La Historia: ese personaje

30 09 1993

“La historia de Nuestra América pesa mucho

sobre el presente del hombre latinoamericano,

mucho más  que el pasado europeo sobre el hombre europeo”[1].

Alejo Carpentier

 

Afirmación polémica que inoculará en algunos ciertos recelos sobre la naturaleza apacible de estas reflexiones, y posiblemente tengan razón.

Tres milenios de memoria histórica equivalen a tres milenios de memoria cultural. Difícil sería menospreciar su peso sobre el hombre europeo, la gravedad que confiere a su cultura, bien distante de la levedad —casi diríamos el júbilo— de la nueva narrativa americana.

Pero por otro lado, dado el proceso de plena cocción en que se haya nuestra historia, hay una dosis nada despreciable de razón en la frase de Carpentier. Si para el hombre europeo la historia que desayuna en los periódicos es, en buena medida, como el paisaje que discurre por las ventanillas del tren sin alterar sustancialmente su marcha, para el hombre americano la historia del ayer inmediato —léase los resultados de hoy—, o la que se fragua cada día, y cuyos resultados recaerán sobre él a más tardar mañana, condicionan no sólo sus circunstancias culturales, sino su modus vivendi, y en ocasiones su propia supervivencia.

De ahí que la historia sea, para el hombre americano, más que una larga sucesión de fechas y nombres y batallas, un transeúnte apresurado con el que tropieza cada día en ciudades que crecen con la voracidad de incendios.

Pero esa omnipresencia de la historia no se traduce de inmediato en materia culturalmente digerida;  quizás porque la cultura, como la anaconda, requiere para sus digestiones un lapso de sosiego hurtado al tráfago perentorio de la selva.

Naciones las nuestras que no resistieron, durante su adolescencia, la tentación de “parecerse a sus mayores”, de ahí que

“…por razones muy diversas, nuestros grandes narradores del pasado —que de hecho los tuvimos— no llegaron a percibir, y seguramente a sentir, la realidad de nuestro continente en su exacta significación y en su justo significado. Mas no se trataría propiamente de una incapacidad intrínseca, sino  más bien de una actitud histórica y, por histórica, ideológica. No podemos perder de vista, por una parte, nuestra condición de mestizos, y por otra nuestro origen colonial. Lo primero supone una novedad esencial, para comprender la cual no siempre se está dispuesto ni se posee la sensibilidad indispensable. En cuanto a lo segundo, significa un peso demasiado grande sobre la conciencia intelectual de los pueblos y los hombres de América, tanto, que ha sido necesario mucho tiempo, y que en el mismo ocurriesen muchas cosas, para empezar a deslastrarnos de ese enorme fardo.(…) Pero es evidente que en la visión e interpretación de esa realidad se colaron —porque tenían que colarse— ingredientes deformantes y mistificadores que dieron, inevitablemente, una imagen, o bien imperfecta, o bien incompleta, de nuestra esencia continental.(…) Y en una operación lamentable, pero hoy fácilmente comprensible, muchos de nuestros escritores y artistas cayeron, sin darse cuenta, en la trampa de un sui generis neocolonialismo. Y así surgieron un arte y una literatura que pretendían expresar nuestras esencias americanas, pero con una óptica europea, y lo que es más triste, con el definido propósito de  mostrar al extranjero lo que se juzgaba más atractivo de nuestro mundo: su faz pintoresca, y por ello mismo inevitablemente superficial”[2].

A esta visión prestada de nuestra historia, que, salvo excepciones, no pasó de figurante en la literatura americana previa al siglo XX, sucede una voluntad cada vez más consciente de concederle un papel protagónico en la narrativa continental, que “ha ido enfrentándose a la realidad en los distintos modos y en los distintos sistemas de expresión formal correspondientes también a los distintos tiempos, y ha tratado de ofrecer imágenes coherentes de ella”.[3] El camino, por supuesto, no ha sido rectilíneo. Ha habido intentos fallidos, cauces ciegos, búsquedas de la autenticidad que se sumieron, casi sin darse cuenta, en un localismo ajeno a la universalidad —automática, nunca premeditada— que signa desde siempre las obras que han devenido patrimonio de todos los hombres. Pero los ingredientes de una cultura mestiza no se mezclan de la noche a la mañana por voluntad o decreto. Si “…los problemas centrales que se planteó la novela naturalista (…) fue una problemática moral, más que social”[4], como acertadamente afirma Ángel Rama, ya desde Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri (1931) y El reino de este mundo (1949) de Alejo Carpentier, la historia deviene definitivamente personaje de nuestras literaturas en obras que alcanzan la tesitura de Yo el Supremo (Roa Bastos), la trilogía de Miguel Ángel Asturias, La guerra del fin del mundo  (Vargas Llosa), El siglo de las luces (Carpentier) y sobre todo Terra Nostra (Carlos Fuentes), por sólo citar algunos casos. Línea que lejos de extinguirse con el auge de una narrativa de lo cotidiano y los afanes experimentales, continúa en las obras de Abel Posse, Denzil Romero, Lisandro Otero, Francisco Herrera Luque y cuando menos una docena más de narradores americanos.

Se ha insistido en considerar la historia como argumento, como materia prima de la cual se nutren los personajes; pero en una buena parte de la narrativa latinoamericana eso es sólo parcialmente cierto, cuando no diametralmente falso. En una novela como El siglo de las luces no son Esteban o Sofía o Víctor Hughes los personajes protagónicos. Ellos tan sólo cumplen un papel, declaman los parlamentos que les dicta desde la concha el personaje principal: la historia. ¿Quién es, sino la historia, esta vez en toda su pluralidad de mitos y tradiciones y herencias culturales cruzadas, el personaje protagónico de Terra Nostra?

Por tanto, “la novela que utiliza el acontecimiento histórico como tema, y que parte de una previa investigación de los hechos que han de novelizarse, en persecución de un rigor histórico que sirva de fundamento al texto novelesco…”[5], es rebasada al alcanzar la historia papeles protagónicos, aún cuando lo disimule en personajes que no son sino sus artilugios.

De modo que si coincidimos —y por lo general coincidimos— con Tibaudet en el sentido de que el argumento no tiene valor artístico, “sino como medio de llegar a la composición del carácter de los personajes”[6], al devenir la historia personaje dentro de la narrativa latinoamericana, demuele cualquier suspicacia.

Hemos evadido conscientemente el término “novela histórica” por tratarse de un rótulo bajo el que comúnmente se presenta aquella que emplea el pasado como materia narrativa. Si bien esto se cumple en una buena parte de la producción que erige a la historia como personaje, hay también otra historia, o protohistoria: la que opera  desde el suceder cotidiano.

“Aristóteles nos dice que la historia nos presenta lo que ha pasado, la literatura, lo que puede pasar, lo que es general y probable, en los aspectos esenciales que el tiempo no puede alterar. Ante la literatura nos hallamos, pues, ante la eternidad de lo probable”[7].

Pero al incluir en el concepto de la historia esa protohistoria que actúa en el presente, resulta ella también “la eternidad de lo probable”. Porque

“La materia de la creación novelesca ha de corresponder necesariamente a la diversidad de los sucesos actuales, con sus frecuentes y desconcertantes acciones, o ha de entregarse a extraer del pasado, según la fórmula de Tairot, ‘aquellos elementos que para el espectador actual no han perdido su capacidad de estímulo directo, o los que han perdido su capacidad emocional para hacernos actuar por vía de contraste’. La diversidad de los temas al fin y al cabo se unifican en el método, en virtud de esa unidad primordial forma‑contenido que constituye un todo irrenunciable”[8].

“Lo que nos importa, y lo que siempre ha importado a la novelística latinoamericana, es este grande, avasallador descubrimiento de lo real en circunstancias determinadas.[9]“, es decir, “…recibir el mensaje de los movimientos humanos, comprobar su presencia, definir, describir su actividad colectiva. (…) en esto (…) se encuentra en nuestra época el papel del escritor.[10]“, aunque Carpentier va más allá cuando afirma:

“Creo que el papel del novelista en este momento, del novelista latinoamericano, está en traducir esas mutaciones, esas transformaciones y esas revoluciones. Una nueva temática multitudinaria, colectiva, espectáculos de lucha y contingencia, de movimientos de masa, de confrontaciones entre grupos humanos, se ofrece al novelista contemporáneo. Creo que la actual novela latinoamericana tiende hacia lo épico. Y la futura novela latinoamericana habrá de ser épica por fuerza”[11].

lo que, de hecho, se ha cumplido, pero tan sólo en una parte de la narrativa continental. Otras tendencias discurren por cauces paralelos, enriqueciéndola.

Si

“La novela —dice Ortega y Gasset— con mucha justicia, es el género literario que mayor cantidad de elementos ajenos al arte puede contener’; es decir, el más capacitado para asimilar e interpretar las peripecias de un instante dado en la evolución humana”[12].

cabría coincidir con Carpentier cuando asegura: “Por lo demás, nunca he podido establecer distingos muy válidos entre la condición del cronista y la del novelista. Al comienzo de la novela, tal como hoy la entendemos, se encuentra la crónica”[13]. O, al decir, de John Updike: “Mi narrativa de ficción  sobre la vida diaria de gente normal contiene más historia que los libros de historia…”[14]. Claro que también “En mi opinión, la realidad no debe ser más que un trampolín”[15], porque “…el arte es siempre discriminación y selección, en tanto que la vida es toda ella inclusión y confusión”[16].

¿Cómo opera este proceso dentro de la narrativa cubana contemporánea?

Ante todo, un vistazo nos muestra a la última colonia española en tierras americanas, que alcanzó su independencia casi un siglo después que las restantes. Treinta años de la guerra más sangrienta que se entablara en América por la libertad, culminaron en lo que se ha insistido en denominar la guerra hispano‑cubano‑norteamericana, sentando con la Enmienda Platt las bases para un proceso de neocolonización inédito aún en América y que en el plano económico ya venía instaurándose en Cuba desde medio siglo atrás. Durante la primera mitad del XX fueron creciendo la norteamericanización de la sociedad cubana —admitida con júbilo por una burguesía subsidiaria— y un sentimiento antiimperialista de raigambre popular. Caldo de cultivo idóneo para el triunfo, en 1959, de una revolución de marcado acento nacionalista que pondría en práctica, dos años más tarde, un sistema socio‑económico diametralmente distinto al de  las restantes naciones americanas.

De hecho, un siglo de altísima intensidad histórica cuyo reflejo en la literatura no tiene lugar de inmediato en el cuento o la novela, que tras algunos intentos más o menos felices, pero no definitorios, a fines del XIX, cursa por un naturalismo ya en desuso en Europa a inicios del XX. Si fuéramos a indagar en los orígenes de nuestra narrativa, hallaríamos en autores como Miró Argenter, Manuel de la Cruz y en especial en ese nombre mayor de las letras americanas que fue José Martí, una literatura de campaña de altos quilates, deudora de la cual es la literatura testimonial fraguada en la Cuba de los 60, pero no sólo ella, como veremos más adelante. A la literatura de campaña se suma la labor como cronista de José Martí, que va componiendo con su periodismo un enorme fresco de la época. Hacedor él mismo de la historia, sagaz observador de su circunstancia, prosista y poeta cuya muerte lloró Darío, no es raro que los artículos que componen Nuestra América puedan leerse por momentos con la asiduidad de una novela. Y qué decir de su diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, sin dudas la pieza narrativa más alta de la literatura cubana del XIX y una de las mayores de América.

No es hasta 1933, con la publicación de Pedro Blanco, el negrero, de Lino Novas Calvo, su cuentística de los años 40 y, cerrando este despegue magnífico, El reino de este mundo (1949), de Alejo Carpentier; que la historia entra a la narrativa cubana por la puerta ancha.

Hombres sin mujer, de Montenegro y La trampa, de Serpa, se componen del hoy protagonista, que aparece también, aquí y allá, en la cuentística de Hernández Catá, Enrique Labrador Ruiz, Alejo Carpentier —la noveleta El acoso (1956) y Guerra del tiempo (1958) son los más altos ejemplos. Aunque en cuentos como El camino de Santiago, en El reino de este mundo y en Pedro Blanco, el negrero, de Novas Calvo, aparece la historia como rescate, como parte de un proceso mayor de recuperación de la memoria histórica de la raza, adulterada por siglos de colonialismo y mimetismo (que es el peor de los colonialismos). Proceso mayor al que concurre una ensayística no sólo de altos valores reflexivos, sino también composicionales. Don Fernando Ortiz, Lezama Lima, Ramiro Guerra, Jorge Mañach, Moreno Fraginals, etc., van componiendo el paisaje de las ideas, del que se nutrirá la narrativa y viceversa, por un proceso de vasos comunicantes.

Con el advenimiento de la Revolución, confluyen y coexisten en una narrativa que se vuelca ante todo hacia las formas veloces del cuento, tanto ese rescate de la memoria histórica, como la protohistoria en su devenir cotidiano. No es casual que Carpentier apuntara:

“Obsérvese que en la literatura cubana contemporánea, en lo que se refiere a la novelística, al cuento, al relato, hay como una necesidad de pintar el mundo de antes, a la par que el mundo del después. 1959 es crucial…”[17].

E. Wilson y Ángel Rama ya han subrayado el vacío literario que se produce inmediatamente después de todo cambio socio‑político radical. Hacer la historia es en esos casos una ocupación excluyente, que sólo paulatinamente va cediendo paso a la escritura, comenzando por la crónica, el menos reflexivo pero el más cercano a la narrativa de los géneros periodísticos. Piezas que lindan con el cuento y el relato comienzan a ser publicadas por autores cuya narrativa ya ha sido sancionada por los lectores (Onelio Jorge Cardoso), o por escritores emergentes (Eduardo Heras León, Norberto Fuentes, entre otros) que más tarde escribirán, con las manos recién sacadas del fuego, la narrativa cubana más apegada a la historia en pleno devenir.

Caminos semejantes, determinados por una fuerte transfusión de realidad, cursa la literatura testimonial que, a partir de El Cimarrón, de Miguel Barnet, entra a escena con sólidas credenciales.

Una novelística anémica salvo excepciones se centra en el ayer inmediato (materia histórica ya digerida) y no logra despegar, aunque ciertos momentos la justifiquen. Otra, hecha desde la perspectiva del hoy mismo, ofrece dispares resultados, en ocasiones inolvidables, como algunos pasajes de Memorias del subdesarrollo (Edmundo Desnoes), caso raro de novela superada con creces por la película homónima de Tomás Gutiérrez Alea, uno de los mejores, sino el mejor largometraje cubano. Hasta tal punto que una segunda edición de la novela fue modificada en la dirección de los resultados artísticos del filme.

Es curioso subrayar que en pleno hacer la historia en detrimento de la literatura, dos obras que se venían fraguando desde mucho antes son editadas. No dos obras, sino las dos mayores obras de la narrativa cubana de todos los tiempos: El siglo de las luces (1962) de Alejo Carpentier y Paradiso (1966), de José Lezama Lima.

Pero no es hasta fines de la primera década revolucionaria que la narrativa se repone de la perspectiva abierta por el asombro y literalmente estalla en cuatro libros que son claves para comprender su ulterior evolución: Los años duros, de Jesús Díaz, Condenados de Condado, de Norberto Fuentes más La guerra tuvo seis nombres y Los pasos en la hierba de Eduardo Heras León, todos ellos colecciones de cuentos. Literatura de la violencia, donde la guerra, y por tanto la historia, es el personaje protagónico. Conflictos de alto dramatismo, formas rítmicas veloces y lenguaje de sobreentendidos que implica una complicidad, una comunidad de vivencias entre el lector y el escritor, es una cuentística más babeliana que hemingweyana, cruda, incisiva, y que evade la mitificación de la guerra mediante una disección participante y crítica a la vez de la realidad narrada. Una literatura que tendrá sus continuadores directos durante los 80: Montañas, de Miguel Mejides, da inicio a lo que podría llamarse “la literatura de la otra guerra”, con los sucesos de Angola y en menor medida de Etiopía y Nicaragua, como catalizadores y protagonistas de los conflictos. Aunque esta segunda literatura de la violencia conjuga una búsqueda de los resortes morales y éticos del hombre, que será la tónica de la narrativa más reciente.

Como epílogo, La última mujer y el próximo combate, novela de Manuel Cofiño, inicia en los 70, lo que Ambrosio Fornet llamaría “el quinquenio gris” de la literatura cubana.

Durante la segunda mitad de los 70 irrumpe en nuestra novelística José Soler Puig, que va componiendo, mediante libros como El pan dormido, una crónica tenaz de Santiago de Cuba, que entra con él como ciudad en la literatura. De Santiago es también —hijo de gato caza ratones— Rafael Soler. Sus libros Noche de fósforos y Campamento de artillería inauguran la nueva épica, literatura del cambio donde el suceder cotidiano, las transformaciones no (explícitamente) violentas de la sociedad, confluyen con las búsquedas ético‑morales de los personajes.

Al mismo tiempo, se produce una nutrida —aunque no con frecuencia feliz— novelística que indaga en los resortes del pasado, e ilumina zonas no exploradas por la literatura.

Los 80 equivalen a un segundo aire dentro de la narrativa cubana contemporánea. Literatura rica en matices, diversa desde el punto de vista formal, enfocada esencialmente hacia lo cotidiano, excluye, por lo general, la concisión anecdótica de los narradores de la violencia, dado que aquí la anécdota no es más que una justificación para el planteamiento de acuciosas inquietudes éticas.

