El tiempo sin fronteras de la poesía

22 07 2011

“El mediodía vaga por las calles reprimiendo entre sus dedos alguna vaga esperanza” escribía Isel Rivero en el Canto Segundo de La marcha de los hurones (1960), a sus diecinueve años. Un libro precoz que marcó el arranque de las ediciones El Puente.

Quienes hayan apreciado aquellos versos, quedarán gratamente sorprendidos por el volumen Words are Witnesses. Las palabras son testigos (Editorial Verbum, Madrid, 2010, 168 pp.), que recoge su obra poética en inglés, escrita entre 1970 y 2008 e incluida en los libros Songs (1968), Night Rined her (1972) y Palm Sunday (1981), así como otros poemas no recogidos en libro o que han aparecido en un volumen colectivo.

La literatura de Occidente ha estado signada durante el siglo XX por un proceso acelerado de transculturación que, al cabo, ha creado literaturas posnacionales, híbridas, sin adherencia estricta a ningún corpus nacional. Cuba, con la sexta parte de su población en el exilio, es parte de ese proceso, aunque en buena medida las obsesiones nacionales se empecinan en no abandonar a buena parte de los escritores del exilio. No es el caso de Isel Rivero. Ella sabe que “siempre hay una puerta que/ cruzar una bestia atrapada clama al / cielo y solo el infierno escucha” (October Songs, III).

Edward W. Said, al referirse en Fuera de lugar (De Bolsillo, Barcelona, 2002, p. 377) a su identidad, sustituye la metáfora del árbol que hunde sus raíces en la tierra (que alimenta y encarcela el árbol) por “un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida”. La nación de desterritorializa y se desacraliza, en palabras de Bernat Castany Prado (“Las nuevas metáforas identitarias de la literatura posnacional”, en Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo, n.º 9, año III, junio de 2005). Ya Claudio Magris proponía en El Danubio (Anagrama, Barcelona, 1997, p. 21) una concepción heraclitiana, líquida, de la identidad: “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas”. Y Carlos Monsiváis ha denominado “posnacionalista” al proceso de crisis política, económica y cultural de su país, precedido, a fines de los 60 y principios de los 70, por una reformulación de las representaciones culturales de la nación.

En la poesía de Isel Rivero, temas, espacios, inquietudes, angustias, rebasan ampliamente las fronteras líquidas de la Isla y sus peculiares obsesiones. Ben Franklin escribe un poema en alemán sobre enchufes eléctricos; una agenda de Naciones Unidas convive con Virgilio (no Piñera) y Federico El Grande; los amores de Alfonso El Sabio; la muerte de Bellini, “demasiado hermoso para las mujeres / demasiado perfecto para los hombres”, a quien le sigue Frederic Chopin. El tono, la atmósfera, las referencias e incluso la cadencia del lenguaje encuentran una densidad, una mesura que nos remite a la literatura centroeuropea y anglosajona. Como Orlando, el Rey Demente, Isel Rivero “se levanta / de su trono / arroja el cetro / a la bruma humeante / y ríe”. Ríe de cualquier filiación que no sea la literatura misma, apela directamente a las esencias de la condición humana, no a sus disfraces folklóricos.

Según Christopher Domínguez Michael (“¿Fin de la literatura nacional?”; en: Reforma, Ciudad de México, agosto 21, 2005), “la extinción de las literaturas nacionales, al menos en América Latina, no será desde luego un proceso ni natural ni lineal. Implica la desmantelación de un concepto firmemente establecido en la academia, en la opinión pública, en el espíritu de muchos escritores aún ligados sentimentalmente al nacionalismo cultural. Contra lo que suele pensarse en el extranjero (y en México mismo), ese proceso de desarraigo arranca con el siglo veinte: la tradición cosmopolita es la tradición central —aunque no la única— de la literatura mexicana moderna”. Domínguez recuerda cómo la sociedad letrada de América Latina siempre se sintió el extremo occidental de la cultura occidental, de modo que narradores como Salvador Elizondo y Alejandro Rossi se desplazan con absoluta libertad por la literatura mundial; Sergio Pitol, Juan García Ponce, Hugo Hiriart o Fabio Morábito apelan a la literatura centroeuropea, y Borges se nutre de universos literarios completos.

En Isel Rivero este proceso es el natural desenlace de una temprana familiaridad con el inglés y de décadas de vida y trabajo en otras lenguas. No hay en ello nada impostado ni una boutade literaria al estilo experimental de los 60. La textura de las palabras es exacta en la lengua original, el inglés, a pesar de la excelente traducción en esta edición bilingüe.

En ella el tiempo continuó moviéndose en su propia dirección, ajeno a la memoria o la nostalgia, como en “Fin de lo ido”:

 

El reloj no detiene el sonido del movimiento

Un frío ronroneo de metal murmura tiempo aplaca

El vacío del cuarto una hueca necesidad de frecuencia

Que mide las pausas que nunca llegan porque

El reloj no se detiene para contar a quien

Dejó la habitación donde alguien aún sentado escucha

 

Quien pretenda escuchar esta poesía de Isel Rivero aún sentado en aquella habitación, pierde su tiempo. No sólo hay concentración, densidad y estilización, sino que aquella ansiedad, aquel sofoco de sus primeros poemarios, ha dado paso a una serenidad que no equivale a frialdad, como lo demuestran sus poemas de tema erótico.

“Me aferro al amplio espacio que tus hombros tienden hacia mis manos” (Night Rained her, IV), y en ello hay una verdadera poética: lejos de frivolidad o exabruptos procaces que, desgraciadamente, no escasean en ciertas obras de género, sus invocaciones a lo erótico son de una delicadeza extraordinaria. Se escucha de fondo un Jagdlied de Mendelssohn y “otra Eva baila / alrededor de la antorcha encantada” (Night Rained her, V). “Pero aún permanece un tiempo / un segundo de tiempo / astillado en millones de celdas de más tiempo / mientras me miras me pides que te mire una vez más” (Night Rained her, IX).

En la poesía de Isel Rivero, la obsoleta noción romántica de literatura nacional ha caducado felizmente a favor del universalismo del Siglo de las Luces. Como afirma Christopher Domínguez Michael, se cancela “la identificación romántica entre cultura y nación (…) [es] el fin de nuestra excepcionalidad”.

Pero el mejor indicio de esta trasmutación es el tiempo. El tiempo urgente, histórico, inmediato, de sus primeros poemarios, es ahora el tiempo inmanente de la poesía. La de siempre.

 

“El tiempo sin fronteras de la poesía”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/07/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/el-tiempo-sin-fronteras-de-la-poesia-265796





De la libertad y Terminator

24 06 2011

En Mi viaje a la Rusia soviética, publicado en 1921, Fernando de los Ríos cuenta que al entrevistarse con Lenin en su oficina del Kremlin, le preguntó por la libertad, y Lenin le aclaró que “nosotros nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado”, algo que “en Rusia podría durar unos cuarenta o cincuenta años”. “¿Libertad para qué?”, concluyó Lenin. De los Ríos se pregunta entonces “¿Bajo qué régimen hay que vivir en tanto se llega a la meta…? ¿Bajo el “despotismo ilustrado” de una “vanguardia” de la clase obrera, que controla toda la economía, la cultura y la expresión de un país?”.

Años más tarde, Albert Einstein, en su conocido artículo “¿Por qué Socialismo?”, advertía que “Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. (…) ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”.

Libertad, despotismo, utopía, poder, sociedad, individuo. En esas palabras se condensa la tragedia del socialismo real y, en particular, la que ha asolado a Cuba durante medio siglo.

Recientemente, la editorial Aduana Vieja ha publicado tres libros transitados oblicua o perpendicularmente por esas palabras, tres libros entre los cuales descubrimos de inmediato vasos comunicantes, puentes tendidos por la escritura entre las dos orillas, la del individuo y la del poder, mientras al fondo del cañón fluye la sociedad: sus visibles remolinos de aplausos y su corriente de fondo, casi subterránea, de frustración y miedo.

En Última novela: Cuba. Treinta años de Mariel (Ed. Aduana Vieja, 2010, 148 pp.), Ramón Luque se acerca a los autores de la generación del Mariel a través de una escritura híbrida entre la narrativa, el periodismo, la memoria personal y el ensayo. Una escritura ágil, sin pausas, que sumerge al lector en una levedad engañosa, la de los textos perfectamente anudados. Los protagonistas visibles son José Abreu, Luis de la Paz, Armando de Armas y Rodolfo Martínez Sotomayor, a los que se unen los fantasmas de Reinaldo Arenas, Carlos Victoria y Guillermo Rosales. Aunque el verdadero protagonista es la voluntad libertaria de un grupo de amigos, compinches literarios segregados por la historia y cuyo único refugio fue la geografía. Más que una comunión estética —es difícil conjugar en un corpus único la prosa avasallante de Arenas, los mecanismos de relojería de Victoria y el grito angustioso de Rosales, por poner algunos ejemplos—, los escritores de Mariel estaban unidos por la desolación. En Cuba, ellos reivindicaron al individuo frente al poder que suplantaba la voz de una sociedad silenciada. En el exilio, reivindicaron el cuerpo frente a la maquinaria estandarizadora de una sociedad donde nunca encontraron su justo lugar, al tiempo que inventaban “un Miami littéraire”, como decía Jesús Díaz en 1999 al referirse a Rosales y Victoria.

En todos ellos, en mayor o menor medida, encontramos la misma angustia del desajuste, de la incapacidad del “amoldamiento”. Un desarraigo que asola por igual a sus personajes de la Isla y del exilio. Un exilio que no es sólo ese espacio físico de la diáspora, esa patria de repuesto, especialmente Miami. Eso explica que las tres novelas de Victoria sean verdaderos Bildungsromanen, especialmente La travesía secreta y La ruta del mago, mientras Puente en la oscuridad las anuda mediante una búsqueda inversa que desdibuja la frontera entre realidad, nostalgia y mitología. Abel (La ruta del mago, 1997), Marcos Manuel Velazco (La travesía secreta, 1994) y Natán Velázquez (Puente en la oscuridad, 1993) tienen diferentes nombres, pero los tres componen un mismo Aprendizaje de Wilhelm Meister. Los tres intentan exorcizar a los mismos fantasmas: la soledad, el desarraigo y el difícil ajuste a dos sociedades que exigen su tributo, cada una en su propia moneda. De modo que los verdaderos exilios son esas huidas interiores a las que parecen propensos muchos de los personajes que pueblan la literatura de los autores de esta generación, una suerte de respuesta transgresora a las presiones de la realidad exterior. Los exilios subsidiarios del alcohol y la muerte, la noche y la literatura; excepto el propio cuerpo, ese refugio último.

