Período especial en tiempos de guerra

22 10 2001

En 1990, ante la inminente desintegración de la Unión Soviética, se habló por primera vez del “Período Especial en Tiempos de Paz”, eufemismo para nombrar la crisis más profunda en la historia de Cuba, que se haría realidad meses más tarde. La denominación es de una ambigüedad digna de la mejor literatura: período de duración indeterminada, especial quién sabe por qué, y los “tiempos de paz” muy relativos, dado que la supervivencia del poder en Cuba está íntimamente ligada a la beligerancia perpetua. La culpa de todos nuestros males, que hasta entonces detentara en exclusiva el Imperialismo Yanqui, fue repartida equitativamente, abonando sus cuotas a Rusia y al antiguo campo socialista.

Es ya una tradición en la Cuba socialista y tropical que desde el anuncio de una exitosa cosecha en el noticiero hasta su aparición en el mercado transcurre un período entre largo e infinito. Las consecuencias del anunciado período especial, en cambio, fueron inmediatas: drástica disminución del transporte público, reducción o eliminación de todo combustible, cierre de empresas y masificación del paro, cortes de electricidad que alcanzaron ritmos de 8 por 8 horas, paralización de las construcciones sociales y de infraestructura, reducción del suministro alimentario a 0,4 kg por día por habitante (sólo 27 g ricos en proteína); enfermedades propiciadas por avitaminosis y aproteinosis, como neuritis y beriberi, agravadas por la falta de medicamentos. Se esfumaron las malangas de Moldavia y las yucas de Cracovia. El peso disminuyó entre 50 y 100 veces su poder adquisitivo en apenas unos meses.

En breve, la crisis, entronizada ya como modus vivendi, fue mutando hasta crisis de valores: se multiplicó geométricamente la prostitución, creció la delincuencia, la malversación y la economía subterránea. El mercado negro ocupó el lugar del mercado y se hizo realidad lo que algún cubano bautizó como “La Era de las Tres R” (Resistir, Robar o Remar). Dado que el trabajo (salvo excepciones) dejó de ser una vía digna y segura de subsistencia, se instauró una nueva picaresca de la supervivencia (to have dollars or not to be). Los padres aspiraron a un título universitario; los hijos, a ser camareros para agenciarse unos verdes de propina. O echarse al mar en una balsa, hacia el Miami Paradise (si los tiburones del Canal no se interponen). Sin otra solución para rebasar la crisis que las continuas apelaciones al “espíritu de resistencia”, más que el jabón o los frijoles, el artículo más deficitario en la Isla de ese “Período Especial en tiempos de paz”, es la esperanza.

Una década más tarde el país se ha integrado por fuerza a los mecanismos de la economía mundial, tendiendo una alfombra roja al inversionista foráneo. Florecen empresas y chiringuitos mixtos, se ha estabilizado la inflación (22 patriotas criollos para comprar un Washington) y una nueva clase se codea en los selectos predios de la noche habanera con el cuerpo diplomático y la aristocracia del poder: los empresarios extranjeros. Los renglones tradicionales permanecen estáticos o, en el caso del azúcar, tienden a alcanzar niveles del siglo XIX. La economía ha comenzado a mostrar pequeños índices de crecimiento que permitirían, en algo más de una década, recuperar los niveles de 1989. El favorable convenio energético con Venezuela conjura por ahora los apagones. Y la Isla olvida sus sueños de industrialización para convertirse en un país de servicios, aunque ello a su vez sirva de estímulo a las producciones locales, sobre todo en la industria ligera y la alimentaria.

El turismo, con 1.800.000 visitantes el año pasado, se ha convertido en el principal ingreso de Cuba (2.000 millones de dólares brutos, de los 5.000 millones que obtiene el país de sus exportaciones, en cifras ofrecidas por el diario El País), seguido por las remesas monetarias del exilio (1.000 millones de dólares al año), la fuerza de trabajo cubana más rentable para las autoridades, que recaudan el impuesto del amor familiar, sin necesidad de ofrecer ninguna prestación a cambio. En lo esencial, las garantías sociales emblemáticas se mantienen, aunque mutiladas por la escasez de recursos. Crece a buen ritmo la emigración, y el país sufre una sangría de mano de obra altamente calificada.

La urgente reforma de la economía cubana, otorgando a los nacionales espacios, un marco legal y estímulos para la creación de riqueza, ha sido suplantada por tímidos (y reversibles) retoques cosméticos, destinados a instaurar un capitalismo para extranjeros que subvencione el socialismo para cubanos, cuya libertad económica podría ser el preludio de otras libertades.

Si un cubano no forma parte de la reducida cúpula, o del selecto clan de profesionales, funcionarios y artistas que cobrar en dólares; si aspira al privilegio de comer dos veces al día, vestirse, calzarse y evitar que el techo de la casa le caiga en la cabeza, deberá optar por uno o más de los siguientes caminos:

1- (Sobre)vivir de la solidaridad familiar.

