Fragmento de la noveleta Daños colaterales

31 03 2012

Portada Daños colaterales

 

La esperanza es un buen desayuno,

pero una mala cena.

Francis Bacon (Novun Organum)

 

Varios años antes de que el profesor Urbano Rocasol soñara con surcar el Mediterráneo, el general Ramiro Valdivieso temió durante semanas que el cargamento no llegara a tiempo. Su hombre en la península le aseguró que cumpliría, pero no es fácil escabullirse a través de las escasas zonas muertas de los radares, pasar inadvertido al ojo casi Dios de los satélites.

Por fin, apostado en lo alto de una duna, el general observa la maniobra a través del sensor infrarrojo de sus prismáticos. La lancha de veinte metros de eslora, afilada y sigilosa como un suspiro, detuvo sus motores hace algunos minutos, momento en que Ramiro pudo escuchar la perfección del silencio. El viento no mece esta noche ni una brizna de hierba y hasta el mar parece lago, con un oleaje imperceptible acariciando tímido la arena de la playa. Desde su atisbadero, el general observa el traslado de las cajas que van siendo estibadas en la camioneta verde oliva. A través del visor, los hombres son manchas de calor corporal recortadas contra el relente de la madrugada. Cuando toda la carga ha sido desembarcada, Juan Dos, El Jimagua, idéntico a su hermano (salvo en el destinatario de sus devociones), de pie al borde del agua, se vuelve hacia el visor infrarrojo y hace un amago de saludo militar que Ramiro responde con un leve gesto de la mano.

Visiblemente incómodo dentro de esta chaqueta de ante con forros interiores high tech, y calzando unos mocasines Clark de purísima piel (a 500 yuanes el par), en lugar de sus habituales botas, Juan Dos cuelga su mochila del hombro derecho y se acomoda en la lancha, que arranca con un zumbido y enrumba hacia el Norte a toda velocidad. En escasos minutos, la embarcación desaparece del sensor, engullida por la noche. El general da la espalda al mar y desciende la duna. No espera a que el jeep se detenga completamente. Salta a la cabina con una agilidad que envidiarían hombres más jóvenes, y el conductor acelera por el camino de tierra en dirección a la zona alta de la ciudad.

 

Juan Dos disfruta una sensación de libertad, de euforia: el viento del estrecho en su cara, el picor salado de la mar, la oscuridad que la lancha va sajando, las imperceptibles vibraciones del motor, como si cabalgase a un ser vivo, y oye el golpeteo no tan imperceptible del casco al rozar de vez en vez la superficie de las olas. Si no fuera por ese roce, diríase que viaja en vuelo rasante sobre el agua. A ciento cincuenta nudos no hay mucha diferencia entre la navegación y el vuelo. De acudir a su destino en línea recta, en cuarenta minutos tocarían tierra, pero la computadora de a bordo modifica continuamente el rumbo para aprovechar las cambiantes zonas muertas de los radares, eludir las planeadoras neumáticas de la guardia costera y, lo que es más difícil, engañar al ojo omnividente de los cielos. O, al menos, que las sospechas de ese sucedáneo de Dios se conjuguen demasiado tarde.

A las dos horas de navegación zigzagueante, han doblado hacia el oeste la península y se adentran en una de las zonas menos vigiladas del país: los Everglades. Cualquier intruso deberá sortear las emboscadas de los cazadores furtivos, quienes lo mismo capturan animales salvajes que turistas domesticados, y las milicias de autoprotección del pueblo seminole, con jurisdicción total en su territorio —se cuenta que en ocasiones abortan las visitas de forasteros incómodos practicando ritos ancestrales. Maledicencia de los caras pálidas, desde luego—. Cualquier intruso deberá evitar los corredores de los narcos, que pagan puntual peaje a los seminole, y no se descarta el encuentro con algún caimán a dieta rigurosa por el menguar de sus víctimas en la cadena alimentaria, aunque ni así se resignan a la herboristería. Al parecer, el patrón conoce la ruta exacta que les evitará incómodos encuentros. Con la mirada fija en la computadora, se desliza como una culebra a veinte nudos por el espeso manglar. Juan Dos tiene la impresión de que se estrellarán en cualquier momento, pero tras cada obstáculo, nuevos canales se abren como por arte de magia.

Falta una hora para el amanecer cuando la lancha sale a una llanura de hierbas y agua, para detenerse en un cayo de monte. El patrón, que no ha dicho ni media palabra en todo el viaje, le señala, con el cañón de un arma que ha extraído de algún escondrijo bajo el tablero, una choza agazapada entre los matorrales. Juan Dos mira el arma y saca lentamente del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta de plástico verde que arroja al hombre, quien la atrapa al vuelo pero no mueve la mirada ni para comprobar que la cantidad sea la acordada. Juan Dos salta a tierra, y el patrón arranca a toda velocidad sin dejar de apuntarle. Gracias a sus precauciones, el contrabandista lleva vivo cuarenta y dos años y piensa seguir en ese estado otros cincuenta.

Juan Dos sonríe mientras entra a la choza. «Ni un cabo suelto», le dijo el general. Bien empezamos. Consulta su brújula y de un taconazo corrobora que en la esquina noroeste el piso de tierra suena a hueco. Bajo la trampilla de madera hay un elegante maletín Sansonite embalado en plástico azul. Tras echarle un vistazo, vacía en el maletín el contenido de su mochila y la arroja al nicho, cerrando de nuevo la trampilla. Entre los presagios del amanecer, su aspecto de hombre de negocios, levemente marcial quizás, contrasta con el paisaje del pantano.

Clarea ya cuando se escucha el ruido de un motor. Un enorme Cherokee X-1000 tatuado con los colores de la reserva seminole se detiene frente a la cabaña. Las puertas deslizantes se abren sin un chasquido y desde el asiento del conductor un hombre con las facciones más raras que Juan Dos ha visto en su vida le suelta una palabra en la lengua de los navajos, una palabra que Juan, no muy sobrado de neuronas, se ha esforzado en recordar durante semanas. En respuesta, Juan Dos pronuncia «oruatnec» y el otro lo invita a subir.

Mientras se deslizan a ochenta kilómetros por hora a través del estrechísimo camino, Juan lo mira de vez en vez, porque bajo las facciones aindiadas se esconde un compendio de etnografía humana: labios finos de algún antepasado anglosajón, ojos rasgados huyendo hacia las sienes, piel mulata más que cobriza y, para rematar, un par de ojos azules y una melena rubia que cae en larga coleta a la espalda, aprisionada por un anillo de plata, lo que contrasta con su uniforme y su placa de alguacil de los seminole. Juan Dos no puede menos que admirar la pericia con que este hombre conduce un cacharro de dos mil seiscientos kilos y quinientos caballos de potencia por un camino tan ajustado como una camiseta de neopreno. Claro que la computadora ayuda, advirtiéndole de antemano todos los recovecos del camino.

Tras una hora de barrizales sin otro paisaje que el espeso matorral, el camino los deposita en una carretera secundaria que en cinco minutos se convierte en la vía de acceso 388 y los emboca a la Super South: 24 x 24: veinticuatro carriles atestados de vehículos las veinticuatro horas. Antes de entrar al expressway, deben trasponer, a velocidad de zona escolar, el peaje electrónico. Los sensores comprueban la matrícula, el registro del estado técnico del vehículo, cobran el tramo y desactivan la conducción manual. Aunque el alguacil detesta que una máquina lo conduzca, no le queda más remedio. De ir hasta la ciudad por una carretera secundaria, corre el riesgo de tropezar con los policías blancos de la InterCity. Sus relaciones con ellos jamás han sido cordiales. Y con este pasajero a bordo, mejor no tentar a la suerte. Bastante suerte ha tenido con esta inesperada paga extra.

Entran a un tramo despejado, y las balizas los aceleran hasta ciento cincuenta millas por hora, pero en un par de minutos ya están metidos en el caudaloso río de vehículos que acude cada mañana a la ciudad. El piloto automático reduce hasta la velocidad estándar, ciento veinte millas por hora, y ajusta la distancia mínima de seguridad entre vehículos: cuatro metros y medio. En los automóviles aledaños, una mujer se maquilla, otra ve la tele, un atildado señor se afeita, y tres niños desayunan camino a la escuela. Juan Dos descubre que su conductor multirraza ha cerrado los ojos. El lector de iris del tablero también se ha percatado, e imparte órdenes al asiento, que se reclina suavemente hasta convertirse en una cama. El alguacil ronca con una tranquilidad que Juan Dos envidia.

* * *

 

Embriagado por el aire yodado de la mar que penetra por los ventanales del anfiteatro, el profesor Urbano Rocasol sienta el principio da conversa que signará sus enseñanzas: «La verdadera sabiduría tiene siempre más preguntas que respuestas. Dudar es su principio rector, su llave maestra». En su oficina, frente al monitor que transmite en diferido la clase, el general Ramiro Valdivieso para de golpe las orejas en la palabra «dudar», y no las baja hasta «maestra». El general sabe que comprender la historia requiere una exhaustiva información. Y modelar la historia, más. El profesor comenta ahora que las religiones han practicado durante milenios una pedagogía exactamente inversa: pensar es tarea del Sumo Hacedor, y la nuestra se remite a explicar su obra, usuarios del software que Dios puso en nuestras manos (siempre atendiendo al Manual) y con la expresa prohibición de desentrañar el hardware, terminantemente inscrito en la Oficina Celestial de Patentes. «Feuerbach nos aportó una noción un tanto diferente, entendiendo que la religión es el disfraz de la relación sentimental, cordial, cognoscitiva, e incluso sexual, entre los hombres. La palabra Hombres tiene aquí una acepción genérica, señor Ja Ja Ja  —reprende a un alumno de la penúltima fila—. Etimológicamente, puede que Feuerbach tuviera razón: religión: religare: unión. Y los dioses son un reflejo de los hombres, con sus vicios, virtudes y aspiraciones. Recuerden las canallescas y barrioteras broncas del Olimpo o el zapping sexual de los orichas —se aclara la garganta—. Con el tiempo, el hombre fue perfeccionando sus dioses, procreando por cruce divino nuevos dioses mestizos, hibridando el ADN celestial de distintas culturas. El resultado son los grandes sementales: Jehová, Buda, Alá. Fue un tiempo trágico para la comunión (¿amor?) entre el hombre y su Hacedor. Los capos del cielo eligieron portavoces en la tierra, y ya en el Concilio de Nicea, en Asia Menor, convocado en el 325 por Constantino I, se establecieron los símbolos de la iglesia (Dios no parece atenerse al mundo audiovisual) y sus principios, obligatorios para todos los cristianos, so pena de ser juzgados por delitos contra el Estado».

Desde la penúltima fila del anfiteatro, Marina contempla con admiración a su padre; aunque no soporta que le dé clases continuamente, con esa voz de bajo que parece venir desde el fondo de alguna biblioteca asediada por el olvido, invocando siempre la cita justa en el momento justo, dada su memoria, digna de Funes, que le permite recordar la página, el párrafo, el tipo de letra y hasta el ISBN de un libro que leyó hace veinte años.

«Claro que Dios no participó en aquel concilio. Bastante tuvo con crear el mundo en el tiempo récord de una semana —continúa el profe—. Desde entonces, disfruta jubilación anticipada. Algunos pensadores maliciosos sospechan que ni siquiera lo consultaron en las preliminares de aquella asamblea; ateniéndose a que, desde entonces, terratenientes y nobles, burgueses protestantes (la religión más empresarial), dictadores, mandantes y mangantes, han suplantado la voz de los dioses, han gobernado en su nombre y por prescripción divina, así sean, en su fuero más interno, perfectamente ateos —de nuevo se aclara la garganta (otros deberán aclararse las ideas) —. Y si les digo todo esto, es para promover en ustedes la independencia de toda palabra divina (empezando por el carácter relativo de mi propio magisterio), cosa que se obtiene, exclusivamente, mediante el sano ejercicio de la palabra propia. Siempre atendiendo a esa sabia recomendación del señor Vox Populi: Asegurarse de que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Hasta mañana. A la misma hora».

* * *

 

Juan aprovecha el sueño de su conductor para comprobar que todos los documentos del maletín estén en orden y se palpa la pierna derecha. Vista desde algún satélite, la ciudad debe semejar un enorme corazón alimentado a través del sistema vascular de las expressways, sístole, diástole, por un flujo continuo de humanos. Cuando Juan Dos consulta por segunda vez su reloj, los gorjeos de Cecilia Bartoli en La Cenerentola, de Rossini, despiertan al conductor con tiempo suficiente para que se despeje y asuma la conducción manual tras abandonar la SuperSouth por la 208 de acceso al Gran Miami. En menos de media hora están frente a un viejo hangar. La puerta metálica se abre a regañadientes con un lamento de metales oxidados. El alguacil le entrega las llaves de un Ford Cobalt parqueado en medio de la nave y concluye en perfecto castellano:

—Misión cumplida.