De Carlos Victoria es el segundo libro, sus Cuentos completos (Ed. Aduana Vieja, 2010, 206 pp.), en una feliz reedición que añade a la anterior los cuentos de El salón del ciego y un hermoso prólogo de Madeline Cámara. Si con Luque recorrimos los predios de la generación Mariel, con Victoria nos codeamos con una galería de personajes marginados y marginales, seres que intentan ser ellos mismos frente al patrón de una presunta “normalidad”. La huida, ese es el tema de Victoria, y el exilio es apenas una de sus manifestaciones. La intolerancia, la inadaptación y el exilio no son en él cotos privados de nuestra insularidad transida de política; se extiende también a esa sociedad donde han sido acarreados por la resaca de la huida: una sociedad intolerante a su manera, cuadriculada por un andamiaje de normas y costumbres, y sometida a la dictadura del mercado. Quizás por eso la geografía de Carlos Victoria es incierta, dubitativa, los personajes transitan de un paisaje a otro, viven en Miami con el mismo gesto de habitar La Habana.  “Desde el comienzo de mi carrera noté que todo a mi alrededor conspiraba para que yo dejara de ser quien estaba siendo”, confiesa Victoria. La angustia del desarraigo y la marginalidad eclosionan en la ambigüedad de “El resbaloso”, uno de los textos más inquietantes del volumen. Ese personaje inasible, perseguido nadie sabe exactamente por qué. (¿O será precisamente por eso, porque una sociedad que nos obliga al tributo del cuerpo no acepta a ese espíritu que no puede ser disecado en las actas de la República?). Ese espíritu de la noche en la ciudad que se deshace hacia un recuerdo de la ciudad.

Si el puente entre los libros de Luque y Victoria son evidentes, el que une a ambos con Buena Vista Social Blog. Internet y libertad de expresión en Cuba, coordinado y editado por Beatriz Calvo Peña (Ed. Aduana Vieja, 2010, 329 pp.), requiere ciertas explicaciones.

Buena Vista Social Blog combina en sabias dosis el ensayo sociopolítico con textos más o menos periodísticos o íntimos de los propios blogueros y nos permite ir desentrañando un fenómeno que ha crecido selvático durante los últimos años. Este volumen dota a la blogosfera de una suerte de urbanismo a posteriori, al analizarlo como un nuevo medio de comunicación que parte de la necesidad y la iniciativa personal, pero también de esa anagnórisis que padece la cubanía independientemente de la latitud donde radique, a lo que se suma la necesidad testimonial y la urgencia de construir una sociedad civil cuyo tránsito del universo virtual al real ya se está produciendo. El libro apunta acertadamente al hecho de que la confluencia en los blogs de intimidad e intencionalidad testimonial y política ensaya y prediseña la sociedad del mañana. Y en ello radica el hecho diferencial de la blogosfera cubana: toda ella tiende a recomponer la sociedad plural abolida por decreto, incluso desde la intimidad.

En “Arte bloguética”, Yoani Sánchez habla de sus posts como un ejercicio de cobardía: “Cada nuevo post impide que la presión aumente dentro de mí y estalle de forma comprometedora. De modo que los kilobytes deben cargar con mi impotencia cívica, con mis pocas posibilidades de —en la vida real— decir todo esto”.

La blogosfera nos demuestra que la sociedad de mañana no se construye con discursos de caudillos o hazañas de héroes, sino con los pequeños miedos y las pequeñas heroicidades de todos nosotros. La voz online ya no es un código secreto entre conjurados. Va tomando la calle, el cuchicheo, el susurro, y ese, como bien saben los carceleros de la palabra, es el preámbulo del grito.

Jürgen Habermas proponía un tipo ideal de sociedad, donde la acción comunicativa fuera el eje central y, según Foucault, el sujeto-cuerpo se halla inmerso en la sociedad y es determinado por ella a partir de normas y reglas, de modo que el sujeto se interconecta con la sociedad  a partir de las relaciones de poder que ejerce y que padece. La blogosfera ha empezado a restituir el equilibrio ideal de Habermas, a equilibrar las relaciones de poder que, según Foucault, la sociedad padece, con las que ejerce.

En la práctica, el socialismo declara construir una sociedad libre donde el propio hombre no lo es, aunque Marx y Engels, en El Manifiesto Comunista, hablaban de “una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”. De modo que, para los puristas del marxismo, la blogosfera respondería mejor a los clásicos que esa “nueva sociedad” que no educa para ser libre, sino para obedecer y sacrificarse, en la mejor retórica bíblica, si deseas conquistar el paraíso terrenal del comunismo donde sobrarán manzanas por la libre.

En 1884, José Martí, al comentar el libro La futura esclavitud, de Herbert Spencer, anota que en un hipotético socialismo “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas (…) iría a ser esclavo de los funcionarios. (…) Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder (…) El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”.

La blogosfera es, ante todo, como anota este libro, un espacio de libertad. Una nueva forma de democracia donde el sujeto no sólo tiene voto, sino voz. Una voz que prescinde de intermediarios y censores. No pocos centros de poder acusan a la blogosfera de caótica. Y tienen razón. Es tan caótica como la libertad.

Pero la blogosfera es más que eso.

En la segunda entrega de Terminator, cuando Hollywood decidió que el futuro gobernador de California no debería hacer papeles de villano, Robert Patrick encarna al robot T-1000, un prototipo de metal líquido que es capaz de transformarse en cualquier persona y reconstruirse a si mismo aunque lo desintegren. La llamada Revolución Cubana también intentó desintegrar a su “terminator”, la sociedad de la Isla: escindió los afectos y bloqueó el diálogo entre las dos orillas, suplantó la familia de la sangre con la familia ideológica, condenó al individuo que no aceptara la servidumbre e inmolara su yo en el altar de una sociedad prediseñada mediante técnicas de ingeniería social, dictaminó la obediencia del hombre al poder, aunque cuidándose de enmascararlo como “ el bien común”. Toda Revolución funciona como un artefacto explosivo y ésta no fue la excepción. Los escritores de Mariel son esquirlas de esa explosión. Su angustia y su soledad han ido engrosando el corpus literario del exilio, que es también el corpus literario (diverso, contradictorio, enriquecedor) de todos nosotros. Hoy, esas esquirlas y muchas otras que la onda expansiva arrojó a todos los confines, comienzan a reunirse en la blogosfera como gotas de metal líquido empeñadas en reconfigurar el cuerpo de la nación. Y los guionistas del castrismo, menos imaginativos y capaces que los de Hollywood, no serán capaces de evitarlo.

 

“De la libertad y Terminator”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-la-libertad-y-terminator-264537





Los años del miedo

10 06 2011

A mediados de 2003, realicé un tour por todas las librerías de Madrid con el propósito de colocar para su venta la revista Encuentro de la Cultura Cubana. En una librería de Moncloa dejé un par de números y el librero me pidió que volviera días más tarde para darme respuesta. Cuando regresé, me confesó que le gustaba mucho la revista y que ya era difícil encontrar publicaciones que “busquen un diálogo con lectores de contenidos, no de colorines” (intento ser textual), pero que le resultaba imposible venderla en su librería. ¿Por qué? Porque la mayoría de mis clientes son franquistas, concluyó. La respuesta me dejó por un momento anonadado, pero poco a poco fui entendiendo la lógica de aquel librero. Y Los años del miedo (Editorial Planeta, Barcelona, 2011, 558 pp.), de Juan Eslava Galán, ha contribuido a despejar decisivamente las dudas que me quedaban.

En la saga de su exquisita Historia de España contada para escépticos, que no deja títere con cabeza, Los años del miedo nos desgrana la historia cotidiana de la España franquista entre 1939 y 1952 con una prosa ágil y oportunamente irónica que se mueve entre el reportaje y el ensayo histórico. Lo anterior bastaría para recomendar su lectura. Pero a los cubanos este libro nos aporta tantas coincidencias, despierta tantas complicidades, que a menudo no estamos muy seguros de a qué país se refiere el autor.

La economía de supervivencia en la España que nos describe Eslava Galán produjo el café de cáscara de cacahuete tostada, ensalada de collejas, arroz de liebre al felino doméstico, sopas de peladuras de papas y arroz con ajo, conocido como “arroz de Franco”. Y también tuvieron su Nitza Villapol recetando bisté de cáscara de toronja y picadillo de cáscara de plátano. En Cocina de recursos, de Ignasi Domènech, se detalla, entre otras delicatessen, la tortilla de papas sin huevos y sin papas. Aquella España tuvo también coches a pedales, paladares clandestinos, y el motor de agua de Francisco Gascón, equivale a la bicicleta para desmochar de un innovador cubano. Y los planes fantásticos de la autarquía: esquistos bituminosos que harían de España un país petrolero, reservas incalculables de oro… como quien dice Cordón de La Habana y Zafra de los Diez Millones. Mientras, el gasto militar franquista ascendía al 63% del PIB. El cubano se desconoce.

La retórica también resultará extraordinariamente familiar. ¡La sangre de los que cayeron por la Patria no consiente el olvido!, machacaba la radio. Franco Franco Franco, gritan en la Plaza de Oriente. Fidel Fidel Fidel, en la Plaza de la Revolución. En todos los organismos oficiales responden al teléfono con el “¡Arriba España! Dígame”, equivalente del “Patria o muerte. Ministerio de Industrias” de los cubanos 60. Toda carta, incluso las de amor, debía encabezarse con el “Saludo a Franco. ¡Arriba España!”, como cerrábamos las nuestras con un “Revolucionariamente”, Pepito. El diccionario se purga de extranjerismos: aguardiente jerezano por coñac, ensaladilla imperial en lugar de ensaladilla rusa, los hoteles Internacional pasan a llamarse Nacional; Margarita Gautier, La Dama de las Camelias, se convierte en Margarita Gutiérrez, y la Caperucita Roja será desde ese momento la Caperucita Encarnada. Batida contra lo extranjero que Cuba extenderá al jazz, al rock y al béisbol, donde aparecerá una nueva nomenclatura: el campo corto, el jardín izquierdo; aunque el strike y el out se resistieron.

Concluye Eslava Galán que el español está condenado a ser mitad monje y mitad soldado. Como el cubano: mitad miliciano, mitad comisario político. “En España o se es católico o no se es nada”, declaró Franco en 1938. (La calle, la universidad, Cuba pertenecen a los revolucionarios). De modo que fingir religiosidad aunque seas ateo en la España franquista tiene su equivalente en esconder en el armario el corazón de Jesús o el altar a Eleguá. Fingir falangismo auténtico, sobre todo si te cogió la guerra en zona roja. “No significarse” era la consigna. Para que nadie se piense que inventamos la doble moral. La terrible historia de Teófilo, que para obtener su cartilla de racionamiento se ve obligado a decir que se avergüenza de su padre, encarcelado por republicano, es dolorosamente familiar.

Según el escritor falangista Agustín de Foxá, “Tenemos una dictadura dulcificada por la corrupción”. De modo que frailes pedófilos, militares ladrones, violadores falangistas gozaban de total impunidad… siempre que no flaquera su fe en el Caudillo y en Dios.

