Una vida, muchas lecciones

25 02 2010

Orlando Zapata Tamayo, activista del Proyecto Varela, condenado en 2003, ha muerto tras 86 días de huelga de hambre. Ha muerto a sus 42 años un hombre que había nacido dentro de la llamada Revolución, mientras el Che moría en Bolivia y el país se preparaba para su gran campaña maoísta: la Zafra de los Diez Millones. No era un representante del áncient régime, ni un latifundista ni un hacendado criollo, ni siquiera apeló a la violencia contra el gobierno. Orlando Zapata Tamayo era un humilde albañil, negro, pero con un sentido de la justicia que lo impulsó, primero, a disentir, y, más tarde, a reiterar su oposición a los maltratos, vejaciones y torturas a los que era sometido en prisión por sus verdugos. Ello le valió la multiplicación por diez de su condena, desde los tres años iniciales.

Esquivando las verdaderas razones de su encarcelamiento, el gobierno de la Isla jamás lo reconoció como prisionero político. Con muchísimos más argumentos, Fidel Castro habría podido ser condenado como asesino en serie tras el asalto al Cuartel Moncada y confinado en compañía de homicidas y violadores.

Tras siete años de torturas, Orlando Zapata Tamayo ha sido asesinado. Un gobierno que se dice defensor de los derechos de los humildes, solidario con los oprimidos, reitera con este acto un nivel de impiedad que rebasa cualquier excusa ideológica.

El 5 de diciembre de 1925, Julio Antonio Mella se declaró en huelga de hambre en prisión. Nueve días después fue trasladado a un hospital. A los 23 días, el dictador Gerardo Machado aceptó que fuera liberado bajo fianza.

Después del asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro fue condenado a 15 años de cárcel, que disfrutó junto a sus compañeros, entregado a lecturas prácticamente irrestrictas y preparando platos de camarones por cortesía de sus carceleros. Fue amnistiado por el dictador Fulgencio Batista 22 meses más tarde. Un mes por cada soldado muerto en aquel ataque.

Los peores dictadores del período republicano han sido infinitamente más piadosos con sus enemigos políticos que los actuales mandantes cubanos. Habría que remontarse a la reconcentración decretada por Valeriano Weyler en el siglo XIX para encontrar un nivel de deshumanización semejante. Las cárceles de los hermanos Castro han llegado a albergar hasta 70.000 presos políticos, condenados a penas desproporcionadas  y sometidos a humillaciones y maltratos permanentes, enjaulados con los peores reos comunes y viviendo en condiciones que sólo podrían equipararse a las de la tristemente célebre Isla del Diablo. Por no hablar de los miles de asesinatos legales y paralegales, o los miles de cubanos cuyo único delito, intentar huir de la Isla, mereció la muerte.

Los 23 días de huelga de hambre de Julio Antonio Mella fueron ampliamente comentados por la prensa y generaron una campaña por su liberación. Los 86 días de huelga de hambre de Zapata Tamayo transcurrieron en silencio, salvo para un reducido grupo de opositores que alertó repetidas veces a la comunidad internacional sobre el inminente riesgo de asesinato encubierto.

Como ha dicho Reina Luisa Tamayo  en un video estremecedor, “mi hijo perdió la vida por un asesinato premeditado. Mi hijo ha sido torturado, objeto de sufrimiento, y aún cuando lo trasladan lo tuvieron 18 días sin beber agua. Con mi dolor pido al mundo que exija la libertad de los demás presos, que no vuelva a ocurrir lo mismo con otros hermanos». Pero una buena parte del mundo hace silencio.

Presidentes latinoamericanos que se dicen próximos a los que sufren, como Luis Ignacio Lula da Silva, hacen silencio. El presidente brasileño viaja expresamente a la Isla para despedirse de los Castro mientras se enfría el cuerpo de Orlando Zapata Tamayo, asesinado por sus amigos. José Luis Rodríguez Zapatero hace en Europa una alusión tan velada que sus asesores tienen que descifrarla para el público. Hugo Chávez, Arnaldo Correa,  Daniel Ortega o Evo Morales ni siquiera lo mencionan. El diputado de Izquierda Unida Gaspar Llamazares califica la muerte de «lamentable», especialmente “para alguien que se considera amigo de Cuba y del pueblo cubano”. ¿Qué significa ser amigo de Cuba? ¿De las palmas, el tocororo, la playa de Varadero y el clima? Me temo que Llamazares usurpa el nombre de Cuba para mencionar a su gobierno. Y sobran pruebas para demostrar que no se puede ser hoy, al mismo tiempo, amigo del pueblo de Cuba y de su gobierno. De Zapata Tamayo y de sus carceleros.

En el puerto del Mariel, Raúl Castro, en compañía de Lula, lamenta la muerte pero afirma que en la Isla sólo se tortura en la Base Naval de Guantánamo, propiedad de Estados Unidos, y culpa a ese país de la muerte como consecuencia de algún misterioso “efecto mariposa”. Si la nariz de Cleopatra fue la culpable de la caída del Imperio Romano, según Pascal, ¿qué nos impide considerar a Estados Unidos el culpable de la muerte de Orlando Zapata Tamayo y de todos los desastres de la Isla?

Recientemente, la activista saharaui Aminatu Haidar, permaneció 32 días en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote, exigiendo que el gobierno de Marruecos admitiera su retorno con todas las garantías. En las mejores condiciones higiénicas y con asistencia médica permanente, la activista, convertida en noticia de portada en todo el planeta, recibió en Lanzarote a ministros, personalidades de la cultura y comités de solidaridad. La huelga de Zapata Tamayo transcurrió en oscuras mazmorras, sometido a pésimas condiciones higiénicas, silenciada por el gobierno, y ante la indiferencia internacional. Ninguna personalidad de la cultura, ministro o comité de ayuda acudió a visitarlo. Al final, el gobierno marroquí cedió a la presión internacional. Al final, el gobierno cubano, tan cuidadoso con las apariencias y las estadísticas, menospreció la voluntad del opositor cubano, intentó doblegarlo hasta el último minuto y lo dejó morir. En sus manos estuvo evitarlo. No se trata de negligencia criminal. Cualquier tribunal lo consideraría asesinato.

Al gobierno cubano no le ha bastado reprimir a Zapata Tamayo durante  los últimos siete años de su vida. Reprime a su cadáver. Primero, demoró la entrega del cuerpo, una prisión post mortem que sólo se le podría ocurrir a una mente enferma, intentando que se cumplieran 24 horas, plazo habitual en Cuba entre la muerte y el entierro. Después, intentó que la familia lo enterrara de inmediato, el mismo miércoles a las 15:00 horas,  para eludir cualquier manifestación de duelo al disponer de apenas una hora de velorio. Cuando por fin el cuerpo es trasladado a Banes, su ciudad natal, a unos 750 kilómetros al este de La Habana, los militares toman los accesos a la ciudad portando listas de personas a las que niegan el acceso, y custodian los alrededores del cementerio. Desatan una nueva oleada represiva, encarcelan a una treintena de disidentes que, presuntamente, podrían asistir al velorio, y condenan a otros tantos a arresto domiciliario, que dejaría de ser domiciliario si se arriesgaran a acudir al entierro.

Cuán ilegítimo y débil debe sentirse un gobierno que necesita reprimir a los muertos, vigilar entierros y ocultar a sus ciudadanos un suceso que ha dado la vuelta al mundo. Los titulares de la prensa cubana destacan hoy la visita del presidente Lula, el proceso eleccionario y la producción de alimentos para el ganado en Villa Clara.

Si algo positivo ha suscitado este hecho ha sido la condena universal casi unánime, aunque me temo que se apagará a la velocidad de los nuevos titulares en la prensa. Y, sobre todo, la respuesta unánime de la comunidad cubana y de la disidencia. Las amenazas no han conseguido acallar sus voces, ni el cerco policial en torno a la residencia de Laura Pollán, en Centro Habana, ha podido impedir la vigilia de medio centenar de activistas. La unanimidad que suscita esta muerte no debería ser excepcional. Un gobierno que se comporta como un sindicato mafioso, imponiendo su particular omertá a todos los cubanos, sólo puede ser contrarrestado por la unanimidad esencial de todos los que aspiramos a una Cuba mejor.

 

“Una vida, muchas lecciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 25/02/2010. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/una-vida-muchas-lecciones-229779





Recurrencias

1 01 2010

Había una vez un programa de la televisión cubana que se llamaba San Nicolás del Peladero. Era la caricatura de la república prerrevolucionaria que duró medio siglo. En él constaban un alcalde, Plutarco Tuero, que se las arreglaba para ser reelegido for ever, y la primera dama, Remigia, cargada de joyas y blasonando continuamente de la cultura de la que adolecía. Aparecían el jefe de la Guardia Rural, un Mario Limonta en sus mejores tiempos, y el inolvidable Éufrates del Valle, representado por Germán Pinelli, director de El Imparcial, diario que de ninguna manera hacía honores a su nombre. También había oposición: Montelongo Cañón, un personaje ridículo y presuntamente tan nefasto como Plutarco, pero que siempre perdía, por lo que a los ojos de la mitología popular cubana era peor que el mafioso pero simpático alcalde  –hijoeputa y perdedor. El colmo de los colmos.

En sus mejores tiempos, el programa era una especie de teatro bufo en pretérito pluscuamperfecto, amenizado con música de otros tiempos, es decir, de siempre. Por entonces, a pocos cubanos se les ocurría pensar que al apagar la tele estaban asistiendo en absoluto directo al revival de aquel San Nicolás del Peladero, ni siquiera cuando el programa  dejó de emitirse, quizás porque los paralelos con la realidad eran demasiado evidentes.

Pero lo impensable ha ocurrido: San Nicolás del Peladero de retransmite, pero no en la pantalla chica, sino en la pantalla grande de la realidad. Plutarco Tuero es capaz de cualquier truquimaraña para mantenerse en el poder. Las nuevas Remigias salen a la luz ataviadas con modelitos exclusivos. Murió la primera, aquella Primera Cuñada de la República que durante una visita a Estados Unidos fue entrevistada en el aeropuerto por un periodista y, al ver el giro que tomaba la conversación, apeló a sus instintos habituales y conminó a los periodistas a que le entregaran la cinta de inmediato. El reportero cubano de una cadena de Miami tuvo que recordarle que en Estados Unidos debería reprimir su instinto de alcaldesa, porque existe ese raro producto que es la libertad. Ahora tenemos a la Primera Sobrina de la República, encargada de incorporar “al proceso” a la disidencia sexual, siempre que  sea amaestrable. El relajito que sea con orden. Nada de gays por cuenta propia.

El San Nicolás del Peladero real se ajusta mejor al nombre que su homólogo televisivo. Basta una visita a los mercados para corroborarlo. Dado que la realidad imita a la ficción, la oposición también es escarnecida, cuando no apaleada y encarcelada, de lo cual no da noticias, desde luego, El Imparcial parcial parcial (perdón, hay eco). Desgraciadamente, su director convence menos en escena que Pinelli.

Pero no es el único caso en que una obra de ficción destinada a ridiculizar al ancient régime ha terminado convirtiéndose en un producto subversivo. El cuento “Estatuas sepultadas”, de Antonio Benítez Rojo, fue incluido por su autor en el libro Tute de Reyes (1967), y sirvió de argumento a Tomás Gutiérrez Alea para la película Los sobrevivientes (1979). Una familia de la alta burguesía habanera tradujo su oposición al nuevo gobierno en encastillamiento tras los altos muros de su villa. Acumuló víveres en grandes cantidades y suprimió todo contacto con el exterior. A medida que transcurrían los años, mientras el mundo exterior presuntamente avanzaba, intramuros la familia iba retrocediendo en la escala histórica, hasta llegar a la esclavitud y el canibalismo. A partir del Período Especial, el país completo se convirtió en un castillo rodeado de altos muros y poblado por famélicos sobrevivientes. El propio Titón me confesó en 1993 que mientras creía filmar una comedia negra, jamás pudo suponer que se trataba de  una profecía.