Juan Dos guarda las llaves y extrae un lector de iris.

—Antes, tengo que comprobar que nadie sabe que estoy aquí.

—Correcto —responde el alguacil colocándose el lector a modo de gafas.

Tras una ronda de preguntas, Juan Dos verifica el resultado, asiente, guarda el lector, se agacha, abre el maletín ante la mirada expectante del otro —por fin Maryann tendrá su virtual reality—, al tiempo que su mano derecha se desliza hacia la pantorrilla. Hay un destello en el aire y el alguacil mira incrédulo durante una fracción de segundo el mango del enorme cuchillo de caza que lo ha clavado contra el asiento de cuero gris después de partirle el corazón. Todavía se mueve espasmódicamente y los chorros de sangre golpean el parabrisas, cuando Juan Dos desciende y se quita los finísimos guantes de látex transparente donde constan las huellas dactilares de alguien. Los guarda en la Sansonite y se enfunda parsimoniosamente un segundo juego. Sale en el Ford y cierra de nuevo la puerta del hangar.

«Ni un cabo suelto en esta misión, ¿entiendes? —Juan Dos recuerda las últimas palabras de Ramiro Valdivieso­— El enemigo aprovecharía la más mínima excusa para abrirnos una causa ante el Tribunal Internacional. ¿Comprendes?». «Ni un cabo suelto —se repite Juan—. Por suerte, el hombre decía la verdad. Nadie sabe que estoy aquí. Y nadie lo sabrá». Hace una brevísima llamada telefónica y extrae la unidad de memoria del teléfono, que arrojará al río diez kilómetros después. Apaga el sistema de guiado por satélite del coche, consulta el mapa y dobla a la derecha en busca de la 406, que deberá conducirlo hasta el aeropuerto.

* * *

 

El anfiteatro se va desinflando. Pablito sabe que el profesor Urbano tiene razón en que la razón es la única razón que no admite otras razones que la razón. Toda fe tiene que ser matemáticamente demostrable, porque incluso el amor tendrá su ecuación. Ojalá y nunca se descubra. En sus reuniones del Comité de Base, concilios ateos, las orientaciones caen de las alturas. Traguen sin rechistar, muchachos. Prohibido escupir la hostia. Por eso algunos cuchichean que el profe ha lanzado su coña anticlerical, como si nadie entendiera lo de los símbolos de la iglesia y el delito de Estado, jugando a los escondidos con un pie en los clásicos, sin despegarse de primera base.

 





Al combate corred internautas

23 02 2012

Del 20 al 22 de febrero se acaba de celebrar en la Universidad de las Ciencias Informáticas, en La Habana, la VI Conferencia Científica UCIENCIA 2012.

Durante ésta se ofrecieron conferencias y talleres sobre procesamiento digital de imágenes y señales aplicadas, bioinformática, inteligencia artificial, software educativo, automatización, software libre, nuevas tecnologías de bases de datos, informatización de los servicios de salud, inteligencia organizacional y gestión empresarial, telemática, seguridad de redes y sistemas, realidad virtual, gestión de la información y el conocimiento, técnicas de soft computing, así como las aplicaciones de la informática en ingeniería, arquitectura e incluso en la gestión del patrimonio.

A juzgar por la información que aparece en http://uciencia.uci.cu/es, muchos de los temas integran eso que genéricamente llamamos tecnologías punta, y posiblemente sea muy alto el nivel de los ponentes y de los debates científicos que convocan.  Algo que contrasta con un país que dispone de uno de los más bajos índices de acceso a Internet del planeta, y donde tener una cuenta de correo electrónico es un lujo. Un país cuyos dirigentes intentan reimplantar un capitalismo decimonónico basado en el timbiriche y los gremios de artesanos.

Uno de los mayores éxitos del último medio siglo ha sido, más allá de sus carencias y su abrumadora catequesis ideológica, la universalización de la enseñanza, lo que ha propiciado un flujo casi ininterrumpido de personal altamente calificado. Pero, como bien saben los arquitectos, no basta disponer de una montaña de ladrillos si con ellos no se construye una casa, una ciudad. Y si, además, se proscribe a esos ladrillos organizarse por su cuenta y construir la casa que el Estado parece incapaz de edificar.

A pesar de contar con una legión de científicos y técnicos de altísimo nivel, la Unión Soviética fue incapaz de inventar el microondas o la computadora personal. Su tecnología militar, en cambio, aunque a un alto precio para el pueblo soviético, compitió durante decenios con la norteamericana. Un escalafón de prioridades que parece ser la norma en cualquier totalitarismo, sea ideológico o teocrático.

La VI Conferencia Científica UCIENCIA 2012 no es la excepción. Su programa destina un amplio espacio al Taller Nacional de Informática en la Defensa, para “propiciar (…) una cultura de Seguridad y Defensa Nacional desde la perspectiva del desempeño profesional del futuro ingeniero”. En el taller se tocan temas como las nuevas concepciones y tecnologías para la guerra; el ciberespacio y la guerra; la guerra mediática y el papel de los buscadores internacionales; la información geoespacial; la modernización del material de guerra, así como guías para las asignaturas Preparación para la Defensa y Seguridad Nacional. Además de acentuar “el trabajo político ideológico” y “fortalecer el patriotismo”.

En “La Guerra Mediática a través de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC)” se postula que esta guerra tiene como objetivo “tergiversar información y sumergir a la sociedad en viles mentiras políticas, ideológicas y sociales”. Y en “Guerra y ciberespacio” se habla de los “peligros y amenazas de internet como instrumento de lucha ideológica y sometimiento, (…) en busca de la luz podemos someternos a la más absoluta oscuridad política o el objetivo más peligroso, la confusión, la neblina política de la mentira ligada con la verdad, la incomprensión, la duda, la desinformación constante y reiterada”. Párrafo interesante donde se reconoce que se acude a Internet “en busca de la luz”, algo comprensible si hay apagón en casa. Y concluye apocalíptico que “la confusión, la neblina política de la mentira ligada con la verdad” es el “detonante en el desacato de las masas a las leyes y el enfrentamiento con el gobierno, que le facilite el pretexto para la intervención militar en Cuba a los EEUU”. Sin menospreciar el poder de la información sin censura que circula por la red, pensar que ésta puede ser un detonante más poderoso que la miseria cotidiana en que sobrevive la inmensa mayoría de los cubanos denuncia una notable relajación en el estudio del Materialismo Histórico.

Un espacio particular se dedica a “Las redes sociales virtuales. Su influencia en la formación de valores”. El ponente, Irán P. mir Mejías (sic., entre ayatolá y estación espacial rusa), subraya su valor para la “obtención de información” y para la “defensa de las conquistas revolucionarias”. Las redes, que nacieron como un vehículo para el diálogo sin fronteras, son aquí un campo de batalla. El autor reconoce que “estos elementos y su consolidada popularización, no nos permite plantear el debate sobre si se debe aprobar o no a los jóvenes hacer uso de estos recursos, pues es un hecho irreversible que casi todos ellos los utilizan”. Si, a pesar de los obstáculos impuestos a los cubanos para su acceso a Internet, casi todos los jóvenes emplean las redes sociales, “aprobar o no” ya no es de su competencia, a menos que Cuba se desenchufe de la red mundial. El autor se resigna, entonces, a orientar adecuadamente a esos jóvenes “para evitar los riesgos y amenazas” de las perversas redes.

Otro taller llama a “elevar la confianza de los estudiantes universitarios en la disposición para el combate del material de guerra existente en el país”, algo que resulta, cuando menos, novedoso, tanto como el título del taller: “Una fuente de formación de valores: la modernización del material de guerra”.

Si algo se evidencia en el programa de la conferencia es que la fascinación por la tecnología puede coexistir con el miedo a la libertad y las líneas de código de los lenguajes más avanzados, con una retórica obsoleta. Como la foto del talibán que sueña con reinstaurar el Medioevo sobre la faz de la Tierra con un ejemplar del Corán en la mano izquierda y un lanzacohetes de última generación en la derecha.

 

“Al combate corred internautas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 23/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/al-combate-corred-internautas-274240





Radiografía de la infamia

17 02 2012

Iván Griegórevich regresa tras 29 años en el Gulag y visita a su primo Nikólai Andréyevich, eminente científico que en la obra Vida y destino, de Vasili Grossman, se balancea entre la grandeza y la infamia. La escena, que ocupa el capítulo 4 de Todo fluye (Debolsillo, Barcelona, 2010), de Vasili Grossman, es un prodigio de contención y síntesis narrativa. El científico exitoso habla de los tiempos de la angustia, cuando podía llegar una visita indeseada en plena madrugada, de las cartas que tuvo que firmar y las infamias que se vio obligado a cometer. Pero ahora, muerto Stalin, el mundo es luminoso, y pasa entonces a relacionar los éxitos de la ciencia y la industria soviética. El que acaba de regresar desde tres decenios en el inframundo, apenas habla. Su silencio es dramático, trágico, acusatorio. Viene del mundo de los muertos, y los muertos no hablan. Posiblemente sea uno de los silencios más elocuentes de la literatura.

Si en Vida y destino, Vasili Grossman compuso la epopeya soviética por antonomasia, la Guerra y paz del siglo XX, en Todo fluye, su testamento literario, concluido en 1963, pocos meses antes de su muerte, en 1964, el autor avanza mucho más allá, no en la narración de los hechos, sino en la indagación de sus causas más profundas.

La visita a su primo, detenerse ante el edificio donde aún vive, casada con otro, la que fue el gran amor de su juventud, y el encuentro casual con un alto personaje de la nomenklatura cuya delación, allá en la universidad, arrojó a Siberia la vida entera de Iván, son los tres instantes en que las catacumbas y el penthouse de la Rusia soviética se encuentran frente a frente.

Iván descubre que en Moscú el diktat del Partido ha ido estandarizando a las personas a su medida (la convicción, el mimetismo o la simulación han construido un solo discurso que cada uno repite con su propia dicción). En cambio, en el Gulag, él encontró todos los estratos que componen la historia rusa: viejos oficiales zaristas, mencheviques, trotskistas, campesinos deskulakizados, funcionarios soviéticos, generales, poetas, ingenieros triturados por la maquinaria del Estado, pero todos anclados en sus convicciones originales, sin necesidad de simular la fe de cada momento, porque, en su caso, la libertad de pensar es la única de que disponen como prisioneros. (Muchos verán en ello, también, una metáfora de nuestro propio exilio, donde la libertad admite esos anclajes y nos permite percibir en las sucesivas oleadas un corte geológico que va desde el republicanismo al poscastrismo). Comprende entonces Iván que las alambradas de los campos se han extendido y acordonan toda la geografía del país.

Grossman disecciona en esta novela la naturaleza de los informantes y chivatos, los somete a juicio con fiscales y defensores con la despiadada eficiencia de un cirujano. ¿En qué medida fueron instrumentos voluntarios de la perversa política de Estado y en qué medida ellos también fueron víctimas relativas, a la expectativa de convertirse en cualquier momento en víctimas absolutas? Invoca el destino, posiblemente más trágico, de las mujeres en el Gulag. Recrea, a través de la mirada de una antigua koljosiana, el Holodomor, el asesinato en masa por hambre cometido por el Estado contra los campesinos ucranianos de1932 a 1933, y que costó entre 7 y 10 millones de vidas. Debo confesar a los lectores demasiado sensibles que Grossman consigue imágenes tan poderosas (y dantescas) que pueden acudir a nuestros insomnios con una asiduidad poco recomendable.

Sobre el Holodomor hay un pasaje hermoso y sobrecogedor de esa humanidad enloquecida por el hambre:

“Cada hambriento muere a su manera. En una cabaña están en guerra, se vigilan los unos a los otros, se arrebatan las migas. (…) Pero en otras casas el amor es inquebrantable. (…) La gente se dio cuenta de que allí donde vencía el odio, morían más rápidamente. Aunque el amor tampoco salvó ninguna vida”. (pp. 190-191).

Pero este último Vasili Grossman va mucho más allá que la mera tragedia. Su protagonista anota en un cuaderno que cuando piensa en el estalinismo no piensa en Stalin, sino en Lenin. No en el Lenin culto, polemista, lector y melómano que subrayan sus hagiógrafos, sino en el Lenin intolerante con cualquier idea que no fuera la suya, el que apelaba a cualquier medio para obtener el poder (“todas sus capacidades, su voluntad, su pasión estaban subordinadas a un único objetivo: hacerse con el poder”, p. 236), el Lenin que “no buscaba la verdad, buscaba la victoria” (p. 235), el que despreciaba cualquier fórmula democrática y, sobre todo, la libertad.