La educación pasó a ser coto exclusivo de la iglesia (“demasiadas misas para tan poco niño”, recordaba Terenci Moix) que se encargó de lavar sus cerebritos con el mismo entusiasmo que empleará años más tarde el Estado cubano tras convertir la educación en su coto exclusivo. Cualquier agricultor sabe que el vivero es el primer secreto de una buena cosecha. Los curas, como más tarde los ideólogos del Partido, imponen la moda: el largo de las faldas, la profundidad de los escotes y los peinados. Por entonces atemorizan las calles en su cruzada contra la inmoralidad “Los Luises”, niñatos de buena familia, una especie de brigada de acción rápida comandada por el padre Llanos, quien terminará convirtiéndose al comunismo con la misma fe jesuita y ejerciendo de misionero en la jungla chabolista madrileña del Pozo del Tío Raimundo, hasta su muerte “en olor de santidad marxista-leninista”. Aunque las normas morales eran relativas: el adulterio de la mujer era terminantemente censurado. El del hombre, comprensible. También se sancionará al militante del partido que en Cuba perdone una infidelidad a su mujer. De lo contrario no tenemos noticias. A veinte años de distancia, ambos regímenes restringieron la vida nocturna en nombre de una moralidad revolucionariofalangista.

Los index de libros prohibidos, los sindicatos verticales franquistas y su Seguridad del Estado podrían haber servido de modelos a sus homólogos cubanos, aunque en esto última la ínsula ha superado a la Madre Patria.

La Ley de Cortes Españolas estableció un “parlamento orgánico” casi idéntico a nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular. Español, vota sí a la ley de sucesión, clamaba la propaganda, y el 93% de los españoles lo hizo, o eso dijeron los periódicos. Y en sus 36 artículos, el Fuero reconoce, entre otros, el derecho de los españoles a la libertad de expresión y reunión, “mientras no se atente contra los principios del Estado” (sic).

Durante los primeros años 40, submarinos nazis repostaban en Cádiz, Vigo y Tenerife. Los rusos tendrán su base en Cienfuegos. Los productores españoles acudieron a trabajar en la Alemania nazi, y los leñadores cubanos fueron a Siberia. Franco envió al frente ruso su División Azul y dijo que en caso de necesidad un millón de españoles defenderían Berlín. Cuba, en operación conjunta, envió sus tropas a Etiopía, y un millón de cubanos están dispuestos a defender Miami.

Revisitando a Weber, nos percatamos de que una dictadura carismática como la cubana hasta fechas recientes, tiene diferencias importantes con una dictadura patrimonialista legitimada por la victoria en la Guerra Civil, en la que Franco se aupó al poder por delegación de sus conmilitones y creó suficientes complicidades para mantenerlo. Mientras Fidel Castro es un líder carismático y un político inteligente y de una habilidad extraordinaria, Albert Boadella nos dice de Franco: “Se sostuvo tantos años en el poder porque su debilidad mental descolocaba a todo su entorno. Tenía la crueldad, la frialdad, la perversidad del imbécil, que puede ser mucha y muy importante. Lo cierto es que tuvimos enfrente a un enemigo de bajísima categoría”.

A pesar de lo cual, en sus políticas y en sus rasgos personales hay inquietantes coincidencias. El culto a la personalidad emparienta al gallego del Ferrol con el gallego de Birán. Corría de boca en boca el chiste del aspirante a maestro nacional que en el examen de aptitud, ante las preguntas: ¿Quién descubrió América? ¿Quién pintó Las Meninas? ¿Quién escribió El Quijote?, responde invariablemente: Francisco Franco. Y es aceptado como maestro nacional, ¿o será maestro emergente? Franco tenía su Gibraltar, como Castro tiene Guantánamo. Franco eligió como artista plástico de cabecera a Juan de Ávalos y Fidel Castro, a Kcho. Ambos practicaron hasta lograr una retención urinaria notable, para desesperación de sus escoltas, ministros y contertulios. Ignoro si se trata de una cualidad típicamente gallega. Para Franco, cualquiera que estuviera en su contra era masón. Para Fidel Castro, mercenario y anexionista. Y la fulminante destitución de Ramón Serrano Suñer —Carmen Franco, la hija del Caudillo, había preguntado en la mesa “¿aquí quién manda, papá o el tío Ramón?”— recuerda a las fulminantes planes pijama concedidos por Fidel Castro a quienes creyeron un día tener más poder del que les tocaba por la libreta.

Todo eso me ha permitido comprender mejor al librero de Moncloa, y posiblemente explique por qué a la muerte de Franco, mientras la izquierda española descorchaba el champán y las democracias occidentales aplaudían la oportunidad histórica de España para transitar hacia la democracia, en Cuba se declararon tres días de duelo oficial.

 

“Los años del miedo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10/06/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/los-anos-del-miedo-263991





Exhumación de la historia

27 05 2011

Cualquier volumen de geografía nos dirá que Kolimá es la zona más remota de Siberia Oriental, entre el Ártico y el mar de Ojotsk. En realidad, es el último círculo de un infierno helado, el Gulag, acrónimo de Glávnoie Upravlenie Lagueréi, Dirección General de los Campos, como nos cuenta Varlam Shalámov en sus Relatos de Kolimá –volumen I, volumen II (La orilla izquierda), y volumen III (El artista de la pala), publicado por la Editorial Minúscula (Barcelona, 2007, 2009 y 2010).

Rusia tiene una larga tradición carcelaria, que ha generado su propia literatura. Pero Apuntes de la Casa Muerta, de Dostoievski, parece una novela romántica en comparación con la realidad que rezuma el libro de Shalámov. La prisión aquí no es un camino de purificación, como anotaba Solzhenitsin, quien escribió en su Archipiélago Gulag: “Tu alma, antes seca, ahora rezuma con el sufrimiento. Aunque no ames al prójimo al estilo cristiano, la devoción se abre camino en tu corazón y comienzas a aprender a amar a los que te rodean”. Y más adelante: “El sentido de la existencia terrena no es la prosperidad (…) sino el desarrollo del alma. Desde este punto de vista, nuestros verdugos recibían el más terrible de los castigos: descendían al nivel de las bestias, se deshumanizaban. Bien podemos afirmar que ellos eran los verdaderos prisioneros del Archipiélago. (…) Nosotros allí encontramos nuestra libertad”.

En los Relatos de Kolimá no hay amor al prójimo, ni piedad, ni devoción. Nadie encuentra allí su comunión con Dios ni su libertad. En estos 101 cuentos (a la espera de que se traduzcan los últimos tres volúmenes), el Gulag es la cloaca donde la humanidad, presos, carceleros y libres, desciende hasta la condición infrahumana de depredadores o víctimas, en papeles mudables según lo indique la supervivencia. “En la insignificante capa muscular que aún quedaba adherida a nuestros huesos, y que aún nos permitía comer, movernos, respirar, e incluso serrar leña o recoger con la pala piedras en la carretilla por los inacabables tablones de madera en las mimas de oro, en esta capa muscular sólo cabía el odio, el sentimiento humano más imperecedero”, escribe Shalámov.

Estos cuentos no son obras maestras de la literatura. No renuevan el género ni rebasan la narración lineal y directa de los argumentos. Su desoladora fuerza reside en lo que cuenta. Cuento tras cuento, se añaden la nieve perpetua, el hielo, el pavoroso frío –por él sabemos que los condenados debían salir a trabajar dieciséis horas con cualquier temperatura, y que si hay neblina, el termómetro rondará los 40º bajo cero; si al respirar el aire se exhala ruidoso, serán 45º; y si a la respiración ruidosa la acompaña una agitación visible, habrá al menos 50º bajo cero–. Los asesinatos por un jersey de lana, por un gesto, por una palabra. Suicidios, automutilaciones. El que se corta la mano con un hacha, los que infectan sus heridas o compran saliva a los tuberculosos –nunca el bacilo de Koch fue mercancía–.  Cuenta de las violaciones y el intercambio del cuerpo por un trozo más de pan o un golpe menos. Las delaciones por un pitillo o por un cazo de sopa. O por la pavorosa prerrogativa de ser, por un momento, victimario.

En este entorno putrefacto, los libres se corrompen inmediatamente y los mandantes, zarecillos locales que tarde o temprano serían fusilados, se comportan como señores feudales con potestad sobre la vida y la muerte.

Allí desfilan por docenas los viejos revolucionarios del diecisiete, tras su paso por la Lubianka. Pero también los represaliados del Komintern: Derfel, un comunista francés, y Fritz David, un holandés. Y el joven campesino imita al hampa, la aristocracia de prisión. Según un sistema que reconocerán de inmediato los presos políticos cubanos, en Kolimá los políticos son la escoria en quienes se ensañan carceleros y delincuentes, y a estos se conceden todas las jerarquías: sólo son asesinos, violadores y ladrones; no han pecado con las ideas. Por eso muchos intelectuales quedan reducidos a “montadores de novelas” (con el añadido de rascarles los pies o la espalda a los hampones), al estilo de los antiguos bufones, en la corte de los nuevos amos, a cambio de protección y migajas. Eso nos cuenta la terrible historia del periodista que tras su paso por los campos se convierte en un ser irreconocible, un fantasma de sí mismo. La civilización y la cultura se desprenden de los intelectuales como una cáscara y ellos, aterrados, se convierten en guiñapos.  O, simplemente, se apagan, como en el cuento dedicado a Ósip Mandelshtam, donde en su agonía, el poeta chupa su último pedazo de pan porque sus dientes, a punto de desprenderse  por el escorbuto, no le permiten morderlo, el poeta que morirá dos días antes de la fecha oficial de su muerte. Durante esos dos días sus compañeros conservarán el cadáver para hacerse con su ración de pan.

Porque el pan o su ausencia son en este libro un personaje más: además de los piojos y la pelagra, el hambre cruza todo el libro: la poliavitaminosis, un eufemismo del hambre que será sustituido por RFI, agotamiento físico agudo, conduce a los prisioneros a convertirse en terminales, esos que con 1,80 metros pesan 48 kilos y que los demás miran como a muertos vivientes, sabedores de que ya han cruzado la línea sin retorno. El hambre vitalicia que acompañará, a quienes se salven, el resto de sus vidas.

Y junto al hambre, la percepción de encontrarse en una isla custodiada por el centinela polar de donde es imposible escapar: distancias infinitas de desierto helado que tratarán de franquear infructuosamente las insurrecciones del mayor Pugachov y la del coronel Yanovski, o los comunes que huyen llevándose a algún recluso débil, “las provisiones para el camino”. El canibalismo no es en este inframundo un suceso demasiado raro. O el fugitivo abatido por el cabo Póstnokov. Para no tener que cargarlo, le corta las manos para llevarlas como prueba. Por la noche, el mutilado se levanta y camina hasta un campamento tentando el camino con sus muñones helados. Por eso en el cuaderno del prisionero niño sus dibujos sólo incluyen soldados, alambradas, torres de seguridad, árboles negros, perros guardianes y un cielo azul, impasible

Ni siquiera en aquellos campos presididos por la siniestra leyenda “Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo”, está ausente el humor. Cuando, tras el chasquido de los cerrojos, los guardias gritaban que “Un paso a la derecha o uno a la izquierda se considerarán fuga”, algún gracioso gritaba: “Y un salto hacia arriba, propaganda ilegal”. O el humor negro, como cuando en Novosibirsk se escapa un reo de un tren, y un soldado encuentra a un campesino en el mercado, rompe sus documentos y lo arrea hacia Siberia en sustitución de huido. El pobre hombre ni siquiera habla ruso.

