirigen el CDR. En cierta cuadra, la compañera de vigilancia era una solterona que merecía un puesto en el combinado lácteo, porque le hizo la vida un yogurt a toda la parroquia. Un día, encontró marido, y se obró el milagro. Canturreaba camino a la bodega, no salía de noche a comprobar si el del cuarto piso había faltado a la guardia y saludaba afectuosa a los traficantes de los bajos. Todos ponían caramelos a Eleguá, el que abre los caminos, para que el vigilante consorte siguiera por muchos años como el logotipo de los CDR: enarbolando el machete y con la guardia en alto. Pero el hombre no le duró ni cuatro temporadas. En su velorio lloraron todos los vecinos. Nadie se postuló para cubrir la vacante.

Y ahora me percato de que, efectivamente, hay algo extraño. Ni un solo joven, ni un solo medio tiempo, ni un solo subtembo se ha incorporado a esta movilización dominguera. El menor de los cederistas andará por los 65. El más viejo se apoya en la guataca para no caerse. Es la Revolución de la tercera edad. Me recuerda a esos aniversarios nostálgicos en la Plaza Roja de Moscú donde octogenarios cargados de medallas portan banderas rojas y retratos de Stalin. No hay nadie en los balcones. La gente, pudorosa, se ha acogido a las habitaciones interiores. Tampoco de trata de mirar a los viejitos como si fuera un juego de hockey sobre césped categoría senior. Los jóvenes desmayan, dicen que “ese no es su maletín”. Prefieren la maleta. Ya podarán el césped en su jardín de Hialeah.

Al terminar el trabajo voluntario, arman una mesa en medio de la calle, traen algunas botellas de refrescos, dulces y caramelos. Hoy se celebra el día de los niños y los chamas del barrio acuden en tropel. Algunos ya se habían incorporado a las postrimerías del trabajo voluntario para garantizar su participación en la posdata. Organizan una cola que desemboca en la mesa con una rapidez premonitoria de las miles de colas que les depara el futuro. (Claudia, mi hija mayor, llegó a España con 12 años y se intoxicó de Coca-Cola tras beberse durante semanas tres o cuatro litros diarios. A Daniel, que llegó a los 4, tuvimos que racionarle los caramelos, gominolas, snacks, helados, chupa chups. No tenía fin). La UNICEF debería consignar el inalienable derecho de los niños a las chucherías. Mientras el fiñerío espera su turno ante la mesa, camino hasta la gasolinera de la esquina. A mi regreso, coloco sobre la mesa una caja de helados. La viejita que reparte las chuches me mira sorprendida y yo apenas le doy tiempo a dar las gracias. Ocupo de nuevo mi observatorio en el portal, a la espera de que los míos resuciten. Les advertiré que ya terminó la chapea. Pueden despertarse.

Cerca del mediodía acudimos al Pabellón Cuba, donde debemos encontrarnos con una editora amiga. Es una especie de feria cultural. Pero la cola es imponente y ya hemos perdido el entrenamiento de los niños del barrio. Imposible entrar. Daniel, alérgico a las aglomeraciones, es el primero en desertar de la cola.

La Rampa sigue siendo ese río de asfalto que desemboca al mar.

Aunque casi desierto a esta hora.

Salvo un par de nativos que se alejan, y un par de especímenes migratorios que miran a la cámara o a los celajes.

En el costado del Habana Libre hay un enorme cartel convocando a la unión ante la crisis del capitalismo mundial. Una vez concluida la crisis, podremos desunirnos.

Y el llamado a la unión contrapuntea alegremente con otro cartel situado a escasos metros. Leerlos de conjunto puede prestarse a equívocos.

Tras un café claro y caro en el Habana Libre, nos acercamos a la cafetería que está frente a Coppelia, junto a la parada de la guagua. La han dividido en dos cafeterías independientes. En la primera, compramos perros calientes de a diez pesos. En la segunda, sólo venden café. Por respeto al personal que se aglomera, no tomo la foto. La cafetería se llama Batalla de las Ideas, lo cual no nos ofrece ni una mínima pista sobre la calidad del café.

Cruzamos la calle hasta Coppelia, pero no disponemos de dos horas para esperar disciplinadamente nuestro turno. En los jardines se encuentra el área donde se paga en CUC. Sin cola. Una zona apartada donde en ese momento tiene lugar una reunión del Partido. (¿El PC-CUC?). Pero son sólo tres los comensales de la bandera roja. Queda mucho espacio disponible. Para nuestro asombro, me preguntan cuántos gramos de helado queremos, a razón de 9 céntimos de CUC por gramo. Jamás he sabido cuántos gramos de helado tiene una bola. Pesan la copa en una balanza, añaden el helado y calculan la diferencia. Tres bolas de helado y un agua mineral, 4,40 CUC. La memoria gustativa no reconoce este chocolate desvaído, levísimo, olvidable. ¡Ah, Haguen Dass! Quizás la venta de helado al peso sea la contramedida para neutralizar una rara habilidad de los heladeros cubanos. Con un rápido giro de la muñeca, conseguían que la cuchara obtuviera una bola perfectamente esférica y sin fisuras. A primera vista, era una bola de helado maciza, pero cuando hundías la cuchara, descubrías que era hueca: rizado de aire, globos de vainilla chip.