En esta narrativa de los 80, la historia, o la protohistoria, asume un lugar clave desde la perspectiva de lo cotidiano. Libros como Donjuanes de Reinaldo Montero, Se permuta esta casa, de Guillermo Vidal, Un tema para el griego de Jorge Luis Hernández, o Cuestión de principios de Eduardo Heras, por sólo citar algunos ejemplos, develan los resortes de la historia que será, en una zona de riesgo, dado de que “Lo que representamos no es la realidad misma, sino fragmentos y parcelas de realidad reflejadas por nuestro narrar”[18]. Riesgos de los que no siempre se salva, dado que

“…el novelista corre el riesgo de convertir su obra en una mera acumulación sociológica, preocupado solamente por su significado ideológico con desmedro de su valor estético. La confusión puede ocurrir cuando se olvida que el arte acciona por el mecanismo sicológico del sentimiento, proceso en el cual suele ser cualidad adventicia el entendimiento. Por aquella posibilidad de incluir elementos ajenos al arte que Ortega hacía referencia, los peligros son siempre mayores para la novela que para ningún otro género literario. Por eso han de ser mayores los resguardos del novelista”[19].

Aunque el riesgo mayor, el de una literatura fugazmente inmediata y que será, por lo mismo, fugaz en la memoria de los lectores, ha sido sagazmente evadido por un puñado de autores, dado que la indagación se produce en los resortes ético‑morales que mueven la circunstancia histórica, no en el anecdotario del día. Su inmanencia reside en ese abordaje, más allá de cualquier consideración temática. Pero no sobran las precauciones, ni prestar oído a las advertencias que ya nos hacía Carpentier:

“…¿Qué lenguaje es ese? El de la historia que se produce en torno a él, que se construye en torno a él, que se crea alrededor de sí, que se afirma en derredor suyo. No se trata, evidentemente, de tomar la prensa de todos los días y sacar de ella una conclusión literaria, sino que se trata de ver, de percibir lo que, en su propio medio, le concierne a uno directamente, y de mantener la cabeza suficientemente fría como para poder escoger entre los diferentes compromisos que nos solicitan.

‘Los peligros son grandes, lo sé. Hay malos compromisos. (…) Uno puede equivocarse y hasta muy seriamente. Dejar en ello el fruto de toda una vida intelectual”[20].

Y precaverse no significa cejar ni dedicarse a una literatura menos “comprometida”, menos arriesgada —sobre todo ante la perspectiva de una materia narrativa no sancionada por el dictamen del tiempo—, equivale a asumir, como un buen buzo o un paracaidista, los riesgos del oficio, porque

“Apropiarse del mundo es apropiarse de la realidad, pero es, más que nada, descubrirla. El novelista es un aventurero, un explorador de la realidad: no la recibe consolidada y explicada, no la recibe interpretada; a él cabe hallarla, y la halla en los lugares menos publicitados, muchas veces en los más esquivos. Y encontrarla es lo mismo que explicarla, ambas funciones corren paralelas, y ellas a su vez deben entroncar con las raíces subjetivas. Se busca lo que se ha de encontrar”[21].

y los que miran desde la platea a quienes ejercemos el oficio de las palabras, jamás podrán adivinar lo que para nosotros es riesgo de cada día: una página desnuda es una zona en blanco, una cartografía inédita. Los ríos espumosos aparecen de repente, al doblar un recodo; los puentes se levantan sobre la marcha; los cruzas y se esfuman.  No hay señalización ni caminos, ni coordenadas, ni señales. No hay a quien preguntar en esa tierra de nadie que es la literatura. Todo puede ocurrir.

 

“La historia: ese personaje”; en: El Caimán Barbudo, año 27, Ed. 274, julio-septiembre, 1993, pp. 27‑29./ “La historia: ese personaje”; en: Revista El centavo, Morelia, México. v. XVI, enero, 1993, pp. 6‑10.

 


[1]Chao, Ramón. Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985. p. 43

 

[2]Márquez Rodríguez, Alexis: La Luna de Fausto y la nueva novela histórica latinoamericana, en: Casa de las Américas No. 144 La Habana, mayo‑junio, 1983. p. 172‑173

[3]Rama, Angel. Diez problemas para el novelista latinoamericano, en: Casa de las Américas Número Extraordinario: Diez años de la revista Casa de las Américas (1960‑1970) La Habana, julio de 1970 p. 34

[4]Idem. p. 35

[5]Márquez Rodríguez, Alexis. Op. Cit. p. 174

[6]Henríquez Ureña, Camila. Esencia y forma del arte novelístico, en: Esencia y forma del arte novelístico Ministerio de Cultura. La Habana, 1980 p. 25

[7]Henríquez Ureña, Camila. Invitación a la lectura Ed. Pueblo y Educación. La Habana, 1975. p. 15

[8]Agosti, Héctor P. Los problemas de la novela, en: Defensa del realismo. Ed. Lautaro. Buenos Aires, 1963. p. 90‑91

[9]Rama, Angel. Op. Cit. p. 34

[10]Carpentier, Alejo. Papel social del novelista, en: La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985. p. 178‑179

[11]Carpentier, Alejo. Un camino de medio siglo, en: Razón de ser. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985 p. 36

[12]Agosti, Héctor P. Op. Cit. p. 86‑87

[13]Carpentier, Alejo. La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985. p. 160

[14]Updike, John. En: Conversaciones con los escritores The Paris Review, 1974. p. 346

[15]Flaubert, Gustave. Carta a Iván Turgueniev, en: Miriam Allot: Los novelistas y la novela Ed. Seix Barral. Barcelona, 1965 p. 234

[16]James, Henry. En: Idem. p. 402

[17]Chao, Ramón. Op. Cit. p. 30

[18]Conrad Kurz, Paul; Metamorfosis de la novela, en: Esencia y forma del arte novelístico. Ministerio de Cultura. La Habana, 1980. p. 62‑63

[19]Agosti, Héctor P.; Op. Cit., p. 89

[20]Carpentier, Alejo. Papel social del novelista, en: La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1985. p. 177

[21]Rama, Ángel; Op. Cit., p. 31





Devaluaciones

30 06 1993

La Habana, año 1970: La boda de un amigo. Cuando aparecí, las madres y vecinas que entonces no eran para mí más que “personas mayores” cuchichearon en los rincones a causa de mi pantalón de mezclilla que me habían dado para cierta jornada de trabajo en el campo, un pulóver algo desbembado y mis únicas zapatillas (sin medias) —ni siquiera sospecharon que de otra pieza íntima también carecía—. También carecía de intención snob. Carecía de ropa. De todos modos, la socialización de la miseria (que entonces era abrumadora) lo hacía más llevadero: todos andábamos más o menos igual de desastrados. Ningún Levi’s o Florshane nos echaba en cara nuestro ripierismo. Pero ya entonces, como es natural en toda economía de guerra, con racionamiento y escaseces, había asomado el mercado su cara negra: Una cajetilla de cigarros a veinte pesos o un pantalón (usado) en 100 .
Y pasó el tiempo y pasó… que el racionamiento se entronizó en Cuba, no como una circunstancia coyuntural, sino como un modus vivendi que ya cumplió tres décadas —tiene carné de identidad, responsabilidad penal, derecho al voto— y nos fuimos habituando a convivir con él. Del sacrificio necesario para conseguir metas que se fijaron para el 70, con sucesivas posposiciones, pasó a engrosar esa materia gris de lo cotidiano. Y como la tensión heroica, sostenida por una ética férrea, es, por fuerza de la humana extenuación, un estado transitorio, convivir con el racionamiento consistió a medias en sobrellevarlo y a medias en burlarlo, más cuando ya el racionamiento hacía agua (asignaciones y auto asignaciones de bienes estatales, viajes a convenciones y shopping centers).
Para el hombre común, que no disponía de medios más o menos lícitos de hurtarle el cuerpo a la escasez, sólo quedaba una vía: el mercado negro, que en Cuba se conoce familiarmente como “la bolsa negra”. Desde pantalones hasta automóviles, café y apartamentos, todo empezó a ser objeto de esa empresa comercial sin fronteras. Los viajes de la comunidad cubana en Estados Unidos descorrieron el telón del consumo para una gran masa de la población enajenada hasta entonces de la quincallería contemporánea, y el proceso creció a galope.
Incluso la apertura del mercado paralelo  (1980) —casualidad o respuesta, sucedió inmediatamente después del éxodo de 125.000 cubanos por el Mariel— asumió los precios de la bolsa negra (pura ley de la oferta y la demanda), confirmando su pragmática. Y si para cualquiera es posible eludirla en la región discutible de lo superfluo, puede que una cifra cercana al 100% de los cubanos adultos haya tenido que carenar alguna vez en las interioridades oscuras de la bolsa. Unos sacos de cemento para que el techo no les caiga a mis hijos en la cabeza; una arroba de malanga, porque el niño no tiene qué comer, un par de zapatos, porque ya el hueco ocupa toda la extensión territorial de la suela, o… Ejemplos sobran. Y se va entronizando una espiral, porque la grabadora de $500 no se puede arrumbar al closet por falta de una liga que la economía estatal no fabrica y el tallercito privado expende a 10, 15, 20 pesos. (¡Un robo! —exclamas, pero la compras. Qué remedio. Y así florecen fabricantes clandestinos de casi todo, comerciantes, intermediarios y fauna subsecuente, gracias a que el racionamiento les ofrece la clientela en bandeja de plata, la red comercial no opone ni un amago de competencia y la suma de dos factores —la apertura visual del cubano actual hacia otras latitudes del confort, y el incremento abrumador del nivel de instrucción, con la aparición de expectativas superiores de vida— crean la necesidad de un incremento en el nivel y la calidad de la vida que el racionamiento, con su esquema más o menos igualitarista, excluye.
Se aspira (en términos de paradigma ético) a un hombre ajeno a estas apetencias, pero los parámetros conductuales de la sociedad sólo cambian muy lentamente y al compás de las circunstancias. Y no es precisamente el hambre el mejor camino para fomentar la falta de apetito.
Si es punible toda incursión en el mercado no oficial, todo servicio recibido por un particular sin licencia o con ella pero con materiales que sólo por caminos aviesos llegaron a sus manos, todos o casi todos los cubanos somos condenables por receptación o delitos peores. Pero las cosas se complican.
El desmantelamiento del mercado paralelo y el recrudecimiento del racionamiento (Período Especial mediante y por causas que todos conocemos: inoperancia histórica del esquema económico implantado por el gobierno, desplome de las favorables relaciones con el ex campo socialista y embargo norteamericano, en ese orden de importancia) han abierto aún más el campo a este sector clandestino (a veces no tan clandestino) de la vida que podríamos llamar “la vida negra”. Al desaparecer de las vidrieras los huevos o los flotantes de baño, el pan y los caramelos, se suman, con cientos de otros rubros, a sus predios. Y se sigue cumpliendo que donde hay demanda, aparece la oferta. Los precios crecen en estampida, el dólar alcanza los 80 pesos , la prostitución ni se recata y se empieza a dar un contrasentido: en el país socialista y antiimperialista por excelencia, resulta imprescindible poseer la moneda de su más encarnizado enemigo no sólo para adquirir textiles y plásticos asiáticos, sino para alimentarse, para sobrevivir. Como si el brasileño cobrara en cruzados su salario y tuviera que adquirir sus artículos de primera necesidad en yenes o libras esterlinas. Dado que el peso cubano es moneda libremente inconvertible, las vías de obtención de los dólares son abrumadoramente tortuosas, por no decir ilegales. Pero entre el delito y la indigencia proteica, la mayoría apuesta por las necesidades primarias.
La inflación galopante —el salario de un ingeniero alcanza para 15 cajetillas de cigarros, o 2 pollos, o un par de zapatillas de tela, o poco más de medio jean, o 6 libras de carne de puerco— crea una imperiosa necesidad de dinero, no ya para incrementar el nivel de vida, sino para subsistir. Se podría prescindir de un Levi’s pero no de un plato de comida. De ahí que cada cual lo obtenga empleando los medios a su alcance: reventa de productos asignados por el racionamiento, o el ingeniero que discute a brazo partido una plaza de mesero para agenciarse unos dólares de propina, o los torneos de zancadillas para obtener un viaje a las redes comerciales de cualquier país más allá de las costas.
Pero aún más: cunde la desviación de recursos que el Estado no cuida con demasiado rigor; quien puede prestar un servicio lo encarece hasta los límites pagables (siempre quedan más lejos de lo imaginable), la compra venta, el mercadeo y los intermediarios cunden, y la necesidad, a fuerza de imperiosa, va defenestrando a los ciudadanos hacia el vórtice de esa tromba de ilegalidad compartida. Si las incursiones son al inicio tímidas, se van haciendo más decididas en la medida que de ellas depende el yantar cotidiano, la necesidad impostergable, la supervivencia. Bueno, esa es la vida —dirá alguno (con razón)—, ¿y qué?
¿Y qué? Eso mismo me he preguntado desde hace mucho tiempo. Resulta que toda sociedad tienen sus códigos, sus valores, su moral, su legalidad y su ética. Si los valores, la ética social y la moral continúan rezando que el sacrificio y la conciencia, el trabajo abnegado por un ideal, la más estricta honradez en el ejercicio cotidiano, son el paradigma; pero, al propio tiempo, las necesidades más rasantes te obligan a transgredir todas las normas, a receptar lo que otro robó, a cenar con lo que alguien sustrajo (y ni preguntes, que eso es mala educación), el resultado es que las fronteras entre lo moral y lo inmoral, entre lo legal y lo ilegal, se van difuminando, hasta que las coordenadas éticas y conductuales de la sociedad se van convirtiendo en algo borroso, intangible (o inalcanzable) en los cursos de moral y cívica. A eso se añade la discriminación turística hacia los cubanos que la iniciativa empresarial de muchos funcionarios ha puesto en marcha con entusiasmo, desvalorizando nuestra moneda y nuestra nacionalidad, con su consiguiente secuela de sobrevaloración de lo extranjero, la actitud mendicante de los más indignos y la humillación de los otros, incapaces de explicar por qué los billetes que retribuyen su sudor y su talento se van convirtiendo en moneda de utilería, pura celulosa pintada.
Si sumamos todos esos ingredientes, no sólo obtenemos la devaluación del peso y del nivel de vida, sino también la devaluación de nuestra dignidad, de nuestra ética, de la moral ciudadana que han conformado siglos de sangre y sueños por instaurar las coordenadas de la cubanía, decenios de sacrificio por defender nuestro derecho a la historia, durante los cuales comenzamos deletreando el abecedario y concluimos por abrir las puertas anchas de la instrucción y la cultura. La lección de la cotidianía —más poderosa que todos los manuales— no puede ser que el trabajo honrado se constituya apenas en una definición social de la conducta y no en el único medio aceptable (en teoría y práctica) de subsistencia, con el orgullo de quien cena lo que sudó. Ni que el decoro sólo se adquiere mediante un pasaporte. Si la devaluación de la moneda puede estar sujeta a los sobresaltos de la bolsa de valores y recuperarse en meses o semanas o años; la devaluación de la dignidad —que se fragua con la abnegación de un parto— es la más difícil de recuperar; porque se paga con esa moneda tan delicada que son los hombres.

1993





Jodemas

30 05 1993

Cuando un oído recibe el impacto de la palabra poema, avisa inmediatamente al cerebro para que conecte el canal filosofante, melancolicoide y evocador (como los canales de Venecia). En cambio, cuando un oído recibe la palabra jodema, no sabe qué sugerencia hacer al cerebro, y sólo le comunica que se las arregle como pueda. De modo que la recepción del jodema se convierte en un asunto para cerebros de perfil ancho, con mucha iniciativa.

Si intentáramos una jodética (o arte jodética) a partir del jodema, obtendríamos una definición por exclusión: el jodema no es un poema, no es un chiste ni un tratado filosófico. Un jodema es la manifestación objetiva, material y fuera de nuestra conciencia de eso que se ha dado en llamar jodesía. Es cuando un jodeta recibe la visita de alguna musa que lo incita —si lo excita no era musa— a la jodetización durante horas, y quizás durante meses si los jodemas son de largo alcance o por entregas.

Un buen jodema debe limitarse a la sonrisa cómplice, a la sonrisa interior —como el monólogo interior, pero más divertida—, a la sonrisa aspirada, cuando no se pronuncia, o a la sonrisa cerebral, la más recóndita. Pero siempre, aunque sea dos meses más tarde, el jodema surte su efecto. Cuando transcurren veinte años y el jodema aún no ha dado resultado, es que era malo. Se recomiendan jodemas de acción rápida.

El jodema puede tratar de cualquier cosa siempre que no deje de ser un jodema. Si por razones temáticas dejara de serlo, es que de ningún modo lo era. Ni lo intente de nuevo.

Hay jodemas que no parecen jodemas, pero también hay globos que parecen condones y ningún niño se confunde. En contraste con el globo, el jodema debe ponerse en las neuronas. Conociendo su talla de cerebro, adquiera el jodema adecuado. No siempre se admiten devoluciones.

Una relación de ilustres jodetas sería imprecisa, dado que la mayoría de los jodetas no alcanzaron la fama, o la alcanzaron disfrazando de otras artes sus jodemas. Y nos llevaría varias páginas. Un bodrio incompatible con las normas elementales de la jodesía.

Berkeley, Hume, Malthus, Shopenhauer y Nietsze reconocen que uno de los rasgos que distingue al hombre de los restantes animales es su capacidad de jodetizar al prójimo. Por eso los niños, adultos en fase de materia prima, son la jodesía misma. Lástima que al adultecer se nos olvide.

 

“Jodema”; en: Somos Jóvenes, La Habana, 1993, p. 5.





El sabor de la intolerancia: ¿fresa o chocolate?

30 01 1993

A esta hora imprecisa anclada sobre los techos de La Habana, entre paredes blancas, cerámicas, libros y serigrafías, vigilado de cerca por un equilibrista en su cuerda floja, bajo un ventilador de techo que echa más ruido que fresco, en una butaca de malaca, me espera Senel Paz —narrador y guionista de Fresa y chocolate, nominada al Oscar a la mejor película extranjera—. No ama las entrevistas, pero es débil ante el acoso de los amigos. Y uno se aprovecha.

