Paradisos

9 11 2001

El siglo XXI ha comenzado con cierto disloque universal. Una guerrilla trasnacional de fundamentalistas islámicos perpetra con éxito un ataque aéreo a la capital económica de Occidente. Y no al revés. Daniel Ortega, el cacique populista de Nicaragua, cambia el rojo y el negro por el rosado, se declara demócrata convencido, enrolando incluso a antiguos prisioneros de su gobierno, y quizás gane las elecciones. Fidel Castro hace votos de pacifista y partidario de un referéndum continental sobre el ALCA, aunque en tales menesteres democráticos le falte práctica. El presidente Bush pide moderación a su homólogo israelí, retirada de tropas y diálogo con los palestinos. Un militar golpista, amigo del terrorista más afamado de la Tierra antes del 11 de septiembre, se dice demócrata en Venezuela, y descendiente directo de Bolívar. Y lo más asombroso: Estados Unidos, Rusia y China, militan en el mismo bando.

Pero si algo no ha cambiado es esa manía que tenemos los humanos de inventar paraísos para después creérnoslos. Cuando se abalanzaban contra las torres gemelas, los terroristas padecían apenas una brevísima escala en su vuelo directo a los jardines del Edén, donde los esperaba una cuadrilla de huríes al pie de la escalerilla. Occidente apuesta por un Edén de supermercados y boutiques, ante la duda de que existan paraísos de rebajas. En el sur, el antiguo lujo de las catedrales, antesalas del cielo, va siendo sustituido en el imaginario popular por el lujo que rezuma borbotones el cine Made in Hollywood. El tradicional paraíso de arriba no sale nunca en la tele, y el del norte está perfectamente cartografiado. El futuro, ese paraíso positivista, es ya patrimonio de los crédulos. Y el pasado es el irreversible paraíso de los nostálgicos.

La izquierda, que en su día fraguó el paraíso proletario, lo tiene ahora más difícil. En primer lugar, porque ya no se sabe muy bien qué es la izquierda y en qué se diferencia exactamente de la derecha civilizada. Quizás, como a ciertos vinos, de la textura y el bouquet originales le queda apenas en la etiqueta una vaga referencia a la denominación de origen.

Sobre el paraíso zurdo, llamado en su día comunismo científico, se escribieron libros enteros donde se explicaban los pasos para llegar al remanso de la historia que, de ahí en adelante, por los siglos de los siglos amén, se conduciría mansamente y sin rápidos o meandros traicioneros. El modo en que viviríamos, recibiendo todo cuanto necesitáramos a cambio de lo que buenamente, y sin agobiarnos demasiado, nos fuera dado trabajar. La democracia telepática, la longevidad generosa, la juventud entusiasta, pero respetuosa de sus mayores. El paraíso del bolero, donde sólo existirían las penas de amor. Como literatura, Ray Bradbury ha demostrado ser más perdurable.

La izquierda que no se desparadisó tras los desafueros de Stalin, o más tarde, a la caída del muro, difícilmente asuma hoy como modelo la Rusia de Putin. China ha encontrado su sitio entre la dinastía manchú y Adam Smith, y el olorcillo que desprende no es precisamente incienso y mirra. Vietnam fabrica demasiados muñequitos para McDonald’s. Corea del Norte (el único norte para donde no quieren irse los del sur), posee ya su certificado de defunción, debidamente firmado y timbrado por la otra Corea. Aunque el entierro se demore por razones estrictamente personales.

Pero a la izquierda le queda una tierra de promisión, un paraíso no tan santo como debería, pero más visitable que los otros. Y lo que es mejor: interpretable. A la izquierda le queda Cuba. Cuba la tropical, numantina, rumbera, heroica y tan antiimperialista que se ha anexado la Florida y ha convertido el dólar en moneda nacional. La Cuba del turismo político de los que van. La del anti turismo de los que se van.

Ya no es Cuba la del socialismo con rostro humano que visitaron surrealistas y existencialistas en los 60. Tampoco es, como en los 70 y los 80, el país del Este que quedaba al Oeste. Ahora es un Jurassic Park de la política que muchos progres ansían visitar antes que se extinga. Aunque otros ni mencionan esa posibilidad. Bastantes socialismos han ingresado ya en el libro rojo de la historia. Unos, los menos, la defienden en bloque como proyecto viable (como veis, existe), Fidel Castro incluido. Otros, los más, defienden una suerte de modelo de contornos ambiguos, cuya florescencia (¿fluorescencia?) plena ha sido truncada por el embargo norteamericano, causa y razón de todos los desastres insulares. Y todos, sin excepción, promueven un turismo político a la Isla, del que regresan decepcionados ó encandilados, según la fortaleza de su fe y el grado de dioptrías que padezcan.

El Pla Jove valenciano, por ejemplo, promueve con idéntico fervor cursos para transexuales e intercambio de estudiantes con Cuba —confiemos que no envíen transexuales, nada gratos al machismo-leninismo de las autoridades cubanas.

Uno de los mejores ejemplos es el del joven vasco Aitor Suárez. La memoria de su viaje a la Isla fue publicada recientemente por la prensa bilbaína. Según él, «Por la mañana ayudábamos con la caña de azúcar o en los naranjales, por la tarde realizábamos excursiones o encuentros con diferentes sectores sociales». Después recorrió la Isla por su cuenta, para conocer ese «otro país, aún no viciado por el turismo y sus dólares»; descubriendo un sistema sanitario que funciona, la educación gratuita y universal, o que a pesar de la pobreza «nadie duerme en la calle». Le maravilló el nivel cultural y la generosidad de la población. Y, sobre todo, su aguante. Ejemplifica: «Aquí hay una huelga semanal de camiones y las ‘amas’ y ‘aitas’ arrasan con las estanterías de los supermercados. ¡Imagina esa situación durante cuarenta años!». Aunque reconoce que, de estar en lugar de los cubanos, él mismo se plantearía lo de emigrar a Miami. Pero lo más curioso de sus observaciones es la aportación del “sistema democrático” cubano: «Es horizontal, la elección se lleva a cabo en el barrio y no tiene nada que ver con los partidos, ni siquiera con el Comunista».

Aitor, seguramente descontento del capitalismo neoliberal y la democracia representativa que le han tocado en suerte, no sólo necesitaba imaginar un paraíso a su imagen y semejanza que le sirviese de contrapeso, sino encontrarlo. Y a fuerza de buscar, halló en Cuba prestaciones sociales, un pueblo generoso a pesar de su miseria, estoico (¿acaso le queda otro remedio, como no sea irse?, apuntó su subconsciente, pero de inmediato desechó la idea que maleaba su hipótesis de trabajo). Y, por encontrar, incluso encontró un modelo de democracia “horizontal” (todo el mundo bocabajo), y ajeno al Partido Comunista que controla en Cuba incluso el ritmo de la respiración.

No vale la pena refutar pormenorizadamente su idílica visión de esa Cuba “aún no maleada por el dólar”, de ese “buen salvaje” con estudios. Antes de emprender sus expediciones, los buscadores de paraísos adquieren en los supermercados ideológicos filtros para tamizar los sucesos a la medida de sus sueños. Dotados con una antología de la realidad, se instalan en una confortable fe inmune a la lógica, a las aplastantes cifras de esa vida sin filtrar que ocurre cada día.

Para su mal (o para su bien), tales filtros suelen expedirse con garantía limitada y fecha de caducidad marcada al dorso. Transcurrido cierto tiempo, no es inusual ver a los primos de Adán pontificando sobre el nefasto poder de las serpientes. Cuando no se colocan convenientemente en el mercado mundial de las manzanas.

 

Paradisos”; en: Cubaencuentro, Madrid,9 de noviembre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/11/09/4756.html.

