Si cayeron Roma y el imperio español donde nunca se ponía el sol, no es raro que también caiga el objeto más grande colocado por el hombre en el espacio.
Después de 15 años, 1 mes, 3 días, 8 horas, 28 minutos y 13 segundos, la estación espacial Mir, construida por un país que ya no existe, cayó en el Océano Pacífico y descansa ahora a 5,000 metros de profundidad (de lo más alto a lo más hondo). Por ella guardaron los ingenieros rusos un minuto de silencio.
Su muerte anunciada desencadenó las más diferentes reacciones: alarma en Micronesia, indignación en Chile porque les conviertan el Pacífico en vertedero cósmico, advertencias de Nueva Zelanda a sus pescadores, que insistieron en faenar ya que los rusos no les iban a pagar sus facturas, y la promesa promocional de cierta compañía: un taco gratis por habitante norteamericano si algún fragmento impactaba en el blanco flotante que desplegó en el océano.
La Mir cargó al máximo sus baterías solares antes de morir, como en su día la nación que la creó, cargó al máximo sus arsenales antes de caer por su propio peso, de muerte natural.
Tres impulsos proporcionados por el progreso, perdón, por la nave Progress adosada a la Mir, bastaron para enfilar la estación en su último viaje. El progreso tiene la costumbre de dar esos empujones en un sentido que a veces es triunfal y otras, fatal.
Las 137 toneladas de la Mir penetraron en la atmósfera. La ingrávida placidez de su limbo cósmico, donde su tarea consistía en dar vueltas y más vueltas alrededor del mismo sitio (86.331 veces circunvoló la Tierra) un quinquenio tras otro —cualquier similitud con los planes quinquenales es pura coincidencia—, fue sobresaltada por el contacto con la densa atmósfera del planeta. La fricción convirtió a la antigua joya de la corona soviética en una esfera incandescente, ardiendo a 3,000 grados centígrados, fácil de distinguir a simple vista desde la Tierra. A una altura de 90 kilómetros, de las 137 toneladas, unas 112 se desintegraron. Apenas 25 toneladas, convertidas en una gigantesca granada de fragmentación, alcanzaron la superficie del océano, 3,000 kilómetros al este de Nueva Zelanda. 1,500 fragmentos metálicos incandescentes, algunos de hasta 70 kilogramos, impactaron en la zona prevista y a la hora señalada. Un triunfo para los ingenieros rusos.
“El enorme trabajo realizado los últimos días para hundir a la Mir será estudiado como modelo, y esta experiencia será utilizada, ya que el futuro de la astronáutica pasa por el aumento de las dimensiones de las estaciones espaciales. La astronáutica rusa ha demostrado una vez más que puede resolver tareas únicas y complejísimas”, declaró Yuri Kóptev, director general de la Agencia Espacial Rusa. Un crimen para el líder comunista Guennadi Ziugánov, quien declaró que, después del naufragio del submarino nuclear Kursk, el hundimiento de la Mir “es la más grande tragedia ocurrida durante la gestión del nuevo presidente ruso”. “Un crimen contra el futuro de Rusia, contra la ciencia y la cosmonáutica nacionales”. Los diputados y astronautas Svetlana Savítkaya y Vitali Sevastiánov también consideran que ha sido un error hundir la Mir, cuya operatividad podía haberse extendido hasta el 2002, y solicitan la destitución de Kóptev. No obstante, tanto el Gobierno como la Agencia Espacial Rusa, optaron por liquidar el tantas veces remendado artefacto, y concentrarse en la flamante Estación Espacial Internacional, donde Rusia aspira desempeñar un papel importante. Un debate que nos parece haber escuchado antes.
Ni uno solo de los fragmentos dañó a dos decenas de buques pesqueros que, acostumbrados a las inclemencias meteorológicas, persistieron en continuar sus labores cayera lo que cayera del cielo. Los turistas que se apiñaron en Fivi para presenciar el acontecimiento, contemplaron una lluvia de chatarra espacial incandescente que tiñó de oro y plata el cielo del Pacífico. Un ciudadano de Taichung, en Taiwán, aquejado de depresión e incapaz de soportar la angustia ante la remotísima probabilidad de que la estación cayera sobre la isla, se prendió fuego ante la tumba de su abuelo. Fue la única víctima mortal directa de este suceso.
La nave Mir, cuyo nombre significa paz, en ruso, descansa en paz en un remoto rincón del Océano Pacífico, que según los navegantes es el menos pacífico de los océanos. Confiemos que ésto no sea otra metáfora.
Metáforas
29 03 2001Comentarios : Leave a Comment »
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Derecho a los derechos
16 03 2001La expresión “Proyecto Varela” ha entrado de nuevo en circulación gracias a los líderes religiosos del exilio cubano, quienes respaldaron recientemente la convocatoria a un referendo, dentro del marco constitucional cubano, en busca de cambios políticos.
Oswaldo Payá Sardinas, presidente del Movimiento Cristiano Liberación y autor del Proyecto Varela, aboga por un cambio pacífico y desde dentro. “Porque si el cambio es violento, el gobierno que venga será un gobierno de fuerza y si esperamos que el cambio llegue desde afuera, entonces el pueblo no será protagonista del cambio”.
Pero el Proyecto Varela no es nuevo. En vísperas de la visita papal a Cuba, Payá lo presentó en la Nunciatura Apostólica cubana. ¿En qué consiste? El Artículo86 de la Constitución de la República de Cuba, en su inciso G, asegura que la iniciativa de las leyes compete a los ciudadanos. En este caso será requisito indispensable que ejerciten la iniciativa 10.000 ciudadanos, por lo menos, que tengan condición de electores. Es este el fundamento legal, dentro del marco constitucional cubano actual, que han tomado como base. Se trataría entonces de conseguir 10.000 firmas de ciudadanos con derecho al voto, apoyando un referéndum para llevar a consulta popular cinco puntos esenciales:
•Derecho a asociarse libremente
•Derecho a la libertad de expresión y de prensa
•Amnistía
•Derechos de los cubanos a formar empresas
•Una nueva ley electoral.
La petición se entregará en mano a los ciudadanos, después de tener su consentimiento, y cada uno la devolverá, firmada o no. El texto de la petición y las firmas se entregarán después a la Asamblea Nacional del Poder, encargada de llevar a la práctica el referendo.
En cualquier país del mundo esto sería un trámite normal. En Cuba, a pesar de encontrarse recogido en la Constitución, puede encontrar serios obstáculos. El primero es que una buena parte de los opositores que firmarían gustosamente la petición han sido desprovistos de sus derechos políticos. La segunda es ese doble discurso que el cubano común se ve obligado a mantener por pura supervivencia: la verdad privada y el silencio público. De modo que muchos, aunque no comulguen con el sistema actual, enfrentados a la decisión de hacer público mediante su firma el discurso privado, se abstendrán. Son enormes las presiones que harán más difícil su ya precaria situación en caso contrario. Tercero: el gobierno se encargará de boicotear por todos los medios la recogida de firmas. Y cuarto: una vez que se obtengan, podrá hacer caso omiso a su propia Constitución y no necesitará siquiera explicar al pueblo cubano su postura, dado que la prensa hará disciplinado silencio al respecto. Millones de cubanos ni siquiera sabrán que se ha violado la Constitución, un documento que en su día votó la casi totalidad de los electores.
¿Puede ocurrir? Me atrevería a vaticinar que en caso de recogerse las 10.000 firmas sorteando los enormes escollos que ello supone eso será precisamente lo que ocurra. El gobierno cubano, que blasona de contar con la adhesión masiva de los cubanos, jamás se atreverá a poner en manos de sus adeptos decisiones neurálgicas para su monopolio del poder, como el derecho a asociarse libremente, que sacaría de las catacumbas a los grupos opositores, los engrosaría mediante la amnistía y fomentaría sindicatos libres, el derecho a la libertad de expresión y de prensa, cuando bien saben que la información es poder; por no hablar de los derechos económicos y de una nueva ley electoral, que someterían sus monopolios tradicionales a la competencia.
Peor sería para el gobierno llevar estas consultas a referendo y ponerse más en evidencia ignorando un resultado adverso. ¿Por qué recoger entonces esas 10.000 firmas que posiblemente nunca se traduzcan en una consulta popular? Porque ello puede ser la evidencia más escandalosa de que el gobierno cubano es inconstitucional, incluso si el referente es su propia constitución y, por inferencia, no acepta la voluntad de la inmensa mayoría de los cubanos que un día aprobaron el documento. Y porque “los cubanos también tenemos derecho a los derechos», como subrayó Payá en una ocasión. No sólo el derecho a la resignación y al silencio.
“Derecho a los derechos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/19/1583.html.
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Dialéctica del gao
9 03 2001Konstantínov en mano, mis profesores de materialismo dialéctico se afanaron en su día por explicarme la dialéctica de la realidad objetiva: los favelados de Río de Janeiro, Caracas o Lima levantaban sus ranchitos a la desbandada y sin permiso en lugar de comprarse un apartamento en Copacabana, no por espíritu transgresor, sino por pura desesperación habitacional. ¿Culpable? El capitalismo mundial, por supuesto. Y enmendar esta situación pasaría por el cambio de las condiciones objetivas; no por eventuales medidas represivas. Pero, al parecer, en el caso de Cuba rige otra dialéctica. Carlos Lage afirma ahora que se resolverá “el orden y la legalidad en la vivienda” mediante “la elevación de la conciencia del pueblo, el fortalecimiento del combate político y de las ideas”. Ni ladrillos ni cemento. Combate, conciencia y política.