 

Siendo posiblemente el más popular de los narradores cubanos de las recientes promociones, cabe hacerte una pregunta: ¿Qué puede hacer a un escritor popular?

Dentro de eso hay cosas que meten miedo. Ser un escritor popular no tiene que coincidir para nada con la buena literatura, y viceversa: ser popular no te condena a ser un mal escritor. Para que un escritor sea popular hay factores importantes: los temas, las historias y, determinante, el estilo. En el ámbito cubano y latinoamericano, creo que en lo referido al estilo hay un gusto por la literatura sentimental, que acude a las emociones y los sentimientos. Una literatura que tenga una dramaturgia cercana al teatro, al cine, que genera algún tipo de tensión. Y también un estilo con peculiaridades muy reconocibles y, en particular, una musicalidad. Pienso en los casos de Guillén, Cofiño, Onelio. Casi siempre literaturas sencillas o aparentemente sencillas. Y esto es una introducción, lo que quería decirte es que creo que la comunicación es un valor importante para la literatura, pero no definitivo, y se puede convertir en un cáncer cuando se quiere lograr a toda costa. Pero cuando los escritores responsables son agraciados con la popularidad sin proponérselo, bienvenida sea; sin dejar de ser consecuente consigo mismo. Buscarla creo que es un grave peligro, porque se tiende a dejar de escribir como uno escribe, para complacer un gusto. Creo que la prosa de Lezama reúne muchas características para ser una prosa popular. ¿Por qué no lo es? Porque necesita un lector de una formación cultural de media a alta. Pero tiene una prosa inconfundible y musical, sensual. Se puede decir de un párrafo suyo: “Esto es un Lezama”. La popularidad cumple con una fórmula muy vieja: sencillez y acudir más a los sentimientos que a la razón. Creo que mi literatura tiene algunos rasgos que le permitirían ser de muchos lectores, por razones de tema, estilo (musicalidad), el elemento del humor, la carga emotiva y, al menos en lo que he publicado hasta ahora, una lectura sencilla (aunque puede ser técnica y estilísticamente más complicado de lo que parece). Hay otra literatura cuyo encanto reside en la complejidad, en la dificultad de descodificarla, y es una de las tendencias contemporáneas más fuertes. No es mi proyección más natural, pero tampoco soy indiferente a esos juegos con la estructura y el lenguaje. Pero aún en textos con esas cualidades, persiste en mí una cierta voluntad de claridad. Aunque aparentemente el lector de hoy es más racional, yo noto que las formas clásicas —el cuento en tercera persona, por ejemplo, con exposición, nudo y desenlace— son eternamente efectivas.

 

Quizás el lector encuentra en esa literatura un escudo contra ese racionalismo que impone la cotidianía. A veces hasta una novela empalagosa es necesaria. Hay como un déficit vitamínico, una hipoglicemia que viene a suplir.

Es un rasgo esencial del ser humano y quizás sea eso lo que le falta a la literatura más cerebral. Aunque el talón de Aquiles de la prosa más sensorial suele ser la falta de profundidad, pero no creo que sea algo consustancial a ella. También hay un lector más especializado que espera de la literatura placeres mucho más intensos y complejos. Un lector mucho más profesional. En general, uno recoge la opinión de que el lector se ha reducido pero, al mismo tiempo, se ha convertido en más inteligente y más exigente.

 

¿Cuáles son los lectores que a ti te interesan? ¿Tiene eso algo que ver con la función de la literatura?

En un congreso parece que la literatura tiene una alta función, vital para la sociedad; pero a ratos a uno le parece comprender que la función de la literatura y del arte es entretener, suavizar la vida. Eso pasa en el cine. Obras que reflejan la vida y los problemas, muy buenas, pero nadie las va a ver. Orientarse por eso es la locura. Lo único que puede orientarlo a uno es uno mismo. Pienso que el público siempre agradece al artista que le haya ofrecido una experiencia auténtica. Ser popular, tener éxito es algo para lo que hay que estar preparado. A mí no me produce placer. Por suerte un escritor no es un actor, ni está inmerso en eso que se llama popularidad. Una cosa al parecer tan bella puede convertirse en la peor tragedia del mundo. Hay que tener una personalidad preparada para eso. No es mi caso. A mí me desconcierta y me descontrola que alguien me conozca o se acerque a mí ya con ideas de mi persona, que se acerquen a mí para contarme historias, con la aspiración de que yo las cuente de otra manera. Y traten de “hablarme bonito”, no en su lenguaje corriente, que es el propio. Y eso es una tragedia: perder el lenguaje de la gente, el modo de decir.

 

¿Por dónde anda el buen camino de la narrativa cubana? ¿Van los narradores por él o han tomado algún desvío? ¿Qué acusan las más recientes promociones?

Creo que el camino es hacia una conquista superior del lenguaje, una experimentación y búsqueda mucho más amplia. Anda también en una mayor objetividad, serenidad y profundidad en el análisis de la realidad cubana. El mismo hecho de meditar sobre el país ha dejado de ser una decisión consciente, una alteración de la espontaneidad. Se ha creado una relación cómoda, orgánica, entre la escritura y la realidad, de modo que todo aquello de literatura comprometida, de autocensura, ha sido superado y el acercamiento es más fresco, más sincero. Incluso algunos escritores ante la dificultad de enfrentar la realidad, nos abstuvimos, en términos de “si no lo voy a hacer bien, si no tengo resueltos mi amor y mis dudas, mejor me abstengo”, como otros escritores se acercaron a esa realidad desde una óptica demasiado política, demasiado histórica, y que también…

 

Hicieron un poco literatura de denuncia.

Buscando premeditadamente una literatura vinculada a los destinos del país, lo que es válido únicamente si lo haces desde la literatura. Hoy creo que hemos llegado a esa realidad a través de la literatura. Y por eso estamos en mejores condiciones que nunca antes para hacer buena literatura, donde lo que sea cuestionador, político, el amor, el canto, se integren armónicamente.

 

He notado en gente muy joven que esa voluntad de denuncia va cediendo paso a la asimilación de la sociedad como un todo con sus virtudes, defectos y conflictos. Realidad de la que la literatura es reflejo e instrumento de análisis, pero nunca el manifiesto para cambiar aquello.

Los autores más jóvenes están acertando a resolver ese problema desde el principio. Ha sido un problema muy complejo de resolver en la literatura cubana, dada la conmoción que significa una Revolución, donde volverte a colocar con objetividad y madurez, sin exaltación, ha sido casi traumático, más cuando se ha creído en el uso de la literatura para llenar un vacío en la discusión de problemas sociales o políticos; con lo que se ha adulterado su naturaleza. Muchos de esos factores han desaparecido, pero otros no.

 

¿Crees que entramos en una situación nueva con la falta de papel: una literatura condenada a la oralidad o a proyectarse hacia el exterior?

Eso es un problema más grave para el escritor que para el lector. Lo sería para el lector si ese período se extendiera mucho. Puede que signifique un retraso, pero suponiendo que el lector se dedique a leer sólo la literatura publicada hasta el 90, ya tendría buen trabajo. Podría producirse una fase de desactualización, pero no sería un daño irreparable si hubiera mecanismos eficaces de distribución y acceso a la literatura existente. Diez años sin literatura cubana, redescubriendo o descubriendo a Proust, a Joyce, serían fructíferos. Para los autores es otra cosa, porque publicar un libro es completar un ciclo, enfrentarse a la crítica y los lectores. Por lo demás, hoy tú puedes encontrar escuelas donde grupos completos de estudiantes no han leído en los últimos 5 años ni una obra de narradores cubanos contemporáneos. Tampoco la publicación en el exterior sería una solución para los autores, porque se verían privados de su lector natural, incluso de su crítico natural.

 

Si bien la más generalizada reacción internacional hacia la literatura cubana es el desconocimiento, ¿en qué medida puede o podría nuestra literatura confluir con la avidez de un lector potencial que en América Latina está creciendo?

Tengo la impresión (no la certeza, para la cual no poseo datos) que el lector en América Latina también se ha ido haciendo elitista. Cuando uno piensa que en Ciudad México una edición de la obra de un gran escritor consta de 3.000 ejemplares, y los precios de esos libros, y los niveles de vida, se da cuenta que la lectura ha quedado para determinados estamentos de la sociedad, que posiblemente no incluyen a ese lector al que uno aspiraría. ¿Quién es el lector? Bueno, sea quien sea, la carta de triunfo radica en la calidad de la literatura. Es cierto que el interés por Cuba es un factor, pero que se agota muy rápido… La gente que lee literatura no lo hace buscando información, aunque hoy hay un retorno de Cuba como foco de atención, lo contrario de lo que ocurrió hace unos pocos años. El mercado es favorable pero no perdurable. Pero coincide con que hay muy buenos síntomas de calidad en la literatura cubana contemporánea, que nos permitirían ganar el espacio que nos merecemos, sin exagerarlo, dentro del lector latinoamericano y mundial. A los consabidos nosotros se están sumando nuevos nombres (las listas nunca son largas) y confío en que los escritores cubanos se van a ganar un lugar. Y si las editoriales extranjeras vinieran buscando, encontrarían. Lo primero es abrir la puerta y eso se decide con los textos. La propia poesía tiene mucho que ofrecer. Pero a veces nos gusta, preferimos pensar que si la literatura cubana no tiene más impacto en el extranjero se debe al aislamiento político. Y eso no me parece correcto. El cine cubano tuvo mayor espacio desde el momento que se constituyó en un cine más interesante. Aunque haya aislamiento, que también ocurre entre Venezuela y Colombia o México. Mas fácil es hallar en Quito el último best seller de Europa y Estados Unidos que las mejores o más actuales obras de los países colindantes. La época del postboon ha conllevado un desmantelamiento de la comunicación literaria entre nuestros países e incluso la comunicación entre autores, cosa que no pasaba hace diez o veinte años. No conocemos a nuestros iguales. ¿Quién es el Luis Manuel o el Senel de Argentina, de México? Y existen. Yo lo descubrí en México: Un grupo de escritores con obra, incluso con una posición social en las universidades. Están creadas las condiciones para un nuevo lanzamiento de la literatura latinoamericana. Tiene que haber una revisión inmediata. Y tendrán que aparecer los mecanismos promocionales, porque el boom no fue sólo un fenómeno literario, sino también editorial, comercial, de promoción. Lecciones que no hemos aprendido. Europa es otro caso, porque su interés hacia América Latina ha disminuido y está fijándose continuamente en sí misma.

 

En “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” (que ganara el premio Juan Rulfo en París y, por supuesto, en la película Fresa y chocolate que se basa en el cuento, han visto o creído ver una narrativa de aprendizaje, una exculpación de la homosexualidad, y hasta una hipercrítica (qué palabreja más fea) a la Revolución, que concluye de un modo raro, con pioneros y flores (el cuento, creo que el final de la película está mejor resuelto). Si hubiera que rotularlo, me remitiría a él como alegato contra la intolerancia, pero hasta eso me desdibuja el relato, donde lo temático es menos trascendente que lo conmovedor, humano y tan próximo, de sus situaciones y personajes. ¿Cuáles son las opiniones más disparatadas que has recibido sobre el cuento y sobre la película, cuáles las más inesperadas y, por fin, cuál es la tuya?

Mi opinión está redactada sin que le sobre ni una coma en la opinión tuya. Ha habido opiniones disparatadas y también inesperadas. Parto de que a pesar de su difusión tan limitada (dos mil y tantos ejemplares en Cuba en publicaciones especializadas en contraste con los 100 000 ejemplares de México) este cuento ha gozado de una alta popularidad, pasándose incluso de mano en mano copias y fotocopias. La valoración más disparatada ha sido la de gato por liebre, en el caso de lecturas prejuiciadamente politizadas: El cuento tiene el final que tiene para poder decir lo que dice. Esto es, el cuento es hipercrítico pero con un final que le permite pasar. Y Dos: Pongo lo del medio para poder decir el final, siendo entonces un cuento de apoyo irrestricto al gobierno, ante todo diciendo que en Cuba se puede escribir un cuento como éste. A veces me parece necesaria una declaración al principio de todo lo que escribo: “Ojo con el gato y la liebre”. Yo no practico el camuflaje de determinados criterios para que me pasen por la aduana. Mi operación literaria es limpia. El que se deja pasar gato por liebre es porque quiere.

 

En México, Venezuela y Francia, ¿cuáles han sido las opiniones predominantes?

El de la calidad literaria del texto. Que he logrado, con Diego, un personaje importante en la literatura cubana.

 

Como en su momento el “Premio David” o el “Premio de la Crítica”, pero a una escala superior, la obtención del “Juan Rulfo” es una catapulta. Y a propósito, ¿dónde queda ese lugar intermedio entre el orgullo sin pacaterías por lo alcanzado y la inconformidad crónica con la propia obra de todo creador en crecimiento? ¿Cuál es su dosis de agonía? ¿Cómo funciona ese cachumbambé que roza en sus extremos la pedantería y la autoflagelación?

En mi caso el cachumbambé se inclina hacia la autoflagelación. Mi inconformidad es crónica, aunque trabajar me ha dado buenos resultados. Y que conste, prefiero aparentar ser pedante que falsamente modesto, que es la peor de las pedanterías. Creo que cada uno de mis libros ha sido lo mejor que en ese momento he podido hacer. No sería justo que yo lo analizara ahora. Cuando los escribí no escribía mejor que eso. Este cuento del Rulfo es mi nivel actual. No los tacho de “ensayos” mientras mi “gran obra” está guardada. Lo que he ido publicando me ha dado sucesivas satisfacciones. Pero no logro gozar los éxitos. Mi primera reacción es esconderme en el cuarto como los niños. Aunque ya he aprendido a fingir alegría y entusiasmo para no parecer anormal. Los premios me producen verdaderamente un extrañamiento, y eso ocurre con el libro publicado. Ni como periodista ni como escritor soy capaz de leer mis libros publicados. La relación con el objeto que es el libro no se produce, ni con la promoción, ni con las entrevistas…

 

Senel acostumbra a hacerse el bobo y suele insistir en que es ni más ni menos que un espontáneo de pura cepa, incapaz de elucubraciones teóricas, pero todos los que lo hemos leído, y aún más, los que le hemos visto la cara de zorrito cuando suelta alguna observación sobre el arte de narrar, desconfiamos de esa “ignorancia feliz” que quiere vendernos. Por eso aquella tarde (mañana o noche, quién se acuerda) le pregunto: ¿Existen vasos comunicantes entre tu labor como narrador y tu labor como guionista? ¿Cómo funcionan?

Sí. Muchos. Y en ambas direcciones, al extremo de que pienso escribir una novela corta a partir del guión de Adorables mentiras. El cine me aportó elementos que eran deficitarios en mi literatura: la dramaturgia, los diálogos y la tensión. Incluso no me interesaba, por ejemplo, que un texto tuviera progresión dramática, aunque pudiera darme cuenta de que lo requiriera. Siempre me interesaron más los personajes que las historias. Incluso el cine me ha influido en la prosa al hacerme consciente de elementos de otras artes menos usados por la literatura. Quieras o no, el cine te obliga a pensar en todas las artes. Si en literatura es grave adentrarse en una estructura que no hayas premeditado, e irla descubriendo, en cine es un suicidio. Y aunque no he llegado a resolverlo tampoco en el cine, ha influido en que piense más en eso que antes. Estoy convencido de que los elementos narrativos propios de la literatura que antes me eran menos interesantes, me son ahora más necesarios en el cine. Y de paso se me han quedado en la literatura. Si antes me interesaba la intensidad poética, ahora sumo a eso la intensidad dramática. Se me ha revelado también una facilidad para el humor a través del diálogo. Hasta entonces era más a través del lenguaje. Y el humor para mí es involuntario, es mi herencia (provengo de una familia sumamente cómica y he conocido a muchísimos humoristas anónimos). Mi humor nunca es buscado, me sale. Y tengo constantemente que estar quitando humor. Una película para mí implica el universo de una novela, es una novela que no se escribe, que elude el enfrentamiento con el lenguaje; aunque el argumento presenta dificultades también muy altas para mí, que me siento más cómodo en el diálogo y en la estructura.

 

Entonces, ¿cómo trabaja Senel Paz? (Esta dosis de chisme es lo que más atrae a los lectores de entrevistas, pero eso no se lo dije, porque él, como periodista, lo sabe). ¿Planeas hasta los detalles para después escribir en un rafagazo súbito? ¿Vas trazando el plan de la obra a medida que avanzas en la escritura? ¿Tienes horario o eso queda al tiempo disponible y los azares? Puedes añadir vicios, manías, traumas de chiquito y hasta anécdotas.

Yo creo en la utilidad de hacerse un plan y si es posible dibujar previamente el argumento; pero no es lo que yo hago. No puedo. Descanso mucho en el fogonazo, en los estados de ánimo. O más bien, en los estados de gracia. La sorpresa juega para mí un papel fundamental. Escribir sin saber a dónde voy. Y si tengo un planeamiento previo, la historia suele coger por otro rumbo. Escribo más con la nariz que con la razón. A olfato. A golpes de presentimiento. Pero trabajar por acercamientos es muy trabajoso. La razón toma su lugar después, durante la reescritura final.

 

¿Tienes un horario fijo para escribir?

