Día 8

17 09 2013

(17 de septiembre, 2013)

Ventosa – Santo Domingo de la Calzada: 31,90 km

A Roncesvalles: 193,11 km

A Santiago de Compostela: 567,70 km

 

Hoy se separa mi camino del de la amiga canadiense, la canaria, el caminante alicantino y el bombero. Ellos van a hacer una etapa más corta, pero yo me he propuesto recuperar lo que no hice ayer. Una jornada de casi 32 kilómetros hasta Santo Domingo de la Calzada pasando por Nájera.

Me levanto a las cuatro y media, preparo mi mochila en silencio y emprendo el camino a las cinco y cuarto, sabiendo que lo haré a oscuras durante al menos dos horas y media.

Los primeros ocho kilómetros no presentan mayor dificultad. El camino de gravilla blanca y arcilla se ve bastante bien en contraste con la oscuridad de la vegetación en los márgenes. En cada cruce enciendo la linterna y busco las flechas amarillas, las señales, para no perderme. A tres kilómetros de Ventosa que, por cierto, tiene perfectamente puesto su nombre, veo a lo lejos Nájera, pero la pierdo de vista poco después en esta zona de encrespadas colinas. Unos dos kilómetros antes de llegar a Nájera, el camino cruza la carretera y la señal parece indicar que continúe paralelo al muro de una especie de nave o fábrica. Lo hago durante más de un kilómetro. Entonces me doy cuenta de que estoy cruzando por debajo de un elevado la autovía. Al comprobar el mapa descubro que me he desviado hacia el este un kilómetro. Regreso a la carretera en plena oscuridad, y como no encuentro señales adicionales decido ir a Nájera no como peregrino, sino como una furgoneta cualquiera, por la carretera. En total, pierdo más de una hora y, al menos, tres kilómetros adicionales, lo que convertirá la jornada de 32 en una de 35 kilómetros.

Llego a Nájera cerca de las ocho y en el primer bar, donde me contemplan asombrados porque por allí no entra un solo peregrino, me bebo un café con una tostada minúscula (a un precio minúsculo también, todo hay que decirlo) y por fin, luego de cruzar todo el pueblo, atravieso el río por un bello puente y retomo el camino.

Comienza a lloviznar y saco poncho y polainas a la espera de un aguacero, porque el cielo es un desfile de nubarrones negros. Pero diez minutos más tarde cesa la lloviznita y no caerá una gota más en toda la jornada.

A la salida de Nájera, tras subir una cuesta, un cartel me da muchísimo ánimo. Para Santiago de Compostela solo quedan 582 kilómetros. Es decir, o están mal mis cálculos o está mal el cartel, o hablamos de dos posibles itinerarios.

Entre leves subidas y bajadas, por un camino que por momentos se hace eterno, paso imperceptiblemente de la tierra del vino a la tierra del cereal, de las verdes viñas a los campos de trigo.

Estuve indagando ayer la posibilidad de visitar San Millán de la Cogolla, la cuna del idioma, pero tendría que tomar un taxi en Nájera que me lleve al monasterio (a un precio respetable), desviarme diez kilómetros, con la posibilidad de no poder entrar si las visitas concertadas ya han sido cubiertas, y luego tomar otro taxi de regreso para continuar el camino. Me temo que quedará para otro viaje específico.

Después de una loma no tan empinada como larga, hasta los 628 metros, llego a Cirueña, entro por el club de golf y desde allí solo quedan unos seis kilómetros hasta mi destino. Pasada la mitad de ese trayecto, avisto el pueblo del primer santo que se dedicó a atender peregrinos. Asumo una marcha de paso largo y cubro el resto de la distancia en media hora. A la una menos cuarto entro al espléndido edificio del Albergue de la Cofradía del Santo. Siete horas y media caminando para hacer 35 kilómetros. Poco menos de cinco por hora. Con muy pocas paradas, eso sí.

El Albergue pertenece a una cofradía que está asistiendo a los peregrinos desde 1106. Ha sido completamente remodelado dentro de un caserón del siglo XV hasta convertirlo en un macroalbergue de 154 plazas ampliables en 71 más. Y no solo es grande sino muy hermoso y confortable, con su patio central de luces y todos los servicios impecables.

Almuerzo un suculento menú en el restaurante de al lado y antes de ponerme a trabajar visito la iglesia y la muralla. La memoria del santo está presente en todo el pueblo.

Aquí me encuentro por última vez con el malagueño, con quien comparto un tinto, un café y buena conversación.

Me permiten quedarme trabajando hasta más tarde y, como ya viene siendo costumbre, apenas puedo dormir cinco horas.

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