El autor analiza entonces, en contraste con la historia de Occidente, donde el progreso ha estado asociado a la ganancia de libertad; la historia de Rusia: un progreso siempre asociado a la esclavitud y a su incremento, durante 900 años, que alcanza su clímax en el sistema soviético. ¿Quién era entonces, entre los brillantes líderes de Octubre (Bujarin, Trotski, Ríkov, Zinóviev, Kámenev) el llamado a heredar el legado de Lenin? Sin dudas, el heredero natural era Stalin, que aunaba lo más auténtico del leninismo: su odio profundo a la libertad y la democracia, lo que permitiría construir un Estado del que todos los rusos fueran siervos. Universalizar la servidumbre, y empleo ex profeso la palabra porque desde entonces “el mundo comprendió la fuerza del Estado popular construido sobre la esclavitud (…) Naciones y Estados podrían desarrollarse en nombre de la fuerza y contra la libertad (…) No era éste alimento para la gente sana; era un narcótico para los desdichados, los enfermos y los débiles, para los atrasados o los vencidos” (p. 250). Y añade que “Stalin ajustició a los amigos más íntimos y a los compañeros de armas de Lenin porque impedían (…) el verdadero leninismo” (p. 257).

El autor analiza las paranoias de Stalin como el miedo al cadáver de la libertad que él mismo había asesinado y el encabalgamiento en su ideología entre el ancestral despotismo oriental y la ilustración marxista de Occidente, y sentencia que Lenin, el gran revolucionario ruso, fue, en realidad, el mayor conservador, al derogar los escasos ocho meses de libertad y reinstaurar, a un nivel hasta entonces desconocido, la tradicional esclavitud del hombre ruso.

Todo fluye es un doloroso canto a la libertad, un libro conmovedor donde entre las tiniebla aparece, con toda su densidad, la grandeza humana. Es más que una novela. Una lectura insoslayable. Una lección de vida que para nosotros, los cubanos, puede ser tan luminosa como inquietante.

 

“Radiografía de la infamia”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/radiografia-de-la-infamia-274046





Carné de héroe

1 02 2012

Velkan Ionescu ha adquirido en condiciones ventajosas una casa de 420 metros cuadrados en la ciudad. Viaja sin coste en los transportes públicos, no paga por los medicamentos que consume, disfruta exenciones de impuestos y podrá jubilarse cinco años antes que sus compatriotas. Velkan Ionescu tiene el carné de héroe por haber participado en las revueltas de 1989 que, al costo de mil muertos, acabó con la dictadura de Nocolae Ceaucescu.

La Ley de Agradecimiento aprobada en 2004 en Rumanía para compensar a los héroes de aquellos enfrentamientos y a las familias de quienes perdieron la vida, estableció un carné que otorga a sus poseedores no pocas ventajas. En un país con enormes diferencias retributivas e injusticia social, casi todo se puede comprar, incluso el carné de héroe que hoy disfrutan unos 20.000 rumanos entre los cuales se distribuyen unos cien millones de euros anuales. Si esa hubiera sido la cantidad real de opositores, Ceaucescu no hubiera durado una semana.

No es raro, entonces, que Velkan Ionescu fuese un anticomunista precoz que, a los cinco años de edad (nació en 1984), se enfrentó a los milicianos de los cuerpos de seguridad y a los francotiradores que masacraron la manifestación frente a la casa del sacerdote Lazlo Tökes, en Timisoara. Aunque su mayor mérito “revolucionario” es ser sobrino de un importante capo del sindicato de estafadores que desde la administración y gracias a jugosos contactos políticos, lava expedientes, crea pedigrís heroicos y convierte a convictos por asesinato en paladines de la libertad. Comenzando por antiguos mandos de la temida policía política que se han reconvertido en demócratas anticomunistas y libertarios gracias a que poseen información que podría comprometer las carreras de algunos flamantes políticos rumanos con una larga hoja de servicios al antiguo régimen.

Como todos los regímenes de esa naturaleza, el de Ceucescu intentó, de grado o por fuerza, conseguir la complicidad de la mayor parte de sus ciudadanos (“pínchalo, pínchalo, aquí todo el mundo tiene que pincharlo”, aquella frase memorable de El hombre de Maisinicú), por lo que no es raro que de los 23 millones de rumanos, unos 700.000 colaboraran con la policía política. De los restantes se exigía, cuando menos, el silencio, la complicidad light. Así, cuando Ion Illescu tomó el poder en 1990, repartió certificados de revolucionarios, como quien reparte indulgencias, entre numerosos esbirros y chivatos. Aunque dejó el poder en 1996, conservó su escaño en el Senado, es decir, su seguro de impunidad a todo riesgo, hasta 2008.

Quizás por eso, como afirma Radu Filipescu, quien fue opositor a Ceaucescu, sufrió prisión y ahora encabeza una campaña para acabar con los privilegios, para el pueblo rumano los únicos revolucionarios auténticos son los muertos, los heridos y los que no tienen carné.

En 1959, con el triunfo de los nuevos héroes, comenzó en Cuba el reparto de privilegios. Discrecional, sin necesidad de una Ley de Agradecimiento ni de un carné de héroe, dado que institucionalizar los privilegios habría sido incompatible con la teoría de que aquellos hombres y mujeres habían arriesgado sus vidas en beneficio de la patria y no de ellos mismos (lo cual es cierto en la mayor parte de los casos), y habría obligado a un reparto más equitativo del botín que, al final, se distribuyó entre un selecto grupo de combatientes, una antología de héroes que, en la práctica, no fueron premiados por su valentía sino por su obediencia a toda prueba.

La cubana fue la primera revolución televisiva. Fidel Castro empleó profusamente el nuevo medio de comunicación, no sólo para seducir con su discurso a la población cubana, sino para crear una imagen que perduraría durante decenios en el imaginario de la izquierda. Un culto estalinista a la personalidad que abrumara de estatuas a los cubanos habría dañado esa operación de marketing, de modo que ese culto ha sido en Cuba igualmente absoluto, pero dejando mínimas evidencias. Del mismo modo, un reparto explícito del botín, en un continente donde todos los dictadores lo hacen, habría sido contraproducente, como admitió el propio Fidel Castro en 1973.

Varios estudiantes de la Universidad de Oriente eran por entonces compañeros y amigos del hijo del comandante Guillermo García, a la sazón capo provincial. Tras acudir varias veces a casa de su compañero, los estudiantes denunciaron los privilegios que se disfrutaban en esa casa, en contraste con el discurso oficial que blasonaba de igualdad e instaba al sacrificio. El propio Fidel Castro insistió en reunirse con los estudiantes en asamblea y tras pulverizarlos con un discurso sin derecho a réplica, concluyó que el mayor error del comandante Guillermo García no era disponer de bienes o recursos que el resto de los cubanos ni soñaba, sino permitir la entrada en su casa de esos estudiantes traicioneros y malagradecidos.

A menos que sea políticamente recomendable para mover el tablero de la política doméstica, la corrupción, el cohecho, el nepotismo, la malversación y el abuso de poder son siempre menos graves que su divulgación. Y eso no es una enfermedad tardía del totalitarismo cubano.

En 1959 el viejo Partido Socialista Popular nombró auditor del recién creado Ministerio del Interior a un tío abuelo mío. Su primera tarea fue inventariar los bienes del ministerio, entre ellos los bienes incautados a los jerarcas del batistato. Más tarde, fue comprobando personalmente las existencias. Una vez concluido el trabajo, solicitó una entrevista al ministro, a quien se quejó. Cientos de casas, automóviles, equipos de aire acondicionado y mobiliarios completos habían sido usurpados para su propio beneficio por los oficiales. Y le entregó una lista detallada de esos deslizamientos de la cosa pública a la cosa nostra. El ministro echó un vistazo a la lista y, en pocas palabras, le ofreció una lección magistral sobre los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia. Según él, quienes habían invertido en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, tenían derecho a obtener más dividendos de la victoria que quienes conservaron a buen recaudo ese capital. Sin inversión, no hay riesgo, y sin riesgo, no hay ganancia. Esa tarde, mi tío abuelo descubrió un Karl Marx ventrílocuo. La voz que salía de sus labios cerrados era la de Milton Friedman. Había intentado hacer justicia, aun cuando no fuera políticamente correcta, y le ajusticiaron el resto de su existencia. Hasta entonces, él era un místico de la revolución proletaria y ya se sabe que los místicos siempre fueron tratados con recelo por los sacerdotes de la fe, los mismos que organizarán su canonización después de muertos. Los cadáveres no dan sorpresas. Desde entonces hasta el día de su muerte, mi tío abuelo despachó gasolina en una estación de servicio. La noche de su velorio, aparecieron dos trabajadores de uniforme y colocaron junto al féretro una corona que contenía, ella sola, más flores que todas las demás juntas. Demostración cuantitativa de amor que venía acompañada por una cinta: De tus compañeros del Partido que nunca te olvidaremos. Supongo que, efectivamente, si pasaban con frecuencia a llenar los tanques de sus coches oficiales en la gasolinera de mi tío abuelo, les sería muy difícil olvidarlo.

Pero ni siquiera quienes invirtieron en la guerra sus vidas, a riesgo de perderlas, recibieron el mismo trato. Los conceptos de Inversión, Riesgo, Dividendos y Ganancia a los que aludía el ministro estaban trucados. En 1993 se fundó la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, que “aglutina en una sola organización social a más de 330.000 cubanos de todas las edades, quienes han estado en las líneas del frente de las batallas revolucionarias desde la década de 1930 hasta el día de hoy”. A finales de diciembre de 2011 un grupo de veteranos de Santiago de Cuba, ante las deplorables condiciones en que viven sin ninguna ayuda gubernamental, y “ante la falta de respuesta de las autoridades”, han elevado sus denuncias a la prensa no gubernamental.

Por muchas razones, comunes a todas las sociedades sometidas a sistemas totalitarios –control absoluto, represión desmedida, poda de los vínculos entre la disidencia y su base social, minado de todos los grupos por agentes y chivatos, brigadas de acción rápida, control absoluto de los medios y la elevación del miedo a sistema de gobierno–, aunque hoy la mayor parte de la población descrea de sus gobernantes, los grupos de la disidencia en Cuba no pasa de algunos miles de miembros, a los que se suman blogueros y periodistas independientes. Su mera existencia es doblemente heroica, dadas las circunstancias y el permanente acoso del que son víctimas.

Como es lógico, el día después muchos cubanos dirán en voz alta lo que de momento cuchichean en familia, alguno intentará blasonar de una disidencia tan clandestina que nadie la conoció en su día. Se producirá el reciclaje a demócratas y las más variopintas excusas para actitudes inexcusables. Aunque parezca increíble, habrá quienes se parapeten tras la buena fe o la ignorancia. Y, de un modo u otro, todos serán llamados a reconstruir el nuevo país, que no será posible sin la colaboración de todos los cubanos. Quienes hoy arriesgan su integridad y su vida no necesitarán carnés de héroes. Ya lo han obtenido en el tribunal sin apelación de nuestra memoria.

 

“Carné de héroe”; en: Cubaencuentro, Madrid, 01/02/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/carne-de-heroe-273528

 





Outsiders

31 01 2012

Reflexionar sobre el papel que deben jugar en el acontecer insular los intelectuales cubanos que viven fuera de la Isla, exige un análisis previo sobre qué es un intelectual y qué funciones cumple o debe cumplir en la vida pública.

A la pregunta ¿qué es un intelectual? se han dado muchas respuestas. Quien trabaja con su cerebro y no con sus manos podría ser la más elemental, en cuyo caso incluiríamos a un bróker de la bolsa y excluiríamos a Picasso. Según Michael Löwy, en Para una sociología de los intelectuales revolucionarios, al no ser una clase, los intelectuales, creadores de productos ideológico-culturales, no se definen en relación con los medios  de producción. Pueden elegir, de modo que no existe inteligentzia neutra. Lo cual se puede aplicar a cualquier ciudadano, cuya ideología no está estrictamente signada por su extracción social. Añade Löwy que al regirse por “valores” ajenos al dinero, los intelectuales “sienten una aversión casi natural contra el capitalismo”, algo que no merece comentarios.

Gramsci señalaba que «todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres cumplen en la sociedad la función de intelectuales». Y añadía que “los intelectuales modernos son directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad”. Una boutade gramsciana que nunca ha alcanzado el carácter de ley. Norberto Bobbio opina que los intelectuales son expresión de la sociedad de su tiempo y que el momento histórico es crucial en su definición y también de su responsabilidad histórica. Lo cual es seguramente cierto, y aplicable a toda la humanidad.

Si el intelectual no siempre es “un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”, como aseguraba Gramsci, sí es, en la definición de Umberto Eco, “quién realiza trabajos creativos bien sea en las artes o en las ciencias, y propone ideas innovadoras”. Y añadiría que, en general, deberá ejercer una reflexión crítica sobre la realidad en su ámbito de competencia que no se limita a las humanidades. En una cultura intertextual, médicos, físicos, biólogos, informáticos, etc., proyectan sobre la realidad una reflexión en ocasiones más esclarecedora que los intelectuales “tradicionales”.

