Día 8

17 09 2013

(17 de septiembre, 2013)

Ventosa – Santo Domingo de la Calzada: 31,90 km

A Roncesvalles: 193,11 km

A Santiago de Compostela: 567,70 km

 

Hoy se separa mi camino del de la amiga canadiense, la canaria, el caminante alicantino y el bombero. Ellos van a hacer una etapa más corta, pero yo me he propuesto recuperar lo que no hice ayer. Una jornada de casi 32 kilómetros hasta Santo Domingo de la Calzada pasando por Nájera.

Me levanto a las cuatro y media, preparo mi mochila en silencio y emprendo el camino a las cinco y cuarto, sabiendo que lo haré a oscuras durante al menos dos horas y media.

Los primeros ocho kilómetros no presentan mayor dificultad. El camino de gravilla blanca y arcilla se ve bastante bien en contraste con la oscuridad de la vegetación en los márgenes. En cada cruce enciendo la linterna y busco las flechas amarillas, las señales, para no perderme. A tres kilómetros de Ventosa que, por cierto, tiene perfectamente puesto su nombre, veo a lo lejos Nájera, pero la pierdo de vista poco después en esta zona de encrespadas colinas. Unos dos kilómetros antes de llegar a Nájera, el camino cruza la carretera y la señal parece indicar que continúe paralelo al muro de una especie de nave o fábrica. Lo hago durante más de un kilómetro. Entonces me doy cuenta de que estoy cruzando por debajo de un elevado la autovía. Al comprobar el mapa descubro que me he desviado hacia el este un kilómetro. Regreso a la carretera en plena oscuridad, y como no encuentro señales adicionales decido ir a Nájera no como peregrino, sino como una furgoneta cualquiera, por la carretera. En total, pierdo más de una hora y, al menos, tres kilómetros adicionales, lo que convertirá la jornada de 32 en una de 35 kilómetros.

Llego a Nájera cerca de las ocho y en el primer bar, donde me contemplan asombrados porque por allí no entra un solo peregrino, me bebo un café con una tostada minúscula (a un precio minúsculo también, todo hay que decirlo) y por fin, luego de cruzar todo el pueblo, atravieso el río por un bello puente y retomo el camino.

Comienza a lloviznar y saco poncho y polainas a la espera de un aguacero, porque el cielo es un desfile de nubarrones negros. Pero diez minutos más tarde cesa la lloviznita y no caerá una gota más en toda la jornada.

A la salida de Nájera, tras subir una cuesta, un cartel me da muchísimo ánimo. Para Santiago de Compostela solo quedan 582 kilómetros. Es decir, o están mal mis cálculos o está mal el cartel, o hablamos de dos posibles itinerarios.

Entre leves subidas y bajadas, por un camino que por momentos se hace eterno, paso imperceptiblemente de la tierra del vino a la tierra del cereal, de las verdes viñas a los campos de trigo.

Estuve indagando ayer la posibilidad de visitar San Millán de la Cogolla, la cuna del idioma, pero tendría que tomar un taxi en Nájera que me lleve al monasterio (a un precio respetable), desviarme diez kilómetros, con la posibilidad de no poder entrar si las visitas concertadas ya han sido cubiertas, y luego tomar otro taxi de regreso para continuar el camino. Me temo que quedará para otro viaje específico.

Después de una loma no tan empinada como larga, hasta los 628 metros, llego a Cirueña, entro por el club de golf y desde allí solo quedan unos seis kilómetros hasta mi destino. Pasada la mitad de ese trayecto, avisto el pueblo del primer santo que se dedicó a atender peregrinos. Asumo una marcha de paso largo y cubro el resto de la distancia en media hora. A la una menos cuarto entro al espléndido edificio del Albergue de la Cofradía del Santo. Siete horas y media caminando para hacer 35 kilómetros. Poco menos de cinco por hora. Con muy pocas paradas, eso sí.

El Albergue pertenece a una cofradía que está asistiendo a los peregrinos desde 1106. Ha sido completamente remodelado dentro de un caserón del siglo XV hasta convertirlo en un macroalbergue de 154 plazas ampliables en 71 más. Y no solo es grande sino muy hermoso y confortable, con su patio central de luces y todos los servicios impecables.

Almuerzo un suculento menú en el restaurante de al lado y antes de ponerme a trabajar visito la iglesia y la muralla. La memoria del santo está presente en todo el pueblo.

Aquí me encuentro por última vez con el malagueño, con quien comparto un tinto, un café y buena conversación.

Me permiten quedarme trabajando hasta más tarde y, como ya viene siendo costumbre, apenas puedo dormir cinco horas.





Día 7

16 09 2013

(16 de septiembre, 2013)

Logroño – Ventosa: 19,70 km

A Roncesvalles: 161,21 km

A Santiago de Compostela: 599,60 km

Antes de embarcarme en esta aventura, consulté varias páginas web y libros sobre el Camino. Para fijar la ruta y las etapas en dependencia de la distancia y de los sitios donde pernoctar. Muchas páginas sobre el Camino, en particular la de Eroski, ofrecen opiniones de los peregrinos sobre los diferentes albergues, desde la calidad y la limpieza de las instalaciones hasta el precio (entre 5 y 10 euros la noche por lo general, aunque en algunos solo se pide la voluntad, lo que el peregrino quiera pagar), la atención de los hospitaleros y la posibilidad, por suerte escasa, de encontrar chinches y otra fauna en las camas. De modo que elaboré una clasificación de los albergues desde los muy recomendables hasta los absolutamente indeseables. Esto viene a cuento porque hoy pensaba hacer la ruta Logroño – Nájera, pero al llamar por teléfono me comunicaron que todos los albergues recomendables estaban llenos. Ante la perspectiva de pasar la noche en un sitio poco habitable, algunos decidimos hacer hoy una etapa más corta de lo habitual y quedarnos en Ventosa, a 19,70 kilómetros de Logroño y a 10 de Nájera, que habría sido, en principio, nuestro destino.

El malagueño decide continuar hacia Nájera y nos despedimos con la casi certeza de no reencontrarnos en el Camino. Diez kilómetros pueden ser una distancia insalvable.

