Diario habanero, Martes 21 de julio, 2009

21 07 2009

A primera hora, paseo por la playa.

En 1975, el Grupo Teatro Político Bertolt Brecht puso en escena la obra Los amaneceres son aquí apacibles, de Boris Vasiliev. Este paisaje debería llevar ese título: la lengua de arena desierta desdibujada por una luz que aún no arde y un oleaje discretísimo que apenas acaricia la playa, lo suficiente para demostrar que es un ser vivo. El mar es un plato, suele decirse en la Isla. Un plato llano para los bañistas. Un plato hondo y traicionero, comprueban los balseros millas adentro.

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Después del mediodía, abandonamos el hotel y recorremos Varadero. O los vacacionistas son muy pudorosos, o la ciudad está casi vacía. Incluso en el Kawama, uno de sus hoteles emblemáticos, hay una tranquilidad de “tiempo muerto”.

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Tiempo muerto. Posiblemente no haya en ninguna jerga agrícola del mundo una expresión tan rotunda. La muerte del tiempo no es una lúgubre reflexión de Cioran, sino la experiencia estacional de los trabajadores azucareros cubanos. Cuando el central concluía la molienda y el último grano de azúcar salía de la fábrica, comenzaba para cientos de miles de hombres la búsqueda de empleos alternativos para ir tirando hasta la próxima zafra. Una realidad que ya es historia para el 80% de la industria. Con su desmantelación, el tiempo muerto es el tiempo. Muerto y enterrado.

Cuando parqueamos junto al Teatro Sauto, se me acerca un hombre mayor y, con una prosopopeya inesperada me dice: “Buenas tardes. Yo soy el parqueador que cuida los vehículos en esta zona. Si usted lo desea, puedo cuidar el suyo mientras permanezca aquí”. No faltaba más, le digo, ¿quién mejor que usted?, como si conociera su probidad sin tacha de toda la vida.

El Teatro Sauto, al menos por fuera, permanece bien conservado. Nunca fue un edificio hermoso, pero no le falta empaque, una especie de indiferencia señorial hacia los humanos que corretean a su alrededor.

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El centro de Matanzas está cuidado como escenografía.

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Calles adentro, la centrohabanización avanza como la arena del desierto. En las márgenes del río, las chabolas hunden sus tobillos en el agua.

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Entramos a la Editorial Vigía, un edificio del siglo XVIII con su hermoso patio amueblado por una vegetación que sustituye con acierto la pintura. Desde 1985 han publicado títulos de excelentes autores cubanos en primorosas ediciones hechas completamente a mano. Hoy sus libros, numerados y muchas veces firmados uno a uno por sus autores, constan en el Museo de la Biblioteca Británica de Londres, el  Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria, en la Colección Especial de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en el Instituto Latinoamericano de Suecia, el Instituto Cervantes en Viena, la Universidad de Guadalajara, el Centro de Estudios Cubanos de Nueva York, y en exhibiciones permanentes de las universidades de Michigan, Chicago y La Florida. Y la mano que obra esos pequeños milagros es la de un muchacho sordo quien nos explica, en lengua de signos, el minucioso proceso de preparar los materiales, dejarlos secar, y aplicar cada uno de los procesos según un tempo y una paciencia de los que hoy sólo disponen los monjes benedictinos de Silos, dedicados al canto gregoriano, y las monjas carmelitas que en el Convento de Santa Ana, en Sevilla, fabrican una por una las yemas de san Leandro.

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Al regreso, nos detenemos de nuevo en Bacunayagua, donde se juntan la ingeniería de los hombres

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y la ingeniería de Dios.

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Una obra a seis manos entre Dios y sus padres es una negra que en el mirador bebe su agua de coco con una languidez otoñal. Alta, esbelta y torneada a mano, en sus facciones delicadas hay engarzados un par de ojos verdes que le hacen competencia al paisaje. Cuando se pone de pie y camina hacia la barra con pasos largos, de pasarela internacional, para abonar la cuenta, descubrimos que le lleva media cabeza a su acompañante. Cibeles, Milán y Nueva York: se la están perdiendo.

Ya en la provincia de La Habana comienzan a aparecer las explotaciones de petróleo, un campo que se extiende hasta Guanabo. Cuando yo cursaba el preuniversitario en la Escuela Vocacional de Vento, embrión de lo que sería la Vocacional Lenin, pasábamos los 45 días de la escuela al campo no en el tabaco, la yuca o la malanga, sino de acuerdo a los círculos de interés. Gracias al mío, el de Geología, pasé una temporada trabajando en los pozos de Guanabo y alojado a cien metros de la playa. El trabajo en los pozos era (es) duro, pero el chapuzón por las tardes aliviaba el cansancio.

Según las banderas que ondean en las instalaciones, la prospección y explotación se realiza mediante empresas mixtas de capital cubano y canadiense.

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O de capital cubano y chino.

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No es una ilusión óptica ni un defecto de la foto; la bandera china se ha decolorado. Mao Tsetung llamó al “imperialismo norteamericano” “el tigre de papel”. Sus descendientes descubrieron que el tigre era de papel moneda, y decidieron que el rojo incendiario de la bandera dañaba la vista, de modo que hoy el tigre de papel es el primer socio comercial de la pantera rosa. Cosas de felinos.