A lo largo de la historia, los intelectuales han asumido diferentes papeles, desde la Paideia griega, que debía dotar al individuo de conocimiento y control sobre sí mismo y sobre sus expresiones y prepararlo para ejercer sus deberes como ciudadano, no siempre como político (aunque Solón fuese el prototipo del intelectual-político en la Grecia presocrática). Hasta el intelectual público romano: Ovidio, Tácito, Séneca. Papel que cambió drásticamente en una sociedad teocéntrica y teocrática, el Medioevo, donde los monjes eran apenas guardianes de la cultura. El hombre del Renacimiento, relativamente independiente pero subordinado al poder de sus mecenas. El intelectual en el capitalismo, cuyos márgenes de libertad se ensancharon, y las complejas relaciones en el socialismo entre los intelectuales y los aparatos partidistas y el Estado.

Umberto Eco, en “Papel del intelectual”, distingue distintos tipos:

Los intelectuales orgánicos (Ulises al servicio de Agamenón), quienes, según él, “deben aceptar la idea de que el grupo, al que en cierto sentido han decidido pertenecer, no les ame demasiado”. “Si les ama demasiado y les da palmaditas en la espalda (…) son intelectuales del régimen”. Sobre éstos decía Gramsci que eran captados por la clase dominante para que otorguen a su proyecto “homogeneidad y legitimidad” y creen “una ideología que trascienda a las clases”. Adolf Hitler tuvo excelentes científicos e intelectuales orgánicos, como Martin Heidegger. Y John Fitzgerald Kennedy reclutó una corte de intelectuales prestigiosos, como Arthur M. Schlessinger Jr. y McGeorge Bundy.

Los intelectuales platónicos, aquellos que, como Platón, a pesar de su experimento fallido con el tirano de Siracusa, creen que pueden enseñar a gobernar. Apostilla Eco: “Si tuviésemos que vivir en la isla de la Utopía de Tomás Moro o en uno de los falansterios de Fourier, lo pasaríamos peor que un moscovita en los tiempos de Stalin”. Como bien sabía Octavio Paz, es “muy distinto mandar a pensar: lo primero corresponde al gobernante, lo segundo al intelectual. Los intelectuales en el poder dejan de ser intelectuales (…) sustituyen la crítica por la ideología”. La segunda otorga al poder un fundamento moral, lógico e histórico; la primera juzga y, cuando es necesario, contradice y critica.

Los maestros aristotélicos, quienes enseñan todo tipo de cosas, pero no dan consejos precisos.

Y los intelectuales críticos con su propio clan, más que con los enemigos, al estilo de Sócrates, que operan como “conciencia crítica de su grupo”, a los que tampoco se les ama demasiado. Este será creativo, elaborará ideas interesantes que el político inteligente deberá considerar, aunque no las aplique textualmente. Según Carlos Fabreti, esos “intelectuales tienen una responsabilidad: la crítica sistemática de los argumentos esgrimidos por el poder, el cuestionamiento radical y continuo del ‘pensamiento único’ que pretenden imponernos”. Claro que ello habitualmente no gusta a los políticos.

Jorge Castañeda atribuye a los intelectuales de América Latina el papel de guardianes de la conciencia nacional, demandantes de responsabilidad, baluartes de rectitud, defensores de los principios humanistas, críticos del sistema y de los abusos de poder. Lo cual, a mi juicio, es mucho pedir.

El ejercicio de esta “conciencia crítica” ha resultado con frecuencia nefasto para sus protagonistas: ostacismo, cárcel, exilio, persecución y muerte. El fiscal fascista que juzgó a Antonio Gramsci dictaminó: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”, y fue condenado a veinte años. Murió en prisión a los 46 años de edad. La periodista Anna Politkovskaya, quien reveló los crímenes en Chechenia, recibió dos balazos en la nuca. La lista sería interminable.

De modo que, al menos en teoría, el intelectual debe ser parte de la “conciencia crítica” de la sociedad que habita. Ni más ni menos, a mi juicio, que todo aquel, intelectual o no, que desee ejercer su papel de ciudadano y no conformarse con figurar en las estadísticas demográficas.

En las circunstancias actuales de Cuba, eso sería óptimo. Desde el derrumbe del campo socialista, el país ha estado abocado a una redefinición continua que ha afectado a la economía, la política, la relación entre el poder y los ciudadanos y de estos entre sí, entre el exilio y el insilio, entre el discurso ideológico y la praxis social. Podría decirse, siguiendo a Gramsci, que el país se enfrenta a una “crisis de hegemonía”, en cuyo caso se impone la necesidad de un debate público y sin limitaciones, con el objetivo de articular nuevos consensos. Un debate que convoque a todos los estamentos de la sociedad, pero donde los intelectuales (o algunos intelectuales, en particular los aristotélicos y los críticos, para no generalizar), al disponer de un discurso estructurado sobre la sociedad que es su campo profesional de actuación, podrían aportar a la clase política argumentaciones muy atendibles.

Y, de hecho, ese debate ocurre, aunque no con la profundidad, la transparencia y la amplitud que la actual situación del país requeriría. Tiene lugar en foros profesionales, debates más o menos cerrados y en medios que, por razones editoriales o tecnológicas, tienen escasa incidencia en la población de la Isla. Los distintos llamamientos a debates públicos realizados desde el poder han sido oportunidades perdidas. Sus resultados no se han ventilado con la trasparencia que merecían ni desembocaron en referendos que sancionaran democráticamente las principales inquietudes de los ciudadanos, quienes han operado como una intelectualidad aristotélica a su pesar, pues sus juicios concretos se han convertido, en su ósmosis hacia el poder, en opiniones difusas más próximas a la estadística que a la ideología.

No pocas veces he repetido que el debate sobre el presente y el futuro de Cuba atañe, en primer lugar, a los cubanos, intelectuales o no, que residen en la lsla. Y, en segunda instancia, a quienes habitamos allende el Malecón. Las razones son obvias: sobre los cubanos de la Isla recae el peso de las dificultades que padece el país, de modo que son ellos los primeros interesados en remediarlas; son ellos los que disponen de los derechos ciudadanos que a sus compatriotas del exilio les son enajenados tan pronto truecan su geografía, y si bien el exiliado puede regresar (o no), quienes viven en la Isla saben que de sus decisiones de hoy dependerá la habitabilidad de su propio futuro y el de sus hijos.

Exhortar a la frugalidad y al sacrificio a los cubanos en nombre de un ideal que ciertos grupos de izquierda defienden con fervor ante lonchas de jamón serrano y algún Ribera del Duero Gran Reserva, me resulta tan inmoral como exhortar a esos mismos cubanos a derribar al gobierno al precio de sus vidas, mientras se trasiega un sándwich cubano y un batido de mamey en el Palacio de los Jugos.

Y entre esos cubanos del inside puede que sean algunos/muchos/los intelectuales quienes dispongan de mejores recursos para ejercer su “conciencia crítica”, dado que poseen los recursos teóricos y una información de primera mano sobre la realidad cubana. Aunque esa “conciencia crítica” pueda estar condicionada no sólo por el miedo a las represalias, sino por el mero cálculo de su escasa rentabilidad a corto plazo. Para Edward Said, “la dependencia económica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales”. En un país donde todos los medios culturales y de difusión, así como otorgar (o no) libertad de movimiento, están en manos del Estado,  la dignidad contestataria puede ser temeraria.

Eso no significa, desde luego, que a los cubanos que residen fuera de la Isla, y en particular a sus intelectuales, les esté vedada la participación en ese debate. Muy por el contrario, sería recomendable. Dado que en la diáspora habita el 15% de los cubanos del planeta, vetar su participación equivaldría a la exclusión de todos los habitantes de la ciudad de La Habana.

Sin que me avale ninguna estadística confiable, opino que la mayoría de los cubanos de la diáspora conserva su interés por los acontecimientos de la Isla, bien sea porque ésta afecta a sus familias allí o porque se sienten con derecho a ejercer su ciudadanía insular, así sea virtual. Y creo que sería muy útil para el país que esas voces fuesen escuchadas y se sumasen a las de sus compatriotas en la Isla. Las razones son varias.

En primer lugar, al conservar su ciudadanía cubana (incluso tras haber adquirido otra, cosa que la Constitución prohíbe pero el gobierno mantiene), les asiste el derecho de participar en la vida pública de su país. Si, como reza la página del Ministerio de Relaciones Exteriores, esa diáspora es esencialmente económica, comparable con otras poblaciones migrantes de nuestro continente, deberían recibir un trato equivalente: preservar sus derechos económicos, sociales y políticos y ejercerlos desde cualquier geografía.

Entre esa población outsider existe una elevada proporción de profesionales altamente calificados, formados en Cuba y/o fuera de Cuba, cuya aportación al debate social, político, económico, artístico y científico que prefigure el futuro de la Isla, no debería desecharse. Portadores de una experiencia profesional y ciudadana adquirida en otros contextos, ésta les concede la posibilidad de pronunciarse partiendo de enfoques y perspectivas que enriquecerían el debate y, en sintonía con sus colegas de la Isla, conjurar males futuros y sortear obstáculos evitables. Como ya observó Gramsci, la escolarización proporcionada por un Estado responde a su aparato ideológico. Inyectar sabidurías otorgadas por otros modelos de escolarización sería, por fuerza, enriquecedor. Y no me refiero a predominio alguno, sino a las bondades de la biodiversidad.

Dado que Cuba se encuentra inmersa en un proceso de cambio y que, por su carácter de economía abierta en medio de un mundo globalizado, le sería casi imposible superar su crisis actual de modo endogámico, sería esencial para el país apelar al capital intelectual, a la experiencia profesional, empresarial y científica de su diáspora, sobre todo si la perspectiva de Cuba es sumarse al verdadero motor del desarrollo en el siglo XXI: la sociedad del conocimiento.

Una participación activa de ese capital humano, e incluso del otro capital, en el proceso de renovación y remodelación de la sociedad cubana, facilitaría la apertura de puentes y espacios de colaboración entre ambas orillas; el traspaso de know how, tecnologías e información; mercados de bienes y servicios, y mercados de ideas.

Para ello, desde luego, sería imprescindible que el Estado cubano reconsiderara sus relaciones con la diáspora. Ya que preserva su condición nacional, es moralmente insostenible no preservar sus derechos ciudadanos, así como a entrar o salir libremente de la Isla y disponer allí de las mismas prerrogativas que sus compatriotas residentes en Cuba. Sería inaceptable otorgar a la diáspora el derecho de aportar su capital profesional al tiempo que se le amputan otros derechos. E imponer condicionamientos políticos a esa participación bastaría para sentenciar su inviabilidad.

Ciertamente, una parte de la diáspora, atenta a sus carreras profesionales y a las coordenadas sociopolíticas de las sociedades donde se han reinsertado, se desentiende de los asuntos cubanos. Y está en todo su derecho. Son noruegos o canadienses vocacionales. Según un estudio realizado en Miami por la Florida International University (FIU), sólo una pequeña parte de los exiliados en esa ciudad regresaría a la Isla incluso en caso de que cambiaran drásticamente las condiciones que los empujaron al exilio. Han rehecho sus vidas y ya tienen hijos y nietos que viven, como diría Gustavo Pérez-Firmat, en el hyphen: cubano-americanos, cubano-españoles. Pero, gracias a las nuevas tecnologías de la información, muchos de ellos estarían dispuestos a contribuir con sus saberes y experiencia, aunque no se radicaran en la Isla. Pocos países de nuestro entorno cuentan con ese capital potencialmente disponible para su relanzamiento.

Relicto de aquel unamuniano “¡Qué inventen ellos!”, se mantienen en nuestros países no pocos prejuicios ideológicos contra los intelectuales: una élite improductiva y desasida de la vida práctica, y ante la cual la sociedad suele adoptar posiciones extremas: la reverencia o la descalificación. La historia demuestra, en cambio, que aquellos países que primero comprendieron la fuerza motriz de las ideas son hoy las sociedades económica y socialmente más avanzadas. Cuba cuenta con una doble reserva de la materia prima más importante del siglo XXI: el talento: una población altamente instruida en la Isla y una sólida masa profesional en su diáspora. Al Estado cubano atañe la responsabilidad, pensando en el destino de la nación más que en el ejercicio confortable del poder, de crear las condiciones para que esa doble reserva de talento se revierta en bien de toda la sociedad, o, por el contrario, inhibir su despliegue por temor a los “daños colaterales” que pueda ocasionar, pues, como escribió a Nikita Kruschev en 1954 el académico Piotr Kapitsa: “una de las condiciones para el desarrollo del talento es la libertad de desobediencia”.