Salgo solo, aun de noche. Abandonar Logroño es una empresa más larga de lo que pensaba. En el parque de San Miguel hay que fijarse muy bien en las señales para no perder el Camino. Es curioso que donde más fácilmente se pierde un peregrino es en las grandes ciudades, donde no siempre la señalización es todo lo explícita que se necesitaría. Coincido con un broker australiano recién jubilado que se confiesa un hombre de suerte. Tiene una cabaña en Suiza, donde suele ir a esquiar. Me pregunta si soy norteamericano, prueba de la mala opinión que tienen los australianos sobre la pronunciación de los yankis. Por qué viene a hacer el Camino un broker australiano no especialmente religioso, le pregunto. Lo decidió en un par de días, armó la mochila, dejó el móvil y el ordenador y no paró hasta Roncesvalles. Pero, por qué. Para librarme un mes de mi mujer, responde categórico.

En el Embalse de la Grajera me detengo unos minutos para quitarme el jersey y tomar una foto del amanecer. El australiano continúa. Poco después, en una carpa perfectamente instalada al lado de su furgoneta, encuentro a un peregrino itinerante, el Pasante del Camino, una especie de pope ruso del siglo XIX con su sayal marrón, su melena y su barba hasta el medio del pecho. Ofrece sellar la credencial, agua y un cuenco con galletas. Otro cuenco con monedas sugiere que éstas no serán mal recibidas.

La sed no suele ser un gran problema en el Camino, pero sí la puñetera cantimplora que es difícil de colocar. En la cintura, te desequilibra y pesa. En los laterales de la mochila, donde con más frecuencia se acomoda, es difícil, no tanto sacarla, como volverla a su sitio. A veces tienes que quitarte la mochila para beber agua. Un incordio. Quizás la mejor solución sea una pequeña mochila delantera que equilibre en parte el peso de la mochila, aunque termines ensillado como el borrico del peregrino italiano que vi hace dos jornadas camino a Los Arcos. En un recodo del camino nos tropezamos con un hombre ya mayor (más cerca de los setenta que de los sesenta) quien venía en dirección opuesta azuzando a un burro cargado hasta arriba. En burro se detiene sin hacer caso a su dueño y echa una larguísima meada que el hombre mira con paciencia. Más tarde nos enteraremos que este peregrino de a pie, pero con sus bártulos a lomo de burro, ha ido a Santiago y viene de regreso, pero no a Roncesvalles, sino a Italia, desde donde peregrinó. Además de la chica italiana con su enorme perro, he conocido a otro chico, también italiano, que viaja con un precioso perro de pelaje dorado. En la mayoría de los albergues admiten bicicletas y perros (si tienen patio donde dejarlos), pero dudo que el alguno admitan un burro.

A las diez de la mañana aparece en un alto Navarrete, pueblo típico de La Rioja. Buscando un bar donde tomar un café, tropiezo de nuevo con el australiano. Lo llamo por su nombre y se vuelve sorprendido. No me reconoce. Al parecer no es solo a su mujer a quien desea olvidar.

Después de un café y un pincho de tortilla en una terraza con excelentes vistas, continúo los siete kilómetros que me faltan hasta Ventosa, un pueblo que se aparta un par de kilómetros del camino principal, aunque después puedes retomarlo sin desandar lo andado. Una pillería del dueño del albergue (supongo, es el más interesado) ha sido pintar flechas amarillas, el símbolo tradicional del Camino, en dirección al pueblo, como si el Camino se bifurcara.

Cuando llego, falta todavía una hora para que abran el albergue San Saturnino (el único). Pido en el bar una cerveza y entablo conversación con los dos bancarios de Madrid y la enfermera canaria que ha llegado antes que nosotros en compañía de tres hermanos norteamericanos, uno de los cuales vive en Australia y tiene una zancada de un metro veinte por lo menos. La traían a la carrera.

Ventosa es una minúscula aldea con el albergue y un bar donde preparan bocadillos y platos de pasta recién importados de Italia a juzgar por el precio. No hay tienda, a excepción de la minúscula tienda del albergue, donde compramos algunos víveres para hacer esta noche una cena comunitaria. Casi obligatoria, porque no hay de noche lugar alguno donde cenar.

El albergue es confortable y dispone de una bella terraza donde tender la ropa, leer y departir al solecito de este otoño incipiente que se niega a dejar de ser verano.

Entre el chef-bombero y su ayudante alicantino, preparan una tortilla española de libro de texto, ensalada mixta y menestra de frutas. Un banquete. Luego, el hospitalero me permite continuar escribiendo en el comedor hasta la hora que desee, siempre que al terminar apague la luz. Pero hoy intentaré dormirme no más tarde de las once. Tal como hizo hoy el malagueño, mañana me separo del grupo, que solo va a andar hasta Azofra o Cirueña. Quiero pasar Nájera y llegar hasta Santo Domingo de la Calzada, unos 32 kilómetros. Deberé salir temprano si quiero llegar a mi destino a una hora razonable. Caminar por la tarde, con el sol alto, y peor si es después de almuerzo, es mucho más extenuante que hacerlo en la mañana, cuando el frío te empuja hacia delante.





Día 6

15 09 2013

(15 de septiembre, 2013)

Los Arcos/Logroño: 28,34 km

A Roncesvalles: 141,51 km

A Santiago de Compostela: 619,30 km

 

Salgo, como de costumbre, muy temprano. El camino corre paralelo a la carretera, lo cual es un verdadero incordio. Ir todo el día escuchando el paso de los coches y, peor, de los camiones.

Saliendo de Torres del Río, el cielo es a parches de un azul intenso asediado por negros nubarrones que avanzan hacia el Este. El sol, brillante, pero tamizado por este cielo extraño, disuelve el paisaje en una luz fantasmagórica. Nuestras siluetas se proyectan sobre el camino con la misma nitidez que una sombra chinesca.

A cada rato consulto el mapa del camino, porque he convertido la guía en separatas, con el perdón de su autor. Muchos prescinden de ella, pero según mi experiencia es recomendable llevar una guía actualizada donde sea posible encontrar información sobre los albergues, las etapas, historia, arquitectura. Para leer de noche la etapa siguiente. De poco sirve la guía dentro de la mochila durante el trayecto. Cualquier cosa que exija desensillarse es poco recomendable. Es más importante llevar a mano mapas de cada etapa detallados, cuanto más pequeños, mejor. Y para eso lo mejor es una camisa técnica con apertura lateral de los bolsillos, de modo que las cinchas de la mochila no te impidan acceder a su contenido. En ellos puedes llevar el teléfono, el mapa, un cuadernillo y un bolígrafo, la cartera y la credencial. Todo a mano. Y a los efectos térmicos, llevar una camiseta y una camisa técnica, transpirable, con protección antimosquitos y de secado rápido, te permite, en caso de frialdad, conservar el calor, y en caso de calor, que el sudor se quede en la camiseta y la camisa deje escapar poco a poco esa humedad refrescante durante el trayecto.

