Metástasis del poder

30 01 1997

La ciencia española está de fiesta.

Como demuestra el artículo publicado recientemente en la revista Nature, los equipos dirigidos por los españoles Piero Crespo Baraja y Xosé Bustelo, en el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y en la Universidad de Stony Brook respectivamente, han descubierto el mecanismo molecular que emplea el oncogen vav para transmitir instrucciones cancerígenas a las células sanas. De modo que si se lograra bloquear esa información, las células sanas seguirían a su aire, sin hacer el menor caso al perverso vav.

La noticia nos alegra a todos, especialmente a los que hacemos una vida insana y nicotínica. Desde hoy encenderemos el próximo ducado con un pelín más de esperanza de llegar a viejos.

Lo que parece más difícil de descubrir, y aunque se descubra sería aún más difícil de erradicar, es el mecanismo mediante el cual el oncogen del poder transmite información cancerígena a un político sano y altruista ─que creía en su misión de cambiar (para mejor) el mundo─, alentándolo a un crecimiento desmedido de su ambición, a una necesidad multiplicada de poder que (quizás se diga a si mismo) mañana le permitirá transformar (para mejor y más rápido, dado que posee más medios con qué hacerlo) el mundo; sin importar las componendas, trapacerías y corruptelas que sean necesarias; porque el oncogen del poder tiene la rara propiedad de deprimir prejuicios morales y barreras éticas. Hasta que la naturaleza social obra lo suyo (aunque no siempre), y el político, al fin, hace metástasis.

“Metástasis del poder”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 30 de enero, 1997, p. 25.





Las trampas del azar

20 01 1997

La palabra «juego» equivale a una maldición para muchas familias españolas. Las estadísticas, forzosamente incompletas dado que la mayoría de los ludópatas no se consideran tales, son, aun así, pavorosas. Familias destruidas, honestos trabajadores que un día decidieron echarle un pulso al destino y a la teoría de las probabilidades invirtiendo en ello lo que tenían y lo que no tenían; honrados que metieron mano a lo ajeno con la convicción de devolverlo «mañana», que sería el día de su fortuna súbita; padres amantísimos que han llegado a jugarse la merienda de sus hijos. Todo ello explica que las asociaciones contra la ludopatía aborrezcan hasta el parchís, e incluso consideren indiscriminadamente los ciberjuegos infantiles un prólogo a la ludopatía crónica. Y no niego que pueda ser así en muchos casos, pero habría que observar la otra cara del juego, actividad que no es privativa del ser humano.

Cualquier zoólogo, y hasta los dueños de perros y gatos, confirmarán que los animales juegan. Esencialmente los animales superiores, dado que el juego requiere una alta dosis de inteligencia. Y ya se sabe que en la naturaleza nada es gratuito. El juego es un sistema de aprendizaje. Jugando aprenden a cazar los leones. Jugando aprenden los niños las normas de convivencia, las primeras letras, sus nociones iniciales de geometría y álgebra. Los ejercicios de física, química y matemática que resolvemos en la escuela no son más que juegos didácticos; e incluso muchos pedagogos contemporáneos tienden a subrayar el carácter lúdico del aprendizaje, en contra de la noción memorística y pesada que primó en el pasado. Aprender es un juego de la inteligencia, no una extenuante albañilería de la memoria. E incluso más allá de su aspecto ontológico, de los códigos mediante los cuales pretende interpretar el mundo, ¿qué es el arte sino un juego de la sensibilidad y la belleza? Si hurgamos en nuestras actividades cotidianas, hallaremos indicios lúdicos en muchas, sobre todo en aquellas que nos proporcionan placer, de modo que descalificar en bloque el juego por nocivo resulta tan contraproducente como negar en bloque la civilización a partir, exclusivamente, de sus efectos ecológicos.

El problema no radica en el juego en sí, sino en sus fines. El niño que se enfrasca ante la máquina, que intenta sortear el laberinto sin que se lo coman los bicharracos cibernéticos, adquiere habilidades manuales, reflejos, sentido del espacio y del tiempo, además de adiestrarse en el uso del ordenador, su futura herramienta de trabajo. Malo cuando no puede prencindir de la pantallita. Como es malo el monocultivo, aunque no por ello sea nocivo el aceite de oliva. Y peor en el caso del adulto que invierte en su presunta buena suerte lo que no ha sido capaz de invertir en su actividad profesional y personal. Si sus relaciones humanas son una especie de yugo social, si su trabajo es un penoso y mero ganarse el pan carente de placeres y alegrías intrínsecas, es casi lógico que le tienten las emociones del juego, carente como está de otras emociones.

Por eso son raros los ludópatas entre quienes se han entregado a su profesión o sus afectos. Quizás algún día cada hombre pueda encontrar el espacio profesional y personal para el cual está diseñado, sin que la necesidad o las convenciones ejerzan un papel dictatorial, quizás un día las estadísticas de Naciones Unidas computen los índices de felicidad y no sólo la renta per cápita o el PNB. Quizás un día vivir sea para cada uno el juego por excelencia, no un simple huir de la miseria o dar caza a la riqueza. Hasta entonces, no desactivaremos por completo las trampas del azar.

“Las trampas del azar”; en: Diario de Jaén. Jaén, España, 20 de enero, 1997, p. 16.