 





De bronce e hidalguía

5 11 2001

El escultor José Villa Soberón parece empeñado en la hermosa tarea de repoblar La Habana con personajes célebres del más allá y del más atrás. Ya circulan bromas sobre las ventajas de estos ciudadanos de bronce: no exigen su cuota, no atestan el transporte urbano, no integrarán la disidencia y se presupone que no enfilarán jamás hacia el Norte a lomo de balsa. Bromas aparte, la crisis perpetua que atraviesa la Isla no ha logrado embotar la sensibilidad de los cubanos, su hambre de belleza.
Respondiendo al encargo de las autoridades, fue primero la estatua de John Lennon, que desde entonces ocupa su banco en el parque de 15 y 6, en el Vedado. Y, aunque resulta difícil validar su relación ideológica con el discurso oficial, no ocurre lo mismo con los sueños y las esperanzas del cubano de a pie, quien imagine desde siempre un mundo mejor. Restauradas las gafas que alguien le robó a los pocos días de sentarse en el parque, la costumbre le ha incorporado ya al mobiliario urbano.
Ahora es el Caballero de París quien camina de nuevo por la ciudad, frente al Convento de San Francisco de Asís, en una versión menos vulnerable que el original. El encargo fue en este caso del Historiador de la Ciudad Eusebio Leal, quien ya había exhumado los restos del Caballero, para enterrarlos con honores en el mismo Convento, devenido hoy museo y sala de conciertos.
Sin dudas Juan Manuel López Lledín, más conocido como el Caballero de París, es ya parte de la mitología habanera. Nacido en Fonsagrada, aldea gallega de Lugo, en 1890, emigró como cientos de miles de sus compatriotas a la promisoria Habana de la época. Después de trabajar como dependiente en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan, cumplió prisión tras ser acusado por el robo de unas joyas en la casa donde se empleaba, aunque más tarde fue demostrada su inocencia. En la cárcel se quebró el hilo que lo conectaba a eso que las convenciones han acordado llamar «realidad». Desde entonces se le vio zapateando las calles con su hirsuta melena y su barba, que encanecieron al paso de los años, su capa negra llena de misteriosos bolsillos interiores, de donde extraía estampitas, recortes de periódicos y hasta caramelos para obsequiar a los niños.
En un país obsesionado por los olores corporales, su acre aroma a sudores, soles y serenos acumulados en la piel, fue incapaz de ahuyentar a los caminantes, y en especial a los niños, que se acercaban a él con un mohín de burla que la mirada del Caballero transformaba en curiosidad y simpatía. Su altivez menesterosa, su caballerosidad, el tono siempre señorial de su discurso inconexo, lejos de espantar, atraía. No era raro ver a su alrededor un coro de todas las edades, escuchando perorar al Caballero. No se sacaba mucho en claro de sus lecciones magistrales de poesía automática. Es cierto. Pero la gente intuía que aquel hombre, aceptando mendrugos y limosnas sin rebajarse a pedir, mezclando en la lengua, sin filtrar, cuanto pasara por su imaginación, había alcanzado cierta redención que para la mayoría era un sueño imposible. El cubano obligado a bajar la cerviz ante el patrón y censurar la lengua más tarde ante los caciques de la política, descubría en el Caballero la libertad en estado puro.
Si otros mendigos de la ciudad estaban obligados a exponer sin pudor sus desastres corporales o conmover con la crónica de sus desgracias, al Caballero de París le bastaba estar. Su modo de irradiar al mismo tiempo altivez y lástima, simpatía y ternura, conseguía que el caminante se sintiera más cuerdo, y presuntamente superior, pero a su vez solidario y necesitado de ser «bueno», en un mundo donde la bondad no es muy rentable. Quizás cada persona que se acercaba al Caballero, salía de la experiencia con la perturbadora noción de que aquel hombre bien podría ser una variante extrema de sí mismo.
El Caballero fue, posiblemente, el único peludo de La Habana que en los años sesenta y setenta no fue arreado a insultos ni rapado en una estación de policía (el escultor José Villa Soberón deberá esculpir algún calvo ilustre sin demora, no vayan a sospechar de su probidad ideológica). Atento a su historia interior y no a los devaneos de la política, ni cantó la chambelona al político de turno ni coreó las consignas que iban tatuando el rostro de su ciudad. No obstante, nadie lo acusó de falta de entusiasmo revolucionario o connivencia con el enemigo, aunque fuera de París. Incluso las mayores locuras de la política, respetaron su locura atemporal y eterna.
Ante el deterioro de su salud física, fue ingresado en 1977 en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde permaneció hasta su muerte el 12 de julio de 1985. Desde entonces abandonó la notoriedad e ingresó en la mitología. Hoy que el marketing y la prensa rosa facturan decenas de famosos por semana para alimentar las insulsas vidas de sus lectores, cabría subrayar que el Caballero de París fue y es famoso por méritos propios.
Su imagen y su recuerdo han quedado en las artes cubanas. Su ternura subrepticia, en la memoria de todos los que lo conocieron. Ahora que, sin perder su altivez, la ciudad se ha vuelto tan menesterosa como él, vuelve a caminar, esta vez en silencio y quizás para siempre, las calles de La Habana. Sea bienvenido.





El Edén pospuesto

2 11 2001

En intervención del pasado miércoles en Santiago de Cuba, el señor Fidel Castro ha reconocido que el drástico descenso del turismo, como consecuencia de los acontecimientos del 11 de septiembre, ha sido «un golpe tremendo» para la Isla. A ello se une la bajada de los precios del níquel y el azúcar, rubros tradicionales de exportación.
El mundo entero está afectado por las cancelaciones de viajes y estancias. Por razones de seguridad, muchas personas temen viajar. A lo que se suma el miedo a la guerra bacteriológica y el parón económico que sufre Estados Unidos, con su reflejo en muchos otros países, impulsando la contracción del gasto. Más de la mitad de los ingresos de Cuba en divisas proceden del turismo y de las remesas familiares del exilio. Ambos afectados a muy corto plazo por la coyuntura actual. Al igual que el ritmo de operación de la compañía aérea nacional.
Advierte el señor FC a los ciudadanos de la Isla que «hay que prepararse, algunos sacrificios vendrán lógicamente». «Nuestros ingresos en [divisas] convertibles se afectan», aunque, según él, la afectación es menor, «puesto que no dependíamos del turismo norteamericano». Efectivamente, Canadá y Europa son las dos fuentes principales del turismo insular. En otros receptores como España, también afectados por la crisis, el descenso de turistas extranjeros viene acompañado por el aumento de nacionales, que modifican sus destinos, temerosos de abandonar el país. Cosa que no ocurre en Cuba, donde el turismo nacional es prácticamente nulo. Tampoco ha estructurado la Isla una economía diversificada o un mercado interno importante que permitan moderar las pérdidas.
Veinte de los 225 hoteles cubanos han sido cerrados y 12 000 de las 36 000 habitaciones disponibles, están vacías. Algo que sobrepasa la cifra de 5% de descenso reconocida por las autoridades en septiembre y su estimado del 10% para octubre.
Aunque en su discurso el señor Fidel Castro no especifica cuáles serán las afectaciones y los sacrificios a los que la población deberá hacer frente, ya se registra un notable incremento en el ritmo de los apagones, el dólar ha pasado en un brevísimo lapso de 22 a 27 pesos y las casas de cambio han optado por comprar dólares pero no venderlos. Ello hace prever nuevos descensos de la moneda nacional.
Los llamamientos al sacrificio de la población, a partir de crisis para las cuales siempre hay un culpable externo, no son nada nuevo. A inicios de los sesenta fue la ruptura de relaciones con los Estados Unidos y el embargo económico —gran culpable hasta hoy de todos los males que afectan a la Isla—. Como consecuencia, se estableció el sistema de racionamiento que ya dura cuatro décadas. Los efectos del ciclón Flora, a mediados de los sesenta, hicieron que se racionara el café, un producto tradicional. El ciclón ha durado hasta hoy. La nefasta Ofensiva Revolucionaria de 1968, que extirpó todo negocio privado, seguida por la Zafra de los Diez Millones, que remató la economía de la Isla, redoblaron la escasez y el racionamiento.
Salvo en el caso de la zafra, cuando el Gobierno admitió su culpabilidad, siempre aparecieron sequías o inundaciones, ciclones de la meteorología o de las finanzas internacionales, que explicaran cada desastre. El penúltimo fue la desaparición del campo socialista y de la URSS con el que se mantenían excepcionales condiciones de intercambio y un nivel de subvenciones que, bien administradas, habrían paliado con creces los efectos nocivos del embargo norteamericano: 40 000 millones de dólares en cifras de La Habana.
Y no es una opinión sino un dato. Recientemente, al referirse a los 200 millones de dólares anuales que recibía el régimen como pago por la estación radioelectrónica de Lourdes, la declaración oficial admitió que ello representaba sólo el 3% de los beneficios perdidos por la desaparición de la URSS. En buena matemática, dicha subvención ascendería entonces a más de 6 600 millones anuales, sin contar la deuda de 20 000 millones que al parecer Cuba no pagará —aducen que la deuda era con la URSS, no con Rusia—. De modo que entre ciclones, sequías y crisis mundiales, la administración cubana olvidó aportar el dato de que, durante treinta años, la compensación económica soviética a cambio de su alineación política hizo del embargo y la beligerancia perpetua hacia Norteamérica, un suculento negocio. Dilapidado, lamentablemente, en ineficacia, mala administración, guerritas extracontinentales y planes hegemónicos de cara al Tercer Mundo.
Cada una de esas crisis y recortes siempre fue acompañada por espléndidos panoramas del futuro. Durante los sesenta se mencionaba a 1970 como el año en que el país se convertiría en la Jauja del Caribe. En los setenta, se pospuso la fecha para la década entrante, que 125 000 cubanos no tuvieron la paciencia de aguardar, huyendo en masa por el Mariel. Los ochenta, quizás la época dorada de la economía socialista, nos abrumaron con noticias de saltos espectaculares en la producción que debían conducirnos al desarrollo. Los noventa fueron el viaje a la semilla de nuestras desgracias, al demostrarse que la relativa bonanza de la década anterior, más que a un crecimiento serio y sostenible de la economía, se debía a un déficit impagable en la balanza de pagos, una de las deudas per cápita más altas del planeta, y subvenciones externas cuyo cese hizo descender en picado la escenografía económica de la Isla.
Durante el llamado Período Especial, no sólo se encontró un culpable directo, sino dos —el efecto USA + Rusia—. Pero bastó un lustro y la multiplicación del capital extranjero invertido en Cuba, para que el Noticiero Nacional ofreciera de nuevo noticias esperanzadoras: cosechas espectaculares, desaforado interés de los inversionistas extranjeros, presuntos saltos de la biotecnología que colocarían al país a la cabeza de las naciones. Con el asalto a las Torres Gemelas, el ciclo de miseria cotidiana vs felicidad futurible, recomienza.
Cuba, como cualquier otro país —máxime ahora, cuando está sometida a las inclemencias de la economía mundial sin el paraguas de las subvenciones—, sufre períodos de bonanza y depresión cuyas causas pueden ser en cierta medida contextuales. Pero no sólo. Lo que no explica el discurso oficial, atento ante todo a su supervivencia, ni sus medios de prensa, nada proclives a los deportes de riesgo, es por qué el país pasó de encabezar la lista de las economías americanas a situarse en la cola, habiendo gozado de más ayudas en medio siglo que todos sus vecinos. Para ello no bastaría la perversidad política (del otro) o la meteorológica.
Hoy Cuba entra en el ciclo dramático. Como tantas otras veces, el señor Fidel Castro exige sacrificios a los ciudadanos. Mañana quizás, como en las buenas religiones, le veremos prometer el cielo siempre que se porten bien y sean obedientes durante su tránsito por este valle de lágrimas. Trabajar hoy con denuedo por la felicidad de nuestros hijos. Para que mañana nuestros hijos trabajen con denuedo por la felicidad de los nietos. Y así sucesivamente. La felicidad futurible, misterio de toda fe que debe ser, como buen dogma, verdad revelada y no cálculo económico, ese arte capitalista y laico, de tenderos y mercachifles.
Hoy el señor Fidel Castro exige sacrificios a los cubanos, un capital de miserias cotidianas y sueños rotos que se amortizará en lo que otras religiones denominan Edén o Paraíso, y en la terminología oficialista, comunismo.
¿Estaría dispuesto el señor Castro a un sacrificio, uno solo, que paliara el que hoy exige a sus compatriotas? Seguramente no. La felicidad de once millones es siempre futurible. El poder de uno solo, no. Según los teólogos, en el Más Allá no existe democracia pero, que se sepa, el dictador es otro.





