Dialéctica del gao

9 03 2001

Konstantínov en mano, mis profesores de materialismo dialéctico se afanaron en su día por explicarme la dialéctica de la realidad objetiva: los favelados de Río de Janeiro, Caracas o Lima levantaban sus ranchitos a la desbandada y sin permiso en lugar de comprarse un apartamento en Copacabana, no por espíritu transgresor, sino por pura desesperación habitacional. ¿Culpable? El capitalismo mundial, por supuesto. Y enmendar esta situación pasaría por el cambio de las condiciones objetivas; no por eventuales medidas represivas. Pero, al parecer, en el caso de Cuba rige otra dialéctica. Carlos Lage afirma ahora que se resolverá “el orden y la legalidad en la vivienda” mediante “la elevación de la conciencia del pueblo, el fortalecimiento del combate político y de las ideas”. Ni ladrillos ni cemento. Combate, conciencia y política.

Desde mediados de 2000, cuando se modificaron el Decreto de la Ley de la Vivienda y el Decreto Ley 211, se dictó la Resolución 500 y el nuevo decreto de contravenciones, se han impuesto 2.057 multas, de ellas 1.530 en divisas, por un importe de 1.617.500 dólares (el salario mensual promedio de 177.925 trabajadores cubanos); se desahuciaron 548 ocupantes ilegales, y se confiscaron más de 1.400 viviendas por violaciones en el alquiler, compraventas ilegales y otras causas. En la TV cubana se transmitió la confiscación de 21 residencias en el barrio Santa Fe. Una de ellas, vendida por un cubano a un extranjero. Otra, declarada inhabitable, y aún así otorgada “por razones humanitarias” a una pareja, fue remozada con materiales comprados ilegalmente, cuando lo correcto habría sido esperar a que el techo les cayera encima. Una tercera, fue construida ilegalmente en terrenos estatales con financiamiento de un extranjero. No hay necesidad, sino pura perversión.

Para remediarlo, Carlos Lage apela a la solución policial, aunque acota que no se trata sólo de combatir las ilegalidades, sino de crear un clima de trabajo y de acción que las evite —ya que no otorgan viviendas, optan por el cambio climático—. “Con ello salvamos a revolucionarios y buenas personas, que muchas veces por desconocimiento, debilidad o blandenguería caen en esta indisciplina social”. Es decir, en las favelas capitalistas, pura necesidad; en las favelas socialistas, blandenguería, debilidad y desconocimiento.

Juan Contino, coordinador nacional de los CDR, es más paternalista: “Somos nosotros, los buenos vecinos, los que tenemos que ir y advertir `estás levantando una casa gigante’, `estás alquilando ilegal y dejando que entren esas muchachitas [qué púdico] en tu casa…”. Hay gente que se está equivocando y los revolucionarios tenemos el deber patriótico de advertirlos, de reclamarles”. Aunque deja entrever que con frecuencia las denuncias de los vecinos chocan contra los oídos sordos de la administración, y la impunidad campea. Todos sabemos que el status político condiciona el derecho de pernada en la república. Y lo contrario. ¿Será por eso que el propio Contino admite la existencia de “decisiones injustas en detrimento de los derechos de algunos ciudadanos, la no detección a tiempo de construcciones ilegales, y las demoras en ofrecer respuesta a las quejas, denuncias y trámites de la población”? Para concluir con una lección magistral sobre las clases sociales y la vivienda: “El día que el dinero distribuya las viviendas del país, estaremos divididos en clases sociales. Y eso no lo permitiremos. Si hay una buena casa, que la tenga un buen patriota, sea un obrero o un intelectual. ¿Cómo vamos a dejar que alguien se construya una casa gigante con materiales robados al pueblo, mientras hay 25.000 albergados que perdieron la suya?”, Contino dixit. Y la experiencia se remonta a los 60, cuando los “buenos patriotas” se repartieron las mansiones expropiadas. Porque la definición de “buen patriota” no es ni quien más produce ni quien más crea. El “buen patriota” no conoce los albergues donde 25.000 cubanos rezan al santo patrono de la Reforma Urbana; no roba materiales, dispone de ellos según el antiguo derecho de conquista; ni admite la anárquica división en clases, cuando basta con la sencilla escisión entre la plebe multitudinaria y la aristocracia verde olivo, nimbada por su nobleza subsidiaria sin pedigrí, pero extremadamente útil. ¿Ignora Contino que durante aquellos años felices en que todavía se podía atrapar una guagua al vuelo, había quieres obsequiaban Ladas a sus hijos el día del cumpleaños? ¿Qué las amantes y los hijos dilectos jamás pisaron la microbrigada donde un pianista prometedor se machacaba las manos y el futuro durante siete años? Pero aún si ha perdido la memoria histórica: ¿no observa desde la ventanilla del auto la ciudad dividida entre bicicletas chinas y Toyotas? ¿Desconoce que a los siete años la mayoría de los niños cubanos dejan de recibir leche, mientras otros reciben su nueva Play Station? ¿A qué limbo sin clases se refiere el presidente de los CDR?

Claro que en esto de la vivienda también asoma el enemigo: “Alrededor de las ilegalidades de la vivienda se mueven la delincuencia, la prostitución, la droga, la contrarrevolución, penetran las enfermedades y se crea el espacio hasta para la actividad terrorista (!!!). Es el escenario natural para que caminen estos males que son característicos de los enemigos de la Revolución, de la justicia y del socialismo” (Carlos Lage). De lo cual se deduce que nadie se ha afanado más en crear ese “escenario natural” que las autoridades de la Isla, donde según sus propios datos, el 47% del fondo habitacional se encuentra en mal estado, cifra que cobija una proporción escandalosa de viviendas en ruinas, como se encarga de demostrar cada racha de aguaceros. Un país donde se ha incurrido durante cuatro décadas en el criminal abandono del patrimonio heredado, se paralizó la ya escasa construcción de viviendas, y donde el año pasado se terminaron apenas 42.923. Un país donde Norberto González, director provincial de la Vivienda ha pagado el arreglo de edificios completos carentes de calidad.

A pesar de Konstantínov, y aunque el marxismo haya caído en desuso, de todo esto se deduce que un buen techo de placa protege mejor de la lluvia que un discurso; que la dignidad de cuatro paredes es un sitio ambiguo entre la ilegalidad y la paciencia; que “vivir es peligroso”, como decía Guimarães Rosas, y en Cuba, temerario, y que en esto de la vivienda asoma, desde luego, la mano del enemigo. Salvo Lage y Contino, el resto de los cubanos saben de quién se trata.

 

“Dialéctica del gao”; en: Cubaencuentro, Madrid, 9 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/09/1472.html.


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