2- Agenciarse un puesto de trabajo que lo aproxime al dólar (turismo, empresas mixtas).

3- Dedicarse a actividades paralegales (trapicheo, bolsa negra, grabación de CD piratas, alquiler de ejemplares de la revista Hola) o francamente ilegales (prostitución y proxenetismo, robo, extorsión, tráfico de drogas).

4- Remar (bien sea por vía marítima o aérea).

El país se ha abierto al mundo, pero no a sus ciudadanos. Y como consecuencia, más de la mitad de la economía —turismo, remesas— dependen de factores externos e incontrolables para el Estado cubano —afluencia de turistas, altruismo y solvencia económica del exilio—. En estas circunstancias, tiene lugar la Primera Guerra Mundial contra el Terrorismo, y su batalla inicial en Afganistán. Los resultados inmediatos en Estados Unidos han sido masivos despidos en las compañías aéreas y otras relacionadas con el turismo, inestabilidad o francos baches financieros, y la previsión de futuros recortes de plantilla en diferentes sectores.

Esto inaugura en Cuba el Período Especial en Tiempos de Guerra, cuyos efectos ya han empezado a sentirse en el sector turístico. Durante la primera quincena de octubre la afluencia ha descendido un 10%, y se teme que la cifra pueda llegar al 25%, haciendo casi imposible alcanzar este año los 2.000.000 de visitantes previstos. El Hotel Capri ha aprovechado la inesperada temporada baja para cerrar por reformas. El Hotel Cohíba ha cerrado 11 plantas y enviado a casa a 200 trabajadores. Las paladares de la ciudad confiesan descensos del 30% de las ventas, según algunas fuentes, y se nota el bajón entre taxistas, arrendadores de viviendas, jineteras y vendedores de suvenires. Aún así, La Habana ha sufrido menos el reciente miedo a viajar que los polos de Varadero y los Cayos.

Cien mil cubanos trabajan en el turismo, obteniendo entre 5 y 10 dólares diarios por concepto de propinas. Otros 50.000 dependen (legal o ilegalmente) del turista. Si consideramos a sus familiares cercanos, serían entre 500.000 y 700.000 los cubanos cuya supervivencia depende directamente del sector. De ser enviados a casa una parte de esos trabajadores, devengando el 60% de su salario en pesos, ello significaría (para un trabajador que gane 300 pesos y reciba US$7,50 de propina al día) una reducción efectiva del 95% de sus ingresos.

Un segundo factor a considerar en este Período Especial en Tiempos de Guerra son las remesas familiares, procedentes, en primer lugar, de Estados Unidos. Al parón en su crecimiento que ya venía sufriendo la economía norteamericana, se suman ahora las consecuencias directas de las acciones terroristas y la guerra. Ello puede afectar, y de hecho ya está afectando, la economía de los cubanoamericanos, reduciendo su capacidad objetiva de mantener al mismo nivel las remesas familiares. A lo que se suma la afectación subjetiva: ante anuncios de crisis o barruntos de depresión, aumenta la tendencia ahorradora y disminuye el gasto. Uno de los renglones que pueden sufrir recortes son las remesas, presuntamente vitalicias, sobre las que descansa la supervivencia de muchas familias cubanas, condenadas a no invertir (legalmente) ese dinero en actividades empresariales que les emancipen económicamente.

Si son correctos los estimados, más de 1.000.000 de familias se benefician directamente de esas remesas, bien sea en dinero o en especias. A lo que se añade un efecto multiplicador: tanto ellos como los que dependen del turismo, constituyen, a su vez, la más importante fuente de ingresos para la economía sumergida. Un drástico descenso de estos dos modus vivendi, bien podría afectar a casi toda la población cubana. Máxime en zonas fuera de la capital, donde algunos hoteles y el exilio son las dos únicas aportaciones de divisas a la circulación local.

Un país drásticamente endeudado, ajeno a los organismos crediticios internacionales y sin fuentes de ayuda o financiación externa, debería aprovechar esta amenaza de quiebra para replantearse los términos de su política económica. Puede que la reacción de las autoridades cubanas sean nuevas exhortaciones al sacrificio, mesas redondas, acusaciones a la Mafia tacaña de Miami o a los turimperialistas que no vienen. En cualquier caso, bien les valdría formular, aunque sólo fuera como hipótesis, si el monopolio del poder resistiría sin resquebrajarse, al mejor estilo de sus amigos asiáticos, la concesión de una dosis de libertad económica a sus ciudadanos. Abrirse al mundo sin antes abrirse a sus propios ciudadanos no es (ni siquiera) una apertura de inspiración china. Es sólo un cuento chino.

 

Período especial en tiempos de guerra”; en: Cubaencuentro, Madrid,22 de octubre, 2001. http://www.cubaencuentro.com/economia/2001/10/22/4415.html.

 


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