El papel del intelectual contemporáneo ya no es el mismo que en época de Emil Zolá, Antonio Gramsci o Jean Paul Sartre. Una sociedad mucho más compleja y el recuento de la experiencia histórica excluyen los sitiales de gurús supremos. Aun así, el talento sigue siendo “incómodo” para toda forma de poder que no asuma a la intelectualidad y su “conciencia crítica” como parte inalienable del tejido social y propulsor de su desarrollo. El Estado moderno no puede entresacar con una pinza de cejas aquellos saberes deseables y desechar los saberes incómodos. Está condenado a comprar el pack completo.

Umberto Eco afirmaba que nada lo irritaba más (o lo hacía sonreír) que ver a los intelectuales utilizados como oráculos. Y nada más alejado de este texto que pretenderse oracular. Me bastaría que algunas de estas ideas alimentaran el debate entre los hombres y mujeres destinados a construir la Cuba del mañana.

“Outsiders”; en: Espacio Laical, nº 1, La Habana, 2012, pp. 69-71. http://www.espaciolaical.org/contens/29/6971.pdf





Discusiones bizantinas

27 01 2012

Quien repase el Documento base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, coincidirá con las palabras de Raúl Castro en el aeropuerto de La Habana, tras despedir al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad: “no hay que hacerse tantas ilusiones con la conferencia ni levantar mucha perspectiva (sic) (…) Ahora es una cuestión interna del partido”. Si no hay que hacerse tantas ilusiones y es un mero asunto de política interna, ¿para qué perder tiempo en formalidades de esa naturaleza cuando el país está abocado a la inminente bancarrota?

Como en un chiste que contaban los moscovitas, al romperse el tren que conducía a la URSS por el camino del socialismo, Leonid Brezhniev pidió a los maquinistas y mecánicos que subieran a bordo y se sentaran. “Pero el tren está roto, camarada”. “No importa. Siéntense. Y ahora muévanse hacia delante y hacia atrás, como si estuvieran sometidos a la inercia del tren en movimiento”. Cuando todos lo imitaron, Brezhniev sentenció: “Como ven, el tren no se mueve. Pero parece que se mueve”.

El documento de marras recuerda en su retórica añeja a aquella discusión bizantina perpetrada por los monjes para  decidir si las sandalias reglamentarias serían negras o marrón, el color de la cuerda con que se anudarían la sotana y su calibre específico, mientras Mohamed Mahomet II, El Conquistador, sitiaba Constantinopla, y el ejército de Constantino XIII se desangraba para impedirlo. (Mohamed Mahomet II dispondría más tarde de mucho tiempo libre para ocuparse de los monjes).

El punto I, “Funcionamiento, métodos y estilo de trabajo del Partido” es un calco de cientos de documentos anteriores, y reitera el dogma de que el PCC es la vanguardia de la sociedad, no porque sus ideas sean las más eficientes, avanzada o innovadoras; ni porque cuente con la mayoría de los votos en una pugna electoral con otras formaciones; ni siquiera porque sus miembros sean los más cualificados. Es la vanguardia porque es la vanguardia.

Si alguien quisiera armar un diccionario de dialecto burocrático, el punto II, El trabajo político e ideológico, es una fuente indispensable. En él aparecen todas las frases hechas de este medio siglo: “fortalecer la unidad nacional”, “impulsar la participación”, “evaluar sistemáticamente”, “profundizar en la conciencia”, “estimular la protección y cuidado de los bienes”, “incentivar la participación real y efectiva”, “promover en el pueblo la cultura económica, jurídica, tributaria y medioambiental”, “perfeccionar la atención política”, “desarrollar la labor política e ideológica”, “proyectar estrategias”, “combatir enérgicamente”, “enfrentar los prejuicios”, “consolidar la política cultural”, “adecuar la enseñanza del marxismo leninismo”. (¿Adecuarla al protocapitalismo de Estado?). De modo que cuando nos llama a “enfrentar las manifestaciones de formalismo”, uno se queda tan perplejo como ante una revista sadomaso encabezada por un editorial sobre las virtudes de la moral cristiana y los beneficios de la abstinencia.

En ese mismo punto se llama a “reflejar a través de los medios audiovisuales, la prensa escrita y digital, la realidad cubana en toda su diversidad” y a “estimular que los medios de comunicación masiva sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate”. Dicho por los mayores perseguidores de la libertad de expresión, son afirmaciones equidistantes entre el cinismo y el humor negro.

En cuanto al punto III, la Política de cuadros, lo más novedoso es la reiteración de la limitación a diez años de los altos cargos (cuando la esperanza de vida de ningún alto dirigente cubano alcanza esa cifra). Es una humorada “promover que los cuadros surjan de la base” desde una cúpula integrada, casi exclusivamente, por septuagenarios autoelegidos por razones históricas. Y garantizar la “sólida preparación técnico-profesional, probadas cualidades éticas, políticas e ideológicas” es apenas una boutade futurista. Pedir a los cuadros  “mayor agilidad e iniciativa” desde la parsimonia con que el raulismo está desplegando sus tímidas reformas es un total contrasentido. Y “demandar de los cuadros el cumplimiento de las disposiciones legales y exigir, cuando corresponda, la responsabilidad a los infractores”  es una verdadera novedad, el pleno reconocimiento de que en Cuba no todos son iguales ante la ley. En cualquier país medianamente funcional esa especificación resulta innecesaria. Cuadros o no cuadros, todos los ciudadanos están obligados al “cumplimiento de las disposiciones legales”. Reiterarlo es como recordarles que en su condición de cuadros deben respirar más o menos regularmente.

En las Relaciones del Partido con la UJC y las organizaciones de masas, el punto IV, se ofrecen las instrucciones de cómo continuar manteniendo con ellas la misma relación fraternal del titiritero con su marioneta: “garantizar un vínculo sistemático”; “atención a los pioneros, adolescentes y jóvenes”; “garantizar que el método y las formas para la selección de sus cuadros sean…”, e incluso “promover espacios para la recreación” y “perfeccionar las publicaciones juveniles” (al estilo del diario Granma).

De modo que cuando Ricardo Alarcón afirma en relación a la Conferencia que “la renovación es indispensable en todo, (y) es absolutamente indispensable en la isla” quiere decir absolutamente nada. Correlacionar este documento con decenas o cientos de documentos anteriores demostraría que esa “renovación” ni siquiera alcanza a la sintaxis.

Y Mariela Castro, tan especializada como de costumbre, confía que la conferencia “ayude a desbloquear el proyecto de ley sobre los derechos de transexuales y homosexuales”. ¿Y los derechos de los once millones restantes, e incluso de los trans y homos cuando no cumplen su estricto papel de criaturas sexuales en la que el marielismo-leninismo las quiere confinar?

A mediados de noviembre pasado, Pedro Campos publicó en Kaos en la Red su artículo “Cuba: La Conferencia puede ser la última oportunidad” (www.kaosenlared.net/noticia/cuba-conferencia-puede-ser-ultima-oportunidad). En él, Campos reitera algo sobre lo que ha hecho énfasis en textos anteriores: que la revolución del 59 fue política, pero dejó pendiente la revolución social. “Estatizó toda la propiedad, pero no la socializó, ni cambió la organización asalariada del trabajo que tipifica el capitalismo. Del capitalismo privado, pasamos a un capitalismo monopolista estatal y (…) un orden político centralizado. Aquella revolución (…) nunca realizó los cambios democráticos y socializantes necesarios”. Por el contrario, instauró el estado-parásito subvencionado por la URSS y Venezuela.

Campos acusa al status quo de déficits democráticos, estatismo, corrupción y retranca a la implantación de “un socialismo más participativo y democrático” por el que él aboga. Y ahora “el estado enfatiza su carácter controlador y recaudador de las finanzas y los recursos, al tiempo que trata de desentenderse de sus compromisos sociales” (suma “lo peor del “socialismo de estado” y “lo peor del capitalismo neoliberal”). Concluye que “capitalismo estatal más capitalismo privado, suma capitalismo” promovido por “una burocracia que pierde, por días, la vergüenza revolucionaria”. (Si alguna vez la tuvo, le faltó por anotar). Y teme que “nos arrebaten la revolución” “unos cuantos obcecados, desviados por los vicios, egos y ánimos de lucro que engendra el poder”.  Un temor superfluo, porque la revolución ya le fue escamoteada al pueblo cubano en los años 60.

Tras un análisis objetivo, y en gran medida certero, de la realidad cubana, Campos no puede evitar deslizarse hacia la Política-Ficción y la Sociología-Ficción, una tendencia de la izquierda que sicoanalistas más capacitados que yo deberán estudiar algún día. Argumenta que la variante tropical del sistema chino no será posible en Cuba porque nuestra historia “ha generado en nosotros un sentimiento muy fuerte contrario a la explotación, a la sumisión, a la dominación, a trabajar para otros: los cubanos preferimos trabajar para nosotros mismos y nuestras familias, lo cual nos hace autogestionarios, por principio, algo que no está tan enraizado en la conciencia social china de carácter cuasi-feudal”. Lo cual podría explicar que dos millones de cubanos se hayan ido (y 50 millones de chinos), pero no que los once millones restantes hayan soportado medio siglo de explotación, sumisión y dominación trabajando para otros. Alerta que en dos años puede Cuba convertirse en neocolonia con la entrada masiva de capital norteamericano, aunque confía en que “el rechazo de los cubanos al imperialismo, y especialmente al imperialismo norteamericano, hace muy difícil aquí reintroducir el capital del Norte en amplia escala; no así sus productos”. Sin que nos explique por qué rechazarían los cubanos el capital que levanta una empresa y ofrece empleo, y no los productos. El militante del partido parece usurpar el puesto al científico social. Un militante incapaz de alcanzar ciertas verdades cuando estas florezcan fuera de los límites de su pastizal ideológico.

Teme, no sin cierta razón que el rechazo popular al seudosocialismo imperante incline el péndulo político al otro extremo. Anuncia la posibilidad de una verdadera revolución y concluye que “Si al pueblo no queda otra opción que la revolución política, no culpen a los revoltosos, a los inconformes, a los desposeídos, a los revolucionarios, a los que decidan cambiar el gobierno a como dé lugar”.

¿Estamos, como augura Campos, en vísperas de una segunda revolución si el gobierno no implanta los cambios hacia un socialismo libertario y participativo? Una población harta e incrédula de sus gobernantes, una gerontocracia más atenta a su supervivencia que al bienestar de los gobernados, una economía en bancarrota y un panorama de crisis internacional son ingredientes óptimos para prefigurar un estallido, pero, a menos que ocurra un grave error de cálculo o una catástrofe, no se avizora la revuelta que predice Campos, y menos aún hacia ese socialismo participativo y libertario que sería una primicia mundial.

La historia de los totalitarismos del siglo XX demuestra que esos estallidos re-revolucionarios raras veces se producen. En Cuba, la re-revolución ha sido migratoria. El Estado emplea ingentes recursos en penetrar a los grupos opositores desde su estado larval y reprime con rudeza desproporcionada la más mínima disidencia, podando continuamente su base social. Aunque existen imponderables que podrían propiciar estallidos espontáneos y, posiblemente, fuera de todo control, en particular el de la disidencia tradicional: agravamiento extremo de la crisis mundial, hundimiento de la economía cubana, un exceso represivo y no convenientemente ocultado, o un mal cálculo del equilibrio entre pequeñas aperturas que creen esperanza y anclajes conservadores que preserven el status quo. En ese caso, ¿dispararía el ejército contra el pueblo? Me gustaría asegurar, como Campos, que no, pero los generales serán los grandes beneficiados de un poscastrismo a su medida que ya prefiguran. Si están dispuestos a inmolar la felicidad de once millones de compatriotas a su proyecto de reencarnar como la oligarquía de la Cuba futura, ¿dudarían en fusilar in situ a diez soldados reticentes para garantizar la obediencia de los otros?

“Discusiones bizantinas”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/discusiones-bizantinas-273356





Esbirros

23 01 2012

La historia se repite. Esta vez, de nuevo, como tragedia.

A sus 31 años, Wilman Villar Mendoza ha muerto el jueves 19 de enero de 2012, a las 18:45 horas, en el hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba.

Se ganaba la vida como zapatero y haciendo pequeños trabajos de carpintería o lo que apareciera. Villar se afilió a la Unión Patriótica de Cuba en agosto de 2011, decisión que provocó una crisis en la familia. Al parecer, su madre mantiene relaciones con un oficial del Ministerio del Interior, y una de sus hermanas, con un agente de la Seguridad del Estado.