En Virgen del Poyo hay una subida dura que tiene su contrapartida en una bajada pedregosa por un sendero que más parece un barranco.

La etapa no es tan dura como larga. La más larga hasta hoy, y tan cerca del tráfico que, después de tantos días de silencio, nos percatamos de que el ruido cansa. Físicamente.

En una etapa como esta los adelantamientos son continuos. Nosotros adelantamos a otros peregrinos. Otros nos adelantan a nosotros. Y los ciclistas nos adelantan a todos. Más que buenos días o good morning, el saludo habitual es un Buen Camino.

Buen camino es el santo y seña de este recorrido. Se usa con todas las entonaciones, con todos los acentos, incluso los más enrevesados, el farfullado de un peregrino finlandés (la frase parece que tropieza con témpanos de hielo), o el acento silencioso de un peregrino japonés que responde al Buen Camino con una reverencia. Buen Camino es, al mismo tiempo, buenos días y buenas tardes o noches. La frase de saludo y despedida, o cuando dos peregrinos se cruzan. Es muy hermoso que en algún lugar del mundo te deseen no solo los buenos días o las buenas tardes de hoy, sino el mejor camino, el mejor mañana, el mejor porvenir. Quisiera interpretar que nos deseamos lo mejor para cualquier camino de aquí en adelante, los caminos que emprenderemos una vez alcanzado Santiago

Hoy hemos visto temprano al hombre de negro, pero no ha vuelto a aparecer.

El hombre de negro es un ser misterioso que aparece y desaparece en el camino. Va en dirección a Santiago y en la contraria. Mediana estatura, complexión musculosa, pelo cano, cuarenta y pocos años, vestido de negro de pies a cabeza y con una pequeña mochila a la espalda. De pronto, silencioso como un suspiro, te adelanta. Un par de horas más tarde, viene a contramano, a su paso, tranquilo, o lo encuentras en un pueblo, sentado en un café, fumando un Marlboro. O aparece en un recodo del camino comiendo moras y responde a tu Buen Camino con una frase ininteligible. El hombre de negro es una especie de fantasma. Está y no está. Es una posibilidad. Un accidente impredecible.

Llegamos a Logroño en pandilla de seis. Ocupamos una habitación en el hotel Entresueños, que ha reconvertido parte de sus instalaciones en uno de los mejores albergues del camino. Habitaciones de tres literas, duchas y sanitarios impecables, una cómoda cocina y una espaciosa zona de estar y lectura, además de Internet gratis y wifi.

Aquí concluyen su viaje el médico de Murcia y otros con los que hemos compartido parte del Camino. Es frecuente que muchos hagan la ruta por tramos en años sucesivos, o que solo hagan aquella zona que geográfica o culturalmente les interesa.

Caminamos la calle Laurel, paraíso de la tapa. Después de almorzar en uno de los pocos restaurantes cuya cocina permanece abierta casi a las cuatro, y donde una señora con delantal almidonado y aspecto de abuelita buena nos sirve un menú más elaborado que generoso, salgo a caminar la ciudad. La iglesia, donde hay un Miguel Ángel que no se parece a ninguno que haya visto, es digna de una visita, en particular el coro. La animadísima calle Portales, las murallas de Revellín y el parlamento de La Rioja, tanto como la iglesia de Santiago el Real. Compruebo que no son tan grandes los huevos del caballo de Espartero en la estatua que preside El Espolón. Y me siento en una terraza de la Plaza del Mercado, frente a la fachada de la catedral. A una negra de facciones perfectas, alta y de pelo encrespado como una princesa yoruba, le pido un café. Un café solo, le digo (si está bueno), o cortado (en caso contrario). Me trae el mejor expreso del camino y me pregunta de dónde soy. La princesa yoruba que sirve cafés en La Rioja, en pleno Camino de Santiago, nació en el otro Santiago, el de Cuba. De niña debió escuchar con frecuencia la famosa conga “Hasta Santiago a pie” que yo intento poner en práctica.





Día 5

14 09 2013

(14 de septiembre, 2013)

Estrella/Lizarra – Los Arcos: 21,89 km

A Roncesvalles: 113,17 km

A Santiago de Compostela: 647,64 km

 

Por la mañana, como casi todos los días, me levanto poco después de las cinco. Cuando bajo, están los coreanos cocinando un copioso desayuno. O no han cambiado el uso horario y este es su almuerzo según el de Corea, o allí se desayuna caliente.

Hoy camino solo. Al contrario que en la ciudad, donde los amaneceres son casi siempre iguales: un despertador que suena, un pequeño rayo de sol que atraviesa el salón mientras desayunamos, la estridencia de una música que se escucha a lo lejos o las malas noticias que descarga la tele, en el campo todos los amaneceres son distintos. En ocasiones el sol emerge suavemente al fondo del paisaje, y en otras, primero se va adueñando del mundo una luz casi misteriosa, evanescente, hasta que el sol hace su aparición. No hay dos amaneceres iguales, como no hay dos días iguales en este camino donde el paisaje no cruza fugaz y olvidable a través de la ventanilla. El peregrino debe degustar el paisaje paso a paso y confinarlo en la memoria solo cuando haya sido perfectamente digerido.

A la salida de la ciudad, encuentro las bodegas Irache y la fuente del vino, que ofrece vino gratuito al caminante. Pero la fuente está seca a esta hora temprana. Debería hacerse alguna coproducción entre las bodegas y alguna vaquería cercana para que a esta hora ofreciera café con leche.

Poco más arriba el sendero se bifurca y hay que decidir teniendo a la vista el monte Monjarín. Continúo, y el camino se empina desde la cota 570 hasta la 673.

