Grados de Libertad

3 11 2009

El espín electrónico, postulado en 1925 por Gouldsmit y Uhlenbeck como único modo de explicar el efecto Zeeman, es un grado de libertad interno de las partículas. Y a su vez, existe conexión entre las variables espacio-temporales y los grados de libertad internos, o espín. Esto provoca la llamada helicidad, cuya manifestación macroscópica, en el caso de los fotones, es la polarización de la luz.

Lo asombroso es que estas leyes de la física se cumplan en la vida social. A pesar de la compleja organización que supone esa porción de materia llamada  ser humano, con harta frecuencia se comporta del mismo modo que una partícula elemental, sometida a un campo magnético, a un campo político, y a fuerzas de toda índole ejercidas por el medio.

Si asistimos a la conferencia ofrecida por un intelectual cubano residente en la Isla, por ejemplo, solemos apreciar un manejo exquisito del lenguaje. Puede que la charla versara sobre al art noveau en Güira de Melena, o la presencia de zurdos en la narrativa de los 90. En cualquier caso, indefectiblemente, aparecerán al final, entre las preguntas del público, temas comprometedores que el conferenciante se verá obligado a sortear apelando a alguno de los siguientes estilos:

1-El estilo directo: En el caso de que el interpelado opte por repetir, textualmente, las recetas que ha contraído tras la lectura asidua del diario Granma, y una intoxicación masiva de discursos. Cabe diferenciar que ello puede ser auténtico (existen casos) o una puesta en escena no siempre convincente. Las artes histriónicas requieren aptitudes y mucho ensayo. Las artes históricas, también. Las artes histéricas, menos.

2-El estilo indirecto libre: Muy conocido desde Proust, este estilo permite llevar la ambigüedad del idioma hasta límites que harían palidecer de envidia a muchos académicos. Se trata de ofrecer una explicación posmoderna y deconstructiva sobre la ausencia de malanga en los mercados de Cacocún; demostrar que la “democracia participativa” made in Cuba hunde sus raíces en la polis griega; o que en la Isla existe una “dirección colegiada” y no una dictadura unipersonal, sin aclarar que en todo colegio hay  un director y muchos alumnos. O, en su segunda variante, denunciar la falta de democracia, libertades y malanga; pero de tal modo que sea muy difícil aislar las palabras comprometedoras, encajadas como gravilla en su discurso de hormigón armado, donde a simple vista es posible descubrir, casi exclusivamente, palabras que sirven de mera guarnición. Esto tiene una doble ventaja: Los presuntos censores son incapaces de detectar las huellas del delito ideológico. Y el público no entiende nada, pero lo atribuye a su propia incapacidad intelectiva, sin repetir la pregunta.

3- El estilo elusivo. Más peligroso que el anterior, es ejercido por intelectuales cuyos criterios sobre la situación cubana son alternativos, cuando no francamente disidentes.  Se trata entonces de perseguir el rastro de la verdad, borrando más tarde las huellas, para que los rastreadores del sistema sean incapaces de darles caza.

Y no digo que lo anterior sea censurable. Los humanos por lo general no vivimos como queremos, sino como podemos, lo cual en este caso puede incluso ser beneficioso para la literatura, dado el entrenamiento que supone en el arte de la ambigüedad, el escamoteo de obviedades y la plurisemántica.

Algo similar, aunque lingüísticamente menos sofisticado, ocurre cuando en un círculo más o menos público, conversamos sobre la circunstancia cubana con residentes en la Isla de los oficios más diversos, ajenos a los subterfugios de la palabra. Tanto en ellos como en los anteriores, las variables espacio-temporales han condicionado el espín, los grados de libertad internos. Aún cuando se encuentre en un espacio donde expresar sin ambages sus opiniones no está penado, el cubano de la Isla sufre una especie de retraso inercial. Tras cincuenta años pensando lo que no dice para más tarde decir lo que no piensa, la cautela expresiva forma ya parte de sus reflejos incondicionados, e incluso de un sistema inmunológico que le ha permitido sobrevivir a las peores epidemias ideológicas hasta la fecha. Vale recordar que el cubano carece de esa libertad que Harry Truman definía como “el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla”. Por el contrario, las autoridades cubanas parecen haber leído a Don Karl Marx cuando aseguraba que “nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás”. Once millones de demás lo corroboran.