Como el stlánik, un arbusto que pliega sus ramas y se acuesta para invernar bajo la nieve, y sólo resucita con la llegada de la primavera, tras diecisiete años, Varlam Shalámov regresa del infierno. Entonces reflexiona que la torre de vigilancia de los campos es el símbolo arquitectónico de nuestro tiempo. Y va más allá: los rascacielos de Moscú, nos dice, “son las torres (…) que vigilan a los reclusos moscovitas”.

En su Oda a Stalin, “el más grande de los hombres sencillos”, según él, Pablo Neruda afirma: “Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga. Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: hace falta el castigo”. Conocía al castigador y lo aplaudía, siempre que castigara a otros. Por eso este es un libro que todos deberían leer. Es la única forma de prevenir el castigo (dulce eufemismo para un genocidio) y de denunciar a los castigadores.

En un cuento inolvidable de Shalámov, una vieja fosa abierta en la piedra desborda sus cadáveres que ruedan por la ladera del monte como si intentaran evadirse de la muerte. Entonces, el bulldozer americano recibido gracias al Land-Lease, la ayuda a Rusia durante la guerra, abre una enorme fosa y realiza el traslado de miles y miles de cadáveres incorruptos gracias al permafrost. Afloran tal como fueron enterrados: mutilados, marcados de piojos, heridos, baleados, muertos de inanición o de cansancio, con los ojos abiertos aún por el brillo del hambre. Prefigurando las palabras de este libro, los muertos regresan a la superficie. Siempre regresan.

 

(http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311)

“Exhumación de la historia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/05/2011. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/exhumacion-de-la-historia-263311





El ruinoso esplendor, Vicente Botín

20 12 2010

Presentación de Diario Delirio Habanero (Mono Azul Editora, Col. Vuelapluma; Sevilla, 2010, 308 pp.), de Luis Manuel García Méndez, a cargo del periodista y escritor español Vicente Botín, en Casa de América, Madrid.

Portada Diario Delirio

Cuenta la leyenda que cuando Marco Polo estaba en su lecho de muerte, su familia le pidió que confesara que había mentido, que su Libro de las Maravillas era un conjunto de fábulas que poco o nada tenían que ver con la realidad. Pero Marco Polo se reafirmó en lo que había escrito y dijo: “¡Sólo he contado la mitad de lo que vi!”.

En su libro Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino pone en boca de Marco Polo estas palabras: “De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya”.

Esas palabras, que Marco Polo dirige a Kublai Kan, emperador de los tártaros, están contenidas en un hermoso libro que Ítalo Calvino, nacido, por cierto, en Santiago de las Vegas, dice haber escrito como “un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”.

Diario delirio habanero, de Luis Manuel García Méndez, contiene no pocas “maravillas”, palabra que el Diccionario de la Real Academia Española, define como “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración”, porque admiración es lo que provoca este viaje por un país, una ciudad sobre todo, en la que el viajero, nada más llegar, puede encontrarse con un Conejo Blanco de ojos rosas muy apurado que dice: “¡Ay, Dios mío! ¡Díos mío! ¡Voy a llegar tarde!”. Porque el viajero va a entrar en un mundo irreal, lleno de sorpresas, que le llevará a decir, como a Alicia: “¡Ay, Dios mío! ¡Hoy que raro es todo! ¡Y ayer todo era tan normal!”.

No es extraño, pues, que este libro lleve por título Diario delirio habanero. Es un diario y es un delirio, un diario delirante o un delirante diario, porque desde la llegada, desde el reencuentro del autor con su ciudad, se suceden los asombros. Cuba, La Habana, se parece mucho a Brigadoom, la película de Vincente Minnnelli, en la que un pueblo de Escocia, sometido a un encantamiento, permanece dormido, y una vez cada cien años, tan solo por un día, recobra la vida.

En ese día, los viajeros como Luis Manuel pueden llegar a Cuba, sabiendo que después de su partida la isla desaparecerá durante otros cien años. Los recuerdos, sin embargo, permanecerán muy vivos pero, al relatar el viaje, muchos pensarán que, como el Libro de las Maravillas, nada es verdad, aunque, como Marco Polo, Luis Manuel haya contado solo la mitad de lo que vio porque son tantas las “maravillas” que es difícil describirlas en un solo viaje.

El aeropuerto José Martí de La Habana, la puerta de entrada a ese otro mundo, es como el patio de Monipodio, donde una cofradía de ladrones disfrazados de aduaneros esquilman a los recién llegados, sobre todo a los cubanos, a los que exigen el pago de un “impuesto revolucionario” en concepto de exceso de equipaje, ya pagado, lógicamente, en origen. Pero la lógica en Cuba es un bien escaso. No es extraño, por tanto, ver a los recién llegados abrir en el suelo sus maletas-mercado y distribuir ropa y alimentos en bolsas, sacos o maletas menos llenas, mientras degustan o reparten o trocean y tiran a la basura exquisitos embutidos para evitar que les sean confiscados bajo excusa fitosanitaria. Claro que siempre pueden recuperarlos más tarde, porque los productos incautados para su incineración les serán ofrecidos a precio de bolsa negra por los taxistas del aeropuerto, socios en sociedad de los aduaneros.

Y así, franqueado el umbral, el viajero se adentra por la ruta que le conduce a una ciudad oscurecida para no dar pistas a los bombarderos del imperio, cuidando de bloquear bien las puertas del coche para evitar que desaparezcan las maletas en alguna de las paradas del camino.

El amanecer sorprende al viajero en una ciudad bombardeada, con manantiales y riachuelos de aguas albañales que fluyen por las aceras y se estancan en los cráteres de las calles o entre las riostras que apuntalan muchos edificios o lo que queda de ellos. “En Cuba ya está en proyecto —dice Luis Manuel García— incluir un bache, al pie de la palma, en el escudo nacional”. Sorteando la carrera de obstáculos, por la que pululan guaguas, taxibuses, bicitaxis, cocotaxis, almendrones y fotingos, el viajero llega a la CADECA, donde los parientes de los aduaneros le cambian los euros por pesos convertibles al precio que les da la gana y si lleva la moneda del imperio, le descontarán  un impuesto revolucionario del 20 por ciento.

Provisto de pesos convertibles, el viajero entra en una cuarta dimensión, en un mundo que, como diría H.G. Wells en La máquina del tiempo, está en un “estado de ruinoso esplendor”, donde émulos de Rinconete y Cortadillo, el Lazarillo de Tormes, el Buscón don Pablos y otros cofrades del Siglo de Oro español, se le aparecen al viajero en forma de taxistas, camareros, jineteras o jineteros, en el marco de lo que los cubanos llaman “resolver”, que no es otra cosa que buscarse la vida mediante la picaresca, el robo o la prostitución para hacerse con pesos convertibles y evitar morirse de hambre en lo que el autor llama “la patriótica moneda nacional”.

Luis Manuel García va más allá de la descripción de las mil y una argucias de que se valen los cubanos para poder sobrevivir después de más de medio siglo de dictadura. Como un hábil cirujano hunde el bisturí en la podredumbre de la “moral socialista” en los llamados “logros” de una revolución que predicó la igualdad, la justicia y la equidad y no es sino una cárcel donde una casta de privilegiados goza de todo tipo de bienes y servicios mientras el resto de la población sobrevive a duras penas o emprende el duro y difícil camino del exilio jugándose la vida en precarias balsas. Por el contrario, los extranjeros disfrutan de prerrogativas y derechos —libertades de movimiento, de empresas, acceso a bienes y servicios— que ni lejanamente se conceden a los nacionales.

Luis Manuel García describe al responsable, a Fidel Castro, como “un dictador histriónico como Mussolini, en su oratoria repetitiva, didáctica; mesiánico como Hitler; sin escrúpulos si se trata de conservar el poder, al estilo de Stalin, y tan hábil en la intriga y en tejer su propia leyenda como Mao”. Ese hombre que prometió la Luna, deja detrás de él un paisaje lunar. “El Comandante, dice el autor del libro, no ha legado un zigurat ni una pirámide, ni un museo monumental o una torre emblemática, ni la configuración institucional del un país, ni un ideario… Arquitecto de su propio ego, Fidel Castro, dice Luis Manuel García, es la única obra perdurable de Fidel Castro”.

Este diario delirio habanero viene acompañado de una valiosísima documentación, muy necesaria para entender la transformación o mejor dicho la transfiguración de un país llamado Cuba en la isla del doctor Castro. En 1958, la llamada Perla del Caribe estaba entre los tres primeros lugares de América Latina en casi todos los índices y hoy figura en la cola. Naturalmente, el autor del desastre no es Fidel Castro sino Estados Unidos, el cruel enemigo imperialista que paradójicamente y a pesar del bloqueo o del embargo, según desde donde se mire, se ha convertido en el quinto socio comercial de Cuba y en el principal suministrador de alimentos a la isla, datos que oculta el diario Granma, donde el todavía Comandante en Jefe publica sus fatwuas con recetas para salvar al mundo y para recordar a su hermano quien es el verdadero amo del país.

La Cuba que refleja Luis Manuel García podría parecer una obra de ficción, tantas son las maravillas que encierra, y ya dijimos al principio que maravillas son sucesos o cosas extraordinarios que causan admiración. Admiración causan las cosas aquí contadas, tan bien contadas, con un rico lenguaje sabiamente utilizado por este hábil artesano del verbo y la palabra. Pero este libro también causa dolor, mucho dolor. Cuba duele, Cuba nos duele a los que la amamos, a los que la contamos, a los que como Luis Manuel la cuentan con la esperanza de que pronto acabe la larga noche que cayó sobre ella hace ya demasiado tiempo.





Huir de la espiral

2 07 2010

El editor Hubert Nyssen dijo sobre Huir de la espiral, de Nivaria Tejera (Ed. Verbum, Madrid, 2010, 143 pp.): “no es una novela ni, por otra parte, un poema o una epopeya, ni tampoco un relato. Es una obra difícil, hermética, enigmática. Y aterradora para quienes no soportan la insurrección lingüística. Para los demás, en revancha, de pronto, ¡qué deslumbramiento!”.  Y Nyssen es uno de los grandes editores del siglo XX en lengua francesa.

Efectivamente, quien se adentre en este libro de difícil clasificación no deberá buscar un argumento clásico, estructurado, un poemario o un ensayo al uso. Huir de la espiral no apela a nuestra intelección, sino a nuestra percepción, a una sensibilidad que debe encontrar su propia sintonía con el texto.