Los bastones son las dos patas adicionales del peregrino. Aunque algunos optan por el báculo o por un solo bastón, los cuadrúpedos, muchos de los cuales duermen de pie, demuestran el plus de estabilidad que otorga tener cuatro patas. Los dos bastones permiten apoyarse en las subidas, un remedo de ascenso a gatas, pero conservando la compostura. Apoyarse y frenar en las bajadas, lo que puede evitar no pocos descalabros y el choque del dedo gordo contra la punta de la bota. Pero incluso en las planicies marcan el ritmo y te impulsan hacia delante a la manera de los esquiadores. Aunque no soy anatomista, supongo que esto mejora la circulación y ejercita el tren superior. Solo requiere llevar libres ambas manos y guantes o guantillas para evitar ampollas.

Después de Axqueta trepo a Villamayor de Monjardín. Un recorrido quebrado, pero no abrupto conduce paralelo a la carrretera hasta avistar las sierras de Lokiz y Cotés. La carretera se aleja y el camino concluye en una suave bajada hasta Los Arcos. Allí pernocto en el albergue de la Fuente Casa de Austria, que llevan hospitaleros de esa nacionalidad. Aunque lo atienden hoy hospitaleros voluntarios. Te recibe un artesano con uniforme de hippie de los 60 que quedó colgado en algún pliegue del tiempo, y en unos segundos hace con alambre la figura de un peregrino. El albergue es el más alternativo del camino con su decoración flowers & love. Sin ser el más impecable, como era de esperar, tampoco es un desastre. Tiene suficientes espacios comunes y las camas son aproximadamente confortables. Al mediodía acudimos al tradicional menú del peregrino en un restaurante recomendado, y en esta ocasión ya sumamos diez, los mismos que esta noche nos reuniremos en el comedor del piso alto de la casa a hacer una cena comunitaria que es, al mismo tiempo, despedida a las dos peregrinas recién incorporadas que mañana regresan de Logroño a Madrid. Cocina el valenciano que en su parque de bomberos, durante las guardias de 24 horas, lo hace de vez en cuando para sus compañeros. Y lo hace bien. Doy fe. Si alguna vez paso por Valencia al mediodía, antes de arriesgarme a un restaurante desconocido, visitaré el parque de bomberos.





Día 4

13 09 2013

(13 de septiembre, 2013)

Puente la Reina/Estrella – Lizarra: 23,01 km

A Roncesvalles: 91,28 km

A Santiago de Compostela: 669,53 km

 

Salgo muy temprano en compañía del malagueño. Su acento es del campo profundo. Me recuerda, aunque sea un parentesco extraño, al habla de los campesinos del sur de Pinar del Río, descendientes de canarios que cultivan el mejor tabaco del mundo. No porque las palabras o la entonación sean las mismas, sino por una suerte de intención común, de socarronería más sabia que esa presunción naif. Sé que cualquier lingüista reprobaría la oración anterior. Hay equivalencias tan inexplicables como discutibles.

Atravesamos el famoso puente romano que da nombre al pueblo, posiblemente el más bello del camino. La ruta asciende con bastante brusquedad hasta Mañeru, donde casi toca la autovía. Un peregrino de Carolina del Norte viene a mi lado contando los pasos y haciendo altos de 60 en 60. Yo también vengo resollando. Cuarenta años fumando, le digo en inglés. Treinta y cinco, me responde él.

De vez en cuando tropezamos con peregrinos que vienen en dirección opuesta. Ahora son tres con sus cayados y sus vieiras colgando de la mochila, y nos desean buen camino. No sé si hacen el camino a la inversa, si visitaron al santo de ida y traen de vuelta la buena nueva a Roncesvalles. No sé si tiene algún significado hacerlo de vuelta. O si se trata de un camino reversible. Ignoro el calibre de su fe, pero ciertamente son grandes caminantes. Entre nuestros remotos antepasados sobrevivían mejor las tribus de grandes caminantes. Podían alcanzar cotos de caza promisorios.

Continuamos después de Cirauqui por una antigua calzada romana que atraviesa un paisaje de colinas, tierras de labranza y bosquecillos. Otra cuesta hasta los 483 metros y a la vista de Montejurra hacemos alto en un bar, donde un pincho de tortilla y una cerveza aportan el combustible para el último tramo. Lo importante es hacer los altos mínimos indispensables y no perder tu paso.

Encontrar tu paso es, posiblemente, lo más importante, y no se consigue en un solo día. Encontrar aquella cadencia, aquel ritmo que permita desvincular a tus piernas de tu cerebro. Ellas continuarán practicando el rito de colocarse una delante de otra sucesivamente. Siempre a la misma velocidad, siempre al mismo ritmo, y liberarán a tu cerebro para mirar, para reflexionar, para escuchar. Entonces habrás encontrado el camino, tu camino. Por eso en el camino los grupos se unen y se separan, se juntan y se dispersan. Hoy caminas solo. Mañana, con un gran grupo. Dos días más tarde, con un solo compañero. No hay un camino sino uno por cada peregrino. Si caminas pendiente de tus piernas o de tu respiración, del dolor o del peso de la mochila en la cintura y en los hombros, no haces el camino, caminas. Haces el camino cuando consigues liberarte de esas servidumbres que impone el esfuerzo, y consigues ser tú mismo, uno y el camino. Posiblemente esa sea su mística. Por eso soporta por igual el viaje del peregrino religioso, cultural, espiritual e incluso deportivo (si el deporte es meta, esfuerzo, lucha contra las propias limitaciones, no una medalla).

Pasada la ermita de San Miguel y el monumento a la peregrina M. C. Kimpton, entramos en una suave descenso que discurre entre los bosques hasta Estella (o Lizarra).

En el Albergue Juvenil Oncineda volvemos a reunirnos. Aunque cuenta con 98 plazas, es un sitio muy acogedor. Duchados y cambiados, vamos a por el tradicional menú del mediodía en un restaurante que nuestro colega malagueño conocía de su anterior Camino de Santiago. Porque él ya ha hecho desde Málaga el camino de la Plata, este mismo Camino Francés de Roncesvalles a Finisterre, el Camino Primitivo y alguno más que solo él conoce. Si peregrinar hasta Santiago nos redime de nuestros pecados, el malagueño se prepara para perpetrar grandes tropelías.