Desde mediados de 2000, cuando se modificaron el Decreto de la Ley de la Vivienda y el Decreto Ley 211, se dictó la Resolución 500 y el nuevo decreto de contravenciones, se han impuesto 2.057 multas, de ellas 1.530 en divisas, por un importe de 1.617.500 dólares (el salario mensual promedio de 177.925 trabajadores cubanos); se desahuciaron 548 ocupantes ilegales, y se confiscaron más de 1.400 viviendas por violaciones en el alquiler, compraventas ilegales y otras causas. En la TV cubana se transmitió la confiscación de 21 residencias en el barrio Santa Fe. Una de ellas, vendida por un cubano a un extranjero. Otra, declarada inhabitable, y aún así otorgada «por razones humanitarias» a una pareja, fue remozada con materiales comprados ilegalmente, cuando lo correcto habría sido esperar a que el techo les cayera encima. Una tercera, fue construida ilegalmente en terrenos estatales con financiamiento de un extranjero. No hay necesidad, sino pura perversión.
Para remediarlo, Carlos Lage apela a la solución policial, aunque acota que no se trata sólo de combatir las ilegalidades, sino de crear un clima de trabajo y de acción que las evite —ya que no otorgan viviendas, optan por el cambio climático—. “Con ello salvamos a revolucionarios y buenas personas, que muchas veces por desconocimiento, debilidad o blandenguería caen en esta indisciplina social”. Es decir, en las favelas capitalistas, pura necesidad; en las favelas socialistas, blandenguería, debilidad y desconocimiento.
Juan Contino, coordinador nacional de los CDR, es más paternalista: “Somos nosotros, los buenos vecinos, los que tenemos que ir y advertir `estás levantando una casa gigante’, `estás alquilando ilegal y dejando que entren esas muchachitas [qué púdico] en tu casa…”. Hay gente que se está equivocando y los revolucionarios tenemos el deber patriótico de advertirlos, de reclamarles». Aunque deja entrever que con frecuencia las denuncias de los vecinos chocan contra los oídos sordos de la administración, y la impunidad campea. Todos sabemos que el status político condiciona el derecho de pernada en la república. Y lo contrario. ¿Será por eso que el propio Contino admite la existencia de “decisiones injustas en detrimento de los derechos de algunos ciudadanos, la no detección a tiempo de construcciones ilegales, y las demoras en ofrecer respuesta a las quejas, denuncias y trámites de la población”? Para concluir con una lección magistral sobre las clases sociales y la vivienda: «El día que el dinero distribuya las viviendas del país, estaremos divididos en clases sociales. Y eso no lo permitiremos. Si hay una buena casa, que la tenga un buen patriota, sea un obrero o un intelectual. ¿Cómo vamos a dejar que alguien se construya una casa gigante con materiales robados al pueblo, mientras hay 25.000 albergados que perdieron la suya?», Contino dixit. Y la experiencia se remonta a los 60, cuando los “buenos patriotas” se repartieron las mansiones expropiadas. Porque la definición de “buen patriota” no es ni quien más produce ni quien más crea. El “buen patriota” no conoce los albergues donde 25.000 cubanos rezan al santo patrono de la Reforma Urbana; no roba materiales, dispone de ellos según el antiguo derecho de conquista; ni admite la anárquica división en clases, cuando basta con la sencilla escisión entre la plebe multitudinaria y la aristocracia verde olivo, nimbada por su nobleza subsidiaria sin pedigrí, pero extremadamente útil. ¿Ignora Contino que durante aquellos años felices en que todavía se podía atrapar una guagua al vuelo, había quieres obsequiaban Ladas a sus hijos el día del cumpleaños? ¿Qué las amantes y los hijos dilectos jamás pisaron la microbrigada donde un pianista prometedor se machacaba las manos y el futuro durante siete años? Pero aún si ha perdido la memoria histórica: ¿no observa desde la ventanilla del auto la ciudad dividida entre bicicletas chinas y Toyotas? ¿Desconoce que a los siete años la mayoría de los niños cubanos dejan de recibir leche, mientras otros reciben su nueva Play Station? ¿A qué limbo sin clases se refiere el presidente de los CDR?
Claro que en esto de la vivienda también asoma el enemigo: “Alrededor de las ilegalidades de la vivienda se mueven la delincuencia, la prostitución, la droga, la contrarrevolución, penetran las enfermedades y se crea el espacio hasta para la actividad terrorista (!!!). Es el escenario natural para que caminen estos males que son característicos de los enemigos de la Revolución, de la justicia y del socialismo” (Carlos Lage). De lo cual se deduce que nadie se ha afanado más en crear ese “escenario natural” que las autoridades de la Isla, donde según sus propios datos, el 47% del fondo habitacional se encuentra en mal estado, cifra que cobija una proporción escandalosa de viviendas en ruinas, como se encarga de demostrar cada racha de aguaceros. Un país donde se ha incurrido durante cuatro décadas en el criminal abandono del patrimonio heredado, se paralizó la ya escasa construcción de viviendas, y donde el año pasado se terminaron apenas 42.923. Un país donde Norberto González, director provincial de la Vivienda ha pagado el arreglo de edificios completos carentes de calidad.
A pesar de Konstantínov, y aunque el marxismo haya caído en desuso, de todo esto se deduce que un buen techo de placa protege mejor de la lluvia que un discurso; que la dignidad de cuatro paredes es un sitio ambiguo entre la ilegalidad y la paciencia; que “vivir es peligroso”, como decía Guimarães Rosas, y en Cuba, temerario, y que en esto de la vivienda asoma, desde luego, la mano del enemigo. Salvo Lage y Contino, el resto de los cubanos saben de quién se trata.
“Dialéctica del gao”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/09/1472.html.
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Etiquetas: Cuba, ley, vivienda
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Civilización competitiva
5 03 2001A fines de 1985 me mostraron en Kazán, capital de la Tartaria soviética, la estatua de un Lenin tan adolescente que aún tenía pelo. Situada frente a la universidad local, reproducía la imagen que tendría cuando cursó estudios allí. El guía se dedicó a explicarme con fervor que de las miles de estatuas repartidas por todo el país, aquella era la que lo representaba más joven, si se exceptúa una de Lenin niño erigida en Odesa. Sin poder reprimirme, le pregunté si no había ninguna de la madre de Lenin embarazada. No me respondió, pero deduje que si de él dependiera, ya me hubiera teletransportado con la mirada a algún campo (no campus) siberiano. Dos siglos atrás, idéntico castigo me habría infringido un pope de ironizar a propósito del icono local. Pero las religiones cambian.
Es norma universal, que cuanto más los necesitan, más invocan los pueblos a sus dioses. Y la necesidad del pueblo ruso es dolorosamente antigua. Una tradición que enlaza sin respiro al Padrecito Dios, al Padrecito Zar, al Padrecito Stalin… y a todos los padrecitos provinciales, municipales y locales. El resultado: un respeto-temor casi cromosomático a las jerarquías, una medrosa devoción al poder, como de perro apaleado, que noté incluso entre las personas más cultas. Eso explica muchas cosas.
Rusia, a medio camino entre Asia y Europa, ha padecido durante siglos un desgarramiento entre la tradición oligárquica del Oriente y la vocación occidentalizante de sus clases altas. Entre el feudalismo y la ilustración. Entre gobiernos despóticos para los cuales el mujik no se distinguía muy claramente de cualquier otro animal doméstico, y el refinamiento de sus cortes francófilas y germanófilas, que no distinguían muy claramente al mujik de cualquier otro… Mira qué casualidad.
Ramiro Villapadierna escribía hace un tiempo en ABC que: «La libre competencia capitalista es un esquema duro de convivencia, rebajado sin embargo en Occidente por siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos. En la Europa Oriental, en cambio, esta ley de la selva económica se ha instalado sobre una sociedad castrada éticamente y desnortada (¿deshonrada?) moralmente y los resultados parecen salvajes».
No hay dudas: la ley del sálvense quién pueda capitalista ha instaurado en los países del este una especie de Far East donde sólo sobrevive el John Wayne que más rápido desenfunde su Colt 44. El crimen organizado es, de lejos, el sector de la economía rusa que mejor funciona. El 70% del comercio ruso paga protección a la mafia. En Eslovaquia y la República Checa la inseguridad ciudadana es tal que por cada policía hay 7 guardias privados. El esquema de inversión piramidal que antes esquilmó a 4 millones de rumanos, hurta 1.500 millones a los ahorradores albaneses, y ya sabemos en qué acabó la operación. ¿Causas? El desmoronamiento de unas normas de convivencia instauradas por decreto durante decenios; la no aparición de nuevas normas, dado que quienes ayer asaltaron el poder en nombre de la dictadura del proletariado se repartieron más tarde el botín en nombre de la democracia y la dictadura del libre mercado. Y un vacío de poder intermedio que llenaron de inmediato las únicas fuerzas políticas organizadas: las mafias. Todo eso es cierto.
Como resultado, los comunistas (ya más socialdemocratizados) asaltan la Duma a puro voto, se desempolvan los bustos de Lenin, Stalin resurrecto mira admonitorio desde las pancartas, se afilan las hoces y se lustran los martillos. Un alto oficial de la KGB (con cara de oficial de la KGB) gana por amplia mayoría, y una parte nada despreciable de los rusos añora mano dura. En Occidente algunos se sobresaltan, o cuando menos se extrañan de esta inconsecuencia política de los rusos. Quizás los mismos que descubrieron asombrados, años atrás, que el coloso tuviera los pies de barro y se desmoronara sin intervención de los mísiles.
Para un observador medianamente atento, tanto aquello como ésto son consecuencia lógica de dos milenios de autocracia.