No es tan raro que la realidad imite a la ficción. Un joven de Indiana mató a su hermano de diez años y se confesó admirador de Dexter, ese “héroe” macarra y encantador de la serie televisiva. Otro joven, esta vez español, imitó a sus personajes predilectos de los videojuegos y, armado con una katana, asesinó a su madre, a su padre y a su hermana. Casi todos los desquiciados de este mundo tienen sus modelos en la televisión, el cine o la literatura. Algunos se creen hombres-lobos, vampiros, reencarnaciones de Napoleón o extraterrestres de vacaciones en la Tierra.

El propio Fidel Castro se ha creído, sucesivamente, Benito Mussolini, Pepe Stalin y Dios. También se ha creído demócrata, estratega militar, estadista, veterinario, economista, médico, ingeniero agrónomo, civil, eléctrico y nuclear. Sin embargo, jamás ha blasonado de ser un actor excepcional, un talento que nadie le discute. Es una lástima para la industria que Birán no quedara en California. Ahora la realidad lo ha castigado suplantándolo con un doble que él debe tratar con el desprecio displicente que se concede a una caricatura. Un Fidelito bonsái al que debe soplar al oído cada palabra, y que se comporta como un eco con faltas de ortografía. Su desempeño como presidente de repuesto resulta semejante al de aquellos muñecos de hojalata a los que era necesario darles cuerda durante cinco minutos para que caminaran tres o cuatro pasos. Y ya se sabe que el encargado de la cuerda se distrae, se dedica a escribir sobre antiguas batallitas y futuros de diseño, y se le olvida.

Es bien conocida la frase de Karl Marx según la cual la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como farsa. Dudo que los cubanos que habitan en la Isla este Período Especial que bien podría llamarse la Era Good Bye Lenin, consideren que es el remake en tiempo de guarachita de aquella Era del Entusiasmo, los 60. El único indicio de que se trata de una farsa es que nadie se la cree, aunque estén obligados a aplaudir durante toda la función. La puesta en escena, en cambio, oscila entre la sordidez y el drama.

Revisar hoy los discursos de décadas pasadas es un acto subversivo. Comparar la felicidad prometida con la miseria real es un ejercicio pavoroso. Incluso el documento fundacional, La historia me absolverá, se ha convertido en material clasificado. En él se habla de democracia, elecciones pluripartidistas, libertades de empresa, expresión, prensa y reunión. Y lo más inquietante: se reivindica el derecho de los ciudadanos a derrocar una tiranía. La historia me absolverá no consta en los catálogos de ninguna librería de La Habana. Su distribución es tan peligrosa como la de la Declaración de los Derechos Humanos. Ambos inducen la temeraria noción de que a los ciudadanos nos asisten diferentes derechos, y ni siquiera se menciona el derecho a la resignación.

No he leído aún la letra del año, pero ya hay vaticinios en circulación de que este 2010 será el del cambio. Y ojalá que así sea, siempre que cambiemos a mejor. Yo no me atrevería a adelantar una profecía, pero creo imprescindible tomar precauciones contra un remake inevitable: el de la vieja república que entre 1902 y 1958 combinó en dosis variables la epopeya, la tragedia y la farsa. Si los cubanos de mañana no desean que la nueva república se repita como tragedia o como farsa, ni siquiera como epopeya, si aspiran a un país próspero y estable donde vivir no sea un sobresalto cotidiano, deberán adquirir la noción de sus propios derechos, y de que el poder es apenas un gracioso préstamo que conceden los ciudadanos a los políticos. La noción de que la ley es igual para todos y que la única fuente admisible de riqueza es el trabajo, el talento, la creatividad, algo que en cualquier país próspero es un lugar común. Deberán rebasar todos los vicios inducidos por medio siglo de totalitarismo diseñado para convertir a los ciudadanos en súbditos. Sé que existe una extendida incredulidad en cuanto a la capacidad de la población cubana de cambiar los viejos hábitos y hacerse cargo de su propio destino. Yo, en cambio, soy optimista. Creo en el pragmatismo y la agilidad del cubano para reaccionar a nuevas circunstancias, creo en su reserva de laboriosidad y creatividad, en su capacidad de dejar de ser meramente cubanos para convertirse en ciudadanos.

 

“Recurrencias”; Madrid, 01/01/2010

 





Polifonía

18 12 2009

En Sierra Mágina, cuando se producía un nacimiento, los padres enviaban a una “recadera” que comunicaba la buena nueva a vecinos y familiares. Los enterados acudían a dar la enhorabuena y se les convidaba a un anís o un brandy, acompañados de borrachuelos o pestiños. Los celtas presentaban el bebé a los dioses para solicitar su protección, y tanto en México como en Europa central se cerraba a cal y canto el sitio del parto para que en ese delicado instante no se infiltraran los malos espíritus. Entre los cubanos, por el contrario, se ventilaba la habitación para que corriera la brisa.

Lo anterior viene a propósito de un nacimiento. Ha aparecido en la red un nuevo medio digital, Diario de Cuba, aún en construcción. Tras ese proyecto hay un grupo de profesionales competentes que durante años se encargó de convertir Encuentro en la Red, más tarde Cubaencuentro, en el diario de referencia de los asuntos cubanos, y Antonio José Ponte, escritor de primera línea, codirector durante varios años de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y, sobre todo, amigo. Cada nacimiento dispone de un futuro abierto a todas las posibilidades, es un espacio de esperanza, un acontecimiento promisorio. Pero en este caso no es mera confianza en el porvenir; son muchas las razones que permiten augurar a Diario de Cuba un espacio privilegiado entre los lectores.

El exilio tiene, entre sus múltiples tragedias cotidianas, una virtud: es un banco de prueba de la libertad. Y la libertad es un largo aprendizaje. Si algo contribuiría a prefigurar el futuro que deseamos para nuestro país sería que aprobáramos con buena nota esa asignatura. A 38 años de su independencia, los cubanos de todas las tendencias e ideologías supieron encontrar un espacio de diálogo, conciliar sus diferencias y gestar en 1940 una de las constituciones más avanzadas de su tiempo. Aunque lastrados por medio siglo de totalitarismo, no creo que seamos hoy menos capaces de encontrarnos en la diferencia (o en la coincidencia) que aquellos compatriotas de hace setenta años.

Pierre Clastres nos dice que “el hombre de poder, sea príncipe, déspota o jefe de Estado, es no solamente aquel que habla, sino la única fuente de la palabra legítima”, y Blanchot enunciaba que todo régimen social “desarrolla sus propias técnicas para administrar la palabra, imponer el silencio y regular las relaciones entre significantes y significados”, algo que comprendió precozmente la dictadura cubana al monopolizar toda palabra, erigirse  en la única fuente de legitimidad e imponer un silencio que tiene aún como su primera premisa de gobernabilidad.

La libertad, en cambio, nos muestra un mundo donde la palabra es cada vez más equitativa: diarios de todas las tendencias, bloggers, redes sociales.

Un tratado anónimo del siglo X, Música Enchiriadis, fue el primero en hablar de la polifonía, del griego polyphonia, “muchas voces”. “Un conjunto de sonidos simultáneos, en que cada uno expresa su idea musical, conservando su independencia, y formando así con los demás un todo armónico”. En una obra polifónica cada uno podrá escuchar y discriminar con mayor o menor claridad las melodías independientes, pero lo que redondea la percepción es el conjunto.

La polifonía imprescindible para comprender y comprendernos.

Aunque me van a perdonar el anís y el brandy, los borrachuelos y los pestiños, quisiera que estas líneas actuaran como “recadera” de la buena nueva, solicitud de protección a los dioses celtas, y, si fuera posible, ventilar con mis palabras el salón virtual de parto.

Una hermosa costumbre recomienda colocar en un vaso de agua un capullo de rosa en la habitación de la parturienta. Cuando el capullo comience a abrirse, empezarán a abrirse con idéntica facilidad los caminos del nacimiento. No les faltarán a los colegas de Diario de Cuba muchas flores (en sus vasos de agua, que también tienen su función propiciatoria) de los cubanos que les deseamos un parto fácil y una vida larga y provechosa, en nombre de la polifonía, el único antídoto contra el silencio.





Grados de Libertad

3 11 2009

El espín electrónico, postulado en 1925 por Gouldsmit y Uhlenbeck como único modo de explicar el efecto Zeeman, es un grado de libertad interno de las partículas. Y a su vez, existe conexión entre las variables espacio-temporales y los grados de libertad internos, o espín. Esto provoca la llamada helicidad, cuya manifestación macroscópica, en el caso de los fotones, es la polarización de la luz.

Lo asombroso es que estas leyes de la física se cumplan en la vida social. A pesar de la compleja organización que supone esa porción de materia llamada  ser humano, con harta frecuencia se comporta del mismo modo que una partícula elemental, sometida a un campo magnético, a un campo político, y a fuerzas de toda índole ejercidas por el medio.

Si asistimos a la conferencia ofrecida por un intelectual cubano residente en la Isla, por ejemplo, solemos apreciar un manejo exquisito del lenguaje. Puede que la charla versara sobre al art noveau en Güira de Melena, o la presencia de zurdos en la narrativa de los 90. En cualquier caso, indefectiblemente, aparecerán al final, entre las preguntas del público, temas comprometedores que el conferenciante se verá obligado a sortear apelando a alguno de los siguientes estilos:

1-El estilo directo: En el caso de que el interpelado opte por repetir, textualmente, las recetas que ha contraído tras la lectura asidua del diario Granma, y una intoxicación masiva de discursos. Cabe diferenciar que ello puede ser auténtico (existen casos) o una puesta en escena no siempre convincente. Las artes histriónicas requieren aptitudes y mucho ensayo. Las artes históricas, también. Las artes histéricas, menos.

2-El estilo indirecto libre: Muy conocido desde Proust, este estilo permite llevar la ambigüedad del idioma hasta límites que harían palidecer de envidia a muchos académicos. Se trata de ofrecer una explicación posmoderna y deconstructiva sobre la ausencia de malanga en los mercados de Cacocún; demostrar que la “democracia participativa” made in Cuba hunde sus raíces en la polis griega; o que en la Isla existe una “dirección colegiada” y no una dictadura unipersonal, sin aclarar que en todo colegio hay  un director y muchos alumnos. O, en su segunda variante, denunciar la falta de democracia, libertades y malanga; pero de tal modo que sea muy difícil aislar las palabras comprometedoras, encajadas como gravilla en su discurso de hormigón armado, donde a simple vista es posible descubrir, casi exclusivamente, palabras que sirven de mera guarnición. Esto tiene una doble ventaja: Los presuntos censores son incapaces de detectar las huellas del delito ideológico. Y el público no entiende nada, pero lo atribuye a su propia incapacidad intelectiva, sin repetir la pregunta.

3- El estilo elusivo. Más peligroso que el anterior, es ejercido por intelectuales cuyos criterios sobre la situación cubana son alternativos, cuando no francamente disidentes.  Se trata entonces de perseguir el rastro de la verdad, borrando más tarde las huellas, para que los rastreadores del sistema sean incapaces de darles caza.

Y no digo que lo anterior sea censurable. Los humanos por lo general no vivimos como queremos, sino como podemos, lo cual en este caso puede incluso ser beneficioso para la literatura, dado el entrenamiento que supone en el arte de la ambigüedad, el escamoteo de obviedades y la plurisemántica.

Algo similar, aunque lingüísticamente menos sofisticado, ocurre cuando en un círculo más o menos público, conversamos sobre la circunstancia cubana con residentes en la Isla de los oficios más diversos, ajenos a los subterfugios de la palabra. Tanto en ellos como en los anteriores, las variables espacio-temporales han condicionado el espín, los grados de libertad internos. Aún cuando se encuentre en un espacio donde expresar sin ambages sus opiniones no está penado, el cubano de la Isla sufre una especie de retraso inercial. Tras cincuenta años pensando lo que no dice para más tarde decir lo que no piensa, la cautela expresiva forma ya parte de sus reflejos incondicionados, e incluso de un sistema inmunológico que le ha permitido sobrevivir a las peores epidemias ideológicas hasta la fecha. Vale recordar que el cubano carece de esa libertad que Harry Truman definía como “el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla”. Por el contrario, las autoridades cubanas parecen haber leído a Don Karl Marx cuando aseguraba que “nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás”. Once millones de demás lo corroboran.