Unas alubias de la tierra y una carrillada preparada con esmero, regadas por un Rioja joven, reparan todos los cansancios y nos elevan a una especie de nirvana gastronómico. Nuestra amiga canadiense mira estupefacta las proporciones de su ensalada y en cierto momento se le agolpan delante, además de la ensalada que lleva a la mitad, una trucha y el postre sin que consiga ponerse al día.

Por la tarde pregunto si alguien quiere echar un paseo para conocer el pueblo, pero todos están en estado de pre/siesta, excepto la canadiense, que conoce el término siesta, universal, por cierto, pero no lo practica. Según me cuenta, su decisión de hacer el camino fue una especie de iluminación. En unos pocos días, tres amigos diferentes le hablaron del camino. Otro le regaló una excelente guía, mejor, por cierto, de las que disponemos en España, y ella lo interpretó como una especie de señal. Sin hablar ni una palabra de español se plantó en Roncesvalles con la intención de no parar hasta Finisterre.

El casco viejo de Lizarra es hermoso, aunque un tanto abandonado, y merecen una visita las iglesias de San Miguel y la de San Juan Bautista, de un románico rotundo, así como las plazas de los Fueros, la plaza del Mercado Viejo y la Plaza de Santiago. Y la bella imagen del río Ega.

Aunque el hospitalero nos recomienda efusivamente subir a El Puy para adquirir la mejor vista de la ciudad, declino la oferta, porque ya he sobrecumplido por hoy mi dosis de subidas. Aunque el dolor en los pies ha remitido, y comprobaré con los días que cada vez se recuperan más rápido.

Por la noche preparan una cena comunitaria, pero me abstengo. Después del copioso almuerzo, me basta un yogurt y una manzana. Aunque más que un evento gastronómico, es una celebración de la amistad reciente forjada en el camino. Pero necesito escribir estas crónicas que ya van muy atrasadas por la manía de los albergues de apagar las luces a las diez o diez y media y no habilitar un espacio donde quienes abandonamos al final de la infancia la sana costumbre de dormir ocho horas, podamos continuar despiertos. Por suerte, aquí me permiten emplear la mesa del hospitalero desde que se apagan las luces hasta el momento en que casi quiebro el teclado con la frente. Son las doce y media.





Día 3

12 09 2013

(12 de septiembre, 2013)

Pamplona/Puente la Reina: 23,89 km)

A Roncesvalles: 68,27 km

A Santiago de Compostela: 692,54 km

 

En el albergue de Pamplona, cuyas instalaciones son excelentes, me despierto a las cinco y media, saco con cuidado mis bártulos hasta el vestíbulo, donde preparo la mochila intentando hacer el menor ruido posible. Desde que empecé el camino no logro dormir mis tradicionales seis horas de un tirón. Cinco a lo sumo y con frecuentes despertares. Cuando regreso a la litera, en la de al lado el vecino coreano está haciendo unos estiramientos casi circenses.

Dedico más de media hora a prepararme. Todas las guías recomiendan que la mochila no exceda el diez por ciento de tu peso corporal, pero creo que más importante que uno o dos kilos sobrantes es que la mochila esté equilibrada, con los objetos más pesados al fondo y cerca de la espalda, que se reparta correctamente la carga y que las cinchas ajustadas te permitan sentirla como parte de tu propio cuerpo, no bamboleándose mientras caminas. Hay quienes vienen al camino con mochilas muy pequeñas y colgando de ella bolsas con la merienda, zapatos, saco de dormir, bolsa de aseo, quincallería que desequilibra al caminante.

Anudo con cuidado mis botas, de modo que la presión sea firme sin estrangular el pie, y que el doble nudo quede bien apretado y no se zafe en toda la jornada. Hay quien emplea zapatillas deportivas para hacer el camino, o sandalias. Pero la bota es el calzado de la inmensa mayoría. Su gruesa suela evita la molestia de las piedras, la puntera reforzada, dolorosos golpes, y la sujeción del tobillo ayuda a prevenir torceduras que te sacan del camino inmediatamente.

Salgo de Pamplona en compañía del malagueño atravesando el campus de la Universidad de Navarra. Cuando estamos a punto de abandonar la ciudad y adentrarnos en la oscuridad, vemos una silueta que nos espera justo donde la luz acaba. Es una jubilada canadiense que prefiere peregrinos desconocidos a malo por conocer. Caminaremos juntos varios kilómetros hasta el amanecer.

Cerca de Galar, una larga cuesta y todos los cigarros que me he fumado en mi vida me obligan a hacer un alto al pie de un árbol solitario, junto a la cruz en homenaje a un peregrino belga muerto en el camino. Desde que bajamos de Roncesvalles se vienen sucediendo estas cruces. El primero fue un japonés de 64 años.

Le digo al malagueño que continúe. Es la regla del camino. Del mismo modo que cada cual viene al camino por sus propios motivos, cada cual debe ir a su paso. Ya volveremos a encontrarnos.

Un par de tabletas de Isostar más tarde para recuperarme, y continúo. Paso por Zariquiegui, donde un grupo de peregrinos beben su café, pero no me detengo. Continúo hacia el Alto del Perdón, con sus 700 metros de altura que voy subiendo desde los 483.

Arriba, donde una cordillera de molinos de vientos custodia el alto, bate fuerte la brisa y han colocado unas hermosas siluetas de caminantes recortadas en planchas de acero. Allí me alcanza la enfermera canaria que continúa a su paso ladera abajo.

El descenso es casi peor que la subida, por un pedregal donde te puedes partir un tobillo. Por suerte los bastones, como dos patas adicionales, permiten amortiguar la bajada y evitar una caída. Por algo los cuadrúpedos son mamíferos más estables que los bípedos.

Dicen que la subida al alto del Perdón te indulta de tus pecados anteriores. La bajada, de los siguientes.

Una vez en Uterga, el camino es suave y amigable hasta Puente la Reina, donde he reservado en el albergue privado Jakue, un hotel que se ha adaptado a los tiempos y ha reconvertido parte de su espacio en un confortable albergue para peregrinos, con cubículos de cuatro personas e impecables instalaciones sanitarias.

Estando allí, aparece el malagueño, a quien creía ya en Puente la Reina. Resulta que lo adelanté en Zariquiegui, donde se detuvo a desayunar. Juntos comemos un excelente menú de peregrino servido por el tabernero más parlanchín del camino. Tras subir al Alto del Perdón, nos cuenta, tenemos dispensa para nuestros pecados. Excepto no pagar la cuenta aquí, indago yo. Exactamente, eso es pecado mortal. No tiene perdón, me contesta.