En entrevista que integra el homenaje que Encuentro de la cultura cubana tributó a la autora (n.º 39, invierno de 2005-2006), Nivaria cuenta a Pío E. Serrano, que “Al huir del desastre (…) uno se siente algo así como expuesto a habitar un descampado para convertirse en —y valga en su arrogancia el título de Musil— un hombre sin atributos, un paria…

Ese descampado vertiginoso, como un Maelstrom que intenta engullir al protagonista, es el angustioso espacio del libro.

Nivaria Tejera se inserta en la generación de los 50, aunque nunca participó de lo que suele llamarse un espíritu generacional. Fue anunciada por Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía (1958) como una de las voces poéticas emergentes. Publicó en el número 35 de Orígenes el capítulo 9 de El barranco, que ya prefiguraba el tono, la atmósfera híbrida de Huir de la espiral, entre lo onírico, lo alucinado y golpes de realidad —en particular, las recurrentes referencias de la prensa a la guerra de Viertnam, que funcionan como anclas o señalizaciones para fijar el discurso a un tiempo histórico concreto y que, al mismo tiempo, ofrece la mirada al hecho histórico central de los 60 desde la otra cara del espejo: la del exilio.

En Nivaria puede rastrearse la influencia (más espiritual que estilística) de Kafka, Beckett, Bernhardt, de Broch y de los surrealistas que la fascinaron durante su primera estancia en París. Basta seguir el curso de sus personajes. Entre la niña de El barranco (1959), el Sidelfiro de Sonámbulo del sol (1971), Claudio Tisesias Blecher en Huir de la espiral (1987) y la escritora exiliada de Espero la noche para soñarte, Revolución (2002) hay una progresión: variaciones de la angustia, desde la mirada aterrada a la Guerra Civil Española, hasta la el desasimiento, la atormentada espiral del exilio.

“del exiliado-suicida

del exiliado-vértigo de las esquinas

y su azoramiento de extraviado

del exiliado-mendigo

del exiliado-tartamudo en silencio” (p. 32)

Y aunque en el texto, París es la presencia recurrente en el deambular caótico de Claudio Tisesias Blecher, Cuba está siempre en el doble fondo de la memoria, como el motor de esa angustia de la que el personaje intenta huir entre audiciones de música, literatura y una permanente errancia —él mismo se califica como una especie de “Licenciado Vidrieras” (p. 89)—, como si su destino fuera la huida. Escribe Nivaria:

“conveniencias inconveniencias

silenciadoras alienadforas usurpadoras

de la libertad primaria del inocente compromiso

aquél que se llamaba revolución

hoy apoltronada

sin aliento ya” (p. 43)

Porque “EL SITIO DONDE SIN CESAR ESTOY PRESENTE ES EL SITIO DE DONDE SIN CESAR ME ALEJO” (p. 93)

Pero esa errancia no lo salva, no lo redime ni lo reinserta. Por el contrario, parece destinado a regresar siempre al punto, a la angustia de partida:

“un círculo sin fin la espiral del exilio

enraizándonos a pesar suyo

en la inmovilidad

siempre el mismo giro del agazapado” (p. 45)

Es cuando “Claudio se desprende de Tiresias por la abertura derecha y continúa un torpe recorrido a tientas en la oscuridad” (p. 47).

Y ese exilio, que recorre todo el libro con una fuerza y una crudeza estremecedoras, como no he hallado en ningún otro libro de la diáspora cubana, no es mera pérdida de coordenadas geográficas, de referentes familiares o históricos, no es un cisma de la biografía, sino una difuminación de la identidad:

“Su falta de origen

—¿de dónde eres?

—¿por qué?

—por tu acento

—qué más da

—por el tipo pareces…” (p. 77)

Y, en términos bíblicos, la caída:

“él       caída exilio exaltación

rutas por donde los demás pasan sin verlo

caída

exaltación

exilio” (p. 52)

Pero, en este caso, por el pecado original de otros: “—no más “enemigos interiores” no más “delincuentes subversivos” no más “grupos incontrolados” (…) caza al hombre anonadándolo  extirpándole sus órganos vitales poco a poco por la tortura pulida que no deja trazas con los ayudas de cámara los galenospsiquiatras capacitados para convertir en locos a los utópicos” (p. 100).

Una angustia que no se limita a la pérdida de coordenadas, al extrañamiento de la identidad o los circuitos alucinados de la errancia, sino que se encona, se retroalimenta, con la reincidencia cíclica de la memoria:

“ese tránsito entre apagar y encender la memoria

—La memoria apagarla encenderla…

a fin de que alguien se aísle a cumplir cien años insonoros

“mañana mañana mañana…” (p. 115)

Claudio Tisesias Blecher ignora “que el tiempo es un falso curandero de la memoria” (p. 129). Nivaria Tejera, no. Huir de la espiral es la huella de esa memoria atormentada, la certificación de que la huida es imposible. Por mucho que nos extraviemos por “las calles largas y tristes “del extranjero” ese país de la plana intemperie a cielo descubierto hasta donde el eco de los pasos agota su reflexión…” (p. 53), la memoria siempre nos encuentra.

 

“Huir de la espiral”; en Revista Hispano-Cubana, Madrid, 2010





Se publica Diario delirio habanero

2 03 2010

Acaba de aparecer en España, publicado por Mono Azul Editora dentro de su colección Vuelapluma, mi Diario Delirio habanero. Un adelanto de ese libro fue el diario de mi viaje a Cuba durante el verano de 2009 que publiqué en este mismo blog. El libro inserta artículos, ensayos breves, un texto de ficción, y reportajes que complementan el esqueleto narrativo del volumen.

Portada Diario Delirio

La nota de contraportada afirma:

 

Luis Manuel regresa a Cuba en el verano de 2009 para tantear el mundo que dejó, la ciudad que amó y construyó en Habanecer. Frente a él, la isla en peso, con la plenitud de sus ruinas, en la que hoy vive y se desvive por seguir viviendo la Revolución. La Cuba que visiona el autor a su vuelta del exilio es un país surreal que delira y camina entre un porvenir de estrecha ortodoxia y un presente dicotómico, el patria o muerte y su cada vez más susurrante venceremos.

 

Satírico, con un humor cercano y fresco, nada melodra­mático, irónico, con disparos certeros de elocuencia y ­asientos de afilada erudición, el autor nos conduce a ­través de los pasajes de este diario en los que se paladea el ­sabor de una realidad que se cansó de soñar, que agotó su ­sueño. La ­Habana es una de las ciudades más amadas de la Tierra. Ella desgrana contra el mar la sintonía de una pelea ­perdida, de una batalla eterna. Hijo de esta ciudad, el autor se habanizó hace años, y habanece otra vez ahora, sin sal en los ojos, en medio de una saudade llena de rigor y anclada al cariño hacia un país que siempre deja huella. Y duele tocar cada cicatriz. Duele desabrazarse.

 

Quienes lo deseen, pueden leer el primer capítulo, es decir, el primer día, en http://www.monoazuleditora.blogspot.com/

Próximamente a la venta en la red de librerías, el libro puede adquirirse ya en http://www.monoazuleditora.com/36429.html

 





Cartografías

2 11 2009

Dennys Matos

Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo

Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009

350 pp. ISBN:  978-84-9897-523-9

 

El libro Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo (Linkgua Ediciones S.L., Barcelona, 2009, 350 pp. ISBN: 978-84-9897-523-9) tiene ilustres antecedentes: los Diarios de Cristóbal Colón; la Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos, de Giorgio Vasari, autor del término «Rinascita»; la bitácora de Antonio Pigafetta, cronista de Magallanes; las premoniciones de Rui Faleiro, cartógrafo y astrónomo; los métodos de orientación del cosmógrafo Andrés de San Martín; el Cosmographiae Introductio, que acompaña la Lettera, los Cuatro Viajes de Américo Vespucio, en cuyo honor el alemán Martin Waldseemüller nombra “América” al continente en su mapa de 1507; las crónicas de Ruy Díaz y de Antonio Herrera y Tordesillas, o la Historia general de las cosas de la Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún, padre de la etnología moderna. Por eso no es casual que Jorge Brioso encabece su “Presentación” de estos Paisajes con una frase en la que Gilles Deleuze afirma que escribir tiene que ver con deslindar y cartografiar futuros parajes. No otro es el propósito de Dennys Matos.

Paisajes abre con una aproximación a este mundo post en que habitamos: la poshistortisa, el poscomunismo, la posideología, lo posnacional, la posvida. También entre los siglos XV y XVI la humanidad vivió una era post: entre las tinieblas de la alta Edad Media se abrieron paso las ideas del humanismo, se reactivó el conocimiento, caducó la mentalidad dogmática y el teocentrismo medieval dio paso al antropocentrismo. Del mismo modo, tras el derrumbe del muro de Berlín y de la bipolaridad maniquea de la Guerra Fría, han aparecido decenas de fórmulas de organización social: un mundo multipolar donde el libre comercio de las ideas ha abolido los monopolios de la verdad. Multipolaridad equivalente a la que, tras la Reforma protestante, rompió en la Cristiandad con la dictadura del dogma, con la tradición y con la unidad estilística, hasta entonces supranacional. Aparecieron nuevas técnicas arquitectónicas, musicales, escultóricas y pictóricas —el schiaciatto,  el  claroscuro—, e incluso literarias tras la obra cervantina. La nueva sensibilidad humanística ocupó todos los territorios de la cultura europea, prefigurando su expansión mundial a bordo de la imprenta de Gutenberg y a bordo de las carabelas de Cristóbal Colón desde que, dos  horas después de la medianoche del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritó “Tierra a la vista”. Grito equivalente al de los físicos del CERN de Ginebra, encabezados por Tim Berners-Lee, cuando en 1990 crearon la World Wide Web: más que un nuevo continente, inventaban un universo habitado hoy por una población equivalente a la de China.

Hace medio milenio, los grandes exploradores propiciaron el encuentro de dos mundos, la confluencia de pueblos hasta entonces secuestrados por la geografía que, a partir de entonces, fraguarían una población genética y culturalmente mestiza, algo que cambiaría radicalmente el curso de la historia.

Hoy, el 75% de los alimentos consumidos por la Humanidad son oriundos del Nuevo Mundo y no hay biblioteca o archivo que pueda competir con Intenet, el mayor pastizal de datos de la historia: diez millones de terabytes en 2011.

En la sección “Metáforas de nuestro tiempo”, el autor mapea los territorios de esta sensibilidad post, no uncida a los dictados de una escuela o de una vanguardia: los objetos suicidas, las estéticas del cuerpo y la sexualidad, las angustias y desasosiegos de la libertad, los inexplorados mundos virtuales donde, por primera vez, el diálogo entre el arte y el público es bidireccional.

De la misma forma que los artistas italianos emigraron huyendo de las guerras y dispersaron  por toda Europa la buena nueva del Renacimiento, las galopantes migracioners globales de nuestro mundo post arrojan un saldo de estéticas cruzadas y mestizas a las que se refiere Matos en sus “Emergencias cruzadas”. Desplazamientos geográficos y culturales, relectura de códigos, como en World Mouse o en el arte satírico de Elio Rodríguez, el grupo Puré, Lázaro Saavedra o Marcos López.