Si ese cubano opta por el exilio, transcurrirán meses durante los cuales escuchará en silencio conversaciones “subversivas”, mirando de vez en cuando hacia atrás; porque aún no ha logrado despojarse del síndrome Van Van: “siempre hay un ojo que te ve” y “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. “Cree el aldeano que su aldea es el mundo”, dijo Martí, y cree el cubano que “en cada cuadra un comité” es axioma universal, cuando hoy no pasa de ser el boceto de slogan para un parque temático de la Guerra Fría.

Poco a poco el cubano transterrado irá rotando su discurso, dando salida a palabras “inconvenientes” reprimidas durante muchos años. En la misma medida que se vaya despojando, no de la represión externa que ya eludió, sino de la autorrepresión instalada que, por obra del instinto de conservación, ha adquirido la categoría de “normal”; su formulación de la realidad se irá acercando cada vez más a su, hasta entonces, concepción íntima e impronunciable. El cerebro y la lengua harán las paces.

Recuerdo a aquel perro que se jugó el pellejo saltando el muro de Berlín bajo una lluvia de balas en dirección oeste –el tráfico en sentido contrario era muy despejado–, y una vez a salvo, se desquitó ladrando a toda hora, hasta que los vecinos lo echaron a patadas. Así mismo, puede que el cubano recién desinsularizado se arranque de un tirón la mordaza y comience a librarse por exceso de varios decenios por defecto. Pero no se trata de un acto de libertad, sino de un acto de desesperación lingüística, la consumación de su éxodo. El beduino lanzándose de cabeza  a la charca tras cruzar el desierto con la cantimplora vacía.

Por el contrario que en la física cuántica, donde la helicidad causada por la modificación de los grados de libertad provoca en los fotones una inmediata polarización de su luz; los humanos tenemos que aprender el ejercicio de la libertad. La dictadura, impuesta desde una entidad superior e inapelable, sólo exige al ciudadano mutilar su albedrío para acomodarlo al lecho de Procusto (¿Procastro?). La libertad, en cambio,  te ofrece sus múltiples esclusas entre las que deberás elegir; tarea a la que tendrá que  habituarse el sujeto (des)entrenado desde el parvulario para escoger entre rizado de fresa y rizado de fresa. Elegir es el más arduo aprendizaje que te exige una sociedad donde, de contra, deberás habituarte a la idea de que eres dueño de tu propio destino, es decir, donde nada “te toca” salvo que te lo ganes.

De modo que alcanzar una confortable y bien pensada compatibilidad entre la libertad de pensamiento –que el cubano disfruta también en la Isla siempre que no se le ocurra pronunciarla, quizás porque el máximo líder se tomó en serio la exclamación de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”–  y su traducción a las palabras, es tarea que llevará su tiempo, sus progresos y retrocesos. Desmantelar los mecanismos de supervivencia. Despojarse de la censura instalada por defecto en el RAM de la máquina. E incluso de cierto pavor a irse de rosca hacia los excesos que una educación monoteísta ha satanizado tantas veces. La palabra “gusano” es como una guasasa molesta que revolotea a su alrededor, y 50 años de propaganda goebeliana le han amaestrado para espantarla. Aunque el gusano sea bicho más laborioso y útil que la mariposa. Al cabo, con suerte y un poco de entrenamiento, alcanzará su justo espín y polarizará su luz a la medida de sí mismo. Comprenderá que “la libertad significa responsabilidad; por eso la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”, como decía George Bernard Shaw. Comprenderá una verdad que Don Manuel Azaña postuló en días difíciles para la libertad, esa que, según él, “no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”.  Si no lo hace, es suya también la libertad del subterfugio, del silencio o de la verdad mutilada.





Moratinos again

20 10 2009

Dos años y medio después, Miguel Ángel Moratinos, ministro español de Exteriores, regresa a Cuba en visita oficial. Y ha subrayado que ésta tiene «un objetivo muy claro». «No he venido aquí a reunirme con ningún sector de la sociedad cubana sino a fortalecer las relaciones bilaterales». Los gobernantes de la Isla no forman parte entonces de ningún sector de la sociedad cubana, en lo que lleva razón. No es nada asombroso, por tanto, que su delegación no se haya reunido con la disidencia.

Esta visita continúa la nueva política hacia Cuba propuesta por España a la Unión Europea (UE): “acercamiento y diálogo”, «confianza, apertura y voluntad de trabajar con las autoridades cubanas”, en contraste con las medidas adoptadas en 2003 tras la Primavera Negra; medidas de “dudosa utilidad práctica”, según Moratinos. Se trata de “recuperar un nivel adecuado de interlocución con las autoridades cubanas”, aunque también una “relación más provechosa con la disidencia y con toda la sociedad cubana”, explicó hace dos años. Y, efectivamente, el “recuperar” va por buen camino, no así la “relación más provechosa”, aunque quién sabe qué significa una “relación más provechosa”. ¿Provechosa para quién?

Moratinos se ufana de que la normalidad bilateral es ya un hecho consolidado y de lo que se trata es de «fortalecer» los vínculos con la isla, es decir, con sus gobernantes.

En la agenda llevaba algunos temas espinosos, como la retirada de los cuatro agentes del CNI que vigilaban a los etarras históricos refugiados en la isla, acusados por La Habana de «interferencias» en asuntos internos. Así como las quejas de los empresarios españoles sobre retrasos en los pagos del Estado y la repatriación de beneficios, y la detención del industrial español Pedro Hermosilla bajo acusaciones de cohecho y violación de contratos con el Estado cubano.

El saldo de la visita ha sido «el compromiso firme» del mandatario cubano de establecer un diálogo con los empresarios españoles para organizar calendarios de pago y saldar los 300 millones de deuda. La libertad provisional de Hermosilla a la espera de juicio. La inauguración de la oficina técnica de cooperación española en La Habana –la ayuda a la Isla aumentó de 17 millones de euros en 2007, a 32 en 2008, y se espera que ascienda a 34 en 2009–. Así como la liberación de los prisioneros de conciencia Nelson Alberto Aguiar Ramírez y Omelio Lázaro Angulo Borrero. Aguiar, encarcelado desde 2003, fue liberado tras cumplir 6 de los 13 años de condena. Angulo ya había sido liberado en 2005, y ahora es excarcelado de la Isla: se le permite abandonar el país un año antes del cumplimiento de su condena. Según Moratinos, esto es un ejemplo de la política constructiva con «un país amigo» como es Cuba, y añade que de los más de 300 presos políticos que había cuando los socialistas llegaron a La Moncloa, quedan 206.

A cambio, Madrid se ha comprometido a priorizar, durante su presidencia de la UE, la eliminación de «la Posición Común», al considerar que ésta, acordada en 1996 y por la cual se exige al ejecutivo cubano el tránsito a la democracia pluripartidista y a la economía de mercado, irrita al gobierno de Castro y, al imponer condiciones, obstaculiza todo esfuerzo democratizador y a favor de los DD HH. Un comunicado de la Cancillería cubana asegura «que sólo será posible avanzar hacia la plena normalización de las relaciones entre Cuba y la UE mediante la eliminación de la injerencista y unilateral Posición Común».

Fuentes del exilio y de la oposición han agradecido a Moratinos su mediación a favor de los dos disidentes excarcelados pero, al mismo tiempo, ha sido unánime la crítica a su diálogo con el gobierno excluyendo a la oposición. Crítica comprensible pero sólo parcialmente justa. ¿Por qué? Porque parte de un equívoco: que el propósito de la política española hacia Cuba es promover la democratización de la Isla y el respeto a los DD HH.

La política de cualquier país es una herramienta destinada a ejercer, ampliar  y conservar el poder de la mejor manera posible. En naciones democráticas, eso exige contar con la anuencia de los electores, dado que la felicidad de los ciudadanos se traduce en alegría electoral. En países autocráticos, no, salvo que ponga en riesgo esa preservación del poder. La política exterior española hacia Cuba no elude esa definición. Está destinada a preservar y mejorar los intereses de los españoles, a aumentar su influencia en la Isla y a consolidar su carácter de puente entre la UE y Latinoamérica. Si, de paso, consigue algún avance en materia de DD HH y de democratización en Cuba, mejor. Incluso en las políticas domésticas, cuando se emplea el tema de Cuba como arma arrojadiza entre gobierno y oposición, deberemos descontar de la parte que corresponde a Cuba la que corresponde al arma.

No significa que los políticos sean insensibles a los sufrimientos del pueblo cubano, sino que sus prioridades profesionales son otras. Son cargos electos por el pueblo español, no por el pueblo cubano. Y es algo sobre lo que los cubanos de la Isla y de la diáspora deberemos tomar buena nota: Sólo a nosotros compete la democratización de la Isla y el respeto a los DD HH. No podemos delegar esa responsabilidad en políticos norteamericanos o españoles. Aunque agradezcamos cualquier gesto que se produzca en esa dirección en cualquier lugar del mundo.

Se han escuchado incluso voces amenazantes. Que una vez consumada la transición, los demócratas de la Isla saldarán sus cuentas con los interlocutores del régimen que una vez los obviaron. Un absurdo por partida doble. Cuando llegue ese día, serán otros los políticos españoles, y sería como pedirles cuentas por la actuación del capitán general Valeriano Weyler, quien inventó en 1896 los campos de concentración. Y si los demócratas de la Isla acentúan viejos resquemores antes que el interés de sus ciudadanos, no serían mejores que la aristocracia verde olivo que en un desplante a costa de las necesidades de los cubanos ha rechazado la colaboración europea. En definitiva, quienes se quedan sin el acueducto son sólo los ciudadanos. Y en ese sentido sí es un éxito para todos los cubanos que se haya incrementado la cooperación española a la Isla, éxito que, a su vez, cumple con una de las líneas maestras de la política internacional española.

Claro que ya la política es mucho más sutil y eufemística que hace un siglo. Los políticos invocan los DD HH, la lucha contra la pobreza, el hambre, el terrorismo, en pro de la democracia y la felicidad universales, aunque debajo se muevan intereses comerciales y geopolíticos. Pero hay que hacerlo, al menos, con inteligencia. Descubrir, por ejemplo, las armas de destrucción masiva en Irak. Y hacerlo con elegancia. Cuando el ministro Moratinos afirma que «he encontrado en el presidente Raúl Castro el compromiso de avanzar en el proceso de reformas, de mejorar la situación económica de Cuba», ofende la inteligencia de los cubanos. Un país paralizado por la inoperancia y empantanado en la peor crisis de su historia sólo avanza hacia abajo: se hunde. Cuando sostiene que «aquí no se trata de pedir gestos sino que se avance en la buena dirección y que haya resultados concretos» debería saber que privar a las palabras de contenido está penado por la Real Academia de la Lengua. Y cuando afirma que España es respetuosa con la «decisión soberana de las autoridades cubanas» y «que son los propios cubanos los que deben decidir cómo llevar sus asuntos políticos», debería ser más pudoroso. No está hablando de un gobierno legitimado por las urnas, sino de una dictadura de medio siglo. ¿Acaso sonreiría complacido si alguien en su presencia se refiriera al franquismo en esos términos?

Y hablando de legitimidad, ese es uno de los terrenos en los cuales sí puede hacer mucho la UE por los cubanos. Dado que hoy el líder monopoliza toda la legitimidad y la representatividad que correspondería a los trece millones de cubanos, la UE debería distribuir equitativamente legitimidad y representatividad entre los múltiples interlocutores (oficiales y no oficiales) de la sociedad cubana, antídoto contra el monopolio simbólico del poder. Reconocer la horizontalidad de la sociedad cubana ha sido uno de los mayores logros de la Posición Común, a pesar de su costo político y económico, dada la hiperestesia del gobierno cubano, aquejado de ilegitimidad.