Para la cena nos unimos con el valenciano y el alicantino, que han parado en otro albergue, y en un restaurante ocupado casi completamente por nativos, trasegamos un entrecot de proporciones pantagruélicas. A menos que quiera continuar rodando hasta Santiago, esto deberá ser la excepción, no la regla.





Día 2

11 09 2013

(11 de septiembre, 2013)

Zubiri – Pamplona: 22,24 km)

A Roncesvalles: 44,38 km

A Santiago de Compostela: 716,63 km

 

Tardaré dos días en hacer de regreso el trayecto que hice en autobús en una hora y poco.

Hoy debo llegar a Pamplona.

Ayer ocurrió algo habitual en el camino. Varias personas que por edad, oficio y geografía no estaban destinadas a conocerse y cuyos destinos jamás se habrían cruzado, se encuentran en este camino que suma la humanidad más variopinta de Europa. Coincidimos en el albergue privado Zaldiko, donde nos atienden con esmero, un conductor de autobuses de Málaga, una enfermera canaria, un bombero de Valencia, un ingeniero químico de Alicante, una canadiense especialista en optimización de procesos y dos empleados de banca de Madrid. Continuaremos en los próximos días, intermitentemente, como es habitual en el camino, caminando, comiendo y pernoctando juntos, compartiendo una experiencia que a veces resulta intransferible. A cada cual toca elegir el momento de la compañía y el de la soledad.

Con los días se sumarán una diseñadora valenciana, un médico de Murcia y una pareja de madrileñas, pero siempre al estilo del camino. Hoy podemos ser diez o doce alrededor de una mesa y mañana puedes caminar solo treinta kilómetros. La mayoría de los peregrinos vienen solos y lo primero que te enseña el camino es a conocer y respetar tu propio ritmo.

Anoche cenamos juntos el malagueño, el alicantino, el valenciano y yo, junto a una pareja de jóvenes valencianos que encontraremos con mucha frecuencia hasta Logroño. El menú del peregrino: primero, segundo, pan, vino y postre, de entre 9 y 11 euros, nos acompañará a todo lo largo del camino.

Tras salir temprano, bordeo la fábrica de magnesita de Zubiri, una especie de parche industrial en este paisaje idílico. A la fábrica pertenece parte del área por donde cruza el camino, y un cartel advierte que no deberemos abandonarlo a riesgo de ingresar en terreno privado. Un pequeño cortocircuito entre lo humano y lo divino. Al menos una zona del tejido industrial es tierra sacra.

El dolor que anoche me hacía caminar a pasitos de concubina imperial china tras la reducción de sus pies, ha remitido y comprobaré a lo largo de los días que cada vez lo hará más rápido. También va desapareciendo la inflamación del hombro izquierdo por el peso de la mochila.

Mantengo un paso largo, a un ritmo homogéneo, que poco a poco se estabiliza por su cuenta.

Esta segunda etapa discurre por Ilárraz y Esquízoz hasta Larrasoaña, Aquerreta y Zuriáin, se cruza el río Arga en Iroz, a Zabaldica y de ahí a Arleta, Trinidad de Arre, Villava y Burlada, para terminar en Pamplona. Un camino más accidentado de consonantes que de geografía. A excepción de algunos repechos antes de Ilarraz y en Akerreta, y la larga bajada de Trinidad de Arre.

En Larrasoaña se suma una nueva riada de peregrinos que ha pernoctado allí, cinco kilómetros más cerca de Pamplona que nosotros. Hay familias completas, parejas jóvenes o mayores, grupos de amigos y caminantes solitarios. Una joven italiana viene acompañada por un enorme perro labrador de pelaje leonado, calzado con unos zapaticos negros y perrunos que sospecho apropiados para el peregrinaje.

A mitad de trayecto, en un bar que un avispado empresario ha situado en el medio del bosque, encuentro al malagueño y la enfermera canaria. Más tarde nos alcanzará la canadiente y juntos alcanzamos Pamplona donde coincidimos en el excelente albergue municipal Jesús y María con el resto del grupo que el azar reunió en Zubiri. Esta noche será de tapas de diseño y tintos (navarros o a lo sumo riojanos, para no ofender).

Pero antes envío a casa por correo un kilo de peso excedente y trasiego un par de tapas con una copa de Rioja como almuerzo. No soy el único. Y no me refiero a las tapas. Cinco o seis peregrinos esperan en el correo para enviar a casa paquetes en ocasiones muy voluminosos. El camino es el mejor sistema de pesos y medidas, el optimizados de carga que hace de éste un viaje sin souvenirs. A los peregrinos se les reconoce inmediatamente tras las primeras etapas. El caminar dubitativo, como quien circula sobre vidrio molido, o francamente penoso cuando las ampollas han hecho su aparición.

Esta nueva mirada a Pamplona confirma mi impresión anterior. Una ciudad que para ser un destino muy recomendable no necesita vestirse de toros y mozos dopados de calimocho y adrenalina. Bastarían sus excelentes tabernas, sus imaginativas tapas y la catedral.

Por eso aprovecho la tarde para visitar la catedral, una síntesis cultural del camino. Fundada la ciudad por Pompeyo Magno en el 74 AC, las excavaciones en el solar de la catedral han descubierto cimentaciones romanas. Se sabe que un templo románico emplazado en este mismo sitio fue demolido en el año 924 por Abd-al -Rahman. Levantado de nuevo entre el 1004 y el 1035 por Sancho el Mayor, fue demolido de nuevo y reedificado hacia1083-1097. La catedral románica será terminada en 1137, el claustro gótico en 1375 y, tras el derrumbe de 1391, la iglesia románica de hoy, excepto la fachada neoclásica de Ventura Rodríguez, concluida en 1803. Una historia de sucesivas reencarnaciones, tiempos oscuros, destrucción y olvido que recuerda la propia historia del camino tantas veces recuperado y tantas otras sumido en el silencio.

La visita es espléndida, no sólo por el estado de conservación, sino por el exquisito cuidado con que lo muestran. Por tres euros, precio para peregrinos, se puede subir a los aposentos del campanero, ver desde arriba las cubiertas y recorrer todas las zonas del templo, incluso los antiguos refectorio y cocina, así como la exposición que nos descubre un corte vertical de la historia a través de la evolución del templo.