En busca de unos tenis baratos para que Nury pueda bañarse en la costa, parqueamos junto al hotel Riviera y entramos a Galerías Paseo, pero nada de nada. Con lo que cuestan los tenis más baratos nos sobraría gasolina para llegar a Varadero.

Al regreso, entramos al Riviera y pedimos unos mojitos. Al barman debió acalambrársele la mano, porque uno de los cocteles tiene todo el ron que le falta a los otros. Como si hubiéramos pedido un carta plata doble a la roca y dos limonadas. Trasvasamos líquidos de un vaso a otro hasta obtener mezclas más o menos aceptables.

Los servicios de siempre, a la entrada del cabaret Copa Room, están clausurados, y bajo a los sótanos. Al entrar al servicio de caballeros, me golpea como un mazazo un hedor insoportable a fosa. Como si hubiera descendido más de la cuenta, hasta las alcantarillas de la ciudad. En una esquina del baño, salen a borbotones por un registro las aguas albañales. Ya han formado un pequeño lago de aguas negras que debo bordear para entrar en una de las cabinas. A la salida, me dirijo a dos personas armadas con servilletas de papel que, presuntamente, cuidan los baños.

—¿Ustedes saben que en el baño de los hombres hay un lago de aguas negras?

—Sí. Lo sabemos.

La escuetísima respuesta me desarma. No hay ninguna posdata al estilo de “ya viene hacia acá el personal de mantenimiento”, “lo arreglaremos en breve”, “habilitaremos otro baño mientras se repara”. Sólo “lo sabemos”. Conocimiento y paz espiritual, el nirvana, como ante las cucarachas en los estantes de 3ª y 70.

Regresamos a casa para ducharnos y cambiarnos de ropa. Esta noche tenemos una cena en casa de un escritor amigo, de la (no tan) vieja guardia. Pero antes deberemos dejar a Daniel en casa de mi hermana. Su prima ha acordado con él llevarlo esta noche a conocer la fauna nocturna de la calle G, donde se reúnen, particularmente los fines de semana, los jóvenes de la ciudad que (son) (se creen) (aspiran a ser) (son considerados) diferentes.

La cena es excelente, pero el mejor plato del menú es la amistad. A nuestro anfitrión lo vemos con bastante frecuencia a su paso por Madrid, no así a la sorpresa que me tiene preparada: ha invitado a otro colega a quien no veía desde hace quince años, cuando coincidimos en un tren italiano rumbo a Milán. El encuentro es formidable. Y la sintonía en que discurre la conversación, como si la hubiéramos interrumpido ayer por la tarde, demuestra que en la mayoría de los casos, el humus del diálogo sólo espera por la semilla.

Hablamos de nuestras vidas y proyectos, del país y su incierto destino. Todos coincidimos en que ponerlo al día en el plano económico puede tardar no menos de tres lustros. Y Nury toca el punto más doloroso: reconstruir el país moral puede tardar varias generaciones.

Contamos nuestras experiencias durante estos días. El robo modelo yihad en la Asociación Árabe de Cuba. Y todos los que hemos podido abortar. Un gasolinero me insistía en que entrara a pagar mientras llenaba el tanque, pero en otra gasolinera ya había visto el procedimiento de hurtar un par de litros en ausencia del chofer. Las cuentas rápidas y verbales en las pequeñas tiendas, que deberás rectificar también al vuelo. El bar donde, tras una consumición de quince minutos, intentaron añadirnos un Red Bull. A ritmo de raeggetón, los intentos de robo se han sucedido tres o cuatro veces al día.

El socialismo, particularmente el cubano, tradicionalmente finge pagar un salario y, a cambio, sus empleados, casi todo el país, finge trabajar. Desde muy temprano, timar al Estado es algo admitido, incluso meritorio. Ya ha recibido nombre. Cuando alguien va en busca de trabajo, no pregunta por el salario (siempre es una cifra simbólica), sino por las “búsquedas”. Si no hay “búsquedas” (gasolina, comida, propinas, productos que anexar o servicios que es posible prestar contra reembolso sin que el patrón se entere), no vale la pena entregar tu tiempo al Estado por el equivalente a 14 sandwiches ó 10 cervezas mensuales. Pero ya no se trata sólo de timar al Estado. Incluso en el sector turístico, donde un buen servicio suele ser recompensado con una propina, el engaño al cliente no escampa. Productos de más en la cuenta, sumas erróneas, siempre por exceso, “errores” al devolver el cambio. Y nunca hay una protesta cuando el cliente rectifica la cantidad. Sólo un neutro “disculpa, fue un error”, repetido maquinalmente decenas de veces al día, cada vez que algún pichón de matemático descubre el engaño.

Se cuenta que un nórdico fue engañado en la vuelta y regresó desde la calle para exigir cinco centavos. El dependiente se los entregó sin discusión, y el turista los colocó de nuevo en el mostrador. “Yo te los doy. Tú no me los quitas. ¿Do you understand?”.