No. Puedo escribir excelentemente a cualquier hora y puedo hacerlo durante cualquier período de tiempo. Dicen que eso varía con los años, pero a mí lo que me ha ocurrido es que ahora necesito más condiciones (silencio, tranquilidad, buena iluminación); entre otras cosas debe ser porque las tengo. La música no me ayuda, salvo excepciones. Soporto pequeñas interrupciones para tomar un trago, un té; pero las interrupciones me hacen mucho daño, me ponen de mal humor, y yo soy una persona diseñada para el buen humor, con muy poca capacidad para desintoxicarme del mal humor. Me bloquea. Me destruye el estado de gracia, el placer intenso que es trabajar, no sólo escribir, sino trabajar en general. Eso me debe venir de mi extracción campesina. Necesito escribir solo y preferiría escribir encuero. Poder actuar mientras escribo. Y no soporto, por supuesto, que alguien lea lo que escribo. Me paraliza. Esto es un retroceso en mi capacidad para escribir a toda prueba, como cuando era reportero en Camagüey y tecleaba en la redacción del periódico, o cuando concluí El niño aquel en la beca, en medio de unos juegos deportivos, no recuerdo cuáles.

 

¿Qué te induce a escribir?

Muchas cosas, pero puede ser un libro, una lectura, aunque no tenga nada que ver con lo que yo escriba. Hay autores que no puedo hojear porque inmediatamente me mandan a escribir.

 

¿Eso es también, como tus lecturas, un secreto para los críticos?

Y para los colegas.

 

“El niño este”; en: Somos Jóvenes, n.º 140, La Habana, enero, 1992.





Salto mortal hacia unos ojos verdes (del libro Recuerdos del olvido, 1992)

30 10 1992

Luis Manuel García Méndez; Recuerdos del olvido  (plaquette, cuento); Ed. Unión; La Habana, Cuba, 1992. 32 pp.

Portada Recuerdos del olvido 82

Tres cuentos sobre la nostalgia y sus acechos, el pasado siempre agazapado, esperando por un mínimo desliz de la memoria, el decursar del tiempo y su erosión a veces indetectable… hasta un día. Historias de hoy que pudieron ser escritas ayer, mañana.

Salto mortal hacia unos ojos verdes

Al perro que no tuve

(el paraíso perdido)

Carlitos se peina peina peina peina ante el espejo, tratando de que las ondulaciones del cabello se parezcan lo más posible a las que vio antes de ayer en una revista que llevaron a casa de Fiquito. Hace doce minutos que sustituye intentos fallidos por intentos fallidos, y no es sino ahora, cuando el nivel de exigencia ha descendido lo suficiente, que se conforma con ondulaciones más o menos aproximadas. Abre el escaparate y no encuentra la camisa de listas verdes, la que más grande le queda y, por eso, la que más le gusta. Al fondo hay un bulto de ropa por planchar. Lo levanta. Debajo está el viejo bozal de Tingo. Toma un momento entre los dedos las correas masticadas, verdosas de humedad y babas fósiles, y las deja en el mismo sitio. Abre el bulto y encuentra la camisa, como recién sacada de una botella. Él sabe que la vieja se la plancharía, nunca antes de arrearle un sermón, no uses más las camisas de tu padre, mira que después se pone bravo. Y prefiere plancharla él mismo. Más o menos. Mientras disimula, o por lo menos calienta las arrugas, continúa mirando el bozal dentro del escaparate abierto, y dentro del bozal ve a Tingo antes que tuviera bozal, cuando se conocieron a la entrada del zoológico. Alguna perra lo había parido en las inmediaciones y el cachorro se dio al vagabundeo entre los árboles copudos, evitando con un instinto envidiable las jaulas de los grandes felinos y el foso de los leones. Nacido varios días antes del ciclón Kate, Tingo alcanzó la sabiduría en materia de supervivencia aquella noche, cuando las ráfagas de 130 kilómetros por hora arrasaron la floresta y sufrió una experiencia irrepetible: llovían árboles. Bajo cada uno podía quedar su corta experiencia, espachurrada. Al día siguiente, cuando deambulaba, ciego de miedo y de ciego, como cualquier cachorro, entre las piernas de los humanos que intentaban evacuar cadáveres de árboles y apaciguar a las fieras nerviosas, alguien cayó al tropezar con él. Alguien que lo acarreó por una oreja, como un paquete, hasta la puerta, frente a la estatua de los venados, que ni se inmutaron. Alguien que lo lanzó a casi tres metros de distancia, a los pies de Carlitos, que había asistido esa mañana a curiosear los estragos del ciclón, avisado de que algo raro debía estar ocurriendo por los rugidos, relinchos, balidos, gruñidos, bramidos, graznidos, barritos, gamitidos, chillidos, rebudios, aullidos, silbidos, tauteos y mugidos de los animales. En lugar de fieras evadidas, cercos policíacos y fusiles con cápsulas de narcóticos, halló a Tingo, uno de los más raros estragos del Kate en todo el territorio nacional. Carlitos y Tingo, que aún no era Tingo, aunque ya era, se miraron exploratoriamente. Carlitos, desconfiando, con toda razón, de la pureza racial de Tingo. Tingo desconfiando, con toda razón, del género humano. Al fin depusieron sus desconfianzas y Tingo lo persiguió una cuadra. El niño miraba de cuando en cuando hacia atrás, momentos en que el perro se detenía y simulaba cierta indiferencia, que era su modo de precaverse. En una de esas retrovisiones,

Carlitos decide llevárselo a casa. Se detiene.

Tingo también.

Carlitos se acerca.

Tingo se aleja.

Carlitos lo persigue.

Tingo corre.

Carlitos se resigna. Regresa despacio.

Tingo sigue su huella a cierta y prudencial distancia, que no rebasa la esquina inmediata a la puerta por donde entra Carlitos para salir, minutos más tarde, con una escudilla en cuyo fondo yacen los restos de un litro de leche. La coloca en la acera y cierra la puerta. Otea desde la ventana, pero Tingo nota, receloso, la cabeza, y no se acerca a menos de seis metros. Carlitos termina aburriéndose y se va adentro. Media hora más tarde, descubre la escudilla vacía y los ojos agradecidos del perro desde la esquina. Dos días duró esa relación de enamorados lejanos, conciliados por una escudilla de leche. La distancia se fue acortando escudilla a escudilla, en la medida que se resignaban las dudas de Carlitos sobre la autenticidad racial de Tingo, y se disolvía en leche la desconfianza del perro. A la altura de la cuarta escudilla. Tingo permitió que Carlitos le pasara la mano y entró en la casa persiguiendo sus talones, asestándole inocentes zarpazos en tono de espérate espérate, repite Carlitos a su madre que lo llama ahora. Da los machucones finales a la camisa, desconecta la plancha y se sienta a comer, no con muchas ganas, porque teme llegar tarde. Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, lo espera a las seis y media en la Fuente Luminosa, y lo último de lo último sería llegar tarde después de haber ensayado, durante casi dos meses, torpes invitaciones y tímidos halagos; más complejos que una escudilla de leche a la puerta de la casa. Casi dos meses inventando ante el espejo poses cautivantes, y preparando al acostarse discursos ingeniosos, amorosos, sabrosos y todo, menos empalagosos. Discursos que seducirían a Adita Martínez y le demostrarían que Carlitos es, efectivamente, el hombre de su vida. Discursos que más tarde serían abrumados, embrollados, reducidos a chorritos entrecortados de palabras; porque los ojos verdes de Adita tienen la propiedad de transmutar el torrente verbal de Carlitos en arroyos intermitentes de verano. Hoy no, hoy sí que no ─piensa y engulle sin pausas una cucharada tras otra (te vas a atragantar, muchacho), para no llegar tarde─. Corre a ponerse la camisa. Cierra el escaparate confinando a la oscuridad el bozal, confinando al Tingo que el bozal no ha olvidado, confinando sus recuerdos, y sale disparado. Chao, mima. Corre hasta la esquina, dobla la calle Reparto hacia Ulloa y desemboca por la calle Santa Rosa a la Avenida 26, que lo depositará, sano y salvo, cuatro minutos más tarde, en los ojos de Adita. Aunque no se da cuenta, porque ya son sus pies y no él quienes escogen el camino jalonado por la costumbre, es la misma ruta que tantas veces siguió con Tingo camino a la Ciudad Deportiva, aunque el trayecto de Tingo fuera una serie deshilvanada de meandros, lazos de pisadas anudándose y desanudándose a las piernas de Carlitos, como después perseguían juntos los flais en el campo corto, los roletazos y toques de bola, los batazos largos se va se va se fueeeee, por el center fil, y así llegaban bien cansados, sobre todo Tingo que, ignorante de las más elementales reglas del béibol, corría tras los jugadores, tras la pelota, tras el viento, tras las mariposas, tras sus visiones que a veces no tenían ni hilación con la realidad, ni con nada. Ese perro está loco, tú. Míralo. No te lo pierdas. Oye, Carlitos, mándalo a un sicólogo para perros. Seguro está enfermo de los nervios. Esa es la vieja tuya, que lo tiene quimbao. Porque Amanda detestaba a los perros y sólo le había consentido a Tingo con la condición de que no ensuciara (meara, cagara u otra conjugación), porque a mí nadie me considera, y además de aguantarles el reguero, con lo manganzones que están, el colmo es que venga un perro. Pero Carlitos no practicó la educación integral de Tingo. Le dejaba correr enloquecido, aunque a veces le echara a perder el juego, como cuando atrapó la pelota primero que él y mientras lo capturaban, les entraron tres carreras. Ganas me dan de tirar la pelota a jon con perro y todo. Pero era imposible convencerlo de que jugara banco. Cierta vez lo confinaron entre dos cajas vacías, pero los aullidos resultaron menos soportables que sus correteos por el campo corto. En el segundo ining tuvieron que soltarlo. Y en la casa sus meadas y otros embarres aparecían detrás del sofá, bajo la cama, al fondo de la cocina. Algunos destrozos de chancletas viejas fueron sobreseídos, no así los memorables zapatos nuevos de Amanda, que Tingo redujo a poco menos que huaraches pasándose por los dientes cada centímetro cuadrado de piel. Desde ese día, el odio teórico de Amanda se convirtió en lucha de contrarios sin unidad, contradicción antagónica insoluble por la vía pacífica. Desde aquel día Amanda advirtió: llévate el perro de la casa, porque si no, el día menos pensado. Y ese día fue la mañana siguiente de aquel otro cuando Tingo derribó de la mesita el búcaro favorito de la abuela; y apenas pudo escapar a la lluvia de insultos y escobazos, aprovechando la puerta entreabierta y un alto al fuego decretado por el cansancio de Amanda. A su regreso, Carlitos lo halló empapado, tiritando de aguacero y miedo, en la acera de enfrente. Amanda le advirtió que si no lo botaba sería peor, pero Carlitos no podía suponer. Ni siquiera le extrañó que a la mañana siguiente Amanda le dijera: Vete, vete corriendo, que vas a llegar tarde; yo le doy a Tingo la comida. A las diez de la mañana, la vaga inquietud tomó cuerpo de premonición, aún imprecisa, y Carlitos abandonó la escuela con un pretexto irrecordable, caminó de prisa las seis o siete cuadras hasta Tingo, echado a la puerta de su casa. Había algo inquietante en la posición del perro, yaciendo de flanco sobre la acera; en el hilo de saliva amarillenta que se descolgaba del hocico y ya había labrado un cauce que desembocaba en la calle. Carlitos se acercó con lentitud. Apoyó la carpeta contra la pared y empezó a pasarle la mano a Tingo por el lomo. Pero el perro no pareció reconocerlo. Abrió los ojos y lo miró con una pupila vidriosa donde pelotas, visiones y mariposas se habían apagado. Carlitos insistió en llamarlo, en acariciarle el lomo con tantos recuerdos compartidos, más que con las manos; pero Tingo le gruñó, por primera vez en tanto tiempo, por última vez en tan poco tiempo. Movió con trabajo el hocico y lanzó hacia la mano de Carlitos una dentellada desfalleciente que se quedó a mitad de camino. El retiró la mano y lo vio levantarse, temblando como de frío, aunque junio derretía el asfalto de las calles. Tingo echó a andar a trompicones, y en la esquina se detuvo convulsionado por un vómito verdoso que hizo saltar unas lágrimas sin lágrimas de sus ojos. La mano de Carlitos intentó una nueva caricia, pero el mordisco del perro le advirtió que ya Tingo no era Tingo, que los puentes habían sido levantados, que ahora el perro y él quedaban en dos orillas opuestas. Lo siguió calle abajo, viéndolo tropezar y tambalearse, viéndolo caer de vez en vez, acezante, cruzar a ciegas la Avenida de Puentes Grandes y salvar su lenta agonía entre chirridos de frenos y maldiciones de choferes. Las últimas cuadras de ese camino hacia la nada, el mismo que lo conduce hoy hacia los labios de Adita Martínez, la niña más codiciada de 9º A, las hizo Tingo entre chorros de saliva, vómitos y saltos torpes, porque la rigidez ya había hecho presa de sus patas delanteras. En la rotonda intentó bajar a la calle, pero sus patas lo engañaron y se desplomó al pie de la acera, con las mandíbulas contraídas, los ojos desorbitados como si intentara obtener a través de ellos no pelotas, ni visiones, ni mariposas, sino el aire elemental que los músculos petrificados le negaban. Al final, las contracciones lo hicieron saltar de un lado a otro como un pelele; los ojos giraron enloquecidos en las órbitas para detenerse, desmesurados, en una nube que debía estar muy muy lejos, porque esa mañana el cielo mostraba un azul sin accidentes, desleído por el Sol. Carlitos se sentó en el contén y dejó que sus lágrimas rodaran en silencio. Ni sollozos, ni espasmos que precavieran a los transeúntes. Durante media hora fue un niño descubriendo la muerte frente a un perro que no regresaría para explicársela. No tuvo valor para recoger el cadáver. Lo dejó allí mismo, en el sitio que Tingo había escogido; en el sitio que había escogido a Tingo para incorporar su muerte a los anales del asfalto. Durante los días subsiguientes evitó pasar por el lugar, y cuando volvió a verlo, ya el perro no era más que una calcomanía borrosa de la muerte, estampada por las ruedas de alguna rastra. Ya sus huesos, su piel, sus vísceras desecadas por el sol, se habían integrado al paisaje, como una naturaleza muerta (técnica mixta) ocupando un discreto rincón en el lienzo de asfalto.

(el paraíso cobrado)

Durante meses, Carlitos evitó caminar sobre el recuerdo de Tingo, sobre sus restos tatuados en la calle. Aún hoy, cuando ve a Adita esperándolo al pie de la fuente, sus pies eluden el lugar, encuentran otro cauce para alcanzar los ojos verdes, más húmedos que el chorro de la fuente, tan húmedos quizás como las mismas esperanzas de Carlitos. El discurso inaugural se reduce a una sonrisa y ¿quieres tomar helado? Rondan la fuente, se salpican, ella da un saltico hacia él como para no mojarse, como para salpicarlo con sus ojos, pero él no se da cuenta. Ella sí. Sabe que el salto fue mitad hidrofobia, mitad sabiduría no aprendida, ni premeditada; una sabiduría adquirida, quizás, en el código genético. Por eso es ella la que se sonroja. Sortean el tráfico y caminan junto a la verja de la Ciudad Deportiva. Ella desliza las manos por el alambre y de vez en vez se sacude de los dedos el polvillo de óxido. Él trata de alcanzar la eficiencia oratoria que ha venido preparando bajo la acuciosa mirada del Carlitos que habita en el espejo, el Carlitos que a esta hora se debe estar riendo como loco. Hay tramos de silencio, tramos de Matemática, Física, Español, tramos de playa, de fiestas, de canciones, amigos, bailes, revistas, mi familia y la tuya; hasta que llegan a la Ward. Naranja‑piña, mantecado, rizado de chocolate y cola. A ella no le gusta mucho, pero, bueno, está bien, si tú quieres. Un jimaguas. Y la naranja‑piña se reduce a un paladeo frutal y lejano, más que a la introducción para: Piña, naranja, y tú que pareces una fruta madura, ¿a qué sabes?, a todas las frutas juntas o mejor quizás, así debe saber una muchacha como tú, y ella sonrojada, tú eres tremendo, Carlitos, tú sí eres tremenda, y con lo que me gustan a mí las frutas, sobre todo las frutas que saben a todas las frutas y… Pero eso es lo que le dirá varias horas más tarde el Carlitos del espejo. No lo que fue, sino lo que pudo y no fue. Y ahora, a la salida de la Ward: ¿Quieres ir hasta el parque? ¿Cuál? El del pescado. ¿Tan lejos? No es tanto, chica. Mira: yo tengo que llegar temprano. Rápido. Rápido. Está bien, pero… Y caminan sobre las salpicaduras de luz y sombra, bajo los árboles que se interponen entre ellos y el cielo. Escogen el penúltimo banco, junto a la pequeña celda, de cara a los yerbazales indomados que se yerguen, más allá de la cerca, altaneros frente al césped domesticado. Tres minutos de conversación más tarde, Carlitos agota los temas que no le interesa tratar, y su lengua se niega a fabricar las palabras que sí quisiera decir, las palabras que Adita espera sin atreverse a provocarlas, y sin saber cómo. Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos y, entre desesperado y náufrago en el océano de su incertidumbre, toma bruscamente la mano derecha de Adita entre las suyas y la aprieta fuerte, como para evitar su huida. Cierra los ojos, y se da cuenta de que ésto, más que una caricia, es una agresión. Entonces, con los ojos todavía cerrados, afloja lentamente la presión. Teme que ella diga algo, teme que la mano se le escape, como un pescado neurótico del chinchorro, como un sinsonte de la trampa, teme. Pero, aun liberada, la mano de Adita continúa allí y Carlitos siente que los dedos de ella se mueven, buscan el espacio entre los suyos, se trenzan. Cuando abre los ojos, ya las dos manos se han convertido en una mano de diez dedos, y los ojos de Adita están, más húmedos que nunca, muy fijos en los suyos. Caminan de regreso con las manos tomadas. Ensayan las caricias más torpes, las más inolvidables por eso mismo. Hablan de todo lo que saben y de lo que no saben, porque ya la lengua de Carlitos se ha recuperado de su parálisis momentánea, y defiende con fervor la música de Wamb, el heavy metal, los conciertos de rock del Ferretero, que él va a cada rato con su hermano; mientras Adita defiende con fervor a Roberto Carlos, las telenovelas y a José José. Qué va. Yo a ese José José sí que no lo resisto. Pues mira, que a mí sí… Pero ahora es distinto. Tú estás conmigo y en el Ferretero… ¿Qué? Que eso de oír a José José es una cheada y estando conmigo… Pues mira, fácil, yo soy una chea. Así que no estoy más contigo y ya. Y Adita echa a correr. Salta la calle hasta la fuente. Y de nuevo Carlitos se caga cien mil veces en Carlitos, pero ya está más entrenado y lo hace rápido, lo suficiente para alcanzarla casi de inmediato. Oye, chica, espérate. No seas boba. Sí. Soy boba por salir contigo y chea porque quiero. Oye, yo… Pero ella cruza casi sin mirar hasta la desembocadura de la Avenida 26. Justo antes de alcanzar la acera, Carlitos la retiene por un brazo. Mira, Adita, no seas boba. Suéltame. Si te suelto, te vas. ¿Y a tí que más te da, si yo soy una chea? Perdóname. No. Perdóname, chica. Oye a José José, y a Los Papines y a la orquesta sinfónica si tú quieres. Y a Roberto Carlos. También. ¿Y tú no decías que…? No. No importa. Yo te quiero así mismo (al fin me salió, coño). Entonces Carlitos la abraza, le toma el rostro y lo levanta hasta el suyo. Los labios de ella, cerrados, se unen por un momento a los de él, que trata de entreabrirlos como le dijo su hermano. Pero los de ella sólo se apoyan, contraídos. Y los senos pequeños titilan contra su pecho, y los muslos se apoyan en los muslos, y la piernas tiemblan, porque en ellas se refugian las precauciones que fueron desalojadas de la cabeza, el miedo que fue desahuciado del corazón. Y los pies de ambos, muy juntos, descansan sobre los restos de Tingo, que se diluyen en el asfalto, ahora que su recuerdo comienza a engrosar los neblinosos anales del olvido.