De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja

1 01 1997

La misteriosa explosión del acorazado Maine con 276 tripulantes a bordo fue el motivo necesario para que Estados Unidos entrara en la guerra anticolonial cubana, justo cuando España sólo dominaba las ciudades importantes. La teoría de la fruta madura, la Doctrina Monroe refrendada por la U.S Navy, fue la causa. A mediados del XIX, la metrópoli económica de Cuba era ya el vecino del Norte, que acaparaba casi el 60% de su comercio; no España.

Ahora, la ley Helms-Burton dispara sus andanadas económicas contra la Isla. Si entonces Estados Unidos se enfrentó a un Imperio venido a menos que intentó en vano una coalición europea en su ayuda, y al final se resignó a capitular ante la potencia emergente, nunca ante los mambises, verdaderos artífices de la independencia, esta vez se enfrenta a intereses económicos de sus aliados.

En 1898, Estados Unidos acudió a salvar a la colonia martirizada, aunque para ello algunos propusieran un método sui géneris, como se desprende del memorándum de J. G. Breckenridge, Secretario de Guerra norteamericano:

[la población cubana] “consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos. Es evidente que la inmediata anexión de estos elementos a nuestra propia Federación sería una locura y, antes de hacerlo, debemos limpiar el país (…) destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones (…) concentrar el bloqueo, de modo que el hambre y su eterna compañera, la peste, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano. Este ejército debe ser empleado constantemente en reconocimientos y acciones de vanguardia, de modo que sufra entre dos fuegos, y sobre él recaerán las empresas peligrosas y desesperadas”.

Un siglo después, los cañones modelo Helms-Burton intentan salvar a los nativos de la dictadura castrista y forzar un tránsito a la democracia… de los que sobrevivan a su aplicación. El restablecimiento de los derechos humanos merece cualquier sacrificio, incluso el de la vida… de los cubanos.

La Helms-Burton, o Ley para la libertad y la solidaridad democrática cubanas, de 1996, “procura sanciones internacionales contra el Gobierno de Castro en Cuba, planificar el apoyo a un gobierno de transición que conduzca a un gobierno electo democráticamente en la Isla y otros fines”. Su presupuesto básico es sancionar y reparar “el robo por ese Gobierno [el de Castro] de propiedades de nacionales de los Estados Unidos”, haciendo de ello un instrumento para la democratización de Cuba. He leído varios artículos que invocan el carácter justiciero de la Ley, que salvaguarda el sagrado derecho a la propiedad. Ninguno ejemplifica con el terrateniente expropiado o la United Fruit Company. Suenan demasiado a monopolio, expoliación, riqueza desmedida flotando en un océano de miseria. Se invoca al pobre galleguito que sufragó su bodega con años de sudor y malcomer, para que Fidel se la quitara. Yo recordé al chino de Genios e Industria que vino huyendo de Mao, montó su almacén, apareció Fidel y terminó de asalariado en Miami. Pero el chino y el gallego, así sean ciudadanos norteamericanos, sólo podrán recuperar su bodega “si el monto de la reclamación supera la suma o el valor de 50.000 dólares sin considerarse los intereses, gastos y honorarios de abogados” (sic.). De modo que ya sabemos quiénes serán los presuntos beneficiarios.

Y será el presidente de Estados Unidos quien determine cuándo existe un gobierno de transición[1]. Dimanar de elecciones libres e imparciales y una clara orientación hacia el mercado, sobre la base del derecho a poseer y disfrutar propiedades, son las condiciones adicionales para que el mismo presidente concluya que se trata de un gobierno elegido democráticamente, momento en que la felicidad reinará en la Isla, ya que el bienestar del pueblo cubano se ha afectado, según la ley, por el deterioro económico y por “la renuencia del régimen a permitir la celebración de elecciones democráticas”. La primera razón es obviamente correcta. La segunda, indemostrable. Taiwán, Corea y Chile, por un lado; Haití, Nicaragua y Rusia, por el otro, demuestran que la democracia de las urnas y la democracia del pan no forman un matrimonio indisoluble. Pero, ¿es verdaderamente democracia y derechos humanos lo que se reclama para Cuba? Si nos atenemos a la historia de nuestro continente, un pliego de demandas como éste habría hecho inadmisibles a Somoza, Pinochet, Duvalier, Batista, Trujillo, etc., etc., dictaduras apoyadas y, con frecuencia, instauradas por Washington. Y habría garantizado la existencia de Allende, Jacobo Arbenz, Joao Goulart. Pero aceptemos que la política norteamericana ha cambiado. ¿Acaso el petróleo concede un tinte democrático a las feroces dictaduras árabes? ¿Por qué los chinos mantienen el status de nación más favorecida? Cedo la palabra al destacado periodista norteamericano Robert Novak:

“¿No será que estoy inclinando la cabeza ante el poderío chino y ensañándome con la débil Cuba? Confieso que así es. (…) Mantener buenas relaciones con el creciente gigante de Asia es un interés nacional indiscutible”.

No coments.

Sólo me queda claro un derecho que Occidente defiende sin reticencia: “la garantía del derecho a la propiedad privada”, como reza la ley.