Otra anécdota es más indignante: un cubano acudió a un establecimiento acompañado de varios extranjeros. Por el trato entre ellos, se supone que eran sus amigos. Tras varias rondas de cervezas, el camarero les entregó la cuenta. Mientras esperaban por el vuelto, el cubano se excusó para ir al baño. Entró a la cocina del establecimiento y se encaró con el camarero: “Sé que nos has metido ocho cervezas de más en la cuenta. Si no repartes la ganancia conmigo, llamo a la policía”. Y la ganancia fue equitativamente repartida.

Tras cincuenta años de “moral socialista”, una buena parte de la sociedad cubana, entrenada en la noción de que el trabajo es la peor fuente de ingresos, se aproxima a una moral elástica, utilitaria —ser “pobre, pero honrado” ya no es un mérito—, que relativiza la ideología y pondera el éxito, pero no el conseguido con nuestra laboriosidad o inteligencia. El éxito. Sin apellidos. Empresarios del mercado negro, fauna nocturna al servicio del turista, policías e inspectores que recaudan sobornos, funcionarios que agilizan trámites contra reembolso, comerciantes a costa del patrimonio estatal confiado a su custodia o dejado a su alcance. Gracias a ellos, ya se puede comprar un carné de conducir, un pasaporte, cirugía estética o a corazón abierto, un título universitario o un AK-47.

Coexisten la Cuba oficial de los viejos patriarcas y la Cuba desesperanzada que espera, ansía (y teme) el cambio. La Cuba de los jubilados condecorados con pensiones de seis dólares al mes, que para sobrevivir bucean en la basura o trafican con lo que encuentran, y la Cuba de los nuevos empresarios, los teléfonos móviles, los autos occidentales y la corrupción (la burguesía de mañana en su crisálida roja). La Cuba nocturna de jineteras y pingueros, chulos y tahúres, alcahuetas y policías, y la Cuba diurna de hambreados cirujanos, ingenieros y matemáticos, que pedalean sus bicicletas cada mañana hacia el trabajo a cambio de quince dólares mensuales; profesionales de alto nivel que sólo aspiran a cenar esta noche y se conformarían con que sus hijas fuesen camareras, siempre que eludan la tentación de convertirse en putas.

Es casi la una de la mañana cuando recogemos a Daniel tras su expedición a frikiland. Durante el camino de regreso, nos cuenta sobre la variopinta fauna de G: emos, frikis, satánicos (una especie de góticos tropicalizados); rockeros, trovadores, hombres lobos (para escarnio de las mitologías, algunos son lampiños); vampiros (de las tres subespecies: los biológicos, tradicionales chupasangre; los astrales, chupaenergía, y los sexuales, que se nutren directamente de la gozadera); reguetoneros, punkies de buen talante; mickies (niños bien que, al parecer, descienden de Micky Mouse), y repas (abreviatura de reparteros), una especie que, como los partidos nacionalistas, desciende de la geografía. Y, sobre todo, policías.

Daniel habla de todo aquello como un desfile de antimodas; las tribus con sus rituales; la búsqueda de un espacio gregario que no sea el CDR de la cuadra o la Ujotacé; la necesidad de sentirse más distintos que los demás en la sociedad de los iguales por decreto. Pero él tiene la sensación de que no reivindican nada, no quieren cambiar nada, no desean imponer nada. Sólo aspiran a que les concedan el mínimo espacio para respirar sin acoso, a que las autoridades los toleren como a una micosis persistente: pica un poco, pero de eso no va a morir el comunismo tropical. Uno de los jóvenes, entrevistado hace algunos meses, decía que ellos no tienen una agenda política. Vienen a divertirse. “Sublevarse no tiene sentido”, apostilla. Bastante tenemos con luchar cada día la comida, el trasporte, las necesidades elementales. Además, “nadie en su país está del todo contento, ¿no?”. Por menos que esas mínimas aspiraciones, en los años 60 muchos fueron a parar en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, las tristemente célebres UMAP.

Aun así, los muchachos de la calle G están bajo constante vigilancia. Los policías piden carné continuamente y, de vez en vez, ponen multas por pisar el sitio donde debía estar el césped.

Los ejemplares más raros son los pastores protestantes que acuden a hacer proselitismo. Pero la Biblia no tiene banda sonora. Y los policías de paisano. Es ridículo su intento de pasar por jóvenes alternativos. El disfraz les queda como un disfraz, parecen siempre a punto de cuadrarse en atención al paso de un superior, tuercen la mirada como matones de barrio y tuercen los oídos ante el rock que sale de las bocinas. Los de uniforme pasan más inadvertidos.

Dice Daniel que Patricia le preguntó en G: ¿Qué tal si te enamoraras de una emo lánguida y depresiva? Y él no pudo contener la carcajada cuando se pensó a sí mismo con la barba cuajada de lacitos rosados.

Al llegar a casa no consigo dormirme. Regresa una y otra vez a mi memoria la frase de un turista español. Tras beberse un par de copas, pagó lo consumido. Al traerle el vuelto, el camarero le había hurtado un dólar. Lo llamó y reclamó que se lo devolviera. Con el habitual “disculpe, fue un error”, y sin inmutarse, el camarero devolvió el dólar. Pero el turista no había terminado. “No. No fue un error”, le dijo. “Lo que ocurre es que ustedes quieren robarle al turista lo que no tienen huevos de exigirle al gobierno”.