La pantera rosa ha multiplicado su comercio con América Latina, desde 2.000 millones de dólares en los 90, hasta  54.500 millones de dólares de exportaciones chinas en 2008, y 57.000 millones de dólares importados desde Latinoamérica por China. A fines de 2005, China ya había invertido en la región 56.900 millones de dólares, sobre todo en México, Chile, Brasil, Argentina y Panamá, sus principales socios en la región. Con Chile, incluso, ha firmado un Tratado de Libre Comercio que es, a su vez, un puente hacia Estados Unidos.

En cambio, son escasas aún sus inversiones en la Isla y las relaciones, por parte de los chinos, son más precavidas. Cuba desearía basarlas en la nostalgia del CAME, en la Solidaridad entre países hermanos (tú me das y yo recibo). Pero desde 1979 los chinos unificaron las transcripciones al alfabeto latino de sus ideogramas mediante el sistema de normalización pin-ying. Mao Tsetung se convirtió en Mao Zedong, Pekín es ahora Beijing y Solidaridad se escribe $olidaridad. La normalización pin-ying le estropeó la sintaxis al pillín del Caribe.

La sucesión de pozos y gatos de extracción (muchos inactivos) me recuerda uno de los aspectos que más pueden decidir el futuro de la Isla: las perspectivas petrolíferas en los bloques del Golfo asignados a Cuba. Las prospecciones en aguas profundas son largas y fatigosas. Los resultados se producen a medio y largo plazo. (Aunque el tempo de la gerontocracia cubana nada tiene que ver con el tempo del mundo). La geopolítica demuestra que los totalitarismos se conservan mucho mejor en petróleo (incluso los cadáveres, en los pantanos norteuropeos, se han preservado miles de años en bitumen y en turba). Y muchas democracias suelen ser menos severas al juzgar a las petrodictaduras. Si aplican el axioma de pan, petróleo y circo, incluso los súbditos suelen ser más benévolos con sus jeques. Nutriente de populismos y mafias, un castrismo petrolífero, con Castros o sin ellos, puede perpetuarse. El petróleo sería perfecto para consolidar una transición exitosa. No antes.

Cuba ha negociado la exploración de esos bloques con compañías canadienses, noruegas, brasileñas, indias y chinas, países que disponen de las tecnologías más avanzadas que requiere la explotación profunda de petróleo en mar abierto. Acabo de enterarme de que también han negociado bloques con Vietnam. Y es asombroso. En 1975, al concluir la guerra, Vietnam era un país devastado que había retrocedido doscientos años en sus índices económicos. Cuatro millones de muertos, medio país defoliado por el agente naranja, cientos de miles de exiliados. En 1972, cuando yo estudiaba en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, la CUJAE, había numerosos estudiantes vietnamitas. Para obtener una beca, los vietcongs tenían que haber demostrado su capacidad académica en combate. Era la época en que Nguyen Sun, El Guerrillero, derribaba helicópteros yanquis a flechazos en la serie radial. Entre los vietcongs de la universidad (no los de la serie, of course) había uno que era explícitamente gay (debió comerse crudos a diez yanquis para obtener la beca, por lo que algunos lo llamaban Nguyen Sunshine) y siempre andaba en compañía de las vietcongas, porque los varones le daban de lado. Los jodedores lo llamaban “La Princesa de Hong Kong”. Viendo que los vietnamitas eran, casi sin excepción, de los mejores estudiantes, observando su dedicación casi monacal, comentábamos medio en broma medio en serio que dentro de treinta años podrían ocurrir dos cosas: que añoráramos los chícharos y las croquetas sputnik (se pegaban al cielo de la boca) de la cafetería, y que Vietnam ofreciera ayuda humanitaria a Cuba. Ambas se han cumplido. Y ahora Vietnam opta a varios bloques en el Golfo de México, es decir, dispone de la más alta tecnología. Y nosotros que creíamos estar hablando mierda.

Ya muy cerca de La Habana, antes de llegar a Santa María Loma, una señal nos anuncia que debemos reducir la velocidad porque hay un puente en reparaciones. Reduzco a 50 y, pasado el puente, subo a 80, menos del límite de velocidad de la carretera. A menos de un kilómetro, me detiene un policía. Invado el arcén e intento dar marcha atrás para que el agente no tenga que caminar media cuadra bajo este sol. Le entrego la documentación y me bajo del carro. Me dice que iba a exceso de velocidad, porque la señal del puente indicaba 50, y que hasta que no vea una nueva señal en contrario, debo mantenerla. En parte, tiene razón, pero le explico que en Europa, cuando hay un tramo en reparación (reparar un puente nunca demora dos quinquenios, de modo que son señales temporales) se indica reducir la velocidad durante el siguiente kilómetro. Una vez rebasada la distancia, se retoma automáticamente la velocidad habitual de la carretera. Servida la controversia, pienso que ahora sí, que a la tercera va la  vencida. Pero, de nuevo, mi pasaporte mágico me salva de la multa. Que siga con cuidado y que atienda a las señales, me sermonea. Y ya. Al parecer, hay alguna ordenanza real que ha catalogado a los turistas como fauna en peligro de extinción, en veda permanente, prohibida la caza. “Trátalo con cariño que es mi persona”, decía la habanera. Mientras me incorporo con cuidado a la carretera, pienso de nuevo en la ingenua sagacidad de aquel niño de la Sierra Maestra. La ignorancia puede ser premonitoria. En Cuba, efectivamente, la mejor carrera es estudiar para extranjero.


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