¿Cómo restablecer en Cuba ese derecho?, es una pregunta que intenta responder el tándem Helms-Burton: En teoría, logrando, mediante medidas de presión, el desmoronamiento del gobierno cubano. En la práctica, estrangulando al pueblo cubano por cualquier medio, incluso “un embargo internacional obligatorio” de la ONU, hasta que la subversión brutal a cualquier costo sea el único y estrecho pasadizo hacia la supervivencia probable.

Claro que aun las más drásticas medidas (no importa sobre quién recaigan) están justificadas, dado que “el Gobierno de Cuba ha planteado y continúa planteando una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos”. Y reitera en varios párrafos “las amenazas de terrorismo constantes del Gobierno de Castro”, e incluso advierte que “la terminación y explotación de cualquier instalación nuclear” y “cualquier nueva manipulación política del deseo de los cubanos de escapar que provoque una emigración en masa hacia los Estados Unidos, se considerará un acto de agresión que recibirá la respuesta adecuada…”. De esto, cualquier lector ingenuo derivaría que el monstruoso embargo y las continuas amenazas que la potencia castrista impone a los pobrecitos Estados Unidos justifican cualquier medida defensiva, y que, según el derecho de reciprocidad, el gobierno cubano puede decidir qué instalaciones nucleares norteamericanas son admisibles.

Y un lector no tan ingenuo detectaría que la ley padece cierta amnesia, resultado quizás del “Síndrome Mariel”: la emigración cubana pos revolucionaria, que muy en sus inicios pudo ser política ─Estados Unidos acogió incluso a criminales de guerra buscados por la justicia cubana, con lo que sentó un pésimo precedente que Castro ha retomado─, se convirtió muy pronto en mayoritariamente económica; con la diferencia (respecto a los mexicanos, por ejemplo, que sí emigran masivamente) de que siempre fue objeto de manipulación política por ambos bandos: Estados Unidos obstaculiza la emigración legal y alienta la ilegal. Cuba abre y cierra a conveniencia la válvula de escape. Unas dantescas elecciones donde los cubanos sólo han votado con sus cadáveres, arrastrados por la Corriente del Golfo a algún cementerio secreto del Atlántico Norte.

La “amenaza castrista” permite a la ley incluso apelar a la extraterritorialidad y sancionar a terceros países, dado que “El derecho internacional reconoce que una nación puede establecer normas de derecho respecto de toda conducta ocurrida fuera de su territorio que surta o está destinada a surtir un efecto sustancial dentro de su territorio” (sic). No sólo a entidades y personas que “trafiquen con propiedades confiscadas reclamadas por nacionales de los Estados Unidos”, sino a quienes aporten personal técnico, asesor o colaboren de algún modo con la central nuclear de Juraguá, obra del actual gobierno cubano en colaboración con la Unión Soviética (EPD); a quienes establezcan con Cuba cualquier comercio en condiciones más favorables que las del mercado; donen, concedan derechos arancelarios preferenciales, condiciones favorables de pago, préstamos, condonación de deudas, etc., etc. Es decir, todo lo que proporcione al Gobierno Cubano “beneficios financieros que mucho necesita (…) por lo cual atenta contra la política exterior que aplican los Estados Unidos”. De modo que el planeta Tierra y sus alrededores quedan advertidos: Cualquier acción que contradiga la política exterior norteamericana hacia Cuba queda terminantemente prohibida. El resultado, hasta ahora, es que sólo dieciséis empresas han suspendido sus negocios con Cuba. ¿Razones? Helms y Burton no tomaron en cuenta que esas actividades económicas son también beneficiosas para los inversionistas. Como la primera ley del capital es la ganancia, la primera libertad democrática es la libertad de empresa, y el primer deber de un gobierno es defender a sus ciudadanos, y si son empresarios, más aún, la protesta ha sido unánime: la Unión Europea está dispuesta a dar batalla y prepara sanciones si al fin Clinton decide aplicar la ley tal cual; México y Canadá han elevado protestas formales; incluso la hasta ayer dócil OEA ha repudiado la ley, consiguiendo de rebote la solidaridad hacia el pueblo cubano (que, de un modo u otro, se convierte en apoyo al gobierno de Fidel Castro). En lugar de quedar “aislado el régimen cubano”, la ley ha conseguido aislar a Estados Unidos.

Está claro que Fidel Castro jamás aceptará las decisiones de una corte norteamericana, de modo que no será él quien pague las propiedades que expropió. ¿Quién las pagará entonces? Aunque la Ley Helms-Burton estipula que el presidente de Estados Unidos podrá derogarla una vez se democratice la Isla, las reclamaciones anteriores a esa fecha tendrán que ser satisfechas (incluso la voluntad de satisfacerlas es condición para que el nuevo gobierno sea aceptable); de modo que se da el contrasentido de que una ley dirigida contra Castro sólo afectará al gobierno de transición o al “democráticamente electo” que lo suceda ─justo el gobierno que, al menos teóricamente, propugna la ley─. Gobierno que no sólo heredará un país arruinado por el desbarajuste económico, sino también una deuda que no contrajo. A lo que se sumará la mediatización impuesta por las preferencias de Estados Unidos sobre el futuro político de Cuba. Aunque la ley Helms-Burton afirma “No dispensar ningún tratamiento de preferencia a persona o entidad alguna ni influir a su favor en la selección que haga el pueblo cubano de su futuro gobierno”, veta, de entrada, a los Castro, y, de salida, exige el levantamiento de interferencias a Tele y Radio Martí (lo lógico sería su desmantelamiento una vez concluida la beligerancia), que se convertirían en medios de propaganda electoral no sujetos a la equitativa distribución de espacios entre formaciones políticas que la propia ley exige a las futuras autoridades cubanas. Como si no bastara la diferencia “de león a mono amarrao” entre cualquier formación política que recién aparezca en la Isla y la solvencia de las formaciones políticas del exilio, en especial las que constituyen fuertes lobbies de presión en Washington. Si el propósito es fomentar el nacimiento de una democracia precaria, está muy bien pensado.