Frente a una dictadura que cuenta como rehén a un pueblo entero, Moratinos debería saber que toda política es de “dudosa utilidad práctica”. La democratización no vendrá por ese camino. Las dictaduras no suelen suicidarse en cocteles diplomáticos. Y si el propósito es comprar con “suavidad” la liberación de los presos políticos, hay unos 200 disponibles, y si escasearan, Raúl Castro puede encarcelar a otros cientos para reponer la moneda de cambio. De acuerdo a la lógica perversa de un gobierno que no se debe a sus ciudadanos, una dulcificación de las políticas europeas será interpretada como la rectificación no de una política ineficaz, sino injusta, y como tácita aceptación del status quo. Castro no escupirá de nuevo a Europa en sus “Reflexiones”; complacerá al empresariado que, en contubernio con un Estado que trafica sin pudor con la mercancía “cubanos”, recluta mano de obra cautiva mediante contratos de trabajo que en Europa serían constitutivos de delito, y  entusiasmará a los supervivientes de una izquierda cretácica que defiende para los nativos de la Isla, con un fervor colonial, una dictadura que se cuidan mucho de pedir para los europeos en sus mítines electorales.

Mientras, la sociedad civil, esa Cuba embrionaria del día después, sabrá que se encuentra, de momento, más sola. Los intocables de la disidencia volverán a ser atendidos de lunes a viernes, en horario de oficina, por la trastienda de la embajada.

 

 





Todos a la Plaza

22 09 2009

“Todos a la Plaza” era la consigna que durante decenios nos compulsaba a acudir como pacientes espectadores a cada representación del Orador en Jefe. Del resto se encargaban los CDR, los sindicatos, las escuelas y la clara noción de que toda ausencia sería castigada.

El pasado domingo no hubo movilización (salvo la de los cuerpos policiales). Los CDR no fueron tocando puerta por puerta a los más tibios, las escuelas no envasaron a sus alumnos en autobuses ni los sindicatos arrearon a sus afiliados intentando que el rebaño no se diezmara de camino a la Plaza. Aun así, 1.150.000 personas acudieron al concierto “Paz sin fronteras” organizado por Juanes, Miguel Bosé y un nutrido grupo de artistas.

La emisión del concierto por Cubavisión fue desastrosa. A la pésima calidad de la señal y del sonido, se sumó la inoportuna intervención de dos presentadores que, desde el estudio, llenaban el paréntesis entre un artista y otro leyendo curriculums y parloteando perogrulladas y lugares comunes; tanto, que el cantante de turno empezaba su concierto y ni ellos ni la unidad móvil de la Plaza se enteraban. “Por eso yo jamás permití un paréntesis en mis conciertos”, pensó seguramente el Comandante desde su lecho de convaleciente.

No soy productor ni guionista de espectáculos, pero la estructura de este concierto me resultó, cuando menos, rara. Artistas de los que se esperaba una participación más intensa, despacharon la noche con un par de canciones. Otros, que debieron limitarse a unas participación simbólica, se extendían hasta cinco. A eso se suma la enorme diferencia de calidad entre unos y otros de los artistas reunidos y el reto de conciliar en un solo espectáculo a Olga Tañón con Aute, a Dany Rivera con Jovanotti y a Yerbabuena de Cucú Diamante con Silvio Rodríguez, más hierático en esta ocasión que nunca antes. Aun así, el concierto contó con el mejor público del mundo. Entregado con Jovanotti, Orishas, Juanes y los Van Van; descansaban con Dany Rivera y Aute, cuya mejor nota la puso el guitarrista; o se reían de Cucú Diamante (añorando a Xiomara Laugart) y de la hiperquinética compañera de Carlos Varela, chupando cámara como una adolescente en su fiesta de quince. Un público abrumadoramente joven (incluso los de uniforme; la cámara permitía apreciar la enorme densidad de policías por metro cuadrado, sin contar los de paisano) que venía dispuesto a divertirse y a que nada ni nadie le estropeara la fiesta.

El escenario, como durante la visita de Juan Pablo II, estaba dispuesto en la Biblioteca Nacional. Una cosa es ceder la Plaza para un acto laico y otra muy distinta, que se profanaran los santos lugares colocando a salseros y raperos en el monte de los olivos, al pie de la raspadura.

Durante la primera mitad del concierto, la cámara paneaba al público en redondo y aparecía una y otra vez la enorme imagen del Che en la fachada del Ministerio del Interior. Durante la segunda mitad, quizás por indicación de los organizadores recordando el compromiso de no politizar el concierto, la cámara descendía justo antes de llegar a ese edificio y eludía la imagen del guerrillero. No volvería a aparecer hasta el final, junto a un primer plano de la raspadura y de la estatua de Martí con cara de aburrido.

Desde su anuncio, el concierto ha generado miles de páginas de polémica. Para Daniel Álvarez, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, «intensificó aún más la polarización» en el exilio cubano. Efectivamente, frente a la performance de Vigilia Mambisa, aplastando CDs de los participantes con una aplanadora –ellos, de todos modos, no escuchan la música de Juanes–, jóvenes de Miami apoyaban el concierto en la esquina del restaurante Versailles. Miguel Saavedra, de Vigilia Mambisa, afirmó que ‘‘el 80 por ciento del pueblo cubano en Miami ha reaccionado contra el concierto”, sin especificar sus fuentes estadísticas. Los nietos de los vigilantes mambises tuvieron que reponer sus colecciones de Juanes con el consiguiente aumento de las ventas.

Barack Obama se declaró «seguro de que este tipo de intercambios culturales no daña las relaciones». Carlos Saladrigas, director del Cuba Study Group, anotó que el concierto «ha tenido la enorme oportunidad de volver a recordar al mundo todo lo que ocurre en Cuba, los problemas de los cubanos y la situación de los presos políticos». Abel Prieto, ministro de Cultura cubano, llamó fascistas a quienes rompían discos de Juanes en Miami, como si La Habana no tuviera su propia industria de convertir arte incómodo en materia prima. Para el economista Antonio Jorge, de la Academia de la Historia Cubana, el concierto no promueve ningún tipo de cambio porque no es de interés del gobierno cubano, y un tal Calixto García, de 52 años, con todo el peso de su nombre, afirmó que «Es algo totalmente iluso pensar que en un país aplastado por una tiranía de 50 años, unos músicos vestidos de blanco puedan hacer un cambio con sus canciones». Y tiene toda la razón. Tampoco creo que a los músicos les pasara por la cabeza. Emilio Estefan, en cambio, declaró que el exilio cubano «ha madurado desde el momento que muchos piensan y han declarado que Juanes tiene derecho a cantar en Cuba como en cualquier otro país». Y Willy Chirino estuvo dispuesto a participar en el concierto. Fueron las autoridades cubanas las que no lo aceptaron, aduciendo que era cómplice de Bush, terrorista por ayudar a Hermanos al Rescate y agente de la CIA –si la plantilla de la CIA fuera tan extensa como La Habana denuncia, eso sólo bastaría para explicar la crisis–. Según ellos, Chirino “debía ganarse el derecho de cantar en Cuba». ¿Cómo ellos se ganaron el derecho a gobernarla?

Obviamente, ningún concierto de la historia ha cambiado un gobierno y es un lastimoso signo de impotencia que una zona del exilio demande a un concierto lo que ella misma ha sido incapaz de conseguir durante medio siglo. En cualquier caso, no es raro que en un primer momento el gobierno cubano no aceptara su celebración. Los ideólogos de la Isla detectaron de inmediato que podría ser un campo minado. Trocar el lugar sagrado de los discursos en salón de fiestas. Anuncia postrimerías una revolución que va del mausoleo a la discoteca. Reunir a cientos de miles de jóvenes cuyo ánimo festivo podría enardecerse y resultar incontrolable (y televisivo) incluso para los miles de agentes desplegados. Conseguir de muchos artistas internacionales un mensaje, cuando menos, light, evitando que la lengua les resbalara hacia la herejía. La decisión de aceptarlo se debió a la mediación de Silvio Rodríguez y, posiblemente, a la oposición de una zona del exilio. Si sorteaba felizmente los peligros, el gobierno daría, en contraste con el mínimo (pero muy publicitado) exilio radical, una imagen de “apertura” y tolerancia.

¿Salió el gobierno cubano airoso del embite? En lo esencial, sí. No se produjo ninguna revuelta ni los artistas llamaron “al combate corred bayameses”. Pero el concierto estuvo mechado de momentos sacrílegos, desde el comunicado inicial, cuando Olga Tañón anunció que es tiempo de cambio, «It`s time to change», mencionó con todas sus letras al «exilio», y añadió “¡Que no haya más fronteras en el mundo, que se comiencen a romper las barreras que nos separan!”. Juanes afirmó que “Vinimos a Cuba por amor y lo hicimos sin miedo para estar aquí con ustedes esta tarde, y esperamos que ustedes también lo puedan vencer”. Eso en un país donde las fronteras son rígidas y el inmovilismo y el miedo han sido pilares de la gobernabilidad. “No importa cómo pensemos, no importa qué religión tengamos… al final, muchachos, todos somos iguales”, aseguró Juanes, en contraposición a la enunciada excepcionalidad cubana. También cantó “Sueños”, para los «privados de su libertad donde quiera que estén» en referencia a los secuestrados en su país, pero que permitía una interpretación libre de ese “donde quiera que estén”. Carlos Varela dedicó su tema “La Verdad” «a todos los cubanos, estén donde estén». Y el clímax se produjo cuando Juanes y Bosé cantaron a dúo «Dame una isla en el medio del mar, llámala libertad. Dime que el viento no la hundirá…», e invitaron a subir a un joven que tremoló durante algunos segundos una bandera cubana para ser retirado de inmediato por la seguridad. Al final del concierto, tras pedir  «¡Una sola familia cubana!», una sola, una sola, coreaban, Juanes y Bosé repitieron “Viva Cuba libre” y se vio de soslayo como alguien llamaba a Amaury a un aparte al fondo del escenario. Un minuto más tarde, Amury se aproximaba a Bosé, Juanes y Olga Tañón y susurraba algo. “Aflojen, muchachos”, podríamos suponer. Sólo Juan Formell pareció dirigirse explícitamente al “más allá” cuando dijo: «Duélale a quien le duela, el concierto por la paz ya se hizo. Ya está bueno ya de abusos». Aunque quién sabe, porque los primeros en oponerse al concierto fueron las autoridades cubanas. Incluso Silvio Rodríguez, al cantar “Ojalá”, esa canción cuyo destinatario siempre ha despertado suspicacias, se prestó a una lectura ambigua.

Aunque Elizardo Sánchez Santacruz declaró que «la realidad indica que el gobierno va a apuntarlo como un reconocimiento público al régimen, y poco más que eso», lo cierto es que, leyendo en Granma “Paisaje de paz después de la batalla”, de Pedro de la Hoz, lo más parecido a un comunicado oficial, descubrimos que el columnista subraya el llamado de Bosé a la paz, la concordia, el diálogo, la hermandad, el amor, y la música como mensaje de convivencia y cordialidad. Asegura que Cuba cumplió con el compromiso de “consagrar a la paz el concierto, no manipular políticamente una expresión cultural, difundir abiertamente al mundo la imagen del concierto, y promover un voto por el entendimiento humano”. Para concluir que fue “una jornada de paz, en la que triunfó la razón poética”. Tanto énfasis en el peace & love tras decenios promoviendo la violencia en todas partes del mundo recuerda la fábula del león que se convirtió en vegetariano. Es evidente, además, que esta postrevolución ya no es capaz de generar un mensaje ideológico. Si antes se exigía al ciudadano militancia, ahora se conforman con  la abstención. “Deja la política, brother, que aquí venimos a vacilar”. Lo que el columnista considera voluntad de “no manipular políticamente” es sólo impotencia. Y los llamados al entendimiento humano es signo inequívoco de la debilidad de un régimen incapaz de hacer extensiva a toda la población la intransigencia ideológica de los “buenos tiempos”. Sigue reprimiendo con dureza cualquier disidencia abierta si aspira a mantener encastillada en el poder a la cúpula histórica, pero se sabe incapaz de suscitar adhesión a un pueblo encasquillado desde hace medio siglo en sus aspiraciones de una vida mejor.