El archipiélago global

29 10 2001

Circula en Internet un chiste sobre cierta organización norteamericana que pretendió celebrar un debate sobre la escasez de alimentos en el resto del mundo. Pero fue imposible. Cuba no sabía qué significaba «debate». Europa ignoraba qué quería decir «escasez». África no logró descifrar el término «alimentos». Y Estados Unidos decidió contratar a un grupo de especialistas para que le explicaran qué era «el resto del mundo».
Como si pretendiera corroborarlo, el pasado 11 de octubre, el presidente norteamericano George Bush se asombró públicamente del «odio» hacia Norteamérica que percibía en los países árabes. Nadie podría afirmar que ese «odio» es generalizado, pero sin dudas existe. Y una parte se debe al sentimiento de frustración colectiva en los países islámicos. Abatidos por la miseria o subvencionados por los petrodólares que no se han traducido en mayores índices de desarrollo, sienten que están perdiendo el tren de la modernidad. Y la respuesta ha sido una mirada nostálgica a la pasada grandeza o la celebración de la parálisis histórica. Occidente es el chivo expiatorio, porque, salvo excepciones, los ideólogos islámicos se muestran incapaces de enfrentarse críticamente a sus propias responsabilidades. Aunque otra parte de ese «odio» al que Bush se refería, ha sido ganado en buena lid, gracias al apoyo irrestricto a Israel; el empecinado embargo a Irak, que afecta sobre todo a los civiles; las políticas miopes e interesadas ante los conflictos de esas naciones y su alianza estratégica con los poderes más retrógrados y corruptos del Islam que, en su afán por mantener fueros medievales y exportar la interpretación torcida que los sustenta, tampoco están interesados en entender qué significa «el resto del mundo», salvo que se trate de adquirir yates high tech o invertir sus obscenas ganancias en paraísos fiscales. Aunque sería más exacto afirmar que el primer interés de los petrojeques no es excluirse a sí mismos, sino evitar que una información clara y transparente sobre «el resto del mundo» contamine a sus súbditos. De ahí que Al Yazira (La Isla), a la que se ha llamado la CNN árabe, creada originalmente por el Servicio Mundial de la BBC con la cooperación de Orbit, del Gobierno saudí, entrara rápidamente en conflicto con los washabitas cuando éstos intentaron censurar un programa sobre la casa real saudí.
En 1996, el emir de Qatar contrató al equipo de periodistas árabes entrenados por la BBC y les ofreció cinco años de financiación e independencia de criterio; al cabo de los cuales, este canal de noticias y documentales que lo mismo entrevista a miembros de Hamás que a portavoces israelíes, o debate feminismo e Islam en una mesa redonda, tiene una audiencia estimada de 35-40 millones de personas en todos los países de la región, y entre los árabes que han emigrado a Occidente. Una Isla de información seria en un entorno donde la libertad de prensa no es precisamente lo que sobra.
Acusada primero por Estados Unidos de ser el altavoz publicitario de Bin Laden, Yosri Youda, director editorial de Al Yazira en Londres, respondió que tenían la suerte de ser los únicos en Kabul, como la CNN tuvo la suerte de ser la única cadena en Damasco cuando la Guerra del Golfo. Y ello no presuponía una complicidad de la CNN con Sadan Hussein.
Claro que la objetividad es siempre relativa. Si observamos sus transmisiones sobre el conflicto, veremos que sin dar la espalda al «resto del mundo», el peso de la información está condicionada por su público, por su Isla particular de teleespectadores, que acceden inmediatamente a lo que los medios norteamericanos han decidido silenciar o atenuar: el efecto en tierra de los bombardeos, los «efectos colaterales», la población hambreada que huye despavorida, las protestas en diferentes países. Incluso la administración norteamericana, que hasta ahora había hecho hincapié en facturar una visión de la guerra de cara a sus electores, ha comprendido la necesidad de dirigirse a ese «resto del mundo» directamente involucrado: los países islámicos. De modo que durante los últimos quince días Hefez al Mirazi, delegado de Al Yazira en Estados Unidos, ha sufrido un verdadero acoso de políticos norteamericanos deseosos de dirigirse al público árabe: Colin Powell, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld ya han ofrecido a través de La Isla su versión de los hechos.
En sentido contrario, el público norteamericano continúa recibiendo una cuidadosa selección de los acontecimientos, y difícilmente las grandes cadenas de la nación admitirían —tras la concertación de un pacto de prudencia y silencio con el Gobierno— transmitir entrevistas equivalentes a Bin Laden o al mullah Omar.
Como en tiempos de paz, las palabras son armas. Sólo que en tiempos de guerra se insulariza la «libertad de información», y los ciudadanos comienzan a recibir la parcela de la verdad que se considera adecuada: imágenes asépticas de la guerra tomadas por los satélites, blancos abatidos con exactitud milimétrica, tropas dispuestas al combate. Es entonces cuando la información se acerca peligrosamente a la propaganda, según un modelo que los cubanos conocemos bien. Porque la prensa totalitaria se adapta mejor a los intereses castrenses (no es una errata, aunque también).
En el caso de Cuba, a la insularidad geográfica, se añade la insularidad de la información sobre este conflicto, eximiendo a los lectores de todo «efecto colateral». Los titulares de un solo día, por ejemplo, recitan:
«Bombardeos calificados de carnicería en localidad afgana».
«Se multiplican en todo el mundo las manifestaciones contra la guerra».
«Pide comisionada de Derechos Humanos de la ONU cese de los bombardeos».
«Ulemas afganos llaman a la guerra santa».
«Anuncia Bush la supuesta neutralización de la red Al Qaeda».
«Mito y realidad de las Fuerzas Especiales de EE.UU.».
Conclusión: Ante el repudio universal, Estados Unidos masacra al pueblo afgano, que se defiende con valentía, haciendo «supuesta» la neutralización de la red (sólo «red», como Internet, no red terrorista) Al Qaeda; cosa que está en veremos, dado que las Fuerzas Especiales norteamericanas son más mito que realidad.
Y aunque en una mesa redonda se admite «que 36 países han ofrecido medios militares a Estados Unidos, otros 46 dan ayuda adicional, 23 derecho a aterrizaje de naves aéreas y 23 instalaciones de alojamiento para personal de guerra norteamericano», algo que no juega muy bien con el «rechazo universal»; se escamotea el respaldo de Rusia o China, el apoyo de Arafat y de la conferencia de países árabes a Norteamérica, o la tácita confesión de bin Laden y su intención de multiplicar masacres como la de Nueva York. Se escandaliza la prensa cubana, eso sí, de la censura impuesta a la prensa en Estados Unidos, y de los amplios poderes concedidos al FBI, «una práctica muy peligrosa por cuanto se aprueban leyes y enmiendas que no se leen ni se discuten, todo con el pretexto de la situación excepcional que vive el país». Algo así como el aura diciéndole pescuecipelao al guanajo.
Muchas cosas nos demuestra esta guerra. Una de ellas es que el planeta no es tan global como parecía. Empezando por la verdad, corregida y editada a la medida de los intereses de cada cual, insularizada hasta el punto de que bien podríamos sutituir la tan cacareada «aldea global» por el «archipiélago global», donde habitan los robinsones de la verdad mediática, que es tan fácil confundir a veces con la verdad a medias.