Las escolásticas ideológicas, desde el comunismo al neoliberalismo, han caducado. Todo es  puesto en duda y cunden las lecturas transversales. Todo es objeto de choteo mientras se intenta una relectura incluso desde lo frívolo —como la exposición “Ch€, Revolución y mercado”, a la que se refiere el autor, que registra cómo la piedra filosofal del capitalismo post convierte un icono subversivo en mercancía—. Subversión de códigos, relecturas desde lo local o lo global, arte pop, frivolidad y desconcierto de un arte eminentemente urbano, metropolitano: Nueva York, Berlín (a la que el autor dedica toda una parte del libro) o Londres son los equivalentes de las ciudades-estados de ayer: Venecia, Florencia, Milán y los Estados Pontificios, centros de renovación artística.

Lo virtual se codea con lo real en igualdad de condiciones. Un mundo de fronteras líquidas provoca cartografías efímeras, deslizantes. Fronteras inasibles que se extienden en el land art hasta la imposibilidad de deslindar el arte de la naturalreza (el bosque de Agustín Ibarrola, la “Montaña de Tindaya” o el “Peine del viento”, de Chillida); el urbanismo travestido en arte, como en el Reichtang envuelto por Christo. La relectura y recontextualización de los mensajes en la obra de Alejandro López permite una lectura volátil, el sfumato davinciano de la interpretación.

El autor redondea su cartografía del arte contemporáneo al insertarlo en los mecanismos de mercado. Del mismo modo que entre Reforma y Contrarreforma un mundo asolado por las guerras multiplicó exponencialmente su comercio, hoy, entre decenas de guerras locales, estados fallidos, piratería, terrorismo y narcoejércitos, el comercio es la circulación sanguínea del planeta. Y el arte, un valor “seguro”, juega con los términos de la ingeniería financiera, que son casi los términos del arte: se tasa la percepción del valor, no el valor mismo.

Estas aproximaciones, estas cartografías tentativas desembocan, cómo no, en un mapa a escala mayor de la plástica cubana contemporánea: Los Carpinteros con su arte antifuncional, el discurso contestatario de Saavedra y Glexis Novoa; los interiores cubanos como  sugerentes radiografías de la realidad; las escenografías y la historia en Carlos Garaicoa; el discurso político y las utopías personales, así como la recurrencia de los mapas, las aguas, los viajes y la muerte que contemplan impávidos los dioses tutelares de la Isla. Matos da voz a los propios artistas: Luis Gómez, Pedro Vizcaíno, Ricardo Rodríguez Brey, Alexandre Arrechea y Carlos Garaicoa muestran la trastienda de ideas que subyace a sus obras. Como un planeta en miniatura, Cuba (tanto en la Isla como en el archipiélago de la diáspora) muestra su rara multiplicidad casi continental.

Mientras el siglo XVI florecía en Amberes y Florencia, la Siempre Fiel Isla de Cuba sólo estaba autorizada a importar toscos géneros de la península y grandes dosis de Contrarreforma. Pero ya entonces el contrabando, el comercio de rescate con naves inglesas, francesas y holandesas, el trapicheo nocturno de salazones, cueros y cajas de azúcar o aguardiente por sábanas de Holán, encajes de Malinas, algodones de Ruán, lienzos de Cambray, aperos ingleses e ideas prohibidas  superaba al otro. Como Dennys Matos demuestra en sus Paisajes, el trapicheo de ideas sigue siendo una de las grandes tradiciones nacionales.

El autor cierra esta bitácora, este mapa, con una visión inquietante a través del vídeo “Agosto 2007”, de Francis Naranjo. Los huecos blancos de las cartografías, los paisajes ignotos, azuzan la imaginación de los hombres. En la Cosmographia Universalis, del alemán Sebastián Munster (1544), best seller reimpreso cincuenta veces en veinte años, se describía a hombres de grandes labios y una sola pierna, y a enanos que se alimentaban con el olor de las manzanas. Fray Bernardino de Sahagún menciona una culebra con una segunda cabeza en la cola, y Alvar Núñez Cabeza de Vaca describe  a “malacosa”, ser hemafrodita que vive bajo la tierra y se alimenta de la nada. En “Agosto 2007” encontramos al ser más extraño de la creación: el hombre en su dimensión trágica, el hombre que discurre por un paisaje de ruinas mientras busca el País del Nunca Jamás y de fondo se escucha que “algo se pudre en el corazón de las hormigas”.

Como todo mapa de tierras recién descubiertas, Paisajes. Metáforas de nuestro tiempo, resultado de la acuciosa cartografía de Dennys Matos, es, por fuerza, tentativo, pero imprescindible para quienes se dispongan a adentrarse en las dispersas geografías de la imaginación.

 





De Trotski y el desencanto

22 10 2009

Cuando supe que Leonardo Padura se embarcaba en una novela sobre el asesinato de León Trotski por Ramón Mercader, pensé que se estaba metiendo en  camisa de once varas por varias razones. Se trata de una historia harto conocida. La vida de Trotski (física e ideológica) puede recorrerse al detalle tanto en su autobiografía Mi vida (1930), como en La revolución permanente (1930) y La revolución traicionada (1936). Por si fuera poco, existe una copiosa bibliografía al respecto, comenzando por tres libros excelentes de Isaac Deutscher: Trotski, el profeta armado; Trotski, el profeta desarmado, y Trotski, el profeta desterrado, así como el Trotski en el exilio, de Peter Weiss. Sobre el asesinato hay libros, obras de teatro y películas. Entre otras, la pieza teatral Trotsky debe morir, del peruano José B. Adoph, la tendenciosa biografía novelada El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito, del periodista mexicano José Ramón Garmabella, o Cómo asesinó Stalin a Trotsky, de Julián Gorkin. Salvo sus diez minutos finales, es prescindible la película El asesinato de Trotsky (1972), de Joseph Losey.

Trabajar sobre materia prima tan manoseada exigiría del autor no sólo pericia y sagacidad narrativa, sino un enfoque verdaderamente novedoso y una inmersión a fondo en los pasadizos de la naturaleza humana si quería salir airoso. Más una dificultad extraliteraria. La figura de Trotski ha sido y es en Cuba tabú. Si los viejos comunistas del Partido Socialista Popular (PSP) fueron estalinistas ortodoxos, los nuevos comunistas del PCC se alinearon con el posestalinismo brezhnieviano y acataron la línea de ocultación de la vida, la obra y, especialmente, del asesinato del fundador del Ejército Rojo. Del mismo modo, en la Isla se ha escamoteado la colaboración de Stalin con Hitler, su diktat a los comunistas alemanes que permitió el ascenso del Führer, las invasiones de la URSS a Polonia, Finlandia y los países bálticos, así como su actuación en la Guerra Civil Española. Asuntos que Padura ventila con acierto en este libro.

El resultado es una novela extensa (573 páginas) y, en buena medida, intensa. A pesar de ser la historia de una muerte anunciada, Padura arrastra al lector página tras página con un nervio y una garra narrativa admirables, aunque desigual entre los diferentes hilos argumentales. Coincido con Javier Fernández de Castro (http://www.elboomeran.com/blog-post/189/7819/javier-fernandez-de-castro/el-hombre-que-amaba-a-los-perros) en que “Padura es un narrador de largo aliento y sabe situar al lector en el tiempo, el espacio y la perspectiva de quien habla en cada momento, y (…) que no decaiga el interés”.

A propósito de la estructura de El hombre que amaba a los perros, el autor afirmó que se trata de tres novelas en una, “el gran desafío es que consigan una armonía” y que se integren (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Yo prefiero hablar de dos líneas argumentales concurrentes y una prescindible. La primera línea narra la vida de Liev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotski, desde su confinamiento en Alma Atá y su exilio en Turquía, Francia y Noruega, hasta su muerte en Coyoacán. La segunda, cuenta la conversión del combatiente republicano Ramón Mercader, alias Jacques Morand, en sicario al servicio de Stalin y su consumación. Y la tercera, que se desarrolla en La Habana desde 1976 hasta 2004 o 2005, tiene como protagonista a Iván, y su desmoronamiento desde sus inicios como escritor promisorio hasta su ruina final, siendo Daniel Fonseca Ledesma, otro escritor devenido taxista, quien funge como narrador de la historia cumpliendo el mandato de su amigo.

Tres tonos e intensidades bien diferentes marcan las tres líneas argumentales. Y ello también se refleja en su peso dentro de la obra. Hay una proporción casi geométrica entre las tres historias: la línea argumental de Iván, que ocupa 109 páginas de la novela, es casi duplicada por la línea de Trotski, con 176 páginas, y ésta, a su vez, es casi duplicada por la línea de Mercader, que ocupa 269 páginas. Y no es casual que eso ocurra y que la preeminencia de una sobre otras se acentúe a medida que avanza la obra. Si en la primera parte, Trotski y Mercader tienen el mismo peso seguidos a distancia por la vida de Iván; en la segunda parte la historia de Trotski duplica las páginas que el autor le dedica a Iván, y la de Mercader las triplica. En la tercera parte, Trotski ya ha desaparecido y Mercader acapara las cuatro quintas partes, para concluir con una coda en la vida de Iván que enlaza con el capítulo 1.

La historia de Trotski está narrada en una prosa exacta, concisa, casi exenta de diálogos y florituras. Como un buen libro de historia plagado de datos que, no obstante, lejos de entorpecer la lectura, sitúan al lector (particularmente al lector cubano, adoctrinado a silencios) en los contextos de una historia que, de otro modo, sería ininteligible. Aunque la visión que se ofrece de Trotski es bastante amable, no se excluyen su protagonismo en la represión ni sus juicios más descarnados sobre la revolución traicionada, e incluso sobre su propia praxis revolucionaria como el germen del estalinismo. Es precisamente en esta zona donde el lector cubano encontrará más guiños hacia su realidad inmediata, un estalinismo de baja intensidad.

La vida de Ramón Mercader es el más “novelesco” de los hilos narrativos. Contada con una intensidad dramática que recuerda los mejores momentos de La novela de mi vida, es la zona mejor resuelta de la novela. Al estilo del Víctor Hughes de Alejo Carpentier en El siglo de las Luces, un personaje histórico pero epigonal, con todas sus áreas de silencio, permite a Padura novelar, construir al personaje literario con todas sus aristas, rellenando los huecos de verdad histórica y comprobable con una configuración verosímil. La información se engarza adecuadamente con la dramaturgia y el lector entra con asiduidad en la piel de Mercader, un efecto que no abunda en la narrativa cubana. Incluso algunos de los secundarios seducen en esta zona por su veracidad: el cínico Kotov y todos sus alias, y, sobre todo, esa Caridad que opera en el texto como una Mariana Grajales perversa con toques incestuosos y una soledad más devastadora que la del propio protagonista.