 





Vivir sin la patria es…

10 09 2009

 

El día de nuestra llegada a Cuba, me preguntaba si Daniel iría a recuperar la patria perdida (en caso de que aún sea su patria y de que la hubiese perdido). Claro que si la patria es el “Estado libre del cual somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad”, de momento seguirá siendo súbdito del rey Juan Carlos, aunque nos haya costado un disgusto conseguirle la nacionalidad española. Tenía 14 años y, como menor de edad, tuvimos que acompañarlo. Un solemne juez sevillano lo miró como el rey Arturo a punto de nombrarlo caballero de la mesa redonda: “Dígale que debe jurar (o prometer) fidelidad a la Constitución y al Rey”. Nury le tradujo y Daniel respondió que “a la Constitución sí, pero no al rey, porque yo soy republicano”.  Ante la insistencia del juez, y pensando que se trataba de una broma sin mayor importancia, ella le tradujo textualmente. De inmediato, el juez respondió, con una ira contenida como de Borbón venido a menos, que en tal caso no podía concederle la nacionalidad. “Una pregunta, señor juez”, le dije, “¿qué edad tiene el chico?”. “Catorce años”, respondió dubitativo. “¿Es menor de edad o no? ¿Lo representamos nosotros o no?”. Admitió a regañadientes. “Entonces, él es el más juancarlista de España hasta su mayoría de edad, porque lo digo yo, que lo represento”. A la salida de los juzgados, el más reciente españolito del reino, con una sonrisa de complicidad, nos dijo: “Pero acabamos de ganarle una batalla a los monárquicos”.

A lo que iba antes del desvío: si, de acuerdo a Rousseau, sin libertad no hay patria, sólo país, la natio de Cicerón (folklore de lenguaje, costumbres, religión y paisajes) y patria es la república, sus instituciones y un modo de vida acorde con ellas, seguiríamos en las mismas. Y concluí entonces que debería conformarse con la matria, un lugar interior en el que crear una “habitación propia”, según Julia Kristeva. (Aunque la matria vasca era aquella que Unamuno contraponía a la patria española, y ya eso me va gustando menos)

Pero he seguido dándole vueltas al asunto, quizás demasiadas, y por muchas razones. Durante bastante (todo mi) tiempo me insistieron en que había que defender la patria, aunque el enemigo nunca se presentó. Ahora soy un apátrida según el diccionario castrista. (Si me porto bien quizás me asciendan a miembro de la “comunidad cubana en el exterior”). Pero, ¿hay equivalencia entre el patriotismo y la geografía? ¿El viejito de Miami que sueña cada noche, desde hace 45 años, con su patio de gallinas y mangos en Jatibonico es un apátrida? ¿El habitante de la Isla es un patriota por puro fatalismo geográfico? Y más. Me percato de que próceres, caudillos y dictadores, todos son patriotas. Hay nacionalistas y socialistas y nacionalsocialistas. ¿En qué quedó aquello de la “identidad nacional”? Y, por cierto, ¿los marxistas no eran internacionalistas? Es curioso que tras la invasión alemana a la URSS, en la proclama de Stalin no se llame a los rusos a defender el socialismo, sino a la Madre Rusia.  ¿De qué patria hablamos en el caso de Cuba? ¿De qué nacionalismo? ¿Romántico, de izquierdas? ¿O religioso, con sus textos sagrados, su catequesis y su promesa de un cielo llamado comunismo para quienes no pequen contra el señor? ¿O el nacionalismo banal promulgado por Michael Billig? (Utilitario, pragmático, multidireccional).

Y está, además, el presunto sustrato histórico de ese patriotismo y ese nacionalismo cuyas raíces y fronda han sido meticulosamente podadas como un bonsái. Aunque la bandera nacional es la de Teurbe Tolón y del anexionista Narciso López, aunque lo haya sido Ignacio Agramonte, todo anexionista es antipatriota por definición. “Anexionista” es el mayor agravio en la jerga oficial cubana. Disidentes, defensores de los Derechos Humanos, periodistas y bibliotecarios independientes son anticastristas, pero como se cumple la ecuación patria = socialismo = Fidel Castro, son antipatrióticos por carácter transitivo, y anexionistas por algún otro carácter que no se especifica. Se sobreentiende. Ha sido anunciada, en cambio, la anexión a Venezuela, que sería gramaticalmente peligrosa (podríamos empezar a hablar como Hugo Chávez).

Tampoco los autonomistas del XIX entran en el canon, aunque les tributaran sus respetos el generalísimo Máximo Gómez y José Martí. Hasta donde recuerdo, ambos tuvieron una participación más activa en la independencia de la Isla que los ideólogos del Partido Comunista. No así en la reescritura de la historia.

Si el nacionalpatriotismo oficial se concilia con el medio millón de cubanos que han practicado el internacionalismo por cuenta del gobierno. ¿Por qué no se concilia con los dos millones que lo han practicado por cuenta propia?

 

No sé si la patria nos “contempla orgullosa”, pero yo la contemplo dubitativo.

 

Espero aclararme en dos o tres días. De momento quisiera introducir el tema con un cuento, como una reminiscencia de mi infancia, cuando me despertaban cada mañana con el programa de Tía Tata Cuenta Cuentos, “arriba, arriba, compañeritos, llegó la hora del cuentecito”, y yo salía pitando tan pronto empezaba a cantar Carlos Puebla, porque ya sabía que llegó el Comandante y mandó a parar. El cuento aparece en la edición española de Habanecer. No en la cubana, de 1992, por la sencilla razón de que lo escribí en 1998. Como todos los cuentos de ese libro, ocurre el 28 de agosto de 1987. Y éste, específicamente, entre las 5:08 y las 6:52 am.

 

 

VIVIR SIN LA PATRIA, ES VIVIR

 

Virgilio entorna cinco centímetros la puerta del garaje y atisba a derecha e izquierda, pero la vuelve a cerrar con cuidado. Los últimos patrulleros se alejan hacia la Avenida 41. Qué nochecita. Virgilio espera dos minutos y lo intenta de nuevo con sigilo. La calle está desierta. Ahora o nunca. Y abre de par en par. Se sienta al timón y, al tiempo que gira la llave del encendido, se dirige al enorme fardo, envuelto en una lona gris, que ocupa toda la parte posterior del camión: Perdóname, Virgencita. Se detiene un instante en la calle para recordarle a su amigo Arnaldo: Media hora, acuérdate. Arnaldo asiente mientras cierra la puerta, pero no hay quien le quite de la cabeza que de ésta pierde el camión. Y suerte si no me meten preso. Pero, bueno, para eso están los amigos. Sube a despertar a su hermano porque dentro de media hora deberán salir hacia Brisas del Mar para recoger el camión, que Virgilio abandonará a cien metros del mar con la llave bajo el asiento. Eso es si no lo cogen, si no hay moros en la costa (moros vestidos de verde olivo), si… Mejor no me caliento la cabeza. Virgilio está arrebatado de la azotea. Yo me juego el camión, pero él se juega el pellejo. Ni loco me monto yo en el trasto ese. Pasa con cuidado junto a su prima Lucía, que anoche abandonó al marido y no encontró nada mejor que aparecerse a medianoche con una grabadora y dos maletines a llorar sus penas. Qué nochecita. Y sacude a su hermano, que algo bueno debe estar soñando, porque sonríe.

Virgilio maneja con cuidado por la Avenida 31. Aunque a esta hora no hay ni con quien chocar, se detiene en cada semáforo y respeta escrupulosamente todas las reglas del tránsito y tres o cuatro más. No vaya a pararme un policía por cualquier bobería y ahí mismo termine mi viaje. ¿Verdad, Virgencita? Y el enorme bulto parece que asintiera, sacudido por un bache en el asfalto. Qué jodido me tienen los baches. Uno nunca se acostumbra. Y eso que la vida en Cuba es puro bache. La dictadura del proletariado, ¿eh, Virgencita? Qué chiste. Nace proletario para que tú veas. Hasta las moscas te cagan. Patria o Muerte, Venceremos. Pero no sé cuándo venceremos, porque llevamos treinta años muriéndonos por la patria y los únicos que vencen son ellos. Nosotros: esperando la guagua de la abundancia. Mientras, vete comiendo tu chícharo y tu huevito, que no sé cómo no nos hemos vuelto amarillos como los chinos, Virgencita, con la de huevo y chícharo que nos hemos soplado en este país. Pero no te preocupes, que si nos sube el colesterol, nos curan gratis. Y como el trabajo educa a las masas, dale a cortar caña y al trabajo oblivuntario los domingos y horas extras para ganar la batalla de la producción y derrotar al Imperialismo. Ellos ya están educados, por eso no tienen que sudar la camisa. Y la batalla al Imperialismo ya se la ganaron: como que se mudaron para las casas que eran de los burgueses, y así cualquiera espera por la derrota final del Imperialismo. ¿Para qué tiraron sus tiros y sus discursitos? ¿Verdad, Virgencita? Por eso tanta candanga con la defensa del país y la guardia y las milicias, que si el Imperialismo viene y derrota nuestra gloriosa Revolución, ¿a dónde van a parar ellos, eh Virgencita? Porque saber saber lo único que saben es repetir, y eso vete a una cueva para que veas: hasta el eco hace lo mismo. Tú gritas: Comandante en Jefe, Ordene. Y la cueva repite: Comandante ComandanteComandante Ordene OrdeneOrdene. Igualito. Y allá va el proletario a defender la patria para que no se joda la dictadura. Qué chiste. Y morir por la patria es vivir, como dice el himno. Pero no te preocupes, que el entierro es gratis. (Virgilio se persigna, porque hablar de muerte en este trance le parece de mal agüero). Claro, los proletarios tienen que morir por la patria para que ellos vivan de la patria. Por eso yo, Virgencita, voy echando, que vivir, aunque sea sin la patria, es vivir.