Nuestra señora de los espías

24 10 2001

El 11 de febrero de 1858, en las afueras de la ciudad francesa de Lourdes, región de los Altos Pirineos, cerca de la gruta de Massabielle, ocurrió la primera de las dieciséis apariciones marianas. Aunque las visitas celestiales eran en exclusiva para una joven campesina llamada Bernadette Soubiron, pronto se convirtió en un fenómeno mediático, y posteriormente sanitario, económico. De modo que hasta fines de 1998 los archivos de la Oficina Médica de Lourdes registraban 6.772 curaciones, de las que 66 han sido declaradas «milagrosas» por la Iglesia.

Sesenta kilómetros al sur de La Habana, en otra localidad también llamada Lourdes, ha funcionado durante 37 años un Centro Radioelectrónico de espionaje ruso. Lo milagroso de este suceso es que, surgido en plena era glacial de las relaciones cubano-soviéticas, tras el berrinche de Fidel Castro contra Kruschev por llevarse los misiles en 1962 sin pedirle siguiera su opinión; haya sobrevivido al desplome del campo socialista. Milagroso que perdurara tras la casi extinción de las relaciones cubano-rusas, y el fin de la guerra fría. Que se mantuviera en activo durante la Era Yeltsin. Y, más milagroso aún, que sea el antiguo KGB Vladimir Putin quien le dé el tiro de gracia.

El cierre de la estación anunciado por los rusos fue intempestivo y tomó por sorpresa a La Habana, dado que se encontraban en esos momentos en conversaciones sobre el destino de la base y la exigencia de los eslavos de disminuir drásticamente los US$200 millones anuales de arrendamiento. Claro que la prisa de Putin se debía al deseo de anunciar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) de Shanghai dos obsequios para sus nuevos aliados norteamericanos: el desmantelamiento de la base vietnamita de Cam Ranh, y del Centro de espionaje Radioelectrónico en Cuba. Y lo anunciaron.

Putin se refirió al «mundo rápidamente cambiante» y a las nuevas «prioridades»: la lucha contra el terrorismo internacional —donde incluye a sus secesionistas chechenos—. Claro que el señor Fidel Castro no parece dispuesto a asumir los cambios de este mundo, y sus prioridades son las mismas de siempre. Habló también el presidente ruso de la base cubana como “tarea secundaria”, cosa que desde Kruschev siempre duele al mandatario cubano quien, según Putin, «ha sido informado de ello». Informado no significa consultado. Cómo le dolería que el presidente norteamericano afirmara al respecto que esta “es otra indicación de que la Guerra fría terminó. El presidente Putin entiende que Rusia y Estados Unidos ya no son adversarios».

La reacción del gobierno cubano ha sido inmediata y virulenta, subrayando en su declaración oficial del 17 de octubre que:

1-A diferencia de Cuba, Vietnam es un país que no corre riesgos de agresión por Estados Unidos, país con el que mantiene relaciones normales.

2-“A pesar de incumplimientos flagrantes de acuerdos, daños económicos y riesgos para Cuba”, el gobierno accedió a la permanencia del centro de Lourdes. Los 200 millones de arrendamiento —fueron 90 en 1992, 160 entre el 93 y el 95, y 200 desde 1996—no son ni el 3% del daño ocasionado a Cuba por la desintegración del campo socialista y “la anulación unilateral de todos los convenios”.

3-“Cuba se beneficiaba con parte de la información adquirida, relativa a la seguridad de nuestra Patria”.

4-Las presiones rusas para rebajar el precio de arrendamiento eran “algo habitual cada año en los análisis de los incumplimientos reiterados de las obligaciones por la parte rusa”. Aunque de un tiempo a esta parte se habían producido “exigencias injustificables y exageradas de reducir el pago de los servicios, dada la triplicación del precio del combustible, principal producto de exportación de Rusia, y la evidente mejora de su economía, que se expresaba, entre otros hechos, en que las reservas crecieron de aproximadamente 12 mil millones a más de 30 mil millones”.

5-Este “sería el momento más inoportuno” para desmantelar el centro de espionaje, dada “la política agresiva y belicista del gobierno de Estados Unidos”, de modo que “muchos países están amenazados”. Siendo esto “un mensaje y una concesión al gobierno de Estados Unidos que constituía un grave peligro para la seguridad de Cuba”.

6-Asegura que “el acuerdo sobre el Centro Radioelectrónico de Lourdes no está cancelado, ya que Cuba no ha dado su aprobación, y resultará necesario que Rusia continúe negociando con el Gobierno cubano”.

Una prueba de que al gobierno cubano no le es ajeno el sentido del humor, es la tesis de que quizás Putin “debido al cambio-horario, no tuvo oportunidad de recibir a tiempo nuestros (…) argumentos”, o que Cuba mantiene un gran respeto por Rusia y se abstiene de hacer cualquier crítica.

Algo que la declaración cubana no explica es por qué Vietnam, el país que ha sostenido con Estados Unidos la guerra más larga y sangrienta, mantiene hoy relaciones normales con ese país. O por qué el Vietnam devastado hace veinte años, presta hoy ayuda económica a Cuba. Tampoco se menciona, cuando se habla de “incumplimientos flagrantes de acuerdos” por parte de los rusos, o cuantiosos daños como consecuencia de la desintegración del campo socialista, que Cuba debe a Rusia 20.000 millones de dólares, deuda que al parecer ha apuntado en el hielo. Aunque se afirma que Cuba se beneficiaba de información obtenida por los rusos (lo que nos permite matizar la casi-afirmación cubana de que mantener la base era un evento solidario), no se dice con quién la compartía, a cambio de qué o a quién se la vendía.

Recordar precisamente ahora la mejoría de la economía rusa, es cuando menos sorpresivo para el lector cubano. Los crédulos lectores de Granma, en los últimos 10 años, sólo han recibido noticias de que Rusia y sus antiguos socios del Este se han hundido en la miseria y la desesperación.

Cuando la declaración cubana afirma que éste “sería el momento más inoportuno” para desmantelar el centro, al estar Cuba casi a punto de ser invadida, ni se le ocurre que puede ser el momento más oportuno para Rusia, cuya cancillería acaba de afirmar: «Es evidente que nosotros esperamos medidas recíprocas. Los centros de inteligencia electrónicos estadounidenses creados en el período de la Guerra Fría continúan sus actividades en países vecinos de Rusia». Tal como afirmó el 18 de octubre en la televisión rusa el Teniente General (retirado) Nicolai Leonov, ex jefe de la dirección de análisis de la Inteligencia soviética, “los ucranianos lanzaron un cohete contra nuestro TU-154 y los norteamericanos fueron los primeros en detectar que fue tumbado por un cohete”. Demostrando que para Rusia es más importante el cese del espionaje norteamericano que su base cubana.

La declaración gubernamental cubana tampoco esclarece por qué el país se encuentra entre los que dan cobijo al terrorismo. Podría deberse a la presencia en la Isla de especialistas en demolición del IRA, narcoguerrilleros colombianos, y tiradores a la nuca pertenecientes a ETA. Aún así, difícilmente Cuba sea atacada. Claro que no sorprende a nadie la viaja táctica de “ahí viene el lobo” de cara al mercado interno. Es una técnica que ya practicaban los pastores del Viejo Testamento para evitar la desbandada de sus ovejas.

Lo que sí necesita desesperadamente La Habana, en un momento en que peligran las remesas de los exiliados, son esos 200 millones.

Por último, es risible que La Habana declare nula la decisión rusa hasta tanto no negocien con ellos, cuando los rusos pueden, simplemente, recoger sus maletas y dejarles de recuerdo un mausoleo al espionaje del siglo XX.