Mañana continuaré on the road, como diría Kerouac, quien nos reveló el camino no como medio sino como fin. El camino es muchas cosas al mismo tiempo, pero es también un destino. Durante un mes nuestra vida está enfocada hacia un solo objetivo: vencer ese espacio que nos separa de Santiago. Por el contrario que la vida cotidiana, donde con frecuencia múltiples objetivos se solapan, o donde nos podemos encontrar desnortados, sin rumbo, dubitativos frente a la posibilidad de múltiples caminos, el de Santiago permite centrar todos nuestros esfuerzos paso a paso. Concentrar la mirada, las piernas, la anatomía toda, al tiempo que liberamos la imaginación. Sabiendo que Santiago de Compostela es solo el objetivo aparente. El verdadero objetivo es el camino en sí. Cada paso. Cada etapa. Cada kilómetro.





Día 1

10 09 2013

(10 de septiembre, 2013)

Roncesvalles – Zubiri: 22,14 km)

A Roncesvalles: 22,14 km

A Santiago de Compostela: 738,67 km

Las seis de la mañana.

Se encienden bruscamente las luces, de modo que algún peregrino de estreno salta asustado en su cama. Recuerdo el cine Payret, frente al Capitolio de La Habana, y sus luces que se encendían y apagaban suavemente, una caricia para la retina. Supongo que los reguladores de voltaje ya no son alta tecnología.

Por suerte, ya a las seis menos cuarto yo me había despertado. Anoche aproveché que en la planta sótano podía mantenerse encendida la luz sin molestar al prójimo y estuve leyendo y escribiendo hasta las doce y media. Menos de cinco horas de un sueño tropeloso, accidentado, con despertares intermitentes. Posiblemente esta noche, tras mi primera jornada, duerma como un bebé acunado por una nana de ronquidos.

A las 6:45 abandono Roncesvalles (Domus venerabilis, domus gloriosa \ Domus admirabilis, domus fructuosa \ Pirineis montibus floret sicut rosa…).

Todos los bares están cerrados, y una chica asiática me comunica (en la lingua franca del camino, el inglés, of course) que tres kilómetros camino abajo hay una pequeña tienda y un bar. Emprendo la ruta por un sendero paralelo a la carretera, como quien camina por un túnel de vegetación, entre hayas y pinos frondosos. Es noche cerrada. Y mi linterna está en el fondo de la mochila. Cien metros hacia adelante veo una lucecilla que avanza. Trastabillando, apuro el paso hasta que le doy alcance. Dos chicas norteamericanas alumbran el camino con una linterna. Delante van dos jóvenes españoles aprovechando el hilo de luz y yo me sumo a la procesión. Cuando la norteamericana detecta que la siguen, se vuelve. You are my light, le digo. Ignoro si he pronunciado un cumplido o una errata por traducción literal.

A los tres kilómetros hay, efectivamente, una tienda, donde compro un zumo y una pieza de fruta. Desayuno medio bocadillo que preparé ayer en Madrid y continúo hasta Burguete, un pueblecillo de coquetos caserones de estilo pirenaico, con flores en las ventanas de madera roja. Allí bebo el primer café del camino.

Abandono el borde de la carretera. El camino discurre por una zona ganadera rodeada de montañas y pastos que hasta a mí, que no soy especialmente vegetariano, me despiertan el apetito. Los pastizales están salpicados de vacas rubias, de un pelaje dorado, homogéneo, de peluquería, y aunque no me acerqué lo suficiente, sospecho que tendrán los ojos azules.

De pronto tengo que echar mano al poncho impermeable para que me proteja, mochila incluida, aunque no de una lluvia convencional. Nos adentramos en una nube, nos empezamos a llover nosotros mismos. Atravesamos la tormenta en fase de proyecto. Hurtamos la lluvia que estaba destinada a caer en otro sitio, nos la llevamos con nosotros.

Subiendo al alto de Menkiritz, unos jóvenes australianos (norteamericanos, canadienses, ingleses o cualquier otro territorio de la Anglia) van conversando animadamente. Aminoro el paso, hasta que me adelantan y los pierdo de vista. Ahora puedo escuchar el silencio de la montaña en todo su estruendor.

Mis piernas obedecen sin rechistar, pero mis pulmones me echan en cara las 14.600 cajetillas de cigarros que consumí durante 40 años. En lo alto, la imagen de una virgen y una lápida donde se lee: ¡Aquí se reza una salve a Ntra. Sra. de Roncesvalles! Y yo rezo a mis pulmones que me acompañen en esta empresa.

Un japonés pequeño y muy delgado, con arrugas que denuncian una edad entre los 60 y los 180 años, me pasa por el lado como una flecha cargando una pequeñísima mochila. De ella saldrán, seguramente, todos los artilugios para hacer el camino de Santiago, como un mágico abrigo del Inspector Gatchet, o un transformer de los Power Rangers.

Desciendo por una angosta pendiente hacia Biscarreta/Guerendiain (aquí todo tiene dos nombres, en euskera y castellano, a veces tres, contando la ortografía dubitativa), Lintzoain y el bello pueblo de Erro. Desde allí comienzo a subir el Puerto de Erro y me encomiendo al santo patrono de los pulmones. La ascensión vale la pena. No sólo la vista es impresionante. La ascensión, también. Trepar a la cima entre la espesa vegetación es sobrecogedor cuando no hay un alma a la vista. El silencio del bosque crea por un momento la sensación de habernos mudado de siglo, hasta el instante en que entre una huella humana y otra mediaran años o decenios. A punto de alcanzar la cima, una piedra grande y dos pequeñas, situadas a la derecha, marcan, según la leyenda, el paso de Roldán, que tendría, según se ve, una zancada olímpica, de su mujer y de su hijo.

Llegando a mi destino en Zubiri, entablo animada charla con mi vecino de litera, el cura de Ciudad Real. Recuerdo perfectamente su nombre, como recordaré los de todos mis compañeros del camino, pero optaré por omitirlos. Ninguno ha pedido ingresar en estas páginas e ignoro si el citarlos dañe el derecho a la intimidad de algunos.