El 14 de noviembre, Wilman Villar intervino en una protesta pública de la Unión Patriótica en Contramaestre. Fue entonces cuando la policía lo detuvo, lo golpeó y amenazó con procesarlo si no abandonaba la organización disidente. Ante su negativa, el 24 de noviembre fue condenado a cuatro años de prisión, acusado de “desacato, resistencia y atentado”, sin las mínimas garantías procesales. Un juicio donde ni siquiera se le permitió presentar los testigos de que fue él la víctima de la agresión policial, no a la inversa. Al día siguiente, tras calificar este proceso de “farsa judicial”, Wilman Villar Mendoza se declaró en huelga de hambre y se negó a vestir el uniforme de preso común, reivindicando el carácter político de su cautiverio.

En respuesta, fue confinado desnudo, sometido a las bajas temperaturas de diciembre, sin provisiones de agua, en una celda individual de castigo del tristemente célebre penal de Aguadores, en Santiago de Cuba.

(Lo de tristemente célebre no es una frase hecha. Aguadores tiene 1.200 reclusos viviendo en condiciones infrahumanas: menos de un litro de agua por persona al día, varios días sin poder bañarse, raciones de 90 gramos de arroz y una papa de 3 centímetros de diámetro; cucarachas y chinches se pasean por las celdas donde entre 27 y 60 hombres se hacinan y duermen en el suelo. A lo que se suman los abusos continuos de los carceleros, particularmente crueles con los opositores políticos).

Lo que para un hombre sano significaría una durísima prueba, para alguien en huelga de hambre era una condena a muerte. Y sus carceleros lo sabían.

El 25 de diciembre, Wilman Villar detuvo su ayuno, y lo reinició a principios de enero. Cuando contrajo neumonía por sus condiciones de confinamiento, los carceleros demoraron la atención médica como medida de presión para que abandonara la huelga. Fue entonces cuando la Seguridad del Estado propuso a Maritza Pelegrino Cabrales, su esposa, apartarse de las Damas de Blanco, en cuyo caso su marido sería excarcelado. De lo contrario, la amenazaron, podrían quitarles a sus hijas. En ese momento, ya ellos sabían que a Wilman Villar la muerte lo excarcelaría en breve.

El 14 de enero, inconsciente y en estado crítico, fue trasladado de urgencia al hospital. Su esposa asegura que en ese momento ya estaba prácticamente muerto. “Ellos me decían que estaban poniéndole la mejor medicina y el mejor tratamiento, pero era para ganar tiempo… para que nosotros pensáramos que lo estaban haciendo, pero no era verdad”. Los médicos de la sección de Terapia Intensiva del Hospital Juan Bruno Zayas, de Santiago de Cuba, le comunicaron que Wilman tenía una neumonía. La infección se extendió a un riñón y padecía, además, una sepsis generalizada, ocasionada por las condiciones de su confinamiento y la falta de atención médica. Wilman murió de un “fallo multiorgánico” provocado por la “sepsis generalizada”.

La saña de sus verdugos no se detuvo con la muerte. Prohibieron a su esposa ver el cadáver. “Yo quería verlo y me dijeron que no podía”, afirma, “que fuera ya para la funeraria, que qué iba a resolver si ya él estaba muerto”.

De inmediato el hospital fue rodeado, para evitar manifestaciones de solidaridad y duelo, y una ola de detenciones cunde por Santiago de Cuba.

Los ideólogos de la represión en Cuba deben estar reprendiendo en estos instantes a sus esbirros de Aguadores. No por esbirros, sino por brutos, por no evitar otro Orlando Zapata. La vida o los derechos de un ciudadano no son asunto de discordia: su desprecio es parte consustancial del sistema a todos sus niveles. La estrategia es la misma desde hace medio siglo. El asunto es táctico. Ya no se puede fusilar alegremente ni ejecutar in situ a los alzados del Escambray, dinamitar el presidio modelo de Isla de Pinos con el objetivo de volarlo con todo su contenido, o endilgar penas de prisión por decenios a cualquier inconforme y, además, gozar de buena prensa internacional. La Primavera Negra de 2003 cambió radicalmente las normas. Hubo rebelión casi unánime de compañeros de viaje, la mayoría de los cuales no ha vuelto a enrolarse en la tripulación castrista. El mundo condenó sin paliativos al Gobierno de la Isla. Desde entonces, y a pesar de que sigue intacto el desprecio del castrismo por sus ciudadanos, la táctica ha cambiado: detenciones cortas, amenazas, persecución implacable pero sin llegar a los extremos de otros tiempos y, sobre todo, sin sobresaltar demasiado a la opinión pública mundial (la doméstica está a resguardo del desparpajo informativo, y al alcance del ojo que todo lo ve).

Pero un Estado que necesita esbirros sabe que no son absolutamente programables. El instinto depredador, sumado a la prepotencia de quien se sabe impune, provoca estos “accidentes”. Pero hay esbirros de otra naturaleza. Los amanuenses de los matones, los escribas de la infamia.

En el blog “DeBateando” (nótese que el debate es con un bate de béisbol) aparece el titular “Falleció el delincuente Wilmar Villar Mendoza”, que también reproduce el blog CubanitoenCuba. Alaba la atención médica recibida (in articulo mortis) por el disidente, y se refiere a WVM como “un violento ciudadano, de una peligrosidad social comprobada” (tanto, que ni se ocupa de demostrarlo), “antosocial (sic), guapetón y abusador”, y añade que “su propia esposa fue una de las víctimas” (la misma que denuncia su asesinato, razón por la cual, el bateador, experto ahora en inflexiones lingüísticas, afirma que su voz es sospechosamente sosegada cuando denuncia el hecho). Lo demás es un abuso de adjetivos, errores sintácticos y faltas de ortografía (farza, idelaes, inciativa).

El autor se pregunta “¿y en verdad un delincuente común, sin idelaes (sic) verdaderos es capaz de sacrificar hasta su propia vida?”. O sea, reconoce que este hombre ha sacrificado su vida. Y añade: que “eso depende de cuanto (sin acento) se le asegure en efectivo para él y su familia en un país pobre como este (la escasez de acentos es notable), donde la política sucia puede ser un medio de vida”. Según su tesis, este hombre maltrataba a su esposa y acto seguido se inmola para garantizarle una indemnización cuyo origen o cuantía el autor tampoco se toma el trabajo de demostrar. Ignoro el nivel de credulidad de los lectores de DeBateando, pero la teoría del maltratador sacrificial entra en la esfera de lo para-anormal. En algo sí tiene razón; “la política sucia puede ser un medio de vida”. Aunque el bloguero no nos confiese cuánto le pagan por sus atentados simultáneos contra la honradez y contra la lengua.

En La Koladita, aparece un texto reproducido en el Blog de Yohandry y en el de Manuel H. Lagarde: “Buitres sobre mi Santiago”, que insiste en tildar a Wilman de delincuente común y acusa a los círculos de Miami de esperar con entusiasmo la muerte del disidente, una nueva bandera. Ni una palabra contra los verdugos.

En El Heraldo Cubano, “El vuelo de las tiñosas” va por idénticos rumbos, aunque en este caso se remonta a la invasión de Bahía de Cochinos, habla de Guerra Sicológica y reitera los viejos argumentos sobre Orlando Zapata Tamayo. Al tiempo que da por ciertas todas sus teorías conspirativas contra Cuba, habla de “una supuesta huelga de hambre de Wilmar Villar Mendoza, un recluso común”, como si se tratara de un rumor no confirmado.

La muerte de Wilman Villar Mendoza es una infamia más en la larguísima saga del castrismo. Hay que evitar a cualquier precio que los ciudadanos se adueñen de la calle, propiedad privada de los comandantes/generales desde 1959. La advertencia a los transgresores debe ser drástica, disuasoria para ese ciudadano común que se debate entre la desilusión y el miedo. Y para eso se necesitan dos tipos de esbirros: los que asesinan a los hombres y los que asesinan la verdad. Ambos serán recordados por la Historia.





2012

13 01 2012

El 21 de diciembre de este 2012, Año del Mago para los mayas, concluye su quinto ciclo solar con la alineación de la Tierra, Júpiter y Marte. Aunque lo más probable es que al día siguiente comience el sexto ciclo maya, y nada más, el club de fans del apocalipsis insiste en que ese día se acabará el calendario. El maya y todos los demás. E invocan una antigua profecía sumeria según la cual ese mismo día el planeta Nibiru –que se asocia a Júpiter o a la Estrella Polar en los textos antiguos–, cuya presunta órbita excéntrica ha hecho las delicias de los ufólogos, pasará cerca de la Tierra, alterará los polos y una serie de maremotos destruirá el planeta.

Poco antes, el 22 de septiembre, algunos científicos auguran violentas tormentas solares. Por si acaso, no concierten para ese día videoconferencias ni confíen sus vidas a los sistemas electrónicos. Como será sábado, un paseo campestre, bronceador en mano, sería lo más recomendable.

Mucho antes, el 23 de enero de 2012, comienza el Año del Dragón, signo propicio para los chinos. Tras las revoluciones industrial y del conocimiento, se anuncia la Revolución del Todo a Cien. 2012 también trae cuatro eclipses, dos de Sol y dos de Luna, y el retorno de Saturno en octubre hacia el signo de Escorpión, algo que sólo ocurre cada 30 años.

Los mantras, hechizos, rituales, cursos de feng shui, amarres, amuletos y el tarot se venden como antídotos del desconflaute universal. (A los bibliotecólogos: la palabra clave es “venden”).

Un tal Federico de Robertis, sicólogo social y argentino, valga la redundancia, anuncia que nos abocamos a «la última etapa de un ciclo largo de 26.000 años que culmina entre el 21 y 23 de diciembre y marca el pasaje hacia nuevos sistemas de ideas; diferentes al capitalismo, el poder monopólico, el odio desmedido, las guerras. (…) Vamos hacia un amanecer de la conciencia, un camino lumínico nuevo…». Y recomienda a los urbanitas encandilados por la nueva iluminación led «crear su propio ecosistema interno hasta alcanzar la calma”.

En Cuba aparece la Letra del Año. No una, sino dos: la de la Comisión Organizadora Miguel Febles Padrón, y la “oficial”, de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, del Consejo Cubano de Sacerdotes Mayores de Ifá.

Antes nos recuerdan que la Letra de 2011 no fue como las promesas del gobierno, sino que se cumplió. La «caída de cabezas de familia» fue la carambola de presidentes derrocados en el norte de África y la muerte de Kim Jong-il. Tampoco faltaron los desastres naturales y medioambientales anunciados. Esta vez en Filipinas, Brasil, Nueva Zelanda, España, Chile, Tailandia, Turquía y Japón. Profecía segura. No hay año sin desastre. En 2011 dominó Baba Eyiobe (doble salvación), un signo que aparece en años de inflexión para la historia de Cuba –1959, 1989, 1998, 2004 y 2011–.

La letra del año “oficial”, la de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, tiene como signo Ogbeche. Su profecía es “Ire aiku lese alaleyo, eyebale” (Un bien de salud gracias al oricha regidor de cada persona, hay que darle sacrificio (sangre). Gobierna Ochun y acompaña Changó. Entre los refranes del signo llaman la atención: “Mentiroso y revolucionario” y “La carreta se va delante de los bueyes”. Recomienda utilizar una pluma de loro en la cartera de forma permanente. La letra apuesta por la unión de la familia, religiosa y sanguínea, evitar la discriminación social y racial, el consumo de alcohol y drogas, el uso de armas de fuego y armas blancas, y tener sumo cuidado con negocios ilícitos, estafas y robos. (Es una especie de código penal). En sintonía europea, evitar el despilfarro, porque tendremos situaciones económicas difíciles, y es imprescindible el ahorro. Y augura un año difícil para la salud (estrés, problemas estomacales, ginecológicos, circulatorios, afecciones en las piernas y la vista, cáncer, problemas mentales y locuras transitorias).

Por su parte, la letra del año de la Comisión Miguel Fébles Padrón, presidida por el sacerdote de Ifá Guillermo Diago Molina, “Ogbe Weñe”, fue extraída por Michael, un babalao canadiense recién graduado. De modo que no sólo está en manos canadienses el destino del turismo nacional. Para esta comisión, el signo regente es “Baba irete meyi” (“La sombra del niño de corta vida”). La divinidad regente es Oya, y la divinidad acompañante, Oggun. Predice trastornos de la locomoción, hernias discales, trastornos de bajo vientre en la mujer, disminución de la natalidad y aumento de la mortalidad infantil, trastornos digestivos, epidemias y enfermedades de la piel. Lo que, unido a la otra letra, augura un año atareado para los médicos que no hayan sido exportados a Venezuela. Esos tendrán otros bretes.