El exilio cubano ha reaccionado de dos modos diametralmente opuestos, pero igualmente erróneos a la noticia: Una parte subraya que el cierre de la estación «no aminora el peligro de Fidel Castro». La otra, augura que este hecho contribuirá a normalizar las relaciones de La Habana con Washington. Ni la una ni la otra. A pesar de su política de beligerancia retórica (dirigida básicamente al lector doméstico), Cuba no constituye un peligro para Estados Unidos. Tampoco se producirá ningún cambio como consecuencia. La razón es sencilla: el señor Fidel Castro necesita la beligerancia para justificar la desastrosa realidad cubana, y para concitar la cada vez más escasa y nostálgica solidaridad internacional. El destino de sus súbditos es secundario. Su papel de agitador local es cada vez más exiguo. Y sin poderosos aliados, su capacidad económico-militar de fomentar la subversión o mantener guerras externas es, simplemente, nula.

Pero bien podría el mandatario cubano aprovechar las ruinas de Lourdes, e instaurar un centro de peregrinaje y descanso para los espías del planeta, con jacuzzi y conferencias de terroristas vascos, colombianos o irlandeses. En definitiva, la Lourdes gala, con menos de 20.000 habitantes, algunos milagros y mucho marketing, se ha convertido en la segunda ciudad hotelera de Francia, con un total de 278 instalaciones. Ahora que decae el turismo de sol y playa, puede que San Dzerzinsky lo salve de la ruina.

 

La virgen de los espías”; en: Cubaencuentro, Madrid,24 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/24/4467.html.

 





Período especial en tiempos de guerra

22 10 2001

En 1990, ante la inminente desintegración de la Unión Soviética, se habló por primera vez del «Período Especial en Tiempos de Paz», eufemismo para nombrar la crisis más profunda en la historia de Cuba, que se haría realidad meses más tarde. La denominación es de una ambigüedad digna de la mejor literatura: período de duración indeterminada, especial quién sabe por qué, y los “tiempos de paz” muy relativos, dado que la supervivencia del poder en Cuba está íntimamente ligada a la beligerancia perpetua. La culpa de todos nuestros males, que hasta entonces detentara en exclusiva el Imperialismo Yanqui, fue repartida equitativamente, abonando sus cuotas a Rusia y al antiguo campo socialista.

Es ya una tradición en la Cuba socialista y tropical que desde el anuncio de una exitosa cosecha en el noticiero hasta su aparición en el mercado transcurre un período entre largo e infinito. Las consecuencias del anunciado período especial, en cambio, fueron inmediatas: drástica disminución del transporte público, reducción o eliminación de todo combustible, cierre de empresas y masificación del paro, cortes de electricidad que alcanzaron ritmos de 8 por 8 horas, paralización de las construcciones sociales y de infraestructura, reducción del suministro alimentario a 0,4 kg por día por habitante (sólo 27 g ricos en proteína); enfermedades propiciadas por avitaminosis y aproteinosis, como neuritis y beriberi, agravadas por la falta de medicamentos. Se esfumaron las malangas de Moldavia y las yucas de Cracovia. El peso disminuyó entre 50 y 100 veces su poder adquisitivo en apenas unos meses.

En breve, la crisis, entronizada ya como modus vivendi, fue mutando hasta crisis de valores: se multiplicó geométricamente la prostitución, creció la delincuencia, la malversación y la economía subterránea. El mercado negro ocupó el lugar del mercado y se hizo realidad lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R» (Resistir, Robar o Remar). Dado que el trabajo (salvo excepciones) dejó de ser una vía digna y segura de subsistencia, se instauró una nueva picaresca de la supervivencia (to have dollars or not to be). Los padres aspiraron a un título universitario; los hijos, a ser camareros para agenciarse unos verdes de propina. O echarse al mar en una balsa, hacia el Miami Paradise (si los tiburones del Canal no se interponen). Sin otra solución para rebasar la crisis que las continuas apelaciones al «espíritu de resistencia», más que el jabón o los frijoles, el artículo más deficitario en la Isla de ese “Período Especial en tiempos de paz”, es la esperanza.

Una década más tarde el país se ha integrado por fuerza a los mecanismos de la economía mundial, tendiendo una alfombra roja al inversionista foráneo. Florecen empresas y chiringuitos mixtos, se ha estabilizado la inflación (22 patriotas criollos para comprar un Washington) y una nueva clase se codea en los selectos predios de la noche habanera con el cuerpo diplomático y la aristocracia del poder: los empresarios extranjeros. Los renglones tradicionales permanecen estáticos o, en el caso del azúcar, tienden a alcanzar niveles del siglo XIX. La economía ha comenzado a mostrar pequeños índices de crecimiento que permitirían, en algo más de una década, recuperar los niveles de 1989. El favorable convenio energético con Venezuela conjura por ahora los apagones. Y la Isla olvida sus sueños de industrialización para convertirse en un país de servicios, aunque ello a su vez sirva de estímulo a las producciones locales, sobre todo en la industria ligera y la alimentaria.

El turismo, con 1.800.000 visitantes el año pasado, se ha convertido en el principal ingreso de Cuba (2.000 millones de dólares brutos, de los 5.000 millones que obtiene el país de sus exportaciones, en cifras ofrecidas por el diario El País), seguido por las remesas monetarias del exilio (1.000 millones de dólares al año), la fuerza de trabajo cubana más rentable para las autoridades, que recaudan el impuesto del amor familiar, sin necesidad de ofrecer ninguna prestación a cambio. En lo esencial, las garantías sociales emblemáticas se mantienen, aunque mutiladas por la escasez de recursos. Crece a buen ritmo la emigración, y el país sufre una sangría de mano de obra altamente calificada.

La urgente reforma de la economía cubana, otorgando a los nacionales espacios, un marco legal y estímulos para la creación de riqueza, ha sido suplantada por tímidos (y reversibles) retoques cosméticos, destinados a instaurar un capitalismo para extranjeros que subvencione el socialismo para cubanos, cuya libertad económica podría ser el preludio de otras libertades.

Si un cubano no forma parte de la reducida cúpula, o del selecto clan de profesionales, funcionarios y artistas que cobrar en dólares; si aspira al privilegio de comer dos veces al día, vestirse, calzarse y evitar que el techo de la casa le caiga en la cabeza, deberá optar por uno o más de los siguientes caminos:

1- (Sobre)vivir de la solidaridad familiar.

2- Agenciarse un puesto de trabajo que lo aproxime al dólar (turismo, empresas mixtas).

3- Dedicarse a actividades paralegales (trapicheo, bolsa negra, grabación de CD piratas, alquiler de ejemplares de la revista Hola) o francamente ilegales (prostitución y proxenetismo, robo, extorsión, tráfico de drogas).

4- Remar (bien sea por vía marítima o aérea).

El país se ha abierto al mundo, pero no a sus ciudadanos. Y como consecuencia, más de la mitad de la economía —turismo, remesas— dependen de factores externos e incontrolables para el Estado cubano —afluencia de turistas, altruismo y solvencia económica del exilio—. En estas circunstancias, tiene lugar la Primera Guerra Mundial contra el Terrorismo, y su batalla inicial en Afganistán. Los resultados inmediatos en Estados Unidos han sido masivos despidos en las compañías aéreas y otras relacionadas con el turismo, inestabilidad o francos baches financieros, y la previsión de futuros recortes de plantilla en diferentes sectores.

Esto inaugura en Cuba el Período Especial en Tiempos de Guerra, cuyos efectos ya han empezado a sentirse en el sector turístico. Durante la primera quincena de octubre la afluencia ha descendido un 10%, y se teme que la cifra pueda llegar al 25%, haciendo casi imposible alcanzar este año los 2.000.000 de visitantes previstos. El Hotel Capri ha aprovechado la inesperada temporada baja para cerrar por reformas. El Hotel Cohíba ha cerrado 11 plantas y enviado a casa a 200 trabajadores. Las paladares de la ciudad confiesan descensos del 30% de las ventas, según algunas fuentes, y se nota el bajón entre taxistas, arrendadores de viviendas, jineteras y vendedores de suvenires. Aún así, La Habana ha sufrido menos el reciente miedo a viajar que los polos de Varadero y los Cayos.

Cien mil cubanos trabajan en el turismo, obteniendo entre 5 y 10 dólares diarios por concepto de propinas. Otros 50.000 dependen (legal o ilegalmente) del turista. Si consideramos a sus familiares cercanos, serían entre 500.000 y 700.000 los cubanos cuya supervivencia depende directamente del sector. De ser enviados a casa una parte de esos trabajadores, devengando el 60% de su salario en pesos, ello significaría (para un trabajador que gane 300 pesos y reciba US$7,50 de propina al día) una reducción efectiva del 95% de sus ingresos.