Ya ha rebasado el túnel de la bahía y enfila lo más rápido posible por la Monumental, pasando a ochenta kilómetros por hora junto a una valla que anuncia: «Cuba: Territorio libre de América». Somos los más libres del mundo. ¿Eh, Virgencita? Hasta de libertad nos libramos. Figúrate tú, el único país donde hace falta visa para salir. Que si no, ya esto sería la dictadura sin proletariado. Y ni protestes, que ahí mismo eres un agente del Imperialismo y el barretín que te cae no te lo limpias ni con agua bendita. Que la educación es gratis y masiva para que aprendas a decir que sí sin faltas de ortografía. Déjate de andar pensando por tu cuenta, que para eso están ellos. Ya lo dijeron el calvito Lenin y los dos barbudos, y si hay algo que añadir, para eso está el otro barbudo. Bocabajo todo el mundo. Ser prole y de Palo Cagao. Naciste Cagao y te tratan a Palos. ¿Qué te parece? Como no tienes papá que viaje ni sea jefe ni nada de eso, te toca ver los muñequitos en blanco y negro, conformarte con los tres jugueticos de mierda que alcances por la libreta al año, quedarte sin leche a los siete (para eso ya eres grande), disfrazarte con ropitas de la tienda, que hasta los lindos lucen feos, dime tú los como yo, y que te levante la novia un hijito de papá vestido de etiquetas imperialistas, que su papi viaja al monstruo y compra todo lo que puede; a ver si vacía las tiendas y arruina al Imperialismo. Para que aprendan lo que es la escasez, coño. Porque, óyeme, Virgencita, lo que uno tiene que inventar para vivir en este país: rellenar fosforeras irrellenables, cocinar con mierda de vaca, comer hamburguesas de lombrices, fabricarte tu antena para ver el satélite, mantener rodando un Chevrolet del 48 como éste, tortilla de mango, picadillo de gofio, bisté de cáscara de toronja. Si no se desarrolla la mollera es un milagro. Y cuando te casas, Virgencita, como eres prole y no tienes conectos (los únicos conectos míos son con el pico, los ladrillos y la hormigonera) lo que te toca son tres días en un hotelito de ya tú sabes. Y esa es la Luna de Miel-Da. Y ni te quejes, que los indios de Bolivia viven peor. Y a mí qué cojones me importan los indios de Bolivia. Cuando en mi casa ni huevos hay, no vienen a traerme comida los indios, y menos los cowboys. Y cuando el prole tiene prole, como es prole, lo que le toca es apretarse en el último cuarto, o inventar una barbacoa. Beatricita, Yazmín, Danilo el mayor, Beatriz y yo en nueve metros cuadrados, ¿qué te parece, Virgencita?, con televisor, cocina y mi suegra dando vueltas. Multiplica por dos con la barbacoa, que si no me facho las maderas de la obra no la hago nunca, y calcula. Y divide entre dos la altura, que ahora hay que andar medio agachado todo el tiempo, como si viviéramos en una cueva de los cromañones. Hasta los indios taínos se hacía su bajareque del tamaño que les daba la gana. Pero estamos en la dictadura del proletariado, Virgencita, y los prole tenemos que sacrificarnos. Primero, para que nuestros hijos llegaran a la abundancia, pero como ya los hijos llegaron, y la abundancia no, ahora es para que nuestros nietos, pero al paso tan chévere que llevamos, ni los tataranietos. Porque el futuro pertenece por entero al socialismo. Eso lo han dicho bien clarito: el futuro. Y como el presente pertenece por entero al capitalismo; yo voy echando, Virgencita, que el futuro está a noventa millas. No en la microbrigada, que ese fue el último futuro que yo tuve. Cuatro años. Cuatro años me pasé en la micro trabajando como un loco. Aunque sea en Alamar, un apartamento es un apartamento. Y hacer por fin chucuchucu con Beatriz sin andar en el sigilo de si los niños se despiertan y cuidado, papito, no hagas bulla. Aunque sea en Alamar ese, en un edificio como caja de zapatos,todas iguales, llenas de comemierdas que se pasaron cuatro, cinco, siete años paleando concreto para tener un huequito en una de las cajas. Pero ni así. Cuatro años. Y cuando había escogido hasta el apartamento, y estábamos distribuyendo a los muchachos, y el último cuarto es el de nosotros, y… Ahí vino la asamblea, y empezaron a decir que las necesidades del país, y que la Revolución, y el caso del caso es que ellos se quedaron con la mitad de los apartamentos, para dárselos después a la querida de un general, que si fuera por el culo debían darle el edificio completo, o al dirigentico que trajeron de Remanganaguas, que para algo se lo ganó con el sudor de su lengua, o a algún chileno de esos que después se pasan el día hablando mierda de Cuba. Y como el bobo de Virgilio ni tiene culo, ni echa discursos y nació en Cochabamba de Palo Cagao, ahí le dijeron que lo sentimos mucho, pero sabemos que tú comprenderás las necesidades de la Revolución y que estaban de acuerdo en que me fuera otros cuatro años para la micro porque precisamente ahora empieza un nuevo edificio y… Oye, Virgencita, cogí un sube: que se metieran la micro por el culo, y el apartamento también. Y que me importaban un huevo las necesidades de la Revolución, porque a la tal Revolución en la puñetera vida le han importado las necesidades mías. Candela, Virgencita. Por poco hasta me botan del trabajo. Pero la uniquísima ventaja de los prole es que más pabajo no nos pueden botar. Y ahí me quedé, en el Palo Cagao de siempre, pero peor. ¿Tú me entiendes? Porque tuve, como quien dice, la llave de la casita en la mano. Y me la quitaron. Ahí fue cuando me entró la idea. Que yo nunca. No por la política ni por la patria ni nada de eso. Allá ellos que viven de la patria y de la política. No quería dejar solos a los viejos. Ni a Beatriz y a los niños, aunque sea por un tiempito, que después yo los mando a buscar. Y los amigos de toda la vida. ¿Me entiendes? Además, ¿por qué voy a tenerme que ir de mi país, a pasar frío y hablar idioma raro y a que me miren como el que se coló en la fiesta sin invitación, y todo para vivir como la gente? Pero no hay arreglo, Virgencita, porque en este país hay que irse y volver de extranjero, que entonces sí te tratan de a señor. Por eso me entró la comezón y ahí mismo dije: si no me dan casa en Alamar, me voy a la mar, a ver si me la dan en Miami. Mira, Virgencita, yo sé que ser prole es la misma mierda en cualquier parte, pero allá por lo menos los burgueses no se disfrazan, y si te la ganas, te la ganas. No vienen después a quitártela en nombre de la contrarrevolución mundial. Peor de lo que estoy, no voy a estar. Y como yo lo único que quiero es una casita chiquitica para mis chamas y mi mujer, mi arrocito con pollo y mi lechón asado de vez en cuando, y ver la pelota en colores tomándome una cerveza fría. Que no es mucho, ¿no, Virgencita? Y sin engome raro: curralando. Mira: si he trabajado veinte años por la tal Revolución que no es ni familia mía, ¿cómo coño no me voy a matar por mi mujer y por mis chamas? ¿Tú no crees? Pero yo no estoy loco para tirarme en una goma de camión, que de esos llega uno de cien. Si no son los tiburones, es la sed o las olas o los guardafronteras. Y con lo salao que yo he sido toda mi vida, seguro que soy el 99 de los que no lleguen. Por eso tuve que hacer mi enmarañe, pero no me lo veas como irrespetancia contigo. Yo te juro por mi madre, Virgencita, que si llego vivo, con lo primero que gane te hago una ofrenda así de grande. Uno puede ser pobre y bien agradecido. Pero no me quedó más remedio. Bueno, no se me ocurrió otra cosa. Y como la Iglesia del Carmen estaba en obras. Y como mi primo Gerardo les lleva los papeles. Y como de casualidad conocí al carpintero ese: un león haciendo imágenes. Ahí mismo se me juntaron las tres cosas y clic, se me encendió el bombillo. Mira, Virgencita, si es un sacrilegio, yo te pido perdón, pero esto no tiene arreglo y a mí lo de la otra vida con aire acondicionado y cerveza fría no me convence mucho, con tu perdón. Ni el cielo ni el comunismo, que es el cielo de esta otra religión. Y te lo explico claro clarito para que me eches una mano en el mar. Y yo te cumplo, Virgencita. Por mi madre que te cumplo.

Mientras, se detiene en Brisas del Mar, sin un alma a estas horas. Camina hasta el borde del agua como quien trata de orientarse, cuando la única orientación posible está bien a la vista. Como le dijo su amigo Israel, ésta es la mejor hora, porque los guardafronteras van de cabeza pa la cama, y los playeros ni se han levantado. No porque te vayan a chivatear, pero capaz que se te monten veinte y hundan el bote. Entra de marcha atrás hasta el borde del agua, zafa las cuerdas y la lona cae, poniendo al descubierto una enorme esfinge de la Virgen de la Caridad del Cobre, y a sus pies el bote, tripulado por los tres remeros que la miran en trance. Por la rampa de madera, mediante cuerdas y poleas, baja Virgilio a la Virgen con toda la compaña. Cuando ya están en la arena, saca con mucho respeto a los tres navegantes, acomoda a la Virgen en la arena, y revisa de un vistazo el agua, la comida, el palo que deberá ajustar, la vela y los remos de repuesto que hay en el fondo del bote. Sube la rampa y se aleja con el camión, que quedará parqueado entre dos casas vacías. Regresa corriendo y tras besar el manto (Perdóname, Virgencita, y ayúdame, que me va a hacer falta), encomienda su destino a Yemayá y se echa al mar de un empujón, tocando por última vez (o así lo supone) la arena de la Isla con la punta del remo.

El diminuto bote ya es una manchita ávida de asomarse a la línea azul del horizonte, cuando una ventolera súbita mece el manto de la Virgen, y Juan Moreno, uno de los remeros, cae de espaldas sobre la arena. Su mano se levanta y oscila un par de veces como diciendo adiós a Virgilio, antes que otra ráfaga lo tumbe de lado.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que será detectado por el radar, que una patrullera saldrá en su busca, lo detendrán ya en aguas internacionales y los cuatro años siguientes no los pasará en la micro de Alamar, sino muy cerca: en el Combinado del Este, la cárcel más moderna del país, donde el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas acaba de pintar a la entrada un enorme cartel: «Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo». Firmado: Fidel Castro.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que los radares fueron apagados hoy, en el horario de menos tráfico de balseros, en cumplimiento del plan de ahorro, que no será detectado por una lancha patrullera que merodea en las inmediaciones, pero sí por la Corriente del Golfo, que lo desviará nueve grados, de modo que a los dos días ya estará fuera de las rutas comerciales. Ignora que diez días más tarde, el sol y la sed, el azul y la desesperación, lo harán beber sus propios orines y agua salada, y que a los doce días verá a Beatriz y a los niños justo en el jardín que se extenderá ante la proa. Y que irá a su encuentro. Quién sabe si los halle, porque al bote nunca regresará.

 

cuando amanece

Virgilio ignora que la Virgen no le guarda ningún rencor, y que Yemayá está hoy de buenas, que ni los guardafronteras ni el mar, ni los tiburones ni el sol, ni la sed ni el azul omnipresente, espléndidamente siniestro, podrán impedir que un buque del Coast Guard lo recoja, nueve días más tarde, con los remos partidos en las manos, una llaga en lugar de espalda y la enorme sonrisa manchada de sangre por las grietas de sus labios partidos. Ignora que Miami tiene aún más edificios y más altos y más bonitos que los que ha visto en las fotos. Pero también ignora que será él, Virgilio Fernández, el encargado de limpiar sus cristales. Y que por ahorrar pasará hambre, y beberá cerveza sólo los sábados, que los rubios lo tratarán casi peor que en las cafeterías de La Habana, y vivirá en un cuartico de LittleHaiti, el Palo Cagao de Miami. Ignora que pasarán siete largos años antes que pueda abrazar a Beatriz, a Beatricita, a Yazmín y a Danilo el mayor. Y que ese día le donará a la Virgen de la Caridad del Cobre una imagen idéntica a aquella que hallaron los bañistas, varada en Brisas del Mar, diciéndole adiós con un súbito aleteo de su manto.

 

“Vivir sin la patria es…” Publicado en: Habanerías, Actualizado 10/09/2009





Aniversario de una derrota

28 12 2008

El uno de enero de 1959, en el Parque Céspedes de Santiago de Cuba, el doctor Fidel Castro Ruz pronunció el primero de los miles de discursos con que abrumaría a la audiencia durante el próximo medio siglo. Anunció que se devolverían al pueblo “las garantías, y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales”, que “la economía del país se restablecerá inmediatamente”. Se impondría el “respeto al derecho y a los pensamientos de los demás”. “No es el poder en sí lo que a nosotros nos interesa, sino que la Revolución cumpla su destino”.

Si nos atenemos a sus palabras el 16 de octubre de 1953, durante su alegato en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, ese destino sería recuperar “un país libre que nos legaron nuestros padres”, una República que “tenía su constitución, sus leyes, sus libertades; presidente, congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El Gobierno no satisfacía al pueblo pero el pueblo podía cambiarlo (…) Existía una opinión pública respetada y acatada (…) partidos políticos”. De modo que la primera ley de la nueva Revolución proclamaría “la Constitución de 1940 como la verdadera ley suprema del Estado”. Además, “junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política” (no a costa de ellas) la Revolución se proponía resolver los problemas de la tenencia de la tierra, de la vivienda, la educación y la salud del pueblo, eliminar el desempleo e industrializar el país.