Al parecer, el famoso pragmatismo norteamericano falla cuando se trata de lidiar con Fidel Castro, superviviente del embargo y del desastre económico, del rechazo internacional, el descontento y el éxodo, incluso de la caída de la URSS. Lección clara: la ley del garrote sólo consigue incrementar el repudio mundial hacia una política incompatible con el derecho internacional (e ineficaz, de contra), y aunque el embargo (que la ley pretende recrudecer) haga más difícil la vida del cubano de a pie, su efecto político es contradictorio: en 37 años, cada presión no ha hecho sino consolidar al pueblo alrededor del líder y frente al enemigo externo. “Ahí viene el lobo”, grita la Caperucita Roja. Y el lobo viene, como si se hubieran puesto de acuerdo para comerse a la abuelita que hace la cola para el pan en La Habana Vieja. De modo que el embargo carga las culpas que le corresponden y todas las demás, de contrabando. Si alguna vez Estados Unidos comprendiera esto y levantara el embargo, la ineficaz burocracia cubana desfilaría en manifestación denunciando “esa nueva maniobra del Imperialismo”.

Pero me asombra más, incluso me aterroriza, que la comunidad cubana de Miami se decante abrumadoramente por la solución Helms-Burton; sabiendo ─no hay que ser muy perspicaz─ que con ley o sin ella, si a alguien faltará lo elemental no será a Fidel Castro, sino a mi hermana y a tus primos, cuyo único derecho es el de soportar el peso de la pirámide, para que ahora se le sienten encima Helms, Burton y un millón de exiliados. No importa cuántos mueran por falta de un medicamento o de una intervención quirúrgica (que en el último año se han reducido casi a la mitad). Es el castigo por haberse quedado en Cuba. El gobierno norteamericano, que —a mediano y largo plazo, obviemos ese cíclico interés cuatrienal por el exilio cubano— responde a sus intereses, puede pasar por alto esta pequeña circunstancia. Los cubanos, no. Si lo que se pretende es una Cuba mejor, libre y democrática (ningún político reconocerá lo contrario), deberán tener en cuenta algo que Tucídides ya sabía hace dos milenios: que la ciudad no son sus murallas sino sus gentes. Y los habitantes de la Isla serán los primeros en sospechar de quienes pretenden inmolarlos “por su bien”. Alguno ha afirmado que se trata de “alentar” a los cubanos a “derrocar la dictadura”. Una especie de “Sublevación o Muerte”. Solo que quienes instan al martirologio ya votaron con los pies y sólo lo verán por televisión.

“Duro oficio el exilio”, dijo Nazim Hikmet. Duro oficio el insilio, añadiría yo, pensando en los que permanecen en la Isla. Lo cierto es que para ninguna orilla de la cubanía han sido un lecho de rosas estos 37 años. Va siendo hora de que la política sea un acto de servicio; que el odio, la desconfianza y la revancha no sean el pavimento de nuestro destino. Que los nostálgicos se acostumbren a que la Cuba de 1958 y la de 1984, esas no volverán, como bien dijo Bécquer. Hora de preguntarnos con realismo: ¿Cuál sería el camino menos doloroso de Cuba hacia el futuro? Pero antes: ¿de qué futuro hablamos?

Obviamente, la ultracentralizada economía socialista, tal como se ha puesto en práctica, sólo genera ineficiencia. Y la distribución equitativa de la miseria ha resultado al cabo, más injusta. El teorema de una clase gubernamental que encarne y ejerza, sin control democrático, la voluntad popular, sólo ha servido de coartada ideológica a la autocracia. En cambio, la voluntad socializadora ha permitido índices educacionales y sanitarios propios del desarrollo.

La pregunta se completa: ¿Cuál sería el camino menos doloroso de Cuba hacia una sociedad democrática y una economía de mercado, atemperada por una política social que reduzca la distancia entre los más y los menos favorecidos? Respondamos por exclusión:

Aplicar a rajatabla las fórmulas neoliberales, aún cuando se implante por decreto una democracia representativa de corte occidental, no haría sino incurrir en la fórmula rusa: Hambre con democracia. Fórmula que en buena parte del Tercer Mundo ha demostrado su ineficacia, porque la primera democracia es la del pan.