Además de coincidir en la sísmica y el cambio climático, esta letra anuncia guerras y confrontaciones, transiciones, cambios sociales, políticos y económicos; envejecimiento poblacional y serios trastornos en el matrimonio. Deberá prestarse especial atención al asunto de la vivienda (cuidado con las obras sin la debida asesoría técnica) y buscar soluciones ágiles a los problemas. (Seguramente no se refiere a la parsimonia raulista). Recomienda la higiene en los hospitales, una campaña de limpieza general para evitar epidemias; el aprendizaje de oficios manuales; especial atención a los hijos, a la gestión económica pública, a la agricultura y una distribución organizada de los productos, y brindarle a la mujer la consideración que merece; así como cambios y revisión de las leyes penales, adecuándolas a estos tiempos. Más que una letra, parece un programa electoral. Entre sus refranes del Odun, son sugerentes: “El peine no puede peinar un calvo”; “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, y “Fue la boca del macho cabrío la que lo mató”.

En Venezuela, el sacerdote de “Ifá” Adalberto Herrera Alfonso, “Otura Tiyu”, fundador de la Asociación Civil Cultural Seguidores de Ifá (Asoifa), advierte en su letra “sobre la desaparición física de un alto personaje del país y de fuertes enfrentamientos entre opositores políticos”, lo cual tendría repercusiones inmediatas en la letra cubana. Un cruce de letras. Un verdadero diptongo. “Habrá traiciones y maldiciones en el seno militar, triunfos y conquistas de los obreros, ciertas mejoras en lo económico”. Candela pal sindicato, en traducción libre. Y “proliferación de asaltos, robos y actividades ilegales” (especialmente dedicado a los médicos cubanos en Urgencias).

Por su parte, la letra laica de los analistas prevé más preguntas que certezas. La visita del Papa puede invitar a aperturas cosméticas. La realidad social impondrá avances más rápidos que las propias reformas y las nuevas leyes, sugieren algunos. O mano dura a quien se salga del guión, opinan otros. “El peine no puede peinar un calvo” resume la voluntad renovadora. Y “El juez que mucho avisa no quiere encontrar culpable”, su batalla contra la corrupción (al menos desde cierto nivel al cielo). Todo aromatizado con el lejano olor del petróleo en el Golfo, ahora que Chávez tiene en su contra la letra venezolana.

En el resto del planeta, los mismos expertos que no vieron venir la crisis, aseguran que 2012 será el más difícil de la historia del euro y del proyecto europeo. Se impone limitar el déficit al 0,5% del PIB y establecer un fondo de rescate permanente. Reformas en materia laboral, pensiones y fiscalidad. Austeridad y recortes sociales. Una segunda recesión económica y desempleo masivo; nuevos tratados internacionales para avanzar hacia una unión fiscal y económica más fuerte. Sanear y recapitalizar los bancos, que han paralizado el crédito, para que abran el grifo. Pero 523 bancos recibieron préstamos del BCE a tres años por 489.000 millones al 1%. En lugar de abrir el crédito a empresas y familias o adquirir deuda pública, guardaron en su balance 220.000 millones y depositaron el resto en el BCE al 0,25%.

Se habla de un vagaroso “plan de reformas económicas para estimular el crecimiento” al tiempo que Bruselas rechaza un plan de inversiones públicas y pronostica un 0,5% de crecimiento en 2012.

La letra del año de Christine Lagarde, jefa del FMI, más atendible que las otras, anuncia que «La economía mundial está en una situación peligrosa». La crisis de deuda «es una crisis de confianza en la deuda pública y en la solidez del sistema financiero». En tiempos de crisis, el nacionalismo de cada país gana terreno al europeísmo. Incluso los emergentes, China, Brasil y Rusia en particular, que fueron motores de crecimiento mundial, “sufrirán ante los factores de inestabilidad».

Visto lo visto, quizás los armagedonistas de inspiración maya no anden tan desencaminados. Y si después del 21 de diciembre sólo viene el 22, no desesperen.

Según el astrónomo holandés Piers van der Meer, en 2013 las tormentas solares destruirán la vida en la Tierra. Si aun así sobrevivimos, en 2014 el astrofísico británico Albert Sherwinski anuncia una gran nube de polvo cósmico que arrasará el sistema solar. Y la nueva era glacial que vaticina el astrofísico ruso Jabibul Abdusamatov. Para 2018, los intérpretes de Nostradamus anuncian el holocausto nuclear. Y con un poco más de paciencia, nos queda el apocalipsis fijado por Isaac Newton para 2060.

“2012”; en: Cubaencuentro, Madrid, 13/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/2012-272862





Calentón.net

3 01 2012

El pasado 19 de octubre apareció en el diario Juventud Rebelde un artículo (http://www.juventudrebelde.cu/suplementos/informatica/2011-10-19/internet-calienta-el-mundo/), cuando menos, original: “Internet «calienta» el mundo”, escrito por Mario Alberto Arrastía Ávila, especialista de Cubaenergía.

El autor nos descubre que si bien Internet ha traído ciertos beneficios, hacer una búsqueda en Google, entrar en Facebook o ver un video en YouTube consume electricidad y emite “gases que contribuyen al calentamiento global”.

Anota que entre 2000 y 2010 el tráfico en Internet creció 200 veces, y pormenoriza millones de emails por segundo, cuentas diarias de Twiter y 3.000 millones de usuarios en 2015 con un tráfico de 966 exabytes, según Cisco.

El autor afirma que “como la electricidad que usan nuestras computadoras y el centro de datos no se genera cerca de nosotros, no podemos ver la contaminación atmosférica creada y es difícil que nos inquiete saber cuánta energía se usa y en qué medida contribuye Internet a ensuciar la atmósfera y calentar el mundo”. (Tampoco queda más cerca la termoeléctrica cuando encendemos la luz o el ventilador, pero en lo de la distancia tiene toda la razón). Y nos alerta de que las telecomunicaciones globales ya ocupan el quinto lugar por su consumo de energía, detrás de Estados Unidos, China, Rusia y Japón. Añade que Amazon, Google, Microsoft, Apple, IBM o Facebook “consumen gran cantidad de electricidad producida a partir de carbón mineral”. Un dato sorprendente: ¿cómo ha averiguado el articulista el origen exacto de la electricidad en redes nacionales entrelazadas que normalmente proviene de hidro y termoeléctricas, nucleares y plantas de energías renovables? ¿Trae la electricidad producida con carbón alguna boronilla que permita distinguirla? En cualquier caso, me fijaré a ver si detecto luminiscencia radioactiva, si gotea crudo o si sale del tomacorriente un vientecillo de generador eólico.

El articulista comenta alarmado que los centros de datos en Estados Unidos consumen el 2% de la energía del país. Y en el planeta es el 1,3%, equivalente a la energía producida por todos los aerogeneradores del mundo. Greenpeace estima que el consumo de electricidad de los centros de datos crecerá en un 200% para 2020 (1.430 millones de toneladas de CO2 emitidas). Aunque los especialistas de Pike Research predicen una reducción del 31% para la misma fecha.

Anota que con el consumo de la infraestructura técnica de Google se alimentaría a 200.000 viviendas norteamericanas (¿cuántas viviendas cubanas? ¿alguien lo sabe?) para gestionar cada día mil millones de búsquedas que seguramente serían más ahorrativas si los clientes se desplazaran a la biblioteca. Que los usuarios de YouTube emiten unas 6.000 toneladas diarias de GEI y que cada clic en Google requiere de 0,003 kWh, lo que provoca la emisión de 0,2 gramos de dióxido de carbono. Confieso que mi próximo clic será dubitativo.

En un país donde los internautas apenas contaminan, es reconfortante que un especialista tenga el altruismo de preocuparse por los cibercontaminantes planetarios. Aunque no es raro si tomamos en cuenta que Cuba es el país más ecológico del mundo.

En primer lugar, la contaminación industrial es ínfima. No sé si el país cumple con los protocolos de Kyoto, pero la cosa ha mejorado mucho desde que los protocolos de Moscú la abandonaron. Y las industrias, y los ómnibus húngaros Ikarus, cuyos humos se observaban a tres paradas de distancia. Muchos carros americanos y Ladas han muerto de muerte natural y la clase dirigente, dispuesta a salvar el planeta, se ha resignado a los Toyota y los Mercedes Benz que cumplen la normativa europea de emisiones.

La casi abolición de la industria azucarera fue otro aporte de la Isla a la capa de ozono, y los grupos electrógenos no duraron lo suficiente para agrandar el agujero.

Hablando de gases, se ha comprobado que el mayor emisor de metano a la atmósfera es el culo de las vacas. Ante la imposibilidad de conseguir por ingeniería genética vacas sin culo, se optó por la extinción de la especie. Gracias a ello, no se necesita desarbolar grandes extensiones para pastizales (como en los 60), y el ecosistema del marabú (esa planta exótica pero que ya sentimos como nuestra) se mantiene intacto.

La frugal alimentación de los ciudadanos también genera menos deyecciones y éstas son más vegetarianas, lo que, según Greenpeace, es más asimilable por el paisaje.

La contaminación acústica es una asignatura pendiente (y qué clase de contaminación), pero la lumínica, que tanto molesta a los astrónomos, está casi resuelta. En algunas zonas de Párraga y Caimito del Guayabal el panorama del cielo es tan diáfano como en el observatorio del Teide. Mira que mandar el Hubble al espacio exterior cuando pudieron colocarlo en Coco Solo. Y eso tiene una ventaja colateral. Cuando pasan de noche sobre la Isla, los satélites espías se dan una perdía del carajo. En el triángulo de las Bermudas hay más luces que en La Habana.

Lejos del consumismo occidental, la conciencia ecológica impulsa en Cuba una cultura del reciclaje que debe estar entre las más decididas del planeta: se reciclan las bolsitas desechables, las botellas plásticas y las laticas; el Frigidaire con el motor quemado se convierte en armario y la plancha sin asa, en tostadora. Nada se desecha, ni siquiera los dirigentes del Partido, que llevan medio siglo reciclándose de ministerio en ministerio.

El país también ha evitado los excesos del urbanismo salvaje que llena el paisaje de rascacielos e invade el hábitat del tomeguín y del sinsonte. En Cuba el crecimiento urbanístico es interior: barbacoas, mamparas, cuatro generaciones en quince metros cuadrados. (Por cierto, el articulista también pertenece a Cubasolar, aunque no sé si eso tendrá relación con el urbanismo). Cuando se llena la barbacoa y la familia empieza a disponer turnos rotativos para dormir, los más jóvenes tienen la delicadeza de ceder sitio a sus mayores e irse. Me refiero a irse. Lo que ha contribuido a la preservación de los ecosistemas marinos. Frente a los océanos sobreexplotados de por ahí, las aguas territoriales cubanas han presenciado un raro ejercicio de reciprocidad: los cubanos se comen tantos peces, como los peces, cubanos.

Y eso nos lleva al comercio exterior de productos ecológicos. El primer rubro de exportación son los cubanos, un sector en que la Isla es líder mundial. Se ha comprobado que los dos millones de unidades exportadas son cien por cien naturales, sin conservantes ni colorantes. Una ganadería sostenible que no genera gastos de transporte y que rinde beneficios durante muchos años. La mala costumbre de los condones soviéticos de convertirse en chalecos salvavidas ocasionó un baby boom en los 60, sobre todo después que la vida nocturna se redujo a la televisión nacional. Ahora la producción ha disminuido, pero aun así se mantienen e incluso se incrementan las exportaciones.

La integridad del autor le obliga a reconocer que “la investigación y redacción de este artículo (…) provocó la emisión de unos siete kilogramos de CO2”. Algo que podría evitar mediante la distribución telepática, el mismo método que emplean los mandatarios cubanos: una discreta consulta popular mediante referendos telepáticos antes de tomar decisiones que afectarán a todos los ciudadanos de la Isla.

La conclusión de Mario Alberto Arrastía Ávila es que por todo eso, “Internet debe usarse responsablemente”. Y es lo único que no comprendo. ¿Qué quiere decir responsablemente? ¿Enviar emails modelo SMS para ahorrar energía? ¿Felicitar a la familia una vez al año por navidades, cumpleaños y santos, todo junto? ¿Buscar en Google sólo aquello que no encontremos en la Biblioteca Nacional? ¿No leer periódicos extranjeros que, al venir desde tan lejos, pueden recargar la red? ¿Medir bien cada clic como si los dieran por la libreta a diez por semana? Aunque ahora caigo: responsabilidad viene de responsable. Yo tuve en Cuba responsables de pioneros, de aula, de sindicato, de lote, de personal y cuadros, de proyecto, de departamento, de propaganda. ¿Por qué no un responsable que nos oriente en la Intranet, esa Internet municipal? Podríamos descubrir que Buscasiboneyes.com es mejor que Google; las bondades de YouNoTube, la web del daguerrotipo, y que en Asambleadebalance.com tenemos más amigos que en Facebook. Todo bajo una supervisión que nos ayude a encontrar el buen camino en la red, ese jardín de los senderos que se bifurcan. (Cuando menos lo esperas, en una Internet sin direcciones prohibidas y adecuadamente señalizadas aparecen los innombrables). No ha quedado demostrado que generar ideas afecte a la capa de ozono, pero deambular por la red sin algún responsable que te oriente puede aumentar la temperatura emocional, y eso sí podría alterar el delicado ecosistema de la Isla.