Medio siglo después, en Cuba existe un solo partido, propietario de todos los medios de comunicación y de la única ideología. Cualquier oposición pacífica o discurso alternativo está penado por la ley con sentencias abrumadoras —1.450 años de prisión fueron repartidos entre 75 disidentes y periodistas en la primavera de 2003—. En 1953, Fidel Castro fue condenado a quince años de prisión, de los cuales cumplió 22 meses, uno por cada soldado muerto en el asalto al cuartel Moncada. Cuba, con 487 presos por 100 mil habitantes, ocupa hoy el primer puesto en Latinoamérica y el sexto del mundo. La Cuba que iba a desterrar de la república el odio “como una sombra maldita”, dispone, proporcionalmente, de uno de los mayores ejércitos del mundo y ha construido sobre el “odio al imperialismo yanqui” y a los “traidores y enemigos de la patria”, es decir, a todo el que disienta, una política de subversión armada en América Latina, guerras africanas y represión interna. Satanizó al exilio y cortó los lazos de sangre con padres, hijos y hermanos. El saldo: decenas de miles de cubanos muertos en cárceles, ejecuciones, conflictos fratricidas, huidas desesperadas y guerras distantes.

Durante este medio siglo los problemas de educación y salud han sido, en lo esencial, resueltos. El sistema de salud se extiende por el país y presta asistencia a toda la población, independientemente de sus ingresos. Aunque hoy el estado de las instalaciones médicas es deplorable, y es crónica la falta de medicamentos y de profesionales capacitados, que son masivamente exportados a cumplir misiones por cuenta del Estado.

La educación es universal, masiva y obligatoria hasta noveno grado, gracias a lo cual Cuba tiene un nivel educacional promedio de doce grados, y más del 18 % de la población económicamente activa, unos 800.000, son profesionales —más de la mitad, mujeres, gracias a su incorporación a la vida social y laboral—. Cifra que disminuye por el éxodo, la migración de profesionales hacia áreas laborales con acceso al dólar y por un marcado descenso en el ingreso a las universidades. De acuerdo con la promesa de Fidel Castro a los maestros en 1953, hoy tendrían que recibir cada mes lo que se les paga en un año. Por esa razón existe una carencia dramática de profesores y maestros: 8.576 sólo en La Habana.

Gracias a la ley de Reforma Agraria, miles de campesinos recibieron las tierras que trabajaban y el Estado se apropió de las restantes para convertirse en el mayor terrateniente de la historia. En 1953, Castro estimaba que “Cuba podría albergar espléndidamente una población tres veces mayor (…) Lo inconcebible es que haya hombres que se acuesten con hambre mientras quede una pulgada de tierra sin sembrar”. Hoy, Cuba mantiene sin cultivar la mitad de sus tierras útiles y gasta 2.500 millones de dólares (2008) en importar, principalmente de Estados Unidos, más del 80% de los alimentos que consume.

A inicios de 2008, tras 49 años de monopolio estatal inmobiliario y del sector constructivo, el déficit era de 500.000 viviendas, duplicado tras el paso de los recientes huracanes. La cuarta parte de los cubanos habita en viviendas precarias o albergues temporales.

La dependencia de la Unión Soviética acentuó el carácter del país como monoproductor de azúcar y níquel. Hoy, el 80% de la industria azucarera ha sido desmantelado, las tecnologías soviéticas son obsoletas y energéticamente ineficaces; a los decenios de atraso tecnológico —el acceso a Internet es menor que en Nicaragua, Bolivia y Haití— se suma el déficit en infraestructuras (la única carretera que recorre todo el país data de 1933). Se ha perdido el tejido productivo de pequeñas y medianas industrias que surtían al mercado nacional y la deuda externa asciende a 40.000 millones de dólares.

El gobierno cubano suele culpar de ello al embargo norteamericano que, según sus datos, ha costado al país 90.000 millones de dólares. La subvención soviética a cambio de alineación política ascendió a 198.000 millones de dólares en treinta años, más 20.000 millones de deuda impagada. Es obvio que el diferendo con Norteamérica fue un suculento negocio y, de paso, sustentó la mitología de David frente a Goliat, que aún perdura en la izquierda nostálgica.

Una de las primeras industrias del país, el turismo, aportó 1.982,2 millones brutos en 2007, mientras las remesas del exilio ascendieron a 1.000 millones netos —la exportación de carne humana es el único sector próspero de la economía castrista—. El país de inmigrantes (un millón y medio en la primera mitad del siglo XX), emitió dos millones de emigrantes en la segunda mitad. Tres veces más que aquellos “seiscientos mil cubanos”, a los que se refería Fidel Castro en 1953, “que están deseando ganarse el pan honradamente sin tener que emigrar de su patria en busca de sustento”. Otras 900.000 personas aspiran al exilio, en su mayoría mujeres y hombres blancos de entre 25 y 35 años, el 12% titulados superiores. Sin contar las 150.000 solicitudes de ciudadanía española que se prevén tras la aplicación de la Ley de Memoria histórica, gracias a la cual medio millón de cubanos podría mudarse a España. Y esto provoca un curioso “daño colateral”. Al ser mayoritariamente blanca la emigración, también lo son los receptores de las remesas en la Isla: US$81 anuales por cubano blanco, en contraste con los US$31 que recibe un negro.

La Revolución de 1959 anuló por decreto la discriminación racial pero la presencia de los negros es minoritaria en las universidades y abrumadora en cárceles y barrios marginales. Mientras Estados Unidos (con 12,1% de población afroamericana) estrena presidente negro, en las altas instancias del Gobierno cubano (país con 62% de negros y mestizos) la presencia negra es ornamental (4 de los 21 miembros del Buró Político; 2 de los 39 miembros del Consejo de Ministros).

Gracias al éxodo de jóvenes, los 77 años de esperanza de vida al nacer, la tasa anual de crecimiento, -0,2 (que en 2020 bajará a -0,3), y los 50 abortos por cada 100 partos, el país presenta un acusado envejecimiento, pero sin la inmigración compensatoria que en el primer mundo garantiza el sistema de pensiones.

La Cuba del día después heredará un país devastado cuya economía pasó en medio siglo de la cabeza a la cola de América Latina, del superávit al déficit, de acreedor a deudor, de conceder ayuda humanitaria, a recibirla. Un país donde la retribución no es medida del esfuerzo, las prostitutas multiplican el salario de los médicos, y los ingenieros sueñan ser camareros para agenciarse unos dólares; un país condenado a la picaresca de la supervivencia o a la huida. Heredará, también, junto a la conciencia de los derechos sociales, la escasa conciencia de los derechos individuales y de su papel como ciudadanos, de modo que la sociedad civil tendrá que reinventarse. Tres generaciones de cubanos han alcanzado la edad adulta amaestrados por una sociedad donde la subsistencia es el pago a la obediencia.

Pero también heredará una población instruida y capaz, laboriosa, emprendedora, como lo demuestran dos millones de exiliados que han universalizado su identidad, fraguando una especie de nacionalismo pos nacional: un exilio de escritores, artistas, profesionales y empresarios que el día de mañana pueden ser un apoyo y una fuente de capital. Los esfuerzos del castrismo para satanizar a ese exilio han sido inútiles. Al cabo, la sangre ha triunfado sobre el discurso. Y a ello no es ajena la permanente renovación del exilio. Un puente tejido con millones de nudos familiares puede prefigurar los puentes de mañana.

Aquel primero de enero, en Santiago de Cuba, Castro denunció que el dictador Fulgencio Batista había “arruinado al país” con su “repugnante politiquería, inventando fórmulas y más fórmulas de perpetuarse en el poder”. Y que los niños “habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción”. Hoy, tras oír “diez millones de discursos”, la inmensa mayoría de la población cifra sus esperanzas en una transición tras la muerte de Castro, quien también aseguró entonces que él era “inmune a las ambiciones y a la vanidad” y que “el poder no me interesa, ni pienso ocuparlo”.

Hoy celebramos sus 50 años en el poder. Y como él afirmara ese mismo día que “nunca se podrá llamar triunfo a lo que se obtenga con doblez y engaño”, no celebramos medio siglo del triunfo de la Revolución, sino de su derrota.

 

“Sueño roto” / “Somni Trencat”; en: Dominical, n.º 328, Madrid, Barcelona, 28 de diciembre, 2008, pp. 43-47.

 





La política y los símbolos

25 11 2008

José Blanco, el número dos del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), efectuó entre el 6 y el 7 de noviembre una visita oficial a Cuba con un mensaje «de apertura» para sus anfitriones del Partido Comunista (PCC), “de mirar al futuro, de dar pasos, de ir avanzando». A su regreso, declaró que tras “un diálogo abierto y franco, hablar sin tapujos de todos los temas” y encontrar “comprensión y receptividad», se lleva “una lectura moderadamente positiva” de su visita. El PSOE asegura que nadie de la oposición solicitó a Blanco una reunión. Sólo el portavoz del Partido Arco Progresista, Manuel Cuesta Morúa, a solicitud propia, pudo hablar por teléfono con el señor Blanco antes de su regreso a España.

Una semana más tarde, la secretaria de Estado para Iberoamérica, Trinidad Jiménez, dijo que se mantiene un «diálogo inalterable» con la oposición cubana, y el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se mostró a favor de la renegociación de la deuda de Cuba a través de la concesión de créditos.

La nueva política hacia Cuba propuesta a la Unión Europea por el ministro Moratinos en nombre del gobierno español es “acercamiento y diálogo”, «confianza, apertura y voluntad de trabajar con las autoridades cubanas”, en contraste con la anterior, de “dudosa utilidad práctica”. Se trata de “recuperar un nivel adecuado de interlocución con las autoridades cubanas”, aunque también una “relación más provechosa con la disidencia y con toda la sociedad cubana”. Con todos y para el bien de todos, diríase.

Entre las políticas que fueron implementadas en 2003 —y que según un editorial de El País “no han servido para nada o incluso han producido resultados indeseados”— estuvo invitar a los disidentes a los actos en las embajadas europeas, para subrayar el deseo de un diálogo multipolar con el pueblo cubano, no aceptar como único interlocutor al Gobierno. Aunque las embajadas cubanas suelen invitar, sin represalias de los gobiernos locales, a activistas y organizaciones anti sistema, la respuesta de La Habana fue prohibir a sus funcionarios asistir a actos donde algún virus disidente pudiera contaminarlos.

Europa también recortó la cooperación cultural —grave error, al hacer más claustrofóbica la vida a una población para la cual cada intercambio, cada ventana, es una pequeña bocanada de libertad—. Y derivó la cooperación hacia instituciones no gubernamentales, minando el monopolio de legitimidad del Gobierno cubano.

Fidel Castro, como de costumbre, subió la parada: bloqueó las líneas de comunicación con los diplomáticos comunitarios, tildó a Europa de neocolonia norteamericana, insultó a sus mandatarios y rechazó toda cooperación, con la garantía de que ello sólo afectaría a la población cubana, que aplaudiría frenética el derroche de dignidad de su máximo líder.

Desde el advenimiento a España de la democracia, las diferentes presidencias han intentado favorecer una transición democrática en Cuba y paliar en lo posible su estado de penuria crónica. La actual no es la excepción. Partiendo de esa premisa, ¿qué pueden hacer España y Europa para promover la democratización cubana?

Ante todo, reconocer que no está en sus manos (ni los cubanos deseamos que esté en sus manos, sino en las nuestras) cambiar el status quo en Cuba. Tener clara entonces la noción de sus propias limitaciones y de que las políticas adecuadas comienzan por comprender que están lidiando con una de las dictaduras más absolutas y unipersonales de que se tienen noticias, dispuesta desde hace 50 años (y los que queden) a cualquier sacrificio (del pueblo cubano)por conservar el poder. De esa adicción son rehenes los habitantes de la Isla, cuyo destino está siempre sujeto a modificaciones sin previo aviso.

