El archipiélago global

29 10 2001

Circula en Internet un chiste sobre cierta organización norteamericana que pretendió celebrar un debate sobre la escasez de alimentos en el resto del mundo. Pero fue imposible. Cuba no sabía qué significaba “debate”. Europa ignoraba qué quería decir “escasez”. África no logró descifrar el término “alimentos”. Y Estados Unidos decidió contratar a un grupo de especialistas para que le explicaran qué era “el resto del mundo”.
Como si pretendiera corroborarlo, el pasado 11 de octubre, el presidente norteamericano George Bush se asombró públicamente del “odio” hacia Norteamérica que percibía en los países árabes. Nadie podría afirmar que ese “odio” es generalizado, pero sin dudas existe. Y una parte se debe al sentimiento de frustración colectiva en los países islámicos. Abatidos por la miseria o subvencionados por los petrodólares que no se han traducido en mayores índices de desarrollo, sienten que están perdiendo el tren de la modernidad. Y la respuesta ha sido una mirada nostálgica a la pasada grandeza o la celebración de la parálisis histórica. Occidente es el chivo expiatorio, porque, salvo excepciones, los ideólogos islámicos se muestran incapaces de enfrentarse críticamente a sus propias responsabilidades. Aunque otra parte de ese “odio” al que Bush se refería, ha sido ganado en buena lid, gracias al apoyo irrestricto a Israel; el empecinado embargo a Irak, que afecta sobre todo a los civiles; las políticas miopes e interesadas ante los conflictos de esas naciones y su alianza estratégica con los poderes más retrógrados y corruptos del Islam que, en su afán por mantener fueros medievales y exportar la interpretación torcida que los sustenta, tampoco están interesados en entender qué significa “el resto del mundo”, salvo que se trate de adquirir yates high tech o invertir sus obscenas ganancias en paraísos fiscales. Aunque sería más exacto afirmar que el primer interés de los petrojeques no es excluirse a sí mismos, sino evitar que una información clara y transparente sobre “el resto del mundo” contamine a sus súbditos. De ahí que Al Yazira (La Isla), a la que se ha llamado la CNN árabe, creada originalmente por el Servicio Mundial de la BBC con la cooperación de Orbit, del Gobierno saudí, entrara rápidamente en conflicto con los washabitas cuando éstos intentaron censurar un programa sobre la casa real saudí.
En 1996, el emir de Qatar contrató al equipo de periodistas árabes entrenados por la BBC y les ofreció cinco años de financiación e independencia de criterio; al cabo de los cuales, este canal de noticias y documentales que lo mismo entrevista a miembros de Hamás que a portavoces israelíes, o debate feminismo e Islam en una mesa redonda, tiene una audiencia estimada de 35-40 millones de personas en todos los países de la región, y entre los árabes que han emigrado a Occidente. Una Isla de información seria en un entorno donde la libertad de prensa no es precisamente lo que sobra.
Acusada primero por Estados Unidos de ser el altavoz publicitario de Bin Laden, Yosri Youda, director editorial de Al Yazira en Londres, respondió que tenían la suerte de ser los únicos en Kabul, como la CNN tuvo la suerte de ser la única cadena en Damasco cuando la Guerra del Golfo. Y ello no presuponía una complicidad de la CNN con Sadan Hussein.
Claro que la objetividad es siempre relativa. Si observamos sus transmisiones sobre el conflicto, veremos que sin dar la espalda al “resto del mundo”, el peso de la información está condicionada por su público, por su Isla particular de teleespectadores, que acceden inmediatamente a lo que los medios norteamericanos han decidido silenciar o atenuar: el efecto en tierra de los bombardeos, los “efectos colaterales”, la población hambreada que huye despavorida, las protestas en diferentes países. Incluso la administración norteamericana, que hasta ahora había hecho hincapié en facturar una visión de la guerra de cara a sus electores, ha comprendido la necesidad de dirigirse a ese “resto del mundo” directamente involucrado: los países islámicos. De modo que durante los últimos quince días Hefez al Mirazi, delegado de Al Yazira en Estados Unidos, ha sufrido un verdadero acoso de políticos norteamericanos deseosos de dirigirse al público árabe: Colin Powell, Condoleezza Rice, Donald Rumsfeld ya han ofrecido a través de La Isla su versión de los hechos.
En sentido contrario, el público norteamericano continúa recibiendo una cuidadosa selección de los acontecimientos, y difícilmente las grandes cadenas de la nación admitirían —tras la concertación de un pacto de prudencia y silencio con el Gobierno— transmitir entrevistas equivalentes a Bin Laden o al mullah Omar.
Como en tiempos de paz, las palabras son armas. Sólo que en tiempos de guerra se insulariza la “libertad de información”, y los ciudadanos comienzan a recibir la parcela de la verdad que se considera adecuada: imágenes asépticas de la guerra tomadas por los satélites, blancos abatidos con exactitud milimétrica, tropas dispuestas al combate. Es entonces cuando la información se acerca peligrosamente a la propaganda, según un modelo que los cubanos conocemos bien. Porque la prensa totalitaria se adapta mejor a los intereses castrenses (no es una errata, aunque también).
En el caso de Cuba, a la insularidad geográfica, se añade la insularidad de la información sobre este conflicto, eximiendo a los lectores de todo “efecto colateral”. Los titulares de un solo día, por ejemplo, recitan:
“Bombardeos calificados de carnicería en localidad afgana”.
“Se multiplican en todo el mundo las manifestaciones contra la guerra”.
“Pide comisionada de Derechos Humanos de la ONU cese de los bombardeos”.
“Ulemas afganos llaman a la guerra santa”.
“Anuncia Bush la supuesta neutralización de la red Al Qaeda”.
“Mito y realidad de las Fuerzas Especiales de EE.UU.”.
Conclusión: Ante el repudio universal, Estados Unidos masacra al pueblo afgano, que se defiende con valentía, haciendo “supuesta” la neutralización de la red (sólo “red”, como Internet, no red terrorista) Al Qaeda; cosa que está en veremos, dado que las Fuerzas Especiales norteamericanas son más mito que realidad.
Y aunque en una mesa redonda se admite “que 36 países han ofrecido medios militares a Estados Unidos, otros 46 dan ayuda adicional, 23 derecho a aterrizaje de naves aéreas y 23 instalaciones de alojamiento para personal de guerra norteamericano”, algo que no juega muy bien con el “rechazo universal”; se escamotea el respaldo de Rusia o China, el apoyo de Arafat y de la conferencia de países árabes a Norteamérica, o la tácita confesión de bin Laden y su intención de multiplicar masacres como la de Nueva York. Se escandaliza la prensa cubana, eso sí, de la censura impuesta a la prensa en Estados Unidos, y de los amplios poderes concedidos al FBI, “una práctica muy peligrosa por cuanto se aprueban leyes y enmiendas que no se leen ni se discuten, todo con el pretexto de la situación excepcional que vive el país”. Algo así como el aura diciéndole pescuecipelao al guanajo.
Muchas cosas nos demuestra esta guerra. Una de ellas es que el planeta no es tan global como parecía. Empezando por la verdad, corregida y editada a la medida de los intereses de cada cual, insularizada hasta el punto de que bien podríamos sutituir la tan cacareada “aldea global” por el “archipiélago global”, donde habitan los robinsones de la verdad mediática, que es tan fácil confundir a veces con la verdad a medias.


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