Si usted captura una gallina silvestre y la inmoviliza contra el suelo colocándole la bota sobre el cuello durante media hora, al soltarla el ave buscará refugio lo más lejos posible de la bota. Si, en cambio, la mantiene durante días o semanas, suministrándole una ración suficiente de grano, cuando retire la bota, el animal revoloteará atontado, divagará sin saber muy bien qué hacer con su repentina libertad.
Porque la libertad requiere aprendizaje. No basta disponerla por decreto. El inexorable atraso económico, producto de atar con ligaduras políticas las leyes económicas, y recrudecido por la carrera armamentista, la gran guerra patria que los soviéticos no lograron ganar, demostrándose que los misiles pueden ser más letales cuando no se disparan; una geopolítica de talla extra que le quedaba holgada a ese megapaís subdesarrollado; los males endémicos de una sociedad que intentó domesticar el talento; la doble moral y la corrupción; así como la desestimulación al entronizarse la primera ley del socialismo: «Yo simulo que trabajo y el Estado simula que me paga»; todo ello hizo que una pequeña apertura se convirtiera en grieta y derrumbara el edificio completo.
¿Pero hacia dónde se derrumbó?
Hacia un remedo de democracia donde los demócratas de hoy son los autócratas de ayer. Hacia un capitalismo salvaje sin las más mínimas garantías sociales, y con un 30% de los sufridos mujiks bajo el límite de pobreza. Hacia un reparto del botín donde medran las mafias y los cuadros más astutos del Partido, reconvertidos de la nomenklatura a la revista Fortune. Hacia un país multinacional que sólo logró el consenso de la mordaza, y ahora, retiradas las mordazas, pretende acallar a tiros la gritería. Hacia una sociedad mimética que perdió sus viejas coordenadas y no encuentra las nuevas (seguramente no son esos Mickey Mouse que sustituyen en los lienzos de Arbat los paisajes nevados y las troikas).
El hombre necesita libertad, qué duda cabe, pero antes necesita pan. Y eso Occidente, que accedió primero al pan y luego a la libertad, debía saberlo. Si Estados Unidos, sólo Estados Unidos, invirtiera en Rusia la décima parte de lo que gastó en la carrera armamentista que terminó desangrando a la URSS —mecanismos de control mediante, o Marbella se repleta de jeques eslavos—, quizás otro gallo cantaría “Noches de Moscú”. Pero ya es costumbre: en Nicaragua, que les hubiera costado mucho menos, hicieron lo mismo.
Y si, por su parte, los rusos le hubieran llenado bien la panza de grano a la gallina antes de retirar la bota, la gallina ahíta se habría dedicado con calma a hacer la digestión democrática. Pero una gallina hambrienta que estrena libertad suele ser impredecible. Y eso a Occidente debía preocuparle: esta gallina tiene mísiles nucleares. Un vecino amigo pero caótico e impredecible, puede ser más peligroso que un enemigo coherente. Y sólo hay dos formas de paz estable y duradera: la paz de los sepulcros, y la paz de la riqueza. A la primera no regresarán. A la segunda sólo llegarán, sin ayuda, a muy largo plazo. Y como se sabe, los fabricantes de democracias nuevas suelen otorgar garantías cortas.
Pero yo me pregunto si «en Occidente siglos de civilización cristiana y desarrollo de principios cívicos» atenúan la ley de la selva. Si miramos a nuestro pasado, veremos en los albores del capitalismo la misma crueldad sin disfraces que hoy «disfrutan» los países recién avenidos al sistema. No fue con civilización cristiana que Occidente esquilmó a sus colonias, ni con principios cívicos se edificaron las factorías de Manchester. La llamada sociedad del bienestar no es un obsequio de la civilización, sino una conquista de los trabajadores a la que se avino el capital, a regañadientes, para evitar males mayores, sobre todo ese Este comunista que tan útil le fue durante decenios al movimiento obrero de Occidente. Eludir el fantasma de la subversión bien valía una disminución de la plusvalía, si a cambio se instauraba una sociedad estable donde el capital se moviera sin temores y el progreso no estuviera a merced del sobresalto. Aún cuando lamente las iniquidades que el llamado socialismo real perpetró contra sus propios pueblos, el pensionista de hoy deberá agradecer a aquellos bolcheviques desconocidos, causantes, en buena medida, de su pensión estable y su cartilla de la seguridad social.
Incluso hoy los principios cristianos no parecen imperar entre los niños explotados por Adidas, que nunca podrán comprar las zapatillas que fabrican; o entre quienes mantienen en Angola la guerra de diamante y petróleo a cambio de armas obsoletas; o los que exportan alimentos prohibidos y medicinas caducadas.
Pero el fantasma ya no existe. En los libros de historia y las enciclopedias, el comunismo se conjuga en pasado. Y el capital vuelve a la carga. El neoliberalismo se expande. Los gobiernos tienden alfombras al dinero que sobrevuela el planeta cada vez con menos limitaciones, en busca de oportunidades. Ser competitivo es más importante que ser cristianamente civilizado. Y el primer principio cívico es la ganancia. Se pone en entredicho aún la más tímida justicia distributiva y el propio Estado del bienestar resulta «insostenible» si queremos ser competitivos.
Lejos ya el peligro de la subversión, caen las máscaras. La precariedad del empleo empieza a llamarse «movilidad del mercado laboral». La vocación de servicio público se convierte en ineficacia. La privatización nos salvará de la decadencia y la moderación salarial nos abrirá las puertas del futuro. Suscríbase a un plan privado de pensiones si quiere garantizar una vejez tranquila. Recuerde que todos somos iguales ante Dios, pero algunos teólogos modernos sospechan que sólo accederán al Reino de los Cielos los más competitivos.
“Civilización competitiva”; en: Cubaencuentro, Madrid, 27 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/03/05/1316.html.
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La ley del peón
16 02 2001Aquel día de octubre de 1967, mientras miraba a la cámara con la fijeza empecinada de la muerte en los ojos, lejos estaba el alma de Ernesto Che Guevara, de barruntar su rostro reproducido en millones de camisetas y posters, encabezando manifestaciones y consignas de todas las tendencias, incluso las que él habría odiado. Lejos estaba de convertirse en reclamo turístico desbordando los timbiriches de La Habana Vieja. Y más lejos aún de sospechar que 34 años más tarde, la muerte de su guerrilla suscitaría una polémica con sede en Suecia y sucursal en París. Le ronca el mango, habría dicho quizás en su cubano adoptivo.
La controversia comienza el 13 de enero pasado, cuando el diario sueco Dagens Nyheter publica en su suplemento DN. Lördag Söndag un reportaje firmado por Tarik Daleh y Eric Gandini, cuya versión fílmica se difundió por el Canal 1 de la TV sueca cuatro días más tarde. En ambos se defiende la inocencia de Ciro Bustos, a quien se ha tenido durante años por el hombre que, tras su arresto por el ejército boliviano, ofreció abundante información, incluyendo retratos de los guerrilleros, entre ellos el Che. Y se acusa directamente a Regis Debray de haber delatado la presencia de Guevara, desencadenando los acontecimientos que conducirían a su muerte.
Ciro Bustos aduce en el reportaje que los retratos no prueban su culpabilidad, porque en ellos se insertaron dos caras falsas (de Andrés y de Ruthman). También se entrevista a Gary Pardo, jefe de la tropa que exterminó la guerrilla, quien también afirma que Debray fue el primero en hablar del Che.
Por su parte, el agente cubano de la CIA Félix Rodríguez define a Orlando Jiménez Bazán (Cambas), el tercer guerrillero capturado, como “muy reservado”, cosa que lo exime de culpas.
También la hija del Che ha culpado en declaraciones públicas al francés de la muerte de su padre.
Apoyando la tesis del reportaje, René Vázquez Díaz publica el mismo 17 de enero que en el mausoleo al Che en Santa Clara no hay ninguna acusación oficial contra Bustos. Y, curiosamente, el hermano del guerrillero Jorge Vázquez Viaña (Loro), Humberto Vázquez, quien también acusa a Debray en el reportaje, trabajó el año pasado en la campaña por la alcaldía, como político de izquierda, del hombre que dirigía la tropa que mató a su hermano: Gary Pardo.
Pero la cosa no parece estar tan clara: Jorge Castañeda, en su biografía del Che, se refiere a la temprana penetración del aparato urbano de la guerrilla por la CIA ya la ruptura del Che con Mario Monge, lo que le condujo a aliarse con el maoísta Moisés Guevara, incorporando a la tropa a hombres como Pastor Barrera (dícese que soplón, ex policía y narco, un dechado de virtudes), quien desertó junto a Vicente Rocabado al día siguiente de llegar Tamara Bunke con Ciro Bustos y Debray, delatando la presencia de cubanos. Salustio Choque, otro hombre de Moisés Guevara, fue atrapado por el ejército y, al parecer, confesó hasta lo que no sabía. Los tres maoístas sirvieron de testigos de cargo en el juicio contra Bustos y Debray.
Diez días después de la detención de Debray, el 29 de abril, el ejército apresa y tortura a Jorge Vázquez Viaña (Loro), a pesar de lo cual sólo logran que hable timándolo: un agente de la CIA, de origen cubano, se hace pasar por enviado de Fidel Castro, y le sonsaca información confirmatoria de lo ya dicho por los desertores.
En una entrevista ofrecida a la revista Tricontinental en 1998, el Comandante Piñeiro (Barbarroja), quien se ocupó de preparar todas las operaciones cubanas en el exterior durante años, declaró que (a pesar de “las negativas posturas políticas” asumidas por Debray en los últimos años), quien más información ofreció a los militares bolivianos fue Bustos, y que Debray (en contra de lo que se deduce del Diario donde el Che afirmara que el francés “habló demasiado”), sólo reveló una primicia: el carácter continental del proyecto guerrillero guevariano. Algo que cualquier lector de los discursos del Che, sabía sin que nadie se lo confirmara.