Un segundo factor a considerar en este Período Especial en Tiempos de Guerra son las remesas familiares, procedentes, en primer lugar, de Estados Unidos. Al parón en su crecimiento que ya venía sufriendo la economía norteamericana, se suman ahora las consecuencias directas de las acciones terroristas y la guerra. Ello puede afectar, y de hecho ya está afectando, la economía de los cubanoamericanos, reduciendo su capacidad objetiva de mantener al mismo nivel las remesas familiares. A lo que se suma la afectación subjetiva: ante anuncios de crisis o barruntos de depresión, aumenta la tendencia ahorradora y disminuye el gasto. Uno de los renglones que pueden sufrir recortes son las remesas, presuntamente vitalicias, sobre las que descansa la supervivencia de muchas familias cubanas, condenadas a no invertir (legalmente) ese dinero en actividades empresariales que les emancipen económicamente.

Si son correctos los estimados, más de 1.000.000 de familias se benefician directamente de esas remesas, bien sea en dinero o en especias. A lo que se añade un efecto multiplicador: tanto ellos como los que dependen del turismo, constituyen, a su vez, la más importante fuente de ingresos para la economía sumergida. Un drástico descenso de estos dos modus vivendi, bien podría afectar a casi toda la población cubana. Máxime en zonas fuera de la capital, donde algunos hoteles y el exilio son las dos únicas aportaciones de divisas a la circulación local.

Un país drásticamente endeudado, ajeno a los organismos crediticios internacionales y sin fuentes de ayuda o financiación externa, debería aprovechar esta amenaza de quiebra para replantearse los términos de su política económica. Puede que la reacción de las autoridades cubanas sean nuevas exhortaciones al sacrificio, mesas redondas, acusaciones a la Mafia tacaña de Miami o a los turimperialistas que no vienen. En cualquier caso, bien les valdría formular, aunque sólo fuera como hipótesis, si el monopolio del poder resistiría sin resquebrajarse, al mejor estilo de sus amigos asiáticos, la concesión de una dosis de libertad económica a sus ciudadanos. Abrirse al mundo sin antes abrirse a sus propios ciudadanos no es (ni siquiera) una apertura de inspiración china. Es sólo un cuento chino.

 

Período especial en tiempos de guerra”; en: Cubaencuentro, Madrid,22 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/economia/2001/10/22/4415.html.

 





Ántrax que anochezca

19 10 2001

Remedando a Reinaldo Arenas, este sería el título de la novela epistolar que está publicando por entregas Osama Bin Laden, su organización Al Qaeda, o quien se encuentre tras la invasión de Ántrax que tiene aterrada a la población norteamericana, y en estado de temor latente al resto de Occidente. Ántrax que anochezca en Occidente, y amanezca para el Islam, podría ser el slogan de esta campaña.

Bob Stevens fue la primera víctima. Ya superan la veintena los casos reportados. Y pueden ser muchos más en un plazo relativamente breve.

El bioterrorismo, que hasta el momento ha atacado La Florida, New York y Nevada, nos demuestra lo fácil y económico que resulta perpetrar un ataque cuando se plantea una guerra donde no existe ningún distingo entre militares y civiles, entre culpables e inocentes. Para los bioterroristas, Occidente es culpable, por lo que puede celebrarse como baja enemiga la muerte de un senador, de un soldado, de un periodista o de un niño, siempre que resida en suelo enemigo.

Judith Miller, experta en bioterrorismo y periodista del New York Times, ha restado importancia a este modo barato de “sembrar el terror” empleando algunas esporas y un puñado de talco. Pero precisamente en su facilidad y bajo coste se encuentra su pavoroso potencial: no se requieren sofisticados medios de distribución ni tecnología punta. Bastan algunos sobres y sellos, o dejar caer un bidón de líquido en la presa que abastezca de agua a una población, o reventar un bote de gas en un vagón del metro. Más fácil aún si el terrorista, para llevarse por delante a un centenar de infieles, está dispuesto a viajar directo al paraíso, donde le aguarda una cuadrilla de huríes (sin burka).

Porque en el argot del terrorista no hay víctimas colaterales. Todo Occidente es culpable.

Estados Unidos, en cambio, deberá jugar con otras reglas si no desea incurrir en la misma barbarie que combate. La Casa Blanca ya ha reconocido algunos errores y víctimas colaterales de sus bombardeos. El último, un depósito de Kabul perteneciente a la Cruz Roja. Y antes que acabe la guerra, serán reportados más, con su saldo de afganos inocentes, víctimas por igual de la venganza estadounidense y de la soberbia medieval de los talibanes. Por muy buena vista de que se precien los satélites espías, por muy pavorosamente perfectos que sean los misiles y los bombarderos, siempre habrá un fallo técnico o un error humano que se traduzca en un montón de cadáveres y edificios mutilados.

Al tomar Kabul en 1996, los talibanes cañonearon con saña la ciudad, convirtiéndola en devotas ruinas. Jamás contabilizaron sus víctimas colaterales, quizás porque al enviarlas al cielo con sus obuses bendecidos, les hacían un enorme favor.

Documentos confidenciales redactados por personal de la ONU en Afganistán dan fe de que los talibanes, bajo las órdenes del mulá Muhamed Omar, cometieron 15 matanzas de civiles en el norte y el oeste del país, durante los últimos cuatro años, para imponer su ley. Ciento setenta y ocho personas fueron asesinadas en Yakaolang. Las víctimas han sido preferentemente hazaras, de profesión shií. Entre los asesinos figuran, además de los talibanes, milicianos paquistaníes y activistas de Al Qaeda. Los talibanes negaron los hechos y, según la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, Mary Robinson, se negaron a recibir una comisión investigadora. En su retórica, los talibanes tampoco contabilizaron a esos civiles como víctimas colaterales. El mero hecho de no querer someterse mansamente a su ley los convertía en enemigos, no sólo de los mulás y sus estudiantes, sino de la fe.

Tampoco contabilizan, por supuesto, las vidas anuladas, los cadáveres de medio Afganistán que caminan dentro de esas tumbas portátiles, las burkas.

Y ahora mismo, Francesco Luna, portavoz del Programa Alimentario Mundial (PAM) notifica que un convoy de alimentos atravesó sin obstáculos la frontera por Peshawar hacia Kabul. Pero otro convoy, cargado con 475 toneladas de alimentos en 15 camiones, y que debía dirigirse desde Quetta hacia Herat, en el oeste del país, se encuentra detenido. La causa es que los talibanes imponen al convoy un “impuesto” de 32 dólares por tonelada y exigen la garantía de que el trigo no sea norteamericano. Sin ser especialista en lógica islámica, el sentido común se resiste a semejante monstruosidad: quienes dicen defender Afganistán contra el Imperio del Mal, extorsionan a los organismos internacionales que pretenden paliar la hambruna de su propio pueblo. ¿Quién será el culpable de que miles de personas mueran colateralmente de hambre? Desde una lógica aberrante y un total desprecio hacia la vida de sus compatriotas, se entendería que rechazaran la limosna de Occidente. Pero la admiten, siempre que Occidente les pague por ello.

Los talibanes que hasta ayer no aceptaban periodistas occidentales en el país, ahora los invitan a tournées colaterales, mostrando niños heridos, edificaciones civiles derruidas y aportando cifras de muertos imposibles de comprobar, pero que algunos medios dan por buenas.

Si los talibanes han convocado la yihad, que en su interpretación es la cruzada total contra los infieles, bien podrían aplicar este razonamiento al bando contrario, y considerar que para Estados Unidos todo hijo de Alá es un enemigo —una tesis que incorporan a sus soflamas dirigidas al mundo islámico—. Para los talibanes un campesino o un niño bombardeados deberían ser mártires de la fe y no víctimas inocentes. Pero no es así, precisamente porque quienes prescinden de toda limitación moral en sus ataques terroristas, sí toman en cuenta las limitaciones morales del enemigo.

Suponer a los mulás estrictos fundamentalistas dispuestos al martirologio en nombre de su fe empieza a ser un concepto difícil de compaginar con la extorsión, los rejuegos del marketing y la doble moral, el enrolamiento forzoso de fieles ma non tropo, y los indicios de una muy reciente disposición a pactar condiciones para un cese de los ataques (con el propósito, sin dudas, de conservar una suculenta tajada del poder).

No es ocioso airear los “daños colaterales” como consecuencia de los bombardeos. Y Occidente, en consonancia con sus principios, tiene la obligación de minimizar los efectos nocivos de esta guerra sobre los civiles, paliar la hambruna y contribuir mañana a la reconstrucción de ese país. Pero quienes se escandalizan ante una bomba que destruye un depósito de Cruz Roja, también deberán escandalizarse, con el mismo entusiasmo, ante el peor efecto colateral que ha sufrido Afganistán en su historia: la barbarie de los talibanes y sus colaboradores de Al Qaeda, dispuesta ahora a extenderse ántrax que anochezca, y si nadie se lo impide, a todo Occidente.

Antrax que anochezca”; en:El Nuevo Herald, Miami, 31 de octubre, 2001 http://www.miami.com/elnuevoherald/content/opiniones/digdocs/110367.htm.

Ántrax que anochezca”; en: Cubaencuentro, Madrid,  19 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/19/4377.html.





