Recurrencias

1 01 2010

Había una vez un programa de la televisión cubana que se llamaba San Nicolás del Peladero. Era la caricatura de la república prerrevolucionaria que duró medio siglo. En él constaban un alcalde, Plutarco Tuero, que se las arreglaba para ser reelegido for ever, y la primera dama, Remigia, cargada de joyas y blasonando continuamente de la cultura de la que adolecía. Aparecían el jefe de la Guardia Rural, un Mario Limonta en sus mejores tiempos, y el inolvidable Éufrates del Valle, representado por Germán Pinelli, director de El Imparcial, diario que de ninguna manera hacía honores a su nombre. También había oposición: Montelongo Cañón, un personaje ridículo y presuntamente tan nefasto como Plutarco, pero que siempre perdía, por lo que a los ojos de la mitología popular cubana era peor que el mafioso pero simpático alcalde  –hijoeputa y perdedor. El colmo de los colmos.

En sus mejores tiempos, el programa era una especie de teatro bufo en pretérito pluscuamperfecto, amenizado con música de otros tiempos, es decir, de siempre. Por entonces, a pocos cubanos se les ocurría pensar que al apagar la tele estaban asistiendo en absoluto directo al revival de aquel San Nicolás del Peladero, ni siquiera cuando el programa  dejó de emitirse, quizás porque los paralelos con la realidad eran demasiado evidentes.

Pero lo impensable ha ocurrido: San Nicolás del Peladero de retransmite, pero no en la pantalla chica, sino en la pantalla grande de la realidad. Plutarco Tuero es capaz de cualquier truquimaraña para mantenerse en el poder. Las nuevas Remigias salen a la luz ataviadas con modelitos exclusivos. Murió la primera, aquella Primera Cuñada de la República que durante una visita a Estados Unidos fue entrevistada en el aeropuerto por un periodista y, al ver el giro que tomaba la conversación, apeló a sus instintos habituales y conminó a los periodistas a que le entregaran la cinta de inmediato. El reportero cubano de una cadena de Miami tuvo que recordarle que en Estados Unidos debería reprimir su instinto de alcaldesa, porque existe ese raro producto que es la libertad. Ahora tenemos a la Primera Sobrina de la República, encargada de incorporar “al proceso” a la disidencia sexual, siempre que  sea amaestrable. El relajito que sea con orden. Nada de gays por cuenta propia.

El San Nicolás del Peladero real se ajusta mejor al nombre que su homólogo televisivo. Basta una visita a los mercados para corroborarlo. Dado que la realidad imita a la ficción, la oposición también es escarnecida, cuando no apaleada y encarcelada, de lo cual no da noticias, desde luego, El Imparcial parcial parcial (perdón, hay eco). Desgraciadamente, su director convence menos en escena que Pinelli.

Pero no es el único caso en que una obra de ficción destinada a ridiculizar al ancient régime ha terminado convirtiéndose en un producto subversivo. El cuento “Estatuas sepultadas”, de Antonio Benítez Rojo, fue incluido por su autor en el libro Tute de Reyes (1967), y sirvió de argumento a Tomás Gutiérrez Alea para la película Los sobrevivientes (1979). Una familia de la alta burguesía habanera tradujo su oposición al nuevo gobierno en encastillamiento tras los altos muros de su villa. Acumuló víveres en grandes cantidades y suprimió todo contacto con el exterior. A medida que transcurrían los años, mientras el mundo exterior presuntamente avanzaba, intramuros la familia iba retrocediendo en la escala histórica, hasta llegar a la esclavitud y el canibalismo. A partir del Período Especial, el país completo se convirtió en un castillo rodeado de altos muros y poblado por famélicos sobrevivientes. El propio Titón me confesó en 1993 que mientras creía filmar una comedia negra, jamás pudo suponer que se trataba de  una profecía.

No es tan raro que la realidad imite a la ficción. Un joven de Indiana mató a su hermano de diez años y se confesó admirador de Dexter, ese “héroe” macarra y encantador de la serie televisiva. Otro joven, esta vez español, imitó a sus personajes predilectos de los videojuegos y, armado con una katana, asesinó a su madre, a su padre y a su hermana. Casi todos los desquiciados de este mundo tienen sus modelos en la televisión, el cine o la literatura. Algunos se creen hombres-lobos, vampiros, reencarnaciones de Napoleón o extraterrestres de vacaciones en la Tierra.