Diario habanero. Sábado 18 de julio, 2009

18 07 2009

Muy de mañana, Bolívar, Daniel y yo salimos hacia la sala Kid Chocolate, a veinte metros del cine Payret, frente al Capitolio. Hoy ofrecen un cartel de boxeo en categoría menores de 16 años.

Tras pagar el peso de la entrada (un CUC si eres extranjero) accedemos al polideportivo. Es una buena instalación pero la ausencia de aire acondicionado nos hace sudar casi tanto como los púgiles.

Ya han celebrado cinco peleas cuando entramos, pero serán un total de 26 con los mejores encuentros a última hora de la mañana, la discusión de las medallas

Casi sin excepción, los jóvenes luchan como si estuvieran discutiendo el cetro mundial. En algunas peleas la tensión sólo decae un poco en el tercer round, cuando los gritos del público no consiguen aliviar el cansancio. Un público entregado y bronco donde seguramente están los familiares de los muchachos.

A pesar de que en Cuba el boxeo es uno de los deportes con más tradición, se aplaude más la valentía que la eficacia, al fajador incansable que al técnico.

Un boxeador alto y delgado de una de las provincias orientales retrocede por todo el cuadrilátero acosado a jabs por un contendiente más pequeño pero macizo, que como un bulldog busca constantemente el cuerpo a cuerpo. El alto sabe que su éxito depende de mantenerlo alejado y no permitirle imponer la pelea en la corta distancia ni dejarse acorralar en las esquinas, pero sus golpes no tienen la contundencia necesaria para disuadirlo. El público le grita “grande, pendejo”.

El ambiente está caldeado. Y no es una metáfora. Cuando me quito la gorra, parece que la acabo de sacar del agua. Daniel, que era el más interesado porque durante un año practicó boxeo, también se está derritiendo a sudores. De las 26 peleas, conseguimos ver 8. Suficiente.

Mi suegro prefiere regresar a casa y captura un botero en Prado y Neptuno. Esperemos que no sea La Engañadora.

A la altura del Payret, una negra alta y delgada, demasiado amueblada para la hora, se acerca y con una dicción de academia de idiomas me pregunta:

–Where are you from?

–¿Yo? De La Habana Vieja, mi amor.

Se vuelve hacia otra muchacha que la acompaña y que se ha hecho pudorosamente a un lado:

–Éste es más cubano que tú, Candita.

Y ambas se alejan con un contoneo de desdén en busca de alguien que haya estudiado para extranjero desde su más tierna infancia.

Subimos por el boulevard de San Rafael atestado de gente que camina, compra, come, mira, espera. Vamos a la antigua librería Vietnam Heroico, al lado del parque Fe del Valle, donde quedaba El Encanto. Como ya Vietnam hace muñequitos plásticos para todos los McDonald’s del planeta, ahora se llama Centro Cultural Habana. Por 11 CUC arramblamos con una montaña de libros. La rama dorada, de Fraser, que le compro a mi sobrina, cuesta 20 pesos cubanos, 4 menos que un refresco de cola. Encuentro la novela Ella estaba donde no se sabía, de mi amigo Froilán Escobar, nueva edición-flor de La vieja que vuela, porque se deshoja como una margarita apenas tocarla. Los Papeles, del Obispo de Espada y tres de los 4 volúmenes del Centón epistolario, de Domingo del Monte. Capturo también el Epistolario, de José María Heredia; los dos tomos de la Obra poética, de Fina García Marruz; El ingenio del mambí, interesante estudio de la vida cotidiana de los mambises realizado por Israel Sarmiento Ramírez; la edición crítica de los Diarios de campaña de Martí, a cargo de Mayra Beatriz, y otros tantos.

No hay, desde luego, la variedad que sobresatura cualquier librería medianamente surtida de una ciudad medianamente importante.

Salvo excepciones, los libros ya no valen, como antes de nuestra era, tres, cuatro, cinco pesos, y son tan caros para un salario en pesos como lo son en España para un salario en euros, pero, al cambio, su precio es una ganga. O una supertanga. Hay libros excepcionalmente baratos. Las memorias de la guerra de independencia del coronel Manuel Piedra Martel, del teniente coronel Ramón Roa y del general de brigada Enrique Loynaz del Castillo, me cuestan dos pesos cubanos cada una. Las memorias de tres mambises por la cuarta parte del precio de una cerveza Bucanero. Es el triunfo póstumo del corso y la piratería.

Durante todos estos años, algo no ha cambiado. Las ediciones son tan feas como de costumbre y el papel envejece prematuramente. No obstante, la labor editorial es, con frecuencia, excelente. En el mundo del libro español, las portadas son brillantes (hablo de luminosidad), no es raro que estén bien diseñadas, el papel suele ser de buena calidad, pero hay mucha tripa que parece haber viajado, sin intermediarios, del CD que entregó el escritor a la imprenta. Es como si el autor intimara con sus lectores al entregar su manuscrito final para recabar nuestra opinión.