La tercera línea argumental, la del joven Iván que conoce accidentalmente a Ramón Mercader mientras éste pasea a sus perros por la playa de Santa María del Mar, es la más endeble. Si los primeros dos hilos narrativos son imprescindibles para la consumación de la historia, éste es perfectamente prescindible. Siguiendo la estela de La novela de mi vida, Padura ha necesitado anclar explícitamente el pasado en el presente, el outside con el inside. Pero, a diferencia de la novela de Heredia, donde la búsqueda de los documentos le concede a la historia en presente (a mi juicio, también prescindible) una mayor solidez argumental, en este caso la conexión entre Iván y Mercader resulta, cuando menos, poco verosímil. Un sicario entrenado para el silencio, que durante veinte años de prisión no reveló ni siquiera su verdadero nombre, de pronto decide contar a un joven (pichón de escritor, para colmo) una historia tremebunda que, aun hoy, no ha sido totalmente desclasificada. Y eso, acompañado por un agente de la Seguridad y en un país totalitario donde operan idénticos mecanismos a aquellos que lo condenaron al silencio. No le basta y, agonizante, lega al joven el manuscrito inconcluso de esa historia. Ni siquiera la sorpresa justifica esta línea argumental, porque, como bien señala Javier Goñi en “El grito de Trotski” (http://www.elpais.com/articulo/semana/grito/Trotski/elpepuculbab/20090905elpbabese_7/Tes), el lector adivina enseguida, antes que Iván, que “el hombre que amaba a los perros”  es el propio Ramón Mercader. La única explicación de este tour de force del autor es su necesidad de establecer un paralelo explícito entre el estalinismo y el castrismo, entre dos “revoluciones traicionadas”, para decirlo en palabras de Trotski, entre dos utopías estranguladas por la ambición y el miedo. Ciertamente, esto continúa la saga de sus anteriores novelas, pero más acusada. Ya no se trata del Mario Conde desencantado que abandona la policía, ni del policía de La novela de mi vida que, al final, resulta un bandolero y es excretado por el sistema. Aquí no se trata de una “papa podrida” cuya expulsión preserva la bondad del sistema. Ahora es el saco entero, todo el sistema, toda la utopía la que se ha podrido irremisiblemente. En ese sentido, es el drástico final de una lenta e implacable decepción. Pero lo que puede ser eficaz en términos políticos, no lo es en términos literarios. Ya la literatura (el periodismo, el cine, la música) del Período Especial constituye un verdadero subgénero en el arte cubano. Y la descomposición social que nos pinta el autor no añade nada nuevo a ese catálogo de desgracias. Incluso la muerte de Iván, que Padura nos ofrece como una alegoría, peca de obvia. Por el contrario, sospecho que el buen lector habría agradecido una visión más elíptica y tangencial de la realidad cubana a través de las historias cruzadas de Trotski y Mercader.

Según el autor, el hecho de que Mercader viviera en Cuba desde 1974 y muriera allí en 1978, fue algo que lo atrajo desde el primer momento. Pedro Campos, en “El Hombre que amaba los perros, última novela de Padura” (http://www.kaosenlared.net/noticia/hombre-amaba-perros-ultima-novela-padura), cuenta que en la Casa de las Américas, durante el encuentro de Padura con sus lectores, la pregunta imprecisa de uno de los asistentes quedó pendiente en el aire: “¿Tenía Mercader vínculos y la eventual protección del Estado cubano durante su permanencia en nuestro país?”.  Padura respondió que Caridad, la madre de Mercader, trabajó como secretaria en la embajada de Cuba en París en los primeros 60 (uno no se la imagina como taquimeca A) y que sí había identificado vínculos de Mercader con figuras importantes del PSP, que lo auxiliarían en Cuba tras asesinar a Trotski. Claro que la presencia de Mercader en la Isla durante la segunda mitad de los 70 no puede ser atribuida a esas “figuras importantes”, sino a las nuevas “figuras importantes”. Comprendo que ese es terreno minado y esconde muchas trampas, algunas mortales. Quizás aquellas “figuras importantes” del PSP ya hayan muerto, pero las otras están vivitas y coleando en el poder. Por otra parte, acceder a una información veraz sobre estos hechos en un gobierno edificado con demasiados ladrillos de silencio, habría sido tarea imposible para un autor que pretendía construir con la materia prima de la historia o, en su defecto, de la verosimilitud histórica. Aun así, cualquier lector saldrá de estas páginas con varias preguntas: ¿Quiénes en el antiguo PSP estaban dispuestos a acoger al asesino de Trotski en 1940? ¿Quiénes y por qué le otorgaron visa de tránsito a su salida de la cárcel, cuando ningún país se la concedió? ¿Fueron los mismos “quiénes” los que lo premiaron con una amable jubilación caribeña? ¿Por qué o a cambio de qué? Si me he arriesgado a juzgar lo escrito asumiendo cualquier margen de error, no voy a juzgar lo no escrito. En el mismo artículo, Pedro Campos concluye que “para los cubanos, en particular, será también un gran descubrimiento identificar cómo 25 años después de la muerte de Stalin en 1953, el estalinismo tenía profundas raíces echadas en nuestra sociedad, al punto de servir de resguardo y guarida final al asesino del iniciador, junto a Lenin, de la Revolución de Octubre. (…) Quizás, se tratara de una señal premonitoria del destino, anunciando que los “últimos años” del estalinismo serían en tierras caribeñas”.

No creo que esta novela, ni ninguna otra, marque el fin de las utopías, que son consustanciales a la naturaleza humana. Utopías sociales, políticas, religiosas, científicas vienen signando los pasos del hombre desde que las civilizaciones empezaron a dar noticias de su existencia (y quizás antes, utopías ágrafas). Y tampoco coincido con Padura en que esta “novela podría ser un aporte en la búsqueda de una nueva utopía”, tras el fracaso de la Revolución Rusa (Carmen Oria en http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/ficha.php?Id=4389). Aunque busqué con ahínco esa invocación, atisbo, premonición de una nueva utopía, sólo encontré el réquiem de la anterior, su certificado de defunción extendible al presente.

En un encuentro con sus lectores en la Casa de las Américas de La Habana, Padura aseguró que este libro es “el más difícil de concebir, el más ambicioso, el más complejo, el más profundo que he escrito hasta hoy” (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Cualquier lector podrá comprobar que, dada la selva donde se ha adentrado Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (por cierto, en esta novela todos, incluso el autor, aman a los perros) ha salido casi indemne y nos ha regalado una novela desolada, intensa y muy recomendable.

“De Trotsky y el desencanto”; en: Cubaencuentro, Madrid, 22/10/2009. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/de-trotski-y-el-desencanto-218396

 





Chiquita

2 11 2008

Desde el antiguo Egipto hasta las mitologías nórdicas, desde Velázquez a Picasso y de las cortes europeas al circo, los enanos han ocupado un sitio especial en el imaginario colectivo y en el arte. Amos del mundo subterráneo, artífices inteligentes e industriosos, los enanos nórdicos crearon para Thorel martillo Mjolnir. Fueron escuderos, acompañantes y mensajeros de los caballeros medievales, como el enano Ardián, compañero de Amadís de Gaula. Si en Los enanos de Mantua, de Gianni Rodari, un duque  perverso obligaba a pelear a sus enanos para divertirse, en El Enano, de Pär Fabien Lagerkvist, el protagonista, un bufón de la Italia renacentista, es la encarnación del mal. Y, desde luego, inmediatamente acudea nuestra memoria Oscar Matzerath, el enano por excelencia de la literatura contemporánea, quien nos ofrece unavisión personal de la Alemania nazi redoblando su tambor de hojalata.

A esta saga se une ahora la novela Chiquita, premio Alfaguara 2008, que cuenta la historia de Espiridiona Cenda (Matanzas, 1869- Far Rockaway, Estados Unidos, 1945), conocida comoChiquita,una liliputiense perfectamente proporcionada de 66 centímetros, que disfrutó de un gran éxito en espectáculos de vaudeville y circenses de Estados Unidos y Europa entre 1897 y los años 20. Una novela de aventuras, una biografía imaginaria de un personaje real, según Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956), quien afirma que “episodios que parecen inverosímiles son reales y están documentados en libros y periódicos de la época”, y que usó la vida de Chiquita para reinventarla a la medida de susnecesidades como escritor, una fórmula cercana a la memoria novelada.

En palabras del jurado del premio, se trata de “una novela a la vez elegante y llena de vida”,  “con una notable gracia narrativa y una imaginación sin descanso que despliega como una inmensa partitura de ejecución precisa, la época y la vida de un personaje extraordinario”. Adjetivos aparte, fue extraordinaria la vida de la protagonista, nacida en la apacible ciudad de Matanzas, cien kilómetros al este de La Habana. Una familia de clase media la cuidó y la mimó, preparándola para una vida dependiente, dada su estatura y —pensaban—su incapacidad para ser independiente en un mundo diseñado para seres que triplicaban, o casi, su estatura.

Chiquita recibió una esmerada educación —dominaba siete idiomas, disponía de conocimientos de literatura, música, y tomó clases de canto y baile—. Gracias a ello, al morir sus padres, y encontrándose  en dificultades económicas, zarpa hacia Nueva York, y comienza su vida artística como The Baby Doll. Era el 30 de junio de 1896, a un año de empezada la segunda guerra de independencia cubana, y a 149 páginas del inicio de la novela. Tras su debut, disfrutó una larga temporada de éxitos en un espectáculo con todos los estereotipos posibles a propósito de Cuba, su guerra con España y la irrupciónprovidencial del Tío Sam en el conflicto. Posteriormente, tras su encuentro con Bostock, empresario y domador, la gira de  variedades en circos, exposiciones mundiales (la de Omaha) y panamericanas (de Búfalo, en 1901, donde encontró a Gonzalo de Quesada y a Leonard Wood) confirman la popularidad de Chiquita. En París, descubre el mundo de las cocottes y las orgías lésbicas, coincide con la exposición mundial,  y frecuenta los más altos estratos de una sociedad decadente, escindida por el caso Dreyfus. Realiza dos giras por Europa y, en 1905, hace una temporada en Londres. De regreso a Estados Unidos, continúa actuando en todo tipo de espectáculos, hasta que, en 1914, se recluye en Far Rockaway, decidida a abandonar los escenarios, pero una visita inesperada la devuelve al mundo del espectáculo  hasta los años 20, cuando se retira definitivamente hasta su muerte en 1945.

Antonio Orlando Rodríguez es autor de numerosos libros para niños, y de narrativa para adultos —Strip tease,cuentos, y Aprendices de brujo, novela— y de una obra de teatro, El león y la domadora.Confiesa que escribir para niños le dejó “la necesidad de atrapar el interés del lector y mantenerlo durante toda la obra. Mi objetivo pasa por seducir al lector y arrastrarlo a mi historia”. Y, ciertamente, Chiquita es un libro ameno, lleno de peripecias y sembrado de oportunos misterios que van conduciendo la atención del lector. Escrito con una prosa ágil, sobria, al servicio del argumento, la ausencia de pirotecnia verbal conquistará a los que demandan a una novela, ante todo, contar una buena historia.