“Calentón.net”; en: Cubaencuentro, Madrid, 03/01/2012. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/c





El ADN de la crisis (2). La empatía

21 12 2011

 “Siempre hemos sabido que el interés desconsideradamente egoísta era inmoral; ahora sabemos que también es antieconómico”.

Franklin Delano Roosevelt (20 de enero de 1937)

 

 

Estadística de la felicidad

El Hombre Nuevo del que hablaba León Trotski en 1922 no pasó de ser un intento fallido (o quizás nunca intentado) de ingeniería social que costó la vida a millones de “hombres viejos”. Sabemos que una sociedad igualitaria por decreto es un rotundo fracaso. En primer lugar, porque sólo es igualitaria de la cúpula intocable hacia abajo. Y en segundo, porque sataniza la ambición, catalizadora del desarrollo durante miles de años. Pero una sociedad drásticamente desigual es tan perversa como aquella. Toda sociedad donde la infelicidad de la inmensa mayoría es el abono para que crezcan los privilegios de unos pocos (emperadores, reyes, secretarios del partido, dictadores o aristocracias financieras, da igual) termina implosionando.

El coeficiente Gini mide la distribución de ingresos entre 0, máxima igualdad, y 1, máxima desigualdad. En 2011, el coeficiente Gini de Dinamarca, el país menos desigual, es 0,232. Casi todos los países de Europa Occidental están por debajo de 0,30, excepto España (0,319), Grecia (0,321), Irlanda (0,328), Reino Unido (0,335), Italia (0,352), Polonia (0,372) y Portugal (0,385). Justo a los que peor les va con la crisis. En Estados Unidos el coeficiente ha crecido de 0,316 en los años 70, a 0,381 en 2011. Aunque dista mucho de Nambia cuyo coeficiente era 0,707 en 2007.

Si acudimos al Informe sobre Desarrollo Humano 2011 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, es fácil comprobar que los países con mayor calidad de vida del planeta coinciden, casi estrictamente, no sólo con los más prósperos, sino también con los más equitativos y con los menos corruptos.

En 2007, Steve Skara, un obrero metalúrgico de Indiana, contó frente a las cámaras que tras 34 años en LTV Steel, se vio obligado a retirarse por discapacidad. La bancarrota de LTV dos años más tarde le arrebató un tercio de su pensión y el derecho a la asistencia sanitaria. Steve Skara preguntó a los políticos qué está fallando en Estados Unidos y qué harían ellos para solucionarlo.

La desigualdad mata, concluye el epidemiólogo británico Richard Wilkinson al analizar las estadísticas de esperanza de vida decrecientes al compás del aumento del coeficiente Gini. Y éste aumenta con la desregularización, la escasa voluntad redistributiva y la abolición de los límites a la codicia.

El propio Adam Smith, tan apreciado por los neoliberales gracias a sus aseveraciones de que incluso las motivaciones más egoístas aumentan la riqueza social y se revierten entre todos, también se refirió, en pasajes que suelen pasarse por alto, a la honestidad, la moralidad, la compasión y la justicia como lubricantes imprescindibles de la maquinaria social.

El sentido de la equidad no es privativo del hombre. Se ha documentado exhaustivamente en primates, loros, perros, y en los niños se manifiesta desde muy corta edad. Porque la equidad garantiza la paz social, beneficiosa para todos los miembros de la especie. Henry Louis Mencken, ensayista y periodista de Baltimore, escribió: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”.

 

Una especie belicosa

Según los defensores del liberalismo a ultranza y el darwinismo social, sin mecanismos redistributivos que garanticen la cohesión social, ello responde a la naturaleza belicosa de nuestra especie, a la lucha por la supremacía del más apto; pero la ciencia ha demostrado que no estamos genéticamente condenados a la guerra. De hecho, como en otras especies gregarias, hay pruebas ancestrales de asesinatos y depredación entre humanos, pero las evidencias de guerras, que responden a circuitos neuronales diferentes, se remontan, a lo sumo, a 15.000 años. Y no se trata de un impulso biológico natural, algo inscrito en nuestro ADN, sino de una imposición organizada por las jerarquías de la estructura social. Mencio afirmaba que quien había visto la agonía de un animal, no podía comer su carne. “Por ello el hombre superior se mantiene alejado de sus cocinas”. Esto, a mayor escala, ocurre en la guerra. Ya Sófocles, en su obra Áyax, se refería al estrés postraumático de los veteranos de guerra: “Áyax, a quien tú enviaste y victorioso salió en los terribles combates, privado ahora de razón…”. Un fenómeno perfectamente documentado en la literatura médica. La inmensa mayoría de los hombres conducidos a la guerra se resiste al asesinato por orden de sus superiores. De hecho, se estima que apenas el 1-2% de los soldados involucrados en una contienda ocasionan la mayoría de las muertes. Durante la guerra de Vietnam, los soldados norteamericanos dispararon 50.000 tiros por cada enemigo muerto. O tenían una pésima puntería, o la mayoría intentaba no ser letal.

Y eso nos lleva a otra cualidad que sí es innata, aunque no sea exclusiva de los humanos.

 

La empatía

Se ha observado en los arenques, que nadan en cardúmenes, maniobras perfectamente coordinadas cuando acecha el peligro de depredadores. Los estorninos y otras aves hacen lo mismo para confundir a los halcones. Tanto los bueyes almizcleros como los búfalos forman círculos defensivos en cuyo centro colocan a las crías. Los depredadores se enfrentan a un muro de astas que los separa de sus presas. En todos estos casos, el “gen egoísta” recomendaría a cada individuo huir y salvarse por su cuenta, para beneplácito de sus cazadores. La empatía, en cambio, les ayuda a sobrevivir uniendo sus fuerzas en una estrategia común, en la que participa toda la manada, tanto los individuos que tienen crías por defender como los que no.

Delfines que sostienen cerca de la superficie a un compañero herido para que pueda respirar mientras se recupera; animales que salvan a otros que ni siquiera son de su especie; chimpancés que pueden luchar por su territorio pero, llegado el momento, establecen pactos de colaboración; los bonobos, que resuelven los conflictos acicalándose mutuamente y haciendo el amor con los miembros de otros grupos; tigresas, lobas y perras que amamantan cachorros huérfanos de otras especies. De estos y otros muchos ejemplos está plagado el muy recomendable libro La edad de la empatía (Tusquets editores, Barcelona, 2011), de Frans de Waal, donde se demuestra que la empatía, algo que compartimos con otros animales, se remonta a las capas más profundas y antiguas del cerebro, y que funciona como salvaguarda de la especie por encima de los impulsos individualistas.

Paul Zak, profesor de la Universidad de Claremont en California, especialista en Neuroeconomía, disciplina que conjuga economía, biología, neurociencias y sicología, ha estudiado la oxitocina, una hormona generada en el cerebro humano que se relaciona con el establecimiento de relaciones sociales y el vínculo entre la madre y su hijo recién nacido. Según las investigaciones de Zak, esta hormona estimula la empatía, la generosidad y la confianza. “Es el pegamento social que permite crear familias, comunidades y sociedades. Se utiliza como un ‘lubricante económico’ que nos permite realizar con él todo tipo de transacciones”.

Los supervivientes de la catástrofe que hace 150.000 años casi llevan a nuestra especia a la extinción, dispersos en pequeñas partidas, se reunieron hace unos 40.000 años para convertirse en una sola población pan-africana. La empatía resultó, junto con la creatividad, el más poderoso medio para la supervivencia de la especie que, a partir de ese momento, inició las largas migraciones que dispersarían a los humanos por todo el planeta.

“Libertad, igualdad y fraternidad” fue el eslogan de la Revolución Francesa, tan válido entonces como ahora. El asunto es conjugarlos armoniosamente. Si la libertad no se puede ejercer a costa de la libertad ajena, la fraternidad y la igualdad no pueden abolir la meritocracia y la justa y diferencial recompensa en dependencia del aporte a la sociedad. No se trata de una utopía ni de un asunto estrictamente económico, sino de un imperativo ético y moral del que depende la supervivencia de la especie abocada a resolver la catástrofe ecológica, social, humanitaria y económica, antes que un sorbo de agua o una bocanada de oxígeno comiencen a cotizar en bolsa. Las socialdemocracias del norte de Europa, sin ser perfectas, son un buen ejemplo de lo que ocurre cuando la sociedad se atiene a las leyes de la naturaleza, donde todo proceso tiende al equilibrio.

 

Otro mundo es posible

Los dogmas del neoliberalismo, elevados a los altares durante los últimos treinta años, se han derrumbado con la crisis. Cunde el ateísmo. Quienes garantizaban la autorregulación del mercado como fuente de todos los bienes, lo han visto desencuadernarse estrepitosamente. Y quienes llamaban comunismo a toda intervención del Estado, ahora le ruegan una inyección de liquidez que los salve del naufragio. Y si hay que pagar la factura, toda la sociedad debe arrimar el hombro, particularmente los que menos tienen (pero que son la mayoría). Bastará con un pequeño esfuerzo de los pensionistas y los parados, precarizar el empleo, renunciar a ciertos beneficios sociales en salud y educación, como si fueran una graciosa concesión y no prestaciones financiadas por los impuestos del ciudadano –que sufragan, ya de paso, los coches oficiales, abultados sueldos y dietas de la politicocracia, asesores amiguetes y otros gastos innombrables–. Se repite la moderación salarial, pero nadie habla de la moderación de la ganancia. En teoría, esa ganancia es capital que creará empleo por el bien de todos. En la práctica, tras un descenso de un 8% en 2009, la industria del lujo subió un 10% en 2010. Al desempleado en nombre del abaratamiento de los costes y el incremento de la eficiencia le queda el consuelo de ver pasar  la esbelta silueta de un Ferrari.

Y los bancos, que no han dejado de tener ganancias y recibir ayudas públicas, han cerrado con tres candados el grifo del crédito, abocando al cierre a decenas de miles de pequeñas empresas. ¿El Estado no pudo condicionar esas ayudas a la liberación del crédito para mantener el tejido productivo? ¿Tampoco ha podido gravar los bonus desmesurados, prohibirlos en caso de ayudas o sancionar a quienes se han gratificado a sí mismos incluso después de que sus bancos han sido intervenidos tras una gestión desastrosa?

El presidente Barack Obama ha propuesto al Senado la creación de un organismo de protección financiera para los consumidores, un nuevo impuesto de 0,15% a las deudas de las mayores entidades financieras, y una reforma estructural del sistema que limitaría el tamaño y el riesgo de los bancos, restringiría la participación de los bancos comerciales en actividades de alto riesgo, como fondos de cobertura y fondos de capital inversión. Cuenta con el respaldo de Paul Volcker, presidente de la Junta Asesora de Recuperación Económica, y ex presidente de la Reserva Federal bajo los presidentes Carter y Reagan.  David Stockman, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto bajo la presidencia de Reagan y nada sospechoso de izquierdista, también apoya gravar a los bancos. Según él, «los grandes bancos deben reducirse porque no hacen gran cosa que sea útil, productiva o eficiente». Nada nuevo. Hace dos siglos, ya Adam Smith recomendaba mantener a los bancos bajo control y evitar que unos pocos se vuelvan «demasiado grandes para caer».

«El sector financiero está creando muchos riesgos sistémicos para la economía mundial», declaró Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, a The Telegraph. «Es justo que ese sector pague algo de sus recursos para mitigar los riesgos que crea”.

También Gran Bretaña está considerando un impuesto a los bancos para crear un fondo de garantía y un impuesto a las transacciones financieras a fin de limitar la especulación excesiva. Aunque, como vimos recientemente en su enfrentamiento con la Unión Europea, David Cameron encaja mejor en el papel de abogado de la City que en el de primer ministro de Gran Bretaña. Bien mirado, no es el único.

En Inside Job, Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, cuenta que en el momento más álgido de la crisis, durante una reunión con los más importantes banqueros de Wall Street, varios pidieron regulaciones. Necesitamos regulaciones para atajar nuestra codicia. Somos demasiado codiciosos, no lo podemos evitar (como si se tratara de una enfermedad venérea). Pero tanto antes como después de la crisis se han opuesto a las regulaciones, comentó el entrevistador. Efectivamente, respondió Strauss-Kahn, pero en aquel momento tenían miedo.

De modo que la única solución para contener la codicia son las regulaciones efectivas, el miedo preventivo. Lo contrario sería nombrar jefe de policía a Hannibal Lecter.

“El ADN de la crisis (II): La empatía”; en: Cubaencuentro, Madrid, 21/12/2011. http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-adn-de-la-crisis-ii-la-empatia-271814