Si ese cubano opta por el exilio, transcurrirán meses durante los cuales escuchará en silencio conversaciones “subversivas”, mirando de vez en cuando hacia atrás; porque aún no ha logrado despojarse del síndrome Van Van: “siempre hay un ojo que te ve” y “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. “Cree el aldeano que su aldea es el mundo”, dijo Martí, y cree el cubano que “en cada cuadra un comité” es axioma universal, cuando hoy no pasa de ser el boceto de slogan para un parque temático de la Guerra Fría.

Poco a poco el cubano transterrado irá rotando su discurso, dando salida a palabras “inconvenientes” reprimidas durante muchos años. En la misma medida que se vaya despojando, no de la represión externa que ya eludió, sino de la autorrepresión instalada que, por obra del instinto de conservación, ha adquirido la categoría de “normal”; su formulación de la realidad se irá acercando cada vez más a su, hasta entonces, concepción íntima e impronunciable. El cerebro y la lengua harán las paces.

Recuerdo a aquel perro que se jugó el pellejo saltando el muro de Berlín bajo una lluvia de balas en dirección oeste –el tráfico en sentido contrario era muy despejado–, y una vez a salvo, se desquitó ladrando a toda hora, hasta que los vecinos lo echaron a patadas. Así mismo, puede que el cubano recién desinsularizado se arranque de un tirón la mordaza y comience a librarse por exceso de varios decenios por defecto. Pero no se trata de un acto de libertad, sino de un acto de desesperación lingüística, la consumación de su éxodo. El beduino lanzándose de cabeza  a la charca tras cruzar el desierto con la cantimplora vacía.

Por el contrario que en la física cuántica, donde la helicidad causada por la modificación de los grados de libertad provoca en los fotones una inmediata polarización de su luz; los humanos tenemos que aprender el ejercicio de la libertad. La dictadura, impuesta desde una entidad superior e inapelable, sólo exige al ciudadano mutilar su albedrío para acomodarlo al lecho de Procusto (¿Procastro?). La libertad, en cambio,  te ofrece sus múltiples esclusas entre las que deberás elegir; tarea a la que tendrá que  habituarse el sujeto (des)entrenado desde el parvulario para escoger entre rizado de fresa y rizado de fresa. Elegir es el más arduo aprendizaje que te exige una sociedad donde, de contra, deberás habituarte a la idea de que eres dueño de tu propio destino, es decir, donde nada “te toca” salvo que te lo ganes.

De modo que alcanzar una confortable y bien pensada compatibilidad entre la libertad de pensamiento –que el cubano disfruta también en la Isla siempre que no se le ocurra pronunciarla, quizás porque el máximo líder se tomó en serio la exclamación de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”–  y su traducción a las palabras, es tarea que llevará su tiempo, sus progresos y retrocesos. Desmantelar los mecanismos de supervivencia. Despojarse de la censura instalada por defecto en el RAM de la máquina. E incluso de cierto pavor a irse de rosca hacia los excesos que una educación monoteísta ha satanizado tantas veces. La palabra “gusano” es como una guasasa molesta que revolotea a su alrededor, y 50 años de propaganda goebeliana le han amaestrado para espantarla. Aunque el gusano sea bicho más laborioso y útil que la mariposa. Al cabo, con suerte y un poco de entrenamiento, alcanzará su justo espín y polarizará su luz a la medida de sí mismo. Comprenderá que “la libertad significa responsabilidad; por eso la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”, como decía George Bernard Shaw. Comprenderá una verdad que Don Manuel Azaña postuló en días difíciles para la libertad, esa que, según él, “no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”.  Si no lo hace, es suya también la libertad del subterfugio, del silencio o de la verdad mutilada.

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