Durante el almuerzo, mi sobrina me cuenta la función del Royal Ballet of London que anoche disfrutó sentada en las escalinatas del Capitolio. Por la pantalla gigante desfilaron Viengsay Valdés, Tamara Rojo, Carlos Acosta, Joel Carreño y Federico Bonelli. Cientos de espectadores asistieron al espectáculo y, en un intermedio, los bailarines salieron del teatro y se acercaron al Capitolio para saludar al público. En particular, Carlos Acosta, quien dijo que esta noche es una experiencia digna de contarse a nuestros hijos y nuestros nietos. Y lo que hemos bailado hoy es para ustedes que son mi verdadero público. Un discurso de candidato a alcalde en campaña electoral que no se explica si desconocemos los antecedentes.

Acosta, primer bailarín del Ballet Nacional y uno de los mejores que ha dado la Isla, pasó años sin que la Prima Ballerina Assoluta lo llevara a ninguna gira internacional (algunos cuentan que por demasiado negro). Hasta que se marchó y encontró su lugar como primer bailarín en el Royal Ballet. De modo que cuando su compañía propuso ofrecer una función en La Habana –hijo pródigo, indiano en dirección contraria que regresa envuelto en la capa mágica del éxito–, la secretaria general del Ballet Nacional dijo que nunca, jamás, never, niet, que por encima de su cadáver. No. No se apresuren. Sigue viva. Los productores del Royal Ballet dieron un astuto giro a su propuesta y la plantearon como un homenaje de la compañía a Alicia Alonso. La palabra “homenaje” fue como el Ábrete Sésamo, el Abracadabra pata de cabra. El ego desparramado fluyó por las escalinatas del García Lorca. Los turistas chapotearon en ego líquido pensando que se había volcado un bidón de aceite de ricino. Y el sí de la homenajeada se escuchó en los suburbios de Londres.

Mañana nos enteraremos por un amigo que asistió anoche al teatro García Lorca que el aire acondicionado fue conectado a las cinco de la tarde, no desde el mediodía como aconsejaba un local tan grande. Al empezar la función, el lugar estaba tan caldeado que los bailarines transpiraban a chorros y hubo resbalones en los charcos de sudor. El calor y los deslizamientos no impidieron que la función fuera memorable.

Gracias a mi hermana, me marcho con un buen mazo de antiguas fotos familiares que escanearé en Madrid: mi abuela a los 20 años en Avilés, un tío abuelo pintor presentando una exposición en Asturias, la última foto de mi padrino en Nueva York. Mi abuela y sus seis hijos. Seis hermanos que a inicios de los 60 se repartieron equitativamente: la mitad se quedó en Cuba, y la otra mitad, expropiadas una finca y una granja avícola, cambió la tierra por una fábrica de Nueva Jersey donde tuvieron que reinventarse la vida entre el inglés y el hielo. Las fotos son el registro de éxitos y naufragios, olvidos y recuerdos, en rectángulos de cartulina. Memoria en blanco y negro de quienes nunca regresaron a Avilés tras emigrar a Cuba, y de quienes nunca regresaron a Cuba, nunca desandaron su camino en la era de los vuelos charter.

Por la tarde, Daniel y yo visitamos a un escritor amigo que nos espera con jugo de mango y buena conversación. Ambos suculentos.

En la noche tenemos una cena familiar ineludible. Es como reproducir en miniatura “la Nación y la Emigración”, esos simulacros de conciliación nacional que convoca de vez en cuando el gobierno de la Isla. Un alto funcionario y un exmilitar, exiliados en Miami y en España, aspirantes al exilio y al insilio, ateos y creyentes de diversos credos. Los oportunos silencios y los chistes para todas las edades nos concilian. El tamal en cazuela, también. Un grupo humorístico alertó recientemente de que los peces del Caribe invadirían la Isla. Nadie los pesca y siguen reproduciéndose a buen ritmo. Podrían entorpecer la navegación de altura. Pero, me aclaran, este pargo no fue capturado tierra adentro. Y deben tener razón, porque de tan fresco parece a punto de guiñarnos un ojo en la parrilla.





Diario habanero. Viernes 17 de julio, 2009

17 07 2009

Como dicen que en el mar la vida es más sabrosa, aprovechamos nuestra independencia automotriz para irnos a las playas del Este.

Por la carretera Monumental y, más tarde, por la Vía Blanca, que se mantienen en bastante buen estado, encontramos una serie de vallas con “personalidad propia”. A riesgo de repetirme, debo mencionarlas. En ellas se consigna que “una semana de bloqueo equivale a 48 locomotoras”; “con cinco horas, se pudieran comprar los dializadores que se utilizan para las hemodiálisis por un año”, “3 días equivalen a los materiales de un curso escolar”, “un día, a 139 ómnibus”; “12 horas, al costo de la insulina necesaria en un año para 24.000 diabéticos; «8 horas, a los materiales para reparar cuarenta círculos infantiles»; «2 horas, a las máquinas braille de todos los ciegos del país», y “un minuto, a los materiales de construcción empleados en una vivienda”.

Un principio elemental de la publicidad es que deberá colocarse allí donde surta efecto. La Sony no instalará una valla prodigando las bondades de su novedoso MP3 en la Asociación de Sordos, ni North Pole publicitará en Guinea Ecuatorial su último modelo de abrigo polar.