Como un pastel de hojaldre, la estructura narrativa consta de varias capas superpuestas: lo que Chiquita contó a Cándido Olazábal, un antiguo corrector de la revista Bohemia, quien durante varios años tomó al dictado los recuerdos de la protagonistas con el propósito de escribir la historia de su vida; lo que Olazábal contó al autor y, finalmente, lo que nos cuenta el autor tras verificar en la documentación disponible la veracidad de sus testimoniantes. Olazábal recogió el testimonio de Chiquita, selectiva y fantasiosa en el relato de su vida, y narró al autor su propia versión, transformada y filtrada por su memoria, y bacheada por los olvidos inevitables a sus 80 años. Este doble narrador interpuesto, más la pérdida de numerosos documentos tras el paso del huracán Fox en 1952, y la activa labor de las polillas, conceden al autor espacios de silencio que pueden ser completados por la ficción sin perder el sabor documental, y añade a la novela una subtrama adicional: la búsqueda de la verdad ocurrida que se esconde bajo la verdad contada. Además, las carencias e imprecisiones de lo narrado por Chiquita y Olazábal, son indicios adicionales para acercarnos a la personalidad de ambos.

El autor, que actúa en nombre propio, como advierte desde el principio, asegura haber renunciado a su papel para asumir el de mero redactor, con el propósito de subrayar en el lector la ilusión de estar asistiendo a la realidad, no a su versión ficcionada. Claro que esa declaración de propósitos es también ficción. El autor crea un testimoniante ficticio que nos narra una vida real sazonada de ficción, para que sea elaborada y comentada por un autor también ficticio que es obra del autor real.

La veracidad histórica de lo narrado es subrayada por una minuciosa  ambientación: la atmósfera de las ferias y cabarets del Nueva York de finales del XIX, la visión de una ciudad multiétnica, configurada por sucesivas riadas de inmigrantes, que ya se perfila como la capital del planeta. Una ciudad donde se estrena el cinematógrafo, corren los primeros automóviles yse prefigura el siglo XX. A eso se añade el dibujo convincente de la fauna local:periodistas y empresarios, políticos, militares, putas de lujo, cantantes líricos, escritores, magnates  de la industria y de la prensa, artistas de variedades, sin olvidar a la Junta Revolucionaria Cubana, presidida por Tomás Estrada Palma, quien sería el primer presidente de Cuba, y las disputas, dimes y diretes entre los miembros de la comunidad  de artistas liliputienses. Por las páginas de la novela discurren personajes históricos como Sarah Bernhardt, la Bella Otero, Hearst y Pulitzer, Liliukolani, la depuesta reina de Hawai, el escritor Walter de la Mare, y buena parte de la alta sociedad francesa, especialmente el conde de Montesquieu y su amigo Gabriel Yturri, en el momento que se inaugura la ExposiciónInternacional de París. Chiquita traba amistad en Madrid con Emilia Pardo Bazán, y visita la Casa Blanca, invitada por el presidente McKinley.

Aunque los acontecimientos políticos nunca llegan a imbricarse íntimamente con la historia personal de Chiquita, no falta su dibujo como parte del decorado de época: la anexión de Hawai;el feminismo; el movimiento anarquista y sus  sacerdotisas, Lucy Parsons y Emma Goldman;la guerra en Cuba; la reconcentración decretada por Valeriano Weyler;el caso de Evangelina Cisneros; la explosión del Maine; la entrada de Estados Unidos en la guerra, y el agradecimiento de Chiquita a los norteamericanos por su “curso acelerado de democracia” durante la intervención militar. Filtrado por alguna carta de Juvenal, su hermano que se encuentra en la manigua, el conflicto cubano transcurre como en sordina. Incluso el encuentro de Chiquita con la Junta Revolucionariatiene algo de teatral, que le resta autenticidad; aunque, por otra parte, es un guiño a la contemporaneidad y a los miles de “juntas” de exiliados, y reitera el hecho de que casi todos los que rodean a Chiquita pretenden utilizarla para sus propios fines.

A esta convincente construcción de una realidad literaria contribuye el dibujo explícito, pero nunca grosero, de la tumultuosa vida sexual de Chiquita. Y no sólo con caballeros de su estatura, como el Signor Pompeo, en Nueva York, o Deniso Bearnáis, en Berlín. La liliputiense hizo desfilar por su alcoba a un anarquista, a un presunto piel roja, a un mago chino, a un carterista, y hasta se casó con Tony Woeckener (Toby Woecker en la novela), un adolescente de 17 años cuya foto puede encontrarse en http://sabineofgermany.typepad.com. Y su mayor romance, con el reportero irlandés Patrick  Crinigan, quien confiesa que con ella satisface su secreta fantasía de poseer a una niña.¿Sería Chiquita la niña-adulta perfecta para amantes pedófilos?

Tampoco elude el autor los amores homosexuales, desde la iniciación en Matanzas de Mundo, primo y pianista de Chiquita, y su mudada a un pueblo lleno de vaqueros gay —¿un guiño a Ang Lee?—, hasta la tormentosa experiencia lésbica de Chiquita en París de la mano de Liane de Pougy.

Reconstrucción convincente y bien documentada —virtud infrecuente— donde los errores y erratas son la excepción, como cuando el tigre Rajah de la página 474, se nos convierte en león en la 488.Sólo en ocasiones el lector sospecha una sonrisa burlona del autor que pone a prueba su credulidad —el manjuarí salvavidas en el Sena o el estrafalario rapto de Chiquitapor un jeque bereber—. Pero esta ilusión de veracidad—literaria, no histórica— se quiebra cuando irrumpen en el relato, sin un encaje convincente en el argumento, elementos de literatura fantástica. Que en las primeras páginas aparezca el perro de Doña Ramonita, criatura del Averno, puede leerse como folclor local. También funcionan perfectamente las sesiones de espiritismo, muy de moda por entonces, con bajada de muertos cubanos incluida; las cartas astrales, lectura de manos y de orejas. La Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia, línea argumental con librería esotérica, policías y detectives neoyorquinos, sectas y contrasectas, podría conciliarse con el argumento principal. Pero cuando el autor intenta encajar gallinas de los huevos de oro, bilocaciones y un talismán que funciona como una suerte de faro personal que barrunta el futuro, el lector sospecha una impostura. Piezas recortadas a medida para que encajen en el puzzle al que no corresponden. Y ni siquiera se permite un margen de duda. El autor insiste en subrayar su veracidad mediante el testimonio, presuntamente irrebatible, de Olazábal. Antonio Orlando ha declarado “A mí me encanta lo sobrenatural, lo mágico, lo fantasioso. Me gusta como lector y por eso lo metí en el libro”. Gusto absolutamente respetable, y que el autor ha ejercido con acierto en obras anteriores, pero las novelas son objetos muy delicados. No resisten que se les “meta” nada por puro gusto, ni reaccionan como la ostra a los objetos extraños.

El Oscar Matzerath de Günter Grass decidió estacionar su crecimiento a los tres años, cuando le regalaron  el tambor de hojalata, su grito hacía saltar los  cristales, recordaba sucesos que oyó en el vientre materno y, al nacer, carecía de inocencia y su  formación intelectual estaba ya terminada. Todo ello, como el súbito despertar de Gragorio Samsa convertido en un escarabajo pelotero, está en la base del convenio literario concertado entre el autor y sus lectores, responde a la lógica del relato y, por tanto, goza de una total veracidad literaria. Las irrupciones fantásticas en Chiquita, en cambio, no son componentes orgánicos de la historia, sino incrustaciones que tampoco tienen una clara finalidad narrativa, no aportan soluciones dramáticas y, por el contrario, crean en el lector un extrañamiento y me temo que no brechtiano.

En Memorias de un enano gnóstico, David Madsen deshilvana con crudeza y sin ahorrar episodios de extrema violencia, las memorias de Peppe, un enano involucrado en una “secta” gnóstica que se ve envuelto en una madeja de intrigas como chambelán y confidente de León X, “el Papa de los Médici”, en la Florencia del siglo XVI. Salvando distancias, desde luego, podría ser un buen antecedente literario de la Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia, perfilar su encaje más eficaz como subtrama en el argumento principal de la novela.

Los egipcios tenían a Bes, un dios acondroplásico, yla representación de enanos es muy frecuente en los vasos griegos. Aristóteles afirmó de ellos que “el peso de su cuerpo incapacita el funcionamiento de la memoria”, y fue el primero en dividirlos en proporcionados y desproporcionados. Por entonces, la demanda era tal, que algunos padres colocaban a su hijo varón en el interior de cajas llamadas gloottokoma, para limitar su crecimiento y vender el joven bonsái a un domicilio aristocrático. Más tarde, en los salones de las grandes damas romanas, era frecuente ver enanos corriendo desnudos para divertir a sus amas; o,en tiempos del emperador Domiciano,vestidos de gladiadores y enzarzados en duelos. Durante siglos, y hasta hace relativamente poco, era de buen gusto tener una colección de enanos en las cortes europeas y en las residencias de alcurnia para solaz del señor. Si era enano el fabulista griego Esopo, también lo eran muchos bufones, los disfrazados de militares sin batallas en las “galerías palaciegas de los monstruos”, y confidentes —como Monarca, confidente de Isabel I de Inglaterra— a quienes se les permitían licencias extraordinarias que jamás se habrían tolerado a otros ciudadanos. Siempre como objetos de diversión y burla, como fenómenos de feria. Basta observar la honda tristeza en la mirada de Don Sebatián de Morra, el enano acondroplásico de Felipe IV pintado por Diego Velázquez en 1643, una suerte de realismo compasivo que transmite toda la angustia de un ser condenado. Pero no es esa, en lo absoluto, la mirada de Antonio Orlando Rodríguez sobre Chiquita. Como Picasso en su cuadro Familia de saltimbanquis (1905), que nos transmite no una visión compasiva, sino una identificación humana con el enano, una dignificación del personaje, lejos de esa visión casi zoológica de la que fuera objeto tradicionalmente, lejos de la sórdida visión de los poemas de Apollinaire, Antonio Orlando rescata y dignifica al personaje que, ciertamente, hace uso de su físico para abrirse paso, pero como una herramienta personal del éxito, no como una tara a disposición del público para la burla y el escarnio. Como Rosa Montero —Te trataré como a una reina (1983), Bella y oscura (1993),  La loca de la casa (2003)—, quien ha declarado que se siente atraída por los enanos, que la conmueven, le gustan ylos aprecia, en la novela de Antonio Orlando no hay un ápice de lástima por su personaje. Por el contrario, desde el momento en que la protagonista se adueña de su destino, la sentimos crecer. Al concluir el libro, resulta difícil espantar la sensación de haber asistido a una vida completa, en toda su estatura.

 

“Chiquita”; en: PRLonline, vol. 1 n.º 6, Nueva York, octubre-noviembre, 2008. (Rodríguez, Antonio Orlando; Chiquita; Editorial Alfaguara, Madrid, 2008, 518 pp.)