Multiusos de la palabra

11 10 2001

Con la participación de un centenar de periodistas cubanos y 300 invitados de 29 países latinoamericanos, se celebra en el Palacio de la Convenciones de La Habana el Congreso de Periodistas Latinoamericanos y Caribeños. Presidido por el señor Fidel Castro, éste definió su agenda como “batalla de ideas, de la verdad contra la mentira”. Sus debates se han centrado en la necesidad de difundir una verdad alternativa ante la hegemónica y monocorde concertada por las transnacionales de la información.

Entre los temas tratados, el mexicano Luis Suárez, presidente de la FELAP, llama a precaverse contra el pensamiento único, y buscar propuestas novedosas para afrontar la tergiversación de las trasnacionales. Algo que según el periodista venezolano Guillermo García Ponce, ocurre con la satanización de su presidente Hugo Chávez. O el silencio que hace la prensa sobre los terroristas de origen cubano detenidos en Panamá, en contraste con la avalancha de información sobre el atentado del 11 de septiembre. Dos sucesos que, a juicio de algunos participantes en el evento, tienen similar valor noticioso.

Edmundo Lébano, decano de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de San Marcos, en Perú, aportó la nota conceptual al llamar a la unidad entre contenido y forma, algo novedoso aunque siempre de la impresión de haberlo escuchado antes. De la encuesta realizada a pie de calle durante sus horas de estancia en La Habana, el Señor Liébana concluye que a juicio de la población cubana, los gobernantes del país no se roban el dinero. Y exclama enternecido: «Qué hermoso que el socialismo signifique honradez». Si el decano tiene la oportunidad de disfrutar en estos días la prensa local, arribará a otra conclusión complementaria: que en caso de robárselo, tampoco nos enteraríamos. Sin ir más lejos, posiblemente sea Cuba el único país del planeta donde la televisión no ha difundido el escenográfico comunicado de Osama bin Laden, grabado mucho antes pero emitido después del primer ataque, en que llama a la yihad contra Occidente, amenaza a Estados Unidos con nuevos atentados, y deja implícita su autoría en los sucesos de NY. Eso a pesar de que Granma aseguraba que «nuestro pueblo será informado con la máxima objetividad de cada hecho que vaya sucediendo”. Y el Granma al parecer está mejor informado que el Pentágono, porque afirma que “No hay batallones ni ejércitos de terroristas». De modo que cuando en las mismas páginas se refieren a un campamento de Osama bin Laden destruido por los bombardeos, seguramente se tratará de algún camping en su modalidad afgana.

En el Congreso se habló del clima de seguridad (del Estado) en que viven los profesionales cubanos, en contraste con los periodistas muertos en Latinoamérica en el ejercicio de su labor. El fundamentalismo mediático, la manipulación de imágenes y la censura de prensa que rodeará la guerra recién empezada, o la hipócrita “libertad de prensa” de que blasona Occidente, dado que esa libertad, según el profesor de Brasilia Helio Doyle, nunca es absoluta. El argentino Ricardo Horvath se refirió a la guerra cultural que ha declarado Norteamérica al mundo “mediante fórmulas de seducción”. Y Ariel Terrero, de Bohemia, mencionó la preferencia de los grandes medios por el espectáculo antes que por la información veraz.

Por su parte, Tubal Páez, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, recordó que el congreso se efectuaba a iniciativa del Periodista en Jefe, y se refirió a los efectos del neoliberalismo en el sector: desempleo, salarios basura, ruptura de la solidaridad, fragmentación o liquidación de organizaciones gremiales, imposición de contenidos a los medios. Algún periodista cubano, despistado, confundió por unos instantes a Tubal Pérez con un integrista de la verdad, que llamaba a la yihad periodística en Cuba haciendo estallar una autocrítica kamikaze. Pero de inmediato se percató de que no. Se refería, claro está, a la prensa de las multinacionales, convertida “en formidables máquinas de hacer dinero”.

También se requirió mucha atención a los periodistas del patio cuando se habló de “la búsqueda de alternativas para enfrentar el pensamiento hegemónico”, porque se trataba en este caso del “pensamiento hegemónico” y “el poder económico mundial”. No del otro. Ya se les advirtió a la entrada que éste era un Congreso Internacional.

FC se refirió, por su parte, a la experiencia cubana en la transmisión de mensajes mediante la prensa, “sobre todo durante los últimos 23 meses”. Al respecto, aseguró que es esencial la combinación de diferentes medios para hacer llegar el mensaje —y si se pueden usar todos los medios todos los días y a toda hora del día, mejor—. Con toda modestia afirmó que “hemos ganado alguna experiencia en técnicas de divulgación, lo mismo a través de la prensa escrita, la radio, la televisión o el empleo de Internet”. Y llamó a la unidad de las personas de buena voluntad que se encuentran en desventaja “frente a una diabólica y poderosísima maquinaria de transmitir mentiras y engañar al mundo”. Esta vez, la sonrisa del periodista despistado de la última fila quedó sobreseída por los aplausos.

 

Multiusos de la palabra”; en: Cubaencuentro, Madrid,11 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/10/11/4244.html.

 





Prestidigitación

8 10 2001

Dominar las habilidades escapistas de Houdini. Convertir halcones en palomas. Extraer la carta exacta en el momento justo. Sacar un enemigo útil del sombrero vacío. Y más tarde serrucharlo ante los espectadores, pretendiendo que el enemigo sonría a la cámara y corrobore la buena fe del mago. Todas estas, juntas, son las diversas técnicas de prestidigitación que está poniendo en práctica el gobierno cubano. De probarse su eficacia, recibirá el diploma cum laude en las artes de la manipulación.

Muchos escritores se han referido a la magia del idioma, pero sólo he podido constatarlo en el artículo “Terminología y manipulación”, publicado por el diario Granma. En él se nos aclara que la yihad es un “combate espiritual”, contra la opresión y la injusticia, siempre defensivo y jamás dirigido contra civiles inocentes (lo dice el Corán). Su ámbito es “la purificación espiritual individual y el esfuerzo por mejorar la calidad de vida de la sociedad”. Esa es la razón por la que en NY los terroristas aguardaron a que las torres estuvieran atiborradas de comandos de elite disfrazados de secretarias y ejecutivos. O que una discoteca judía se llenara de agentes del Mosaad, bajo la apariencia de adolescentes domingueros. En ambos casos las víctimas pasaron a mejor vida. Si a eso se refiere la mejora aludida por el diario cubano. Claro que la presencia de intereses norteamericanos en países islámicos puede interpretarse como una agresión (según Granma), ajustándose a derecho (coránico) la convocatoria a la yihad. Aclara el periodista que el Islam aborrece el suicidio, aunque poco más adelante refiere que los suicidas de la yihad —“personas capaces de inmolarse por los conceptos religiosos en los que creen”, y de paso inmolan a los demás— alcanzarán el cielo mediante esa fórmula del martirologio. Cosa rara, dado que en una sola detonación volatilizan dos preceptos coránicos: son suicidas y asesinos de inocentes.

Un tipo de magia interpretativa se acaba de producir al comentar el apoyo del presidente Bush a un futuro Estado palestino. El mundo lo interpreta como un importante paso, a contrapelo de su colega Sharon, para resolver el mayor foco de conflicto en el mundo árabe, imprescindible para la extirpación global del terrorismo. Las autoridades cubanas lo han calificado como mera retórica en busca del apoyo de los países árabes a su causa. Si hubiera dicho lo contrario, se trataría de apoyo irrestricto al opresor judío. Y si no hubiera dicho nada, silencio cómplice. Claro que esta es una magia menor, que ya sólo causa asombro en los parvularios. Cuba es el país que más respeta los derechos humanos, el único verdaderamente democrático, donde no hay presos de conciencia, etc. Meter un pañuelo rojo en la chistera, y sacarlo tan rápido que parezca azul.

Pero la Política Mandrake no se reduce a la semiótica. Las autoridades cubanas muestran una sorprendente preocupación por el exilio cubano en Estados Unidos, que “puede ser arrastrado por la furia xenófila de los norteamericanos». Luis Sexto se lamenta de que cualquier cubano residente en Estados Unidos podría ser acusado indiscriminadamente de terrorista. Olvidando que sus cinco Luises anteriores les acusaban indiscriminadamente de mafiosos. Varios entrevistados temen por la vida de sus familiares en Estados Unidos, víctimas de «la intolerancia del pueblo norteamericano” (sensu Renato Recio). Amén de que los jóvenes cubanoamericanos serán utilizados como “carne de cañón” en la próxima guerra. Una comprensible preocupación de La Habana, dado que Afganistán queda más lejos que Angola y que Etiopía, y en estos tiempos ocurren muchos accidentes aéreos.

