Día 7

16 09 2013

(16 de septiembre, 2013)

Logroño – Ventosa: 19,70 km

A Roncesvalles: 161,21 km

A Santiago de Compostela: 599,60 km

Antes de embarcarme en esta aventura, consulté varias páginas web y libros sobre el Camino. Para fijar la ruta y las etapas en dependencia de la distancia y de los sitios donde pernoctar. Muchas páginas sobre el Camino, en particular la de Eroski, ofrecen opiniones de los peregrinos sobre los diferentes albergues, desde la calidad y la limpieza de las instalaciones hasta el precio (entre 5 y 10 euros la noche por lo general, aunque en algunos solo se pide la voluntad, lo que el peregrino quiera pagar), la atención de los hospitaleros y la posibilidad, por suerte escasa, de encontrar chinches y otra fauna en las camas. De modo que elaboré una clasificación de los albergues desde los muy recomendables hasta los absolutamente indeseables. Esto viene a cuento porque hoy pensaba hacer la ruta Logroño – Nájera, pero al llamar por teléfono me comunicaron que todos los albergues recomendables estaban llenos. Ante la perspectiva de pasar la noche en un sitio poco habitable, algunos decidimos hacer hoy una etapa más corta de lo habitual y quedarnos en Ventosa, a 19,70 kilómetros de Logroño y a 10 de Nájera, que habría sido, en principio, nuestro destino.

El malagueño decide continuar hacia Nájera y nos despedimos con la casi certeza de no reencontrarnos en el Camino. Diez kilómetros pueden ser una distancia insalvable.

Salgo solo, aun de noche. Abandonar Logroño es una empresa más larga de lo que pensaba. En el parque de San Miguel hay que fijarse muy bien en las señales para no perder el Camino. Es curioso que donde más fácilmente se pierde un peregrino es en las grandes ciudades, donde no siempre la señalización es todo lo explícita que se necesitaría. Coincido con un broker australiano recién jubilado que se confiesa un hombre de suerte. Tiene una cabaña en Suiza, donde suele ir a esquiar. Me pregunta si soy norteamericano, prueba de la mala opinión que tienen los australianos sobre la pronunciación de los yankis. Por qué viene a hacer el Camino un broker australiano no especialmente religioso, le pregunto. Lo decidió en un par de días, armó la mochila, dejó el móvil y el ordenador y no paró hasta Roncesvalles. Pero, por qué. Para librarme un mes de mi mujer, responde categórico.

En el Embalse de la Grajera me detengo unos minutos para quitarme el jersey y tomar una foto del amanecer. El australiano continúa. Poco después, en una carpa perfectamente instalada al lado de su furgoneta, encuentro a un peregrino itinerante, el Pasante del Camino, una especie de pope ruso del siglo XIX con su sayal marrón, su melena y su barba hasta el medio del pecho. Ofrece sellar la credencial, agua y un cuenco con galletas. Otro cuenco con monedas sugiere que éstas no serán mal recibidas.

La sed no suele ser un gran problema en el Camino, pero sí la puñetera cantimplora que es difícil de colocar. En la cintura, te desequilibra y pesa. En los laterales de la mochila, donde con más frecuencia se acomoda, es difícil, no tanto sacarla, como volverla a su sitio. A veces tienes que quitarte la mochila para beber agua. Un incordio. Quizás la mejor solución sea una pequeña mochila delantera que equilibre en parte el peso de la mochila, aunque termines ensillado como el borrico del peregrino italiano que vi hace dos jornadas camino a Los Arcos. En un recodo del camino nos tropezamos con un hombre ya mayor (más cerca de los setenta que de los sesenta) quien venía en dirección opuesta azuzando a un burro cargado hasta arriba. En burro se detiene sin hacer caso a su dueño y echa una larguísima meada que el hombre mira con paciencia. Más tarde nos enteraremos que este peregrino de a pie, pero con sus bártulos a lomo de burro, ha ido a Santiago y viene de regreso, pero no a Roncesvalles, sino a Italia, desde donde peregrinó. Además de la chica italiana con su enorme perro, he conocido a otro chico, también italiano, que viaja con un precioso perro de pelaje dorado. En la mayoría de los albergues admiten bicicletas y perros (si tienen patio donde dejarlos), pero dudo que el alguno admitan un burro.

A las diez de la mañana aparece en un alto Navarrete, pueblo típico de La Rioja. Buscando un bar donde tomar un café, tropiezo de nuevo con el australiano. Lo llamo por su nombre y se vuelve sorprendido. No me reconoce. Al parecer no es solo a su mujer a quien desea olvidar.

Después de un café y un pincho de tortilla en una terraza con excelentes vistas, continúo los siete kilómetros que me faltan hasta Ventosa, un pueblo que se aparta un par de kilómetros del camino principal, aunque después puedes retomarlo sin desandar lo andado. Una pillería del dueño del albergue (supongo, es el más interesado) ha sido pintar flechas amarillas, el símbolo tradicional del Camino, en dirección al pueblo, como si el Camino se bifurcara.

Cuando llego, falta todavía una hora para que abran el albergue San Saturnino (el único). Pido en el bar una cerveza y entablo conversación con los dos bancarios de Madrid y la enfermera canaria que ha llegado antes que nosotros en compañía de tres hermanos norteamericanos, uno de los cuales vive en Australia y tiene una zancada de un metro veinte por lo menos. La traían a la carrera.

Ventosa es una minúscula aldea con el albergue y un bar donde preparan bocadillos y platos de pasta recién importados de Italia a juzgar por el precio. No hay tienda, a excepción de la minúscula tienda del albergue, donde compramos algunos víveres para hacer esta noche una cena comunitaria. Casi obligatoria, porque no hay de noche lugar alguno donde cenar.

El albergue es confortable y dispone de una bella terraza donde tender la ropa, leer y departir al solecito de este otoño incipiente que se niega a dejar de ser verano.

Entre el chef-bombero y su ayudante alicantino, preparan una tortilla española de libro de texto, ensalada mixta y menestra de frutas. Un banquete. Luego, el hospitalero me permite continuar escribiendo en el comedor hasta la hora que desee, siempre que al terminar apague la luz. Pero hoy intentaré dormirme no más tarde de las once. Tal como hizo hoy el malagueño, mañana me separo del grupo, que solo va a andar hasta Azofra o Cirueña. Quiero pasar Nájera y llegar hasta Santo Domingo de la Calzada, unos 32 kilómetros. Deberé salir temprano si quiero llegar a mi destino a una hora razonable. Caminar por la tarde, con el sol alto, y peor si es después de almuerzo, es mucho más extenuante que hacerlo en la mañana, cuando el frío te empuja hacia delante.


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