Mantener el statu quo sería peor: Desde el desplome económico, que colocó al gobierno cubano entre la espada y la pared, es decir, entre el embargo y su propia ineficiencia, más que gobernar, han ejercido el equilibrismo sobre la cuerda floja del descalabro. Evitando introducir profundas transformaciones económicas (que pondrían en peligro el monopolio del poder político), han optado por vender en porciones la Isla (capitalismo para extranjeros que subvencione el socialismo para cubanos) y paliar la miseria mediante tímidas aperturas. Pero sin un plan coherente y a largo plazo. ¿Pruebas? En apenas cinco años, el gobierno ha contradicho reiteradamente su propio discurso: Desde la negativa rotunda al Mercado Libre Campesino, hasta su reapertura; desde “el capital extranjero sólo operará mediante empresas mixtas en cooperación con el Estado”, hasta empresas 100% extranjeras; desde las condenas a prisión por tenencia de dólares hasta su despenalización; desde la caza de jineteras hasta la admisión de que son “las más cultas del mundo” (FC, verbigracia); desde la prohibición de la pequeña empresa privada, hasta la proliferación del timbiriche ─aunque acosado hasta la asfixia por restricciones e impuestos; no así el inversionista extranjero, de quien depende que los niveles de miseria no alcancen el punto crítico de la desesperación─. Puras medidas de supervivencia cuya única lógica es la perpetuación del poder. Así se incumpla una verdad universal postulada por José Martí hace cien años: “Gobernar es prever”.

El terror a la aparición de una burguesía nacional, sumado a la acelerada venta del país al capital foráneo, es la mejor combinación para que un día los cubanos heredemos un país que no nos pertenezca. La negativa a cualquier fórmula democrática (por tímida y paulatina que sea), incluso al diálogo con la oposición más amable, sumado a un vago proyecto de sucesión dinástica que ya nadie cree viable, pueden producir, por un error de cálculo o tras la muerte del líder, un vacío de poder en que todo sea posible: desde un neo estalinismo tropical hasta la rebatiña entre facciones, el reparto del pastel en la piñata de la burocracia, la entrega incondicional al mejor postor, o la peor y menos probable: la confrontación civil. De modo que la perpetuación del statu quo resulta óptima para el cumplimiento del axioma: “Después de mi, el caos”. ¿Cuál sería entonces el camino menos doloroso…?

Una transición ordenada y rápida bajo la égida de Fidel Castro es pura ciencia-ficción. Salvo raras excepciones, ninguna autocracia se suicida.

Tampoco hay indicios de que las tímidas reformas transgredan lo indispensable para mantenerlo en el trono “hasta que la muerte nos separe”, y evitar otro agosto del 94, más peligroso mientras menos posibilidades tenga de abrir la balsa, perdón, la válvula de escape.

¿Queda alguna opción? Quizás. Aunque el riesgo de desnacionalizar la Isla deje de ser mera hipótesis; no quedaría otro camino que la inversión masiva de capital, precisamente lo que la nueva ley pretende evitar. La solución Breckenridge-Helms-Burton o la pasiva espera a una transición dictada por la necrología son soluciones infinitamente más penosas. ¿Y esas inversiones no apuntalarían al gobierno actual? A corto plazo, sí. Pero también aliviarían la dramática supervivencia de los cubanos que viven en la Isla, cuyo sufrimiento no puede ser la moneda con que se compre una presunta “transición democrática”. Y, a mediano plazo, cada empresa que se deslice a otro tipo de gestión demostrará la ineficacia de la economía estatal ultracentralizada al uso, debilitará los instrumentos de control del individuo por parte del Estado. La descentralización de la economía desverticalizará paulatinamente la sociedad, abrirá nuevos márgenes de libertad y concederá al pueblo cubano una percepción más universal, más abierta, una noción más clara de sus propios derechos, o de su falta de derechos, en contraste con los que se otorgan al extranjero en su propia tierra; desmitificando el camino trazado desde arriba como el único posible. Amén de que la dinámica del capital exigirá nuevos espacios, nuevas aperturas.

Y a esta reflexión no es ajeno el gobierno cubano, de ahí que le infunda más pánico la inversión (descentralizadora) que el embargo (aglutinador) y sólo muy cautelosamente la vaya permitiendo. Aunque más teme toda iniciativa privada de los cubanos, porque el dueño de una paladar contrae, con su independencia económica, el germen de su independencia política.

A fines de los 70, cuando los cubanos de Miami recién llegados a La Habana abrieron sus maletas, demolieron veinte años de propaganda. Hoy, los turistas y los empresarios extranjeros corroen más que cualquier embargo las doctrinarias exhortaciones al sacrificio. Muchos empiezan a sospechar que el porvenir no queda hacia delante, por la línea trazada que se pierde más allá del horizonte y cuyo destino es por tanto invisible, sino hacia el lado. Más al alcance de la mano.

En La Habana, ciudad que por falta de mantenimiento constructivo e inversión inmobiliaria puede ser declarada inhabitable en un 50% a fin de siglo, se invierte el cemento en una red de refugios antiaéreos (“Ahí viene el lobo”, de nuevo). Pero el gobierno sabe que no hay refugio posible si el bombardeo es con dólares. Helms y Burton todavía no se han enterado.

 

“De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja”; en: Encuentro de la Cultura Cubana, n.º 3, invierno, 1996-1997, pp. 31-37.