Este tipo de magia es la evolutiva: el gusano de los 60 se mete en el sombrero, y a fines de los 70 sale una mariposa cargada de regalos, miembro de la colmena llamada “comunidad cubana en el exterior”; el mafioso de los 90 se extrae a fines de 2001, convertido en dulce conejito, víctima del águila imperial. Darwin nuestro que estás en los cielos. A este paso, puede que mañana nos descubran que Miami no está poblada por exiliados, sino por androides fabricados por el Pentágono para confundir a la opinión pública mundial, o por invasores extraterrestres que bailan casino en el Nostalgia con el perverso fin de despistar a la especie humana.

Por último, acompañando al pésame a las víctimas, los sentidos votos antiterroristas, y su adhesión (a regañadientes, pero adhesión) al tratado formulado por el Consejo de Seguridad de la ONU, el gobierno alerta a la población, un día sí y el otro también, sobre la presunta, posible y hasta inminente, agresión de Estados Unidos a la Isla. ¿Qué razones tendría para temer algo así un gobierno que jamás ha amparado ni ejercido el terrorismo? ¿Qué informaciones confidenciales impulsan al señor Fidel Castro a exclamar: «¡Nuestra independencia, nuestros principios y nuestras conquistas sociales los defenderemos con honor hasta la última gota de sangre, si somos agredidos!»? Misterio de misterios. Magia de alto calibre. Puede que las razones dimanen de un viejo principio de la magia: La mano es más rápida que la vista. Reformulado: la lengua es más rápida que la vista y la mano. Una técnica que ya conocían los pastores del Viejo Testamento. De modo que cuando la esquila era excesiva, el pasto escaso, o se secaba el abrevadero, gritaban: Ahí viene el Lobo. Y las ovejas se ponían en guardia, postergaban su sed, olvidaban trincar alguna brizna de hierba, y cerraban filas, muy marciales, en torno al pastor. Porque hay una sola cosa peor que no tener nada que comer: ser comido. Con cara de Robin Hood en el bosque de Sherwood, el pastor oteaba el horizonte con el ceño fruncido y la seguridad de que ningún lobo adicto al ganado ovino merodeaba en cien leguas a la redonda. Asombrado aún de que hubiera ovejas tan crédulas, incluso después de trasquiladas.

 

Prestidigitación”; en: Cubaencuentro, Madrid, 8 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/sociedad/2001/10/08/4187.html.

 

 





Coincidencias

4 10 2001

El 6 de octubre de 1976, el avión CUT 1201 de Cubana de Aviación, sufrió un atentado terrorista en las proximidades de Barbados. Tras infructuosos esfuerzos para alcanzar el aeropuerto, el avión se precipitó al mar a escasas millas de la playa. De las 73 personas que se encontraban a bordo —su único delito era ser cubanos residentes en la Isla que viajaban en un avión cubano—, sólo unos pocos despojos fueron hallados. En aquella ocasión, Cuba sometió al Consejo de Seguridad el proyecto de Resolución S/23990, para que actuara contra los culpables. Pero el proyecto no fue considerado.

Veinticinco años después de aquel acto de barbarie, la Asamblea Nacional del Poder Popular convoca una sesión extraordinaria para rendir tributo a las víctimas, al tiempo que otro episodio de terror tiene al planeta en los umbrales de una guerra cuyas proporciones, alcance y duración aún se desconocen.

Esta vez las Naciones Unidas solicitan unidad a todos los países miembros para evitar el terrorismo, medidas de control sobre las armas químicas, nucleares y bacteriológicas. Una resolución urgente del Consejo de Seguridad (dictada tras “rápidas y poco transparentes negociaciones” según el embajador cubano ante la ONU), acogida al capítulo 7 de la Carta de las Naciones Unidas, obliga a los 189 Estados miembros a negarle asilo y apoyo de cualquier tipo, incluido el político, a los terroristas, cooperar en las investigaciones, facilitar ayuda e información, y congelar los activos financieros vinculados al terrorismo. Se debate en estos momentos un tratado internacional para concertar una campaña contra el terrorismo de alcance mundial. Un tratado que posiblemente incorpore los 12 acuerdos internacionales existentes en materia de terrorismo, a cuya aprobación se insta con urgencia. Esperemos que la definición de la palabra “terrorismo” haya quedado suficientemente aclarada —la delegación cubana exige esclarecer el término, para evitar aceptar sin más la definición que ofrezca la potencia hegemónica—, como para que los Estados acuerden la ratificación de los acuerdos por la vía rápida. Los terroristas, por su parte, no sufren ninguna vacilación semántica.

En medio de esta cruzada global, el primero de octubre, el representante permanente de la República de Cuba ante la ONU, Bruno Rodríguez, citó al señor Fidel Castro, quien en discurso reciente afirmó que el terrorismo “no puede ser nunca instrumento de una causa verdaderamente noble y justa», y que “la comunidad internacional debe crear una conciencia mundial contra el terrorismo”. En lugar de la guerra, que sería “el comienzo del fin del tan proclamado Estado de Derecho”, el embajador cubano en la ONU propone que sea la Asamblea General, más multitudinaria y democrática que el selecto Consejo de Seguridad, la que implemente y organice una estrategia mundial contra el terrorismo, llegando incluso al uso de la fuerza, pero “con extrema prudencia y responsabilidad”. Pide La Habana sortear hegemonismos, dobles raseros o selectividades políticas, invita a convocar “una Conferencia de Alto Nivel sobre el Terrorismo Internacional, la creación de un Centro de Cooperación Internacional y la negociación de una Convención General sobre el Terrorismo Internacional”.

Aunque se declara terminantemente contrario a participar en cualquier acción militar, que antes tendría que contar con la autorización expresa del Consejo de Seguridad, el embajador de Cuba asegura que cooperará de buena fe contra el terrorismo y que “nuestras finanzas son transparentes y nuestros bancos no atesoran ni lavan dinero mal habido (…)nuestras instituciones no venden ilegalmente información o tecnologías, ni toleran el tráfico de armas ni sustancias peligrosas; ni nuestras fronteras amparan el crimen transnacional”.

El embajador reitera que la ONU deberá otorgar el peso decisivo a la Asamblea General, en contra del elitista y minoritario Consejo de Seguridad, y que debería abolirse el derecho al veto.

Coincido en que el terrorismo es un mal de alcance global, y que globalmente debe ser repudiado. No se puede censurar el terrorismo de Estado que ejerce Israel, y hacer silencio ante el estruendo de los hombres-bomba. O viceversa. Ni condenar el terror sembrado por los paramilitares y olvidar el que ejerce la guerrilla. O condenar una posible bomba en Panamá, mientras se elude condenar las bombas de ETA.

Coincido en que se promueva un consenso internacional contra el terrorismo, se debata la semántica y hasta la semiótica del término. Pero la comunidad internacional no se puede enfrascar de brazos cruzados en discusiones bizantinas. Sería un insulto a los que yacen aún bajo las Torres Gemelas, a los cadáveres de Cachemira, las niñas aterradas de Belfast o los concejales de Bilbao que se despiertan a medianoche con la pesadilla del tiro en la nuca.

Coincido en que cada país tenga el derecho de alinearse (o no) en la próxima guerra; pero a todo país le asiste la obligación de cooperar sin titubeos en la extirpación de cualquier terrorismo. La neutralidad o el silencio son en este caso tan perversos como cómplices.

Coincido en que quienes volaron el avión de Cubana hace un cuarto de siglo merecen castigo. Y los que atacaron NY. Y los que derribaron el avión civil de Hermanos al Rescate. Los patrocinadores de los hombres-bomba y los artífices del asesinato high-tech en Israel. Los que hundieron el remolcador Trece de Marzo y los que dejan a su paso en Colombia cosechas de coca y de cadáveres.

Coincido con el gobierno cubano en que la democratización de la ONU es un imperativo global. Un selecto club de naciones no tiene por qué dictar las normas que deberán cumplir todas las naciones. O vetarlas graciosamente cuando no sean de su agrado. Un mundo globalizado demanda órganos que respondan a los intereses de la humanidad, y no de sus segmentos elegidos. E iría más lejos en mi apoyo a las autoridades cubanas en su afán de democratizar el órgano supremo de las naciones. ¿Por qué debe valer lo mismo el voto de un país de 11 millones, que el voto de un país de 1.000 millones de habitantes? En términos de estricta democracia, es absurdo. Aún más: Si queremos que el órgano supremo sea un reflejo cabal de las aspiraciones de toda la humanidad, deberíamos garantizar que quienes asumen la voz y el voto de sus pueblos sean verdaderamente sus representantes, democráticamente electos. Promover la democracia entre las naciones mientras se admite su ausencia dentro de las naciones es una manipulación falaz de la estadística.

El terrorismo jamás ha sido democrático, salvo en el desprecio y la indiferencia hacia la naturaleza de sus víctimas.

Leyendo lo anterior, me percato de que en este asunto mis coincidencias con el gobierno cubano son casi unánimes.

Habría que ver si ellos, en reciprocidad, coinciden conmigo.

 

Coincidencias”; en: Cubaencuentro, Madrid,4 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/internacional/2001/10/04/4114.html.