En carta a Liberatión, Elizabeth Burgos se refiere a la entrevista que el general Ovando, jefe del ejército boliviano, ofreció a El Diario de La Paz (21-09-1967), donde confiesa que la presencia del Che en Bolivia consta en un telegrama interno del ejército del 24-11-1966, casi cinco meses antes de la detención de Debray y Bustos. Según la misma carta, Debray sólo reconoce la presencia del Che tres semanas después de su arresto, en el mes de mayo, ante las evidencias presentadas por sus captores; mientras Bustos dibuja planos de los escondites donde se encontraba documentación de la guerrilla.
Al parecer, los autores del reportaje ponen el mismo entusiasmo en defender a Bustos que en atacar a Debray. Lo que no queda claro es por qué. Si se trata de esclarecer una verdad histórica, existen muchos argumentos que se han obviado, algunos de tanto peso como las declaraciones de Piñeiro, quien más sabía de todo el entramado guerrillero montado por Cuba. O la información con que ya contaba el ejército boliviano en el momento de la detención de Bustos y Debray. Si se trata de una operación política, todo queda más claro: la retractación de Debray de sus antiguas convicciones duele aún en La Habana. Y más aún su libro Loués soientles seigneurs (Alabados sean nuestros señores), donde tanto Fidel Castro como el Che distan mucho de la imagen que nos ofrecen el poster y el mausoleo. Tampoco se le perdona que fuera Debray quien ayudara a Daniel Alarcón (Benigno), superviviente de la guerrilla y ex-alto oficial de la Seguridad del Estado, a exiliarse en Francia y publicar su Vida y muerte de la evolución cubana.
Es precisamente la lectura de este libro, y la relectura atenta del Diario del Che, lo que nos permite acercarnos a la verdad. Digo: si de eso se trata. En ambos quedan claros algunos hechos:
Por el contrario de lo ocurrido en la Sierra Maestra cubana, donde el Movimiento 26 de Julio se insertó con fortuna en la realidad social, captando adeptos y concitando simpatías; la guerrilla del Che en Bolivia siempre fue un artefacto exótico que jamás ganó el apoyo del campesinado con el que resultaba difícil incluso comunicarse. Desde su instauración hasta su hecatombe, aquella guerrilla fue vista por los nativos a través de un prisma ajeno a cualquier postulado marxista de la lucha de clases: medio milenio de desconfianza indígena hacia todos los blancos. Algo que no ha cambiado tras su muerte: los quechuas no peregrinan a La Higuera para homenajear al ideólogo o al líder de sus reivindicaciones sociales. Acuden a San Ernesto de la Higuera con el hijo enfermo en procura de un milagro. Un Papa tan pródigo en canonizaciones debería pensárselo mejor.
Por otra parte, las continuas referencias del Che al abandono de Manila (La Habana), y la explícita acusación de Benigno, permiten reconstruir paso a paso el destino sellado de una guerrilla naufragando en la selva, en medio de la indiferencia cuando no la hostilidad local, y que envía continuos SOS sin respuesta. Algún día se sabrá con toda exactitud si ese abandono fue negligencia o asesinato. Si se debió a falta de iniciativa —que ni antes ni después faltó a La Habana para manipular sus operaciones encubiertas—, como afirman sus defensores. O de un peón conscientemente sacrificado en el tablero de la política internacional. Lo cual tiene su explicación: La Unión Soviética de Brezniev y de la política de distensión nunca vio con buenos ojos la vocación “trotskista” de la Cuba exportadora de revoluciones. Y el menos grato a Moscú era el Che, tras sus acusaciones explícitas de Argel y su admiración por la China de Mao. De modo que la política de promoción subversiva practicada por La Habana en los primeros 60, era (aunque no exclusivamente, por supuesto) una suerte de venganza por el ninguneo de Krushev a Fidel Castro durante la Crisis de los Mísiles o de Octubre. Tras el fracaso de la ¿política económica? cubana —que concluiría una de sus épocas más “creativas” con la Ofensiva Revolucionaria del 68 y la Zafra del 70—, se produce un gradual acercamiento a la Unión Soviética —en junio de 1967 el Primer Ministro Alexia Rosiguen visita la Isla—, redondeado con el espaldarazo público de FC a la invasión rusa que aplastó la Primavera de Praga en agosto de 1968. Así las cosas, no sería extraño que la negligencia de La Habana haya sido diligente. Como resultado: se perdía un héroe bastante desobediente, se ganaba un mártir —suelen ser mucho más obedientes—, y se complacía a la Gran Madre Rusia Subvencionadora y Petrolífera.
Años más tarde, cuando la 82 División Aerotransportada invadió Granada, FC ordenó inmolarse a los albañiles y peones cubanos que construían un aeropuerto. De nuevo, la Ley del Peón: si Ronald Reagan ve morir heroicamente a 200 constructores casi desarmados, abrazados a la bandera mientras entonan el himno (como proclamó la imaginativa radio cubana), se lo pensará dos veces antes de invadir a los otros diez millones de la Isla. Para su mal, los constructores cubanos no estaban dispuestos a corroborar la contabilidad de FC con su pellejo, y siguieron el ejemplo del oficial enviado por éste para conducirlos al sacrificio: el coronel Pedro Tortoló, quien daría nombre en el imaginario popular cubano a un modelo de zapatillas deportivas, dadas sus habilidades en los tres mil metros con obstáculos.
¿Fue Regis Debray el primero que denunció la presencia del Che en Bolivia? Al parecer, no. ¿Fue Bustos? Posiblemente, tampoco. Pero, ¿importa eso, como no sea para el estrecho círculo de los protagonistas y de los realizadores suecos que han desatado esta pequeña tormenta? No. En su carta de despedida a Fidel Castro, el Che se recrimina por no haber confiado más en él. Ahora sabemos que su desconfianza no era motivo de autocrítica. Al naufragar voluntariamente en la selva boliviana, el Che arrimó a su sien la pistola, un destino que, por otra parte, buscó conscientemente durante toda su vida. Desde Manila apretaron el gatillo.
“La ley del peón”; en: Cubaencuentro, Madrid, 16 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/02/20/1182.html.
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Palabras deslizantes
9 02 2001En muchas escaleras, aceras y zonas de acceso público, existen bandas de arenisca u otro material con alto índice de fricción: las bandas antideslizantes, cuyo propósito es evitar los resbalones y caídas. Aunque ya se sabe: cualquiera resbala y cae, en palabras de Mr. Vox Populi. Lamentablemente, el cuidado que se prodiga a nuestro esqueleto no tiene su equivalente en bandas antideslizantes intelectuales, cuando se trata de cuidar nuestra inteligencia. En el enorme flujo de información que recibimos cada día, escasean las «palabras antideslizantes», es decir, las que fijan una noción inequívoca de la realidad. Abundan en el idioma, pero con frecuencia son palabras «incómodas»: impiden el dulce devaneo de la ambigüedad.
Salvo los autores de diccionarios, son pocos los grupos humanos interesados en un idioma 100% antideslizante. Aunque todos operan según el mismo procedimiento: las palabras buenas (crecimiento, mejora, calidad) se subrayan terminantemente; mientras las malas (descenso, desigualdad, empeoramiento, crisis) se envuelven en una nube de eufemismos. Y el procedimiento inverso, si nos referimos al adversario (léase enemigo).
De modo que el «ajuste de los precios» sustituye al puro y duro «aumento», mediante una operación de cirugía estética. La liposucción de contenido aparente convierte en «limpieza étnica» el genocidio (Goebels debe revolverse de envidia en su tumba), y se llama «operación de castigo» —con su connotación pedagógica, colegial, paterna— al bombardeo de zonas civiles por la aviación israelí en la frontera siria. Así, mientras sus partidarios le llaman «interrupción del embarazo», sus detractores emplean el lapidario y tradicional «aborto», de sonoridad casi delictiva. Se «aborta» una conspiración de los malos, y se «interrumpe» una operación militar de los buenos.
Con frecuencia reproducimos las manipulaciones del lenguaje, sin percatarnos de que, subrepticiamente y por reiteración, estamos alterando las apariencias de la realidad, su imagen. Por muy buena (o mala) voluntad que ponga el periodista, todavía resulta arduo hallar la palabra filosofal que transmute al nombrar la realidad misma.
Lógicamente, en una sociedad de derecho, los creadores del eufemismo, de la palabra deslizante, deben inducir reiterada y subrepticiamente su uso a los transmisores de la palabra: los periodista, que con alta (harta) frecuencia seguimos el juego por pura desidia. Pero también las esferas de poder imponen sus propias verdades por la vía de la palabra, que llegan a alcanzar apariencias de inamovilidad. Así, se habla de la «moderación salarial», pero no de la «moderación de la ganancia», porque por un raro enroque de las palabras, ahora los empresarios no tienen «ganancia» (líbrenos el Dios de la Caperucita Roja de la palabra “plusvalía”), sino «excedentes empresariales», colocándose la expresión estratégicamente cerca de «reinversión» y «creación de empleo», para que nadie sospeche que con ese «excedente» se comprarán un Porshe o un yate. De modo que los desempleados deberían saltar de alegría cada vez que una mulinacional remonta «excedentes» de 3.000 millones.