Cura de base, a medias trabajador espiritual y trabajador social, no dejamos tema humano (divinos, menos) intocado, aunque con la mirada puesta en el pedregal de cuatro kilómetros que desciende hasta Zubiri, y donde es tan fácil partirse un tobillo y concluir el camino en una sola etapa.

Después de despedirme del padre, que continúa hacia Larrasoaña, entro a Zubiri por el puente gótico de la Rabia. La tradición asegura que los animales con rabia se curan inmediatamente si dan tres vueltas al pilón central de su arcada. Antes hay que convencerlos para que efectúen la maniobra.





Dia 0

9 09 2013

(9 de septiembre, 2013)

Madrid – Pamplona – Roncesvalles

A Roncesvalles: 0 kms

A Santiago de Compostela: 760,81 kms

 

Pamplona no es la ciudad que aparece cada año en la televisión con sus calles pobladas de toros y de mozos que, con un inexplicable entusiasmo para cualquier extraterrestre que los vea desde la comodidad de su OVNI, corren delante, detrás y junto a los animales.

Es una ciudad cuidada, impecable, que conserva con mimo su casco antiguo. Una ciudad donde los árboles son una parte sustancial del mobiliario urbano. Yo no tengo nada contra los toros, ni contra la fiesta. Cualquiera podría poner reparos, no sin cierta razón, contra la muerte convertida en espectáculo. Pero, con argumentos no menos sostenibles, podrían otros criticar el asesinato intramuros, íntimo, sin glamour ni lentejuelas, de las vacas en el matadero. No creo que haya mucha diferencia entre la muerte pública y la violencia doméstica. Y la mayoría de los antitaurinos censuran las corridas de toros con la misma vehemencia que defienden el chuletón de buey. Una defensa en la que coincidimos. Tras esa salvedad, anoto que, a mi juicio, en términos de diseño, los toros son de un modelo estándar y repetitivo: el módulo básico consiste en cuatro patas, dos cuernos y un rabo distribuidos asimétricamente alrededor de media tonelada de músculos. Los árboles, en cambio, exhiben una diversidad vertiginosa: desde la sequoia a la palma real y del mangle al baobad.

Volviendo a Pamplona, un ejemplo del mimo con que han cuidado su espacio es la terminal de autobuses, desde donde ahora me dirijo a Roncesvalles: totalmente subterránea, lo único que emerge a la superficie es un cubo de cristal que permite ver a través de la estructura el espacio abierto de la ciudadela.

La carretera hacia Roncesvalles es tan peligrosa como la de Viñales, pero en perfecto estado. No corremos el riesgo de que el autobús, mientras intente eludir un bache, caiga en el bache de Dios.

Después de una hora y poco de continua subida (que mañana deberemos bajar a pie), llegamos a los 952 metros: la impresionante Colegiata de Roncesvalles con su iglesia, su albergue moderno para unos 300 peregrinos, que ya está lleno a nuestra llegada, de modo que me destinan a la litera 91 del albergue antiguo: un recinto de altas bóvedas donde se alinean en tres hileras 90 literas, para completar 180 plazas. En total, unos 500 peregrinos que mañana comenzarán a andar hacia poniente.

A mi izquierda, un matrimonio coreano muy protocolario. En la zona baja de mi litera, un cura de Ciudad Real, a la derecha, una joven canadiense que no habla ni una palabra de castellano, y debajo de ella, un bombero de Valencia.

Hay dos duchas para 90 peregrinos y apenas tengo que esperar veinte minutos. La limpieza de nuestras almas tiene mucho más quórum. Acudo a la misa dedicada a los peregrinos: la repetición de un rito pronunciado como una retahíla, sin demasiada emoción (una puesta en escena que se repite una y otra vez día tras día a lo largo de los años llega a ser inocua), salvo cuando le dedican una oración a alguien que ha muerto legando todos sus bienes a la Iglesia. El momento de la confraternización es emotivo: todos los fieles se dan las manos, se abrazan sin conocerse, como debería ser siempre, aunque suene peace&love, como más tarde la bendición al peregrino en una decena de idiomas. Cuando pasan el cepillo, incluso el ateo devoto colabora. Lo anterior me puede costar una reprimenda de mi hijo, pero, en justicia, no es correcto eludir el pago después de ver la función.

El menú del peregrino (nueve euros) se sirve en mesas de a doce, número apostólico donde los haya. En mi mesa coincidimos un joven vasco que parece la reencarnación de Carlos Varela, una pareja de madrileños, otra de italianos, mis vecinos coreanos, una peregrina de Toledo y los que me quedan al otro lado de la mesa, como quien dice en las antípodas. Cuatro botellas de vino para doce, primer plato, segundo y postre. Y conversación.

A las diez, como en la beca cuando era adolescente, se apagan las luces, se cierran las puertas del albergue y mañana será otro día, porque deberemos abandonar este refugio antes de las ocho. Al que madruga, Dios lo ayuda. Al que no, lo desahucian.

Por el módico precio de seis euros, hoy asistiré a la más espléndida sinfonía de ronquidos que he escuchado nunca, y descubriré una diversidad de registros, desde el sutil soplido hasta la motosierra, como jamás habría sospechado.





Segundas partes

8 09 2013

Si a los delincuentes más canallas se les concede una segunda oportunidad, eso que llaman reinserción, un blog no merece menos. Por lo general, su peor delito es la bobería. De modo que Habaneceres, olvidado desde hace un par de años por razones no ajenas a mi voluntad, disfrutará de una segunda oportunidad sobre la tierra virtual.

Los invito a este viaje, que comienza en Roncesvalles, desde donde escribo en una tablet con bastantes reticencias a los acentos y las tildes, pero era el artilugio menos pesado para escribir on line, considerando que deberé cargarlo durante los próximos 750 kilómetros, los que separan a este lugar, en la cara oeste de los Pirineos, junto a la frontera francesa, de Santiago de Compostela, a donde debo llegar dentro de un mes empleando el más antiguo medio de locomoción: un pie después del otro.

¿Por qué decide alguien emplear un mes de su vida en transitar la más antigua ruta de peregrinación de Occidente, sobre todo si es ateo y consciente de que, entre una multitud de fieles, si el Apóstol llegase a distinguirlo no sería para bien? Es la pregunta que intentaré responder durante el próximo mes.

Los invito a acompañarme.