El propio Fidel Castro se ha creído, sucesivamente, Benito Mussolini, Pepe Stalin y Dios. También se ha creído demócrata, estratega militar, estadista, veterinario, economista, médico, ingeniero agrónomo, civil, eléctrico y nuclear. Sin embargo, jamás ha blasonado de ser un actor excepcional, un talento que nadie le discute. Es una lástima para la industria que Birán no quedara en California. Ahora la realidad lo ha castigado suplantándolo con un doble que él debe tratar con el desprecio displicente que se concede a una caricatura. Un Fidelito bonsái al que debe soplar al oído cada palabra, y que se comporta como un eco con faltas de ortografía. Su desempeño como presidente de repuesto resulta semejante al de aquellos muñecos de hojalata a los que era necesario darles cuerda durante cinco minutos para que caminaran tres o cuatro pasos. Y ya se sabe que el encargado de la cuerda se distrae, se dedica a escribir sobre antiguas batallitas y futuros de diseño, y se le olvida.

Es bien conocida la frase de Karl Marx según la cual la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como farsa. Dudo que los cubanos que habitan en la Isla este Período Especial que bien podría llamarse la Era Good Bye Lenin, consideren que es el remake en tiempo de guarachita de aquella Era del Entusiasmo, los 60. El único indicio de que se trata de una farsa es que nadie se la cree, aunque estén obligados a aplaudir durante toda la función. La puesta en escena, en cambio, oscila entre la sordidez y el drama.

Revisar hoy los discursos de décadas pasadas es un acto subversivo. Comparar la felicidad prometida con la miseria real es un ejercicio pavoroso. Incluso el documento fundacional, La historia me absolverá, se ha convertido en material clasificado. En él se habla de democracia, elecciones pluripartidistas, libertades de empresa, expresión, prensa y reunión. Y lo más inquietante: se reivindica el derecho de los ciudadanos a derrocar una tiranía. La historia me absolverá no consta en los catálogos de ninguna librería de La Habana. Su distribución es tan peligrosa como la de la Declaración de los Derechos Humanos. Ambos inducen la temeraria noción de que a los ciudadanos nos asisten diferentes derechos, y ni siquiera se menciona el derecho a la resignación.

No he leído aún la letra del año, pero ya hay vaticinios en circulación de que este 2010 será el del cambio. Y ojalá que así sea, siempre que cambiemos a mejor. Yo no me atrevería a adelantar una profecía, pero creo imprescindible tomar precauciones contra un remake inevitable: el de la vieja república que entre 1902 y 1958 combinó en dosis variables la epopeya, la tragedia y la farsa. Si los cubanos de mañana no desean que la nueva república se repita como tragedia o como farsa, ni siquiera como epopeya, si aspiran a un país próspero y estable donde vivir no sea un sobresalto cotidiano, deberán adquirir la noción de sus propios derechos, y de que el poder es apenas un gracioso préstamo que conceden los ciudadanos a los políticos. La noción de que la ley es igual para todos y que la única fuente admisible de riqueza es el trabajo, el talento, la creatividad, algo que en cualquier país próspero es un lugar común. Deberán rebasar todos los vicios inducidos por medio siglo de totalitarismo diseñado para convertir a los ciudadanos en súbditos. Sé que existe una extendida incredulidad en cuanto a la capacidad de la población cubana de cambiar los viejos hábitos y hacerse cargo de su propio destino. Yo, en cambio, soy optimista. Creo en el pragmatismo y la agilidad del cubano para reaccionar a nuevas circunstancias, creo en su reserva de laboriosidad y creatividad, en su capacidad de dejar de ser meramente cubanos para convertirse en ciudadanos.

 

“Recurrencias”; Madrid, 01/01/2010

 





Vaticinios

6 08 2002

Cuando se celebró, el 3 de enero de 2000, una conferencia de prensa en la casa de la Cultura de Angola de La Habana, millones de cubanos estuvieron atentos a las predicciones de Ifá, la Letra del Año que regiría el 2002, elaborada por una comisión de 600 babalawos reunidos el 31 de diciembre, bajo la presidencia del sacerdote de Ifá Guillermo Diago.

Quizás la eterna juventud y la predicción exacta del futuro sean las dos aspiraciones que no faltan en ninguna cultura humana. Sobre todo la segunda, dado que el destino sigue siendo azaroso, cosa que no lograron derogar ni siquiera los planes quinquenales de Humberto Pérez en la JUCEPLAN, quien tampoco consiguió predecir su futuro de funcionario descatalogado.

En tiempos de vaticinios rentados, predicciones a la carta, adivinos telefónicos a euro el minuto, pitonisas cada vez más desmelenadas en la tele, y oráculos que se codean con las estrellas de cine; es de agradecer que los babalawos cubanos dicten gratuitamente una letra para toda la nación, sin que nos exijan a cambio conversión, militancia o Master Card.

Mediado el año, podemos tasar en qué medida se han cumplido los pronósticos, y valorar lo que nos queda aún por sufrir hasta diciembre, dado que este 2002, regido por Changó y Yemayá, se nos anunciaba pletórico de calamidades.