El arte de ponerse el cuerpo

30 10 1991

“En estos tiempos de ansiedad

de espíritu, urge fortalecer

el cuerpo que ha de mantenerlo”.

José Martí, marzo de 1883

 

Cierta tarde de enero —bien calurosa, por cierto— me invitaron al Instituto Superior de Cultura Física. Querían que disertara —horrible palabra, ¿verdad?— sobre la cultura y el deporte. Yo no diserté sobre nada, por supuesto, pero como para algo me habían invitado, empecé hablando de Monterroso y su fábula de Aquiles y la tortuga, donde se conjugan una teoría científica —por entonces, lo era—, el deporte y el arte de narrar, con lo que la cultura asume su verdadera función totalizadora. Más tarde leí fragmentos de las edificantes descripciones de Allan Sillitoe sobre el mejor modo de correr delante de la policía, e hice referencia a dos artículos de Martí, publicados en 1882 y 1888 respectivamente, sobre la carrera de las 600 millas en el Madison Square Garden de Nueva York: pasajes de una grandeza macabra, hombres hipnotizados, embrutecidos por el esfuerzo, los espectadores pagando para estar allí cuando alguno reventara como un caballo de carreras, la desolación de los camerinos después que hubo pasado por ellos el vaho sucio de la derrota. Dos artículos antológicos, escritos por quien sabía ver más allá de la corteza.

Y de ahí partí para una reflexión —que era al mismo tiempo una provocación: ¿En qué medida ha alcanzado al deporte el proceso de deshumanización que está teniendo lugar, a nivel mundial, en el arte, en la vida social, en la cultura humana? ¿Es acaso la cultura física cada vez menos cultura y más física?

Y como todos los reunidos eran especialistas en cultura física, investigadores, metodólogos, profesionales dedicados al deporte, la respuesta a mi provocación no se hizo esperar. Así yo, el invitado a disertar, hice que ellos disertaran. Tenían por decir cosas mucho más interesantes que las mías. Por eso no he querido que ustedes se lo pierdan:

 

El deporte es un arte

Omar Paula (Profesor de Metodología del Entrenamiento): Yendo a la parte conceptual: la cultura física no es solamente el deporte: forma parte de la cultura general e incluye la Educación Física  (proceso pedagógico especializado) y el deporte. Incluso la cultura física se ve más allá de la enseñanza: incide en los sentimientos del hombre. En la práctica cubana del deporte y de la cultura física no está la deshumanización del deporte. El deporte es un arte. No hay que verlo sólo por su rendimiento, sino por el desarrollo de las habilidades que van adquiriendo los deportistas, por los movimientos que hacen. Juan Torena era llamado, por ejemplo, “el elegante de las pistas”. Y la gente va a ver un espectáculo, pero también a asimilar conocimientos, a disfrutar los movimientos: fluidos, bellos. Y eso incide en la cultura del hombre. Y eso ocurre en el deporte elite, que es cuando se llega a la maestría en los movimientos; pero el deporte hay que verlo también en su masividad.

Alejandro Víctor (Salvavidas): La cultura física se ha alejado ciertamente de la parte cultural para quedar en lo físico.

Aldo Pérez Sánchez (Profesor de Recreación y Turismo): Sí, hay un alejamiento del carácter cultural al lado físico de la cultura física; en Cuba y en el resto del mundo. La cultura física se está convirtiendo en una cultura de espectador. Incluso la cultura artística y literaria: la cultura de masas conduce al hombre hacia la posición de espectador. Muchos espectadores pasivos. Y escasos, pero muy especializados participantes activos. El que se dedica al deporte tiene que especializarse, y ello nos lleva al espectáculo: sumas de dinero enormes para costear los entrenamientos (partiendo de una alta calidad del atleta). Pero no hay conciencia de que el deporte, incluso como espectador, es parte de la cultura del hombre, de sus opciones recreativo‑culturales.

Ernesto González (Profesor de metodología de la Investigación): Sí existe una separación entre cultura física y deporte, tácitamente admitida, incluso internacionalmente. Por otra parte, la sociedad concibe la cultura como el conocimiento, no considera parte de la cultura la destreza, que es lo que desarrolla la cultura física. Y esta propia institución ha hecho muy poco para consolidar el papel cultural de la cultura física, no así el campeonismo y el deporte elite, hacia donde va dirigida. Para que la cultura física entre verdaderamente en la cultura, hará falta la ayuda de todos: las instituciones, el Estado, los medios de difusión. Todos.

 

Más alto, más rápido, más fuerte

Aldo Pérez Sánchez: La reafirmación en Cuba de la política del alto rendimiento responde a una prueba de nuestro desarrollo socio‑económico y a nuestra rivalidad con el capitalismo en el campo de las ideas. Por ello hay que permanecer en esta línea del desarrollo del deporte supe especializado, aunque responda a una base que es la educación y la cultura física. Pero la cultura física es un campo minado por el que transitamos unos cuantos zapadores; en el cual la política estatal ha sido efectiva hasta los 80, década en que no ha sido así. La primacía en nuestro país está en el deporte de alto rendimiento, a pesar de las muy buenas intenciones de llevar una cultura de masas verdadera en el campo del deporte.

Estrella Fernández (Especialista en Investigación Social):Producto de la política, acertada a mi juicio, que hemos tenido que llevar en el deporte de alto rendimiento para demostrar de qué es capaz el socialismo, hemos ido descuidando el empleo del deporte y la Educación Física como un elemento de la cultura física.

Pavel Prendes (Especialista en recreación): La cultura física se separa del campeonismo en el sentido de que la primera busca mejorar la salud del hombre, y el campeonismo, corroborar una tesis política, la confrontación entre sistemas o países. De ahí que el sistema de puntos en una olimpiada sea netamente comercial. ¿Por qué si no se invierten cuantiosos recursos en el desarrollo del deporte?

Irán Valdés (Metodólogo): Toda actividad humana se especializa cada vez más. Detrás de esa especialización está la expresión de nuestras potencialidades. Quien tiene esa potencialidad, ¿por qué no la va a desarrollar? ¿Por qué no va a ser un campeón de nivel internacional si puede serlo? ¿Es malo? No. Tenemos una sociedad que permite al hombre, al menos en el campo del deporte, desarrollar al máximo sus potencialidades, competir a los niveles máximos. Lo que mueve a la gente hacia el deporte es que tenemos figuras. Si no, nuestros espectáculos deportivos no tendrían brillo, no serían un buen medio de recreación —y en ese caso, ¿dónde vamos a meter a los cientos de miles de espectadores que van a la pelota, que es una opción legítima?—. ¿Qué puede mover más al muchacho hacia el deporte que la figura del campeón? Otra cosa diferente es habernos dedicado demasiado poco a lo otro: la cultura, la Educación Física. Y lo uno complementa lo otro. Pero tampoco los muchachos leen, o pintan, o van a exposiciones de pintura. Se refleja en esto el mismo problema que se refleja en el resto de la educación en este país. No hay otra cosa. Somos tan pecadores en ese sentido los que nos dedicamos al deporte como los que se dedican a la cultura.

 

¿Profesionales?

Alejandro Víctor: Actualmente el profesionalismo está en todo el mundo. No existe el atleta amateur, y no va a existir mientras el estímulo siga siendo el mismo. Se pierde el concepto de cultura física.

Pavel Prendes: Se ha hablado mucho en contra del profesionalismo, de los estímulos materiales. Pero, por ejemplo, cuando el equipo Industriales estuvo a un juego de ganar la serie nacional, todos sus integrantes recibieron casa. ¿Cuánto vale una casa en este país, con los problemas de vivienda que hay? ¿Es eso un estímulo material o no? Y eso es campeonismo, que no tiene nada que ver con la cultura física en función de la salud y el desarrollo armónico.

Ynilo Figueroa (Sociólogo. Investigador): El amateurismo en el deporte de alto rendimiento en el mundo está en crisis. Absolutamente. Y ya Samaranch, con todos sus defectos, dijo: Vamos a acabar con la hipocresía deportiva. Lo que se acerca es un supercampeonismo: Cada vez menos deportistas, pero con posibilidades extremas. ¿Y los demás qué?

 

Mente sana en cuerpo sano

Ynilo Figueroa: No estoy en contra de la competencia, pero el campeonismo es necesario revisarlo: ¿Hasta dónde el ser humano puede trasponer una barrera sin dañarse? Y esto es puro humanismo. ¿Han visto ustedes el tamaño de las gimnastas de cualquier equipo de alto rendimiento en el mundo? ¿Todas iban a ser chiquitas o el entrenamiento les retarda el crecimiento? ¿Qué pasa con los pesistas de alto rendimiento? ¿Y con los boxeadores? Es un deporte inhumanizable, porque en la medida que lo humanizas, pierde su sentido.

Pavel Prendes: Todo el mundo sabe que casi todos los atletas de alto rendimiento tienen problemas fisiológicos: por los anabólicos, la enorme carga física, las lesiones y sucesivas operaciones, etc. ¿Qué tiene eso que ver con la salud, con el bienestar y la armonía del cuerpo y de la mente?

 

Espectadoritis: ¿sí o no?

Ynilo Figueroa: La espectadoritis y el campeonismo se están viendo mundialmente como un mal. No sólo en el deporte.

Francisco Safora (Especialista en Recreación): Los espectáculos y competiciones deportivas habría que analizarlos como los festivales de teatro, donde se dan premiaciones y hay competencia. Lo físico, ¿acaso deja de ser cultura porque sea físico? El espectáculo donde hay un gran despliegue de actividad motora está de acuerdo con los intereses y gustos de las edades adolescentes, ¿no es para ellos una alternativa? ¿O es mejor que se enganchen de la guagua para demostrar esta destreza, para responder a esta necesidad de expresión corporal? Esto es parte de la cultura. Un evento deportivo es también un marco apropiado para la comunicación padres‑hijos.

 

 Uno, dos y tres ¿o qué?

Yolanda Martínez (Profesora de Historia de la Cultura Física): Yo veo el deporte como un proceso de aprendizaje que culmina en el alto rendimiento, el deporte elite.

Estrella Fernández: Lo que decía Omar es cierto, pero sólo en teoría. Se ha esquematizado la clase de Educación Física: arriba, abajo, y ya. El profesor de Educación Física, el entrenador, era un eslabón importantísimo: organizaba equipos deportivos, concertaba competencias interescuelas. Iba mucho más allá de dar su clase. Y eso se ha perdido, tanto por razones económicas como de otro tipo. Y el niño no siente amor por el deporte salvo que sea escogido para entrar a una EIDE y resulte un buen atleta. El resto no ama el deporte porque recibe sólo una clase de uno, dos y tres. Salvando las excepciones, por supuesto. Los círculos de abuelos, por ejemplo, son un modelo de cómo hacer que las personas amen la cultura física, lo vean como parte de su cultura y su recreación. La gimnasia musical aerobia ha ganado en los últimos años, por ejemplo, un gran auge entre los jóvenes. Pero, ¿qué ha pasado? Iba muy bien mientras no se competía. Ahora muchos jóvenes la rechazan, porque no quieren ir a competencias, porque dicen que en las competencias los jurados no son justos, en fin, que ya ha pasado a adolecer de los problemas del campeonismo. Y se va desvirtuando su esencia, su carácter participativo. ¿Por qué hay que competir? ¿Por qué hay que ganar? En el caso de los adultos, el deporte a nivel territorial no se ha resuelto: ¿Cuántas ideas no son posibles para que la gente vea el deporte como parte de su cultura? El deporte se ve como deporte, la Educación Física, como Educación Física  y, en el medio, hay un terreno de nadie que es el que propicia ese paulatino alejamiento de la cultura física de su función como parte de la cultura humana.

Margarita Arroyo (Metodóloga): Educamos al niño en el deporte como una obligación o como una meta: o se destaca y es una estrella y no nos interesamos por su cultura (no física), o lo desechamos simplemente como deportista. Nadie considera al deporte como una parte de la cultura.

Ynilo Figueroa (Sociólogo. Investigador): En general, la atención al fenómeno educativo en todas las esferas transita por una crisis, de lo que no escapa la Educación Física —más bien se agrava. ¿Qué imagen tenemos de nuestro profesor de Educación Física? Frecuentemente, la más negra. Yo tuve un profesor de Educación Física  que no respetaba ningún plan de estudios y aparecía en el terreno con cascabeles, sonajeros, animación. Y un día me di cuenta de lo mucho que me divertía en aquella clase. Demasiado tarde para agradecérselo. En cambio, yo he visto profesores regañar a los muchachos por hacer ruido en la clase de Educación Física , sin darse cuenta que eso significa que la están pasando bien, que es divertido estar allí, dar salida a esa energía. Pero la hemos convertido en algo totalmente plastilínico y ortopédico. Los fenómenos lúdicos son inherentes al ser humano, y eso no lo aprovechamos para aficionar al niño al deporte a través de los juegos. Y hay cosas que, de no aprenderse, hábitos que, de no instalarse antes de cierta edad (de seis a catorce años), no se aprenderán ni se instalarán nunca. Pero los peores salarios se pagan en la primaria y es ahí donde están las peores instalaciones —donde más falta haría.

 

Pies de barro

Ynilo Figueroa: Cierta vez yo estaba traduciendo a un especialista extranjero la explicación que le dábamos de la curva de selección del 2% de niños con altas posibilidades para la natación. Y el especialista sólo me pedía que preguntara por los de abajo, por el 98% restante. Hubo que responderle: No se está haciendo nada con ellos.

Pavel Prendes: Mira, en Cuba, con los recursos que se dedican al deporte de alto rendimiento hay para hacer buenos gimnasios a nivel de municipio. En cualquier país desarrollado (y, al menos, en el deporte elite somos un país desarrollado) existen esas instalaciones y asistir al gimnasio después de la jornada laboral es parte de los hábitos, de la cultura cotidiana del hombre: media hora de actividad física que da salud, no campeonismo.

Ynilo Figueroa: En Europa, que no gana en voleibol, vas a una secundaria y ves a los muchachos jugando en un encuentro interescuelas y te dan ganas de preguntar si es el equipo juvenil nacional. Por el nivel de juego. Aunque su equipo nacional no esté a la altura del nuestro.

 

¿De dónde son los cantantes?

Ynilo Figueroa: Y no me hablen de sistema espontáneo de cultura física que genera campeones. Aquí todo el mundo sabe de dónde salen los campeones: Van a la escuela y miden antropológicamente al niño, y si da la talla, va para una EIDE, y de ahí, si sirve, para una ESPA, y de ahí, si sirve, para el equipo nacional. Por eso después del crimen de Barbados no ganamos una medalla de esgrima en quince años. ¿Por qué? Porque el resultado de todo un trabajo hecho en laboratorio estaba montado en un avión. Fíjate en la siguiente desproporción: el 92% de los trabajadores del INDER atiende al 0,02% de la población del país: los atletas de alto rendimiento.

 

“El arte de ponerse el cuerpo”; en: Somos Jóvenes, n.º 137, La Habana, octubre, 1991.

 

 





La consagración, no solo de la primavera

30 10 1991

Antes de salir por ahí, con mi grabadora y ciertas preguntas ──mediante ellas hice de abogado del diablo y de los dioses al mismo tiempo──, todas encaminadas a responder una (¿qué es la consagración de la que tanto se habla en la Cuba de hoy mismo?), y cuya respuesta es aparentemente obvia, me vi obligado a buscar la definición en mi maltrecho diccionario. Resultó que consagrar es «dedicar a Dios, a los dioses», pero también «sancionar, hacer duradero», y «ofrecerse, dedicarse».