 


 [1]Es condición necesaria que ese gobierno de transición haya legalizado todas las actividades políticas, dado la libertad a los presos políticos, disuelto la Seguridad del Estado, los Comités de Defensa y las Brigadas de Acción Rápida; se haya comprometido a realizar elecciones libres a más tardar en 18 meses bajo supervisión internacional, dando espacios equitativos de difusión a las diferentes formaciones, haya levantado las interferencia a Radio y TeleMartí, respete los derechos humanos, establezca un poder judicial independiente y permita la libertad sindical, de expresión y de prensa, garantice la distribución de la asistencia al pueblo cubano, demuestre su voluntad de tránsito de la «dictadura comunista» a la «democracia representativa», permita el establecimiento de observadores internacionales, extradite a delincuentes buscados en Estados Unidos, reponga la nacionalidad cubana a los exiliados y devuelva o indemnice a los estadounidenses expropiados desde 1959. Y sobre todo, ese gobierno tendría que excluir expresamente a Fidel y Raúl Castro.





Rapiña de difuntos

20 12 1996

Las leyes del comercio son inexorables y despiadadas, es algo que todos sabemos, aunque de vez en cuando nos hagamos pasar por compradores y no por billeteras con ojos que el comerciante intenta ordeñar.

Pero cualquiera diferenciará la compra de un coche, de un electrodoméstico, una medicina o un ataúd. Cada comercio tiene sus propias leyes y su ética, más o menos consolidadas en países donde la economía de mercado ha ido puliendo las reglas del juego.

Pero los países que acaban de acceder con entusiasmo al mercado distan mucho de ejercer el «todo vale» pero «hasta cierto punto». Se han quedado en el primer axioma.

Y en la República Checa, el asunto ya toma tintes de broma macabra. Aunque la Cámara Profesional del gremio funerario tilda de «poco éticas y abusivas» ciertas prácticas, la ganancia impone su propia ética, que no figura en los tratados de Moral y Cívica ni en los diccionarios, sino en los cursos de Contabilidad. Hasta tal punto ha llegado la rebatiña de difuntos entre las diferentes empresas de pompas fúnebres, que en los hospitales pululan agentes enemigos listos para disputarse la carroña, se pagan comisiones a los médicos, enfermeras y policías que dan parte de un nuevo cliente, e incluso recomiendan tal firma de ataúdes a los parientes, con la soltura de quien comunica por experiencia las bondades de una lavadora.

Alguien afirmó que cada ser humano se acerca al aspecto o las costumbres de cierto animal. Cuánta razón tenía.

“Rapiña de difuntos”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 20 de diciembre, 1996, p. 29.





Referéndum ¿innecesario?

15 12 1996

Cuando leí que los malagueños de Borge decidieron hacer un referéndum para elegir entre humanidad y neoliberalismo, recordé de inmediato el caso absolutamente opuesto, pero idiomáticamente colindante; el del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien al recibir una distinción en Chile de manos de los militares de Pinochet, hizo referencia a «la clara espada» (la de los golpistas chilenos) en contra de «la furtiva dinamita» (la de los supuestos terroristas). Hoy sabemos cuántos inocentes fueron víctimas dela «clara espada», que desmembró una sociedad entera y dispersó sus fragmentos por medio mundo.

Pero los de Borge apuestan por la humanidad, apuestan por un mundo que gaste más en medios para curar que en medios para matar, en alimentos que en cañones. Un mundo donde la ley de la oferta y la demanda, el implacable orden del mercado, la ley suprema de la ganancia al menor costo posible, no sea precisamente lo que nos distinga de nuestros parientes del reino animal; sino nuestra condición humana: la misma que ha creado el arte y las guerras, pero también la que nos concede dos derechos incompatibles con la ley de la selva: la bondad y la solidaridad.

Muchos podrían pensar que se trata de un simple gesto sin mayores consecuencias, un referéndum innecesario que no cambiará un ápice la diametral injusticia del orden internacional. Cierto. Pero también es cierto que el Hombre deberá plantearse el siglo XXI en otros términos, que no son precisamente edificar la opulencia sobre las espaldas de 800 millones de hambrientos, o parcelar el mundo en cotos de riqueza y cotos de caza. O vender armas sin que conste en acta al mejor postor, para después acudir en misiones humanitarias, con despliegue de medios televisivos, con el fin de rescatar a los supervivientes. No es, ni lejanamente, un gesto inútil el de los ciudadanos de Borge. Si no empezamos a hablar ahora de unas nuevas reglas del juego que rescaten la condición del hombre, estaremos ayudando con nuestra dosis de silencio a convertir este planeta en la mayor bomba de tiempo de la historia.

“Referéndum”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 15 de diciembre, 1996, p. 51.





Anfibología y otras sospechas

24 11 1996

María Moliner, en El Diccionario de uso del español, define el término «anfibología» como «Equívoco. Circunstancia de tener una palabra o expresión más de un significado». Lo mismo ocurre en la vida. A veces parece que un banquero es el ejemplo de made himself para mostrar a la juventud, una especie de Cid Campeador de las finanzas, y al final resulta un ratero al por mayor. O un militar que vela por el sueño de los honrados currantes se trueca en un cuatrero evadido por medio mundo y para agarrarlo hay que ofrecer recompensas más sustanciosas que en su día por Billy The Kid.