El anuncio de muertes por epidemias de enfermedades infectocontagiosas, por lo que se recomendaba evitar la acumulación de basuras y escombros, así como cremar o enterrar los desperdicios orgánicos, se cumplió en toda la regla, con recogida masiva de basura y batallones de combatientes contra el pérfido Aedes aegypti.

Se vaticinaban golpes de Estado, cosa que puede darse por cumplida con el de Venezuela, por sus resonancias en Cuba, aunque quedan seis meses para engrosar la cuenta. En lo que se refiere a “ruptura de convenios, tratados y acuerdos en gran magnitud”, ha habido cortes de suministro petrolero, y amagos de cancelar el convenio entre Venezuela y Cuba, por los reiterados impagos. Esperemos, por el bien de los nuestros en la Isla, que las rupturas sean en el suministro de armas, y no se rompa, como de costumbre, el convenio por el lado más débil. Si falla la electricidad, y los refrigeradores entran en estado cataléptico, será difícil cumplir con la Letra y tener “Cuidado con las comidas descompuestas”.

Se anuncian también sanciones económicas (además de las ya existentes) lo cual no resulta improbable, teniendo en cuenta el malestar de los empresarios del Viejo Continente, recogido en un comunicado de ocho puntos entregado por la Unión Europea a las autoridades de la Isla.

Las “pérdidas de vidas en el mar y en el río” casi se cumplen de manera abrupta, ante el rumor de que una nueva corrida del balsero se abriría el 4 de julio. No obstante, los miles de salidas ilegales y la imprecisa estadística de las víctimas de este medio año, pueden haberlo confirmado con creces. Claro que desde hace poco menos de medio siglo, esto se viene cumpliendo. “Evitar que los menores vayan solos a la playa o al río”, era un sano consejo de la Letra. Al que podría añadirse una coda: evitar la balsa rústica, aunque el menor esté acompañado por toda la familia. Recuerde que “la paciencia es tan constante como la existencia del cielo y la tierra”, que la Corriente del Golfo es traicionera, la Coast Guard te devuelve a menos que pises tierra, y el bombo ha agraciado ya a muchos compatriotas. Aunque también se comprende que “El que lleva candela en las manos no se puede esperar”.

Se hablaba en la Letra de “penetración del mar y accidentes marítimos”, así como “afectación en la marina mercante”, eventos por los que aún deberemos esperar, con la esperanza de que no ocurran. Penetración EN el mar sí que ha habido.

Se hablaba de “proliferación de la guerra”, algo que lamentablemente ocurre año tras año, aunque parece desbocarse tras los acontecimientos del 11 de septiembre. Y también de “malversación del erario público, y robos”, acontecimientos que bien podrían estar sucediendo, pero que la prensa nacional sólo nos revelará dentro de muchos años, como corresponde al periodismo de investigación histórica.

Se aconsejaba el 3 de enero “ Abstenerse del consumo desmedido de la carne de cerdo”, algo de lo que ya se ocupa el gobierno, y “Evitar por todos los medios la ira y la violencia”, es decir, firme el socialismo perpetuo, no se señale, no coja lucha, olvídese de los peces de colores y siga en lo suyo, escapando. De todos modos, ya eso venía por decreto. Aunque recuerde que “La oveja que se asocia con un perro, comerá mierda”.

Como vemos, entre los vaticinios y la realidad hay, en lo que va de año, notables coincidencias. Como de costumbre, el grado de cumplimiento dependerá también de la buena voluntad que le pongamos.

En Occidente, regido por los índices bursátiles, el Nikei y el Down Jones, el Ibex, el Euribor, la tasa de inflación y el 4,5%TAE de interés a medio plazo; no hay oráculos en paro. Se les agolpa la clientela a las puertas. ¿Quién podría reprocharnos a nosotros, ateos de la estadística, la fe en un vaticinio nacional, multitudinario y de uso social?

Durante veinte años los analistas de Miami predijeron, cifras irrevocables en mano, la caída de Fidel Castro. Y en La Habana se han cumplido todas las metas, millones de horas-noticiero han dado cuenta de cosechas astronómicas y vacas vanguardias; las cifras del progreso han sido milagrosas, y aún así, el país no ha ido palante, ni para coger impulso en su retroceso.

Habida cuenta de lo anterior, más vale escuchar con atención a los babalawos, que a las estadísticas triunfales. Al menos no nos sepultan en cifras desechables, su discurso es breve y misterioso, como la vida misma, y no pretenden que sus palabras sean acatadas como la única verdad irrebatible sobre la faz de la Tierra.

 

“Vaticinios”; en: Cubaencuentro, Madrid, 6 de agosto, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/cultura/2002/08/06/9287.html.