Polifonía

18 12 2009

En Sierra Mágina, cuando se producía un nacimiento, los padres enviaban a una “recadera” que comunicaba la buena nueva a vecinos y familiares. Los enterados acudían a dar la enhorabuena y se les convidaba a un anís o un brandy, acompañados de borrachuelos o pestiños. Los celtas presentaban el bebé a los dioses para solicitar su protección, y tanto en México como en Europa central se cerraba a cal y canto el sitio del parto para que en ese delicado instante no se infiltraran los malos espíritus. Entre los cubanos, por el contrario, se ventilaba la habitación para que corriera la brisa.

Lo anterior viene a propósito de un nacimiento. Ha aparecido en la red un nuevo medio digital, Diario de Cuba, aún en construcción. Tras ese proyecto hay un grupo de profesionales competentes que durante años se encargó de convertir Encuentro en la Red, más tarde Cubaencuentro, en el diario de referencia de los asuntos cubanos, y Antonio José Ponte, escritor de primera línea, codirector durante varios años de la revista Encuentro de la Cultura Cubana y, sobre todo, amigo. Cada nacimiento dispone de un futuro abierto a todas las posibilidades, es un espacio de esperanza, un acontecimiento promisorio. Pero en este caso no es mera confianza en el porvenir; son muchas las razones que permiten augurar a Diario de Cuba un espacio privilegiado entre los lectores.

El exilio tiene, entre sus múltiples tragedias cotidianas, una virtud: es un banco de prueba de la libertad. Y la libertad es un largo aprendizaje. Si algo contribuiría a prefigurar el futuro que deseamos para nuestro país sería que aprobáramos con buena nota esa asignatura. A 38 años de su independencia, los cubanos de todas las tendencias e ideologías supieron encontrar un espacio de diálogo, conciliar sus diferencias y gestar en 1940 una de las constituciones más avanzadas de su tiempo. Aunque lastrados por medio siglo de totalitarismo, no creo que seamos hoy menos capaces de encontrarnos en la diferencia (o en la coincidencia) que aquellos compatriotas de hace setenta años.

Pierre Clastres nos dice que “el hombre de poder, sea príncipe, déspota o jefe de Estado, es no solamente aquel que habla, sino la única fuente de la palabra legítima”, y Blanchot enunciaba que todo régimen social “desarrolla sus propias técnicas para administrar la palabra, imponer el silencio y regular las relaciones entre significantes y significados”, algo que comprendió precozmente la dictadura cubana al monopolizar toda palabra, erigirse  en la única fuente de legitimidad e imponer un silencio que tiene aún como su primera premisa de gobernabilidad.

La libertad, en cambio, nos muestra un mundo donde la palabra es cada vez más equitativa: diarios de todas las tendencias, bloggers, redes sociales.

Un tratado anónimo del siglo X, Música Enchiriadis, fue el primero en hablar de la polifonía, del griego polyphonia, “muchas voces”. “Un conjunto de sonidos simultáneos, en que cada uno expresa su idea musical, conservando su independencia, y formando así con los demás un todo armónico”. En una obra polifónica cada uno podrá escuchar y discriminar con mayor o menor claridad las melodías independientes, pero lo que redondea la percepción es el conjunto.

La polifonía imprescindible para comprender y comprendernos.

Aunque me van a perdonar el anís y el brandy, los borrachuelos y los pestiños, quisiera que estas líneas actuaran como “recadera” de la buena nueva, solicitud de protección a los dioses celtas, y, si fuera posible, ventilar con mis palabras el salón virtual de parto.

Una hermosa costumbre recomienda colocar en un vaso de agua un capullo de rosa en la habitación de la parturienta. Cuando el capullo comience a abrirse, empezarán a abrirse con idéntica facilidad los caminos del nacimiento. No les faltarán a los colegas de Diario de Cuba muchas flores (en sus vasos de agua, que también tienen su función propiciatoria) de los cubanos que les deseamos un parto fácil y una vida larga y provechosa, en nombre de la polifonía, el único antídoto contra el silencio.


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