Pero el clímax de la resbalosidad lingüística se alcanza en las naciones donde el Estado es dueño de todo, y en especial de la palabra, que el ciudadano deberá consumir dócilmente. En Cuba, por ejemplo, las empresas debían reportar el «faltante» en sus inventarios: la palabra denominaba el por ciento de los bienes e insumos que los propios funcionarios habían robado (la palabra “robante” es demasiado brutal) durante el período en cuestión. Se llama «trabajo voluntario» a las labores agrícolas a las que acudían los estudiantes, so pena de ser expulsados del colegio. Para esto, alguien creó el exactísimo término “oblivuntario”. Al Servicio Militar Obligatorio se le rebautizó como Servicio Militar General (los hijos de los generales solían evadirlo), y a la crisis de los 90, que demolió el 60% de la economía cubana, «Período Especial en Tiempos de Paz», una frase que resulta casi placentera.
Pero ni los dueños de la palabra se libran de que las muy malditas resbalen en sentido opuesto. Las guaguas de La Habana solían colocar en el cristal trasero la exhortación “Sígueme”, una publicidad de la Unión de Jóvenes Comunistas que exhortaba a seguir a la Revolución a donde quiera que fuera, y una manada de transeúntes obedecía cuando la guagua se volaba limpiamente la parada. En la entrada del Combinado del Este, la mayor prisión de la Isla, colocaron una frase de Fidel Castro que resultó proverbial: “Todo lo que somos hoy, se lo debemos a la Revolución y al Socialismo”. Pero la mayor muestra de talento propagandístico fue la de un comité de base de la Unión de Jóvenes Comunistas, que decoró el muro del cementerio de Victoria de las Tunas con un rotundo: «Aquí no se rinde nadie». Y tenían razón.
“Palabras deslizantes”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de febrero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2001/02/09/1055/2.html.
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ETAs amistades
9 01 2001Cada uno celebra las Navidades a su modo: el patriarca vitalicio de Cuba corta las comunicaciones y la banda terrorista ETA corta en España todo lo que puede. Más allá de la diferencia meramente táctica entre el lechón asado en púa y el bacalao a la vizcaína, lo importante es esa comunión espiritual, esa interpretación común de estas fiestas familiares, y el modo de celebrarlas: reventando un par de familias a bombazos o tiros en la nuca; o, si ya la edad no te recomienda andar en esos trotes, suprimir la reunión virtual de dos millones de familias. Cuestión de escala más o menos.
En la pasada Cumbre de Panamá, y arriesgando sus buenas relaciones con España, uno de sus socios comerciales, Fidel Castro se negó a condenar el terrorismo de ETA, alegando que la declaración incluyera también «el terrorismo de estado aplicado contra Cuba por el Imperialismo Yanqui». La comunidad internacional quedó escandalizada, y cierta izquierda nostálgica española se recluyó en sus habitaciones privadas para no hablar del tema. Pero habría sido muy fácil explicarlo.
Tanto Fidel Castro como ETA sufren alergia a las urnas. Quizás sospechen como Borges, que la democracia es un abuso estadístico; y prefieren el abuso a secas. Ambos confían más en la elección del enemigo, el tiro en la nuca y la guerrilla, que en las insulsas elecciones. Ambos tienen un pasado presuntamente marxista, «izquierdoso» al menos. Y ambos han resbalado hacia un nacionalismo excluyente, de atalaya sitiada, al mejor estilo Milosevich —otro de sus amiguetes internacionales—. ETA, con una representatividad mínima en las urnas, consigue su resonancia a bombazos, el presidente cubano, con un peso mínimo a escala internacional, acapara titulares a golpes de escándalo, arbitrariedades y escaramuzas. Los chicos de ETA, que dicen amar al País Vasco hasta el martirologio, están dejando a su paso un país dividido por el terror y el odio, una economía de donde huyen los capitales, y un éxodo de profesionales que se mudan a las antípodas para respirar en paz y hablar sin miedo. Cualquier semejanza no es pura coincidencia. Ambos no saben qué hacer con la paz. Gobernar un país hacia la prosperidad y la felicidad de sus habitantes, es una tarea tediosa y dura. Echar discursos inflamados de patriotismo y declarar el estado de sitio, convocar la obediencia cuartelaria para salvar la patria, es más fácil. La beligerancia perpetua es el mejor método de gobierno, razón por la que Fidel Castro cultiva con esmero el mantenimiento del embargo, ese regalo para justificarlo todo, que las administraciones norteamericanas le renuevan cada cuatro años. ¿Alguien imagina a los chicos de ETA cambiando su emocionante vida de pistoleros, por un horario de ocho a cinco en una fábrica? ¿Y a Fidel Castro sin una guerrita de vez en cuando?
Entonces, ¿a alguien le resulta incomprensible que Fidel Castro se niegue a condenar a ETA?
Decididamente, cada uno celebra las Navidades a su modo.
El pasado 15 de diciembre, Francisco Cano Consuegra recorrió durante dos horas y media en su Citroen C15 la ciudad de Terrassa, cerca de Barcelona. Trasladó a dos de sus operarios, un amigo lo acompañó parte del trayecto, se detuvo en semáforos, cruzó ante colegios en plena jornada escolar. A las diez y media enfiló por una calle inclinada, momento en que se activó el mecanismo de oscilación de la bomba lapa que había permanecido bajo su coche durante toda la mañana. La explosión se escuchó a un kilómetro, la parte inferior del cuerpo fue literalmente arrancada y ETA cumplió la sentencia que había dictado desde la sombra contra este fontanero de 45 años, casado y con dos hijas, para hacerle pagar su crimen: ser el único concejal del Partido Popular en Viladecavalls.
Cinco días más tarde, el guardia urbano Juan Miguel Gervilla de 38 años, observó a las 7.45 am, en la concurrida avenida Diagonal de Barcelona, un Fiat rojo que interrumpía el tráfico en un carril de la calzada lateral. Se dirigió hacia los dos hombres que empujaban el coche averiado, para ayudarlos a despejar en breve la vía. Ese fue su delito. Sin mediar palabra, le descerrajaron dos tiros en la cabeza que ocasionaron su muerte instantánea. Juan Miguel Gervilla salvó con su vida a quién sabe cuántos; algo que no consuela a su viuda y a sus dos huérfanos. En el coche se encontró una bomba con más de 13 kilos de explosivos, lista para activarse.
Entre esos dos sucesos distan apenas cinco días, el lunes 18, como un macabro sandwich, la policía vasca desactivó una bomba con 3,5 kilos de dinamita colocada en un ascensor de la Facultad de Periodismo de la Universidad del País Vasco. Durante media hora subió y bajó la bomba en el ascensor repleto sin que nadie se percatara. Incluso activaron por control remoto su mecanismo. De no haber fallado el detonador, todos los ocupantes del ascensor habrían muerto en el acto, una parte del edificio se habría derrumbado, las puertas metálicas habrían actuado como metralla, y las enormes cristaleras habrían estallado en una nube de cuchillos. En el edificio se encontraban a esa hora unas 400 personas. Su delito: ser periodistas indóciles a la verdad revelada por ETA. Gracias a un detonador defectuoso, ETA no logró superar su récord de Hipercor en 1987, cuando mató a 22 personas cuyo delito fue acudir de compras al hipermercado ese día.
En el hipotético caso de que ETA gobernara el País Vasco, podrían solicitar al presidente cubano la receta de esa bomba de silencio colocada en todos los órganos de prensa cubanos, y cuyo detonador no ha fallado en cuarenta años.
Si hurgamos en los orígenes de toda barbarie histórica, encontraremos nobles motivaciones. Cobertura frecuente de razones inconfesables. La evangelización sirvió de excusa para la colonización de América. La pureza de la fe, para la Inquisición. En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad se inventó la guillotina. El nacional-socialismo convocó, en nombre de los intereses del pueblo llano, la mayor carnicería de la historia. La felicidad de la clase obrera sirvió de coartada al stalinismo. Y cuatro millones de vietnamitas fueron salvados del comunismo mediante el sistema más irrevocable: asesinándolos.
Por eso no es nada asombroso que el etarra Francisco Mujika Garmendia, Pakito, afirmase en cierta ocasión al diario Egin, que el propósito de ETA es la paz. (Fidel Castro acaba de firmar un acuerdo con Putin por el desarme universal). Claro que mientras la mayoría del pueblo vasco no acepte las reivindicaciones que propone ETA, «todas las formas de lucha son legítimas». De modo que su estrategia electoral queda clara: No se trata de ganar votantes, convenciéndolos con un proyecto. Proceder por exclusión es más irrevocable: Una vez asesinado el 85% de la población vasca, ETA alcanzará la mayoría. Siempre en nombre del pueblo vasco. Y ahora también de Dios, dado que según Alvarez Santacristina, Txelis, su condición etarra se basa en sus «convicciones cristiana-evangélicas». Razones que también fueron útiles a Hernán Cortés y a Torquemada.
Fidel Castro, por su parte, mantiene a la oposición en libertad condicional, entre presidio y presidio; intentando convencerlos de que sigan el caminito de Guarena de sus dos millones de compatriotas y se vayan a ejercer la democracia donde la haya. Abogando siempre, eso sí, por la felicidad de nuestro pueblo, la paz mundial y quizás pronto hablará en nombre de Dios. Se demuestra que los etarras son meros aprendices: aún no han logrado quitarse del medio a dos millones de adversarios. Claro que cuando lo hacen, optan por el más irreversible de los exilios.
Tanto en la botánica como en la historia, las raíces suelen quedar lejos de las ramas. Y el envilecimiento de las ramas, tarde o temprano seca las raíces. Ni la raíz medicinal sirve de coartada a la hoja urticante, ni el fin justifica los miedos.