De modo que los inocentes consumidores de noticias, acudimos a los diarios con el ánimo de enterarnos, al menos, de lo que ocurre en el teatro del acontecer, aunque sigamos ignorando lo que ocurre de verdad entre bambalinas, porque la realidad suele desclasificarse mucho después de ocurrida. ¿Y qué encontramos? Con frecuencia, indicios y pistas que bien podrían acercarnos a la verdad. Pero otras, intentamos entender, pero ni con muy buena voluntad nos enteramos.

Por ejemplo: «Abierto el plazo para solicitar alimentos de intervención de la Cruz Roja». ¿Qué son alimentos de intervención? ¿Alimentos que intervienen nuestra hambre? ¿O que interviene la Cruz Roja?

O: «El portavoz de la familia Cordón cree que el industrial secuestrado sigue en sus manos». Si sigue en manos de la familia Cordón, como asegura este titular, se trata de una noticia muy interesante. En tal caso, ¿por qué cree y no está segura la familia? ¿Y si esasmanos parece que son, pero no son, entonces, de quién son?

Pero la noticia más asombrosa que he descubierto últimamente en los titulares es que: «Declaran el despido de una embarazada improcedente». Lo que parece una noticia china, donde un segundo embarazo es altamente improcedente. Pero se trata de una información local. Quizás la perspicacia del periodista rebasa nuestra admiración. Puede que ni la improcedente madre o el padre, que seguramente no hizo ni más ni menos que lo que suele hacerse en estos casos, sepan que un niño improcedente está a punto de arribar a este mundo (no tan procedente como algunos quisieran). Y por eso la despidieron. Desde que leí la noticia escruto a cada embarazada por la calle para ver si es improcedente o no. Pero no lo consigo.

“Anfibología”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 24 de noviembre, 1996, p. 52.

 





Nueva víctima de Barbie

16 11 1996

Una joven granadina de 26 años yace en coma irreverible tras ingerir diuréticos masivamente para bajar de peso. Una joven que, según las estadísticas, no había recorrido sino la tercera parte de su trayecto vital, intentaba disminuir unos kilos a cualquier precio, y de hecho ha disminuido hasta el peso cero: la levedad de la muerte.

Mientras en los países en desarrollo (mejor decir en subdesarrollo, que lo otro es mera conjetura) millones de personas mueren de hambre sin intentarlo, porque la vida no les deja otra opción; en nuestros lares, que podrían alimentar a un cuarto de Europa más con lo que se tira a la basura, miles de jóvenes bien alimentadas se suicidan de hambre por alcanzar la estética Barbie, una estética que ya va siendo tan macabra en víctimas de la anorexia como aquellos zapatos de hierro que usaban las mujeres chinas para tener los pies pequeños, y que a los occidentales nos aterran por su barbarie.

¿Qué dosis de responsabilidad atañe en estos casos a la persona que, entontecida por un diseño corporal que los ricos alcanzan, cuenta corriente de por medio, a silicona y bisturí, se niega a reconciliarse consigo misma, y sobrevalora kilos y centímetros a costa de subvalorar su inteligencia, sus sueños y su sensibilidad, es decir, lo que hacen de ella un ser humano, no una muñeca presuntamente perfecta? Mucha. ¿Cuánta responsabilidad correspondea una propaganda repetitiva hasta la obsesión, al bombardeo de imágenes perfectas, de personitas de diseño, e incluso al empresario que exige «buena presencia», aunque él mismo sea feo como la muerte en día de lluvia? Mucha también.

De cualquier modo, vale reflexionar en estos casos sobre lo que hemos perdido. ¿Cuántas obras, emociones, sueños y felicidades (o infelicidades) probables habrá inmolado esta joven a la diosa Barbie? Nunca lo sabremos. Sólo que 26 años de experiencia vital no fueron suficientes para comprender que la vida, aún en su humana imperfección, es la aventura más espléndida, destinada por igual a ser disfrutada y padecida por gordos y flacos, por feos que nunca tendrán «buena presencia», y por feos del alma, que son los peores aunque se paseen por las pasarelas.

“Víctimas de Barbie”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 16 de noviembre, 1996, p. 33.





Aceituneros altivos

6 11 1996

Uno de los rasgos más indignantes del subdesarrollo es exportar plátanos e importar dulce de plátano enlatado; exportar azúcar e importar caramelos; o exportar aceite de oliva e importarlo dentro de un frasco y con una etiqueta en colores donde reza, con excelente redacción, todo lo que hicimos para que este producto fuera de primerísima calidad.