Y reflexioné que de todo eso debería tener la verdadera consagración, porque aquel que dedique su vida a perseguir un objetivo, tiene que creer en él con la fe de aquellos primeros cristianos en el circo, frente a los leones. Del mismo modo, nada duradero se obtiene sin una profunda consagración, nada que la historia definitivamente sancione. Y la palabra «ofrecerse», implica ofrecerse todo, depositar la vida a cambio de algo que la valga.

Y así, con esas mínimas nociones de diccionario, empecé a indagar en diferentes centros de investigaciones científicas

 

¿Qué es la consagración?

 

Pero la respuesta no resultó tan sencilla:

Marimé Vázquez (Biotecnología): Nos sentimos realmente consagrados, porque nos dedicamos al trabajo y al estudio desde la mañana a la noche. Sergio Valdés (Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia): Pienso que la única forma de hacer investigación y que sirva, que salga rápido en un mundo tan dinámico como el actual y con un atraso tecnológico como el de Cuba, es consagrándose al trabajo. Ocho horas no alcanzan para investigar e informarse, estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Pero la consagración como slogan, como meta, es negativo. Si yo hoy requiero trabajar diez, doce, veinticuatro horas, tengo que estar dispuesto a hacerlo. Y eso no es teoría. Aquí se ha dado: en fermentaciones y biotecnología, por ejemplo, donde se trabajan procesos continuos que duran 24, 30 horas. Pero si yo hoy terminé mi trabajo a las cinco, que por meta me tenga que quedar hasta las ocho o las nueve, eso es perder el tiempo. Consagración es dedicar todo el tiempo necesario al trabajo.

Tania González (Biotecnología): Para la consagración es imprescindible que uno sienta que es necesario para el país. Esto se aprende. Ser de los primeros en el mundo en la biotecnología sería imposible trabajando al mismo paso que en laboratorios similares de otros países. La única solución sería trabajar a paso redoblado. Acortar la distancia. Por eso el concepto de consagración implica un concepto político.

Roger Rubiera (Biotecnología): La consagración no se puede medir por el tiempo que uno está en el centro de trabajo, sino por un principio: el trabajo como elemento fundamental en la vida.

Manuel Rodríguez (Biotecnología): No es lo mismo trabajar 12, 15 horas obligado, que hacer algo que a uno le guste, y hacerlo con amor. Y aquí la gente joven se siente que son algo, que son útiles. Te estimulan tu inteligencia, y eso te da fuerzas para sacrificar muchas cosas.

Dr. Pedro Paglo Arias (INFUNCE): Consagración no es estar en un lugar cierta cantidad de tiempo por encima de la jornada laboral. Se puede permanecer diez horas y no ser productivo. Tampoco es dejar de dormir por dejar de dormir. Consagración es simplemente amor por lo que uno está haciendo. En ese caso uno hace en cada momento lo que tiene que hacer. Sólo por amor. Es la única manera de ser productivo. Puedes estar en tu casa y de pronto empezar a pensar en una idea y ponerte a trabajar. Sin que nadie te obligue. La consagración no se puede imponer o decretar. Tomemos el caso de una mujer que tiene que trabajar en una óptica, por ejemplo, no porque le guste, sino porque debe ganarse la vida y ese fue el trabajo que consiguió. Ella no ama ese trabajo, y aunque esté catorce horas en la óptica, no va a consagrarse jamás a su trabajo, porque no lo ama. Ahora bien, en ese caso el trabajador tiene que tener conciencia de que está obligado a hacer bien su trabajo. Conciencia. Pero no se puede asegurar que todo el mundo tenga esa conciencia. También se da el caso de gente que entra a un trabajo, a una profesión, porque fue lo que encontró, y con el tiempo llegan a amar su trabajo, a consagrarse a él.

 

Ni algo nuevo ni algo raro

 

Dra. Eloína Díaz Miniet (INFUNCE): La consagración tampoco es algo nuevo. Todos los grandes científicos han vivido consagrados a su trabajo.

Roger Rubiera (Biotecnología): Un científico, no sólo en Cuba, sino en cualquier lugar, no se concibe sin consagración. Y eso se aprende, se adquiere.

Manuel Rodríguez (Biotecnología): La gente ve que la consagración es algo raro. Pero en el mundo existe mucha gente que se consagra así. En Cuba nuestro centro es el que ha inaugurado ese modo de trabajo.

No hay dudas: millones de hombres se han consagrado a lo largo de la historia a perseguir sus sueños, y en ello han invertido la propia vida. Hay sueños grandes y pequeños, sueños mezquinos, egoístas, miserables; y sueños altruistas, incubados en la mejor porción del hombre. Se consagraron Einstein, Madame Curie, Finlay, del mismo modo que se consagró Edison ──tanto a sus inventos como a sacarles partido──; se consagraron Modigliani y Van Goth en medio de la pobreza, como Balzac se consagró a la gran literatura y a la alta posición social que ambicionaba obtener por esa vía. También se consagraron al poder Hitler, Isabel de Inglaterra y Felipe II. Y cuantos ricos han edificado su propia fortuna, lo han hecho consagrándose a la tarea de hacer dinero. El inmigrante que llegaba a Cuba con la idea de levantar una fortuna, malcomía y malvivía durante años, trabajando jornadas que hoy ni sospechamos, sostenido por esa esperanza. De modo que la consagración es tan diversa como la pluralidad de objetivos del hombre. Y no quiero decir que un superobjetivo nada altruista invalide el fonógrafo o Papá Goriot, o que los decenios de sudor y hambre durante los cuales el gallego de la esquina construyó su bodega sean deleznables. Buscando la fortuna o la gloria, satisfaciendo la ambición o la vanidad, muchos hombres prestaron un servicio a la sociedad, por lo que no pueden ser tan fácilmente descalificados. De ahí que más allá de los aspectos puramente disciplinarios o anecdóticos que entraña el tan al uso concepto de la consagración, me haya interesado por los móviles, los riesgos e inevitables desgarramientos que implica todo acto de entrega.

 

Quince horas al día

 

Marimé Vázquez (Biotecnología): Nosotros, casi todos, empezamos a trabajar aquí. Este ha sido nuestro primer trabajo, y estamos habituados a este sistema y a este horario (de 7:30 u 8:00 hasta las 11:00 pm).

¿Qué tiempo emplean diariamente en estudiar?

Vladimir Martínez (Biotecnología): Depende. A veces dos horas, a veces quince minutos, a veces no puedes. Hay que planificarse, y a largo plazo, de modo que la intercalación del estudio no afecte el trabajo.

¿No asumen el horario como una imposición?

Niurka Meneses (Biotecnología): Nuestra estancia en el centro es voluntaria. Cuando entramos se nos explican las características del centro y las aceptamos. Lo voluntario es estar en el centro o no. Cuando estás, cumplir el horario es un problema de disciplina.

Roger Rubiera (Biotecnología): Pienso que en este momento la mejor medida de la consagración es el tiempo que uno permanece en el centro. Hay que crear una tradición, obligándose a trabajar una cierta cantidad de horas para medir la consagración. No digo que sea el mejor parámetro, pero…

Sergio Valdés (Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia): Pero todo lo que se pone como meta indiscriminada, no da buen resultado. La gente empieza a simular, a perder el tiempo. Incluso hay muchos investigadores que aún no aprovechan las ocho horas. ¿No les ha ocurrido que a las ocho de la noche se encuentren de pronto sin nada que hacer?

Roger Rubiera (Biotecnología): Eso pasa, pero raras veces. No se puede educar a la gente en la consagración dando tiempo libre, sobre todo en una sociedad donde no ha habido tradición científica, ni mucha tradición de trabajo tampoco. El horario obligado es necesario, para que la gente no se acomode y se pierda la consagración. En su primera fase, esta nueva política tiene que ser obligatoria.

¿En realidad para ustedes la consagración es el respeto a una disciplina o un acto voluntario de entrega?

A coro: Voluntario.

¿Si se eliminaran los controles, el horario, la tarjeta, seguirían quedándose día a día hasta las once de la noche, sólo gracias al interés por su trabajo, voluntariamente?

Niurka Meneses (Biotecnología): Hay casos en que yo considero que sí, pero es que… Primero hay que educar, crear una disciplina, sobre todo a los nuevos egresados. Considero que consagración es también un concepto aplicable a todos los trabajadores: aprovechando bien las ocho horas, trabajando con dedicación, hacerlo con amor.

 

Además de que…

 

Dra. Eloína Díaz Miniet (INFUNCE): ¿Qué condiciones hay para esa consagración? En otros centros, por lo que conozco, sí hay condiciones para ese tipo de consagración. Incluso se ha procurado que tengan vivienda cerca del trabajo.

Manuel Rodríguez (Biotecnología): Además de que las condiciones son muy buenas, y eso le permite a uno consagrarse.

Este aspecto es sumamente interesante, dado que implica el aspecto material de la consagración, tan delicado como el moral. El cubano común vive sumido en una enorme cantidad de vicisitudes que impone la cotidianidad, de ahí que una buena parte del talento (en una sociedad altamente instruida) se pierda diariamente en suplir con astucia y laboriosidad las carencias, garantizar un nivel de vida medianamente aceptable para la familia y cumplir los deberes y obligaciones ciudadanas. Sustraer en ciertos centros especiales a los investigadores de esas carencias, garantizándoles condiciones óptimas de trabajo, libera una parte sustancial de sus capacidades, que pueden dedicar íntegramente al trabajo; pero al mismo tiempo entraña un peligro potencial: el divorcio paulatino entre la realidad real y la realidad in vitro concebida para facilitar su trabajo. ¿Fomentaría una conciencia de elegidos, una mentalidad de casta? ¿Util o nociva? Son ya muchas las preguntas tangenciales, de modo que mejor dejo a ellos la palabra.

 

¿In vitro?

 

¿Corren el peligro de ir desligándose del ambiente normal de la Cuba de hoy, vivir in vitro en una atmósfera diferente (sustancialmente diferente) donde almuerzan, comen, trabajan y hacen prácticamente la vida entera?

Tania Gonzáles (Biotecnología): No. De eso se encargan las organizaciones políticas. La preparación política e ideológica está garantizada: se dan conferencias, seminarios.

Yo me refiero a la praxis cotidiana. Además, ¿en qué medida puede afectarlos en su formación general, cultural (lecturas, teatro, cine, actualidad) el trabajar diariamente desde las ocho de la mañana a las once de la noche.

Tania Gonzáles (Biotecnología): Eso depende. No es crítico. Aquí los jóvenes leen, van al teatro, al cine, y comentan después. Pero es más restringido. Si algo es un jueves a las ocho de la noche, no podemos ir. Yo, por ejemplo, guardo siempre vacaciones para el festival de cine latinoamericano. Mira, por ejemplo, a casi todas las actividades organizadas por la juventud, hemos ido. Traemos algunos grupos musicales, ponemos películas los sábados no laborales.

Manuel Rodríguez (Biotecnología): Y cuando llegamos a la casa el fin de semana, chocamos con los problemas.

Roger Uguera (Biotecnología): Y también es cierto que yo en mi casa el período especial no lo vivo como lo vive la gente de la calle. Claro, tampoco es una cárcel. Uno tiene la posibilidad de interactuar con la sociedad, pero no como los demás trabajadores.

Por supuesto, la consagración (único modo, repito y no me canso, de alcanzar algo verdaderamente grande) exige su precio. Vaya, no obstante, una nota al margen: En un mundo interdisciplinario y complejo como el actual, es tan importante que un bioquímico sepa de bioquímica, como que viva al tanto de las coordenadas sociales, políticas y culturales de su época. Ya alguien dijo: «El médico que sólo de medicina sabe, ni de medicina sabe». Tras un período de galopante especialización ──el especialista es quien sabe mucho de poco, y corre el peligro de llegarlo a saber todo de nada──, la ciencia se ha visto obligada a volcarse hacia los estudios interdisciplinarios y la generalización ──saber poco de mucho, evitando saber nada de todo──, porque la verdad elude siempre las clasificaciones, y es imposible adquirir una sólida cultura física o química, hay que adquirir una cultura. Ejemplos sobran de estas interconexiones entre los campos más disímiles del saber humano. No se trata, por tanto, de un preciosismo, sino de un asunto eminentemente práctico. Pero hay algo más sensible en el orden social:

 

Padres e hijos

 

¿Piensan su vida ligada a este centro o lo ven como una zona de tránsito y aprendizaje antes de pasar a otro lugar?

Marimé Vázquez (Biotecnología): Ligada a este centro o a otro similar. Es el ambiente donde nos gustaría trabajar siempre.

¿Qué creen de esta estructura laboral en relación con la atención y la educación de los hijos?

Niurka Meneses (Biotecnología): A todos nos han educado mal, en el facilismo y sin trabajar mucho para merecerlo. Y pienso que eso es importante: educar a los hijos en que para obtener algo hay que trabajar mucho, y que antes de lo fácil hay un período difícil de siembra. En ese poquito de tiempo que me quede, atenderé a mis hijos. Además, aquí las madres tienen otras consideraciones: salen más temprano, recogen a los niños en el círculo (que trabaja hasta las nueve de la noche), o en la escuela a las cinco de la tarde. Por tanto, pienso que es una interacción más o menos normal con los hijos. Y en muchos casos el padre y la madre se turnan para recoger a los niños. Para educar a los niños se dispone de tiempo. De todos modos, el esfuerzo es mayor que si trabajara en otro centro.

Sergio Valdés (Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia): Mira, yo tengo dos hijos y estudio con ellos, los atiendo, pero cuando se acuestan vuelvo a sacar la revista o el informe.

Manuel Rodríguez (Biotecnología): Hay quienes están las 24 horas en su casa y no le dan al hijo el calor necesario. Y tienen el tiempo. Lo importante es que cada cosa que tú hagas la hagas con mucho deseo, con amor. Quizás como uno tiene poco tiempo, ese tiempo se lo dedica a los hijos con mucho amor.

Roger Uguera (Biotecnología): La consagración exige sacrificios y limitaciones, incluso para la educación de los hijos. No es lo mismo verlo a partir de las cinco, que salir todos los días a las once de la noche. Pero si uno se decide a consagrarse al trabajo, tiene que limitarse en todo lo demás y asumir las consecuencias.

Tengo amigos que por razones de orden profesional han decidido no tener hijos. Su consagración al trabajo es tan absorbente, que no les permitiría el ejercicio de la paternidad (maternidad) en detrimento de una parte del tiempo que hoy invierten en la esfera profesional. Criterio que no comparto, pero que tampoco censuro. Lo cierto es que al tener un hijo, estamos creando algo más importante y perfecto que un biopreparado o una sinfonía: un ser humano. De la consagración con que asumamos ese acto depende la sociedad de mañana. Y eso no es exclusivamente un asunto de tiempo, pero es también un asunto de tiempo. Sobre ésto nada se puede decretar, sólo invitar a la reflexión: La práctica demuestra que entre los hijos de personas profundamente dedicadas a su trabajo, abundan los seres incompletos, hambrientos de afecto, dotados de la peor infelicidad: la desatención que las buenas condiciones de vida o los regalos jamás podrán suplir. Conseguir el equilibrio exacto entre las esferas profesional y familiar es algo que cada uno deberá conseguir por si mismo: la economía, la cultura y la sociedad no pueden negarse mutumente.

 

Flexibilidad

 

Lic. Lidia González (INFUNCE): El amor a un trabajo se puede tener, pero también se puede aprender. Ahora bien, si hay factores que lejos de educarme en ese amor al trabajo, me bloquean el surgimiento de ese amor, no puede haber consagración. Eso puede ser la imposición: quizás yo soy más productiva de madrugada, pero por razones organizativas, tengo que trabajar en horario diurno. Eso se resolvería con un poco de flexibilidad, conjugando lo general con lo individual, sin leyes rígidas. A veces se crean leyes para controlar la disciplina laboral, que lejos de controlarla, la afectan.

 

El tiempo de los resultados

 

Dr. Pedro Paglo Arias (INFUNCE): Y pienso que el horario no es una buena medida. Al trabajador se le debe pagar más por sus resultados, que por el tiempo invertido. Aunque hay que tener en cuenta que tampoco es positiva la insistencia en la obtención de resultados en muy corto tiempo, las presiones en ese sentido pueden afectar la calidad del trabajo. La ciencia es cosa de tiempo y reflexión y búsquedas.

¿Hoy no se puede medir por los resultados?

Roger Rubiera (Biotecnología): Sí, pero también por el tiempo.

Vladimir Martínez (Biotecnología): La biología molecular es una ciencia nueva que se está abriendo paso ahora en Cuba. Todo el mundo acaba de salir a caminar en esa ciencia y todavía no se ha avanzado lo suficiente como para que las ideas tenga que ser más finas. Basta con caminar. Y mientras más rápido lo hagas, más lejos llegarás. Eso está relacionado con el tiempo que dediques. Y no se puede hacer biología molecular en la casa.

Sergio Valdés (Instituto de Investigaciones de la Industria Alimenticia): Hemos tenido investigadores dedicados, laboriosos, pero sin madera de investigadores y, por tanto, sin resultados. Los hemos tenido que pasar a la producción, y allá son magníficos técnicos. Porque también eso depende de las capacidades y cualidades de cada uno. Y a partir de eso evaluamos al investigador. Ningún verdadero investigador puede desconectar aunque esté en su casa, en la playa, de vacaciones.

 

Dos notas marginales y varias conclusiones no conclusivas

 

Dra. Eloína Díaz Miniet (INFUNCE): Sería mentiroso decir que el hombre puede trabajar como una máquina, porque en realidad no rendiría. Como todo ser vivo, el hombre necesita respetar sus ciclos de actividad y descanso.

