Día 4

13 09 2013

(13 de septiembre, 2013)

Puente la Reina/Estrella – Lizarra: 23,01 km

A Roncesvalles: 91,28 km

A Santiago de Compostela: 669,53 km

 

Salgo muy temprano en compañía del malagueño. Su acento es del campo profundo. Me recuerda, aunque sea un parentesco extraño, al habla de los campesinos del sur de Pinar del Río, descendientes de canarios que cultivan el mejor tabaco del mundo. No porque las palabras o la entonación sean las mismas, sino por una suerte de intención común, de socarronería más sabia que esa presunción naif. Sé que cualquier lingüista reprobaría la oración anterior. Hay equivalencias tan inexplicables como discutibles.

Atravesamos el famoso puente romano que da nombre al pueblo, posiblemente el más bello del camino. La ruta asciende con bastante brusquedad hasta Mañeru, donde casi toca la autovía. Un peregrino de Carolina del Norte viene a mi lado contando los pasos y haciendo altos de 60 en 60. Yo también vengo resollando. Cuarenta años fumando, le digo en inglés. Treinta y cinco, me responde él.

De vez en cuando tropezamos con peregrinos que vienen en dirección opuesta. Ahora son tres con sus cayados y sus vieiras colgando de la mochila, y nos desean buen camino. No sé si hacen el camino a la inversa, si visitaron al santo de ida y traen de vuelta la buena nueva a Roncesvalles. No sé si tiene algún significado hacerlo de vuelta. O si se trata de un camino reversible. Ignoro el calibre de su fe, pero ciertamente son grandes caminantes. Entre nuestros remotos antepasados sobrevivían mejor las tribus de grandes caminantes. Podían alcanzar cotos de caza promisorios.

Continuamos después de Cirauqui por una antigua calzada romana que atraviesa un paisaje de colinas, tierras de labranza y bosquecillos. Otra cuesta hasta los 483 metros y a la vista de Montejurra hacemos alto en un bar, donde un pincho de tortilla y una cerveza aportan el combustible para el último tramo. Lo importante es hacer los altos mínimos indispensables y no perder tu paso.

Encontrar tu paso es, posiblemente, lo más importante, y no se consigue en un solo día. Encontrar aquella cadencia, aquel ritmo que permita desvincular a tus piernas de tu cerebro. Ellas continuarán practicando el rito de colocarse una delante de otra sucesivamente. Siempre a la misma velocidad, siempre al mismo ritmo, y liberarán a tu cerebro para mirar, para reflexionar, para escuchar. Entonces habrás encontrado el camino, tu camino. Por eso en el camino los grupos se unen y se separan, se juntan y se dispersan. Hoy caminas solo. Mañana, con un gran grupo. Dos días más tarde, con un solo compañero. No hay un camino sino uno por cada peregrino. Si caminas pendiente de tus piernas o de tu respiración, del dolor o del peso de la mochila en la cintura y en los hombros, no haces el camino, caminas. Haces el camino cuando consigues liberarte de esas servidumbres que impone el esfuerzo, y consigues ser tú mismo, uno y el camino. Posiblemente esa sea su mística. Por eso soporta por igual el viaje del peregrino religioso, cultural, espiritual e incluso deportivo (si el deporte es meta, esfuerzo, lucha contra las propias limitaciones, no una medalla).

Pasada la ermita de San Miguel y el monumento a la peregrina M. C. Kimpton, entramos en una suave descenso que discurre entre los bosques hasta Estella (o Lizarra).

En el Albergue Juvenil Oncineda volvemos a reunirnos. Aunque cuenta con 98 plazas, es un sitio muy acogedor. Duchados y cambiados, vamos a por el tradicional menú del mediodía en un restaurante que nuestro colega malagueño conocía de su anterior Camino de Santiago. Porque él ya ha hecho desde Málaga el camino de la Plata, este mismo Camino Francés de Roncesvalles a Finisterre, el Camino Primitivo y alguno más que solo él conoce. Si peregrinar hasta Santiago nos redime de nuestros pecados, el malagueño se prepara para perpetrar grandes tropelías.

Unas alubias de la tierra y una carrillada preparada con esmero, regadas por un Rioja joven, reparan todos los cansancios y nos elevan a una especie de nirvana gastronómico. Nuestra amiga canadiense mira estupefacta las proporciones de su ensalada y en cierto momento se le agolpan delante, además de la ensalada que lleva a la mitad, una trucha y el postre sin que consiga ponerse al día.

Por la tarde pregunto si alguien quiere echar un paseo para conocer el pueblo, pero todos están en estado de pre/siesta, excepto la canadiense, que conoce el término siesta, universal, por cierto, pero no lo practica. Según me cuenta, su decisión de hacer el camino fue una especie de iluminación. En unos pocos días, tres amigos diferentes le hablaron del camino. Otro le regaló una excelente guía, mejor, por cierto, de las que disponemos en España, y ella lo interpretó como una especie de señal. Sin hablar ni una palabra de español se plantó en Roncesvalles con la intención de no parar hasta Finisterre.

El casco viejo de Lizarra es hermoso, aunque un tanto abandonado, y merecen una visita las iglesias de San Miguel y la de San Juan Bautista, de un románico rotundo, así como las plazas de los Fueros, la plaza del Mercado Viejo y la Plaza de Santiago. Y la bella imagen del río Ega.

Aunque el hospitalero nos recomienda efusivamente subir a El Puy para adquirir la mejor vista de la ciudad, declino la oferta, porque ya he sobrecumplido por hoy mi dosis de subidas. Aunque el dolor en los pies ha remitido, y comprobaré con los días que cada vez se recuperan más rápido.

Por la noche preparan una cena comunitaria, pero me abstengo. Después del copioso almuerzo, me basta un yogurt y una manzana. Aunque más que un evento gastronómico, es una celebración de la amistad reciente forjada en el camino. Pero necesito escribir estas crónicas que ya van muy atrasadas por la manía de los albergues de apagar las luces a las diez o diez y media y no habilitar un espacio donde quienes abandonamos al final de la infancia la sana costumbre de dormir ocho horas, podamos continuar despiertos. Por suerte, aquí me permiten emplear la mesa del hospitalero desde que se apagan las luces hasta el momento en que casi quiebro el teclado con la frente. Son las doce y media.

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