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Chatchareo
4 01 2001Reconozco que hasta el día en que tuve la suerte de que me encomendaran moderar nuestro Encuentro en la Red a viva voz, es decir el chat que nos reúne aquí cada noche/tarde entre 11:30 y 12:30 de la noche (hora española) ó 5:30-6:30 (hora de Miami y La Habana), no había entrado a ningún chat. Antes que se abriera el nuestro, probé a ingresar en algunos para ver cómo funcionaban, y la experiencia me desanimó: bajo la capucha del anonimato, los contertulios aprovechaban su tiempo en dilapidarlo alegremente hablando sandeces en el mejor de los casos, o pasando a la ofensa, el insulto y la grosería en el peor (aunque siempre se puede ser peor). La incomunicación y el stress de la vida contemporánea, quizás explicaría esa necesidad de vomitar introversiones y rencores en la red, salpicando al personal.
De modo que el primer día abrí el chat con (fundados) temores de que aquello deviniera en un gallinero de mil gallinas carareando en idiomas distintos. Los cubanos somos (para bien y para mal) emocionales y de lengua rápida (no siempre certera). Con frecuencia hacemos caso omiso a la recomendación de asegurarse que el cerebro está conectado antes de empezar a hablar. Y, ciertamente, el primer chat fue algo caótico, aunque ni de lejos se acercó a mis peores predicciones. Más de una hora de criterios divergentes sin un solo insulto o descalificación, es algo más que notable en esta red de redes.
Intentando establecer ciertos principios que modularan nuestro intercambio durante esa hora de diálogo, la primera semana encabecé el chat con este texto:
«Queridos amigos: ante todo, deseo compartir con ustedes este Encuentro que, como explica Jesús Díaz en nuestro editorial, intentará facilitar la comunicación y el diálogo entre los cubanos de todas las latitudes, con el mayor respeto, pero también con la mayor libertad para que cada uno exprese sus propias ideas.»
«Ninguna idea, ningún criterio será censurado. Sólo abominamos de los llamamientos a la violencia, la ofensa personal, u opiniones discriminatorias de cualquier orden.»
«Aspiramos a que éste se convierta en el espacio de todos, piensen lo que piensen y vivan donde vivan; aunque sabemos las extraordinarias limitaciones que pesan sobre los que residen en Cuba para tener acceso a la red. Lamentablemente, no está en nuestras manos remediarlo. Pero mantenemos nuestra disposición de que, quienes puedan y lo deseen, nos acompañen.»
«Este lugar no es, obviamente, un foro de intelectuales. Es un foro de cubanos o de personas que se interesan por el tema cubano, desde cualquier óptica o perspectiva. Por eso no obviaremos ningún tema —política, cultura, deporte, realidad social o cualquier otro que se les ocurra—, y serán ustedes mismos quienes vayan aportando el fluir de nuestro diálogo.»
«Pero aspiramos, eso sí, a que ejercitemos el viejo arte de la buena conversación, que suele ser amena y sustanciosa, sin excluir el buen humor o la franca discrepancia (por muy duro que tecleemos, ninguna voz aquí se alzará más que la otra).»
«Todos los cubanos necesitamos comunicarnos, en ocasiones por esa soledad en compañía a la que nos confina el exilio en los puntos más inverosímiles del planeta; en otras, porque se nos ha confinado en el exilio del silencio, el peor de todos. Por eso, ustedes tienen la palabra».
Ese texto,que ya hoy no aparece, se ha convertido, por suerte, en algo innecesario.
Debo reconocer que yo soy el primero y feliz asombrado, de que en menos de una semana nuestro chat haya tomado un rumbo que es un excelente presagio para la futura convivencia de todos los cubanos. Desde Estados Unidos, Chile, México, Colombia, España, Portugal y (sospechamos, porque a nadie se le insta a decir de dónde viene) Cuba, han acudido compatriotas, portando cada uno su experiencia, su cubanía (no confundir con el cubaneo, aclaró un internauta la semana pasada) tamizada por el entorno donde viven. Ha habido intercambio de opiniones basadas en una sólida y meditada percepción de nuestra realidad, puntos de vista alternativos, en ocasiones diametralmente opuestos, pero ninguna voz ha puesto en circulación la ofensa o la descalificación barata como argumento. Si «el compañero que nos atiende» ha entrado de vigía al chat, confiando informar del parloteo agresivo y torpe de la «gusanera» y la «mafia anticubana», se las habrá visto negras para redactar su informe sin dar cuenta de la inteligencia, la mesura y el buen ambiente del debate entre esta «escoria» repartida por medio mundo.
En uno de los primeros chats, un internauta, en respuesta a una intervención mía donde intentaba conducir el diálogo por un camino reflexivo, me soltó: «Ya se nos puso almidonado el moderador». Y tenía razón. El temor a que el diálogo resbalara hacia la banalidad y el «chatchareo» vacuo, hizo que en ocasiones me «almidonara». La derogación de esos temores por el curso que ha ido tomando el chat y que se debe, justo es reconocerlo, a la capacidad de diálogo de quienes participan, más que a mi propio papel como moderador, ha obsoletizado el almidón. De modo que el chat se ha ido decantando hacia la textura de la buena conversación: esa donde la reflexión y el chiste conviven sin obstruirse, y el análisis colectivo de un tema que a todos nos preocupa, deja margen para el diálogo «a lo cortico» entre dos cubanos que intercambian emails y acuerdan transmutar el encuentro virtual en un acto físico.
Todos echamos de menos más presencia de compatriotas residentes en la Isla, pero poco podemos hacer al respecto. Sólo invitarlos y extrañarlos.
Un índice positivo es que cada noche el chat se extiende más de lo establecido, y cunden las protestas porque a muchos la hora de «chatchareo» les sabe a poco. Yo sospecho, en cambio, que su duración es también parte de su éxito: nos quedamos cada noche con ganas de continuar mañana, y disponemos de un día para rumiar opiniones inesperadas, o réplicas que nos inducen a la duda, la mejor de las gimnasias mentales. Hasta hoy, no hemos llegado nunca a ese punto muerto donde no queda nada que decir. Y es un estímulo que así sea.
Una desventaja del chat respecto a la conversación real es que tenemos las manos ocupadas tecleando y no podemos hablar con ellas —ni nos verían—. Otra, que no podemos mirar a los ojos del que habla, y debemos conformarnos con mirar sus palabras —eso ya no estoy muy seguro de que sea siempre un handicap.
Pero hay ventajas: El diálogo imposible con un cubano que vive en las antípodas, se hace realidad. Nadie interrumpe a nadie porque los textos aparecen en orden estrictamente sucesivo. No influyen ni el cargo, ni la categoría ni el status de quien habla: en la red todos somos democráticamente iguales. Tampoco convence quien más grita, porque a lo sumo puedes escribir en mayúsculas. También permite la interdigitación de varios diálogos simultáneos, sin que la conversación se convierta en algo ininteligible.
La vanidad de quienes ejercemos alguna tarea intelectual, nos inocula con lamentable asiduidad una suerte de hipoacusia selectiva de las opiniones ajenas. Estamos muy ocupados escuchándonos a nosotros mismos, o (con)venciendo al prójimo mediante un abusivo KO cultural. En el chat escucho más de lo que digo, y lo mejor es que escucho muchísimas opiniones interesantes, cosa que agradezco desde aquí a quienes ya han participado, y de antemano a quienes lo harán en un futuro.
Los cubanos no recibimos durante la primera mitad de siglo una sólida educación para la democracia —esa capacidad de respetar, como principio, a toda persona; y de respetar aunque no se acate el pensamiento ajeno—; y peor aún en la segunda mitad, donde se nos impuso un pensamiento único en cada orilla. En una, sin otra apelación que el exilio.
De modo que estamos obligados a adquirir un curso ultrarrápido de educación democrática, si pretendemos que la Cuba del mañana sea ese sitio plural y entrañable al que aspiramos. No será un chat, por supuesto, el que nos enseñe; sino la convicción de que nuestra libertad no es un mero ornamento, de que nuestra voz merece un lugar —ninguno y todos no son alternativas viables— en el concierto de lo cubano, y que delegar en otros el ejercicio del pensamiento, es la mejor manera de vender a precio de saldo nuestra libertad.
“Chatchareo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 4 de enero, 2001. http://www.cubaencuentro.com/lamirada/2001/01/04/564.html.
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Brindis por la imaginación (Una charla con Eliseo Diego)
28 12 2000
Por esos azares de las migraciones y el destino, esta entrevista al poeta Eliseo Diego ha permanecido inédita entre mis papeles durante casi diez años. La perpetré poco antes que le concedieran en México el Premio Juan Rulfo por el conjunto de su obra, meses antes de su muerte. Sus verdades no tienen fecha de caducidad, y son noticia, exclusivamente, en los noticiarios de la imaginación. Es decir, siempre.
En una habitación repleta de libros y fotos enmarcadas por la admiración y los recuerdos (y un poco de nostalgia), en una casa que mira hacia dos calles, como quien dice a dos flancos del mundo, en la bella Avenida G, en el céntrico barrio del Vedado, en La Habana, en Cuba, habitaba uno de los más grandes poetas de la lengua, que alguna vez salvara para siempre de la erosión y el tiempo la añeja Calzada de Jesús del Monte. Fundador del Grupo Orígenes, profundo conocedor de la literatura anglonorteamericana y alguien que no se puede deshacer de una bondad raigal, casi cromosomática. Eliseo Diego ha escrito para niños y dirigió durante años el Departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Biblioteca Nacional. Aunque la verdadera razón de esta entrevista es que su poesía, que yo me inoculara por voluntad propia hace muchos años, no ha dejado de ejercer en mí un misterio inefable.
¿Existe realmente la literatura para niños?