Desde que Clinton firmó la Ley Helms-Burton tras el derribo de las dos avionetas de Hermanos al Rescate, el único autorizado para derogar el embargo es el congreso norteamericano. Pero ese congreso no es impermeable a la opinión pública de su país. Si el propósito de esta campaña fuera sensibilizar a la opinión pública sobre la perversidad de esa política y la necesidad de abolirla, habrían colocado las vallas en territorio norteamericano, a un precio seguramente menor que la campaña por la liberación de los cinco espías.

Pero no es un error. El propósito de este mensaje no es presionar por la derogación del embargo, sino convencer a los cubanos de que el culpable de todos sus males es el vecino de enfrente. Y, desde luego, se tocan las heridas más sangrantes en la vida cotidiana de la Isla: la falta de medicamentos, el transporte, la escasez de recursos para la educación, la vivienda. No se denuncia cuántos días, semanas, meses o años de embargo cuestan los equipos antimotines; el mantenimiento de unas fuerzas de seguridad sobredimensionadas; el gigantesco dispositivo de seguridad del Comandante en Jefe; la desproporcionada actividad política internacional, cabildeo, eventos, giras, grupos de solidaridad y atención a los “compañeros de viaje”; el patrocinio de las guerrillas latinoamericanas; las ínfulas de gran potencia con asesores y tropas dislocados durante años en tres continentes, o el mantenimiento de 147 representaciones diplomáticas en 119 países. Ya sé que, en buena medida, esa la pagamos los cubanos del outside con el “impuesto revolucionario”, los trámites a sobreprecio en la shoopings consulares. Pero ese dinero podría paliar las miserias de los habitantes de la Isla. O, lo más elemental, si cada valla necesita 36 metros de angulares y 30 metros cuadrados de planchas de hierro, como nos cuenta Odelin Alfonso Torna, ¿cuántos antibióticos podrían comprarse con ellas?

Aun dando por bueno que el embargo ha costado a Cuba 90.000 millones de dólares, faltaría por responder qué se hizo de los 180.000 millones en ayuda soviética, sin contar una deuda impagada de 20.000 millones. Obviamente, el trueque de Coca-Cola por vodka fue muy rentable.

De momento, nosotros, ya pagado el “impuesto” –si uno gasta 555 euros en tres pasaportes, espera, como mínimo, recibirlos en un estuche de caoba con cantoneras de oro 18–, vamos quemando gasolina venezolana hacia la playa. Entramos por El Mégano y avanzamos hasta el final de Santa María, extrañamente desierta en pleno julio. Cuando nos acercamos a Boca Ciega, en la carretera comienzan a aparecer dunas de arena. Nos detenemos en Mi Cayito, antes del puente, y dejamos el carro en un parking. El parqueador nos alerta: de ahí en adelante no se puede seguir. Un ciclón del año pasado se llevó lo que quedaba del puente de madera, de modo que el único modo de llegar a Boca Ciega es subiendo de nuevo a la Vía Blanca.

Hubiéramos querido pasar por la casa de unos amigos que viven ahora en México, y por el hotelito de la UNEAC donde disfrutamos algunas vacaciones. La última, pocas semanas antes de salir de Cuba, en 1994. Durante esa semana en Boca Ciega, alguien necesitó con urgencia nuestra lavadora Aurika, la levantó dos metros por encima del muro del patio, y olvidó devolvérnosla. Operación sigilosa, porque nadie vio, nadie oyó, nadie supo. Para quienes no capten la magnitud de esa proeza: el control de calidad de la Aurika incluía dos leñadores siberianos. Si su intento de levantarla era infructuoso, estaban listas para salir al mercado.

El mar sigue siendo espléndido. Que conste en acta:

Y la playa está casi desierta, como si los habaneros se hubieran confabulado para otorgarnos la ilusión de un mar intocado lamiendo la arena virgen.

Lo único que nos estropea tanta virginidad es un turista que se planta a cinco metros de nosotros, como esas ballenas que varan en la playa. Pero no tiene intenciones suicidas. Lo acompaña una adolescente que, a juzgar por el acné, podría ser su nieta. Le soba con cariño la espléndida panza rellena de chorizos salmantinos y morcilla de Burgos.

Daniel, alérgico a todo turismo de sol y playa, se va de andarín Carvajal, a explorar el entorno. Nosotros nadamos durante un cuarto de hora y luego nos dejamos arrastrar por el oleaje. Ingravidez para todos los públicos. Una sensación de abandono, de confort. Algo habrá de nostalgia por aquellos meses nadando en el mar interior de líquido amniótico. Dentro del agua no hay calor, ni apuro. Todas las urgencias se disuelven. En quince años no he añorado ni un solo día el calor, ni la gritería, ni las palmas ¡ay! las palmas deliciosas. Pero el mar sí lo echo de menos. Y lo difícil que es conseguir en Madrid un apartamento con vista al mar.

Al regreso, me detiene la policía a la entrada del túnel, justo antes del antiguo peaje. Reduje a poco menos de 50 km/h en obediencia a una señal situada a unos 500 metros, pero según el agente había otra señal que obligaba a reducir a 40. Entrego la documentación y me vuelven a preguntar por mi pasaporte. El policía dicta por el walkie takie mi nombre y número de DNI. Minutos más tarde le llega una respuesta que no escucho y, como el policía que me detuvo cerca del Comodoro, recomienda que conduzca con cuidado. Y van dos. Tanta condescendencia policial es sorprendente. A lo largo de la carretera he visto un policía cada dos kilómetros. Y casi todos estaban, lápiz en mano, multando a compungidos choferes. Aquí también hay carné por puntos.

