Metáforas

29 03 2001

Si cayeron Roma y el imperio español donde nunca se ponía el sol, no es raro que también caiga el objeto más grande colocado por el hombre en el espacio.
Después de 15 años, 1 mes, 3 días, 8 horas, 28 minutos y 13 segundos, la estación espacial Mir, construida por un país que ya no existe, cayó en el Océano Pacífico y descansa ahora a 5,000 metros de profundidad (de lo más alto a lo más hondo). Por ella guardaron los ingenieros rusos un minuto de silencio.
Su muerte anunciada desencadenó las más diferentes reacciones: alarma en Micronesia, indignación en Chile porque les conviertan el Pacífico en vertedero cósmico, advertencias de Nueva Zelanda a sus pescadores, que insistieron en faenar ya que los rusos no les iban a pagar sus facturas, y la promesa promocional de cierta compañía: un taco gratis por habitante norteamericano si algún fragmento impactaba en el blanco flotante que desplegó en el océano.
La Mir cargó al máximo sus baterías solares antes de morir, como en su día la nación que la creó, cargó al máximo sus arsenales antes de caer por su propio peso, de muerte natural.
Tres impulsos proporcionados por el progreso, perdón, por la nave Progress adosada a la Mir, bastaron para enfilar la estación en su último viaje. El progreso tiene la costumbre de dar esos empujones en un sentido que a veces es triunfal y otras, fatal.
Las 137 toneladas de la Mir penetraron en la atmósfera. La ingrávida placidez de su limbo cósmico, donde su tarea consistía en dar vueltas y más vueltas alrededor del mismo sitio (86.331 veces circunvoló la Tierra) un quinquenio tras otro —cualquier similitud con los planes quinquenales es pura coincidencia—, fue sobresaltada por el contacto con la densa atmósfera del planeta. La fricción convirtió a la antigua joya de la corona soviética en una esfera incandescente, ardiendo a 3,000 grados centígrados, fácil de distinguir a simple vista desde la Tierra. A una altura de 90 kilómetros, de las 137 toneladas, unas 112 se desintegraron. Apenas 25 toneladas, convertidas en una gigantesca granada de fragmentación, alcanzaron la superficie del océano, 3,000 kilómetros al este de Nueva Zelanda. 1,500 fragmentos metálicos incandescentes, algunos de hasta 70 kilogramos, impactaron en la zona prevista y a la hora señalada. Un triunfo para los ingenieros rusos.
“El enorme trabajo realizado los últimos días para hundir a la Mir será estudiado como modelo, y esta experiencia será utilizada, ya que el futuro de la astronáutica pasa por el aumento de las dimensiones de las estaciones espaciales. La astronáutica rusa ha demostrado una vez más que puede resolver tareas únicas y complejísimas”, declaró Yuri Kóptev, director general de la Agencia Espacial Rusa. Un crimen para el líder comunista Guennadi Ziugánov, quien declaró que, después del naufragio del submarino nuclear Kursk, el hundimiento de la Mir “es la más grande tragedia ocurrida durante la gestión del nuevo presidente ruso”. “Un crimen contra el futuro de Rusia, contra la ciencia y la cosmonáutica nacionales”. Los diputados y astronautas Svetlana Savítkaya y Vitali Sevastiánov también consideran que ha sido un error hundir la Mir, cuya operatividad podía haberse extendido hasta el 2002, y solicitan la destitución de Kóptev. No obstante, tanto el Gobierno como la Agencia Espacial Rusa, optaron por liquidar el tantas veces remendado artefacto, y concentrarse en la flamante Estación Espacial Internacional, donde Rusia aspira desempeñar un papel importante. Un debate que nos parece haber escuchado antes.
Ni uno solo de los fragmentos dañó a dos decenas de buques pesqueros que, acostumbrados a las inclemencias meteorológicas, persistieron en continuar sus labores cayera lo que cayera del cielo. Los turistas que se apiñaron en Fivi para presenciar el acontecimiento, contemplaron una lluvia de chatarra espacial incandescente que tiñó de oro y plata el cielo del Pacífico. Un ciudadano de Taichung, en Taiwán, aquejado de depresión e incapaz de soportar la angustia ante la remotísima probabilidad de que la estación cayera sobre la isla, se prendió fuego ante la tumba de su abuelo. Fue la única víctima mortal directa de este suceso.
La nave Mir, cuyo nombre significa paz, en ruso, descansa en paz en un remoto rincón del Océano Pacífico, que según los navegantes es el menos pacífico de los océanos. Confiemos que ésto no sea otra metáfora.


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