Yo no creo que exista. Si se escribe una literatura deliberadamente para niños, no es literatura. Los niños saben más, tienen una capacidad muy superior a la que suponemos. No necesitan que se escriba para ellos porque se apoderan de las cosas que necesitan. Este asunto de la literatura para niños es más bien moderno. Ellos, durante el tiempo en que nadie se ocupaba de escribirles cosas, se las arreglaban para leer lo que necesitaban. Se apoderaron de Robinson Crusoe, por ejemplo, de los Viajes de Gulliver, del Don Quijote de la Mancha…
De Alicia… que es lo más raro escrito para niños.
Efectivamente, de Alice in Wanderland. Es un libro muy extraño. A mí ahora Alicia me da un poco de miedo.
Es incluso un libro tenebroso.
Pero eso a ellos nunca los ha asustado. Yo recuerdo una encuesta que hizo una sicóloga checoslovaca hace años y entre las preguntas que hacía a los niños una era sobre el cuento de Hansel & Gretel, donde al final los niños se las arreglan para que la bruja caiga en una caldera de agua hirviendo. Ella les preguntaba si no era muy cruel, pero los niños opinaban que el final estaba muy bien, porque la bruja era tan mala que se lo merecía. Claro que los niños no tienen una idea muy clara de lo que es una caldera de agua hirviente. Y recuerdo al escritor inglés C. S. Lewis, que escribió una serie de novelas fantásticas. Y decía que los niños son capaces de entenderlo todo, siempre que esté dentro de su nivel de experiencia. Y esa también era la opinión de otro gran poeta inglés de origen hugonote, Walter de la Mare. Hizo una antología de poesía para niños que incluía a William Shakespeare, John Donne, Keats, Shelley, en fin, todos aquellos poemas ingleses que están dentro del nivel de experiencia del niño. No entienden un poema erótico, porque todavía no alcanzan ese grado de experiencia humana. Pero todo lo demás sí. Es absurdo querer escribir cosas para ellos, fabricarlas. Porque uno no escribe fabricando, sino lo que necesita escribir. Pero, últimamente, escribir para ellos es una tendencia. Y es que los adultos hemos olvidado qué significa ser un niño y tenemos del niño una visión estereotipada. Ahora recuerdo una anécdota. En Cuba hay una expresión que en casi toda Latinoamérica no se conoce, y que a mí me parece un hallazgo del lenguaje popular cubano: la palabra comemierda. Una palabra que tiene distintos matices de acuerdo con el énfasis: desde el «perro comemierda» (ofensivo) hasta el «no seas comemierda» (cariñoso, de amigo). Un gran escritor cubano que ya falleció, por desgracia, Onelio Jorge Cardoso, amigo mío, hizo un viaje a Checoslovaquia donde estaba de consejero cultural otro escritor, Raúl Aparicio. La hija de Aparicio, digamos que se llamaba Rosarito (no recuerdo bien), de unos cinco años, estaba en su cunita dando un escándalo mayúsculo mientras ellos conversaban en la sala. Entonces la mujer de Raúl le pide a Onelio: Tú que sabes hacer cuentos, ve a la cuna y hazle un cuento a Rosarito, a ver si se calla. El pobre Onelio, pálido de miedo, se defendió: Yo nunca he escrito un cuento para niños. Pero tú eres un cuentista, ve y hazle un cuento, le dijo la mujer. Y allá fue Onelio.
—Mira, Rosarito, yo vengo a hacerte un cuento. ¿Quieres oírlo? —Rosarito se calló momentáneamente, lo miró con una desconfianza terrible y asintió con la cabeza. Entonces, Onelio empezó:
—Había una vez un pajarito que tenía un nidito en el copito de un arbolito y estaban ahí sus pichoncitos que tenían mucha hambre. El pajarito vio que en el suelo había un gusanito. Voy a cazar el gusanito y se lo voy a traer a mis pichoncitos, pensó el pajarito. Y bajó. Pero cuando el pajarito vio al gusanito, le dio tanta pena porque era tan chiquitico, que lo dejó ir.
Rosarito lo miró con infinito desprecio y le dijo:
—Que comemierdita era ese pajarito.
Lo cual es una lección de lo que ocurre cuando se fabrica para los niños. Por lo general un cuento para niños es igual a un cuento para adultos. Como decía Kipling, un buen cuento debe empezar por el principio, continuar por el medio y terminar por el final. Parece una bobería, pero es muy difícil. Un buen cuento tiene que empezar por algo que agarre tu interés, y mantenerte en suspenso hasta el clímax y el final. Pero los cuentos para niños se considera que deben estar llenos de cosas bonitas, arcoiris y cosas así, y son páginas y páginas y no acaba de empezar la acción del cuento. Y hasta epílogo al final lleno de cosas lindas. Pero los niños aspiran a que la historia les cuente algo que los agarre hasta el desenlace. De modo que casi siempre la literatura premeditadamente para niños es mala, y sólo hay dos tipos de literatura: la buena y la mala. Y la buena literatura siempre está al alcance de los niños mientras esté en su nivel de experiencia. Hay muchos libros que el escritor escribió de cierta manera y coincidió con el gusto de los niños.
Los Viajes de Gulliver.
Fue escrito para adultos. Me refiero a libros escritos con la conciencia de este tipo de lector, pero no escritos precisamente para ellos, sino porque el autor tenía la necesidad de hacerlo así. Junglebooks, de Kipling, algunos otros ingleses, franceses, norteamericanos, y en español también hay casos notables. Pero escritos con el mismo impulso que lleva a un escritor a escribir. Tú citaste a Michael Ende, que es un caso excepcional. Hay una griega de la que se publicó una novela aquí: El tigre en la jaula de cristal. Una novela de primera clase, a la altura de los clásicos. Y digo clásicos cuando me refiero a los libros de los que los niños se han apropiado. Yo durante años estuve haciendo el papel de capitán araña, invitando a la gente a escribir para los niños, pero sin hacerlo yo, entre otras cosas porque siento un gran respeto por los niños. Es el público más exigente y sincero, que te dice en la cara lo que no les gusta. Yo tengo suerte con ellos, desde que hace algunos años el Ministerio de Educación decidió renovar los libros para aprender a leer e invitaron a un grupo de escritores cubanos —Onelio Jorge Cardoso, Mirta Aguirre, yo también—. Nos reuníamos con grupos de pedagogos que nos ponían una «tarea». La escribíamos, nos volvíamos a reunir, nos hacían sugerencias, discutíamos de nuevo y así. Éramos escritores, no pedagogos o especialistas. Aunque yo tampoco creo en que haya edades; con los niños nunca se saben dónde andan.
Literatura de alto riesgo.
Exacto. La idea era que los niños desde el inicio estuvieran en contacto con lo mejor de su lengua materna: Gabriela Mistral, Amado Nervo, Rubén Darío, José Martí, textos de grandes poetas y escritores de la lengua, y traducciones que nos encargaban a nosotros. Y las tareas que nos ponían. De ellas recuerdo una, la más difícil que he emprendido en mi vida: «La casa donde yo vivo, la calle donde está mi casa, el pueblo donde está mi calle, la provincia donde está mi pueblo, el país donde está mi provincia y el mundo donde está mi país», en dos cuartillas, para niños de segundo grado. Imagínate. La cosa no salió tan mala. Y una de las satisfacciones que tengo es que a veces salgo y algunos niños a la salida de la escuela me saludan: «Adiós, Eliseo», porque han visto mi cara, que no es nada agradable pero es la mía, en la televisión o las revistas, y me saludan como si fuera un amigo. Eso es para mí un premio inestimable.
Sospecho que cada idea, cada historia por contar trae ya implícito su lector. Al escritor le toca entrar en empatía con ese lector potencial y escribirlo en función de eso. En caso contrario, una excelente idea podría dar una pésima obra.
Tú tienes razón. Y, por suerte, todavía el misterio de por qué se hace una buena novela o un buen poema no se ha descubierto.
Gracias a Dios.
Gracias a Dios no hay un poemómetro o un cuentómetro. Pero en esencia funciona el principio de la necesidad. Uno debe hacer aquello que necesita hacer. Si después resulta que a los niños les gusta, eso es asunto de ellos. Pero también uno siente necesidad de comunicarse con los niños y ahí surge esa empatía de que tú hablas, pero siempre con tantos escrúpulos como uno tendría para escribir para cualquier lector.
Nos encontramos en un mundo dominado por los medios audiovisuales, y donde no obstante existe últimamente un alto consumo de libros (no siempre buenos). Remitiéndonos a América Latina, ¿qué sugeriría usted para crear o fomentar el hábito de lectura entre nuestros niños, una vez rebasada la tarea elemental de la alfabetización?
Si los medios masivos no han logrado desplazar a la lectura, eso se debe a que ella es una necesidad del ser humano. El proceso de la lectura es, en su esencia, un proceso creador: la necesidad de convertir un símbolo, la palabra escrita, en una imagen, y eso es un placer. En los años 30, un gran escritor francés a quien ya nadie recuerda, Georges Duhamel, escribió En defensa de las letras, donde se refería a esto. El único medio que existe para estimular en el ser humano la capacidad de crear es la lectura, porque es la única que te obliga a una actitud activa. La televisión o el cine te ofrecen una imagen que recibes pasivamente. ¿Cuántas veces no nos ha pasado a todos que el personaje de la película no tiene nada que ver con el personaje que uno vio al leer la novela? Por eso la literatura siempre será atractiva, no para un grupo de exquisitos escritores o lectores, sino para todos los seres humanos, porque todos tenemos esa necesidad de la creación, de la imaginación. Pero para que los niños lean, como bien apunta Sergio Andricaín, son imprescindibles las buenas ilustraciones, que le ofrecen un pie para imaginar. Yo a los diez u once años leí La Isla del Tesoro en una edición española de Seix Barral, con magníficas ilustraciones. Esto me ayudó, porque en ese momento no tenía idea de que hubiera un siglo XVIII, ni de cómo eran los barcos de vela, o el modo de vestirse de los piratas, no tenía elementos para convertir el símbolo escrito en una imagen, y las ilustraciones me sirvieron de apoyo. En países muy cultos, como Inglaterra, se hacen exposiciones de ilustraciones de libros; pero entre los países latinos siempre hemos tenido un poquito de desprecio por eso.