Intentamos almorzar en Los Nardos, donde Daniel aún no ha ido. Pero la cola es disuasoria. Bajamos por Prado y se nos ocurre la nefasta idea de almorzar en la Asociación Árabe de Cuba, situada en Prado entre Trocadero y Virtudes. No pierdan ese dato. El restaurante está desierto. Mala señal. Pero el aire acondicionado invita. Y ya es tarde. El camarero, amabilísimo, nos recomienda de la carta, al parecer, lo que ya tienen hecho. La comida es uno de los peores menús, presuntamente árabes, que he probado en mi vida. Suscitan el apoyo a Israel. Pero traemos dentro todo el sol y la sal de la playa, y el aire acondicionado y las cervezas frías, en fin. Pago una cuenta algo elevada para los precios consignados en la carta y salimos a la terraza. Allí Nury se da cuenta de que entre la cajera y el dependiente hay un extraño cabildeo, pero lo pasa por alto de momento. Para más escarnio a posteriori, le dejo al camarero una buena propina.

Bajando las escaleras, Nury comienza a hacer una comparativa mental entre la nota y la carta y sospecha que su pescado se lo han cobrado como si fuera alguna especie en vías de extinción, y cree que nos han introducido más cervezas de la cuenta. Pide la carta a la muchacha que se encarga en la puerta de invitar a los caminantes y monta en cólera. Que nos han estafado y que la comida es un asco y que recomendaremos a todo el universo conocido que jamás, bajo ningún concepto, pisen este antro. Y no le falta razón. Esto es terrorismo gastronómico.

Pero a medida que nos vamos alejando, cuadra tras cuadra, nos convencemos de que no han sido 3 ni 4 ni 5 CUC. Habituado a que en los tickets la suma la realicen las máquinas, y confiando en que Cuba es un país altamente instruido donde se han ganado, sucesivamente, las batallas por el 6º y el 9º grado, no tuve la precaución de comprobar la suma. Y ahí me dieron. De ahí la cara de preocupación que tenía el amabilísimo camarero al traerme la cuenta. Según un estimado conservador, nos timaron, al menos, 15 CUC, 360 pesitos criollos, más de un salario medio, sin contar la propina. Se cumple un viejo axioma nacional: Todos los días sale un comemierda a la calle.

La única virtud de esta experiencia es su valor pedagógico. De aquí en adelante, contaremos escrupulosamente cada vuelto, revisaremos con lupa cada cuenta e incluso llevaremos la contabilidad de los platos, las cervezas y los refrescos. Desgraciadamente, nos vamos dando cuenta con los días que la experiencia no es excepcional. Ya no basta ofrecer un buen servicio a la espera de una propina generosa, sustituir las botellas del bar por botellas propias para embolsarse la diferencia a costa del patrón, no del cliente. Entre experiencias propias y ajenas, iremos recaudando una suculenta colección de anécdotas. Pruebas de algo mucho más grave que la picaresca.

Hoy la prensa cuenta que los Abogados de los Cinco Héroes preparan una nueva batalla judicial. Los otros cinco… ¿Qué será, por cierto, de los cinco antihéroes que también integraban la Red Avispa? ¿Y de la puertorriqueña Ana Belén Montes que, provista con un catalejo high tech de la Seguridad del Estado, vigilaba a la mafia de Miami desde el Pentágono? ¿Y de Walter Kendall Myers y su esposa Gwendolyn que se paraban de puntillas en el Departamento de Estado para vigilar los movimientos sospechosos en La Florida? Puesto a escoger, me quedo con estos “héroes” desechables. Ni ocupan tanto espacio web ni escriben peomas.

Y, a propósito, recibo el excelente artículo “Lo que me pasa con los cinco”, de Reinaldo Escobar, a quien conozco desde hace más de 20 años, cuando ambos portábamos el mismo carné de la misma UPEC. Es una de las reflexiones (ésta sí) más lúcidas y sabrosas que he leído sobre el tema, y está escrita con humor y una ironía de doble filo muy escasas, lamentablemente, en el sainete de la política nacional (de ambos bandos). No puedo dejar de citarlo in extenso (con tu permiso, Reinaldo):

“Como cubano residente en la isla, debería sentirme agradecido de la labor de Gerardo, René, Ramón, Antonio y Fernando. La cifra de 3.478 cubanos muertos por acciones calificadas de terroristas se invoca como un argumento demoledor para justificar la presencia de una red de información en el país donde se han organizado la mayoría de estos actos violentos. Yo hubiera podido ser una de esas víctimas y si hay alguien haciendo algo para protegerme, qué otro remedio no me queda que reconocérselo.

“Lo que me confunde un poco es que esa misma es la cifra usada en un documento titulado “Demanda del pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos” hecho público en junio de 1999, un año después que los cinco fueran encarcelados. Si en el quinto capítulo de esta demanda se responsabiliza al gobierno norteamericano de estas actividades terroristas, ¿de qué manera operaba la red avispa para averiguar lo que hacía “la mafia de Miami” sin afectar al gobierno de Estados Unidos a quien la Demanda acusa como máximo culpable? La única forma de reducir la culpa de los cinco sería entonces reducir la culpa que se supone que tiene el gobierno de USA en el terrorismo contra Cuba.