Y esa reflexión me lleva a recordar una política que se está aplicando con los investigadores en muchos centros del mundo: conceder cada vez un mayor margen de tiempo libre. ¿Por qué? La ciencia, como todo acto de creación, no puede ser normada. Se puede asegurar que un ensamblador de circuitos integrados produce más circuitos en ocho horas que en cuatro, y más aún en doce (aunque la curva de cansancio haga declinar la productividad e incremente el margen de error); sería una falacia, en cambio, que un científico de quince horas‑laboratorio sea necesariamente más creativo que uno de ocho. Fomentar la creatividad implica, en primer lugar, crear las condiciones para que esa creatividad no se pierda por falta de medios, cosa que en algunos centros, entre ellos los del frente biológico (no así en otros) se está haciendo. En segundo lugar, fomentar el clima imprescindible de creatividad, dado por el nivel de los intercambios, la información, la emulación, la estatura de los objetivos planteados y la exigencia en la preparación profesional de los investigadores. Y algo crucial que es la necesidad de diferenciar con largueza la creatividad de la repetición. Tanto en términos de prestigio como de retribución. Hoy las diferencias son escandalosamente mínimas. Ya entonces viene la parte subjetiva: ¿Cómo lograr que cada investigador de el máximo de si? Ante todo, subrayando el carácter volitivo del acto de creación, es decir, ampliando en la medida de lo posible (y en la medida que la productividad del investigador lo merezca) su libertad para autoadministrarse. El jefe más exigente de quien ama su trabajo es él mismo. Y es fácil ──en esos centros donde no funciona una legislación laboral paternalista── «prescindir de los servicios» de quien aproveche el tratamiento abierto para ejercer la vagancia, o de quien simule que sí, pero los resultados demuestren que no.

Dr. Pedro Paglo Arias (INFUNCE): Habría que trabajar en el sentido de acercar a la gente a su trabajo, una búsqueda en el orden vocacional.

Si bien es cierto que garantizar a cada uno un empleo acorde con su vocación sería lo óptimo para asegurar su amor y consagración al trabajo, eso es por ahora una utopía: la propia vocación es aún para buena parte de la humanidad un misterio no resuelto, y no hay sociedad que sea capaz de garantizar a cada cual el empleo con que sueña. Pero lo que sí se impone, para que cada cual se consagre y rinda el máximo, es poner en función de eso los múltiples tipos de retribución a que aspiran las diversas ambiciones del hombre: desde el reconocimiento social hasta el salario, desde la gloria o la simple vanidad hasta unas vacaciones en la playa, o las motivaciones de orden ideológico. No habrá riqueza material ──con su contribución a sostener el enriquecimiento espiritual de la sociedad── sin consagración al trabajo, ni consagración sin motivaciones diversas y profundas, motivaciones personales que comprometan a cada uno. La propia existencia de nuestro país depende, no de crear diez, veinte o cien brigadas de alta productividad (contingentes), sino de que seamos capaces de convertir a cada hombre en un contingente.

 

(La consagración, no sólo de la primavera; en: Somos Jóvenes, nº 137, La Habana, octubre, 1991. /Consagracion nicht nur im frühling; en: Cuba Libre, nº 3, Köln, Alemania, octubre, 1993, pp. 11-13).

 





El difícil arte de usar la cabeza

30 06 1991

Se coloca los audífonos y escucha un ruido bastante molesto. La excitación hace que su ritmo cardíaco se acelere y el ruido, que varía con su pulso, se intensifica. Poco a poco se va relajando, trata de disminuir el ruido y consigue opacarlo. Por un instante los audífonos enmudecen, pero inmediatamente su alegría —a la cual su corazón no es ajeno— lo traen de nuevo con intensidad creciente. Se relaja y busca el punto exacto. Sin prisa. El ruido se amansa, como un perro faldero, hasta que se hace el silencio. El experimento ha concluido. El Dr. Pedro Pablo Arias, neurofisiólogo del Instituto de Investigaciones Fundamentales del Cerebro de La Habana, se quita los audífonos. Logró modificar los latidos de su corazón hasta una frecuencia exacta. ¿Cómo? El mismo no lo sabe. Sólo trató de eliminar el ruido. A eso se llama retroalimentación biológica o biofeedback.

Recuerda entonces cómo aquel paciente, en estado de hipnosis, fue conducido hasta los siete años y escribió con su letra redonda y desmañada de entonces; cómo reprodujo garabatos infantiles y dibujos de casitas y soles, y cómo, por último, logró alcanzar su más antiguo recuerdo: un golpe que le hizo daño: una caída que sufrió su madre cuando él no era sino un feto.

 

Y MAS

La fabulosa capacidad de los fakires y yogas para controlar los movimientos intestinales o los latidos del corazón y el ritmo respiratorio, no son cualidades excepcionales. Experimentos recientes demuestran que cualquiera puede hacerlo —así como mantener cierta onda encefalográfica predeterminada—, lo que no todos estamos entrenados para hacerlo. No basta tener la capacidad. Hay que desarrollarla.

La naturaleza demoró tres mil millones de años en fabricar la estructura material más compleja que se conoce: la neurona, y concentró en los tres milímetros de espesor de la corteza cerebral humana entre catorce mil y quince mil de esos “bichitos” —como los llama el Dr. Rafael Alvisa—. Pero aún no hemos aprendido a utilizarlos: empleamos menos del 10% de las capacidades que nos instaló la naturaleza. Al menos eso ya se sabe con bastante exactitud.

 

PEQUEÑA MITOLOGIA DEL CEREBRO

—Muchacho, no leas más que te vas a volver loco —suelen decir las madres y abuelas, aterrorizadas por la posibilidad de una sobredosis cognoscitiva.

Dr. Rafael Alvisa: Distamos muchísimo de sobresaturar el cerebro. La capacidad de pensar no brota espontáneamente como la semilla del marañón, ni la inteligencia va alojada en el alelo izquierdo del cromosoma 24 de cada persona, de modo que a algunos les tocó más y a otros menos. Incluso el genio es, según la definición de Einstein, 20% de inteligencia y 80% de sudor. Y la inteligencia es una resultante de muchísimos factores relacionados con el entrenamiento del órgano lógico. Tal y como se entrena el aparato muscular. Ya estamos seguros de que el cerebro no funciona como se pensaba, de ahí que las formas de transmisión de información en uso sean erróneas. Por ejemplo, se pensaba que la memoria funciona sobre la base de la repetición. Es la curva del olvido según la cual a las 72 horas sólo recuerdas el 33% de la información recibida. Aunque sólo se cumple bajo ciertas condiciones de la transmisión, esa idea se convirtió en una ley general. Así en un curso de idiomas no se ofrecen más de diez palabras nuevas por clase, suponiendo que más no serían asimilables. Pero ocurre algo curioso: si te enseñan 10, recordarás 6; si te enseñan 20, recordarás 18, y si te enseñan 40, las recordarás prácticamente todas; porque mientras mayor sea el volumen de la información suministrada, con mayor velocidad y precisión será recuperada.

 

DE CUBA A ESPAÑA Y BULGARIA, PASANDO POR LA INDIA

no es una trayectoria tan absurda como pudiera parecerle a cualquier pichón de geógrafo.

La idea de que el hombre ha alcanzado otros planetas, o emulado con sus artes a las bellezas diseñadas por la naturaleza, empleando apenas la décima parte de sus capacidades, ha fascinado a no pocos. Ya el budismo tibetano, el yoga, el budismo zen, demostraron su eficacia para desarrollar en el hombre capacidades inexplotadas —mediante ejercicios de meditación y autocontemplación—, incluso para curarse a sí mismo. De ahí que el sicoanálisis occidental volviera sus ojos hacia el Oriente.

Tanto el búlgaro Georgi Losánov como el español Alfredo Caicedo viajaron a la India en busca de algunas respuestas necesarias para liberar esas capacidades ociosas.

Caicedo fundó la sofrología. Losánov, la sugestopedia y el Instituto de Sugestología y Parasicología de Bulgaria.

Losánov logró, mediante la sugestopedia, despertar capacidades curativas (neurosis, hipertensión, asma) y aumentar el rendimiento físico de los deportistas. Aunque su experimento más “escandaloso” fue el efectuado en 23 escuelas primarias de su país. Tomó las 23 aulas de primer grado y dividió cada una en dos grupos: uno recibiría el primer grado habitual y el otro cursaría primero, segundo y tercer grados en un año. Al final, los niños de los segundos grupos no sólo habían recibido tres cursos en uno, sino que su primer grado era superior al de los niños que sólo habían recibido primer grado. La dirección del país instó entonces a la implantación progresiva del método a nivel nacional, pero chocó contra el Ministerio de Educación.

 

—APRENDER ES MUY FACIL

—dice el Dr. Pedro Pablo Arias— porque toda la vida es un proceso de enseñanza‑aprendizaje. La sicoterapia es un proceso de enseñanza‑aprendizaje también. El paciente aprendea enfrentar y superar sus propios males. Losánov dice, por ejemplo, que desde que el individuo nace recibe sugestiones que lo limitan: “Tienes que ir a la escuela y esforzarte mucho. Sólo esforzándote vas a aprender.” Y no es así. Aprender es fácil, espontáneo. Por eso la nueva pedagogía trata de lograr una enseñanza abierta, placentera, participativa, en que aprender es un juego. Sin represión ni memorización forzosa. Se emplea la percepción perisférica (paredes llenas de palabras en una clase de idiomas, por ejemplo, que no advertimos conscientemente), la información subliminar. Aunque con ésta es necesario tener cuidado. Se nos dio el caso de un estudiante que había recibido subliminarmente toda la información sobre el idioma inglés, pero le era imposible emplearla. Hipnotizado, se le sugirió que entraba a una cueva y que en la cueva había un cofre. En su interior está el inglés. Toma el cofre. No puedo —dijo—. Entre el cofre y yo hay un barranco. Fíjate en el techo, ¿ves una cuerda? La veo. Salta entonces hasta donde está el cofre. Ya salté. Sácalo afuera de la cueva. Ya lo hice. Abre el cofre. Lo abrí. ¿Ves el inglés? Lo veo. Bueno, entonces tómalo. No puedo. ¿Por qué? No puedo tomarlo. Y no hubo manera de sacarlo de eso. Tenía toda la información, pero era incapaz de utilizarla.

 

EL CURSO MAS RAPIDO DEL MUNDO

—El 16 de julio de 1988 concluyó nuestro experimento —refiere el Dr. Rafael Alvisa—. Tomamos el patrón internacional para curso acelerado de idioma (nueve meses, es decir, 36 semanasa tres horas diarias de lunes a viernes). Se pretendía impartir este curso en 20 semanas (primera fase), para pasar luego a 10 y por último a cinco. El profesor Albernaz nos ayudó a organizar la manera de suministrar la información. Incorporamos a doce estudiantes.

—¿Personas excepcionales?

—En lo absoluto. La única condición es que tenían que ser vírgenes en el idioma. Y que no habría tareas para la casa ni podrían estudiar fuera del horario del curso.

—¿En qué se basaba el sistema?

—Ante todo, en qué no se basaba. La pedagogía tradicional se fundamenta en el menor esfuerzo del estudiante, y no en lo que verdaderamente ocurre en la siquis. Se sabe que el hemisferio izquierdo y el derecho trabajan de distinta manera: uno como un ordenador digital y otro como un ordenador analógico. Primero buscamos los métodos para silenciar cada hemisferio a voluntad, para introducir la información por uno u otro. Eso se hizo mediante técnicas sico‑fisiológicas: estimulación cromática, relajación inducida, sistema respiratorio, estímulos visuales mediante el ordenador que producían un estado funcional muy particular del cerebro. El sistema es muy sencillo de ejecutar, pero fue muy difícil concebirlo. Teníamos un taquitoscopio de tres campos, un ordenador, un videobin y se crearon tres equipos para hacer de interfases e interconectores, y grabadoras a las que hubo que crearles un sistema de reforzamiento, porque al sincronizarlas, el ordenador se las llevaba.

—¿Cuántos participaron en la concepción del curso?

—Un sicólogo, dos neurofisiólogos y dos ingenieros informáticos. Bueno, toda la información del curso se ofreció en cinco sesiones de una hora: información subliminar a través del ordenador —el texto pasaba tan rápidamente que parecían rayitas—, un sistema de iluminación especial, mientras a través de los audífonos recibían las palabras enmascaradas bajo una música prointelectiva. Y pausas para el descanso. Un sistema muy complejo. El resto del curso lo dedicamos a “despertar” esa información.

—¿Las 19 semanas que habían concebido para esa fase?

—No. En siete semanas logramos “despertar” toda la información. Sólo conversación. No incluimos escritura. Hasta entonces el curso más rápido del mundo era el de Losánov (26 semanas). Enseguida nos preguntaron: ¿Cuándo van a dar el próximo curso? Pero la pregunta sería: ¿Cuándo continuarán las investigaciones para perfeccionar el método y solucionar los defectos que encontramos?

 

SILVESTRISMO Y FUTUROLOGIA O LA REVOLUCION PEDAGOGICA

Dado que la sociedad contemporánea se encuentra ante una crisis de información —la pedagogía actual es capaz de dotar al hombre sólo de una mínima parte del conocimiento acumulado por la humanidad—, la revolución pedagógica es, más que una consecuencia de ciertas curiosidades y casualidades, una necesidad imperiosa del desarrollo humano.

—Padecemos de silvestrismo —enuncia el Dr. Rafael Alvisa—: nuestra educación se adquiere de modo silvestre: en dependencia de la familia, los maestros y amistades que nos hayan tocado en suerte (o en desgracia). Es aleatoria. Ante todo, tenemos que perder los prejuicios instalados sobre la limitada capacidad del cerebro. Todo es entrenamiento: un pintor ve 16 matices de azul donde tú y yo vemos sólo tres. El ser humano está aprendiendo ininterrumpidamente desde su nacimiento, y los tres primeros años son esenciales. No hay razón fisiológica que impida hablar perfectamente a un niño de seis meses. La preparación de un niño con tarjetas de colores y figuras que estimulan la capacidad cerebral, de modo que cuando le empieces a dar información formalizada, la asimile, no es futurología. Ya la Universidad de Pensylvania publicó un método y dos casetes, con un sistema de educación acelerada temprana (no precoz). Pero al niño se le trata durante los primeros años como a un perrito. Y no puede ser una educación diferencial a ciertos niños, porque al desfasarse se les crearía un problema social. Todos serían capaces de asimilarlo. Los primeros años de la escuela deberían dedicarse al entrenamiento del sistemanervioso: perfecta discriminación tonal y auditiva, perfecta discriminación cromática y visual; formas, figuras y movimiento; memoria auditiva, visual y motora. Es alentador saber que algún día los humanos seremos verdaderamente homo sapiens sapiens. Y es triste que a nosotros ya no nos toque.

 

“El difícil arte de usar la cabeza”; en: Somos Jóvenes, n.º 133, La Habana, junio, 1991.

 

 





El difícil arte de usar la cabeza

6 06 1991

Se coloca los audífonos y escucha un ruido bastante molesto. La excitación hace que su ritmo cardíaco se acelere y el ruido, que varía con su pulso, se intensifica. Poco a poco se va relajando, trata de disminuir el ruido y consigue opacarlo. Por un instante los audífonos enmudecen, pero inmediatamente su alegría —a la cual su corazón no es ajeno— lo traen de nuevo con intensidad creciente. Se relaja y busca el punto exacto. Sin prisa. El ruido se amansa, como un perro faldero, hasta que se hace el silencio. El experimento ha concluido. El Dr. Pedro Pablo Arias, neurofisiólogo del Instituto de Investigaciones Fundamentales del Cerebro de La Habana, se quita los audífonos. Logró modificar los latidos de su corazón hasta una frecuencia exacta. ¿Cómo? El mismo no lo sabe. Sólo trató de eliminar el ruido. A eso se llama retroalimentación biológica o biofeedback.
Recuerda entonces cómo aquel paciente, en estado de hipnosis, fue conducido hasta los siete años y escribió con su letra redonda y desmañada de entonces; cómo reprodujo garabatos infantiles y dibujos de casitas y soles, y cómo, por último, logró alcanzar su más antiguo recuerdo: un golpe que le hizo daño: una caída que sufrió su madre cuando él no era sino un feto.

Y MAS
La fabulosa capacidad de los fakires y yogas para controlar los movimientos intestinales o los latidos del corazón y el ritmo respiratorio, no son cualidades excepcionales. Experimentos recientes demuestran que cualquiera puede hacerlo —así como mantener cierta onda encefalográfica predeterminada—, lo que no todos estamos entrenados para hacerlo. No basta tener la capacidad. Hay que desarrollarla.
La naturaleza demoró tres mil millones de años en fabricar la estructura material más compleja que se conoce: la neurona, y concentró en los tres milímetros de espesor de la corteza cerebral humana entre catorce mil y quince mil de esos “bichitos” —como los llama el Dr. Rafael Alvisa—. Pero aún no hemos aprendido a utilizarlos: empleamos menos del 10% de las capacidades que nos instaló la naturaleza. Al menos eso ya se sabe con bastante exactitud.