Si la imaginación es consustancial al ser humano, habría que ver, ¿de qué manera se la estimula o de qué manera se la atrofia?
Eso es lo grave sí. Y uno de los medios para atrofiar la imaginación es el aburrimiento, los libros malos y aburridos crean el rechazo del niño. Rechazo que a veces alcanza a los otros libros.
Otro peligro que, según yo veo, gravita sobre la imaginación es la estandarización de los personajes. El star system ha acuñado a algunas decenas de actores como protagónicos. Así, el niño ve que el policía de la película uno es el ladrón de la dos, el rey de la tres y el pirata de la cuatro. De modo que su capacidad para “fabricar” esos personajes se puede ver más aplanada aún por la oferta de personajes enlatados y en serie.
Es un peligro grande. Y como la influencia del cine es enorme… Ciertamente, estamos en un momento crítico, cargado de películas de horror y maniáticos criminales, pero yo confío en que la propia humanidad encuentre su antídoto contra estas cosas, y también recuerdo ejemplos de lo contrario. Cuando yo trabajaba en la Biblioteca Nacional y me ocupaba en serio de estas cosas, proyectamos a los niños Oliver Twist, con actores de primerísima clase. Empezaron riéndose, pero poco a poco fue haciéndose el silencio, porque la película los había absorbido. Ya era una experiencia de la que se habían apropiado, en la que creían. Y después acudieron a buscar el libro. Y gracias a la película leyeron a Dickens, muchas de cuyas obras tienen niños como personajes: Great expectations, David Copperfield y el mismo Oliver Twist.
Ahora bien, ambos partimos del presupuesto de que la imaginación es buena y hay que cultivarla. Por el contrario, muchos adultos opinan que es dañina y que hay que inducir al niño a “poner los pies en la tierra”.
Un sabio ruso (cuando eso era soviético), un hombre absolutamente materialista, cuando le preguntaron ¿cuál es la cualidad humana que cree esencial para un científico?, respondió: la imaginación. Si no eres capaz de imaginar lo que no existe o lo que desconoces, no saldrás nunca de lo que tienes.
“Brindis por la imaginación. Una charla con Eliseo Diego”; en: Encuentro de la Cultura Cubana, n.º 19, invierno, 2000-2001, pp. 109-113.
“Brindis por la imaginación: Una charla con Eliseo Diego”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de diciembre, 2000. http://www.cubaencuentro.com/espejo/entrevista/2000/12/28/532.html.
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Etiquetas: Cuba, poesía
Categorías : Personajes
Imagine
19 12 2000Ni con la más desbocada Imagine habrá imaginado John Lennon que descansaría de sus andares sobre la tierra en un parque de 15 y 6, en el Vedado, en La Habana. Menos aún que el comandante en jefe Fidel Castro develaría la estatua –de mala gana, se le adivina el gesto en los noticiarios, como quien despacha rápido su purgante–, y que el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón de Quesada, pronunciaría el discurso inaugural, prólogo al concierto masivo donde miles de cubanos, sí, en La Habana, corearían Imagine. Imagine todo eso alguien que tenga hoy la edad de John Lennon aquel día fatal, alguien que haya caminado este mismo parque durante los 60 o los 70, alguien que se hubiera sentado quizás en este mismo banco, a descansar sus huesos, no mansamente, como ahora Lennon en su bronce, sino a la expectativa, no fuera a aparecer la policía y lo arrastrara por los pelos hasta la estación más cercana en un coche jaula, donde sería escarnecido y rapado –todas las inquisiciones insisten en la perversidad de la pelambre– y, con suerte, echado a la calle con pinta de loco tras la última sesión de electroshocks.
Imagine que don Ricardo Alarcón nos acaba de develar en su discurso un Lennon cuyas «canciones conforman el más completo inventario de la porfía colectiva de los jóvenes por la paz, la revolución, el poder popular, la emancipación de la clase obrera y de la mujer, los derechos de los indígenas y la igualdad racial». (Y eso lo dice el presidente del Poder Popular, que algo sabrá del asunto.) De modo que este Lennon en el imaginario de Alarcón era revolucionario, miembro del poder popular y partidario de la emancipación de la clase obrera. ¿Quienes éramos entonces nosotros, jóvenes que trasegábamos sus canciones en placas rudimentarias y grabaciones caseras, o le escuchábamos de madrugada en la WQAM? Siempre con nocturnidad y ensañamiento. ¿Quiénes éramos los seguidores de su estética y de su poética, o los que susurramos alguna vez un Peace & Love herético?
Pero, sobre todo, ¿quiénes eran los que prohibieron sus canciones, los que tapiaron su imagen, los que derrocharon miles de palabras para convencernos de la perversidad ideológica de este Lennon que, según palabras de Ricardo Alarcón, «expresa abiertamente su identificación con el ideal socialista»? Eran entonces enemigos del «ideal socialista» los que persiguieron nuestra juventud, los que sumieron en las catacumbas nuestro fervor por este Lennon, artífice de una época en que se produjo la caída de «dogmas y fetiches, se quebraron los moldes del fariseísmo y la banalidad, se replegó la torpe mediocridad de una sociedad injusta y embustera» (Alarcón dixit)? ¿Eran entonces aquellos funcionarios y policías de mi juventud fariseos y banales, torpes mediocres fabricantes de una sociedad injusta y embustera?
Pero, un momento. ¿No eran ellos los defensores de la pureza ideológica de la revolución? ¿No eran ellos el baluarte contra tipejos como Lennon, que ahora resulta un revolucionario, socialista incluso, y campeón de la clase obrera? ¿Y quiénes éramos entonces nosotros? ¿Resulta que cuando mutilaban nuestro espíritu revolucionario en nombre de la revolución no hacían sino defender su derecho de propiedad sobre una sociedad injusta y embustera que nos vendían como nuestra?
Y habla Alarcón de un «Lennon como paradigma del intelectual enteramente libre y creador, cabalmente comprometido con su tiempo». De modo que nuestros represores pretendían que fuésemos todo lo contrario: sumisas cajas de resonancia de espaldas a nuestro tiempo. Y Alarcón llega a ponerse picúo cuando le dice «Querido John: allí, en Liverpool, entonaban baladas de amor con verbo proletario y nosotros acá desafiábamos al monstruo».
Ahora comprendo: el monstruo éramos nosotros, que entonábamos las mismas canciones, pero con verbo burgués. ¿En qué bando estaría entonces don Ricardo Alarcón, el de los perseguidos o el de los perseguidores? ¿Escucharía a escondidas, entre reuniones del partido, al Lennon que hoy tanto ama? ¿Levantaría alguna vez la voz contra las persecuciones y la caza de brujas? ¿Habrá propuesto, sin que nosotros lo supiéramos, no ya levantarle una estatua, sino lo más elemental: que pudiéramos escuchar a este cantor de «verbo proletario» en las emisoras radiales del proletariado, y no en las del «monstruo imperialista», que según él nos cuenta, lo perseguía con saña (y lo publicaba con fervor)?
O quizás responda como Fidel Castro, cuando la prensa (extranjera, of course), ante el Lennon inmutable de la estatua, le preguntó por aquellas persecuciones: «No tengo la culpa», dijo. «Lamento mucho no haberlo conocido antes» –le faltó dar la mano a la estatua: «Mucho gusto. No, el gusto es mío»–. «En aquellos tiempos teníamos tanto trabajo». Y más tarde se consideró ante la prensa «un soñador» como Lennon y afirmó que el ex beatle tenía razón, quedaban unos cuantos soñadores más. «Yo soy un soñador que ha visto convertidos más de una vez mis sueños en realidades».
Adiferencia de Lennon, sus sueños cumplidos son las cumplidas pesadillas de muchos. Tampoco tendría la culpa Alarcón, porque cita textualmente a Lennon: «Los sesenta vieron una revolución entre la juventud… Una revolución completa en el modo de pensar. La juventud lo asumió primero y la siguiente generación después. Los Beatles fueron parte de la revolución. Estábamos todos en este barco en los sesenta. Nuestra generación –un barco que iba a descubrir el nuevo mundo. Y los Beatles éramos los vigías de ese barco. Eramos parte de él».
Pero a nosotros nos repitieron que el barco era el Granma, y que el vigía era otro. No. Tampoco don Rodrigo de Triana. Otro. La amnesia de los políticos siempre me maravilla. Pero en este caso me escandaliza. Más que amnesia, parece demencia senil, y de las más avanzadas. Confiemos que en los próximos días ninguno de los nuevos policías venidos de Oriente, y que quizás no haya oído hablar de la «inspiración comunista» que, según Alarcón, animaba a John Lennon, le arrastre por los pelos de bronce a la comisaría más cercana, le propine al titanio una paliza con una barra de acero y lo eche de nuevo a la calle, rapado a soplete, con pinta de loco tras la última sesión de electroshocks en el manicomio político de la isla.
“Imagine”; en: Nuevo Herald. Miami, 19 de diciembre, 2000.
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Etiquetas: censura, Cuba, deshielo, John Lennon, política
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