“Los ocho estudiantes de medicina fusilados en noviembre de 1871 por los españoles son conocidos como los inocentes. Che Guevara lleva el epíteto de el guerrillero heroico. Nadie considera a los ocho estudiantes como héroes ni del Che se ha dicho nunca que fuera inocente. No se puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

“En lo personal, hubiera preferido que el gobierno cubano hubiera reconocido el sacrosanto derecho que tenía a infiltrar espías en el territorio de Estados Unidos, ¿acaso no reconoció un derecho más difícil de admitir “el derecho de los revolucionarios a hacer la revolución” cuando organizó un comando armado en Bolivia para instaurar el sistema socialista en toda la América Latina?

“No tengo nada contra los cinco, como nunca he practicado el terrorismo, sé que no han informado en contra mía. Siempre me he preguntado a quién informaban. Supongo que no sería a los especialistas de filatelia del Ministerio de Comunicaciones e Informática, ni a los técnicos de frutas selectas del Ministerio de Agricultura. Imagino que informaban a alguna dirección de Inteligencia del Ministerio del Interior, donde tendrían no solo un seudónimo, sino además un grado y probablemente un sueldo.

“A menos que se hayan infiltrado por la libre y la Red Vvispa fuera una ONG con fines humanitarios”.

Este asunto de los espías es parte de la decadencia nacional. En silencio ha tenido que ser, la serie que la TV cubana emitió en los 80, blasonaba de cómo los agentes de la Seguridad del Estado se infiltraban en la CIA, burlaban los detectores de mentiras y, armados con doscojonímetros portátiles, superaban a las más altas tecnologías del enemigo. Hoy, en cambio, los espías apenas consiguen infiltrarse en Vigilia Mambisa y transcribir las soflamas de Pérez Roura. Para labores más altas, necesitan contratar extranjeros.

En contraste con el excelente artículo de Escobar, el reflexivo en jefe nos lanza hoy uno de sus ladrillos habituales, “Lo que debe demandarse a Estados Unidos”. En síntesis, todos sus discursos de medio siglo se reducen a exigir la rendición incondicional de las fuerzas armadas norteamericanas, que quedarán a las órdenes de las FAR, el nombramiento de Fidel Castro como presidente vitalicio de Estados Unidos, o, en su defecto, el suicidio masivo de los norteamericanos. Pero en la vida no siempre se consigue todo lo que uno desea. Como se sabe, la candanga ahora es Honduras. Y en tales Honduras se empantana el Columnista en Jefe, quien acaba de merecer el Premio Maestro de Juventudes. La Asociación Hermanos Saíz (AHS), de jóvenes artistas y escritores, reconoce así su labor como aeda de la Revolución, entonando a capella sus discursos ante numeroso y entregado público. Un verdadero best seller de la muela. Y nombran Miembro de Honor a Raúl Castro, joven promesa de las letras cubanas, por su obra inédita.

Esta noche, mi sobrina va a ver el Royal Ballet of London en la pantalla gigante colocada frente al capitolio. Olvidando que es sordo, invita a Daniel, pero a él no lo seduce contemplar un ballet silente, como si Chaplin bailara con el globo terráqueo en El gran dictador al compás del silencio.

Intentando reconciliarme con la gastronomía nacional, y previa recomendación, nos acercamos al Din Don, una paladar que, a pesar de su onomatopéyico nombre, nada tiene en común (gracias a Dios) con Taco Bell. Buena atención, excelentes pizzas y precios módicos. La inventiva ha unido dos casa para crear un portal donde esperar aislado de la calle por la vegetación, una zona de trabajo y los salones comedores. El salón anterior cumple casi estrictamente la absurda regulación estatal que limita la capacidad a 12 sillas, una cifra bíblica en homenaje quizás al filme homónimo de Tomás Gutiérrez Alea. Sospecho que el salón posterior puede ser rápidamente convertido en salita de estar, zona de lectura o un cuarto de juegos para los muchachos. El único retodel Din Don es llegar. La Avenida 11 es lo más parecido a una pista forestal de prueba para todoterrenos. Los peatones no lo tienen más fácil. Las aceras hacen recomendables las botas de trekking.

Mañana nos enteraremos de que la función del Royal Ballet of London ha sido, con diferencia, el acto cultural más memorable del verano. Un acto que requirió grandes dosis de astucia y adulación calculada para remontar con éxito el ego en jefe de la Prima Ballerina Assoluta. Al respecto, circula por La Habana un excelente chiste. Juan Bravo, sepulturero del Cementerio de Colón, llega molido a casa a las once de la noche.

–¿Por qué llegas a esta hora? –pregunta su esposa.

–Hoy enterramos a Alicia.

–¿Y qué?

–Cuando bajábamos el féretro, pasó el administrador del cementerio y me llamó: Bravo…

–¿Y?

–La vieja reventó la tapa del ataúd. No paraba de salir a saludar. Tuvimos que enterrarla diecisiete veces.