Cada gota de aceite está compuesta por miles de gotas de sudor, por hectáreas de bosque diverso sometidas a la voracidad omnipresente del olivar; cada gota de aceite contiene siglos de angustia y esperanza de un pueblo entero, maniatado su destino por los caprichos de una cifra, una sola cifra, en las bolsas de valores.  Pero lo peor es que la noble tarea del que produce, del que convierte la sal de la tierra, el aire, la lluvia, en purísimo aceite, apenas vale una fracción del valor final. Envasadores y traficantes (que muchas veces no han visto un olivar ni en fotografía) son los grandes beneficiarios.  Pero no podría decirse que son los culpables. Piensen quienes se conforman con una migaja de la tarta, por evitar el riesgo de perder la tarta entera, si vale la pena. Piensen quienes garantizan una parcela de lujo sin sobresaltos, qué responsabilidad les cabe en que a las puertas del siglo XXI, un millar de jiennenses pase de largo junto a las fábricas distantes donde otras manos envasan su aceite, mientras acuden a procurarse el jornal en los campos de Francia. Y piénsenlo rápido, porque Coosur, que ocupa el 10% del mercado, puede ser mañana una empresa nuestra, aportando un valor añadido que tanto necesita la provincia, puede entreabrir la puerta de un destino más justo para quien produce; y quizás abrir esa puerta del todo, porque nadie podrá vender mejor aceite y a precios más competitivos que nosotros. Pero también Coosur podría engrosar las multinacionales y acentuar la diferencia. Piénsenlo ahora. De ustedes depende.





Traficantes de esperanza

4 11 1996

El presidente de la Asociación Pro-derechos Humanos de Cádiz, Rafael Lara, denunciaba recientemente a los consulados españoles en Marruecos por la venta de visados, sobre todo en Tetuán. Las pateras se subastan en Cádiz y luego son revendidas en la costa de enfrente. Los pesqueros transportan ilegales. Las autoridades marroquíes cierran o abren los ojos a las salidas ilegales, en dependencia del estado de sus negociaciones con Europa, y ya de paso liberan la presión social mediante esa válvula de escape. De modo que proliferan los traficantes de la esperanza, contrabandistas de hombres, mafias que engañan y esquilman a quienes ya la vida ha esquilmado hasta los límites del éxodo.

La historia se repite con una asiduidad pavorosa en todo el planeta. Los espaldas mojadas mexicanos son conducidos a través de la frontera por «coyotes», que con frecuencia los abandonan en sitios inhóspitos o simplemente los matan para no dejar testigos. Fidel Castro abre la espita de la emigración masiva, o custodia rigurosamente las costas (tan rigurosamente, que en el verano de 1994 hundió un barco con más de 30 personas en la bodega), en dependencia del estado de sus diferencias con el vecino del Norte y los avatares del marketing político. Los dominicanos se ahogan en el Paso de la Mona intentando alcanzar el trampolín a USA que es Puerto Rico. Los haitianos naufragan o son asesinados por los traficantes en la Corriente del Golfo, que arrastra los cadáveres del Caribe hacia algun desconocido cementerio del Atlántico Norte.

En todos los confines del planeta, millones de hambreados votan con los pies (o con sus cadáveres) en un gigantesco referéndum contra la pobreza. En el mejor de los casos, les tocará limpiar los desechos de las sociedades opulentas; en el peor, serán devueltos a sus infiernos de origen o accederán al cielo (si existe algun cielo para los pobres de solemnidad, y si allí no les exigen el visado en regla).

Se avizora un brillante porvenir a los nuevos tratantes de esclavos, contrabandistas de la esperanza, y las pateras superarán en breve a los vuelos charter; al menos mientras no acabemos de entender que la emigración no es el problema, sino la miseria; y que el planeta es demasiado pequeño como para apagar el televisor cuando hablan de Burundi.

 

“Traficantes de esperanza”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 4 de noviembre,  1996, p. 16.





Diana cazadora

31 10 1996

Con su gesto independiente y altivo, la Diana cazadora de los griegos bien podría figurar en el escudo de los movimientos feministas. La que quizás no figure nunca (o quizás sí) es esta Diana Cazadora de Gales, que insiste en ser noticia y ha recorrido desde la crónica rosa hasta la prensa amarilla. De la telenovela sin happy end que fue su matrimonio hasta las poses de víctima y las sospechas de victimaria, hay un solo factor común: cualquiera que la mire con atención se dará cuenta de que esta mujer (mujer y media a juzgar por el largo), llore o sonría, camine con ese encorvamiento ligero que algunos tomaron como humildad cuando no es más que un modo de parecer más pequeña que el Príncipe, acaricie niños minusválidos o represente al Reino Unido en alguna ceremonia oficial, siempre sabe más, mucho más de lo que dice. Incluso de contabilidad, como demuestra su contrato de divorcio. Decididamente, mucho tiene que saber para dirigir 200 asociaciones (yo no recordaría ni los nombres), aunque ahora renuncie, humildemente, a cien.

Según el Daily Express, Diana está dispuesta a convertirse en la colaboradora número uno en la lucha contra el SIDA. Y no lo dudo. Diana las caza al vuelo y el SIDA, aun sin ser la enfermedad que más gente se lleva al otro barrio, es la enfermedad más publicitada, que arrasa sin miramientos a cantantes y estrellas del basket en plena edad competitiva, no cree en millonarios, políticos y nobles; aunque su víctima predilecta sea el africano que no conoce el preservativo ni de oídas y el yonqui de séptima categoría.

Diana del SIDA, perdón, de Gales, sin olvidar sus otras 100 organizaciones caritativas, cruzará el planeta en todas direcciones (el SIDA es como Dios, omnipresente) y seguirá apareciendo hasta en la sopa, porque alla sabe de muchas cosas, pero sobre todo de marketing y no permitir que la olvidemos es su primer empleo.

“Diana cazadora”; en: Diario de Jaén, Jaén, España, 31 de octubre, 1996, p. 29.