De modo que quien diseñe la política europea deberá hacerlo no hacia esa entelequia que es Cuba —existe como Nación, sin dudas, y sus fronteras rebasan la geografía de la Isla, pero el “gobierno de Cuba “es apenas un seudónimo—, sino hacia Fidel Castro, quien dicta políticas desde sus “Reflexiones”, algo en que podría serle más útil a Europa la asesoría de siquiatras que de politólogos, y considerar que él no retrocederá ante presiones que afecten a su pueblo, castrado de voz y voto. Aunque sí se interesa por la opinión pública mundial y por su papel en la política planetaria —protagonismo desmedido, megalomanía y una vanidad digna de estudio—. De ahí su recurrente discurso juvenil, libertario y redentor de los pobres, de denuncia sin soluciones, evidente en un larguísimo mandato que ha multiplicado la pobreza y podado las libertades.

En la Isla, él es Cuba y viceversa. Y la disidencia es, por definición, anticubana al ser anticastrista y, por carácter transitivo, pro yanqui. La UE deberá tener presente que él jamás aceptará la existencia de una oposición respetable, jamás concederá el rango de adversario político a un conciudadano, condenado al estatus de súbdito. Un disidente es definido como mero instrumento del único enemigo que él ha elegido, porque su estatura confirma la propia: Estados Unidos de Norteamérica.

Quien diseñe la política exterior española, no importa de qué partido sea, si verdaderamente desea favorecer la floración de la Cuba próspera y democrática de mañana, deberá considerar que Fidel Castro y su sucursal, Raúl, no son sus aliados en ese empeño, sino el obstáculo a superar. Pero hay dos terrenos en los cuales sí puede hacer mucho la UE por los cubanos: la representatividad y la legitimidad. Dado que hoy el líder monopoliza toda la legitimidad y la representatividad que correspondería a los trece millones de cubanos, la UE deberá continuar haciendo patente que Cuba, aunque esté condenada a no serlo, es un país normal donde existen múltiples interlocutores representativos y legítimos: el Gobierno, la oposición, la sociedad civil, las iglesias, etc. De ese modo, no sólo se mina el monopolio simbólico del poder, sino que se otorga visibilidad a esos actores, lo cual, en cierta y muy precaria medida, los preserva de la represión. Derogar esos monopolios de representatividad y legitimidad, reconocer la horizontalidad de la sociedad cubana, ha sido uno de los mayores logros de la posición común. Un logro, claro está, que tiene un costo político y económico, dada la discrecionalidad insular en el tratamiento a los inversionistas.

Si España desea modificar la política europea, por ser de “dudosa utilidad práctica”, en favor de una más efectiva, antes debería recordar que ni el embargo ni las concesiones conseguirán que el gobierno ceda un ápice de su poder a la democratización de la Isla, y que frente a una dictadura que cuenta como rehén a un pueblo entero, toda política es de “dudosa utilidad práctica”. Si el propósito es comprar con “suavidad” la liberación de los presos políticos, vale recordar que en Cuba hay unos 300, ninguno de los cuales ejecutó una acción violenta, y que los pocos que han abandonado las prisiones han recibido “licencias extrapenales”, un espléndido eufemismo: excarcelaciones reversibles que pueden ser derogadas si el disidente “licenciado” incurre de nuevo en la ira del Señor. Las “licencias extrapenales” no son materia del código penal, sino de la voluntad divina.

Por eso las únicas políticas efectivas son las simbólicas: distribuir equitativamente legitimidad y representatividad, antídoto contra el monopolio simbólico del poder.

No puede decirse hoy que los Castro gobiernen por consenso, como sucedió durante los primeros años, ni contra una mayoría abiertamente opositora, sino sobre una multitudinaria resignación, sobre un compás de espera en equilibrio inestable, pero especialmente sobre un caudal simbólico que opera como reafirmación de poder, rompeolas contra la subversión e incluso instrumento de legitimación desde la óptica machista y caudillera. El caudillo ganó el poder a tiros —si quieren tumbarlo, que tengan cojones de sacarlo a tiros, solían afirmar sin sonrojarse los fidelistas recalcitrantes—; culminó la insurrección “milagrosamente” intocado por las balas; ha (hemos) resistido las presiones de Estados Unidos; sobrevivió al Oso Misha, dueño de los cohetes; exportó tropas victoriosas a los cuatro vientos (las derrotas han sido pudorosamente ocultadas); sobrevivió a cientos de atentados fraguados por la CIA; ha dejado a su paso una recua de hijos; el caudillo no duerme, dirige despierto sus propias intervenciones quirúrgicas; todo lo ve y lo sabe; la humanidad lo ama; Cuba era una Isla desdeñable hasta su advenimiento. En fin. De modo que cualquier erosión de ese universo simbólico, de ese monopolio de la legitimidad, es un adoquín del camino hacia una legitimidad equitativamente distribuida entre todos los cubanos.

Ese caudal simbólico no es mero adorno para su vanidad. Es una póliza de seguro del poder, gracias a su efecto disuasorio sobre cualquier idea subversiva, condenada al fracaso por el ojo omnividente. En contraste con esa publicidad unívoca, sus oponentes externos juegan en desventaja. Están sujetos a la opinión pública, a la oposición, a los electores y a una prensa diversa y respondona.

De acuerdo a esa lógica perversa, una derogación, una dulcificación o un retroceso en la posición común de la UE, además de todo lo que puede significar en términos de tácita aceptación del actual status quo, será interpretado por él, de cara a su público, como falta de consistencia y confirmación, no de que la política anterior era inútil, sino de que era injusta. Ahora que los europeos han entrado por el aro, dirá con énfasis de perdonavidas, los recompensaré haciendo más dulce para sus empresarios el clima del Caribe, seré más simpático con sus diplomáticos y no los escupiré en mis “Reflexiones”.

Los intocables de la disidencia vuelven a ser atendidos de lunes a viernes, en horario de oficina, por la trastienda.

Es muy posible que esa “rectificación” europea impulsada por España consiga la libertad de un manojo de prisioneros —quedarán muchos en las cárceles y muchísimos más por apresar, moneda para futuras transacciones, en esa gigantesca cantera de humanos sin derechos—; complacerá al empresariado que, en contubernio con un Estado que trafica sin pudor con la mercancía “cubanos”, recluta mano de obra cautiva mediante contratos de trabajo que en Europa serían constitutivos de delito; entusiasmará a los sobrevivientes de una izquierda cretácica que defiende para los nativos de la Isla, con un fervor colonial, una dictadura que se cuidan mucho de pedir para los europeos en sus mítines electorales, y, desde luego, suavizará el intercambio de Europa con La Habana.

Mientras, la sociedad civil, esa Cuba embrionaria del día después, sin dudas la única Cuba con futuro —algo que deberán tener en cuenta los políticos europeos de hoy y, sobre todo, los de mañana—, sabrá que se encuentra, de momento, más sola.

 

“La política y los símbolos”; en: El tono de la voz, 25 de noviembre, 2008. http://www.cubaencuentro.com/jorge-ferrer/blogs/el-tono-de-la-voz/espana-y-cuba-politica-y-simbolos

 





A favor, en contra y todo lo contrario

23 09 2008

Son las reacciones que ha suscitado el concierto promovido por Juanes en La Habana. En mi post de ayer intenté analizar objetivamente qué había sucedido y cuál era, de algún modo, su saldo. Independientemente de ese intento de objetividad periodística, me arriesgo a pronunciarme tomando en cuenta los pro y los contra.

Descartaré el criterio de que este concierto debía ser un revulsivo del gobierno cubano. De momento, a pesar de todos los avances de la ingeniería genética, los guayabales no producen frutabombas. Y los conciertos no derogan gobiernos.

Se ha aducido en contra de este concierto que podría interpretarse como un apoyo al gobierno cubano, que ese gobierno podría instrumentalizarlo en esa dirección, atribuyéndoselo como un éxito o como una demostración de su carácter abierto y tolerante. Se ha dicho que es una vergüenza dar una fiesta en un país que lleva años celebrando el velorio de sus esperanzas. Hay, incluso, una teoría pasmosa: que el FBI suministró a Cuba, a pedido de Chávez y con la anuencia de Obama, un millón de manillas GPS que fueron uncidas con carácter obligatorio a las muñecas de los jóvenes habaneros, y que les vetaban acercarse demasiado al escenario, e incluso les propinaban a distancia una descarga eléctrica si se portaban mal. Si aún no lo ha hecho, el autor de esta tesis debería considerar una incursión en la literatura fantástica. Imaginación no le falta.

Es cierto que el gobierno cubano ha intentado rentabilizar a su favor el concierto, ofreciéndolo como muestra de su carácter abierto y dialogante. Pero ni siquiera sus voceros más fieles se han atrevido a citarlo como un ejemplo de apoyo a la llamada Revolución. Y ese es un dato importante. Ahora bien, si nos abstuviéramos de enviar remesas a los nuestros, de visitarlos si así lo queremos, de participar en cualquier evento con compatriotas de la Isla por temor a que todo eso sea rentabilizado por los ideólogos cubanos, estaríamos renunciando a nuestra independencia, aceptaríamos ser súbditos transversales de ese mismo gobierno. Y debo aclarar que quienes han decidido cortar todos los nexos con la Isla, apoyan el embargo y el aislacionismo como medida de presión, están en todo su derecho, aunque yo no comparta sus métodos.

Si es una vergüenza o no celebrar una fiesta en el velorio, es algo que deberían decidir los cubanos que viven en la Isla. En medio de las mayores crisis y penurias, los seres humanos hemos tenido la presencia de ánimo para continuar riéndonos, disfrutando de las mínimas alegrías a mano o procreando.

Durante decenios la aristocracia verde olivo ha gobernado el país mediante la desinformación, la mentira y el miedo. Por eso creo firmemente que cualquier apertura, cualquier pequeña ventana que se abra hacia el mundo, cualquier intercambio, diálogo, confrontación con otras realidades, es un pasito hacia la luz para los compatriotas de la Isla. Las visitas de la comunidad cubana a fines de los 70 derogaron la mitología satanizadora del gobierno. La respuesta fue el Mariel. El contacto con la comunidad exiliada ha sido más erosivo para el discurso castrista que cualquier mítin celebrado en Madrid o Miami. (Sin que eso desacredite los mítines). Un cubano que viaja fuera de la Isla, trae a su regreso noticias de primera mano que derogan la visión apocalíptica del afuera que durante medio siglo han fabricado el discurso político y la prensa: el miedo como antídoto de la esperanza.

Y este concierto no sólo ha permitido a los jóvenes cubanos escuchar a muchos de los cantantes que aprecian. Les ha permitido escuchar públicamente y en la Plaza de la Revolución, el sitio sagrado por excelencia, la palabra libertad, exhortaciones a una Cuba Libre, a hacer de los cubanos de aquí y allá un solo pueblo, se ha mencionado al exilio con todas sus letras y se les ha instado a perder el miedo. En contra de la noción de pueblo elegido, emisarios del futuro luminoso, se les ha dicho que todos somos iguales, que todos tenemos derecho a los mismos sueños. Demasiadas subversiones en una sola tarde.

Y, sobre todo, los jóvenes cubanos reunidos esa tarde de domingo pudieron apreciar que su gobierno les teme. No se hace un despliegue policial de esa magnitud para contener una asamblea del Partido o una tribuna abierta de la UJC. Eso no significa que mañana mismo se produzca una revuelta, desde luego. Pero descubrir que los todopoderosos, los amos del país, tienen miedo a un millón de jóvenes desarmados es mucho más erosivo que cualquier discurso. El gobierno teme a esos jóvenes que, por primera vez, acudieron a la Plaza sin convocatoria ni redada cederista, sin obligación política ni azuzados por el miedo. Le teme a una espontaneidad que se sabe incapaz de pastorear como no sea por la fuerza. Desde los ya lejanos años 60 (si descontamos la visita de Juan Pablo II) la Plaza no se llenaba de espontáneos. El discurso, antídoto de la espontaneidad, ya ha caducado. Sólo falta derogar el miedo.

“A favor, en contra y todo lo contrario”; en: Habanerías,  23/09/2009