PEQUEÑA MITOLOGIA DEL CEREBRO
—Muchacho, no leas más que te vas a volver loco —suelen decir las madres y abuelas, aterrorizadas por la posibilidad de una sobredosis cognoscitiva.
Dr. Rafael Alvisa: Distamos muchísimo de sobresaturar el cerebro. La capacidad de pensar no brota espontáneamente como la semilla del marañón, ni la inteligencia va alojada en el alelo izquierdo del cromosoma 24 de cada persona, de modo que a algunos les tocó más y a otros menos. Incluso el genio es, según la definición de Einstein, 20% de inteligencia y 80% de sudor. Y la inteligencia es una resultante de muchísimos factores relacionados con el entrenamiento del órgano lógico. Tal y como se entrena el aparato muscular. Ya estamos seguros de que el cerebro no funciona como se pensaba, de ahí que las formas de transmisión de información en uso sean erróneas. Por ejemplo, se pensaba que la memoria funciona sobre la base de la repetición. Es la curva del olvido según la cual a las 72 horas sólo recuerdas el 33% de la información recibida. Aunque sólo se cumple bajo ciertas condiciones de la transmisión, esa idea se convirtió en una ley general. Así en un curso de idiomas no se ofrecen más de diez palabras nuevas por clase, suponiendo que más no serían asimilables. Pero ocurre algo curioso: si te enseñan 10, recordarás 6; si te enseñan 20, recordarás 18, y si te enseñan 40, las recordarás prácticamente todas; porque mientras mayor sea el volumen de la información suministrada, con mayor velocidad y precisión será recuperada.

DE CUBA A ESPAÑA Y BULGARIA, PASANDO POR LA INDIA
no es una trayectoria tan absurda como pudiera parecerle a cualquier pichón de geógrafo.
La idea de que el hombre ha alcanzado otros planetas, o emulado con sus artes a las bellezas diseñadas por la naturaleza, empleando apenas la décima parte de sus capacidades, ha fascinado a no pocos. Ya el budismo tibetano, el yoga, el budismo zen, demostraron su eficacia para desarrollar en el hombre capacidades inexplotadas —mediante ejercicios de meditación y autocontemplación—, incluso para curarse a sí mismo. De ahí que el sicoanálisis occidental volviera sus ojos hacia el Oriente.
Tanto el búlgaro Georgi Losánov como el español Alfredo Caicedo viajaron a la India en busca de algunas respuestas necesarias para liberar esas capacidades ociosas.
Caicedo fundó la sofrología. Losánov, la sugestopedia y el Instituto de Sugestología y Parasicología de Bulgaria.
Losánov logró, mediante la sugestopedia, despertar capacidades curativas (neurosis, hipertensión, asma) y aumentar el rendimiento físico de los deportistas. Aunque su experimento más “escandaloso” fue el efectuado en 23 escuelas primarias de su país. Tomó las 23 aulas de primer grado y dividió cada una en dos grupos: uno recibiría el primer grado habitual y el otro cursaría primero, segundo y tercer grados en un año. Al final, los niños de los segundos grupos no sólo habían recibido tres cursos en uno, sino que su primer grado era superior al de los niños que sólo habían recibido primer grado. La dirección del país instó entonces a la implantación progresiva del método a nivel nacional, pero chocó contra el Ministerio de Educación.

—APRENDER ES MUY FACIL
—dice el Dr. Pedro Pablo Arias— porque toda la vida es un proceso de enseñanza aprendizaje. La sicoterapia es un proceso de enseñanza aprendizaje también. El paciente aprendea enfrentar y superar sus propios males. Losánov dice, por ejemplo, que desde que el individuo nace recibe sugestiones que lo limitan: “Tienes que ir a la escuela y esforzarte mucho. Sólo esforzándote vas a aprender.” Y no es así. Aprender es fácil, espontáneo. Por eso la nueva pedagogía trata de lograr una enseñanza abierta, placentera, participativa, en que aprender es un juego. Sin represión ni memorización forzosa. Se emplea la percepción perisférica (paredes llenas de palabras en una clase de idiomas, por ejemplo, que no advertimos conscientemente), la información subliminar. Aunque con ésta es necesario tener cuidado. Se nos dio el caso de un estudiante que había recibido subliminarmente toda la información sobre el idioma inglés, pero le era imposible emplearla. Hipnotizado, se le sugirió que entraba a una cueva y que en la cueva había un cofre. En su interior está el inglés. Toma el cofre. No puedo —dijo—. Entre el cofre y yo hay un barranco. Fíjate en el techo, ¿ves una cuerda? La veo. Salta entonces hasta donde está el cofre. Ya salté. Sácalo afuera de la cueva. Ya lo hice. Abre el cofre. Lo abrí. ¿Ves el inglés? Lo veo. Bueno, entonces tómalo. No puedo. ¿Por qué? No puedo tomarlo. Y no hubo manera de sacarlo de eso. Tenía toda la información, pero era incapaz de utilizarla.

EL CURSO MAS RAPIDO DEL MUNDO
—El 16 de julio de 1988 concluyó nuestro experimento —refiere el Dr. Rafael Alvisa—. Tomamos el patrón internacional para curso acelerado de idioma (nueve meses, es decir, 36 semanasa tres horas diarias de lunes a viernes). Se pretendía impartir este curso en 20 semanas (primera fase), para pasar luego a 10 y por último a cinco. El profesor Albernaz nos ayudó a organizar la manera de suministrar la información. Incorporamos a doce estudiantes.
—¿Personas excepcionales?
—En lo absoluto. La única condición es que tenían que ser vírgenes en el idioma. Y que no habría tareas para la casa ni podrían estudiar fuera del horario del curso.
—¿En qué se basaba el sistema?
—Ante todo, en qué no se basaba. La pedagogía tradicional se fundamenta en el menor esfuerzo del estudiante, y no en lo que verdaderamente ocurre en la siquis. Se sabe que el hemisferio izquierdo y el derecho trabajan de distinta manera: uno como un ordenador digital y otro como un ordenador analógico. Primero buscamos los métodos para silenciar cada hemisferio a voluntad, para introducir la información por uno u otro. Eso se hizo mediante técnicas sico fisiológicas: estimulación cromática, relajación inducida, sistema respiratorio, estímulos visuales mediante el ordenador que producían un estado funcional muy particular del cerebro. El sistema es muy sencillo de ejecutar, pero fue muy difícil concebirlo. Teníamos un taquitoscopio de tres campos, un ordenador, un videobin y se crearon tres equipos para hacer de interfases e interconectores, y grabadoras a las que hubo que crearles un sistema de reforzamiento, porque al sincronizarlas, el ordenador se las llevaba.
—¿Cuántos participaron en la concepción del curso?
—Un sicólogo, dos neurofisiólogos y dos ingenieros informáticos. Bueno, toda la información del curso se ofreció en cinco sesiones de una hora: información subliminar a través del ordenador —el texto pasaba tan rápidamente que parecían rayitas—, un sistema de iluminación especial, mientras a través de los audífonos recibían las palabras enmascaradas bajo una música prointelectiva. Y pausas para el descanso. Un sistema muy complejo. El resto del curso lo dedicamos a “despertar” esa información.
—¿Las 19 semanas que habían concebido para esa fase?
—No. En siete semanas logramos “despertar” toda la información. Sólo conversación. No incluimos escritura. Hasta entonces el curso más rápido del mundo era el de Losánov (26 semanas). Enseguida nos preguntaron: ¿Cuándo van a dar el próximo curso? Pero la pregunta sería: ¿Cuándo continuarán las investigaciones para perfeccionar el método y solucionar los defectos que encontramos?
SILVESTRISMO Y FUTUROLOGIA O LA REVOLUCION PEDAGOGICA
Dado que la sociedad contemporánea se encuentra ante una crisis de información —la pedagogía actual es capaz de dotar al hombre sólo de una mínima parte del conocimiento acumulado por la humanidad—, la revolución pedagógica es, más que una consecuencia de ciertas curiosidades y casualidades, una necesidad imperiosa del desarrollo humano.
—Padecemos de silvestrismo —enuncia el Dr. Rafael Alvisa—: nuestra educación se adquiere de modo silvestre: en dependencia de la familia, los maestros y amistades que nos hayan tocado en suerte (o en desgracia). Es aleatoria. Ante todo, tenemos que perder los prejuicios instalados sobre la limitada capacidad del cerebro. Todo es entrenamiento: un pintor ve 16 matices de azul donde tú y yo vemos sólo tres. El ser humano está aprendiendo ininterrumpidamente desde su nacimiento, y los tres primeros años son esenciales. No hay razón fisiológica que impida hablar perfectamente a un niño de seis meses. La preparación de un niño con tarjetas de colores y figuras que estimulan la capacidad cerebral, de modo que cuando le empieces a dar información formalizada, la asimile, no es futurología. Ya la Universidad de Pensylvania publicó un método y dos casetes, con un sistema de educación acelerada temprana (no precoz). Pero al niño se le trata durante los primeros años como a un perrito. Y no puede ser una educación diferencial a ciertos niños, porque al desfasarse se les crearía un problema social. Todos serían capaces de asimilarlo. Los primeros años de la escuela deberían dedicarse al entrenamiento del sistemanervioso: perfecta discriminación tonal y auditiva, perfecta discriminación cromática y visual; formas, figuras y movimiento; memoria auditiva, visual y motora. Es alentador saber que algún día los humanos seremos verdaderamente homo sapiens sapiens. Y es triste que a nosotros ya no nos toque.

“El difícil arte de usar la cabeza”; en: Somos Jóvenes, n.º 133, La Habana, junio, 1991.





Donjuan de Ciego Montero

30 05 1991

En la muy ilustre Ciudad de La Habana, hay un lugar que alguien denominó «la caja de fósforos». Este sitio está integrado por salacomedorcocina y un cuarto (es un decir), distribuidos en el espacio que comúnmente ocuparía un cuarto (chiquito). Un refrigerador —el único de Cuba con la puerta invertida para que pueda abrirse— y un archivo separan la cocina del comedor. Allí es posible encontrar un carapacho de caguama, un mapa celeste en el techo —lógico, ¿no?—, un girasol de Van Gogh original —original de un socio que lo copió— y mil atracciones más. Allí los discos y los libros son tan benévolos que dejan cierto espacio a las personas, y antes del aire acondicionado, la temperatura se aproximaba a la del Kalahari al mediodía, sobre todo si eras invitado a comer y te tocaba el puesto detrás del refrigerador. En ese lugar de la muy ilustre Ciudad de La Habana vive el no menos ilustre Reinaldo Montero (tipo Borjomi), ex ciclista, ex técnico medio, ex obrero de una fábrica, graduado de Filología, asesor del grupo Teatro Estudio, ex eximio fabricante de vino de arroz, aficionado a los medicamentos chinos, buen amigo y escritor que escribe (hay también escritores que no escriben), indistintamente (o distintamente), poesía, teatro, narrativa y otros géneros aún por nombrar.

Reinaldo se dedica a la literatura desde aquella apacible edad en que sus condiscípulos empinaban chiringas, y se ha leído, en los últimos veinte años, 3.120 kilómetros de palabras, es decir, el equivalente a una hilera de palabras de San Antonio a Maisí (ida y vuelta).

El tránsito de lector a escritor fue cosa de dialéctica de las posibilidades. Así nació el “Septeto Habanero”, siete libros sobre nuestros asuntos de hoy, que en buena medida pueden ser los asuntos de siempre, y que ya va por el tercer tomo, la novela Maniobras, en camino. El primer libro, «Fabriles» fue recién publicado por la Editorial Letras Cubanas. Donjuanes, el segundo, fue premio Casa de las Américas de cuento (1986). Están además En el año del cometa (poesía), el premio David de Teatro que obtuvo en 1984 y dos películas con guiones suyos.

Este ya largo prólogo sólo sirve para introducir al personaje que responderá las siguientes preguntas:

 

—¿Hay alguna relación entre el agua de los famosos manantiales de Ciego Montero y el escritor Reinaldo Montero?

—Había una vez un niño que vivía en Ciego Montero y le gustaba mucho los encuentros con aguas, no le importaba si eran de lluvia o termales o de río o de cubo. Y por encima de las aguas posibles, el río Hanalla, que no aparece en los mapas, ni él ni el Charco del negrito que está a dos tiros de piedra del balneario o sanatorio que se llama Ciego Montero. Aclaro que entre las muchas aguas, en Ciego Montero por entonces no se encontraba la famosa agua agujereada. Ciego Montero, el balneario/sanatorio, eran piscinas tibias, calientes y que pelaban, y ofrecía la posibilidad de ser héroe de varias maneras. Por ejemplo, aguantando la respiración hasta el colmo, cosa que asustaba a Neisi, o desafiando la temperatura bárbara que aterraba a Neisi.

 

—¿Qué recuerdos te trae la palabra «bicicleta»?

—La Escuela Superior de Preparación Atlética, carretera, Paquito, mecaniquear, una nadadora, una piscina vacía.

 

—¿Qué hacías entre los 14 y 20 años?

—Uh.

 

—¿De dónde nació el libro Fabriles?

—De una fábrica.

 

—¿Hay teatro en tus cuentos y narrativa en tu teatro?

—Hay situaciones dramáticas siempre y por donde quiera, y mucho trabajo. Y nunca narrativa en el teatro, que quede claro.

 

—Has escrito un libro de poesía esperando el paso del cometa Halley, y uno de cuentos sobre los Don Juanes habaneros. ¿Hay algo en común entre esos dos temas tan diferentes?

—No. Hasta donde alcanzo.

 

—¿Existe algún medicamento chino que estimule la imaginación?

—Sí. Las Analectas, de Confucio, y El Libro de Mencio.

 

—¿Tus personajes son parte de tu familia? ¿Hasta cuándo los vas a estar explotando? ¿Son dóciles o a veces se les antoja hacer lo que les viene en gana?

—Qué bárbaro si ellos quisieran responderte. Te propongo una cosa. Hazle una entrevista a Angelito, o a Chen, o a El Pinto, si acceden. Después me cuentas.

 

Entonces ensayé, para variar, algunas preguntas serias:

—¿Qué de bueno o de malo tiene la inexistencia de escuelas y manifiestos literarios en la literatura cubana contemporánea?

—Yo no sabría decirte si es malo o bueno. Sencillamente no hay. Creo que, por ejemplo, la dialéctica de organizar, limitar dentro de una escuela, hasta como posición puede servir de acicate, es decir, en la misma medida en que a Paul Eluard le sirvió de acicate para separarse del surrealismo y encontrar nuevas líneas expresivas. Uno puede pensar que es nocivo a groso modo, y puede que sea así desde el punto de vista de la preceptiva, pero como posición podría funcionar. Tal vez sea mejor que no exista, pero no lo podría saber con absoluta certidumbre. Sucede también que como la vanguardia agotó, convirtió eso en moda, y nosotros estamos aún rebasando la posvanguardia…

 

—¿Será que no resulta necesario? Si fuera cierto, como algunos afirman, que la Revolución logró abolir las contradicciones entre los escritores…

—Yo amo el vocablo contradicción y no hay por qué temerle. Pero si el parricidio se interpreta como tendencia iconoclasta, efectivamente, no. La vanguardia también agotó eso. Si saltamos la barrera de los años 40, uno se encuentra con una posición frente al fenómeno de la cultura totalmente diferente. Después de la guerra, la posición tiene que ser otra. Un fenómeno muy singular, necesariamente. Esas tendencias iconoclastas durante las cuales por poco se queman las grandes cosas, están superadas. Pero todas esas cosas que ocurren en Cuba están en el marco de la lucha político‑ideológica, que es otra cosa. A lo que nos referimos aquí es a los problemas básicamente estéticos. Aunque nadie olvide lo político‑ideológico, porque eso, por nuestras venas corre. A lo que se refiere es a que yo pudiera censurar los cuentos de Cardoso. Jamás. Ni se me ocurre. Al margen de que yo no escribo como Cardoso ni me interesa hacerlo. Lo respeto y no pretendo quitarle su magisterio. Las disputas que tuvieron un acento muy político se llevaron a otro plano, y ocurrieron entonces los grandes problemas en la esfera de la cultura. Pero es que se ha ido por vía política a solucionar cuestiones ya no políticas. Una desviación fue eso de Lunes de Revolución, las crucifixiones. Partiendo de determinadas premisas políticas, se caía en las cuestiones culturales. Y en la cultura cubana eso no es nuevo. Por ejemplo, la polémica entre Saco y Lasagra, que es una bronca por problemas políticos en relación al poeta, no sobre si Heredia escribía buena poesía o no. Eso siempre ha estado en la cultura cubana dando vueltas, porque la cultura cubana ha sido muy convulsa y apretada.

 

Pero ya eran demasiadas cosas serias y no quería concluir así, entonces:

—¿Cuáles son las 10 cosas —eso puede significar cualquier cosa— que más amas?

1) Las rodillas de las muchachas.

2) La mirada oblicua de las muchachas.

3) La manera en que las muchachas se hacen las desinteresadas o las interesantes.

4) La manera en que las mismas, o la misma, muchacha(s) se deshace(n) del desinterés, y ni rastro del tono de mujer que se hacía la interesante, porque ya ha(n) empezado a ocuparse de uno, interesadísima(s).

5) La sabiduría que supone la variopinta tolerancia en las muchachas, sobre todo si uno cree que es buen método hacerse el inteligente o el gracioso o ambas cosas, y ellas no tragan ni en seco, miran, sólo miran, confiando en el mejoramiento humano, me imagino. Qué paciencia, cuánta ciencia.

6) Los lunares y lugares recónditos de las muchachas.

7) La combinación de cuello, o pescuezo, con movimiento de cabeza cuando de pronto las muchachas se voltean, raudas, para decirte algo, con clama.

8) Las diferentes voces, o el contraste de las diferentes voces de las muchachas con la única voz que puede escuchárseles mientras están amando, y la voz aún más singular que traen cuando después de amar, murmuran más amorosas, más. Qué increíble, siempre son capaces de más.

9) Lo poco que las muchachas necesitan las palabras.

10) Las muchachas.

 

 

“Don Juan de Ciego Montero”; en: Somos Jóvenes, n.º 132, La Habana, mayo, 1991.